viernes, 13 de julio de 2018

DEFENSA DE PABLO ANTE EL PUEBLO II


LA VIDA Y LA PALABRA
Por José Belaunde M.
DEFENSA DE PABLO ANTE EL PUEBLO II
Un Comentario de Hch 22:12-29
Pablo continúa ante la multitud airada el relato de su conversión para explicar el cambio de su actitud frente a los seguidores de Jesús, al haber pasado de activo perseguidor a denodado apóstol suyo.

12,13. “Entonces uno llamado Ananías, varón piadoso según la ley, que tenía buen testimonio de todos los judíos que allí moraban, vino a mí, y acercándose, me dijo: Hermano Saulo, recibe la vista. Y  en aquella misma hora recobré la vista y lo miré.”
Enseguida Pablo relata cómo Ananías vino a verle de parte de Dios recalcando, para que tomen nota los que lo escuchan, que se trataba de una “varón piadoso según la ley”, que gozaba de buen nombre entre los judíos de la ciudad. Pero nada dice de cómo el Señor se le había parecido en visión a Ananías y cómo le había ordenado que fuera a buscarlo y le impusiera las manos para que recobrara la vista, ni menciona la resistencia que Ananías opuso inicialmente a cumplir ese encargo, dada la fama de perseguidor de los discípulos que precedía a Saulo (Hch 9:10-18).
 Sin embargo, cuenta cómo, llegado Ananías, él efectivamente, y a su sola palabra, recobró la capacidad de ver que había perdido.
14,15. “Y él dijo: el Dios de nuestros padres te ha escogido para que conozcas su voluntad, y veas al Justo (Nota 1), y oigas la voz de su boca. Porque serás testigo suyo a todos los hombres, de lo que has visto y oído.”
Pablo resume las palabras que Ananías le dirigió además de parte de Dios: Él te ha escogido, en primer lugar, para que veas y oigas al Justo (esto es, implícitamente, a Jesús resucitado y en gloria; y segundo, para que seas testigo ante todos los hombres de que Él está vivo. De esta manera Pablo recibe, por boca de Ananías, el encargo, o comisión, de Dios de predicar el Evangelio a los gentiles. Por eso él puede escribir en Gálatas que así como a Pedro le había sido confiado el Evangelio de la circuncisión, a él le había sido confiado el de la incircuncisión (Gal 2:7,8); y que él había recibido esa comisión no de hombre alguno, sino directamente de Dios (1:1).
16. “Ahora, pues, ¿por qué te detienes? Levántate y bautízate, y lava tus pecados, invocando su nombre.”
Las últimas palabras de su relato contienen una confesión de fe en la divinidad de Jesús, porque sólo el nombre de Dios puede ser invocado. Jesús había dicho una vez a un paralítico, para escándalo de los escribas y fariseos: “Tus pecados te son perdonados” (Mr 2:5). Jesús tiene el poder de perdonar los pecados, algo que sólo Dios puede hacer. Vale la pena notar que el bautismo era entonces la introducción a la vida cristiana, en la que el creyente hacía una confesión pública de fe en Jesús, a la vez que sus pecados le eran perdonados. (Mt 28:19; Mr 16:16; Hch 2:38; 8:12; 8:36-38; 9:18; 10:47,48; 16:30-33; 18:8; 19:4,5). Lamentablemente para muchos, con el paso del tiempo, el bautismo se ha convertido en un rito meramente simbólico, o en una mera formalidad.
Pero esta parte del relato de Pablo no suscitó en ese momento ninguna reacción airada de parte de sus oyentes que le seguían escuchando, quizá algunos atentamente, quizá otros intrigados, y otros, desconfiados y desafiantes.
17,18. “Y me aconteció, vuelto a Jerusalén, que orando en el templo me sobrevino un éxtasis. Y le vi que me decía: Date prisa, y sal prontamente de Jerusalén; porque no recibirán tu testimonio acerca de mí.”
Pablo condensa en su relato los acontecimientos posteriores a su conversión, tales como su predicación en Damasco y su fuga de esa ciudad, así como su estadía en Arabia y su retorno a Damasco, de la cual vino a Jerusalén, y cómo los discípulos lo evitaban hasta que Bernabé, que había sido testigo de su obra en Damasco, lo trajo a los apóstoles y les habló a favor de él.
Pablo narra en este punto un acontecimiento importante que no figura en el relato que hace Lucas de su conversión y del inicio de su labor apostólica (Hch 9:26-30): el éxtasis que experimentó mientras oraba en el templo, y las palabras que Jesús le dirigió instándole a salir pronto de Jerusalén porque los judíos de la ciudad rechazarían su testimonio.
19-21. “Yo dije: Señor, ellos saben que yo encarcelaba y azotaba en todas las sinagogas a los que creían en ti; y cuando se derramaba la sangre de Esteban tu testigo, yo mismo también estaba presente, y consentía en su muerte, y guardaba las ropas de los que le mataban. Pero me dijo: Ve, porque yo te enviaré lejos a los gentiles.”
En su diálogo con Jesús Pablo da como motivo del rechazo de su testimonio por los judíos, el que ellos hubieran sido testigos de cómo antes de su conversión, él era un furibundo perseguidor de los cristianos, y cómo él había aprobado el lapidamiento de Esteban (Hch 7:58). El cambio inesperado de actitud hacia los seguidores de Cristo que había experimentado Pablo era no sólo causa de que no aceptaran su testimonio, sino que, más allá de eso, explica el odio que sus connacionales concibieron contra él, al considerarlo un apóstata de la religión de sus mayores y un traidor a su patria.
Por lo mismo Jesús le reitera la comisión que ya le había dado cuando fue bautizado, de ir a predicar su nombre a los gentiles.
22-24. “Y le oyeron hasta esta palabra; entonces alzaron la voz, diciendo: Quita de la tierra a tal hombre, porque no conviene que viva. Y como ellos gritaban y arrojaban sus ropas y lanzaban polvo al aire, mandó el tribuno que le metiesen en la fortaleza, y ordenó que fuese examinado con azotes, para saber por qué causa clamaban así contra él.”
La multitud le había estado oyendo hasta ese punto, pero cuando le oyeron contar que el Señor lo enviaba a predicar a los gentiles, comenzaron a gritar indignados que Pablo debía morir.
¿Qué es lo que había de ofensivo para ellos en esa palabra? El pueblo judío mantenía una estricta separación con los no judíos que eran, a su entender, impuros por la vida pecadora que llevaban. Las normas y prescripciones alimenticias y de otro tipo de la ley, y de las tradiciones de sus mayores (es decir, lo que los fariseos habían agregado con el tiempo y que Jesús tanto criticó, la llamada “ley oral”) tenían por finalidad mantener esa estricta separación, que aun los creyentes de origen judío respetaban. Ese es el motivo del incidente de Antioquía que relata Pablo en Gálatas, causado por el hecho de que Pedro, que no tenía inconvenientes en comer junto con cristianos gentiles, se apartó de ellos cuando vinieron cristianos judíos de Jerusalén (Gal 2:11,13). Y explica también el reproche que le hicieron a Pedro los apóstoles y los hermanos en Jerusalén, de que hubiera entrado a casa de incircuncisos (el centurión Cornelio) y comido con ellos (Hch  11:1-3); así como su sorpresa de “que también a los gentiles ha dado Dios arrepentimiento para vida.” (11:18).
El pueblo judío consideraba que el mensaje de salvación, y el mandato que adorar a un solo Dios dado a Moisés, era sólo para ellos; que era algo que ellos no tenían por qué compartir con ningún otro pueblo. Ellos eran el pueblo elegido y ningún otro pueblo o nación tenía parte en sus privilegios.
Aunque los romanos en general despreciaban a los judíos, habían reconocido y aceptado sus costumbres peculiares, como la de descansar un día a la semana, y su negativa a rendir culto al emperador, a fin de preservar la paz en los territorios que hoy llamamos Palestina, donde vivía buena parte del pueblo judío, pues otra parte, quizá la mayoría, vivía dispersada en el imperio.
Al ver el alboroto que se estaba armando, el tribuno ordenó que metieran a Pablo rápidamente en la fortaleza, y mandó que, según la costumbre de entonces, le azotasen para que confesase porqué motivo la multitud estaba indignada contra él. ¿No había otra manera más justa de interrogarlo? Sí, pero ésa era la más rápida y efectiva.
25,26. “Pero cuando le ataron con correas, Pablo dijo al centurión que estaba presente: ¿Os es lícito azotar a un ciudadano romano sin haber sido condenado? Cuando el centurión oyó esto, fue y dio aviso al tribuno, diciendo: ¿Qué vas a hacer? Porque este hombre es ciudadano romano.”
Pablo, que en medio de la agitación había conservado la sangre fría, al ver con qué fin lo estaban atando, le preguntó al centurión encargado de cumplir las órdenes del tribuno: ¿No obras contra las leyes que protegen al ciudadano romano al querer azotarme sin que se haya pronunciado sentencia contra mí? Tengamos en cuenta que ésa era una práctica común que los romanos no dudaban en aplicar contra el común de los mortales. Pero el ciudadano romano estaba protegido; no se podía actuar con él de esa manera.
Pensemos: Los hombres de todos los tiempos han tendido a hacer distinciones entre una y otra clase de seres humanos, y dondequiera que ha habido dominación de un pueblo sobre otro, como era  el caso en los antiguos países coloniales, se han establecido privilegios para los dominadores. Sólo en tiempos recientes, y por influencia, -aunque no se quiera admitirlo- del cristianismo, se ha reconocido que todos los seres humanos gozan de los mismos derechos (2).
27-29. “Vino el tribuno y le dijo: Dime, ¿eres tú ciudadano romano? Él dijo: Sí. Respondió el tribuno: Yo con una gran suma adquirí esta ciudadanía. Entonces Pablo dijo: Pero yo lo soy de nacimiento. Así que, luego se apartaron de él los que le iban a dar tormento; y aun el tribuno, al saber que era ciudadano romano, también tuvo temor por haberle atado.”
En este corto diálogo entre el tribuno –cuyo nombre se revela después que era Claudio Lisias (27:23)- y Pablo, se mencionan las dos formas comunes cómo una persona podía acceder a la ciudadanía romana: Por nacimiento, o comprando ese derecho. La primera era superior a la segunda.
Pablo era ciudadano romano por nacimiento, habiendo nacido en una ciudad a una parte de cuya población, el imperio le había concedido un derecho comparable al de los oriundos de la misma Roma, esto es, que los descendientes de un grupo privilegiado, fueran al nacer automáticamente ciudadanos romanos. El tribuno confesó que él había tenido que pagar una fuerte suma para serlo.
Al enterarse de que Pablo gozaba del privilegio de la ciudadanía romana, se apartaron de él, y el propio tribuno temió que Pablo pudiera acusarlo de haberlo atado para azotarlo sin que hubiera sido condenado por un tribunal legítimo.
Pero ¿cómo podía Pablo alegar fácilmente que era ciudadano romano, y cómo así le creyó el tribuno tan fácilmente sin que le mostrara las pruebas? Era un delito grave alegar ser ciudadano romano sin serlo, y el tribuno debe haber pensado que Pablo no se arriesgaría a cometerlo. Por lo demás, él podría verificarlo fácilmente, si lo deseaba, pues todas las ciudades guardaban registros del nacimiento de sus habitantes.

Notas: 1. Jeremías 23:5,6 llama así al Mesías esperado, descendiente de David, que debía redimir a Israel. Esteban lo llama también así (Hch 7:52). ¿Y quién mejor que Jesús tiene derecho a ese título?
2. Hoy se habla mucho en el mundo, y en los organismos y foros internacionales, sobre los derechos humanos, sin ser conscientes de que los derechos humanos son un producto, o invención, del cristianismo, y que, estrictamente hablando, fuera del ámbito occidental cristiano, casi no se respetan, salvo por imitación, y la vida humana no tiene valor, siendo mirada como algo desechable.

Amado lector: Jesús dijo: "¿De qué le sirve al hombre ganar el mundo si pierde su alma?” (Mt 16:26). Si tú no estás seguro de que cuando mueras vas a ir a gozar de la presencia de Dios, yo te invito a pedirle perdón a Dios por tus pecados haciendo una sencilla oración:
"Jesús, tú viniste al mundo a expiar en la cruz los pecados cometidos por todos los hombres, incluyendo los míos. Yo sé que no merezco tu perdón, porque te he ofendido consciente y voluntariamente muchísimas veces, pero tú me lo ofreces gratuitamente y sin merecerlo. Yo quiero recibirlo. Me arrepiento sinceramente de todos mis pecados y de todo el mal que he cometido hasta hoy. Perdóname, Señor, te lo ruego; lava mis pecados con tu sangre; entra en mi corazón y gobierna mi vida. En adelante quiero vivir para ti y servirte."

#962 (12.02.17). Depósito Legal #2004-5581. Director: José Belaunde M. Dirección: Independencia 1231, Miraflores, Lima, Perú 18. Tel 4227218. (Resolución #003694-2004/OSD-INDECOPI). DISTRIBUCIÓN GRATUITA. PROHIBIDA LA VENTA.


martes, 10 de julio de 2018

DEFENSA DE PABLO ANTE EL PUEBLO I


  LA VIDA Y LA PALABRA
José Belaunde M.
DEFENSA DE PABLO ANTE EL PUEBLO I
Un Comentario de Hechos 21:37-22:11

La acusación falsa hecha por unos judíos de Éfeso de que Pablo había introducido a un gentil en un recinto del templo, que estaba reservado bajo pena de muerte exclusivamente a los judíos, provocó un tumulto que amenazaba matarlo. Avisado el jefe de la guarnición romana, acudió presuroso y ordenó llevar a Pablo atado a la Torre Antonia.
37,38. “Cuando comenzaron a meter a Pablo en la fortaleza, dijo al tribuno: ¿Se me permite decirte algo? Y él dijo: ¿Sabes griego? ¿No eres tú aquel egipcio que levantó una sedición antes de estos días, y sacó al desierto los cuatro mil sicarios?” (1)
En medio de este tumulto, Pablo no ha perdido su sangre fría. Ya habían llegado al pie de las escaleras que conducían al interior de la Torre Antonia, donde estaba acantonada la guarnición, cuando Pablo, ya no cargado en hombros, sino de pie, se dirige al tribuno en términos firmes pero corteses (literalmente): “¿Me permite la ley decirte algo?” El tribuno se sorprende de que el prisionero sepa hablar griego, porque él había creído que se trataba de un agitador egipcio que se proclamaba profeta, y que había provocado no hacía mucho una revuelta en el monte de los olivos, liderando un fuerte contingente de asesinos dispuestos a todo y armados de un puñal corto. Él les había asegurado que a su palabra las murallas de la ciudad caerían, que dominarían a la guarnición romana, y que se apoderarían de la ciudad. Pero las tropas del procurador Félix los vencieron, mataron a muchos de ellos, y a otros los tomaron prisioneros, razón por la cual los que habían sido engañados por él lo detestaban.
El tribuno se imaginó que la furia de la turba venía de que habían reconocido al agitador en el templo.
39, 40. “Entonces dijo Pablo: Yo de cierto soy hombre judío de Tarso, ciudadano de una ciudad no insignificante de Cilicia; pero te ruego que me permitas hablar al pueblo. Y cuando él se lo permitió, Pablo, estando en pie en las gradas, hizo señal con la mano al pueblo. Y hecho gran silencio, habló en lengua hebrea, diciendo:” 
Entonces Pablo se identificó orgullosamente como judío, nacido en Tarso, ciudad, como él dice bien, que gozaba de gran prestigio por la calidad de su vida académica y por su prosperidad comercial. Pablo le pide al tribuno que le permita dirigirse al pueblo para defenderse de las falsas acusaciones que le han hecho. Ésta era su última oportunidad de hacerlo antes de que lo encierren en la fortaleza. Es curioso, sin embargo, que él todavía no le revele al tribuno que él era ciudadano romano, quizá pensando que el funcionario debía deducirlo del hecho de que su ciudad natal fuera Tarso. Pero es posible que el tribuno no supiera que todos los judíos nacidos en esa ciudad gozaban de ese privilegio. Sin embargo, el tribuno debe haber percibido que Pablo era una persona distinguida. (2)
Pablo entonces, nada amedrentado por el furor de la turba, les hace un gesto para que guarden silencio y lo dejen hablar:
22:1,2. “Varones hermanos y padres, oíd ahora mi defensa ante vosotros. Y al oír que les hablaba en lengua hebrea, guardaron más silencio.” (3)
Para su sorpresa Pablo se dirige a ellos en lengua hebrea (4). Al oírlo hablar en su idioma la multitud se calmó. ¡Cuánta importancia tiene que se pueda hablar bien en el idioma local! Eso rompe las barreras. Pero no podemos dejar de notar que había algo sobrenatural en el silencio que se produjo. El Espíritu Santo se hizo presente porque quería que el pueblo escuchara el testimonio de Pablo.
2c-5. “Y él les dijo: Yo de cierto soy judío, nacido en Tarso de Cilicia, pero criado en esta ciudad, instruido a los pies de Gamaliel (5), estrictamente conforme a la ley de nuestros padres, celoso de Dios, como hoy lo sois todos vosotros. Perseguía yo este Camino hasta la muerte, prendiendo y entregando en cárceles a hombres y mujeres; como el sumo sacerdote también me es testigo, y todos los ancianos, de quienes también recibí cartas para los hermanos, y fui a Damasco para traer presos a Jerusalén también a los que estuviesen allí, para que fuesen castigados.”
Pablo comienza su defensa afirmando su judaísmo y su identificación con la multitud que lo amenaza: Nacido en Tarso, (6) una ciudad griega donde había una prestigiosa comunidad judía, fui educado en la ciudad santa que todos los judíos veneran, e instruido en la ley según sus principios más estrictos (7) por uno de los maestros más prestigiosos de nuestro tiempo, por Gamaliel (8). Era muy celoso de la gloria de Dios, y del cumplimiento meticuloso de las normas de vida y conducta con que los fariseos demuestran su fidelidad al Altísimo, como lo son todos los que me escuchan, les dice él para recalcar que es uno de ellos.
Yo perseguía furiosamente a los seguidores de este Camino (9), odiado por todos ustedes, a los seguidores de Jesús de Nazaret, metiéndolos en la cárcel sin consideración de sexo, hombres y mujeres por igual, como el Sumo Sacerdote Ananías me es testigo, para lo cual contaba con cartas de los ancianos que me autorizaban a hacerlo. Yo estaba viajando a Damasco (a pie seguramente) (10) con ese propósito para traer a Jerusalén a los culpables para que fueran castigados…
6,7. “Pero aconteció que yendo yo, al llegar cerca de Damasco, como a mediodía, de repente me rodeó mucha luz del cielo; y caí al suelo, y oí una voz que me decía: Saulo, Saulo, ¿por qué me persigues?”
Ahí sucedió algo extraordinario e inesperado. Pablo, que estaba acompañado por algunos compañeros, vio en torno suyo una luz más fuerte que la del sol a mediodía, cuyo impacto le hizo caer al suelo al mismo tiempo que oía una voz que le apostrofaba: “Saulo, Saulo”, le dijo la voz dos veces en tono acusador: “¿Por qué me persigues?”
8. “Yo entonces respondí: ¿Quién eres, Señor? Y me dijo: Yo soy Jesús de Nazaret, a quien tú persigues.”
¿Podemos imaginar su sorpresa inaudita al ver que aparecía delante de él en toda su gloria aquel Jesús que había muerto ignominiosamente en una cruz como un impostor, y cuyos discípulos él perseguía a muerte? ¡Qué contraste entre la vergüenza de la cruz y la gloria fulgurante en medio de la cual Jesús se le presenta! Pablo no lo reconoció en primera instancia –seguramente porque no lo había conocido en vida- pero ahora no cabía dudas de quién se trataba al habérsele presentado.
9. “Y los que estaban conmigo vieron a la verdad la luz, y se espantaron; pero no entendieron la voz del que hablaba conmigo.”
Es muy singular que sus acompañantes vieran la luz que rodeó a Pablo y se espantaran, pero que no oyeran la voz poderosa que le hablaba. Es que la voz no hablaba para ellos. Era una voz sobrenatural y ellos no tenían oídos para escucharla. Así también muchas veces ocurren fenómenos de orden sobrenatural en torno nuestro sin que nos demos cuenta, porque carecemos de los ojos y oídos que nos permitan percibirlos.
10. “Y dije: ¿Qué haré, Señor? Y el Señor me dijo: Levántate, y ve a Damasco, y allí se te dirá todo lo que está ordenado que hagas.”
Pablo tuvo en ese instante la revelación de que ese Jesús envuelto en gloria no era un mero hombre, sino era el Hijo de Dios mismo, y no dudó más de que le debía fidelidad y obediencia, pues preguntó: “Señor ¿Qué quieres que haga?” Es decir, estoy a tus órdenes. Dime qué debo hacer. Nótese que la palabra “Señor” en ese contexto sólo puede referirse a Dios. Ésta es la convicción que iluminará el resto de sus años y de su actividad: “que Jesucristo es el Señor para gloria de Dios Padre”. (Flp 2:11). A su servicio le dedicará el resto de su vida. Si Jesús es nuestro Señor nosotros no debemos hacer menos.
Pablo era un hombre de mucho sentido práctico y de naturaleza activa. Ahora, en ese instante en que tuvo la experiencia que cambió su vida, él piensa inmediatamente en lo que debe hacer, en lo que el Señor que se le ha aparecido quiere que haga.
11. “Y como yo no veía a causa de la gloria de la luz, llevado de la mano por los que estaban conmigo, llegué a Damasco.”
El resplandor de la fuerte luz que había visto lo había dejado ciego –nótese que sólo a él, no a sus acompañantes que también la habían visto, señal de que el brillo de la luz que ellos vieron fue mucho menor. Ellos pues, que no habían perdido la visión, se ocuparon de llevarlo de la mano hasta Damasco evitando que tropezara y cayera haciéndose daño. Cuando Pablo estaba lejos de la verdad, él veía claramente; pero ahora que la Verdad le ha sido revelada a sus ojos, él queda ciego.
En una ocasión escribí que Pablo había ido a Damasco lleno de furia inquisidora, orgulloso de la obra que cumplía y seguro de sí, pero que llegaba a la ciudad humillado y ciego, e incapaz de dar un paso por sí mismo. Eso es lo que suele ocurrir con el hombre seguro de sí, pero que no tiene en cuenta a Dios. Pero ahora, a partir de esta experiencia, su destino ha cambiado radicalmente y sólo vivirá para hacer lo que Dios le diga, e ir a donde Dios lo envíe.

Notas: 1. La palabra “sicario” que figura en el original griego, designaba a un grupo de hombres armados de un pequeño pero efectivo puñal que los romanos llamaban “sica”. Pertenecían a la facción de los zelotes, y odiaban a los romanos y a los judíos pro romanos. Se mezclaban con las multitudes durante las fiestas y apuñalaban a sus opositores con su arma escondida. Jugaron un papel  importante en la resistencia a Roma durante el sitio de Jerusalén (66-70 DC). Según Josefo una de sus víctimas habría sido el sacerdote Jonatán, hijo del sumo sacerdote Anás, a quien conocemos por el relato de la pasión de Jesús. Caída la ciudad santa ellos se refugiaron en la fortaleza de Masada, donde obligaron a la población a resistir hasta que no quedó más que una persona viva. Como ellos a veces mataban por encargo, y en ocasiones eran sobornados para no matar a determinada persona, la palabra “sicario” ha pasado a designar en el lenguaje común a criminales que matan por dinero.
2. La verdad siempre triunfa pese a los esfuerzos del diablo por ocultarla o falsearla. No nos asombremos de que las herejías que surgieron en los primeros siglos acerca de la naturaleza de Cristo, sirvieran precisamente para que la iglesia definiera con precisión el misterio de su doble naturaleza, la humana y la divina.
3. Se notará que las primeras palabras que dice Pablo para dirigirse al pueblo son las mismas que pronunció Esteban al inicio de su discurso en Hechos 7:2. Esas palabras parecen ser un modo convencional de hablar al pueblo, distinguiendo entre los que son iguales a uno y los que son sus mayores.
4. Muchos creen que cuando en el Nuevo Testamento se menciona al hebreo, se trata en realidad del arameo, que era la lengua hablada en todo el Oriente, porque se considera que el hebreo, como tal, era una lengua muerta, que sólo los eruditos conocían, y que no era hablada por el pueblo. Recientemente, sin embargo, ha habido quienes sostienen –sobre la base de los numerosos hebraísmos que hay en el griego de los evangelios- que el pueblo, al retornar del exilio babilónico, donde habían aprendido y adoptado el arameo, recuperó el hebreo como lengua hablada, y que ése era el idioma en que Jesús enseñaba.
5. La expresión “a los pies de Gamaliel” describe la costumbre judía de que los discípulos de un maestro le escucharan sentados en el suelo, mientras él enseñaba sentado en una silla alta. Pero esas palabras expresan también la reverencia con que escuchaban a su maestro. Con una reverencia semejante debemos nosotros escuchar a los que nos enseñan, y escudriñar las Escrituras para que Dios nos hable a través de ellas.
6. Ciudad situada en la llanura de Cilicia, a orillas del río Cydnus, a 16 Km de la costa, en la encrucijada de caminos entre el oriente y occidente y, por tanto, del choque de culturas, la griega y la oriental. Fue conquistada por Alejandro el año 333 AC. Formó parte del imperio seléucida, y alcanzó gran prestigio como ciudad universitaria que rivalizaba con Atenas y Alejandría. Fue conquistada por Pompeyo el año 67 AC, quien la hizo capital de la provincia romana de Cilicia. No se sabe bajo qué circunstancias la comunidad judía residente recibió el derecho a la ciudadanía romana.
7. Aquí Pablo no se refiere a la ley de Moisés, a la ley escrita, consignada en el Pentateuco, sino a la ley oral, que contiene la doctrina rabínica, y que ellos consideraban de igual, o superior validez, que la ley de Moisés, y cuyas normas estaba estrictamente prohibido poner por escrito (de donde su nombre de “ley oral”). Sin embargo, a principios del siglo II DC se consideró prudente ponerla por escrito, lo cual se hizo redactando la Mishná y la Gemará, que juntos forman el Talmud.
8. Gamaliel I fue el fundador de una dinastía de rabinos que ejercieron importante influencia en el desarrollo inicial del judaísmo rabínico. Él fue quien aconsejó al sanedrín liberar a Pedro y Juan que habían sido apresados por predicar el nombre de Cristo, aduciendo que si la doctrina que ellos enseñaban no era de Dios pronto desaparecería, pero si lo era, no debían oponerse a ella (Hch 5:34-39). Un nieto suyo, Gamaliel II, jugó un papel importante en la reconstrucción del judaísmo después de la destrucción de la ciudad y el templo el año 70. El último patriarca de la dinastía, Gamaliel VI, murió el año 425.
9. “Camino” es el término con que los cristianos designaban a su movimiento, haciendo eco de las palabras de Jesús: “Yo soy el camino…” (Jn 14:6). Es usado en el mismo sentido en los siguientes pasajes: Hch 19:9,23; 22:4; 24:14,22. Es un término muy apropiado para el evangelio puesto que lleva a la salvación. En  el judaísmo rabínico Halajá (que quiere decir también “camino”) designa a las reglas y normas puntuales que deben ser seguidas por el judío piadoso.
10. Un famoso cuadro del pintor barroco Caravaggio pinta a Pablo cayendo aparatosamente de un caballo, y por eso se ha difundido la noción de que Pablo fue derribado de su cabalgadura cuando se le apareció Jesús. Pero viajar a caballo era un lujo que sólo los muy ricos, o las autoridades, se podían permitir. Pablo, como la mayoría de la gente entonces, viajaba a pie.

Amado lector: Si tú no estás seguro de que cuando mueras vas a ir a gozar de la presencia de Dios, yo te invito a pedirle perdón a Dios por tus pecados y a hacerlo el Señor de tu vida.
#961 (05.02.17). Depósito Legal #2004-5581. Director: José Belaunde M. Dirección: Independencia 1231, Miraflores, Lima, Perú 18. Tel 4227218. (Resolución #003694-2004/OSD-INDECOPI).

jueves, 28 de junio de 2018

ARRESTO DE PABLO EN EL TEMPLO II


LA VIDA Y LA PALABRA
Por José Belaunde M.
ARRESTO DE PABLO EN EL TEMPLO II
Un Comentario de Hechos 21:26-36
Pablo accedió a la bien intencionada propuesta de Santiago y los ancianos de la iglesia de acompañar a los cuatro hombres que debían cumplir un voto de purificación en el templo,  para dejar en claro ante la multitud que él andaba ordenadamente cumpliendo la ley de Moisés, y desvirtuar de esa manera las acusaciones mal intencionadas que se le hacían en sentido contrario.
26. “Entonces Pablo tomó consigo a aquellos hombres, y al día siguiente, habiéndose purificado con ellos, entró en el templo, para anunciar el cumplimiento de los días de la purificación, cuando había de presentarse la ofrenda por cada uno de ellos.”
Pablo se reunió entonces con esos hombres a quienes no conocía, y podemos suponer que se pondría a orar con ellos pidiendo perdón por sus pecados, y pidiendo a Dios que les concediera el motivo, o la petición, por la cual habían hecho voto de consagración.
Al día siguiente juntos se sumergirían en el pequeño estanque de purificación que había en el templo y en el cual se bañaban todos los que querían ofrecer sacrificios en el altar; hecho lo cual debían presentarse al sacerdote encargado de recibir ese día a los que tenían ofrendas o sacrificios que presentar al templo, y le informarían del próximo cumplimiento de los días de purificación. No tenemos información de fuente cristiana acerca de los detalles del rito de culminación del voto de nazareato, e ignoro si el Talmud consigna información al respecto.
¿Fue sabia la decisión de Pablo de seguir el consejo de Santiago y los ancianos? Lo menos que se puede decir es que fue imprudente, pues se recordará que, años atrás, él había tenido que huir de la ciudad pues los judíos griegos querían matarlo (Hch 9:29,30). De otro lado, por lo que sabemos, ninguno de los creyentes judíos que había en la ciudad asumió su defensa cuando fue acusado ante la multitud de profanar el templo. Pero el hecho es que, aunque bien intencionado, haber dado este paso le trajo pronto gravísimas consecuencias que cambiaron el rumbo de su ministerio y alteraron sus planes. ¿Podemos dudar, sin embargo, de que a través de todo ello, la mano de Dios seguía estando sobre él, protegiéndolo y conduciéndolo para cumplir el propósito para el cual él había sido llamado? En todo caso, el hecho es que en este punto empezaron las tribulaciones que Agabo había anunciado que Pablo enfrentaría en Jerusalén (Hch 21:10,11). 
27, 28. “Pero cuando estaban para cumplirse los siete días, unos judíos de Asia, al verlo en el templo, alborotaron a toda la multitud y le echaron mano, dando voces: ¡Varones israelitas, ayudad! Éste es el hombre que por todas partes enseña a todos contra el pueblo, la ley y este lugar; y además de esto, ha metido a griegos en el templo, y ha profanado este santo lugar.”
Para mala suerte de Pablo con él coincidieron en el templo –en el llamado atrio de Israel, al cual podían entrar todos los varones israelitas, aunque no fueran sacerdotes o levitas, pero no los gentiles- unos judíos de la provincia de Asia, de esos que sabemos que se la tenían jurada a Pablo. Ellos, al verlo, se abalanzaron sobre él, y comenzaron a gritar a la multitud que se encontraba en ese momento en el templo, y que debe haber sido numerosa, porque se estaba celebrando la Fiesta de las Semanas, o Pentecostés (Shavuot), que convocaba a mucha gente: ¡Vengan, vengan! Y lanzaron contra él la terrible acusación de que él enseñaba a los judíos de la diáspora a abandonar la ley de Moisés y las costumbres ancestrales.
Ya hemos visto en el artículo anterior que esta acusación era falsa. Lo que Pablo enseñaba era que los gentiles que se convertían a Cristo no tenían necesidad de guardar la ley de Moisés, como sostenían los judaizantes. Es decir, no tenían necesidad de circuncidarse y hacerse judíos. Pero él no enseñaba a los judíos convertidos que abandonaran la ley de Moisés con sus normas y sus prácticas.
Para agravar las cosas, lo acusaron de haber profanado el templo introduciendo en el atrio de Israel a griegos (Nota 1), es decir, a no judíos, cuyo acceso a ese recinto interior les estaba estrictamente prohibido.
Para comprender la gravedad de esas acusaciones debe tenerse en cuenta que en las entradas de ese atrio había trece estelas, o placas de piedra, que llevaban grabada la siguiente advertencia en griego o en latín: “Ningún gentil puede entrar en la balaustrada y en el recinto que rodea el santuario. Quien quiera que sea sorprendido violando esta disposición será responsable de su propia muerte”.
Según el historiador Josefo los romanos habían concedido a los judíos el derecho de condenar a muerte por esta profanación aun a los que fueran ciudadanos romanos. Es decir, les permitían pasar por encima de la protección automática que el imperio otorgaba a sus ciudadanos.
Es muy interesante constatar este sentido de separación como pueblo elegido que tenían los judíos, una separación que implicaba un sentimiento de superioridad. Es posible que Pablo se refiriera a esa barrera de separación cuando escribió en Efesios: “Porque él es nuestra paz, que de ambos pueblos hizo uno, derribando la pared intermedia de separación” (2:14). Cristo, en efecto, sostiene Pablo, hace de todos los pueblos uno solo, borrando todas las barreras de separación, o de diferencia, así como igualmente borra las diferencias entre judío y griego, esclavo y libre, varón y mujer (Gal 3:28), incorporando a todos los que creen en Él, sin distinción ni discriminación alguna, en el Israel de Dios (Gal 6:16).
29. “Porque antes habían visto con él en la ciudad a Trófimo, de Éfeso, a quien pensaban que Pablo había metido en el templo.”
El motivo de su acusación era obviamente un malentendido nada inocente, porque el que odia está dispuesto a ver pecados donde no lo hay. Ellos habían visto a su conocido, al griego Trófimo (2), con Pablo en la ciudad, y dedujeron equivocadamente que Pablo lo había llevado consigo al interior del templo con los cuatro nazareos que cumplían el rito de purificación.
30. “Así que toda la ciudad se conmovió, y se agolpó el pueblo; y apoderándose de Pablo, lo arrastraron fuera del templo, e inmediatamente cerraron las puertas.”
Al escuchar los gritos de los acusadores de Pablo una marea de agitación se extendió por la ciudad llena de peregrinos, que acudieron presurosos al templo. La multitud cogió a Pablo y lo arrastró fuera del atrio de Israel, donde no podían matarlo, e inmediatamente cerraron todas las puertas de acceso para impedir que ningún gentil intruso pudiera profanarlo con su presencia, o que Pablo, escabulléndose, pudiera refugiarse ahí.
31, 32. “Y procurando ellos matarlo, se le avisó al tribuno de la compañía, que toda la ciudad de Jerusalén estaba alborotada. Éste, tomando luego soldados y centuriones, corrió a ellos. Y cuando ellos vieron al tribuno y a los soldados, dejaron de golpear a Pablo.”
Los que han leído los capítulos 6 y 7 de este libro recordarán cómo, años atrás, la multitud exaltada y llena de odio se apoderó del diácono Esteban, porque predicaba a Cristo en el templo, y llevándolo fuera de la ciudad, lo mataron apedreándolo, mientras que Pablo, que era entonces un joven fariseo, guardaba las ropas de los que apedreaban, y aprobaba lo que ellos hacían (Hch 7:58-60).
Es curioso que ahora Pablo se encuentre en una situación semejante y, en el mismo lugar: la multitud amenazaba lincharlo. Felizmente alguien avisó al tribuno que comandaba una cohorte de soldados que estaban estacionados en la torre Antonia, que se elevaba a un lado del templo, (3), y él acudió presuroso con los gendarmes que tenía a sus órdenes. Éstos no serían pocos, sino quizá unos 200 o más, porque el texto dice que lo acompañaron centuriones que, podemos pensar, serían por lo menos dos, teniendo cada uno a sus órdenes cien hombres.
Al verlos, la multitud cesó de golpear a Pablo por temor de que pudieran ser acusados de matar a un hombre sin previo juicio.
33-36. “Entonces, llegando el tribuno, lo prendió y lo mandó atar con dos cadenas, y preguntó quién era y qué había hecho. Pero entre la multitud, unos gritaban una cosa, y otros otra; y como no podía entender nada de cierto a causa del alboroto, lo mandó llevar a la fortaleza. Al llegar a las gradas, aconteció que era llevado en peso por los soldados a causa de la violencia de la multitud; porque la muchedumbre del pueblo venía detrás, gritando: ¡Muera!”
El tribuno mandó enmarrocar a Pablo con dos cadenas y trató de averiguar en la multitud quién era este sujeto, y qué era lo que había hecho que justificara la furia desatada contra él.
Pero dado lo exaltado de la gente, en la que unos decían una cosa, y otros, otra, le fue imposible llegar a una conclusión razonable acerca de la ofensa cometida por el prisionero. De modo que ordenó llevarlo a la fortaleza, tarea nada fácil porque la gente se agolpaba y quería arrancar a Pablo de manos de los soldados. Entonces no les quedó otro recurso a éstos que cargar a Pablo sobre sus hombros para protegerlo de los exaltados, e introducirlo en la torre sano y salvo, mientras que la masa furiosa pedía a gritos que Pablo fuese muerto. Él los había herido en lo más profundo de sus sentimientos religiosos y patrióticos al introducir, como pensaban, a un extranjero impuro en el lugar santo que veneraban. Notemos, de paso,  cómo la multitud exaltada pedía la muerte de Pablo, así como años atrás había pedido la muerte de Jesús (Mt 27:22,23).

Notas: 1. Herodes el Grande hizo demoler la mayor parte del templo construido por Zorobabel en el siglo VI, para construir, a partir del año 19 AC, uno nuevo cuya grandiosidad asombrara al mundo y, en efecto, logró su propósito, pues el templo de Jerusalén llegó a ser considerado una de las maravillas del mundo.
Consistía en un cuadrilátero semitrapezoidal, en cuya esquina noroeste estaba la fortaleza llamada la Torre Antonia. En el lado este, de 370 m. de largo, según datos proporcionados por Ernesto Trenchard (Comentario a los Hechos de los Apóstoles) –basados, a su vez, en la descripción del templo hecha por Josefo- estaba el Pórtico de Salomón, con su doble columnata de mármol, donde con frecuencia Jesús enseñaba (Jn 10:23), y donde los apóstoles solían reunirse con frecuencia para orar (Hch 5:12). En el lado sur, de 280 m. de largo, estaba el Pórtico Real, aun más lujoso que el anterior. La enorme explanada interior estaba ocupada por el Atrio de los Gentiles, adonde acudía muchísima gente, y que en un momento dado estuvo ocupado por los mercaderes y cambistas que fueron expulsados por Jesús (Mt 21:12,13). Hacia el lado norte estaba el tabernáculo propiamente dicho, de forma rectangular, que estaba orientado de este a oeste, y cuyos lados medían respectivamente 250 m. y 115 m. Al Atrio de las Mujeres se ingresaba por la puerta llamada La Hermosa, o de Nicanor (porque fue donada por un judío rico de Alejandría que se llamaba así), a la que se accedía por una escalinata de 14 escalones. Otra escalinata de 15 escalones semicirculares permitía subir al Atrio de Israel, que circundaba al Atrio de los Sacerdotes, y donde estaba el Santuario con el altar de los sacrificios, el Lugar Santo y el Lugar Santísimo. El templo estaba constituido pues por plataformas sucesivas cada vez más altas. Las paredes del Santuario estaban cubiertas de planchas de mármol blanco y oro, cuyo fulgor al reflejar la luz del sol cegaba la vista.
Sin embargo, no podemos dejar de notar que Herodes el Grande había reconstruido el templo de Jerusalén, no para la gloria de Dios, sino para la suya propia, y para ganarse la buena voluntad de los judíos, que objetaban que él fuera idumeo y no israelita. Por su lado, los sacerdotes que en él oficiaban estaban ciegos a la acción de Dios, pensando más en su propio beneficio que en dar la gloria debida a su Creador.
2. Trófimo era un cristiano gentil de Éfeso, que se unió a Pablo después del alboroto en esa ciudad, y lo acompañó en su viaje a Macedonia y Grecia. Cuando Pablo decidió ir a Siria, Trófimo y Tíquico se le adelantaron y lo esperaron en Troas (Hch 20:4,5). Él era posiblemente uno de los delegados de las iglesias de Asia escogidos para llevar la colecta para los santos de Jerusalén, que Pablo había juntado (1Cor 16:3,4), y por eso andaba con él. En 2Tm 4:20 –que es posiblemente la última carta escrita por Pablo- él dice que dejó a Trófimo enfermo en Mileto. No se tiene otras noticias de él.
3. La Torre Antonia era una fortaleza reconstruida por Herodes el Grande, sobre la antigua torre Baris de los Macabeos. Estaba situada en la esquina noroeste del templo. En ella se alojaba la guarnición romana y, a la vez, servía de residencia al procurador cuando se encontraba en Jerusalén.

Amado lector: Jesús dijo: "¿De qué le sirve al hombre ganar el mundo si pierde su alma?” (Mt 16:26) Si tú no estás seguro de que cuando mueras vas a ir a gozar de la presencia de Dios, yo te invito a pedirle perdón a Dios por tus pecados haciendo una sencilla oración:
"Jesús, tú viniste al mundo a expiar en la cruz los pecados cometidos por todos los hombres, incluyendo los míos. Yo sé que no merezco tu perdón, porque te he ofendido consciente y voluntariamente muchísimas veces, pero tú me lo ofreces gratuitamente y sin merecerlo. Yo quiero recibirlo. Me arrepiento sinceramente de todos mis pecados y de todo el mal que he cometido hasta hoy. Perdóname, Señor, te lo ruego; lava mis pecados con tu sangre; entra en mi corazón y gobierna mi vida. En adelante quiero vivir para ti y servirte."
#960 (29.01.17). Depósito Legal #2004-5581. Director: José Belaunde M. Dirección: Independencia 1231, Miraflores, Lima, Perú 18. Tel 4227218. (Resolución #003694-2004/OSD-INDECOPI).