martes, 31 de marzo de 2009

NOEMÍ, LA SUEGRA DE RUT I

Hoy vamos a hablar de un personaje del Antiguo Testamento que no es muy conocido a pesar de que hay bastantes mujeres en el Perú que llevan su nombre, esto es, Noemí. Ella es un personaje a la vez secundario e importante del pequeño libro de Rut. Noemí en hebreo quiere decir “mi dulzura”, o “placentera”, “agradable”.

Leamos el comienzo de este libro:“Aconteció que en los días en que gobernaban los jueces, -un tiempo en el que cada cual en Israel hacía lo que le daba la gana, porque no había gobierno central- hubo hambre en Israel,” como solía ocurrir de tiempo en tiempo cuando dejaba de llover y no había cosecha.

“Y un varón de Belén de Judá fue a morar en los campos de Moab, él y su mujer y sus dos hijos.” (Rt 1:1) Dice que un varón de Belén de Judá (¿No nos dice nada el nombre de Belén?) emigró con su mujer y sus dos hijos a los campos del país vecino, para escapar del hambre que había en su tierra. Notemos que esta historia está centrada en la ciudad Belén, lo cual le da un significado particular que apunta al Mesías.

“El nombre de aquel varón era Elimelec, y el de su mujer, Noemí; y los nombres de sus hijos eran Mahlón y Quelión, (Nota 1) efrateos de Belén de Judá. Llegaron pues a los campos de Moab y se quedaron allí.” (vers. 2) ¿Qué cosa era Moab? Moab era un pueblo enemigo de Israel, (y subrayo enemigo porque lo fue a lo largo de su historia). Los moabitas habitaban al otro lado del Mar Muerto, al extremo Sureste de Israel, donde se encuentra el Monte Nebo, en cuya cima murió Moisés. Ellos descendían de una de las hijas de Lot –de la mayor, específicamente- que mantuvieron relaciones incestuosas con su padre, porque no habiendo hombres en el paraje donde ellas vivían, no querían quedarse sin tener hijos (Gn 19:30-38).

¡Qué tal origen! (2) El lector quizá recuerde un pasaje del libro de Números en el que los hebreos, durante su peregrinaje por el desierto, fueron seducidos por mujeres moabitas que los invitaron a tomar parte de los sacrificios que ofrecían a sus dioses y a pecar con ellas. El triste episodio de Baal-peor terminó con una gran matanza de hombres y mujeres en el campo de Israel, en la que murieron como 24,000 varones (Nm 25:1-9).

Sin embargo, Dios no le permitió a Israel que le hiciera la guerra a Moab para quitarle su territorio, porque Él se lo había dado a los descendientes de Lot (Dt 2:9).

A continuación dice el texto: “Y se quedaron allí.” (Rt 1:2). Ocurre con cierta frecuencia que los que emigran a un país extranjero en busca de un mejor porvenir, se olvidan de su país de origen, sobre todo cuando les va bien, y adoptan las costumbres del país en el que viven, comen y trabajan, sobre todo si se casan con mujeres de su nueva patria. Y así ocurrió aparentemente con ellos. Los nombres de las mujeres con las que se casaron los hijos de Elimelec eran Orfa y Rut, “y habitaron allí unos diez años.” (vers. 4).

Pero Dios tenía planeadas las cosas de manera diferente, porque al cabo de cierto tiempo murió Elimelec y también sus dos hijos, quedando Noemí “desamparada de sus dos hijos y de su marido.” (Rt 1:5).

Conviene que nos detengamos un momento para preguntarnos si Elimelec hizo bien en emigrar a los campos de Moab, huyendo del hambre en Israel. Él pertenecía a una de las familias notables de Israel, siendo hermano de Salmón, príncipe de Judá, que se casó con Rahab (1Cro 2:10,11; Mt 1:5). El sabía que la hambruna era una de las formas con que Dios castigaba a Israel por sus pecados (Lv 26:14,15,19,20). El debió haberse arrepentido en nombre del pueblo por sus pecados y de los propios, y debió haber confiado en la promesa de Dios de que “nada falta a los que le temen.” (Sal 34:9b), en lugar de haberse ido. Su nombre quiere decir “Mi Dios es rey”, pero tuvo poca confianza en su rey. Y por eso su proyecto terminó en un fracaso, pues buscando la vida en Moab, encontró allí la muerte. Y también murieron sus dos hijos, que se habían casado con mujeres moabitas, a pesar de que a los israelitas les estaba prohibido casarse con extranjeras.

En el antiguo Oriente la condición de una mujer viuda y, además, sin hijos, era muy triste, porque no tenía quien la sustente. Con frecuencia las viudas empobrecian y mendigaban. En este caso tenemos no a una sino a tres viudas desamparadas. Noemí, secundando a su marido, había querido huir de la desdicha en Judá, pero la desdicha le dio alcance en la tierra donde se había ido a refugiar.

Entonces, dice el texto, ella oyó que el Señor “había visitado a su pueblo.” (Rt 1:6). ¿Qué cosa quiere decir esa expresión? Cuando Dios visita a un pueblo ¿es para mal o para bien? Recordemos la frase que entona el anciano Zacarías al inicio de su cántico: “Bendito el Señor Dios de Israel, que ha visitado y redimido a su pueblo.” (Lc 1:68) (3)
En este caso, que Dios hubiera visitado a su pueblo quería decir que la lluvia había regresado a los campos de Israel y nuevamente había abundancia de pan en Belén. Belén (Beith Lejem), dicho sea de paso, quiere decir “casa del pan”. (4). Pero “pan” en hebreo no es sólo un trozo de harina cocida u horneada, sino quiere decir “alimento” en general.

“Salió, pues, del lugar donde había estado, y con ella sus dos nueras, y comenzaron a caminar para volverse a la tierra de Judá. Y Noemí dijo a sus dos nueras: Andad, volveos cada una a la casa de su madre; Jehová haga con vosotras misericordia, como la habéis hecho con los muertos y conmigo. Os conceda Jehová que halléis descanso, cada una en casa de su marido. Luego las besó y ellas alzaron su voz y lloraron, y le dijeron: Ciertamente nosotras iremos contigo a tu pueblo.” (Rt 1:7-10).

Noemí les dice: “Ustedes son jóvenes. Pueden encontrar marido en su tierra y tener hijos. ¿Para qué compartir mi aflicción?” Pero ellas no quieren dejarla sola. La quieren tanto como para renunciar a un futuro cómodo en el seno de su familia. ¿Cuántas nueras hay que amen tanto a sus suegras y cuántas suegras que amen tanto a sus nueras como las que vemos en este relato? Noemí, como su nombre lo asegura, debe haber tenido algunas cualidades especiales que hacían que fuera amada.

No obstante, ella insiste: “Y Noemí respondió: Volveos, hijas mías; ¿para qué habéis de ir conmigo? ¿Tengo yo más hijos en el vientre, que puedan ser vuestros maridos? Volveos, hijas mías, e idos; porque yo ya soy vieja para tener marido. Y aunque dijese: Esperanza tengo, y esta noche estuviese con marido, y aun diese a luz hijos, ¿habíais vosotras de esperarlos hasta que fuesen grandes? ¿Habíais de quedaros sin casar por amor a ellos?” (v. 11-13ª)

Según la ley del Levirato mosaica, como en el caso de Tamar (Gn 38), cuando una mujer enviudaba sin hijos, ella tenia derecho a que el hermano del finado se case con ella para levantar descendencia al marido muerto. “Pero aún si yo me volviera a casar y tuviera hijos –dice ella- de poco les serviría a ustedes porque tendrían que esperar muchos años para que esos hijos estuvieran en edad de casarse con ustedes.”

Ella continúa insistiendo: “No, hijas mías; que mayor amargura tengo yo que vosotras, pues la mano de Jehová ha salido contra mi.” (13b)

Ella reconoce que lo que le ocurre viene de parte de Dios. Aunque ella no fuera conciente de ello, Dios tenía un propósito para con ella. A veces Dios tiene necesidad de afligirnos para que entremos en sus planes.

Las tres se detuvieron y las nueras siguieron llorando. Debe haber sido un momento solemne para ellas al considerar las oportunidades y los riesgos que tenían por delante, pues no sería fácil para ellas encontrar marido en tierra extraña.

Ante la insistencia de su suegra, Orfa se despide de ella y vuelve donde los suyos. Era para ella lo más seguro, pero quizá si ella hubiera permanecido junto a su suegra este pequeño libro no se llamaría Rut sino Orfa.

Noemí aprovecha su partida para decirle a Rut que ella debe hacer lo mismo que su cuñada y despedirse. No es que no le agrade su compañía ni que no la enternezca su cariño, pero ella piensa más en el futuro incierto que le espera a la chica en Israel, que en su propia comodidad.

Ella le dice: “Tu cuñada se ha vuelto a su pueblo y a sus dioses, vuélvete tú tras ella.” (v. 15).

En esos tiempos los dioses eran locales. Estaban ligados a la tierra, al país. Cada pueblo, cada tribu, tenía sus propios dioses. Pero el Dios de Israel, en cambio, era Dios de todos, porque a todos había creado y era el único Dios verdadero.

Si Noemí se hubiera quedado en Moab quien sabe si con el tiempo ella con el tiempo se hubiera olvidado del Dios de sus padres, y no hubiera terminado adorando a Quemós y a los otros dioses de los moabitas. Pero Dios tenía otros planes para ella y para Rut.

Los peruanos también tienen sus propios “dioses” con minúscula, a los que rinden un culto a veces extravagante. Son sus ídolos del deporte y las estrellas de la farándula, a quienes adoran como si fueses personas extraordinarias, aunque suelen ser más bien personas vulgares. Cuando emigran tienden a olvidarse de sus dioses locales y se convierten en “fans” de los dioses, de los ídolos del país donde se establecen. Eso forma parte de su proceso de adaptación al nuevo ambiente.

¡Pero cuánta gente hay que corre detrás de esos dioses pequeños y miserables, y descuida al Dios verdadero que es el único que puede ayudarlos! Quizá nosotros también en otra época íbamos detrás de esos muñecos ilusorios queriendo imitarlos o superarlos, y descuidando lo que es verdadero y real.

Ante el ruego de su suegra de que ella imite a su cuñada y regrese a casa de su madre, Rut pronuncia una de las frases más bellas de toda la Biblia: “No me ruegues que te deje y me aparte de ti; porque adondequiera que tú fueres, iré yo, y dondequiera que vivieres, viviré. Tu pueblo será mi pueblo y tu Dios será mi Dios.” (vers. 16)

Esas son palabras que todos deberíamos haber tenido una vez en la boca. No sé si aquí, pero en otros lugares esas palabras forman parte de la ceremonia del matrimonio y la novia se las dice a su esposo.

“Dondequiera que tú fueres iré yo, y dondequiera que vivieres viviré yo.” Son palabras que expresan cariño, fidelidad, devoción. Rut le dice a Noemí: Yo compartiré tu suerte para bien o para mal y “sólo la muerte hará separación entre las dos.” (v. 17). ¡Y cómo la premió Dios por su lealtad!

Pero esas palabras expresan algo más profundo: la conversión que experimentó Rut en su corazón. Ella se convierte al Dios de Noemí, porque le dice “Tu Dios será mi Dios.”

¿Por qué abandonaría a sus dioses si todavía no había abandonado Moab? Porque ella se dio cuenta, creo yo, de que el Dios de Noemí era un Dios real, no un dios personificado en imágenes, en ídolos que no se mueven ni hablan, y que tienen que ser cargados. El Dios de Noemí era un Dios invisible, porque en Israel no había imágenes; un Dios invisible para los ojos humanos pero no para los ojos de la fe, porque respondía a las oraciones e inspiraba vivir de una manera diferente, recta. Quién sabe si Rut se había dado cuenta de que la manera amable de ser de Noemí estaba ligada a su fe. El Dios que Noemí adoraba había modelado su carácter y hecho tierno su corazón.

Viendo Noemí que Rut estaba resuelta a irse con ella, no insistió más y dejó que Rut la acompañara. En el fondo ¿qué más podía querer ella? Sin duda era lo que ella deseaba, porque se había encariñado con su nuera, pero no quería exigírselo. Prefirió que la decisión la tomara ella.

Notemos de paso que porque Noemí se había humillado “bajo la poderosa mano de Dios”, Dios estaba dispuesto a levantarla antes de lo que ella pensaba (1P5:8). Pero dejemos la continuación de la historia para otro día.

NB. Este artículo está basado en la trascripción de una enseñanza dada en el ministerio de la “Edad de Oro” de la C.C. “Agua Viva” en Septiembre pasado.

Notas:
1. Elimelec quiere decir “Mi Dios es rey”; Mahlón quiere decir “enfermedad” y Quelión, “agotamiento”. Rut quiere decir “amiga”, y Orfa, “nuca rígida”, y por extensión, “obstinación”.
2. De la segunda hija descendieron los amonitas, que también le hicieron la guerra a Israel.
3. La palabra “visitar” (pakad) quiere decir casi siempre traer una bendición, con frecuencia para terminar un tiempo de prueba, aunque ocasionalmente también para castigo, (Am 3:2, 14.
4. La palabra hebrea beith, que con bastante frecuencia encontramos traducida en las biblias españolas como el prefijo “bet” de muchas palabras compuestas, quiere decir “casa”. En el vers. 1 hay un juego de palabras irónico entre “hambre” y “casa del pan”.

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