miércoles, 18 de marzo de 2009

JOCABED, MADRE Y NODRIZA DE MOISÉS

El libro del Éxodo narra cómo una vez muerto José, y de acuerdo a la promesa que Dios le hizo a Abraham (Gn 12:2; 15:5), el pueblo hebreo empezó a multiplicarse en Egipto en gran manera, al punto que los egipcios comenzaron a temer que si seguía aumentando su número, podían convertirse en una amenaza para ellos en caso de guerra (Ex 1:9,10. Nota 1). Cuando subió al trono un faraón que no había conocido a José, el nuevo soberano decidió oprimir a los hebreos con tributos y faenas pesadas para impedir que se siguieran multiplicando (Ex 1:11,12). Pero fue inútil. Ni aun el hecho de incrementarles las cargas y hacerles la vida penosa surtió el efecto deseado. ¿Y cómo podría, si la bendición de Dios estaba sobre ellos? Entonces el faraón ordenó a las parteras que atendían a las mujeres israelitas, que no dejaran vivir a los hijos varones que les nacieran y que sólo dejaran con vida a las hijas. Pero ellas se negaron a cumplir sus órdenes. Dice la Escritura que ellas “temieron a Dios y no hicieron como les mandó el rey.” (Ex 1:15-21). Y por haberle temido más que al faraón, Dios prosperó a las familias de las parteras. Dios recompensa a los que ponen la obediencia a sus mandatos por encima del temor a los hombres. Al faraón, finalmente, no le quedó más remedio que ordenar que todo hijo varón de los hebreos que naciera fuera echado al río para que muriera, y que sólo quedaran con vida las niñas (v. 22).

Fue entonces cuando Jocabed, esposa del levita Amram (2), dio a un luz a un hijo tan hermoso que no pudo entregarlo a la muerte, sino que lo escondió durante tres meses (Ex 2:2), a sabiendas de que si eran descubiertos, ella y su marido morirían junto con el niño. Hasta que llegó el día en que no podían seguir ocultándolo.

Entonces tomaron un arquilla (una pequeña canasta) y la prepararon para que pudiera flotar en el agua (Ex 2:3); pusieron al niño en ella y la llevaron al río Nilo, donde la depositaron escondida entre los carrizos que crecían en sus orillas.

Esa fue una medida desesperada, pero también un acto de confianza enorme en Dios, pues equivalía a poner al niño en sus manos, seguros de que Dios cuidaría de él. La epístola a los Hebreos elogia la fe de los padres de Moisés que no dudaron en arriesgar sus vidas al desobedecer al faraón. (Hb 11:23).

Tan confiada estaba Jocabed en lo que Dios haría con el niño, que dejó a su hermana en el lugar vigilando, para que viera lo que sucedería (Ex 2:4).

Y Dios no defraudó su confianza, porque al poco rato la hija del faraón vino a bañarse en el río junto con sus doncellas. Ella “vio la arquilla en el carrizal y envió a una criada suya a que la tomase”. (v. 5). Dios hizo que la hija del faraón, al ver al niño que lloraba, fuera movida a compasión y decidiera salvarle la vida, tomándolo a su cargo (v. 6).

Nótese que ella se dio bien cuenta de que era un hijo de los hebreos y que, por tanto, estaba condenado a muerte. Pero ella tuvo, sin embargo, compasión del niño. Fue la compasión lo que la movió a salvarlo, desafiando la orden de su padre. ¡Cuántas cosas no puede hacer la compasión!

Ella era pagana, pero tuvo un sentimiento que proviene del corazón de Dios. Con frecuencia nos olvidamos de que también los paganos tienen sentimientos buenos, porque ellos fueron también fueron creados a imagen y semejanza de Dios. No nos apresuremos pues a condenarlos, porque Dios puede no sólo salvarlos, sino también usarlos para sus fines.

¿Podemos creer que ella no fue recompensada por su misericordia y que no fue salva? La palabra de Dios nos asegura que sí debe haberlo sido: "Bienaventurados los misericordiosos, porque ellos alcanzarán misericordia" dijo Jesús (Mt 5:7). Porque ¿de qué serviría alcanzar misericordia si después uno se condena? Si examinamos el Nuevo Testamento veremos que donde quiera que aparece, la expresión "alcanzar misericordia" quiere decir casi siempre "ser salvo" (Rm 11:30,31; 1Cor 7:25; 1P 2:10). Moisés tuvo pues dos madres: una natural y otra adoptiva ¿Podemos creer que una se salvó y la otra no? La adoptiva también formaba parte de su casa ¿Podemos pensar que la promesa de que tu casa será salva si crees en Jesús (Hch 16:31) no alcanza a aquellos que, sin haber llegado a conocer al Mesías prometido, por fe lo miraron de lejos como saludándolo? (Hb 11:13) No podemos saber cómo pudo haber sido ser salva la hija del faraón, pero no sería imposible que en un momento dado ella hubiera reconocido que el Dios que adoraba su hijo adoptivo era el Dios verdadero y creyera en Él.

De otro lado, nótese que, como ocurrió con el madero de la cruz donde Jesús murió y nos dio vida, el instrumento de muerte en este caso (pues el faraón y su hija eran una sola familia) fue a la vez instrumento de vida.

Enseguida Dios inspiró a la hermana la idea de ir a buscar a Jocabed y de sugerirle a la hija del faraón que le encargue a ella al niño para que lo críe. Así Jocabed resultó ser nodriza por encargo de su propio hijo (Ex 2:7-9). ¡Cuán admirables y maravillosos son los caminos de Dios que utilizó a la hija del faraón para devolver sano y salvo a Jocabed el hijo que ella le había confiado!

Se lo devuelve además con un premio: El niño pertenecerá a la familia real, ya que la princesa lo adoptará y le dará el nombre de Moisés (esto es, "sacado de las aguas") por el cual hoy lo conocemos (v. 10). ¿No es esto extraordinario? El niño condenado a muerte se convierte en hijo -en el sentido amplio del Antiguo Testamento- del que lo condenó a morir. Y encima su madre fue recompensada económicamente por criar a su propio hijo (v. 9).

Cuando el niño creció su mamá se lo entregó a la hija del faraón para que se cumpliera su destino. En todo esto vemos la acción providencial de la mano de Dios poniendo en obra el proyecto que había concebido para salvar a su pueblo de la esclavitud y llevarlo a la tierra prometida por medio de este niño, cuyo bautismo en cierto modo había sido ser salvado de las aguas.

Dios no sólo rectificó el decreto malvado del faraón salvando de la muerte al futuro profeta y caudillo que Él había escogido, sino que además creó las circunstancias necesarias para que el muchacho (que ciertamente había sido instruido por sus padres acerca de las promesas que Dios hizo a Abraham y enseñado a creer en el único Dios verdadero) fuera educado en toda la sabiduría y costumbres de los egipcios, y que se familiarizara con las ceremonias y etiqueta de la casa real, para que, cuando años después, regresara para cumplir su misión, pudiera moverse con desenvoltura y autoridad en medio de los egipcios y pudiera entrar a palacio, según dice el refrán, "como Pedro en su casa", y hablarle al soberano de tú por tu, como a un familiar.

Más tarde el relato nos muestra cómo Moisés, paseándose por la tierra vio que sus hermanos hebreos eran oprimidos con duras tareas, y como un egipcio golpeaba a uno de ellos. En ese momento ¿cómo reaccionaría Moisés? Él era un príncipe egipcio, un aristócrata.¿Que sería más fuerte en él, la posición que ocupaba en la corte del faraón, o la voz de la sangre? Moisés salió en defensa de su hermano hebreo y mató al egipcio.

Pero el hecho de sangre no pudo permanecer oculto y Moisés, amenazado por el faraón, tuvo que huir al desierto (Ex 2:15). Ahí, por una feliz “coincidencia”, tuvo ocasión de defender de unos pastores a las hijas de un sacerdote de Madián que cuidaban las ovejas de su padre, el cual, agradecido, lo invitó a morar con él y le dio una de sus hijas como esposa. Estando en esa tierra pudo familiarizarse con las costumbres y modos de vida en el desierto, donde vivió 40 años (Ex 2:11-22). Ese conocimiento permitió que más tarde pudiera guiar a su pueblo en su peregrinaje por el desierto. Podemos decir pues con toda razón que Dios "no da puntada sin nudo". Todos los acontecimientos y pruebas de nuestra vida tienen un motivo dentro del plan de Dios. En Él el azar no existe. Esta idea es muy consoladora cuando enfrentamos situaciones muy difíciles, incomprensibles para nosotros.

Pero tomemos nota de cómo todo el plan de Dios comienza con unos esposos fieles que tienen fe en Él, y con una madre valiente que arriesga todo por su hijo, confiando en que Dios es poderoso para salvar aun en las circunstancias más difíciles. Ella dio un primer paso de fe cuando conservó a su hijo con vida, pese al decreto del faraón; y un segundo paso cuando puso a su hijo en una canasta entre los juncos del Nilo, sin saber que al hacerlo estaba salvando la vida del hombre que más tarde salvaría a su pueblo de la esclavitud de Egipto.

Cuando nosotros damos un paso de fe no sabemos qué es lo que Dios va a hacer con ese acto de confianza en Él, con el que quizá arriesgamos nuestra comodidad, o hasta nuestra vida. Por eso es que hay que obedecerle siempre, aunque nos cueste, porque Dios usará nuestra fe y obediencia para sus propósitos. Si por miedo o timidez dejamos de hacer lo que Dios espera de nosotros, frustramos sus planes para nuestras vidas y las de otros.

Es bueno que veamos brevemente lo que la tipología nos revela en este episodio, esto es, cómo los personajes y acontecimientos del Antiguo Testamento prefiguran y anuncian a los personajes y acontecimientos del Nuevo. Moisés es un "tipo" de Jesús, porque salvó al pueblo de Dios de la esclavitud de Egipto, así como Jesús lo salvará más tarde de la esclavitud del pecado.

La arquilla nos hace pensar en el arca que Noé construyó por orden de Dios, y en la que hizo entrar a los suyos cuando comenzó el diluvio (Gn 6:14). Ambas, el arca y la arquilla, fueron calafateadas por dentro y por fuera, para hacerlas impermeables al agua. En una se salvaron Noé y su familia, es decir, un pequeño remanente de la humanidad que, sobreviviendo a la catástrofe, se reproduciría y salvaría al género humano de la extinción; en la otra se salvó un niño que había de salvar a su pueblo. El arca es además figura de la iglesia -el cuerpo de Cristo- en la que se salvan los redimidos.

Cuando Dios inspiró a Moisés escribir el Pentateuco y a los demás autores del Antiguo Testamento sus libros, estaba pensando en lo que Espíritu Santo inspiraría a los evangelistas escribir acerca de Jesús. Para Dios no hay nada imprevisto. También en nuestra vida todo ha sido pensado y previsto por Dios. Lo que sucedió en nuestra infancia fue una preparación de las cosas que experimentaríamos como adultos. Lo que nos sucede ahora tiene un sentido que algún día contemplaremos. Todo lo que hemos pasado, todo lo que hemos sufrido, Dios lo usa. No hay ninguna acción que hayamos hecho por amor de cuyo fruto no disfrutaremos más adelante.

La madre de Moisés, que no tuvo miedo del decreto del faraón, pese a que su osadía pudo haberle costado la vida, es figura de María, la madre de Jesús, que aceptó tener un hijo no estando casada, no teniendo miedo de la deshonra que caería sobre ella por esa causa, ni del desprecio de su novio, ni de las piedras que lapidaban a las desposadas acusadas de adulterio.

Así como Dios confió a Jocabed al futuro salvador de Israel en la carne, así Dios confió a María al futuro salvador del Israel de Dios (Gal 6:16). Así como Jocabed y Amram salvaron a Moisés del faraón que quería matarlo, así también María y José salvaron a Jesús del rey Herodes que quería acabar con su vida.

Madame Guyon (3) hace, a propósito de los padres de Moisés, la acertada observación de que sólo cuando estamos en un peligro extremo entendemos lo que significa abandonarse en las manos de Dios. Es en esas circunstancias extremas, cuando todo parece perdido, cuando Dios manifiesta su Providencia -que todo lo ve y todo lo previene- y es entonces cuando se producen los mayores milagros. Es en los momentos de más grande peligro cuando Dios muestra todo su poder.

La vida de los hombres que Dios más usa suele estar marcada por momentos de gran peligro. El que quiera ser usado poderosamente por Dios, tenga pues cuidado de lo que desea, porque podría tener que pagar por ese privilegio un precio mayor de lo que imagina. Quizá no esté preparado para asumir el costo. Pero Dios escoge a los suyos y los prepara para soportar las pruebas que un llamado excepcional inevitablemente conlleva.

Notemos por último cómo la Providencia de Dios, que intervino para salvar a Moisés de pequeño, no lo abandonará a lo largo de toda su vida y lo acompañará hasta la hora de su muerte en el Horeb (Dt 34:1-5).

De manera semejante, la Providencia que ha estado con nosotros, aunque no lo hayamos notado, desde nuestro nacimiento, acompañará a sus elegidos hasta el día en que los recoja para llevarlos a su reino.

Y yo te pregunto, amigo lector ¿eres tú uno de esos elegidos? "Muchos son los llamados, pero pocos los elegidos" dijo Jesús (Mt 20:16). Quizá tú hayas escuchado alguna vez anunciar el Evangelio de Jesucristo, pero lo tomaste como algo ya sabido, o como algo que no era relevante para tu vida.

Pero si quieres tener la seguridad de que estás entre el número de los elegidos, es decir, entre los que se salvarán y que no se condenarán por toda la eternidad, vuélvete a Jesús y dile con un corazón sincero: 'Yo sé bien, oh Jesús, que tú viniste al mundo para salvar a los pecadores, y yo soy uno de ellos. Sé también, pues lo he oído muchas veces, que tú moriste en la cruz para expiar mis pecados y saldar mi deuda con Dios. Pero, Señor, en este momento no sólo lo sé con mi mente, sino que lo creo con todo mi corazón. Reconozco que tú eres mi Salvador. Perdóname, Señor, mis pecados; lávalos con tu sangre y restáurame. Y escribe mi nombre en el libro de la vida, junto con el de tus elegidos.

Notas: 1. El temor del faraón es semejante al temor que abrigan los pueblos desarrollados respecto del crecimiento demográfico de los pueblos del tercer mundo, e igual que los egipcios, tratan de frenar el aumento de las poblaciones de esos pueblos mediante campañas para restringir los nacimientos. En este punto, como en muchos otros, al hablar de un tema propio de su tiempo, la Biblia, apunta al futuro.

2. El relato del Éxodo no menciona aquí el nombre de los padres de Moisés, pero sí lo hace más adelante al consignar los nombres de los descendientes de Leví (Ex 6:20). La versión Reina-Valera 60 dice aquí "su tía" y la King James, "la hermana de su padre". Pero la palabra hebrea del original: "doda", puede significar también "descendiente", "prima" o "sobrina". Lo más probable es que Amran y Jocabed fueran primos.

3. Madame Guyon (1648-1717) fue una mujer de la nobleza francesa que fue condenada como hereje y encarcelada muchos años, acusada de ser "quietista" -una corriente de espiritualidad que propugnaba el desarrollo de una relación más íntima con Dios, pero a la que se achacaba alentar una pasividad excesiva. Aparte de su Autobiografía y de un de método de oración -muy apreciado por hombres como Fenelon, Zinzendorf, Wesley, Hudson Taylor, Watchman Nee y otros- ella escribió algunos comentarios muy inspirados sobre varios libros de la Biblia.

NB. Este artículo fue publicado por primera vez el 20.05.01, en una edición limitada, con el título de “Jocabed, la Mamá de Moisés”. Lo he revisado y ampliado para esta nueva impresión.

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Tags: Biblia, Salvación, Providencia.