viernes, 28 de noviembre de 2008

"LOS DÉBILES EN LA FE I"

Un Comentario a Romanos 14:1-6

1. “Recibid al débil en la fe, pero no para contender sobre opiniones.”
Con este versículo se inicia una sección de la epístola que se prolonga hasta la mitad del cap. 15 dedicado a la diversidad de opiniones y de prácticas entre los primeros cristianos como consecuencia de su diverso trasfondo religioso y cultural: unos judíos y otros gentiles, es decir, paganos, aunque entre éstos últimos también podía haber notables diferencias.
La línea divisoria (más allá de ese diverso origen) entre unos y otros era la conciencia de la libertad -frente a normas y prácticas obsoletas- que Cristo había conquistado para los que ponían su confianza en Él para salvación: “Estad, pues, firmes en la libertad con que Cristo nos hizo libres, y no estéis otra vez sujetos al yugo de esclavitud.” (Gal 5:1).
¿Quiénes eran esos débiles en la fe a los que alude Pablo? Eran los creyentes que se creían aún atados por las normas rituales y dietéticas de la ley judía.
A los que son fuertes en la fe por el conocimiento firme que han adquirido acerca de esa libertad, Pablo los amonesta: “Recibid al que es débil en la fe…”. Es decir, aceptadlo como hermano y extendedle la acogida que como tal merece, sin someterlo a un examen sobre sus creencias personales acerca de la observancia de las normas dietéticas y otras cosas secundarias semejantes.
Sobre todo no entréis en discusiones que, según dice Pablo en otro lugar, para nada aprovechan sino son más bien escándalo y perdición para los de afuera (2Tm 2:14).
Es interesante y muy significativo el hecho de que Pablo reconozca que existen diversas opiniones sobre algunos puntos de doctrina. Apenas iniciada la nueva fe ya existen diversas maneras de pensar sobre tal o cual aspecto de doctrina. Sin embargo, es importante considerar que esas diversas opiniones que él menciona no versan sobre lo esencial sino sobre puntos secundarios.
Dos son los puntos de discusión que él va a tratar en este capítulo: el de las normas alimenticias (Nota 1) y el del día de descanso. Esos dos puntos vienen de las prácticas y leyes del Antiguo Testamento y su posterior elaboración por los rabinos. Muestran cuánto pesaba la herencia hebrea en la nueva comunidad de creyentes y, de otro lado, muestran cómo esa herencia estableció una línea divisoria entre los creyentes de origen judío y los de origen gentil.

2. “Porque uno cree que se ha de comer de todo; otro, que es débil, come (sólo) legumbres.”
Desde el inicio de su discusión del tema de los alimentos Pablo manifiesta de qué lado está él, pues llama débiles en la fe a los que se aferran a las restricciones de la ley como si siguieran vigentes, y fuertes a los que son concientes de la libertad que nos ha ganado Cristo (Gal 5:1). Los débiles permanecen bajo un yugo de esclavitud que ya no existe porque ha sido declarado nulo. Pero unos y otros creen en el mismo Cristo resucitado. (2)

3. “El que come, no menosprecie al que no come, y el que no come, no juzgue al que come; porque Dios le ha recibido.”
¿Cuál es la conclusión que saca Pablo de esta diversidad de opiniones, de esta diferente fortaleza en la fe, y cuál es el consejo que da? Que el fuerte no desprecie al débil; y que el débil no piense mal del fuerte, pues Dios ha recibido a ambos. Aquí hay un choque entre el exclusivismo del pueblo escogido y el universalismo que pregona Pablo. Buena parte de la novedad de su mensaje estriba precisamente ahí: Ya no hay judío ni griego (Gal 3:28); ha caído la línea divisoria entre ambos pueblos, la pared que los separaba y Cristo ha hecho de ambos un solo pueblo (Ef 2:14-16). Eso significa que las leyes que establecían normas y costumbres que hacían de los judíos un pueblo diferente y separado de los demás, han perdido vigencia, ya no se aplican ni a judíos ni a gentiles. (3)
Es como si dijera: “Si tú sabes que eres libre de esas leyes, no te cuides de que haya otro que se considere sujeto a ellas. Ese es su problema, no el tuyo.”

4. “¿Tú quién eres, que juzgas al criado ajeno? Para su propio señor está en pie, o cae; pero estará firme, porque poderoso es el Señor para hacerle estar firme.”
Dios es el Señor de ambos y si Dios recibe y acepta al otro ¿qué tú tienes que alegar? ¿Serás tú más sabio que Dios?
A ambos llama Pablo “criados”, es decir siervos, (en griego oiketés = sirviente doméstico) y eso es lo que somos. Pablo define así nuestra condición. Al criado no le toca decidir quién puede o no ser criado. Eso le toca decidir al Señor que contrata, por así decirlo, a ambos, y a quien ambos sirven.
Pero Pablo sienta aquí un principio general cuyo alcance trasciende el ámbito de esta discusión: ¿Quién eres tú para juzgar al otro? A ti no te toca ese papel. Vale la pena recordar que Jesús había dicho lo mismo, y es muy posible que Pablo se inspirara en sus palabras: “No juzguéis, para que no seáis juzgados. Porque con el juicio con que juzgáis, seréis juzgados, y con la medida con que medís, os será medido.” (Mt 7:1,2).
En todos los campos de actividad, si son varios los que trabajan con el mismo fin, que cada uno se ocupe de lo suyo, de lo que él mismo hace, y no de lo que hace otro (salvo quizá para aprender de él). Más abajo dirá que cada uno dará cuenta a Dios de sí, no del otro. (v.12). Este es un principio fundamental que debería acabar con los juicios y críticas entre cristianos que, en realidad, no surgen del amor a la verdad, sino de la rivalidad, que es producto del temor y del orgullo.
Tomemos nota: Las rivalidades se visten de verdades para justificarse a sí mismas, y para ocultar el egoísmo que las origina.
En nuestro campo más cercano de observación el católico juzga al protestante, y el protestante al católico. Pero ambos sirven al mismo Señor, y es a Él a quien interesa si están firmes o caen. El católico no dará cuenta del protestante, ni el protestante del católico. Así que ninguno se ocupe de lo que hace, bien o mal, el otro, sino de lo que él mismo hace y de hacerlo bien en servicio de su Señor, que es quien lo remunera o castiga.
¿Eres tú acaso el que premia o el que castiga a tu hermano? Piensa tú entonces en lo tuyo, no sea que pierdas tu recompensa por estar mirando el campo ajeno. Si la cosecha del campo ajeno no es tuya ¿por qué te cuidas de ella? A menos que lo hagas por envidia.

5. “Uno hace diferencia entre día y día; otro juzga iguales todos los días. Cada uno esté plenamente convencido en su propia mente.” (4)
Luego Pablo habla de los que hacen diferencia entre un día y otro y que él contrasta con aquellos para quienes todos los días son iguales.
La diferencia entre los días se refiere en primer lugar al sábado, que era día de descanso para los judíos, pero no para los gentiles. Pero la diferencia atañe también a las diversas fiestas del año que los judíos guardaban celosamente y que los gentiles por supuesto desconocían.
La frase que sigue es interesantísima: “Cada uno esté plenamente convencido en su propia mente”. Es decir, que cada uno esté persuadido de que lo que él practica es lo correcto, porque se apoya en razones sólidas, y no admita discusión ni dudas al respecto en su propia mente. ¿De dónde viene esa convicción? De los argumentos a favor o en contra en que ha reflexionado, pero inevitablemente también de las costumbres y tradiciones en que fue educado. Las influencias que hemos recibido en la infancia tienen para nosotros a veces el carácter de verdades inamovibles. Pero si dos grupos de personas han estado expuestos a costumbres opuestas ¿cuál de los dos tiene razón?
Debemos admitir que mucho de lo que para nosotros es incuestionable es más una cuestión de hábito o de tradición. Para dilucidar cuál de los dos tiene la razón habría que investigar en los antecedentes de sus costumbres. Pero notemos: Pablo está aquí diciendo implícitamente que guardar o no el sábado no tiene importancia. ¡Qué audacia la suya! De un plumazo borra pasajes fundamentales del Pentateuco en los que la ley hace hincapié, al punto de que los violadores del sábado eran condenados a muerte (Ex 35:2 y especialmente Nm 15:32-36). ¿Cómo se atreve él a eso? Con razón su discurso escandalizaba a los judíos y él era considerado como un enemigo de las tradiciones de sus mayores. Sin embargo, ya Jesús había cuestionado muchas de las normas, añadidas por la tradición, que convertían al sábado en una cadena opresiva. De hecho, para los escribas y fariseos Él era un violador del sábado.
Sin embargo, Pablo aclara en otro lugar (Gal 3:24) que la ley de Moisés fue dada temporalmente como un ayo o tutor necesario en la infancia (espiritual, se entiende) del pueblo escogido. Pero que, llegada la madurez, el ayo no es ya requerido. (Gal 3:23-25). Esto es, las prescripciones rituales de la ley que guiaban a los israelitas antes de que viniera Cristo, no se aplican más. Dios busca adoradores que lo adoren en espíritu y en verdad (Jn 4:23), no bajo la constricción de reglas.
Caducado el ayo de la ley con sus prescripciones ya no debe haber diferencia entre judío y griego. Todos son iguales, hijos de Dios por la fe en Cristo Jesús. Es claro que su mensaje era revolucionario y para muchos chocante, incluso para muchos cristianos judíos que eran celosos de la ley (Hch 21:20).
Implícito en este pasaje de Romanos está la noción de que tampoco es imperativo guardar el domingo (lo que no quita que sea bueno hacerlo). Sabemos que desde muy temprano los cristianos se reunían el primer día de la semana, -que después sería llamado “el día del Señor” o domingo, en recuerdo de la resurrección de Jesús que tuvo lugar ese día (Lc 24:1, Jn 20:1)- (5) y ese día se convirtió en su día de culto semanal. Pablo se conformó a esa costumbre (Hch 20:7). La epístola de Bernabé (escrito pseudoepigráfico que data de inicios del 2º siglo) es testigo de que los cristianos se reunían para partir el pan y oír la palabra del Señor en domingo. Lo mismo afirman la Didajé o “Doctrina de los Apóstoles”, la Epístola a los Magnesios de Ignacio de Antioquia y la “Apología” de Justino Martín, todas ellas obras de inicios del segundo siglo. Pero ninguna de ellas habla de descansar el domingo a la manera del sábado judío, y por ese motivo se reunían sea en la mañana o en la noche (porque en las ciudades griegas tenían que trabajar). Nosotros celebramos el domingo y descansamos ese día, no por obligación sino por devoción. Rendimos culto ese día (aunque hacerlo en cualquier otro día sería igualmente válido) y descansamos porque es bueno hacer ambas cosas. Lo hacemos libremente. En realidad fue el emperador Constantino quien oficializó el descanso el “día del sol” mediante un decreto el año 321 DC (6). Fue una medida inteligente que benefició tanto a cristianos como a paganos –especialmente a los esclavos pues les dio un respiro, y a los que eran cristianos les permitió asistir a su culto. Gracias a su iniciativa el descanso semanal se volvió una institución generalizada que hoy todo el mundo respeta, incluso los países no cristianos, salvo los islámicos, que guardan el viernes, y el estado de Israel en donde el día de descanso semanal es naturalmente el sábado.

6. “El que hace caso del día, lo hace para el Señor; y el que no hace caso del día, para el Señor no lo hace. El que come, para el Señor come, porque da gracias a Dios; y el que no come, para el Señor no come, y da gracias a Dios.”
Pero no tiene importancia que se guarde o no un día de descanso, o que se coma o no tales alimentos. Lo que importa es que todo lo que uno haga –descanse o no descanse, coma o no coma- sea hecho para honrar al Señor.
Lo que eso quiere decir, en términos simples, es que el que se ciñe a determinadas regulaciones lo hace para Dios, es decir, por amor a Él; y el que no hace caso de esas regulaciones, también por amor a Dios no hace caso de ellas. Lo que importa no es el guardar o no determinadas prácticas sino cuál es el Norte de nuestra conducta. Dios mira nuestros corazones y eso es lo que para Él más importa. El que busca el bien por encima de todo encontrará la manera más adecuada de realizarlo y Dios lo guiará para que llegue a puerto.
Nótese que al hablar de la comida Pablo dice que el que come de todo, come para el Señor, porque da gracias a Dios por ello. Es probable que de esta frase venga la costumbre cristiana de dar gracias por los alimentos que se ingieren. Pero más allá de este detalle histórico, esta frase, insisto, nos señala cuál debe ser la actitud cotidiana y constante del cristiano: Hacer todo para Dios, lo cual implica que toda nuestra vida esté orientada a servirle en todo lo que hagamos; no orientada primero hacia nuestros propios fines.
Sin embargo, en la práctica es muy probable que nuestras prioridades personales estén invertidas, y que todo lo que hagamos esté orientado más a satisfacer nuestros propios intereses y necesidades que los de Dios, y que lo ponemos a Él a nuestro servicio. De esa manera es posible que aún las ocupaciones y actividades que están relacionadas con el servicio de Dios sean desempeñadas para nuestro propio engrandecimiento, o para hacer avanzar nuestra posición. Que cada cual se examine y vea objetivamente en qué medida se sirve a sí mismo aparentando servir a Dios, y cuánto hace realmente para Él.
Que esta falsa actitud estaba presente desde los albores de la iglesia, lo señala Pablo más adelante cuando habla de los que quieren agradarse a sí mismos, contrastándolos con Jesús, que no se agradó a sí mismo (Rm 15:1-3).
De otro lado cabría preguntarse: ¿Puedo yo realmente ofrecer a Dios todas mis acciones, todo lo que hago durante el día? ¿Se agradará Dios de ello? Y si no le agrada a Dios lo que yo hago ¿cómo puedo ofrecérselo? ¿Le agradará a Dios nuestra ofrenda, o le será desagradable, como le era abominable la ofrenda de los que le sacrificaban animales cojos, o enfermos, o robados, según denuncia el profeta Malaquías? Si así fuera estaríamos despreciando a Dios. (Mal 1:13,14).
Examinemos pues nuestros actos, incluyendo nuestras intenciones, para saber si realmente podemos presentárselas como “sacrificio vivo, agradable y perfecto.” (Rm 12:1) 16.09.06

Notas: 1. A las normas dietéticas contenidas en el AT, y luego elaboradas por los rabinos en el Talmud, se les llama Kashrut. A los alimentos permitidos por ellas se les llama Kosher. En nuestros días esas normas son observadas por motivos religiosos por los judíos practicantes, pero también por muchos judíos no creyentes que las guardan sea por costumbre o por motivos de identidad como pueblo.
2. F.F. Bruce piensa que la alusión al comer hierbas se refiere al abstenerse de comer carne por el escrúpulo de que la carne vendida en el mercado pudiera haber sido sacrificada a los ídolos. En 1Cor 8:4 Pablo dice que ése es un escrúpulo innecesario porque los ídolos nada son.
3. Entonces, alguno preguntará, ¿por qué sobrevive el pueblo judío como una entidad aparte? Pablo habla de este álgido tema en los capítulos 9 al 11 de esta epístola, que algún día abordaremos.
4. Podría traducirse: “Uno estima un día sobre otro; otro estima todos los días iguales.”
5. Mateo y Marcos dicen en el pasaje paralelo: “Pasado el día de reposo”, cuyo sentido viene a ser el mismo. Pero la diferente redacción nos muestra claramente que los evangelios de Lucas y Juan fueron escritos después de los otros dos, cuando ya la referencia al día sábado había perdido vigencia y las reuniones en domingo se habían institucionalizado.
6. La iglesia lo reinterpretó como dedicado al verdadero “Sol de Justicia”, que es Cristo. Ya a fines del siglo IV era costumbre establecida en la iglesia no trabajar en domingo para dedicar ese día enteramente al Señor, norma que se consolidó en los siglos siguientes. (Véase más al respecto en las notas 1 y 2 de “Los Mandamientos del Diablo III, #518)

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