jueves, 21 de septiembre de 2017

martes, 19 de septiembre de 2017

LA MUJER AGRACIADA TENDRÁ HONRA

  LA VIDA Y LA PALABRA
Por José Belaunde M.
LA MUJER AGRACIADA TENDRÁ HONRA
Un Comentario de Proverbios 11:16 y 17
16. “La mujer agraciada tendrá honra, y los fuertes tendrán riquezas.”

¿En qué consiste la gracia de la mujer? En Proverbios 31:30 está la respuesta.
La belleza en la mujer y la fortaleza en el hombre son aquí elogiadas y, a la vez, contrastadas. Pero ¿es ser “agraciada” sólo ser bella? ¿O es más bien estar llena de gracia? Es decir ¿Estar llena del favor de Dios, y de todas las virtudes y dones que lo acompañan?
En este proverbio se yuxtaponen belleza femenina y fortaleza masculina. Pero Derek Kidner observa que, si miramos al v. 22 (“Como zarcillo de oro en el hocico de un cerdo es la mujer hermosa, pero falta de razón”), el autor tiene en mente algo más que la mera belleza exterior, esto es, las virtudes interiores, el buen sentido, lo cual anuda con la versión de la segunda línea de sentido contrario que trae la Septuaginta: "Pero la mujer que odia la rectitud es motivo de deshonra" (Véase Sir 26:1-23). Es motivo de deshonra para ella misma, o para su marido, o para sus padres. ¿Cuántas veces hemos visto que la mujer de costumbres ligeras es motivo de vergüenza para los suyos?
La mujer agraciada es no sólo la bonita, sino aquella que está “llena de gracia”, es decir, aquella a quien la sabiduría, la prudencia, la discreción y la modestia embellecen. Aquella que obra siempre de una manera atinada, cuyas palabras y mirada reflejan la bondad de su corazón; la que tiene palabras de aliento para el cansado, y de consejo para los que atraviesan por situaciones difíciles. Aquella que con sus buenas y oportunas palabras, y con la bondad de sus gestos, sana las heridas, y restaura el ánimo de los desdichados. Mujeres que con su sola presencia bendicen a los que las rodean.
Así como hay mujeres que con su boca provocan conflictos, las hay también que con su boca y con su actitud calman los ánimos, trayendo paz y consuelo: “Abre su boca con sabiduría, y la ley de clemencia está en su lengua.” (Pr 31:26).
El apóstol Pedro exhorta a las mujeres: “Vuestro atavío no sea el externo de peinados ostentosos, de odornos de oro o de vestidos lujosos, sino el interno, el del corazón, en el incorruptible ornato de un espíritu afable y apacible, que es de gran estima delante de Dios.” (1P 3:3,4). Notemos que hay cualidades en la mujer que son de gran estima delante de Dios, esto es, que Él inmensamente aprecia. ¿Aprecia Dios tus virtudes, oh mujer que lees estas líneas? ¿Te esfuerzas por adquirirlas? Por algo dice Salomón que “la mujer virtuosa es corona de su marido.” (Pr 12:4). Pero contrariamente también dice: “Mejor es vivir en un rincón del terrado que con mujer rencillosa en casa espaciosa.” (21:9; cf v. 19). El carácter de la mujer decide la felicidad, o la desdicha, del hombre que se case con ella. Una mujer de mal carácter puede amargar la vida del hombre.
La sabiduría adorna con gracia y con una “corona de hermosura” a la mujer que se empeña en adquirirla, y la valora más que ninguna otra posesión (Pr 4:7-9). Ella ilumina no sólo el rostro del hombre sino también, y con creces, el de la mujer, cuyos ojos brillan con el reflejo de su belleza interna (Ecl 8:1).
Gozar de estima general es de mayor valor que el dinero ganado por métodos abusivos o violentos, como afirma un proverbio: “De más estima es el buen nombre que las muchas riquezas, y la buena fama más que la plata y el oro.” (Pr 22:1). La gracia es inmensamente superior a la fuerza bruta, porque con ella la mujer conquista el corazón de su marido (5:19).
En la Biblia tenemos numerosos casos de mujeres que sirven de ejemplo a otras por sus cualidades morales. Una de ellas es Rut, la moabita, que mantuvo su virtud pese a la situación apremiante que enfrentaba, pero que obtuvo un premio inesperado por su bondad y constancia (Rt 3:11; 4:13). Ella es, dicho sea de paso, una de las cuatro antepasadas de Jesús que menciona la genealogía de Mateo, a pesar de que no pertenecía al pueblo elegido (Mt 1:5). Otro es el de Débora quien, siendo mujer, gobernaba como juez a Israel, y la gente del pueblo venía a ella para que juzgara y dictara sentencia en sus disputas (Jc 4:4,5). La reina  Ester retuvo su influencia sobre su marido pagano, y salvó a su nación del exterminio que sus enemigos habían decretado (Est 9). Ana, la madre de Samuel quien, siendo estéril, suplicó a Dios que le diera un hijo, que ella se comprometió a dedicar desde niño al servicio del Señor (1Sm 1). Abigaíl, que con sus sabias palabras supo aplacar el ánimo vengativo de David, y salvó a su casa de una destrucción segura. Ella agradó tanto al futuro rey que, cuando quedó viuda, él la tomó por esposa (1Sm 25). La viuda de Sarepta, y la sunamita, que fueron bondadosas con los profetas de Dios y recibieron una recompensa que colmó sus expectativas (1R 17:10; 2R 4:8-37).
Loida y Eunice, que educaron a Timoteo en el conocimiento de las Escrituras (2Tm 1:5). Priscila, que junto con su esposo Aquila, fue una colaboradora más que eficaz de Pablo (Hch 18:2,26; Rm 16:3). Dorcas, rica en buenas obras, a quien Pedro resucitó (Hch 9:36; 39-43).
La segunda línea de este proverbio puede interpretarse en un sentido positivo, o negativo, según sea el significado que se atribuya a la palabra “fuertes” (aritzim en hebreo, esto es “poderosos”, o “violentos”, u “opresores”). Sin embargo, la Jewish Study Bible sugiere que en vez de aritzim esa palabra debería leerse como haritzim, esto es, “diligentes”, siguiendo a la traducción griega.

Si le damos un sentido negativo concluiremos que los “fuertes” sólo acumulan riqueza y el prestigio dudoso que la acompaña. Pero si le damos un sentido positivo, afirmaremos con Salomón que “la mano de los diligentes enriquece.” (Pr 10:4). No obstante, hay una riqueza espiritual con la cual el varón de Dios puede ser bendecido si se mantiene fuerte frente a las tentaciones y pruebas, y constante en la búsqueda de la verdad. Ella es de mucho mayor valor que la riqueza material.
Los vers. 17 al 21 de Prov 11, sumados al 23, forman un grupo de proverbios antitéticos (exceptuando el vers.19) que tratan del fruto de nuestras obras. El v.17 muestra cómo el resultado de nuestras obras recae en nosotros mismos.
17. “A su alma hace bien el hombre misericordioso; mas el cruel se atormenta a sí mismo,” porque Dios le devolverá multiplicado el mal que cause a otros, así como retribuirá al misericordioso por el bien que hizo a su prójimo, a veces negándose a sí mismo.
            Este versículo apunta a la recompensa eterna, buena o mala, (c.f.14:21) porque algún día cosecharemos, para bien o para mal, el fruto de nuestras obras. ¡Qué tontos son, en verdad, los que ignoran, o pretenden ignorar, que hay un Juez justo que asignará a cada cual la recompensa merecida por lo que hizo, o dejó de hacer, en esta vida!
            Dicho de otra manera, hacer misericordia redunda en beneficio propio. Lo recíproco puede decirse también de lo opuesto: hacer daño a otros es hacérselo a sí mismo, en parte porque suscitará el deseo de venganza de los agraviados; como temía Jacob que le ocurriera por la crueldad mostrada por sus hijos Leví y Simeón con Hamor y Siquem al vengar el honor de su hermana Dina (Gn 34:24-31).
            El texto del versículo subraya las palabras “...a sí mismo”, porque el cruel experimentará en su propia carne los tormentos con que afligió a su prójimo.
La misericordia (hesed en hebreo), que hemos definido como “amor que se inclina hacia el desdichado”, es uno de los atributos de Dios más importantes para el hombre, porque fue su misericordia lo que lo impulsó a venir a la tierra para salvarnos. No es simplemente una cualidad natural en el hombre, sino es un fruto del Espíritu obrado por la gracia. El ser humano misericordioso, sea varón o mujer, refleja la naturaleza de Dios: “Sed, pues, misericordiosos, como también vuestro Padre es misericordioso.” (Lc 6:36). Por eso Pablo exhorta a los cristianos antes que nada, a vestirse “de entrañable misericordia”, esto es, de ese sentimiento de compasión que brota de lo más profundo de nuestro ser, y que incluye el soportarnos y perdonarnos unos a otros (Col 3:12,13).
            Del buen samaritano se dice que “fue movido a misericordia” al ver al hombre herido que, sin embargo, era un forastero para él (Lc 10:33). ¿Cuántas veces habremos sido nosotros “movidos a misericordia”, en vez de permanecer indiferentes ante la desdicha ajena, como es frecuente aun entre cristianos? Si lo hemos sido, habremos actuado como Dios espera de nosotros, esto es, si en verdad reflejamos su naturaleza y amamos a nuestro prójimo como a nosotros mismos, tal como ordena el que es, según Jesús, el segundo gran mandamiento (Mt 22:39,40).
De otro lado, como dice Santiago: “Juicio sin misericordia se hará con aquel que no hiciere misericordia.” (2:13). Las consecuencias pueden ser funestas para el inmisericorde. Veamos algunos ejemplos. El castigo que recibió Caín por su fratricidio fue terrible, pues fue maldito por Dios de modo que anduvo errante por la tierra como un extranjero a donde quiera que fuere, y Dios tuvo que poner una señal en él para que no lo matase el que lo hallase (Gn 4:11-15). Los hermanos de José fueron angustiados por el remordimiento muchos años después de haberlo vendido como esclavo (Gn 42:21). Aunque el cruel rey Acab se disfrazó para que no lo reconocieran los arqueros enemigos, uno de ellos disparó al azar y lo hirió de muerte sin querer. Su sangre fue después lamida por los perros (1R 22: 34,35,38). Pero peor aún fue la suerte corrida por su esposa, la impía Jezabel, pues fue arrojada al pavimento desde una alta ventana, y cuando un tiempo después quisieron darle sepultura, sólo hallaron pedazos de su cadáver, pues se lo habían comido en parte los perros, en cumplimiento de la profecía pronunciada contra ella por Elías (2R 9:30-37).
Un autor del siglo quinto escribe sobre este proverbio lo siguiente: “La oración sube más rápidamente a los oídos de Dios cuando es impulsada por la recomendación de la limosna y del ayuno. Puesto que se ha escrito que  “a su alma hace bien el misericordioso”, nada le pertenece al individuo más que lo que ha gastado en su prójimo. Parte de los recursos materiales que han sido usados en socorrer al pobre se transforman en riquezas eternas. El tesoro nacido de tal generosidad no puede ser disminuido por el uso ni dañado por el deterioro físico (Mt 6:20). Se ha dicho: “Bienaventurados los misericordiosos, porque ellos alcanzarán misericordia.” (Mat 5:7). Aquel que constituye el mayor ejemplo de este principio, esto es, Jesús, será también la suma de su recompensa.”
Amado lector: Jesús dijo: “¿De qué le sirve al hombre ganar el mundo si pierde su alma?” (Mt 16:26) Si tú no estás seguro de que cuando mueras vas a ir a gozar de la presencia de Dios, yo te invito a arrepentirte de tus pecados, y a pedirle perdón a Dios por ellos., haciendo una sencilla oración:
"Jesús, tú viniste al mundo a expiar en la cruz los pecados cometidos por todos los hombres, incluyendo los míos. Yo sé que no merezco tu perdón, porque te he ofendido consciente y voluntariamente muchísimas veces. Me arrepiento sinceramente de todos mis pecados. Perdóname, Señor, te lo ruego; lava mis pecados con tu sangre; entra en mi corazón y gobierna mi vida. En adelante quiero vivir para ti y servirte."

#949 (30.10.16). Depósito Legal #2004-5581. Director: José Belaunde M. Dirección: Independencia 1231, Miraflores, Lima, Perú 18. Tel 4227218. (Resolución #003694-2004/OSD-INDECOPI). 

miércoles, 13 de septiembre de 2017

MARDOQUEO II

LA VIDA Y LA PALABRA
Por José Belaunde M.
MARDOQUEO II
Un día, estando Mardoqueo sentado a la puerta del palacio del rey –es posible que Ester hubiera obtenido que él fuera nombrado portero de palacio- él se entera casualmente de un complot de dos eunucos para matar a Asuero (Nota 1). Él informa a Ester y ésta informa al rey. (Est 2:21,22). Hechas las averiguaciones se comprobó que era cierta la denuncia y los dos culpables fueron colgados en una horca. “Y fue escrito el caso en el libro de las crónicas del rey.” (v. 23). Mediante este incidente Dios estaba preparando el terreno para el futuro engrandecimiento de Mardoqueo. Pero notemos que así como los hebreos mantenían libros de Crónicas donde se consignaban sobre todo los principales hechos de la historia de sus reyes, y otros acontecimientos de la historia de su pueblo, ésa era una costumbre común de todas las naciones de ese tiempo.
Asuero había engrandecido a Amán, seguramente por lo mucho que éste lo adulaba. Todos se arrodillaban ante Amán, pero Mardoqueo rehusaba hacerlo. ¿Por qué motivo? Porque consideraba que no debía inclinarse ante ningún hombre sino sólo ante Dios, y menos podía él inclinarse ante un descendiente de Agag (3:1), el rey de los amalecitas, enemigos jurados de Israel. (2) Ofendido en su orgullo, Amán se propone destruir no sólo a Mardoqueo, sino a todo el pueblo judío.  
No es la primera ni la única vez que alguien se propone destruir al pueblo elegido. ¿Quién inspiraba entonces ese deseo? Satanás. ¿Y por qué? Porque él sabía que de ese pueblo nacería el Mesías.
Amán echó suertes (Pur cuyo plural es purim) para saber en qué mes convendría llevar a cabo su propósito, y salió el duodécimo mes, que es el mes de Adar (febrero/marzo).
Por instrucciones del rey, Amán publicó un edicto ordenando que el día 13 del mes de Adar, se exterminara a todo el pueblo judío, incluyendo ancianos, mujeres y niños (3:11-15). Nótese que el rey ordenó destruir al pueblo judío sin saber que la reina a la que tanto amaba, y Mardoqueo, el hombre que le había salvado la vida, eran ambos judíos.
El texto dice que, al enterarse del decreto, la ciudad de Susa se conmovíó (3:15). Eso es comprensible si se tiene en cuenta que, amados o no, los judíos por su industriosidad eran un elemento esencial de la vida económica de la ciudad, y posiblemente muchos de sus pobladores los estimaban, y algunos hasta los tenían por amigos.
Cuando Mardoqueo se enteró “rasgó sus vestidos, se vistió de cilicio y de ceniza, y se fue por la ciudad  clamando con grande y  amargo clamor.” (4:1). Tenía buena razón para ello, porque sabía que él era la causa del odio de Amán contra su pueblo.
Angustiados los judíos, vistiéndose de cilicio, convocaron a un ayuno con luto, llanto y lamentación, al cual se adhirió Mardoqueo (4:3).
Enterada a su vez, Ester quiso que Mardoqueo viniera donde ella a palacio, con cuyo fin le envió vestidos adecuados para presentarse en palacio, pero él no quiso ir.
Mardoqueo le pide a Ester por un intermediario que interceda ante el rey. Pero ella le responde que si ella se  presenta donde el rey sin haber sido llamada primero, ella moriría. Su temor era aumentado por el hecho de que hacía treinta días que ella no había sido llamada por el rey. ¿Estaría él molesto con ella? ¿Habría encontrado entre sus concubinas una mujer que lo atraía especialmente?
Mardoqueo le contesta que ella no escapará al destino de todos los judíos, y añade: Pero si tú no intercedes por tu pueblo, de otro lugar vendrá la liberación. ¿Qué está implícito en esta respuesta? La seguridad de que Dios no dejará perecer al pueblo elegido.
Mardoqueo le hace decir además: Quizá para esta hora tú has llegado a ser reina. Es decir: No es casualidad. Dios te ha puesto en ese lugar con un propósito. (3)
Quizá para esta hora estén ustedes y yo aquí. Es decir, con un fin preciso Dios ha querido que lleguemos a esta edad avanzada y que nos incorporemos a este ministerio de la Edad de Oro. ¿Cuál es ese fin sino el darle gloria, y traer a unos para que conozcan el Evangelio, y a otros para que sean edificados en su fe? La verdad es que Dios ha puesto a cada ser humano con un fin preciso en un lugar y tiempo determinado en el mundo. Muchos son inconscientes de ese fin, aunque involuntariamente lo cumplen. Pero el éxito espiritual de nuestra vida depende de que lleguemos a ser conscientes del propósito por el cual fuimos creados, y lo cumplamos.

Notemos que en la historia santa, en tiempos de opresión del pueblo judío, Dios siempre ha enviado a un salvador que venza a sus enemigos, o que los libere: Moisés, Gedeón, Sansón, Judas Macabeo… Y en esta oportunidad le tocó ese papel a Ester, una simple doncella que, escogida por el rey para ser su esposa, había sido elevada a la categoría de reina. Aquí vemos el cumplimiento de la promesa hecha por Dios a su pueblo: “Ningún arma forjada contra ti prosperará y condenarás toda lengua que se levante contra ti en juicio.” (Is 54:17a).
Pero notemos el contraste: Ninguna persona podía presentarse ante el rey sin haber sido llamada, pues arriesgaba su vida. Sin embargo, todos los seres humanos tienen acceso al trono de gracia de un Soberano mucho más excelso que todos los reyes humanos, para alcanzar misericordia y el oportuno socorro (Hb 4:16).
Entretanto, Amán, ofendido de que Mardoqueo no le rinda homenaje, por consejo de su mujer, hace preparar una horca para colgarlo (Est 5:14).
Al tercer día del ayuno Ester, arriesgando su vida, se viste de gala y se presenta inesperadamente en el aposento del rey. Éste no reacciona airadamente, como era de temer por el hecho de que ella no hubiera sido llamada, sino que le extiende su cetro en señal de favor, y le pregunta: ¿Cuál es tu petición? Ella le contesta que desea que el rey venga ese mismo día con Amán a un banquete que ella ha preparado para honrarlo. El rey acude y le pregunta nuevamente: ¿Cuál es tu petición? Ella le contesta invitando al rey el día de mañana a otro banquete en que ella desea que asista nuevamente Amán. El rey una vez más accede a su deseo (Est 5:6-8).
Pero esa misma noche, no pudiendo dormir, el rey hizo que le leyeran el libro de las crónicas del reino. Llegados al episodio del

complot de los dos eunucos contra el rey que Mardoqueo había denunciado, el rey preguntó: ¿Cómo se premió al hombre que denunció el complot? Los cortesanos le dijeron que no se había hecho nada en su favor. (6:1-3)
Entonces Asuero hizo venir a Amán y le preguntó: ¿Qué debe hacerse con un hombre al cual el rey quiere distinguir? Amán, creyendo que se trataba de él, le contestó que debía vestírsele con ropas reales, ponerle una corona de oro sobre su cabeza, y subirlo al caballo que el rey cabalga. Hecho lo cual debía paseársele por las plazas de la ciudad pregonando: Así se trata al hombre que el rey quiere honrar. Entonces el rey le dijo: Haz con Mardoqueo así como has dicho. (6:6-11) ¡Qué chasco!
Cumplido el encargo, Amán retornó a su casa apesadumbrado y con la cabeza cubierta de vergüenza. Y tenía buena razón para ello (v. 12). Él se había imaginado que el rey quería homenajearlo a él en público, pero resultó que el homenaje no era para él, sino para el hombre que él más odiaba. Y para mayor humillación suya, a él se le había dado el encargo de llevarlo a cabo. ¡Imagínense cómo se sentiría Amán pregonando el premio del hombre a quien él más odiaba!
En el segundo banquete convocado por Ester en el palacio real, con asistencia de Amán, ella denuncia la orden que se ha dado para destruir a todo el pueblo judío, y revela quién es el que la ha gestionado: Amán. Aparentemente el rey lo había olvidado.
Asuero se enfurece y bruscamente abandona la sala del banquete. Amán se queda y suplica a Ester por su vida y, en su afán angustiado, cae sobre el lecho sobre el cual estaba Ester recostada comiendo, según la costumbre persa que luego los romanos y los judíos adoptaron (Véase Jn 13:23). Asuero, que entretanto ha regresado, cree que el hombre la quiere violar y ordena en el acto que lo maten. Para ello cuelgan a Amán precisamente en la horca que él había preparado para Mardoqueo, Podemos ver aquí cómo la mano de Dios está detrás de los acontecimientos y coincidencias dirigiéndolo todo, y cómo se cumple el proverbio que dice: “El  justo es librado de la tribulación; mas el impío entra en lugar suyo.” (11:8).
Se produce entonces un vuelco en la posición de Mardoqueo. Ester le revela al rey que ella es su prima. Entonces el rey le da a Mardoqueo el anillo con el sello real que antes había dado a Amán.
Ester le pide al rey que anule la orden que ha dado de matar a todos los judíos. El rey le contesta que un edicto suyo no puede ser anulado. Entonces ordena que Mardoqueo, en nombre suyo, mande un edicto real autorizando a los judíos de su reino a defenderse de sus enemigos y matarlos.
Llegado el día 13 de Adar, en lugar de ser destruidos, los judíos destruyen a sus enemigos con el apoyo de las autoridades del reino. Solamente en Susa mataron a 500 hombres, incluyendo a los diez hijos de Amán (Est 9:13,14). (4) El día 14 mataron a 300 hombres más. En las provincias mataron a 75,000 hombres, pero no tocaron sus bienes. Los judíos de Susa descansaron el día 15 e hicieron fiesta.
Se ha objetado que los judíos pudieran actuar con tanta crueldad con sus enemigos, matándolos a todos sin compasión. Pero debe recordarse que ellos vivían entonces bajo el antiguo pacto que decía: “Amarás a tu prójimo como a ti mismo” (Lv 19:18), pero que en la práctica aconsejaba odiar y destruir al enemigo.(cf Ex 17:14-16; Sal 139:21,22) Faltaban todavía siglos para que Jesús viniera a enseñar que también debemos amar a nuestros enemigos (Mt 5:44).
El prestigio de Mardoqueo aumentó al punto de que llegó a ser el segundo hombre del reino. Él ordenó a los judíos festejar los días 14 y 15 de Adar, porque en esos días tuvieron paz sobre sus enemigos.
La fiesta que conmemora este acontecimiento recibió el nombre de Purim, plural de Pur, y es celebrada por los judíos de todos los lugares y tiempos.
Notas: 1. Los eunucos eran los funcionarios de la corte real, encargados al comienzo principalmente del harén de los reyes, por lo que eran castrados en temprana edad. Véase Hch 8:27. No es improbable que Mardoqueo mismo fuera un eunuco, pues no estaba casado ni tenía hijos.
2. Según el Targum y el historiador Josefo, Amán era un descendiente de Amalec, por vía de su rey Agag. Ellos fueron los eternos enemigos de los judíos, que los habían atacado en Refidim, por lo cual hubo guerra sin cuartel entre ambos pueblos (Ex 17:8-16). Por eso Dios ordenó a Moisés que destruyera a los amalecitas (Dt 25:17-19).
Siglos después Saúl desobedeció a la orden de Dios de destruir a todos los amalecitas, pues perdonó la vida de Agag, su rey. Ese acto de desobediencia ocasionó que Jehová desechara a Saúl como rey. Samuel hizo traer a Agag y con sus propias manos lo mató (1Sm 15).
3. Dicho sea de paso, Si yo no cumplo la tarea que Dios me ha confiado, Él llamará a otro que le lleve a cabo en mi lugar, y yo me habré perdido mi recompensa.
4. Se supone que Amán sería un descendiente de un hijo de Agag que escapó de la matanza que hizo Saúl de los amalecitas. Es muy significativo que fuera un amalecita, perteneciente al pueblo que fuera el eterno enemigo de los hebreos, el que tramara destruir definitivamente al pueblo judío. Pero con la muerte de Amán y de sus hijos (Est 9:13,14) la orden dada a Moisés fue definitivamente ejecutada.
Amado lector: Jesús dijo: “¿De qué le sirve al hombre ganar el mundo si pierde su alma?” (Mt 16:26) Si tú no estás seguro de que cuando mueras vas a ir a gozar de la presencia de Dios, yo te invito a arrepentirte de tus pecados, y a pedirle perdón a Dios por ellos., haciendo una sencilla oración:
"Jesús, tú viniste al mundo a expiar en la cruz los pecados cometidos por todos los hombres, incluyendo los míos. Yo sé que no merezco tu perdón, porque te he ofendido consciente y voluntariamente muchísimas veces. Me arrepiento sinceramente de todos mis pecados. Perdóname, Señor, te lo ruego; lava mis pecados con tu sangre; entra en mi corazón y gobierna mi vida. En adelante quiero vivir para ti y servirte."

#948 (23.10.16). Depósito Legal #2004-5581. Director: José Belaunde M. Dirección: Independencia 1231, Miraflores, Lima, Perú 18. Tel 4227218. (Resolución #003694-2004/OSD-INDECOPI). 

viernes, 8 de septiembre de 2017

MARDOQUEO I

  LA VIDA Y LA PALABRA
Por José Belaunde M.
MARDOQUEO I
Contexto Histórico
Jerusalén había sido conquistada por Nabucodonosor, rey de Babilonia, el año 587 AC, y un gran número de judíos, especialmente de las clases altas, así como artesanos y herreros, fue enviada al exilio, tal como había anunciado Jeremías que ocurriría en castigo de la idolatría en que había caído el pueblo (Jr 25:11,12).
El rey persa Ciro, conquistó Babilonia el año 539 AC. Al año siguiente él permitió que los judíos que vivían en su imperio pudieran, después de setenta años de exilio, regresar a Israel si lo querían, tal como también Jeremías había profetizado (Jr 25:11; 29:10; Dn 9:2; 2Cro 36:21) (Nota 1).
Una buena parte de los desterrados lo hizo en oleadas sucesivas, pero muchos se quedaron porque gozaban de una buena situación que no querían perder, prefiriendo la comodidad de su prosperidad en una tierra extranjera, a la alegría de adorar a Dios en la ciudad santa. El retorno de los judíos a su tierra en varias etapas está narrado en los libros de Esdras y Nehemías.
El templo de Jerusalén fue reconstruido entre los años 536-516 AC, bajo el reinado de Ciro y de Darío, en tiempo de los profetas Hageo y Zacarías. El hijo de Darío, el rey Jerjes, a quien el libro de Ester llama Asuero, (que reinó entre 486 y 465 AC, en que fue asesinado) invadió Grecia y, a pesar de sus triunfos iniciales, fue derrotado en las batallas de Salamina y Platea, y tuvo que retirarse. La guerra contra los persas, muy superiores a ellos numéricamente, es una de las grandes gestas de la historia griega.
Aunque él fue un soberano muy poderoso –bajo su reinado el imperio persa llegó a tener 127 provincias, y se extendía desde las fronteras de la India hasta Etiopía en África- él era en realidad un hombre de carácter débil e indeciso, víctima de sus caprichos, que descansaba en los consejos de sus altos funcionarios, rasgo que se ve reflejado en el relato del libro de Ester (Véase 1:4).
Este libro, que se lee como si fuera una pequeña novela, debe haber sido escrito por un judío residente en Persia, que tuvo acceso a las crónicas oficiales de los reyes de Media y Persia y que estaba bien familiarizado con las costumbres de la sociedad y de la corte persa, así como con el palacio de Susa. Los sucesos narrados por el libro cubren un periodo de 10 años, desde el año 483 AC hasta el año 473 AC. Tiene la particularidad de que en él no se menciona ni una sola vez el nombre de Dios. Sin embargo, es fascinante ver cómo detrás de los acontecimientos y de las intrigas de la corte real, está la mano de Dios moviendo los hilos de la acción y llevando a cabo sus propósitos.
Se cree que fue escrito para los judíos de la diáspora, para enseñarles cómo deben comportarse en tiempos de opresión y peligro, poniendo toda su confianza en Dios. Si Mardoqueo mismo no fue su autor, el libro está basado en información proporcionada por él, pues se dice, en Ester 9:20, que él envió cartas a los judíos para informarles de las razones para celebrar la fiesta de Purim. Dicho sea de paso, esta fiesta, según 2Mac 15:36, inicialmente se llamaba “día de Mardoqueo”.
Vale la pena notar que si en los libros de Éxodo, Levítico y Números se narran los extraordinarios milagros que Dios realizó para permitir que el pueblo elegido escapara de la servidumbre en Egipto, en este libro se relatan los medios e incidentes extraordinarios de los que Dios se valió para preservar al pueblo elegido de la destrucción que lo amenazaba. Y muestra cómo Dios se sirve para sus propósitos de los pecados y locuras de los hombres, que Él permite porque sabe cómo sacar el bien del mal.

La historia empieza con el relato del poco respeto que la reina Vasti (Amestris en la historia griega), orgullosa de su belleza y de su rango, mostró en una oportunidad por su marido, que quiso mostrar a los asistentes a un banquete que él había dado, la belleza de su mujer. Pese a que la orden le fue comunicada mediante siete chambelanes eunucos, ella se negó a aparecer ante los invitados, lo que motivó la gran ira del rey al verse humillado públicamente, y que ella fuera depuesta de su posición; así como que más adelante se convocase a un concurso entre las jóvenes vírgenes más bellas del imperio, para que el rey escogiese como reina a la que más le gustase. (2)

Es de notar que la razón que los consejeros del rey le dan para deponer a su mujer es que, al divulgarse inevitablemente el hecho, las mujeres del país tomarían a la reina Vasti como ejemplo a seguir y menospreciarían a sus maridos. Por ese motivo ellos le aconsejaron que se enviara cartas mediante correos veloces a todo el país, diciendo que el hombre debía afirmar su autoridad en su hogar (Est 1:13-22).
Sin embargo, uno no puede dejar de considerar que a la reina no le faltaba razón al negarse a ser exhibida como un trofeo delante de los comensales ebrios del rey. Y éste era un tonto al querer hacerlo, pues debió apreciar la belleza de su mujer como un tesoro reservado para sí mismo, y no para ser exhibido. Pero tengamos en cuenta que en esos tiempos aún no había venido el mensaje del Evangelio que otorgó a la mujer su verdadera dignidad.
El historiador Josefo anota que cuando al rey le pasó la cólera, sintió muchísimo haber ido tan lejos, y extrañaba a Vasti, madre de sus hijos, pero ya no podía dar marcha atrás y reconciliarse con ella, pues el edicto de divorcio era irrevocable. He ahí un buen ejemplo de cómo la cólera puede llevarnos a tomar decisiones precipitadas que después lamentamos.
Entre los judíos residentes en Susa, la capital del reino, estaba Mardoqueo, (3), de la tribu de Benjamín. Es probable que el Mardoqueo que, según Est 2:5,6, había sido llevado a Babilonia con los cautivos que llevó Nabucodonosor, sea un antepasado del personaje de nuestra historia.
Él tenía una prima muy hermosa, llamada Hadasa, que había quedado a su cargo desde la muerte de sus padres. La palabra Hadasa significa “mirto”, que es un árbol cuyas hojas despiden su aroma cuando son aplastadas. Eso nos hace pensar en muchos seres humanos cuyo aroma espiritual se manifiesta sólo después de haber pasado por muchas pruebas por las que el Señor permite que pasen para refinar su carácter. Ella había quedado huérfana pero no desamparada, porque como dice el salmo 27:10: “Aunque mi padre y mi madre me abandonaran, el Señor me recogerá”, esto es, Aquel de quien se dice que es “Padre de huérfanos y defensor de viudas.” (Sal 68:5).
Ella fue llevada por los encargados de cumplir la orden del rey al palacio real, donde se juntó a las doncellas que iban a ser preparadas durante doce meses, para el día en que fueran presentadas al rey y pasaran una noche con él. Si el rey no la escogía como reina, la muchacha descartada era llevada a la casa de las concubinas, de las que el rey disponía a su antojo. Allí ciertamente ella era bien tratada, pero se le negaba el derecho de casarse y tener familia propia. En el fondo se la rebajaba a la categoría de una cosa. Éste y otros aspectos poco edificantes del relato han motivado que este libro haya sido denunciado por algunos como inmoral e indigno de formar parte del canon bíblico.
Hadasa adoptó entonces el nombre de Ester, derivado del nombre de la diosa Istar, o Astarté y, por instrucciones de su primo, no reveló a nadie su origen judío. Cuando ella -después de haber sido preparada en las técnicas amatorias, y en el arte de los afeites y perfumes cultivado en ese tiempo para que las mujeres supieran agradar a los hombres- fue llevada donde el rey, éste la amó más que a ninguna de las muchachas que habían pasado previamente una noche con él a prueba, y la hizo coronar como reina, en reemplazo de Vasti. Esto ocurrió en  el año sétimo de su reinado (Est 2:16), cuatro años después de que Vasti fuera depuesta. ¿Qué ocurrió durante los años intermedios? Muy probablemente ése fue el tiempo en que Asuero (Jerjes) estuvo involucrado en las campañas militares contra Grecia, que después de algunos triunfos espectaculares iniciales, terminaron en el más completo fracaso.
¿Qué encontró el rey en Ester que tanto le gustó? Quizá no sólo su belleza e inteligencia, sino su disposición de ánimo, y su deseo de agradarle.
Nótese que Mardoqueo se había hecho cargo de su prima y la educó como un padre, y ella le obedecía en todo como una hija, incluso cuando había llegado a ser coronada como reina (2:20). Por su docilidad y carácter suave ella se ganó el afecto de todos en la corte. Él le advirtió que no revelara su origen judío, consciente del fuerte sentimiento antijudío que había en la población, el cual se expresa en las palabras que le dice el consejero Amán al rey: “Hay un pueblo esparcido y distribuido entre los pueblos en todas las provincias de tu reino, y sus leyes son diferentes de las de todo pueblo, y no guardan las leyes del rey”. (Est 3:8)
Es curioso, pero no sorprendente, que ese sentimiento ya existiese entonces, lo cual quiere decir que no fue inspirado por el cristianismo, como a veces se alega, sino que posiblemente la causa del antagonismo fuera precisamente lo que dice Amán: que ellos seguían leyes propias diferentes a las del país, y no las que observaban el resto de los pueblos. Esas leyes propias que Amán objetaba incluían seguramente el día semanal de reposo (el sábado), y las restricciones alimenticias dictadas por Moisés, además posiblemente del hecho de que no se casaran con no judíos sino entre ellos, y se mantuvieran separados de los demás pueblos, a los que despectivamente llamaban “gentiles” (goyim en hebreo; etnoi en griego).
En la acusación que hace Amán hay un primer punto que conviene destacar: Este pueblo está esparcido por todas las provincias de tu imperio. Y, en efecto, así era, y no hay duda de que eso era algo que había sido dispuesto por la Providencia con un fin, pues, como vemos en el libro de los Hechos, la dispersión del pueblo judío y la existencia de una sinagoga en casi todas las ciudades del mundo conocido, facilitó muchísimo la predicación y difusión inicial del Evangelio (Hch 9:20; 13:5; 17:17; 18:4; 19:8).
Notas: 1. El  texto de 2Cro 16:21 dice así: “Para que se cumpliese la palabra de Jehová por boca de Jeremías, hasta que la tierra hubiera gozado de reposo, porque todo el tiempo de su asolamiento reposó, hasta que los setenta años fueran cumplidos.” ¿Qué quiere decir que la tierra reposó? Que no fue cultivada ni sembrada y se llenó de cardos y abrojos, y de chacales que merodeaban por ella (Is  34:13).
Recuérdese que según la ley de Moisés, la tierra debía descansar cada siete años (Lv 25:1-7), una sana medida para que la tierra conservara su productividad.
2. Los banquetes que ofrecía Asuero podían durar semanas. El historiador griego Herodoto dedica bastante espacio a describir la suntuosidad de los banquetes que ofrecía el rey Jerjes. Nótese que la cultura de los pueblos orientales –de ese tiempo, y aún hoy día- estaba dominada por la búsqueda del placer, sobre todo en las clases altas, cuyo poder, a su vez, estaba basado en la dominación de las clases bajas. En Grecia, en cambio, se desarrolló pronto el concepto de democracia, que ha heredado la cultura occidental. La cultura cristiana, de otro lado, -esto es, la verdadera- está basada en la negación de sí mismo y en el amor al prójimo.
3. Es posible que su nombre derive del nombre del dios Marduk, o Merodac, la divinidad principal de los babilonios que Jeremías menciona (50:2).
NB. Este artículo y el siguiente están basados en una enseñanza dada en una reunión del ministerio de la Edad de Oro.
Amado lector: Jesús dijo: “¿De qué le sirve al hombre ganar el mundo si pierde su alma?” (Mt 16:26) Si tú no estás seguro de que cuando mueras vas a ir a gozar de la presencia de Dios, yo te invito a arrepentirte de tus pecados, y a pedirle perdón a Dios por ellos, haciendo una sencilla oración:
"Jesús, tú viniste al mundo a expiar en la cruz los pecados cometidos por todos los hombres, incluyendo los míos. Yo sé que no merezco tu perdón, porque te he ofendido consciente y voluntariamente muchísimas veces. Me arrepiento sinceramente de todos mis pecados. Perdóname, Señor, te lo ruego; lava mis pecados con tu sangre; entra en mi corazón y gobierna mi vida. En adelante quiero vivir para ti y servirte."

#947 (16.10.16). Depósito Legal #2004-5581. Director: José Belaunde M. Dirección: Independencia 1231, Miraflores, Lima, Perú 18. Tel 4227218. (Resolución #003694-2004/OSD-INDECOPI). 

miércoles, 6 de septiembre de 2017

EL QUE CARECE DE ENTENDIMIENTO

                   LA VIDA Y LA PALABRA
Por José Belaunde M.
EL QUE CARECE DE ENTENDIMIENTO
Un Comentario de Proverbios 11:12-15
12. “El que carece de entendimiento menosprecia a su prójimo; mas el hombre prudente calla.”
El entendido comprende lo que vale un ser humano, rico o pobre, y lo apreciará en sí mismo.  En cambio, el que carece de entendimiento, en su soberbia menosprecia a  todos.  (c.f.14:21; Sir 8:5‑7).
            Frente al necio, el malvado y el imprudente desatan su lengua, insultando o  criticando; en cambio, el prudente calla, porque sabe que el menospreciado de hoy, puede ser el encumbrado de mañana.
            Pero sabe también que responder al discurso malévolo con la misma moneda, o con cólera, sólo sirve para azuzar la llama y encender un conflicto en que todos pueden salir perdiendo. La persona conflictiva debe ser enfrentada siguiendo el ejemplo de Cristo: “quien cuando le maldecían no respondía con maldición; cuando padecía, no amenazaba; sino encomendaba la causa al que juzga justamente.” (1P 2:23).
            David reaccionó de una manera semejante cuando Simeí lo maldijo (2Sm 16:5-13). El sendero de sabiduría y de bendición consiste en encomendar todos nuestros asuntos a Dios, que obra siempre de la manera más justa. (Ironside).
            Por eso es que el hombre justo e inteligente es “pronto para oír, tardo para hablar, tardo para airarse.” (St 1:19), es decir, es lento para condenar y tolerante con las debilidades ajenas.
            Si no puede aprobar, al menos guarda silencio. “El discurso es plata, pero el silencio es oro”, dice un conocido refrán, que solemos citar incompleto. Eso es cierto especialmente en asuntos que, de ser divulgados, pueden dañar al prójimo. Si es criticado, evita contestar, a menos que sea necesario, y no devuelve insulto por insulto.
            Suele ocurrir que los que menos sabiduría tienen se creen más listos que los demás y quedan en ridículo: “En su propia opinión el perezoso es más sabio que siete que sepan aconsejar.” (Pr 26:16). Porque son más ricos que otros se imaginan que tienen una respuesta para todo, y que todos deben escucharlos como si fueran un oráculo. Su suficiencia los lleva a despreciar a los que, en realidad, son más sabios que ellos. El Sirácida tiene algo que decir al respecto: “No discutas con el mal hablado, que es echar leña al fuego; ni trates con el necio, no te vayan a despreciar los sabios.” (8:3,4)
13. “El que anda en chismes descubre el secreto; mas el de espíritu fiel lo guarda todo.”
El Levítico dice escuetamente: “No andarás chismeando entre tu pueblo.” Pero es interesante que a continuación diga: “No atentarás contra la vida de tu prójimo.” (19:16). La conexión entre ambos preceptos parece indicar que el que anda chismeando pone en peligro la vida ajena. Y en efecto, la maledicencia puede despertar rencores y celos que impulsen a una persona violenta a vengarse.
            Proverbios 20:19 dice: “El que anda en chismes descubre el secreto” y enseguida añade: “No te entremetas pues, con el suelto de lengua.”  Su amistad puede resultarte cara porque puedes verte sin querer envuelto en los problemas que suscita el chismoso.
            En cambio, el hombre discreto, de espíritu fiel, es como una caja fuerte, a la cual uno puede confiar secretos sabiendo que están muy bien guardados. La fidelidad de espíritu es una de las virtudes humanas más valiosas, pues dan confianza y representan seguridad. Quien conoce a una persona que la posee no sabe qué tesoro ha encontrado, pues en una situación de apremio cuenta con alguien en quien pueda confiar.
            El Sirácida dice al respecto: “El que descubre el secreto destruye la confianza, y no encontrará amigo íntimo… como uno destruye a su enemigo, así has destruido la amistad de tu prójimo… se puede vendar una herida, se puede remediar un insulto, pero el que revela un secreto no tiene esperanza.” (27:16,18,21).
             Ser fiel de espíritu consiste, pues, entre otras cosas, en guardar silencio sobre los secretos que nos confían, o de aquellos que de casualidad nos enteramos y no nos conciernen. Sólo Dios y nosotros los conocemos, y será un secreto muy guardado que a nadie dañe.
14. “Donde no hay dirección sabia caerá el pueblo; mas en la multitud de consejeros hay seguridad.”
De la verdad expresada en la primera línea de este proverbio en nuestro país podemos dar fe, porque ¿cuántas veces nuestro país se ha encontrado en dificultades debido a políticas equivocadas dispuestas desde arriba? Y no sólo nuestro país, sino también otros de nuestro continente, especialmente uno que está pasando por una situación de gran escasez y pobreza, siendo un país potencialmente muy rico.
            Por eso podemos decir sin temor a equivocarnos que de la dirección sabia depende el porvenir de la nación, depende el desarrollo de sus potencialidades y de su progreso, no sólo material sino también cultural y educativo.
            De otro lado, ¡qué gran cosa es cuando uno puede contar con buenos consejeros, hombres o mujeres de experiencia, y honestos, en cuyo criterio se puede confiar!
            Pr 20:18 aplica el principio de Pr 11:14a a la guerra, que requiere no sólo de un ejército bien preparado y armado, sino también de una estrategia inteligente y original, que se puede formular contando con consejeros experimentados, tal como afirma Pr 24:6b: “Y en la multitud de consejeros está la victoria.”
            Pr 15:22a (“Los pensamientos son frustrados donde no hay consejo”) hace notar que si no se cuenta con buenos consejeros la persona a quien incumbe la responsabilidad de tomar decisiones que afectan a muchos puede sentirse confundida ante la gran variedad de alternativas posibles. Su segunda línea repite el mensaje de 11:14b.
            Pr 20:18 afirma que el buen consejo ayuda a ordenar los pensamientos, y luego retorna al tema de la guerra. El  lector quizá se pregunte ¿por qué figura tanto el tema de la guerra en estos pasajes? Porque hacer la guerra era en esos tiempos la ocupación principal del género masculino. No sólo los pueblos y los reinos, también las ciudades pasaban el tiempo guerreando unos con otros. Recuérdese lo que dice 2Sm 11:1: “Aconteció al año siguiente, en el tiempo en que los reyes salen a la guerra…” ¿Qué los movía? La ambición de poder y de agrandar el propio territorio, el honor herido, las rivalidades comerciales, etc., etc. Tantos motivos que en nuestro tiempo siguen impulsando a los pueblos a guerrear y destruirse mutuamente, causando tanto sufrimiento. Pero sabemos quién es el que está detrás maléficamente impulsando esos conflictos.
            La nación que no cuenta con un gobierno sabio, dice Ch. Bridges, es como un barco que enfila hacia un mar lleno de rocas. Si no cuenta con un piloto experimentado, está en peligro de encallar y de hundirse.
            Entre los dones que Dios ha dado a algunos hombres se cuenta el don de gobierno, o de presidir (Véase Rm 12:8), que debe ejercerse, dice Pablo, “con solicitud”, esto es, esforzándose por ejercerlo de la mejor manera posible, lo cual supone no sólo rodearse de buenos colaboradores, sino también contar con una dosis adecuada de humildad, reconociendo de Quién se ha recibido la autoridad (Rm 13:1). El orgullo, o el capricho, de los gobernantes los impulsa muchas veces a tomar decisiones equivocadas, basadas con frecuencia en una sobrevaloración de las propias fortalezas, creyendo que la fuerza puede reemplazar a la sabiduría. Pero Ecl 10:10 nos advierte de lo contrario: “Si se embotare el hierro y su filo fuere amolado, hay que añadir entonces más fuerza; pero la sabiduría es provechosa para dirigir.” Si el filo del cuchillo, o del hacha, está gastado, hay que usar más fuerza para cortar. Si se le afilara, el esfuerzo requerido sería menor. La sabiduría puede ser pues más eficiente que la fuerza bruta para alcanzar el objetivo, según dice Ecl 9:16: “Mejor es la sabiduría que la fuerza…”.
            El caso de Roboam, el hijo necio de Salomón, muestra el desastre al que pueden conducir los consejos de jóvenes imprudentes y envanecidos. Cuando subió al trono a la muerte de su padre, el pueblo acudió a él para pedirle que aliviara los impuestos con que los había gravado su padre. Pero el novato rey en lugar de seguir los sabios consejos de los ancianos que habían estado cerca de su padre, que le aconsejaron escuchar al pueblo, prefirió seguir el consejo contrario de los jóvenes con quienes se había criado y que se divertían con él. Ellos le aconsejaron hablar duramente al pueblo y advertirles que él aumentaría los impuestos de su padre, en lugar de disminuirlos. El resultado fue desastroso: Las diez tribus del norte se rebelaron contra él, y aunque peleó contra ellas no pudo dominarlas. A partir de entonces el reino de Israel quedó dividido en dos: el pequeño reino de Judá al sur, y el reino mayor con las diez tribus del norte (2Cro 10:1-11:4). Y no cesó de haber guerras fratricidas entre ellos que los debilitaron.
15.  “Con ansiedad será afligido el que sale por fiador de un extraño; mas el que aborreciere las fianzas vivirá tranquilo.”
Aquí se contrasta ansiedad y vivir seguro. El que ha otorgado una fianza está ansioso, inseguro, porque no sabe si el fiado permanecerá solvente hasta cancelar la deuda. Si incumple, el fiador tendrá que salir en su ayuda, y poner su propio peculio. Pero el que se abstiene de prestar fianza estará tranquilo, al menos por ese lado, ya  que no tendrá que responder por las obligaciones ajenas. Este es uno de los muchos versículos del libro de Proverbios que desaconsejan otorgar fianzas. (6:1; 17:18; 20:16; 22:26; 27:13). El original dice “el que odia chocar las manos…”. Ése era un gesto, que todavía sigue vigente, mediante el cual las partes manifiestan estar de acuerdo, en este caso, de que uno presta fianza y que el otro lo acepta.
El grave error que comete el que afianza a otro es que hace depender su seguridad económica de un tercero, del cual, por mucho que lo conozca, no puede estar completamente seguro. Si yo contraigo un préstamo, mi seguridad depende de mí mismo, de mis propios medios, de mi solvencia, y a nadie podría culpar del mal fin, si ocurriera, sino a mí mismo. Pero por muy honesta que pueda ser la persona afianzada, yo no puedo estar seguro de que en el futuro no sufra un percance que le impida cumplir con su obligación.
Bajo ciertas circunstancias puede ser un acto de caridad, o de solidaridad familiar, prestar fianza al que se encuentra en dificultades, pero antes de dar ese paso, el fiador debe estudiar cuidadosamente los riesgos en que incurre, que dependen de la naturaleza y monto de la obligación, pero también de la calidad de la persona beneficiaria de la fianza y de la confiabilidad de los tribunales, si surgiera un conflicto. Un mal acreedor puede tener la intención secreta de explotar al fiador, sobre todo si puede contar con la complicidad de los jueces. 
El Sirácida aconseja al fiado no olvidar el gesto generoso del que lo afianzó, y nos recuerda que ha habido hombres ricos que se han arruinado por prestar fianza, y que hay también quienes pretenden lucrar porque cobran por ese servicio, pero que, al fin, terminan litigando en los tribunales (Sir 29:14-19). Es cierto que los bancos emiten fianzas por una comisión, pero eso es parte de su negocio.
La prudencia más elemental aconseja no afianzar a un desconocido, y por eso Pr 17:18 llama “falto de entendimiento” al fiador. Proverbios 6:1-5 amonesta seriamente al fiador por el peligro en que ha incurrido por su propia imprudencia, y le aconseja tratar por todos los medios de exonerarse de la obligación asumida, teniendo en cuenta que al prestar fianza no pone en riesgo su propia seguridad, sino también la de su familia. Por lo cual el salmo 112:5, a la vez que exhorta al hombre de bien ayudar al necesitado prestándole dinero, le aconseja gobernar sus asuntos con prudencia. Hay personas que buscan fiadores adrede con el fin de hacerles cargar con las deudas que no tienen la intención de cumplir. Yo tendría algo que contar al respecto y la trampa en que habría caído de no conocer lo que dice Proverbios sobre el tema.
Nadie en su sano juicio se haría fiador de un extraño, y menos de uno que estuviera en bancarrota. Sin embargo, ha habido una excepción a ese sano principio, y que pagó terriblemente por ello, nuestro Señor Jesús quien (según palabras de Ironside que cito libremente a continuación) “se convirtió en nuestro fiador cuando éramos extraños y enemigos en nuestra mente haciendo obras malas” (Col 1:21). Él murió, “el  justo por los injustos para llevarnos a Dios”  (1P 3:18). Todo lo que nosotros debíamos fue exigido de Él cuando murió en el madero por pecados que no eran suyos.
Él probó plenamente la verdad de este proverbio que comentamos acá; “con ansiedad será afligido el que sale por fiador de un extraño” cuando el terrible juicio de Dios por el pecado de los hombres cayó sobre Él. Ningún otro podía satisfacer las demandas de la santidad de Dios contra el pecado, y salió triunfante al fin. Sólo Él podía expiar nuestros pecados…y por eso Dios lo levantó de entre los muertos, y lo sentó a su derecha en la gloria.
¿Qué nos queda hacer a nosotros sino darle gracias y vivir adorándole y sirviéndole por su misericordia infinita?
Amado lector: Jesús dijo: “¿De qué le sirve al hombre ganar el mundo si pierde su alma?” (Mt 16:26) Si tú no estás seguro de que cuando mueras vas a ir a gozar de la presencia de Dios, yo te invito a arrepentirte de tus pecados, y a pedirle perdón a Dios por ellos., haciendo una sencilla oración:
"Jesús, tú viniste al mundo a expiar en la cruz los pecados cometidos por todos los hombres, incluyendo los míos. Yo sé que no merezco tu perdón, porque te he ofendido consciente y voluntariamente muchísimas veces. Me arrepiento sinceramente de todos mis pecados. Perdóname, Señor, te lo ruego; lava mis pecados con tu sangre; entra en mi corazón y gobierna mi vida. En adelante quiero vivir para ti y servirte."

#946 (09.10.16). Depósito Legal #2004-5581. Director: José Belaunde M. Dirección: Independencia 1231, Miraflores, Lima, Perú 18. Tel 4227218. (Resolución #003694-2004/OSD-INDECOPI).