lunes, 5 de julio de 2010

CÓMO HACER LA VOLUNTAD DE DIOS

Por José Belaunde M.
En el Padre Nuestro decimos: “Hágase tu voluntad así en la tierra como en el cielo.”
¿Por qué pedimos eso? ¿Acaso tiene Dios necesidad de nuestra ayuda para que se haga su voluntad? ¿No podría Él imponernos su voluntad para que la hagamos? Podría hacerlo, pero no quiere hacerlo, porque Él nos ha hecho libres. Él no quiere que los seres humanos seamos como robots, que obedezcan sus órdenes automáticamente, sino quiere que hagamos su voluntad voluntariamente, no obligados.
Entonces, repito: ¿Por qué pedimos eso? O mejor dicho: ¿Por qué nos enseñó Jesús a decir eso? ¿Por qué nos enseñó Jesús a pedirle al Padre que su voluntad se haga en la tierra tal como se hace en el cielo? ¿Cómo se hace la voluntad de Dios en el cielo? ¿Podemos imaginar que alguien discuta la voluntad de Dios en el cielo? No, de ninguna manera. En el cielo todos hacen la voluntad de Dios inmediatamente, gozosamente. Por eso dijo Jesús: “Hágase tu voluntad así en la tierra como en el cielo.” Sin chistar. Así quiere Dios que se haga su voluntad en la tierra.
¿Por qué pues nos enseñó Jesús a orar de esa manera? Porque en la tierra no se hace la voluntad de Dios. Es decir, más exactamente, porque los hombres no hacen la voluntad de Dios.
¿Por qué no la hacen? A causa del pecado que corrompió su naturaleza y que hace que los hombres no quieran hacer su voluntad. Y eso, desde Adán.
Conocemos lo que dice Pablo en Rm 3:23: “Por cuanto todos pecaron y están destituidos de la gloria de Dios”. Todos, sin excluir a nadie. También el que escribe estas líneas y el que las lee, todos fuimos destituidos de la gloria de Dios, hasta que el Señor nos salvó.
Pero la mayoría de los seres humanos no conocen a Dios, están alejados de Dios; no son salvos y no hacen la voluntad de Dios, sino la voluntad del diablo.
¿Cuál es la consecuencia que se sigue inevitablemente de que los seres humanos no hagan la voluntad de Dios? La infelicidad humana, porque la voluntad de Dios es lo mejor para el hombre. Al negarse a cumplir la voluntad de Dios y preferir seguir, en cambio, sus propios caprichos, el hombre siembra la semilla de su sufrimiento.
El hombre es infeliz porque cuando peca, hace cosas que a la corta o a la larga tienen malas consecuencias. Al comienzo no las siente y se agrada en su pecado, pero tarde o temprano, las consecuencias de su pecado le alcanzan (Nm 32:23).
La sociedad entera sufre las consecuencias del pecado. Las familias son destruidas a causa del pecado de la infidelidad matrimonial. La gente padece pobreza a causa de la explotación, que es un grave pecado. Hay guerras entre los países por conflictos territoriales, por ambiciones desmedidas de algunas naciones, por el odio entre los pueblos. Es decir, el pecado le trae graves consecuencias a la sociedad humana.
Si todos hicieran la voluntad de Dios en la tierra, el mundo sería un paraíso. De hecho, la vida en el Edén era un paraíso. Adán y Eva eran felices hasta el momento en que pecaron. Pero cuando pecaron fueron expulsados de ese paraíso que era su hogar (Gn 3), y empezaron una vida de sufrimiento y de gran dolor, comenzando por el asesinato de su hijo Abel, por su hermano Caín. Con ese primer crimen comenzó la cadena sin fin de asesinatos que ha causado, y sigue causando, un gran infortunio a la humanidad.
El ser humano, el hombre natural, vive en una tensión permanente entre hacer lo bueno, e.d., la voluntad de Dios (que conoce instintivamente porque tiene una conciencia que se lo revela), y que es “buena, agradable y perfecta” (Rm 12:2), y hacer el mal, siguiendo los impulsos de su carne, que se oponen a la voluntad de Dios. Todos los seres humanos experimentan esa tensión.
El lugar clásico donde se expone la lucha entre el hacer la voluntad de Dios y seguir los impulsos de la carne es Rm 7:18-20: “Yo sé que en mí, esto es, en mi carne, no mora el bien; porque el querer el bien está en mí, pero no el hacerlo. Porque no hago el bien que quiero, sino el mal que no quiero, eso hago. Y si hago lo que no quiero, ya no lo hago yo, sino el pecado que mora en mí.”
Esos versículos nos hablan de la lucha que se produce en la mente del pecador que no puede hacer el bien que quiere sino que hace el mal que no quiere. (v. 15,16) ¿Quién de nosotros no ha experimentado esa lucha entre querer hacer el bien y no hacerlo, y no querer hacer el mal y, sin embargo, hacerlo? Esa es la lucha en que nosotros vivíamos antes de conocer a Cristo. Pecábamos porque éramos pecadores. Nos librábamos de las tentaciones cayendo en ellas, pero luego volvían con más fuerza y volvíamos a caer. Ese es el mecanismo implacable de la cadena bajo la cual gime el pecador. Para librarnos de ella el Señor nos enseñó a orar: “No nos dejes caer en tentación”, porque cuando somos tentados, caemos.
Él pecador vive dominado por “la ley del pecado y de la muerte.” (Rm (8:1)
Pero también el cristiano nacido de nuevo conoce esta lucha entre el bien y el mal dentro de sí. ¿Hay algún cristiano que pueda decir que viva tan santamente que nunca peque? El predicador escribió: “No hay hombre justo en la tierra que haga el bien y nunca peque.” (Ecl 7:20). Todos tenemos que reconocer que aunque amamos a Dios y deseamos hacer su voluntad, alguna vez caemos.
¿Cómo es posible que suceda eso si se supone que “la ley del espíritu de vida en Cristo Jesús nos ha librado de la ley del pecado y de la muerte”? (Rm 8:2) Si eso es cierto ¿por qué seguimos pecando?
Porque no nos hemos despojado enteramente del hombre viejo que todavía vive en nosotros (Ef 4:22), y no nos hemos vestido del todo del “hombre nuevo creado según Dios en la justicia y santidad de la verdad.” (Ef 4:24). ¿Quién es el hombre viejo? El que pecaba constantemente, con todos sus malos hábitos y sus malas costumbres y tendencias.
Pero el cristiano nacido de nuevo está también entrampado en esa lucha entre la carne y el espíritu: “Porque el deseo de la carne es contra el Espíritu, y el del Espíritu es contra la carne; y ambos se oponen entre sí para que no hagáis lo que quisiereis.” (Gal 5:17).
La carne nos quiere llevar para un lado y el espíritu nos jala para el otro. ¿Quién no conoce esa lucha?
Por eso Pablo exclama: “¡Miserable de mí! ¿Quién me librará de este cuerpo de muerte?" (Rm 7:24)
Pero Pablo nos da también un secreto para vencer al viejo hombre en nosotros que todavía reclama sus derechos: “Los que son de la carne piensan en las cosas de la carne, pero los que son del Espíritu, piensan en las cosas del Espíritu” (Rm 8:5).
El hombre viejo en nosotros piensa todavía en las cosas de la carne, está anclado en ellas, pero el hombre nuevo piensa en las cosas del Espíritu.
¿Qué cosa es, en buenas cuentas, esto es, en la práctica, pensar en las cosas de la carne? ¿Qué significa? ¿Cuál es la consecuencia de pensar en las cosas de la carne? El que piensa en las cosas de la carne, alimenta su carne, es decir, la fortalece. Pero, al contrario, el que piensa en las cosas del Espíritu, alimenta su espíritu y lo fortalece.
En las peleas de perros que antes había –pero que ya felizmente fueron prohibidas- ¿Qué animal era el que ganaba? El que había sido mejor entrenado y alimentado.
Algo parecido sucede con el boxeo. El boxeador no sólo se prepara para su próxima pelea sometiéndose a un fuerte entrenamiento, sino que se alimenta muy bien. ¿Imaginan ustedes a un boxeador que le pidiera al Señor que le conceda la victoria en su próximo match, y que se pusiera a ayunar durante siete días? Lo tumban al primer trompón.
¿Quieres que el Espíritu salga vencedor en esta lucha interna contra la carne? Según sea lo que nosotros alimentemos será fuerte: o la carne o el espíritu. ¿Qué tenemos pues que hacer? Alimentar nuestro espíritu y dejar morir de hambre nuestra carne.
Ahora bien, ¿cómo se alimenta al espíritu en nosotros? Pensando en las cosas del Espíritu y no en las cosas de la carne. Deja de pensar en las cosas de la carne y poco a poco la carne languidecerá.
Entonces nosotros nos vamos a ocupar en las cosas del Espíritu. Vamos a vivir para Dios, y nuestro espíritu será alimentado. Vamos a dejar de pensar en las cosas de la carne para que en la lucha entre el espíritu y la carne, el espíritu venza.
Pablo le dijo a su discípulo Timoteo: “Ocúpate en estas cosas…” (1Tm 4:15). Es decir, de las cosas buenas de que le ha estado hablando: “en la lectura, la exhortación y la enseñanza.” (1Tm 4:13).
Pablo también escribió: “El ocuparse de la carne es muerte, pero el ocuparse del Espíritu es vida y paz.” (Rm 8:6) ¿Qué tenemos pues que hacer? Cerrar las ventanas del alma a las cosas de la carne, es decir, cerrar los ojos a ellas. Los ojos son las ventanas del alma.
Nuestra imaginación se alimenta de lo que vemos y oímos. La imaginación es el terreno en el cual el diablo trabaja de preferencia. Él trata de darnos ideas, pensamientos, imágenes, sentimientos, que incentiven los impulsos carnales en nosotros. Él trata también de que seamos heridos, porque un corazón herido busca con frecuencia consuelo en cosas que no son buenas. O puede reaccionar con odio o resentimiento, que lo desvían del buen camino.
Entonces, cierra tus ojos a todo lo malo, a todo lo impuro, a todo lo pecaminoso. Pero no sólo tus ojos. También tus oídos, porque nuestra carne se alimenta de lo que vemos y oímos en la TV, y en revistas, periódicos, cinema, Internet, etc.
Si sabes que hay programas que son malos en sí, porque lo que muestran es pecado, no los veas. No veas ni oigas nada que ofenda a Dios.
Si lees revistas porno, o miras páginas web de ese tipo, ¿con qué alimentas tu imaginación? Con sexo sucio. Estás dando un lugar al diablo en tu mente. (Ef 4:27).
Es decir, no sólo no veas, tampoco leas ni pienses en lo malo. mantente puro y el hombre viejo languidecerá.
Cierra las ventanas del alma, esto es, los ojos, a todo lo que sea malo. Y al contrario, ábrelos a todo lo que sea bueno y puro, y el espíritu en ti se fortalecerá.
Lee la palabra de Dios. La palabra de Dios lava y purifica nuestra mente (Ef 5:26). La lectura de la palabra de Dios nos santifica. Transforma y renueva nuestra mente, como escribió Pablo: “No os conforméis a este siglo, sino transformaos por medio de la renovación de vuestro entendimiento.” (Rm 12:2a).
Sobre todo, busca el rostro de Dios para tener intimidad con Él: “Mi corazón ha dicho de ti: Buscad mi rostro. Tu rostro buscaré, oh Señor. No escondas tu rostro de mí.” (Sal 27:8).
¿Cuál es el mejor momento para buscar el rostro de Dios? En la mañana. “De mañana escuchas mi voz; de mañana me presento delante de ti y espero.” (Sal 5:3).
Busca la compañía de Jesús en oración para que su santidad se te contagie.
Las enfermedades se adquieren por contagio, pero las cosas buenas, las virtudes, también. Si yo busco la presencia de Dios me voy a contagiar de las cualidades de Dios. Se me van a pegar de alguna manera, por el solo hecho de tratar con Él, de hablar con Él. Es decir, la gracia de Dios va a venir sobre mí y me va a comunicar los rasgos del carácter de Jesús; los frutos del Espíritu Santo van a florecer en mí. ¿No quieren ustedes contagiarse de las virtudes de Dios? Ese es un santo contagio.
Los apóstoles, una vez que se fue Jesús, ¿creen ustedes que actuaban como pecadores? Había algo en ellos que hacía que la gente reconociera que habían estado con Jesús, como cuando llevaron a Pedro y a Juan al Sanedrín (Hch 4:13). ¿En qué lo reconocieron? .Algo se les había pegado de la manera de actuar y de hablar de Jesús. ¿Por qué se les había pegado? Porque habían vivido con Él durante tres años. Se les habían pegado los modales, las palabras, las actitudes de Jesús. Y eso es lo que debemos buscar.
¿Cómo buscar a Jesús? ¿Cómo conocerlo? Ya lo he dicho, mediante la intimidad de la oración. Pero también por la lectura de los evangelios. Ahí está su personalidad retratada.
¿Hay alguien aquí a quien Dios le haya hablado en oración alguna vez con voz audible? A mí sí una vez, porque se lo había pedido con insistencia y lo necesitaba. Pero Dios nos habla constantemente. No siempre con una voz audible, sino de muchas otras maneras, en especial a través de la lectura de su palabra, y a través de nuestros propios pensamientos. Nosotros reconocemos en oración que hay ideas que vienen a nuestra mente que no son nuestras, que vienen de Dios. Dios nos habla. Él no está silencioso, sólo que no abrimos los oídos y no reconocemos que es la voz de Dios la que nos está hablando, a pesar de que Jesús dijo que sus ovejas oyen y conocen su voz. (Jn 10:3,4)
Dios nos habla con diferentes propósitos: para guiarnos, para consolarnos, para fortalecernos, pero sobre todo, para que conozcamos su voluntad específica.
¿Cuál es la voluntad de Dios para nosotros, los cristianos, en términos generales? Antes que nada, nuestra santificación. (1Ts 4:3).
A los jóvenes Pablo les dice: Huid de las pasiones juveniles. (2Tm 2:22) ¿Qué más dice en ese pasaje? “Sigue la justicia (es decir, la rectitud de conducta), la fe, la paz y el amor.” Ahí están expresados en cápsula cuatro aspectos de nuestra santificación.
Esa es la voluntad de Dios para todos nosotros.
Ahora bien, todos queremos que se haga la voluntad de Dios en nuestras vidas, no sólo en general, sino también su voluntad específica, personal, para nosotros. Queremos que Dios guíe nuestros pasos. ¿Cómo lograrlo?
El primer paso es desearlo con todo el corazón. Hacer la voluntad concreta de Dios debe ser la pasión de nuestra vida. Jesús dijo: “Mi alimento es hacer la voluntad del que me envió.” (Jn 4:34)
Cuando Pablo fue derribado por el Señor en el camino de Damasco, ¿qué fue lo primero que dijo? “Señor ¿qué quieres que haga?” (Hch 9:6) Ésa debe ser nuestra pregunta constante.
Si deseamos de todo corazón hacer la voluntad de Dios, Él empezará a guiarnos. Pero ¿cómo reconocer la voz de Dios?
Segundo paso: Todo deseo, o proyecto, o propósito que perturbe la paz de nuestro corazón, no proviene de Dios sino del diablo.
“Mucha paz tienen los que aman tu ley y no hay para ellos tropiezo.” (Sal 119:165)
Los proyectos del diablo producen inquietud en el alma. Los proyectos de Dios producen seguridad y paz. Ésa es una señal bastante segura acerca de cuál es el origen de nuestros deseos y proyectos.
Tercer paso: Todo lo que me aleja de Dios, todo proyecto, toda intención, en suma, todo lo que enfría mi fervor, es contrario a la voluntad de Dios.
Todo lo que me acerca más a Dios, lo que me hace amarlo más, está de acuerdo con la voluntad de Dios.
Hay impulsos, pensamientos, aficiones, lecturas, compañías, amistades, conversaciones, que nos alejan de Dios, que enfrían nuestro fervor. No son conformes a la voluntad de Dios. Por algo dice Proverbios: “Reconócelo en todos tus caminos y Él enderazará tus veredas.” (Pr 3:6)
Cuarto paso: Todo lo que contamina mi alma es contrario a la voluntad de Dios.
“Guarda tu corazón con toda diligencia, porque de él mana la vida.” (Pr 4:23) Cuida muy bien lo que entra en tu corazón, porque tiene consecuencias.
“Por lo demás, hermanos, todo lo que es verdadero, todo lo honesto, todo lo justo, todo lo puro, todo lo amable, todo lo que sea de buen nombre, si hay virtud alguna, si algo digno de alabanza, en esto pensad.” Flp 4:8
Lo que tienes en el corazón dirige tu vida. Nuestros pensamientos tienden a convertirse en actos.
El ladrón no piensa en ganarse honestamente la vida, sino en cómo robar, asaltar o estafar.
El trabajador honesto no piensa en robar, sino en hacer mejor su trabajo.
Quinto paso: “Dad gracias a Dios en todo, porque esa es la voluntad de Dios para nosotros.” (1Ts 5:18) Sea bueno o sea malo, me guste o no me guste lo que sucede, nada ocurre sin que Dios lo quiera o lo permita y debo darle gracias por ello.
Para hacer la voluntad de Dios, debo amar la voluntad de Dios, debo amar lo que Dios hace, aunque me desagrade.
Cuando agradezco a Dios por todo, y lo alabo aunque me duela, estoy manifestando que confío en Él a pesar de todo, y que Dios arreglará las cosas. Job, habiendo perdido todo, dijo: “Aunque me matare, yo en Él confiaré.” (Jb 3:15)
No puedo decirle a Dios: “Esto que has permitido que ocurra no me gusta nada. ¿Por qué me tratas así?” Más bien debo pensar que Dios me ama, que Dios me guarda y me protege, y que nada me ocurre que no sea para mi bien.
El apóstol Santiago, como si adivinara lo que a veces pensamos, nos advirtió: “Hermanos míos, tened por sumo gozo cuando os halléis en diversas pruebas.” (St 1:2)
El apóstol Pedro dice que es necesario que pasemos por pruebas, para que nuestra fe sea probada y brille como el oro. (1P 1:6) Y Pablo en Romanos nos exhorta: “¿Quién nos separará del amor de Cristo? Tribulación, o angustia, o persecución, o hambre, o desnudez, o peligro, o espada? Antes en todas estas cosas somos más que vencedores por medio de aquel que nos amó.” (Rm 8:35,37)
Hacer la voluntad de Dios puede hacernos pasar ocasionalmente por un valle de sombras oscuras, como dice el conocido salmo: “Aunque pase por un valle de sombra de muerte, no temeré mal alguno porque tú estarás conmigo. Tu vara y tu cayado me infundirán aliento.” (Sal 23:4).
Al final hemos de recoger la recompensa que Dios reserva para todos los que le aman.
Si por momentos las cosas te parecen difíciles, recuerda las palabras de Pablo: “Todo lo puedo en Cristo que me fortalece.” (Flp 4:13)
Cuando más duras parezcan las cosas, cuando mayores sean la pruebas por las cuales pasamos, es cuando más cerca está Dios de nosotros.

NB. Palabras pronunciadas en la iglesia bautista “Ebenezer” de Miraflores recientemente.
Invitación: Quisiera invitar a todos mis lectores que dominen el inglés a leer la página diaria de Charles Colson en Internet (www.breakpoint.org). Sus puntos de vista, sus opiniones, están siempre inspirados por la palabra de Dios, y nos enseñan a mirar las realidades concretas del mundo y los acontecimientos de la política a través de un sano criterio cristiano sin concesiones al mundo.

Amado lector: Si tú no estás seguro de que cuando mueras vas a ir a la presencia de Dios, es muy importante que adquieras esa seguridad, porque no hay seguridad en la tierra que se le compare y que sea tan necesaria. Como dijo Jesús: “¿De que le sirve al hombre ganar el mundo si pierde su alma?” (Mt 16:26) ¿De qué le serviría tener todo el éxito que desea si al final se condena? Para obtener esa seguridad tan importante yo te invito a hacer una sencilla oración como la que sigue, entregándole a Jesús tu vida:
“Yo sé, Jesús, que tú viniste al mundo a expiar en la cruz los pecados cometidos por todos los hombres, incluyendo los míos. Yo sé también que no merezco tu perdón, pero tú me lo ofreces gratuitamente y sin merecerlo y quiero recibirlo. Me arrepiento sinceramente de todos mis pecados y de todo el mal que he cometido hasta hoy. Perdóname, Señor, entra en mi corazón y gobierna mi vida. En adelante quiero vivir para ti y servirte.”

#629 (30.05.10) Depósito Legal #2004-5581. Director: José Belaunde M. Dirección: Independencia 1231, Miraflores, Lima, Perú 18. Tel 4227218. (Resolución #003694-2004/OSD-INDECOPI).