viernes, 31 de diciembre de 2010

CONFIAR EN DIOS

Por José Belaunde M.

Uno de los errores más frecuentes que cometen los hombres, e incluso los que se dicen cristianos, es poner su confianza en otros seres humanos en vez de ponerla en primer lugar en Dios.

Podemos decir, en general, que todos tenemos confianza en determinadas personas. Si no fuera así, la vida sería imposible, empezando por la vida familiar. Es imposible que exista convivencia humana, sin que exista cierto grado de confianza entre las personas. Aunque nuestra confianza pueda ser cautelosa o limitada a ciertos aspectos, todos, de una manera u otra, confiamos en nuestros familiares, confiamos en nuestros amigos, confiamos en nuestros vecinos, confiamos en nuestros compañeros de trabajo, confiamos en nuestros jefes, confiamos en nuestros empleados, etc.

Pero ¡cuántas veces hemos sido defraudados! ¡Cuántas veces la persona en quien más confiábamos comete un grave error que nos perjudica, o nos vuelve las espaldas cuando más la necesitamos! ¡O peor aún, nos traiciona!

No hay quien no haya pasado por este tipo de experiencias, que suelen ser muy dolorosas y hasta traumáticas, cuando la persona que nos falla es precisamente la que más amamos.

Pero no deberíamos sorprendernos ni quejarnos de que eso ocurra, porque es inevitable que las personas nos fallen. Es inevitable porque el ser humano es por naturaleza falible, limitado, sujeto a error, egoísta, desconsiderado. Tiene que ocurrir un día. Nos fallan porque nosotros también fallamos.

Dios dijo por boca del profeta Jeremías: "Maldito el varón que confía en el hombre y pone carne por su brazo…” y añadió: “Bendito el varón que confía en el Señor…” (Jr 17:5,7).

Sólo hay un ser que es enteramente confiable; sólo hay un ser en quien podemos confiar nuestros secretos sin temor de que los divulgue; sólo hay un ser que no es limitado ni falible, que no puede cometer errores y que no es egoísta, sino, al contrario, absolutamente desinteresado; y que, además, nos ama infinitamente. Ese ser es Dios.

El salmo 62 dice. "Alma mía, sólo en Dios reposa, porque Él es mi esperanza. Sólo Él es mi roca y mi salvación, mi refugio..." Y en otro lugar dice: "Sólo en Dios se aquieta mi alma, porque de Él viene mi esperanza." (Sal 62:5,1).

Si hay alguien en quien yo puedo descansar, que me puede hacer dormir tranquilo, ése es Dios (Sal 4:8).

Pero nosotros tendemos a poner nuestra confianza en seres humanos porque son ellos los que tenemos a nuestro lado, son ellos a quienes vemos, son ellos a quienes amamos. Muchos dicen: a Dios no lo vemos, no sabemos donde está; ni siquiera sabemos si nos oye; o no estamos seguros de que, si nos oye, quiera hacernos caso.

Dicen eso porque no conocen a Dios, no lo tratan y por eso no tienen la fe que deberían tener. ¿En dónde estará Dios? se preguntan, ¿en qué confín del cielo?

Hay tantas personas que se dicen cristianas --y quizá lo sean-- que tienen una concepción de un Dios distante, quizá Creador todopoderoso y amante, pero que no interviene en los asuntos humanos, que no se mezcla en nuestros problemas. ¡Cuán equivocados están! ¡No conocen a Dios y por eso piensan así!

Generalmente nuestra confianza en las personas depende de cuánto las conozcamos. Nadie confía en un desconocido. Sería una grave imprudencia. Es cierto que a veces la cometemos de puro ilusos que somos. Pero a medida que tratamos a la gente inconscientemente la juzgamos y evaluamos hasta qué punto podemos confiar en ellas. Adquirimos también cierta experiencia. Si hemos ido encargando a un empleado diversas tareas y responsabilidades, y siempre las hace bien, terminará por convertirse en nuestro empleado de confianza. La confianza nace y crece con el uso. La confianza engendra además una cierta forma de cariño, aun entre superior y subordinado. Tanto más entre personas cuya relación las sitúa en el mismo nivel, sean amigos, familiares o enamorados. Pero todos terminamos amando de alguna manera a las personas en quienes confiamos, aunque sean nuestros empleados, precisamente porque confiamos en ellas. En la Biblia hay varios ejemplos: el de Eliezer, siervo de Abraham (Gn 24; el del centurión que amaba a su siervo (Lc 7:2 ).

Por lo demás tener alguien en quien podemos realmente confiar nos da seguridad, y ¡qué triste es cuando no se cuenta con nadie en quien poner nuestra confianza!

Pero si conociéramos a Dios, si realmente lo conociéramos, entonces sabríamos por experiencia cuánto podemos confiar en Él; conoceríamos a alguien en quien realmente sí podemos confiar a ciegas.

Mucha gente piensa que Dios no se ocupa de nuestros asuntos particulares, que está demasiado lejos, o es demasiado grande o está demasiado ocupado para ocuparse de nuestras minucias. Pero Jesús nos asegura que ningún cabello de nuestra cabeza perecerá (Lc 21:18). Si, hasta los cabellos de nuestra cabeza los tiene todos contados (Mt 10:30). De todo lo que nos sucede Él está enterado.

No sólo de nosotros, sino de toda su creación. Jesús dijo “¿No se venden dos pajarillos por un cuarto? Con todo ninguno de ellos cae a tierra sin nuestro Padre.” (Mt 10:29). Eso quiere decir que Dios está enterado de todo lo que ocurre en la tierra, aun de las cosas que consideraríamos que son demasiado pequeñas para que Dios piense en ellas.

Quizá alguno objete: ¿Cómo puede Dios estar al corriente de todo lo que ocurre en el mundo? Sí puede. No juzguemos lo que Él puede hacer por lo que nosotros podemos, por los parámetros de nuestra mente limitada. Nosotros sólo podemos estar al tanto de unas cuantas cosas; si pretendemos abarcar más, las cosas se nos escapan. No podemos poner la atención en más de una cosa a la vez.

El refrán "Quien mucho abarca, poco aprieta" no se aplica a Dios, porque Él tiene una mente infinita. Él no se cansa, ni se adormece, dice su palabra (Sal 121:3,4). Él no duerme ni se aburre. Él puede poner su atención simultáneamente en un número infinito de detalles, porque Él tiene una atención infinita.

Él es como una computadora que tuviera una memoria ilimitada, una velocidad de procesamiento instantánea, y que estuviera conectada en línea con un número infinito de terminales y a todas atendiera a la vez en tiempo real.

Él nos trata y nos considera a cada uno de nosotros como si fuéramos la única persona viva sobre la tierra, la única que existiera. Porque para Él somos en verdad únicos e irremplazables. Por eso dice su palabra en Isaías: “¿Se olvidará la mujer de lo que dio a luz para dejar de compadecerse del hijo de su vientre? Aunque ella olvide yo nunca me olvidaré de ti.” (Is 49:15).

Imaginemos una madre que sólo tuviera un hijo. ¡Qué no haría esa madre por ese hijo! Bueno, eso es lo que cada uno de nosotros es para Dios. Así se porta Él con cada criatura que pisa la tierra.

Naturalmente para nosotros eso es algo inimaginable, inconcebible. El rey David hablando de cómo Dios conoce nuestras palabras aun antes de que se formen en nuestra boca, escribía: "Tal conocimiento es demasiado maravilloso para mí. Alto es, no lo puedo comprender".(Sal 139:6).
Lo que ocurre es que, como no estamos acostumbrados a tratar con Dios, no lo conocemos y por eso no confiamos en Él. Nadie confía en quien no conoce, como ya dije, a menos que esté loco. ¡Ah, si le conociéramos! Jesús le dijo a la samaritana: Si conocieras con quién estás hablando…(Jn 4:10). ¡En verdad, si le conociéramos realmente confiaríamos en Él ciegamente y nunca confiaríamos en ningún otro!

El salmo 146 dice. "No confiéis en príncipes (esto es, en hombres importantes), ni en hijo de hombre, porque no hay en él salvación. Apenas exhala su espíritu, vuelve a la tierra y ese mismo día perecen sus pensamientos." (Sal 146:3,4).

Supongamos que ponemos nuestra confianza en una persona, en su apoyo, en su conocimiento, en su consejo, en su influencia, en su dinero. De repente un día muere y ya no está ahí. Todo su conocimiento, todo su influencia, todo su poder, todas sus intenciones de ayudarnos, se las tragó la tierra, desaparecieron. Ya no puede hacer nada por nosotros.

Y si la persona amada, cuyo abrazo nos confortaba, de pronto ya no está ahí ¡Qué vacío deja en nuestras vidas!

Pero Dios nunca desaparece, nunca nos falta, siempre está ahí.

Hay tres razones a mi juicio por las cuales podemos confiar en Dios sin límites: 1) Dios todo lo puede, para Él no hay nada imposible (Lc 1:37); 2) Dios todo lo sabe y sabe mejor que nosotros mismos qué es lo que más nos conviene; 3) Dios nos ama con un amor infinito y sobre todas las cosas quiere nuestro bien. Si Dios pues quiere nuestro bien, sabe cómo hacerlo y puede hacer todo lo que quiere ¿cómo no confiar en Él?

Hay un salmo que expresa mejor que ningún pasaje que recuerde el grado de confianza que podemos tener en Él: “Encomienda al Señor tu camino, confía en Él y Él obrará.” (Sal 37:5). Si hoy día yo puede vivir sin apremios, a pesar de que nunca tomé previsiones para el futuro, es porque yo puse mi futuro en sus manos: “Confía en el Señor y haz el bien; y habitarás la tierra y te apacentarás de la verdad.” (vers. 3). ¡Cuánta verdad hay en esas palabras!

Yo no quiero decir con esto que no debemos confiar en nadie ni que nos apoyemos en nadie. La vida sería imposible si no pudiéramos contar con las personas. Dios las ha puesto ahí para ayudarnos y para que nosotros, a su vez, las ayudemos. Y claro que sabemos cuánta ayuda una mano amiga puede prestarnos en un momento difícil. Pero ¿en quién confiamos primero? ¿En quién confiamos más? ¿En Dios o en el hombre?

Si sobreviene de improviso un problema serio, que nos angustia, nos decimos ¿A quién llamo? ¿A mi abogado? ¿Al serenazgo? ¿A mi amigo, el general de policía? ¿A mi tío, que tiene influencia?
Si se mete un ladrón a tu casa, antes de coger el teléfono para pedir auxilio, o de correr a la ventana para gritar, pídele auxilio a Dios. Él está ahí, Él está ahí, aunque tú ni el ladrón lo vean, y puede hacer mucho por ti. Cuanto más grave el peligro, tanto más cerca está Él. Y cuánto más confíes en Él, más puede hacer Él por ti.

Por de pronto, confiar en Dios te dará serenidad en el peligro y eso es ya un buen comienzo. Pero puede hacer mucho más. Puede hacer que el ladrón se asuste y se vaya. Puede hacer que el asaltante se confunda y tropiece. ¡Jesús! es un grito que ha salvado a muchos del peligro. Ten su nombre bendito a la mano. ¿Y cómo lo tendrás a la mano si no lo tienes en el corazón? (Nota)

Decía antes que si lo conociéramos... Si conociéramos a Dios, sabríamos cuánto podemos confiar en Él en toda circunstancia. Pero ¿cómo le conoceremos si no le hablamos? ¿Cómo le conoceremos si no tratamos con Él? ¿Si no leemos su palabra?

Cuando te hayas acostumbrado a hablar con Él como a un amigo, como al amigo más íntimo, empezarás poco a poco a conocerlo, empezarás a aprender a escucharlo. Porque Él nos habla siempre, sólo que no reconocemos su voz entre las muchas voces que nos hablan.

No habla necesariamente con palabras audibles. Pero sentimos en nuestro corazón sus respuestas y aprendemos a distinguir su voz.

Jesús dijo que sus ovejas conocen su voz y le siguen. Si tú eres una de sus ovejas ¿has aprendido ya a reconocer su voz? Y si no lo eres, conviértete en una de ellas para que conozcas su voz y aprendas a reconocerla cuando te hable. Dios nos habla más a menudo de lo que imaginamos.

Nosotros no vivimos en la presencia de Dios, -es decir, no somos concientes de ella- aunque lo deseamos con todo el alma. Pero Dios siempre vive en nuestra presencia, porque nos tiene siempre presentes y siempre nos está mirando. Nunca desaparecemos de su vista.
Devolvámosle de vez en cuando la cortesía. Levantemos de vez en cuando nuestra mirada hacia Él. Quizá nuestra mirada se cruce con la suya y nuestros ojos se hablen.

Nota: Esa fue la palabra que yo exclamé hace dos años cuando un sujeto armado con una chaveta se me acercó mientras guardaba mi auto en la cochera y me dijo: “Esto es un asalto. Déme su dinero”: ¡Jesús! Como se me trabó la billetera al tratar de sacarla del bolsillo, porque era muy estrecho, el hombre me rasgó el pantalón con su chaveta y arrancó la billetera. Pero no me hirió ni yo tuve temor de que lo hiciera. Cuando se subía al auto de su cómplice yo le grité: ¡Dios te bendiga! Y un poco más abajo botó la cartera con mis documentos. Sí, Dios nos cuida.
(Escrito el 11.09.98; impreso por primera vez el 31.01.03 con el título “La Confianza”, y revisado para esta impresión)

#366 (24.04.05) Depósito Legal #2004-5581. Director: José Belaunde M.

lunes, 13 de diciembre de 2010

LO NUEVO DEL NUEVO TESTAMENTO

Por José Belaunde M.

Sabemos que la Biblia se compone de dos partes de disímil extensión: el Antiguo y el Nuevo Testamento. El Antiguo Testamento es tres veces más extenso que el Nuevo y está formado por las escrituras canónicas del pueblo judío, que ellos clasificaban en ley, profetas y escritos.

El Antiguo Testamento fue escrito en un lapso de aproximadamente 1000 años, de Moisés a Malaquías, si no contamos los escritos llamados deuterocanónicos, o apócrifos, que figuran en la Septuaginta (Nota 1). El Nuevo Testamento, en cambio, fue escrito en su totalidad en menos de 100 años (quizá en menos 50 años, según hipótesis modernas) y está formado por las escrituras cristianas que comprenden básicamente los evangelios, las epístolas y el Apocalipsis. El Antiguo Testamento fue escrito en hebreo (salvo algunos pasajes aislados en arameo); el Nuevo Testamento ha llegado a nosotros en el idioma griego popular (koiné), hablado en esa época en la mayor parte del Medio Oriente.

Ahora bien, frente a la gran variedad y riqueza de los libros del Antiguo Testamento ¿en qué consiste lo nuevo del Nuevo Testamento? Si se me permite dar una respuesta sumaria y sencilla (que será necesariamente incompleta y que no incluye, por razones de espacio, la nueva moral predicada por Jesús), podría decir que consiste en primer lugar en el cumplimiento de la promesa hecha por Dios a su pueblo, Israel, de enviarles un Mesías, un Salvador, que les devolviera su libertad. El cumplimiento de esta promesa era la esperanza viva del pueblo judío, como podemos ver en el cántico de Zacarías, padre de Juan Bautista: "Bendito sea el Dios de Israel que ha visitado y redimido a su pueblo, y nos ha levantado un poderoso Salvador en la casa de David su siervo, como habló por boca de sus santos profetas que fueron desde el principio, para salvarnos de nuestros enemigos y de todos los que nos odian." (Lc 1:68-71).

Pero hay un aspecto increíble, inaudito, en la realización de esta promesa, algo que ni las más ardientes esperanzas de los judíos, que se aferraban a sus textos proféticos, hubieran podido imaginar. Esto es, que el Salvador enviado por Dios no sería un mero hombre, como ellos esperaban, sino que sería Dios y hombre a la vez: Un ser divino, Hijo de Dios mismo, que nacería de una mujer de su pueblo, de una doncella virgen, sin intervención de hombre alguno, por el solo poder del Espíritu Santo (Lc 1:35).

Este es el misterio y el milagro de la Encarnación. Esta es la primera revelación fundamental del Nuevo Testamento, con la cual se inician los evangelios, y que lo distingue del Antiguo. Para nosotros, que estamos acostumbrados a celebrar en la Navidad el nacimiento de Jesús, esta idea de que Dios se hiciera hombre puede quizá no parecernos algo tan extraordinario, fuera de toda verosimilitud, porque ya nos hemos habituado a ella. Pero para los judíos de ese tiempo era algo inaudito, absurdo, inaceptable, y por eso lo rechazaron y lo siguen rechazando. Como dice el prólogo del Evangelio de San Juan: "Vino a los suyos, y los suyos no lo recibieron." (Jn 1:11).

En segundo lugar, el Nuevo Testamento nos hace ver que la misión del Mesías no se limitaba a libertar a su pueblo del yugo de la opresión, como ellos creían, sino que su misión se extendía a todo el género humano, y que la liberación que les iba a otorgar no consistía en sacudir la dominación de una potencia extranjera, sino en libertarlos, a los judíos y a la humanidad entera, de la esclavitud del pecado y del peligro inminente de la condenación eterna (2).

El Nuevo Testamento narra cómo el Mesías prometido cumplió su misión tomando sobre sí nuestras faltas y pecados y cómo hizo expiación por ellos padeciendo grandes torturas en manos de los romanos y muriendo en el suplicio de la cruz. Esta sola idea de un Mesías colgado en un madero era una abominación para los judíos, que consideraban a un crucificado como un ser maldito (Col 3:13). Y era una locura (1Cor 1:23) para los hombres cultos no judíos de su tiempo: ¡Que un Dios fuera a morir de una manera tan abyecta por mano humana! ¡No podía ser Dios entonces!

Pero esta misma idea tan absurda, este final inesperado de la carrera del Salvador divino, es la revelación del amor y de la misericordia infinita de Dios que el hombre necesitaba: Que Dios mismo, nuestro creador y acreedor, por así decirlo, tomara a su cargo nuestras deudas y pagara por ellas, sin pedirnos nada a cambio.

Al subir a la cruz, Jesús se convirtió en un signo de contradicción para judíos y gentiles por igual; en un signo que los judíos en particular rechazaban, a pesar de que el sacrificio expiatorio de Jesús estaba ya prefigurado en los sacrificios del templo y anunciado, es cierto en términos algo oscuros, por algunas profecías y, en especial, por el cántico del Siervo del Señor en el libro de Isaías (52:13-53), cuyo pasaje más saltante dice así: "Ciertamente Él llevó nuestras enfermedades y cargó con nuestros dolores y nosotros le tuvimos por azotado, por herido de Dios y abatido. Mas Él fue herido por nuestras transgresiones, molido por nuestros pecados. El castigo de nuestra paz cayó sobre Él y por sus llagas fuimos nosotros sanados" (53:4,5).

Los rabinos judíos discutían entre sí sobre la interpretación de este pasaje intrigante (¿Se refiere a un personaje concreto en particular o al pueblo escogido entero?). El eunuco de la reina Candaces le preguntó al evangelista Felipe también acerca de él ("¿El profeta dice esto de sí mismo o de otro?" Hch 8:26-40). Pero sólo Jesús mismo podía darle la interpretación justa y verdadera porque Él había sido enviado precisamente a cumplirlo (Lc 24:44-47).
La carrera del Salvador felizmente no concluyó con su muerte, sino que, como estaba anunciado en el salmo 16, las cadenas del Sheol no lo pudieron retener. Él se levantó del sepulcro, libre de las ataduras de la muerte, resucitando en un cuerpo glorioso que ya no podía volver a morir, y una vez ascendido al cielo, se sentó a la diestra de la majestad de Dios a esperar "que sus enemigos sean puestos como estrado de sus pies" (Sal 110:1; Lc 20:43; 1Cor 15:25).

Por estas dos revelaciones el valor del Nuevo Testamento supera incomparablemente al valor del Antiguo. Esta revelación del nacimiento, muerte y resurrección de Jesús hace que el Nuevo Testamento sea un libro único en toda la literatura humana, porque contiene las verdades más preciosas para nosotros y porque narra la intervención más extraordinaria de Dios en el devenir humano.

En tercer lugar, el Nuevo Testamento nos habla acerca de la persona del Espíritu Santo y de la Santísima Trinidad. El pueblo del Antiguo Testamento conocía acerca de la acción del Espíritu de Dios en su historia, partiendo de la creación, en la que "el Espíritu ...flotaba sobre la faz de las aguas" (Gn 1:2). Sabía, como he explicado en otra charla, que el Espíritu de Dios podía venir sobre un hombre y darle una fuerza extraordinaria o una gran sabiduría, y que podía realizar milagros. Pero no tenían idea de que el Espíritu Santo fuese también Dios a título propio y una persona distinta del Padre y del Hijo. Aunque el Ángel del Señor aparece con frecuencia en el Antiguo Testamento (Gn 21:17;Ex 3:2;14:19;Jc 2:1; 6:11; etc.), identificado con Dios, y muchos piensan que era una manifestación del Verbo no encarnado, los hebreos no sabían nada acerca de la persona del Hijo, uno con el Padre. No sabían tampoco que los tres, Padre, Hijo y Espíritu Santo, siendo cada uno de ellos individualmente Dios, formaban una unidad divina, un solo Dios en tres personas.

Los judíos no sólo ignoraban estas cosas, aunque estén implícitas en algunos pasajes por cierto misteriosos de sus Escrituras, sino que para ellos, y para los no judíos, la sola noción de un Dios en tres personas era simplemente una blasfemia. Eso explica que esta verdad no fuera comprendida de inmediato por todo el pueblo cristiano sino poco a poco y que sólo fuera inequívocamente proclamada después de 300 años, en el primer concilio de Nicea, y no sin muchos debates y discusiones, que no se apagaron inmediatamente (3).

El cuarto elemento nuevo del Nuevo Testamento es el inesperado mensaje de que el hombre no tiene que hacer nada para salvarse sino creer; que el hombre, por mucho que se esfuerce, no puede merecer la salvación y que tampoco necesita merecerla, porque ya todo lo necesario lo hizo Jesús por él y es, por tanto, gratuita. Que al creer, el hombre es regenerado por el Espíritu Santo, nace de nuevo espiritualmente, como le explica Jesús a Nicodemo (Jn 3:3-7) y es una nueva criatura (2Cor 5:17).

Esta revelación se manifiesta en frases como ésta del Prólogo del Evangelio de San Juan, que dice: "Pero a todos los que le recibieron, les dio el poder de llegar a ser hijos de Dios, a los que creen en su nombre, los cuales no son nacidos de hombre, ni de voluntad humana, sino de Dios" (Jn 1:12). O en otros pasajes del mismo evangelio, como aquel que dice: "En verdad, verdad os digo que el que oye mi palabra y cree en el que me envió tiene vida eterna y no viene a condenación, sino que ha pasado de muerte a vida." (Jn 5:24).

Pero es sobre todo en las epístolas de Pablo en donde esta verdad encuentra su formulación más consumada, como en la conocida sentencia de la carta a los Efesios: "Pues habéis sido salvados por gracia mediante la fe. Esto no proviene de vosotros, sino que es don de Dios. Tampoco es por obras, para que nadie se jacte" (Ef 2:8,9). O aquella otra de Romanos: "Por cuanto todos pecaron y están destituidos de la gloria de Dios, siendo justificados gratuitamente por su gracia, mediante la redención en Cristo Jesús". (Rm 3:23,24).

La salvación procurada por la muerte de Cristo es un paquete que incluye todo lo que el hombre necesita: “Ya habéis sido salvados, ya habéis sido santificados, ya habéis sido justificados en el nombre del Señor Jesús…” (1Cor 6:11).

Lo cual no quiere decir que el cristiano pueda vivir como quiera o que pueda seguir pecando como antes hacía. ¿Cómo podría si ya ha sido libertado de la esclavitud del pecado y ha sido hecho siervo de la justicia? (Rm 6:18) El cristiano, hombre o mujer de Dios, tiene que vivir haciendo las buenas obras que Dios preparó de antemano para que las hiciera (Ef 2:10), no para merecer por ellas la salvación, sino para honrar a Dios con sus hechos, para mostrarle su amor y su agradecimiento obedeciéndole (Jn 14:21), y para dar testimonio de que en su diario vivir es guiado por el Espíritu Santo (Rm 8:14).

Muchas cosas, además de las mencionadas, que fueron reveladas en el Nuevo Testamento, no figuran en el Antiguo, o estaban contenidas sólo en germen en los libros de la antigua alianza. Ellas hacen que nuestra religión (4) sea una religión enteramente diferente a todas las otras religiones -incluido el judaísmo- porque ella consiste antes que nada en las verdades acerca de una persona, Jesucristo, y acerca de la misericordia de Dios revelada a través de su único Hijo.
¡Qué gran privilegio es para nosotros haber escuchado este Evangelio, esta buena nueva, y haber creído en ella! ¡Qué gran privilegio y qué enorme gracia es haber nacido en una nación cristiana en la que las verdades de Dios pueden ser predicadas abiertamente y en la que podemos adorar a Dios en toda libertad!

Si pensamos que hay tantos países en el mundo en los que esto no es posible ¿Cómo no hemos de dar gracias a Dios por este privilegio?

Y tú amigo que lees estas líneas ¿eres conciente de la enorme suerte que te ha tocado? Quizá ocurra que, como estás acostumbrado a oír hablar desde chico de estas cosas, no les das importancia, o las tomas como sobrentendidas, como algo en lo que no se necesita pensar. O quizá pienses que son antiguallas en las que la gente moderna superada ya no puede creer.

Por ese motivo quizá no has captado en toda su profundidad lo que significa que Jesús muriera por ti, que Él muriera en lugar tuyo, que tú debías haber ocupado su lugar en la cruz por tus propios pecados. Y así fue en verdad: El inocente Jesús sufrió una muerte horrenda por ti; fue condenado a causa de tus culpas para que tú fueras librado de ellas y escaparas a la sentencia que merecías (1P 2:24).

Quizá tú te digas ¿Por qué tendría yo que ser condenado a muerte si yo soy una buena persona, si yo no le hago daño a nadie?

¿Es verdad? ¿Nunca has hecho nada por lo que tu conciencia te acuse? ¿Eres realmente inocente como un niño? Vamos no te engañes. Si hubieras estado en el grupo de los que rodeaban a la pecadora que le trajeron a Jesús cuando fue sorprendida en adulterio, y que le preguntaron si era lícito apedrearla ¿podrías tú haber tirado la primera piedra? Jesús, autorizándoles a que lo hicieran, les dijo: "El que esté libre de pecado que tire la primera piedra". (Jn 8:7). Pero no había ninguno y Él lo sabía. ¿Estás tú libre de pecado como para acusar a otros?

Sé muy bien que tu respuesta es negativa; que si tú hubieras estado en ese lugar y en esa escena, tu te habrías retirado como los demás y, como yo, avergonzado porque, aunque no quieras admitirlo, tu conciencia te acusa tanto como a ellos.
Si tienes una carga, un peso en tu conciencia, del que no te puedes librar, ahí está Jesús para quitártelo, el único que puede hacerlo, si tú reconoces tus faltas y le pides perdón por ellas. Si haces eso de todo corazón, sinceramente arrepentido, Jesús te dirá como a la Magdalena: "Anda y no peques más" (Jn 8:11). 17.12.00

Notas: 1. La Septuaginta (usualmente referida como "LXX") es la traducción al griego de las Escrituras hebreas hecha, unos 150 años antes de Jesús, por los judíos asentados en Alejandría. Contiene algunos libros escritos después de Malaquías, que no fueron admitidos en el canon hebreo por el Concilio rabínico celebrado en Yavné o Yamnia (100 D.C. aproximadamente). La Septuaginta era la Biblia que usaban las sinagogas judías de la dispersión de habla griega y la que usaron los apóstoles y los primeros cristianos en su predicación. Haber tenido un texto común facilitó enormemente la difusión del Evangelio entre los judíos de la Diáspora (Hch 13:5,14-43;14:1;17:1-4;10-12;18:4,26;19:7). El orden en que están dispuestos los libros del Antiguo Testamento en nuestra Biblia -diferente del de las Escrituras judías- es el que tenían en la LXX.

2. La pregunta que los apóstoles hacen a Jesús, antes de que ascienda al cielo, acerca de cuándo restauraría el reino de Israel (Hch 1:6) muestra cómo ellos mismos, aún después de la resurrección, estaban presos de la concepción nacionalista de la misión del Mesías. Pero el descenso del Espíritu Santo en Pentecostés les dio la perspectiva correcta.
3. La herejía arriana, que negaba que Jesús fuera Dios, estuvo a punto de desplazar a la ortodoxia durante el siglo IV. Fue condenada en el primer concilio de Constantinopla (381), pero persistió en muchos reinos germánicos hasta dos siglos después. Las doctrinas de los Testigos de Jehová constituyen en parte una vuelta a la herejía del arrianismo.
4. Tomo la palabra "religión" (sinónimo de "piedad") en el sentido positivo que siempre tuvo a lo largo de la historia del Cristianismo, de relación del hombre con Dios, que lo lleva a hacer lo que Dios espera de él. Nótese que el hecho de que haya una "religión vana" no impide que haya por contraparte una “religión pura y sin mancha” (St 1:26,27).

NB. Este artículo fue originalmente el texto de una charla transmitida por Radio Miraflores en diciembre del año 2000, y enseguida publicada el 17.12.00.

#654 (28.11.10) Depósito Legal #2004-5581. Director: José Belaunde M. Dirección: Independencia 1231, Miraflores, Lima, Perú 18. Tel 4227218. (Resolución #003694-2004/OSD-INDECOPI).

viernes, 10 de diciembre de 2010

¿CUÁL ES TU PRECIO?


Por José Belaunde M.

Hoy día en el mundo se suele decir que todo tiene su precio, todo se vende y se compra. La conciencia de la gente tiene también su precio. Si un hombre de empresa necesita que una persona en un alto cargo tome determinada decisión que le favorezca o le facilite hacer algún negocio, va donde él o le envía a un amigo de su parte, a indagar cuánto es lo que exige como compensación para decidir a favor suyo. Si acaso su amigo vuelve diciéndole que el funcionario no acepta plegarse a sus deseos, el empresario piensa: “Caramba, este tipo se cotiza muy alto ¿Cuánto será lo que quiere?” Y manda a su amigo de vuelta para que negocie el monto.
Y tú ¿has pensado cuál es tu precio? ¿Hasta que suma de dinero eres incorruptible, insobornable? ¿10,000 dólares? No, eso es muy poco para mí. ¿Pero si le agregan un cerito a la derecha y te susurran al oído: cien mil? ¿Estás dispuesto a ceder? ¿Te pones firme y dices: Yo no puedo aceptar este tipo de ofertas? ¿O tratas de justificar tu venalidad diciéndote que hay ofertas que no se pueden rehusar?

Si te proponen un negocio incorrecto ¿hasta qué ganancia estás dispuesto a renunciar para mantener tu integridad?

La gente está acostumbrada a deslizar un sobre o un billete a la persona que tiene que tramitar un expediente, para que no ponga trabas y lo haga rápido, aunque es su obligación hacerlo por el sueldo que recibe. Estas cosas son tan comunes que ya ni nos llaman la atención ni nos hacen sonrojar si nos acomodamos a la costumbre.

Hay quienes no se venden por dinero (¡son incorruptibles!) pero sí por una “pequeña” ventaja temporal, como podría ser un viaje, o un puesto, o un honor, o una posición de cierta importancia, y no obstante, se consideran honestos. Nunca se rebajaron a recibir una coima pero sí torcieron la verdad o la justicia a cambio de un beneficio de otro orden.

El personaje de Daniel en la Biblia es sumamente interesante a este respecto y las peripecias de su vida son muy instructivas para nosotros, porque él fue un hombre público, que desempeñó altos cargos desde joven y sirvió a sucesivos gobiernos durante su larga carrera.

Él era un muchacho israelita que había sido llevado a Babilonia cuando Nabucodonosor conquistó Jerusalén hacia fines del siglo VI antes de Cristo. El propósito del tirano era doble: de un lado privar a la nación conquistada de lo mejor de su gente, de su élite; y, de otro, aprovechar para su propia nación a lo más capaz del país vencido.

El joven Daniel fue llevado a Babilonia junto con otros jóvenes que, como él, formaban parte de la aristocracia judía y habían recibido desde niños una educación esmerada. Ahora se trataba de que aprendieran el idioma de los caldeos y se familiarizaran con las costumbres babilónicas. Si él y sus amigos demostraban ser alumnos aprovechados les esperaba una brillante carrera en su nueva patria.

El rey encargó a un hombre de su confianza el cuidado de los jóvenes israelitas, su manutención y su educación. Pero Daniel como buen israelita, debía obedecer a las prescripciones de la ley de Moisés acerca de los alimentos, y había ciertos manjares y ciertas bebidas que le estaban prohibidas.

Dice la Escritura: "Daniel se propuso no contaminarse con la porción de la comida del rey, ni con el vino que él bebía; pidió por tanto a su tutor que no se le obligase a contaminarse." (Dn 1:8). Y el funcionario, aunque con algunas dudas, accedió a su petición.

Daniel y sus compañeros rehusaron gustar de la comida del rey a pesar de que eso significaba correr el riesgo de disgustar a su tutor y, peor aún, de suscitar la cólera del soberano. En esa época los reyes no se andaban con contemplaciones. Si alguien se oponía a sus deseos, simplemente lo mandaban matar.

Pero Daniel no condescendió con el mundo que le ofrecía satisfacciones y halagos: una mesa bien servida, vino abundante, diversiones y encima, una brillante carrera y formar parte del grupo privilegiado.

¿Cuántas veces nos hemos encontrado en situaciones parecidas? Se nos ofrecen tales o cuales ventajas, con tal de que cedamos en nuestros principios.

¿Mantenemos entonces nuestra integridad o nos acomodamos? ¿Estamos dispuestos, por razones de conciencia, a renunciar a las ventajas que nos ofrecen, o peor, a ser marginados por no colaborar?

Si eres profesional ¿te negarías a hacer lo que tu conciencia te prohíbe, pese a las amenazas de represalias?

Si eres juez ¿cambiarías la sentencia a favor del culpable porque alguien bien situado te lo ordena? (Nota) ¿Estás dispuesto a arriesgar que te cambien de colocación o que te acusen falsamente de prevaricato por no ceder a las presiones?

Si eres investigador o fiscal ¿cambiarías el atestado policial por una buena oferta de dinero o por la promesa de un ascenso? ¿Acusarías al inocente por unos cuantos soles?

Si eres médico ¿esterilizarías a esa pobre campesina ignorante, sin explicarle claramente lo que esa operación significa, o sin que su esposo esté de acuerdo? Hubo pocos médicos que se negaron hace pocos años a hacerlo por temor de perder su puesto y su sueldo.

¿Abortarías a esa joven por un buen fajo de billetes?

Si estás a cargo de las compras en una repartición pública ¿harías pedidos innecesarios en complicidad con otros colegas para recibir la comisión que te ofrece el vendedor? ¿Te contentas con el diez por ciento para otorgar la buena pro, o pides más? ¿O te niegas más bien, como debieras, a recibir un centavo?

Casos como los que menciono ocurren a diario en la administración pública, en los negocios y en todas las profesiones. Y ahí es cuando se descubre el temple de nuestra integridad de carácter y de nuestras convicciones.

Queremos formar parte de la collera, del grupo de amigos "in", de los que son invitados a reuniones de diversión privadas, de los que están al tanto de las mejores oportunidades para hacer dinero, de los que se benefician con los repartos o de los ascensos.

Hoy más nunca reinan los que venden su conciencia. ¿Cuál es tu precio? ¿Ya lo has fijado?

Seguir a Cristo también tiene su precio, pero es un precio de naturaleza diferente, que no siempre se mide en dinero. Porque puede pedírsenos que mintamos ante la opinión pública, o que tomemos parte en manejos que nuestra conciencia reprueba; o que nos adhiramos a ciertos grupos políticos, o a ciertas fraternidades que nos ofrecen apoyo de colegas; o, simplemente, se nos pide que neguemos nuestra fe cristiana.

El apóstol Pedro se encontró una vez en una situación de peligro parecida y, para escapar de ella, negó que era amigo de Jesús. Si él decía que sí, si admitía que era su amigo, quizá lo hubieran involucrado en el juicio como cómplice y hubiera acabado en la cruz junto con su maestro. Él lo amaba, por cierto, pero no tanto como para arriesgar la vida, o como para ser torturado.

Sin embargo, Pedro le había jurado poco antes a Jesús que estaba dispuesto a morir por Él. Pero llegado el momento de la prueba, más pudo el miedo. Cuando cantó el gallo y se acordó del anuncio que le había hecho Jesús ya era tarde, ya lo había traicionado.

¿A qué le temes tú más? ¿A desafiar la ira del rey, de los poderosos, o a desafiar la ira de Dios? Los reyes, los poderosos de este mundo son muchas veces testaferros del diablo, sus emisarios. Vienen de su parte para tentarte, para probar el temple de tu conciencia. Cuando te vengan a hacer determinadas ofertas, mira bien los pies de la persona que te las hace, a ver si descubres las pezuñas del cachudo.

¿A quién le temes tú más? ¿A Dios, o a la gente del mundo, o a la sociedad, o a los poderosos? ¿Ante quién tiemblas?

Jesús dijo: "No temáis a los que matan el cuerpo mas no pueden matar el alma; temed más bien a Aquel que puede destruir alma y cuerpo en el infierno" (Mt 10:28). Hay quienes creen que Jesús se está refiriendo en ese pasaje al diablo, pero no se está refiriendo al diablo sino a Dios. Sólo a Dios debemos temer. El diablo puede torturarnos en el infierno pero no puede mandarnos ahí ni destruirnos. Sólo Dios puede hacerlo.

También dijo Jesús: "¿Qué provecho sacará el hombre con ganar el mundo entero si pierde su alma?” (Mt 16:26). Si pierdes tu alma, lo perdiste todo, porque los bienes son muchos pero el alma es una sola. Además el bien que pudiste ganar a cambio de tu alma dura muy poco. En cambio tu alma es eterna.

Antes Él había dicho: "Todo el que quiera salvar su vida, la perderá; y todo el que pierda su vida por mi causa, la encontrará". (Mt 16:25). Esa es la gran promesa de Jesús. Lo que tú estés dispuesto a renunciar por mantenerte fiel a Jesús, inclusive la vida, lo recuperarás mil veces aumentado, multiplicado, en este mundo o en el otro.

Dios premió la fidelidad de Daniel y de sus compañeros haciendo que ellos encontraran gracia con el funcionario que se encargaba de ellos; haciendo que no se demacraran, como temía el tutor, por el hecho de comer sólo legumbres y otros alimentos permitidos a los israelitas (Dn 1:12-15); y, por último, los premió dándoles más sabiduría que a los otros jóvenes de su edad (Dn1:19,20), de tal manera que destacaran temprano sobre los demás del grupo. Porque dice el texto sagrado que el rey se mostró satisfecho con ellos y los convirtió en sus consejeros.

Ser fieles a Dios conlleva un precio, pero trae consigo también una recompensa: por de pronto, mayor sabiduría y autoridad. Puede haber sacrificios que afrontar, esto es, renunciar a los premios que da el mundo a los que se doblegan; y puede haber peligros que sortear, incluso arriesgar la vida; pero, al final, Dios nos premia y su recompensa tiene mucho mayor valor que las satisfacciones transitorias que ofrece el mundo.

En última instancia, aunque al principio te critiquen o se burlen de ti, al final te admirarán por la solidez de tus principios y de tu carácter, te elogiarán públicamente. Porque no hay mucha gente incorruptible en el mundo, y esos pocos terminan siendo admirados y premiados hasta por aquellos que los criticaban.

Pero el mayor premio que puedes obtener es la paz de una conciencia tranquila, de un sueño imperturbado. Si hubieras consentido en lo que te proponían, si hubieras aceptado el soborno ¿cómo te hubieras sentido? ¿Estarías contento de ti mismo? Y si el asunto llegara a ser público ¿con qué cara mirarías a tus hijos que veían en ti a su modelo?

Nota. Sabemos que estas cosas suceden con frecuencia en nuestro poder judicial, y no sólo porque alguien bien situado lo ordena sino porque se ofrece una recompensa dineraria.

NB. Esta charla fue transmitida por radio el 15.01.2000 y publicada hace poco más de cinco años. La vuelvo a imprimir porque creo que su contenido sigue siendo muy actual.
#655 (05.12.10) Depósito Legal #2004-5581. Director: José Belaunde M. Dirección: Independencia 1231, Miraflores, Lima, Perú 18. Tel 4227218. (Resolución #003694-2004/OSD-INDECOPI).

jueves, 25 de noviembre de 2010

JOSÍAS, EL ÚLTIMO REY PIADOSO DE JUDÁ - II

Por José Belaunde M.

En el artículo anterior narramos el inicio del reinado de Josías y su celo para limpiar su país de todas las huellas de la idolatría en que había caído; narramos la restauración del templo de Jerusalén que él emprendió, y cómo en el transcurso de esos trabajos se encontró el libro de la ley que se había perdido. Lo dejamos cuando, después de escuchar conmovido su lectura, mandó consultar a Dios por medio de la profetisa Hulda y oyó su respuesta.

Aunque el castigo del pueblo estaba anunciado como inevitable, Josías se propuso hacer todo lo posible para que el pueblo se reformara. Él comprobó que lo que había hecho hasta ese momento no era suficiente, que tenía que profundizar la reforma del culto y de las costumbres.

Convocó a todo el pueblo, desde los príncipes hasta los más humildes, y él mismo les leyó el libro de la ley: “Y subió el rey a la casa de Jehová con todos los varones de Judá, y con todos los moradores de Jerusalén, con los sacerdotes y profetas y con todo el pueblo, desde el más chico hasta el más grande; y leyó, oyéndolo ellos, todas las palabras del libro del pacto que había sido hallado en la casa de Jehová.” (2R 23:2)

Él tomó en serio su misión de hacer conocer al pueblo la palabra de Dios (como haría Esdras casi doscientos años después, Nh 8:1-3). Si a él lo había conmovido escucharla, pensó que el mismo efecto tendría sobre sus súbditos, y no se equivocó. Pero no le bastó haberse conmovido, sino que se comprometió él mismo a cumplir la voluntad de Dios, y comprometió al pueblo a hacerlo.

“Y poniéndose el rey en pie junto a la columna, hizo pacto delante de Jehová, de que irían en pos de Jehová, y guardarían sus mandamientos y sus estatutos con todo el corazón y con toda el alma, y que cumplirían las palabras del pacto que estaban escritas en aquel libro. Y todo el pueblo confirmó el pacto." (2R 23:3).

El pueblo dio su asentimiento y confirmó el pacto que Josías había hecho en nombre propio y en nombre de ellos. Ese pacto no era un pacto nuevo, estrictamente hablando, sino era la renovación del pacto que el pueblo hebreo había celebrado con Dios en el Sinaí cuando recibió las tablas de la Ley (Ex 24:7; 34:8-10). (Nota 1)

¡Feliz el pueblo que tiene un gobernante que ama la palabra de Dios y la pone en práctica! “Cuando los justos gobiernan el pueblo se alegra”, dice Pr 29:2. Si el pueblo estuviera siempre dispuesto a vivir acatando la ley de Dios, y sus autoridades estuvieran dispuestas a gobernar según sus mandatos, como lo estaban Josías y sus colaboradores, la nación sería feliz y prosperaría.

El Perú goza actualmente de prosperidad económica, pero todavía hay mucha pobreza y desigualdad; y ahora el país está afligido por el resurgimiento del terrorismo en el VRAE, y por el aumento de la delincuencia, así como por la inseguridad resultante. Necesitamos que el celo de Josías venga sobre nuestros gobernantes.

¿Pero fue esta renovación del pacto hecha por Josías y el pueblo, suficiente para borrar el efecto de décadas de idolatría en los corazones y hacer que todos se volvieran sinceramente a Dios? Los acontecimientos posteriores, como veremos más adelante, demostrarían que no. Durante la vida del rey piadoso el pueblo, en efecto, no se apartó de la voluntad de Dios expuesta en la ley que habían oído, al menos en lo exterior, pero en su interior deseaban regresar a sus ídolos, tal como Jeremías constantemente denunciaría. (2)

Sin embargo, Josías no perdió tiempo para poner en obra las palabras del pacto renovado, y terminó de limpiar el templo de todo rezago y de toda huella de idolatría, quemando los utensilios del culto de Baal y de Asera. (3)

Demolió el santuario que había en el valle de Hinnom (Ge-Hinnom), al Sur de la ciudad, donde se realizaba el culto de la fertilidad y donde había sacrificios humanos. Quemó ahí además la imagen de Asera que había en el templo, y la convirtió en polvo (v.6; c.f. Ex 32:20). El lugar se convirtió en un muladar en donde se quemaba la basura de la ciudad. De ahí viene que su nombre se convirtiese en sinónimo del infierno. (gehena en griego). Profanó el altar a Moloc (tofet) “para que ninguno pasase a su hijo o hija por fuego.” (v. 10).

Se prohibió a los sacerdotes idólatras quemar incienso en los lugares altos en Judá y en los alrededores de Jerusalén, algo que su bisabuelo Ezequías, ochenta años antes, no había logrado del todo. “Y asimismo (quitó) a los que quemaban incienso a Baal, al sol y a la luna, y a los signos del Zodíaco y a todo el ejército de los cielos.” (v.5).

Todas estas medidas llevaron a la centralización del culto en Jerusalén, tal como estaba prescrito en Dt 12:5-14.

Destruyó además el santuario cismático que Jeroboam, hijo de Nabat, había levantado en Betel (1R 12:25-29), y quemó la estatua de Asera que allí había (2R 23:15).

En su recorrido por el territorio del Norte haciendo limpieza de ídolos, sacó los huesos de los sepulcros y los quemó sobre los altares de los lugares altos para profanarlos. Pero respetó la tumba del varón de Dios que, trescientos años, antes había profetizado que algún día habría un rey que se llamaría Josías, y que haría las cosas que él estaba haciendo (v. 16-18. C.f. 1R 13:1-3).

Cuando hubo terminado la obra de limpieza de las idolatrías en el territorio de Judá y del antiguo reino de Israel, regresó a Jerusalén para celebrar la Pascua.

El 2do libro de Crónicas dedica todo un capítulo a describir la Pascua que Josías mandó celebrar en el año 18 de su reinado, cuando tenía 26 años (621 AC), y de la que se dice que desde los tiempos de Samuel no se había celebrado una Pascua semejante, tan brillante, gozosa y abundante (2R 23:22; 2Cro 35:18), ni siquiera incluso bajo los reinados de David y Salomón. Una característica especial de esta Pascua fue que se celebró en el santuario de Jerusalén, donde asimismo se sacrificaron los corderos pascuales, y no como en otras oportunidades, en diversas ciudades del territorio.

Recuérdese que Ezequías había celebrado también una Pascua fastuosa al culminar sus reformas (2Cro 30. Véase mis artículos “Ezequías celebra la Pascua” I y II).

Un producto importante de la reforma llevada a cabo por Josías –señala el historiador F.F. Bruce- fue la compilación final de los escritos históricos que cubren el período que va desde la conquista de Canaán hasta su propio reino, y que figuran en los libros de Josué, Jueces, Samuel y Reyes. No que todo su contenido fuera escrito en su tiempo, sino que se redactaron incorporando material histórico ya existente, que debe haber sido en parte contemporáneo a los sucesos narrados en sus diferentes secciones. La intención de esos libros no era hacer una crónica secular de los acontecimientos, sino hacer un registro de los tratos de Dios con su pueblo, desde el punto de vista de la perspectiva profética, por lo que se piensa que esos libros deben haber sido compilados en su mayor parte por miembros de las escuelas de profetas.

Para realizar sus reformas Josías contó con el apoyo de dos jóvenes profetas: el primero de ellos es Sofonías, posiblemente pariente suyo, que antes de que el rey llevara a cabo lo más significativo de sus reformas, predijo algunas de las cosas que él haría (Sof 1:4-6). Pero el más importante de ambos es sin duda Jeremías, que empezó su ministerio en el año décimo tercero del reinado de Josías, un año después de que el rey empezara su obra de limpieza, y cinco años antes de sus principales reformas.

Sin embargo, Jeremías previó que la renovación del pacto hecha por Josías no iba a cambiar radicalmente la conciencia y las costumbres idolátricas del pueblo, tal como tampoco el pacto sinaítico pudo hacerlo, porque la gente no había nacido de nuevo. Ese nuevo nacimiento se produciría sólo cuando viniera el nuevo pacto que él predijo que Dios haría con Israel, el cual transformaría realmente los corazones, y en el que las leyes de Dios estarían grabadas, no en tablas de piedra como en el Sinaí, sino en los corazones de la gente.

Él se refería naturalmente al nuevo pacto que, sabemos, sería inaugurado por Jesús al celebrar la Última Cena: “He aquí que vienen días, dice Jehová, en los cuales haré nuevo pacto con la casa de Israel y con la casa de Judá. No como el pacto que hice con sus padres el día que tomé su mano para sacarlos de la tierra de Egipto; porque ellos invalidaron mi pacto, aunque yo fui un marido para ellos, dice Jehová. Pero este es el pacto que haré con la casa de Israel después de aquellos días, dice Jehová: Daré mi ley en su mente, y la escribiré en su corazón, y yo seré a ellos por Dios y ellos me serán por pueblo. Y no enseñará más ninguno a su prójimo, ni ninguno a su hermano, diciendo: Conoce a Jehová, porque todos me conocerán, desde el más pequeño hasta el más grande, dice Jehová; porque perdonaré la maldad de ellos, y no me acordaré más de su pecado.” (Jr 31:31-34).

Seiscientos años habían pasado desde el pacto sinaítico; seiscientos años más pasarían hasta el advenimiento de Cristo. “Pero en la víspera de la catástrofe nacional, que nadie previó con tan terrible claridad como Jeremías, este rayo de luz aparece para iluminar el futuro con esperanza divina”, escribe F.F. Bruce.

Entretanto la historia seguía su curso implacable. El año 616 AC se estableció una nueva dinastía caldea en Babilonia, que invadió Asiria, ya muy debilitada. Pero Asiria recibió apoyo de Egipto, al que no convenía que se estableciera una nueva potencia al Norte de su reino.

Durante once años Egipto sostuvo a Asiria contra sus enemigos. Sin embargo, el año 612 Nabucodonosor, príncipe heredero de Babilonia, conquistó, en alianza con los medas, Nínive, la capital de Asiria, y la destruyó, para alegría de todos los pueblos que habían sufrido bajo su yugo.

El profeta Nahum cantó al respecto: “¡Ay de ti, ciudad sanguinaria, toda llena de mentira y de rapiña, sin apartarse del pillaje! Chasquido de látigo, y fragor de ruedas, caballo atropellador y carro que salta; jinete enhiesto, y resplandor de espada y resplandor de lanza; y multitud de muertos, y multitud de cadáveres…” (Nh 3:1-3). Nótese el aliento poético de ese pasaje que utiliza las imágenes de una batalla para describir la caída de la gran ciudad.

No obstante, el reino asirio sobrevivió a la destrucción de su capital gracias al apoyo egipcio. En el curso de su política proasiria, el faraón Necao marchó al Norte para venir en auxilio de Asiria, pero fue detenido en el valle de Meguido por el rey Josías que, al menguar el poderío asirio, había logrado reconstruir su ejército.

Josías sin duda pensaba que la desaparición definitiva de Asiria era esencial para que Judá pudiera conservar su independencia. Su motivación era buena pero su estrategia era equivocada. Él no podía hacer frente a un poder mucho más grande que el suyo, salvo que Dios lo respaldara. Al inclinarse indirectamente a favor de Babilonia no pensó que el naciente poder caldeo podía llegar a ser tan enemigo de Judá como lo había sido Asiria.

Necao le mandó decir: “¿Qué tengo yo contigo, rey de Judá? Yo no vengo contra ti sino contra la casa que me hace la guerra; y Dios me ha dicho que me apresure. Deja de oponerte a Dios, quien está conmigo, no sea que Él te destruya.” (2Cro 35:21)

Pero Josías no le hizo caso: “Mas Josías no se retiró sino que se disfrazó para darle batalla, y no atendió a las palabras de Necao, que eran de boca de Dios; y vino a darle batalla en el campo de Meguido.” (2Cro 35:22).

¿Por qué Josías no creyó que las palabras de Necao venían de Dios? Quizá él pensó que Dios no le hablaría a través de un soberano pagano. Olvidó que Dios había hablado no sólo a través de un profeta pagano (Balaam), sino también a través de un asna (Nm caps. 22 al 24). Desde el punto de vista práctico es interesante constatar que Dios puede efectivamente hablarnos alguna vez a través de personas del mundo o incrédulas.

Pero sobre todo ¿Por qué no consultó Josías a Dios, como había hecho anteriormente, acerca de lo que debía hacer? Quizá ése sea el motivo por el cual Jeremías es parco en el elogio que ha dejado escrito acerca de Josías.

Josías había obrado imprudentemente al enfrentarse a un ejército más poderoso que el suyo y cayó en la batalla: “Y los flecheros tiraron contra el rey Josías. Entonces dijo el rey a sus siervos: Quitadme de aquí, porque estoy gravemente herido. Entonces sus siervos lo sacaron de aquel carro, y lo pusieron en su segundo carro que tenía (posiblemente el carro real con que había venido a la batalla, antes de pasarse disfrazado al otro carro menos adornado), y lo llevaron a Jerusalén donde murió; y lo sepultaron en los sepulcros de sus padres. Y todo Judá y Jerusalén hicieron duelo por Josías. Y Jeremías endechó en memoria de Josías…” (2Cro 35:24,25ª). Pensemos: Con cuánta frecuencia ocurre que cuando las personas justas mueren nos damos cuenta de su valía y les rendimos el homenaje que les negamos en vida.

Un triste e inesperado final para un gran rey. Pero ¿no había predicho Hulda que Josías moriría en paz? (2Cro 34:26-28; 2R 22:18-20) Esa profecía se cumplió en dos sentidos:

1) Aunque Josías fue herido en batalla, él murió en su cama, sin duda rodeado de los suyos; y

2) Él no vio el desastre que poco después se abatiría sobre su país. No contempló el final de la independencia de Judá, ni su ruina.

Es paradójico contemplar cómo un soberano piadoso como Josías, que buscó siempre servir a Dios fielmente, pudo en un momento crucial de su vida, obrar de acuerdo a su propio criterio y no buscar el consejo de Dios antes de tomar una decisión estratégica tan importante. ¿Se habría él envanecido? ¿O pensaría que Dios respaldaba todo lo que hiciera?

¿Podemos nosotros reprochárselo? ¿No obramos nosotros acaso a veces de manera semejante, creyéndonos seguros de lo que hacemos y sin consultar a Dios, como si no fuera siempre necesario?

Lo cierto es que la muerte prematura de Josías fue una catástrofe de graves consecuencias para el reino de Judá -que perdió su recién conquistada independencia- así como para la causa de la restauración del culto al Dios verdadero, en la cual se produjo de inmediato un grave retroceso.

A Josías debía sucederle su hijo mayor, Eliaquim, pero el pueblo se opuso, porque conocían su carácter déspota, y colocó en su lugar al segundo de los hijos de Josías, a Joacaz. Pero éste, no se sabe exactamente por qué motivo, sea porque Necao consideró que había sido nombrado sin consultarle (y él consideraba a Judá como un reino vasallo suyo), sea por intrigas del Eliaquim, a los tres meses fue depuesto por el faraón y llevado prisionero a Egipto donde murió. Necao colocó en su lugar al repudiado Eliaquim, y como para afirmar su autoridad sobre el reino, le cambió el nombre, llamándole Joacim. Nótese que Jeremías denuncia en numerosos pasajes de su libro la política pro egipcia seguida por Joacim (Véase por ej. Jr 2:36,37).

Debido a la torpeza del nuevo rey y de sus príncipes, que no hicieron caso de las advertencias apremiantes que les hacía Jeremías, el año 597 AC Jerusalén fue conquistada por las tropas de Babilonia.

El año 587 AC, debido a la negativa del nuevo rey, Sedequías, de someterse a Babilonia, como le aconsejaba Jeremías, Jerusalén fue sitiada y destruida por Nabucodonosor, y el templo fue quemado. Sedequías fue llevado ciego y encadenado a Babilonia (2R 25:1-7), y lo mejor del pueblo fue llevado cautivo a esa ciudad.

Las profecías de Hulda y de Jeremías, que anunciaban la catástrofe, se cumplieron al pie de la letra, y el reino de Judá perdió definitivamente su independencia, que no recuperaría sino cuatrocientos años después con la rebelión macabea, pero por poco tiempo, pues medio siglo antes de que naciera Jesús, Israel fue conquistado por el imperio romano.

El libro de Reyes dice acerca del rey Josías: “No hubo otro rey antes de él, que se convirtiese a Jehová de todo corazón, de toda su alma y de todas sus fuerzas, conforme a toda la ley de Moisés; ni después de él hubo otro igual.” (2R 23:25).

Pero enseguida añade: “Con todo eso, Jehová no desistió del ardor con que su ira se había encendido contra Judá, por todas las provocaciones con que Manasés le había irritado. Y dijo Jehová: También quitaré de mi presencia a Judá, como quité a Israel, y desecharé a esta ciudad que había escogido, a Jerusalén, y la casa de la cual había yo dicho: Mi nombre estará allí.” (vers. 26,27)

El pecado en que había incurrido Judá durante décadas era demasiado grave, y su conversión durante el reinado de Josías no había sido suficientemente profunda y sincera, como para que Dios desistiera de sus propósitos. Sin embargo, el rey Josías ha quedado como un ejemplo de piedad y de fidelidad a Dios que nosotros haríamos bien en imitar. Desde muy temprano buscó al Señor, como hemos visto al comienzo de este relato, y se propuso seguir el buen ejemplo de su antepasado David; mostró un amor reverente por la palabra de Dios; buscó conocer la mente de Dios para sí mismo y para su pueblo; proclamó la palabra de Dios sin temor, y consagró su vida a cumplir su santa voluntad.

Nota: 1. Josué. poco antes de morir, hizo también que el pueblo renovara el pacto hecho en el Sinaí y se comprometiera a cumplir todos los estatutos de Dios (Jos 24:19-28)
2. En un oráculo pronunciado en el cuarto año del rey Joacim, Jeremías recuerda al pueblo que desde el año trece del rey Josías, durante veintitrés años, él les había hablado, exhortándolos a apartarse del mal camino, pero no lo habían escuchado (Jr 25:3-7)
3. Así como Josías limpió el templo de Dios de todos los ídolos que lo mancillaban, de igual manera debemos nosotros limpiar el templo del Espíritu Santo, que es nuestro cuerpo, de todos los ídolos vanos que lo contaminan.

Bibliografía: Además de los comentarios de M. Henry, M. Poole y J. Gill, que suelo consultar con frecuencia, me han sido útiles el comentario de C.F. Keil sobre Reyes y Crónicas, la “Historia de Israel” de G. Ricciotti, “Israel and the Nations” de F.F. Bruce, y “Handfuls on Purpose” de James Smith.

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martes, 16 de noviembre de 2010

JOSÍAS, EL ÚLTIMO REY PIADOSO DE JUDÁ - I

Por José Belaunde M.

El piadoso rey Ezequías fue sucedido por su hijo, el impío Manasés (696-641 AC), que deshizo todo lo bueno que había hecho su padre. Gobernó cincuenta y cinco años que fueron los peores de toda la historia de Judá.

Él fue vasallo sumiso del imperio más poderoso de entonces, Asiria, que en el año 722 AC había conquistado al reino de Israel y, como se recordará, había desterrado a todos sus habitantes que pertenecían a diez de las doce tribus hebreas, de las que no se volvió a tener noticia. Por eso se habla de las diez tribus perdidas de Israel. Dios cumplió las amenazas que había proferido por boca de sus profetas contra ese reino que lo había abandonado.

Para ganarse la buena voluntad de los asirios Manasés restauró las tendencias sincretistas de culto que habían sido combatidas por su padre.
Éstas eran principalmente:
  • El culto del sol y del ejército del cielo que reintrodujo en el templo de Jerusalén. y
  • Los santuarios locales donde florecía el culto a Baal y a Asera; el espiritismo, la prostitución sagrada, y los sacrificios de niños que eran quemados en el altar de Moloc, algo abominable que él mismo hizo con uno de sus hijos.

Entretanto el rey asirio Asurbanípal conquistó Egipto y saqueó su capital Tebas. Pero el profeta Nahum anunció la caída de Nínive, capital de Asiria: “¿Eres tú mejor que Tebas, que estaba asentada junto al Nilo, rodeada de aguas, cuyo baluarte era el mar, y aguas por muro? Sin embargo ella fue llevada en cautiverio; también sus pequeños fueron estrellados en la encrucijadas de todas las calles, y sobre sus varones echaron suertes, y todos sus grandes fueron aprisionados con grillos.” (Nh 3:8,10).

El dominio de Asiria sobre Egipto no duró mucho tiempo porque Asiria empezó a ser asediada por Elam, un pueblo vecino.

Es interesante notar que el nombre de Manasés figura entre los veintidos reyes vasallos que debían proveer de obreros y de material para la construcción del palacio real de Nínive.

Sin embargo, la debilidad de Asiria como potencia fue agravada por la invasión de los escitas, pueblo bárbaro venido del Norte, que hizo estragos en toda la región.

Al final de su reinado Manasés fue llevado cautivo por los asirios a Babilonia. Estando allí se arrepintió de todos sus pecados y fue poco después restaurado en su trono (2Cro 33:10-20).

A su muerte, ocurrida el año 641 AC fue sucedido por su hijo, Amón, que fue tan impío como había sido su padre. Pero Amón fue asesinado a los dos años de su reinado por sus siervos, que conspiraron contra él, siendo sucedido por su hijo Josías (2R 21:19-26)

“Cuando Josías comenzó a reinar era de ocho años, y reinó en Jerusalén treinta y un años… E hizo lo recto ante los ojos de Jehová, y anduvo en todo el camino de David su padre, sin apartarse a derecha ni a izquierda.” (2R 22:1,2)

Notemos: Un padre impío tuvo un hijo piadoso; un hijo piadoso tuvo un padre y un abuelo impíos (Véase Ez 18:1-20). ¿De qué dependen ambos casos? De la relación que las personas tengan con Dios. Eso es lo que decide hacia qué lado nos inclinemos en última instancia. La herencia, es cierto, y también el ambiente, tienen mucha importancia, pero la influencia determinante es saber de la mano de quién caminamos. ¿De Dios o del diablo? Aun el borde del manto de Jesús tiene poder para cambiar vidas.

Josías empezó a reinar cuando tenía ocho años, es decir, cuando era apenas un niño. Su ascenso al trono a tan tierna edad nos hace recordar la frase de Jesús: “Dejad que los niños vengan a mí.” (Mr 10:14)

Dice el texto que Josías no se apartó ni a derecha ni a izquierda, expresión usual en el Antiguo Testamento (Dt 5:32; Jos 1:7; Pr 4:27), y que actuó en todo según los mandatos de Dios.

“Hacer lo recto” es llevar una vida justa y piadosa, y rendir culto al único Dios verdadero. “No apartarse ni a derecha ni a izquierda” es no adorar a dioses ajenos, como tampoco lo hizo nunca su antepasado, el rey David, de quien por ese motivo se dice que tenía un corazón conforme al corazón de Dios (1Sm 13:14; c.f. Hch 13:22).

Dios compensó la extrema maldad de su padre Amón y de su abuelo Manasés con la piedad extraordinaria que Josías mostró desde niño, de quien dice el segundo libro de Reyes 23:25: “No hubo otro rey antes de él que se convirtiese a Jehová de todo su corazón, de toda su alma y de todas sus fuerzas, conforme a toda la ley de Moisés; ni después de él nació otro igual.”

Al comienzo de su reinado Judá era un regencia, gobernada por los tutores o guardianes del heredero, que posiblemente siguieron la política impía de Amón y Manasés, aunque no es seguro.
Pero a los 16 años Josías empezó a buscar seriamente a Dios: “A los ocho años de su reinado, siendo aún muchacho, comenzó a buscar al Dios de David su padre.” (2Cro 34:3ª).

El libro de Proverbios dice que el que busca temprano a Dios lo encuentra. (Pr 8:17) Si buscamos a Dios con toda el alma los rasgos del carácter de Cristo (el fruto del Espíritu) empezarán a manifestarse en nuestra vida.

Crónicas dice que Josías buscó al Dios de David, y Reyes dice que él anduvo en el camino de David su padre. David quedó en Israel como un paradigma y ejemplo de fidelidad a Dios -a pesar de que había sido un gran pecador- porque nunca se inclinó a la idolatría como hizo su hijo Salomón al final de sus días 1R 12:28,29.

Josías debe haber sido un niño y adolescente de una santidad extraordinaria porque no sucumbió a las malas influencias de su entorno. O quizá, siendo pequeño, recibió el impacto de la conversión sincera que experimentó su abuelo Manasés al final de su vida. Algunos piensan, sin embargo, que él fue enseñado en los caminos del Señor por su madre, Jedida.

A los 20 años, cuando empezó a afirmarse en el trono y ya no dependía de sus tutores, empezó a romper los ídolos de los lugares altos y las estatuas de madera y de bronce: “A los doce años (de su reinado) empezó a limpiar a Judá y a Jerusalén de los lugares altos, imágenes de Asera, esculturas e imágenes fundidas.” (2Cro 34:3b)

El debilitamiento del poderío de Asiria le permitió extender esta obra de limpieza hasta Betel (donde Jeroboam había puesto una estatua de Baal para que el pueblo la adorara) y aun a territorios más al Norte que habían pertenecido al desaparecido reino de Israel, y que por tanto estaban fuera de su jurisdicción.

Cuando terminó de hacerlo, dice el texto que volvió a Jerusalén, es decir, que él mismo realizó la tarea de limpieza: Estaba tan interesado en ella que no se la quiso confiar a nadie (2Cro 34:3b-7).

Nuestro grado de compromiso con las tareas que consideramos necesarios se muestra en que no las delegamos a nadie sino que nosotros mismos las llevamos a cabo.

A los 18 años de su reinado, es decir, cuando ya tenía 26 años de edad, empezó a restaurar la casa de Dios, el templo de Jerusalén, que había sido descuidado, usando para ese fin el dinero que había sido depositado en unas arcas durante años por el pueblo, y al que no se había dado el debido empleo (2R 22:3-7).

El templo de Jerusalén no había sido reparado desde los tiempos del rey Joaz, unos doscientos años atrás. Ya podemos imaginar que muchos de sus ambientes y componentes, el maderamen de los techos y las piedras de sus paredes, estaban deteriorados. Pero a nadie aparentemente le había importado.

Hay que resaltar la honestidad de los operarios en el uso del dinero que se les confiaba: “Y que no se les tome cuenta del dinero cuyo manejo se les confiare, porque ellos proceden con honradez.” (vers. 7). Su integridad era tan conocida que nadie dudaba de ella. ¡Cómo tuviéramos nosotros funcionarios estatales y jueces de cuya integridad nadie dude! (Nota 1)

Notemos: Cuando el gobernante es honesto sus servidores también lo serán.

Cabe preguntarse ¿cómo sabía Josías que los obreros manejarían el dinero con honradez? Posiblemente porque había visto que, bajo su influencia, se habían convertido al Dios verdadero y alejado de los ídolos. Cuando hay un gobernante justo y honrado se suscita en el pueblo un deseo de imitarlo y emularlo, un verdadero avivamiento ético. ¡Pero qué gran reconocimiento y homenaje a su honradez es que no se les pidiera cuentas!

En medio de los trabajos de reparación del templo fue encontrado el libro de la Ley, es decir, posiblemente el libro de Deuteronomio, o una parte del mismo (2R 22:8,9).

Durante los años de idolatría el libro de la Ley había sido descuidado, dejado en un rincón y olvidado (como algunos hacen con su Biblia).

Según el Deuteronomio el libro de la Ley debía estar al lado del arca, en el Lugar Santísimo del Templo, para que fuera como un testigo contra la infidelidad del pueblo (Dt (31:24-27). ¿Quién lo había sacado?

Quizá había sido escondido por algún sacerdote fiel para que no fuera destruido por algún inicuo. O quizá había sido ocultado por algún mal sacerdote a propósito para que sus palabras no acusaran a los que se apartaban del buen camino. Pero Dios no permitió que fuera destruido, ya que Él es guardián de su palabra.

Notemos que el sacerdote Hilcías no buscaba el libro, sino reparar el templo. Ahí se cumplió la palabra de Dios que dice: “Fui hallado por los que no me buscaban.” (Is 65:1b)

Haciendo un buen trabajo (reparar el templo) encontraron el libro. Mathew Henry dice: “Los que hacen su deber de acuerdo al conocimiento que tienen, verán que su conocimiento aumenta.”

Dios había dado instrucciones -que no fueron obedecidas por muchos reyes- de que el rey tuviera siempre consigo una copia del libro de la Ley para que lo leyese todos los días (Dt:17: 18-20).

Nosotros somos reyes y sacerdotes para Dios, así que esas palabras se aplican también a nosotros, que debemos tener siempre la Biblia a nuestro lado para leerla todos los días. ¿Hacemos eso nosotros, o nos portamos como los reyes impíos de Judá?

El descuido del libro de la Ley explica porqué el pueblo y sus sacerdotes y las demás autoridades se habían corrompido tanto, y se habían alejado de la voluntad de Dios. Pero la Providencia hizo que el libro se encontrara en el momento propicio. ¡Qué importante es tener cerca la palabra de Dios para poder leerla a diario y poder alimentarse de ella!

A los que dicen: “Yo ya conozco eso; ya lo he leído” ¿qué les sucede? Su conocimiento empieza a estancarse en lugar de aumentar. Pero cuando nosotros releemos pasajes que conocemos muy bien, puede suceder que Dios nos revele algo que no habíamos percibido antes. Nunca podremos nosotros agotar todo el significado de las páginas de la Escritura, por mucho que las conozcamos de memoria. Si leemos su palabra con el deseo y la voluntad de que Dios nos hable, Él no dejará de revelarnos verdades que hasta entonces no habíamos entendido cabalmente.

Cada día necesitamos nosotros alimentarnos con pan fresco, recién salido del horno. ¿De qué depende? De la actitud con que tomemos el libro en nuestras manos, de si lo hacemos por rutina u obligación, o para escuchar la voz de Dios.

Cuando el sacerdote Hilcías y el escriba Safán encontraron el libro, después de leerlo, se lo llevaron al rey. ¿Por qué se lo llevaron? Porque sabían que lo apreciaría.

Entonces el escriba leyó el libro delante del rey: “Y cuando el rey hubo oído las palabras del libro de la ley, rasgó sus vestidos.” (2R 22:11).

Ese era un gesto usado en Israel –aún en tiempos de Jesús- que simbolizaba el rompimiento o desgarro del corazón y que solía expresar desconcierto, o dolor, o angustia, o, en este caso, vergüenza ante la infidelidad demostrada por el pueblo y sus autoridades, pero seguramente también, temor ante el castigo que Dios anunciaba que vendría sobre la nación infiel.

Judá era culpable de flagrante desobediencia a los mandatos de Dios y era pasible de todos los juicios que Él había pronunciado contra los que violan su ley, tal como había ocurrido con su hermana, el reino de Israel o Samaria que había sido borrado del mapa. (Dt 29:25-28).

Pero es posible que lo que más impresionara a Josías de su lectura fueran las maldiciones que Dios pronuncia en Dt 28:15-68. Hay bendiciones para los que siguen el camino recto, y maldiciones para los que se aparten de él.

Josías se dio cuenta de que la limpieza de ídolos que había ejecutado era insuficiente, y comprendió que era necesario hacer una reforma más profunda.

Enseguida mandó consultar a Dios por medio de la profetisa Hulda: “Preguntad a Jehová por mí y por el pueblo, y por todo Judá acerca de las palabras de este libro que se ha hallado; porque grande es la ira de Jehová que se ha encendido contra nosotros, por cuanto nuestros padres no escucharon las palabras de este libro, para hacer conforme a todo lo que nos fue escrito.” (2R 22:13). Es como si él gritara, como más tarde haría Pablo: “Señor ¿qué quieres que haga?” (Hch 9:6). Era costumbre no sólo de los reyes sino también del pueblo en momentos de duda o de angustia, consultar a Dios por medio de un profeta. Hulda era posiblemente profetisa de la corte. (Nota 2)

En ocasiones Dios usa poderosamente a las mujeres. Conocemos los casos de Miriam, de Débora, de Ana, de Ester, de Jael, de Judit, etc.

Cabe preguntarse: ¿Por qué no acudió el rey a Jeremías para consultar a Dios? Él era entonces un profeta joven y es probable que no gozara todavía de prestigio suficiente como para que el rey acudiera a él.

Jeremías era, dicho sea de paso, hijo de Hilcías, “de los sacerdotes que estuvieron en Anatot,” según el comienzo de su libro. ¿Sería este Hilcías el mismo que servía al rey Josías? No es imposible, pero es poco probable.

La lectura del libro de la Ley hizo que Josías tomara conciencia de la gran culpa en que había incurrido el reino de Judá, y quiso averiguar qué pasaría con el pueblo y con él.

Él debe haberse seriamente preguntado ¿Qué tenemos que hacer ahora? ¿Qué podemos hacer para aplacar la ira de Dios y evitar el castigo que nos amenaza?

Enterarse de los mandatos que contiene el libro, y que no habían sido guardados por sus antepasados, había hecho que él fuera más conciente de la culpa en que había incurrido la nación a causa de la infidelidad de sus reyes, que eran sus predecesores. ¡Que bueno es que la palabra de Dios nos confronte y nos haga ver la gravedad de nuestras faltas y cuál es nuestra verdadera condición espiritual! Sólo de esa manera podemos enmendar nuestras vidas.

Nosotros debemos también en verdad afligirnos por los pecados de nuestro pueblo, porque las consecuencias no dejarán de venir sobre nosotros, a menos que nos arrepintamos todos.

Hulda contestó al rey en un lenguaje que no tenía nada de cortesano, sino que era más bien osadamente profético y directo: “Díganle al hombre que os envió a mí: Así dijo Jehová: He aquí yo traigo sobre este lugar, y sobre los que en él moran, todo el mal que habla este libro que ha leído el rey de Judá; por cuanto me dejaron a mí, y quemaron incienso a dioses ajenos, provocándome a ira con toda la obra de sus manos, mi ira se ha encendido contra este lugar y no se apagará. Mas al rey de Judá que os ha enviado para que preguntase a Jehová, diréis así: Así ha dicho Jehová el Dios de Israel: Por cuanto oíste las palabras del libro, y tu corazón se enterneció, y te humillaste delante de Jehová, cuando oíste lo que he pronunciado contra este lugar y contra sus moradores, que vendrán a ser asolados y malditos, y rasgaste tus vestidos y lloraste en mi presencia, también yo te he oído, dice Jehová. Por tanto, he aquí yo te recogeré con tus padres, y serás llevado a tu sepulcro en paz, y no verán tus ojos todo el mal que yo traigo sobre este lugar.” (2Rr 22:15-20).

Su respuesta tiene dos partes: el anuncio del castigo ineluctable del pueblo, y la misericordia prometida al rey: “No verán tus ojos el mal que traigo sobre este lugar” y “serás llevado a tu sepulcro en paz.” ¿Se cumplieron fielmente estas últimas palabras? Pareciera que no, pero no nos adelantemos.

Sus antecesores tuvieron un corazón de piedra; él tuvo un corazón de carne, porque se conmovió y lloró, se humilló y tuvo vergüenza por los pecados de sus predecesores y del pueblo.

M. Henry dice: “Los que temen la ira de Dios serán los que menos la experimenten.”

El temor de Dios nos prepara para recibir su gracia. Eso pasó con Josías. Pero los que no temen a Dios se preparan para recibir el castigo, si no se arrepienten.

Lamentablemente la oración y la piedad de Josías no pudieron impedir el inminente castigo que vendría sobre la nación, pero al menos obtuvieron para él misericordia.

Is 57: 1,2: “Los piadosos mueren y no hay quien entienda que de delante de la aflicción es quitado el justo.” ¿Por qué muere a veces el justo, se diría antes de tiempo? Hay ocasiones en que Dios quiere ahorrarles a los justos el trago amargo de ver las calamidades que Él trae, y se los lleva antes de que ocurran. ¡Cuántas veces Dios se lleva a un niño y sus padres afligidos no entienden por qué! Quizá, por consideración a esos mismos padres, quería evitarles el sufrimiento que ese niño podía ocasionarles de haber vivido más años.

Notas : 1. En el vers. 5 se menciona dos veces a “los que hacen la obra”. Los primeros eran los inspectores que supervisaban la obra y contrataban a los segundos, que eran los operarios, esto es, “los carpinteros, maestros y albañiles”. (vers 6)
2. El rey envió a cuatro de su entorno donde la profetisa, entre ellos al sacerdote Hilcías y a Ahicam, hijo de Safán. Este Ahicam es el mismo que defendió a Jeremías en tiempos de Joacim (Jr 26:24), y es el padre de Gedalías, a quien el rey Nabucodonosor dejó como gobernador de Judá cuando se llevó cautivo a Babilonia Sedequías (2R 25:22; Jr 39:14).

NB. El estímulo para escribir este artículo y el siguiente me fue proporcionado por una enseñanza basada en la vida de Josías, escuchada en una convención reciente.

#651 (07.11.10) Depósito Legal #2004-5581. Director: José Belaunde M. Dirección: Independencia 1231, Miraflores, Lima, Perú 18. Tel 4227218. (Resolución #003694-2004/OSD-INDECOPI).

lunes, 15 de noviembre de 2010

ASPECTOS DE LA ORACIÓN

Por José Belaunde M.
El capítulo décimo del libro de Daniel nos trae el interesante episodio de la visión que el profeta tuvo al cabo de 21 días de ayuno y oración. En esa visión se le aparece un ángel poderoso que le trae un profecía relativa a los últimos tiempos. Pero yo quiero dirigir mi atención esta vez a dos versículos de ese capítulo.

Los versículos 12 y 13 dicen lo siguiente: "Entonces me dijo: Daniel, no temas; porque desde el primer día en que dispusiste tu corazón a entender y a humillarte en la presencia de tu Dios, fueron oídas tus palabras; y a causa de tus palabras yo he venido. Mas el príncipe de Persia se me opuso durante veintiún días; pero he aquí, Miguel, uno de los principales príncipes, vino para ayudarme, y quedé con los reyes de Persia."

Podemos ver aquí tres cosas:

1) Entender: Orar es no sólo hablar, alabar, pedir, sino también tratar de entender los propósitos de Dios, sus pensamientos, sus palabras para nuestra vida, o para nuestro país, o para nuestra iglesia.

2) Humillarse: Orar es humillarse delante de Dios (1P5:5,6). Sólo reconociendo nuestra pequeñez delante de nuestro Creador podemos asumir la actitud correcta.

3) "A causa de tus palabras..." Nuestras palabras provocan la respuesta de Dios. Dios quiere que le hablemos, que le pidamos, que clamemos a Él (Jr 33:3) y entonces nos responderá.

El versículo 13 nos dice también que nuestra oración provoca una batalla en los cielos. Satanás tiene intereses contrarios a los que persigue nuestra oración y se opone a ellos con toda su fuerza.

Dios no viene enseguida en nuestra ayuda sino deja que la batalla siga su curso porque quiere enseñarnos a pelear y a dominar. Quiere que desarrollemos nuestra musculatura espiritual, nuestra perseverancia.

El luchador aprende a luchar enfrentándose a contrincantes no más débiles sino más fuertes que él, y, de esa manera, cada vez puede desafiar a otros más fuertes. Si el luchador sólo tuviera contendores inferiores a él en habilidad y fuerza, no desarrollaría su propia capacidad.

Igual nosotros. Dios quiere que, enfrentándonos a dificultades y pruebas cada vez mayores, poco a poco desarrollemos la fe que puede mover montañas. Pero al comienzo moveremos solamente pequeños montículos de arena.

Así como ocurre en la lucha libre, es necesario que aprendamos a usar las llaves, las estrategias, las técnicas de la oración. Porque, en efecto, en la oración hay llaves, hay estrategias, hay técnicas: las promesas de Dios, el nombre de Jesús, el ayuno, la vigilia, la alabanza, el silencio, la batalla espiritual, etc.

Pero durante todo el tiempo que perseveramos, Dios nos está oyendo y, como hizo con Daniel, ha mandado, a sus ángeles para ayudarnos en esa lucha. No nos ha dejado solos. Quizá nosotros nos sintamos a veces solos, pero Él está a nuestro lado justamente cuando más abandonados nos sentimos.

La demora, el obstáculo, la tardanza no sólo sirven para probar y fortalecer nuestra fe, sino que son también una señal para que escudriñemos nuestro corazón y veamos si nosotros no estamos obstaculizando la respuesta. O para que veamos si hay algo que nos falta para poder recibirla. Es una llamada a examinarnos y a intensificar nuestra oración y a crecer en la fe.

Pero la demora es también una señal de que lo que hemos pedido a Dios es algo muy peligroso para los planes de Satanás. Si no, no lucharía tanto para impedir la respuesta.

A veces tenemos que lidiar con situaciones personales o familiares sumamente penosas cuyo origen no entendemos. Pudiera ser que nosotros mismos nos hayamos atraído la aflicción que nos abate. Mal que nos pese tenemos que soportar las consecuencias de nuestros actos, quizá cometidos hace muchos años y que habíamos olvidado, pero que al fin nos alcanzan, hasta que con nuestra oración redimamos las consecuencias, hasta que nuestro arrepentimiento sea profundo y verdadero e ilumine nuestra inteligencia. Porque ése es uno de los frutos de la aflicción: hacernos abrir los ojos.

Recuérdese que Absalón se rebeló contra su padre David muchos años después del adulterio cometido con Betsabé (2Sam 11,15). Pero David reconoció que en esa prueba se cumplía la profecía que Natán había pronunciado contra él (2Sam 12).

El profeta Miqueas escribió: "Habré de soportar la ira del Señor porque pequé contra Él, hasta que juzgue mi causa y me haga justicia" (7:9).

¿Cuándo me hará justicia? Cuando mi arrepentimiento produzca frutos verdaderos en mi alma, cuando haya escarmentado y entendido. (1).

Dios quiere que entendamos. Eso es sabiduría.

El que no aprende de sus errores e insiste en cometerlos, tendrá que sufrir repetidas veces las consecuencias hasta que al fin aprenda. Mejor es aprender a la primera.

Si estando en una situación desesperada nos desesperamos, perdemos todo. Pero si seguimos cavando, esto es, orando y luchando, llegaremos a encontrar la fuente de agua que apague nuestra sed.

En Hebreos leemos: "Sin fe es imposible agradar a Dios; porque es necesario que el que se acerca a Dios crea que hay Dios y que premia a los que le buscan." (11:6). Dios premia a los que, estimulados y alentados por la fe en sus promesas, le buscan con diligencia.

Cuando la respuesta demora es porque Dios quiere que le sigamos buscando. Durante ese período de paciencia y de lucha, nuestro corazón esta siendo cambiado: Eso es lo que, por su lado, Dios busca. No es un cambio que se ve afuera; es un cambio interior.

Santiago escribió: "Hermanos míos, tened por sumo gozo cuando os halléis en diversas pruebas, sabiendo que la prueba de vuestra fe produce paciencia (perseverancia). Mas tenga la paciencia su obra completa, para que seáis perfectos y cabales, sin que os falte cosa alguna" (1:2-4).

La prueba produce paciencia y la paciencia (longánimo) lleva a la obra completa. Nos hace perfectos y cabales.

Dios quiere desarrollar nuestro amor por Él ¿Cómo? Dependiendo de El. Cuando todo falla, cuando todos los medios humanos fracasan, cuando todos nos abandonan, sólo queda esperar en Dios. Cuando nos aferremos a Él como a nuestro último recurso, sin duda le amaremos, así como el niño pequeño en peligro se aferra a sus padres. Cuanto más se aferra a ellos más les ama. Su padre es su confianza. ¡Oh cómo ama el hijo al padre o la madre en quien confía! Su amor va a la par de su confianza.

Dios nos empuja a veces a situaciones en que sólo podemos confiar en Él. En esas situaciones aprendemos a conocerle y a amarle de veras.

Pero sería interesante que nos preguntemos cuál era el motivo de la oración y del ayuno de Daniel. No lo precisa el texto en este punto, pero el capítulo anterior nos trae una larga oración en que Daniel pide perdón a Dios por los pecados de su pueblo recordando, para comenzar, la profecía anunciada por boca de Jeremías, de que, al cabo, de 70 años el pueblo de Israel retornaría del exilio a su tierra (Jr 25:11;29:10). Estamos autorizados a suponer que la oración de Daniel en el capítulo 10 anuda con la oración del capítulo anterior. Es decir que Daniel ora por la liberación de su pueblo y por la restauración del templo de Jerusalén, como era el deseo de todo judío piadoso. Ya había llegado el tiempo en que se cumpliera la profecía.

Ahora bien, si Dios había prometido que el pueblo retornaría a su tierra ¿qué necesidad había de orar por el cumplimiento de esa promesa? ¿No bastaba con que Dios hubiera prometido para que lo ofrecido se cumpla sin más? No siempre basta, aunque nos cueste entenderlo. Así como el Hijo de Dios se humilló a sí mismo haciéndose hombre, en cierta manera, Dios se humilla a sí mismo haciendo que el cumplimiento de su voluntad dependa de la oración del hombre. De otro modo Jesús no habría enseñado a los apóstoles a orar por el cumplimiento de la voluntad del Padre (Mt 6:10).

Dios necesitaba que alguien orara por el cumplimiento de esa profecía para ponerla en obra; necesitaba que alguien se pusiera en la brecha a interceder por el pueblo. (Esa es naturalmente una limitación que Él se impone a sí mismo, no una limitación necesaria). Tan pronto como Daniel empieza a orar suscita una batalla en las regiones celestes, porque su oración es contraria a los propósitos de la potestad satánica que rige los asuntos de la nación persa y a la que la Escritura llama "El Príncipe de Persia".

Los propósitos de Satanás son siempre opuestos a los propósitos de Dios y es natural que el Maligno deseara mantener al pueblo elegido en esclavitud y frustrar el plan de salvación que Dios quería llevar a cabo a través de Israel retornándolo a su tierra.

También podemos suponer que no convenía a los intereses del imperio persa que una minoría industriosa y disciplinada, como lo era la comunidad judía, abandonara el país. Pero el ángel que se aparece a Daniel lucha en las regiones celestes contra las huestes espirituales de maldad, con la ayuda del arcángel Miguel, para hacer prevalecer los designios de Dios. La batalla en los cielos empezó tan pronto Daniel empezó a orar y el ángel viene a anunciarle la victoria cuando su oración ha colmado la medida necesaria fijada por Dios.

¡Con cuánta frecuencia nuestros deseos y propósitos no se cumplen, o son obstaculizados, porque son contrarios a los propósitos de Satanás! Si no oramos, o si no oramos con la necesaria persistencia, le dejamos el campo libre para llevar a cabo su obra destructora. ¡Cuántas cosas nefastas no nos han ocurrido a nosotros, o a nuestras familias, porque no nos hemos mantenido vigilantes en oración haciendo que los ángeles construyan una muralla protectora en torno de los nuestros! El diablo viene a robar, matar y a destruir, pero si oramos continuamente, lo mantenemos a raya y frustramos sus propósitos.

Hasta qué punto el desenlace de la batalla celeste depende de la oración en la tierra ("todo lo que atéis en la tierra será atado en el cielo;" Mt 18:18) nos lo muestra el episodio de la batalla contra los amalecitas que se narra en Éxodo 17:8-16. Cuando Moisés mantiene las manos en alto en oración, las fuerzas de Israel vencen a las de Amalec; cuando las deja caer cansado, los de Amalec ganan.

Aunque ya lo he dicho en otro lugar vale la pena que lo repita aquí: El resultado de la batalla en la tierra refleja el resultado de la batalla en los cielos. Los de Israel prevalecen cuando los ángeles prevalecen; los de Amalec ganan cuando las huestes de maldad llevan la mejor parte. Pero es la oración en la tierra la que fortalece a la intervención angélica. Si dejamos de orar ellos aflojan o dejan de luchar. Quizá se dicen: No les interesa tanto lograr la victoria. Su ayuda se amolda a nuestra insistencia.

Dios quiera que este episodio nos ayude a entender cuán importante es que no cejemos en nuestros esfuerzos para orar sin pausa y sin desmayar por las causas que Él nos ha encomendado, por nuestras familias y por las necesidades de nuestro pueblo o de nuestra iglesia.

Nota (1) Pero si hemos sido perdonados ¿por qué hemos de sufrir todavía por los pecados pasados? Porque las consecuencias humanas de nuestros pecados no se agotan con el arrepentimiento y el perdón, aunque Dios en su misericordia puede apartar parte de esas consecuencias. Sin embargo, Él quiere que comprendamos la gravedad de nuestros actos y que maduremos. Pensemos solamente ¿cuántas vidas habremos afectado y cuánto sufrimiento podemos haber causado que aún no termina? ¿Somos concientes de ello? Sólo sufriendo nosotros mismos comprenderemos el sufrimiento ajeno.

martes, 9 de noviembre de 2010

BUSCAD AL SEÑOR MIENTRAS PUEDA SER HALLADO

Por José Belaunde M.

Un Comentario de Isaías 55:6-9
Como expliqué en mi artículo anterior sobre este cap de Isaías, estoy usando mi propia versión.

6. “Buscad al Señor mientras pueda ser hallado, llamadle mientras esté cerca.” (c.f. Sal 32:6) (Nota 1)
La lógica nos diría que debemos buscar al Señor en todo tiempo, sin pausa. ¿Cómo entonces dice el profeta que lo busquemos cuando puede ser hallado, cuando está cerca? ¿Cuándo no puede ser hallado, cuándo no está cerca, si la palabra da a entender que Él está más cerca de nosotros que nuestro propio aliento? (Sal 139:4).

Eclesiastés dice que hay un tiempo de buscar y un tiempo de perder (Ecl 3:6a). ¿Acaso quiere decir que hay un tiempo de perder contacto con Dios? El mismo Isaías dice, algunos capítulos más adelante, que las iniquidades del pueblo hicieron que Dios oculte su rostro “para no oír” (Is 59:2). Eso quiere decir que Dios se aparta de nosotros cuando nuestros pecados colman la medida de su paciencia.

Hay pues en verdad un tiempo en que el Señor puede no ser hallado. Entonces inútil será que clamemos y lo busquemos porque no querrá oír nuestra voz. Inútil será que clamemos en busca de ayuda cuando le hemos ofendido, porque cerrará sus oídos a nuestra voz, como le ocurrió más de una vez al pueblo de Israel. Pero también es verdad que nunca clamaremos en vano para reconocer nuestros pecados y arrepentirnos, si lo hacemos de todo corazón.

Hay ocasiones en que pareciera que Dios cierra sus oídos porque Él considera conveniente que experimentemos las consecuencias de nuestros desvaríos, porque sólo entonces escarmentamos y valoramos la cercanía de Dios. Proverbios describe esas ocasiones en que Dios paga al hombre con la misma moneda con que lo hemos tratado: “Por cuanto llamé, y no quisisteis oír, extendí mi mano, y no hubo quien atendiese, sino que desechasteis todo consejo mío y mi reprensión no quisisteis, también yo me reiré en vuestra calamidad, y me burlaré cuando os viniere lo que teméis; cuando viniere como una destrucción lo que teméis, y vuestra calamidad llegare como un torbellino… Entonces me llamarán, y no responderé; me buscarán de mañana, y no me hallarán. Por cuanto aborrecieron la sabiduría, y no escogieron el temor de Jehová, ni quisieron mi consejo, y menospreciaron toda reprensión mía, comerán del fruto de su camino, y serán hastiados de sus propios consejos.” (Pr 1:24-31).

Para decir verdad no es tanto Dios quien se aleja de nosotros, como nosotros quienes nos alejamos de Él. Entonces, en efecto, no podrá ser hallado por nuestra culpa, no por deseo suyo, ya que Él dice en otro lugar que apenas abrimos la boca, Él ya sabe lo que queremos decirle. (Sal 139:4).

Jesús dijo una vez a los judíos: “Me buscaréis y no me hallaréis.” (Jn 7:24). Él vino a la tierra para buscar a los suyos, pero ellos lo rechazaron y hasta lo mataron. Entonces Él dijo que se iría a un lugar donde ellos, los que lo rechazaron y asesinaron, no podrían ir (Jn 8:21).

De nosotros depende pues que se deje hallar, pese a que su deseo es tener siempre comunión con nosotros. Pero si lo ofendemos, si contristamos su Santo Espíritu, difícilmente podremos hallarlo para tener comunión con Él, aunque lo busquemos.

La intimidad con Jesús debe ser cultivada diariamente. Si la descuidamos, nos enfriamos y nos será difícil renovar o recuperar la intimidad perdida. Él se aleja de nosotros porque nosotros nos alejamos de Él. Pero Santiago dice: “Acercaos al Señor, y Él se acercará a vosotros.” (St 4:8). Si nos hemos alejado de Él, arrepintámonos de nuestra tibieza, pidámosle perdón y busquémoslo nuevamente con ansias renovadas, y Él se dejará hallar como si nunca hubiese cerrado los oídos a nuestra voz. Notemos que, según Jeremías, hay una correspondencia semejante entre el buscar y el hallar, pero él agrega un motivo para que al buscar siga el hallar: “Me buscaréis y me hallaréis, porque me buscaréis de todo vuestro corazón.” (Jr 29:13) Si el hombre no busca a Dios con toda su alma sino tibiamente, corre peligro de no hallarlo. Pero si lo hace sinceramente, de cierto lo encontrará.

7. “Deje el impío sus caminos y el hombre inicuo sus pensamientos y vuélvase al Señor que tendrá de él misericordia, y a nuestro Dios que es rico en perdonar.”
El profeta hace una invocación apremiante al pecador para que abandone su mala vida y deje de hacer el mal (como se hace en otros lugares del Antiguo Testamento: Is 1:16; Sal 34:14; 37:27), porque, a la corta o a la larga, él será la principal víctima de sus propias maldades.

Este versículo es la continuación natural del versículo precedente. Después de haber exhortado a todos a buscar a Dios, Isaías hace un llamado a todos al arrepentimiento, porque así como Dios se deja hallar de todo el que lo busca sinceramente, de igual manera Él no deja de perdonar al que se arrepiente de todo corazón. ¿Y quién no tiene necesidad de arrepentirse si todos, de una manera u otra, le hemos fallado? Podría pensarse que este llamado al arrepentimiento está dirigido sólo a los que viven alejados de Dios, a los que le han dado la espalda, y viven sumidos en una vida pecaminosa. Pero no está dirigida sólo a ellos –aunque a ellos lo está en primer lugar- sino también a quienes se proponen servirle. Porque aun éstos están llenos de debilidades y no son perfectos, e incluso, a veces se dejan llevar por la hipocresía. (2)

En este versículo se enuncian los dos aspectos, o pasos, de la conversión. El primero es dejar, abandonar el pecado; el segundo es volverse a Dios. El primero estaría incompleto sin el segundo, porque sin la ayuda de Dios sería imposible perseverar en el buen camino, y muy pronto se recaería en pecado.

Notemos la doble estructura binaria de este versículo que contiene un doble paralelismo sinónimo (Se da esta forma de paralelismo cuando la segunda frase reitera en otros términos lo que dice la primera). “Deje el impío sus caminos y el hombre inicuo sus pensamientos”, es el primer estico, que expresa la misma idea con palabras diferentes. (3) “Y vuélvase al Señor que tendrá de él misericordia, y a nuestro Dios que es rico en perdonar” es el segundo par que expresa también una misma idea dos veces, pero con palabras distintas.

En el segundo par se expresa el motivo por el cual el hombre puede siempre volverse al Señor confiando en que será escuchado, y éste no es otro sino que Dios está siempre dispuesto a perdonar, porque su naturaleza es amor. Pablo escribió: “Donde abundó el pecado, sobreabundó mucho más la gracia.” (Rm 5:20)

El primer par habla de los caminos del hombre que se aleja de Dios, es decir, de su conducta, la cual está determinada por sus pensamientos, porque el comportamiento de una persona es consecuencia de lo que piensa. Hay una correlación íntima entre lo que pensamos y lo que hacemos. Nadie hace -salvo por excepción- lo contrario de lo que piensa, sino que su conducta sigue la dirección que sus pensamientos le señalan.

Es cierto en contraparte, que en cierta medida nuestra conducta influye también en nuestros pensamientos, porque una vez tomada cierta dirección equivocada, tratamos de justificarla con argumentos que aplaquen nuestra conciencia. Pero la influencia mayor es la primera.

Para el segundo par –el llamado al arrepentimiento- se da una razón poderosa: la misericordia se inclina al perdón. El que es rico en misericordia lo será también en perdones, porque la misericordia lo inclina a eso. El hombre cruel, déspota e implacable, en cambio, es rico en castigar y avaro en perdonar; cultiva sus rencores como si fueran un tesoro, y no sueña sino en vengarse. Pero la naturaleza de Dios es distinta. ¿A cuál de los dos debemos nosotros imitar? Jesús dijo que deberíamos perdonar setenta veces siete, es decir, siempre, para que seamos perfectos como nuestro Padre Celestial, el cual nunca deja de perdonar y ama aún al que lo ofende. ¿Podemos nosotros hacer eso? ¿Amar al que nos injuria? Solamente haciéndolo podremos asemejarnos a Él y ser dignos hijos suyos (Mt 5:44-48).

8. “Porque mis pensamientos no son (como) vuestros pensamientos, y mis caminos no son (como) vuestros caminos, dice el Señor.” (4)
Este versículo y el siguiente expresan de una manera muy gráfica el abismo que separa al hombre de Dios, cuán diferentes son el uno y el otro. (5)

Esta diferencia se aplica en primer lugar al hecho de que contrariamente al hombre que es rencoroso y vengativo, Dios es misericordioso y perdonador. Ésta no es la única diferencia, pero es quizá la más importante para el hombre en términos prácticos: Dios no se cansa de perdonar y siempre está dispuesto a hacerlo con tal de que el hombre se vuelva a Él sinceramente. Ésta es la realidad de Dios. Él dijo de sí mismo que era “tardo para la ira y grande en misericordia”. (Ex 32:6). Dios perdona al hombre porque lo ama ya que es su criatura, y es consciente de todas sus falencias y debilidades. Él está siempre dispuesto a inclinarse amorosamente al hombre que le pide su ayuda, o que le pide perdón.

Pero no sólo en ese sentido son los pensamientos de Dios y sus maneras de obrar diferentes a las del hombre, sino en muchísimos otros más. La mayor diferencia se deriva del hecho de que Él es eterno, esto es, está fuera del tiempo y, por tanto, su perspectiva es totalmente otra; mientras que el hombre vive en el tiempo; su vida física es temporal y es, por tanto, limitadísimo en comparación.

Dios es omnisciente, lo sabe todo. El hombre es por esencia ignorante y tiene que luchar, como lo ha hecho a través de los siglos, para ampliar sus escasos conocimientos, y ¡cuán limitados son todavía!

Dios conoce todo del hombre; el hombre sólo conoce de Dios lo que Él mismo le ha revelado.

El hombre ignora los secretos más profundos de la naturaleza y de la vida, pero ellos son transparentes para Dios porque Él las ha creado. Por eso es que el hombre debe inclinarse en reverencia delante de Dios para adorarlo, porque él no es nada comparado con Dios: “¿Qué es el hombre para que de él te acuerdes, y el hijo del hombre para que lo visites?” (Sal 8:4)

Pero cuanto más reconozca el hombre su bajeza y su nulidad, más dispuesto estará Dios a levantarlo y bendecirlo. ¡Reconoce pues, oh mortal, que tus caminos, tus maneras de obrar, tus pensamientos y afectos, son muy distintos de los de Dios, y pídele que Él te llene de los suyos, y te haga comprender misterios que tú nunca soñaste y que tu mente no podría alcanzar!

9. “Porque cuanto son altos los cielos sobre la tierra, así son mis caminos más altos que vuestros caminos, y mis pensamientos más altos que vuestros pensamientos.”
Este versículo compara la altura del cielo con la distancia que separa a los caminos y pensamientos divinos de los caminos y pensamientos humanos; la forma cómo Dios obra, de la manera cómo actúa el hombre. Resumiendo: Los caminos y pensamientos de Dios son celestiales; los caminos y pensamientos del hombre son terrenales. La distancia inconmensurable que separa el cielo de la tierra nos da una idea de la distancia que separa los pensamientos de Dios de los pensamientos del hombre, y por qué los pensamientos de Dios son incomprensibles para el ser humano. El salmo 139 lo expresa bellamente: “Tal conocimiento es demasiado maravilloso para mí; alto es, no lo puedo comprender.” (Sal 139:6)

Usando la misma figura podríamos decir que Dios ve el panorama humano desde arriba, de muy alto; y su mirada abarca todo el universo, a la vez que el más minúsculo detalle, (como un “zoom” que de las dimensiones astronómicas pasara instantáneamente a las microscópicas); mientras que la mirada del hombre es limitada, y sólo ve el exterior de las cosas y de las personas; no ve lo que ocurre detrás de las paredes, ni en el interior del alma humana.

El hombre estudia e investiga para saber; Dios conoce todo al instante, porque nada de la realidad le escapa. El escaso conocimiento que tiene el hombre de la realidad física es el resultado de mucho esfuerzo acumulado durante generaciones; Dios lo sabe todo sin esfuerzo alguno, sin haber estudiado, porque lo penetra todo y porque todo lo que existe ha sido creado, diseñado por Él.

Por eso dice el salmo ya citado: “Mi embrión vieron tus ojos y en tu libro estaban escritas todas aquellas cosas que luego fueron formadas.” (Sal 139:16). La mirada de Dios abarca simultáneamente el pasado, el presente y el porvenir, y aún las cosas más escondidas de la naturaleza. Ve el engendrar, el crecer de la criatura en el vientre, y el nacer humano; y sabe todo lo que hará cada persona en los años de vida que le conceda, si bien ese conocer suyo de antemano no limita la libertad del hombre.

Notas: 1. Curiosamente según el comentarista judío del medioevo, David Kimchi, el verdadero sentido de este verso es: “Buscad al Señor porque puede ser hallado; llamadle porque está cerca. Arrepentíos antes de que muráis porque después de la muerte ya no hay arrepentimiento del alma.” (Citado por Adam Clarke)
2. A.B. Simpson –el fundador de la Alianza Cristiana- escribe al respecto con acierto que mientras la sociedad humana busca personas que tengan buenas referencias, y que puedan demostrar su solvencia económica, Jesús busca a la gente que no tiene buenas referencias, ni goza de crédito ante el mundo. Por eso le reprocharon los escribas y fariseos: “Éste recibe a los pecadores y come con ellos.” (Lc 15:2). Pero Él ya lo había dicho: “No he venido a buscar a justos sino a pecadores al arrepentimiento.” (Lc 5:32).
3. Sin embargo, Isaías hace una diferencia entre el impío y el inicuo. El primero actúa mal; el segundo tiene propósitos malos. No basta que uno abandone su mala conducta; es necesario que renuncie a toda mala intención. De nada le serviría que deje lo primero si conserva lo segundo, pues Dios ve su corazón, y sus propósitos perversos terminarían por influir en sus actos.
4. En el original hebreo el orden de las palabras está invertido siguiendo una estructura jiástica ABBA: “Porque mis pensamientos no son vuestros pensamientos, ni vuestros caminos mis caminos.”
5. Desde esta perspectiva hay dos clases de religiones en el mundo: la que Dios revela al hombre, la única verdadera; y las que el hombre se inventa, que pueden ser muchas, y todas falsas.

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