martes, 19 de mayo de 2009

MIS OVEJAS OYEN MI VOZ II

Anotaciones al Margen XVIII

Como en el artículo anterior, basado en el libro de J.C. Hedgecock, las citas del libro están copiados aquí en negrita y cursiva.

* Si no confías en Dios y no permites que Él sea Señor de tu vida Él no establecerá su trono en ti ni tendrá comunión contigo. Dios no irá adonde no lo quieren. Él solamente reinará en tu vid por invitación. Eso es por lo que se refiere a los actos de tu voluntad y a la guía y protección especial que Él dispensa a los suyos, pero no se refiere a tu destino mismo, pues nada escapa a su autoridad y hay muchos aspectos y circunstancias en tu vida que Él ha determinado y que no dependen de tu voluntad.

* Si tú deseas vivir tu propia vida y hacer de ti mismo un necio, puedes hacerlo, En verdad nos engañamos a nosotros mismos cuando tratamos de dirigir nuestras vidas. Dios nos ha advertido que toda la sabiduría del mundo es necedad comparada con la suya. Sus caminos son más altos que los nuestros como son más altos los cielos que la tierra (Is 55:9). Yo quiero Señor que tus planes se realicen en mí. No quiero poner obstáculo a tus proyectos para mí, que tu palabra dice que superan todo lo que yo pueda pensar o imaginar (Ef 3:20). Cuanto más rinda yo mi voluntad a Dios más podrá Él dirigirme y hacer su voluntad en mi. Cuán cierto es que Dios ha dirigido mi vida desde mi nacimiento por caminos que nunca pude sospechar y que me sorprenden. Y cuánto más pudiera Él haber podido hcer en mí si yo, en mi ignorancia, no hubiera ofrecido resistencia.

* Jesús dijo: “Esta es la vida eterna: que te conozcan a ti, e único Dios verdadero y a Jesucristo a quien has enviado.” (Jn 17:3) El Señor describe ahí en que consiste la vida eterna. Este es el único lugar en la Biblia en que se da una definición exacta de la vida eterna. No es ir al cielo. Todo el mundo tiene un espíritu eterno, pero lo que cuenta es a dónde vas a pasar la eternidad. Se conoce a Dios en el sentido, primario de conocerlo por la fe, al creer en Él, pues no se le puede conocer de otra manera; pero segundo, en el sentido de más profundo de conocimiento íntimo, de intimidad u unión con Él, que es algo que depende sobretodo del deseo que uno tenga y del amor.

* El cielo es Jesús y el Padre, no las calles de oro ni las puertas de perlas. Yo ya tengo una parte del cielo porque tengo al Señor en mi corazón. No es la plenitud que tendré cuando vaya al cielo, pero la tengo en la medida en que ya lo esté disfrutando ahora. Si yo conozco íntimamente a Jesús y al Padre ahora, yo tengo vida eterna ahora, y eso es un adelanto del cielo.

* La relación íntima con Dios produce gozo y paz necesaria e inevitablemente Si yo no tengo gozo y paz es porque algo está fallando en esa relación con ÉL, o porque hay un pecado escondido en mi vida que no quiero reconocer.

* Quiero mostrarte un ejemplo a manera de ilustración de lo que es el señorío de Dios. En medio del jardín del Edén había originalmente dos árboles: el árbol de vida y el árbol del conocimiento del bien y del mal, no sólo del conocimiento mal. En el principio Dios había prohibido que el hombre tuviera conocimiento de uno u otro comiendo del árbol. Él no quería que el hombre tomara decisiones al respecto. Él era Dios y decidiría qué era bueno o malo. Dios no quería que Adán y Eva tuvieran que decidir entre el bien y el mal, ni siquiera que conocieran la diferencia entre uno y otro; sólo quería que obedecieran. Y ellos le fallaron.

* Nunca llegarás a conocer a Dios en el árbol del conocimiento del bien y del mal. Lo único que podrás llegar a conocer serán tus propios juicios acerca de lo que examines y estudios sobre lo que es bueno o malo. Esto es lo que la gran mayoría de los moralistas y filósofos del mundo hacen. Por eso es que su conocimiento es tan limitado y tan incapaz de comunicar vida.

* Tú puedes desempeñar el papel de Dios y juzgar de lo que es bueno o malo y decidir lo que harás o no harás. Da lo mismo si tratas de hacer el bien o el mal: el hecho de que tú seas quien decida te convierte en el señor de tu vida, y ESO ES PECADO.
Esta es la independencia del que no reconoce a Dios por lo que es. Cree que su destino está en sus manos y que él es el señor de su vida. En el fondo ese fue el pecado de Adán y Eva. Nosotros lo repetimos y por eso vivimos en lo que los antiguos llamaban “un valle de lágrimas”. El Edén está muy lejos de nosotros, no sólo a causa de nuestros primeros padres, sino debido a nuestros propios actos.

* El propósito original de Dios fue que el hombre participara del árbol de vida, no del árbol del conocimiento del bien y del mal, una vez que superara la prueba a la que lo sometió. Esto es, que tuviera intimidad con su Padre, Dios, y que viviera eternamente con Él. Cuando uno está unido a Dios, vive como el sarmiento que se alimenta de la savia que viene de la raíz. Por eso es árbol de vida.
El árbol de vida hoy día que no estamos en el Edén, es la cruz; el árbol del conocimiento del bien y del mal es la carne, la autonomía, la facultad de decidir por sí mismo qué es bueno y qué es malo.
El árbol de vida es entregarse incondicionalmente a Dios, así como Jesús puso su vida sin condiciones por nosotros.

* Quiero que veas a las dos naturalezas como estos dos árboles. La caída, la naturaleza de Adán, es este árbol del conocimiento del bien y del mal, y la otra es el árbol de vida, la cual es la naturaleza de Cristo. Esta es la naturaleza que recibimos cuando aceptamos que Cristo entre en nuestras vidas. Hasta entonces estábamos separados de Dios y condenados al infierno. Sólo teníamos la naturaleza caída. Cuando vinimos a Cristo obtuvimos la nueva naturaleza. Como cristianos tenemos dos naturalezas (en el lenguaje de Pablo el “viejo hombre” y el “hombre nuevo”), mientras que la gente perdida sólo tiene una naturaleza. Siendo cristianos no perdemos la naturaleza de Adán. El espíritu de Dios que entra en nosotros, es cierto, anula la maldición de la naturaleza caída y quita todo pecado pasado. Nos da también el poder de matar a la vieja naturaleza para que podamos funcionar en la naturaleza de Cristo, pero no la anula de golpe. Ese es nuestro trabajo.

* Nunca vas a llegar a ninguna parte tratando de ser un cristiano. O eres como Cristo, o no lo eres. Cristiano significa ser “como Cristo” (1Jn 2:6), un seguidor de Cristo. No alguien que una vez tomó una decisión y tiene su nombre apuntado como miembro de una iglesia. El cristiano camina en el Espíritu. Si tú no estás caminando en el Espíritu tal vez seas salvo, pero no eres un cristiano. En otras palabras, no eres “como Cristo”. No estás siguiendo a Cristo.
Llevamos la palabra “cristiano” de aquí para allá, y hasta nos referimos a nuestro país como una nación cristiana. Pero nuestra nación no sigue al Señor ni se comporta en nada “como Cristo”. Hemos usado incorrectamente la palabra, hasta el punto en que la mayoría de la gente en la iglesia no entiende lo que es ser cristiano . Los discípulos fueron llamados “cristianos” en Antioquia (Hch 11:26), porque seguían a Cristo
(y eso tenía para ellos un alto costo). Hoy la mayoría de la gente en la iglesia está siguiendo sus propios deseos carnales y sus propias voluntades, tratando de construir sus propios reinos y ser sus propios dioses (Nota), pero no son discípulos de Cristo, no caminan tras sus pasos, porque no están dispuestos a morir a sí mismos. Mientras no muramos a nosotros mismos, nuestro cristianismo es un barniz superficial que no influye en el mundo.

* El día del juicio final muchos estarán delante de Jesús diciendo que hicieron muchas cosas en su nombre: Pero Jesús les contestará: “Nunca os conocí.” (Mt 7:23) Esos son los que hicieron muchas obras exteriores (profetizaron, expulsaron demonios e hicieron milagros) pero, al mismo tiempo, desobedecían a Dios, o lo negaban, porque sus intenciones no eran rectas, o se servían a sí mismos pretendiendo servir a Dios.

* Mientras estemos en la vieja naturaleza no tenemos otra alternativa que funcionar en ella. Podemos tratar de ser buenos, pero eso no nos salvará más que si estuviéramos asaltando bancos. No estoy diciendo que alguien no podría ser mejor persona que otro. Lo que estoy diciendo es que eso no tiene nada que ver con nuestra posición ante Dios. Lo único que tiene valor eterno no es lo que nosotros hacemos en el nombre del Señor (pues podríamos invocar su nombre falsamente). Sólo lo que se hace en el espíritu, en la naturaleza nueva que Dios nos ha dado (el árbol de vida) tiene valor eterno.Lo que el autor está diciendo es que las buenas obras hechas viviendo en pecado no cuentan para nuestra recompensa, lo que no quita que Dios pueda usar a los pecadores y sus hechos como instrumentos de su obra.

* Dos personas pueden estar haciendo la misma cosa y una obra puede ser aceptable a los ojos de Dios y la otra no. Todo depende del espíritu en que obró la persona, de quién fue el señor de su proyecto. Eso explica por qué Dios miró con buenos ojos el sacrificio de Abel y rechazó el de Caín (Gn 4:4,5). Dios ve las intenciones del corazón, más allá de lo externo de los actos.

* Si tú eres cristiano, pero tienes un pecado escondido en tu vida y no te has arrepentido, la paz de Dios no rige tu corazón. Como consecuencia, no tienes al testimonio del Espíritu Santo en ti y puedes ser engañado.
Esto es muy importante. El que vive en pecado puede ser engañado fácilmente por Satanás que es el padre de la mentira. Está “ausgeliefert”, entregado sin remedio y sin defensa ante las enseñanzas falsas. He ahí por qué mucha gente, incluso creyentes, son víctimas de enseñanzas equívocas: porque viven en pecado no pueden reconocer el error. No tienen el testimonio del Espíritu de Verdad en ellos que pudiera detectarlo. Ese es el motivo también por el cual pululan tantas enseñanzas falsas en el mundo que capturan a mucha gente inteligente. El pecado nubla su inteligencia.

* Hedgecock dice que el cristiano debería estar siempre en el estado de paz de que gozó al convertirse, según la frase de Pablo: “que la paz de Dios gobierne vuestros corazones.” (Col 3:15). Pero si no goza de esa paz, ¿cuál es la causa? ¿Qué cosas son las que lo perturban? Las preocupaciones de la vida diaria. Es inevitable que lo afecten, pero si confiara más en Dios lo afectarían menos (Mt 6:25-34). La paz de que gozamos es una medida de nuestra unión con Dios y de nuestra confianza en Él.

* Cuando nos hemos arrepentido y la paz ha entrado en nuestro corazón el Espíritu tiene libertad para funcionar en nosotros. Tendremos la sensibilidad necesaria para saber cuando el Espíritu nos mueve en uno u otro sentido para que hagamos algo.
Es como el tacómetro: que, para que pueda medir la velocidad, tiene que estar en cero, es decir, en reposo. Estar en paz es como estar en cero. El tacómetro mide la perturbación del punto de equilibrio. Si estamos en paz (es decir, en cero) podemos percibir todo lo que altera el equilibrio interno. Pero si no estamos en paz Dios puede hablarnos sin que nos demos cuenta.

* Debemos aprender a ser sensibles para escuchar la voz o el aviso del Espíritu cuando oímos una prédica o se sentimos un impulso para hacer algo. En todas las decisiones que tomemos debemos contar con la ayuda de dos testimonios: Lo que dice la Escritura y la vez del Espíritu.

* Satanás es el padre del orgullo y de toda mentira. El orgullo comenzó cuando él decidió exaltarse por encima del Dios Altísimo. Lo mismo ocurrió cuando Adán y Eva decidieron participar del árbol del conocimiento del bien y del mal, porque querían ser su propio dios. Ese es el problema que tenemos hoy. Todos quieren ser sus propios dioses, tal como Adán y Eva quisieron (Gn 3:5,6) Pero sólo hay un Dios. Debemos dejar de querer ser nuestro propio dios. Cuando vinimos a Cristo aceptamos al Dios Todopoderoso como Señor. No hay oportunidad para ningún otro dios; sólo hay oportunidad para hijos e hijas. Podemos recibir la herencia de Dios, pero no vamos a ser Dios.
Ser Dios es lo que pretenden el hinduista y el ocultista. Pero eso es imposible porque una distancia infinita separa a Dios de su criatura. Mucho mejor, y ciertamente posible, es participar de la herencia de Cristo como hermanos adoptivos suyos. Eso es algo que está abierto a todos por fe. Querer ser Dios es una aspiración que Satanás pone en el corazón del hombre, semejante a la que ocasionó su caída. Porque está inspirado por Satanás el hinduismo fomenta el orgullo en sus seguidores, como yo he podido más de una vez comprobar.

* Del árbol del conocimiento del bien y del mal obtendrás toda clase de frutos, tales como malos hábitos, deseos pecaminosos, ambición desmedida, desobediencia y rebelión. El árbol de vida (que tiene a la humildad por raíz) producirá los frutos del espíritu y buenos hábitos. El orgullo lleva al egoísmo, así como la humildad lleva al desprendimiento. Esta es una ley espiritual que tiene pocas excepciones.

* La mayoría de los cristianos no practicarán la maldad abiertamente, pero practicarán ser su propio señor y hacer el bien a su manera. La mayoría de las personas religiosas están en eso: ser su propio señor y tratar de hacer el bien de acuerdo a su mejor entender. Por ese motivo su labor suele ser infructuosa. Sólo la obra guiada por el Espíritu Santo produce fruto abundante.

* Pablo escribió: “Yo sé que en mí, eso es, en mi carne, no mora el bien; porque el querer el bien está en mí, pero no el hacerlo.” (Rm 7:18) Esto es la depravación, o corrupción, de la naturaleza humana: quiere hacer el bien y evitar el mal, pero no puede. Sin embargo no es una depravación total, pues aun desea hacer el bien y se esfuerza por lograrlo.

* No tienes que seguir viviendo en el árbol del conocimiento del bien y del mal. No tienes que tratar de vivir para Dios en tu naturaleza carnal. Dios te dio una naturaleza nueva que ama el vivir para Él. Dios te dio la naturaleza de Jesucristo y no hay lucha para que el Espíritu de Dios haga las cosas de Dios. Esa naturaleza se deleita en obedecer a Dios, simplemente fluye en ello. A la vieja naturaleza nunca le gustará hacer lo que Dios quiere que haga. Eso es lo que nos ocurre con frecuencia: sentimos un placer enorme de hacer las cosas de Dios y nos sentimos santos y puros. Pero de repente volvemos a sentir los deseos carnales y queremos satisfacerlos aun a costa de nuestra comunión con Dios. Lo primero es estar en la naturaleza nueva; lo segundo, es la antigua. Es el paso de una naturaleza a la otra lo que explica el cambio tan marcado en nosotros.

* Tratar de caminar en el Espíritu mientras se está en la naturaleza de Adán es como tratar de empujar una carreta pesada cuesta arriba. Sólo quiere hacer lo que quiere, no importa lo que Dios diga. La vieja naturaleza siempre quiere hacer lo opuesto. Hará otra cosa buena con tal de no hacer lo bueno que Dios quiere que haga. Pero el principio fundamental es: No hacer lo bueno que yo quiero, sino lo que Dios quiere que yo haga.

* Nuestro problema como cristianos es que tenemos un cuerpo en que se alojan dos naturalezas, que son contrarias la una de la otra. El Espíritu de Dios y la vieja naturaleza siempre están peleando entre sí. Pablo lo explicó claramente: “Porque el deseo de la carne es contra el Espíritu, y el del Espíritu es contra la carne, y ambas se oponen entre sí para que no hagáis lo que quisiereis.” (Gal 5:16).

Nota El autor no está pensando en ninguna iglesia en particular sino en todas las iglesias que se dicen cristianas en general, cualquiera que sea su denominación.

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martes, 12 de mayo de 2009

MIS OVEJAS OYEN MI VOZ I

Anotaciones al Margen XVII

Hace casi veinte años llegó a mis manos, no sé cómo, un libro con el título del epígrafe, escrito por un autor para mí desconocido, J.C. Hedgecock. Se trataba de una edición artesanal, hecha aparentemente en Bolivia. Como su contenido me fascinó, traté de comunicarme con el autor, cuya dirección aparecía en la contratapa, para pedirle que autorizara a hacer una edición para el Perú, y, de paso, corregir las deficiencias de la traducción. Pero nunca obtuve respuesta. ¿Habría fallecido? ¿Cómo saberlo?.
En todo caso, el pequeño volumen se convirtió durante un buen tiempo en mi libro de cabecera. He leído y estudiado sus páginas detenidamente. Puedo decir que pocos libros han influido tanto en mi vida espiritual como éste. No estando autorizado para imprimirlo como quisiera, para beneficio de muchos, me limitaré a reproducir algunos de los pasajes que más me impresionaron (que están aquí copiados en negrita y cursiva) y los comentarios que esos párrafos me inspiraron, y que anoté al borde de sus páginas, según mi costumbre. Espero que unos y otros sean de provecho para el lector.

* Dios me ve y me conoce íntimamente, conoce todos mis actos, palabras y pensamientos todo el tiempo, y desea que yo tenga, en lo posible, un conocimiento de Él tan íntimo como Él lo tiene de mí.

* Si quieres conocer a Dios íntimamente debes querer conocerlo a Él por Él mismo y no por las bendiciones o ventajas que eso pudiera traerte. Debes renunciar a buscar nada de Él que no sea Él mismo, renunciar primero a todas las bendiciones que se derivan de conocerlo. Eso incluye renunciar también a las “añadiduras” que son, en el fondo, lo que muchos buscan cuando buscan el reino de Dios.

* La Palabra dice que la vida eterna es conocer a Dios y a Jesucristo, su Hijo, a quien Él ha enviado (Jn 17:3). Esta es la esencia de la vida eterna, que nosotros podamos conocer a Dios, no solamente saber acerca de Él. Puesto que se dice que la vida eterna está en el Hijo (1Jn 5:11) y que el que cree en el Hijo tiene vida eterna (Jn 3:36), podemos concluir que se conoce a Dios a través del Hijo, o conociendo al Hijo.

* Lo más maravilloso de ser hijo de Dios es el hecho de poder tener comunión con Él, poder hablarle y oírle.

* La Escritura dice: “Todos los que son guiados por el Espíritu de Dios, éstos son hijos de Dios.” (Rm 8:14) Sí Señor, yo quiero ser guiado por ti y reconocerte como mi Señor en todos los instantes de mi vida.

* Todos nosotros tenemos un llamado en nuestras vidas y Dios quiere usarnos más de lo que nosotros queremos ser usados.” Dios me quiere usar, pero para que pueda hacerlo necesito ser un instrumento apropiado, preparado, manejable y confiable. ¿Lo soy realmente?

* Lo más importante de la preparación para el servicio consiste en aprender a escuchar la voz de Dios y en llevar a cabo lo que se escucha. Es decir, en ser obediente.

* El buen hijo obedece a su padre, está en constante comunicación con Él, le habla, le hace cariños y recibe sus caricias; va a donde su padre lo mande y le escucha. Le pregunta a cada rato sobre lo que puede hacer y lo que no. Está pendiente de Él. En verdad, tengo que reconocer que yo he vivido hasta ahora como un hijo descuidado y rebelde. No obstante, Dios no me rechaza sino espera que recapacite y cambie.

* Cooperar con la voluntad de Dios es primera prioridad para el creyente, si es que ha de ser de alguna utilidad para Dios. Eso supone, en primer lugar, conocerla. Cuando uno conoce bien la voluntad revelada de Dios y la sigue, puede conocer la voluntad específica de Dios para uno mismo, porque ésta surge de la voluntad revelada a todos.

* Satanás está rondando como león rugiente buscando a quien devorar, (1P5:8) y está engordando de comer cristianos recién nacidos que nunca han sido alimentados ni ayudados a crecer” Esto se puede decir no sólo de los católicos sino también de muchos miembros de iglesias evangélicas que están siendo devorados por Satanás porque con frecuencia no son enseñados a velar y defenderse. No están siendo fortalecidos con la palabra de Dios, que es su alimento espiritual; ni están siendo enseñados a orar, ni son ayudados a crecer en la fe.

* La primera prioridad de mi vida no es servir a Dios, esto es, trabajar en su obra, por muy importante que esto sea, sino amarle, justo porque es el amor que siento por Él, lo que me hace servirle.

* Juan 14:15 dice: “Si me amáis guardad mis mandamientos.” Yo no obedezco porque lo mande la ley o porque tenga temor. Yo guardo sus mandamientos porque yo lo amo. Tú puedes obedecer por temor. Eso es mejor que desobedecer, pero el amor es una mejor motivación para obedecer. Es más fácil hacer algo por alguien porque se le ama que hacerlo porque se le teme. Eso es lo que dice 1 Jn 4:18: el miedo teme el castigo, pero “el perfecto amor echa fuera el temor.”

* Hebreos 10:38 dice: “Mas el justo vivirá por la fe…” Dicho de otro modo, la fe es lo que me sostiene.
* <strong>Hebreos 11:1 dice: “Es pues la fe la certeza de lo que se espera.” El que cree está plenamente seguro de que recibirá lo que espera.

* Hebreos 11:6 dice: “Sin fe es imposible agradar a Dios.” No hay nada más desagradable y ofensivo que desconfíen de uno. Por eso el que desconfía de Dios, le desagrada y le ofende.
* Es tan importante la fe que a Abraham le fue contada por justicia (Esto es, que siendo pecador, su fe lo justificó). Santiago escribió “¿No fue justificado por las obras Abraham nuestro padre, cuando ofreció a su hijo Isaac sobre el altar? ¿No ves que la fe actuó juntamente con sus obras, y que la fe se perfeccionó por las obras?” (2:21,22) Lo que este párrafo polémico quiere decir es que si Abraham hubiera desobedecido a Dios, negándose a sacrificar a Isaac, hubiera mostrado que no tenía fe. Su obra (haber estado dispuesto a sacrificar a su hijo) lo justifica, pues demostró, en la más dura de las pruebas, que sí tenía fe, haciendo lo que Dios le pedía. Esa obra lo justifica porque surge de su fe, actúa con su fe, perfecciona su fe. Si él no hubiera actuado por fe sino por temor, el sacrificio de su hijo, si hubiera llegado a consumarlo, habría sido inútil, no lo habría justificado.

* Si no vas a confiar en Dios será mejor que te detengas ahora mismo, porque no puedes avanzar espiritualmente. Terminarás siendo un cristiano miserable y a lo mejor hasta un hipócrita. Aunque te veas bien y huelas bien para todo el mundo, por dentro, que es lo que Dios ve, hederás. Así eran los fariseos y saduceos, sepulcros blanqueados, bonitos por fuera pero llenos de huesos de cadáveres y de toda clase de impureza. (Mt 23:27) ¡Qué cierto es esto! Hay eclesiásticos que no confían plenamente en Dios sino en sus conocimientos, en su teología, en la estructura de la iglesia, en el dinero para el apostolado, pero no en Dios. Como consecuencia tienen la mente corrompida; son unos hipócritas. Su predicación está muerta, porque nadie puede comunicar lo que no tiene. No tienen fe y no pueden transmitirla a sus oyentes. Comparten la muerte que reina en su alma. ¡Qué cierto es que “sin fe es imposible agradar a Dios”! (Hb 11:6). Si tú vas a la Iglesia y te aburres durante el sermón, estás posiblemente oyendo a un predicador que carece de fe (o a uno que, teniéndola, habla de frivolidades o se predica a sí mismo). No confía en el Dios Omnipotente que todo lo puede y por eso no puede agradarle, ni realizar un ministerio fructífero. Como no tiene fe, no ora para que el Espíritu Santo inspire su sermón. Es cierto tambièn que no todos los que suben al púlpito tienen el don de la predicación.
Jesús sopló el Espíritu Santo sobre sus apóstoles cuando les dijo: “Como me envió mi Padre, así os envío yo a vosotros.” (Jn 20:21). Sin el Espíritu Santo los apóstoles no hubieran podido hacer su obra. Y hoy es igual. Si el predicador no está animado, movido, inspirado por el Espíritu Santo sus palabras están muertas y eso es lo que transmite a sus oyentes. Los aburre y les contagia su falta de fe.

* Pablo escribe: “Todo lo que se hace sin fe, es pecado.” (Rm 14:23b) Esta es una verdad sencilla. Para el cristiano cualquier acto que no tenga su fundamento en la confianza en Dios (es decir, que se haga desconfiando) es pecado. ¿Qué pasa si obro en la carne, sin confiar en Dios? Esto es precisamente lo que hizo Eva: hizo algo que a ella le pareció bueno, pero porque desconfió de Dios, fue pecado. Si ella hubiera confiado en Dios, no le hubiera desobedecido. Cuando tú desobedeces a Dios es porque dejaste de confiar en Él. Si tú confías en Él, le obedecerás. El diablo le hizo dudar de la palabra de Dios, (como me sucedió una vez a mí y cometí un grave error). Ella se dijo: “Quizá lo que dice la serpiente sea verdad ¿Cuál de los dos tiene la razón? Lo probaré.” Su pecado fue fruto de su falta de fe. Su desobediencia tuvo su raíz en su falta de fe. Si no hubiera dudado de la palabra que le habló Dios, no le habría desobedecido. ¿Mentiría Dios? Sólo pensarlo es un terrible pecado.

* El comienzo de la caída del hombre, lo que decidió su destino fue pues su falta de fe. Lo que también ahora decide su destino es la fe. Por eso dice Pablo: “El justo por la fe vivirá” (Rm 1:17).

* El libro de Proverbios dice: “Fíate de Jehová de todo tu corazón y no te apoyes en tu propia prudencia. Reconócelo en todos tus caminos y Él enderezará tus veredas.” (Pr 3:5,6) En efecto, si no acudo a Él estoy confiando en mi propia prudencia. No le doy la oportunidad de que enderece mis caminos.

* Cuando uno confía en Dios lo tiene presente en todo lo que hace. Esto es, cuando uno confía totalmente en Él. El que trata de resolver todas las cosas en sus propias fuerzas, es el que no confía en Dios.

* Reconocerlo en todos nuestros caminos es también tenerlo en cuenta en todos nuestros problemas, aún en los materiales o enojosos. Preguntarse: ¿cuál es el punto de vista de Dios en este asunto? ¿Es posible averiguarlo?

* Pero si no confías en Él ¿te das cuenta del peligro que corres de engañarte a ti mismo? Por eso es tan necesario estar siempre atento a la voz de la conciencia.

* ¿Cuál es el motivo por el cual trato de resolverlo todo en mis propias fuerzas y criterios y no acudo a Dios primero para preguntarle cómo puedo hacerlo?.Ya lo he dicho: por falta de fe. ¿Pero cómo puedo no confiar en Él después de haber tenido la experiencia de todas las veces en que ha venido en mi ayuda?

* Filipenses dice: “Regocijaos en el Señor siempre. Otra vez os digo: ¡Regocijaos! Vuestra gentileza sea conocida de todos.” (Flp 4:4,5ª) Si nos gozamos en el Señor ese gozo desborda en amabilidad para con todos. Esto quiere decir que, en principio, el creyente debe ser sociable y amable.

* “El Señor está cerca.” (Flp 4:5b) Este es un motivo más para confiar que enlaza con lo que sigue, pero también con lo que precede, porque nos gozamos de sentir la cercanía del Señor.

* “Por nada estéis afanosos…” Esto quiere decir: en todo “sean conocidas vuestras peticiones delante de Dios, en oración y ruego, con acción de gracias.”(Flp 4:6). “Todo” quiere decir: en todas nuestras preocupaciones, pequeñas y grandes. No hay nada que no debamos llevar ante el Señor.

* “Y la paz de Dios que sobrepasa todo entendimiento guardará vuestros corazones y vuestros pensamientos en Cristo Jesús” (4:7) Si lo hacemos así, según su palabra, poniendo todas las cosas en las manos de Dios y dándole las gracias por anticipado, seremos inundados por la paz de Dios.

* “Por lo demás, hermanos, todo lo que es verdadero, todo lo justo, todo lo puro, todo lo amable, todo lo que es de buen nombre; si hay virtud alguna, si algo digno de alabanza, en esto pensad.” (4:8) ¡En estas cosas, sólo en estas debemos pensar! ¡Ah, cómo debemos apartar nuestro pensamiento de las cosas desagradables, no santas! Si ponemos nuestro pensamiento en esas cosas perderemos la paz de Dios que se describe en el v.7. Si queremos cultivar esa paz y que nuestros corazones permanezcan guardados en Jesucristo, debemos pensar en las cosas que menciona el v. 8 y sólo en ellas. Pablo lo ha dicho claramente. ¿Por qué no le hacemos caso?

* “Gustad y ved cuán bueno es el Señor; dichoso el hombre que en Él confía.”(Sal 34:8) Si obedezco a Dios en algo que me resulta ingrato, estoy confiando en Él pasando por encima de mi desagrado. Él lo apreciará.

* Si tu “paladar” se ha acostumbrado al gusto del pecado, entonces la santidad y la verdad no tendrán buen sabor para ti. ¡Qué cierto es esto de los pecadores! No tienen gusto por nada que tenga que ver con la piedad pues es contrario a la satisfacción de sus inclinaciones. (Gal.5:15,16). Pero cuando aceptes la verdad ella empezará a agradar a tu “paladar”. Las cosas que antes odiabas, ahora las querrás; y las cosas del diablo que te gustaban, ahora las odiarás.

* Jesús dijo: “Si me amáis, guardad mis mandamientos.” (Jn 14:15) La amistad con Dios viene de obedecerlo. Es decir, se desarrolla con la obediencia.

* “Le dijeron sus discípulos: He aquí ahora hablas claramente.” (Jn 16:29) El Señor empezó a abrirles los ojos y a hablarles en términos claros.
Así también yo necesito que Dios me abra los ojos y me hable en términos claros.

* “Él ya no los llamó siervos sino los llamó amigos”. (Jn 15:15) El siervo no sabe lo que su señor está haciendo. Hay dos maneras como el creyente puede estar ante Dios: como siervo, que obedece sin entender; o como amigo, a quien se le explica el porqué de lo que se le ordena. Todos queremos estar en la condición de amigos. Pero nosotros no podemos promovernos a ese estado. Sólo Jesús puede hacerlo. Y Él requiere que entre tanto seamos siervos fieles que obedecen aun sin entender. Sólo cuando haya probado que soy un buen siervo me promoverá Jesús a la condición de amigo.

* Pero en verdad Dios no tiene por qué explicarnos el motivo de lo que nos manda hacer. Es como en el ejército, donde las órdenes se cumplen sin dudas ni murmuraciones. A Dios hay que obedecerlo sin preguntar las razones de sus órdenes. Él requiere que le tengamos una confianza absoluta.

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martes, 28 de abril de 2009

FE PRÁCTICA

En su primera epístola el apóstol Juan escribió: "Todo el que es nacido de Dios no practica el pecado, porque la simiente de Dios permanece en él..." (1Jn 3:9). Esto es, no peca en forma habitual porque hay en él algo que no se lo permite. Ese algo es la simiente de Dios que ha dado nueva vida a su espíritu. La simiente de Dios, esto es, el espíritu de Cristo que ha entrado en él cuando le rindió su vida.

Quiero adelantarme a decir que aquí hay una dificultad en la traducción de este versículo, porque el original griego dice exactamente: “El que es nacido de Dios no peca”, y así es como aparece en muchas traducciones, especialmente antiguas como la King James Version de 1609 (Nota 1). Tomado literalmente ese texto parecería indicar que el cristiano no peca nunca, no puede pecar absolutamente, lo cual sabemos no es verdad y está en contradicción con nuestra experiencia (2). Estaría además en contradicción con lo que San Juan ha dicho unos párrafos antes en su epístola, que si alguna vez pecamos, tenemos un abogado con el Padre, a Jesucristo (1Jn 2:1).

La dificultad estriba en que en el idioma griego hay un tiempo verbal, el presente del indicativo, que indica una acción continua o repetida, no una acción puntual. Ninguna de las lenguas europeas modernas, que yo sepa, salvo los idiomas eslavos o el griego actual (cuya gramática deriva del griego antiguo), tiene un tiempo verbal equivalente. La versión Reina-Valera 1960, y muchas otras con ella, resuelve la dificultad usando la expresión "no practica el pecado", que es una solución aceptable pues se acerca bastante al sentido del original.

Ahora bien, si el cristiano no practica el pecado ¿qué puede practicar? Todos los seres humanos suelen practicar algún deporte, sea el fútbol, o el basket, o el voley, o el tennis, o algún otro. Y si no, tienen algún hobby sedentario, como el ajedrez, o alguna actividad manual, como podría ser la carpintería, o el "crochet" en las mujeres.

Podríamos decir entonces que el creyente puede practicar la gimnasia. Pero no estoy hablando de esas cosas, sino de cosas espirituales. San Pablo le escribió a su discípulo Timoteo que el ejercicio corporal de poco aprovecha y que él debía ejercitarse más bien en la piedad que sí es provechosa (1Tm 4:7,8).

Entonces, pues, el cristiano practica la piedad. Eso quiere decir, por ejemplo, practicar las tres virtudes llamadas antiguamente teologales: fe, esperanza y caridad. Es fácil concebir cómo se puede practicar la caridad, es decir, el amor desinteresado, el "agápe" del Nuevo Testamento. La misma palabra "caridad" (que viene del latín "cáritas") ha venido a significar los actos con que llevamos a la práctica la virtud del amor sobrenatural (3).

Pero ¿cómo practicaríamos la fe? Eso parece menos evidente. Sin embargo, al igual que con cualquier otra cualidad, la fe se practica ejerciéndola, tal como se ejerce un oficio.

¿Y cómo se ejerce la fe? Evidentemente no repitiéndose: "Yo tengo fe, yo tengo fe..." sino en situaciones concretas. Cada dificultad, cada problema, cada prueba con que nos enfrentamos es una ocasión para ejercitar y poner en práctica nuestra fe y no debemos desaprovecharla, sino al contrario, darle la bienvenida y utilizarla con ese propósito.

Si tú, por ejemplo, te encuentras sin trabajo, se han secado todas tus fuentes de ingresos y has consumido todos tus ahorros, y tienes que hacer frente a una serie de gastos impostergables (¿y quién no ha pasado por este tipo de situaciones?), ejercitas tu fe si, en lugar de desesperarte y arrancarte los cabellos ante esa situación tan difícil, miras más allá de las circunstancias visibles y te afirmas en la seguridad de que Dios es tu Padre, que El cuida de tí y que Él no te va a desamparar sino que de alguna forma te va a dar el dinero que necesitas.

Ejercitar la fe en una situación semejante equivale a cambiar el giro de nuestros pensamientos. Ante las dificultades insuperables (digo, aparentemente insuperables) nuestro pensamiento tiende a seguir una dirección derrotista, negativa, y a empujarnos a la desesperación. Muchas de las personas que se suicidan pasan por un proceso mental semejante: Ya no hay esperanza, ya todo se perdió.

Ése es el momento de cambiar la dirección de nuestros pensamientos y darles la vuelta, dirigiéndolos en un sentido contrario. En lugar de desesperarse, confiar; en lugar de desalentarse, levantar el ánimo; en lugar de decirse: "todo está perdido", decirse: "yo sé que Dios me ayudará".

Y nótese que ese cambio de dirección de nuestros pensamientos se efectúa en sólo unos instantes de reflexión. En quince segundos, como escribió un autor. No requiere de mucho tiempo. Es un acto prácticamente instantáneo, si tenemos el conocimiento necesario.

Nosotros tenemos ocasiones innumerables de llevar este principio a la práctica, esto es, de ejercitar nuestra fe. ¿Quién no recibe alguna vez malas noticias en esta vida? Te niegan un aumento de sueldo que necesitas urgentemente, o fracasaste en tu nuevo intento de ingresar a la universidad, o el banco en que tienes tus ahorros ha cerrado sus puertas, o la empresa en que trabajas se declara en quiebra, o te comunican que tienes una enfermedad incurable, etc., etc. Tantas circunstancias en que parece que se nos cierra el camino, o que se levanta de pronto una pared infranqueable, y el corazón se nos sube a la garganta.

Pero en verdad, todas esas circunstancias difíciles son otras tantas ocasiones para afirmar nuestra fe y no desesperar. ¡Ah claro! ¡Qué fácil es decirlo cuando la cosa no es con uno! ¡Qué difícil, sin embargo, llevarlo a la práctica cuando se está en medio de la tormenta! Una cosa es hablar y otra cosa es hacerlo. Muy cierto. Entonces ¿Qué es lo que se requiere para tener esa actitud que no se da por vencida?

Se cuenta que el General Simón Bolívar, en una etapa de la lucha por nuestra independencia, se hallaba enfermo en la ciudad de Pativilca, impedido de ponerse al frente de sus tropas, cuando le llegaron noticias de que los patriotas habían sido vencidos en todos los frentes y que los españoles recuperaban todas las posiciones que habían perdido. Uno de sus asistentes le preguntó: ¿Que vamos a hacer, mi General? Entonces, ese hombre de cuerpo frágil, minado por la enfermedad, se puso de pie y dijo con voz decidida: ¿Que vamos a hacer? Triunfar.

¿Qué fue lo que permitió a ese hombre enfermo no desalentarse ante las malas noticias, no darse por vencido, sino, al contrario, estar seguro del triunfo final? La fe que él tenía en su propio destino, en la victoria final. Una firme convicción interior que nada podía quebrantar. Y estamos hablando aquí de una fe puramente humana (4).

Pero lo que a nosotros cristianos, nos permite no darnos por vencidos, sino más bien esperar contra toda esperanza y confiar en el triunfo, es la certidumbre de aquello que somos: hijos de Dios, hijos de un Padre todopoderoso que nos ama, que es más poderoso que todas las circunstancias del mundo, y que tiene todas las cosas en sus manos, incluso la situación desesperada en que tú te encuentras.

Y eso es lo que Dios espera de nosotros: que confiemos en Él; que confiemos en su poder infinito; que confiemos en su misericordia, en su amor por nosotros y en que Él nunca nos abandonará. Como cantó el rey David: "Aunque mi padre y mi madre me dejaran, con todo Él me recogerá." (Sal 27:10).

Aunque todos mis amigos me abandonen, aunque todos mis familiares me den la espalda, aunque el mundo se vuelva en contra mío, Dios nunca me fallará porque Él es fiel. Dios es el padre más tierno, el padre más amoroso y para él no hay nada imposible. ¿Cómo no confiar en Él?

Pero alguno se dirá: ¿Cómo puedo confiar en alguien a quien no veo, en alguien de cuya existencia no tengo ninguna prueba verificable? Pues bien, en eso consiste precisamente la fe. Como explica la epístola a los Hebreos: "La fe es la convicción de lo que no se ve" (Hb 11:1b). No lo veo con mis ojos materiales, pero sí lo veo con mis ojos espirituales. Es esta convicción lo que nos permite decir con el rey David: "El día en que temo, yo en ti confío" (Sal 56:3).

El día en que todo se derrumba, el día en que todo está perdido, el día en que el huaico se llevó mi casa, el día en que se me vence la letra y no tengo con qué pagarla, el día en que me roban el automóvil en que puse todos mis ahorros, el día en que me despiden de mi trabajo y tengo a mi mujer enferma. Ese día en que temo lo peor, es el día en que yo más confío en Dios.

Hay muchos versículos de la Biblia que hablan de esta fe inconmovible en Dios y que pueden ayudarte a alimentarla. Fue Jesús quien dijo: "No sólo de pan vive el hombre, sino de toda palabra que sale de la boca de Dios." (Mt 4:4). Tu fe vive y se alimenta de la palabra de Dios, y es en esos momentos difíciles cuando más se necesita de ese alimento.

La Biblia habla de ese Dios y de lo que tú eres para Él. Habla de un Dios que nos amó hasta lo sumo. Si tú no conoces a ese Dios, si no estás familiarizado con su poder ¿cómo puedes confiar en Él? Si tú no estás seguro de que tú eres su hijo y de que él es tu Padre y de que lo hará todo por tí, entonces sí tienes motivos para temer que la tempestad te ahogue.
El Evangelio de San Juan dice que Jesús vino a los suyos, esto es, a su pueblo, pero los suyos no lo recibieron. Y agrega: "Mas a todos los que lo recibieron les dio el derecho de ser hechos hijos de Dios, es decir, a los que creen en su nombre" (Jn 1:11,12).

Ves tú, hay quienes son hijos de Dios en sentido pleno, y los que sólo son sus criaturas. Quizá estas palabras te sorprendan porque en nuestros días se ha perdido el sentido de esa realidad. Nadie es hijo de Dios en virtud de su nacimiento. Nadie nace siendo hijo de Dios. Sólo es hijo de Dios el que ha sido adoptado como hijo por Él, el que recibió el espíritu de adopción que le permite decir: "Abba, Padre" (Gal 4:6). ¿Y cómo se recibe ese espíritu? Creyendo en el sacrificio expiatorio de Cristo en la cruz.

Oh sí, Dios ama a todos los seres humanos, y ayuda a todos aunque lo ignoren o lo nieguen, porque los ha creado. El quiere además "que todos los hombres se salven y lleguen al conocimiento de la verdad." (1Tm 2:4) Esto es, que todos lleguen a ser sus hijos adoptivos por el conocimiento de Cristo. Pero nadie es adoptado como hijo suyo si no lo quiere, si no lo acepta, si no cree en Aquel que dijo de sí mismo: "Yo soy el camino, la verdad y la vida." (Jn 14:6).

Ese es el secreto de la fe. La fe en el poder de Dios comienza por la fe en que Jesús es el Hijo único de Dios, y que Dios lo envió a morir por nosotros. ¿Crees tú en eso? El vino a morir y a resucitar para salvarte. ¿Es eso para tí un hecho del pasado que no te concierne, o quizá una bonita leyenda piadosa, pero al fin, leyenda? ¿O es para tí el acontecimiento más importante de toda la historia y el hecho central de tu propia vida? De cuál sea la respuesta que tu des a esa pregunta depende el que tú puedas decir o no con el salmista: "Aunque un ejército acampe contra mí, no temerá mi corazón; aunque contra mí se levante guerra, yo estaré confiado." (Sal 27:3). (3.11.01)

Notas: 1. Así también en Nácar-Colunga. La "Biblia del Oso" de Casiodoro de Reina de 1569, y todas sus revisiones hasta la Reina-Valera de 1909 traen: "no hace pecado". La Nueva Versión Internacional traduce: "no continuará pecando." Quizá más exacto sería: "no peca habitualmente".


2.
Eso es lo que algunos heréticamente sostienen: que el hijo de Dios, aunque haga algo malo, no peca.

3.
Todas las versiones de Reina-Valera, hasta la de 1909 traen también “caridad”, que es una traducción más exacta que “amor”.

4.
Y parece que durante el tiempo que permaneció en cama concibió los planes que poco después le darían la victoria definitiva. Su enfermedad fue pues quizá una bendición escondida.

#571 (19.04.09) Depósito Legal #2004-5581. Director: José Belaunde M. Dirección: Independencia 1231, Miraflores, Lima, Perú 18. Tel 4227218. (Resolución #003694-2004/OSD-INDECOPI). SUGIERO VISITAR MI BLOG: JOSEBELAUNDEM.BLOGSPOT.COM.

lunes, 20 de abril de 2009

UNA LECCIÓN INESPERADA

A veces Dios utiliza nuestras lecturas de su palabra para darnos lecciones que nos cogen por sorpresa. No hace mucho la lectura de la parábola de la gran cena en el Evangelio de San Lucas (14:15-24) me produjo un efecto de esa naturaleza, provocando una cadena de pensamientos que tuvieron una conclusión inesperada para mí. En la medida en que me sea posible, quisiera transmitirles algo de lo que creo que Dios me habló a través de ese pasaje, porque creo que encierra una lección para todos. (Sugiero a mis lectores abrir sus Biblias en el pasaje indicado antes de seguir adelante).

Jesús asistía a un banquete en casa de un fariseo, cuando uno de los asistentes le dijo: "Bienaventurado el que coma pan en el reino de Dios" (Lc 14:15).

Jesús aprovechó inmediatamente la alusión al banquete del reino, hecha por uno de los comensales, para hablarles en parábola del reino de los cielos como de un banquete al que Dios nos invita a ingresar ya en esta vida.

Jesús nos invita a todos a entrar a su reino creyendo en Él y arrepintiéndonos de nuestros pecados. La parábola transmite la idea de que los primeros que fueron invitados al banquete se excluyeron a sí mismos porque le daban más importancia a sus asuntos personales. Estaban demasiado ocupados para que el reino que Dios les ofrecía pudiera interesarles (Lc 14:18-20). Entonces Jesús invita a los desechados, a los despreciados, a aquellos a quienes nadie toma en cuenta.

Para reemplazar a los que no aceptaron la invitación el dueño de casa ordena a su siervo que vaya por las calles y plazas de la ciudad y traiga a los pobres, a los mancos, a los cojos y a los ciegos (v. 21). Es decir, que traiga a los mismos que Jesús poco antes ha dicho que deberíamos invitar nosotros cuando hagamos un banquete, "y serás bienaventurado; porque ellos no te pueden recompensar, pero te será recompensado en la resurrección de los justos." (v. 13,14).

Jesús nos está diciendo ahí: invita a tu casa a aquellos a quienes yo invito. Porque yo los invito, invítalos tu también. ¿Podemos hacer esto? Jesús dice que lo hagamos literalmente. Es decir, que invitemos a aquellos a quienes nadie invita y que no pueden devolvernos el favor.

Generalmente la gente invita a su casa y a las reuniones sociales que organiza, sea a las personas a las que tienen una invitación que corresponder, o a aquellos que les gustaría que en reciprocidad los inviten a su vez. Es decir, a aquellos con los que les gustaría, o les convendría, relacionarse. Pero Jesús te dice, invita a aquellos que no tienen nada que darte, a aquellos de quienes no puedes obtener ningún provecho y a los que nunca harías pasar a tu casa. ¿Realmente ningún provecho? En verdad, sí, el más grande provecho, porque es Jesús quien te lo repagará. ¿Y quién podría pagarte más que Él?

En otras palabras, siguiendo el ejemplo de Jesús, debemos buscar a los pobres para tenerlos como amigos. Es fácil tener como amigos a los que son como uno. Esto es, a los que ocupan una posición semejante a la nuestra en el mundo, a los que están en un nivel semejante de bienes y riqueza. ("Dios los cría y ellos se juntan" dice el refrán).

Muchos son, es cierto, los que buscan tener amistad con los que están situados más arriba que ellos en la escala social. Ahí están las oportunidades. Pero no es fácil tener como amigos a los que en el mundo son más que uno, o a los que tienen más que uno, porque ni te miran, y si llegas a codearte con ellos puede ser frustrante, porque con facilidad se nota la diferencia y, de repente, te desprecian, o sientes que te miran con cierta conmiseración. A los ricos les gusta estar entre ricos; entre los que pueden darse los mismos lujos que se gastan ellos.

Mucho más difícil es, sin embargo, ser amigo de los que tienen menos que uno, o de los que no tienen nada, esto es, de los indigentes, de los pobres. Hay algo en ellos que nos desagrada, por lo que no deseamos su compañía. Así es el ser humano, se aleja de los mendigos, los evita, aunque sean sus parientes, como dice el proverbio: "Todos los hermanos del pobre le aborrecen; ¿cuánto más sus amigos se alejarán de él!" (Pr 19:7) Se requiere hacer un esfuerzo para acercarse al pobre.

Pero Jesús está más presente en el pobre que en el rico; está más presente en los que sufren que en los que gozan de la vida. "Porque tuve hambre y me diste de comer..." (Mt 25:42ss). Nunca dijo: "porque me sonreíste cuando estaba alegre, gozándome en un banquete...", aunque Jesús ciertamente asistió a más de un banquete. Nunca dijo: “porque me felicitaste cuando alcancé un gran triunfo…”, a pesar de que tuvo grandes éxitos entre las multitudes. Claro está que sonreír es bueno y felicitar es bueno, pero es más fácil sonreír al que es dichoso que al desdichado.

Esa frase en tiempo pasado que hemos citado (“Porque tuve hambre…”) será pronunciada por Jesús el día del juicio. El tiempo pasado al que la frase se referirá cuando sea pronunciada, es este nuestro tiempo presente, el tiempo que transcurre actualmente en la tierra entre la ascensión de Jesús y su regreso, y que será tiempo pasado cuando Él venga.

A nosotros nos cuesta imaginar que Jesús pueda tener hambre y padecer necesidad ahora que Él está en el cielo. Pero eso es lo que Él dice. ¿Cómo así tiene Él hambre ahora? Lo tiene en la persona del pobre. Cuando el pobre tiene hambre, o tiene frío, o tiene sed, o sufre soledad, Jesús tiene hambre, o tiene frío, o tiene sed, o sufre soledad. Y nos pide que aliviemos su necesidad aliviando la del pobre. Si lo hacemos Él nos recompensará por el bien que hicimos.

Terminada la parábola del banquete Jesús empieza a hablar de lo que cuesta seguirlo y de la necesidad de calcular de antemano lo que nos pueda ser requerido para seguir sus pasos, y compararlo con lo que uno está dispuesto a hacer (Lc 14:26-32). En seguida habla de la necesidad de renunciar a todo lo que uno posee para ser su discípulo (v. 33).

Al comienzo me era difícil ver la conexión lógica entre ese renunciar a lo que uno posee y el hacer las paces con un rey poderoso: "Y si no puede (enfrentársele), cuando el otro (es decir, el rey) está todavía lejos, le envía una embajada y le pide condiciones de paz" (v. 32).

Pero luego lo vi claro: Si quieres estar en paz con el rey más poderoso, con Aquel con quien no te conviene estar en guerra, es decir, con Dios, renuncia a todo lo que tienes. Eso es lo que Él te pide que hagas; esas son sus condiciones para hacer las paces con Él. Esto es, para trabar amistad con Él. Eso es lo que Él te pide, y es mejor que accedas a ello porque no podrás oponerte a Él.

Al narrar esa corta parábola -y piénsese que el Evangelio quizá sólo nos da la esencia de las palabras de Jesús, no todas las que pronunció- Jesús estaba quizá pensando en el episodio del conflicto entre Acab y el rey de Siria que narra el primer libro de Reyes. Ahí vemos cómo Ben-adad le exige al rey de Israel, como condición para hacer la paz, que le entregue todo lo que tiene, su plata, su oro, sus mujeres y sus hijos. Acab le contesta: "Oh rey, tuyo soy y todo lo que tengo" (1R 20:4). Es decir, se rinde incondicionalmente. Para tener una buena relación con Dios, tienes que entregarle sin reservas, semejantemente, todo lo que tienes. Tienes que rendirte totalmente a Él tal como estaba dispuesto a hacer ese rey de Israel.

Seguir a Jesús es una cuestión de costos. Todo el que emprenda una obra calcula el costo, dijo Jesús, para ver si cuenta con los recursos necesarios para afrontar los gastos en que tendrá que incurrir para terminarla. Si quieres seguir a Jesús tienes que calcular también el costo en términos de renuncias y sacrificios, y ver si estás dispuesto a asumirlo. No vaya a ser que no puedas y después lo abandones y te quedes en el camino, como el que abandona la carrera porque se cansó, y todos se burlen de ti (Lc 14:28,29).

Aquí el primer costo que hay que calcular es si se tiene o no el propósito de renunciar a todo lo que uno posee. El que no lo tiene, no puede seguir a Jesús por mucho entusiasmo que tenga, porque abandonará la prueba y se quedará en algún momento botado. Por eso, si no te sientes capaz de renunciar a todo lo que tienes, mejor es que no trates de seguir a Jesús, porque, como Él dijo: "cualquiera de vosotros que no renuncie a todo lo que posee, no puede ser mi discípulo." (v. 33).

Ahí surge inevitablemente la pregunta: la persona que se encuentra en la etapa más productiva de la vida –digamos entre los 30 y los 40 años- y está trabajando para alcanzar una determinada posición en el mundo, para hacer carrera ¿cómo puede renunciar a todo lo que posee? ¿Cómo puede renunciar a aquello por lo que está luchando?

Los que piensan que no pueden renunciar a lo que poseen porque no tienen ese llamado, o porque tienen obligaciones en el mundo que no pueden esquivar, y necesitan de sus bienes para atender a ellas, tienen, no obstante, mucho a qué renunciar sin renunciar a sus posesiones materiales. Pueden hacer, para comenzar, lo que recomienda Pablo: Poseer como si no poseyesen, comprar como si no comprasen (1Cor 7:30). Esto es, desprenderse en el espíritu de lo que poseen.

Pero aun hay más. Seguir a Jesús, hemos dicho antes, tiene un costo muy grande. Pues bien, ser humilde cuesta mucho. Renunciar a mi orgullo de ser alguien cuesta mucho.

Todos queremos ser alguien. Todos tenemos un pedestal personal en el que estamos parados, en el que basamos nuestra seguridad en nosotros mismos, nuestra imagen y nuestro valor ante los demás: dinero, posición en la sociedad, capacidades, conocimientos, títulos, prestigio, fama, belleza, etc. Incluso se da en el ámbito de la iglesia: renombre, liderazgo, pastorado, conocimientos, ministerio, etc.

Quizá no podamos renunciar literalmente a esas cosas, porque cumplimos una función en la sociedad o en la iglesia, pero sí podemos -en verdad, debemos- renunciar al sentimiento de orgullo que nos proporcionan esas cosas y bajarnos del pedestal en que estamos parados. ¿Cómo nos bajamos? Dejando de gloriarnos de esas cosas y siendo humildes, y reconociendo, además, que si no fuera porque Dios nos ha dado lo que hemos alcanzado, no seríamos nada.

El cristiano no tiene nada de qué jactarse. ¿De nuestro conocimiento de las Escrituras? Si pudiéramos llenar volúmenes con nuestro conocimiento, eso es nada comparado con lo que ignoramos. ¿De que Dios escuche nuestras oraciones? No lo hace por nuestros méritos, sino porque es bueno. ¿De las muchas almas que hemos traído a los pies de Cristo? No lo hicimos nosotros sino el Espíritu Santo. ¿De qué podemos jactarnos? A lo más de una cosa: De que siendo unos miserables pecadores, Dios se compadeció de nosotros. Ya lo dijo el salmista: "¿Qué es el hombre para que de él te acuerdes, y el hijo de hombre para que lo visites?" (8:4).

El hecho de que enseguida Jesús hable de la sal en ese pasaje, muestra que hay una conexión efectiva entre el renunciar a todo y la sal que puede perder su sabor: "Buena es la sal –dice Jesús- mas si la sal se vuelve insípida ¿con qué se sazonará? Ni para la tierra, ni para el muladar es útil; la arrojan fuera. El que tiene oídos para oír, oiga." (Lc 14: 34,35)

La sal que pierde su sabor es el que se quedó a mitad de camino porque no pudo renunciar a todo lo que tenía. El sabor de la sal radica en eso. El que la quiere tener fácil, es la sal sin sabor. Es decir, el sabor de la sal, su capacidad de sazonar los alimentos, esto es, de salar al prójimo, radica en la capacidad de renuncia, en el sacrificio. Sin sacrificio no podemos ser ni hacer nada por los demás, no los podemos salar. No podemos hacer nada por la causa del Evangelio. (Nota 1)

Así pues, si queremos realmente seguir a Jesús debemos renunciar al pedestal en que nos hemos colocado -cualquiera que sea- y aprender a ser humildes para parecernos a Él. No podemos pretender ser sus discípulos si no lo imitamos en este punto, pues, o somos humildes o somos orgullosos. Pero al orgulloso, dice su palabra, Dios lo “mira de lejos”. (Sal 138:6)

La humildad es una virtud tan humilde que ni siquiera figura entre los frutos del Espíritu Santo (Gal 5:22,23), ni en la lista de virtudes que enumera Pedro en su segunda epístola (2P 1:5-7), pero es condición indispensable para que los demás frutos florezcan. Es una virtud esquiva y difícil de adquirir. Ha sido comparada con la violeta que esconde su perfume entre las hierbas del campo y apenas se ve. ¿Cómo coger esa flor? ¿Como aprenderemos a ser humildes?

Una vez encontré la siguiente receta que les voy presentar, resumiéndola y adaptándola a nuestro medio. Quizá les parezca demasiado dura, pero eso es parte del costo que hay que asumir para seguir a Cristo. (2)

En primer lugar, hablar lo menos posible de uno mismo. (Todos tendemos a hablar demasiado de nosotros, es nuestro tema de conversación preferido).

Segundo, no tratar de controlar las vidas ajenas. (Eso es algo muy común en el campo de la iglesia: tratar de dominar a la gente. Pero es una tendencia que no proviene de Dios sino de nuestro “ego”, inflado por el gran manipulador que es el diablo, el príncipe de los orgullosos).

Tercero, aceptar gustosamente que nos contradigan y nos critiquen. (Pero ¡cómo nos duele que nos cuestionen!).

Cuarto, aceptar con mansedumbre que nos insulten. (¡Eso es más que difícil!)

Quinto, aceptar sin protestar que nos dejen de lado, que nos marginen, que no nos tomen en cuenta y que se olviden de nosotros. (Pero ¡cómo nos ofende y nos deprime! ¡Y qué bien nos sentimos ocupando los primeros lugares!).

Sexto, no estar siempre buscando que nos aprecien, que nos admiren. (Eso es justamente lo contrario de lo que solemos hacer, porque nada nos gusta más sino que nos elogien y hablen bien de nosotros. Pero Jesús nunca buscó el reconocimiento público y cuando quisieron proclamarlo rey, huyó: Jn 6:15).

Sétimo, no enorgullecernos cuando nos alaben y elogien.

Por último, ser siempre amable y gentil aunque nos traten mal. (En lo humano eso es algo imposible).

He aquí pues una tarea nada fácil, que se opone a nuestros impulsos más naturales. Pero quien no trate de cumplirla no podrá decir que cumple la exhortación de Jesús de negarse a sí mismo y no podrá seguirlo ni ser verdaderamente su discípulo.

Notas: 1. Téngase en cuenta que “sacrificio” en la Biblia no quiere decir “sufrimiento”, aunque en el lenguaje común asociemos ambas cosas, sino “ofrenda”, una ofrenda quemada al fuego. ¿Qué fuego? El fuego del amor sobrenatural, del amor “ágape” o “caridad”. Cuando tú pues le ofreces un sacrificio a Dios, le ofreces en el altar de su amor algo que te cuesta. Puede haber ocasiones difíciles en las que aun ofrecerle un sacrificio de alabanza puede sernos costoso (Hb 13:15).
2. Quien quiera ahondar en el tema puede leer con provecho el tercer capítulo del libro "Sed de Realidad" de George Verwer, el fundador de "Operación Movilización", la entidad dueña de los barcos "Logos" y "Doulos".
NB. Este artículo es el texto revisado de una charla irradiada el 10.11.01.

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viernes, 17 de abril de 2009

NOEMÍ, LA SUEGRA DE RUT II

En el artículo anterior hemos dejado a Noemí empezando el camino de retorno a Belén, acompañada de su nuera Rut. Veamos cómo la recibieron en su ciudad.

"Anduvieron pues ellas dos hasta que llegaron a Belén; y aconteció que habiendo entrado en Belén, toda la ciudad se conmovió por causa de ellas, y decían: ¿No es ésta Noemí?" (Rt 1:19).

El retorno de Noemí fue un verdadero acontecimiento que conmocionó a la pequeña ciudad. Al saludo de sus coterráneos ella responde: “No me llaméis Noemí, -es decir, dulce, amable, placentera- sino llamadme Mara –esto es, amarga, sufrida, desgraciada- porque en grande amargura me ha puesto el Todopoderoso.” (v.20) (Nota1).

“Yo me fui llena –esto es, casada y con hijos- y regreso con las manos vacías” –esto es, sola con mi nuera, viuda como yo. “Por qué me llamaréis Noemí, ya que Jehová ha dado testimonio contra mi, y el Todopoderoso me ha afligido?" (v.20). Ella no puede dejar de dar expresión a su amargura al regresar a la ciudad de la que se alejó feliz y a la que regresa desdichada.

“Así volvió Noemí, y Rut la moabita, su nuera, con ella; volvió de los campos e Moab, y llegaron a Belén al comienzo de la siega de la cebada.” (v.22). Esto es, poco después de la Pascua.

¡Cuál debe haber sido la impresión de la gente de su pueblo, que la vio partir joven y bella, pero ya no era ni lo uno ni lo otro al regresar! Sus mejores años habían pasado, pero ella debe haber conservado algo de belleza en la expresión de su rostro, que a la gente le recordara su galanura pasada.

No obstante ella insiste: “Llamadme Mara”, como las aguas amargas que los israelitas no pudieron beber en un episodio de su peregrinaje por el desierto, -y en un lugar llamado precisamente Mara- que fueron endulzadas cuando Moisés echó en ellas un árbol que el Señor le había mostrado, figura de la cruz de Cristo (Ex 15:22-25).

La amargura que experimentaba Noemí pronto sería endulzada porque el Señor tenía un propósito especial para ella y su nuera, y ellas llegaban en un momento especialmente propicio, el de la siega.

Sabemos ya que Rut era buena y sabia, pero que, sobre todo, era una muchacha virtuosa y casta. Y como era obediente, ella se dejó guiar por los consejos de su suegra, que ya empezaba a vislumbrar las posibilidades favorables que le brindaban las circunstancias. “Tenía Noemí un pariente de su marido, hombre rico de la familia de Elimelec, el cual se llamaba Booz.” (Rt 2:1).

Ella y su nuera tenían que comer, y no querían vivir de la caridad pública. Era pues necesario que Rut trabajara en el campo; para ello le pide permiso a su suegra: “Te ruego que me dejes ir al campo, y recogeré espigas en pos de aquel en cuyos ojos hallare gracia. Y ella le respondió: Ve, hija mía.” (Rt 2:2).

Entonces era costumbre en Israel, como Dios le había ordenado a Moisés, que en el momento de la siega se dejara que los necesitados recogieran las espigas que los segadores hubieran dejado en el campo (Lv 19:9; 23:22; Dt 24:19). La orden establecía que sólo se debía recoger las espigas del campo una vez, dejando lo que quedara para ser recogido por los pobres.

Dio la casualidad (si así podemos llamar a las circunstancias que Dios prepara) que el dueño del campo a donde fue a espigar Rut fuera Booz, el pariente de Elimelec (Rt 2:3). Booz se interesó por saber quién era la joven que espigaba en su campo, y cuando se enteró de que era Rut, la nuera de Noemí, cuya lealtad con su suegra había sido loada por los pobladores de la ciudad, dio órdenes de que la dejaran trabajar sin molestarla, e incluso ordenó que le permitieran beber del agua que él ponía a disposición de sus trabajadores (vers. 4-9). Eso fue ocasión para que Booz conociera a Rut, y lo impresionara favorablemente. Por ello dio instrucciones de que además se le permitiera comer del alimento que hacía llevar para sus trabajadores. No les voy a contar en detalle toda la historia del romance que se empieza a tejer entre Rut y Booz, porque nuestro tema ahora es Noemí y no su nuera, pero lo cierto es que Noemí, enterada de la buena disposición de Booz hacia Rut, empezó a concebir la estrategia que debía llevar la historia a un final feliz.

Ella era dueña de un campo que había pertenecido a su esposo Elimelec, y tenía el derecho de ofrecerlo en venta al pariente más cercano para que –según la terminología usada entonces en Israel- lo rescatara o redimiera (Rt 3:2, c.f. Lv 25:24,25). También, según la costumbre, el que rescatara tenía que casarse con la viuda (la llamada “Ley del Levirato” –de “levir”, “cuñado” en latín. Véase Dt 25:5-10). Booz cautivado por la virtud de Rut, y siendo el segundo en la línea de parentesco, busca al primer pariente en la línea sucesoria y le propone que redima la propiedad. En realidad lo desafía a hacerlo en presencia de diez vecinos (Rt 4:2-4).

El pariente se muestra dispuesto al comienzo, pero cuando Booz le recuerda que al rescatar la propiedad tiene que casarse con la viuda para darle un hijo al fallecido, el pariente desiste y le cede el derecho a él (Rt 4:5-12). Gracias a la unión que tendrá lugar, del tronco de Farés, nieto de Judá, que habría sido cortado si Booz no tenía descendencia, brotaría un nuevo retoño (1Cro 2:4-12). ¿Quién va a ser ese retoño? El hijo que Rut le dé a Booz cuando se casen (Rt 4:13).

Ese vástago, o retoño, nos recuerda un conocido pasaje de Isaías: “Saldrá una vara del tronco de Isaí, y un vástago retoñará de sus raíces.” (Is 11:1). Ese vástago que saldrá del tronco de Isaí, será en primer lugar el rey David (1Cro 2:13-15). Pero más allá de David, esa profecía nos habla del retoño de todos los retoños, del hijo de David, es decir, de Jesús, de quien Isaías sigue diciendo: “Y reposará sobre él el espíritu del Señor; espíritu de sabiduría y de inteligencia; espíritu de consejo y de poder; espíritu de conocimiento y de temor del Señor”. (Is 11:2).

¿Comprenden ahora qué es lo que hay detrás del destino de Noemí y cuál era el plan que Dios tenía con ella? ¿Por qué la hizo salir de Belén para ir a Moab y luego retornar? Ella salió de Belén para traer de Moab a una mujer de ese pueblo a la que Dios había escogido para que formara parte de la cadena genealógica del Mesías, en la que, según lo consigna Mateo al inicio de su evangelio, figuran sólo cuatro mujeres en medio de muchos hombres, antes de mencionar a su madre, María (Mt 1:1-16). ¿Qué cosa tan singular? ¿Y quiénes eran esas mujeres?

La primera es Tamar, viuda de Farés, que se disfrazó de prostituta para seducir a su suegro Judá y tener de él un hijo, porque él se había negado a darle como marido al último hijo que tenía, como debió haber hecho siguiendo la ley del Levirato (Gn 38). Nótese que ésa era una ley ancestral anterior a Moisés, posiblemente vigente en toda la región..

La segunda es Rahab, la prostituta, que salvó a los espías hebreos que habían entrado en Jericó (Js 2). Aclamada como heroína en Israel (Js 6:17-25), fue dada como esposa a Salmón y fue madre de Booz (Mt 1:5). (2).

La tercera es Rut, una extranjera y por tanto, indigna para los hebreos, porque pertenecía a un pueblo pagano enemigo del pueblo escogido.

La cuarta es Betsabé, la mujer infiel de Urías (2Sm 11), que fue madre de Salomón (2Sm 12.24).

En suma, una incestuosa, una prostituta, una extranjera y una adúltera. Oye Mateo ¿no estás loco? ¿No había mujeres virtuosas en la lista de antepasadas de Jesús que hubieras podido mencionar en lugar de ésas? ¿Cómo pones a esas mujeres cuyo origen, o cuya conducta, nos avergüenza? ¿Por qué no figuran Sara, o Raquel, o tantas otras cuyas virtudes adornarían esa genealogía? ¿Por qué sólo mencionas a cuatro pecadoras? Sí había mujeres virtuosas que mencionar en esa genealogía, pero sólo figuran mujeres indignas porque ellas representan la condición pecaminosa del hombre con la cual Jesús se vino a solidarizar. Ellas representan el pecado del hombre que el Redentor vino a quitar de en medio para reconciliarnos con Dios. Su presencia en la genealogía anuncia cuál sería la misión del Salvador, que dijo de sí mismo que había venido a “buscar y salvar lo que se había perdido.” (Mt 19:10).

“Y las mujeres decían a Noemí: Alabado sea el Señor que hizo que no te faltase hoy pariente, cuyo nombre será celebrado en Israel; el cual será restaurador de tu alma y sustentará tu vejez; pues tu nuera, que te ama, lo ha dado a luz; y ella es de más valor para ti que siete hijos.” (Rut 4:14,15). Siete hijos era el número proverbial de la familia perfecta, y más que eso había sido su nuera para ella. En verdad Noemí tuvo en ese nieto un hijo que reemplazó a los dos hijos y al marido que había perdido.

“Y tomando Noemí al hijo, lo puso en su regazo, y fue su aya.” (vers.16).

La vida de Noemí se había renovado porque ella se hizo cargo del hijo de Rut, y fue el aya de su nieto. ¿Cuántas mujeres están leyendo este artículo que alguna vez fueron ayas de un hijo ajeno? En el Perú es costumbre que las madres –a veces por necesidad, otras porque sus medios se lo permiten- tomen un aya para que cuide de su hijo pequeño. Y muchas veces el aya es mejor madre que lo que la madre verdadera podría haber sido. En esos casos el niño ama al aya más que a su madre, porque el aya es quien lo alimenta, lo baña y lo limpia, lo pasea y lo acuesta. El niño, indefenso a esa edad, depende de ella para todo y se aferra a ella. Por eso le da todo su cariño. Pero ¡cuánto mejor es que la madre sea el aya de su hijo! Los lazos de afecto profundos se forjan en los primeros años de la vida.

“Y le dieron nombre las vecinas diciendo: Le ha nacido un hijo a Noemí; y lo llamaron Obed. Este es el padre de Isaí, padre de David.” (vers. 17). ¡Qué curioso! El hijo lo tuvo Rut, pero ellas dicen que le ha nacido a Noemí. Eso dicen porque, según las leyes de Israel, Noemí pudo haber reclamado a su nieto como hijo propio. Pero la relación que ella tuvo con ese niño no fue de orden legal, sino de cariño y de cuidado.

¿Qué cosa quiere decir Obed? El que sirve. ¿Y quién fue Obed? Obed engendró a Isaí; Isaí engendró a David (vers. 22). David es el antepasado epónimo de Jesús. ¿Cómo aclamó la multitud a Jesús cuando entró triunfante en Jerusalén, montado en un pollino? “Hosanna al Hijo de David” (Mt 21:9). El libro de Rut apunta a Jesús, y el nexo de unió entre ambos es la genealogía que figura al inicio del evangelio de Mateo. ¡Cuán importantes son las genealogías en la Biblia!

Dios quiso usar a Noemí para que ella fuera la antepasada del Salvador de Israel. Ella, la pobre viuda, es realmente dulce y placentera en la historia de la salvación, y para nosotros, porque ella nos dio, por vía de Rut, al Mesías.

¿Quién dijo que Dios no usa a las viudas?

Notas: 1. Una nota del New International Bible Commentary dice al respecto: “El nombre divino El Shaddai (el Todopoderoso) es casi siempre usado en los tratos divinos con los afligidos”.
2. Esta circunstancia no figura en el Antiguo Testamento, pero el hecho de que Mateo lo mencione indica que esa información debe haberle llegado por conducto de alguna tradición que no figura en la Biblia.

NB. Este artículo y el anterior del mismo título están basados en la transcripción de una enseñanza dada en el ministerio de la “Edad de Oro” de la C.C. “Agua Viva” en Septiembre pasado.

#569 (05.04.09) Depósito Legal #2004-5581. Director: José Belaunde M.

martes, 31 de marzo de 2009

NOEMÍ, LA SUEGRA DE RUT I

Hoy vamos a hablar de un personaje del Antiguo Testamento que no es muy conocido a pesar de que hay bastantes mujeres en el Perú que llevan su nombre, esto es, Noemí. Ella es un personaje a la vez secundario e importante del pequeño libro de Rut. Noemí en hebreo quiere decir “mi dulzura”, o “placentera”, “agradable”.

Leamos el comienzo de este libro:“Aconteció que en los días en que gobernaban los jueces, -un tiempo en el que cada cual en Israel hacía lo que le daba la gana, porque no había gobierno central- hubo hambre en Israel,” como solía ocurrir de tiempo en tiempo cuando dejaba de llover y no había cosecha.

“Y un varón de Belén de Judá fue a morar en los campos de Moab, él y su mujer y sus dos hijos.” (Rt 1:1) Dice que un varón de Belén de Judá (¿No nos dice nada el nombre de Belén?) emigró con su mujer y sus dos hijos a los campos del país vecino, para escapar del hambre que había en su tierra. Notemos que esta historia está centrada en la ciudad Belén, lo cual le da un significado particular que apunta al Mesías.

“El nombre de aquel varón era Elimelec, y el de su mujer, Noemí; y los nombres de sus hijos eran Mahlón y Quelión, (Nota 1) efrateos de Belén de Judá. Llegaron pues a los campos de Moab y se quedaron allí.” (vers. 2) ¿Qué cosa era Moab? Moab era un pueblo enemigo de Israel, (y subrayo enemigo porque lo fue a lo largo de su historia). Los moabitas habitaban al otro lado del Mar Muerto, al extremo Sureste de Israel, donde se encuentra el Monte Nebo, en cuya cima murió Moisés. Ellos descendían de una de las hijas de Lot –de la mayor, específicamente- que mantuvieron relaciones incestuosas con su padre, porque no habiendo hombres en el paraje donde ellas vivían, no querían quedarse sin tener hijos (Gn 19:30-38).

¡Qué tal origen! (2) El lector quizá recuerde un pasaje del libro de Números en el que los hebreos, durante su peregrinaje por el desierto, fueron seducidos por mujeres moabitas que los invitaron a tomar parte de los sacrificios que ofrecían a sus dioses y a pecar con ellas. El triste episodio de Baal-peor terminó con una gran matanza de hombres y mujeres en el campo de Israel, en la que murieron como 24,000 varones (Nm 25:1-9).

Sin embargo, Dios no le permitió a Israel que le hiciera la guerra a Moab para quitarle su territorio, porque Él se lo había dado a los descendientes de Lot (Dt 2:9).

A continuación dice el texto: “Y se quedaron allí.” (Rt 1:2). Ocurre con cierta frecuencia que los que emigran a un país extranjero en busca de un mejor porvenir, se olvidan de su país de origen, sobre todo cuando les va bien, y adoptan las costumbres del país en el que viven, comen y trabajan, sobre todo si se casan con mujeres de su nueva patria. Y así ocurrió aparentemente con ellos. Los nombres de las mujeres con las que se casaron los hijos de Elimelec eran Orfa y Rut, “y habitaron allí unos diez años.” (vers. 4).

Pero Dios tenía planeadas las cosas de manera diferente, porque al cabo de cierto tiempo murió Elimelec y también sus dos hijos, quedando Noemí “desamparada de sus dos hijos y de su marido.” (Rt 1:5).

Conviene que nos detengamos un momento para preguntarnos si Elimelec hizo bien en emigrar a los campos de Moab, huyendo del hambre en Israel. Él pertenecía a una de las familias notables de Israel, siendo hermano de Salmón, príncipe de Judá, que se casó con Rahab (1Cro 2:10,11; Mt 1:5). El sabía que la hambruna era una de las formas con que Dios castigaba a Israel por sus pecados (Lv 26:14,15,19,20). El debió haberse arrepentido en nombre del pueblo por sus pecados y de los propios, y debió haber confiado en la promesa de Dios de que “nada falta a los que le temen.” (Sal 34:9b), en lugar de haberse ido. Su nombre quiere decir “Mi Dios es rey”, pero tuvo poca confianza en su rey. Y por eso su proyecto terminó en un fracaso, pues buscando la vida en Moab, encontró allí la muerte. Y también murieron sus dos hijos, que se habían casado con mujeres moabitas, a pesar de que a los israelitas les estaba prohibido casarse con extranjeras.

En el antiguo Oriente la condición de una mujer viuda y, además, sin hijos, era muy triste, porque no tenía quien la sustente. Con frecuencia las viudas empobrecian y mendigaban. En este caso tenemos no a una sino a tres viudas desamparadas. Noemí, secundando a su marido, había querido huir de la desdicha en Judá, pero la desdicha le dio alcance en la tierra donde se había ido a refugiar.

Entonces, dice el texto, ella oyó que el Señor “había visitado a su pueblo.” (Rt 1:6). ¿Qué cosa quiere decir esa expresión? Cuando Dios visita a un pueblo ¿es para mal o para bien? Recordemos la frase que entona el anciano Zacarías al inicio de su cántico: “Bendito el Señor Dios de Israel, que ha visitado y redimido a su pueblo.” (Lc 1:68) (3)
En este caso, que Dios hubiera visitado a su pueblo quería decir que la lluvia había regresado a los campos de Israel y nuevamente había abundancia de pan en Belén. Belén (Beith Lejem), dicho sea de paso, quiere decir “casa del pan”. (4). Pero “pan” en hebreo no es sólo un trozo de harina cocida u horneada, sino quiere decir “alimento” en general.

“Salió, pues, del lugar donde había estado, y con ella sus dos nueras, y comenzaron a caminar para volverse a la tierra de Judá. Y Noemí dijo a sus dos nueras: Andad, volveos cada una a la casa de su madre; Jehová haga con vosotras misericordia, como la habéis hecho con los muertos y conmigo. Os conceda Jehová que halléis descanso, cada una en casa de su marido. Luego las besó y ellas alzaron su voz y lloraron, y le dijeron: Ciertamente nosotras iremos contigo a tu pueblo.” (Rt 1:7-10).

Noemí les dice: “Ustedes son jóvenes. Pueden encontrar marido en su tierra y tener hijos. ¿Para qué compartir mi aflicción?” Pero ellas no quieren dejarla sola. La quieren tanto como para renunciar a un futuro cómodo en el seno de su familia. ¿Cuántas nueras hay que amen tanto a sus suegras y cuántas suegras que amen tanto a sus nueras como las que vemos en este relato? Noemí, como su nombre lo asegura, debe haber tenido algunas cualidades especiales que hacían que fuera amada.

No obstante, ella insiste: “Y Noemí respondió: Volveos, hijas mías; ¿para qué habéis de ir conmigo? ¿Tengo yo más hijos en el vientre, que puedan ser vuestros maridos? Volveos, hijas mías, e idos; porque yo ya soy vieja para tener marido. Y aunque dijese: Esperanza tengo, y esta noche estuviese con marido, y aun diese a luz hijos, ¿habíais vosotras de esperarlos hasta que fuesen grandes? ¿Habíais de quedaros sin casar por amor a ellos?” (v. 11-13ª)

Según la ley del Levirato mosaica, como en el caso de Tamar (Gn 38), cuando una mujer enviudaba sin hijos, ella tenia derecho a que el hermano del finado se case con ella para levantar descendencia al marido muerto. “Pero aún si yo me volviera a casar y tuviera hijos –dice ella- de poco les serviría a ustedes porque tendrían que esperar muchos años para que esos hijos estuvieran en edad de casarse con ustedes.”

Ella continúa insistiendo: “No, hijas mías; que mayor amargura tengo yo que vosotras, pues la mano de Jehová ha salido contra mi.” (13b)

Ella reconoce que lo que le ocurre viene de parte de Dios. Aunque ella no fuera conciente de ello, Dios tenía un propósito para con ella. A veces Dios tiene necesidad de afligirnos para que entremos en sus planes.

Las tres se detuvieron y las nueras siguieron llorando. Debe haber sido un momento solemne para ellas al considerar las oportunidades y los riesgos que tenían por delante, pues no sería fácil para ellas encontrar marido en tierra extraña.

Ante la insistencia de su suegra, Orfa se despide de ella y vuelve donde los suyos. Era para ella lo más seguro, pero quizá si ella hubiera permanecido junto a su suegra este pequeño libro no se llamaría Rut sino Orfa.

Noemí aprovecha su partida para decirle a Rut que ella debe hacer lo mismo que su cuñada y despedirse. No es que no le agrade su compañía ni que no la enternezca su cariño, pero ella piensa más en el futuro incierto que le espera a la chica en Israel, que en su propia comodidad.

Ella le dice: “Tu cuñada se ha vuelto a su pueblo y a sus dioses, vuélvete tú tras ella.” (v. 15).

En esos tiempos los dioses eran locales. Estaban ligados a la tierra, al país. Cada pueblo, cada tribu, tenía sus propios dioses. Pero el Dios de Israel, en cambio, era Dios de todos, porque a todos había creado y era el único Dios verdadero.

Si Noemí se hubiera quedado en Moab quien sabe si con el tiempo ella con el tiempo se hubiera olvidado del Dios de sus padres, y no hubiera terminado adorando a Quemós y a los otros dioses de los moabitas. Pero Dios tenía otros planes para ella y para Rut.

Los peruanos también tienen sus propios “dioses” con minúscula, a los que rinden un culto a veces extravagante. Son sus ídolos del deporte y las estrellas de la farándula, a quienes adoran como si fueses personas extraordinarias, aunque suelen ser más bien personas vulgares. Cuando emigran tienden a olvidarse de sus dioses locales y se convierten en “fans” de los dioses, de los ídolos del país donde se establecen. Eso forma parte de su proceso de adaptación al nuevo ambiente.

¡Pero cuánta gente hay que corre detrás de esos dioses pequeños y miserables, y descuida al Dios verdadero que es el único que puede ayudarlos! Quizá nosotros también en otra época íbamos detrás de esos muñecos ilusorios queriendo imitarlos o superarlos, y descuidando lo que es verdadero y real.

Ante el ruego de su suegra de que ella imite a su cuñada y regrese a casa de su madre, Rut pronuncia una de las frases más bellas de toda la Biblia: “No me ruegues que te deje y me aparte de ti; porque adondequiera que tú fueres, iré yo, y dondequiera que vivieres, viviré. Tu pueblo será mi pueblo y tu Dios será mi Dios.” (vers. 16)

Esas son palabras que todos deberíamos haber tenido una vez en la boca. No sé si aquí, pero en otros lugares esas palabras forman parte de la ceremonia del matrimonio y la novia se las dice a su esposo.

“Dondequiera que tú fueres iré yo, y dondequiera que vivieres viviré yo.” Son palabras que expresan cariño, fidelidad, devoción. Rut le dice a Noemí: Yo compartiré tu suerte para bien o para mal y “sólo la muerte hará separación entre las dos.” (v. 17). ¡Y cómo la premió Dios por su lealtad!

Pero esas palabras expresan algo más profundo: la conversión que experimentó Rut en su corazón. Ella se convierte al Dios de Noemí, porque le dice “Tu Dios será mi Dios.”

¿Por qué abandonaría a sus dioses si todavía no había abandonado Moab? Porque ella se dio cuenta, creo yo, de que el Dios de Noemí era un Dios real, no un dios personificado en imágenes, en ídolos que no se mueven ni hablan, y que tienen que ser cargados. El Dios de Noemí era un Dios invisible, porque en Israel no había imágenes; un Dios invisible para los ojos humanos pero no para los ojos de la fe, porque respondía a las oraciones e inspiraba vivir de una manera diferente, recta. Quién sabe si Rut se había dado cuenta de que la manera amable de ser de Noemí estaba ligada a su fe. El Dios que Noemí adoraba había modelado su carácter y hecho tierno su corazón.

Viendo Noemí que Rut estaba resuelta a irse con ella, no insistió más y dejó que Rut la acompañara. En el fondo ¿qué más podía querer ella? Sin duda era lo que ella deseaba, porque se había encariñado con su nuera, pero no quería exigírselo. Prefirió que la decisión la tomara ella.

Notemos de paso que porque Noemí se había humillado “bajo la poderosa mano de Dios”, Dios estaba dispuesto a levantarla antes de lo que ella pensaba (1P5:8). Pero dejemos la continuación de la historia para otro día.

NB. Este artículo está basado en la trascripción de una enseñanza dada en el ministerio de la “Edad de Oro” de la C.C. “Agua Viva” en Septiembre pasado.

Notas:
1. Elimelec quiere decir “Mi Dios es rey”; Mahlón quiere decir “enfermedad” y Quelión, “agotamiento”. Rut quiere decir “amiga”, y Orfa, “nuca rígida”, y por extensión, “obstinación”.
2. De la segunda hija descendieron los amonitas, que también le hicieron la guerra a Israel.
3. La palabra “visitar” (pakad) quiere decir casi siempre traer una bendición, con frecuencia para terminar un tiempo de prueba, aunque ocasionalmente también para castigo, (Am 3:2, 14.
4. La palabra hebrea beith, que con bastante frecuencia encontramos traducida en las biblias españolas como el prefijo “bet” de muchas palabras compuestas, quiere decir “casa”. En el vers. 1 hay un juego de palabras irónico entre “hambre” y “casa del pan”.

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miércoles, 18 de marzo de 2009

JOCABED, MADRE Y NODRIZA DE MOISÉS

El libro del Éxodo narra cómo una vez muerto José, y de acuerdo a la promesa que Dios le hizo a Abraham (Gn 12:2; 15:5), el pueblo hebreo empezó a multiplicarse en Egipto en gran manera, al punto que los egipcios comenzaron a temer que si seguía aumentando su número, podían convertirse en una amenaza para ellos en caso de guerra (Ex 1:9,10. Nota 1). Cuando subió al trono un faraón que no había conocido a José, el nuevo soberano decidió oprimir a los hebreos con tributos y faenas pesadas para impedir que se siguieran multiplicando (Ex 1:11,12). Pero fue inútil. Ni aun el hecho de incrementarles las cargas y hacerles la vida penosa surtió el efecto deseado. ¿Y cómo podría, si la bendición de Dios estaba sobre ellos? Entonces el faraón ordenó a las parteras que atendían a las mujeres israelitas, que no dejaran vivir a los hijos varones que les nacieran y que sólo dejaran con vida a las hijas. Pero ellas se negaron a cumplir sus órdenes. Dice la Escritura que ellas “temieron a Dios y no hicieron como les mandó el rey.” (Ex 1:15-21). Y por haberle temido más que al faraón, Dios prosperó a las familias de las parteras. Dios recompensa a los que ponen la obediencia a sus mandatos por encima del temor a los hombres. Al faraón, finalmente, no le quedó más remedio que ordenar que todo hijo varón de los hebreos que naciera fuera echado al río para que muriera, y que sólo quedaran con vida las niñas (v. 22).

Fue entonces cuando Jocabed, esposa del levita Amram (2), dio a un luz a un hijo tan hermoso que no pudo entregarlo a la muerte, sino que lo escondió durante tres meses (Ex 2:2), a sabiendas de que si eran descubiertos, ella y su marido morirían junto con el niño. Hasta que llegó el día en que no podían seguir ocultándolo.

Entonces tomaron un arquilla (una pequeña canasta) y la prepararon para que pudiera flotar en el agua (Ex 2:3); pusieron al niño en ella y la llevaron al río Nilo, donde la depositaron escondida entre los carrizos que crecían en sus orillas.

Esa fue una medida desesperada, pero también un acto de confianza enorme en Dios, pues equivalía a poner al niño en sus manos, seguros de que Dios cuidaría de él. La epístola a los Hebreos elogia la fe de los padres de Moisés que no dudaron en arriesgar sus vidas al desobedecer al faraón. (Hb 11:23).

Tan confiada estaba Jocabed en lo que Dios haría con el niño, que dejó a su hermana en el lugar vigilando, para que viera lo que sucedería (Ex 2:4).

Y Dios no defraudó su confianza, porque al poco rato la hija del faraón vino a bañarse en el río junto con sus doncellas. Ella “vio la arquilla en el carrizal y envió a una criada suya a que la tomase”. (v. 5). Dios hizo que la hija del faraón, al ver al niño que lloraba, fuera movida a compasión y decidiera salvarle la vida, tomándolo a su cargo (v. 6).

Nótese que ella se dio bien cuenta de que era un hijo de los hebreos y que, por tanto, estaba condenado a muerte. Pero ella tuvo, sin embargo, compasión del niño. Fue la compasión lo que la movió a salvarlo, desafiando la orden de su padre. ¡Cuántas cosas no puede hacer la compasión!

Ella era pagana, pero tuvo un sentimiento que proviene del corazón de Dios. Con frecuencia nos olvidamos de que también los paganos tienen sentimientos buenos, porque ellos fueron también fueron creados a imagen y semejanza de Dios. No nos apresuremos pues a condenarlos, porque Dios puede no sólo salvarlos, sino también usarlos para sus fines.

¿Podemos creer que ella no fue recompensada por su misericordia y que no fue salva? La palabra de Dios nos asegura que sí debe haberlo sido: "Bienaventurados los misericordiosos, porque ellos alcanzarán misericordia" dijo Jesús (Mt 5:7). Porque ¿de qué serviría alcanzar misericordia si después uno se condena? Si examinamos el Nuevo Testamento veremos que donde quiera que aparece, la expresión "alcanzar misericordia" quiere decir casi siempre "ser salvo" (Rm 11:30,31; 1Cor 7:25; 1P 2:10). Moisés tuvo pues dos madres: una natural y otra adoptiva ¿Podemos creer que una se salvó y la otra no? La adoptiva también formaba parte de su casa ¿Podemos pensar que la promesa de que tu casa será salva si crees en Jesús (Hch 16:31) no alcanza a aquellos que, sin haber llegado a conocer al Mesías prometido, por fe lo miraron de lejos como saludándolo? (Hb 11:13) No podemos saber cómo pudo haber sido ser salva la hija del faraón, pero no sería imposible que en un momento dado ella hubiera reconocido que el Dios que adoraba su hijo adoptivo era el Dios verdadero y creyera en Él.

De otro lado, nótese que, como ocurrió con el madero de la cruz donde Jesús murió y nos dio vida, el instrumento de muerte en este caso (pues el faraón y su hija eran una sola familia) fue a la vez instrumento de vida.

Enseguida Dios inspiró a la hermana la idea de ir a buscar a Jocabed y de sugerirle a la hija del faraón que le encargue a ella al niño para que lo críe. Así Jocabed resultó ser nodriza por encargo de su propio hijo (Ex 2:7-9). ¡Cuán admirables y maravillosos son los caminos de Dios que utilizó a la hija del faraón para devolver sano y salvo a Jocabed el hijo que ella le había confiado!

Se lo devuelve además con un premio: El niño pertenecerá a la familia real, ya que la princesa lo adoptará y le dará el nombre de Moisés (esto es, "sacado de las aguas") por el cual hoy lo conocemos (v. 10). ¿No es esto extraordinario? El niño condenado a muerte se convierte en hijo -en el sentido amplio del Antiguo Testamento- del que lo condenó a morir. Y encima su madre fue recompensada económicamente por criar a su propio hijo (v. 9).

Cuando el niño creció su mamá se lo entregó a la hija del faraón para que se cumpliera su destino. En todo esto vemos la acción providencial de la mano de Dios poniendo en obra el proyecto que había concebido para salvar a su pueblo de la esclavitud y llevarlo a la tierra prometida por medio de este niño, cuyo bautismo en cierto modo había sido ser salvado de las aguas.

Dios no sólo rectificó el decreto malvado del faraón salvando de la muerte al futuro profeta y caudillo que Él había escogido, sino que además creó las circunstancias necesarias para que el muchacho (que ciertamente había sido instruido por sus padres acerca de las promesas que Dios hizo a Abraham y enseñado a creer en el único Dios verdadero) fuera educado en toda la sabiduría y costumbres de los egipcios, y que se familiarizara con las ceremonias y etiqueta de la casa real, para que, cuando años después, regresara para cumplir su misión, pudiera moverse con desenvoltura y autoridad en medio de los egipcios y pudiera entrar a palacio, según dice el refrán, "como Pedro en su casa", y hablarle al soberano de tú por tu, como a un familiar.

Más tarde el relato nos muestra cómo Moisés, paseándose por la tierra vio que sus hermanos hebreos eran oprimidos con duras tareas, y como un egipcio golpeaba a uno de ellos. En ese momento ¿cómo reaccionaría Moisés? Él era un príncipe egipcio, un aristócrata.¿Que sería más fuerte en él, la posición que ocupaba en la corte del faraón, o la voz de la sangre? Moisés salió en defensa de su hermano hebreo y mató al egipcio.

Pero el hecho de sangre no pudo permanecer oculto y Moisés, amenazado por el faraón, tuvo que huir al desierto (Ex 2:15). Ahí, por una feliz “coincidencia”, tuvo ocasión de defender de unos pastores a las hijas de un sacerdote de Madián que cuidaban las ovejas de su padre, el cual, agradecido, lo invitó a morar con él y le dio una de sus hijas como esposa. Estando en esa tierra pudo familiarizarse con las costumbres y modos de vida en el desierto, donde vivió 40 años (Ex 2:11-22). Ese conocimiento permitió que más tarde pudiera guiar a su pueblo en su peregrinaje por el desierto. Podemos decir pues con toda razón que Dios "no da puntada sin nudo". Todos los acontecimientos y pruebas de nuestra vida tienen un motivo dentro del plan de Dios. En Él el azar no existe. Esta idea es muy consoladora cuando enfrentamos situaciones muy difíciles, incomprensibles para nosotros.

Pero tomemos nota de cómo todo el plan de Dios comienza con unos esposos fieles que tienen fe en Él, y con una madre valiente que arriesga todo por su hijo, confiando en que Dios es poderoso para salvar aun en las circunstancias más difíciles. Ella dio un primer paso de fe cuando conservó a su hijo con vida, pese al decreto del faraón; y un segundo paso cuando puso a su hijo en una canasta entre los juncos del Nilo, sin saber que al hacerlo estaba salvando la vida del hombre que más tarde salvaría a su pueblo de la esclavitud de Egipto.

Cuando nosotros damos un paso de fe no sabemos qué es lo que Dios va a hacer con ese acto de confianza en Él, con el que quizá arriesgamos nuestra comodidad, o hasta nuestra vida. Por eso es que hay que obedecerle siempre, aunque nos cueste, porque Dios usará nuestra fe y obediencia para sus propósitos. Si por miedo o timidez dejamos de hacer lo que Dios espera de nosotros, frustramos sus planes para nuestras vidas y las de otros.

Es bueno que veamos brevemente lo que la tipología nos revela en este episodio, esto es, cómo los personajes y acontecimientos del Antiguo Testamento prefiguran y anuncian a los personajes y acontecimientos del Nuevo. Moisés es un "tipo" de Jesús, porque salvó al pueblo de Dios de la esclavitud de Egipto, así como Jesús lo salvará más tarde de la esclavitud del pecado.

La arquilla nos hace pensar en el arca que Noé construyó por orden de Dios, y en la que hizo entrar a los suyos cuando comenzó el diluvio (Gn 6:14). Ambas, el arca y la arquilla, fueron calafateadas por dentro y por fuera, para hacerlas impermeables al agua. En una se salvaron Noé y su familia, es decir, un pequeño remanente de la humanidad que, sobreviviendo a la catástrofe, se reproduciría y salvaría al género humano de la extinción; en la otra se salvó un niño que había de salvar a su pueblo. El arca es además figura de la iglesia -el cuerpo de Cristo- en la que se salvan los redimidos.

Cuando Dios inspiró a Moisés escribir el Pentateuco y a los demás autores del Antiguo Testamento sus libros, estaba pensando en lo que Espíritu Santo inspiraría a los evangelistas escribir acerca de Jesús. Para Dios no hay nada imprevisto. También en nuestra vida todo ha sido pensado y previsto por Dios. Lo que sucedió en nuestra infancia fue una preparación de las cosas que experimentaríamos como adultos. Lo que nos sucede ahora tiene un sentido que algún día contemplaremos. Todo lo que hemos pasado, todo lo que hemos sufrido, Dios lo usa. No hay ninguna acción que hayamos hecho por amor de cuyo fruto no disfrutaremos más adelante.

La madre de Moisés, que no tuvo miedo del decreto del faraón, pese a que su osadía pudo haberle costado la vida, es figura de María, la madre de Jesús, que aceptó tener un hijo no estando casada, no teniendo miedo de la deshonra que caería sobre ella por esa causa, ni del desprecio de su novio, ni de las piedras que lapidaban a las desposadas acusadas de adulterio.

Así como Dios confió a Jocabed al futuro salvador de Israel en la carne, así Dios confió a María al futuro salvador del Israel de Dios (Gal 6:16). Así como Jocabed y Amram salvaron a Moisés del faraón que quería matarlo, así también María y José salvaron a Jesús del rey Herodes que quería acabar con su vida.

Madame Guyon (3) hace, a propósito de los padres de Moisés, la acertada observación de que sólo cuando estamos en un peligro extremo entendemos lo que significa abandonarse en las manos de Dios. Es en esas circunstancias extremas, cuando todo parece perdido, cuando Dios manifiesta su Providencia -que todo lo ve y todo lo previene- y es entonces cuando se producen los mayores milagros. Es en los momentos de más grande peligro cuando Dios muestra todo su poder.

La vida de los hombres que Dios más usa suele estar marcada por momentos de gran peligro. El que quiera ser usado poderosamente por Dios, tenga pues cuidado de lo que desea, porque podría tener que pagar por ese privilegio un precio mayor de lo que imagina. Quizá no esté preparado para asumir el costo. Pero Dios escoge a los suyos y los prepara para soportar las pruebas que un llamado excepcional inevitablemente conlleva.

Notemos por último cómo la Providencia de Dios, que intervino para salvar a Moisés de pequeño, no lo abandonará a lo largo de toda su vida y lo acompañará hasta la hora de su muerte en el Horeb (Dt 34:1-5).

De manera semejante, la Providencia que ha estado con nosotros, aunque no lo hayamos notado, desde nuestro nacimiento, acompañará a sus elegidos hasta el día en que los recoja para llevarlos a su reino.

Y yo te pregunto, amigo lector ¿eres tú uno de esos elegidos? "Muchos son los llamados, pero pocos los elegidos" dijo Jesús (Mt 20:16). Quizá tú hayas escuchado alguna vez anunciar el Evangelio de Jesucristo, pero lo tomaste como algo ya sabido, o como algo que no era relevante para tu vida.

Pero si quieres tener la seguridad de que estás entre el número de los elegidos, es decir, entre los que se salvarán y que no se condenarán por toda la eternidad, vuélvete a Jesús y dile con un corazón sincero: 'Yo sé bien, oh Jesús, que tú viniste al mundo para salvar a los pecadores, y yo soy uno de ellos. Sé también, pues lo he oído muchas veces, que tú moriste en la cruz para expiar mis pecados y saldar mi deuda con Dios. Pero, Señor, en este momento no sólo lo sé con mi mente, sino que lo creo con todo mi corazón. Reconozco que tú eres mi Salvador. Perdóname, Señor, mis pecados; lávalos con tu sangre y restáurame. Y escribe mi nombre en el libro de la vida, junto con el de tus elegidos.

Notas: 1. El temor del faraón es semejante al temor que abrigan los pueblos desarrollados respecto del crecimiento demográfico de los pueblos del tercer mundo, e igual que los egipcios, tratan de frenar el aumento de las poblaciones de esos pueblos mediante campañas para restringir los nacimientos. En este punto, como en muchos otros, al hablar de un tema propio de su tiempo, la Biblia, apunta al futuro.

2. El relato del Éxodo no menciona aquí el nombre de los padres de Moisés, pero sí lo hace más adelante al consignar los nombres de los descendientes de Leví (Ex 6:20). La versión Reina-Valera 60 dice aquí "su tía" y la King James, "la hermana de su padre". Pero la palabra hebrea del original: "doda", puede significar también "descendiente", "prima" o "sobrina". Lo más probable es que Amran y Jocabed fueran primos.

3. Madame Guyon (1648-1717) fue una mujer de la nobleza francesa que fue condenada como hereje y encarcelada muchos años, acusada de ser "quietista" -una corriente de espiritualidad que propugnaba el desarrollo de una relación más íntima con Dios, pero a la que se achacaba alentar una pasividad excesiva. Aparte de su Autobiografía y de un de método de oración -muy apreciado por hombres como Fenelon, Zinzendorf, Wesley, Hudson Taylor, Watchman Nee y otros- ella escribió algunos comentarios muy inspirados sobre varios libros de la Biblia.

NB. Este artículo fue publicado por primera vez el 20.05.01, en una edición limitada, con el título de “Jocabed, la Mamá de Moisés”. Lo he revisado y ampliado para esta nueva impresión.

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