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martes, 30 de diciembre de 2014

CONSEJOS PATERNALES III

LA VIDA Y LA PALABRA
Por José Belaunde M.
CONSEJOS PATERNALES III
Un Comentario de Proverbios 4:20-27
Esta última sección del capítulo dirige su atención a las diferentes partes de nuestro cuerpo que intervienen en nuestra conducta: oídos (v. 20), ojos (v. 21,25), corazón (v. 23), labios (v. 24), pies (v. 26,27).
20. “Hijo mío, está atento a mis palabras;
Inclina tu oído a mis razones.”
21. “No se aparten de tus ojos;
Guárdalas en medio de tu corazón;”
22. “Porque son vida a los que las hallan,
Y medicina a toda su carne.”
Esta pequeña perícopa de tres versículos dedica los dos primeros a exhortar encarecida e intensamente al hijo, (o discípulo) a prestar atención a los consejos paternos, y en el tercero expresa la razón de su insistencia, la cual encierra uno de los secretos del valor que tienen las Escrituras para nosotros. Los dos primeros versículos son una exposición de cómo debe ser la escucha: 1) estar atento, es decir, prestar atención a las palabras; 2) escuchar detenidamente su significado e intención (inclinarse es el gesto con el cual uno se acerca a algo); 3) tenerlas siempre presente, es decir, tener los ojos puestos en ellas, lo que quiere decir que no se trata solamente de escuchar la palabra hablada, sino también de leerla escrita. Leer con atención, en efecto, es una forma de escuchar. Finalmente 4) de nada serviría todo ese ejercicio si lo escuchado y leído no penetrara en el corazón, es decir, si no fuera apropiado internamente, incorporado a la propia vida y llevado a la práctica, convirtiendo sus consejos en normas y directrices concientemente vividas.
La razón, el secreto, de esta exhortación es –como ya se ha dicho anteriormente- que las palabras de Dios son vida, es decir, dan vida a los que las escuchan y ponen en práctica.
¿Qué quiere decir dar vida en este contexto? Teniendo en cuenta lo que se dice más adelante, que son medicina para los huesos (Pr 16:24), dar vida quiere decir que tienen, primero que nada, una virtud curativa para sanar las enfermedades del cuerpo. Pero, sobre todo, que, viniendo de Dios, refrescan el ánimo, dan vitalidad, alegran, aumentan las fuerzas, etc. Esto en el plano de la vida material, pero en el plano espiritual, comunican, infunden vida en el alma, acercan a Dios, limpian del pecado y sus secuelas, incentivan el desarrollo de las virtudes, y muy especialmente, avivan el amor a Dios.
Acerca de la virtud curativa de la palabra de Dios hay muchos testimonios escritos, y muchos textos en el Antiguo Testamento que lo confirman. Me limitaré a citar sólo uno: “Envió su palabra y los sanó.” (Sal 107:20). Pero acerca de su efecto espiritual, el Salmo 119 está lleno de instancias concretas: corrige (v. 67,71), redarguye (v. 21), exhorta (v. 25,50,93), guía (v. 105), guarda del pecado (v. 9,11,121,133), consuela (v. 52), etc. Siendo tan grande el poder de la palabra ¿cómo vamos a descuidar alimentarnos de ella cotidianamente? Hacerlo sería descuidar nuestro propio bien y despreciar nuestro provecho. Si Dios la ha puesto a nuestra disposición para que nos valgamos de ella, sería una grave negligencia no aprovechar la oportunidad que se nos brinda de ser enriquecidos por este don suyo de valor eterno.
23. “Sobre toda cosa guardada, guarda tu corazón;

Porque de él mana la vida.”
Este versículo es uno de los más importantes de toda la Biblia, porque trata de la posesión más valiosa que haya sido encomendada al hombre. En efecto, no hay cosa más digna de estima, de mayor valor para nosotros, que nuestro corazón en sentido espiritual. Es decir, nuestro ser interior, con todo lo que ello comprende: mente, sentimientos, decisiones, sueños, aspiraciones e intenciones. El corazón ha sido llamado con acierto “la ciudadela del hombre”. Debemos vigilar su contenido con toda diligencia, porque así como del órgano del corazón mana la vida del cuerpo por la sangre que envía a todo el organismo, llevando el oxígeno que necesitan nuestras células, de manera semejante de ese centro de nuestro ser fluye nuestra vida espiritual, pues nuestros pensamientos, sentimientos y deseos definen y determinan la calidad de esa vida, si es vital o está como muerta.
Notemos que si la fuente está contaminada, sucia, el agua que brote de ella también lo estará. De ahí que deba vigilarse todo lo que entra a nuestra mente y todo lo que nuestra mente rumia, por así decirlo, porque lo que entra en ella y lo que ella elabora, determina lo que sale, esto es, nuestras acciones y conducta (16:9a).
Jesús lo dijo muy claro: “No es lo que entra en la boca lo que contamina al hombre, sino lo que sale de la boca, eso lo contamina. Porque lo que sale de la boca, del corazón sale; y esto contamina al hombre. Porque del corazón salen los malos pensamientos, los homicidios, los adulterios, las fornicaciones, los hurtos, los falsos testimonios, las blasfemias.” (Mt 15:11,18,19). Todo lo que nosotros hacemos y decimos existió primero potencialmente en nuestro corazón. Bien lo dijo Orígenes: “La fuente de todo pecado está en los malos pensamientos, porque a menos que ellos ganen dominio sobre nosotros no existirían los asesinatos ni los adulterios. Recuerda que las fuerzas espirituales de maldad de las regiones celestes andan alrededor nuestro como león rugiente (1P 5:8) tratando de apoderarse de nuestro corazón para gobernar nuestras vidas. Pon pues, por ello, una valla alrededor de tu corazón para que nada impuro lo contamine. El diablo también lo está vigilando, para ver en qué momentos de descuido tuyo puede asaltarlo para clavar sus dardos.
Algunos se guardan de pecar con el cuerpo, pero pecan con el corazón teniendo pensamientos de lujuria, o de odio y venganza. Pero si pecaste con el corazón es como si hubieras pecado con el cuerpo. Tu mano no asestó el golpe para herir, pero tu corazón si lo hizo, y no quedará inadvertido, porque “el Señor aclarará lo oculto de las tinieblas y manifestará las intenciones del corazón.” (1Cor 4:5).
24. “Aparta de ti la perversidad de la boca,
Y aleja de ti la iniquidad de los labios.”
Habiendo hablado del corazón, ahora pasa a los labios. Sabemos que hay una conexión
estrecha entre la boca y el corazón porque, como dijo Jesús: “de la abundancia del corazón habla la boca.” (Mt 12:34b) Nosotros solemos hablar de las cosas que llenan nuestro corazón, es decir, de las cosas que nos interesan, que ocupan nuestra mente; de las cosas con las que tenemos una vívida relación emotiva; sea positiva, porque las amamos, o negativa, porque nos son odiosas y las detestamos. Todo lo que tenemos en el corazón saldrá algún día por nuestros labios, aun sin quererlo ni darnos cuenta; y a veces nuestras propias palabras inadvertidamente nos acusarán. Más aun, como ya se ha dicho, lo que guardamos en el corazón determinará nuestras actitudes, y nuestros gestos y reacciones, sin que nos demos cuenta.
Si la frase de Jesús es cierta –como lo es sin duda- puede decirse que a quien guarde su corazón con toda diligencia no es necesario aconsejarle que aparte la perversidad de su boca, porque no se hallará en él. Pero no hay hombre tan perfecto en la tierra que no esconda alguna iniquidad en su alma, de modo que aun a ése tal hay que exhortarle a que aleje la iniquidad de sus labios. Si le da expresión con la boca la refuerza en su corazón y se mancilla con ella. Si tiene la tentación de expresar sus malos sentimientos hacia alguna persona, o llevar a la práctica los malos deseos de su mente sensual, será mejor que se refrene para no dar lugar a que el diablo le venza y retome aquella parte de su corazón que ya había cedido a Dios.
L.A. Schökel traduce: “Aparta de ti la lengua tramposa; aleja de ti los labios falsos.” Su versión expone la necesidad de ser siempre veraz, de no engañar a nadie para obtener alguna ventaja, o ganancia. ¡Cómo escucharan este consejo algunos comerciantes! La ganancia mal obtenida puede agujerear su bolsillo, o su estómago, después de agujerear su alma. Aconseja además no mentir ni manchar la honra de nadie, acusándolo falsamente de cosas que no ha cometido. El día menos pensado el daño hecho a la honra, o buen nombre ajeno, rebotará en perjuicio del mentiroso.
El libro de Proverbios tiene mucho que decir de la boca, de los labios y de la lengua: Condena los labios mentirosos (12:22); denuncia al chismoso (20:19) (Nunca caigas en ese defecto al que son proclives no sólo las mujeres, como se cree, porque, como dice Ecl 7:21,22, si hablas mal de otro, algún día oirás a alguno hablar mal de ti). En cambio, encomia al corazón del sabio que “hace prudente su boca y añade gracia a sus labios.” (16:23; cf 10:19; 13:3); afirma que “la lengua de los sabios es medicina.” (12:18), y árbol de vida “la lengua apacible” (15:4). Proclama por último que “la vida y la muerte están en el poder de la lengua” (18:21). Cuida pues tu lengua, porque, quiéraslo o no,  comerás del fruto de lo que ella diga.
25. “Tus ojos miren lo recto,
Y diríjanse tus párpados hacia lo que tienes delante.”
Que los propósitos que persigues sean siempre honestos y las metas que deseas alcanzar sean siempre honorables. En ellos fija tu mirada sin vacilar. La persona que anda mirando de un lado a otro al caminar, como espiando el entorno de manera furtiva para ver qué oportunidad se le ofrece de aprovecharse del descuido o ingenuidad de algún incauto, guarda pensamientos de dudosa índole en su corazón. No es una persona confiable. Es mejor que no tengas trato con ella; no vayas a caer en una de sus trampas.
Pero este versículo advierte también del peligro de dejar que nuestra mirada sea atraída por una mujer ajena, con la cual, si uno la mira con deseo, ya ha cometido adulterio en su corazón, según dijo Jesús (Mt 5:28). Por eso es que Job dice que él se había impuesto por ley no mirar con deseo ni siquiera a una virgen (Jb 31:1). Por eso también dijo Jesús muy apropiadamente que los ojos son la lámpara del cuerpo. Si nuestros ojos son malos, es decir, si la intención con que miramos es torcida, todo nuestro ser estará en oscuridad; pero si son buenos, es decir, si nuestras intenciones son rectas e inocentes, todo nuestro ser estará iluminado (Mt 6:22,23). Eso se refiere no sólo a la sensualidad, sino también a la codicia.
26. “Examina la senda de tus pies,
Y todos tus caminos sean rectos.”
27. “No te desvíes a la derecha ni a la izquierda;
Aparta tu pie del mal.”
26. Este proverbio nos exhorta a hacer el examen continuo del camino que llevamos, de lo que estamos haciendo, si es recto, conforme a la palabra de Dios, o no. Este versículo, además,  respalda la noción de que el examen de conciencia es algo bíblico. "Examina la senda de tus pies" quiere decir: examínate a ti mismo, examina tu conducta, práctica que Pablo recomienda (2 Cor 13:5), no vaya a ser que sin darte cuenta estés incurriendo en faltas. Mejor es que te juzgues tú sinceramente, que no que sea Dios quien lo haga cuando ya no puedes rectificar nada de lo hecho en tu vida.
Nuestros caminos están abiertos a los ojos de Dios que los considera (Pr 5:21), y tiene en cuenta todas nuestras acciones (1Sm 2:3). No hay nada que escape a su mirada.
Esa misma exhortación nos la hace Efesios 5:15: “Mirad, pues, con diligencia cómo andéis, no como necios sino como sabios.”
27. La exhortación a no desviarse del camino aparece frecuentemente en Deuteronomio y Josué (Dt 5:32; 17:11,20; 28:13,14; Js 1:7; 23:6), y anima a perseverar en el camino trazado que debe siempre perseguir el bien, tal como hizo el piadoso rey Josías (2R 22:2).
En Isaías se da un consejo semejante: “Este es el camino, andad por él; y no echéis a la mano derecha, ni tampoco torzáis a la mano izquierda.” (Is 30:21). No dudemos de que Dios, en su infinita compasión, enviará su voz como un aviso que oiremos a nuestras espaldas cuando más lo necesitemos, alertándonos del peligro de desviarnos que enfrentamos.
Conviene recordar lo que dice otro proverbio: “Todo camino del hombre es recto en su propia opinión; pero Jehová pesa los corazones.” (Pr 21:2). Para no desviarnos del camino debemos siempre pedirle a Dios que nos guíe y nos guarde, porque mientras vivamos seremos inevitablemente tentados a dejar una y otra vez el camino recto y seguro por el que andamos; y habrá incentivos que atraigan nuestra ambición, o nuestra concupiscencia, y que nos inciten engañosamente a gozar de ellos (Sal 27:11; cf 5:8). Bien advirtió Pablo: “El que piensa estar firme, mire que no caiga.” (1Cor 10:12).
Amado lector: Si tú no estás seguro de que cuando mueras vas a ir a gozar de la presencia de Dios yo te exhorto a arrepentirte de todos tus pecados y te invito a pedirle perdón a Dios por ellos haciendo la siguiente oración:
 “Jesús, tú viniste al mundo a expiar en la cruz los pecados cometidos por todos los hombres, incluyendo los míos. Yo sé que no merezco tu perdón, porque te he ofendido conciente y voluntariamente muchísimas veces, pero tú me lo ofreces gratuitamente y sin merecerlo. Yo quiero recibirlo. Me arrepiento sinceramente de todos mis pecados y de todo el mal que he cometido hasta hoy. Perdóname, Señor, te lo ruego; lava mis pecados con tu sangre; entra en mi corazón y gobierna mi vida. En adelante quiero vivir para ti y servirte.”
ANUNCIO: YA ESTÁ A LA VENTA EN LAS LIBRERÍAS CRISTIANAS Y EN LAS IGLESIAS MI LIBRO “MATRIMONIOS QUE PERDURAN EN EL TIEMPO” (VOL I) INFORMES: EDITORES VERDAD & PRESENCIA. AV. PETIT THOUARS 1191, SANTA BEATRIZ, LIMA, TEL. 4712178.
#856 (23.11.14). Depósito Legal #2004-5581. Director: José Belaunde M. Dirección: Independencia 1231, Miraflores, Lima, Perú 18. Tel 4227218. (Resolución #003694-2004/OSD-INDECOPI). 

viernes, 8 de noviembre de 2013

NINGÚN HOMBRE DEBE PENSAR EN EL MATRIMONIO SI NO ESTÁ EN CONDICIONES DE PROVEER PARA SU CASA

Pasaje tomado de mi libro
Matrimonios que Perduran en el Tiempo

NINGÚN HOMBRE DEBE PENSAR EN EL MATRIMONIO SI NO ESTÁ EN CONDICIONES DE PROVEER PARA SU CASA. Si bien en nuestros tiempos puede ser necesario que la mujer colabore también para ese fin, ése no es el orden natural de las cosas. El que las circunstancias obliguen a que la mujer contribuya con su trabajo al sustento familiar es una de las aberraciones de la vida económica moderna que esclaviza por igual a hombres y mujeres, y es enemiga de la familia.
Que la mujer trabaje voluntariamente para mejorar la economía familiar, o porque la necesidad apremia, es otra cosa. Pero sería totalmente inequitativo que ella contribuya económicamente al hogar y que el marido retenga el manejo exclusivo de las finanzas familiares. Hay esposos cristianos que ocultan a sus esposas cuánto ganan, o cuáles son sus fuentes de ingresos. No es mi propósito ahora tratar de ese tema en detalle, pero es contrario a la confianza mutua que debe existir en el matrimonio que el marido oculte esa información a su mujer.
Que no queden pues dudas. La primera obligación del marido es ser el sustento espiritual, psicológico, emocional, afectivo de su mujer, que colme las expectativas de ella, las expectativas con las cuales ella se ha casado. ¿O acaso las mujeres cuando se casan no están llenas de ilusiones y de expectativas?
Piensa un momento, amigo. Tu esposa ha invertido su vida y su cariño en ti. ¿Habrá hecho una buena inversión? ¿Eres tú para ella una inversión segura, confiable? Nuevamente te pregunto a ti, varón ¿Has cumplido con las expectativas de tu mujer? ¿Estás colmando lo que ella espera de ti? ¿Lo que Dios ordena que hagas? ¿La estás haciendo feliz? Que cada cual conteste esta pregunta por sí mismo.

Págs. 110 al 112 - Editores Verdad y Presencia, Av. Petit Thouars 1189, Santa Beatriz, Lima, Telf. 4712178.

martes, 9 de abril de 2013

SANSÓN I


LA VIDA Y LA PALABRA
Por José Belaunde M.
SANSÓN I
Nacimiento de Sansón

Jueces 13:1. “Los hijos de Israel volvieron a hacer lo malo ante los ojos de Jehová; y Jehová los entregó en manos de los filisteos por cuarenta años.”
La vida de Sansón se sitúa al final del período de los Jueces, que duró unos 200 años, durante los cuales el pueblo desorganizado hacía lo que quería. Ese período de la historia de Israel se extiende desde la muerte de Josué, ocurrida aproximadamente el año 1220 AC (Js 24:29), hasta la institución de la monarquía con la elección de Saúl como rey, hacia el año 1030 AC. (1Sm 10:1).
Cuando, debido a su infidelidad, el pueblo hebreo caía en idolatría Dios permitía que fueran oprimidos por los pueblos vecinos. Pero cuando se arrepentían y clamaban a Dios, Él levantaba a un líder –al que la Biblia llama juez (shafat en hebreo)- que los libraba de la opresión. Se les llamaba así porque entre sus funciones estaba la de juzgar y dictar sentencia en los casos que se les presentaba. Pero solía ocurrir que, muerto el juez, el pueblo recaía en la idolatría, y nuevamente alguna nación vecina los oprimía.
El episodio de Sansón ocurrió durante el pontificado de Elí, pero antes de que el arca cayera en manos de los filisteos (1Sm 4-6).
Sansón es el antepenúltimo de los jueces. Después de él vinieron Elí (1Sm 4:8) y el profeta Samuel, el que ungió a Saúl como rey (1Sm 10:1), y luego a David como el escogido de Dios (1Sm 16:13).
Según este versículo Israel había vuelto a caer en idolatría y Dios los castigó entregándolos en manos de los filisteos por 40 años, el período de opresión más largo que registre el libro de Jueces. Pero es singular que el libro no diga en este caso que los israelitas clamaran al Señor que los librara. Quizá porque se habían acostumbrado a convivir con los filisteos, como algunos episodios de esta historia muestran. Ése es el gran peligro que encierran algunas costumbres o hábitos inconvenientes que se infiltran inadvertidamente en nuestra vida si no estamos alertas.
2,3. “Y había un hombre de Zora, de la tribu de Dan, el cual se llamaba Manoa; y su mujer era estéril, y nunca había tenido hijos. A esta mujer apareció el ángel de Jehová, y le dijo: He aquí que tú eres estéril, y nunca has tenido hijos; pero concebirás y darás a luz un hijo.”
Con frecuencia cuando Dios quiere levantar a un hombre que cumpla una misión especial Él escoge como madre a una mujer estéril.
Tenemos los casos de Sara, la madre de Isaac (Gn 11:30);
    de Rebeca, la madre de Jacob (Gn 25:21);
    de Raquel, la madre de José (Gn 29:31);
    de Ana, la madre de Samuel (1Sm 1:5,6),
    y de Isabel, la madre de Juan Bautista (Lc 1:7). (Nota 1)
¿Qué significa eso? Que el nacimiento de la criatura será obra de Dios. El hijo que van a tener será un don especial de Dios para ellos y para su pueblo. Cuando Dios interviene en la concepción de una criatura eso es señal de que está marcado para tener un destino fuera de lo común.
Para la mujer en esa época no tener hijos era una gran desgracia, una vergüenza (Gn 29:32: 30:1-3), pues las mujeres eran apreciadas por el número de hijos que tenían. Y así lo ha sido durante mucho tiempo, y todavía lo es en algunas regiones de nuestro país. Pero, como bien sabemos, en la cultura moderna las mujeres no son apreciadas por ese motivo, sino que más bien por lo contrario en muchos casos, son apreciadas por no tenerlos, ya que tener hijos limita su libertad. En la Biblia la fecundidad es una bendición y una recompensa (Sal 127:3; 128:3). ¡Cuánto nos hemos alejado de su mentalidad!
4, 5. “Ahora, pues, no bebas vino ni sidra, ni comas cosa inmunda. Pues he aquí que concebirás y darás a luz un hijo; y navaja no pasará sobre su cabeza, porque el niño será nazareo a Dios desde su nacimiento, y él comenzará a salvar a Israel de mano de los filisteos.”
Su hijo será nazareo (del hebreo nazir), es decir, consagrado a Dios desde el vientre de su madre. Nunca se cortará el cabello, lo cual será el signo externo de su consagración (Nm 6:1-5). Será nazareo no por un período limitado de tiempo, como era usual, sino de por vida.
Como será nazareo su madre no deberá comer nada inmundo, ni beber ninguna bebida alcohólica durante el embarazo.
Sansón, según dice el ángel, tendrá una misión que cumplir: Comenzar a salvar a su pueblo de los filisteos, tarea que será completada más adelante por David.
¿Quiénes eran los filisteos? (Véase la nota 2)
6,7. “Y la mujer vino y se lo contó a su marido, diciendo: Un varón de Dios vino a mí, cuyo aspecto era como el aspecto de un ángel de Dios, temible en gran manera; y no le pregunté de dónde ni quién era, ni tampoco él me dijo su nombre. Y me dijo: He aquí que tú concebirás, y darás a luz un hijo; por tanto, ahora no bebas vino, ni sidra, ni comas cosa inmunda, porque este niño será nazareo a Dios desde su nacimiento hasta el día de su muerte.”
Ella le cuenta a su marido lo que le dijo un varón con aspecto de ángel que había venido a verla. No actuó como Eva que, aparentemente, no le contó a Adán el diálogo que había sostenido con la serpiente (Gn 3:1-6).
8. “Entonces oró Manoa a Jehová, y dijo: Ah, Señor mío, yo te ruego que aquel varón de Dios que enviaste, vuelva ahora a venir a nosotros, y nos enseñe lo que hayamos de hacer con el niño que ha de nacer.”
Manoa quiere saber cómo deben ellos proceder con el hijo que tendrán, que será consagrado a Dios y que salvará a su pueblo. Él es un hombre responsable y conciente de su misión como padre. Quiere ser ilustrado por Dios sobre la responsabilidad que él y su mujer van a asumir.
Él es un tipo de José, el esposo de María, porque Sansón es también, pese a sus defectos, un tipo de Jesús, ya que él salvará a su pueblo tal como Jesús salvará a su pueblo del gran enemigo.
9-11. “Y Dios oyó la voz de Manoa; y el ángel de Dios volvió otra vez a la mujer, estando ella en el campo; mas su marido Manoa no estaba con ella. Y la mujer corrió prontamente a avisarle a su marido, diciéndole: Mira que se me ha aparecido aquel varón que vino a mí el otro día. Y se levantó Manoa, y siguió a su mujer; y vino al varón y le dijo: ¿Eres tú aquel varón que habló a la mujer? Y él dijo: Yo soy.”
La mujer, como buena esposa obediente, sabiendo que su marido quiere hablar con el ángel, corre a buscarlo. ¿Por qué no fue el ángel de frente donde Manoa? Porque ella es más importante que su marido en esta historia.
12. “Entonces Manoa dijo: Cuando tus palabras se cumplan, ¿cómo debe ser la manera de vivir del niño, y qué debemos hacer con él?”
Manoa dirige su pregunta directamente al ángel. Aunque su mujer era estéril, Manoa no duda del anuncio que les ha hecho el ángel.
13,14. “Y el ángel de Jehová respondió a Manoa: La mujer se guardará de todas las cosas que yo le dije. No tomará nada que proceda de la vid; no beberá vino ni sidra, y no comerá cosa inmunda; guardará todo lo que le mandé.”
El ángel repite las instrucciones que ya le dio a la mujer sobre la conducta que ella debe guardar durante su embarazo, pero no le dice nada acerca de cómo deben educarlo. ¿Por qué? Porque ellos saben que deben educarlo en el temor de Dios y en el conocimiento de la ley de Moisés. Eso es un ejemplo para todos los padres de familia cristianos. Ellos deben educar a sus hijos en el temor de Dios y en el conocimiento de las Escrituras. No en un conocimiento erudito de la letra, sino en el conocimiento de su espíritu porque, como dice Pablo, “la letra mata, pero el espíritu vivifica.” (2Cor 3:6)
15, 16. “Entonces Manoa dijo al ángel de Jehová: Te ruego nos permitas detenerte, y te prepararemos un cabrito. Y el ángel de Jehová respondió a Manoa: Aunque me detengas, no comeré de tu pan; mas si quieres hacer holocausto, ofrécelo a Jehová. Y no sabía Manoa que aquél fuese el ángel de Jehová.”
Según la práctica de hospitalidad de la gente de campo, no sólo de Israel de entonces, sino de muchas partes del mundo, Manoa quiere ofrecer algo bueno de comer al visitante. El ángel se niega a comer, pero le dice en cambio que ofrezca un holocausto a Jehová. Es necesario que rechace comer para que Manoa empiece a entender que él no es un mensajero humano (3).
17,18. “Entonces dijo Manoa al ángel de Jehová: ¿Cuál es tu nombre, para que cuando se cumpla tu palabra te honremos? Y el ángel de Jehová respondió: ¿Por qué preguntas por mi nombre, que es admirable?”
Manoa quiere honrar al varón, pero ¿cómo puede hacerlo si no sabe cómo se llama? El ángel contesta ¿por qué preguntas por mi nombre que es admirable (o maravilloso)? (4).
Nosotros entendemos que el ángel de Jehová se está identificando, aunque Manoa no se dé cuenta. ¿Cómo así? Porque Isaías profetizó: “Porque un niño nos es nacido, hijo nos es dado, y el principado sobre su hombro; y se llamará su nombre Admirable, Consejero, Dios Fuerte, Padre Eterno, Príncipe de Paz.” (Is 9:6). Manoa y su mujer no se dan cuenta porque la profecía de Isaías aún no había sido pronunciada.
El Ángel de Jehová que aparece en momentos cruciales de la historia bíblica para transmitir un mensaje importante de parte de Dios, (tal como en Gn 16:7-13; 22:11,12; 31:11-13; Ex 3:2-4) según una interpretación común, es el Verbo, esto es, el Hijo de Dios antes de su encarnación, que hablaba como mensajero en nombre de su Padre (5).
19-21. “Y Manoa tomó un cabrito y una ofrenda, y los ofreció sobre una peña a Jehová; y el ángel hizo milagro ante los ojos de Manoa y de su mujer.  Porque aconteció que cuando la llama subía del altar hacia el cielo, el ángel de Jehová subió en la llama del altar ante los ojos de Manoa y de su mujer, los cuales se postraron en tierra. Y el ángel de Jehová no volvió a aparecer a Manoa ni a su mujer. Entonces conoció Manoa que era el ángel de Jehová.”
Manoa ofrece un holocausto y el ángel hace algo maravilloso. Ellos se postraron y adoraron, porque el milagro que contemplaron les hizo comprender que el varón con el cual hablaban era nada menos que el ángel de Jehová.
Podemos imaginar la escena: Cuando Manoa enciende el fuego que empieza a quemar el cabrito y la ofrenda, el ángel se aproxima al altar y se eleva al cielo en la llama de fuego.
22,23. “Y dijo Manoa a su mujer: Ciertamente moriremos, porque a Dios hemos visto.  Y su mujer le respondió: Si Jehová nos quisiera matar, no aceptaría de nuestras manos el holocausto y la ofrenda, ni nos hubiera mostrado todas estas cosas, ni ahora nos habría anunciado esto.”
Manoa teme que van a morir porque han visto a Dios (Véase Jc 6:22,23), según lo que advierte Ex 33:18-23, que ningún hombre puede ver el rostro de Dios y vivir. Pero ellos no han visto el rostro de Dios, sino sólo el del ángel de Jehová en forma humana.
La mujer con mucho tino le dice: Si fuera la intención de Dios que muriésemos por haber visto su rostro no habría aceptado el sacrificio, ni nos habría mostrado todas estas cosas anunciándonos el nacimiento de un hijo. Es decir, no nos hubiera escogido para esta misión.
24,25. “Y la mujer dio a luz un hijo, y le puso por nombre Sansón (6). Y el niño creció, y Jehová lo bendijo. Y el Espíritu de Jehová comenzó a manifestarse en él en los campamentos de Dan, entre Zora y Estaol.”
Nació la criatura y el Espíritu de Dios comenzó a manifestarse en él desde temprano, dándole una fuerza extraordinaria, a pesar de que era un hombre sensual y pecador.
Con Sansón Dios levantó a un hombre que, pese a sus fallas humanas, es un ejemplo de cómo Él puede usar a alguien pese a sus grandes defectos, pero que se consagre a Él.
El nazareato no era algo que Sansón hubiera escogido, sino que le había sido impuesto antes de su nacimiento. Por eso quizá él fue un mal nazareo, pero él sabía que de ahí provenía su fuerza. Aparte de nunca cortarse el cabello, él debía abstenerse no sólo de vino y sidra y sus subproductos, sino de todo producto de la vid, así como de tocar un cadáver de un hombre. Es poco probable que él se abstuviera de vino. Pero sobre todo, él no parece haber sido conciente de que su consagración significaba que debía apartarse de todo pecado.
Notas: 1. En el caso de Jesús Dios escoge para que sea su madre no a una mujer estéril por naturaleza, sino a una doncella que concibió sin dejar de ser virgen.
2. Según el Génesis los filisteos descendían de Casluhim, hijo de Mizraim, hijo de Cam (Gn 10:14; cf 1Cro 1:12). Provenían del Asia Menor, de donde tuvieron que emigrar después de la caída de los imperios hitita y miceno. Algunos se establecieron en Creta (Caftor) y otros en la costa de Canaán, en donde fundaron cinco ciudades: Gaza, Asdod, Ascalón, Gat y Ecrón, gobernada cada una por un rey. Se mezclaron con los canaanitas y adoptaron su lenguaje. Abraham y su hijo Isaac tuvieron relaciones amistosas con ellos (Gn 20; 21:34; 26:18-20).
Eran un pueblo guerrero que dominaba el arte de la metalurgia del hierro, cuyos secretos no quisieron compartir con los israelitas porque les daba una notable ventaja militar (1Sm 13:19-22). Impusieron tributos a los israelitas, pero su dominio no fue demasiado opresivo, por lo que el pueblo se acostumbró a convivir con ellos, como puede verse en el incidente en Lehí (Jc 15:9-13). El conflicto, sin embargo, se volvió inevitable. En la desastrosa derrota sufrida por Israel en Afec los filisteos destruyeron el santuario de Silo, y se apoderaron del arca de la alianza (1Sm 4), que fue recuperada después de varios incidentes (1Sm 5,6).
El profeta Samuel organizó la resistencia contra ellos y, al envejecer, ungió a Saúl como primer rey de Israel para que continuara la lucha (1Sm 10:1). Durante su reinado David mató al gigante filisteo Goliat (1Sm 17,18). Posteriormente David les inflingió una fuerte derrota que debilitó seriamente su poder (2Sm 5:17-25), aunque siguieron hostilizando a Israel durante un tiempo (1R 15:27; 16:15-17).
Los filisteos eran unos idólatras que rendían culto a tres dioses: Dagón, en Gaza y Asdod; Astoret, en Escalón; y Baal-zebub, en Ecrón (1Sm 5:1,2; 2R 1:1-16).
3. Compárese este episodio con el llamamiento de Gedeón (Jc 6:17-22), que también quiere ofrecerle algo de comer al ángel del Señor y éste lo rechaza, al mismo tiempo que hace un prodigio que permite que Gedeón comprenda quién es el que le habla.
4. Recuérdese el episodio en que Jacob pelea toda la noche con un ángel, y al final le pide que le diga su nombre y el ángel se niega a decírselo (Gn 32:24-30).
5. Ángel quiere decir literalmente “mensajero”.
6. El nombre Simson en hebreo deriva de semes, que quiere decir “sol”.
NB. Este artículo, y los tres siguientes del mismo nombre, están basados en la trascripción de una charla dada recientemente en el Ministerio de la Edad de Oro, cuyo texto ha sido revisado y ampliado.
Amado lector: Si tú no estás seguro de que cuando mueras vas a ir a gozar de la presencia de Dios por toda la eternidad yo te invito a pedirle perdón a Dios por tus pecados haciendo la siguiente oración:
   “Jesús, tú viniste al mundo a expiar en la cruz los pecados cometidos por todos los hombres, incluyendo los míos. Yo sé que no merezco tu perdón, porque te he ofendido conciente y voluntariamente muchísimas veces, pero tú me lo ofreces gratuitamente y sin merecerlo. Yo quiero recibirlo. Me arrepiento sinceramente de todos mis pecados y de todo el mal que he cometido hasta hoy. Perdóname, Señor, te lo ruego; lava mis pecados con tu sangre; entra en mi corazón y gobierna mi vida. En adelante quiero vivir para ti y servirte.”
MATRIMONIO Y FELICIDAD ¿Qué mayor homenaje puede hacerle un marido a su mujer que confiar en ella? ¿Confiar no sólo en su fidelidad sino también en su buen juicio para encargarle todos sus asuntos domésticos? El marido que le demuestra a su mujer que confía en ella la fortalece espiritualmente y la anima a ella a confiar en él. Porque la confianza es algo recíproco. La fortaleza de una unión matrimonial, cuando ambos esposos confían el uno en el otro, es inquebrantable. En cambio cuando hay desconfianza en uno o en el otro, la unidad se resquebraja y las disputas no tardan en aparecer. (Este párrafo está tomado de las pag. 135 y 136 del libro “Matrimonios que perduran en el tiempo” Vol 1)
#769 (10.03.13). Depósito Legal #2004-5581. Director: José Belaunde M. Dirección: Independencia 1231, Miraflores, Lima, Perú 18. Tel 4227218. (Resolución #003694-2004/OSD-INDECOPI). 

viernes, 19 de octubre de 2012

LA FAMILIA II


Por José Belaunde M.
LA FAMILIA II
 Continúo en este artículo el estudio de los cuatro elementos principales de la familia, iniciado en el artículo anterior.
2. El principio de la AUTORIDAD está claramente establecido en Ef 5:22-24: “Las casadas estén sujetas a sus propios maridos, como al Señor; porque el marido es cabeza de la mujer, así como Cristo es cabeza de la iglesia, la cual es su cuerpo, y Él es su Salvador. Así que, como la iglesia está sujeta a Cristo, así también las casadas lo estén a sus maridos en todo.”
Este pasaje pone sobre el hombre, en realidad, más obligaciones que sobre la mujer, porque para que ella se le someta, él debe tratarla como Cristo a la iglesia. ¿Y cómo trata Cristo a la  iglesia? Muriendo por ella. Así pues, el hombre, para cumplir a cabalidad con su papel de marido, debe estar dispuesto a morir por su mujer, lo cual supone no solamente el exponer su vida por salvar la de ella sino, en los hechos, estar dispuesto a morir a sí mismo diariamente para contentarla a ella.
El hombre, según 1P 3:7, debe tratar a su mujer “como a vaso más frágil”. ¿Cómo tratamos a una pieza delicada de porcelana? Con sumo cuidado.
El pasaje citado de Efesios dice claramente que la autoridad en la familia reposa en el marido, que es cabeza de la mujer, así como Cristo es cabeza del hombre.
La autoridad del esposo pone orden en la vida familiar. Cuando la esposa se rebela contra la autoridad del esposo, o la cuestiona, la vida de la familia es perturbada. Pero cuando el marido trata mal a su esposa la vida familiar es igualmente perturbada. Ambos deben vivir en armonía y someterse el uno al otro en el temor de Dios (Ef 5:21).
La autoridad del esposo sobre su mujer; y la del padre y la madre sobre los hijos, tiene como límite la ley de Dios. El marido no puede obligar a su esposa a hacer algo contrario a la ley de Dios, ni tampoco pueden ambos obligar a sus hijos a hacerlo. Al contrario, los padres deben enseñar a sus hijos la ley de Dios y a obedecerla, dándoles ejemplo.
En la práctica la autoridad del padre y la madre sobre sus hijos, esto es, la autoridad que no se impone a la fuerza, sino que es aceptada con naturalidad, tiene como fundamento la unión existente entre ambos. Cuando los esposos son unidos sus hijos se les someten de buena gana, pero están descontentos y se rebelan cuando hay peleas entre ambos. Cuando los esposos no son unidos no pueden ejercer bien su autoridad sobre sus hijos, porque ocurrirá con frecuencia que ellos se inclinarán hacia el uno o hacia el otro de sus padres, según consideren quién tiene la razón. Recuérdese que los hijos pequeños suelen tener en alto grado el sentido de la justicia.
La autoridad de la madre sobre sus hijos, en especial, cuando crecen, es en cierta medida una autoridad delegada. La madre la ejerce en nombre del padre. Pero cuando el padre está ausente la autoridad reposa en ella.
Frecuentemente en nuestra sociedad, como consecuencia de la deserción del padre, la autoridad en el hogar reposa en la madre, que suele cumplir en esos casos el doble papel de padre y madre con abnegación y, a veces, con heroísmo. Esas situaciones ocurren lamentablemente con mucha frecuencia en nuestro pueblo por irresponsabilidad del padre. Pero el padre que abandona a su mujer y a los hijos que tuvo con ella, rendirá severa cuenta a Dios por ello.
La falta de armonía entre sus padres hace sufrir mucho a sus hijos, afecta sus sentimientos, su bienestar psíquico y su seguridad en sí mismos. Muchas de las deficiencias de carácter y de las inseguridades de los hombres y de las mujeres adultos tienen su origen en el clima conflictivo que reinaba en el hogar en que crecieron. En cambio, la armonía entre sus padres contribuye a que los hijos crezcan psicológicamente sanos, equilibrados y seguros de sí mismos.
La autoridad de los padres sobre sus hijos ha sido ordenada por Dios en el Decálogo (“Honra a tu padre y a tu madre”, Ex 20:12). Pablo dice que este “es el primer mandamiento con promesa; para que te vaya bien, y seas de larga vida sobre la tierra.” (Ef 6:2,3).
Los hijos que no obedecen a sus padres, no los honran. En el Antiguo Testamento estaban sometidos a castigo público delante de la congregación, incluso con la muerte (Dt 21:18-21).
Es obligación de los padres enseñar a sus hijos la ley de Dios (“Y estas palabras que yo te mando hoy, estarán sobre tu corazón; y las repetirás a tus hijos…”, Dt 6:6,7), así como todo lo concerniente a la historia sagrada y a la piedad (“Y cuando mañana te pregunte tu hijo, diciendo: ¿Qué es esto? Le dirás: Jehová nos sacó con mano fuerte de Egipto, de casa de servidumbre; y endureciéndose Faraón para no dejarnos ir, Jehová hizo morir…a todo primogénito…” Ex 13:14,15).
También están obligados los padres a disciplinar a sus hijos: “No rehúses corregir al muchacho; porque si lo castigas con vara no morirá…” (Pr 23:13). Pero el castigo físico nunca debe ser aplicado con cólera (aunque yo sé lo difícil que es eso). Este versículo no autoriza a los padres a descargar su cólera sobre sus hijos, como ocurre con frecuencia, porque hacerlo desvirtúa el propósito de la disciplina, que es corregir (Pr 19:18). El castigo debe ser aplicado con ánimo sereno y de tal manera que el niño sienta que sus padres lo aman, y que lo castigan a pesar suyo. Pero si los padres no lo castigan por sus malacrianzas, el niño crecerá creyendo que todo le está permitido, y será más tarde un adulto desconsiderado, engreído, prepotente y eternamente insatisfecho.
Los hijos adquieren en el hogar el sentido del respeto a la autoridad. Los hijos que respetaron la autoridad de sus padres, respetarán de una manera natural la autoridad del gobierno y las reglas de conducta de la sociedad. Si los hijos rechazaron la autoridad de sus padres, o la autoridad de uno de ellos, es muy probable que al crecer rechacen también la autoridad del gobierno, y vivan siendo unos rebeldes y descontentos.
Pero, repito, para que los hijos respeten la autoridad de sus padres es necesario que sea ejercida con cariño y consideración.
3. Eso nos lleva al tercer elemento: el AMOR.
En toda familia bien constituida reina el amor: el amor de Dios y el amor de los esposos entre sí, que se extiende y se derrama sobre sus hijos.
Si los padres no se aman mutuamente, si se han vuelto indiferentes uno con otro, o si discuten todo el tiempo y se pelean, su amor por sus hijos sufrirá; será imperfecto, no se expresará de una manera espontánea y no podrá satisfacer las necesidades emocionales de sus hijos, sobre todo las de sus hijos pequeños.
De ahí la obligación que tienen los padres de amarse mutuamente y de superar sus deficiencias de carácter y sus dificultades mutuas. Es conveniente recordar en este contexto el principio que he sentado en otro lugar: el hombre y la mujer se casan no solamente porque se aman, sino sobre todo para amarse. Amarse es su obligación.
Los padres no deben discutir delante de sus hijos. Eso los angustia y los hace sentirse inseguros. Es comprensible e inevitable que los esposos tengan ocasionalmente desavenencias y que discutan entre sí, aunque si se aman realmente, ocurrirá rara vez. Pero si lo hacen debe ser a puerta cerrada para que sus hijos no los oigan. Y por supuesto, nunca deben insultarse, porque eso degrada al matrimonio.
Si discuten delante de sus hijos adolescentes o mayores, éstos pueden perderles el respeto.
Los hijos pequeños necesitan ser amados por sus padres para desarrollarse bien. Si no son amados y acariciados sufrirán, y tendrán más tarde complejos. El amor de sus padres es un alimento para ellos, tan necesario como el alimento material.
Una familia formada por padres ya mayores y por hijos ya adultos, si está unida por un fuerte amor mutuo, es un espectáculo muy bello que da muy buen testimonio ante la sociedad.
Cuando en las familias reina el amor, sus miembros se preocupan unos por otros.
4. Eso nos lleva al cuarto elemento: el APOYO MUTUO.
El amor que se tienen los padres entre sí, el amor correspondido que tienen por sus hijos, hará que se apoyen y ayuden mutuamente, y que se preocupen unos por otros.
Eso es algo que suele ocurrir en todas las familias bien constituidas del  mundo entero: los padres se preocupan por sus hijos, y los hijos se preocupan por sus padres. Se ayudan unos a otros de manera espontánea.
¿A quién acude un niño pequeño cuando se siente amenazado? A su padre, o a su madre. Rara vez al abuelo, si está cerca.
Y si los padres no están en casa ¿a quién acude el niño? Normalmente al hermano mayor, o a la persona con quien vive y que hace las veces de padre o de madre, que puede ser efectivamente en algunos casos, el abuelo o la abuela.
Además del núcleo familiar, en torno del hogar existe la familia extendida, formada por los parientes cercanos, los tíos, los sobrinos y los primos. Esa familia extendida suele ser también una fuente muy útil y valiosa de apoyo mutuo. Es muy bueno cuando hay relaciones estrechas entre los parientes cercanos, hermanos, tíos y primos de ambos sexos. Juntos forman un clan que puede ser de gran ayuda en situaciones de emergencia de todo tipo, no sólo relacionadas con el hogar, pero en particular en éstas. Como, por ejemplo, si la mamá se enferma y no puede ocuparse de su casa, viene una pariente cercana que se hace cargo de la casa momentáneamente, cocina y se ocupa de los niños pequeños.
Un ejemplo bíblico patente lo vemos en el caso de María que, cuando se enteró de que su pariente Isabel estaba embarazada, fue a acompañarla durante un tiempo para ayudarla en ese trance.
Esas situaciones se daban sobre todo antes, cuando el ritmo de vida era menos intenso, las mujeres no solían trabajar como ahora, y las distancias eran menores. Hoy en día los vínculos de parentesco entre nosotros se han aflojado un poco, como ocurre en los EEUU y en Europa.
La unión de las familias extendidas suele estar basada en el recuerdo de padres, o abuelos, o antepasados justos, que sentaron un buen ejemplo y que dejaron una huella en sus descendientes, creando un sentido de unidad y solidaridad entre ellos.
Cuando son unidos los miembros de la familia nuclear se apoyan mutuamente de una manera espontánea. Los padres apoyan a sus hijos: los alimentan, los visten, los mandan al colegio, y si está dentro de sus posibilidades, les proporcionan una educación superior para que tengan una profesión y hagan una carrera y, además, si pueden, les dejan una herencia.
Los padres suelen estar pensando anticipadamente en qué les van a dejar a sus hijos, en términos de propiedades, negocios, etc., aunque la mejor herencia es una buena educación en el Señor.
A su vez, cuando son adultos, los hijos apoyan a sus padres ancianos, sea económicamente cuando es necesario, pero, sobre todo, con su compañía, con su cariño y su cuidado. Es muy triste cuando los hijos dejan de visitar a sus padres ancianos y se olvidan de ellos.
Un caso interesante, aunque se trataba de la nuera, es el de Rut que, cuando enviudó siendo todavía joven, renunció a quedarse en su tierra para casarse con un joven que la pretendiera, con el fin de acompañar a su suegra Noemí a su Belén natal, para que no regresara sola. Pero Dios premió su fidelidad, dándole en su nueva patria como marido a un hombre de fortuna, a Booz, que admiraba la forma cómo ella se había comportado con su suegra. ¿Y quién descendió del matrimonio que formaron? Nada menos que el rey David, y después, nuestro Salvador, Jesús, a través de José.
Las familias unidas, en las cuales han reinado, y siguen reinando, esos cuatro elementos, son inquebrantables. Son como fortalezas ante los ataques del enemigo, y un ejemplo para la sociedad que ve en ellas una manifestación de la intervención de Dios en la vida hogareña, porque eso no es obra humana sino divina.
La unión familiar es instintiva en el ser humano. Existe no sólo en el cristianismo y en el judaísmo. Se encuentra también en otros pueblos, en otras culturas, y en otras religiones, como en el Islam, en donde, aunque la poligamia está permitida, las familias suelen ser muy unidas. Se da también en el hinduismo, en los pueblos primitivos y paganos de África y de Oceanía, y en las tribus de la selva peruana.
Es Dios quien ha puesto en el hombre el instinto de la procreación y, como su complemento, el instinto de la unión familiar.
De ahí que podamos afirmar sin temor a equivocarnos, que la familia es uno de los aspectos más importantes del plan de Dios para el ser humano. Por ese motivo al comienzo del libro del Génesis dijo Dios: “No es bueno que el hombre esté solo; le haré una ayuda idónea.” (Gn 2:18). ¿Por qué no dijo también: No es bueno que la mujer esté sola? Porque cuando la creó ya existía el hombre. Pero también, creo yo, porque la mujer, a pesar de su aparente fragilidad, está más capacitada que el hombre para subsistir sola.
Para finalizar, preguntémonos. ¿Para qué creó Dios al hombre y a la mujer? Los creó el uno para el otro, y para que su amor fuera un reflejo del amor que une a las tres personas de la Trinidad. Es bueno que los esposos sean concientes de ese aspecto trascendental de su amor.
Démosle gracias a Dios por su sabiduría y por su bondad; porque creó al hombre y a la mujer para que fuesen felices juntos, haciéndose felices el uno al otro; y para que le den hijos que lo amen, formando familias sólidas y unidas que den testimonio de su presencia en el mundo.
NB. Este artículo y el anterior del mismo título están basados en una enseñanza dada en una reunión del Ministerio de la Edad de Oro, el 26.09.12.
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Amado lector: Si tú no estás seguro de que cuando mueras vas a ir a gozar de la presencia de Dios, es muy importante que adquieras esa  seguridad, porque no hay seguridad en la tierra que se le compare y que sea tan necesaria. Con ese fin yo te invito a pedirle a Dios por tus pecados haciendo la siguiente oración:
   “Yo sé, Jesús, que tú viniste al mundo a expiar en la cruz los pecados cometidos por todos los hombres, incluyendo los míos. Yo sé también que no merezco tu perdón, porque te he ofendido conciente y voluntariamente muchísimas veces, pero tú me lo ofreces gratuitamente y sin merecerlo. Yo quiero recibirlo. Me arrepiento sinceramente de todos mis pecados y de todo el mal que he cometido hasta hoy. Perdóname, Señor, te lo ruego; lava mis pecados con tu sangre; entra en mi corazón y gobierna mi vida. En adelante quiero vivir para ti y servirte.”
#748 (14.10.12). Depósito Legal #2004-5581. Director: José Belaunde M. Dirección: Independencia 1231, Miraflores, Lima, Perú 18. Tel 4227218. (Resolución #003694-2004/OSD-INDECOPI).