lunes, 20 de junio de 2011

LOS QUE HABITAN EN EL MONTE DE SIÓN II

Un Comentario del Salmo 15:3-5.


Por José Belaunde M.


3. “El que no calumnia con su lengua, ni hace mal a su prójimo, ni admite reproche alguno contra su vecino.”
Las condiciones expuestas en éste y en los dos versículos que le siguen son en realidad un desarrollo, o expansión, de los requisitos expuestos en el versículo anterior, que son las condiciones básicas. Obviamente el que camina en integridad es irreprochable en toda su conducta, y si es sincero consigo mismo, no calumnia a su prójimo.

¿Qué es calumniar? Hacer una acusación falsa contra alguno, acusarlo de algo que no ha cometido. Este es un delito mayor porque pone a la víctima en peligro, sea de perder la vida, o de ser enjuiciado, y hasta de ser llevado injustamente a la cárcel. La calumnia roba la honra de una persona, lastima su buen nombre y, aunque no sufra ningún perjuicio grave, como pudiera ser la pérdida de la libertad, le daña a la vista de los otros. Puede experimentar un daño económico al perder la oportunidad de hacer negocios que de otro modo hubiera podido realizar; o simplemente, sufrir de aislamiento social y perder amistades como consecuencia de la acusación falsa. De ahí que el Decálogo nos advierta solemnemente: “No darás falso testimonio contra tu prójimo.” (Dt 5:20).

El daño moral sufrido por el calumniado puede ser difícil de reparar, porque la información o la impresión negativa permanece tercamente en la memoria. Con buen motivo dice Proverbios: “De más estima es el buen nombre que las muchas riquezas, y la buena fama más que la plata y el oro.” (22:1). Eso no sólo porque el buen nombre levanta a la persona a los ojos de los demás, sino porque también beneficia a sus hijos, parientes, amistades y descendientes. Es un capital preciado para ellos que les abre muchas puertas. En cambio; lo contrario, las cierra.

Hay ocasiones en que el chismoso, el murmurador, puede hacer más daño que el calumniador, porque el chisme es insidioso y se extiende rápidamente como mancha de aceite. El que lo escucha se convierte en cómplice. Un autor antiguo dijo: “El chismoso tiene al diablo en su lengua, pero el que lo escucha lo tiene en el oído.” No está demás recordar que Moisés prohibió tanto el “falso rumor” como el dar falso testimonio en juicio (Ex 23:1). Por eso debemos rehusarnos a escuchar hablar mal de otros.

Si no podemos hablar bien de alguno, mejor es que callemos. “La lengua –dice St 3:6- es un fuego, un mundo de maldad… e inflama la rueda de la creación.” Por eso es bueno que pongamos un freno a nuestra boca cuando nos sentimos tentados de hablar mal de alguno… aunque lo merezca (¿No lo merecemos nunca nosotros?). El que ama a su prójimo cubre sus faltas (Pr 10:12); no las divulga, sino las disimula para no perjudicarlo.

Hacer daño al prójimo comprende todo un abanico de posibilidades, además de las ya mencionadas, incluyendo el daño físico. Pero en el contexto de la cultura agrícola predominante en Israel, el daño aquí parece más referirse a asuntos de tipo económico, o territorial, como podría ser una operación comercial dolosa, o una apropiación ilícita, o mover los linderos de una heredad, o violar un pacto, etc. Pero también daña al prójimo el trato despectivo, humillante, y más aun, el insulto. Sea como fuere, el hombre justo y sabio es conciente de que el que hace algún agravio a su prójimo, en última instancia se lo hace a sí mismo.

El que “admite reproche… contra su vecino” muchas veces lo hace contra la prudencia y contra la justicia. David escuchó la calumnia de Siba, el siervo de Mefiboset, contra su amo, y sin examinar bien el asunto ni exigir una prueba, precipitadamente le adjudicó los bienes del hijo de Jonatán, que era inocente (2Sam 16). Cuando más tarde Mefiboset tuvo oportunidad de presentar su versión de los hechos, David, no sabiendo a quién creer, ordenó repartir los bienes entre ambos, cometiendo una injusticia con el hijo inválido de su amigo íntimo ya muerto (2Sam 19:24-30). Evitemos caer en ese tipo de error.

4. “Aquel a cuyos ojos el vil es menospreciado, pero honra a los que temen a Jehová. El que aun jurando en daño suyo, no por eso cambia.”
En este versículo se expresan dos condiciones que con mucha frecuencia son contradichas en la práctica por la gente. El vil no suele ser menospreciado; más bien ocurre lo contrario. Si goza de una posición social encumbrada o tiene dinero, es elogiado y hasta adulado por la gente como si fuera una persona digna de aprecio. Ante el dinero y el poder todos (o casi todos) se inclinan. Eso lo hacen obviamente no de una manera desinteresada, sino porque esperan cosechar algún beneficio a cambio de su adulación. Pero si no lo recibieran, se volverían contra el que los ha defraudado, y le echarían en cara todos los vicios y defectos que antes ignoraron.

En cambio el justo, cuya conducta es regida por el temor de Dios, pocas veces recibe el reconocimiento que sus méritos merecen, sino más bien es dejado de lado, cuando no es atacado como si fuera un delincuente. Su rectitud suele ser un reproche para los que se han echado el temor de Dios a la espalda y viven como mejor les parece. En el mundo de los negocios el justo no suele ser apreciado porque hay transacciones en las que se niega a participar por motivos de conciencia. Su rectitud es un estorbo, e implícitamente, un reproche para los que saben que actúan mal.

La Biblia nos ofrece un ejemplo edificante: Cuando el impío Joram, rey de Israel, vino a consultar al profeta Eliseo, acompañado del piadoso rey Josafat de Judá, el profeta lo trató con desprecio diciéndole: “Ve a consultar a los profetas de tu padre Acab y de tu madre Jezabel…”, pero mostró en cambio respeto por el virtuoso Josafat, accediendo, en consideración suya, a profetizar (2R 3:13-15).

La segunda condición requiere de una gran firmeza de carácter y de integridad para ser cumplida, y por ese motivo es raro encontrar quienes la cumplan. ¿Cuántos no son los que habiéndose comprometido, incluso bajo juramento, o mediante la firma de un contrato, a hacer determinada cosa, si hallan que el beneficio o ganancia esperada se transforma en pérdida, no tratan, por cualquier medio que sea, de eludir la obligación asumida? Sólo el que es conciente de que Dios es testigo y garante de su compromiso y que, por tanto, no puede renegar de su promesa, se esfuerza en cumplir y honrar la palabra dada aunque le cueste. El que teme a Dios trata de ser fiel en toda su conducta, así como Dios lo es con él.

El tema del juramento nos lleva a considerar el valor que en la antigüedad –y no sólo entre los hebreos- tenía la palabra empeñada. No habiendo entonces un sistema jurídico con escrituras públicas y notarios, los acuerdos entre las personas asumían la forma de pactos que se celebraban bajo juramento. Generalmente se levantaba una piedra, o un “majano” con piedras unas encima de otras, como testimonio del pacto celebrado (Gn 31:45-52; Js 24:25-27). Cuando se juraba en nombre de Jehová en una disputa cualquiera, dado que su nombre siendo santo no podía ser tomado en vano (Ex 20:7), el juramento de una de las partes zanjaba la cuestión sin necesidad de prueba ulterior alguna (Ex 22:10,11).

En el libro de Josué hay un episodio muy ilustrativo sobre el valor de la palabra, ocurrido durante la conquista de la tierra prometida. Los moradores de Gabaón, temiendo que los israelitas los mataran a todos, como sabían que Dios les había ordenado, engañaron a Josué haciéndole creer que venían de tierra lejana. Josué les juró que respetaría su vida. Cuando los israelitas se enteraron de que les habían mentido, pese a las protestas de la congregación que exigía matarlos, Josué y los príncipes insistieron en que aunque habían jurado bajo engaño, no se les podía tocar para no provocar la ira de Dios (Js 9). Cumplir el juramento era para ellos en esas circunstancias más importante que obedecer a una orden divina. Es obvio que se trataba de una situación excepcional.

Cuando Dios probó a Abraham pidiéndole que le sacrificara a su único hijo (figura de Jesús) y el patriarca estuvo a punto de hacerlo, Dios premió su fidelidad jurando por sí mismo que lo bendeciría y que multiplicaría su descendencia (Gn 22:16-18. Véase el comentario al respecto que hace Hb 6:13. Cf Gn 26:3; Sal 105:8,9; Lc 1:73).

No obstante, Jesús condena el juramento y dice que basta con la palabra dada (Mt 5:33-37; cf St 5:12). ¿Cómo explicarse la discrepancia? En su tiempo la práctica de jurar había degenerado en una serie de excesos artificiosos y legalistas, que se prestaban como pretexto para incumplir lo prometido (Mt 23:16-22).

Pablo ha explicado en qué consiste jurar por Dios: poner a Dios por testigo de que lo que uno afirma es verdad (2Cor 1:23), y en más de una ocasión él pone a Dios por testigo de lo que dice (Rm 1:9; Gal 1:20; Flp 1:8; 1Ts 2:5). Si lo que él dijera en ese caso fuera mentira, él haría de Dios un testigo falso, lo cual nos hace ver cuán grave es el perjurio. (Nota 1). Eso explica porqué la cristiandad no ha considerado que las palabras de Jesús constituían una prohibición absoluta del juramento, sino sólo de sus excesos, y la iglesia ha admitido la práctica de prestar juramento, incluso sobre la Biblia. (2)

5a. “Quien su dinero no dio a usura, ni contra el inocente admitió cohecho.”
En el Antiguo Testamento estaba prohibido a los israelitas cobrar intereses a otros israelitas empobrecidos, así como a los extranjeros que vivían en medio de ellos, y que estuvieran en la misma condición. Cobrar intereses era llamado “usura”, (en hebreo nashek, palabra que etimológicamente viene de una raíz que quiere decir “morder” como una serpiente). Sí les estaba permitido, en cambio, cobrar intereses a los extraños, es decir, a los extranjeros que no residían entre ellos, siempre y cuando no fueran excesivos (Ex 22:25; Lv 25:35-38; Dt 23:19,20; cf Pr 28:8; Ez 18: 8,13,17). Después se ha dado el nombre de “usura” a todo cobro exagerado de intereses, y “usurero” es el término peyorativo que se aplica al que lo hace.

De aquí se puede deducir una regla que creo yo es de aplicación universal: Si alguno pide dinero para comer, o para alguna otra necesidad impostergable, no se le debe cobrar intereses. Pero si pidiera un préstamo para hacer un negocio, sí se justifica cobrárselos a una tasa razonable.

El cobro excesivo de intereses es una explotación vil de la necesidad humana, que con frecuencia está acompañada de diversas formas de intimidación y de represalias violentas al que se atrasa en sus pagos, prácticas que la ley debería combatir.
(3)

“El hombre de bien –dice el salmo 112:5- tiene misericordia y presta.” (Se entiende, sin cobrar intereses a su hermano). Él se apiada del necesitado y le facilita el dinero que en una situación difícil le hace falta.

En el capítulo 5 de Nehemías hay un episodio aleccionador. Una parte del pueblo, apremiado por el hambre, había no sólo hipotecado sus tierras, sus viñedos y sus casas, sino que había entregado a sus hijos e hijas como siervos, para satisfacer las exigencias de sus acreedores. Nehemías reunió a todo el pueblo, reprendió severamente a los prestamistas y les exigió devolver lo incautado. Además les hizo jurar que nunca volverían a oprimir a sus hermanos pobres por motivo de las deudas en que incurrieran. (4)

“Cohecho” es sinónimo de soborno. El justo no se presta a ninguna acción en perjuicio de su prójimo a cambio de dinero, sea para acusar falsamente a alguno, si es fiscal; o para dar un testimonio falso, si es testigo; o para pervertir la defensa, si es abogado; o para dictar una sentencia injusta, si es juez; como vemos que ocurre con frecuencia entre nosotros. Porque muchos son, lamentablemente, los que aman más al dinero que a su prójimo, o a quienes la codicia les ha nublado la conciencia, y que, careciendo de escrúpulos, están dispuestos a vender a su hermano por treinta monedas.

Nótese que Moisés tiene palabras muy severas contra el soborno que pervierte la justicia (Dt 16:19; Ex 23:8).

5b. “El que hace estas cosas no resbalará jamás.” (O “no será movido”, dice otra traducción)

Es decir, el que ajusta su conducta de la mejor manera posible a las condiciones expuestas en este salmo, no caerá jamás. Esto es, no que esté libre en un sentido absoluto de cometer pecado, pero no resbalará en el sentido de ser excluido de acercarse al monte santo, o de no ser admitido al tabernáculo de la presencia de Dios. Eso es algo que se aplicaba a los israelitas en la antigua dispensación, -recuérdese que el Salmo 112:6 promete lo mismo al hombre que “tiene misericordia y presta; y gobierna sus asuntos con juicio.”- pero que también podemos entender en un sentido espiritual en nuestro tiempo, aplicándolo a nosotros: puesto que el monte santo y el tabernáculo son figuras del cielo. Esa promesa se cumple en el caso de los que nunca hubieran oído predicar el Evangelio, pero que viven, no obstante, de acuerdo a los dictados de su conciencia (Rm 2:14-16). Pero en el caso de los que sí lo hubieran escuchado, cumplir todas las condiciones que postula este salmo es una prueba de que han creído, pues sus obras ponen de manifiesto la realidad de su fe (St 2:18).

Notas: 1. Por su lado el apóstol Juan explica que el que no cree en el testimonio de Dios implícitamente dice que Dios es mentiroso: 1Jn 1:10; 5:10.


2. En los países anglosajones y algunos europeos mentir bajo juramento o firmar una declaración jurada falsa es un delito penado con cárcel.


3. Pero eso no es exclusivo de prestamistas extorsionadores. También algunas casas comerciales de prestigio hacen cobros de comisiones excesivos a sus tarjeta habientes que se atrasan en sus cuotas. Los que quieran evitarse dolores de cabeza harían bien en no solicitar, o aceptar, esas tarjetas que les ofrecen como señuelo para limpiarles los bolsillos.


4. En la iglesia primitiva a la casa del usurero se le llamaba “casa del diablo”. Se prohibía todo trato con los usureros y sus testigos, y al morir, se les negaba cristiana sepultura.

#674 (24.04.11) Depósito Legal #2004-5581. Director: José Belaunde M. Dirección: Independencia 1231, Miraflores, Lima, Perú 18. Tel 4227218. (Resolución #003694-2004/OSD-INDECOPI).

viernes, 17 de junio de 2011

ABRAHAM, ESPOSO Y PADRE

Por José Belaunde M.


Abram se encontraba en la tierra de Harán, a donde había emigrado con su padre años atrás, cuando Dios se le aparece y le dice: "Vete de tu tierra y de tu parentela y de la casa de tu padre, a la tierra que yo te mostraré.” Le dice además que hará de él una nación grande y que en él serán “benditas todas las naciones de la tierra.” (Gn 12:1-3). El Génesis no dice, sin embargo, por qué motivo Dios escoge a Abram para este privilegio extraordinario, subrayando el hecho de que lo hace por pura gracia.

Abram no discute con Dios cuando le dice que salga de su tierra. ¿A dónde Señor? Ya te lo diré. Tenía tanta confianza en Dios que, como dice Hebreos, “salió sin saber a dónde iba.” (Hb 11:8).

¿Quién haría eso? ¿Dejar lo seguro, donde se siente a gusto, y vive rodeado de los suyos, para ir a la aventura, hacia lo desconocido? Obedecer a Dios debe haberle costado mucho a Abram: morir a sí mismo.

Abram parte con su mujer y su sobrino Lot, llevando consigo sus posesiones en ganado y en siervos, y Dios lo va guiando de un lugar a otro en la tierra de Canaán (Nota 1). Pasado algún tiempo le dice (resumiendo): “Yo te he prometido que haré de ti una gran nación. Esta será la tierra de tu descendencia, éste será su territorio como heredad perpetua, aquí habitarán.” (Gn 15)

La promesa de Dios hace las veces de escritura pública, cuyo valor es tan firme como su palabra. Es una promesa territorial cuya extensión se va ampliando a medida que se la reitera, y que Abram prueba su fidelidad. Primero es la tierra que abarque su vista, y luego todo lo que sus pies recorran (Gn 13:15,17); después abarcará desde el río Nilo hasta el Éufrates (15:18).

Pero notemos lo inverosímil de esa promesa: Dios le promete que tendrá no sólo un hijo, sino una descendencia tan numerosa como las estrellas del cielo (2), cuando su mujer es estéril y no puede darle ni siquiera un hijo para comenzar. Sin embargo, Abram le cree a Dios. Por eso se le llama “el padre de la fe”. La Escritura dice que le creyó a Dios “y le fue contado por justicia.” (Gn 15:6; cf Gal 3:6). Su fe lo justificó porque creyó en algo que era humanamente imposible.

¿Cuántos hombres no quisieran ser el origen de un linaje tan numeroso como para constituir una nación entera? Antes los hombres mostraban orgullosos a sus muchos hijos y se hacían fotografiar ufanos con ellos. Hoy sólo quieren tener uno o dos hijos, máximo tres. Los tiempos y las condiciones de vida, es cierto, han cambiado mucho.

La fe que demuestra tener Abram es la clase de fe que Dios espera de nosotros. Creer en lo posible no tiene mucho mérito; creer en lo imposible, sí lo tiene.

Abram era un pastor nómada que se trasladaba con su ganado de un lugar a otro en busca de pastos frescos (lo que hoy día diríamos un empresario ganadero). Él llegó a ser muy rico porque la bendición de Dios estaba sobre él.

Sin embargo, con el correr de los años la fe de Saraí, que siempre había acompañado a la de su marido, empezó a flaquear. Tuvo pena de él porque habían ya pasado más de diez años y no se cumplía la promesa que Dios le había hecho. Ella se sentía culpable porque era estéril. ¿Sería Dios realmente capaz de hacerla fecunda? Abram dejó que la debilidad de la fe de su mujer debilitara la suya. En lugar de fortalecerlo, ella lo debilitó. Con frecuencia ocurre que la falta de fe de un cónyuge influye negativamente en la del otro.

Descorazonada, Sara le propone a su esposo tener un hijo con su sierva, Agar, que sería como si lo tuviera ella misma, puesto que era su esclava. Era inevitable, sin embargo, que un proyecto nacido de una falta de confianza en Dios, tuviera malas consecuencias para ambos.

Abram, deseoso de tener un hijo, accedió a la propuesta de su mujer, que después traería a ambos muchos sinsabores, porque cuando Agar estuvo encinta, comenzó a mirar con desprecio a su ama, pues ella le había dado a su patrón el hijo que su mujer no podía darle.

Abram, sin embargo, fue un buen esposo porque le dio la razón a su mujer cuando ella se quejó del menosprecio que sufría de parte de su sierva, pues le dijo que hiciera con ella lo que quisiera. Pero a la vez fue injusto con la sierva porque ella iba a ser madre de un hijo suyo (Gn 16:5,6).

Ante el maltrato que empezó a sufrir de su ama, Agar huyó al desierto y estaba en peligro de morir de hambre y sed. Pero Dios se apiadó de ella, y le envió un ángel que le ordenó volver donde su ama y le estuviera sumisa. Al mismo tiempo le anunció que tendría un hijo que sería un guerrero, al que pondría por nombre Ismael (que quiere decir “Dios oye”) por cuanto Dios “ha oído tu aflicción.” (Gn 16:11).

Notemos que no dice: “Dios ha oído tu ruego”, sino “Dios ha oído tu aflicción”, sin que ella orara. Dios interviene muchas veces al ver nuestra aflicción sin necesidad de que se lo pidamos. Ella quedó tan impresionada de que Dios se compadeciera de su situación, siendo ella una esclava, que llamó al pozo donde la encontró el ángel, “Pozo del viviente que me ve.” (Gn 16:13,14). Abram tenía ochenta y seis años cuando nació Ismael, el hijo de Agar (v. 16).

Trece años después, cuando Abram tiene ya noventa y nueve años, Dios le confirma su pacto y le cambia el nombre a él y a su mujer. Él ya no se llamará Abram (es decir, “padre enaltecido”) sino en adelante se llamará Abraham (“padre de muchedumbres”); y ella ya no se llamará más Saraí sino Sara (“princesa”). Dios le declara además que el pacto que ha celebrado con él es un pacto perpetuo, con él y su descendencia, a la cual multiplicará en gran manera, y a la que dará en posesión perpetua la tierra de Canaán (Gn 17:5-8).

Le da asimismo como señal de su pacto la circuncisión. En adelante todo varón de su casa deberá ser circuncidado, y todo niño que le nazca, a él o a sus siervos, será circuncidado al octavo día. Pero cuando Dios le asegura que Sara “vendrá a ser madre de naciones”, Abraham se postra y se ríe, diciéndose: “¿A hombre de cien años ha de nacer hijo? ¿Y Sara, ya de noventa años, ha de concebir?” Y añade: “Ojalá Ismael viva delante de ti.” (Gn 17:17,18).

¿Dudó Abraham en ese momento de la promesa de Dios? Aparentemente sí, pues pensó que la descendencia numerosa le vendría por Ismael. ¿Cómo es entonces él llamado “el padre de la fe”? Él le había creído a Dios cuando se sentía fuerte, pero ya viéndose impotente, dudó de que Dios pudiera concederle algo humanamente imposible.

Pero Dios, sin enojarse, le reitera que no será a través de Ismael cómo tendrá la descendencia prometida (aunque ese niño será también bendecido), sino que será a través del hijo que dentro de un año dará a luz Sara, al cual pondrá por nombre Isaac (es decir, risa).

Frente a la solemnidad de la promesa, esta vez Abraham sí le creyó a Dios. Entonces se circuncidó él mismo, y circuncidó a Ismael y a todo varón de su casa, al siervo nacido en ella y al extranjero comprado por dinero (17:27).

Si Abraham dudó un momento riéndose para sí de la promesa de Dios ¿cómo es que Pablo dice de él “que creyó en esperanza contra esperanza para llegar a ser padre de muchas gentes”, y que su fe no se debilitó “al considerar su cuerpo que estaba ya como muerto…o la esterilidad de la matriz de Sara”? ¿Y que “tampoco dudó por incredulidad, de la promesa de Dios, sino que se fortaleció en fe…plenamente convencido de que era capaz de hacer todo lo que había prometido”? (Rm 4:18-21) (3)

Eso nos muestra que la fe no excluye nuestras luchas con las dudas que a veces suscitan los obstáculos que enfrentamos, o con las objeciones que nos presenta la razón. La fe no es firme porque sea siempre automática e inamovible, sino es firme porque se sobrepone a las dudas y a las perplejidades que nos asaltan.

Tal como le había prometido Dios, Sara concibió y dio a luz un hijo al año del anuncio que le había hecho. ¿Cuánto tiempo esperó Abraham para que Dios cumpliera su promesa? Nada menos que veinticinco años.

A veces nosotros nos desesperamos porque tarda lo que le hemos pedido a Dios reclamando una promesa suya. Si demora es porque Dios está probando nuestra fe, y porque su cumplimiento superará en mucho lo esperado. ¿Pero quién sería capaz como Abraham de esperar veinticinco años?

Al crecer Isaac, la presencia del hijo de la esclava se convirtió en una piedra de tropiezo para la paz del hogar de Abraham, porque el mayorcito molestaba al menor y, como es natural, eso disgustó a Sara, que ya había tenido inconvenientes antes a causa de Agar.

Vale la pena que nos detengamos un momento para considerar la diferencia entre la situación de Agar y la de Sara, y entre la de los hijos de ambas. Sara era la patrona; Agar, la sierva. Isaac era el hijo del patrón y el heredero; Ismael, el hijo de la esclava. Era inevitable, humanamente hablando, que hubiera envidia y resentimiento en Ismael ante la inferioridad de su situación respecto de su hermano menor.

¿Cuántas veces se producen en la vida de las familias situaciones penosas porque se ha violado el principio de la monogamia matrimonial, o el de la fidelidad conyugal? Dios nos ha dado leyes sabias para nuestra felicidad y para la armonía en nuestras vidas. Si las violamos, sufrimos las consecuencias. Es cierto también que a veces surgen dificultades que nosotros mismos no hemos suscitado, sino que son fruto de circunstancias de las que nosotros no somos responsables. Pero si se investiga bien, detrás de los hechos que perturban, siempre se encontrará como origen del problema, el pecado de alguno, lejano o cercano.

Abraham era un hombre recto que procuraba andar en los caminos de Dios, aunque no carecía de defectos, pero la sociedad de su tiempo, que aún no había recibido la luz del Evangelio, consideraba como normales ciertas prácticas –como la poligamia y el concubinato- que después condenaría. Por mucha buena voluntad que él tuviera, y por mucha paciencia que mostrara Sara, no podían evitar los conflictos que la situación doméstica irregular traía consigo.

Sara, comprensiblemente, se empeñó en que su marido alejara de su casa a la sierva y a su hijo (Gn 21:10). Era natural también que a Abraham le repugnara acceder al pedido de su mujer, porque amaba a Ismael. Pero Dios le dijo: Oye a tu mujer en todo lo que ella te diga, “porque en Isaac te será llamada descendencia.” (v. 11, 12). Esto es, por encima de toda otra consideración, toma en cuenta el deseo de tu mujer. Para tranquilizarlo Dios le aseguró que de Ismael también haría un pueblo grande y numeroso (Gn 25:12-18), del que, dicho sea de paso, descienden algunas tribus árabes, como los madianitas y amalecitas, que fueron enemigos de Israel, tal como lo había sido su antepasado. Aunque le doliera separarse de su hijo, Abraham, que vivía en comunión con Dios, hizo lo que Dios le ordenó.

Pero le faltaba a Abraham pasar por la última prueba, la prueba suprema, en la que Dios le pediría que le sacrifique a Isaac, al hijo amado que había esperado durante veinticinco años, y en quien reposaba el cumplimiento de la promesa de que él sería padre de multitudes (Gn 22:1,2). Porque si Isaac moría ¿cómo podría tener él la descendencia prometida? ¿Sería capaz Sara de concebir nuevamente?

El texto sagrado no nos dice qué pasó por la mente de Abraham cuando Dios le pidió que sacrificara a Isaac. No sabemos si se resistió, o si dudó, o si lloró. Sólo nos dice que Abraham obedeció, y que se puso de inmediato en camino con Isaac para ir al lugar que Dios le había indicado (v. 3).

A nosotros nos puede sorprender que Abraham aceptara como natural algo que a nosotros nos horroriza: que Dios le pida que inmole a su hijo. Pero tenemos que ponernos en la cultura y en la mentalidad de ese tiempo, en que los sacrificios humanos no eran cosa excepcional.

Cuando iban de camino Abraham debe haber sentido como una espada en el pecho la pregunta que le hace Isaac: “Llevamos la leña y el fuego para el holocausto, pero ¿dónde está el cordero que vamos a sacrificar?” En su respuesta Abraham transmite de alguna manera a su hijo la fe que él tiene en el Dios que todo lo provee. En su interior él debe haber conservado la esperanza de que Dios daría una salida al terrible dilema en que él se encontraba (Gn 22:7,8).

Notemos, de otro lado, que el sacrificio de Isaac por su padre tiene un enorme contenido simbólico: Dios que envía a su único Hijo a la tierra para morir como sacrificio expiatorio por los pecados de todos los hombres. Así como Jesús subió al Calvario cargando el madero en que iba a ser clavado, Isaac subió al monte Moriah cargando la leña que iba a servir para su propio holocausto. Isaac no se resistió cuando su padre lo ató sobre el altar y la leña en que iba a ser sacrificado (v. 9), así como Jesús tampoco se resistió cuando lo clavaron en la cruz. Pero en el instante mismo en que Abraham levantó el cuchillo para matar a su hijo, el ángel del Señor lo llamó desde el cielo: “Detén tu mano y no toques a tu hijo, porque yo ya sé que me temes y que no me rehúsas lo que más amas.” Dios sólo quería comprobar si Abraham estaba dispuesto a sacrificarle lo que más amaba, no que lo hiciera en los hechos. (4)

¿Estamos nosotros dispuestos a renunciar, por amor a Dios, a lo que más amamos? ¿A lo que ha sido durante años objeto de nuestras oraciones y de nuestra esperanza? ¿Quién de nosotros sacrificaría a uno solo de sus hijos, aunque tenga varios, sólo porque Dios se lo pide? Dios lo hizo por nosotros sin que nosotros se lo pidiéramos.

En premio a su fidelidad Dios le reitera una vez más a Abraham su promesa: “En tu simiente –notemos el singular- serán benditas todas las naciones de la tierra.” (Gn 22:18). Esa simiente, dice Pablo en Gálatas, es Cristo, en quien efectivamente, han sido bendecidas todas las naciones de la tierra (Gal 3:16).



El texto no nos dice nada acerca de lo que pensó Sara cuando Dios le pidió a Abraham que sacrificara al hijo de sus entrañas. ¿Consintió ella en obediencia a Dios de acuerdo con su marido? Es improbable. Quizá Abraham no le dijo cuál era su intención al partir con su hijo. ¿Pero lo haría Abraham sin consultarla? ¿Y en ese caso, qué le diría cuando regresara de su viaje solo y sin su hijo?

Si Isaac tenía unos catorce años en ese episodio, como es probable, Sara tendría unos ciento cuatro años y viviría hasta la edad de ciento veinte y siete años. Cuando ella murió, Abraham quiso darle honrosa sepultura. Para ello compró de los lugareños una heredad en Macpela, donde había una cueva, en la que después él mismo y sus primeros descendientes, serían sepultados (Gn 23; 25:7-9).

Abraham quedó solo con su hijo todavía soltero. ¿Cómo podría él tener una numerosa descendencia si su hijo no se casaba? Abraham se ocupó entonces de encontrar una novia para su hijo. Él no quería buscarla entre los habitantes idólatras de Canaán entre los cuales él vivía. Tampoco quería que Isaac fuera a buscarla a la tierra de donde él había salido, por temor, sin duda, de que permaneciera en ella. Sin embargo, él quería que perteneciera a su propia familia, como era entonces costumbre. Y le dio el encargo de ir a traerla al siervo en quien tenía más confianza. El capítulo 24 del Génesis, que narra cómo Eliezer cumplió el encargo, es uno de los más bellos de toda la Biblia.

Hoy día los padres no buscan –como se hacía hasta hace poco- novia para sus hijos, ni novio para sus hijas. Sin embargo, ésa era una costumbre muy sana, porque los jóvenes se enamoran con frecuencia de la persona que menos les conviene, pues el amor –o lo que pasa por amor, es decir, el deseo- es ciego. Pero ¿quién mejor que los padres, si aman a sus hijos, pueden saber qué es lo más les conviene? Pero si bien esa sana costumbre ha sido desechada los padres pueden orar en cambio para que sea Dios quien escoja el novio o la novia para sus hijos, porque Dios no se equivoca.

Aún más. Los padres harían bien en vigilar qué clase de amigos tienen sus hijos, con qué clase de personas de uno u otro sexo salen; y pueden, de manera discreta, procurar que se hagan de buenas amistades, o que frecuenten círculos donde encuentren buena compañía, y eviten, de ser posible, donde encuentren la que no sea conveniente para ellos. De las amistades con que se liguen en la juventud depende en buena parte su futuro.

Notas: 1. El vers. 5 dice que Abram y Lot partieron llevando consigo a “las personas que habían adquirido en Harán”. Los seres humanos eran considerados entonces como “bienes muebles” que se compraban y vendían cuando eran reducidos a esclavitud. El cristianismo no abolió de inmediato la esclavitud cuando se convirtió en religión oficial del imperio romano al final del siglo IV, pero creó las condiciones para que al cabo de cierto tiempo desapareciera. El hecho de que reapareciera cuando Europa colonizó el nuevo continente trayendo esclavos del África, y la justificara, fue un grave retroceso.


2. San Agustín hace la observación de que si bien para la Abraham su descendencia sería tan numerosa que no la podría contar (Gn 15:5), para Dios no sería incontable, porque así como Él conoce a cada una de las estrellas del cielo, de igual modo Él conoce a cada uno de los seres humanos que son descendencia de Abraham por la fe.


3. Esta no fue la única vez en que Abraham dudó de la promesa que Dios le había hecho. Véase 15:2,3 en que la duda precede a la confirmación solemne de la promesa. Es como si Dios estuviera enseñando a Abraham a creerle. Los padres de la iglesia se resisten a admitir, sin embargo, que Abraham dudara de la promesa de Dios. Algunos de ellos atribuyen por ejemplo la risa del patriarcaen Gn 17:17 no a que dudara sino a la alegría que le produjo el saber que su mujer iba a concebir un hijo pese a su avanzada edad.


4. Este episodio que los rabinos llaman akeda, y que ocupa casi todo el capítulo 22, es para el judaísmo uno de los pasajes más importantes de toda la Biblia.

NB. Quiero aprovechar la oportunidad para saludar muy cordialmente a todos los padres en este su día. ¡Que lo pasen muy felices!

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lunes, 13 de junio de 2011

LA DIVINIDAD DE JESÚS EN LOS EVANGELIOS SINÓPTICOS II

Estudio Bíblico y Aplicación

Por José Belaunde M.

En el artículo anterior hemos estudiado las dos primeras formas cómo Jesús, contrariamente a lo que sostienen muchos eruditos, proclamó progresivamente su divinidad en los tres evangelios sinópticos. Ahora continuamos examinando las cinco restantes.

3. En el Sermón del Monte Jesús habló como si Él fuera el supremo legislador, más grande que Moisés, que había recibido las tablas de la ley directamente de las manos de Dios en el monte Sinaí (Ex 20).

Refiriéndose a la Torá de Moisés Jesús dijo seis veces: “Habéis oído que se dijo a los antiguos, pero yo os digo…” (Mt 5: 21,22; 27,28; 31,32; 33,34; 38,39; 43,44)

¡Un momento! En esos párrafos Jesús se permite rectificar a Moisés. ¿Cómo se permite Él rectificar al hombre que había recibido la ley hablando con Dios cara a cara? ¿Por quién se cree Él para decir eso? Sin embargo, entre otros puntos, Jesús rectificó a Moisés prohibiendo el divorcio que Moisés había permitido a causa de la dureza de corazón de los israelitas. Jesús se declaró en contra (Mt 5:31,32; 19:8,9; Dt 24:1-4)

Es sabido que por ese motivo muchos escritores y rabinos judíos lo acusan de extrema arrogancia, al pretender enmendarle la plana a Moisés y de pretender hablar con igual, e incluso mayor autoridad que él. Se cree igual a Dios.

Moisés, dicen, habló de parte de Dios, no por su propia autoridad. No obstante, Jesús no dice, como haría un profeta: “Pero Dios os dice…” sino “Yo os digo…·” Él habla en nombre propio. Puede hacerlo porque Él es Dios, y puede hablar con la misma autoridad con que Dios habló a Moisés en el Sinaí.

Ese fue uno de los motivos por los cuales las autoridades del templo lo hicieron condenar a muerte. Se creía igual a Dios. Habían entendido bien lo que Jesús decía de sí mismo (mejor que los críticos modernos). Sólo que no le creyeron y por eso lo condenaron, y se condenaron ellos mismos.

Jesús dijo de sí mismo que Él era el Señor del sábado (Mr 2:28). El sábado había sido establecido por Dios en el Sinaí como una ley para Israel. Por tanto, Dios es el Señor del sábado y se guarda el descanso por obediencia y respeto a Él (Ex 20:8-11).

Guardar el día de reposo era una manera de rendir tributo a Dios que lo había establecido. Todos los israelitas estaban obligados a guardarlo bajo pena de muerte (Ex 31:14), porque Él era el Señor del Sábado, y tenía el control de la vida del pueblo que había elegido para que le sea testigo en la tierra.

Pero Jesús dijo: “El Hijo del Hombre es Señor del día de reposo”, y os digo cómo se debe guardar (Mt 12:8,10-13; Mr 2:28; 3:4,5; Lc 13:10-16), no como en épocas pasadas en que no se podían hacer tales o cuales cosas, lo cual tenía sentido en ese tiempo.

Nosotros conocemos esos episodios porque Jesús se enfrentó varias veces a los escribas y fariseos que lo acusaban de hacer, o permitir, determinadas cosas que estaban prohibidas por la ley, o la tradición, en día de reposo. Pero Él tenía la autoridad para determinar qué se podía, o no se podía, hacer ese día porque Él es Dios. (Nota 1)

4. Jesús hizo milagros en su propio nombre. Al paralítico le dijo: “Levántate y anda.” (Mt 9:6; Mr 2:11). A la hija de Jairo le dijo: “Niña, a ti te digo, levántate.” (Mr 5:41). Al hijo de la viuda de Naím le dijo: “Joven, a ti te digo, levántate.” (Lc 7:14).

Él tenía autoridad para hacer que un fallecido resucitara, esto es, que volviera a la vida.
Los apóstoles, al contrario, hacían milagros en el nombre de Jesús, como en el caso del paralítico que estaba pidiendo limosna en la puerta del templo, al cual Pedro le dijo: “En el nombre de Jesucristo de Nazaret, levántate y anda.” (Hch 3:6; cf 4:10)

Jesús no dijo: “En el nombre del Padre, en el nombre del Dios eterno, ¡levántate!” No, sino dijo directamente: “Yo te digo, levántate.” Él tenía autoridad propia para sanar a los enfermos y para resucitar a los muertos.

5. Jesús afirma tener autoridad para perdonar los pecados, algo que sólo Dios tiene: “Y sucedió que le trajeron un paralítico, tendido sobre una cama; y al ver Jesús la fe de ellos, dijo al paralítico: Ten ánimo, hijo; tus pecados te son perdonados. Entonces algunos de los escribas decían dentro de sí: ¿Por qué habla éste así? Blasfemias dice (¿Quién puede perdonar pecados sino solo Dios? agrega el evangelio de Marcos que dijeron los escribas). Y conociendo Jesús los pensamientos de ellos, dijo: ¿Por qué pensáis mal en vuestros corazones? Porque, ¿qué es más fácil, decir: los pecados te son perdonados, o decir: levántate y anda? Pues para que sepáis que el Hijo del Hombre tiene potestad en la tierra para perdonar pecados (dijo entonces al paralítico): “A ti te digo: Levántate, toma tu cama, y vete a tu casa. Entonces él se levantó y se fue a su casa” (Mt 9:2-7; Mr 2: 1-12)

Si lo sanó con tanta facilidad, con igual facilidad puede también perdonar los pecados. Y Él ha transmitido a la iglesia la autoridad para perdonar -o para retener- los pecados de los hombres (Ver Jn 20:23).

Encima de todo eso Él comunicó a Pedro, y por tanto a la iglesia, la autoridad para prohibir y permitir, que es lo que la expresión “atar y desatar” significaba en el judaísmo de su época, en cuyo contexto Jesús actuaba, y cuyo lenguaje utilizaba.

Es decir, Él otorgó a la iglesia autoridad para establecer, en base a la palabra, lo que es lícito y lo que no lo es; para permitir ciertas cosas o para prohibirlas (Mt 16:19), como en el caso del aborto, p. ej. Sólo Dios puede otorgar esa autoridad.

6. Jesús reclama para sí el derecho de juzgar a los vivos y a los muertos: “Entonces el sumo sacerdote, levantándose en medio, preguntó a Jesús, ¿No respondes nada? ¿Qué testifican éstos contra ti? Mas Él callaba y nada respondía. El sumo sacerdote le volvió a preguntar: ¿Eres tú el Cristo, el Hijo del Bendito? Y Jesús le dijo. Yo soy; y veréis al Hijo del Hombre sentado a la diestra del poder de Dios, y viniendo en las nubes del cielo.” (Mr 14:60-62)

¿Viniendo a qué? Viniendo a juzgar a los hombres en el último día. “Y entonces pagará a cada uno conforme a sus obras.” (Mt 16:27). ¿Quién es el que juzga a cada ser humano según sus obras sino Dios mismo? (2)

En el juicio a las naciones Jesús dice: “Entonces el rey dirá a los de su derecha: Venid, benditos de mi Padre, heredad el reino preparado para vosotros desde la fundación del mundo” (Mt 25:34).

Y después añade: “Entonces dirá también a los de la izquierda: apartaos de mí, malditos, al fuego eterno preparado para el diablo y sus ángeles.” (Mt 25:41). Él juzga a los pueblos. A unos salva, a otros condena. A unos los invita a subir a su reino; a otros los coloca a su izquierda y los envía al infierno.

Notemos que ahí Jesús dice que todo lo que se haga, o se deje de hacer, a un ser humano, es decir, a una de sus criaturas, es hecho a Él mismo.

Sólo Dios puede decir una cosa semejante, porque Él es el dueño de todas las criaturas.

Lo que yo le haga a mi prójimo, no se lo hago sólo a él, sino que se lo hago a Jesús, ¡Tomemos nota! Lo que alguien me hace a mí, no me lo hace sólo a mí, sino se lo hace a Jesús, y Él lo vengará. ¡Qué responsabilidad tremenda tenemos! Toda palabra, todo gesto despectivo, que yo dirija a otro; todo engaño, todo insulto que le hayamos hecho a una persona, cristiana o no, se lo hemos hecho a Jesús. Y en el día del juicio, que será un instante eterno, porque se juzgará a millones y millones de seres humanos, todos oirán la sentencia que se pronuncie sobre cada uno.

Gracias a Dios que somos salvos, no por nuestras obras sino porque hemos creído, pero la recompensa la ganamos; la aumentamos o la disminuimos por nuestras obras, actitudes, palabras y gestos. ¡De cuántas palabras despectivas tenemos que arrepentirnos; de cuántas murmuraciones, de cuántos chismes! ¡De cuánta palabra ociosa daremos cuenta el día del juicio! (Mt 12:36).

En las esquinas de nuestra ciudad hay muchos niños que piden limosna o venden caramelos, y la gente suele despedirlos de mala gana. Les molesta que vengan a estirar la mano. El Señor me ha hecho comprender que debo tener en la guantera de mi auto una reserva de monedas de 10, 20 o 50 centavos para darles. Y si no tengo nada, les doy al menos lo mejor que tengo: una sonrisa.

Y me alegra ver cómo el niño contesta a la sonrisa sonriendo él también, aunque no reciba nada. ¡Y cómo se duele su cara cuando uno lo trata mal, porque la mayoría de ellos mendiga porque tiene hambre!

¿A quién hemos despedido con un gesto despectivo? A Jesús. ¿A quién hemos dado una moneda, o un pedazo de pan? No se lo hemos dado a un niño; se lo hemos dado a Jesús, que mendiga en su lugar, y que dijo una vez: “Porque tuve hambre y me disteis de comer; tuve sed y me disteis de beber…” (Mt 25:35).

Y no es lo mismo darle a una organización para que lo haga en nombre nuestro. Es mucho mejor hacerlo uno mismo. Que sea nuestra mano la mano de Dios que alimenta a un pobre. Si Jesús viniera a nuestra puerta a mendigar ¿le diríamos: “Anda a tal lugar que te van a dar algo de mi parte.”?

Dios ha bendecido mi casa enviando pobres a mi puerta, para molestia de algunos vecinos a quienes incomoda su presencia en la calle. Pero yo les abro la puerta y les doy lo que tengo a la mano, obedeciendo a lo que dice Proverbios: “No te niegues a hacer el bien a quien es debido, cuando tienes poder para hacerlo. No digas a tu prójimo: Anda y vuelve y mañana te daré, cuando tienes contigo qué darle.” (3:27,28).

Es bueno tener una reserva de menestras para repartir a quienes tocan a nuestra puerta, o dar para medicamentos al que trae una receta del día. Pudiera ser que nos exploten o que nos engañen, pero es mejor darle a un mentiroso lo que no necesita, que negarle ayuda al que de verdad la requiere. Aquí el dicho “En la duda, abstente” no se aplica, sino más bien: “En la duda, da.” Si te cuesta hacerlo, pídele a Dios la gracia de tener un corazón compasivo, y serás bendecido, porque no es al pobre a quien das sino a Él.

7. Jesús promete enviar al Espíritu Santo: “He aquí yo enviaré la promesa de mi Padre sobre vosotros…” (Lc 24:49), promesa que se cumplió en Pentecostés (Hch2).
Ahora bien, si Jesús es capaz de enviar al Espíritu Santo, que es Dios, Él no es inferior a Dios, puesto que lo envía.

Habría mucho que decir además acerca del conocimiento que tiene Jesús del Padre, y del conocimiento que tiene el Padre de Jesús. Ambos se conocen mutua y plenamente. El Padre es en su esencia incognoscible. Nadie puede conocerlo. Pero Jesús dice: Yo conozco al Padre como el Padre me conoce a mí. (Mt 11:27).

Esta igualdad en el conocimiento es igualdad de categoría. Los que le escucharon decir eso quizá no entendieron que decía: Yo soy Dios. Pero ése es el sentido de sus palabras. Los evangelios nos hablan de eso: de que Él era Dios, de que Él es Dios y de que sigue siendo Dios. Él está en los cielos coronado, y nos está esperando.

Por eso es que Él siendo hombre, pero ya resucitado, e incluso, antes de resucitar, aceptó que se le adorara, algo que sólo se puede hacer a Dios.

Aceptó que un poseso, en tierra de gadarenos, se arrodillara delante de Él (Mr 5:6). Después de resucitar, aceptó que las mujeres vinieran y se postraran a sus pies, adorándole (Mt 28:9). Al final, antes de ascender al cielo, dice el Evangelio que los apóstoles al verlo, lo adoraron y Él no se lo impidió. (Mt 28:17)

Él es el único hombre que haya caminado en la tierra que sea digno de adoración. Por eso yo invito a todos los que leen estas líneas a ponerse de rodillas y adorarlo. Él está a su lado y Él es nuestro Señor. Él nos ama y nos conoce. Nosotros nunca somos más grandes en realidad que cuando nos arrodillamos delante de Él, reconocemos su grandeza y lo adoramos.

Notas: 1. Hace algunos años visité una sinagoga con una amiga cristiana de origen judío. Durante la prédica le oí decir al rabino que había un mandamiento que ordenaba trabajar seis días a la semana. Yo, intrigado, me pregunté: ¿Dónde está ese mandamiento que no lo conozco? Pero el rabino leyó en Éxodo: “Seis días trabajarás y harás toda tu obra.” (Ex 20:9).
¿Ustedes sabían que hay un mandamiento que ordena trabajar seis días a la semana? Yo conocía el mandamiento que ordena descansar el sábado, pero hasta entonces no había advertido que ese mismo mandamiento ordena trabajar seis días a la semana. ¡Vaya sorpresa! No hay excusa para la ociosidad.

2. En Ezequiel 7 Dios dice repetidas veces que Él es el que juzga: “Te juzgaré según tus caminos y pondré sobre ti todas tus abominaciones…” (v. 4,8) “…y sabréis que yo soy Jehová el que castiga…” (v. 9).

NB. Este artículo y el anterior están basados en la transcripción de una enseñanza dada recientemente en la Iglesia Evangélica Pentecostal de San Juan, Argentina, la cual estuvo basada en buena parte, a su vez, en el 2do capítulo del libro “El Salvador y su amor por nosotros”, de R. Garrigou-Lagrange.

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martes, 31 de mayo de 2011

LA DIVINIDAD DE JESÚS EN LOS EVANGELIOS SINÓPTICOS I

Estudio Bíblico y Aplicación

Por José Belaunde M.

¿Qué testimonio dio Jesús de sí mismo? ¿Quién dijo Él que era?

La alta crítica y los escritores racionalistas han negado con frecuencia que Jesús afirmara de sí mismo que Él fuera Dios. Esto es, alegan, una invención de sus discípulos, hecha después de su muerte, en especial por Pablo.

Escritores, como el famoso francés Ernesto Renan –autor de una vida de Jesús que fue un gran éxito de librería a mediados del siglo XIX- exaltan la grandeza de su personalidad y de su obra. Dicen que era divino en ese sentido, no en el sentido de que fuera Dios. Su personalidad, argumentan, era muy atrayente, adorable, y por eso sus discípulos terminaron endiosándolo. Pero aunque era un hombre casi perfecto, arguyen, era hombre al fin.

Se suele negar que Jesús en los evangelios sinópticos haya dicho de sí mismo que Él era Dios. Los evangelios sinópticos (Nota 1) fueron escritos antes del año 70, quizá incluso antes del año 50, en base a tradiciones orales memorizadas según los hábitos de memorización tradicionales judíos, y de apuntes hechos por sus discípulos, tal como los discípulos de los rabinos en ese tiempo solían registrar los dichos de sus maestros. (2)

Es bueno recordar que Jesús era un maestro itinerante, seguido por discípulos, como los había muchos en ese tiempo en Israel. En ese sentido, y salvo por los milagros que hacía, Él no era un fenómeno excepcional en su tiempo. Su ministerio público corresponde a lo que era la práctica común del judaísmo de su tiempo.

Pues bien, en los cuatro evangelios se llama a Jesús “Hijo de Dios” más de 50 veces. ¿En qué sentido deben entenderse esas palabras tantas veces citadas?
Examinemos primero qué quiere decir la expresión hebrea “hijo de…” tan usual en la antigüedad. Varias cosas.

1) Filiación natural: hijo de tal persona, como cuando Jesús se refiere a Pedro llamándolo: Simón bar Jona, es decir, Simón hijo de Jonás (Mt 16:17).
2) Filiación espiritual, como cuando Pablo llama a su discípulo Timoteo, “hijo amado”. (1Cor 4:17)
3) La expresión puede denotar cierta característica encomiable: José, el levita de Chipre que fue compañero de Pablo en su primer viaje misionero, es llamado “Bernabé”, es decir, “hijo de consolación”. (Hch 4:36)
4) O lo contrario, una característica negativa: “hijo del diablo” (Hch 13:10) (3).

De todos los seres humanos se suele decir en el lenguaje común que son “hijos de Dios”, en el sentido de que son sus criaturas, porque han sido creados por Él. Pero nosotros sabemos que sólo los cristianos somos “hijos de Dios” en sentido estricto. Lo somos por adopción, al haber recibido el Espíritu Santo cuando creímos, que clama “Abba, padre”. (Gal 4:6; Rm 8:15).

El Prólogo del Evangelio de Juan dice que Jesús es el Hijo Unigénito “que está en el seno del Padre” (Jn 1:18).

Lo llama “el Verbo”, la Palabra, por quien todo fue hecho. Dice también que “el Verbo era Dios” (Jn 1:1-3) y, que, además, “en Él estaba la vida”. Es decir, que la vida residía en su persona. (v. 4).

Más adelante dice que el “Verbo fue hecho carne (lo cual se refiere a su encarnación) y habitó entre nosotros y vimos su gloria como del Unigénito del Padre…” (v. 14).

Esas frases afirman sin ambages la divinidad de Jesús.

Vamos a ver a continuación cómo los evangelios sinópticos lo llaman “Hijo de Dios” en el mismo sentido exaltado que el evangelio de Juan, pese a las opiniones contrarias de algunos eruditos que lo niegan, porque no hay peor ciego que el que no quiere ver. Los evangelios sinópticos lo llaman así a veces de una manera explícita, y otras de una manera implícita.

En ellos –y esto es muy importante- Jesús revela su divinidad por etapas, y al principio con mucha reticencia.

Estando en Cesarea, cuando a la pregunta de Jesús: “Y vosotros ¿quién decís que soy yo?” Pedro le contesta: “Tú eres el Cristo, el Hijo del Dios viviente”, Jesús ordena a sus discípulos que no se lo digan a nadie. Le dice además a Pedro: “Bienaventurado eres Simón, hijo de Jonás, porque (eso) no te lo reveló carne ni sangre, sino mi Padre que está en los cielos.” (Mt 16:15-20). Los hombres podían inferir de sus actos y palabras que Él era un profeta; podían creer por las mismas evidencias que Él era el Mesías, el Cristo, pero su divinidad era algo que sólo Dios podía revelar a un hombre, porque ése era un conocimiento demasiado alto para que “carne y sangre” lo pudiera tener sin ayuda del Altísimo.

Cuando estando a orillas del mar, después de haber sanado a muchos, los espíritus impuros se postran delante de Él (en gesto de adoración) proclamando que Él es el “Hijo de Dios”, Él les ordena callarse la boca (Mr 3:11,12).

Cuando se transfigura en el Tabor, y aparecen junto a Jesús, Moisés y Elías en su cuerpo glorioso, Él ordena a sus discípulos no contar la visión a nadie (Mt 17:9; Mr 9:9).

¿Por qué esa reserva? Porque el pueblo judío no estaba preparado en ese momento para recibir esa revelación.

En esa época el pueblo judío vivía en un estado de efervescencia patriótica; habían habido varios levantamientos contra el invasor romano que habían terminado en baños de sangre (Lc 13:1; Hch 5:35,36). Ellos esperaban un salvador militar, un mesías político, guerrero, que derrotara a los romanos y restaurara la independencia de su nación. No esperaban a un rabino o maestro religioso.

Si Él se hubiera revelado desde el comienzo como el Mesías esperado, el entusiasmo, el fervor patriótico que se hubiera generado en el pueblo, le habría impedido hacer su obra y proclamar su mensaje como Él quería. Su prédica habría sido distorsionada y lo hubieran aclamado como líder político, tal como ocurrió, en efecto, cuando, después de su entrada triunfal en Jerusalén, quisieron proclamarlo Rey (Mt 21:8). Si la intención de Jesús hubiera sido política, Él habría aprovechado el entusiasmo y las aclamaciones de la multitud para hacerse proclamar rey. Pero, lejos de eso, Él se retiró a Betania, frustrando las esperanzas de muchos (Mr 11:11). Él había venido para otra cosa que ellos no podían entender.

Todavía al final de su ministerio Él les dice a sus discípulos: “Aún tengo muchas cosas que deciros, pero no las podéis soportar.” (Jn 16:12) Les serían reveladas por el Espíritu Santo después de que Él se hubiera ido, a partir de Pentecostés.
Vemos aquí un ejemplo de la humildad de Jesús. En Él estaban “escondidos todos los tesoros de la sabiduría y de la ciencia”, como dice Pablo en Col 2:3, pero Él permanece oculto.

Él se fue revelando poco a poco. Esa es pedagogía divina, para que la luz no los deslumbre, como le sucedió a Pablo, que quedó ciego cuando Jesús resucitado se le apareció. (Hch 9:3-9).

Pero hacia el final de su ministerio Jesús se fue revelando a sus discípulos cada vez con mayor claridad y franqueza.

En los evangelios sinópticos vemos que Él empezó reclamando para sí ciertos privilegios que son propios de Dios, hasta llegar a afirmar claramente que Él era el Hijo de Dios.

Veamos la progresión.

Él reclama para sí siete privilegios que sólo pertenecen a Dios.

1. Él es superior a todas las criaturas, mayor que los grandes profetas, mayor que los ángeles, que son “sus” ángeles.
Es más grande que Jonás y más grande que Salomón (Mt 12:41,42). Imagínense que alguien venga en nuestros días diciendo algo semejante. ¿Qué pensaríamos de él? ¿Alguien que dijera que es mayor que Salomón, el hombre más sabio que jamás haya existido?

Él es más grande que David, el rey más amado de Israel, el cual en el Salmo 110:1 llama al Mesías “Mi Señor”, dando a entender que el Mesías es mayor que él (Mt 22:41-45).

Es mayor que Moisés y Elías, que aparecen al lado suyo como escolta en el episodio ya mencionado de la transfiguración; es decir, mayor que los dos profetas más grandes de la historia de Israel (Mt 17:3).

Es más grande que Juan Bautista, quien dijo que él no era digno de desatar el calzado de los pies de Aquel que habría de venir después de él (Lc 3:16).

Sin embargo, Jesús dijo de Juan Bautista que él era más que un profeta, y que no había habido “hijo de mujer” (es decir, hombre alguno) que hubiera sido más grande que Juan, salvo Él mismo (Mt 11:11).

Jesús es mayor que los ángeles, porque después de su victoria sobre Satanás en el desierto, ellos vinieron y le sirvieron (Mr 1:13; Mt 4:11).

Dijo que vendría en la gloria de su Padre con “sus” ángeles (Mt 16:27). Al final de los tiempos enviaría a “sus” ángeles a recoger de los cuatro vientos a sus escogidos (Mt 24:31).

Ni Isaías ni ningún profeta se atrevió a hablar de los ángeles como siendo suyos. Ahora bien, el que es superior a los profetas y a los ángeles, es superior a toda criatura. ¿Quién puede ser ése sino Dios mismo? Implícitamente Jesús estaba diciendo “Yo soy Dios”. Y sus discípulos, que eran duros de entendimiento al comienzo, lo fueron comprendiendo poco a poco. Entendieron que ese hombre cuya personalidad los atraía tanto, que hacía milagros, y que tenía palabras de vida eterna, no era un mero ser humano, sino que había en Él algo más que trascendía lo humano: que Dios habitaba plenamente en Él (Col 2:9).

2. Jesús demandó para sí fe, obediencia y amor, por encima de todo afecto humano, hasta el sacrificio de la propia vida, cuando dijo: “El que ama a su padre o madre más que a mi, no es digno de mí; el que ama a hijo o hija más que a mí, no es digno de mí; y el que no toma su cruz y me sigue, no es digno de mí.” Y termina diciendo: “El que halla su vida la perderá; y el que pierda su vida por mi causa, la hallará.” (Mt 10:37-39).

¿Qué hombre ha dicho cosa semejante de sí mismo y demandado tal lealtad? Sólo a Dios se debe amar por encima de todas las personas y las cosas, y por encima incluso de los vínculos familiares. Sólo Dios puede demandar tanto.

Lo que Jesús promete en ese pasaje (cuando dice que “el que pierda su vida por mi causa la hallará”) es algo que sólo Dios puede prometer, ya que sólo Dios tiene el poder para cumplir una promesa semejante.

Cuando Jesús pronunció esas palabras Él sabía que sus discípulos sufrirían persecución y martirio, y que eso sucedería muy pronto después de su muerte.
A ellos les dijo: “Si pierden su vida por mi causa la hallarán.” ¿Qué vida es la que hallarán? No la vida carnal que perdieron, sino la vida futura en el cuerpo resucitado.

Si Jesús no fuera Dios esas palabras serían señal de una terrible arrogancia, de una egolatría enfermiza.

Sabemos muy bien que cuanto mayor es la santidad de un hombre, más grande es su humildad. El santo borra su ego. ¿Cómo podía Jesús, modelo de santos, decir esas cosas de sí mismo y arrogarse tanta majestad, si Él no era conciente de su divinidad?

Él podía decirlo porque era conciente de que era Dios. Él era un hombre como nosotros, sujeto a las mismas fragilidades humanas. Él tuvo hambre y sed. No sabemos si alguna vez estuvo enfermo, pero sí sabemos que experimentó el dolor y, aunque nos parezca una irreverencia pensarlo, estuvo sujeto a las mismas necesidades naturales de todo ser humano. Y sin embargo, Él era a la vez Dios.

Él se había despojado de su forma divina, como dice Pablo en Filipenses, y se había humillado a sí mismo hasta el punto de tomar forma de siervo, haciéndose como uno de nosotros (Flp 2:7). Pero nunca dejó, ni podía dejar de ser Dios.

Hemos dicho que un santo arrogante es una contradicción de términos. O es humilde, o no es santo, sino un farsante.

Pero de Jesús sabemos muy bien que fue muy humilde, y que aceptó en su pasión las más indignas humillaciones. Lo golpearon, le escupieron en la cara, le pusieron encima un viejo manto de púrpura y una corona de espinas para humillarlo. Permitió que se mofaran de Él y que lo abofetearan.

Si era tan humilde ¿cómo pudo haber dicho: “De cierto os digo que no hay ninguno que no haya dejado casa, o hermanos o hermanas, o padre, o madre, o mujer, o hijos, o tierras, por causa de mí y del evangelio, que no reciba cien veces más ahora en este tiempo, casas, hermanos, hermanas, madres, hijos, y tierras, con persecuciones; y en el siglo venidero la vida eterna.”? (Mr 10:29,30). Con razón algunos pensaban que Él desvariaba.

Sólo Dios puede hacer una promesa semejante. Jesús la hizo porque Él sabía quién era. Si hay alguien que haya sabido quién era, ése fue Él. Y porque sabía que Él era Dios; porque sabía que Él era el Verbo por quien todo fue hecho, Él podía tomar la forma más humilde y aparecer como el más despreciado de los hombres. Conciente de su grandeza Él no tuvo temor de humillarse y de desprenderse completamente de lo que era.

Hay aquí una lección para todos nosotros, empezando por el que escribe. Todos nos sentimos orgullosos de lo que somos, de la posición que ocupamos, de los títulos que tenemos, y todos, o casi todos, hemos redactado alguna vez nuestro “Curriculum Vitae”, poniendo todos nuestros méritos cuando hemos solicitado trabajo.

No hay nadie que se presente buscando trabajo diciendo: “Yo soy un pobre diablo, pero hago mi trabajo más o menos, y me conformo con un sueldito.” ¿Quién lo haría?

Todos de una manera u otra estamos orgullosos de lo que hemos alcanzado y de lo que sabemos, y exhibimos nuestros méritos. No los ocultamos. Pero delante de Dios ¿qué somos? Menos que el polvo que pisamos.

Sin embargo, nosotros somos concientes de nuestra dignidad como hijos de Dios, y de que Dios habita en nuestro interior, no figuradamente, sino realmente. Si ustedes me escuchan y yo puedo hablarles, es porque Jesús está dentro de mí, y eso me da una dignidad extraordinaria. ¿Pero vamos a jactarnos de eso? ¿Puede alguno decir ante el mundo: “Yo soy hijo de Dios. Inclínense delante de mí.”? Al contrario, porque soy un hijo de Dios, yo puedo inclinarme delante de otros para lavarles los pies, como hizo Jesús.

Jesús dijo: “El que no está conmigo, está contra mí, y el que no recoge conmigo, desparrama.” (Mt 12:30). Obviamente sólo Dios puede decir algo semejante de sí mismo, porque el que no está a favor de Dios, está en contra suya necesariamente, ya que Dios es todo y, en tanto que Dios, requiere la mayor fidelidad y abnegación.
En el campo de batalla de un lado está un bando, y al otro, el bando contrario. Y en medio de ambos hay un extenso campo que decimos es tierra de nadie. En el mundo del espíritu no hay tierra de nadie. O estás en el reino de la luz, o estás en el reino de las tinieblas. No cabe estar en los dos a la vez, aunque algunos creen que sí pueden. Pero eso es imposible.

Por eso esas palabras de Jesús son una manifestación categórica de su divinidad. No las podía decir a menos que fuera realmente Dios, o que estuviera loco, o fuera de sí, o que fuera un falsario.

En última instancia uno puede ser neutral respecto de los hombres, pero uno nunca puede serlo respecto de Dios. O estás con Dios, o estás contra Él. Si no estás con Jesús, estás contra Él, porque Él es Dios (Lc 11:23).

Eso es lo que la gente del mundo no entiende, y eso debe ser para nosotros una carga. Muchos hay que andan por el mundo sin ser concientes de que están contra Dios; que actúan contra Dios, y que son en realidad hijos del diablo, aunque sean buenas personas.

Nosotros no podemos acusarlos por ese motivo, porque nosotros hemos sido como ellos. ¿Hay alguno que naciera convertido? ¿Hay alguno que naciera espiritualmente al mismo tiempo que físicamente? Todos hemos venido en su momento a Cristo, y hemos sido regenerados cuando éramos pecadores.

Esa gente es nuestro mercado objetivo, como suele decirse en el lenguaje publicitario. A ellos debemos llevar nuestro mensaje. Pero para que ellos puedan creer en nuestras palabras, nuestras palabras tienen que estar respaldadas por nuestro testimonio. Es necesario que nuestras acciones no contradigan nuestras palabras, para que la gente no pueda decir. “Mira ése cómo actúa, cómo trata a los demás, al revés de lo que predica.”

En verdad, nosotros deberíamos poder dar testimonio de Cristo sin palabras, sólo con nuestras actitudes y nuestra conducta. De esa manera podríamos convertir a muchos sin abrir la boca, lo cual no quiere decir que además no prediquemos.
Jesús dijo: “Bienaventurados sois cuando os vituperen y os calumnien, y os persigan por mi causa.” (Mt 5:11).

No dijo por una causa justa, sino por “mi” causa.

Él es más que todas las causas justas juntas, y promete una gran recompensa en los cielos a los que le son fieles hasta la muerte.

Sólo Dios puede hacer una promesa semejante. ¿Por qué? Porque es Dios quien da las recompensas. (Mt 16:27). (Continuará)

Notas: 1. A los evangelios de Mateo, Marcos y Lucas se les llama “sinópticos” (de sun, “común” en griego, y ópsis, “vista”) porque, aunque tienen bastante material propio, comparten mucho material común, en contraste con el evangelio de Juan, en el que figuran milagros y palabras de Jesús que los otros tres evangelios no registran.
2. Los eruditos de la Alta Crítica sitúan la composición de los evangelios entre el año 65 DC y el año 100 DC, aunque algunos empujan la última fecha hasta el año 150 DC. Hoy hay una opinión creciente -a la que yo adhiero- que sostiene, que todos los libros del Nuevo Testamento fueron escritos antes del año 70 DC. Este debate académico no carece de consecuencias para la fe porque cuanto más alejada esté la composición de los evangelios de los hechos que relata, menos fidedignos serían los acontecimientos y las palabras de Jesús que consigna.
3. Veamos algunos de los usos en la Biblia de la expresión “hijo de…”. En los libros proféticos se llama con frecuencia al ser humano varón “hijo de hombre” o “hijo de mujer”. En el Génesis se llama a los ángeles “hijos de Dios” (6:2). Isaías llama a las mujeres israelitas “hijas de Sión” (Is 3:16). Jesús llama a los judíos “hijos del reino” (Mt 8:12). A los pacíficos los llama “hijos de paz” (Lc 10:6). A los incrédulos los llama “hijos de este siglo”, y a los creyentes, “hijos de luz” (Lc 16:8). A una mujer israelita la llama “hija de Abraham” (Lc 13:16), y de Zaqueo dice que él es también un “hijo de Abraham”, pues es judío (Lc 19:9). A los que resuciten en el último día los llama “hijos de la resurrección.” (Lc 20:36). A los creen en la luz (es decir, en Él) Jesús los llama “hijos de luz” (c.f. Ef 5;8). Pablo dirá que los creyentes son “hijos de Abraham” (Gal 3:7). A los pecadores los llama “hijos de desobediencia”, e “hijos de ira” (Ef 2:2,3).

NB. Este artículo y el siguiente están basados en la transcripción de una enseñanza dada recientemente en la Iglesia Evangélica Pentecostal de San Juan, Argentina, la cual estuvo basada en parte, a su vez, en el 2do capítulo del libro “El Salvador y su amor por nosotros”, de R. Garrigou-Lagrange.

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viernes, 20 de mayo de 2011

UNA MADRE EJEMPLAR II

Por José Belaunde M.


En el artículo anterior hemos visto cómo Jocabed, en una acción desesperada, con el fin de salvar la vida de su hijo, lo puso en una canasta de mimbre previamente calafateada, y lo depositó en un carrizal a orillas del Nilo, dejando a su hermana para que viera qué pasaba con el niño.

Dios no defraudó la confianza de Jocabed (que debe haber estado orando fervientemente por su hijo), porque al poco rato la hija del faraón vino a bañarse en el río junto con sus doncellas. Ella “vio la arquilla en el carrizal y envió a una criada suya a que la tomase”. (Ex 2:5). Dios hizo que la hija del faraón, al ver al niño que lloraba, fuera movida a compasión y decidiera salvarle la vida, tomándolo a su cargo (v. 6).

Para ella no debe haber sido fácil tomar esa súbita decisión porque ella se dio bien cuenta de que se trataba de un niño hebreo, que no debía estar vivo, según la orden que había dado su padre. ¿Cómo se dio ella cuenta de que era un niño de los hebreos? ¿Tendría una marca en la frente, o una estrella de David en la muñeca? No. ¿Cómo se dio cuenta entonces? ¿Qué fue lo que Dios le mandó a Abraham que hicieran sus descendientes con los hijos varones que tuvieran? Que los circuncidaran al octavo día de nacer. Cuando ella vio al niño desnudo y vio que estaba circuncidado, supo que era una criatura hebrea, porque sabía que ésa era una práctica de los israelitas. Los egipcios, como otros pueblos de la antigüedad, también circuncidaban a los hombrecitos, pero no tan temprano sino en la adolescencia.

Ella tuvo, sin embargo, compasión del niño. Su compasión fue más fuerte que el temor de desafiar la orden de su padre. ¡Cuántas cosas no puede hacer la compasión!

Ella era pagana, no conocía al Dios verdadero, pero tuvo un sentimiento que proviene del corazón de Dios. Con frecuencia nos olvidamos de que también los paganos tienen sentimientos buenos, porque ellos también fueron creados a imagen y semejanza de Dios. No nos apresuremos pues a condenarlos, porque Dios puede no sólo salvarlos, sino también usarlos para sus fines.

¿Cuántos paganos ha habido que se convirtieron y que luego fueron grandes cristianos, apóstoles o teólogos o misioneros? Agustín de Hipona, uno de los más grandes teólogos de la iglesia, es un buen ejemplo. Él era un filósofo pagano, hijo de un ciudadano romano y de una mujer cristiana que oraba sin cesar por la conversión de su hijo.

Sería bueno que nos preguntemos: ¿Hasta qué punto somos nosotros compasivos con los que sufren y nos salen al paso? ¿Cuántos de los que están aquí, hombres y mujeres, recogerían por compasión de la calle a una criatura abandonada, y se harían cargo de ella? Yo me temo que yo no lo haría por no complicarme la vida.
Pero conozco el caso de una madre muy pobre, abandonada por su marido y con varios hijos, que recogió a una criatura de padres desconocidos, abandonada y enferma, y que la crió como si fuera propia. No ha salido de la pobreza por ese acto de caridad, pero ¡cómo la recompensará Dios algún día!

Enseguida Dios inspiró a la hermana que vio lo que pasaba, la idea de sugerirle a la hija del faraón que contratara como nodriza del niño a una mujer de los hebreos. Con su asentimiento fue a buscar a Jocabed y la hija del faraón le encargó a ella el niño para que lo críe ¡sin saber que era su madre! Y encima le dijo que le pagaría por hacerlo. Así Jocabed resultó ser nodriza por encargo de su propio hijo (Ex 2:7-9). ¡Cuán admirables y maravillosos son los caminos de Dios que utilizó a la hija del faraón para devolver sano y salvo a Jocabed el hijo que ella le había confiado! Utilizó para salvarlo de morir nada menos que a la hija del soberano que lo había condenado a muerte antes de que naciera.

Encima de eso le devuelve a Jocabed su hijo con un premio: Ya que la princesa lo adopta como propio, el niño pertenecerá a la familia real. Ella fue la que le dio el nombre de Moisés (esto es, "sacado de las aguas") por el cual hoy lo conocemos (v. 10). ¿Cuál sería el nombre que le pusieron sus padres? No lo sabemos. Sólo conocemos el nombre que le puso esa princesa. ¿No es esto extraordinario? El niño condenado a muerte se convierte en hijo, esto es, en nieto, que es casi como si fuera hijo del hombre que lo había condenado a morir. Y encima su madre fue recompensada económicamente por criar a su propio hijo (v. 9).

Si el faraón se hubiera enterado del asunto se habría jalado los pelos. ¡Yo lo he condenado a muerte y ahora resulta siendo mi nieto!

¡Cuán admirables son los caminos de Dios que convierte en un bien lo que el enemigo tramó para el mal! ¡Con cuánta razón escribió Pablo que todas las cosas colaboran para el bien de los que aman a Dios! (Rm 8:28). Que no sólo le aman. sino que también confían en Él.

Pablo escribió en Efesios: "Aquel que es poderoso para hacer todas las cosas mucho más abundantemente de lo que pedimos o entendemos, según el poder que actúa en nosotros….” (3:20).

Dios hizo mucho más de lo que Jocabed había soñado. ¡Cómo iba ella a imaginar que ese niño que había depositado en las aguas del Nilo, donde podría haberse ahogado o muerto de hambre, le sería devuelto para que se ocupe de él y lo críe, recibiendo un pago por hacerlo, y que encima ese hijo suyo iba a ser un príncipe de la casa real de Egipto!

Las cosas que Dios hace superan en mucho los sueños del hombre. Así que no tengas temor de soñar cosas maravillosas, porque Dios puede darte mucho más de lo que le pides.

El instinto maternal de Jocabed puso su confianza totalmente en Dios, y Dios no la defraudó sino que la recompensó ampliamente, más allá de lo que ella hubiera podido ni siquiera imaginar, porque ese hijo llegaría a ser el instrumento usado por Dios para salvar de la esclavitud a su pueblo.

¡Quiera Dios que Jocabed tenga muchas imitadoras entre las madres cristianas, y ¿por qué no también?, entre las abuelas!

¿Cuántas abuelas hay aquí? Dios puede usarlas para que enseñen a sus hijos y a sus nietos a tener una fe en Dios tan firme como la que tuvo Jocabed. Dios premió la fe de esa mujer, y puede premiar también la fe de todas las madres y abuelas que pongan su confianza en Él, si cumplen con la misión de enseñar a sus hijos y a sus nietos a tener una confianza semejante en Dios, que nunca defrauda a los que en Él confían.

Cuando el niño creció, Jocabed se lo entregó a la hija del faraón para que se cumpliera su destino. En todo esto vemos la acción providencial de Dios, poniendo en obra el proyecto que había concebido desde la eternidad para salvar a su pueblo de la esclavitud y llevarlo a la tierra prometida por medio de este niño, cuyo bautismo simbólico había sido el ser salvado de las aguas del Nilo en una frágil canastilla.

Dios no sólo rectificó el decreto malvado del faraón salvando de la muerte al futuro profeta y caudillo que Él había escogido, sino que además creó las circunstancias necesarias para que el muchacho (a quien ciertamente sus padres habían instruido acerca de las promesas que Dios hizo a Abraham, y enseñado a creer en el único Dios verdadero) fuera instruido también en toda la sabiduría y las costumbres de los egipcios.

Podemos pensar asimismo que Dios permitió que Moisés se familiarizara con las ceremonias y la etiqueta de la casa real, para que, cuando décadas más tarde, regresara para cumplir su misión, él pudiera moverse con desenvoltura y autoridad en medio de los egipcios, y pudiera entrar a palacio, según dice el refrán, "como Pedro en su casa", y hablarle al soberano de tú por tú, como a un familiar, seguramente porque lo conocía desde su juventud. No podían cerrarle la puerta porque él era un príncipe de la casa real.

Pero tomemos nota de cómo todo el plan de Dios comienza con unos esposos fieles que tienen fe en Él, y con una madre valiente que arriesga todo por su hijo, confiando en que Dios es poderoso para salvar aun en las circunstancias más difíciles. Ella dio un primer paso de fe cuando conservó a su hijo con vida, pese al decreto del faraón; y un segundo paso cuando puso a su hijo en una canasta entre los juncos del Nilo. Ella lo hizo sin saber que al hacerlo estaba salvando la vida del hombre que más tarde salvaría a su pueblo de la esclavitud de Egipto. Ella no lo sabía en ese momento, y quizá no lo supo nunca, pues debe haber muerto antes de que Moisés empezara a cumplir su misión, ya que no se le menciona. Dios no le dijo: Este niño va a ser un gran líder y profeta. No le dijo eso. Ella actuó en fe, sabiendo que Dios cumpliría su propósito, cualquiera que éste fuera.

Cuando nosotros damos un paso de fe no sabemos qué es lo que Dios va a hacer con ese acto de confianza en Él, con el que quizá arriesgamos nuestra comodidad, o hasta nuestra vida. No sabemos qué es lo que va a hacer Dios. Por eso es que hay que obedecerle siempre, aunque nos cueste, porque Dios usará nuestra fe y nuestra obediencia para sus propósitos. Si por miedo, o por timidez, dejamos de hacer lo que Dios espera de nosotros, frustramos sus planes para nuestras vidas, ¿y quién sabe?, también para las vidas de otros a quienes nosotros hubiéramos podido bendecir.

Es bueno que veamos brevemente lo que la tipología nos revela en este episodio, esto es, cómo los personajes y acontecimientos del Antiguo Testamento prefiguran y anuncian a los personajes y acontecimientos del Nuevo. Moisés es un "tipo" de Jesús, porque salvó al pueblo de Dios de la esclavitud de Egipto, así como Jesús lo salvará más tarde de la esclavitud del pecado.

Retrocediendo en el tiempo la arquilla nos hace pensar en el arca que Noé construyó por orden de Dios, y en la que hizo entrar a los suyos cuando comenzó el diluvio (Gn 6:14). Ambas, el arca y la arquilla, fueron calafateadas por dentro y por fuera, para hacerlas impermeables al agua. En una se salvaron Noé y su familia, es decir, un pequeño remanente de la humanidad que sobrevivió al diluvio, y que salvó al género humano de la extinción; en la otra se salvó del agua un niño que había de salvar a su pueblo. Esa arca y esa arquilla son símbolo de la iglesia en la que se salvan todos los entran en ella, es decir, los escogidos.

A su vez, la madre de Moisés, que no tuvo miedo del decreto del faraón, pese a que su osadía pudo haberle costado la vida, es figura de María, la madre de Jesús, que aceptó tener un hijo no estando casada, no teniendo miedo de la deshonra que caería sobre ella por esa causa, ni del desprecio de su novio, ni de las piedras que lapidaban a las desposadas acusadas de adulterio.

Así como Dios confió a Jocabed al futuro salvador de Israel en la carne, así Dios confió a María al futuro Salvador del Israel de Dios (Gal 6:16). Así como Jocabed y Amram salvaron a Moisés del faraón que quería matarlo, así también María y José salvaron a Jesús del rey Herodes que quería acabar con su vida.

Un pequeño detalle en la historia del pueblo hebreo que narra el 2do libro de Reyes, nos hace ver la importancia que puede tener una madre. Cada vez que ese libro menciona el nombre de uno de los reyes buenos que tuvo el reino de Judá, menciona también el nombre de su madre. En cambio cuando habla de los reyes idólatras que hubo en el reino de Samaria no menciona el nombre de la madre. ¿Qué nos está diciendo eso? La gran influencia espiritual que la madre tiene sobre sus hijos, para que más tarde sean fieles a Dios, o para que vuelvan a Él algún día, si acaso por un tiempo se desviaron.

La madre tiene en sus manos el destino de los hijos que lleva en el seno, porque lo que la madre encinta piense, contribuye a formar el corazón de la criatura que está en su vientre. Lo que la madre siente, piensa y ora –o deja de orar- tiene una enorme influencia en la futura personalidad y en el carácter del niño. Si ella se la pasa viendo cosas frívolas en la televisión, está formando el corazón de su criatura con esas cosas vanas. En cambio, ella puede formar a la criatura ya nacida enseñándole a amar a Dios y a orar; enseñándole a juntar sus manitas para dirigirse a Papá Dios. ¿Saben ustedes que las oraciones de los niños son muy poderosas? Lo son en la medida en que sean inocentes. ¡Oh, cuidemos la inocencia de los niños!

Suele decirse que detrás de todo gran hombre hay una gran mujer. Esa puede ser su esposa, claro está. Pero también puede haber sido su madre.
Muchos de los grandes héroes de la fe de la historia del cristianismo tuvieron una madre creyente que les enseñó a amar a Dios y a orar desde pequeños. Esa es una de las benditas funciones de las madres: Enseñar a sus hijos desde pequeños a amar a Dios y a orar (Véase 2Tm 1:5).

¡Cómo no hemos de alabar a Dios y a glorificarlo por tales madres que cumplen fielmente el propósito de Dios para con sus hijos! ¡Sean benditas con todas las bendiciones del cielo las madres que así lo hagan!

Yo quiero pronunciar bendición sobre las madres y las abuelas que están acá, para que no tengan temor de cumplir el propósito por el cual fueron llamadas por Dios, y que sean concientes de que Dios bendijo sus vientres cuando concibieron un hijo o una hija, y que bendecirá la vida de ese fruto de sus entrañas si se ponen de rodillas con frecuencia para orar por esa criatura.

Algún día Él va a hacer maravillas en esa vida que quizá alguna vez se descarrió, pero que, en su momento, como el hijo pródigo, retornará a la casa del Padre que lo espera.

¿Están dispuestas a creerlo?

Gracias te damos, Señor, por todas las madres que acogen a los hijos que tú les mandas sin tratar de impedir que nazcan; que los reciben como un don tuyo, Señor; que están dispuestas a tenerlos, y luego a criarlos, y a darles de mamar, y a alimentarlos con su propia sustancia, pese al sacrificio que para ellas eso representa; que están dispuestas a criarlos en el temor de ti, a fin de que un día sean varones y varonas que te obedezcan y te sirvan, de modo que este país, Señor, pueda ser bendecido abundantemente por tu gracia.

NB. Este artículo y el precedente están basados en la transcripción de una charla dada en el Ministerio de la Edad de Oro de la CCAV, anticipándose a la celebración del Día de la Madre, la cual estuvo a su vez basada en un artículo sobre Jocabed, publicado el 2001, y vuelto a publicar en mayo del 2009.

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martes, 10 de mayo de 2011

UNA MADRE EJEMPLAR I

Por José Belaunde M.


El libro del Éxodo narra cómo una vez muerto José, y de acuerdo a la promesa que Dios le hizo a Abraham de hacer de él una nación grande (Gn 12:2), el pueblo hebreo empezó a multiplicarse en Egipto en gran manera, al punto que los egipcios comenzaron a temer que si seguía aumentando su número, pronto podían convertirse en una amenaza para ellos en caso de guerra, porque podían aliarse con sus enemigos. (Ex 1:9,10) Y comenzaron a tenerles miedo, y como ustedes bien saben, el miedo conduce al odio. Esto es, el que teme termina odiando al que le inspira miedo. (Nota 1)



Cuando subió al trono un faraón que no había conocido a José personalmente, el nuevo soberano decidió oprimir a los hebreos con tributos y faenas pesadas para impedir que se siguieran multiplicando (Ex 1:11,12). Pero fue inútil. Ocurrió al revés. Ni aun el hecho de incrementarles las cargas y hacerles la vida penosa surtió el efecto deseado. ¿Y cómo podría, si la bendición de Dios estaba sobre ellos?


¿Por qué se multiplicaba el pueblo hebreo? Se multiplicaba en cumplimiento de la promesa que Dios le había hecho a Abraham de que sus descendientes serían tan numerosos como las estrellas del cielo. (Gn 15:5). Faraón no podía hacer nada contra la bendición de Dios.


La bendición de Dios estaba sobre los esposos israelitas y sobre los vientres de las madres israelitas.
¿De dónde sale la población de los pueblos? Del vientre de las mujeres, del vientre de las madres.


Por eso la Escritura, en un pasaje del evangelio de Lucas, declara que el vientre de la mujer es bendito: “Mientras Él decía estas cosas (hablando al pueblo que le escuchaba) una mujer de entre la multitud levantó la voz y le dijo: Bienaventurado el vientre que te trajo y los senos que mamaste.” (Lc 11:27)


Eso lo dice de la madre de Jesús. ¿Pero acaso no es aplicable a toda mujer? ¿Cuántos padres hay acá? ¿Ustedes no dirían que el vientre de la esposa que les dio los hijos que tienen no es bendito? Sí, Dios bendice el vientre de las madres.
Noten el realismo del lenguaje del pueblo hebreo de entonces. ¿Qué persona pronunciaría en público una frase semejante en nuestros días?


La madre es la que lleva el peso del embarazo durante nueve meses, una carga que a ratos puede ser muy, pero muy pesada, por las incomodidades que causa.


Ningún hombre, por mucho que ame a su mujer, aceptaría llevar el peso del embarazo en lugar de ella. No tendría el valor suficiente. El embarazo es una prueba dura para la mujer, por el peso que carga en los últimos meses, por las náuseas de los primeros meses, y los antojos que le vienen de comer tal o cual cosa, etc. Pero las mujeres aceptan de buena gana esas molestias, por la satisfacción y la alegría que les proporciona tener un hijo. No hay para muchas de ellas satisfacción mayor.


En el episodio de Lucas que hemos citado, la mujer gritó además: “(Bienaventurados) los pechos que te amamantaron.”


Dar de lactar es una función excelsa y muy bella. Durante unos meses, o durante todo un año, o aún más, la madre alimenta a su hijo de su propia sustancia, de su propio cuerpo. Le transmite el calcio de sus huesos, por lo que, con los años, puede llegar a sufrir de osteoporosis, por la pérdida de calcio que sufrió durante la lactancia.


Pero sobretodo, la lactancia crea una relación de intimidad amorosa entre la madre y su criatura, que no sólo fortalece psicológicamente a ésta, sino también la fortalece físicamente.


La medicina ha probado que los hijos que fueron amamantados por sus madres son más sanos, y resisten mejor a las enfermedades, que los que fueron alimentados con leche artificial. Son también más sanos psicológicamente, porque el amor de la madre que han absorbido durante esos meses junto con la leche, los fortalece anímicamente. El amor de su madre es un alimento para el alma del niño pequeño. ¿Y cuándo pueden ellas manifestárselo mejor que cuando le dan de mamar?


Pero no hay duda de que la lactancia es también una carga para la mujer que puede en ocasiones volverse dolorosa. Sin embargo, es algo que ella hace con gozo.
¡Qué triste es que en nuestro país el espíritu de codicia de algunas empresas trate de limitar, como se ha denunciado, el derecho que tienen las madres que trabajan a un tiempo libre para dar de mamar a sus hijos.


Pero Dios no sólo bendice el vientre de la mujer, sino que bendice el fruto de su vientre (es decir a sus hijos), no únicamente en el caso de María (Lc 1:42), sino en el caso de todas las mujeres, porque la frase con que Isabel saludó a su pariente María está tomada de las Escrituras (“Bendito el fruto de tu vientre,” Dt 28:4).


No solamente eso. Dios dice que hará sobreabundar el fruto del vientre de las mujeres del pueblo elegido si le son fieles (Dt 28:11). Promete bendecir con fecundidad al pueblo hebreo. Y por extensión, a todo pueblo que camine según sus leyes y principios. ¿Sobre quién recae esa bendición primeramente? Sobre las madres que dan a luz hijos.


La fecundidad es una bendición para los padres, y para los países, porque cuando crecen sus poblaciones, aumenta su poder. En cambio, la esterilidad es una causa de tristeza para la mujer y para los esposos.


El mundo moderno rechaza la fecundidad, que es un don de Dios, y trata de limitarla. Trata de limitar las bendiciones de Dios. Por eso se han inventado tantos métodos anticonceptivos.


Cuando crece la población de un país, aumenta su poder, aumenta su economía. ¿Cuáles son los países económicamente más fuertes del mundo? Los que tienen mayor población, suponiendo que su población esté educada.


Antes los países económicamente más fuertes estaban en Europa. Pero cuando la población de los EEUU empezó a crecer a lo largo del siglo XIX por la emigración, la economía americana creció con su población y terminó por superar a la de los países europeos, que eran menos poblados.


¿Y ahora qué está pasando? La supremacía económica está empezando a pasar al otro lado del Océano Pacífico, a la China, porque tiene una población cuatro o casi cinco veces mayor que la de los EEUU.


¿Qué es lo que produce esa prosperidad económica? Por supuesto la laboriosidad de los chinos, que son muy trabajadores. Pero también la enorme población que tienen que proporciona a sus industrias un enorme mercando interno.


Los pueblos son bendecidos cuando su población crece; son bendecidos cuando los vientres de sus madres son bendecidos con fecundidad. Bien lo dice Proverbios: “En la multitud del pueblo está la gloria del rey; y en la falta de pueblo, la debilidad del príncipe.” (Pr 14:28).


Por eso es que el enemigo trama proyectos, ciertamente satánicos, para impedir que las madres tengan hijos, como lo que ocurría en nuestros barrios populares cuando se inducía a las mujeres a ligarse las trompas.


¿Quién es el que hace eso? El enemigo que está tratando de frustrar el porvenir de nuestro país porque, a la larga, la riqueza de nuestro país estará en su población debidamente educada.


¿Por qué es que el Brasil es más poderoso que nosotros? Porque tiene seis o siete veces más población que el Perú, y claro, también más territorio. De ahí que nunca debemos hacer caso de los que predican la limitación de nacimientos. Lamentablemente ya han obtenido parte de su objetivo, porque la tasa de crecimiento de nuestra población, que antes era de 2.5% anual, ha bajado a 1.7%.
Hay que tener en cuenta, sin embargo, que esos métodos persiguen no sólo limitar los nacimientos, sino también promover el libertinaje sexual. Ese es uno de los propósitos del enemigo, porque cuando se corrompen las costumbres, la fe se apaga.


Puede alegarse que en el mundo moderno las circunstancias han cambiado. Ya no son favorables para las familias numerosas, porque las cargas económicas son mucho mayores que hace unas décadas, o que hace un siglo. Es verdad. Pero yo conozco el testimonio de muchos padres cristianos que se arriesgaron a aceptar todos los hijos que Dios les mandara sin recurrir a ningún método que los limitara, y que fueron grandemente bendecidos por Dios. (2)


Pero volvamos a nuestra historia. Cuando el faraón vio que la opresión no detenía el aumento de la población hebrea, ordenó a las parteras que atendían a las mujeres israelitas, que no dejaran vivir a los hijos varones que les nacieran, y que sólo dejaran con vida a las hijas.


Las parteras pueden, en efecto, desatender al niño que nace, y dejar que se asfixie, o que contraiga una infección si no lo limpia bien.


Pero ellas no obedecieron al faraón; se negaron a cumplir sus órdenes. Dice la Escritura que ellas “temieron a Dios y no hicieron como les mandó el rey.” (Ex 1:15-21).


Ellas temieron más al Dios que no veían, que al faraón que sí veían. ¿Por qué? Porque tenían fe. Ellas fueron valientes y no tuvieron temor de ofender al faraón, aun a riesgo de sus vidas, con tal de obedecer a Dios.


¿Cuántos médicos, obstetrices y enfermeras se negarían a cumplir las órdenes impías de las autoridades cuando son contrarias a la voluntad de Dios?


En el Perú, en el caso de las esterilizaciones masivas que hubo en los años 90, buena parte del personal médico de provincias se sometió a sus jefes para no perder sus puestos, violando sus conciencias al ligar las trompas de las mujeres campesinas, sin advertirles de lo que estaban haciendo, y sin ni siquiera consultar con sus maridos. Eso fue un crimen abominable. Un atentado contra la maternidad y contra Dios, que es el origen de la vida. Temieron más al hombre que a Dios. Después las pobres mujeres campesinas, para las que los hijos son riqueza, se extrañaban de que no concebían más hijos, y sufrían porque sus maridos no las querían en consecuencia, y no podían entender la causa. ¡Cuánto sufrimiento causó esa mala práctica!


Hay países, como la China, donde se hace abortar a la fuerza a las mujeres que tienen más de un hijo, para cumplir con la política draconiana de permitir sólo un hijo por pareja, para que no aumente más su población, que ya consideran excesiva. En la India durante un tiempo se esterilizaba a la fuerza a los hombres para que no engendren hijos. ¿Quién es el que promueve esas medidas? El enemigo de la vida creada por Dios.


En ambos casos hacen eso para frenar el crecimiento de la población.


¡Qué ironía! En Europa los gobiernos dan toda clase de beneficios a las parejas para estimularlas a que tengan hijos porque no quieren tenerlos, pues criarlos demanda muchos sacrificios. Como consecuencia la población de los países europeos tiende a decrecer año tras año, y eso amenaza su futuro, porque algún día podrían carecer de la mano de obra que necesitan sus industrias. (3)


En una parte del mundo faltan los nacimientos, y en otra sobran, o creen que sobran. Pero la orden que Dios dio a Adán y Eva fue “fructificad y multiplicaos” (Gn 1:28).


¿Hay alguien que pueda frenar la mano de Dios si Él quiere alimentar a miles de millones de habitantes más en el mundo? Si el Perú tuviera cien millones de habitantes ¿ustedes no creen que la agricultura peruana podría alimentarlos a todos?


Pues bien, volviendo nuevamente a nuestra historia, Dios recompensó a las parteras de Israel haciendo prosperar a sus familias. (Ex 1:21) Dios recompensa a los que ponen la obediencia a sus mandatos por encima del temor a los hombres. Como solemos decir: “Si Dios está por nosotros, ¿quién contra nosotros?” (Rm 8:31). A Dios hay que temer, no al hombre. Si tú pones tu confianza en Dios, Él te sacará adelante.


¿Y qué hacemos nosotros? ¿Nos comportamos con la misma valentía que esas mujeres? Si lo hacemos Dios también nos recompensará abundantemente, y hará prosperar nuestras familias, porque la prosperidad está en sus manos; no depende de las circunstancias.


Es cierto que el diablo puede también hacer prosperar económicamente a la gente. Pero lo hace para su daño, para hacerles caer en sus garras. Pero él no puede hacer prosperar a nadie espiritualmente, salvo de una manera engañosa.


Al faraón, finalmente, no le quedó más remedio que ordenar que todo hijo varón de los hebreos que naciera fuera echado al río para que muriera, y que sólo quedaran con vida las niñas (v. 22).


Cuando fracasan los planes de los malvados, ellos recurren al asesinato.


Fue entonces cuando Jocabed (cuyo nombre quiere decir “gloria de Dios”), esposa del levita Amram (4), dio a un luz un hijo tan hermoso que no pudo entregarlo a la muerte, sino que lo escondió durante tres meses (Ex 2:2), a sabiendas de que si eran descubiertos, ella y su marido morirían junto con el niño. Hasta que llegó el día en que no podían seguir ocultándolo.


¿Por qué no podían seguir ocultándolo? Posiblemente porque al crecer la criatura, sus gritos y llantos pidiendo el seno de su madre eran demasiado fuertes para ocultarlos, y serían escuchados por los guardianes egipcios.


Ella y su marido arriesgaron su vida para salvar la vida de su hijo. ¿Qué madre no haría eso? ¿Qué madre no arriesgaría su vida por salvar la de su hijo?


Las madres expenden su vida criando hijos. Pero Dios las premia por ello si lo hacen con amor y no de mala gana.


Entonces tomaron una pequeña canasta (el texto dice “una arquilla”, es decir, una pequeña arca) y la calafatearon por dentro y por fuera para que pudiera flotar en el agua (Ex 2:3); pusieron al niño en ella y lo llevaron al río Nilo, donde lo depositaron escondido entre los carrizos que crecían en sus orillas.


Esa fue una medida desesperada, pero también un acto de confianza enorme en Dios, pues equivalía a poner al niño en sus manos, seguros de que Dios cuidaría de él. La epístola a los Hebreos elogia la fe de los padres de Moisés que no dudaron en arriesgar sus vidas al desobedecer la orden del faraón. (Hb 11:23).


Muchas madres cristianas depositan a sus hijos en las aguas del río tumultuoso de la vida, en medio del cañaveral de los obstáculos y tentaciones que entorpecen su camino; pero ellas, como Jocabed, lo hacen confiando en que Dios cuidará de ellos. Su confianza no será defraudada. ¿Cómo podrían ellas calafatear la canasta en que ponen a sus hijos al depositarlos en las aguas de la vida, para que no se hunda? Orando por ellos, con el ejemplo, y con las enseñanzas y principios que les impartieron cuando eran niños.


Tan confiada estaba Jocabed en que Dios cuidaría a su hijo, que dejó a su hermana en el lugar vigilando, para que viera lo que sucedería (Ex 2:4). Eso nos habla de la unidad de la familia.


Aquí hay varias madres. Yo les pregunto: ¿Dejarían ustedes a su hijo en una canasta entre los carrizos a las orillas de un río? ¿Quién de ustedes tendría ese valor? ¿O tendría tanta confianza en Dios como para tomar ese riesgo?

(Si quiere saber cuál fue la suerte del niño Moisés en esta situación de peligro, lea usted la continuación de esta apasionante historia en el próximo número, o mejor, lea su Biblia.)

Notas: 1. ¿Podría entonces decirse que el temor de Dios inspira odio a Dios? No, porque el temor de Dios es un sentimiento reverente que está mezclado con amor y con la seguridad de que Dios, a su vez, nos ama. Por eso Juan pudo escribir en su 1ra. Epístola: “En el amor no hay temor”, (1Jn 4:18) en el sentido de miedo.


2. Un caso concreto es el del pastor luterano Larry Christenson, que ha contado en un bello libro cómo él y su esposa, después de investigar el asunto y de orar, se decidieron a no tomar ninguna precaución para evitar los hijos, y tuvieron todos los que Dios les mandó para felicidad de ellos y de su familia.


3. Debido al rechazo de la natalidad que existe en la mayoría de países europeos que fueron antes cristianos, y que contrasta con la alta natalidad que exhibe la población árabe que vive en su seno, el viejo continente amenaza convertirse en Eurabia hacia el año 2050, y tener una población mayoritariamente musulmana. Europa, como advierten alarmados algunos de sus líderes, se está suicidando.


4. El relato del Éxodo no menciona aquí el nombre de los padres de Moisés, pero sí lo hace más adelante al consignar los nombres de los descendientes de Leví (Ex 6:20; Nm 26:59). La versión Reina-Valera 60 dice aquí "su tía" y la King James, "la hermana de su padre". Pero la palabra hebrea del original: "doda", puede significar también "descendiente", "prima" o "sobrina". Lo más probable es que Amran y Jocabed fueran primos.

NB. Este artículo y su continuación están basados en la transcripción de una charla dada en el Ministerio de la Edad de Oro de la CCAV, anticipándose a la celebración del Día de la Madre, la cual estuvo a su vez basada en un artículo sobre Jocabed, publicado el 2001, y vuelto a publicar en mayo del 2009.

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