martes, 8 de mayo de 2018

MALTRATO DE LA MUJER


MALTRATO DE LA MUJER

Si el apóstol Pablo hubiera sabido el uso que en el Perú, y en otros países donde predomina la mentalidad machista, se haría de sus palabras en Efesios 5:22 (“Las casadas estén sujetas a sus propios maridos, como al Señor.”) quizá habría dudado en ponerlas, o habría hecho alguna aclaración, porque él no pretendía condonar el abuso de la mujer.

¿La mujer casada, (o conviviente) debe someterse al marido aun cuando sea maltratada, abusada, humillada, explotada, violada por su marido? ¿Eso sería la voluntad de Dios para ella? Eso es casi lo que en algunas partes se enseña: ¡Sométete a tu marido!

Se olvida que pocas líneas más abajo el mismo Pablo escribió: “Maridos, amad a vuestras mujeres, así como Cristo amó a la iglesia, y se entregó a sí mismo por ella.” (Ef 5:25). La mujer se somete a su marido porque él la ama como Cristo ama a su iglesia, dando su vida por ella. Es decir, porque él la cuida, la protege, la levanta, la engríe, y está incluso dispuesto a morir por ella, si fuera necesario.

Hay una reciprocidad entre ambos mandatos. La mujer se somete al marido que la ama, no de palabra, ni de instinto, sino en los hechos. Si él no la trata de esa manera, si la maltrata, no puede exigirle que se someta. Y ella más bien, si es posible, debería huir de ese mal marido. A menos que ella, por amor de sus hijos, en un acto de heroísmo, escoja permanecer y someterse al martirio, esperando que el esposo sea ganado para Dios considerando como dice el apóstol Pedro “su conducta casta y respetuosa.” (1 Pedro 3:1,2).



miércoles, 2 de mayo de 2018

VIOLENCIA CONTRA LA MUJER


VIOLENCIA CONTRA LA MUJER
Por José Belaunde M.
En los últimos meses se han producido en el Perú algunos casos muy serios de maltrato de la mujer que rayan en lo inhumano.
Estos casos recientes deben ciertamente preocupar a todos los ciudadanos conscientes, porque son manifestaciones de la presencia en nuestra sociedad de una mentalidad primitiva, desconsiderada e irresponsable que tiene consecuencias muy penosas para las mujeres afectadas.
Esos casos incluyen golpizas, atropellos, acoso en las calles y violaciones, conductas todas ellas que son inaceptables en una sociedad civilizada. Y lo más vergonzoso para nosotros es que se dieron varios casos en que los agresores no recibieron la sanción penal que corresponde, porque nuestra justicia se burla de las mujeres.
Esas ocurrencias obedecen a una perversa mentalidad secular que coloca a la mujer en una situación de inferioridad y dependencia, y lo que es peor, a nivel popular considera a la violación como un acto de hombría. J.M. Arguedas escribió un cuento que grafica terriblemente esta mentalidad.
Todas esas acciones y actitudes son, como todo abuso de la fuerza física, actos de cobardía. El hombre que golpea, o maltrata físicamente a una mujer, debe ser calificado y tratado como lo que es, un cobarde. Y si viola a una mujer, de asesino, porque lo es efectivamente, dado el daño psicológico y moral que ocasiona. Desgraciadamente nuestra legislación considera la violación como un delito, no como un crimen, lo que afecta la severidad de las penas.
Teniendo en cuenta la indiferencia y pasividad con que las mujeres son a veces atendidas en las comisarías, fiscalías y otras instancias judiciales, según me consta, deben establecerse protocolos de atención de cumplimiento obligatorio, y observatorios que vigilen su cumplimiento.
Adicionalmente, como se trata de una mentalidad fuertemente arraigada en nuestra sociedad por razones históricas, es necesario que desde la etapa escolar inicial se enseñe al niño a respetar a la mujer, y a la niña a valorarse.
Después de todo ¿cómo puede nuestra sociedad subsistir sin respetar a la mujer y darle el sitial que le corresponde? Las mujeres son nuestras madres, esposas e hijas. Esto es, las madres que nos criaron, las esposas que nos aman, y las hijas que engreímos. Son ellas generalmente las que llevan el peso del hogar. Y en nuestro pueblo en muchísimos casos, las mujeres son las heroínas anónimas que sostienen con su precario trabajo, o a veces, por necesidad, con la limosna, el hogar abandonado por el hombre que engendró hijos sin asumir su responsabilidad. ¿Cómo no debemos valorarlas? ¿Qué haríamos nosotros sin ellas?

viernes, 9 de marzo de 2018

LOS CIELOS CUENTAN LA GLORIA DE DIOS


LA VIDA Y LA PALABRA
Por José Belaunde M.

LOS CIELOS CUENTAN LA GLORIA DE DIOS

REFLEXIONES EN TORNO A LA PRIMERA ESTROFA DEL SALMO 19
Uno de mis salmos favoritos, el número 19, comienza con estas palabras:
"Los cielos cuentan la gloria de Dios, y el firmamento anuncia la obra de sus manos. El día transmite al día la palabra  y la noche a la noche el conocimiento. No es lenguaje ni palabras ni es oída su voz, pero por toda la tierra salió su sonido y hasta el confín del mundo sus palabras." (Sal 19:1-4).
Este salmo nos habla de una gran verdad: la naturaleza entera entona un cántico incesante de alabanza a la gloria de su Creador. No es un cántico audible a los oídos naturales, sino una sinfonía para los ojos y oídos espirituales de los que los tienen abiertos. (Nota 1)
Por eso dice que no es un mensaje de palabras, ni es oída su voz, pero que por toda la tierra sale su sonido y hasta el confín del mundo su palabra.
En verdad, ¡qué cosa tan extraña! No emite un solo sonido y, sin embargo, su voz es oída en toda la tierra.
Para el que tiene los ojos y los oídos abiertos, todo el mundo, toda la naturaleza nos habla de SU Hacedor, y podemos ver SU imagen en todas las cosas que Él ha creado, porque todo está lleno de Él y lleva la huella de sus manos.
Por eso es que Pablo pudo escribir: "Porque las cosas invisibles de Él, su eterno poder y deidad, se hacen claramente visibles desde la creación del mundo, siendo entendidas por medio de las cosas hechas..." (Rm 1:20). Ahora sí lo entiendo: El mundo entero es su mensaje.
Dios no nos ha dejado sin pruebas de su existencia, ni sin manifestaciones de su amor. Más bien, todo en la naturaleza es prueba de su existencia, y manifestación de su amor. Y así debemos mirarla, admirarla y gozarnos en ella.

Pensemos un momento en el sol. ¿Podríamos existir sin su luz y sin su calor? Jesús dijo que Dios hace brillar SU sol sobre malos y buenos (Mt 5:45). Dios lo ha creado para nosotros, para darnos vida, calor y luz. La ciencia nos dice que toda la energía que circula y actúa en la tierra proviene del sol, es energía solar reciclada, transformada por millones de procesos físicos y químicos simultáneos e incesantes.
San Agustín decía que el sol es un símbolo de la Trinidad y nos permite, por analogía, acercarnos un poco a su misterio. Dios es como el sol, decía, el astro que rige nuestro sistema planetario. Nosotros percibimos el disco solar durante el día, el cual representa al Padre; al mismo tiempo recibimos la luz que nos alumbra y que representa al Hijo; y de otro, finalmente, sentimos el calor que el sol irradia, el cual representa al Espíritu Santo, que derrama su amor en nosotros. Pero el astro solar es uno solo, así como Dios es uno solo (2).
¿Cuántas cosas hace el sol para nuestro contentamiento y nuestro gozo? Pensemos en el espectáculo maravilloso del crepúsculo al caer la tarde, o el de la aurora cuando nace un nuevo día. No hay pintor que pueda pintar en un lienzo una combinación comparable de tonos y matices.
Muchos jóvenes han tomado la costumbre de ir a la orilla del mar a ver el "sunset", como ellos lo llaman -prestándose esa palabra del inglés, como si no la hubiera en nuestro idioma- para llenar sus ojos de la belleza de ese espectáculo extraordinario. ¿Pero quién de ellos recuerda que es Dios el que nos brinda y prepara día tras día ese cuadro glorioso, para alegrarnos y llenar nuestro ánimo de su dicha y paz? Ahí está el crepúsculo a disposición de todos, para que lo gocen por igual buenos y malos, como tantas otras cosas de la naturaleza.
También la luna nos habla del Dios que brilla en nuestras noches de infortunio, aunque a veces parece que se ocultara. Cuando todas las cosas, las personas y las circunstancias, se vuelven contra nosotros y nos rodea la oscuridad, ahí está el astro nocturno para recordarnos que Dios nunca se olvida de sus hijos y que, tras la noche de la tribulación, vendrá sin falta el día.
El mar, con su incomparable grandeza, es un símbolo de la insondable inmensidad de Dios. Nosotros vivimos sumergidos en Él como el pez en el océano, tal como dice Pablo: "En Él vivimos, nos movemos y tenemos nuestro ser" (Hch 17:28). Dios nos alimenta y nos da vida, así como todos los seres marinos se nutren y respiran del mar. Como los peces en el agua, nosotros vivimos rodeados por todas partes de Dios y no podemos salirnos de Él. Pero muchos ciegamente niegan su existencia porque no lo ven, cuando es visible a los ojos del alma. ¡Cuántas cosas se pierden!
Las olas del mar borrascoso son una imagen del poder incontrastable de Dios. Quien ha estado en medio de una tempestad en pleno océano sabe cuán frágil e impotente es el hombre frente a la fuerza desencadenada de las olas: "Porque habló e hizo levantar un viento tempestuoso, que encrespa sus olas," dice el salmista (Sal 107:25). Nosotros somos aun más inermes frente al poder de Dios que con su solo soplo puede barrernos de la existencia. Sólo Dios puede poner arena como término a la fuerza de las olas, según nos recuerda Jeremías (5:22).
Pero esas mismas olas pueden arrullarnos cuando estamos en una barca, sesteando bajo el sol no lejos de la orilla, y pueden llenarnos de paz y seguridad cuando la brisa juguetea con las ondas cerca de la playa. Así nos arrulla el amor de Dios cuando nos confiamos por entero a Él.
El aire que nos rodea por todas partes y que todo lo llena es una imagen de Dios, que llena con su Espíritu la creación entera y que todo lo penetra (Sal 139:7-12). Así como nosotros nos ahogamos si nos falta el aire, de igual manera tampoco podemos vivir sin Dios. Si Él nos falta nuestra vida se marchita y se extingue. Bien lo enseña el salmo 104: "Les quitas el hálito, y dejan de ser, y vuelven al polvo." (v.29). Pero también es verdad lo que dice el versículo siguiente: "Envías tu Espíritu y son creados y renuevas la faz de la tierra".
Por eso el viento es también un símbolo del Espíritu Santo, según palabras del propio Jesús: "El viento sopla donde quiere, y oyes su sonido; mas no sabes de dónde viene, ni a dónde va." (Jn 3:8)
En el relato del Génesis leemos que Dios sopló aliento de vida en la nariz del hombre, y éste fue un ser viviente (Gn 2:7). Una misma palabra en los idiomas hebreo (ruaj) y griego (pneuma) designa a la vez al viento y al espíritu.
Pero también el agua es símbolo del Espíritu Santo que brota de todo aquel que cree en Jesús, según clamó Él mismo un día en el templo: "El que cree en mí, como dice la Escritura, de su interior correrán ríos de agua viva." (Jn 7:38)
El agua es, sin embargo, también símbolo de la palabra que nos limpia y purifica, como les dijo Jesús a sus discípulos: "Ya vosotros estáis limpios por la palabra que os he hablado." (Jn 15:3; cf Ef 5:26)
La tierra que sostiene y alimenta a todas las criaturas es un símbolo de Dios que todo lo sustenta. Cual una gallina que empolla sus huevos, la tierra incuba, por así decirlo, a las semillas que están en su interior, las nutre con su sustancia y humedad, y les da su calor hasta que germinan y brotan. De igual manera Dios nos ha incubado en su mente desde la eternidad hasta el día en que vimos la luz por vez primera: "Mis días estaban previstos,-dice el salmista- escritos todos en un libro, sin faltar uno, cuando fui formado en lo oculto y entretejido en los más profundo de la tierra." (Sal 139:13-16).
La tierra, en la que todos somos peregrinos y transeúntes, es también un símbolo del cielo que Dios nos prepara, la tierra prometida a la cual entraremos un día a descansar de nuestras obras, "así como Dios reposó de las suyas." (Hb 4:9,10; cf Gn 2:2).
Las montañas son una imagen de la solidez y de la permanencia de Dios, tal como recitaban los peregrinos que se acercaban a la ciudad santa: "Los que confían en el Señor son como el monte de Sión, que no se mueve y permanece para siempre." (Sal 125:1).
Dios se manifiesta en las montañas cuyas cimas tocan el cielo, como ocurrió en el Sinaí, cuando descendió fuego y humo, y el monte se estremeció de manera pavorosa. Ahí, en la cumbre de la montaña, Dios le habló a Moisés y le dio las tablas de la ley, hablándole en medio de truenos y relámpagos. (Ex 19:16-20).
Los ríos son un símbolo de la fecundidad y enjundia de la palabra de Dios que alimenta a los justos plantados a su orilla, así como son regados los árboles que están sembrados "junto a las corrientes de aguas." (Sal 1:3).
Las semillas son una imagen de la palabra de Dios que, cuando es sembrada en la buena tierra del corazón humano, germina y crece y da fruto hasta ciento por uno (Mr 4:20).
El imán es una imagen del amor de Dios que nos atrae irresistiblemente como el acero a las virutas.
Más que ninguna otra cosa, el fuego es un símbolo del amor de Dios que todo lo abrasa y purifica, y en el que el Espíritu Santo nos bautiza para llenarnos de su poder para testificar (Lc 3:16; Hch 1:8;2:1-4).
La luz es un símbolo de la verdad que trajo Jesús a la tierra y que ilumina las tinieblas de nuestra ignorancia (Jn 1:4,5). El que le siga "no andará en la oscuridad, sino que tendrá la luz de la vida." (Jn 8:12)
Los colores del arco iris simbolizan los variados dones y frutos del Espíritu Santo que se funden en un solo haz de luz blanca. Pero también es el arco iris un símbolo de la fidelidad de Dios con el hombre, así como fue en el pasado una señal del pacto inconmovible que Dios estableció con Noé, de que nunca más la humanidad perecería por las aguas. (Gn 9:11-17).
Las nubes que, como una enhiesta columna, guiaron a Israel en su peregrinar de 40 años por el desierto, son un símbolo de la presencia de Dios que nunca nos deja y nos acompaña a lo largo de la vida (Ex:33; Nm 9:15-23). Cuando las ilumina el sol y las tiñe de magníficos colores, son una imagen de su incomparable majestad, como lo era la nube de gloria que descendió sobre el tabernáculo de reunión edificado por Moisés, y no dejaba que nadie entrara (Ex 40:34-38). Esa nube en particular era, es cierto, más que una imagen, una manifestación de su gloria, manifestación que el pueblo elegido necesitaba en un momento decisivo de su arduo peregrinar.
El pan es una imagen de la bondad de Dios que sacia nuestro hambre y nos alimenta. Por eso dice la gente: “bueno como el pan".
"La leche no adulterada", como bien sabemos, es un símbolo de la palabra que nutre a los recién nacidos en la fe (1P:2:2).
Toda la creación nos habla de Dios y canta a su gloria. ¿Podremos nosotros permanecer mudos y no unirnos al salmo en su alabanza que entona la naturaleza entera?
¡Oh, cuánta verdad hay en ese verso: "Los cielos cuentan la gloria de Dios, y el firmamento anuncia la obra de sus manos"! (Sal 19:1). Yo quiero unir mi voz al canto de toda la creación para darle gracias por todas las bendiciones que ha derramado sobre mí. ¿Y tú no quieres unir la tuya, a la alabanza a ese Padre que todo lo ha hecho para tu bien? ¿En cuyo seno vives y cuyo aliento respiras? ¿Que te ha dado no sólo la vida, sino todo lo que tienes? ¿Y que encima, como si todo lo anterior fuera poco, envió a su Hijo para salvarte? ¿Serías tú tan ingrato como para darle la espalda? Si empecinado lo haces, te perderás para siempre. Pero si te vuelves a Él, algún día gozarás de su presencia sin el velo de la carne. Y tu dicha no tendrá fin.
Notas: 1. Los comentaristas dicen que Dios se revela al hombre básicamente de dos maneras: por medio de la naturaleza creada, y mediante su Palabra (También puede, es cierto, hablarle al ser humano directamente al corazón mediante el Espíritu Santo). El mundo, dice un autor medieval, es un libro escrito por el dedo de Dios que todos pueden leer. Pablo alude a ese hecho en Rm 1:18-21. Y más adelante, en el vers. 10:18 cita el vers. 4 de este salmo.
La primera parte del salmo 19 (vers 1-6) habla de la primera forma de revelación; la segunda (vers. 7-11), de la revelación mediante la Palabra.
2. Esta es una ilustración figurada, no una explicación de la Trinidad, como a veces se la presenta. Las tres personas de la Trinidad no son modalidades diferentes en las que la Deidad se manifiesta, sino son personas en sí mismas distintas. Incluso la misma palabra "persona"  tomada del lenguaje común, expresa pobremente la individualidad de cada una de ellas. De qué manera las tres son a la vez uno, es un misterio que está más allá del tema de este artículo.
NB Esta charla radial, escrita el 21.01.01, fue impresa por primera vez en marzo de 2001, y luego en octubre de 2007. Se imprime por tercera vez ligeramente revisada.
Amado lector: Si tú no estás seguro de que cuando mueras vas a ir a gozar de la presencia de Dios, yo te exhorto a arrepentirte de todos tus pecados y a pedirle perdón a Dios por ellos diciendo: Jesús, yo te ruego que laves mis pecados con tu sangre. Entra en mi corazón y gobierna mi vida. En adelante quiero vivir para ti y servirte.
#956 (18.12.16). Depósito Legal #2004-5581. Director: José Belaunde M. Dirección: Independencia 1231, Miraflores, Lima, Perú 18. Tel 4227218. (Resolución #003694-2004/OSD-INDECOPI).

viernes, 2 de marzo de 2018

EL QUE TURBA SU CASA HEREDARÁ VIENTO


LA VIDA Y LA PALABRA
Por José Belaunde M.
EL QUE TURBA SU CASA HEREDARÁ VIENTO
Un Comentario de Proverbios 11:29-31
29. “El que turba su casa heredará viento; y el necio será siervo del sabio de corazón.”
Aquí hay dos preguntas que hacerse: 1) ¿Qué relación hay entre los dos esticos del proverbio? No es muy evidente; y 2) ¿Qué es turbar su casa?
La relación es, sin embargo, si se observa bien, bastante transparente: 1) el que perturba su casa y el necio son la misma persona. El sabio no turba su casa. 2) Heredar viento es lo mismo que empobrecer, lo que lleva al necio a ser siervo del sabio, que entra en posesión de los bienes del necio. Los papeles se invierten. Sabiduría y necedad producen a la larga, frutos opuestos. Podemos reformular el proverbio de esta manera: El que turba su casa empobrece, y termina sirviendo al sabio, que se enriquece con lo que él pierde.

Turbar su casa puede tener varios significados emparentados. Turba, perturba, o desordena su casa –es decir, su hogar, su familia- el que hace constante gala de mal carácter, o está siempre amargado; el que crea rivalidades entre sus miembros; el que conspira contra la estabilidad y unión de su familia mediante la infidelidad; el que administra mal el patrimonio familiar; el hijo que contrista a su padre, etc. En general, el que da mal ejemplo a sus hijos y a sus descendientes con su conducta, pues los hijos tienden a imitar el comportamiento de sus padres, para bien o para mal; y los súbditos, el comportamiento de sus gobernantes, como ocurrió con Jeroboam, que hizo pecar a Israel (1R 14:16). Las consecuencias suelen ser de largo aliento, pues Dios visita “la iniquidad de los padres sobre los hijos hasta la tercera y la cuarta generación.” (Ex 20:5)
El hecho de que se emplee el verbo “heredar” hace pensar que este versículo se aplica más a los hijos que a los padres, pero “heredar” tiene con frecuencia el sentido simple de “recibir”, como puede verse en más de un proverbio (Pr.14:18; 3:35; 28:10), y en algunos pasajes del Nuevo Testamento (Mt 25:34; Mr 10:17; 1Cor 15:50; Ap 21:7). Es decir, el que turba su casa recibe él mismo los frutos de su inconducta. Un buen ejemplo de hijos que perturbaron su casa son Amnón y Absalón, hijos de David. Ambos murieron prematuramente y de manera trágica (2Sm 13:28,29; y 18:9-15).
El segundo estico expresa una verdad que se cumple diariamente: el que actúa neciamente, de manera poco sabia, terminará sirviendo, o estando en una posición subordinada, respecto del que obra con prudencia y pondera bien las consecuencias de sus actos.
Como nos muestra el salmo 133, una familia unida por la gracia de Dios florece por las bendiciones que Dios derrama sobre ella, mientras que “toda casa dividida contra sí misma no permanecerá.” (Mt 12:25) Con frecuencia la impiedad, o la avaricia, o la mala conducta del jefe de familia son una amenaza para el bienestar de su casa y puede, de hecho, causar mucho sufrimiento a los suyos (1Sm 25:17), que pueden terminar odiándolo.
En verdad, nadie puede descuidar el bien de su alma sin perjuicio de los suyos. Ciertamente priva a su casa de las bendiciones que trae la oración ungida y el buen ejemplo, pero cuánto bien hacen a los suyos los padres que les dan buen ejemplo de rectitud y de piedad. En cambio perturba neciamente a los suyos el que neciamente hace lo que su impiedad le inspira, y él mismo hereda el viento, como dice un refrán inspirado en Oseas: El que siembra vientos, cosecha tempestades.” (8:7a).
Eso ocurrió cuando Koré y sus seguidores se levantaron en el desierto desafiando el liderazgo de Moisés: la tierra los tragó y descendieron vivos al Seol (Nm 16:31-33). Un destino trágicamente semejante corrió Acán que, por codicia, tomó un manto lujoso, y oro y plata, y lo escondió, violando la orden de destruir todo lo que se hallara en la conquista de Jericó, y que Dios había condenado al anatema. Cuando fue obligado a confesar su pecado, la congregación lo apedreó a él y a su familia, y quemó sus despojos (Js 7:1, 20-25).
Los hijos del anciano sacerdote Elí desoyeron la débil reprimenda de su padre que les reprochaba que profanaran la casa de Dios abusando de las mujeres que velaban  a la puerta del tabernáculo de reunión en Silo, para escándalo de todo el pueblo, pero él no los disciplinó con la severidad que debía, por lo que Dios le anunció que retiraría a su linaje del sacerdocio, y lo daría a otro que le fuera fiel (1 Sm 2:22-25; 27-36). Entre las palabras notables que figuran en este trágico episodio están éstas que pronunció Elí: “Si el hombre pecare contra el hombre, los jueces lo juzgarán; mas si alguno pecare contra Jehová, ¿quién rogará por él?” (v. 25).
El insensato Nabal, haciendo honor a su nombre, turbó su casa por su avaricia ofendiendo a David, que se hubiera vengado de él, destruyendo sus propiedades y a su familia si no hubiera sido por la intervención oportuna de su esposa, Abigaíl, que aplacó a tiempo la ira del futuro rey de Israel (1Sm 25:2-35).
También turbó gravemente su casa Jeroboam, que hizo pecar a las diez tribus de Israel fundiendo dos becerros de oro para que los adorara el pueblo, en vez de ir a servir al Señor en Jerusalén (1R 12:28,29), por lo que Dios hizo morir a toda su descendencia por mano de Baasa (1R 15:29,30).
30. “El fruto del justo es árbol de vida; y el que gana almas es sabio.”
Con sus palabras el justo gana a otros para el cielo. Por eso se dice que es árbol de vida.
El fruto del justo es, de un lado, su conducta; pero también las palabras con que enseña, aconseja y lleva almas a Cristo. Por eso es sabio para otros, en primer lugar, y también para sí (Pr 9:12a), porque no dejará de cosechar su recompensa. (Véase Sal.1:1-3).
La sabiduría es árbol de vida a todos los que se valen de ella y la retienen para gobernar su vida, porque todas sus veredas son paz (Pr 3:17,18).
El segundo estico podría ser el "motto", o lema, de todas las organizaciones que hacen obra evangelística.
Toda la vida del justo, sus oraciones, su enseñanza, el ejemplo que da a los demás, la influencia que ejerce, todo ello es árbol de vida para su entorno, dice acertadamente Ch. Bridges. Los que lo rodean, familiares y amigos, se alimentan de ese fruto que él produce en abundancia. ¡Pero cuán distinta es la influencia del que vive de manera contraria! Es un veneno que corrompe la sangre, y arrastra hacia al mal a muchos que lo admiran por sus logros mundanos. Pero ¿cuál será su final?
El justo es no sólo árbol de vida, sino que su boca es también manantial de vida de la que fluyen palabras que conducen a la vida eterna (Pr 10:11). Por eso bien se afirma que el que gana almas es sabio. No hay mayor sabiduría que ésa, porque sus consecuencias son eternas. Es una sabiduría que beneficia a otros, pero también al que la posee, pues recibirá su premio en su momento. Es una sabiduría que no requiere de estudios, sino de abrirse al Espíritu Santo.
Pero a nadie se puede aplicar mejor estas palabras que a Jesús, que con su muerte dio vida eterna a los que creen en Él y le obedecen. Todo el que quiera ser árbol de vida para otros seguirá sus pasos, muriendo a sí mismo. Deberá tener una sed de almas como la que llevó a Jesús al pozo de Sicar, donde vino a buscar agua la samaritana, que no tenía idea del agua que iba a encontrar, y que iba a beber de la boca de Jesús (Jn 4:).
Como bien dice Pablo, “ninguno de nosotros vive para sí, y ninguno muere para sí. Pues si vivimos, para el Señor vivimos; y si morimos, para el Señor morimos.” (Rm 14:7,8). Así también la esposa que gana para Dios a su marido incrédulo con su conducta casta y respetuosa (1P 3:1,2). Hay en la historia un caso notable de mujer que con su sabiduría, cortesía y paciencia, ganó a su esposo, el indomable rey franco Clodoveo, orgulloso vencedor de muchas batallas, pero que, gracias a ella, se rindió a los pies de Cristo.
31. “Ciertamente el justo será recompensado en la tierra; ¡Cuánto más el impío y el pecador!”
Este proverbio habla del sembrar y cosechar en esta vida. Según sea la semilla será la cosecha. “El buen árbol –dijo Jesús- no puede producir un mal fruto.” (Mt 7:18), y viceversa. Hay una recompensa que se alcanza en esta vida, y una mejor que se recibe en la otra. Igual sucede con el impío, que segará en esta vida el fruto pernicioso de sus obras venenosas; y en la otra, si no se arrepiente a tiempo, el castigo perpetuo.
¡A cuántos ha librado la vara de corrección oportuna de una condenación cierta, haciendo que el descarriado enmiende sus caminos! Como dice Salomón: “La vara y la corrección dan sabiduría.” (Pr 29:15a) El justo no puede escapar del castigo temporal merecido si alguna vez le falla a Dios, como ocurrió con Moisés y Aarón, que no honraron a Dios en las aguas de Meriba. Por ello Dios les anunció que no introducirían a la congregación de Israel en la Tierra Prometida, sino que otro lo haría en lugar suyo (Nm 20:11-13).
Algo semejante sucedió con David, a quien Dios amonestó por su adulterio por boca del profeta Natán, anunciándole que la espada no se apartaría de su casa (2Sm 12:9-12). Y con Salomón, por haberse apartado del Dios verdadero cuando era viejo, y haber adorado a los falsos dioses de sus muchas mujeres y concubinas extranjeras, por lo cual Dios le dijo que le quitaría el reino, pero no en sus días, por amor de David, sino en el reinado de su hijo, al cual le dejaría una tribu. (1R 11:4-13).
La misericordia de Dios permite que el justo sea castigado por sus faltas en la tierra, y no en el infierno, como merecería. Pablo escribe: “mas siendo juzgados, somos castigados por el Señor, para que no seamos condenados con el mundo.” (1Cor 11:32).
Si el hijo es disciplinado (“Porque el Señor al que ama, disciplina, y azota a todo el que recibe por hijo.” Hb 12:6), ¡con cuánta mayor razón lo será el pecador contumaz! Como escribe el apóstol Pedro, citando este proverbio según la versión de la Septuaginta: “Si el justo con dificultad se salva, ¿en dónde aparecerá el impío y el pecador?” (1P 4:18).
Al respecto el Venerable Beda (Nota) comenta: “Si la fragilidad de nuestra vida mortal es tan grande que ni siquiera los justos que han de ser coronados en el cielo pasan por esta vida sin sufrir tribulación a causa de las muchas fallas de su naturaleza, ¡con cuánta mayor razón aquellos que viven apartados de la gracia celestial aguardan el desenlace cierto de su condenación eterna!”
Es un hecho que nuestros actos malvados regresarán algún día para atormentarnos. ¡Ténlo muy bien en cuenta, amigo lector! No podemos librarnos de sus consecuencias, aunque los hayamos olvidado, o quisiéramos borrarlos de nuestra memoria. Eso fue lo que experimentaron los hermanos de José. Ellos lo vendieron cruelmente a unos mercaderes de paso, pensando que nunca lo volverían a ver (Gn 37:27,28). Pero cuando la necesidad los obligó a ir a Egipto a comprar trigo para no morir de hambre, se encontraron con que la persona de quién dependía que les vendieran o no el grano, era nada menos que su hermano, que había llegado a ser el hombre más poderoso de ese país después del faraón (Gn 42:1-8). Que ellos fueran bien tratados y acogidos fue gracias a la grandeza de alma de José que, pese a lo mucho que había sufrido, los había perdonado (45:1-15).
Nota: Beda fue un monje británico conocido por su piedad, y su enorme erudición que abarcaba todos los campos de la ciencia y de la literatura de su tiempo. Además de sus numerosos comentarios bíblicos, escribió una famosa Historia Eclesiástica Anglo Sajona, notable por su meticulosa metodología con la que se adelantó a su tiempo. Vivió entre 673 y 735.

Amado lector: Jesús dijo: “¿De qué le sirve al hombre ganar el mundo si pierde su alma?” (Mt 16:26) Si tú no estás seguro de que cuando mueras vas a ir a gozar de la presencia de Dios, yo te invito a arrepentirte de tus pecados, y a pedirle perdón a Dios por ellos, haciendo una sencilla oración:
"Jesús, tú viniste al mundo a expiar en la cruz los pecados cometidos por todos los hombres, incluyendo los míos. Yo sé que no merezco tu perdón, porque te he ofendido consciente y voluntariamente muchísimas veces. Me arrepiento sinceramente de todos mis pecados. Perdóname, Señor, te lo ruego; lava mis pecados con tu sangre; entra en mi corazón y gobierna mi vida. En adelante quiero vivir para ti y servirte."
#955 (11.12.16). Depósito Legal #2004-5581. Director: José Belaunde M. Dirección: Independencia 1231, Miraflores, Lima, Perú 18. Tel 4227218. (Resolución #003694-2004/OSD-INDECOPI).

miércoles, 31 de enero de 2018

¿CUÁL ES TU PRECIO?

LA VIDA Y LA PALABRA
Por José Belaunde M.
¿CUÁL ES TU PRECIO?
El presente artículo fue escrito en enero del año 2000. Fue publicado el año 2005 y nuevamente el 2010. En vista del lamentable escándalo de corrupción sistematizada que se ha destapado en los últimos meses, considero que es oportuno volverlo a publicar. Sin embargo, es importante destacar el hecho de que gran parte de la corrupción reciente denunciada fue perpetrada por una gran empresa constructora extranjera que había extendido sus tentáculos a varias esferas de la administración pública y de la actividad privada del Perú y de otros países latinoamericanos. Lo inusual de este fenómeno de corrupción sistémica es que se trataba de una política promovida por el entonces presidente del Brasil, que pretendía de esa manera ganar influencia sobre la política de nuestros países, comprometiendo en sus turbios manejos a varios de sus principales funcionarios públicos, y líderes políticos y empresariales.



Hoy día en el mundo se suele decir que todo tiene su precio, todo se vende y se compra. La conciencia de la gente tiene también su precio. Si un hombre de empresa necesita que una persona en un alto cargo tome determinada decisión que le favorezca o le facilite hacer algún negocio, va donde él, o le envía a un amigo de su parte, a indagar cuánto es lo que exige como compensación para decidir a favor suyo. Si acaso su amigo vuelve diciéndole que el funcionario no acepta plegarse a sus deseos, el empresario piensa: “Caramba, este tipo se cotiza muy alto ¿Cuánto será lo que quiere?” Y manda a su amigo de vuelta para que negocie el monto.
Y tú ¿has pensado cuál es tu precio? ¿Hasta que suma de dinero eres incorruptible, insobornable? ¿10,000 dólares? No, eso es muy poco para mí. ¿Pero si le agregan un cerito a la derecha y te susurran al oído: cien mil, estarías dispuesto a ceder? ¿Te pones firme y dices: Yo no puedo aceptar este tipo de ofertas? ¿O tratas de justificar tu venalidad diciéndote que hay ofertas que no se pueden rehusar?
Si te proponen un negocio incorrecto ¿hasta qué ganancia estás dispuesto a renunciar para mantener tu integridad?
La gente está acostumbrada a deslizar un sobre, o un billete a la persona que tiene que tramitar un expediente, para que no ponga trabas y lo haga rápido, aunque es su obligación hacerlo por el sueldo que recibe. Estas cosas son tan comunes que ya ni nos llaman la atención ni nos hacen sonrojar sino nos acomodamos a la costumbre.
Hay quienes no se venden por dinero (¡son incorruptibles!) pero sí por una “pequeña” ventaja temporal, como podría ser un viaje, o un puesto, o un honor, o una posición de cierta importancia, y no obstante, se consideran honestos. Nunca se rebajaron a recibir una coima en dinero, pero sí torcieron la verdad, o la justicia, a cambio de un beneficio de otro orden.
El personaje de Daniel en la Biblia es sumamente interesante en este respecto, y las peripecias de su vida son muy instructivas para nosotros, porque él fue un hombre público, que desempeñó altos cargos desde joven y sirvió a sucesivos gobiernos durante su larga carrera.
Él era un muchacho israelita que había sido llevado a Babilonia cuando Nabucodonosor conquistó Jerusalén, hacia fines del siglo VI antes de Cristo. El propósito del tirano era doble: de un lado privar a la nación conquistada de lo mejor de su gente, de su élite; y, de otro, aprovechar para su propia nación lo más capaz del país vencido.
El joven Daniel fue llevado a Babilonia junto con otros jóvenes que, como él, formaban parte de la aristocracia judía, y habían recibido desde niños una educación esmerada. Ahora se trataba de que aprendieran el idioma de los caldeos y se familiarizaran con las costumbres babilónicas. Si él y sus amigos demostraban ser alumnos aprovechados les esperaba una brillante carrera en su nueva patria.
El rey encargó a un hombre de su confianza el cuidado de los jóvenes israelitas, su manutención y su educación. Pero, Daniel como buen israelita, debía obedecer a las prescripciones de la ley de Moisés acerca de los alimentos, y había ciertos manjares y ciertas bebidas que le estaban prohibidas.
Dice la Escritura: "Daniel se propuso no contaminarse con la porción de la comida del rey, ni con el vino que él bebía; pidió por tanto a su tutor que no se le obligase a contaminarse." (Dn 1:8). Y el funcionario, aunque con algunas dudas, accedió a su petición.
Daniel y sus compañeros rehusaron gustar de la comida del rey, a pesar de que eso significaba correr el riesgo de disgustar a su tutor y, peor aún, de suscitar la cólera del soberano. En esa época los reyes no se andaban con contemplaciones. Si alguien se oponía a sus deseos, simplemente lo mandaban matar.
Pero Daniel no condescendió con las satisfacciones y halagos que le ofrecía el mundo: una mesa bien servida, vino abundante, diversiones y encima, una brillante carrera y formar parte del grupo privilegiado.
¿Cuántas veces nos hemos encontrado en situaciones parecidas?  Se nos ofrecen tales o cuales ventajas, con tal de que cedamos en nuestros principios. ¿Mantenemos entonces nuestra integridad o nos acomodamos? ¿Estamos dispuestos, por razones de conciencia, a renunciar a las ventajas que nos ofrecen, o peor, a ser marginados por no colaborar?
Si eres profesional ¿te negarías a hacer lo que tu conciencia te prohíbe, pese a las amenazas de represalias?
Si eres juez ¿cambiarías la sentencia a favor del culpable porque alguien bien situado te lo ordena? (Nota) ¿Estás dispuesto a arriesgar que te cambien de colocación, o que te acusen falsamente de prevaricato, por no ceder a las presiones?
Si eres investigador, o fiscal ¿cambiarías el atestado policial por una buena oferta de dinero, o por la promesa de un ascenso? ¿Acusarías al inocente por un fajo de billetes?
Si eres médico ¿esterilizarías a esa pobre campesina ignorante, sin explicarle claramente lo que esa operación significa, o sin que su esposo esté de acuerdo? Hubo pocos médicos que se negaron hace pocos años a hacerlo por temor de perder su puesto y su sueldo.
¿Harías abortar a esa joven por una buena suma de dinero?
Si estás a cargo de las compras en una repartición pública, ¿harías pedidos innecesarios en complicidad con otros colegas para recibir la comisión que te ofrece el vendedor? ¿Te contentas con el diez por ciento para otorgar la buena pro, o pides más? ¿O te niegas, más bien, como debieras, a recibir un centavo?
Casos como los que menciono ocurren a diario en la administración pública, en los negocios, y en todas las profesiones. Y ahí es cuando se descubre el temple de nuestra integridad de carácter, y de nuestras convicciones.
Queremos formar parte de la collera, del grupo de amigos "in", de los que son invitados a reuniones de diversión privadas, de los que están al tanto de las mejores oportunidades para hacer dinero, de los que se benefician con los repartos o de los ascensos.
Hoy más nunca reinan los que venden su conciencia. ¿Cuál es tu precio? ¿Ya lo has fijado?
Seguir a Cristo también tiene su precio, pero es un precio de naturaleza diferente, que no siempre se mide en dinero. Porque puede pedírsenos que mintamos ante la opinión pública, o que tomemos parte en manejos que nuestra conciencia reprueba; o que nos adhiramos a ciertos grupos políticos, o a ciertas fraternidades que nos ofrecen apoyo de colegas; o, simplemente, se nos pide que neguemos nuestra fe cristiana.
El apóstol Pedro se encontró una vez en una situación de peligro parecida y, para escapar de ella, negó que era amigo de Jesús. Si él decía que sí, si admitía que era su amigo, quizá lo hubieran involucrado en el juicio como cómplice, y hubiera acabado en la cruz junto con su maestro. Él lo amaba, por cierto, pero no tanto como para arriesgar la vida, o como para ser torturado por su causa.
Sin embargo, Pedro le había jurado poco antes a Jesús que estaba dispuesto a morir por Él. Pero llegado el momento de la prueba, más pudo el miedo. Cuando cantó el gallo, y se acordó del anuncio que le había hecho Jesús, ya era tarde, ya lo había traicionado.
¿A qué le temes tú más? ¿A desafiar la ira del rey, de los poderosos, o a desafiar la ira de Dios? Los reyes, los poderosos de este mundo, son muchas veces testaferros del diablo, sus emisarios. Vienen de su parte para tentarte, para probar el temple de tu conciencia. Cuando te vengan a hacer determinadas ofertas, mira bien los pies de la persona que te las hace, a ver si descubres las pezuñas del cachudo.
¿A quién le temes tú más? ¿A Dios, o a la gente del mundo, o a la sociedad, o a los poderosos? ¿Ante quién tiemblas?
Jesús dijo: "No temáis a los que matan el cuerpo mas no pueden matar el alma; temed más bien a Aquel que puede destruir alma y cuerpo en el infierno" (Mt 10:28). Hay quienes creen que Jesús se está refiriendo en ese pasaje al diablo, pero no se está refiriendo al diablo, sino a Dios. Sólo a Dios debemos temer. El diablo puede torturarnos en el infierno pero no puede mandarnos ahí, ni destruirnos. Sólo Dios puede hacerlo.
También dijo Jesús: "¿Qué provecho sacará el hombre con ganar el mundo entero si pierde su alma?” (Mt 16:26). Si pierdes tu alma, lo perdiste todo, porque los bienes son muchos, pero el alma es una sola. Además el bien que pudiste ganar a cambio de tu alma dura muy poco. En cambio tu alma es eterna.
Antes Él había dicho: "Todo el que quiera salvar su vida, la perderá; y todo el que pierda su vida por mi causa, la encontrará". (Mt 16:25). Esa es la gran promesa de Jesús. Lo que tú estés dispuesto a renunciar por mantenerte fiel a Jesús, inclusive la vida, lo recuperarás mil veces aumentado, multiplicado, en este mundo, o en el otro.
Dios premió la fidelidad de Daniel y de sus compañeros haciendo que ellos encontraran gracia con el funcionario que se encargaba de ellos; haciendo que no se demacraran, como temía el tutor, por el hecho de comer sólo legumbres, y otros alimentos permitidos a los israelitas (Dn 1:12-15); y, por último, los premió dándoles más sabiduría que a los otros jóvenes de su edad (Dn1:19,20), de tal manera que destacaran temprano sobre los demás del grupo. Porque dice el texto sagrado que el rey se mostró satisfecho con ellos y los convirtió en sus consejeros.
Ser fieles a Dios conlleva un precio, pero trae consigo también una recompensa. Por de pronto, mayor sabiduría y autoridad. Puede haber sacrificios que afrontar, esto es, renunciar a los premios que da el mundo a los que se doblegan; y puede haber peligros que sortear, incluso el de arriesgar la vida; pero, al final, Dios nos premia y su recompensa tiene mucho mayor valor que las satisfacciones transitorias que ofrece el mundo.
En última instancia, aunque al principio te critiquen o se burlen de ti, al final te admirarán por la solidez de tus principios, y de tu carácter, te elogiarán públicamente. Porque no hay mucha gente incorruptible en el mundo, y esos pocos terminan siendo admirados y premiados hasta por aquellos que los criticaban.
Pero el mayor premio que puedes obtener es la paz de una conciencia tranquila, de un sueño imperturbado. Si hubieras consentido en lo que te proponían, si hubieras aceptado el soborno ¿cómo te hubieras sentido? ¿Estarías contento de ti mismo? Y si el asunto llegara a ser público ¿con qué cara mirarías a tus hijos que veían en ti a su modelo?
Nota: Debemos admitir con vergüenza que estas cosas suceden con frecuencia en nuestro poder judicial, y no sólo porque alguien bien situado lo ordena, sino también porque se ofrece una atractiva recompensa dineraria.
Amado lector: Si tú no estás seguro de que cuando mueras vas a ir a la presencia de Dios, yo te exhorto a arrepentirte de todos tus pecados y te invito a pedirle a Dios perdón por ellos, a la vez que lo invitas a entrar en tu corazón y a ser el Señor de tu vida.

#1014 (04.02.18). Depósito Legal #2004-5581. Director: José Belaunde M. Dirección: Independencia 1231, Miraflores, Lima, Perú 18. Tel 4227218. (Resolución #003694-2004/OSD-INDECOPI).