viernes, 19 de julio de 2019

DEFENSA DE PABLO ANTE AGRIPA II


LA VIDA Y LA PALABRA
Por José Belaunde M.
DEFENSA DE PABLO ANTE AGRIPA II
Un Comentario de Hechos 26:12-23
En el artículo anterior hemos visto cómo Pablo, presentado en audiencia solemne ante el rey Herodes Agripa II, hace una corta reseña de su vida previa como fanático fariseo, y cómo consideraba su deber perseguir a los seguidores de Jesús de Nazaret en Jerusalén y en las ciudades de la diáspora.
12-14. “Ocupado en esto, iba yo a Damasco con poderes y en comisión de los principales sacerdotes, cuando a mediodía, oh rey, yendo por el camino, vi una luz del cielo que sobrepasaba el resplandor del sol, la cual me rodeó a mí y a los que iban conmigo. Y habiendo caído todos nosotros en tierra, oí una voz que me hablaba, y decía en lengua hebrea: Saulo, Saulo, ¿por qué me persigues? Dura cosa te es dar coces contra el aguijón.”
Yendo camino a Damasco para llevar adelante esta tarea, de pronto vieron él y los que lo acompañaban una luz deslumbrante que los hizo caer al suelo, y él oyó una voz potente que le hablaba en su propio idioma (Nota 1) y le preguntaba ¿Por qué me persigues?, añadiendo “Dura cosa te es dar coces contra el aguijón”. (2). Este es un conocido refrán de la época referido al hecho de que cuando los pastores llevaban al ganado de un sitio a otro en el campo, para impedir que se detuvieran a mordisquear el pasto o algún arbusto, les daban hincones con un palo largo armado de una punta. Los animales reaccionaban dando patadas con las patas posteriores, que siendo cortas, no alcanzaban al que los aguijoneaba.

Jesús le está diciendo a Saulo: De más está que tú trates de sofocar la voz de tu conciencia y mi llamado para que me sirvas, porque no puedes escapar de mí. Ese dicho nos sugiere que Pablo, posiblemente desde que presenció el lapidamiento de Esteban (Hch 7:58), sentía en el fondo de su corazón la verdad del mensaje del Evangelio, y que, no queriendo renunciar a lo que él siempre había creído, perseguía a los cristianos con furia para acallar esa creciente convicción interna.
15. “Yo entonces dije: ¿Quién eres, Señor? Y el Señor dijo: Yo soy Jesús, a quien tú persigues.” 
Saulo no dudó un instante de que era una voz de lo alto la que le hablaba, y preguntó a su vez: ¿Quién eres Señor? ¿Quién eres tú que eres capaz de aparecerte a mí envuelto en una luz más brillante que el sol? La respuesta vino clara y contundente: “Yo soy Jesús a quien tú persigues”.
Yo soy Aquel a quien tú realmente persigues y acosas en la persona de mis seguidores; soy Yo, tu Señor y tu Dios, y no ellos el blanco de tus ataques y de tu furia. Pero cesa ya de resistirte, porque yo tengo una misión que encargarte.
A propósito de la luz resplandeciente que vio Pablo en esa ocasión y cuyo brillo lo dejó ciego, el padre de la iglesia, Efrén, el sirio (306-373), comenta que si hace daño mirar directamente a la luz del sol, que pertenece al mismo orden físico natural que los ojos humanos, cuánto mayor será el daño que cause mirar una luz de lo alto, que es de un orden sobrenatural al que nunca los ojos humanos han estado acostumbrados.
16-18. “Pero levántate, y ponte sobre tus pies; porque para esto he aparecido a ti, para ponerte por ministro y testigo de las cosas que has visto, y de aquellas en que me apareceré a ti, librándote de tu pueblo, y de los gentiles, a quienes ahora te envío, para que abras sus ojos, para que se conviertan de las tinieblas a la luz, y de la potestad de Satanás a Dios; para que reciban, por la fe que es en mí, perdón de pecados y herencia entre los santificados.”
En estas frases Pablo resume el llamado repetido que él ha recibido del Señor en diversas ocasiones, sea directamente (como cuando estando orando en el templo, oyó la voz de Jesús, 22:18), o a través de Ananías (22:14-16), agregando esta vez algunos elementos nuevos que no se  mencionaron en el primer relato de su conversión (9:7).
Las palabras de esta comisión: “Levántate y ponte en pie”, y “a quienes ahora te envío”, recuerdan las frases del llamado inicial que Dios hizo al profeta Ezequiel: “Me dijo: Hijo de hombre, ponte sobre tus pies, y hablaré contigo” y “yo te envío a los hijos de Israel” (Ez 2:1,3); así como el llamado hecho al joven Jeremías: “Porque a todo lo que te envíe irás tú y dirás todo lo que te mande”, “porque yo estoy contigo para librarte”. (Jr 1:7,8).
“Porque para esto me he aparecido a ti, para ponerte por ministro y testigo de las cosas que has visto, y de aquellas en que me apareceré a ti.” (cf 22:14,15). Estas palabras incluyen  las experiencias que Pablo tuvo, o tendrá, desde que recibió su llamado camino a Damasco, y las cosas que el Señor le ha revelado directamente, como, por ejemplo, la visión que tuvo en Éfeso ordenándole que predicara sin temor en esa ciudad, porque Él tenía ahí mucho pueblo (18:9,10); o también en Jerusalén, cuando estando orando en el templo, le ordenó que se fuera de la ciudad porque no recibirían su testimonio, y que fuera a predicar a los gentiles (22:17-21); o más adelante, anunciándole que daría testimonio de Él en Roma (23:11); o cuando estando en medio de la tempestad con grave peligro de sus vidas, el Señor le aseguró que todos los ocupantes del barco se salvarían (27:23-25). En 2Cor 12:1-7 Pablo cuenta cómo una vez fue arrebatado hasta el tercer cielo, y oyó palabras que no ha sido dado al hombre expresar. Por todo ello él pudo afirmar en Gálatas que el evangelio que él predicaba no le fue enseñado por ningún hombre, sino que le fue revelado directamente por Jesucristo (1:11,12).
“Librándote de tu pueblo y de los gentiles, a quienes ahora te envío”, tal como Dios, siglos atrás, llamó a Isaías: “Yo Jehová te he llamado en justicia, y te sostendré por la mano; te guardaré y te pondré por pacto al pueblo, por luz de las naciones” (Is 42:6, cf 49:6).
Se recordará que cuando Pablo hizo su defensa ante el pueblo, al citar la frase del llamado que le hizo Jesús, que se refería a los gentiles (Hch 22:21), provocó un alboroto tal entre sus oyentes que no pudo seguir hablando. Ésta era la gran piedra de tropiezo que para los judíos tenía el ministerio de Pablo, que el mensaje de Dios, que ellos consideraban que estaba exclusivamente dirigido a ellos, como pueblo escogido, se hiciera extensivo a todos los pueblos de la tierra, esto es, a los no judíos, que ellos despectivamente llamaban “gentiles”. Ése era el motivo por el cual le odiaban tanto.
En otro lugar Pablo ha dicho que a él le fue revelado el misterio que no había sido revelado anteriormente, “que los gentiles son coherederos y miembros del mismo cuerpo, y copartícipes de la promesa en Cristo Jesús por medio del evangelio.” (Ef 3:6, pero léase todo el párrafo del 1 al 7). La predicación del evangelio a los gentiles no era un capricho de Pablo, sino era parte del plan de Dios para la redención del género humano, y fue la misión específica que el Señor le confió como apóstol, tal como le dijo más de una vez, y él con frecuencia afirma (Rm 11:13; 15:16; Gal 1:16; Ef 3:8; 1Tm 2:7, etc.)
Por lo demás la salvación de los gentiles había sido repetidas veces anunciada por los profetas, en especial por Isaías (42:1-6; 49:6 –pasaje que Simeón cita en su himno, Lc 2:32- 60:3; 66:12-21), pero también Jeremías 16:19-21; y Malaquías 1:11. Al oponerse a la predicación a los gentiles, los judíos se oponían al designio manifiesto de Dios, que ya Moisés había dejado entrever (Dt  32:21).
“Para que abras sus ojos, para que se conviertan de las tinieblas a la luz, y de la potestad de Satanás a Dios”. Estas palabras son un eco de las dichas a Isaías: “Para que abras los ojos de los ciegos, para que saques de la cárcel a los presos, y de casas de prisión a los que moran en tinieblas.” (42:7; cf 16) y se encuentran también en la carta que el apóstol dirige a los Colosenses: “Con gozo dando gracias al Padre que nos hizo aptos para participar de la herencia de los santos en luz; el cual nos ha librado de la potestad de las tinieblas, y trasladado al reino de su amado Hijo, en quien tenemos redención por susangre, el perdón de pecados.” (Col 1:12-14; cf 1P 2:9. Véase  también 2Cor 4:4).
He aquí, sucintamente descrita, la gran obra que realiza la predicación del evangelio, donde quiera que es creído: Saca a las personas de la esclavitud del pecado en que vivían, y las hace criaturas nuevas, capaces de resistir a las tentaciones por el poder de Cristo que habita en ellas, a la vez que les revela las verdades sobrenaturales que hasta entonces desconocían.
Las últimas palabras del llamado de Pablo apuntan a un aspecto nuevo en el mensaje del Evangelio: “para que reciban por la fe que es en mí perdón de pecados…” La fe en Cristo borra los pecados y nos hace hijos de Dios (Jn 1:12), a la vez que nos abre las puertas de la salvación (Hch 10:43; Lc 8:48; Ef 2:8).
Pablo lo expresa claramente en Gálatas: “Pues todos sois hijos de Dios por la fe en Cristo Jesús” (3:26), tal como expone en Rm 3:21-24, y en Rm 8:17: “Y si hijos, también herederos, herederos de Dios y coherederos con Cristo…”.
Con buen motivo, pues, a la salvación se le llama “herencia entre los santificados”. Herencia es una posesión que se recibe gratuitamente, es decir, sin haber tenido que ganarla con esfuerzo, y que, a la vez, se recibe como un derecho, en este caso, que otro ganó para uno. Todo el que pertenece a Cristo, y ha sido revestido del hombre nuevo (Col 3:10), al recibir el espíritu de adopción como hijo (Rm 8:15), es heredero de las promesas hechas a Abraham (Gal 3:29).
¿Quiénes son los santificados? Los que han lavado sus ropas con la sangre del Cordero (Ap 7:14b), es decir, aquellos cuyos pecados han sido perdonados porque creyeron en el sacrificio de Jesús. El versículo 18 de este capítulo es como un título de propiedad que recibe todo cristiano por el hecho de haber creído y ser hijo de Dios. Atesóralo en tu corazón como tu posesión más valiosa.
19-21. “Por lo cual, oh rey Agripa, no fui rebelde a la visión celestial, sino que anuncié primeramente a los que están en Damasco, y Jerusalén, y por toda la tierra de Judea, y a los gentiles, que se arrepintiesen y se convirtiesen a Dios, haciendo obras dignas de arrepentimiento. Por causa de esto los judíos, prendiéndome en el templo, intentaron matarme.”
Pablo dice que él obedeció inmediatamente al llamado de Jesús. “No fui rebelde”, esto es, no me resistí a hacer lo que se me pedía, a pesar de que iba en contra de todo lo que había hecho antes. Fue un “volte face” súbito, un giro repentino de 180 grados. Eso es lo que ha llamado la atención de muchos en la conversión de Pablo: Que de pronto, sin ninguna etapa de transición, pasara a hacer apasionadamente lo contrario de lo que antes hacía con todo empeño. En efecto, en adelante Pablo conocerá un solo Señor, a Jesús crucificado y resucitado, y él hará sin dudar todo lo que su Señor le ordene. ¡Oh, cómo tuviéramos todos una consagración semejante! Que su caso nos sirva de ejemplo.
Enseguida empezó Pablo la obra de evangelización que lo convirtió en el más grande de los apóstoles, primero entre los de su pueblo, y luego entre los gentiles que fueron siempre considerados como excluidos de las promesas de Dios, por lo cual él era perseguido encarnizadamente por los judíos, que llegaron incluso a querer matarlo cuando fue encontrado en el templo de Jerusalén. Ellos consideraban inaudito, y como una traición a su pueblo, que él ofreciera a los gentiles los mismos privilegios espirituales que se preciaban de que fueran exclusivos de ellos. (3)
¿Y qué predicaba él a unos y otros? Lo mismo que predicaba el Bautista (Mt 3:2,8; Lc 3:8), y Jesús al inicio de su ministerio, esto es, el arrepentimiento (Mt 4:17). El mensaje no ha cambiado: Lo que se debe predicar a los incrédulos es que crean en Jesús y se arrepientan de sus pecados cambiando de vida. No el amor, o que sean buenas personas, o buenos ciudadanos, o que adquieran ciertas cualidades. Eso lo hará la gracia después.
22,23. “Pero habiendo obtenido auxilio de Dios, persevero hasta el día de hoy, dando testimonio a pequeños y a grandes, no diciendo nada fuera de las cosas que los profetas y Moisés dijeron que habían de suceder: Que el Cristo había de padecer, y ser el primero de la resurrección de los muertos, para anunciar luz al pueblo y a los gentiles.”
Pablo reconoce que Dios vino en su ayuda para librarlo de los peligros que lo acechaban, y que eso le ha permitido perseverar en la misión que Dios le ha dado de hablar tanto a los grandes de este mundo como a las personas del pueblo, de las cosas de las que él ha sido testigo. Pero asegura que él no afirma nada que no sea lo anunciado por los profetas antiguos de Israel, y por el mismo Moisés en la ley, esto es, que el Mesías esperado por Israel tenía que ser rechazado por las autoridades de su pueblo, que lo iban a juzgar y hacer condenar a muerte injustamente, pero que Dios lo levantaría de los muertos por el poder de su Espíritu como primicia entre los muertos, para que en su Nombre se anunciase la salvación a todos, tanto a los de su propio pueblo, como a los gentiles, a quienes también ahora la gracia de Dios alcanza. (4)
Cuando Pablo dice que Jesús fue el primero en resucitar de los muertos, está diciendo que a su resurrección seguirá la de otros. La resurrección de Jesús es la garantía de la resurrección de todos (1Cor 15:20-23).

Notas: 1. El texto dice “en lengua hebrea”. ¿Quiere decir la lengua que se hablaba comúnmente en Judea, esto es, en arameo, o propiamente el antiguo idioma hebreo que según algunos había caído en desuso? Aunque el tema sea ahora muy debatido, tradicionalmente se ha pensado que, salvo en Apocalipsis, siempre que en el Nuevo Testamento se menciona al idioma hebreo, se refiere al arameo.
2. Según Hch 22:9 sus acompañantes vieron la luz –aunque seguramente no con la misma intensidad con que la vio Pablo- y oyeron la voz, pero no entendieron lo que decía.
3. Era muy importante para la causa de Pablo que el rey Agripa, dada su cercanía con Nerón, estuviera bien enterado de la causa de la animosidad de los judíos contra él, porque su opinión tendría peso cuando se le juzgara en Roma.
4. Es probable que Pablo citara en este punto todos los pasajes del Antiguo Testamento que habían encontrado su cumplimiento en la vida, muerte y resurrección de Jesús.
Amado lector: Jesús dijo: "¿De qué le sirve al hombre ganar el mundo si pierde su alma?” (Mt 16:26). Si tú no estás seguro de que cuando mueras vas a ir a gozar de la presencia de Dios, yo te invito a pedirle perdón a Dios por tus pecados haciendo una sencilla oración:
   "Jesús, tú viniste al mundo a expiar en la cruz los pecados cometidos por todos los hombres, incluyendo los míos. Yo sé que no merezco tu perdón, porque te he ofendido consciente y voluntariamente muchísimas veces, pero tú me lo ofreces gratuitamente y sin merecerlo. Yo quiero recibirlo. Me arrepiento sinceramente de todos mis pecados y de todo el mal que he cometido hasta hoy. Perdóname, Señor, te lo ruego; lava mis pecados con tu sangre; entra en mi corazón y gobierna mi vida. En adelante quiero vivir para ti y servirte."
 #976 (21.05.17). Depósito Legal #2004-5581. Director: José Belaunde M. Dirección: Independencia 1231, Miraflores, Lima, Perú 18. Tel 4227218. (Resolución #003694-2004/OSD-INDECOPI).


viernes, 7 de junio de 2019

DEFENSA DE PABLO ANTE AGRIPA I


  LA VIDA Y LA PALABRA
Por José Belaunde M.
DEFENSA DE PABLO ANTE AGRIPA I
Un Comentario de Hechos 26:1-11

No podemos dejar de notar que con esta audiencia se estaba cumpliendo lo que el Señor le había anunciado a Pablo, que daría testimonio ante reyes “en presencia de los gentiles”, pues muchos de los que constituían la audiencia lo eran; y “de los hijos de Israel”, pues muchos de ellos estaban presentes; y todos los asistentes en esta oportunidad eran personas de alto rango (Hch 9:15).
26:1. “Entonces Agripa dijo a Pablo: Se te permite hablar por ti mismo. Pablo entonces, extendiendo la mano, comenzó así su defensa:”
Después de la alocución introductoria que Festo dirige al rey Agripa poniéndolo al corriente de los hechos que convocan la reunión, el rey se dirige a Pablo diciéndole “Se te permite hablar…”. No es un derecho que tenga Pablo, es una concesión que se le hace de que tenga oportunidad de exponer su causa. Son palabras que dirige el que está arriba en autoridad, el que ocupa con soberbia el lugar del juez, al que está abajo, al acusado, al que se mira con desconfianza, aunque no hay acusación concreta que hacerle.

Pensemos en el contraste que ofrecen las personas que lo escuchan, las autoridades romanas y sus invitados, el rey y su comitiva, todos vestidos de gala para la ocasión, y Pablo, cuyo aspecto físico no era nada impresionante, calvo y bajo de talla, sus piernas arqueadas, y llevando puesta una ropa gastada y vieja, como la gente común.
No obstante, Pablo no se inmuta, no pierde la seguridad en sí mismo que le da el Espíritu Santo. Suponemos que estaba de pie, como todo acusado, pero él no baja la cabeza, no empieza balbuceando, sino extiende su mano en señal de autoridad, pidiendo silencio, y habla con voz firme. Su sola actitud segura debe haber impresionado al rey y a Berenice, por no decir a Festo.
Notemos que el discurso de Pablo que sigue a continuación cubre el mismo terreno que expuso en su defensa ante el pueblo amotinado cuando estaba de pie en la torre Antonia (Hech 22:1-21), sólo que ahora, acomodándose a una audiencia diferente, el lenguaje que emplea es más elegante y pausado, y está especialmente dirigido para impresionar a Agripa.
Según F.F. Bruce en el discurso de autodefensa de Pablo, que se extiende hasta el vers. 23, pueden distinguirse siete partes: 1) El exordio (v. 2 y 3); 2) Su herencia farisea (v. 4-8); 3) Su celo perseguidor contra los nazarenos (v. 9-11); 4) Su visión camino a Damasco, acontecimiento que cambió radicalmente el curso y sentido de su vida (v.12-18). Preguntémonos de paso, ¿hay alguna vida que pueda permanecer siendo la misma, y no ser completamente cambiada si se encuentra súbita e inesperadamente con Jesús? 5) Su obediencia sin fallas a la visión (v. 19,20); 6) Su arresto en el templo (v.21); y 7) Su enseñanza (v.22,23).
2,3. “Me tengo por dichoso, oh rey Agripa, de que haya de defenderme hoy delante de ti de todas las cosas de que soy acusado por los judíos. Mayormente porque tú conoces todas las costumbres y cuestiones que hay entre los judíos; por lo cual te ruego que me oigas con paciencia.”
Pablo omite las palabras de halago que suelen dirigirse a los poderosos en ocasiones semejantes para atraerse su favor, y se limita a decirle que se considera afortunado de que pueda defenderse ante él de las acusaciones que le han hecho por un motivo de orden práctico: Por su nacimiento y educación el rey conoce, las Escrituras del pueblo judío, la ley, los profetas y los escritos, y podrá entender los argumentos que él esgrima, no como los funcionarios romanos que no entienden de esas cosas. Él invoca la paciencia del rey para que pueda explayarse con tranquilidad.
4,5. “Mi vida, pues, desde mi juventud, la cual desde el principio pasé en mi nación, en Jerusalén, la conocen todos los judíos; los cuales también saben que yo desde el principio, si quieren testificarlo, conforme a la más rigurosa secta de nuestra religión, viví fariseo.”
Lo que yo he hecho y cómo he vivido lo conocen todos los judíos, dice él, porque desde joven ha vivido en Jerusalén (dando con ello a entender que él no nació ahí) y pertenecía a la secta de los fariseos que es la más estricta y exigente de nuestra religión. De eso pueden dar fe todos los que me acusan, si quieren decir la verdad.
6,7. “Y ahora, por la esperanza de la promesa que hizo Dios a nuestros padres soy llamado a juicio; promesa cuyo cumplimiento esperan que han de alcanzar nuestras doce tribus, sirviendo constantemente a Dios de día y de noche. Por esta esperanza, oh rey Agripa, soy acusado por los judíos.”
Pablo ahora muy astutamente sitúa la acusación que se le dirige, que en realidad era de haber introducido a un no judío en el área del templo vedada a los gentiles, al campo de las discrepancias entre fariseos y saduceos sobre la esperanza de la resurrección de los muertos, que los segundos niegan, pero que los primeros afirman vehementemente como parte esencial de las promesas de Dios a Israel. (Nota). Es como si dijera, yo estoy aquí ante este tribunal por una cuestión de doctrina, tema que no tiene nada de criminal, sino que algunos del partido de los saduceos han tomado demasiado a pecho que yo defienda el punto de vista fariseo. Pablo asume que Agripa cree en la resurrección o, al menos, no lo considera imposible, si no está plenamente convencido de ella. Pablo es sin duda consciente de que el rey es un hombre frívolo, que no tiene convicciones religiosas profundas y que, por tanto, no está dispuesto a condenar a nadie por diferencias de opiniones en esos temas. Pablo incide en este tema porque le va a permitir hablar más delante de Jesús resucitado.
8. “¡Qué! ¿Se juzga entre vosotros cosa increíble que Dios resucite a los muertos?”
En este momento Pablo lanza una pregunta en forma de reto no sólo al rey Agripa y a su hermana, sino a todos los que le escuchan: ¿Es cosa increíble que Dios pueda resucitar a los muertos? Como si dijera: Siendo Él todopoderoso, ¿no sería Él capaz de hacerlo? ¿Lo creen ustedes? ¿O hay algo imposible para Dios? Si Jesús, viviendo entre nosotros como hombre, resucitó a un difunto más de una vez, ¿el Dios omnipotente no podría hacer lo que anuncian las Escrituras? (Véase Sal 16:9,19; cf Hch 2:26,27).
En este momento Lucas empieza a narrar por tercera vez la historia de la conversión de Pablo. Ya lo ha hecho al relatar lo ocurrido cuando Pablo iba camino a Damasco (Hch 9:1-19), y cuando Pablo se defiende ante el pueblo (22:6-16). ¿Para qué lo hace de nuevo? Según el abogado John W. Mauck, autor del interesante libro “Paul on Trial”, que hace un análisis desde el punto de vista legal de éste y otros pasajes del libro de Hechos, Lucas lo hace: a) para introducir nuevos argumentos legales que sirvan a Pablo cuando sea juzgado por el tribunal del César en Roma; b) para dar un énfasis especial a determinados argumentos; c) con propósitos de evangelización al narrar su extraordinario encuentro con Jesús; y d) para recurrir eventualmente a la influencia política, teniendo en cuenta la cercanía de Agripa con Nerón. En el desarrollo de este artículo y de los dos subsiguientes de este mismo título se va a incidir en estos temas.
9,10a. “Yo ciertamente había creído mi deber hacer muchas cosas contra el nombre de Jesús de Nazaret; lo cual también hice en Jerusalén.”
Pablo dice que él consideraba como deber suyo perseguir a los seguidores de Jesús de Nazaret que había entre su pueblo. Más exactamente dice que consideraba su deber actuar “contra el nombre de Jesús de Nazaret”, esto es, negando no solamente a la persona y a lo que se contaba acerca de su vida, obra y milagros, sino también su dignidad y autoridad como enviado de Dios y Mesías. ¿Por qué lo consideraba su deber? Porque Jesús había sido condenado por el Sanedrín como un malhechor, blasfemo, falsario e impostor, y que había sufrido una muerte infame.
Para entender por qué a un judío como Saulo, plenamente convencido de la verdad de las promesas hechas por Dios a su pueblo sobre el futuro Mesías que restauraría el poder de su pueblo y derrotaría a sus enemigos, la prédica acerca de Jesús era absurda, hay que tener en cuenta que la sola noción de un Mesías que muera era incoherente, peligrosa y herética. El Mesías esperado por Israel vendría a triunfar, no a morir en manos de gentiles. Saulo tenía quizá ya entonces la intuición premonitoria de que la doctrina tradicional del judaísmo y lo predicado por los nazarenos eran mutuamente incluyentes. No cabía compromiso entre ambos aunque los segundos siguieran asistiendo a las sinagogas.
10b. “Yo encerré en cárceles a muchos de los santos, habiendo recibido poderes de los principales sacerdotes; y cuando los mataron, yo di mi voto.”
Armado de los poderes que le habían otorgado las autoridades del templo (que en asuntos de religión los romanos reconocían) él hacía meter en la cárcel a muchos de los partidarios de esta execrable herejía, (notemos que Pablo, ya convertido, los llama “santos” a los creyentes en Jesús). La frase “cuando los mataron, yo di mi voto” puede referirse a la muerte de Esteban, aunque no es seguro. Podría tratarse de otros nazarenos que fueron juzgados en las sinagogas, cuyos directivos podían constituir un tribunal menor, y en cuyos casos él hubiera podido votar, casos que, sin embargo, el libro de Lucas no registra.
11. “Y muchas veces, castigándolos en todas las sinagogas, los forcé a blasfemar; y enfurecido sobremanera contra ellos, los perseguí hasta en las ciudades extranjeras.”
Ya capítulos atrás el libro describe cómo “Saulo asolaba la iglesia, y entrando casa por casa, arrastraba a hombres y a mujeres, y los entregaba en la cárcel.” (8:3; véase Gal 1:13). En 1 Tm 1:13 Pablo dice que lo hacía por ignorancia.
Donde dice “les forcé a blasfemar” el texto debería correctamente decir que “trataba de hacerlos blasfemar” pues en el original el verbo figura en tiempo perfecto. Es sabido que el testimonio de una carta que Plinio, el joven, gobernador en Bitinia, dirige al emperador Trajano, que era imposible hacer que los que son realmente cristianos blasfemen del nombre de Cristo, aun torturándolos. Esa prueba era usada precisamente para identificar durante las persecuciones a los que realmente lo eran, y no inculpar a los que habían sido falsamente usados de serlo.
Saulo afirma que no limitaba sus acciones a la ciudad de Jerusalén, sino que lo hacía también en las ciudades vecinas, como él da testimonio en Hch 22:4,5.

Nota: Nótese que todos los escritores del Nuevo Testamento mencionan a las doce tribus como a una realidad de su tiempo, en particular St 1:1, o Lucas 2:36 al hablar de Ana, la profetisa de la tribu d Aser. Pablo mismo en Flp 3:5 dice que él era de la tribu de Benjamín. Ninguno de ellos sabe algo acerca de la ficción de las 10 tribus perdidas de Israel.
Amado lector: Jesús dijo: “¿De qué le sirve al hombre ganar el mundo si pierde su alma?” (Mt 16:26). Si tú no estás seguro de que cuando mueras vas a ir a gozar de la presencia de Dios, yo te invito a pedirle perdón a Dios por tus pecados haciendo una sencilla oración:
“Jesús, tú viniste al mundo a expiar en la cruz los pecados cometidos por todos los hombres, incluyendo los míos. Yo sé que no merezco tu perdón, porque te he ofendido consciente y voluntariamente muchísimas veces, pero tú me lo ofreces gratuitamente y sin merecerlo. Yo quiero recibirlo. Me arrepiento sinceramente de todos mis pecados y de todo el mal que he cometido hasta hoy. Perdóname, Señor, te lo ruego; lava mis pecados con tu sangre; entra en mi corazón y gobierna mi vida. En adelante quiero vivir para ti y servirte.”

#975 (14.05.17). Depósito Legal #2004-5581. Director: José Belaunde M. Dirección: Independencia 1231, Miraflores, Lima, Perú 18. Tel 4227218. (Resolución #003694-2004/OSD-INDECOPI).

viernes, 12 de abril de 2019

PABLO ANTE AGRIPA Y BERENICE


 LA VIDA Y LA PALABRA
Por José Belaunde M.
PABLO ANTE AGRIPA Y BERENICE
Un Comentario de Hechos 25:13-27
Enfrentado al peligro de que el gobernador quiera llevarlo a Jerusalén para ser juzgado por él allá, Pablo hace uso de su derecho como ciudadano romano de apelar el tribunal del César, a lo que el gobernador, como es su obligación, accede, esperando sólo la oportunidad adecuada de enviarlo a Roma.
13. “Pasados algunos días, el rey Agripa y Berenice vinieron a Cesarea para saludar a Festo.”
La indicación temporal que nos da Lucas no es muy precisa, pero podemos suponer que sería entre una y dos semanas después del episodio anterior como máximo. Antes de proseguir con el relato conviene que nos detengamos en estos dos personajes reales que vienen a visitar, acompañados posiblemente de algunos de sus cortesanos, al nuevo representante del emperador.

Herodes Agripa II es llamado el último de los Herodes porque cuando él murió sin hijos el año 100, la dinastía herodiana se extinguió. Él era hijo de un antiguo conocido nuestro, el rey Herodes Agripa I, que fue rey de Judea entre los años 41 y 44, e hizo ejecutar a Santiago, llamado el mayor, hermano de Juan (Hch 12:1,2); y queriendo congraciarse con los judíos, mandó apresar a Pedro con el mismo propósito, pero no lo pudo hacer porque el apóstol fue liberado por un ángel (Hch 12:3-19). Él tuvo una trágica muerte, pues según relata el mismo capítulo de Hechos, fue herido por un ángel del Señor por haber aceptado un homenaje que sólo corresponde a Dios (Hch 12:20-23).
A su muerte su hijo tenía sólo 17 años, por lo que el emperador Claudio, con sabio criterio, no juzgó prudente darle al heredero el trono de una provincia tan difícil de gobernar como Judea, por lo que puso al frente de ésta a un procurador, y le dio al muchacho el trono del pequeño reino de Calcis, que había quedado vacante al morir su tío el año 48. El año 53 intercambió su pequeño reino por las tetrarquías de Felipe y Lisanias (Traconite y Abilinia, mencionadas por Lc 3:1), cuyo territorio fue aumentado por Nerón con algunas ciudades en torno al lago de Genesaret, por lo que Agripa –a quien además se había otorgado el privilegio de nombrar a los sumos sacerdotes del templo en Jerusalén- cambió el nombre de su capital, Cesarea de Filipo (que conocemos por Mt 16:13), llamándola Neronías.  ¡Con qué facilidad se intercambiaban en ese mundo cortesano los favores y las cortesías sin consideración alguna de las poblaciones que pudieran ser afectadas! En nuestro tiempo, aunque con menos facilidad, se han seguido adjudicando territorios entre las naciones en las mesas de negociaciones sin mucha consideración de los pobladores. Eso ocurrió al término de la primera guerra mundial, cuando Inglaterra y Francia se repartieron territorios del antiguo Imperio Otomano, en función de sus intereses, de donde ha resultado la inestabilidad que ha plagado al Cercano y Mediano Oriente desde entonces, y los conflictos que ahora sacuden esa región, y amenazan con atentados la seguridad de las antiguas potencias coloniales.
Herodes Agripa II era considerado un buen conocedor de la religión judía, por lo que su visita al gobernador Festo proporcionaba a éste una bienvenida oportunidad para decidir acerca del incómodo prisionero que su predecesor le había dejado.
Su hermana Berenice fue una de esas princesas herodianas que se distinguieron por su belleza y personalidad, pero también por su vida escandalosa. Nacida el año 28 DC ella era hija de Herodes Agripa I y, por tanto, hermana de Drusila, esposa de Antonio Félix (Hch 24:24). A los 13 años la casaron con su tío Herodes de Calcis. Cuando enviudó a los 20 años se fue a vivir con su hermano Herodes Agripa II. Luego lo dejó para casarse con Polemón, rey de Cilicia, pero no tardó en regresar a los brazos de su hermano, con quien estaba en una relación incestuosa cuando escuchó a Pablo. Posteriormente fue amante de los generales romanos Vespasiano y de su hijo Tito, según Josefo. Estando con éste intervino el año 66 valientemente, pero en vano, para tratar de evitar la matanza de judíos perpetrada por el procurador Florus. El año 75 estaba en Roma con Tito, entonces ya emperador, que se habría casado con ella de no ser por la oposición del pueblo que objetaba su origen judío.
El rey Agripa y su hermana vinieron pues, con bastante pompa, a hacer una visita de cortesía al nuevo procurador, y fueron alojados por éste, con todas las consideraciones que se merecían huéspedes tan ilustres, en el palacio que su antepasado, Herodes el Grande, había construido en Cesarea, y que ahora servía de residencia al procurador.
14-16. “Y como estuvieron ahí muchos días, Festo expuso al rey la causa de Pablo, diciendo: Un hombre ha sido dejado preso por Félix, respecto al cual, cuando fui a Jerusalén, se me presentaron los principales sacerdotes y los ancianos de los judíos, pidiendo condenación contra él. A éstos respondí que no es costumbre de los romanos entregar a alguno a la muerte antes que el acusado tenga delante a sus acusadores, y pueda defenderse de la acusación.”
Gracias a la hospitalidad que les brindó Festo la visita se prolongó posiblemente por dos o más semanas, tiempo que Festo aprovechó para hablarle a Agripa de la papa caliente que tenía entre manos, el prisionero que su antecesor le había dejado sin darle suficiente información que le permitiera hacer un reporte coherente sobre su caso al emperador.
Festo le cuenta a Agripa cómo cuando subió en primera visita a Jerusalén, las autoridades judías con las que él recién tomaba contacto, aprovecharon la ocasión para hacer graves acusaciones contra Pablo, demandando que se le condenara a muerte.
Pensemos cuán grande era el odio que estos hombres tenían a Pablo, que apenas tienen ocasión de hablar con la nueva autoridad la aprovechan para acusarlo seriamente. Festo les respondió, según le cuenta a su huésped, que de acuerdo a las leyes romanas, el prisionero debía ser objeto de un juicio formal en el que él tuviera ocasión de defenderse de los cargos que se presentaran contra él, y que los invitaba a venir a Cesarea para que comparecieran ante él.
17-19. “Así que, habiendo venido ellos juntos acá, sin ninguna dilación, al día siguiente, sentado en el tribunal, mandé traer al hombre. Y estando presentes los acusadores, ningún cargo presentaron de los que yo sospechaba, sino que tenían contra él ciertas cuestiones acerca de su religión, y de un cierto Jesús, ya muerto, el que Pablo afirmaba estar vivo.”
Así se procedió de manera que apenas bajaron ellos a Cesarea, continúa narrando Festo, me senté en el tribunal para oír su causa teniendo al acusado delante pero, para gran sorpresa mía, los cargos que se le hacían no tenían nada que hacer con las leyes romanas, sino con asuntos relativos a su religión (Nota 1) y, sobre todo, acerca de un tal Jesús, que ya había muerto, pero de quien el acusado decía que estaba vivo. Al bien intencionado, pero pagano gobernador romano, se le escapaba el significado que este hecho extraordinario representaba, y que había de revolucionar en pocos siglos la historia de la humanidad.
Festo estaba perplejo porque él ignoraba prácticamente todo acerca del judaísmo y del nuevo movimiento que había surgido dentro de él, con la muerte y resurrección de Jesús. Él sólo percibía que la tesis de Pablo había suscitado disputas dentro de las autoridades, y no se dio cuenta de que con sus propias palabras él había descrito el meollo del asunto. Pero el rey Agripa sí conocía de estas cosas lo suficiente para que su curiosidad se despertara.
Los comentaristas antiguos han subrayado el hecho de que Festo, con sus propias palabras, insista en destacar la inocencia del acusado (vers. 18,19). Nótese que, en cumplimiento de lo anunciado por Jesús en Hch 9:15, Pablo ha dado testimonio de Él ante el sanedrín (22:30-23:10), ante dos gobernadores (24:10-21; 25:6-12); y ahora lo va a hacer delante de un rey y de su numerosa comitiva. Los enemigos de Jesús sin querer conspiraron para que Pablo pueda dar testimonio ante una gran audiencia.
20-22. “Yo, dudando en cuestión semejante, le pregunté si quería ir a Jerusalén y allá ser juzgado de estas cosas. Mas como Pablo apeló para que se le reservase para el conocimiento de Augusto, mandé que le custodiasen hasta que le enviara yo a César. Entonces Agripa dijo a Festo: Yo también quisiera oír a ese hombre. Y él le dijo: Mañana le oirás.”
Admitiendo Festo que él no conocía nada de estas cosas le propuso a Pablo ser llevado a Jerusalén para ser ahí juzgado por las autoridades judías que eran competentes en estos asuntos, pero como ya hemos visto, Pablo se dio cuenta inmediatamente del peligro que esto representaba para su vida, y para escapar de él apeló al César.
Aquí Agripa aprovechó la ocasión para decirle a Festo que a él sí le gustaría escuchar lo que Pablo tenía que decir. Festo le respondió cortésmente que al día siguiente podría hacerlo, con lo que se preparaba una nueva audiencia en la que Pablo tendría ocasión de testificar ante todos, incluyendo al rey y al propio Festo, acerca de su fe en Jesucristo. ¡Por qué caminos inesperados Dios abre puertas para que Pablo pudiera predicar! ¡Quién sabe si entre los cortesanos y curiosos que le escucharon disertar no habría alguno a quien sus palabras no tocaran una fibra de su corazón endurecido y creyera!
23. “Al otro día, viniendo Agripa y Berenice con mucha pompa, y entrando en la audiencia con los tribunos y principales hombres de la ciudad, por mandato de Festo fue traído Pablo.”
He aquí pues que se convoca, con toda la solemnidad del caso, a una audiencia especial a la que asisten, aparte del rey y de su hermana como invitados de honor, todas las personas que ocupaban alguna posición de autoridad, o de relieve, en la ciudad de Cesarea. Ante esta asamblea Pablo va a tener oportunidad una vez más de contar su historia, que no es otra sino la de la irrupción de Jesucristo resucitado en su vida.
24, 25. “Entonces Festo dijo: Rey Agripa, y todos los varones que estáis aquí junto con nosotros, aquí tenéis a este hombre, respecto del cual toda la multitud de los judíos me ha demandado en Jerusalén y aquí, dando voces que no debe vivir más. Pero yo, hallando que ninguna cosa digna de muerte ha hecho, y como él mismo apeló a Augusto, he determinado enviarle a él.”
Festo abre la reunión con una alocución dirigida al rey y a los asistentes explicando los motivos por los cuales los ha convocado. Él les presenta al prisionero que ha mandado venir, con las palabras de “este hombre”, no mencionando su nombre, no obstante ser él ciudadano romano. Todas las miradas se clavaron en el prisionero a quienes la mayoría de los asistentes veían por primera vez. Algunos con curiosidad, otros quizá con desprecio. Pablo podría quizá sentirse humillado, o aterrorizado, por esas miradas, pero él no era hombre a ser atemorizado fácilmente. Él sabía quién era él en Cristo y cuál era la misión que se le había encomendado. (2)
A este hombre, dice Festo, las autoridades de Jerusalén lo acusan airadamente de haber cometido un crimen digno de muerte, pero yo no hallo nada en él que merezca esa pena bajo las leyes romanas, pero como él ha apelado al tribunal del César, como es su derecho como ciudadano de nuestra nación, he decidido enviarlo a él según su deseo.
26,27. “Como no tengo cosa cierta que escribir a mi señor, le he traído ante vosotros, y mayormente ante ti, oh rey Agripa, para que después de examinarle, tenga yo qué escribir. Porque me parece fuera de razón enviar un preso, y no informar de los cargos que haya en su contra.”
El procurador expone francamente la encrucijada en que se encuentra. Yo no encuentro que él haya cometido ningún crimen bajo nuestras leyes, y como los delitos de los que se le acusa atañan a la legislación de los judíos que no caen bajo la jurisdicción de ningún tribunal romano, y menos del tribunal del César, no tengo nada que pueda informar al emperador acerca del acusado. Como no sería razonable enviar a un preso sin poder dar una explicación de los cargos que se le imputan, me he permitido traerlo delante de ustedes, y en particular delante tuyo, oh rey, para que después de que lo interrogues, tenga yo algo que escribir acerca de él.

Notas: 1. La palabra que aparece aquí en el texto griego es deisidaimonías, que quiere decir “superstición”, y que la versión Reina-Valera respetuosamente traduce como “religión”. El hecho de que Festo use esa palabra expresa el poco aprecio que él, como romano escéptico, sentía por las convicciones religiosas del prisionero.
2. F.F. Bruce hace la atinada observación de que si Herodes Agripa II y Berenice son conocidos hoy en el mundo es gracias a que sus vidas se cruzaron un día con la de Pablo, miserable prisionero al que ellos miraban con desprecio. ¡Cómo podrían ellos imaginar que “este hombre” sería algún día admirado y famoso en el mundo entero, y sus escritos leídos y estudiados por millones! Ironias de la vida.

Amado lector: Jesús dijo: "¿De qué le sirve al hombre ganar el mundo si pierde su alma?” (Mt 16:26). Si tú no estás seguro de que cuando mueras vas a ir a gozar de la presencia de Dios, yo te invito a pedirle perdón a Dios por tus pecados haciendo una sencilla oración:
   "Jesús, tú viniste al mundo a expiar en la cruz los pecados cometidos por todos los hombres, incluyendo los míos. Yo sé que no merezco tu perdón, porque te he ofendido consciente y voluntariamente muchísimas veces, pero tú me lo ofreces gratuitamente y sin merecerlo. Yo quiero recibirlo. Me arrepiento sinceramente de todos mis pecados y de todo el mal que he cometido hasta hoy. Perdóname, Señor, te lo ruego; lava mis pecados con tu sangre; entra en mi corazón y gobierna mi vida. En adelante quiero vivir para ti y servirte."
#974 (07.05.17). Depósito Legal #2004-5581. Director: José Belaunde M. Dirección: Independencia 1231, Miraflores, Lima, Perú 18. Tel 4227218. (Resolución #003694-2004/OSD-INDECOPI).

jueves, 7 de febrero de 2019

PABLO APELA AL CÉSAR


  LA VIDA Y LA PALABRA
Por José Belaunde M.
PABLO APELA AL CÉSAR
Un Comentario de Hechos 25:1-12

En el artículo anterior hemos visto cómo Pablo durante un lapso de dos años, era llamado con frecuencia por el procurador Félix para conversar. Pero cuando él fue reemplazado por otro procurador, en lugar de dejarlo libre, como hubiera sido lo justo, pues sabía que era inocente, Félix lo mantiene preso para agradar a los judíos (24:27).
1-3. “Llegado, pues, Festo a la provincia, subió de Cesarea a Jerusalén tres días después. Y los principales sacerdotes y los más influyentes de los judíos se presentaron ante él contra Pablo, y le rogaron, pidiendo contra él, como gracia, que le hiciese traer a Jerusalén; preparando ellos una celada para matarle en el camino.”
Apenas tomó el nuevo procurador posesión de su cargo, y deseando, sin duda, conocer personalmente y sin tardanza a los principales líderes locales con los cuales tendría que tratar, subió a Jerusalén para entrevistarse con ellos.

Ellos, ni cortos ni perezosos, aprovecharon la oportunidad para presentar sus acusaciones de sedición contra Pablo y, al mismo tiempo, pedirle que lo hiciera traer a Jerusalén para ser juzgado por ellos. Pedirle eso como una gracia o favor, iba en contra de la imparcialidad que el juez debía mantener en el juicio.
Ellos pensaban de esa manera sorprender a Festo, aprovechando de su inexperiencia en asuntos judíos, al mismo tiempo que preparaban una emboscada para asesinar a Pablo en el camino, tan grande era su odio a Pablo y su desprecio por la justicia, así como su total ausencia de temor de Dios que, para lograr su malvado propósito, no se detenían ante el crimen de alquilar rufianes para matar a una persona.
4,5. “Pero Festo respondió que Pablo estaba custodiado en Cesarea, adonde él mismo partiría en breve. Los que de vosotros puedan, dijo, desciendan conmigo, y si hay algún crimen en este hombre, acúsenle.”
Festo que, sin duda, era conciente de su obligación de proteger la vida de un ciudadano romano que no había sido juzgado, con buen tino responde que Pablo estaba en custodia en Cesarea, y que si ellos tenían cargos que presentar contra él, que descendieran a Cesarea cuando él lo hiciera para formular sus acusaciones ante el tribunal que él presidiría. Una vez más la Providencia usaba la prudencia de un pagano para proteger la vida de Pablo, resguardándole para sus propósitos ulteriores.
6. “Y deteniéndose entre ellos no más de ocho o diez días, venido a Cesarea, al siguiente día se sentó en el tribunal, y mandó que fuese traído Pablo.”
El procurador se quedó en Jerusalén el tiempo suficiente para conocer la ciudad y a sus más notorios habitantes, y familiarizarse con las costumbres de este pueblo singular que tenía fama de ser muy apegado a sus tradiciones y, a la vez, de caracterizarse por un notable nacionalismo. Él debe haberse dado cuenta de que si no quería provocar situaciones conflictivas, tenía que proceder con suma cautela.
Tornado a Cesarea convocó a las partes a que se presentaran ante su tribunal, e hizo traer también a Pablo.
7,8. “Cuando éste llegó, lo rodearon los judíos que habían venido de Jerusalén, presentando contra él muchas y graves acusaciones, las cuales no podían probar; alegando Pablo en su defensa: Ni contra la ley de los judíos, ni contra el templo, ni contra César he pecado en nada.”
Tan pronto como Pablo apareció sus enemigos lo rodearon formulando contra él sus consabidas acusaciones (Nota 1), pero sin presentar un solo testigo que lo respaldara, hecho que no debe haber escapado al procurador y facilitado que Pablo los rebatiera, al mismo tiempo que afirmaba su inocencia.
Eran tres los puntos acerca de los cuales se le acusaba, y de los que él tenía que defenderse: Haber violado la ley judía, que él, sin embargo, guardaba celosamente; haber profanado el templo que él, en verdad, veneraba; haber faltado el respeto al emperador al cual él, como buen ciudadano romano, se sometía.
Al hacerle esta última acusación los miembros del sanedrín cometieron un serio error, porque ése era un asunto que estaba dentro de la jurisdicción del procurador, lo que le daba oportunidad a Pablo de apelar al César, sustrayéndose a la autoridad del sanedrín. Quizá la ausencia del sumo sacerdote Ananías, que entretanto había sido depuesto, fuera responsable de que lo cometieran.
9. “Pero Festo, queriendo congraciarse con los judíos, respondiendo a Pablo dijo: ¿Quieres subir a Jerusalén, y allá ser juzgado de estas cosas delante de mí?”
Por lo que viene a continuación vemos cuán serio fue el error de sus enemigos de mezclar acusaciones relativas a asuntos judíos con delitos supuestamente cometidos contra la ley imperial, porque Festo, haciendo un gesto amistoso hacia las autoridades judías, hizo entonces a Pablo una propuesta que parecía razonable a primera vista: Ser juzgado por él en Jerusalén, no en Cesarea.
10,11. “Pablo dijo: Ante el tribunal de César estoy, donde debo ser juzgado. A los judíos no les he hecho ningún agravio, como tú sabes muy bien. Porque si algún agravio, o cosa alguna digna de muerte he hecho, no rehúso morir; pero si nada hay de las cosas de que éstos me acusan, nadie puede entregarme a ellos. A César apelo.”
Pablo comprendió inmediatamente el peligro que esa propuesta significaba, pues lo ponía en manos de sus enemigos, que podrían con mayor motivo influir en las decisiones del inexperto Festo, por lo que él hizo uso del derecho que asistía a todo ciudadano romano de apelar al tribunal del César (“Ad Caesarem proúoco”). En Roma había pocas probabilidades de que los representantes del sanedrín pudieran influir en la sentencia romana.
Él podía decir que estaba ante el tribunal del César, porque Festo, siendo el procurador, lo representaba. Pero no era ése el único peligro al cual Pablo se exponía si aceptaba la propuesta de Festo. Más grave era aún el peligro de que durante el trayecto de Cesarea a Jerusalén la comitiva fuera asaltada por un grupo de fanáticos zelotes y lo asesinaran, como ya habían intentado hacer en una ocasión anterior (Hch 23:12-15). Es posible también que Pablo, al apelar al tribunal del César, viera una oportunidad de que se cumpliera lo que Jesús le había dicho que debía hacer: Dar testimonio de Él no sólo en Jerusalén, sino también en Roma (23:11).
12. “Entonces Festo, habiendo hablado con el consejo, respondió: A César has apelado; a César irás.”
La decisión de Pablo proporcionó al procurador una salida fácil para librarse de un asunto que él, por falta de experiencia en el medio judío, no sabía cómo manejar bien, e inmediatamente, después de haber hablado con sus consejeros, la aprovechó: “Haz apelado al César, al César irás.”
Eso significaba ir a Roma. Por caminos inesperados Dios estaba cumpliendo el largamente acariciado proyecto de Pablo de ir a ministrar a la capital del imperio, salvo que iría no como él hubiera deseado, como un hombre libre, sino cargado de cadenas.
¿No era riesgoso para Pablo apelar a un tribunal cuya manera de actuar él desconocía? Pablo había tenido ya una buena experiencia con la imparcialidad de los tribunales romanos cuando, estando en Corinto, los judíos lo acusaron ante el procónsul Galión (Hch 18:12-16. Véase mi artículo “Pablo en Corinto II”).
Por esos años el emperador era nada menos que Nerón, el iniciador de la primera y la más cruel de todas las persecuciones contra los cristianos. ¿No sabía Pablo el peligro al que se exponía? Corría entonces el año 59 DC. En los primeros años de su reinado (54-59 DC) el joven emperador, estaba bajo la influencia benéfica de su tutor, el filósofo estoico, Séneca, y de Afranio Burri, el honesto prefecto de la guardia pretoriana. Nada había entonces que permitiera prever los desbordes de crueldad anticristiana que se iniciarían el año 64 con el incendio de Roma. En efecto, durante esos años fue Séneca el que tuvo en sus manos las riendas del gobierno. Medio siglo después el emperador Trajano diría que durante ese quinquenio Roma tuvo el mejor gobierno de su historia. ¡Qué cierto es que la justicia en el país depende de la justicia del gobernante!
Al acceder a la petición de Pablo, Festo podía decir a sus acusadores judíos que no era por mala disposición suya hacia ellos que él tomaba esa medida, sino porque no le quedaba otro camino, siendo el acusado ciudadano romano. (2)
Aquí vemos una vez más cómo actúa previsoriamente la Providencia divina. Pablo era judío de nacimiento y formación, igual que sus acusadores, pero el hecho de haber nacido en una ciudad griega de la diáspora, Tarso, cuyos nativos judíos gozaban del privilegio de la ciudadanía romana, le otorgaba un privilegio que le permitió en más de una ocasión escapar de las conspiraciones e intrigas tejidas en su contra por sus enemigos jurados.
Notas: 1. El hecho de que Festo permitiera que fueron varios los que acusaban a Pablo a la vez era una clara violación de los procedimientos legales romanos, que sólo permitían un acusador. También lo era el hecho de que Festo, que debía mantenerse imparcial como juez, se hubiera hecho amigo de los acusadores de Pablo, y quisiera congraciase con ellos (vers. 9). Eso lo convertía en juez y parte.
2. El derecho de apelar al tribunal del César en Roma era un derecho que todo ciudadano romano tenía desde tiempos de la república romana, y que se mantuvo durante el imperio.

Amado lector: Jesús dijo: "¿De qué le sirve al hombre ganar el mundo si pierde su alma?” (Mt 16:26). Si tú no estás seguro de que cuando mueras vas a ir a gozar de la presencia de Dios, yo te invito a pedirle perdón a Dios por tus pecados haciendo una sencilla oración:
    "Jesús, tú viniste al mundo a expiar en la cruz los pecados cometidos por todos los hombres, incluyendo los míos. Yo sé que no merezco tu perdón, porque te he ofendido consciente y voluntariamente muchísimas veces, pero tú me lo ofreces gratuitamente y sin merecerlo. Yo quiero recibirlo. Me arrepiento sinceramente de todos mis pecados y de todo el mal que he cometido hasta hoy. Perdóname, Señor, te lo ruego; lava mis pecados con tu sangre; entra en mi corazón y gobierna mi vida. En adelante quiero vivir para ti y servirte."

#973 (30.04.17). Depósito Legal #2004-5581. Director: José Belaunde M. Dirección: Independencia 1231, Miraflores, Lima, Perú 18. Tel 4227218. (Resolución #003694-2004/OSD-INDECOPI). DISTRIBUCIÓN GRATUITA. PROHIBIDA LA VENTA.