martes, 22 de noviembre de 2011

ELOGIO DE LA MUJER VIRTUOSA II

Por José Belaunde M.

Lo que impulsa a la mujer virtuosa a trabajar diligentemente no es un cerrado interés propio, limitado al bienestar de los suyos, sino el amor que alcanza también a los menos favorecidos, porque ella “alarga su mano al pobre y extiende sus manos al menesteroso.” (Pr 31:20). Ella es generosa y caritativa. No tiene reparos de ocuparse personalmente de las personas necesitadas; de sus necesidades materiales y de sus necesidades espirituales, que a veces son mayores que las primeras.
Ella cumple con lo que ordena Dt 15:7,8 (“Cuando haya en medio de ti menesteroso… en alguna de tus ciudades… no endurecerás tu corazón ni cerrarás tu mano contra tu hermano pobre, sino abrirás a él tu mano liberalmente…”), de modo que ella es bendecida por todos los que ella ha salvado de la miseria (Jb 29:13). Ella se comporta como lo haría más adelante Dorcas (Hch 9:39), conciente de que el que da a los pobres, presta a Dios (Pr 19:17a) (Nota 1). Lo que ella hace con sus manos (vers. 13,19,24) le sirve para “compartir con el que padece necesidad.” (Ef 4:28; cf Hb 13:16). ¡Qué bueno fuera que los que adquieren y negocian lo hicieran no sólo para enriquecerse sino también para dar!

“No tiene temor de la nieve por su familia porque toda su familia está vestida de ropas dobles.” (vers. 21). Su familia está bien provista, tanto para el invierno como para el verano, porque ella es precavida y piensa de antemano en lo que se puede necesitar meses por delante. Donde nuestra traducción dice “ropas dobles”, el original hebreo dice “escarlata” (y así lo traducen otras versiones), color entonces costoso y elegante con el que solía teñirse la lana y que era considerado abrigador (2S 1:24).

“Ella hace para sí tapices (o cobertores para su cama) y sus vestidos son de lino fino y púrpura.” (vers. 22) La túnica de lino blanco y el manto de lana teñido de púrpura eran en la antigüedad la vestimenta característica de la gente distinguida o rica (Lc 16:19). (2) Pero en ella no son un atuendo de elegancia externa, sino simbolizan el honor y la dignidad que la recubren.

“Su marido es conocido en las puertas.” Las ciudades amuralladas de entonces tenían puertas grandes y macizas que se abrían por la mañana y se cerraban de noche. En las explanadas que había delante de las puertas los hombres se reunían a discutir sus asuntos, y a hacer negocios, y los magistrados trataban de los asuntos de la ciudad. Incluso es posible que algunos fueran acompañados de siervos que les llevaban sillas para sentarse, pues dice: “Su marido es conocido en las puertas, cuando se sienta con los ancianos de la tierra.” (vers. 23) Es decir, con los hombres principales. Su marido es uno de ellos, y es honrado y estimado por todos, no sólo por su propio valor, sino por haber sabido escoger como esposa a una mujer tan apreciada, cuya sabia administración doméstica lo deja en libertad para ocuparse de los asuntos públicos. Bien dice un proverbio: “La mujer virtuosa es corona de su marido.” (Pr 12:4a).
El hombre que puede confiar en su mujer, y a quien él da el honor que ella se merece, es un hombre que está seguro de sí. Por eso se dice que la mujer hace al hombre. Hay un dicho antiguo que dice que “detrás de todo gran hombre, hay una gran mujer”, sin la cual él no habría podido llegar a ocupar la posición que alcanzó, ni cosechar tantos logros. Ese hombre puede hacer escuchar su voz en las reuniones y en las asambleas, porque se siente respaldado, y porque cuando regresa a su hogar se encuentra con una mujer que lo ama, que lo trata bien, que lo cuida y lo engríe. Dicen que las mujeres nunca dejan de ser madres, y hasta que son madres de sus maridos. Algo hay de cierto en ello.
También en el aspecto íntimo, la mujer es el respaldo del hombre. Ella lo levanta, no lo achica; ella le aconseja, no lo critica; ella lo anima, no lo disminuye; ella lo estimula, no lo desanima; ella le da valor, no lo acobarda. La mujer hace al hombre realmente. Por eso dice la Escritura: “Cual ave que se va de su nido, tal es el hombre que se va de su lugar.” (Pr 27:8). No tiene dónde descansar cuando se va del lado de su mujer, y se vuelve triste y se deprime.

“Ella hace telas y vende, y provee de cintos al mercader.” (vers. 24) (3). Ella teje con gran habilidad, y como está siempre ocupada tiene siempre cosas hechas con sus manos para vender a los comerciantes viajeros. Respecto de lo segundo no se trata de cintas (como traduce RV60) sino de los cintos, o cinturones, a veces lujosos, que usaban tanto hombres como mujeres para ajustar sus mantos a la cintura, de lo que ya se ha hablado en el artículo anterior a propósito del vers. 17 (Véase Jr 13:1; 2S 20:8; Is 11:5; Ef 6:14)

“Fuerza y honor son su vestidura y se ríe de lo porvenir.” (vers. 25). Este verso es muy importante. Habla de su entereza de carácter y de la rectitud de su corazón y de su conducta, cualidades que le permiten sonreír a lo que pueda depararle el futuro, porque tiene la conciencia limpia y ha puesto su confianza en el Señor. Cuando nuestra conciencia no está en paz, cuando nos acusa, no podemos tener paz ni alegría, y no podemos mirar con confianza el porvenir.
Ella puede sonreír a lo que le reserva el futuro porque no ha dedicado sus mejores años a engalanarse, divertirse y pasarla bien, como muchas mujeres, las cuales cuando su belleza decae lucen tristes y amargadas, porque nadie se ocupa de ellas ni las busca. La mujer virtuosa, que aquí encomiamos, en cambio, sabe que con el tiempo ella cosechará el fruto de sus desvelos y de sus buenas obras.
En el Antiguo Testamento ponerse una vestidura es mostrar su verdadero carácter, como cuando Job dice: “Vístete de honra y de hermosura.” (Jb 40:10). O cuando Dios se viste de magnificencia (Sal 93:1; cf Is 51:9; 52:1). En el lenguaje del Nuevo Testamento, asimismo, cuando uno adquiere ciertas cualidades se dice que se viste de ellas, como cuando Pablo exhorta a los colosenses a vestirse de “entrañas de misericordia, de benignidad, de humildad…” (Col 3:12; cf Ef 4:24). O cuando exhorta: “Vestíos del Señor Jesucristo…” (Rm 13:14).
Vale la pena notar que fortaleza y dulzura no suelen ir juntas en una mujer. O prima lo uno, o prima lo otro. Pero ¡qué maravilla es cuando se manifiestan juntas por igual!

“Abre su boca con sabiduría y la ley de clemencia está en su lengua…”. (vers. 26) (Otras versiones traducen el hebreo así: “…y la instrucción amorosa está en su lengua.”) (4) Sus palabras son a la vez sabias, apacibles y oportunas, como dice un proverbio: “y la palabra a su tiempo, ¡cuán buena es!” (15:23; cf 25:11). Ella no ofende con sus palabras ni es malhablada, como son muchas que andan difundiendo chismes de puerta en puerta. Ella sabe guardar silencio cuando es necesario, y si abre la boca, lo hace con discreción, porque es conciente de que “en las muchas palabras no falta pecado.” (Pr 10:19).
Ella es sabia consejera de su marido y de sus familiares. Ella piensa en lo que puede afectar a las personas que la rodean y tiene consideración de sus sentimientos. El amor de Dios que la llena aflora en su mirada, en su sonrisa y en sus palabras. En ese amor de Dios está el secreto de su excelencia.

“Considera los caminos de su casa y no come el pan de balde.” (vers. 27). Ella observa los actos y los hábitos de sus hijos, y los corrige sin aspereza cuando es necesario. Aun al reprender “la ley de clemencia está en su lengua,” es decir, la ley de la bondad, de la piedad, de la compasión. No se entromete en lo que no le compete, ni en la vida de sus vecinos, sino concentra su atención en lo que está bajo su responsabilidad (Pr 14:1). ¡Cómo no proclamar que ella se ha ganado con creces la prosperidad y el respeto de que goza!

“Sus hijos se levantan y la llaman bienaventurada.” (vers. 28a) (5). Sus hijos, que se han beneficiado durante años de sus virtudes, no se cansan de elogiarla y bendecirla. Ellos no sólo la aman sino se sienten orgullosos de tener tal madre.
Así como ella ha hecho bien a todos, ahora los beneficiados le devuelven el bien que ha hecho, alabándola. Así como ella se levanta temprano para ocuparse de su casa (vers. 15), ahora ellos se levantan para elogiarla. Ocupada como ha estado siempre en el bienestar de los suyos, ahora ellos tornan su atención sobre ella para alabarla.
“Y su marido también la alaba.” (vers 28b) Su esposo más que ninguno tiene sobradas razones para encomiar sus cualidades, porque nadie como él ha gustado el fruto suave de sus virtudes y de su amoroso cuidado.
Pero si su marido la hubiera maltratado, ella se hubiera sentido disminuida, desanimada, y no habría podido poner todas sus cualidades a disposición de él. ¡Cuán importante es que el marido trate bien a su mujer! Porque la mujer es como una planta delicada. Si una planta es descuidada, si no es regada con amor, se marchita. Pero si es regada con cariño, con cuidado, con atención, con cortesía, florece. Las mujeres bien lo saben. Los hombres deben también saberlo.
El hombre que no trata bien a su mujer se pierde lo mejor que ella puede darle, porque no da los frutos que ella podría dar si fuera bien tratada. Ella, en verdad, no puede dar todo lo que puede y tiene dentro, si no es cuidada, alabada, atendida, querida, por su marido. Por eso dice el texto: “su marido también la alaba”. La mujer necesita ser alabada por su marido para florecer como esposa. Necesita que el hombre le dé el honor que le corresponde; el honor que se merece siéndole él fiel a ella. No humillándola, como muchas veces ocurre desgraciadamente entre nosotros, siéndole infiel.
Cuando los años pasan y la belleza juvenil del rostro se marchita, la mujer virtuosa adquiere otra clase de belleza, aquella belleza que le dan precisamente sus virtudes; esa belleza que brilla a través de sus ojos, de la serenidad de su rostro y de la dignidad de su porte. ¡Cómo no hemos de alabar nosotros a tal mujer, a la mujer que tiene tales virtudes! ¡Cómo no lo llamaremos feliz al hombre que encuentra y se une a una mujer así! ¡Al hombre que sabe tratar como se debe el tesoro que Dios puso en sus manos para que lo cuide!
De manera que en esta palabra que Dios nos ha dado en las Escrituras, está el secreto de la felicidad para el hombre. Primero, en hallar una mujer así, porque dice Proverbios: “el que halla una esposa, halla el bien” (Pr 18:22a). Y segundo, en saber valorar lo que Dios le ha dado.

Su marido dice además de ella: “Muchas mujeres hicieron el bien, mas tú sobrepasas a todas”. (vers 29) (6) Aunque pudiera haber muchos maridos felices que reclamaran para su mujer el primer lugar, para cada cual su mujer es la mejor. No la ajena, sino la propia. Así que cada marido puede decir a su esposa: “tú las sobrepasas a todas”, sin decir una mentira, porque para él ella es incomparable.

El autor del poema agrega: “Engañosa es la gracia y vana la hermosura”. (vers 30a). Los hombres corren equivocadamente con frecuencia tras la gracia exterior y son decepcionados. La hermosura es algo visible que nos atrae ciertamente a todos, pero no es lo que más importa. A la belleza del rostro no siempre corresponde la belleza del alma. Al contrario, muchas veces la belleza del rostro esconde un carácter intrigante, mezquino, egoísta e hipócrita. Mi padre, que era muy sabio, decía: “Los hombres se casan con una cara bonita, pero tienen que convivir con un carácter”, con el carácter de su esposa. Igual pueden decir naturalmente las mujeres. Se casan, o se enamoran, de un hombre apuesto, buen mozo, pero después tienen que convivir no con la apostura, no con la gallardía del marido, sino con su buen o mal carácter. Por ello lo primero que los novios deben preocuparse por conocer bien cada uno del otro es el carácter. El que escoge a su mujer por su belleza, la amará mientras eso dure y no se marchite, pero el que la escoge por sus virtudes la amará cada día más.
Nuestro carácter decide lo que somos, y cómo vivimos; decide la felicidad que damos a los nuestros, a aquellos con los cuales vivimos. Más que el físico, lo que nosotros debemos cultivar ante todo es nuestro carácter. Porque de él depende no solamente en gran medida nuestro destino, sino también cómo nosotros impactamos a las personas con las cuales compartimos nuestra vida, en especial a los más cercanos, al cónyuge, a los hijos, a los familiares, a todos los que tenemos cerca.

“La mujer que teme a Jehová, ésa será alabada.” (vers. 30b). El libro de los Proverbios comienza diciéndonos que “el temor del Señor es el principio de la sabiduría.” (Pr 1:7). Cuando una persona está poseída por ese santo temor todas sus acciones y sus palabras, su manera de vestirse y de comportarse -e incluso de entretenerse- llevan una marca peculiar que infunde la influencia del Espíritu en ella y que suscita respeto y afecto en los demás.

“Dadle del fruto de sus manos.” (vers. 31a). Cuando ella se presente delante de su Creador, ella podrá mostrarle el fruto de una vida dedicada a cumplir con esmero la tarea que Él le había encomendado, y será eternamente recompensada por ello.

“Y alábenla en las puertas sus hechos.” (vers. 31b). Ella es elogiada en la plaza pública por todos los que conocen sus virtudes y saben cómo ella ha bendecido a muchos con sus hechos. Pero yo creo que aquí las puertas representan antes que nada la entrada a las moradas celestiales donde ella podrá escuchar algún día las palabras de aprobación que serán coreadas por una legión de ángeles: “Bien hecho, sierva buena y fiel. Entra en el gozo de tu Señor."(Mt 25:21).

Notas: 1. El proverbio continúa diciendo: “y el bien que ha hecho se lo volverá a pagar.” Ella ciertamente experimentó la verdad de ese dicho en la prosperidad que bendecía sus labores. Nótese que la frase: “extiende sus manos al menesteroso…”, puede significar también que lo acoge en su casa.
2. El lino era importado de Egipto (Ez 27:7) La púrpura era un colorante hecho de conchas marinas de las costas de Fenicia, y era, por tanto, un producto que denotaba riqueza y lujo (Jc 8:26; Cnt 7:5; Ez 27:16; Hch 16:14).
3. El original hebreo dice “cananeo”. Siendo ese pueblo conocido por su floreciente comercio, esa palabra se convirtió en sinónimo de comerciante.
4. Abrir la boca es un hebraísmo que significa hablar largamente o con solemnidad.
5. La palabra “levantarse” expresa el ánimo pronto con que se hace lo debido (Ex 2:17; Jos 18:4). Es también un gesto de respeto (Jb 29:8; Is 49:7).
6. El original dice aquí “muchas hijas”, como con frecuencia y con delicadeza el Antiguo Testamento designa a las mujeres: Gn 34:1; Jc 21:21; Is 3:16,17.

NB. Este artículo y el anterior del mismo título están basados en el artículo “La Mujer Fuerte”, publicado el 29.04.07 (#468), el cual ha sido revisado y ampliado. A su vez, ese artículo estaba basado en una charla dada en el ministerio de la “Edad de Oro”. Al hacer la revisión he consultado con provecho, entre otros comentarios, los de H. Ironside y de B. Waltke.

Amado lector: Si tú no estás seguro de que cuando mueras vas a ir a gozar de la presencia de Dios, es muy importante que adquieras esa seguridad, porque no hay seguridad en la tierra que se le compare y que sea tan necesaria. Como dijo Jesús: “¿De que le sirve al hombre ganar el mundo si pierde su alma?” (Mt 16:26) ¿De qué le serviría tener todo el éxito que desea si al final se condena? Para obtener esa seguridad tan importante yo te invito a arrepentirte de tus pecados, pidiendo perdón a Dios por ellos, y entregándole tu vida a Jesús, haciendo una sencilla oración como la que sigue:
“Yo sé, Jesús, que tú viniste al mundo a expiar en la cruz los pecados cometidos por todos los hombres, incluyendo los míos. Yo sé también que no merezco tu perdón, porque te he ofendido conciente y voluntariamente muchísimas veces, pero tú me lo ofreces gratuitamente y sin merecerlo. Yo quiero recibirlo. Me arrepiento sinceramente de todos mis pecados y de todo el mal que he cometido hasta hoy. Perdóname, Señor, te lo ruego; lava mis pecados con tu sangre; entra en mi corazón y gobierna mi vida. En adelante quiero vivir para ti y servirte.”

#702 (20.11.11) Depósito Legal #2004-5581. Director: José Belaunde M. Dirección: Independencia 1231, Miraflores, Lima, Perú 18. Tel 4227218. (Resolución #003694-2004/OSD-INDECOPI).

miércoles, 16 de noviembre de 2011

ELOGIO DE LA MUJER VIRTUOSA I

Por José Belaunde M.


El libro de Proverbios culmina con una oda dedicada a alabar a la mujer cuyas cualidades hacen la felicidad de las personas que viven en su entorno (Cap. 31:10-31). Se trata de un poema alfabético o acróstico, esto es, cada verso comienza con una letra distinta del alfabeto hebreo hasta completar las veintidos consonantes que lo componen. (Nota 1).
El poema ha ejercido una gran influencia en el mundo judeo-cristiano, pues ha sentado para todos los tiempos un modelo de esposa para los judíos que sus mujeres tratan de imitar, y que los hombres tratan de encontrar para casarse. Pero también ha ejercido influencia en los medios cristianos. El gran poeta español del siglo XVI, Fray Luis de León, escribió sobre este texto un famoso comentario bajo el título de “La Perfecta Casada”, que en su tiempo fue muy leído, sin hablar de los numerosos comentarios evangélicos.
Todas las mujeres cristianas deberían ser animadas a adquirir desde jóvenes las cualidades que se describen en este bello poema a fin de prepararse no sólo al matrimonio sino también para afrontar los retos que les presente la vida. Esto es tanto más importante cuanto que el mundo moderno presenta a la mujer contemporánea ideales que son no sólo diferentes sino hasta contrarios a los que aquí se exponen.
Tradicionalmente en los ambientes judíos el poema es recitado por los esposos a sus mujeres todos los sábados antes de la ceremonia de la santificación del día de descanso, así como en los funerales de mujeres. Es de notar que mientras la literatura oriental suele alabar la belleza de la mujer como valor femenino supremo, este poema exalta su sentido práctico y sus virtudes, minimizando el valor de la belleza física.

“Mujer virtuosa ¿quién la hallará?" (v. 10ª) La pregunta implica casi una respuesta negativa, como diciendo: difícilmente. De hecho el Predicador expresa su incertidumbre de hallarla (Ecl 7:28). Abraham mandó a buscar en tierra lejana una esposa digna para su hijo Isaac, porque no esperaba encontrarla cerca (Gn 24:3,4). Pero quizá si no se la encuentra fácilmente es porque también rara vez se la busca. Los hombres suelen preferir la belleza física en la mujer que a la virtud. Pero reconozcámoslo, no sólo la mujer virtuosa es difícil de hallar, también lo es el hombre de verdad (Pr 20:6b).

Una mujer fuerte (como rezan otras versiones) es por necesidad virtuosa. Su fortaleza reside en sus virtudes, no en su fortaleza física, porque podría ser débil físicamente y, no obstante, ser fuerte.

El hebreo dice: “la mujer jayil”. “Jayil” quiere decir “fuerza”, “ejército”, “riqueza”, “poder”. (2). La Septuaginta la traduce por andreían, palabra griega que quiere decir “varonil”. El latín de la Vulgata dice “viril”, es decir, varonil. Las versiones hebreas dicen “mujer de valor”, que es una traducción igualmente válida.
Alguno objetará que yo haya escogido dar a este artículo el título de “Elogio de la Mujer Virtuosa”, tal como lo hace la versión Reina Valera, y no el más común de “La Mujer Fuerte”, como ya lo hice antes (Véase el artículo #468, del 29.04.07). ¿Cuál de los dos es correcto? ¿Trata este texto de la mujer fuerte, o de la mujer virtuosa? En verdad el significado de ambas palabras es afín. “Virtuosa” viene de “virtud”; que viene de “virtus” en latín; que viene de “vir”, que quiere decir “varón”. “Virtus” (lo propio del varón) significa precisamente hombría, virilidad, valor, fuerza, fortaleza, cualidades que no son exclusivas del hombre, sino que pueden serlo también, pese a su menor fuerza física, de la mujer que ama a Dios y está llena de su Espíritu.

Una mujer fuerte, o de valor en sentido espiritual, es pues una mujer virtuosa. Es la mujer que se caracteriza por su entereza; que es capaz de afrontar las pruebas de la vida; que educa a sus hijos superando mil dificultades; la mujer, con frecuencia abandonada, que sale adelante sola luchando a brazo partido. ¿No es ella una mujer fuerte? ¿Y no es fuerte porque es virtuosa? ¿Podría ser fuerte, espiritualmente hablando, si no fuera virtuosa? No, ciertamente. Su fortaleza reside en sus virtudes. Eso es lo que hace de ella una mujer admirable.

Ella es una mujer que se ha armado de todas las fortalezas que el Señor pone a su disposición. ¿Cuáles son esas fortalezas, esas excelencias, esas virtudes? Fijémonos en que dice que una mujer de calidad, una mujer digna de encomio, una mujer virtuosa, no se encuentra fácilmente. Feliz es el hombre que la encuentra, “porque su estima (e.d. su valor) sobrepasa largamente, a la de las piedras preciosas.” (v. 10b) Donde nuestra traducción dice “estima” el original hebreo dice “precio”, aludiendo a la dote que el novio debía pagar a los padres de la novia para formalizar el compromiso. (3)

Dice además: “El corazón de su marido está en ella confiado.” (v. 11ª) ¡Qué gran cosa es para un hombre que pueda confiar plenamente y en todos los sentidos en su mujer!
Puede confiar –y eso es lo más importante- en su fidelidad. Notemos que una esposa fiel y un marido justamente confiado se bendicen mutuamente.
Puede confiar en su discreción en todos los asuntos, es decir, que no sea no sólo chismosa, sino que no cuente ni a sus mejores amigas las cosas íntimas entre él y ella y las de su hogar.
Puede confiar en que maneje bien la casa y el dinero que él pone en sus manos; y en el buen uso que ella haga del dinero que ella misma gana.
Puede confiar en ella en cualquier emergencia porque ella es capaz y enérgica, y tiene un gran sentido de su dignidad como mujer. (¿Lo tienen las mujeres peruanas, o se han dejado llevar por la mentalidad de nuestro ambiente que tiende a desvalorizar a la mujer?)
El corazón de su marido está confiado, esto es, puede reposar completamente en ella, y por eso para él su valor sobrepasa al de las joyas más preciosas. Dice además que “no carecerá de ganancias.” (V. 11b) (4). Ella es para él fuente de muchos beneficios, no sólo materiales, porque tiene cuidado cada día de “cómo agradar a su marido.” (1Cor 7:34).

“Le da ella bien y no mal todos los días de su vida.” (v. 12) Recalco esa frase: “Ella le da bien y no mal todos los días de su vida.” En la vida conyugal y familiar todos nosotros esperamos que de las personas con las que compartimos nuestra vida nos vengan sólo buenas cosas, es decir, satisfacciones, alegrías, beneficios de todo tipo, y no lo contrario, disgustos, cóleras, preocupaciones, sinsabores, amarguras, reproches, etc. De eso depende la armonía del hogar. Es un hecho que la armonía en el hogar depende en gran medida de la mujer. Es ella quien la crea, por su buen carácter, por su inteligencia, por su discreción, por su bondad. ¿Cómo no proclamar que ella es un tesoro para su esposo y para todos los que viven con ella?
Gozar de armonía en casa es uno de los factores principales de la felicidad. En cambio, la falta de armonía en el hogar hace a todos infelices y que todos huyan de él. Acerca de eso dice Pr 19:21: “Mejor es morar en tierra desierta que con mujer rencillosa e iracunda.” (Cf Pr 27:15,16)

En la vida familiar la madre suele ser el nexo entre los hijos pequeños y su padre, a quien ven menos y con quien tienen menos contacto en los primeros años. El rol que una madre amorosa cumple con sus hijos pequeños, sobre todo pero no sólo cuando permanece en casa, es un tesoro invalorable porque les da una gran seguridad en sí mismos cuando son mayores. En cambio la falta de amor materno deja una huella triste en el hombre y lo vuelve inseguro y temeroso.

“Busca lana y lino y con voluntad trabaja con sus manos.” (v. 13). Los materiales de origen animal y vegetal que ella emplea apuntan a su habilidad para tejer. Aunque es muy femenina no tiene reparos en remangarse la ropa y ponerse manos a la obra con el vigor de un hombre. Es trabajadora y esforzada; hábil y eficiente. Por eso dice más adelante el vers. 17 “Ciñe de fuerza sus lomos y esfuerza sus brazos”. En el Medio Oriente tanto los hombres como las mujeres usaban mantos amplios que no les estorbaban al caminar, pero que sí podían hacerlo al trabajar. Para evitarlo la gente (o los soldados que salían a batallar) se ceñían la ropa al cuerpo con un cinturón. La expresión “ceñirse los lomos” es decir, la cintura” quedó como una forma de expresar que uno se alista, o adopta la actitud apropiada para enfrentar el reto que tiene delante (como, por ejemplo en Efesios 6:14: "…ceñidos vuestros lomos con la verdad…” Véase Ex 12:11; 1R 18:46; 2R 4:29). Una vez ceñida, ella fortalece sus brazos para la tarea que se ha propuesto realizar.

“Es como nave de mercader que trae su pan de lejos.” (v. 14). (5). Ella tiene dotes de comerciante y hace negocios para incrementar los ingresos de su familia vendiendo las telas que ella teje (Véase vers. 24). La frase “trae su pan de lejos” sugiere que ella explora posibilidades aun alejadas del lugar donde vive, en otras ciudades, y hasta en el extranjero, para negociar. Pero seguramente tiene en cuenta también lo que aconseja el proverbio: “Encomienda al Señor tus obras, y tus planes serán afirmados.” (Pr 16:3).

Dice además que la mujer virtuosa nunca está ociosa: “Se levanta aún de noche y da comida a su familia y ración a sus criadas.” (v. 15). Se levanta de madrugada y se ocupa de lo que va a comer su familia ese día, o lo prepara ella misma, de modo que todos puedan ir, o ponerse a trabajar temprano.

También dice más adelante: “Su lámpara no se apaga de noche.” (v. 18b). Se acuesta tarde y se levanta temprano y está siempre trabajando porque es una mujer diligente a la que le gusta tener todo en orden. No por estar siempre ocupada deja de ser fuerte, porque el Señor le da energía y fuerzas de modo que en su trabajo, en su actividad, ella encuentra su fortaleza. En el Antiguo Testamento la lámpara que se apaga es un símbolo de desventura, o de pobreza (Jb: 18:5,6; Pr 13:9; 20:20; 24:20; Jr 25:10); por tanto, la lámpara que permanece encendida toda la noche es señal de prosperidad.

Cuando dice que “da comida a los suyos” eso debe entenderse no sólo en un sentido material, sino también en un sentido espiritual, porque ella aconseja a los suyos, los trata bien, los anima. Es interesante notar que donde nuestra traducción dice “comida” el original hebreo dice “presa”, en alusión a la costumbre de la leona que sale de caza a oscuras para encontrar una presa para dar de comer a sus leoncillos. Podemos ver que ella pone el bienestar de su familia por encima de su propia comodidad, y se porta como una leona si fuera necesario.

En su casa nunca faltan alimentos, y hay incluso para dar al hambriento que pasa por su puerta (cf v. 20). Ella piensa también en la alimentación del personal doméstico, y no hace distingos en su alimentación que podrían ser ofensivos para ellos. Si tiene una o varias empleadas, las trata con consideración, y es por eso respetada y amada por ellas. Sólo el amor puede hacer que el trabajo rudo o rutinario sea placentero.

En el Perú se trata mal al personal doméstico. Cuidémoslo de hacerlo, porque Dios nos pedirá cuentas. Recuérdese que Él es “padre de huérfanos y defensor de viudas.” (Sal 68:5)

“Considera la heredad y la compra. Planta viña del fruto de sus manos…” (es decir, con el dinero que ella ha ganado). (v. 16) Tiene mucho sentido práctico y está siempre pensando en el bienestar material de su familia y en cómo aumentar el patrimonio familiar, y lo hace de acuerdo con su marido. Aquí vemos un ejemplo de una verdadera “sociedad conyugal”.

Ella está segura de que su relación con su esposo es inconmovible. Él está tan ligado a ella como ella a él, porque son una sola carne, como dice Gn 2:24. ¡Qué bendición es para todos en el hogar cuando hay esa clase de unidad entre los esposos!

“Ve que van bien sus negocios.” (v. 18ª). Los supervisa y los cuida para que prosperen (Pr 27:23). Ella es como el mayordomo fiel de la parábola, a quien el señor le confía una suma de dinero, y que cuando regresa ve que esa suma de dinero se ha multiplicado. El mayordomo fiel ha hecho lo que su señor esperaba de él, y mucho más todavía. Por eso su señor le dice: “Bien siervo bueno y fiel, porque has sido fiel en lo poco sobre mucho te pondré.” (Mt 25:23), palabras que ella algún día escuchará.
A la mujer fiel Dios le confía, a medida que pasa el tiempo, más y más cosas porque sabe que ella cumple lo que promete y asume con seriedad las responsabilidades que se le confían; sabe que ella se empeña en hacerlo todo lo mejor posible dentro de sus fuerzas; sabe que ella no va a defraudar a los que ponen su confianza en ella. Y por eso el Señor la premia.

“Aplica su mano al huso y sus manos a la rueca”. (v. 19). Pocos recuerdan hoy lo que son el huso y la rueca, pero las mujeres en la Sierra todavía las usan. En nuestros días y ciudades se diría: “Aplica sus manos a la máquina de coser”. ¿Cuántas mujeres hoy día tienen una máquina de coser en casa y la usan con frecuencia? ¿Cuántas se empeñan en desarrollar el potencial de creatividad que Dios puso en ellas para ser útiles a sí mismas y a otros en muchos campos? Pueden serlo no sólo con sus manos sino también con su inteligencia y con su boca.

Notas: 1. Poemas alfabéticos son también los salmos 9, 10, 25, 34, 37, 111, 112, 119; y las Lamentaciones 1 al 4; pero con excepción del salmo 119, sólo la NIV, la Biblia de Jerusalén y la versión Nácar-Colunga, lo muestran.
2. Las palabras eset jayil son aplicadas también a Rut en Rt 3:11, que Reina Valera 60 traduce como “mujer virtuosa”.
3. Esa es una costumbre que se mantuvo mucho tiempo en el mundo cristiano como una manera de asegurarse de que el pretendiente tenga los medios para sostener el hogar.
4. La palabra hebrea traducida como “ganancias” significa “botín”, que es un término militar, lo que sugiere que ella actúa de acuerdo a una estrategia bien pensada.
5. Los comerciantes de la antigüedad fletaban barcos para ir a países distantes, en los que ofrecían la mercancía que llevaban consigo, y compraban lo que podían vender en su país de origen.

NB. Este artículo y el siguiente del mismo título están basados en el artículo “La Mujer Fuerte” mencionado arriba, que ha sido revisado y ampliado para esta nueva edición, el cual, a su vez, estaba basado en una charla dada en el ministerio de la “Edad de Oro”.

Amado lector: Si tú no estás seguro de que cuando mueras vas a ir a gozar de la presencia de Dios, es muy importante que adquieras esa seguridad, porque no hay seguridad en la tierra que se le compare y que sea tan necesaria. Como dijo Jesús: “¿De que le sirve al hombre ganar el mundo si pierde su alma?” (Mt 16:26) ¿De qué le serviría tener todo el éxito que desea si al final se condena? Para obtener esa seguridad tan importante yo te invito a arrepentirte de tus pecados, pidiendo perdón a Dios por ellos, y entregándole tu vida a Jesús, haciendo una sencilla oración como la que sigue:
“Yo sé, Jesús, que tú viniste al mundo a expiar en la cruz los pecados cometidos por todos los hombres, incluyendo los míos. Yo sé también que no merezco tu perdón, porque te he ofendido conciente y voluntariamente muchísimas veces, pero tú me lo ofreces gratuitamente y sin merecerlo. Yo quiero recibirlo. Me arrepiento sinceramente de todos mis pecados y de todo el mal que he cometido hasta hoy. Perdóname, Señor, te lo ruego; lava mis pecados con tu sangre; entra en mi corazón y gobierna mi vida. En adelante quiero vivir para ti y servirte.”

#701 (13.11.11) Depósito Legal #2004-5581. Director: José Belaunde M. Dirección: Independencia 1231, Miraflores, Lima, Perú 18. Tel 4227218. (Resolución #003694-2004/OSD-INDECOPI).

jueves, 10 de noviembre de 2011

JESÚS SANA A UN PARALÍTICO

Por José Belaunde M.

“Entró Jesús otra vez en Capernaum después de algunos días; y se oyó que estaba en casa. E inmediatamente se juntaron muchos, de manera que ya no cabían ni aun a la puerta; y les predicaba la palabra.
Entonces vinieron a él unos trayendo un paralítico, que era cargado por cuatro. Y como no podían acercarse a él a causa de la multitud, descubrieron el techo de donde estaba, y haciendo una abertura, bajaron el lecho en que yacía el paralítico. Al ver Jesús la fe de ellos, dijo al paralítico: Hijo, tus pecados te son perdonados.
Estaban allí sentados algunos de los escribas, los cuales cavilaban en sus corazones: ¿Por qué habla éste así? Blasfemias dice. ¿Quién puede perdonar sino sólo Dios?
Y conociendo luego Jesús en su espíritu que cavilaban de esta manera dentro de sí mismos, les dijo: ¿Por qué caviláis así en vuestros corazones?
¿Qué es más fácil, decir al paralítico: Tus pecados te son perdonados, o decirle: Levántate, toma tu lecho y anda? Pues para que sepáis que el Hijo del Hombre tiene potestad en la tierra para perdonar pecados (dijo al paralítico): A ti te digo: Levántate, toma tu lecho, y vete a tu casa.
Entonces él se levantó en seguida, y tomando su lecho, salió delante de todos, de manera que todos se asombraron, y glorificaron a Dios, diciendo: Nunca hemos visto tal cosa.”
(Mr 2:1-12)
Diremos para comenzar que todos somos el paralítico, porque todos hemos sido heridos por el pecado, y todos hemos necesitado ser sanados de esa herida. Nadie aquí se salva de eso. Pero sólo Jesús puede sanar esa herida.
El paralítico necesitaba ver a Jesús, pero no podía ir donde Jesús porque no podía caminar. El pecado lo había dejado espiritualmente inválido. El no podía acercarse a Jesús por propia iniciativa.
Felizmente tenía unos amigos que lo animaron y se prestaron para llevarlo donde Jesús. ¡Benditos sean esos amigos que llevan a sus amigos enfermos donde Jesús! ¿Cuántos de los que leen estas líneas tuvieron un encuentro con Jesús gracias a un amigo que lo llevó a Él?
Sin embargo, los amigos se encontraron con muchos obstáculos que impedían llevar al paralítico donde Jesús. Muchos se oponían, no dejaban que el enfermo fuera llevado a Jesús. ¿Qué vas a hacer tú buscando a Jesús? Te vas a volver un fanático, Así como estás, estás muy bien, aunque no puedas caminar.
Pero los cuatro amigos persistieron y encontraron un resquicio, una oportunidad inesperada para llevar a su amigo enfermo donde Jesús y presentárselo para que lo sane.
Pero ¡oh sorpresa! Jesús no lo sana de primera intención, sino le dice: “Tus pecados te son perdonados.”
Ellos deben haberse dicho: Está muy bien eso, pero lo que este hombre necesita ahora urgentemente no es que le perdonen sus pecados sino que lo sanen de la parálisis. ¡Jesús, por favor! ¡Olvídate de sus pecados y sánalo!
Sin embargo, Jesús hizo bien en perdonarlo primero que nada, porque antes de que nos sanen nuestras enfermedades, necesitamos que nuestros pecados sean perdonados.
El pecado es peor que la peor enfermedad, porque el pecado es la causa, el origen de todas las enfermedades. Así que si alguien está enfermo, lo primero que necesita es arrepentirse y creer para que sus pecados le sean perdonados.
Eso no nos autoriza a deducir, sin embargo, que si alguien está enfermo es porque ha pecado. Las causas de la enfermedad pueden ser muchas y no todas son causadas por pecados concretos. Las enfermedades pueden ser incluso pruebas que Dios permite para probar nuestra fe. Lo que sí es cierto es que el origen, o causa remota de todas las enfermedades que sufre el hombre es el pecado, en primer lugar, porque sujetó a la creación a “la esclavitud de la corrupción” (Rm 8:21); y en segundo, porque “la paga del pecado es muerte” (Rm 6:23) y la enfermedad es la embajadora de la muerte.

Ahora volvamos al comienzo del episodio para ver los detalles del relato.
Marcos dice que Jesús volvió a Capernaum, que está en el lago de Genesaret. Ninguna ciudad de Israel gozó con tanta frecuencia de la presencia de Jesús. Esa ciudad fue su centro de operaciones. Ahí hizo Él muchos de sus milagros y predicó muchas de sus enseñanzas. Sin embargo, la mayoría de los habitantes de esa ciudad no creyeron en Él. Se asombraron de sus milagros pero no se convirtieron. Por eso pronunció Jesús sobre Capernaum palabras muy duras cuya severidad fue sólo superada por las que dirigió a Jerusalén: “Y tú Capernaum, que eres levantada hasta el cielo, hasta el Hades serás abatida; porque si en Sodoma se hubieran hecho los milagros que han sido hechos en ti, habría permanecido hasta el día de hoy. Por tanto os digo que en el día del juicio, será más tolerable el castigo para la tierra de Sodoma, que para ti.” (Mt 11:23,24).
Cuando la gente se enteró de que Jesús estaba en la ciudad inmediatamente fueron a buscarlo. Eso ocurría dondequiera que Él estuviera. Querían verlo y escucharlo. ¿Por qué sería? Primero que nada, en verdad, porque hacía milagros.
El texto dice: Estaba en casa. ¿Qué casa? La casa de Pedro donde Jesús se alojaba cuando estaba en Capernaum.
El pasaje paralelo en Lc 5:17 dice que el poder del Señor estaba con Jesús para sanar. Toda sanidad es obra del poder de Dios, no del hombre. Hay veces en que el poder de Dios para sanar se siente casi físicamente. Eso es lo que hace que la gente se sane. No las manos del que las impone, sino el poder de Dios, la unción que reposa sobre él.
Marcos dice que Jesús les predicaba la palabra. ¿Qué palabra? La palabra de Dios. Todo lo que Jesús predicaba era palabra de Dios, las palabras que su Padre ponía en su boca (Jn 5:19). Por eso Pedro pudo decirle a Jesús: “Tú tienes palabras de vida eterna.” (Jn 6:68).
La palabra de Dios es la que transforma vidas. Es la palabra que nunca retorna vacía sino que hace aquello para lo cual es enviada. (Is 55:11)
Al acercarse los amigos a la casa donde se encontraba Jesús vieron que estaba atestada de gente y que no se podía entrar. Pero ellos amaban mucho a su amigo enfermo y no se dejarían amilanar por las dificultades. Enfrentarían cualquier obstáculo por ayudarlo.
Cuando amamos realmente a nuestros amigos, estamos dispuestos a hacer cualquier cosa por ayudarlos. ¡Ojalá tengamos nosotros esa clase de amigos!
Esos amigos eran como enfermeros que cargaban a su amigo. Necesitamos enfermeros espirituales que lleven a Jesús a la gente enferma por el pecado y por su vida desordenada.
Entonces a los amigos se les ocurrió una solución osada: Hacer un hueco en el techo y bajarlo con cuerdas por el hueco.
Subirlo al techo no era difícil porque las casas en Israel entonces tenían una escalera externa que llevaba al techo. Pero ¿cómo abrirían un hueco en el techo? ¿Con qué derecho? Con el derecho que dan la fe y el amor. Pero ¿no estaba ahí Pedro, el dueño de casa? Impulsivo y temperamental como él era ¿permitiría que le destrocen el techo?
Imagínense además el ruido y el polvo del techo que caería sobre los que estaban dentro. Y su sorpresa.
El texto dice: “Al ver Jesús la fe de ellos.” ¿La fe de quiénes? La fe de los cuatro amigos, naturalmente, pero también la fe del enfermo. Él era el que tenía más fe porque para dejarse descolgar por el techo estando paralítico……
El debe haberles dicho: Llévenme como sea para ser sanado. ¿Quién no está dispuesto a hacer cualquiera cosa para ser sanado de una enfermedad grave?
Preguntémonos ¿Qué clase de fe en particular era la que ellos tenían? ¿Cuál era el objeto de su fe? ¿Fe para ser salvo? No. Fe de que Jesús podía sanar a su amigo.
Al ver pues Jesús la fe de ellos, le dijo al paralítico: “Hijo”. Lo trata cariñosamente para animarlo. Ese hombre enfermo necesitaba ser tratado con amor, no con indiferencia como solemos hacer. Todo enfermo sufre, sobre todo si es de una enfermedad grave. Necesita cariño, amor, cuidado.
Luego le dice: “Tus pecados te son perdonados.” Eso era algo que el paralítico no esperaba, pero al oírlo él debe haberse sentido aliviado por esas palabras. Un peso mayor que la enfermedad se le cayó de encima. La peor de todas las cargas que podemos llevar es la opresión causada por el pecado.
¿Por qué le perdonó Jesús sus pecados? No lo hizo por bondad sino porque vio que el hombre tenía fe en Él. “De éste dan testimonio todos los profetas, que todos los que en Él creyeren, recibirán perdón de pecados por su nombre.” (Hch 10:43; cf 13:38)
Había ahí unos escribas presentes. ¿Por qué estaban ellos allí? ¿Querían acaso aprender de Jesús? ¿O querían quizá hacerse sus discípulos? De ninguna manera. Ellos querían sorprender a Jesús en alguna palabra imprudente, o peligrosa, para poder acusarlo. Y Jesús no los decepcionó en este caso; les dio en la yema del gusto porque dijo algo por lo que pensaban que podrían denunciarlo a las autoridades.
Ellos se dijeron entre sí: Este tipo blasfema, porque sólo Dios puede perdonar los pecados.
Ellos pensaron dos cosas: una equivocada, porque Jesús no blasfemaba; y una correcta, porque es verdad que sólo Dios tiene poder para perdonar los pecados.
Ellos pensaron: Este hombre pretende tener la autoridad de Dios para perdonar los pecados. Pero Jesús no pretendía tener esa autoridad. Él la tenía en verdad, porque el Padre le había dado autoridad para juzgar (Jn 5:27). Él no blasfemaba como ellos equivocadamente pensaron, porque Jesús, siendo Dios, tenía el poder de perdonar.
Fijémonos en que ellos no habían hablado en voz alta; sólo habían pensado esas cosas en su interior. Pero Jesús sabía lo que pensaban.
Jesús sabe todo lo que la gente piensa y no tiene necesidad de que nadie se lo diga. (Jn 2:24,25). El sabe todo lo que tú, que me escuchas o lees, piensas. No puedes ocultarle ni el menor de tus pensamientos. No hay manera de esconderse de su mirada que penetra como espada afilada hasta lo más profundo del ser. Recordemos lo que dice Hebreos: “Todas las cosas están desnudas y abiertas ante los ojos de Aquel a quien debemos dar cuenta.” (4:13).
¿Y si Él revelara a todos lo que tú piensas? ¿Cómo quedarías? Ten cuidado, porque algún día todo lo oculto será revelado, y todo lo que tú hiciste y pensaste será expuesto a la vista y oídos de todos para que todos lo sepan.
Jesús entonces les pregunta a los escribas: ¿Qué es más fácil: decirle a un paralítico: “Tus pecados te son perdonados”, o decirle: “Levántate… y anda”?
Ciertamente es más fácil decirle: “Tus pecados te son perdonados”, porque no hay manera de comprobar que haya ocurrido, no hay ninguna evidencia visible. Cualquiera puede decirlo. Pero decirle a un paralítico: “Levántate y anda”,·no es tan fácil, porque si no se levanta quedas muy mal.
Jesús continúa: “Para que sepáis que yo tengo el poder de perdonar los pecados, ahora le digo al paralítico: ´Levántate, toma tu camilla y vete a tu casa.’” Y el paralítico se levantó, tomó su camilla y se fue.
En otras palabras, si yo puedo decir y hacer lo que es difícil (sanar a un paralítico), también puedo decir lo que es más fácil (perdonar los pecados).
Pero en realidad, bien mirado, es al revés: No es que si Jesús puede sanar, también puede perdonar, sino que si Él puede perdonar los pecados también puede sanar a un paralítico. Si puede lo mayor, también puede lo menor. Porque perdonar los pecados de alguien es una obra mucho más grande que sanarlo de una enfermedad.
Notemos que el paralítico había sido llevado cargado en una camilla, y que él salió de ahí cargando la camilla en que solía estar acostado.
Notemos también que al probarles a los escribas que Él podía perdonar los pecados Él les estaba diciendo implícitamente: Yo soy Dios, porque sólo Dios puede hacer eso, como ellos bien sabían. Pero no le creyeron.
Ellos en verdad ya habían tenido un motivo para creer que Él fuera Dios, porque les había mostrado que Él sabía lo que cavilaban en su interior, algo que nadie puede hacer, a menos que el Espíritu Santo se lo revele. Pero lo pasaron por alto. No hay ciego más ciego que el que no quiere ver.
Jesús le dijo al paralítico: Toma tu camilla y vete a tu casa, por dos motivos: Uno porque de lo contrario el paralítico hubiera sido capaz de volver a acostarse en su camilla aun estando sano, porque estaba acostumbrado a estar echado todo el tiempo en ella. Y dos, para que alegrara a su familia viendo que él estaba sano. Ellos habían sufrido seguramente de verlo en ese estado. Tanto más se alegrarían de verlo caminando.
La parálisis que el hombre había sufrido fue en realidad una bendición encubierta para él. Porque si no hubiera sido por esa enfermedad quizá el nunca hubiera tenido ese encuentro con Jesús, quizá nunca hubiera recibido el perdón de sus pecados.
¿Cuántos podrían testificar que el sufrimiento los ha hecho sabios, los ha hecho mejores? Las tribulaciones pueden ser misericordias; las pérdidas pueden ser ganancia; la enfermedad del cuerpo puede significar la sanidad del alma (J.C. Ryle). Recordemos las palabras del salmo 119: “Bueno me es haber sido humillado, para que aprenda tus estatutos.” (vers 71)
Pensemos en lo que ese encuentro significó para el paralítico. Él fue llevado a esa casa enfermo de cuerpo y alma, y regresó sano, restaurado y caminando. Pero, sobre todo, regresó libre de los pecados que oprimían su alma. Había sido perdonado. Algo que él, al ir donde Jesús, no buscaba. Notemos que cuando uno se acerca a Dios alcanza mucho más de lo que busca. (Rm 8:32).
Al escuchar las palabras de perdón de Jesús y ver el milagro, los que estaban presentes en la casa abarrotada no blasfemaron, como habían hecho los escribas, sino que dieron gloria a Dios por lo que habían presenciado.
En el pasaje paralelo de Mateo se dice que los presentes maravillados glorificaron a Dios que había dado tal poder a los hombres. Notemos, sin embargo, que pese a lo que habían visto, ellos no reconocieron que Jesús era Dios. No captaron el argumento con que Jesús había respondido a los escribas afirmando implícitamente en los hechos que Él era Dios. Evidentemente ellos veían en Jesús sólo a un hombre, a un profeta a quien Dios había concedido poderes milagrosos para curar.
Así solemos ser nosotros. Nos cuesta comprender lo que Dios nos está diciendo o mostrando. Somos testarudos.
Jesús hizo en ese lugar tres milagros: Perdonar los pecados del paralítico, leer los pensamientos de los escribas, y sanar al paralítico. ¿Quién sino Dios puede hacer tales cosas?

NB. Este artículo está basado en la trascripción de una charla dada recientemente en el ministerio de la “Edad de Oro”.

Amado lector: Si tú no estás seguro de que cuando mueras vas a ir a gozar de la presencia de Dios, es muy importante que adquieras esa seguridad, porque no hay seguridad en la tierra que se le compare y que sea tan necesaria. Como dijo Jesús: “¿De que le sirve al hombre ganar el mundo si pierde su alma?” (Mt 16:26) ¿De qué le serviría tener todo el éxito que desea si al final se condena? Para obtener esa seguridad tan importante yo te invito a arrepentirte de tus pecados, pidiendo perdón a Dios por ellos, y entregándole tu vida a Jesús, haciendo una sencilla oración como la que sigue:
“Yo sé, Jesús, que tú viniste al mundo a expiar en la cruz los pecados cometidos por todos los hombres, incluyendo los míos. Yo sé también que no merezco tu perdón, porque te he ofendido conciente y voluntariamente muchísimas veces, pero tú me lo ofreces gratuitamente y sin merecerlo. Yo quiero recibirlo. Me arrepiento sinceramente de todos mis pecados y de todo el mal que he cometido hasta hoy. Perdóname, Señor, te lo ruego; lava mis pecados con tu sangre; entra en mi corazón y gobierna mi vida. En adelante quiero vivir para ti y servirte.”

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viernes, 4 de noviembre de 2011

MI ALIENTO EN SUS MANOS

Por José Belaunde M.

En el capítulo 5to del libro de Daniel hay una palabra que el profeta dirige al rey Belsasar, que está preñada de profundo significado: "y al Dios en cuya mano está tu vida, y de quien son todos tus caminos..." (Dn 5:23d).

Algunas traducciones leen "vida", otras "aliento" en este pasaje. Ambas acepciones se complementan, pero la última es la que mejor traduce el original (Nota 1). La vida de la persona está en su aliento, como sabemos, o deberíamos saber, desde que lo leímos en el libro del Génesis: "Entonces el Señor Dios formó al hombre del polvo de la tierra, y sopló en su nariz aliento de vida, y fue el hombre un ser viviente." (Gn 2:7). (Nota 2) El ser humano inanimado devino en un ser viviente (nefesh) cuando Dios sopló en sus narices el aliento de vida. El bebe recién nacido, que en el vientre materno ha vivido del oxígeno y los nutrientes que le trae la sangre de su madre, empieza su propia vida como ser autónomo cuando exhala su primer grito y respira por primera vez con sus propios pulmones.

Todos sabemos instintivamente y por experiencia, que la vida está ligada al aliento, a la respiración. Por ejemplo, para verificar si una persona está todavía viva o ha muerto, observamos si aún respira. Si respira, vive; si no respira, ha muerto, porque cuando las células del cerebro no reciben oxígeno mueren en poco tiempo.

Cuando hemos estado largo tiempo bajo el agua, o algo nos ha impedido respirar, aspiramos desesperados el aire que nos falta para seguir viviendo. No poder respirar es una de las sensaciones más horribles que podemos experimentar.

La materia inerte, sabemos bien, no respira. Las piedras no respiran, pero las plantas, sí, y su respiración durante el día enriquece de oxígeno la atmósfera. Si no fuera por ellas el aire de la atmósfera se volvería al cabo de un tiempo irrespirable.

Pues bien, ese aliento que da vida a los seres que respiran procede de Dios. Él es su creador y nuestro aliento está en sus manos. Bellamente lo expresa el Salmo 104: "Les quitas el aliento, dejan de ser y vuelven al polvo. Envías tu espíritu y son creados y renuevas la faz de la tierra." (v.29,30). Cuando Dios quita el aliento a los seres vivientes, éstos vuelven al polvo, esto es, a la sustancia de la tierra de la cual fueron creados. Se diría que el autor del Génesis había estudiado biología antes de que esta ciencia fuera inventada. El aliento está en sus manos porque de Él viene la fuerza que mueve el diafragma e hincha nuestros pulmones con el aire aspirado.

Cuando Dios envía su espíritu los seres vivientes que pueblan la tierra son creados; seres vivientes de todo tipo, desde los microscópicos hasta los gigantes. Y sin embargo, ¡oh suprema ignorancia! tanto los animales como los hombres viven sin saber que es de Dios de quien viene su vida, que es Dios quien se las da y que es Dios quien se las quita. Que los animales lo ignoren, pase, pero que el hombre que tiene inteligencia no lo sepa, o no lo reconozca, o quiera negarlo, es injustificable. ¡Cuánto mejor fuera su vida si tuviera este hecho siempre presente! ¡Cuán bueno fuera que nosotros junto con todos los seres vivientes de la tierra cantáramos con el salmista: "Todo lo que respira alabe al Señor", (Sal 150:6) haciendo de nuestra respiración un incesante cántico!

Pero Daniel en el pasaje citado dice algo más: nuestros caminos, es decir, nuestro comportamiento, nuestras acciones, son suyas. Sí, todo lo que yo hago, consciente o inconscientemente, con mi mente, mi imaginación, mis sentimientos, o mi cuerpo, le pertenece a Dios, porque es Él quien me ha dado la vida que me permite moverme, obrar y sentir; Él es quien me ha dado el cuerpo y las fuerzas con que actúo, y la mente que gobierna y da dirección a mis actos.

Mis acciones pues le pertenecen, pero, he aquí la gran pregunta: ¿Las reclamaría Dios como suyas? ¿Rubricaría Él con su firma todo lo que yo hago? ¿Las refrendaría como refrenda el presidente las decretos de sus ministros y las leyes? ¿Son todas mis acciones y pensamientos dignos de que Dios diga: Estos actos son míos? ¡Ah! ¡Cuán lejos están en verdad mis actos de que Dios pueda llamarlos suyos! Más bien, lo contrario es cierto: Nuestras acciones son de tal naturaleza que Él frecuentemente las repudia y, de cierta manera, tiene que voltear su rostro para no verlas (Is 59:2).

Sin embargo, si yo viviera de acuerdo a su voluntad, debería ser capaz de decirle a Dios en todo tiempo: Esto que estoy haciendo en este momento, te lo ofrezco a ti, pues lo hago con la vida y con el cuerpo que tú me has dado y en obediencia a tus deseos. Y lo hago con el propósito de agradarte y honrarte. ¡Que bendición sería para mí que yo pudiera decirle eso sinceramente a Dios todos los instantes de mi vida!

No obstante, si yo dijera eso, no tendría nada de qué jactarme, porque lo único que estaría haciendo en realidad es darle a Dios lo que de suyo le pertenece. Como dice San Pablo, estaría rindiendo a Dios el culto racional que le corresponde: "Os ruego hermanos, por las misericordias de Dios, que presentéis vuestros cuerpos en sacrificio vivo, santo, agradable a Dios, que es vuestro culto racional." (Romanos 12:1) Si yo actuara así, en lugar de presentar mis "miembros como instrumentos de iniquidad al pecado" (Rm 6:13a), entonces Dios, con todas sus bendiciones, estaría sobre mí y sobre todo lo que yo hago, y yo tendría éxito en todo lo que emprendiera. Tampoco podría hacer nada que le disgustara.

El ser humano ha recibido de Dios una voluntad libre, esto es, libre para hacer lo que Dios desea. Pero el hombre, como hizo su padre Adán antes que él, hace mal uso de la libertad que ha recibido y prefiere hacer no lo que Dios quiere, sino lo que él mismo desea o se le antoja. Como ha comido del fruto del árbol del bien y del mal, él quiere decidir por sí mismo, y se erige en árbitro de lo que es bueno y de lo que es malo. En su soberbia ha sacado a Dios del terreno de la ética y de la moral y ha puesto ambas bajo el imperio efímero de sus inclinaciones y sus caprichos.

Pero a causa de su rebeldía, tal como le ocurrió a Adán, sus acciones se vuelven contra él y tiene que sufrir las consecuencias naturales de sus actos. Encima de eso a causa de su rebeldía las maldiciones que Dios pronunció contra Adán ("maldita será la tierra por tu causa..." Gn 3:17) recaen redobladas sobre sus hombros; todo lo que él hace se vuelve contra él y por ello recoge un fruto amargo. He aquí la raíz del sufrimiento humano. En otras palabras, obrando en contra de la voluntad de Dios, todas sus acciones son por fuerza malas, perversas, y algún día tendrá que cosechar, aunque no quiera, el fruto que corresponde a la semilla que él mismo sembrara.

En esta dicotomía entre obediencia y rebeldía está encerrada la historia de cada individuo y de la raza humana entera. La tragedia de la humanidad es que la historia de Adán se repite de día en día, de año en año y en todas las latitudes en cada ser humano. Nosotros somos los actores de una tragedia mil y mil veces representada sobre el tabladillo del mundo.

Pero el nuevo Adán, Cristo, que fue obediente allí donde el primer Adán había desobedecido (1Cor 15:45; cf Rm 5:14), al tomar forma de siervo y hacerse obediente hasta la muerte en el árbol de la cruz (Flp 2:8), ha rescatado al hombre de las maldiciones que el pecado trajo consigo y le ha abierto la posibilidad de iniciar una nueva vida en Él.

Es esa nueva vida que surge de su resurrección lo que Jesús ofrece a todo ser humano que crea en Él: "El que cree en mí tiene vida eterna" (Jn 6:47), no en el futuro, sino ahora. No en un sentido metafórico, simbólico, sino efectivo, real. Una nueva vida, como la que Jesús eternamente tiene, que transforme su ser entero, su manera de ser y su manera de pensar y obrar. Porque somos "hechura suya, creados en Cristo para buenas obras, las cuales Dios preparó de antemano para que las hiciéramos." (Ef 2:10). Una nueva vida que lo impulse a ser como Él es, a tratar de imitarlo; una nueva vida que algún día encontrará su cumplimiento pleno, cuando lo veamos cara a cara en el cielo y, como dice San Juan en su primera epístola, "seremos semejantes a Él porque lo veremos tal cual es". (1Jn 3:2b).

A ese momento, a esa culminación de nuestra existencia, deberíamos todos aspirar, como apunta la flecha al blanco, y deberíamos emplear sin desmayar todas nuestras fuerzas, nuestra mente y nuestra voluntad para llegar a esa meta.

Notas: 1. En hebreo una misma palabra ("neshamá" o "ruaj", según los casos), designa a la vez al aliento y al espíritu. En griego la palabra "pneuma" designa a ambos.
2. La Biblia dice también que la vida del hombre está en su sangre (Gn 9:4; Lv 17:11,14), y por eso cuando el hombre se desangra, muere. Pero el principio de vida que contiene la sangre proviene de su aliento, no sólo por el oxígeno que transporta a las células del cuerpo, sino porque contiene una esencia inmaterial que Dios le comunicó con su aliento. De ahí viene que el hombre, por mucho que trate, nunca podrá convertir en viviente la materia inanimada.

NB. Este artículo fue transmitido como charla por la radio y publicado por primera vez el 14.12.03 en una edición limitada. Lo he revisado ligeramente para esta su segunda impresión.

Amado lector: Si tú no estás seguro de que cuando mueras vas a ir a gozar de la presencia de Dios, es muy importante que adquieras esa seguridad, porque no hay seguridad en la tierra que se le compare y que sea tan necesaria. Como dijo Jesús: “¿De que le sirve al hombre ganar el mundo si pierde su alma?” (Mt 16:26) ¿De qué le serviría tener todo el éxito que desea si al final se condena? Para obtener esa seguridad tan importante yo te invito a arrepentirte de tus pecados, pidiendo perdón a Dios por ellos, y entregándole tu vida a Jesús, haciendo una sencilla oración como la que sigue:
“Yo sé, Jesús, que tú viniste al mundo a expiar en la cruz los pecados cometidos por todos los hombres, incluyendo los míos. Yo sé también que no merezco tu perdón, porque te he ofendido conciente y voluntariamente muchísimas veces, pero tú me lo ofreces gratuitamente y sin merecerlo. Yo quiero recibirlo. Me arrepiento sinceramente de todos mis pecados y de todo el mal que he cometido hasta hoy. Perdóname, Señor, te lo ruego; lava mis pecados con tu sangre; entra en mi corazón y gobierna mi vida. En adelante quiero vivir para ti y servirte.”

#698 (23.10.11) Depósito Legal #2004-5581. Director: José Belaunde M. Dirección: Independencia 1231, Miraflores, Lima, Perú 18. Tel 4227218. (Resolución #003694-2004/OSD-INDECOPI).