lunes, 29 de agosto de 2011

LA INQUIETUD DE ZAQUEO II

Por José Belaunde M.

A PROPÓSITO DE LUCAS 19:1-10
(Transcripción de una charla dada en el ministerio de la “Edad de Oro”)


Al terminar el artículo anterior Jesús, que se había invitado a sí mismo a casa de Zaqueo, se preparaba para ser acogido por el publicano. Apenas llegó Zaqueo exclamó: “La mitad de mis bienes doy a los pobres; y si en algo he defraudado a alguno, se lo devuelvo cuadruplicado.” (v. 8). Zaqueo se había vuelto loco. Él, que se había dedicado la vida entera acumular dinero por cuenta de los romanos, y a juntar de paso plata para sí, ahora quiere regalar la mitad de su fortuna.

Oye Zaqueo ¿qué te ha pasado? ¿Estás mal de la cabeza? ¿Te has vuelto chiflado? ¿Qué te ha ocurrido? Antes de que Jesús le diga nada declara: “Señor, la mitad de mis bienes doy a los pobres, y si en algo he defraudado a alguien en el cobro de impuestos, (su conciencia lo acusaba de que lo había hecho), le voy a devolver lo que le cobré de más multiplicado por cuatro.” De ser un hombre avaro, codicioso, de pronto Zaqueo se ha convertido en un hombre generoso, como estoy seguro lo somos nosotros los que estamos acá.

Pero ¿no ocurre eso con frecuencia, que cuando un hombre es tocado por Dios se vuelve desinteresado? ¿No es eso lo que ocurre? Aquí en esta sala no hay avaros, aquí no hay codiciosos, ¿no es cierto? Porque todos somos cristianos generosos como debemos ser. A nadie de los que estamos acá le duele soltar el monedero o la billetera. Yo doy fe de ello.

Pero inquiramos más profundamente. ¿Qué movió a Zaqueo a hacer ese acto de generosidad? Inconcientemente él reconoce que para recibir dignamente a Jesús como huésped, la casa de su alma -dice Juan Crisóstomo- debe ser adornada con limosnas y actos de desprendimiento. Al regalar la mitad de su fortuna él se hizo imitador de Aquel que se hizo pobre para que nosotros fuéramos enriquecidos. Él sembró abundantemente para poder cosechar algún día con abundancia en el reino de los cielos.

Pero notemos algo interesante. Jesús no le dice a Zaqueo: “No, Zaqueo; tú tienes que vender todos tus bienes, no sólo la mitad. Tienes que venderlo todo y dárselo a los pobres”, como le dijo una vez a un joven rico que conocemos (Lc 18:22). Jesús no le dice eso. ¿Por qué no le dice a Zaqueo lo mismo que le dijo a ese joven rico? A Zaqueo le permite que guarde la mitad de sus bienes ¿Saben ustedes el motivo?

Lo que yo sé es que Jesús, como hace siempre Dios, trata individualmente a cada persona. A unos les exige tal cosa, a otros les pide tal otra, a otros no les pide nada. Es como el médico que da la receta que conviene a cada enfermo según sea la enfermedad, no tiene una norma fija, una misma receta para todos, como solemos hacer nosotros. Imagínense un médico que va donde un enfermo al que le duele la cabeza y le da su receta: “Tome tal cosa.” Y luego viene otro enfermo al que le duele el pie y le receta lo mismo; y viene otro al que le duele el estómago y le da la misma receta. No pues. Jesús trata a cada persona según su condición, como el doctor consumado de las almas que es.

Él tenía sus razones para no exigirle a Zaqueo que venda todas sus posesiones. Implícitamente le está diciendo: “Está bien que regales la mitad y que te quedes con el resto.” Además Zaqueo ha dicho que va a devolver el cuádruple a cada persona a la cual hubiera engañado en el cobro de impuestos. Para poder hacerlo necesitaba contar con los medios, esto es, necesitaba guardar una parte de su fortuna. Pero notemos que en su propósito de resarcimiento Zaqueo va más allá de lo que exigía la ley de Moisés que mandaba que si uno había cobrado de más a una persona, tenía que devolverle lo que le cobró en exceso más el 20%, esto es, más la quinta parte (Lv 6:5). Eso era lo que la ley de Moisés exigía. Zaqueo lo sabía porque todo el mundo en esa época en Israel conocía la ley. Pero él va mucho más allá. Como su corazón ha sido cambiado él se propone dar como compensación de lo defraudado en la misma proporción de lo que la ley exigía dar por el robo de una oveja, esto es, cuatro ovejas (Ex 22:1).

¿Recuerdan lo que una vez dijo Jesús: que era más difícil que un rico se salve que un camello pase por el ojo de una aguja? El rico Zaqueo fue salvo al ver a Jesús. Esto es, pasó por el ojo de una aguja (Nota). Notemos que las riquezas pueden ser una oportunidad para la salvación, o una ocasión de perdición; una ayuda para la virtud, o una tentación al vicio. No es un crimen poseerlas, pero sí lo es no saber usarlas bien.

Y miren, tampoco le dice Jesús a Zaqueo: “En adelante vas a dejar de ser cobrador de impuestos. Ya no vas a hacer eso, sino que vas a venir detrás mío”, como le dijo a Leví (esto es, a Mateo). Al comienzo del evangelio de Marcos leemos que Jesús encontró a Mateo sentado a la mesa de los tributos y le dijo: “Tú, ven y sígueme”, y Mateo se convirtió en un discípulo suyo (Mr 2:13,14). ¿Por qué no le dijo Jesús a Zaqueo lo mismo? Sus razones tendría Jesús para que Zaqueo siguiera desempeñando el oficio de cobrador de impuestos por cuenta de los romanos. Finalmente era una función necesaria porque el estado no puede vivir si no se cobran impuestos, nos guste o no nos guste. Pero Jesús sabía que en adelante Zaqueo iba a ser un recaudador justo, y posiblemente hasta compasivo, y que no iba a explotar a nadie, sino que quizás hasta él pondría de su parte cuando veía que la persona era pobre, o que no le alcanzaba. Zaqueo había sido cambiado, ya no iba a extorsionar a nadie.

Dios tiene necesidad de que haya personas justas y de un corazón noble en los puestos públicos. Dios tiene necesidad de funcionarios que sean rectos en su manera de actuar. De manera que Jesús, al haber puesto su puntería en Zaqueo, estaba pensando posiblemente en esa necesidad, que la administración pública es necesaria, que no se puede prescindir de ella, pero que se requieren hombres justos, buenos, rectos y misericordiosos en esas funciones. Nosotros tenemos que pedirle a Dios que coloque a tales personas en los lugares altos de nuestra patria, para que puedan gobernar de una manera justa y recta. Necesitamos de Zaqueos en el gobierno y en la administración pública, de Zaqueos convertidos, claro está; no de Zaqueos de antes, sino después de haber nacido de nuevo.

Zaqueo estaba ahora sinceramente arrepentido de cómo había actuado antes, de cómo había abusado de la gente, desde su posición privilegiada, y ahora se ha propuesto que no va a actuar más de esa manera. Entonces Jesús al escuchar las palabras con que Zaqueo le recibe en su casa, mostrando que es un hombre cambiado, exclama: “Hoy ha venido la salvación a esta casa; por cuanto él también es hijo de Abraham.” Esas palabras quieren decir que la salvación no solamente ha venido a Zaqueo personalmente, sino que ha venido a todos los suyos. ¿Qué cosa quiere decir “casa” en la Biblia? La familia, el hogar, incluyendo a su mujer, y a sus hijos, si los tuviere, y hasta al personal doméstico. La salvación ha venido a la casa entera.

Cuando Dios entra en un hogar todos se salvan. No lo vemos inmediatamente, pero ocurre en lo invisible. Primero cae uno, después cae otro y otro, hasta que todos se convierten. ¿No lo han visto ustedes? Cuando se convierte uno, todos empiezan a caer en las manos de Dios como fichas de dominó, y se convierten todos.

“Hoy ha venido la salvación a esta casa”. ¿Ha venido la salvación a tu casa? Ora por ella como oro yo por la mía, para que se cumpla la frase que Pablo le dice al carcelero de Filipos: “Cree en el Señor Jesús, y serás salvo, tú y tu casa.” (Hch 16:31). Porque tú has creído, porque el jefe de familia ha creído, serán salvos todos los de su hogar, todos los que dependen de él.

¡Qué importante es que el hombre se convierta! ¡Que el varón, que es el sacerdote del hogar, se convierta! Una vez que él se convierte todos los demás también lo harán. Pero con frecuencia ocurre que no es el hombre el que se convierte primero, sino la mujer, porque las mujeres suelen ser más receptivas a las cosas de Dios. No está mal que eso ocurra, porque ella influye en el marido. Cuando el marido se da cuenta de que ella ha experimentado un cambio, se pregunta: “¿Qué le paso a ésta? Ya no me regaña, no pelea conmigo. Ahora me cocina bien. Cuando vengo del trabajo ya no encuentro la comida fría, sino calentita. Ahora me engríe, me acaricia, no me trata mal. ¿Qué le ha pasado? ¿Se habrá vuelto loca?” Loca si, pero loca de amor por Dios, y de refilón, por su marido. Ella ha redescubierto las cosas que le gustaron en él cuando recién se conocieron.

Jesús dijo: “Por cuanto él es también un hijo de Abraham.” Es interesante pensar que el hecho de que Zaqueo estuviera al servicio de una potencia extranjera, y de que ejerciera un oficio despreciado por la mayoría, no quitaba que él siguiera siendo un miembro del pueblo escogido, y que siguiera siendo un heredero de las promesas de Abraham. Cuando un joven peca, o comete un delito que deshonra a su familia, a su apellido, su padre en castigo lo deshereda y lo expulsa de su casa. Pero eso no quita que siga siendo su hijo, que siga siendo un miembro de su familia. Algún día, Dios mediante, se rehabilitará y será recibido en el hogar como lo fue el hijo pródigo.

Los judíos piadosos de su tiempo despreciaban a Zaqueo, pero cuando uno se convierte todos sus pecados le son perdonados y nadie tiene el derecho de echárselos en cara, porque Dios ya lo ha perdonado y los ha olvidado. Nosotros debemos hacer lo mismo.

Al que ha vuelto al redil no podemos seguir reprochándole sus faltas pasadas. Si ya Dios se los perdonó ¿qué derecho tenemos nosotros para juzgarlo?

Lucas concluye el episodio con la declaración solemne de Jesús acerca de la misión que lo trajo a la tierra: “Porque el Hijo del Hombre vino a buscar y a salvar lo que se había perdido.” (v. 10) Eso es lo que Él vino a hacer aquí abajo. No vino para buscar a los buenos. Vino a buscar y a salvar a los pecadores, a los que estaban alejados de Dios e iban camino al infierno. Él no vino para darse un paseo, no vino de turista, sino vino a morir por nosotros. Vino para llevar en su cuerpo en el madero los pecados de todos nosotros (1P 2:24), hombres y mujeres de todos los siglos, de toda la humanidad, para que no pereciéramos eternamente.

Él había venido a buscar y a salvar a los pecadores. Igual tenemos que hacer nosotros: Ir a buscar a los perdidos, a los que no conocen a Dios, para hablarles del evangelio, a fin de que sean salvos. Eso lo podemos y debemos hacer todos. Nosotros no nos hemos jubilado de la iglesia. Nos hemos jubilado quizá de nuestro trabajo, pero para Dios nadie se jubila. Así que si tú tienes un amigo, o una amiga, de tu edad, o que no sea de tu edad, la que sea, que no conoce a Dios y que puede venir a las reuniones que tú asistes en tu iglesia, invítalo para que venga y su corazón sea tocado. No dejes de hacerlo. Tráelo a ese conocido tuyo, a esa conocida tuya, que se ha extraviado. Que venga acá, y pueda ser tocado por Dios y ser transformado, como muchos de ustedes los han sido.

Fíjense qué interesante, y con esto concluyo: Zaqueo se convirtió porque tenía curiosidad de ver a Jesús. Eso fue lo que lo movió a él; quería ver quién era este Jesús de quien todos hablaban.

¡Cuántas personas habrán entrado a un templo cristiano solamente por curiosidad, para ver qué pasa, para ver qué hacen ahí!

Les voy a contar una historia real. Hace algunos años el ministerio de consolidación de nuestra iglesia estaba confiado a un grupo de personas a cargo de un hermano fiel. Un grupo de personas venían al templo todos los domingos por la mañana, y otro grupo venía por la tarde. Yo servía en dos servicios por la mañana. Una mañana me tocó ocuparme de un joven que estaba muy conmovido, tocado hasta lo más profundo de su alma por lo que había experimentado, por la palabra que había escuchado. Era muy edificante ver lo emocionado que estaba. Entonces le pregunté: ¿Cómo así viniste a la iglesia? ¿Quién te trajo? Y me contestó: Yo estaba pasando por aquí y como vi que había una cola larga pensé: “De repente están regalando algo, entraré a ver.” Entró a la iglesia porque creyó que estaban regalando algo y que la gente hacía cola por ese motivo. Fue por lana y salió trasquilado, pero de la mejor manera, porque le quitaron de encima los pecados que tenía al entrar, y recibió el regalo de la salvación que no esperaba.

Recibió el mejor regalo, aunque sólo había entrado por curiosidad. Él entró movido no por un interés espiritual sino por uno material. No buscaba a Dios, buscaba que le regalaran algo, como hace mucha gente. Pero Dios aprovechó su ánimo interesado para tocar su corazón.

Ahora bien, Zaqueo era rico. No obstante se salvó a pesar de que Jesús había dicho: “¡Qué difícil es que los ricos entren en el reino de los cielos!” Es difícil porque tienen el corazón endurecido. ¿De qué depende que se conviertan los que tienen mucha plata en el banco? De que se arrepientan de su codicia y dejen de aferrarse a su dinero, y de que estén dispuestos a compartirlo con otros.

Yo creo que esto nos habla a todos nosotros. Arrepintámonos también nosotros de nuestra codicia. Quizá todavía haya en nuestro corazón un rezago de nuestra codicia pasada, y haya quedado una pequeña parte de nuestro corazón que no se ha convertido del todo al Señor.

Lutero, el gran reformador, decía que el hombre no se ha convertido realmente hasta que su billetera no lo haya hecho, y que eso era lo más difícil. Así que ya saben. Nosotros tenemos que ser como Zaqueo y buscar a Jesús como quiera que sea y no dejarnos amilanar por los obstáculos. Tengamos en cuenta que hay mucha gente en el mundo que tiene una gran necesidad de Dios, pero no sabe cómo encontrarlo. De repente nosotros podemos ser el instrumento que Dios use para atraer a esa persona hacia Él. Así que, repito, no dejen de traer a estas reuniones a sus amigos y amigas de la edad adecuada, porque aquí podrán recibir el mejor regalo que puedan imaginar, que es conocer a Dios.

Nota: Las palabras “Ojo de una aguja” no se refieren a la aguja de coser que conocemos, sino era en ese tiempo el nombre que se daba a las pequeñas puertas que había al pie de las murallas de las ciudades en Israel, para que una vez caída la noche y cerradas por razones de seguridad las grandes puertas de la ciudad, los comerciantes pudieran hacer entrar a sus camellos despojados de su carga y arrastrándose de rodillas, operación por cierto difícil, porque los camellos se resistían.

Amado lector: Si tú no estás seguro de que cuando mueras vas a ir a gozar de la presencia de Dios, es muy importante que adquieras esa seguridad, porque no hay seguridad en la tierra que se le compare y que sea tan necesaria. Como dijo Jesús: “¿De que le sirve al hombre ganar el mundo si pierde su alma?” (Mt 16:26) ¿De qué le serviría tener todo el éxito que desea si al final se condena? Para obtener esa seguridad tan importante yo te invito a arrepentirte de tus pecados, pidiendo perdón a Dios por ellos, y entregándole tu vida a Jesús, haciendo una sencilla oración como la que sigue:
“Yo sé, Jesús, que tú viniste al mundo a expiar en la cruz los pecados cometidos por todos los hombres, incluyendo los míos. Yo sé también que no merezco tu perdón, porque te he ofendido conciente y voluntariamente muchísimas veces, pero tú me lo ofreces gratuitamente y sin merecerlo. Yo quiero recibirlo. Me arrepiento sinceramente de todos mis pecados y de todo el mal que he cometido hasta hoy. Perdóname, Señor, te lo ruego; lava mis pecados con tu sangre; entra en mi corazón y gobierna mi vida. En adelante quiero vivir para ti y servirte.”

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