jueves, 14 de junio de 2018

VIAJE DE PABLO A JERUSALÉN II


 LA VIDA Y LA PALABRA
Por José Belaunde M.
VIAJE DE PABLO A JERUSALÉN II
Un Comentario de Hechos 21:10-16


10,11. “Y permaneciendo nosotros allí algunos días, descendió de Judea un profeta llamado Agabo, quien viniendo a vernos, tomó el cinto de Pablo, y atándose los pies y las manos, dijo: Esto dice el Espíritu Santo: Así atarán los judíos en Jerusalén al varón de quien es este cinto, y le entregarán en manos de los gentiles.”
Pablo debe haberse sentido muy bien en la casa de Felipe, porque pese a la prisa que tenía para llegar a Jerusalén antes de Pentecostés, se quedó allí varios días, gozando sin duda, de la cálida acogida que le brindaron no sólo a Pablo, sino a los siete o más que lo acompañaban. ¡Qué agradable es, dicho sea de paso, estar alojado donde a uno lo reciben con cariño! ¡Y qué desagradable es, en cambio, cuando uno siente que lo reciben de mala gana, por compromiso! Hospedar a los hermanos es una de las obras que a Dios más agrada (Hb 13:2).
Mientras estaban Pablo y los suyos alojados en casa de Felipe, vino de Judea (“descendió” dice el texto, porque ésa era región montañosa) un profeta a quien ya conocemos, llamado Agabo.
Estando Pablo años atrás en Antioquía cuando la iglesia empezaba a ganar adherentes entre los griegos, vino Agabo junto con otros profetas de Jerusalén, y anunció que vendría una gran hambruna sobre la tierra, lo cual efectivamente sucedió, dice Lucas, en tiempos del emperador Claudio, en los años 46 y 47 (Hch 11:28).
En esta ocasión, Agabo que, sin duda, era enviado por el Espíritu, hizo uso del método profético gestual que emplearon también en varias ocasiones Eliseo, Isaías, Jeremías y Ezequiel. (Nota 1)
Tomó el cinto de Pablo y se ató con él las manos y los pies, declarando por el Espíritu que los judíos atarían de esa manera al dueño del cinto, para entregarlo en manos de los gentiles, en este caso, de los romanos, tal como años antes habían hecho con su Maestro (Mt 20:18,19).
¿Qué propósito cumplía en esta ocasión la profecía de Agabo? ¿Era acaso una advertencia del Espíritu Santo para que no fuera a Jerusalén, y que él debía obedecer? Pero Pablo estaba convencido de que era Dios el que lo impelía a subir a la ciudad santa (Hch 20:22,23). Yo pienso que la profecía de Agabo tenía la finalidad de probar y de profundizar su determinación de cumplir la voluntad de Dios cualquiera que fuere el costo para él.
12. “Al oír esto, le rogamos nosotros y los de aquel lugar, que no subiese a Jerusalén.”
Como es natural todos los que estaban presentes, incluyendo al propio Lucas, le suplicaron a Pablo, en los más tiernos términos posibles, que no continuara su viaje a Jerusalén. Ellos sabían qué es lo que le podía ocurrir y querían a toda costa evitárselo.
Notemos que a veces el cariño hace que nos opongamos a lo que es la voluntad de Dios manifiesta. Es un cariño egoísta, porque si fuese desinteresado, pese al dolor que sentían por lo anunciado, le dirían: Anda confiado a Jerusalén porque, sea lo que fuere lo que te suceda, Dios estará contigo. ¿Amarían sus discípulos a Pablo más de lo que Dios le amaba?
13. “Entonces Pablo respondió: ¿Qué hacéis llorando y quebrantándome el corazón? Porque yo estoy dispuesto no sólo a ser atado, sino aun a morir en Jerusalén por el nombre del Señor Jesús.”

Las súplicas emocionadas de sus amigos no podían dejar de tocar el corazón de Pablo, que les reprochó que le hicieran más difícil proseguir con su propósito. Ver el dolor de ellos, sin embargo, no debilitó su decisión, pues agregó las palabras citadas arriba que muestran su estado de ánimo y su decisión de cumplir aquello a lo cual él estaba convencido el Espíritu lo llamaba: sufrir prisiones y morir, si fuera necesario, por proclamar el nombre de su Señor. A Él le pertenecía totalmente su vida y estaba listo a entregarla sin reserva a sus verdugos. (2)
Esa disposición de ánimo ya la había expresado claramente en la epístola a los Gálatas cuando escribió: “Con Cristo estoy juntamente crucificado, y ya no vivo yo, sino Cristo vive en mí; y lo que ahora vivo en la carne, lo vivo en la fe del Hijo de Dios, el cual me amó y se entregó a sí mismo por mí.” (2:20).
Él estaba plenamente poseído por la idea de que si Jesús, el Hijo de Dios, se había entregado a la muerte para salvarlo, ya su propia vida no le pertenecía, porque había muerto a sí mismo; su vida estaba crucificada en la cruz con Cristo en el Calvario y no era suya.
Pablo cumplía de una manera perfecta el dicho de Jesús: “Si alguno quiere venir en pos de mí, niéguese a sí mismo (que es lo que él estaba haciendo en ese momento), y tome su cruz (la cruz de padecimientos que Jesús le estaba ofreciendo), y sígame (hasta la muerte).” (Mt 16:24)
¿Somos nosotros, que nos preciamos de ser discípulos de Cristo, y de amarlo con todo nuestro corazón, capaces de un sacrificio semejante? Es cierto que no a todos les pide Dios una inmolación semejante, pero notemos que es esa clase de entrega absoluta, lo que permitió que el Evangelio se difundiera rápidamente por el mundo entero entonces conocido. Y es esa clase entrega la que hace posible que el Evangelio sea proclamado hoy día en países donde está prohibido hacerlo.
 De hecho, el ejemplo de Pablo, de Pedro y de los otros apóstoles que dieron su vida por Cristo, fue seguido por miles de hombres y mujeres cristianos que ofrendaron sus vidas como testigos de la fe que vivía en ellos. Bien pudo decirse un siglo y medio después de los hechos narrados aquí que la sangre de los mártires es la semilla de la iglesia (Notemos que “mártir” –del griego martur- quiere decir “testigo”).
Nosotros somos llamados a ser testigos ante el mundo (esto es, ante la gente que nos rodea) de la fe que vive en nosotros. Podemos, y serlo, con nuestras palabras pero, sobre todo, con las vidas que llevamos, es decir, con nuestra conducta. Si lo hacemos, seremos en verdad “mártires” en un doble sentido: de testigos y de víctimas del odio de Satanás que actúa a través de los enemigos de Cristo.
14. “Y como no le pudimos persuadir, desistimos, diciendo: Hágase la voluntad del Señor.”
En vista pues de que no había manera de hacerle cambiar su propósito de enfrentar su destino, dejaron de tratar de hacerlo. Notemos aquí que Lucas se incluye entre los que trataron de persuadirlo, pues escribe “no le pudimos” y “desistimos”. Lucas tan cercano a Pablo, no comprendía plenamente el espíritu que lo animaba. En cierta manera, podemos decir que su amor por Pablo pesaba más en su alma que los designios de Dios para su siervo. Nosotros solemos ser egoístas: nuestro cariño, nuestro afecto por algunas personas que amamos es mayor que la obra que Dios quiere hacer a través de ellos si esa obra significa dolor y sacrificio. Quisiéramos evitárselos. Sin darnos cuenta, pretendemos ser más sabios y compasivos que Dios.
No obstante, ellos reconocieron que más importantes que sus deseos eran los planes y proyectos de Dios, diciendo: “Hágase la voluntad del Señor”. Reconocieron, aunque no podían comprenderlo del todo, que todas nuestras vidas, incluyendo la de Pablo, están bajo el control de la buena voluntad de Dios, que sabemos es “agradable (aunque pueda ser ocasionalmente amarga a nuestro gusto) y perfecta.” (Rm 12:2)
Someterse a la voluntad de Dios, aunque nos sea desagradable y contrario a nuestro egocentrismo, es la clave del éxito en la vida, no quizá a los ojos del mundo, de los hombres, sino a los ojos de Dios que está por encima nuestro, y que ve lo que nosotros no podemos ver. Pablo expresó una vez una idea semejante cuando escribió: “¿Quién entendió la mente del Señor? ¿O quién fue su consejero?”. (Rm 11:34) Y agrego yo: ¿Hay alguien que haya podido enseñarle algo a Dios? No obstante, hay necios que lo pretenden.
Notemos que existe un sugestivo paralelismo entre la actitud de Jesús, de quien Lucas dice que “afirmó su rostro para ir a Jerusalén” (Lc 9:51), sabiendo que ahí le esperaba la muerte más horrible, y la actitud de Pablo, decidido a ir a Jerusalén a pesar de que era consciente de los peligros que ahí le acechaban. Y así como Pedro trató sin éxito de disuadir a Jesús de que se entregara en manos de sus enemigos (Mt 16:21,22), de igual manera los amigos de Pablo trataron, asimismo sin éxito, de disuadirlo de que hiciera ese viaje tan riesgoso para él.
15,16. “Después de esos días, hechos ya los preparativos, subimos a Jerusalén. Y vinieron también con nosotros de Cesarea algunos de los discípulos, trayendo consigo a uno llamado Mnasón, de Chipre, discípulo antiguo, con quien nos hospedaríamos.”
“Después de esos días” son los días que Pablo y su comitiva pasaron en casa de Felipe gozando de su hospitalidad y de la “koinonía” que los unía estrechamente.
La palabra griega “aposkéhuaso”, que nuestro texto traduce como “hechos los preparativos”, quiere decir: “habiendo empacado”. También puede significar “habiendo preparado las cabalgaduras”. Si este último fuera el sentido en que Lucas emplea esa palabra habría que concluir que los discípulos contaban con cómodos medios económicos, porque el caballo era un medio de transporte caro. Pero eso es improbable.
Al grupo que había venido con Pablo se unieron varios discípulos de Cesarea, incluyendo a uno llamado Mnasón, chipriota, que los alojaría a todos en Jerusalén. Este Mnasón era uno de los primeros discípulos que se unieron a los apóstoles en Jerusalén al comienzo de la vida de la iglesia, y se supone que fue una de las principales fuentes de información sobre esos tiempos con que contó Lucas para escribir su evangelio y el libro de los Hechos.
¿A cuántos hospedaría Mnasón en Jerusalén? Además de los siete que acompañaban a Pablo, a los que habría que agregar a Lucas y quizá a Tito (3), vendrían otros tantos de Cesarea. Es decir fácilmente unas quince personas.
Podemos suponer que Mnasón era un hombre de medios, y que contaba en Jerusalén con una casa espaciosa en cuyo tercer piso habría un “aposento alto”, es decir, una habitación grande, destinada, entre otros fines, a alojar a los transeúntes. Sus huéspedes se acostarían simplemente en el suelo en un petate, o pequeña alfombra adecuada, que traerían consigo, y que se abrigarían con su propio manto. No imaginemos que les ofrecería camas con sábanas y frazadas. Las costumbres de la gente común entonces eran sencillas, y no se andaban con lujos o comodidades que sólo los muy ricos se podían permitir.

Notas: 1. Por mandato de Dios Jeremías compró una vasija de barro y la llevó al valle de Hinnom. Allí delante de todos denunció los pecados que el pueblo estaba cometiendo y, a la vista de todos, rompió la vasija diciendo: “Así ha dicho Jehová de los ejércitos: Así quebrantaré a este pueblo y a esta ciudad, como quien quiebra una vasija de barro que no se puede restaurar más.” (19:11). Ezequiel se rapó un día la cabeza y la barba, y conforme a las instrucciones recibidas de Dios, quemó una parte de los cabellos en medio de la ciudad, cortó otra parte con espada alrededor de la ciudad, y esparció al viento una tercera parte, como símbolo de lo que iba a suceder al pueblo de Israel: una parte sería quemada, la otra cortada, y otra esparcida en países que no conocían. (Ez 5:1-12. Véase Leon Wood “Los Profetas de Israel” pag 72) Puede verse otros ejemplos de profecía gestual en Is 20:2-4, Jr 13;1-10 y 2R 13:15-19.
2. En esta escena, dice Mathew Henry, hay un choque de afectos, ambos justificados y sinceros. Ellos aman tiernamente a Pablo, y por eso se oponen a su decisión de ir a Jerusalén; él los ama  tiernamente, y por eso les reprocha que se opongan a su decisión: Yo sé que estoy destinado a sufrir, y ustedes deberían animarme y fortalecerme en ese propósito. En cambio, ustedes con sus lágrimas debilitan mi decisión.
3. Tito fue, junto con Timoteo, uno de los discípulos más cercanos y más amados por Pablo, a quien él llama “hijo en la fe común” (Tt 1:4). Él era de origen pagano y formó parte de la delegación antioqueña que acompañó a Pablo y Bernabé en su viaje a Jerusalén para resolver la polémica en torno a la circuncisión de los gentiles, que por ese tiempo agitaba a la iglesia (Hch 15: 1,2). En esa ocasión los judaizantes exigieron que Tito fuera circuncidado, pero Pablo se opuso a ello, según su tesis de que, venido Cristo, la circuncisión nada era (Gal 2:1-5). La reunión llevada a cabo allí –el llamado “Concilio de Jerusalén”- le dio la razón a Pablo, pues la circuncisión no figura entre los cuatro requisitos impuestos a los gentiles que se convirtieran (Hch 15:28,29).
Más adelante Tito fue enviado por Pablo a Corinto para reprimir los abusos que se estaban dando en la iglesia allí (2Cor 2:13). Ésa era una tarea delicada, por lo que Pablo esperaba anhelantemente su retorno, que se produciría recién cuando Pablo estaba en Macedonia. Él recibió también el encargo de organizar la iglesia en Creta (Tt 1:5).



Amado lector: Jesús dijo: "¿De qué le sirve al hombre ganar el mundo si pierde su alma? (Mt 16:26) "Si tú no estás seguro de que cuando mueras vas a ir a gozar de la presencia de Dios, yo te invito a pedirle perdón a Dios por tus pecados haciendo una sencilla oración:
"Jesús, tú viniste al mundo a expiar en la cruz los pecados cometidos por todos los hombres, incluyendo los míos. Yo sé que no merezco tu perdón, porque te he ofendido consciente y voluntariamente muchísimas veces, pero tú me lo ofreces gratuitamente y sin merecerlo. Yo quiero recibirlo. Me arrepiento sinceramente de todos mis pecados y de todo el mal que he cometido hasta hoy. Perdóname, Señor, te lo ruego; lava mis pecados con tu sangre; entra en mi corazón y gobierna mi vida. En adelante quiero vivir para ti y servirte."
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jueves, 31 de mayo de 2018

VIAJE DE PABLO A JERUSALÉN I


LA VIDA Y LA PALABRA
Por José Belaunde M.
VIAJE DE PABLO A JERUSALÉN I
Un Comentario de Hechos 21:1-9
1. “Después de separarnos de ellos, zarpamos y fuimos con rumbo directo a Cos, y al día siguiente a Rodas, y de allí a Pátara.”

El texto podría decir: “Cuando nos arrancamos de ellos…”, tanto les costó hacerlo.
Lucas, autor del libro de los Hechos, acompañando a Pablo, narra con bastante detalle las incidencias del viaje que emprende el apóstol. Lo último que ha narrado en el capítulo anterior es cómo los ancianos de Éfeso, que habían descendido a Mileto a pedido del propio Pablo para despedirse emocionado de ellos (Hch 20:17), lo acompañaron al barco en que se había de embarcar.
Podemos imaginar cómo ellos, parados en el muelle, verían con lágrimas que el barco desamarraba y se hacía a la mar. Cuando decimos barco debemos imaginar una embarcación que, en nuestros tiempos, no sería más grande que una bolichera de treinta o cuarenta metros de largo. ¡Cuánto sentían ahora su partida, y cuánto lo extrañarían en los meses siguientes! No sólo por una cuestión de afecto, sino sobre todo, pienso yo, porque por la palabra ungida de Pablo ellos habían sido alimentados constantemente.
Cos y Rodas eran islas situadas frente a la costa de Asia Menor por las que la nave pasó de largo, o quizá se detuvo por poco tiempo, para luego detenerse enseguida en el puerto de Pátara, donde Pablo y sus acompañantes desembarcaron con el propósito de proseguir su viaje, porque el barco seguía con un rumbo que no convenía a Pablo. (Nota 1)
2,3. “Y hallando un barco que pasaba a Fenicia, nos embarcamos, y zarpamos. Al avistar Chipre, dejándola a mano izquierda, navegamos a Siria, y arribamos a Tiro, porque el barco había de descargar allí.”
La frase: “hallando un barco”, nos hace suponer que Pablo y los suyos deben haber estado preguntando en el puerto por una nave que siguiera la ruta deseada. Podemos imaginar que los muelles de esos puertos eran un poco como los paraderos de buses interprovinciales que había y hay todavía en nuestra ciudad, de donde a toda hora, y hasta en la noche parten vehículos en diversas direcciones.
Una vez embarcados pasaron a lo largo de la isla de Chipre, donde Pablo había estado en su primer viaje misionero con Bernabé, y de donde éste, dicho sea de paso, era originario. De ahí enrumbaron hacia Siria –entiéndase la provincia romana de tal nombre, que comprendía a Fenicia y Judea. Por último llegaron al gran puerto de Tiro donde la nave debía descargar la mercadería que llevaba.
4. “Y hallados los discípulos, nos quedamos allí siete días; y ellos decían a Pablo por el Espíritu, que no subiese a Jerusalén.”
En Tiro hallaron a los discípulos, lo cual quiere decir que sabían que en esa ciudad los había y que preguntaron por ellos. Deben haber sido muchos y acogedores, puesto que Pablo se quedó con ellos una semana, sin duda no sólo para gozar de su hospitalidad, sino también para instruirlos, cosa que él nunca dejaba de hacer adonde quiera que fuera. Pero los discípulos, movidos por el don de profecía que habían recibido con el Espíritu Santo, le pedían a Pablo que no fuese a Jerusalén. Seguramente porque el Espíritu les avisaba las contrariedades que el amado apóstol iba a enfrentar allí. Pablo lo sabía también pero, “ligado en el espíritu” (Hch 20:22,23), proseguía impertérrito con su intención de llegar a la capital de Judea. Él era consciente de que cualquiera que fuera lo que le ocurriese, no estaría fuera de la voluntad de Dios, y que ésta era lo mejor para él.
Los tres versículos siguientes narran la siguiente etapa del viaje de Pablo.
5. “Cumplidos aquellos días, salimos, acompañándonos todos, con sus mujeres e hijos, hasta fuera de la ciudad; y puestos de rodillas en la playa, oramos.”
En rápidos trazos Lucas describe la despedida de Pablo y sus acompañantes de los discípulos. Entristecidos de la partida ellos vinieron todos hasta el puerto, fuera de la ciudad, acompañados por sus mujeres y por sus hijos. Se arrodillaron en la playa, que nosotros, habituados a las de nuestra costa, podemos suponer que eran de arena, aunque no era necesariamente así. Estando de rodillas oraron, no se dice con qué intención, pero debe haber sido, antes que nada, porque el Señor llevase con bien a Pablo a su destino final, y lo guardara de las asechanzas de los enemigos que lo perseguían encarnizadamente. Notemos que aunque Pablo no había fundado la iglesia de Tiro, ni los había visitado antes, ellos le mostraron su aprecio y su cariño yendo todos, con sus mujeres e hijos, a despedirlo hasta la orilla del mar y a orar por él. Eso es algo que no había ocurrido antes en ninguna otra ciudad.
6. “Y abrazándonos los unos a los otros, subimos al barco y ellos se volvieron a sus casas.”
Terminada la oración se abrazaron mutuamente emocionados. Ellos eran conscientes de que los acontecimientos que se venían iban a tener profundas consecuencias en la vida de Pablo y, por consiguiente, en la iglesia en general. Quizá intuían, como él mismo les había dicho a los ancianos en Mileto al despedirse, que nunca más volverían a ver su rostro (20:25).
7. “Y nosotros completamos la navegación, saliendo de Tiro y arribando a Tolemaida; y habiendo saludado a los hermanos, nos quedamos con ellos un día.”
De Tiro a Tolemaida hay una distancia corta que el barco debe haber cubierto en unas pocas horas. Desembarcando allí, permanecieron un día con los hermanos antes de proseguir su viaje.
Quizá convenga decir algo de estas dos ciudades visitadas por Pablo. A  Tiro la conocemos muy bien de nombre por el episodio que consignan Mateo y Marcos de la mujer cananea que se acercó a Jesús pidiéndole que sanara a su hija cuando el Maestro se acercó al territorio de esa ciudad pagana (Mt 15:21-28; Mr 7:24-31). Eran muchos los habitantes de esa ciudad y de Sidón que seguían a Jesús en Galilea para escuchar sus enseñanzas y ser sanados de sus enfermedades, como atestiguan Mr 3:8 y Lc 6:17.
Pero Tiro, gran centro comercial, construido sobre una roca (que es lo que la palabra Tiro quiere decir), figura varias veces en el Antiguo Testamento, pues era famosa por su riqueza. (De hecho la palabra “tirio” llegó a ser sinónimo de comerciante). Hiram, rey de Tiro, fue amigo de David y de Salomón, y suministró a ambos materiales para la construcción del palacio del primero (2 Sm 5:11), y para la edificación del templo que levantó el segundo (1R 9:10-14; 2 Cr 3:3-16).
De Tiro era la impía Jezabel, mujer de Acab, rey de Israel. A causa de sus prácticas idolátricas la ciudad fue objeto de las severas invectivas de los profetas Amós y Joel pero, sobre todo, de Jeremías (Jr 27:1-11) y Ezequiel. Éste pronunció una notable y larga oración anunciando la destrucción de la ciudad a manos de Nabucodonosor (Ez 26:1-28:19), como en efecto ocurrió el año 572 AC. (2)
Tolemaida era una ciudad muy antigua, situada a 13 Km al norte del Monte Carmelo, y conocida antiguamente con el nombre de Acco. Ya existía cuando los hebreos invadieron la tierra prometida, pero no la conquistaron, aunque había sido asignada a la tribu de Aser (Jc 1:31), y permaneció, por tanto, en manos de los fenicios. Ocupó un lugar muy importante durante las guerras de los macabeos. En el período intertestamentario se le dio el nombre con que figura en el Nuevo Testamento, Tolemaida, posiblemente en honor al faraón Tolomeo Filadelfo (285-246 AC). Cuando la conquistaron los árabes en el siglo VIII, le devolvieron su nombre antiguo de Acco, que los cruzados convirtieron en Acre en 1191 DC, cuando el rey de Inglaterra, Ricardo Corazón de León, la tomó por asalto en una batalla famosa. Fue entregada después a la orden de los caballeros hospitalarios de San Juan, y pasó a llamarse San Juan de Acre. Luego cayó en manos de los turcos otomanos, pero les fue arrebatada por los ingleses en 1917. Hoy forma parte, bajo el nombre de Akkó, del estado de Israel.
8,9. “Al otro día, saliendo Pablo y los que con él estábamos, fuimos a Cesarea; y entrando en casa de Felipe el evangelista, que era uno de los siete, posamos con él. Éste tenía cuatro hijas doncellas que profetizaban.”
Al día siguiente, y debe haber sido muy temprano por el largo trayecto que tenía por delante, Pablo y sus acompañantes partieron hacia Cesarea. Aunque no se señala específicamente, deben haberlo hecho, como era normal entonces, a pie, o a lomo de mula, y haberlo hecho a paso rápido, pues cubrieron la distancia, que en el mapa es más de 40 km, en un solo día.
Ya hemos hablado en otra ocasión de Cesarea, donde por primera vez se predicó el evangelio a los gentiles (“Consideraciones acerca del libro de los Hechos II”), la ciudad puerto fastuosa construida por Herodes el Grande en honor del César, de modo que no necesito ahora hablar de ella.
Llegados a la ciudad se hospedaron donde Felipe, que era uno de los siete diáconos elegidos en Hechos 6. Él figura varias veces en el libro de Hechos, pues fue uno de los pioneros que evangelizaron Samaria durante la persecución desatada en Jerusalén después del apedreamiento de Esteban (Hch 8:4-13). Luego, alertado por un ángel, le cupo predicar y bautizar al etíope, alto funcionario de la reina Candace, que retornaba a su tierra después de adorar en Jerusalén (Hch 8:26-39). Hecho lo cual, y arrebatado por el Espíritu, anunciaba las buenas nuevas por todas las ciudades hasta que llegó a Cesarea (v. 40). Es posible que él y Pablo no se hubieran encontrado antes, pero sí habían oído hablar el uno del otro.
Él tenía cuatro hijas, todavía sin casar, que eran profetizas. Sabemos que en las primeras décadas de la iglesia el don de profecía era muy común entre los creyentes como consecuencia del derramamiento del Espíritu Santo ocurrido en Pentecostés (Hch 2:1-4). Joel, como también sabemos, había profetizado que en los postreros días “vuestros hijos y vuestras hijas profetizarán” (Jl 2:28; Hch 2:16, 17) y tendrán visiones, lo cual se cumplió ampliamente en esos tiempos.
Estas hijas de Felipe, según se sabe por otras fuentes, vivieron hasta edad avanzada y fueron muy estimadas en la iglesia como fuente de información acerca de los sucesos de los primeros tiempos de la iglesia. Podemos suponer que Lucas debe haber aprovechado sus recuerdos al componer las dos obras escritas por él, especialmente durante los dos años que Pablo permaneció en custodia en esa ciudad antes de ser enviado a Roma (Hch caps 24 al 26).
Según informa F.F. Bruce, algunos años después de los acontecimientos narrados acá, su padre Felipe emigró a la capital de la provincia de Asia, Éfeso, junto con otros discípulos, llevándose a sus hijas consigo. (3)
Notas: 1. Cos es una isla montañosa, que forma parte del archipiélago de las Espóradas, situada frente a  la costa sudoccidental de Asia Menor. Se hizo famosa por sus aguas termales sulfurosas, y por su escuela de medicina fundada por Hipócrates en el siglo V AC, y que gozó, precisamente gracias a ese hecho, de mucho favor bajo Herodes el Grande y los romanos.
Rodas, situada al este de la anterior, y bastante más grande, llegó a ser un importante centro comercial y político en la  antigüedad, tanto como Alejandría y Cartago. Allí se encontraba la famosa estatua del Coloso de Rodas, una de las siete maravillas de la antigüedad, entre cuyas piernas pasaban barcos. Tenía 32 m de altura, y fue erigida usando planchas de bronce, sostenidas por una estructura de hierro, a inicios del siglo III AC. Servía de faro para los navegantes nocturnos, antes de ser abatida por un terremoto el año 226 AC.
Pátara era un puerto importante de la costa de Licia, donde había un famoso santuario dedicado a Apolo, cuyo oráculo rivalizaba con el de Delfos. No se tiene noticias de que allí hubiera entonces una iglesia.
2. Las palabras de la última parte de la profecía de Ezequiel (28:11-19) suelen interpretarse como referidas simbólicamente a Lucifer.
3. El don de profecía, del que habla Pablo en Rm 12:6-8 y 1Cor 12:8-11, es dado por igual tanto a hombres como a mujeres. Profetizas fueron Miriam, la hermana de Moisés (Ex 15:20,21), Débora (Jc 4:4), Hulda (2R 22:14), la mujer de Isaías (8:3,4), la virgen María (Lc 1:46-48), y la anciana Ana (Lc 2:36-38).
Amado lector: Jesús dijo: "¿De qué le sirve al hombre ganar el mundo si pierde su alma? (Mt 16:26) "Si tú no estás seguro de que cuando mueras vas a ir a gozar de la presencia de Dios, yo te invito a pedirle perdón a Dios por tus pecados haciendo una sencilla oración:
"Jesús, tú viniste al mundo a expiar en la cruz los pecados cometidos por todos los hombres, incluyendo los míos. Yo sé que no merezco tu perdón, porque te he ofendido consciente y voluntariamente muchísimas veces, pero tú me lo ofreces gratuitamente y sin merecerlo. Yo quiero recibirlo. Me arrepiento sinceramente de todos mis pecados y de todo el mal que he cometido hasta hoy. Perdóname, Señor, te lo ruego; lava mis pecados con tu sangre; entra en mi corazón y gobierna mi vida. En adelante quiero vivir para ti y servirte."
#957 (08.01.17). Depósito Legal #2004-5581. Director: José Belaunde M. Dirección: Independencia 1231, Miraflores, Lima, Perú 18. Tel 4227218. (Resolución #003694-2004/OSD-INDECOPI).

martes, 8 de mayo de 2018

MALTRATO DE LA MUJER


MALTRATO DE LA MUJER

Si el apóstol Pablo hubiera sabido el uso que en el Perú, y en otros países donde predomina la mentalidad machista, se haría de sus palabras en Efesios 5:22 (“Las casadas estén sujetas a sus propios maridos, como al Señor.”) quizá habría dudado en ponerlas, o habría hecho alguna aclaración, porque él no pretendía condonar el abuso de la mujer.

¿La mujer casada, (o conviviente) debe someterse al marido aun cuando sea maltratada, abusada, humillada, explotada, violada por su marido? ¿Eso sería la voluntad de Dios para ella? Eso es casi lo que en algunas partes se enseña: ¡Sométete a tu marido!

Se olvida que pocas líneas más abajo el mismo Pablo escribió: “Maridos, amad a vuestras mujeres, así como Cristo amó a la iglesia, y se entregó a sí mismo por ella.” (Ef 5:25). La mujer se somete a su marido porque él la ama como Cristo ama a su iglesia, dando su vida por ella. Es decir, porque él la cuida, la protege, la levanta, la engríe, y está incluso dispuesto a morir por ella, si fuera necesario.

Hay una reciprocidad entre ambos mandatos. La mujer se somete al marido que la ama, no de palabra, ni de instinto, sino en los hechos. Si él no la trata de esa manera, si la maltrata, no puede exigirle que se someta. Y ella más bien, si es posible, debería huir de ese mal marido. A menos que ella, por amor de sus hijos, en un acto de heroísmo, escoja permanecer y someterse al martirio, esperando que el esposo sea ganado para Dios considerando como dice el apóstol Pedro “su conducta casta y respetuosa.” (1 Pedro 3:1,2).



miércoles, 2 de mayo de 2018

VIOLENCIA CONTRA LA MUJER


VIOLENCIA CONTRA LA MUJER
Por José Belaunde M.
En los últimos meses se han producido en el Perú algunos casos muy serios de maltrato de la mujer que rayan en lo inhumano.
Estos casos recientes deben ciertamente preocupar a todos los ciudadanos conscientes, porque son manifestaciones de la presencia en nuestra sociedad de una mentalidad primitiva, desconsiderada e irresponsable que tiene consecuencias muy penosas para las mujeres afectadas.
Esos casos incluyen golpizas, atropellos, acoso en las calles y violaciones, conductas todas ellas que son inaceptables en una sociedad civilizada. Y lo más vergonzoso para nosotros es que se dieron varios casos en que los agresores no recibieron la sanción penal que corresponde, porque nuestra justicia se burla de las mujeres.
Esas ocurrencias obedecen a una perversa mentalidad secular que coloca a la mujer en una situación de inferioridad y dependencia, y lo que es peor, a nivel popular considera a la violación como un acto de hombría. J.M. Arguedas escribió un cuento que grafica terriblemente esta mentalidad.
Todas esas acciones y actitudes son, como todo abuso de la fuerza física, actos de cobardía. El hombre que golpea, o maltrata físicamente a una mujer, debe ser calificado y tratado como lo que es, un cobarde. Y si viola a una mujer, de asesino, porque lo es efectivamente, dado el daño psicológico y moral que ocasiona. Desgraciadamente nuestra legislación considera la violación como un delito, no como un crimen, lo que afecta la severidad de las penas.
Teniendo en cuenta la indiferencia y pasividad con que las mujeres son a veces atendidas en las comisarías, fiscalías y otras instancias judiciales, según me consta, deben establecerse protocolos de atención de cumplimiento obligatorio, y observatorios que vigilen su cumplimiento.
Adicionalmente, como se trata de una mentalidad fuertemente arraigada en nuestra sociedad por razones históricas, es necesario que desde la etapa escolar inicial se enseñe al niño a respetar a la mujer, y a la niña a valorarse.
Después de todo ¿cómo puede nuestra sociedad subsistir sin respetar a la mujer y darle el sitial que le corresponde? Las mujeres son nuestras madres, esposas e hijas. Esto es, las madres que nos criaron, las esposas que nos aman, y las hijas que engreímos. Son ellas generalmente las que llevan el peso del hogar. Y en nuestro pueblo en muchísimos casos, las mujeres son las heroínas anónimas que sostienen con su precario trabajo, o a veces, por necesidad, con la limosna, el hogar abandonado por el hombre que engendró hijos sin asumir su responsabilidad. ¿Cómo no debemos valorarlas? ¿Qué haríamos nosotros sin ellas?

viernes, 9 de marzo de 2018

LOS CIELOS CUENTAN LA GLORIA DE DIOS


LA VIDA Y LA PALABRA
Por José Belaunde M.

LOS CIELOS CUENTAN LA GLORIA DE DIOS

REFLEXIONES EN TORNO A LA PRIMERA ESTROFA DEL SALMO 19
Uno de mis salmos favoritos, el número 19, comienza con estas palabras:
"Los cielos cuentan la gloria de Dios, y el firmamento anuncia la obra de sus manos. El día transmite al día la palabra  y la noche a la noche el conocimiento. No es lenguaje ni palabras ni es oída su voz, pero por toda la tierra salió su sonido y hasta el confín del mundo sus palabras." (Sal 19:1-4).
Este salmo nos habla de una gran verdad: la naturaleza entera entona un cántico incesante de alabanza a la gloria de su Creador. No es un cántico audible a los oídos naturales, sino una sinfonía para los ojos y oídos espirituales de los que los tienen abiertos. (Nota 1)
Por eso dice que no es un mensaje de palabras, ni es oída su voz, pero que por toda la tierra sale su sonido y hasta el confín del mundo su palabra.
En verdad, ¡qué cosa tan extraña! No emite un solo sonido y, sin embargo, su voz es oída en toda la tierra.
Para el que tiene los ojos y los oídos abiertos, todo el mundo, toda la naturaleza nos habla de SU Hacedor, y podemos ver SU imagen en todas las cosas que Él ha creado, porque todo está lleno de Él y lleva la huella de sus manos.
Por eso es que Pablo pudo escribir: "Porque las cosas invisibles de Él, su eterno poder y deidad, se hacen claramente visibles desde la creación del mundo, siendo entendidas por medio de las cosas hechas..." (Rm 1:20). Ahora sí lo entiendo: El mundo entero es su mensaje.
Dios no nos ha dejado sin pruebas de su existencia, ni sin manifestaciones de su amor. Más bien, todo en la naturaleza es prueba de su existencia, y manifestación de su amor. Y así debemos mirarla, admirarla y gozarnos en ella.

Pensemos un momento en el sol. ¿Podríamos existir sin su luz y sin su calor? Jesús dijo que Dios hace brillar SU sol sobre malos y buenos (Mt 5:45). Dios lo ha creado para nosotros, para darnos vida, calor y luz. La ciencia nos dice que toda la energía que circula y actúa en la tierra proviene del sol, es energía solar reciclada, transformada por millones de procesos físicos y químicos simultáneos e incesantes.
San Agustín decía que el sol es un símbolo de la Trinidad y nos permite, por analogía, acercarnos un poco a su misterio. Dios es como el sol, decía, el astro que rige nuestro sistema planetario. Nosotros percibimos el disco solar durante el día, el cual representa al Padre; al mismo tiempo recibimos la luz que nos alumbra y que representa al Hijo; y de otro, finalmente, sentimos el calor que el sol irradia, el cual representa al Espíritu Santo, que derrama su amor en nosotros. Pero el astro solar es uno solo, así como Dios es uno solo (2).
¿Cuántas cosas hace el sol para nuestro contentamiento y nuestro gozo? Pensemos en el espectáculo maravilloso del crepúsculo al caer la tarde, o el de la aurora cuando nace un nuevo día. No hay pintor que pueda pintar en un lienzo una combinación comparable de tonos y matices.
Muchos jóvenes han tomado la costumbre de ir a la orilla del mar a ver el "sunset", como ellos lo llaman -prestándose esa palabra del inglés, como si no la hubiera en nuestro idioma- para llenar sus ojos de la belleza de ese espectáculo extraordinario. ¿Pero quién de ellos recuerda que es Dios el que nos brinda y prepara día tras día ese cuadro glorioso, para alegrarnos y llenar nuestro ánimo de su dicha y paz? Ahí está el crepúsculo a disposición de todos, para que lo gocen por igual buenos y malos, como tantas otras cosas de la naturaleza.
También la luna nos habla del Dios que brilla en nuestras noches de infortunio, aunque a veces parece que se ocultara. Cuando todas las cosas, las personas y las circunstancias, se vuelven contra nosotros y nos rodea la oscuridad, ahí está el astro nocturno para recordarnos que Dios nunca se olvida de sus hijos y que, tras la noche de la tribulación, vendrá sin falta el día.
El mar, con su incomparable grandeza, es un símbolo de la insondable inmensidad de Dios. Nosotros vivimos sumergidos en Él como el pez en el océano, tal como dice Pablo: "En Él vivimos, nos movemos y tenemos nuestro ser" (Hch 17:28). Dios nos alimenta y nos da vida, así como todos los seres marinos se nutren y respiran del mar. Como los peces en el agua, nosotros vivimos rodeados por todas partes de Dios y no podemos salirnos de Él. Pero muchos ciegamente niegan su existencia porque no lo ven, cuando es visible a los ojos del alma. ¡Cuántas cosas se pierden!
Las olas del mar borrascoso son una imagen del poder incontrastable de Dios. Quien ha estado en medio de una tempestad en pleno océano sabe cuán frágil e impotente es el hombre frente a la fuerza desencadenada de las olas: "Porque habló e hizo levantar un viento tempestuoso, que encrespa sus olas," dice el salmista (Sal 107:25). Nosotros somos aun más inermes frente al poder de Dios que con su solo soplo puede barrernos de la existencia. Sólo Dios puede poner arena como término a la fuerza de las olas, según nos recuerda Jeremías (5:22).
Pero esas mismas olas pueden arrullarnos cuando estamos en una barca, sesteando bajo el sol no lejos de la orilla, y pueden llenarnos de paz y seguridad cuando la brisa juguetea con las ondas cerca de la playa. Así nos arrulla el amor de Dios cuando nos confiamos por entero a Él.
El aire que nos rodea por todas partes y que todo lo llena es una imagen de Dios, que llena con su Espíritu la creación entera y que todo lo penetra (Sal 139:7-12). Así como nosotros nos ahogamos si nos falta el aire, de igual manera tampoco podemos vivir sin Dios. Si Él nos falta nuestra vida se marchita y se extingue. Bien lo enseña el salmo 104: "Les quitas el hálito, y dejan de ser, y vuelven al polvo." (v.29). Pero también es verdad lo que dice el versículo siguiente: "Envías tu Espíritu y son creados y renuevas la faz de la tierra".
Por eso el viento es también un símbolo del Espíritu Santo, según palabras del propio Jesús: "El viento sopla donde quiere, y oyes su sonido; mas no sabes de dónde viene, ni a dónde va." (Jn 3:8)
En el relato del Génesis leemos que Dios sopló aliento de vida en la nariz del hombre, y éste fue un ser viviente (Gn 2:7). Una misma palabra en los idiomas hebreo (ruaj) y griego (pneuma) designa a la vez al viento y al espíritu.
Pero también el agua es símbolo del Espíritu Santo que brota de todo aquel que cree en Jesús, según clamó Él mismo un día en el templo: "El que cree en mí, como dice la Escritura, de su interior correrán ríos de agua viva." (Jn 7:38)
El agua es, sin embargo, también símbolo de la palabra que nos limpia y purifica, como les dijo Jesús a sus discípulos: "Ya vosotros estáis limpios por la palabra que os he hablado." (Jn 15:3; cf Ef 5:26)
La tierra que sostiene y alimenta a todas las criaturas es un símbolo de Dios que todo lo sustenta. Cual una gallina que empolla sus huevos, la tierra incuba, por así decirlo, a las semillas que están en su interior, las nutre con su sustancia y humedad, y les da su calor hasta que germinan y brotan. De igual manera Dios nos ha incubado en su mente desde la eternidad hasta el día en que vimos la luz por vez primera: "Mis días estaban previstos,-dice el salmista- escritos todos en un libro, sin faltar uno, cuando fui formado en lo oculto y entretejido en los más profundo de la tierra." (Sal 139:13-16).
La tierra, en la que todos somos peregrinos y transeúntes, es también un símbolo del cielo que Dios nos prepara, la tierra prometida a la cual entraremos un día a descansar de nuestras obras, "así como Dios reposó de las suyas." (Hb 4:9,10; cf Gn 2:2).
Las montañas son una imagen de la solidez y de la permanencia de Dios, tal como recitaban los peregrinos que se acercaban a la ciudad santa: "Los que confían en el Señor son como el monte de Sión, que no se mueve y permanece para siempre." (Sal 125:1).
Dios se manifiesta en las montañas cuyas cimas tocan el cielo, como ocurrió en el Sinaí, cuando descendió fuego y humo, y el monte se estremeció de manera pavorosa. Ahí, en la cumbre de la montaña, Dios le habló a Moisés y le dio las tablas de la ley, hablándole en medio de truenos y relámpagos. (Ex 19:16-20).
Los ríos son un símbolo de la fecundidad y enjundia de la palabra de Dios que alimenta a los justos plantados a su orilla, así como son regados los árboles que están sembrados "junto a las corrientes de aguas." (Sal 1:3).
Las semillas son una imagen de la palabra de Dios que, cuando es sembrada en la buena tierra del corazón humano, germina y crece y da fruto hasta ciento por uno (Mr 4:20).
El imán es una imagen del amor de Dios que nos atrae irresistiblemente como el acero a las virutas.
Más que ninguna otra cosa, el fuego es un símbolo del amor de Dios que todo lo abrasa y purifica, y en el que el Espíritu Santo nos bautiza para llenarnos de su poder para testificar (Lc 3:16; Hch 1:8;2:1-4).
La luz es un símbolo de la verdad que trajo Jesús a la tierra y que ilumina las tinieblas de nuestra ignorancia (Jn 1:4,5). El que le siga "no andará en la oscuridad, sino que tendrá la luz de la vida." (Jn 8:12)
Los colores del arco iris simbolizan los variados dones y frutos del Espíritu Santo que se funden en un solo haz de luz blanca. Pero también es el arco iris un símbolo de la fidelidad de Dios con el hombre, así como fue en el pasado una señal del pacto inconmovible que Dios estableció con Noé, de que nunca más la humanidad perecería por las aguas. (Gn 9:11-17).
Las nubes que, como una enhiesta columna, guiaron a Israel en su peregrinar de 40 años por el desierto, son un símbolo de la presencia de Dios que nunca nos deja y nos acompaña a lo largo de la vida (Ex:33; Nm 9:15-23). Cuando las ilumina el sol y las tiñe de magníficos colores, son una imagen de su incomparable majestad, como lo era la nube de gloria que descendió sobre el tabernáculo de reunión edificado por Moisés, y no dejaba que nadie entrara (Ex 40:34-38). Esa nube en particular era, es cierto, más que una imagen, una manifestación de su gloria, manifestación que el pueblo elegido necesitaba en un momento decisivo de su arduo peregrinar.
El pan es una imagen de la bondad de Dios que sacia nuestro hambre y nos alimenta. Por eso dice la gente: “bueno como el pan".
"La leche no adulterada", como bien sabemos, es un símbolo de la palabra que nutre a los recién nacidos en la fe (1P:2:2).
Toda la creación nos habla de Dios y canta a su gloria. ¿Podremos nosotros permanecer mudos y no unirnos al salmo en su alabanza que entona la naturaleza entera?
¡Oh, cuánta verdad hay en ese verso: "Los cielos cuentan la gloria de Dios, y el firmamento anuncia la obra de sus manos"! (Sal 19:1). Yo quiero unir mi voz al canto de toda la creación para darle gracias por todas las bendiciones que ha derramado sobre mí. ¿Y tú no quieres unir la tuya, a la alabanza a ese Padre que todo lo ha hecho para tu bien? ¿En cuyo seno vives y cuyo aliento respiras? ¿Que te ha dado no sólo la vida, sino todo lo que tienes? ¿Y que encima, como si todo lo anterior fuera poco, envió a su Hijo para salvarte? ¿Serías tú tan ingrato como para darle la espalda? Si empecinado lo haces, te perderás para siempre. Pero si te vuelves a Él, algún día gozarás de su presencia sin el velo de la carne. Y tu dicha no tendrá fin.
Notas: 1. Los comentaristas dicen que Dios se revela al hombre básicamente de dos maneras: por medio de la naturaleza creada, y mediante su Palabra (También puede, es cierto, hablarle al ser humano directamente al corazón mediante el Espíritu Santo). El mundo, dice un autor medieval, es un libro escrito por el dedo de Dios que todos pueden leer. Pablo alude a ese hecho en Rm 1:18-21. Y más adelante, en el vers. 10:18 cita el vers. 4 de este salmo.
La primera parte del salmo 19 (vers 1-6) habla de la primera forma de revelación; la segunda (vers. 7-11), de la revelación mediante la Palabra.
2. Esta es una ilustración figurada, no una explicación de la Trinidad, como a veces se la presenta. Las tres personas de la Trinidad no son modalidades diferentes en las que la Deidad se manifiesta, sino son personas en sí mismas distintas. Incluso la misma palabra "persona"  tomada del lenguaje común, expresa pobremente la individualidad de cada una de ellas. De qué manera las tres son a la vez uno, es un misterio que está más allá del tema de este artículo.
NB Esta charla radial, escrita el 21.01.01, fue impresa por primera vez en marzo de 2001, y luego en octubre de 2007. Se imprime por tercera vez ligeramente revisada.
Amado lector: Si tú no estás seguro de que cuando mueras vas a ir a gozar de la presencia de Dios, yo te exhorto a arrepentirte de todos tus pecados y a pedirle perdón a Dios por ellos diciendo: Jesús, yo te ruego que laves mis pecados con tu sangre. Entra en mi corazón y gobierna mi vida. En adelante quiero vivir para ti y servirte.
#956 (18.12.16). Depósito Legal #2004-5581. Director: José Belaunde M. Dirección: Independencia 1231, Miraflores, Lima, Perú 18. Tel 4227218. (Resolución #003694-2004/OSD-INDECOPI).