viernes, 21 de septiembre de 2018

GRAN COMISIÓN Y DESPEDIDA


LA VIDA Y LA PALABRA
Por José Belaunde M.
GRAN COMISIÓN Y DESPEDIDA
Un Comentario de Mt 28:16-20
Un autor reciente ha escrito: “El efecto de esta corta escena en la vida de la iglesia ha sido incalculable. Ninguna parte de la Biblia ha hecho tanto para dar a los cristianos una visión de la universalidad de la iglesia.”

16. “Pero los once discípulos se fueron a Galilea, al monte donde Jesús les había ordenado.”
Mateo omite relatar lo ocurrido durante los cuarenta días en que, según Hechos 1:3, Jesús se siguió apareciendo a sus discípulos, y lo da por sabido por sus lectores, y dice simplemente que a continuación de lo relatado (esto es, lo del soborno de los soldados que fueron testigos de la resurrección, para que digan que los discípulos se robaron el cuerpo de Jesús, Mt 28: 11-15), los discípulos se fueron al monte de Galilea que Jesús les había indicado, tal como Él anteriormente les había anunciado que haría después de resucitar (Mt 26:32; Mr 14:28). Notemos que la promesa de que le verían en Galilea había sido reiterada por el ángel que se apareció a las mujeres (Mt 28:7), y por Jesús mismo al aparecerse a ellas (v. 10). Mateo resume en un brochazo lo sucedido entre la resurrección y la ascensión, que está relatado con más detalle en Lucas y en Juan. ¿Cuándo se fueron a Galilea? No sabemos exactamente, pero debe haber sido no menos de ocho a diez días después de la resurrección, o más probablemente, hacia el final del período de cuarenta días. (Nota 1)
Tampoco sabemos cuál era el monte en cuestión, pero lo más probable es que se tratara del monte Tabor, donde ocurrió la transfiguración que, por su altura aseguraba mejor la privacidad del encuentro. Pero podría haber sido también, según piensan algunos, la montaña donde Jesús predicó las bienaventuranzas y el largo sermón que siguió (Mt 5-7).
Recordemos que el último mensaje que Moisés dirigió al pueblo de Israel fue dado también desde una montaña, el monte Nebo, a la vista de la Tierra Prometida, a la cual él no iba a entrar (Dt 32:49; y todo el cap. 33). Jesús, el nuevo legislador, obra como su predecesor, a la vista de la Tierra Prometida celestial a la cual Él se va precediéndonos, y en la que nos prepara un lugar (Jn 14:2,3).
Mateo no consigna la ocasión en que Jesús les dio esa orden precisa. Su relato en muchos aspectos es esquemático. Sin embargo, él dice que “los once” fueron a Galilea, que es el número de los discípulos que quedaron después de la defección del traidor. Su despedida de la tierra y su mensaje final estaban reservados para ellos solos. No incluía en principio al círculo más amplio de discípulos cercanos.
No deja de ser notable el hecho de que los once, que habían visto al Resucitado varias veces en Jerusalén, emprendieran el largo viaje a Galilea sólo porque Jesús les había dado una cita ahí. ¿Haríamos nosotros un sacrificio semejante?
17. “Y cuando le vieron, le adoraron; pero algunos dudaban.”
¿Cuál podría ser su reacción al verlo de nuevo, sino postrarse y adorarlo? Ellos habían caminado con Él durante tres años, le habían escuchado enseñar y visto hacer milagros, conscientes de la presencia del Espíritu de Dios en Él. Pero ahora, después de su resurrección, tenían la convicción de que Él no sólo era un maestro de una doctrina ética revolucionaria, sino que era Dios mismo hecho hombre. Nótese que ésta es la primera vez que los evangelios dicen que sus discípulos le adoran.
No obstante, hubo algunos que, al verlo de lejos, dudaron de que fuera realmente Jesús. Pero la suya fue una duda momentánea que se desvaneció apenas Él se les acercó y escucharon sus palabras.
Jerónimo dice que su duda aumenta nuestra fe, porque muestra que no eran crédulos. La fe sincera, en efecto, no excluye la duda cuando trata de cerciorarse.
Podemos preguntarnos cuál era el aspecto de Jesús cuando le vieron. ¿Sería en pleno fulgor de su cuerpo de gloria, tan brillante que cegó a Pablo cuando le vio camino a Damasco? (Hch 9:3-9). Más bien debemos pensar que la gloria de su cuerpo resucitado en ésta, como en otras apariciones anteriores, estaba como velada, porque sus débiles ojos no hubieran podido resistirla, ni hubiera podido dejar dudas acerca de a quién estaban viendo.
De otro lado, recordemos que, antes de ascender al cielo, Jesús, para demostrar a sus discípulos que el suyo era un cuerpo de carne y hueso, y no un espíritu, comió lo que le alcanzaron (Lc 24:41-43), y dijo a Tomás que pusiera el dedo en sus llagas (Jn 20:27-29; cf Lc 24:36-40). No obstante, y esto debe haber sido lo más sorprendente para sus discípulos, Él se presentó tres veces delante de ellos súbitamente, sin haber entrado por la puerta (Jn 20:19,26; Mr 16:14). Se dice que el cuerpo resucitado de Jesús tenía la capacidad de atravesar las paredes. Pero no necesitaba tener esa capacidad. Él simplemente estaba donde quería estar. Vivía en una dimensión celestial.
Muchos intérpretes piensan que esta aparición de Jesús, que parece ser la última, es la misma que menciona Pablo cuando escribe: “Después apareció a más de quinientos hermanos a la vez, de los cuales muchos viven aún, y otros ya duermen” (1Cor 15:6), porque sólo en Galilea habría más de quinientos seguidores suyos que se reunieran en un mismo lugar, y que los que dudaron eran parte de ese número, no de los once, pues éstos habían tenido pruebas concluyentes de que Jesús había resucitado. No es imposible que así fuera y que los quinientos se hubieran mantenido a la distancia, y que sólo lo hubieran visto, pero no hubieran escuchado sus palabras.
18. “Y se acercó y les habló diciendo: Toda potestad me es dada en el cielo y en la tierra.”
Sin tomar en cuenta la actitud dudosa de algunos, Jesús se les acercó para hablarles y decirles algunas palabras de despedida que incluían su última orden, su último encargo: Toda autoridad (exousía) sobre la creación entera, -esto es, sobre todo lo que los cielos y la tierra contienen- me ha sido dada. Es una autoridad que ningún gobernante terreno puede tener, pues no hay hombre que tenga autoridad sobre los astros del firmamento.
En verdad, Jesús podría haber dicho, me ha sido restituida, porque al hacerse hombre su poder se vio limitado por la condición humana, aunque no dejó de manifestarse cuando enseñaba (Mt 7:29), o perdonaba los pecados (9:6), o cuando ofrecía descanso a los que están fatigados (11:27,28), y les dijo: “Todas las cosas me han sido entregadas por mi Padre” (Véase Jn 3:35; 5:22; 13:3; 17:2). Pero ahora ese poder y autoridad le es restituido plenamente en virtud de los méritos de su pasión y muerte, al haber vencido no sólo a la muerte, sino también al pecado, al infierno y a Satanás. Pero notemos que no dice que Él ha asumido esa autoridad, sino que le ha sido dada por su Padre, quien una vez proféticamente dijo: “Pídeme y yo te daré por herencia las naciones, y como posesión tuya los confines de la tierra.” (Sal 2:8).
Es una autoridad absoluta que no tiene límites. Por eso Él podía decir  acerca de la creación: Yo soy su soberano y la gobernaré de acuerdo a mi omnipotencia, mi misericordia y mi sabiduría. Este dominio eterno sobre todos los pueblos, naciones y lenguas fue anunciado en la visión que tuvo Daniel acerca del Hijo del Hombre, cuyo reino nunca será destruido (Dn 7:13,14). Le fue reiterado a María cuando el ángel le anunció que concebiría un hijo que heredaría el trono de David su padre, cuyo reino no tendría fin (Lc 1:31-33; cf Is 9:6,7). El hecho de que se mencione tantas veces en las Escrituras, nos muestra la importancia de esta verdad.
Nótese que Él como Dios, igual al Padre, tuvo desde la eternidad todo poder sobre la creación, pero ahora, en tanto que Mediador entre Dios y los hombres, y como Dios hecho hombre, este poder le es dado para llevar a cabo los propósitos divinos, y completar la obra de nuestra redención.
19,20. “Por tanto, id y haced discípulos a todas las naciones, bautizándolos en el nombre del Padre, y del Hijo, y del Espíritu Santo; enseñándoles que guarden todas las cosas que os he mandado; y he aquí, yo estoy con vosotros todos los días, hasta el fin del mundo.” (Literalmente “hasta la consumación de la era.”) (2)
Mi deseo y mi orden es que vayáis por todo el mundo a enseñar a sus habitantes sin distinción todo lo que yo os he enseñado, para que ellos también crean en mí como habéis creído vosotros, y sean salvos al ser bautizados en el nombre de mi Padre, del mío propio, y del Espíritu Santo, y proclamen sin temor la fe que han recibido y que transforma sus almas. Notemos que ésta es la primera afirmación solemne y explícita del misterio de la Trinidad que figura en el  Nuevo Testamento. Éste es un misterio que no es mencionado en el Antiguo Testamento, y que los judíos desconocían.
Por tanto, es decir, en virtud de la autoridad de la que yo soy investido, os doy autoridad para continuar la obra de salvación del mundo que yo he empezado.
Vemos en este pasaje tres cosas: discipular, bautizar, enseñar. La misión de los apóstoles será tan universal como el poder que les ha sido dado. La restricción de ir sólo a las ovejas perdidas de la casa de Israel, por un tiempo vigente (Mt 10:5,6), es ahora levantada. Esa restricción transitoria se explicaba porque la misión de Jesús en vida había estado también limitada sólo a esas ovejas (Véase (Mt 15:24). Nótese de paso que la frase “a todas las naciones” podría también traducirse “a todos los gentiles”, esto es, a los no judíos. Esto era lo que los judíos que odiaban a Pablo consideraban tan ofensivo: que la revelación de Dios y las Escrituras, que ellos consideraban que estaban reservadas para ellos exclusivamente como pueblo escogido, pudieran ser compartidas con otros pueblos.
La misión dada a los apóstoles es una misión profética, prefigurada por la que Dios dio a Jeremías al inicio de su carrera: “Diles todo lo que yo te mande” (1:17), después de haberle asegurado que estaría siempre con él (v. 19).
La orden es de ir a discipular, no de esperar que vengan a ellos para hacerlo. ¿Cuántos cristianos tienen eso claro? (3)
“Haced discípulos…” Discípulo es no sólo el que escucha las enseñanzas de un maestro y las sigue, sino es alguien que, además, trata de conformar su vida en todo a la de su maestro, constituyéndolo en modelo no sólo de su conducta, sino también de su pensamiento, para ser en todo como él, de manera que se convierta en un fiel reflejo suyo. Yo te pregunto, amigo lector, como yo me pregunto también a mí mismo: ¿Eres tú un discípulo de Jesús? ¿Piensas tú como Él?
Pablo lo expresó una vez: “Sed imitadores de mí, como yo lo soy de Cristo.” (1Cor 11:1). Cristiano en sentido pleno es pues no sólo el que cree que Jesús es el Hijo de Dios que murió para salvarlo de la condenación eterna, sino el que trata de ser como Él.
Notemos que la orden de ir fue dada no sólo a los apóstoles que estuvieron presentes en ese momento, y a sus sucesores en el gobierno de la iglesia, sino a todos los cristianos de todos los tiempos, es decir, también a nosotros.
No hay obra más sublime y valiosa que la de traer a los pecadores a los pies de Cristo, y enseñarles el camino de la salvación; y no hay virtud más valiosa para Dios que el celo por las almas, porque eso fue lo que hizo venir a Jesús a la tierra.
En efecto, lo que solemos llamar “La Gran Comisión” es la obra más grande emprendida por el ser humano en la historia, una empresa en verdad revolucionaria, imposible de alcanzar en términos humanos: Hacer que la humanidad entera, acostumbrada a rendir culto a muchos dioses, adore al único Dios verdadero. Pero como el que ordenaba llevarla a cabo es Dios mismo, y tiene todo el poder, su éxito estaba asegurado de antemano.
Es curioso, sin embargo, que a pesar de que la orden dada a los apóstoles era de ir por todo el mundo (o más concretamente, según Hch 1:8, de ser testigos de Cristo en Judea, en Samaria, y hasta los confines de la tierra) fue necesario que se desatara una persecución contra la iglesia en Jerusalén con ocasión del martirio de Esteban, para que los discípulos salieran a predicar el Evangelio a todas partes (Hch 8:1,4).
Pero mirad, les dice Jesús, aunque yo regreso ahora a mi Padre, yo permaneceré con vosotros mediante mi Espíritu de una manera constante, sin fallas, y estaré en todo momento a vuestra disposición, hasta el día en que regrese de nuevo corporalmente, con mi ángeles y mis santos, para juzgar a todas naciones de la tierra (Mt 25:31-46), y dar consumación a todas las promesas que os hemos hecho desde el principio.
La promesa final de Jesús ahora es: “Yo estoy con vosotros todos los días”, un vosotros que nos incluye a nosotros que hemos creído en Él, para ayudarnos, fortalecernos, consolarnos y guiarnos en la tarea que nos ha encomendado, de manera que lo imposible se vuelva posible, y lo difícil, fácil.
Notas: 1. Según el recuento que hace J. Broadus, en total Jesús se apareció diez veces después de resucitar, cinco en el mismo día de su resurrección, y cinco, sin contar la ascensión, en los días posteriores. Al primer grupo pertenecen la aparición a las mujeres, en Mt 28:5-8; a María Magdalena, en Jn 20:11-18; a Pedro, en Lc 24:34; a los dos discípulos que iban a Emaús, en Lc 24:13-35; y a los apóstoles, estando Tomás ausente, en Jn 20:19-24. Al segundo grupo pertenecen la aparición a los apóstoles ocho días después, estando Tomás presente, en Jn 20:26-29; a siete discípulos que pescaban en el mar de Galilea, en Jn 21:1-14; la aparición a los once, que comentamos en este artículo, que pudo haber coincidido con la aparición a los quinientos, que menciona Pablo en 1Cor 15:6; a Santiago, en 1Cor 15:7; y a los apóstoles, poco antes de ascender al cielo, en Lc 24:36-49, Mr 16:14-18, y Hch 1:4-8.
2. Aunque a veces se les considera palabras sinónimas, hay una notable diferencia entre aion (olam en hebreo) y kosmos. Mientras que la primera se refiere a “era”, o a “tiempo”, y tiene a veces un contenido ético, la segunda se refiere a “gente”, o a “espacio”, y designa al universo material y a toda la gente que vive en él. Las palabras de la traducción “hasta el fin del mundo” han hecho creer equivocadamente a muchos que el mundo material va a desaparecer cuando Jesús retorne. Pero en verdad, lo que Jesús anuncia es que cuando Él vuelva se va a iniciar una nueva era, o etapa, del mundo cuya grandiosidad y belleza es para nosotros inimaginable.
3. Esta orden coincide con los términos de la Gran Comisión que consigna Marcos: “Id por todo el mundo y predicad el Evangelio a toda criatura.” Ahí Jesús, sin embargo, añade una advertencia muy clara: “El que creyere y fuere bautizado, será salvo; mas el que no creyere, será condenado.” (Mr 16:15,16; cf Jn 3:18). Tu salvación depende de que creas o no, esto es, de tu fe.
NB. Este artículo está basado en una enseñanza dada recientemente en el ministerio de la Edad de Oro.

Amado lector: Si tú no estás seguro de que cuando mueras vas a ir a gozar de la presencia de Dios, yo te exhorto a arrepentirte de todos tus pecados y a pedirle perdón a Dios por ellos diciendo: Jesús, yo te ruego que laves mis pecados con tu sangre. Entra en mi corazón y gobierna mi vida. En adelante quiero vivir para ti y servirte.
#966 (12.03.17). Depósito Legal #2004-5581. Director: José Belaunde M. Dirección: Independencia 1231, Miraflores, Lima, Perú 18. Tel 4227218. (Resolución #003694-2004/OSD-INDECOPI).

miércoles, 22 de agosto de 2018

PABLO ES ENVIADO AL PROCURADOR FÉLIX


    LA VIDA Y LA PALABRA
Por José Belaunde M.
PABLO ES ENVIADO AL PROCURADOR FÉLIX
Un Comentario de Hechos 23:23-35

En vista del complot que cuarenta conjurados fanáticos habían tramado para asesinar a Pablo, el tribuno toma las medidas necesarias para enviar al apóstol al procurador en Cesarea, donde estaría a buen recaudo.
23,24. “Y llamando a dos centuriones, mandó que preparasen para la hora tercera de la noche doscientos soldados, setenta jinetes y doscientos lanceros, para que fuesen hasta Cesarea; y que preparasen cabalgaduras en que poniendo a Pablo, le llevasen en salvo a Félix el gobernador.”
Al enterarse del complot de los conjurados el tribuno actúa rápidamente para sacar a Pablo de Jerusalén, donde su vida corre peligro, y enviarlo sin tardanza a Cesarea, sede del procurador de Judea, donde estará seguro. Él no quiere que se le pueda acusar de no proteger la vida de un ciudadano romano al que no se le acusa de nada que sea un delito bajo las leyes del imperio.
Para ello ordena que dos centuriones se preparen para salir de la ciudad a eso de las 9 de la noche con doscientos soldados (que llevaban escudos y la famosa espada corta mortífera), sumados a setenta cabalgaduras (caballos o mulas), con sus respectivos jinetes, y a doscientos lanceros, esto es, soldados de  pie con armas ligeras. Ordenó que tomasen a Pablo consigo, subido a una de las cabalgaduras, y partiesen rápidamente.
Cabe preguntarse ¿vivían estos cuatrocientos setenta soldados en la Torre Antonia? Habría que pensarlo porque de lo contrario, reunir toda esa tropa al comenzar la noche produciría un alboroto que alertaría a los conjurados. El éxito de la operación  dependía de que se hiciera en secreto. Pero la partida de setenta caballos, más cuatrocientos hombres no podría pasar desapercibida. Si los conjurados se dieran cuenta de la maniobra nocturna es posible que no se atrevieran a obstaculizar la salida, o a perseguir a un contingente tan considerable de soldados. Resguardado por una tropa tan numerosa, bien se puede decir que Pablo viajaba seguro. Bien se puede aplicar a su caso la frase de David: “El ángel del Señor acampa en torno de los que le temen y los defiende.” (Sal 34:7) El poder de la guardia celestial se manifestaba en una numerosa guardia humana.
25-30. “Y escribió una carta en estos términos: Claudio Lisias al excelentísimo gobernador Félix: Salud. A este hombre, aprehendido por los judíos, y que iban ellos a matar, lo libré yo acudiendo con la tropa, habiendo sabido que era ciudadano romano. Y queriendo saber la causa por qué le acusaban, le llevé al concilio de ellos; y hallé que le acusaban por cuestiones de la ley de ellos, pero que ningún delito tenía digno de muerte o de prisión. Pero al ser avisado de asechanzas que los judíos habían tendido contra este hombre, al punto le he enviado a ti, intimando también a los acusadores que traten delante de ti lo que tengan contra él. Pásalo bien.”
Ahora nos enteramos de que el tribuno se llamaba Claudio Lisias, nombre que había tomado cuando adquirió la ciudadanía romana mediante el pago de una fuerte suma (Ver Hch 22:28) (Nota 1)
¿Cómo conoció Lucas el texto de la carta para poder reproducirla? Posiblemente pudo tenerla en sus manos, pues estaría archivada en Cesarea, o la reconstruyó con los datos que sus investigaciones obtuvieron, lo que no quiere decir que la reprodujera literalmente. Pero lo primero es más probable.
El texto de la carta es escueto pero suficientemente informativo como para que el procurador supiera qué decisión tomar respecto del preso. En ella indica que el prisionero judío que se le envía es un ciudadano romano que estaba a punto de ser linchado por la plebe cuando él lo rescató y, convocado al día siguiente el Sanedrín, con el fin de averiguar de qué se le acusaba, se enteró de que no se trataba de ningún delito bajo las leyes del imperio, sino de algo concerniente a las leyes religiosas judías. Pero enterado de una conjura para matarlo, lo envía para que esté a salvo, y que el procurador decida qué hacer con él, al mismo tiempo que le informa de que ha avisado a las autoridades judías a fin de que presenten sus acusaciones ante él.
31,32. “Y los soldados, tomando a Pablo como se les ordenó, le llevaron de noche a Antípatris. Y al día siguiente, dejando a los jinetes que fuesen con él, volvieron a la fortaleza.”
Obedeciendo a las órdenes dadas, la compañía de soldados partió a las nueve de la noche llevando a Pablo consigo, e hicieron a marchas forzadas el recorrido de más de 50 Km que separa Jerusalén de Antípatris, a donde llegaron al día siguiente. Se ha cuestionado que la comitiva a pie pudiera hacer el viaje en tan poco tiempo. Quizá Lucas ha omitido un día en su narración para hacerla más dinámica.
Antípatris, dicho sea de paso, era una ciudad situada en la fértil llanura al norte de Galilea, que había sido fundada por Herodes el Grande en honor de su padre, el general idumeo Antípater, que brindó valiosos servicios a los romanos, y que fuera el iniciador de la dinastía herodiana.
Llegados a esta ciudad, y ya lejos del alcance de los conjurados, la infantería regresó a Jerusalén, mientras los setenta jinetes proseguían su viaje de 40 km a Cesarea a través de la llanura.
33-35. “Cuando aquellos llegaron a Cesarea, y dieron la carta al gobernador, presentaron también a Pablo delante de él. Y el gobernador, leída la carta, preguntó de qué provincia era; y habiendo entendido que era de Cilicia, le dijo: Te oiré cuando vengan tus acusadores. Y mandó que le custodiasen en el pretorio de Herodes.”
Llegados a su destino el jefe de la caballería, o alguno de los centuriones, entregó al procurador Félix la carta que le enviaba el tribuno, y dejaron a Pablo en sus manos.
Cuando Félix hubo leído la carta le preguntó a Pablo de dónde era. Era muy importante tener este dato porque según las leyes imperantes el prisionero estaba bajo la jurisdicción de su lugar de origen, y Félix no hubiera podido retenerlo, sino hubiera tenido que reenviarlo a las autoridades que correspondían, tal como, por ejemplo, hizo Pilatos cuando se enteró de que Jesús era de Galilea, y lo envió al tetrarca Herodes Antipas. Pero, dado que Pablo procedía de la provincia romana de Cilicia, a él le correspondía ocuparse de su caso.
Vemos aquí al apóstol a merced de las autoridades humanas ciertamente, pero al cuidado de una autoridad superior invisible que velaba por él, y eso lo hacía sentirse seguro.
El procurador dijo entonces que cuando vinieran a Cesarea los acusadores del prisionero él se ocuparía de su caso, y ordenó que entretanto Pablo permaneciera en custodia en el pretorio (2), enorme y lujoso palacio que Herodes el Grande había hecho construir para sí en esa ciudad, y que ahora servía de residencia al gobernador romano.
Antonius Félix (es decir, feliz) fue procurador de Judea entre los años 52 y 59 DC. Él era posiblemente un esclavo liberto del emperador Claudio, o de su madre Antonia (de quien había tomado su “nomen gentile”). Él fue nombrado procurador pese a no formar parte de la orden ecuestre, a la cual estaban reservados esos cargos, gracias a la influencia de su hermano Pallas, uno de los favoritos de Claudio, y que era, a su vez, un esclavo liberto de la madre de Claudio, Antonia (3). Antes de su nombramiento él parece haber ocupado una posición secundaria en Samaria bajo su predecesor, Ventidium Cumanus.
Su gobierno fue marcado por intensas agitaciones, porque él aplastó sin misericordia los levantamientos que se produjeron en esos años (entre ellos, el del año 55 del pretendido mesías de origen egipcio con el que el tribuno confundiera inicialmente a Pablo, Hch 21:38). De él dice el historiador Tácito que “ejerció con salvajismo y avidez los poderes de un rey con la mentalidad de un esclavo”. La narración de Lucas hace resaltar dos aspectos poco favorables de su carácter: Su escaso sentido de la justicia y su codicia. Él mantuvo a Pablo en prisión dos años a pesar de la evidencias que existían a favor de su inocencia (Hch 23:27-29), porque esperaba que Pablo le pagara por obtener su libertad (24:26). Cuando fue removido, debido a su infortunada y violenta intervención en la disputa entre las comunidades judía y griega de Cesarea, en vez de liberarlo, dejó a Pablo en prisión para congraciarse con los judíos (24:27). Se salvó de ser enjuiciado por Nerón, ante quien los judíos se quejaron por su crueldad, sólo por la influencia de su hermano Pallas. Pese a su humilde origen se casó tres veces con mujeres de alcurnia.
La primera fue una nieta de Antonio y Cleopatra, y la tercera, Drusila, era una hija de Herodes Antipas (Hch 24:24), y hermana de Herodes Antipas II. Félix era pues, lo que nosotros llamaríamos hoy día, un típico arribista sin muchos escrúpulos.
Extraño destino el de Pablo puesto en mano de hombres injustos, crueles y ávidos de dinero, que no conocían a Dios, y más bien rechazaban su palabra (24:25). A través de ellos, sin embargo, obraba Dios sus propósitos con Pablo, no librándolo de tribulaciones, pero sí protegiendo su vida de sus más encarnizados opositores.  Observando a los personajes de esta historia podemos percibir el gran contraste que existe entre la mentalidad del discípulo de Cristo, cuya mirada está dirigida hacia las realidades eternas, y la del hombre mundano, cuyas aspiraciones están dirigidas exclusivamente a las realidades terrenas.
Cuánta razón tuvo Juan al escribir: “No améis al mundo, ni las cosas que están en el mundo. Si alguno ama al mundo el amor del Padre no está en él. Porque todo lo que hay en el mundo, los deseos de la carne, los deseos de los ojos, y la vanagloria de la vida no proviene del Padre, sino del mundo. Y el mundo pasa y sus deseos; pero el que hace la voluntad de Dios permanece para siempre.” (1Jn 2:15-17). Aunque somos cristianos es oportuno que nos preguntemos, ¿cuánto del mundo y del amor por lo transitorio permanece en nosotros?
Notas: 1. Según el historiador romano Dio Cassius, durante el reinado del anciano Claudio, su mujer Mesalina y sus cortesanos vendían el derecho de ciudadanía a fin de llenarse los bolsillos. Lisias debe haber sido un hombre de medios económicos y de buenos contactos para haber podido comprar la ciudadanía romana y hacerse nombrar funcionario del ejército al mando de mil hombres.
2. Esta palabra de origen latino designaba al palacio donde residía la autoridad romana del lugar. Así, por ejemplo, Pilatos residía en el pretorio de Jerusalén (Mt 27:27; Mr 15:16; Jn 18:28,29; 19:9). Cuando Pablo estuvo prisionero en Roma, él permaneció en el pretorio, o palacio del César (Flp 1:13).
3. La sociedad romana estaba organizada en cuatro órdenes o clases (sin contar los esclavos), siendo la orden ecuestre la segunda debajo de la orden senatorial (los miembros del senado), y encima de la orden decurional y de la plebe. Los miembros de la segunda en su origen –como su nombre indica- eran los dueños de dos caballos, animal caro de mantener, y debían demostrar poseer una fortuna no menor de 400 mil sestercios. Entre las diversas funciones que se les asignaba en la administración pública estaba el arrendamiento de los impuestos imperiales, tal como hacían los publicanos en Palestina en tiempos de Jesús.


Amado lector: Jesús dijo: "¿De qué le sirve al hombre ganar el mundo si pierde su alma?” (Mt 16:26). Si tú no estás seguro de que cuando mueras vas a ir a gozar de la presencia de Dios, yo te invito a pedirle perdón a Dios por tus pecados haciendo una sencilla oración:
   "Jesús, tú viniste al mundo a expiar en la cruz los pecados cometidos por todos los hombres, incluyendo los míos. Yo sé que no merezco tu perdón, porque te he ofendido consciente y voluntariamente muchísimas veces, pero tú me lo ofreces gratuitamente y sin merecerlo. Yo quiero recibirlo. Me arrepiento sinceramente de todos mis pecados y de todo el mal que he cometido hasta hoy. Perdóname, Señor, te lo ruego; lava mis pecados con tu sangre; entra en mi corazón y gobierna mi vida. En adelante quiero vivir para ti y servirte."
#965 (05.03.17). Depósito Legal #2004-5581. Director: José Belaunde M. Dirección: Independencia 1231, Miraflores, Lima, Perú 18. Tel 4227218. (Resolución #003694-2004/OSD-INDECOPI).


viernes, 27 de julio de 2018

EL COMPLOT CONTRA PABLO


LA VIDA Y LA PALABRA
Por José Belaunde M.
EL COMPLOT CONTRA PABLO
Un Comentario de Hechos 23:12-22
Después de la gran discusión que se suscitó en el sanedrín por las palabras de Pablo acerca de la resurrección, y estando él en custodia, Jesús se le presentó por la noche en visión para animarlo y decirle que era necesario que él testifique también en Roma.
12-15. “Venido el día, algunos de los judíos tramaron un complot y se juramentaron bajo maldición, diciendo que no comerían ni beberían hasta que hubiesen dado muerte a Pablo. Eran más de cuarenta los que habían hecho esta conjuración, los cuales fueron a los principales sacerdotes y a los ancianos y dijeron: Nosotros nos hemos juramentado bajo maldición, a no gustar nada hasta que hayamos dado muerte a Pablo. Ahora pues, vosotros, con el concilio, requerid al tribuno que le traiga mañana ante vosotros, como que queréis indagar alguna cosa más cierta acerca de él; y nosotros estaremos listos para matarle antes que llegue.”
Al día siguiente un grupo de más de cuarenta judíos -no sabemos si eran los mismos judíos de Asia que habían acusado a Pablo de introducir a un gentil en el templo, (Hech 21:27) o si eran otros de sentimientos similares, (Nota 1) se comprometieron bajo juramento a no comer ni beber nada hasta que hubieran matado a Pablo. El original dice “se anatematizaron”, esto es, hicieron un voto solemne e indisoluble que los maldecía si no lo cumplían (2). Utilizaron el ayuno, que es una práctica piadosa que se emplea con fines buenos, como medio para alcanzar sus malvados propósitos.
El Venerable Beda (autor del siglo VIII) comenta al respecto: “Jesús dijo: “Bienaventurados los que tienen hambre y sed de justicia” (Mt 5:6). Pero estos hombres tenían hambre de iniquidad y sed de sangre, al punto que renunciaron al alimento del cuerpo para ser saciados por la muerte de un justo.” (3).
   ¿Qué era lo que les impulsaba a odiar a Pablo tan intensamente? No podemos saber plenamente cuál era el origen de ese aborrecimiento, pero sabemos que Pablo era para ellos un apóstata que había renunciado a la religión de sus padres para unirse a la odiada secta de los nazarenos. Pero sobre todo, lo que más les indignaba era que Pablo enseñase por las sinagogas de la dispersión que ya no era necesario cumplir las normas y prescripciones rituales de la ley de Moisés, y otras que su tradición había agregado. En suma, ellos acusaban a Pablo de negar a Moisés, cuya obra era la esencia de su identidad nacional y, encima de eso, que él pretendiera incorporar a los gentiles a su pueblo, derribando la pared que separaba a los judíos de los gentiles. En suma, era un traidor a su nación. Recuérdese que, según su concepción, la diferencia entre judío y gentil era el abismo más grande que separaba a los seres humanos, algo de lo cual ellos se enorgullecían, pues eran el “pueblo escogido”. (4)
  Este derribar de la pared que separaba a los judíos de los gentiles –simbolizada por la pared que separaba el atrio de Israel en el templo, del atrio de las mujeres, y del atrio de los gentiles- haciendo de ellos un solo pueblo en Cristo, era uno de los puntos capitales de la doctrina que Pablo enseñaba (Ef 2:14-16): “que los gentiles son coherederos y miembros del mismo cuerpo, y copartícipes de la promesa en Cristo Jesús por medio del evangelio” (3:6), esto es, de la iglesia, como él escribe en otro lugar: “Ya no hay judío ni griego; no hay esclavo ni libre; no hay varón ni  mujer; porque todos vosotros sois uno en Cristo Jesús.” (Gal 3:28).
Esta frase paulina tiene su contraparte en la oración matinal que pronunciaba todo varón judío dando gracias a Dios por no haber nacido gentil, esclavo, o mujer, y que Pablo mismo debe haber dicho de joven diariamente como buen judío, antes de su encuentro con Jesús. Esta oración, dicho sea de paso, refleja la situación de inferioridad que la mujer ocupaba en el mundo antiguo, incluso en el judío, de la cual fue rescatada por Jesús.
Hecho este pacto malévolo se lo comunicaron a las autoridades del templo y del Sanedrín, (que pertenecían principalmente al partido de los saduceos) y les propusieron que le pidieran al tribuno (5) que trajera nuevamente a Pablo ante el Sanedrín, para hacer las indagaciones que no se pudieron hacer el día anterior debido a las discusiones que se produjeron.
Ellos por su lado estaban preparados para matar a Pablo en el camino entre la Torre Antonia y el recinto en que se reunía el Sanedrín. Éste era un proyecto muy osado, pues suponía arrancar a Pablo de las manos de los soldados romanos, –es decir, agredirlos- para asesinarlo en el instante, antes de que los soldados pudieran reaccionar. Era éste un acto de rebelión que podía costarles la vida y provocar una ola de represalias contra el pueblo de parte de los romanos. Pero los peligros que comportaba su acción no los amilanaban, tan grande era su odio. ¿Cuál era la causa de ese odio? El enemigo incansable de nuestras almas era el que fomentaba ese odio feroz al apóstol que, difundiendo el mensaje del Evangelio en territorio pagano, arrancaba a las almas de sus garras, salvándolas del fuego eterno.
En realidad, al escucharlos, las autoridades del Sanedrín debieron haberlos disuadido de su proyecto, que encerraba peligros para la población, pero no lo hicieron, pese a que era una acción ilegal, sino que la aprobaron, convirtiéndose en cómplices de su mortal proyecto. Ellos estaban dispuestos a permitir que se utilizase el órgano de gobierno máximo de Israel y su sistema legal, como pretexto para tender una trampa mortal a Pablo.
16. “Mas el hijo de la hermana de Pablo, oyendo hablar de la celada, fue y entró en la fortaleza, y dio aviso a Pablo.”
Para gran suerte de Pablo (si se puede llamar suerte a la protección divina) un sobrino suyo oyó hablar del complot, y fue donde el apóstol, y le informó de lo que estaban tramando.
Este incidente posa una serie de interrogantes acerca de las relaciones de Pablo con su familia. En Flp 3:8 él escribió que, por amor de Cristo, él lo había perdido todo, frase que se suele interpretar en el sentido de que, al hacerse seguidor de Cristo, su familia lo había rechazado, y quizá hasta desheredado. Pero si él tenía una hermana es muy probable que algún vínculo de afecto hubiera permanecido entre ambos, y que su hijo hubiera participado de él. Nada sabemos de ella ni en dónde vivía. Si en Jerusalén, y ambos hubieran mantenido relaciones cordiales, él se habría alojado donde ella, pero nunca lo hizo. La conjetura más probable es que ella permaneció en Tarso, mientras que su hijo había sido enviado a Jerusalén para estudiar la ley bajo un maestro reconocido, tal como lo había sido Pablo en su momento.
Al respecto vale la pena recordar que cuando Pablo escapó de Damasco porque los judíos de la ciudad querían matarlo, y fue a Jerusalén donde “disputaba con los griegos” (es decir con judíos de la diáspora de habla griega), y éstos también querían matarlo, los hermanos de Jerusalén lo enviaron a Tarso (Hch 9:29,30). Si él hubiera estado en malos términos con su familia, no lo habrían hecho, ni él lo habría aceptado. Si él permaneció en su ciudad natal algún tiempo, posiblemente recobrando fuerzas, es porque sus relaciones con sus parientes no habían sido rotas.
Pero ¿quién era el padre de ese muchacho? Nada se dice. En todo caso, el chico mantenía buenas relaciones con su tío, que podrían ser fraternales como las de su madre.
¿Cómo se había enterado el muchacho de una celada que, suponemos, había sido tramada en secreto? Quizá no lo fuera tanto. Si el joven estuvo presente cuando ellos se juramentaban, su presencia no los habría inquietado, porque desconocían su parentesco con Pablo. Sea como fuere, el joven comprendió el peligro, y fue a avisarle a su tío que, siendo ciudadano romano –como lo era probablemente también su sobrino- podía recibir visitas en la fortaleza no obstante estar preso.
17-22. “Pablo, llamando a uno de los centuriones, dijo: Lleva a este joven ante el tribuno, porque tiene cierto aviso que darle. Él entonces tomándole, le llevó al tribuno, y dijo: El preso Pablo me llamó y me rogó que trajese ante ti a este joven, que tiene algo que hablarte. El tribuno, tomándole de la mano y retirándose aparte, le preguntó: ¿Qué es lo que tienes que decirme? Él le dijo: Los judíos han convenido en rogarte que mañana lleves a Pablo ante el concilio, como que van a inquirir alguna cosa más cierta acerca de él. Pero tú no les creas; porque más de cuarenta hombres de ellos le acechan, los cuales se han juramentado bajo maldición, a no comer ni beber hasta que le hayan dado muerte; y ahora están listos esperando tu promesa. Entonces el tribuno despidió al joven, mandándole que a nadie dijese que le había dado aviso de esto.”
Lo que sigue a continuación es una muestra de las consideraciones con que Pablo era mantenido en custodia en la fortaleza, pues el centurión hizo lo que Pablo le solicitaba y llevó al joven donde el tribuno, quien, a su vez, lo recibió cortésmente, y quiso escuchar, sin que nadie más oyera, lo que el sobrino tenía que comunicarle.
El muchacho entonces le informó en detalle del complot que esta cuarentena de hombres había tramado para asesinar a Pablo. Con ese fin iban a pedirle al tribuno que llevara nuevamente a Pablo al Sanedrín, para tener ocasión de asesinarlo durante el trayecto.
El tribuno tomó muy en serio la advertencia pues él era responsable de la vida del ciudadano Pablo, y tenía que tomar todas las precauciones que fueran necesarias para que nadie pudiera asesinarlo.
Para lo que seguiría enseguida era muy importante que el sobrino no dijera a nadie que él lo había informado de la celada, y así se lo dijo, porque si los conjurados se enteraban de que su plan había sido descubierto, inmediatamente hubieran adoptado otras medidas para llevar a cabo su propósito de matar a Pablo.
Aquí vemos pues cómo Dios en su divina providencia, y en vista de sus propósitos futuros, estaba protegiendo la vida de Pablo de las amenazas que se urdían contra él, pues era ciertamente Él quien había hecho que el sobrino se enterara del plan de los conjurados, y se había asegurado de que el tribuno romano lo escuchara, y tomara enseguida las medidas necesarias para mantener a Pablo a salvo de las asechanzas contra su vida.

Notas: 1. Según A. Schlatter, se trataba de zelotes. Otros piensan que eran principalmente saduceos.
2. El sustantivo anáthema es un regalo u ofrenda, o cualquier cosa entregada para ser destruida y, por tanto, maldita. Por ej. en Dt 13:16,17 Moisés ordena que si de alguna ciudad salieran hombres que incitaran a los israelitas a adorar dioses ajenos, la ciudad, sus habitantes y todo lo que contiene deberá ser destruido por fuego, y nadie se quedará con algo del anatema (aquí esta palabra es traducción del hebreo jerem = maldito). Un ejemplo clásico del cumplimiento y de la violación de esta orden está en el cap. 6 del libro de Josué donde se narra la destrucción de Jericó y donde los israelitas mataron a todos sus habitantes (excepto a Rahab y sus familiares), y a todo su ganado, y quemaron la ciudad, salvando los utensilios de oro y plata, de bronce y de hierro que podían ser incorporados al tesoro de Jehová. Josué dio orden de que nadie tomara por su cuenta cosa alguna del anatema para no hacer que el campamento de Israel fuera a su vez anatema (Jos 6:18). Pero un israelita de nombre Acán se dejó tentar, y tomó del anatema un manto babilónico, objetos de plata y un lingote de oro y los escondió en su tienda, lo que causó que los israelitas fueran derrotados al intentar tomar la pequeña ciudad de Hai. Descubierto el culpable, él y su familia junto con su ganado fueron apedreados y después quemados (Jos 7).
Dt 7:26 dice que los ídolos de los paganos son anatema, es decir, destinados a ser quemados, así como todo aquel que los tenga en casa. Dt 21:23 dice que el que cuelga de un madero es maldito y no deberá permanecer ahí durante la noche porque contaminaría la tierra, lo cual empalma con Gal 3:13 que dice que “Cristo nos redimió de la maldición de la ley” haciéndose maldición por nosotros al haber sido suspendido de un madero, esto es, de la cruz.
En Rm 9:3 Pablo dice que él desearía “ser anatema, separado de Cristo” por sus hermanos los israelitas, si fuera posible, con tal de que ellos se conviertan. Dice también que el que no ame al Señor Jesús sea anatema, es decir, maldito (1Cor 16:22). Véase también 1Cor 12:3 y Gal 1:8,9.
De la palabra anatema se deriva el verbo anathemizó, que significa hacer un voto o juramento indisoluble que maldice al que lo incumple, que fue precisamente lo que hicieron los conjurados que se propusieron asesinar a Pablo.
3. Cabría preguntarse: Puesto que no llegaron a cumplir su malévolo cometido, como veremos luego, ¿qué pasó con ellos y con el terrible juramento que hicieron? Aunque la Escritura insiste en la seriedad de los compromisos contraídos bajo juramento o voto (Véase Nm 30:2; Dt 23:21-23), es sabido que en la práctica posterior del judaísmo, los rabinos tenían autoridad para exonerar a las personas de los votos incumplidos. Aunque la diferencia entre ambos no es muy clara, Jesús prohibió los juramentos, mas no los votos (Mt 5:33-37).
4. Respecto de la elección de Israel debe notarse que ella procede del puro amor de Dios, no de que ellos fueran más dignos que los otros pueblos, “pues vosotros eráis el más insignificante de todos los pueblos”, sino porque Dios quiso guardar el juramento que hizo a sus padres (Dt 7:7,8). La elección supone un privilegio, pero también una obligación que se expresa de diversas maneras. La primera es la de mantenerse separado de los demás pueblos para no contaminarse con sus prácticas idolátricas. Eso explica la prohibición de tomar mujeres extranjeras para sí o para sus hijos, dada en Ex 34:15,16, y reiterada en Nh 13:25. La segunda es la obediencia fiel a los mandamientos del pacto celebrado en el Sinaí (Ex 20:1-17), y a todas las disposiciones que se fueron dando después. Buena parte de los libros históricos del Antiguo Testamento están dedicados a narrar cómo Israel fue infiel a las obligaciones que le imponía el pacto celebrado con Dios, especialmente el alejarse de la  idolatría.
5. Jilíarjos = comandante de mil, término que viene de las palabras jília (mil) y arjós (jefe). En latín tribunus militum.

Amado lector: Jesús dijo: "¿De qué le sirve al hombre ganar el mundo si pierde su alma?” (Mt 16:26). Si tú no estás seguro de que cuando mueras vas a ir a gozar de la presencia de Dios, yo te invito a pedirle perdón a Dios por tus pecados haciendo una sencilla oración:
   "Jesús, tú viniste al mundo a expiar en la cruz los pecados cometidos por todos los hombres, incluyendo los míos. Yo sé que no merezco tu perdón, porque te he ofendido consciente y voluntariamente muchísimas veces, pero tú me lo ofreces gratuitamente y sin merecerlo. Yo quiero recibirlo. Me arrepiento sinceramente de todos mis pecados y de todo el mal que he cometido hasta hoy. Perdóname, Señor, te lo ruego; lava mis pecados con tu sangre; entra en mi corazón y gobierna mi vida. En adelante quiero vivir para ti y servirte."

#964 (26.02.17). Depósito Legal #2004-5581. Director: José Belaunde M. Dirección: Independencia 1231, Miraflores, Lima, Perú 18. Tel 4227218. (Resolución #003694-2004/OSD-INDECOPI).