miércoles, 29 de noviembre de 2017

ESDRAS, EL ESCRIBA

LA VIDA Y LA PALABRA
Por José Belaunde M.
ESDRAS, EL ESCRIBA I
            Hay libros en la Biblia que son ignorados  por la mayoría de la gente. Hasta su nombre les es desconocido. Sin embargo contienen enseñanzas muy preciosas. Uno de ellos es el pequeño libro de Esdras, que está a continuación de Segunda de Crónicas y que forma con el de Nehemías una unidad, al punto que muchos estudiosos creen que se trata de un solo libro, que fue en algún momento dividido en dos.

            El libro de Esdras es el registro  del cumplimiento glorioso de una promesa de Dios y de cómo Dios pone  en obra todo lo que sea necesario para que su palabra se cumpla. Él había predicho por boca de Jeremías que el pueblo judío sería llevado cautivo a Babilonia a causa de sus infidelidades y de sus maldades, pero había anunciado también que retornaría al cabo de 70 años de cautiverio (Jer 25:11;29:10).
            El libro de Esdras narra cómo se cumplió esa profecía. El libro es parco en los pormenores de ese retorno, pero los detalles que da el texto son suficientes para que podamos visualizar cómo se cumplió en el retorno lo expresado por el Salmo 126: "Los que sembraron con lágrimas, con regocijo segarán; irá andando y llorando el que lleva la semilla (del arrepentimiento); regresará con regocijo trayendo sus gavillas (los frutos de justicia)". (v. 5,6).
            Ellos habían partido a Babilonia como esclavos, derrotados; volvieron en triunfo y alegría (“Irán con lloro, mas con misericordia los haré volver, y los haré andar junto a arroyos de agua, por camino derecho en el cual no tropezarán; porque yo soy a Israel por padre, y Efraín es mi primogénito”. Jr 31:9). Salieron diezmados; su número al regresar era 42360 "sin contar sus siervos y siervas, los cuales eran 7327." (Y sin contar mujeres, niños y adolescentes, porque los censos entonces comprendían sólo a los varones adultos. Esdras 2:65). Partieron pobres, volvieron ricos (Es 2:69). Posiblemente habían sido llevados a pie, en cadenas; regresaron montados en caballos, mulas, camellos y asnos (2:66,67). Nabucodonosor se había llevado a Babilonia los tesoros del templo (2R 24:11-13); ellos los trajeron de vuelta (Es 6:5).
            Dios rara vez interviene en la historia por medio de portentos, aunque a veces lo hace. Por lo general interviene a través de seres humanos y de acciones humanas. Es decir, nos usa a nosotros. La Escritura dice que para cumplir su palabra Dios "despertó el espíritu de Ciro, rey de Persia". (Esdras 1:1). En la versión inglesa autorizada de la Biblia (llamada también del rey Jaime) se dice "stirred up", verbo que quiere decir "excitar, conmover, aguijonear el espíritu". Es decir, le puso al rey un impulso interno para realizar los planes que  Él se había propuesto. ¿Cómo es que el rey hizo lo que el Señor quería? El libro de Proverbios dice "Como los repartimientos de las aguas, así está el corazón del rey en la mano del Señor; a todo lo que quiere lo inclina." (Proverbios 21:1). Así como Dios puede hacer que nosotros hagamos lo que Él desea, de igual manera Él puede hacer que los gobernantes cumplan sin saberlo su voluntad, creyendo que hacen que lo que ellos se proponen.
            Pero Dios no sólo actuó a través de Ciro y de Darío (cap. 6), sino que se sirvió también para llevar adelante sus planes de judíos piadosos que habían alcanzado posiciones altas en la corte de Persia. En esa etapa de la historia de Israel se valió de Mardoqueo, de Ester, de Zorobabel, de Esdras y de Nehemías y de muchos otros. Habían sido encumbrados en el mundo por su diligencia ("¿Has visto hombre solícito en su trabajo? Delante de los reyes estará." dice Proverbios 22:29). Si Esdras no hubiera sido diligente en el estudio de las Escrituras (Es 7:6), no habría estado cerca del rey.
            A veces los proyectos de Dios se frustran porque no encuentra creyentes colocados en las altas esferas de la sociedad y del gobierno que le puedan servir de instrumento, porque los creyentes han descuidado ser diligentes en las cosas del mundo. Los creyentes han dejado el mundo de la política y de los negocios en manos de escépticos, o de incrédulos, o peor aún, de impíos, que pueden hacer todo el mal que se proponen porque no hay hombres justos que se les interpongan. Pero Dios tiene necesidad de siervos suyos en todas las capas de la sociedad, inclusive las más altas, porque hay ciertos procesos de su plan que se deciden en la cúspide del poder político y económico.
            Una vez cumplidos los aspectos iniciales del proyecto de Dios para Israel en relación con su retorno del cautiverio, esto es, una vez concluida la reconstrucción del templo y de las murallas de la ciudad, y empezada la restauración del culto y de las fiestas solemnes, Dios tenía necesidad de un hombre que guiara al pueblo elegido en el amor y en el conocimiento de las Escrituras, para que aprendiera a conducirse rectamente delante de sus ojos. Este hombre fue Esdras que "había preparado su corazón para inquirir la ley del Señor y para cumplirla, y para enseñar en Israel sus estatutos y decretos" (7:10).
            Toda persona que desee guiar con corazón sincero al pueblo en el conocimiento de la palabra de Dios, debe sentir ese triple impulso de investigar, cumplir y enseñar. Son tres pasos estrechamente unidos y se implican mutuamente, porque no se puede enseñar lo que no se cumple (salvo hipócritamente) y no se puede cumplir lo que no se conoce bien. Eso es evidente. Al mismo tiempo, el que investiga la palabra de Dios con corazón sincero se verá impulsado a cumplirla, y, si la cumple, la misma palabra lo empujará a enseñarla a otros para que también la cumplan. Pero no será capaz de hacer bien esas tres cosas si no ha preparado su corazón.
            La comprensión que uno alcance de las Escrituras no depende tanto de su cultura, de su erudición o de su inteligencia, cuanto de la intimidad que uno tenga con el autor de las Escrituras. A eso nos referíamos al hablar de preparar el corazón. Así como nos será fácil entender la letra de alguien si estamos acostumbrados a leer sus cartas, de igual manera la letra de los escritos de Dios –que son como una carta que Él nos envía- nos será tanto más comprensible cuanto más la frecuentemos y más cerca estemos de su espíritu: "El que se une al Señor, es un mismo espíritu con El" (1Cor 6:17).
            Depende también del deseo que tengamos de entenderla. Si uno no está interesado en entenderla, si nos es indiferente, difícilmente va a sacar uno algún fruto de su lectura. Pero si nosotros deseamos ardientemente comprender su palabra, Él va  a satisfacer ese deseo iluminando nuestra mente.
            Nuestra relación con el Señor está gobernada por esta ley espiritual: "Acercaos a Dios, y Él se acercará a vosotros", como dice Santiago 4:8. Nosotros gozaremos de tanta intimidad con el Señor cuanto queramos tener. Somos nosotros los que decidimos el grado de nuestra intimidad con Dios. Si nos acercamos un poco a Él, Él se nos acercará un poco. Si nos acercamos mucho, Él se nos acercará  mucho. Depende de cuánto lo busquemos, de cuánto ahínco pongamos en conocerlo. Dios es dócil con los que le son dóciles.
            También depende de cuán grande sea nuestro deseo de obedecer su palabra. Cuánto más la pongamos por obra, más la comprenderemos. Cuanto más la cumplamos, mejor la entenderemos. Aprendemos a comprenderla, haciéndola. Comprender y hacer van, pues, unidos y se refuerzan mutuamente. No se trata de una comprensión intelectual, sino de una comprensión intuitiva interna, del corazón (así como nosotros comprendemos a los seres que amamos sin necesidad de analizarlos), porque si guardamos su palabra Él se manifestará a nosotros, como dijo Jesús: “El que tiene mis mandamientos, y los guarda, ése es el que me ama; y el que me ama, será amado por mi Padre, y yo le amaré, y me manifestaré a él.” (Juan 14:21).
            ¿Y de qué manera se manifestará Él al que lo ama y guarda su palabra? Hablándole al corazón (“Porque dulce es la voz tuya” dice el Cantar de los Cantares, 2:14), e iluminando su mente para que pueda conocerlo y comprenderlo mejor.
            La intimidad con Dios es ciertamente una gracia inmerecida, pero en gran medida depende también de nuestra actitud. ¿Quieres conocer íntimamente a Dios? Acércate a Él en oración. Búscalo en tu cámara secreta, y Él se revelará a ti.
            NB. Este texto fue escrito el 01.05.96 para una charla transmitida por Radio Miraflores. El 20.11.05 fue impreso, enriquecido con notas sobre el contexto histórico de los hechos narrados. El segundo artículo que se publique a continuación estará basado en el contenido ampliado de esas notas.
Amado lector: Si tú no estás seguro de que cuando mueras vas a ir a gozar de la presencia de Dios, yo te invito a arrepentirte de tus pecados, y a pedirle perdón a Dios por ellos., haciendo una sencilla oración:
"Jesús, tú viniste al mundo a expiar en la cruz los pecados cometidos por todos los hombres, incluyendo los míos. Yo sé que no merezco tu perdón, porque te he ofendido consciente y voluntariamente muchísimas veces. Me arrepiento sinceramente de todos mis pecados. Perdóname, Señor, te lo ruego; lava mis pecados con tu sangre; entra en mi corazón y gobierna mi vida. En adelante quiero vivir para ti y servirte."

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viernes, 17 de noviembre de 2017

EL FÚTBOL COMO METÁFORA DE LA VIDA

LA VIDA Y LA PALABRA
Por José Belaunde M.
EL FUTBOL COMO METÁFORA DE LA VIDA
Los partidos de fútbol que apasionan a las multitudes, y llenan los estadios son, bien mirados, una metáfora de la vida.
El adolescente es como un equipo que sale a la cancha y está haciendo ejercicios de calentamiento antes de que el árbitro toque el pito para iniciar el juego.
Cuando sale del colegio se inicia el partido. Los muchachos están llenos de impulso, de energía, de vida y deseos de triunfar.
El adolescente tiene dos tiempos por delante para ganar o perder, para meter goles, o que se los metan. Cuenta con una barra de hinchas que lo apoya, y con otra que le es contraria: sus padres y sus amigos de un lado; sus rivales y sus enemigos, del otro.
Los goles que quiere anotar son las metas que se propone alcanzar en los años que tiene por delante, los logros a que aspira para tener una vida exitosa de la que pueda enorgullecerse.

Para meter esos goles necesita tener una estrategia de juego que tome en cuenta las condiciones de la cancha, así como las fortalezas y las debilidades del adversario. Es decir, no sólo sus propias condiciones, sino también las circunstancias concretas con las que se tiene que enfrentar, las ventajas y desventajas de su entorno, las dificultades y las facilidades que encuentre en la vida.
Los padres lo pueden ayudar y aconsejar, pero los goles los tiene que meter él.
Al frente está el guardameta, rodeado de los defensas, que tratarán de impedir que la pelota penetre en el arco. Ya sabemos quién es el guardameta contrario y sus defensas. Es el enemigo de siempre y sus cómplices, que tratan de frustrar nuestros planes y robarnos el éxito, junto con la esperanza de alcanzarlo (Jn 10:10).
A medida que transcurre el primer tiempo el marcador va señalando los goles anotados. Llega la mitad del primer tiempo, y quizá le han metido un par de goles al muchacho, y él todavía no ha metido ninguno.
O pudiera ser que él mismo, en un momento de atolondramiento, se  metió un autogol, y cuando quiere recuperarse lo "faulean". Alguien le ha serruchado el piso en el trabajo, o lo calumniaron y lo mandan a la banca por un rato. ¡Oh, como arde de furia cuando retorna al césped!
Sigue moviéndose el minutero, vuelan las hojas del calendario, pero él todavía no obtiene nada. ¡Qué rápido pasa el tiempo! Se agita, empieza a sudar angustiado. Todavía le quedan 15 minutos para voltear el marcador, o siquiera para empatar.
¡Tiempo! grita el árbitro. Se detiene el juego y todos a la banca. Hay momentos en que la vida nos saca de la cancha para que podamos reflexionar y reponer fuerzas.
Cuando empieza el segundo tiempo ya pasó la valla de los 40 años. Ya no está fresco como al comienzo, pero todavía guarda energías, y no hay suplente que lo reemplace.
Los goles que metió son las cosas que ha logrado en la vida: profesión, casa propia, familia, auto... Pero quizá no metió ninguno, no tiene nada de eso y se siente derrotado.
Los goles que le metieron son las adversidades, las desilusiones, los fracasos, las enfermedades...
Pero aún le queda el segundo tiempo por delante para recuperarse y ganar el partido. ¿Cómo se moverá el marcador? ¿Meterá más goles, o se los meterán?
¿Cómo anda tu vida si ya estás jugando el segundo tiempo? ¿Cuántos goles has hecho? ¿Cuántos te han metido? Si el marcador está en tu contra, todavía puedes voltearlo con la ayuda de Dios antes de que termine el encuentro.
De repente, en un momento de descuido, cuando está por meter un gol, la pelota se va al “corner”. ¡Tiro de esquina! Decreta el árbitro. Es un momento de peligro, pero lo salva con un cabezazo genial que arranca aplausos de la tribuna. ¡Qué magnífico jugador es este tipo, comentan los hinchas!
Saber usar la cabeza y no dejarse llevar por las emociones, o por el desánimo, cuando hay que tomar decisiones es muy importante para triunfar en la vida.
Al final se juega el tiempo de descuento, cuando se jubila, pasados los sesenta años. Todavía tiene una chance de ganar el partido, si le quedan piernas para correr y se esfuerza. En las tribunas el público retiene el aliento. Pero cuando el árbitro toca el pito final, se acaba el partido y ahí queda el marcador.
Habrá quienes celebren el triunfo porque se alzaron con la copa, y quienes lamenten su derrota, y se vayan a llorar al camarín, como harán algunos deudos afligidos. Pero lo que importa y alegra a los espectadores es que el partido haya sido bien jugado, respetando las leyes de la ética, y que nadie ganara medallas injustamente.
En las exequias dirán que fue un gran goleador, que se dio por entero en la cancha de la vida, y no fue un ocioso que se aprovechó del esfuerzo ajeno; que tenía un gran dominio de la pelota; que no la retuvo cuando convenía pasársela a otro; que supo jugar en equipo y no pretendió lucirse metiendo él solo todos los goles.
Es muy importante que el niño sepa que a la cancha de la vida se sale para meter goles, que debe empezar a hacerlo desde temprano, y que su triunfo depende en parte de la colaboración de otros. No vaya a ser que su vida pueda ser comparada con la del futbolista de barrio, del que se dice que sabe jugar bonito y lucirse, pero no sabe meter goles.
Al niño hay que enseñarle (pero con prudencia, pues no es sino un niño) desde pequeño a fijarse metas, a planificar cómo las alcanza y, sobre todo, a lograrlas, a no aceptar los fracasos.
Esas metas que se proponga serán las adecuadas a su edad, a la etapa de la vida en que se encuentra, y estarán relacionadas con sus estudios, con los deportes que practique, con sus colecciones, con sus juegos, sus lecturas, con sus amigos y amigas, porque los hay buenos y malos, los que te ayudan a triunfar, y los que te desvían.
El niño debe ser estimulado a fijarse propósitos para su vida, y es bueno que converse sobre ellos con sus padres y que sienta que sus padres lo apoyan. Más tarde, cuando la vida lo lleve por otros caminos y se independice, buscará el consejo de sus padres porque está acostumbrado a hacerlo desde pequeño, y sabe que en ellos encuentra a sus mejores amigos.
Pero no sólo el consejo de ellos, si es que ha encontrado un buen amigo, es decir, un entrenador capaz, que observe sus defectos y sus virtudes, y que lo ponga en el lugar de la cancha que más conviene a sus cualidades.
Pero más que nada debe cuidarse de las tentaciones, de los malos amigos. No vaya a ser que en la prueba de dopaje le encuentren una sustancia prohibida en su organismo, y lo manden  a la sombra durante un tiempo, y que toda la gloria que alcanzó quede manchada, o se desvanezca.
NB. Este escrito formó parte de una enseñanza dada hace más de una década en la escuela de padres de un colegio cristiano. Lo publiqué hace tres años, pero lo vuelvo a imprimir con algunos cambios, porque creo que la ocasión es propicia.
Amado lector: Jesús dijo: "¿De qué le sirve al hombre ganar el mundo si pierde su alma?” (Mt 16:26). Si tú no estás seguro de que cuando mueras vas a ir a gozar de la presencia de Dios, yo te invito a pedirle perdón a Dios por tus pecados haciendo una sencilla oración:
   "Jesús, tú viniste al mundo a expiar en la cruz los pecados cometidos por todos los hombres, incluyendo los míos. Yo sé que no merezco tu perdón, porque te he ofendido consciente y voluntariamente muchísimas veces, pero tú me lo ofreces gratuitamente y sin merecerlo. Yo quiero recibirlo. Me arrepiento sinceramente de todos mis pecados y de todo el mal que he cometido hasta hoy. Perdóname, Señor, te lo ruego; lava mis pecados con tu sangre; entra en mi corazón y gobierna mi vida.

#1004 (12.11.17). Depósito Legal #2004-5581. Director: José Belaunde M. Dirección: Independencia 1231, Miraflores, Lima, Perú 18. Tel 4227218. (Resolución #003694-2004/OSD-INDECOPI). 

viernes, 27 de octubre de 2017

EL DESEO DE LOS JUSTOS ES SOLAMENTE EL BIEN

LA VIDA Y LA PALABRA
Por José Belaunde M.
EL DESEO DE LOS JUSTOS ES SOLAMENTE EL BIEN
Un Comentario de Proverbios 11:23-26
23. “El deseo de los justos es solamente el bien; mas la esperanza de los impíos es el enojo.”
En este proverbio el deseo y la esperanza están contrastados. ¿En qué forma están ambos conectados? En que el deseo, una vez concebido en el alma, se convierte en esperanza de alcanzar lo deseado. Parafraseando a un autor del pasado diríamos que los deseos son las alas del alma que la llevan hacia aquello que ama, y no descansará hasta que lo consiga.
Los deseos del justo sólo pueden ser buenos porque todo su ser está orientado hacia el bien, y es Dios quien los inspira (Sal 37:4). El justo sólo desea el bien para otros, y no se resiente de lo que otros y no él recibe, porque sabe que en todo Dios es justo. Él no desea el mal a nadie, ni siquiera a sus enemigos. Si un pensamiento malo le cruza la mente inmediatamente lo aleja de sí, mientras que con el impío sucede lo contrario. Él se deleita en pensar y desear el mal para otros, sin saber que al desear el mal, lo atrae a sí, y que puede sobrevenirle lo que él deseó para otros.
Como desea sólo el bien, el justo puede decir que el Señor es la porción de la herencia que le ha tocado, y que, en verdad, es más deleitosa que ninguna otra, y que nada se compara con ella. Por eso el salmista exclamó: “El Señor es la porción de mi herencia y de mi copa… Las cuerdas me cayeron en lugares deleitosos (1) y es hermosa la heredad que me ha tocado.” (Sal 16:5,6; cf Sal 73:25).
El desear sólo el bien trae consigo una gran recompensa: poseer y ser poseído por Dios, de modo que sólo se viva para Él (Rm 14:8).
En cambio, la esperanza (algunas versiones dicen la expectativa) del impío es enojo, esto es, disgusto, molestia, fastidio, porque al oponerse siempre a los planes y deseos de Dios, eso es lo que recibe.
Hay un episodio en el libro de Números que ilustra muy bien el mensaje de este proverbio. Durante su marcha por el desierto llegó un momento en que el pueblo hebreo se hartó de comer sólo el maná que caía del cielo cada mañana, y deseó comer carne. Entonces se quejaron a Dios de mala manera, diciendo que mejor les iba cuando vivían como esclavos en Egipto y podían comer de todo (Nm 11:4-6). En respuesta a su queja malagradecida Dios les dijo que puesto que tanto la deseaban ellos comerían carne hasta hartarse (11:18-20). Mandó entonces Dios un viento que trajo codornices del mar en gran número. No bien había comenzado el pueblo a comerlas cuando vino sobre ellos una plaga que causó la muerte de muchísimos de ellos (11:31-33; cf Sal 105:40).
No obstante, F. Delitzsch sugiere que la palabra hebrea ebra debe traducirse no como “enojo”, como hace nuestra versión, sino como “presunción”, de modo que mientras que el deseo de los justos es sólo el bien, la esperanza de los impíos está basada en las sugerencias de su presunción y es, por tanto, vano auto engaño.
            El versículo entero puede también interpretarse en el sentido de las consecuencias: el justo cosechará el bien como fruto de sus aspiraciones, mientras que la recompensa que el impío espera se frustrará, porque incluso cuando trata de hacer el bien, no lo hace rectamente.
Los tres proverbios siguientes (11:24,25,26) contraponen la generosidad con el egoísmo. El que reparte generosamente (v. 24) es el que se inspira en el carácter de Dios, que es generoso por naturaleza, y se goza en bendecir a sus criaturas. El que sacia las necesidades ajenas (v. 25) –que pueden ser muchas y de diversa índole- verá que las suyas son saciadas por canales de provisión inesperados.
Hay algunos que en su egoísmo todo lo quieren para sí y se apropian de lo que no es suyo –como podría ser de la calle o de la vereda, que son lugares públicos- pero cuya codicia suscita el rechazo de sus vecinos y, por último, de la sociedad entera. Todo lo quieren para sí, pero nadie los quiere tener por amigos. Terminan aislados de todos.
Nosotros vemos con frecuencia que el dadivoso es amado por todos, mientras que el tacaño es odiado. La razón es clara: el primero hace felices a muchos; el segundo es causa de mucho sufrimiento ajeno.
24. “Hay quienes reparten, y les es añadido más; y hay quienes retienen más de lo que es justo, pero vienen a pobreza.”
Jesús pudo haberse inspirado en este versículo al decir: “Dad y se os dará; medida buena, apretada, remecida y rebosante darán en vuestro regazo.” (Lc.6:38)
            Ser generoso es buen negocio; y malo ser tacaño, porque el amarrete, aunque sea rico, vive como pobre.
            El que reparte participa del espíritu de Dios que es generoso en distribuir sus bendiciones, y en hacer prosperar a los justos (Dt 28:1-14), y por eso cuanto más da, más tiene. La semilla que siembra en los campos de la vida haciendo el bien, le produce un retorno generoso con el cual él llena sus graneros (Gal 6:9). Como se dice en 2Cor 9:6: “El que siembra generosamente, generosamente también segará.”
            El que honra al Señor con sus bienes recibirá con seguridad una cosecha abundante (Pr 3:9,10), pero también el que da a los pobres, porque Dios cuida de ellos (19:17).
            Hay quienes desperdician sus recursos en forma descuidada, y en pecado, amando el deleite, como el hijo pródigo (Lc 15:13,14). El fruto que cosechen será pobreza y necesidad (Pr 21:17).
            El que predica la palabra de Dios y la dispersa por el mundo generosamente, hallará que su conocimiento y entendimiento (que no son lo mismo) espiritual aumentará en la medida en que otros participan de él. En cambio, el que no comparte lo que sabe, pretendiendo reservarlo para sí y obtener una ganancia con lo que recibió por gracia, experimentará una pérdida.
            En el campo de la economía de Dios parece que rigiera una ley paradójica: El que reparte con generosidad verá que sus recursos no disminuyen sino, al contrario, aumentan; mientras que el que retiene para sí todo lo que puede, en lugar de enriquecerse como espera, empobrece. Un epitafio antiguo ilustra lo dicho: “Lo que gastamos, teníamos; lo que ahorramos, lo perdimos; lo que dimos, eso tenemos.”
            El principio enunciado por este proverbio tiene una aplicación práctica en el campo de los impuestos sobre las ventas que retienen las autoridades porque, cuando son excesivos, ahogan la actividad económica y el país empobrece.
            ¿Quién es el que retiene más de lo debido? El que no paga el precio justo por lo que compra, o el que vende usando una pesa falsa (Pr 11:1), o el que niega su ayuda al necesitado pudiendo darla. De esa clase de personas ha dicho el profeta: “Pues así ha dicho el Señor de los ejércitos: Meditad bien sobre vuestros caminos. Sembráis mucho y recogéis poco; coméis, y no os saciáis; bebéis, y no quedáis satisfechos; os vestís, y no os calentáis…” (Hag 1:5,6). (2)
25. “El alma generosa será prosperada; y el que saciare, él también será saciado.”
El original hebreo dice: “el alma de bendición.” Podríamos comentar: el alma que bendice, será a su vez bendecida. Este proverbio de paralelismo sinónimo es un comentario, o elaboración, de la primera línea del proverbio anterior, y confirma el mensaje de Pr 11:17.
            Isaías contiene una promesa maravillosa para el que parte su pan con el hambriento, y alberga en su casa a los pobres errantes, y cubre además la desnudez de su hermano: “Entonces nacerá tu luz como la aurora, y tu salvación se dejará ver pronto, e irá tu justicia delante de ti, y la gloria del Señor será tu retaguardia.” (58:8).  Ya desde el Sinaí Moisés conminó al pueblo a ser generoso (Ex 22:25-27; Lv 25:35-37).
            En una de sus homilías Juan Crisóstomo cita algunos proverbios orientales sobre la mayordomía del dinero que contienen interesantes enseñanzas: “Las riquezas del bueno son como el agua vertida en un campo de arroz.” “Los buenos, como las nubes, reciben sólo para dar.” “Los ríos no beben su propia agua, ni los árboles comen sus propios frutos.”
            En la New King James Version se lee: “El que riega a otros, será también regado.” El que lleva a otros el agua de la palabra (Ef 5:26) será abundantemente bendecido porque “de su interior correrán ríos de agua viva” (Jn 7:38). Regar los campos de la viña del Señor es parte del trabajo del ministro del Evangelio, en el cual a cada uno le toca una parte asignada por Dios, tal como escribió Pablo: “Yo planté, Apolos regó…” (1Cor 3:6). Los que lleven a cabo el trabajo de esparcir y cultivar la buena semilla en otros serán a su vez refrescados, confortados, y recompensados generosamente por Dios. Como dice el Targum judío: “El que enseña, él también aprenderá.” El Espíritu Santo será su maestro.
26. “Al que acapara el grano, el pueblo lo maldecirá; pero bendición será sobre la cabeza del que lo vende.”

Este proverbio nos muestra que ya en esos tiempos antiguos había especuladores que aprovechaban la escasez de trigo, o de otros cereales, para enriquecerse, comprando a los campesinos sus cosechas a bajo precio, y reteniéndolas para crear de esa manera una escasez artificial que hacía elevar los precios. Es un principio básico de la economía que cuando la oferta es escasa, la demanda hace que los precios suban.
Como es natural, los que seguían esa política eran odiados por el pueblo (como lo son también ahora) porque explotaban el hambre; mientras que los que obraban de manera contraria, es decir, vendían, eran amados.
En el libro del Génesis tenemos el claro ejemplo de lo segundo en José, que sugirió al faraón que se reservara en depósitos apropiados la quinta parte de la cosecha que se recogiera durante los siete años de abundancia anunciados, para poder vender el trigo almacenado durante los siete años en que las cosechas serían escasas, de modo que no hubiera hambre. Y él mismo, por su sabiduría, fue encargado de llevar a cabo esa política prudente (Gn 41:34-36; 46-49).
Notemos que dice que hay bendición no sobre el que regala el grano, sino sobre el que lo vende, porque es normal que el comerciante tenga una ganancia razonable. Pero el acaparador quiere maximizar su beneficio a todo costo, sin importarle el sacrificio que su actitud impone a otros. El profeta Amós denunció severamente esa política, mencionando de paso a los que achican la medida, suben los precios y falsean la balanzas (8:4-6).
Ch. Bridges señala que la maldición viene del pueblo, pero que la bendición viene de arriba. Y agrega que al que subordina su propio interés al bien común, le vendrán bendiciones sobre su cabeza (Pr 10:6).
¿Pero es el clamor por el pan de vida tan grande como el clamor por el pan que perece? Si el que retiene el segundo es maldito, con mucho mayor motivo debe serlo el que retiene el primero. Y si vienen bendiciones sobre el que vende el grano material ¡con cuánto mayor motivo debe haberlas sobre el que reparte generosamente el grano que da vida al espíritu! Imitando a Isaías proclamaremos: “¡Venid y comprad ese pan sin dinero y sin precio!” (cf 55:1).
¡Cuánto daño hacen los que retienen las palabras que pueden dar vida a los que están muertos en sus delitos y pecados! (Ef 2:5) Con su silencio condenan a muchos al fuego eterno, que podrían ser salvos si se les predicara y nacieran de nuevo. No seamos nosotros de ellos, sino repartamos generosamente en torno nuestro la palabra de vida que hemos recibido.
Notas: 1. Estas palabras son una alusión al método que se empleaba entonces, mediante cuerdas o cordeles, para marcar el límite de las tierras cuando se repartían.
2. Es cierto que esas palabras fueron pronunciadas en una situación diferente –el desgano del pueblo para empezar la reconstrucción del templo de Jerusalén después del retorno del exilio- pero también son aplicables al descuido en hacer lo que sabemos que Dios espera de nosotros.
Amado lector: Si tú no estás seguro de que cuando mueras vas a ir a gozar de la presencia de Dios, yo te invito a arrepentirte de tus pecados, y a pedirle perdón a Dios por ellos., haciendo una sencilla oración:
"Jesús, tú viniste al mundo a expiar en la cruz los pecados cometidos por todos los hombres, incluyendo los míos. Yo sé que no merezco tu perdón, porque te he ofendido consciente y voluntariamente muchísimas veces. Me arrepiento sinceramente de todos mis pecados. Perdóname, Señor, te lo ruego; lava mis pecados con tu sangre; entra en mi corazón y gobierna mi vida. En adelante quiero vivir para ti y servirte."

#951 (13.11.16). Depósito Legal #2004-5581. Director: José Belaunde M. Dirección: Independencia 1231, Miraflores, Lima, Perú 18. Tel 4227218. (Resolución #003694-2004/OSD-INDECOPI). 

miércoles, 11 de octubre de 2017

1000 PUBLICACIONES DE "LA VIDA Y LA PALABRA"

LA VIDA Y LA PALABRA
Por José Belaunde M.
1000 PUBLICACIONES DE LA VIDA Y LA PALABRA

A mí siempre me ha gustado escribir sobre mis experiencias y sobre lo que veía alrededor mío. A los 14 años empecé a escribir mi diario, que yo estaba seguro algún día sería publicado, traducido a varios idiomas y comentado.
Tenía también planes ambiciosos de escribir un tratado de teología de muchos volúmenes, aparte de proyectos de novelas y piezas de teatro, pero a la larga se mostró que la ficción no era mi camino.
Naturalmente tenía el ejemplo de mi padre, Victor Andrés Belaunde, que era escritor y autor de numerosos libros, principalmente sobre sociología peruana y derecho internacional.
A los 12 años me hizo aprender mecanografía, lo que me fue más adelante utilísimo, aparte de que aprendí a escribir bajo su dictado cartas en un estilo claro y contundente, a la vez que cortés.
El año 1959, residiendo en París, comencé a escribir para el diario “La Prensa” -hoy desaparecido, pero que entonces competía con “El Comercio”- artículos sobre la actualidad política europea e internacional, y sobre arte.
De regreso en el Perú en 1963, mis actividades musicales y mi familia, no me dejaron tiempo para dedicarlo a la pluma. Pero cuando me vinculé con el movimiento carismático durante la enfermedad de mi mujer, sentí la necesidad de contribuir con mi pluma a la difusión del Evangelio.
En 1984 empecé a colaborar con un programa testimonial, llamado “Cielo Nuevo y Tierra Nueva”, que mi amigo y colega Andrés Cerón tenía los domingos en Radio Inca a las 7 de la noche. Hecha la siesta, me sentaba a escribir lapicero en mano. Terminado el texto lo pasaba en limpio en la pequeña máquina portátil que tenía, y corría a la radio para leer mi mensaje antes de que terminara el programa.
Fue en esa época cuando escribí lo que considero mi texto más útil, “Oración y Embarazo”, que trata de la influencia que tienen los pensamientos, deseos y oraciones de la madre en el alma de la criatura que lleva en el seno, inspirado en lo que solía hacer mi mujer con cada hijo. Lo publiqué por primera vez en formato “stencil” que repartí en diversas iglesias. Una edición mayor en pequeño formato de bolsillo años después, fue distribuida en Agua Viva con el impulso de la pastora Mirta Hornung.
Por esa época empecé a escribir artículos semanales en la revista “Oiga” que dirigía Francisco Igartua. El nombre de mi columna era “El Evangelio y Nosotros”, y la firmaba con el pseudónimo de Joaquín Andariego. Algunos de esos artículos los he publicado después ampliados en LVyLP.
En los años 90, un amigo que asistía al grupo de oración que se reunía en mi casa, me presentó al dueño de Radio Miraflores, sugiriéndole que me diera un pequeño espacio en el bloque de comentarios y noticias que se transmitía los fines de semana por la mañana y que tenía bastante audiencia.
Mi propósito era abordar en el programa, que titulé “La Vida y la Palabra”, temas de actualidad desde un punto de vista cristiano y bíblico. Eso significaba un mayor compromiso, que me exigía leer bastante y documentarme.
Los días viernes escribía a mano el texto sobre el tema escogido, lo pasaba a máquina, y me iba a la radio a eso de las 5 pm para grabar el mensaje, que solía leer como si estuviera improvisando.
Como el pequeño programa suscitó el interés de los oyentes que llamaban a hacer preguntas, se me fue otorgando poco a poco más tiempo, llegando a disponer de doce o más minutos. Cada semana me entregaban la grabación de la semana anterior.
Cuando asistí a un seminario internacional del Instituto Haggai en la isla de Maui, en Hawai, en marzo de 1999, me dije que debía hacer algo con esas grabaciones. De regreso en Lima traté de ofrecerlas a las radios cristianas del país que había entonces, pero por algún motivo no les interesó. Quizá mi estilo formal no satisfacía el gusto de los oyentes acostumbrados al tono encendido de los predicadores más conocidos.
No sabiendo qué hacer con esos textos le pregunté un día a mi pastor y amigo, Peter Hornung, si me permitiría repartirlos en forma de fotocopias a la salida de los cultos del templo de Agua Viva en Risso, a lo cual él accedió gentilmente.
Debo señalar que ése fue un acto de generosidad y de confianza extraordinarias. Son pocos los pastores que permitirían que un simple miembro de su congregación, que ni siquiera forma parte de su equipo pastoral, distribuya libremente en su iglesia textos propios. Yo le estoy inmensamente agradecido al pastor Peter por haberme dado la oportunidad de desarrollar un ministerio que se ha convertido en mi tarea en esta etapa de mi vida y que, con el tiempo, ha ido alcanzando a un número cada vez mayor de personas dentro y fuera de la iglesia.
Comencé repartiendo 100 fotocopias, que fueron aumentando a 200 y a 300. Llegado a ese número ya era necesario recurrir a la impresión.
Ya no me acuerdo ahora de todos los detalles pero, para comenzar el proceso de impresión, había que obtener primero el llamado “canson”, usando un papel especial en que se imprimía el texto invertido, y que servía para imprimir el texto definitivo en papel bond.
Con ese fin yo acudía al Centro Lima, cerca de la Av. Uruguay, hacía cola en uno de los puestos del sótano, y una vez obtenida la placa offset, lo llevaba a una imprenta en el primero o segundo piso del mismo lugar, pagaba y regresaba al día siguiente para recoger el paquete, que tenía que cargar hasta la playa de estacionamiento donde había dejado mi auto.
Felizmente algún tiempo después una persona que asistía al grupo de oración que se reunía en mi casa, me advirtió que en la calle José Gálvez de Lince había una pequeña imprenta que podía utilizar. Eso facilitó las cosas porque ya no tenía que ir dos veces por semana al centro de Lima. El dueño era el Sr. Abanto, que tenía dos locales en la misma calle. Al primero llevaba el “canson” a inicios de la semana. Al día siguiente recogía la plancha offset con que se hacía la impresión. Posteriormente el propio Sr. Abanto recogía el “canson” en mi casa.
Como él no tenía una máquina dobladora, el doblado en tríptico lo hacía manualmente con su familia, y como resultado, uno de sus familiares se convirtió leyendo el texto que tenía en manos.
He conservado un cuaderno en que anotaba semanalmente el número de ejemplares impresos y cómo los distribuía entre iglesias y librerías. El crecimiento no fue continuo, sino tuvo altas y bajas, pero a inicios del 2002 imprimía dos mil ejemplares, la mitad de los cuales eran entregados a Agua Viva. A medida que el volumen de la impresión fue creciendo el resto era entregado a varias iglesias, como Camino de Vida, la Alianza Cristiana de Comas y de Lince, Centro Vida, Agape, Emmanuel, Calvary Chapel, Vida Nueva, Renuevo, Nueva Vida, Casa del Padre, Aposento Alto, etc., así como en diversas instituciones y   cristianas, como el Seminario Bíblico Andino, el Seminario Evangélico de Lima, la Casa de la Biblia, la librería El Inca y Kyrios.
Desgraciadamente ahí se interrumpe el registro de la impresión semanal, por lo que no puedo dar cifras del aumento posterior de la impresión a medida que la aceptación y la demanda fueron aumentando. Pero poco a poco llegó a 13,000 ejemplares, de los cuales 7000 eran impresos por el Sr. Abanto, siempre tan fiel, responsable y cumplido, y un hermano de la iglesia que, empezando por una cantidad pequeña, llegó a donar hasta 6000 ejemplares semanales.
En el camino yo había reemplazado el formato A4 por el tamaño oficio para poder aumentar el contenido de mis artículos, y posteriormente, para reducir el costo, reemplacé el papel bond por papel periódico.
De repente ocurrió un lunes –la fecha exacta no la recuerdo- en que el hermano mencionado me informó que no iba a poder seguir con la impresión por razones personales. El mismo día el Sr. Abanto me informó que no iba a poder continuar con la impresión semanal porque el hijo que colaboraba con él se había ido a la Argentina, y que él, que entretanto había mudado su imprenta a San Juan de Lurigancho, no podía seguir haciendo el trabajo solo.
¿Qué hacer en ese momento dado que me iba a ser difícil encontrar en poco tiempo una imprenta que me pudiera hacer el trabajo a un precio económico? Estaba perplejo ante esa disyuntiva cuando inesperadamente me vino a buscar la Hna. Lupe Lázaro de Vicuña, dueña de la imprenta Jhire Grafel, para ofrecerme imprimir gratuitamente 6 mil ejemplares por semana. Yo asumiría solamente el costo del papel y tendría que encargar el doblado a otra imprenta, porque la máquina que ellos tenían no se adaptaba al tipo de papel periódico delgado que yo usaba entonces y sigo usando. De esa manera yo pude continuar con la impresión de LVyLP esa misma semana sin interrupción.
Ahí yo he podido ver una vez más cómo la mano de Dios intervenía en momentos difíciles proveyendo, a través de estos antiguos y fieles amigos, una solución inesperada para superar un obstáculo que parecía insalvable, y que yo pudiera llevar adelante este proyecto que yo reconozco ahora claramente que no es mío.
Respecto del punto crítico del doblado y empaquetado, después de varios ensayos, no siempre muy  afortunados, de encargárselo a imprentas cercanas, o de hacer en casa el doblado con ayuda de una regla, tarea nada fácil porque después había que hacer paquetes de cien ejemplares cada uno, encontré finalmente en la imprenta Langu  i, del Hno. Odilón Huamaní, un colaborador fiel que cumple con el compromiso de entregarme puntualmente el material listo para ser repartido.
En los seminarios locales del Instituto Haggai yo he enseñado acerca de Visión, Misión y el trazado de metas para llevar a cabo lo que nos proponemos, pero yo puedo dar fe de que yo nunca me propuse hacer lo que estoy haciendo actualmente, ni alcanzar a tanta gente con mis escritos, no sólo por medios impresos sino ahora también por las redes sociales de internet. Esto ha surgido casi diría a pesar mío.
Lo mismo puedo decir acerca del contenido, porque yo no tengo ni los estudios, ni la preparación académica para realizar esta tarea. Lo que sí puedo afirmar es que al levantarme temprano cada mañana, después de orar, me siento en el sillón que tengo en mi escritorio para leer el pasaje que me he propuesto comentar, sin tener con frecuencia la menor idea de lo que voy a escribir. Pero en ese momento me vienen ideas y pensamientos que nunca antes han pasado por mi mente y mi lápiz empieza a moverse sobre el papel. De manera que si algunas personas han sido edificadas por su lectura, el primer edificado he sido yo.
Dios obra a través nuestro, y a veces, a pesar nuestro, si tenemos el corazón dispuesto y tan sólo le entregamos nuestra mente y nuestra voluntad para que Él actúe.
No puedo dejar de mencionar a la hermana que me sugirió que para aumentar la utilidad evangelística de mis artículos, añadiera al final una oración de entrega, como la que suelo poner al pie de los artículos.
Soy consciente de que estos escritos llegan a lugares y a gente de la que yo no tengo idea, incluso en provincias y el extranjero. Hay personas, incluso de  edad avanzada, que se llevan cierto número de paquetes, o cantidades menores, que distribuyen en cárceles, en hospitales, en la calle, en sus células, o en los micros y otros vehículos de transporte. He recibido llamadas telefónicas de lugares inesperados, como una vez del penal de Lurigancho, para pedirme consejo. He recibido visitas que me han sorprendido, como la de un sacerdote que tenía problemas con la orden a la que pertenecía, o la de una pareja de esposos que se peleaban constantemente y estaban a punto de separarse,
A todos ellos he tratado de atender en la medida de mis posibilidades, pero Dios me ha mostrado también que no debo involucrarme en las vidas ajenas, como yo tendría tendencia hacer tratando de ayudar, porque eso me desviaría de sus propósitos.
En lo que se refiere a la temática, aparte de los temas de actualidad que he abordado, y de temas bíblicos concretos, como el fruto del Espíritu, o la Gran Comisión, por mencionar sólo algunos, o el tema del judaísmo, al que dediqué ocho documentados artículos, poco a poco me he ido concentrando en el comentario de pasajes o capítulos específicos de las Escrituras. He escrito también series de artículos, como “Los Mandamientos del Diablo”, en que he mostrado cómo el mundo, por diversos medios, nos empuja maliciosamente a hacer cosas que son directamente contrarias a lo que ordena, o aconseja, la palabra de Dios. O como “Anotaciones al Margen” que, como su nombre indica, recoge las ideas que me inspira la lectura de libros espirituales.
Inicialmente yo no numeraba mis artículos. Pero un día la hermana Doris Manco me sugirió que puesto que yo los publicaba y distribuía de manera regular, convenía que los llevara y registrara en la Biblioteca Nacional. Eso exigía darle a la publicación un carácter más formal y numerarlos, lo cual es la razón de la información que aparece al pie de página. Para efectos de la numeración lo que hice fue retroceder en el tiempo hasta ubicar la primera charla transmitida por Radio Miraflores.
Llegar al número mil es la ocasión apropiada para expresar mil veces mi agradecimiento, en primer lugar a Dios, por haberme honrado al escogerme para realizar esta tarea que nunca estuvo entre mis planes; y en segundo, a todas las personas, comenzando por mis pastores, que me han alentado a llevarla adelante.

#1000 (08.10.17). Depósito Legal #2004-5581. Director: José Belaunde M. Dirección: Independencia 1231, Miraflores, Lima, Perú 18. Tel 4227218. (Resolución #003694-2004/OSD-INDECOPI).