miércoles, 17 de octubre de 2018

LA GENEROSIDAD II


LA VIDA Y LA PALABRA
Por José Belaunde M.
LA GENEROSIDAD II

¿Quieres probarle a Dios que lo amas realmente? Da al necesitado. Eso es lo que nos dice 1ª Juan 3:17 y 18: “Pero el que tiene bienes de este mundo y ve a su hermano tener necesidad, y cierra contra él su corazón, ¿cómo mora el amor de Dios en él?”. Claro, ¿cómo puede tener amor de Dios en su corazón el que ve a un necesitado y no le da nada? El amor, si es verdadero, debe impulsarle a dar. El apóstol concluye: “Hijitos míos, no amemos de palabra ni de lengua,” que es un amor falso, mentiroso, una apariencia de amor, “sino en hechos y en verdad”.

El amor verdadero se traduce en actos, sobre todo en actos de generosidad. Si lo hacemos así Dios sabrá que le amamos realmente, porque si le amamos a Él, dice Juan, amaremos también a aquellos a quienes llama hijos. ¿Puede uno amar a una pareja de esposos y no amar a sus hijos? Si amamos a los padres amaremos a sus hijos. De igual manera, si amamos a Dios, amaremos también a los hijos de Dios, amaremos a sus criaturas.
Santiago lo pone en términos ligeramente diferentes: “Hermanos míos, ¿de qué aprovechará si alguno dice que tiene fe, y no tiene obras? ¿Podrá la fe salvarle? Y si un hermano o una hermana están desnudos, y tienen necesidad del mantenimiento de cada día, y alguno de vosotros les dice: Id en paz, calentaos y saciaos, pero no les dais las cosas que son necesarias para el cuerpo, ¿de qué aprovecha?” (St 2:14-16) ¿Van a comer tus palabras? ¿Son acaso tus palabras pan como las palabras de Dios? “Así también la fe si no tiene obras está muerta en sí misma.” (v. 17) Santiago vincula aquí la realidad de la fe con el compartir, con la generosidad. El dar es no solamente prueba de amor, sino también de fe.
En otro lugar, hablando del diezmo, Dios nos dice algo extraordinario: “Probadme ahora en esto… si no os abriré las ventanas de los cielos.” (Mal 3:10) Ya no solamente le probamos, sino que Él nos pide que lo pongamos a prueba. Prueba a ver si mi palabra es verdadera. Si eres generoso, da, a ver si yo no te voy a dar en abundancia mucho más de lo que tú me das.
Nosotros probamos lo que somos dando, y Dios nos prueba su amor y su fidelidad, dándonos. Nosotros podemos descansar mucho más en la generosidad de Dios que en nuestra habilidad, que en nuestro talento, Él siempre nos dará lo necesario, si actuamos como actúa Él, dando de lo nuestro. Como dije al comienzo, el que es generoso en lo poco, será generoso en lo mucho, y Dios lo va a prosperar para que pueda seguir dando. Dios tiene un especial cuidado del generoso. Él no hace acepción de personas, es cierto, pero su palabra se cumple.
Entonces no seamos tacaños, no solamente con el dinero. Los padres, dicho sea de paso, tienen algo muy valioso que regalarles a sus hijos, algo que no cuesta nada. ¿Saben qué es? Tiempo, su tiempo. Nada aprecian más los niños que el tiempo que sus padres pasan con ellos. La madre especialmente. El amor que liga al hijo, o a la hija, con su madre es el tiempo y el cuidado que la madre le regala y le dedica.
Dice así el comienzo del Salmo 41: “Bienaventurado el que piensa en el pobre.” (El que tiene en cuenta, o se preocupa por el pobre) “En el día malo lo librará Jehová. Jehová lo guardará y le dará vida; será bienaventurado en la tierra, y no lo entregará a la voluntad de sus enemigos. Jehová lo sustentará sobre el lecho del dolor; mullirá toda su cama en su enfermedad.” (Vers. 1-3)
¡Cuántas promesas para el generoso, para el que da! Él se va a ocupar de ti, Él va a ser tu enfermero, si acaso necesitas cuidado; o si acaso enfermas, o pasas por un mal momento, Él se acordará de ti, te alargará la mano en el instante preciso en el que lo necesites. Serás bienaventurado en la tierra durante los años de vida que Dios te dé.
En cierta manera el que da al pobre asegura su futuro. El Salmo 112:5 dice: “El hombre de bien tiene misericordia y presta;” al que pueda necesitar ayuda, y perdona la deuda si es necesario. Luego en el vers. 9 dice: “Reparte, da a los pobres; su justicia permanece para siempre.” ¿De qué justicia habla ahí? En el sentido del Antiguo Testamento, de sus acciones, de la bondad y justicia de sus actos, porque el bien que hizo permanecerá para siempre en la memoria de Dios.
 En la epístola a los Gálatas 6:6-10, Pablo nos dice algo semejante: “El que es enseñado en la palabra, haga partícipe de toda cosa buena al que lo instruye. No os engañéis; Dios no puede ser burlado; pues todo lo que el hombre sembrare, eso también segará” (tú recibes aquello que das). “Porque el que siembra para su carne, de la carne segará corrupción; mas el que siembra para el Espíritu, del Espíritu segará vida eterna. No nos cansemos, pues, de hacer el bien; porque a su tiempo segaremos, si no desmayamos. Así que, según tengamos oportunidad (y Dios nos va a ir dando esas oportunidades a lo largo de la vida), hagamos bien a todos (es decir sin restricciones), y mayormente a los de la familia de la fe.” (que somos nosotros, porque nosotros somos una familia). Así que abre tu mano con generosidad y Dios será generoso contigo.
En 2ª Corintios Pablo habla bastante de esto. Parece que él estuviera comentando alguno de los versículos de Proverbios que hemos mencionado antes, así como el salmo 112 que él cita concretamente. 2ªCorintios 9:6 comienza diciendo: “Pero esto digo”, es decir, tengan esto bien en cuenta, noten lo que voy a decir: “El que siembra escasamente, también segará escasamente; y el que siembra generosamente, generosamente también segará.”
Jesús lo dijo de otra manera: “Según la medida que uses, serás tú a su vez medido.” (Lc 6:38b) Si usas una medida grande para dar, Dios usará también una medida ancha, grande, profunda, para darte a ti. Si usas una medida pequeña, tú recibirás tu pequeña cuota de la generosidad divina. Si tú eres abundantemente generoso, Dios será abundantemente generoso contigo; porque la cosecha es según lo que se siembra. El agricultor que siembra poco, que fuera tacaño con la tierra, tacaño con la semilla y que sembrara poco maíz ¿va a tener una cosecha abundante de maíz? La cosecha que reciba y vea brotar de la tierra será en función de la abundancia de la semilla.
Y luego sigue diciendo Pablo en el versículo siguiente: “Cada uno dé como propuso en su corazón; no con tristeza, ni por necesidad (es decir, no obligado), porque Dios ama al dador alegre.” (2Cor 9:7) Bueno, Dios ama a todos, pero ama más, se complace más, en el dador alegre. Así que si das, da con alegría. A veces no es fácil, a veces nos cuesta dar, sobre todo cuando sentimos que el Señor quiere que demos algo nuestro, ya no dinero, sino algo que uno, sea mujer, u hombre necesita. De repente es un abrigo, de repente es una chompa, de repente es un par de zapatos.
Hace tiempo, cuando vivía en una calle muy concurrida, venía a tocar la puerta de mi casa un mendigo, un viejo pesado, insistente y desagradable, que te hacía sentir culpable de su pobreza. Venía con unos zapatos viejísimos y destartalados. Se quejaba: Mire los zapatos que tengo, señor. Y me insistía para que le comprara unos nuevos. Con tanto lagrimear me dio pena el hombre. Así que tomé unos zapatos nuevos que había traído de un viaje, que eran sumamente cómodos, y en un arranque de generosidad, se los dí mis lindos zapatos elegantes. Cuando a la semana siguiente regresó le miré los pies, y vi que no llevaba puestos los zapatos que le había regalado. Le pregunté: ¿Y mis zapatos? Los vendí, me dijo. ¡Qué cólera! Me desprendí de ellos para que los usara, no para que los vendiera. Pero él me dijo: ¿Yo para qué quiero esos zapatos finos? Y se compró unos zapatos viejos, usados. Fíjense, a veces las personas prefieren lo que está en mal estado, a lo que está bien.
Después tuve que arrepentirme de haberme arrepentido de ser generoso, de haberme molestado porque vendió mis zapatos en vez de usarlos, ya que sin querer me estaba robando a mí mismo la bendición de haber sido generoso.
A veces nos cuesta más dar los objetos o prendas que usamos, porque estamos acostumbrados a ellos, que los que ya no usamos, aunque sean de mayor valor. La costumbre los hace valiosos para nosotros y nos cuesta desprendernos de ellos. Pero Dios seguramente lo tendrá en cuenta. Si somos generosos con esas cosas, Dios también lo será por su lado.
Pero ahí se nos dice también, que demos alegremente, porque Dios es un dador alegre. ¿O será de repente que cuando Dios nos da algo Él se dice a sí mismo: Cómo me cuesta darle esto a éste? ¿Ustedes los creen? Al contrario. Él nos da siempre con un ánimo generoso, gozoso de hacernos el bien. Luego sigue diciendo Pablo: “Y poderoso es Dios para hacer que abunde en vosotros toda gracia (y esto es muy importante), a fin de que, teniendo siempre en todas las cosas todo lo suficiente, abundéis para toda buena obra.” Así que si tú eres un dador alegre y das oportunamente, Dios va a pensar de ti que eres un buen mayordomo, al que le puede encargar el reparto de sus bienes. Así que le voy a dar más, se dirá, para que pueda dar más.
Enseguida cita Pablo el salmo que ya he mencionado: “Como está escrito: Repartió, dio a los pobres; su justicia permanece para siempre.” Y en seguida dice: “Y el que da semilla (que no es otro sino Dios) al que siembra (habla de bienes espirituales), y pan al que come (porque todo viene de Él), proveerá y multiplicará vuestra sementera, y aumentará los frutos de vuestra justicia (es decir de vuestras buenas obras), para que estéis enriquecidos en todo para toda liberalidad (que es un sinónimo de generosidad), la cual produce por medio de nosotros acción de gracias a Dios.” (v. 10,11) Así que si tú provees para las necesidades de otros, Dios proveerá a las tuyas, y te dará más para que sigas proveyendo a las necesidades ajenas y, de paso, te ganes alguito o algaso, es decir, que tú tengas tu parte en la generosidad de Dios. No cerremos la mano al pobre, porque si lo hacemos es a Jesús a quien se la cerramos (Mt 25: 41-45).
Vamos a Deuteronomio 15:7,8: “Cuando haya en medio de ti menesteroso de alguno de tus hermanos en alguna de tus ciudades, en la tierra que Jehová tu Dios te da, no endurecerás tu corazón, ni cerrarás tu mano contra tu hermano pobre, sino abrirás a él tu mano liberalmente, y en efecto le prestarás lo que necesite.” Le darás lo que necesite, le prestarás; no estarás pensando en lo que dice a continuación, si te va a devolver o no, o si tú pierdes al darle. Y continúa: “Guárdate de tener en tu corazón pensamiento perverso, diciendo: Cerca está el año séptimo, el de la remisión (el año en que las deudas, lo que uno había dado en garantía, era devuelto automáticamente al que lo había dado y la deuda se perdonaba), y mires con malos ojos a tu hermano menesteroso para no darle; porque él podrá clamar contra ti al Señor, y se te contará por pecado.”  (v. 8).
Ustedes saben muy bien que Dios escucha la oración del pobre, y escuchará su clamor contra ti (Jb 34:28; Sal 9:12). Después quizá te quejes: Señor ¿por qué no me bendices? ¿No sabes la razón? Por tu tacañería Dios no puede bendecirte. Nuestra tacañería borra con una mano lo que hacemos de bueno con la otra; así que no seamos tacaños, seamos generosos y Dios nos bendecirá.
Vale la pena preguntarse, ¿por qué dijo una vez Jesús: “Pobres tendréis siempre con vosotros”? (Mt 26:11) Eso suena casi a maldición. ¿Por qué va haber siempre pobres con nosotros? Yo creo por tres razones: Una, para probar nuestro corazón. Es una ocasión para que nuestro corazón, nuestra generosidad, (que, como hemos visto, es una manifestación de nuestro amor a Dios en última instancia) sea probada. En segundo lugar, para que tengamos ocasión de practicar la generosidad. Es la manera como nos entrena Dios a dar, para que nos cueste menos al momento de hacerlo, pues con la práctica las cosas se hacen más fáciles. Y tercero, es una ocasión que Dios te da para poder bendecirte, porque Él tiene especial cuidado de los pobres, y tú estás haciendo la función de representante suyo cuando atiendes a las necesidades del menesteroso. De manera que hay muchas razones, no acabaríamos de mencionarlas todas, por las cuales debemos ser generosos.
En el Antiguo Testamento la forma como el pueblo manifestaba su amor y su temor a Dios era el olor suave de los sacrificios. Pero en la nueva dispensación, ¿qué clase de sacrificios le damos nosotros a Dios? ¿Cuál es el sacrificio que a Dios le agrada? En Hebreos 13 se habla de dos formas de sacrificios que podemos ofrecer a Dios. El vers.15 dice: “Así que, ofrezcamos siempre a Dios, por medio de Él, sacrificio de alabanza, es decir, fruto de labios que confiesan su nombre.” Eso es lo que hacen ustedes cada vez que se reúnen en el templo; le cantan con sus labios, le adoran. Pueden hacerlo también a solas en sus casas cantando y alabando simplemente. Luego sigue: “y de hacer bien y de la ayuda mutua no os olvidéis; porque de tales sacrificios se agrada Dios.” Y Dios, que no es deudor de nadie, nos lo pagará abundantemente.
¿Y qué sucede si en lugar de dar retenemos nuestra limosna al necesitado? En primer lugar, nos perdemos la recompensa eterna. Y en segundo, nos perdemos lo que Dios en su generosidad quería darnos si dábamos.

Amado lector: Jesús dijo: "¿De qué le sirve al hombre ganar el mundo si pierde su alma?” (Mt 16:26). Si tú no estás seguro de que cuando mueras vas a ir a gozar de la presencia de Dios, yo te invito a pedirle perdón a Dios por tus pecados haciendo una sencilla oración:
   "Jesús, tú viniste al mundo a expiar en la cruz los pecados cometidos por todos los hombres, incluyendo los míos. Yo sé que no merezco tu perdón, porque te he ofendido consciente y voluntariamente muchísimas veces, pero tú me lo ofreces gratuitamente y sin merecerlo. Yo quiero recibirlo. Me arrepiento sinceramente de todos mis pecados y de todo el mal que he cometido hasta hoy. Perdóname, Señor, te lo ruego; lava mis pecados con tu sangre; entra en mi corazón y gobierna mi vida. En adelante quiero vivir para ti y servirte."
#970 (09.04.17). Depósito Legal #2004-5581. Director: José Belaunde M. Dirección: Independencia 1231, Miraflores, Lima, Perú 18. Tel 4227218. (Resolución #003694-2004/OSD-INDECOPI).

viernes, 12 de octubre de 2018

LA GENEROSIDAD I


LA VIDA Y LA PALABRA
Por José Belaunde M.
LA GENEROSIDAD I
El país está atravesando por un momento muy difícil debido a la abundancia inusitada de las lluvias, a los huaicos y a las inundaciones que ese fenómeno ha causado. Pero el infortunio inesperado y el sufrimiento de la gente han provocado como reacción un movimiento de generosidad nacional, en el que están participando empresas, iglesias, instituciones de todo tipo y personas particulares, además de las instancias del gobierno.

Por ese motivo pienso que sería oportuno publicar esta semana el texto de una enseñanza sobre la generosidad dada hace catorce años en la IACyM de Tacna, y que no había publicado hasta ahora.
Una vez leí que la mayor pobreza es la incapacidad de dar. Esa es una gran verdad en todos los campos, porque el que sabe dar aún en la pobreza, es rico en amor, rico en generosidad. Uno debe dar siempre, aunque sea pobre. Debe dar de todo lo que tiene. No se trata solamente de dinero, sino de sus conocimientos, de su experiencia, de lo que la vida le ha enseñado. Pero sobre todo debe dar de su amor, porque la naturaleza del amor consiste precisamente en dar. Eso es lo que caracteriza al amor.
Hay quienes dicen: Yo daré cuando sea rico. Sin embargo, parafraseando a Jesús, podríamos decir que el que es generoso en lo poco, será generoso en lo mucho; pero el que no es generoso en lo poco, nunca será generoso, aunque sea rico. También podríamos decir: El que es tacaño teniendo poco, será tacaño teniendo mucho.
El pobre al dar se enriquece; si no da, se empobrece más. ¿Por qué es mejor dar que retener? En primer lugar, porque dar es amar. El que retiene, retiene su amor antes que su dinero. Y segundo, porque dar es una condición para recibir. Todos conocen ciertamente las palabras de Jesús que reporta Lucas: “Dad y se os dará, medida buena, apretada, remecida y rebosante darán en vuestro regazo” (Lc 6:38). El dar, el ser generoso, es  condición indispensable para recibir. Dar de lo material, de lo que uno tiene es una forma de amar; pero también lo es dar de lo inmaterial que poseemos. Por eso cuando alguien alarga la mano, no le demos para salir del paso, para librarnos del cargoso, si antes no le damos amor con la mirada, o con una sonrisa.
Pudiera ser que no tengamos en ese momento nada para darle. Entonces digámosle por lo menos una palabra amable, una palabra que lo bendiga. Tratémosla de una manera que esa persona sienta que no es rechazada porque es pobre, porque mendiga, o porque vende golosinas, o lo que fuere en las esquinas, sino que sienta la persona que aun no comprándole nada, la acepta como ser humano, que le ha dado una sonrisa, una mirada de amor. Créanme: Una palabra bondadosa dicha en esas condiciones le arranca indefectiblemente una sonrisa agradecida al pobre. Lo he probado muchas veces especialmente con niños.
A veces me ha pasado en  las esquinas donde hay semáforo que el niño, cuando uno arranca el auto antes de haber podido darle algo porque cambiaron de luz, se queda a veces como pidiendo algo: La próxima vez me darás ¿no?; Sí, sí, la próxima vez te daré, y le sonríes con cariño. Él está esperando eso, un gesto de cariño. O sea que no solamente es una cuestión de dinero, es la actitud de dar lo que le hace bien, lo que necesita, porque detrás de su pobreza, de sus harapos, ¿cuánto rechazo, cuánto abuso y cuánta sensación de abandono habrá en su mente y en su corazón infantil?
Pensemos en eso, nadie más triste, más infortunado que un niño maltratado, o abandonado, a quien nadie acoge, a quien nadie trata bien; un niño que sufre, un niño a quien sus padres, o las personas que se ocupan de él, lo obligan a mendigar, y luego le piden cuentas y le pegan si no ha traído lo que se espera.
Yo creo que Dios bendice especialmente a las personas que son generosas con los niños, especialmente con esos niños sucios, pedigüeños. Si a los pirañitas, que tanto miedo infunden, se les tratara con amor, muy rápidamente cambiarían y dejarían de ser peligrosos; cambiarían su manera de ser y comportarse, porque a esa edad el amor transforma.
Jesús dijo: “Dejad que los niños vengan a mí.” (Lc 18:16). En esa esquina quizá estás tú en lugar de Jesús. ¿Rechazarás al niño con una mirada hosca, de desagrado, de desprecio?
El proverbio que hemos citado dice en efecto: Si tú das, vas a recibir para poder dar más. El Señor te va a bendecir por ese motivo. Es como la esponja. Si está saturada de agua debe ser exprimida para poder absorber nuevamente el líquido. O como el vaso, si está lleno tiene que ser vaciado para poder recibir.
Tú necesitas dar, dar de ti, de tu sustancia, de tu dinero, para que el Señor te pueda llenar, en primer lugar, de Él. Porque lo primero que recibe la persona que da, que es generosa con el prójimo dando de lo propio, es eso, el amor de Dios. Dios le paga bien, y le paga con bendiciones imprevistas. ¿Hay alguien que pueda ganar en generosidad a Dios?
Ahora bien, las palabras: “Hay quienes retienen más de lo que es justo y vienen a pobreza”, son una realidad de la vida, incluso de la vida económica. ¿Quiénes son aquellos que retienen? Son aquellos que no pagan lo justo, que retienen de sus ingresos, de los beneficios que reciben, más de lo que les corresponde. Aquellos que con el pretexto de “maximizar sus utilidades” no pagan el salario justo que deberían dar a sus colaboradores, a quienes con sus pies, manos y brazos realizan el trabajo que se traduce en ventas y utilidades. O los que incrementan su margen de ganancia incrementando los precios más allá de lo razonable.
No tengamos dudas al respecto: Eso es robar, es una forma de hurto que ciertamente desagrada a Dios, así sea legal.
El patrón debe ser generoso con la gente que colabora con él y Dios lo premiará con la prosperidad de su empresa, o de su negocio. Eso es algo que muchísimos cristianos que han estado en la vida empresarial han experimentado. Podría hablarles de una empresa conocida hoy en día, que da, como política de la compañía, y esa empresa ha surgido de una manera sorprendente.
Todo comerciante es sin darse cuenta un distribuidor de riqueza, porque lo que vende, cualquiera que sea el producto, es una manifestación de la abundante provisión de Dios. Pero si recarga el precio más de lo debido, si especula aprovechándose de la escasez, retiene para sí una parte del beneficio que el comprador debería disfrutar al comprarle. Es decir, le roba al comprador.
Prov. 11:25 dice: “El alma generosa será prosperada; y el que saciare, él también será saciado.” Al que da, Dios lo prospera. Si tú sacias el hambre de tu prójimo, Dios saciará el tuyo de muchas maneras que no puedes imaginar.
Hemos dicho que nadie puede ganar en generosidad a Dios, porque Él es amor y dar es amar.
La generosidad es una virtud válida en todos los campos. Veamos Prov. 18:16: “La dádiva del hombre le ensancha el camino y le lleva delante de los grandes.” La dádiva aquí no es el soborno, sino es el regalo que testimonia amor, que testimonia respeto. Es una antigua costumbre entre nosotros, sobretodo en la sierra pero común en otros pueblos, que cuando alguien va a pedirle un favor a un señor importante, a un propietario, el poblador vaya con su gallina, con su chanchito. Es una manera de ganarse la buena voluntad del terrateniente.
¿Por qué regalamos en Navidad? Es una costumbre muy antigua. El motivo del regalo es mostrar el amor que se tiene por la persona a quien se le entrega, y si lo damos solamente por compromiso, o por quedar bien, o porque digan que no somos tacaños, estamos frustrando el sentido del regalo.
Los cristianos empezaron a darse regalos mutuamente para celebrar, no inicialmente el nacimiento de Jesús, sino la resurrección. Poco a poco fue cambiando la costumbre, pero se celebraba el triunfo del Señor mostrándose amor a través de pequeños dones. Según otros el regalo se origina en la celebración de la bajada de los reyes, los reyes magos que vinieron a visitar a Jesús recién nacido, trayéndole regalos. Ese sería el origen del regalo navideño, cuando la Navidad se convirtió en la fiesta más popular del año.
Sea como fuere, si vamos a regalar, demos amor primero. ¡Qué conmovedor es cuando un niño que no tiene nada, le muestra su amor a su padre, o a su madre, llevándole la piedrita que ha encontrado en el jardín, o en el campo. Ése es el regalo de amor del niño, que da algo para mostrar que ama. Y es cierto que cuando se muestra amor se abre la puerta del corazón del que recibe y tiene un efecto inevitable.
Esa fue la táctica que usó Jacob con su hermano Esaú. Ustedes recuerdan sin duda ese pasaje en que Jacob después de mucho tiempo, y habiéndose entretanto enriquecido, regresa a su tierra. Pero teme que Esaú, a quien robó mediante engaños la primogenitura, quiera vengarse de él. Entonces se prepara para el encuentro enviándole de antemano cabezas de ganado en gran número con el fin de ganarse el corazón de su hermano, y que cese en él el deseo de venganza. ¿Cuál fue el resultado? Cuando se acercaron el uno al otro, Esaú corrió para abrazar a su hermano y llorar conmovido en sus brazos (Gn 33:1-4).
Así que el regalo siempre tiene un efecto, aunque digas: no necesito nada, no me traigas nada. Pero la persona de todos modos siente que hay un impulso favorable hacia ella.
Vayamos a Prov. 19:17. Aquí está formulado uno de los principios más bellos de la generosidad: “A Jehová presta el que da al pobre, y el bien que ha hecho, se lo volverá a pagar.” El que da al pobre le presta a Dios, es decir está dando en lugar suyo, hace las veces de mano de Dios. Dios se lo pagará. ¿Será Dios tacaño? ¿Será deudor de nadie? De ningún modo. Le devolverá con creces lo que ha dado.
Si tú quieres ser ayudado, cuando estás en necesidad, da tu primero un apoyo a quien lo requiere, ayuda a quien puede necesitar de tu generosidad.
Vayamos a Prov. 21:13: “El que cierra su oído al clamor del pobre, también él clamará, y no será oído.” Esto quiere decir que el que no ayuda, no es ayudado; el que ayuda, sí. El que acude a ayudar al hombre necesitado, cuando necesite de ayuda, la recibirá.
Eso nos recuerda el dicho de Jesús en las bienaventuranzas: “Bienaventurados los misericordiosos porque ellos alcanzarán misericordia”. (Mt 5:7) El misericordioso alcanza misericordia de Dios y de los hombres.
Proverbios 28:8 dice algo que funciona realmente en la vida, como a mí me consta: “El que aumenta sus riquezas con usura y crecido interés, para aquel que se compadece de los pobres las aumenta.” Es como si Dios transfiriera el dinero del avaro a las manos del generoso; el dinero del que lo adquirió mal, ahorrando en salarios en perjuicio de sus obreros, negándole a otros lo que les corresponde. Dios lo hace porque es soberano en todas las circunstancias y verá la manera para que el dinero mal ganado pase a mano de otros.
¿Quieres ser bendecido en términos concretos? Bendice tú también en términos concretos. “El ojo misericordioso será bendecido porque da su pan al indigente.” (Pr 22:9).
Yo puedo contarles una experiencia personal. Debo confesar que no he sido siempre generoso, sino que a veces he sido tonto. Por exceso de credulidad me han explotado. Algunos, más avisados que yo, me decían: Te están engañando. Pero yo ingenuamente pensaba que se trataba de una necesidad real. Al fin pude comprobar, en efecto, que me habían engañado durante más de un año. Cuando quise verificar la situación de esta pobre mujer descubrí que no vivía donde decía, se había mudado con sus hijos y ya no era viuda, se había vuelto a casar sin decírmelo. Me había estado contando un cuento. Pero ¡qué importa! Dios ve el corazón, y es mejor ser explotado que ser tacaño; mejor es pecar de ingenuo que de amarrete.
Así que si quieres asegurar tu futuro, ahí tienes lo que dice Prov. 28:27. Esto es un seguro mejor que un seguro de vida, mejor que un seguro de desempleo: “El que da al pobre no tendrá pobreza; mas el que aparta sus ojos tendrá muchas maldiciones.” Entiéndase, el que aparta sus ojos de la necesidad ajena, porque no quiere que le toquen su bolsillo. Porque el que le niega algo al pobre, y sobre todo si lo hace de una  manera ofensiva, ¿cómo cree que el desdichado va a reaccionar? Maldiciendo al que se burló de su necesidad. (Continuará).
Amado lector: Jesús dijo: "¿De qué le sirve al hombre ganar el mundo si pierde su alma?” (Mt 16:26). Si tú no estás seguro de que cuando mueras vas a ir a gozar de la presencia de Dios, yo te invito a pedirle perdón a Dios por tus pecados haciendo una sencilla oración:
   "Jesús, tú viniste al mundo a expiar en la cruz los pecados cometidos por todos los hombres, incluyendo los míos. Yo sé que no merezco tu perdón, porque te he ofendido consciente y voluntariamente muchísimas veces, pero tú me lo ofreces gratuitamente y sin merecerlo. Yo quiero recibirlo. Me arrepiento sinceramente de todos mis pecados y de todo el mal que he cometido hasta hoy. Perdóname, Señor, te lo ruego; lava mis pecados con tu sangre; entra en mi corazón y gobierna mi vida. En adelante quiero vivir para ti y servirte."
#969 (02.04.17). Depósito Legal #2004-5581. Director: José Belaunde M. Dirección: Independencia 1231, Miraflores, Lima, Perú 18. Tel 4227218. (Resolución #003694-2004/OSD-INDECOPI).


viernes, 21 de septiembre de 2018

GRAN COMISIÓN Y DESPEDIDA


LA VIDA Y LA PALABRA
Por José Belaunde M.
GRAN COMISIÓN Y DESPEDIDA
Un Comentario de Mt 28:16-20
Un autor reciente ha escrito: “El efecto de esta corta escena en la vida de la iglesia ha sido incalculable. Ninguna parte de la Biblia ha hecho tanto para dar a los cristianos una visión de la universalidad de la iglesia.”

16. “Pero los once discípulos se fueron a Galilea, al monte donde Jesús les había ordenado.”
Mateo omite relatar lo ocurrido durante los cuarenta días en que, según Hechos 1:3, Jesús se siguió apareciendo a sus discípulos, y lo da por sabido por sus lectores, y dice simplemente que a continuación de lo relatado (esto es, lo del soborno de los soldados que fueron testigos de la resurrección, para que digan que los discípulos se robaron el cuerpo de Jesús, Mt 28: 11-15), los discípulos se fueron al monte de Galilea que Jesús les había indicado, tal como Él anteriormente les había anunciado que haría después de resucitar (Mt 26:32; Mr 14:28). Notemos que la promesa de que le verían en Galilea había sido reiterada por el ángel que se apareció a las mujeres (Mt 28:7), y por Jesús mismo al aparecerse a ellas (v. 10). Mateo resume en un brochazo lo sucedido entre la resurrección y la ascensión, que está relatado con más detalle en Lucas y en Juan. ¿Cuándo se fueron a Galilea? No sabemos exactamente, pero debe haber sido no menos de ocho a diez días después de la resurrección, o más probablemente, hacia el final del período de cuarenta días. (Nota 1)
Tampoco sabemos cuál era el monte en cuestión, pero lo más probable es que se tratara del monte Tabor, donde ocurrió la transfiguración que, por su altura aseguraba mejor la privacidad del encuentro. Pero podría haber sido también, según piensan algunos, la montaña donde Jesús predicó las bienaventuranzas y el largo sermón que siguió (Mt 5-7).
Recordemos que el último mensaje que Moisés dirigió al pueblo de Israel fue dado también desde una montaña, el monte Nebo, a la vista de la Tierra Prometida, a la cual él no iba a entrar (Dt 32:49; y todo el cap. 33). Jesús, el nuevo legislador, obra como su predecesor, a la vista de la Tierra Prometida celestial a la cual Él se va precediéndonos, y en la que nos prepara un lugar (Jn 14:2,3).
Mateo no consigna la ocasión en que Jesús les dio esa orden precisa. Su relato en muchos aspectos es esquemático. Sin embargo, él dice que “los once” fueron a Galilea, que es el número de los discípulos que quedaron después de la defección del traidor. Su despedida de la tierra y su mensaje final estaban reservados para ellos solos. No incluía en principio al círculo más amplio de discípulos cercanos.
No deja de ser notable el hecho de que los once, que habían visto al Resucitado varias veces en Jerusalén, emprendieran el largo viaje a Galilea sólo porque Jesús les había dado una cita ahí. ¿Haríamos nosotros un sacrificio semejante?
17. “Y cuando le vieron, le adoraron; pero algunos dudaban.”
¿Cuál podría ser su reacción al verlo de nuevo, sino postrarse y adorarlo? Ellos habían caminado con Él durante tres años, le habían escuchado enseñar y visto hacer milagros, conscientes de la presencia del Espíritu de Dios en Él. Pero ahora, después de su resurrección, tenían la convicción de que Él no sólo era un maestro de una doctrina ética revolucionaria, sino que era Dios mismo hecho hombre. Nótese que ésta es la primera vez que los evangelios dicen que sus discípulos le adoran.
No obstante, hubo algunos que, al verlo de lejos, dudaron de que fuera realmente Jesús. Pero la suya fue una duda momentánea que se desvaneció apenas Él se les acercó y escucharon sus palabras.
Jerónimo dice que su duda aumenta nuestra fe, porque muestra que no eran crédulos. La fe sincera, en efecto, no excluye la duda cuando trata de cerciorarse.
Podemos preguntarnos cuál era el aspecto de Jesús cuando le vieron. ¿Sería en pleno fulgor de su cuerpo de gloria, tan brillante que cegó a Pablo cuando le vio camino a Damasco? (Hch 9:3-9). Más bien debemos pensar que la gloria de su cuerpo resucitado en ésta, como en otras apariciones anteriores, estaba como velada, porque sus débiles ojos no hubieran podido resistirla, ni hubiera podido dejar dudas acerca de a quién estaban viendo.
De otro lado, recordemos que, antes de ascender al cielo, Jesús, para demostrar a sus discípulos que el suyo era un cuerpo de carne y hueso, y no un espíritu, comió lo que le alcanzaron (Lc 24:41-43), y dijo a Tomás que pusiera el dedo en sus llagas (Jn 20:27-29; cf Lc 24:36-40). No obstante, y esto debe haber sido lo más sorprendente para sus discípulos, Él se presentó tres veces delante de ellos súbitamente, sin haber entrado por la puerta (Jn 20:19,26; Mr 16:14). Se dice que el cuerpo resucitado de Jesús tenía la capacidad de atravesar las paredes. Pero no necesitaba tener esa capacidad. Él simplemente estaba donde quería estar. Vivía en una dimensión celestial.
Muchos intérpretes piensan que esta aparición de Jesús, que parece ser la última, es la misma que menciona Pablo cuando escribe: “Después apareció a más de quinientos hermanos a la vez, de los cuales muchos viven aún, y otros ya duermen” (1Cor 15:6), porque sólo en Galilea habría más de quinientos seguidores suyos que se reunieran en un mismo lugar, y que los que dudaron eran parte de ese número, no de los once, pues éstos habían tenido pruebas concluyentes de que Jesús había resucitado. No es imposible que así fuera y que los quinientos se hubieran mantenido a la distancia, y que sólo lo hubieran visto, pero no hubieran escuchado sus palabras.
18. “Y se acercó y les habló diciendo: Toda potestad me es dada en el cielo y en la tierra.”
Sin tomar en cuenta la actitud dudosa de algunos, Jesús se les acercó para hablarles y decirles algunas palabras de despedida que incluían su última orden, su último encargo: Toda autoridad (exousía) sobre la creación entera, -esto es, sobre todo lo que los cielos y la tierra contienen- me ha sido dada. Es una autoridad que ningún gobernante terreno puede tener, pues no hay hombre que tenga autoridad sobre los astros del firmamento.
En verdad, Jesús podría haber dicho, me ha sido restituida, porque al hacerse hombre su poder se vio limitado por la condición humana, aunque no dejó de manifestarse cuando enseñaba (Mt 7:29), o perdonaba los pecados (9:6), o cuando ofrecía descanso a los que están fatigados (11:27,28), y les dijo: “Todas las cosas me han sido entregadas por mi Padre” (Véase Jn 3:35; 5:22; 13:3; 17:2). Pero ahora ese poder y autoridad le es restituido plenamente en virtud de los méritos de su pasión y muerte, al haber vencido no sólo a la muerte, sino también al pecado, al infierno y a Satanás. Pero notemos que no dice que Él ha asumido esa autoridad, sino que le ha sido dada por su Padre, quien una vez proféticamente dijo: “Pídeme y yo te daré por herencia las naciones, y como posesión tuya los confines de la tierra.” (Sal 2:8).
Es una autoridad absoluta que no tiene límites. Por eso Él podía decir  acerca de la creación: Yo soy su soberano y la gobernaré de acuerdo a mi omnipotencia, mi misericordia y mi sabiduría. Este dominio eterno sobre todos los pueblos, naciones y lenguas fue anunciado en la visión que tuvo Daniel acerca del Hijo del Hombre, cuyo reino nunca será destruido (Dn 7:13,14). Le fue reiterado a María cuando el ángel le anunció que concebiría un hijo que heredaría el trono de David su padre, cuyo reino no tendría fin (Lc 1:31-33; cf Is 9:6,7). El hecho de que se mencione tantas veces en las Escrituras, nos muestra la importancia de esta verdad.
Nótese que Él como Dios, igual al Padre, tuvo desde la eternidad todo poder sobre la creación, pero ahora, en tanto que Mediador entre Dios y los hombres, y como Dios hecho hombre, este poder le es dado para llevar a cabo los propósitos divinos, y completar la obra de nuestra redención.
19,20. “Por tanto, id y haced discípulos a todas las naciones, bautizándolos en el nombre del Padre, y del Hijo, y del Espíritu Santo; enseñándoles que guarden todas las cosas que os he mandado; y he aquí, yo estoy con vosotros todos los días, hasta el fin del mundo.” (Literalmente “hasta la consumación de la era.”) (2)
Mi deseo y mi orden es que vayáis por todo el mundo a enseñar a sus habitantes sin distinción todo lo que yo os he enseñado, para que ellos también crean en mí como habéis creído vosotros, y sean salvos al ser bautizados en el nombre de mi Padre, del mío propio, y del Espíritu Santo, y proclamen sin temor la fe que han recibido y que transforma sus almas. Notemos que ésta es la primera afirmación solemne y explícita del misterio de la Trinidad que figura en el  Nuevo Testamento. Éste es un misterio que no es mencionado en el Antiguo Testamento, y que los judíos desconocían.
Por tanto, es decir, en virtud de la autoridad de la que yo soy investido, os doy autoridad para continuar la obra de salvación del mundo que yo he empezado.
Vemos en este pasaje tres cosas: discipular, bautizar, enseñar. La misión de los apóstoles será tan universal como el poder que les ha sido dado. La restricción de ir sólo a las ovejas perdidas de la casa de Israel, por un tiempo vigente (Mt 10:5,6), es ahora levantada. Esa restricción transitoria se explicaba porque la misión de Jesús en vida había estado también limitada sólo a esas ovejas (Véase (Mt 15:24). Nótese de paso que la frase “a todas las naciones” podría también traducirse “a todos los gentiles”, esto es, a los no judíos. Esto era lo que los judíos que odiaban a Pablo consideraban tan ofensivo: que la revelación de Dios y las Escrituras, que ellos consideraban que estaban reservadas para ellos exclusivamente como pueblo escogido, pudieran ser compartidas con otros pueblos.
La misión dada a los apóstoles es una misión profética, prefigurada por la que Dios dio a Jeremías al inicio de su carrera: “Diles todo lo que yo te mande” (1:17), después de haberle asegurado que estaría siempre con él (v. 19).
La orden es de ir a discipular, no de esperar que vengan a ellos para hacerlo. ¿Cuántos cristianos tienen eso claro? (3)
“Haced discípulos…” Discípulo es no sólo el que escucha las enseñanzas de un maestro y las sigue, sino es alguien que, además, trata de conformar su vida en todo a la de su maestro, constituyéndolo en modelo no sólo de su conducta, sino también de su pensamiento, para ser en todo como él, de manera que se convierta en un fiel reflejo suyo. Yo te pregunto, amigo lector, como yo me pregunto también a mí mismo: ¿Eres tú un discípulo de Jesús? ¿Piensas tú como Él?
Pablo lo expresó una vez: “Sed imitadores de mí, como yo lo soy de Cristo.” (1Cor 11:1). Cristiano en sentido pleno es pues no sólo el que cree que Jesús es el Hijo de Dios que murió para salvarlo de la condenación eterna, sino el que trata de ser como Él.
Notemos que la orden de ir fue dada no sólo a los apóstoles que estuvieron presentes en ese momento, y a sus sucesores en el gobierno de la iglesia, sino a todos los cristianos de todos los tiempos, es decir, también a nosotros.
No hay obra más sublime y valiosa que la de traer a los pecadores a los pies de Cristo, y enseñarles el camino de la salvación; y no hay virtud más valiosa para Dios que el celo por las almas, porque eso fue lo que hizo venir a Jesús a la tierra.
En efecto, lo que solemos llamar “La Gran Comisión” es la obra más grande emprendida por el ser humano en la historia, una empresa en verdad revolucionaria, imposible de alcanzar en términos humanos: Hacer que la humanidad entera, acostumbrada a rendir culto a muchos dioses, adore al único Dios verdadero. Pero como el que ordenaba llevarla a cabo es Dios mismo, y tiene todo el poder, su éxito estaba asegurado de antemano.
Es curioso, sin embargo, que a pesar de que la orden dada a los apóstoles era de ir por todo el mundo (o más concretamente, según Hch 1:8, de ser testigos de Cristo en Judea, en Samaria, y hasta los confines de la tierra) fue necesario que se desatara una persecución contra la iglesia en Jerusalén con ocasión del martirio de Esteban, para que los discípulos salieran a predicar el Evangelio a todas partes (Hch 8:1,4).
Pero mirad, les dice Jesús, aunque yo regreso ahora a mi Padre, yo permaneceré con vosotros mediante mi Espíritu de una manera constante, sin fallas, y estaré en todo momento a vuestra disposición, hasta el día en que regrese de nuevo corporalmente, con mi ángeles y mis santos, para juzgar a todas naciones de la tierra (Mt 25:31-46), y dar consumación a todas las promesas que os hemos hecho desde el principio.
La promesa final de Jesús ahora es: “Yo estoy con vosotros todos los días”, un vosotros que nos incluye a nosotros que hemos creído en Él, para ayudarnos, fortalecernos, consolarnos y guiarnos en la tarea que nos ha encomendado, de manera que lo imposible se vuelva posible, y lo difícil, fácil.
Notas: 1. Según el recuento que hace J. Broadus, en total Jesús se apareció diez veces después de resucitar, cinco en el mismo día de su resurrección, y cinco, sin contar la ascensión, en los días posteriores. Al primer grupo pertenecen la aparición a las mujeres, en Mt 28:5-8; a María Magdalena, en Jn 20:11-18; a Pedro, en Lc 24:34; a los dos discípulos que iban a Emaús, en Lc 24:13-35; y a los apóstoles, estando Tomás ausente, en Jn 20:19-24. Al segundo grupo pertenecen la aparición a los apóstoles ocho días después, estando Tomás presente, en Jn 20:26-29; a siete discípulos que pescaban en el mar de Galilea, en Jn 21:1-14; la aparición a los once, que comentamos en este artículo, que pudo haber coincidido con la aparición a los quinientos, que menciona Pablo en 1Cor 15:6; a Santiago, en 1Cor 15:7; y a los apóstoles, poco antes de ascender al cielo, en Lc 24:36-49, Mr 16:14-18, y Hch 1:4-8.
2. Aunque a veces se les considera palabras sinónimas, hay una notable diferencia entre aion (olam en hebreo) y kosmos. Mientras que la primera se refiere a “era”, o a “tiempo”, y tiene a veces un contenido ético, la segunda se refiere a “gente”, o a “espacio”, y designa al universo material y a toda la gente que vive en él. Las palabras de la traducción “hasta el fin del mundo” han hecho creer equivocadamente a muchos que el mundo material va a desaparecer cuando Jesús retorne. Pero en verdad, lo que Jesús anuncia es que cuando Él vuelva se va a iniciar una nueva era, o etapa, del mundo cuya grandiosidad y belleza es para nosotros inimaginable.
3. Esta orden coincide con los términos de la Gran Comisión que consigna Marcos: “Id por todo el mundo y predicad el Evangelio a toda criatura.” Ahí Jesús, sin embargo, añade una advertencia muy clara: “El que creyere y fuere bautizado, será salvo; mas el que no creyere, será condenado.” (Mr 16:15,16; cf Jn 3:18). Tu salvación depende de que creas o no, esto es, de tu fe.
NB. Este artículo está basado en una enseñanza dada recientemente en el ministerio de la Edad de Oro.

Amado lector: Si tú no estás seguro de que cuando mueras vas a ir a gozar de la presencia de Dios, yo te exhorto a arrepentirte de todos tus pecados y a pedirle perdón a Dios por ellos diciendo: Jesús, yo te ruego que laves mis pecados con tu sangre. Entra en mi corazón y gobierna mi vida. En adelante quiero vivir para ti y servirte.
#966 (12.03.17). Depósito Legal #2004-5581. Director: José Belaunde M. Dirección: Independencia 1231, Miraflores, Lima, Perú 18. Tel 4227218. (Resolución #003694-2004/OSD-INDECOPI).