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martes, 22 de noviembre de 2011

ELOGIO DE LA MUJER VIRTUOSA II

Por José Belaunde M.

Lo que impulsa a la mujer virtuosa a trabajar diligentemente no es un cerrado interés propio, limitado al bienestar de los suyos, sino el amor que alcanza también a los menos favorecidos, porque ella “alarga su mano al pobre y extiende sus manos al menesteroso.” (Pr 31:20). Ella es generosa y caritativa. No tiene reparos de ocuparse personalmente de las personas necesitadas; de sus necesidades materiales y de sus necesidades espirituales, que a veces son mayores que las primeras.
Ella cumple con lo que ordena Dt 15:7,8 (“Cuando haya en medio de ti menesteroso… en alguna de tus ciudades… no endurecerás tu corazón ni cerrarás tu mano contra tu hermano pobre, sino abrirás a él tu mano liberalmente…”), de modo que ella es bendecida por todos los que ella ha salvado de la miseria (Jb 29:13). Ella se comporta como lo haría más adelante Dorcas (Hch 9:39), conciente de que el que da a los pobres, presta a Dios (Pr 19:17a) (Nota 1). Lo que ella hace con sus manos (vers. 13,19,24) le sirve para “compartir con el que padece necesidad.” (Ef 4:28; cf Hb 13:16). ¡Qué bueno fuera que los que adquieren y negocian lo hicieran no sólo para enriquecerse sino también para dar!

“No tiene temor de la nieve por su familia porque toda su familia está vestida de ropas dobles.” (vers. 21). Su familia está bien provista, tanto para el invierno como para el verano, porque ella es precavida y piensa de antemano en lo que se puede necesitar meses por delante. Donde nuestra traducción dice “ropas dobles”, el original hebreo dice “escarlata” (y así lo traducen otras versiones), color entonces costoso y elegante con el que solía teñirse la lana y que era considerado abrigador (2S 1:24).

“Ella hace para sí tapices (o cobertores para su cama) y sus vestidos son de lino fino y púrpura.” (vers. 22) La túnica de lino blanco y el manto de lana teñido de púrpura eran en la antigüedad la vestimenta característica de la gente distinguida o rica (Lc 16:19). (2) Pero en ella no son un atuendo de elegancia externa, sino simbolizan el honor y la dignidad que la recubren.

“Su marido es conocido en las puertas.” Las ciudades amuralladas de entonces tenían puertas grandes y macizas que se abrían por la mañana y se cerraban de noche. En las explanadas que había delante de las puertas los hombres se reunían a discutir sus asuntos, y a hacer negocios, y los magistrados trataban de los asuntos de la ciudad. Incluso es posible que algunos fueran acompañados de siervos que les llevaban sillas para sentarse, pues dice: “Su marido es conocido en las puertas, cuando se sienta con los ancianos de la tierra.” (vers. 23) Es decir, con los hombres principales. Su marido es uno de ellos, y es honrado y estimado por todos, no sólo por su propio valor, sino por haber sabido escoger como esposa a una mujer tan apreciada, cuya sabia administración doméstica lo deja en libertad para ocuparse de los asuntos públicos. Bien dice un proverbio: “La mujer virtuosa es corona de su marido.” (Pr 12:4a).
El hombre que puede confiar en su mujer, y a quien él da el honor que ella se merece, es un hombre que está seguro de sí. Por eso se dice que la mujer hace al hombre. Hay un dicho antiguo que dice que “detrás de todo gran hombre, hay una gran mujer”, sin la cual él no habría podido llegar a ocupar la posición que alcanzó, ni cosechar tantos logros. Ese hombre puede hacer escuchar su voz en las reuniones y en las asambleas, porque se siente respaldado, y porque cuando regresa a su hogar se encuentra con una mujer que lo ama, que lo trata bien, que lo cuida y lo engríe. Dicen que las mujeres nunca dejan de ser madres, y hasta que son madres de sus maridos. Algo hay de cierto en ello.
También en el aspecto íntimo, la mujer es el respaldo del hombre. Ella lo levanta, no lo achica; ella le aconseja, no lo critica; ella lo anima, no lo disminuye; ella lo estimula, no lo desanima; ella le da valor, no lo acobarda. La mujer hace al hombre realmente. Por eso dice la Escritura: “Cual ave que se va de su nido, tal es el hombre que se va de su lugar.” (Pr 27:8). No tiene dónde descansar cuando se va del lado de su mujer, y se vuelve triste y se deprime.

“Ella hace telas y vende, y provee de cintos al mercader.” (vers. 24) (3). Ella teje con gran habilidad, y como está siempre ocupada tiene siempre cosas hechas con sus manos para vender a los comerciantes viajeros. Respecto de lo segundo no se trata de cintas (como traduce RV60) sino de los cintos, o cinturones, a veces lujosos, que usaban tanto hombres como mujeres para ajustar sus mantos a la cintura, de lo que ya se ha hablado en el artículo anterior a propósito del vers. 17 (Véase Jr 13:1; 2S 20:8; Is 11:5; Ef 6:14)

“Fuerza y honor son su vestidura y se ríe de lo porvenir.” (vers. 25). Este verso es muy importante. Habla de su entereza de carácter y de la rectitud de su corazón y de su conducta, cualidades que le permiten sonreír a lo que pueda depararle el futuro, porque tiene la conciencia limpia y ha puesto su confianza en el Señor. Cuando nuestra conciencia no está en paz, cuando nos acusa, no podemos tener paz ni alegría, y no podemos mirar con confianza el porvenir.
Ella puede sonreír a lo que le reserva el futuro porque no ha dedicado sus mejores años a engalanarse, divertirse y pasarla bien, como muchas mujeres, las cuales cuando su belleza decae lucen tristes y amargadas, porque nadie se ocupa de ellas ni las busca. La mujer virtuosa, que aquí encomiamos, en cambio, sabe que con el tiempo ella cosechará el fruto de sus desvelos y de sus buenas obras.
En el Antiguo Testamento ponerse una vestidura es mostrar su verdadero carácter, como cuando Job dice: “Vístete de honra y de hermosura.” (Jb 40:10). O cuando Dios se viste de magnificencia (Sal 93:1; cf Is 51:9; 52:1). En el lenguaje del Nuevo Testamento, asimismo, cuando uno adquiere ciertas cualidades se dice que se viste de ellas, como cuando Pablo exhorta a los colosenses a vestirse de “entrañas de misericordia, de benignidad, de humildad…” (Col 3:12; cf Ef 4:24). O cuando exhorta: “Vestíos del Señor Jesucristo…” (Rm 13:14).
Vale la pena notar que fortaleza y dulzura no suelen ir juntas en una mujer. O prima lo uno, o prima lo otro. Pero ¡qué maravilla es cuando se manifiestan juntas por igual!

“Abre su boca con sabiduría y la ley de clemencia está en su lengua…”. (vers. 26) (Otras versiones traducen el hebreo así: “…y la instrucción amorosa está en su lengua.”) (4) Sus palabras son a la vez sabias, apacibles y oportunas, como dice un proverbio: “y la palabra a su tiempo, ¡cuán buena es!” (15:23; cf 25:11). Ella no ofende con sus palabras ni es malhablada, como son muchas que andan difundiendo chismes de puerta en puerta. Ella sabe guardar silencio cuando es necesario, y si abre la boca, lo hace con discreción, porque es conciente de que “en las muchas palabras no falta pecado.” (Pr 10:19).
Ella es sabia consejera de su marido y de sus familiares. Ella piensa en lo que puede afectar a las personas que la rodean y tiene consideración de sus sentimientos. El amor de Dios que la llena aflora en su mirada, en su sonrisa y en sus palabras. En ese amor de Dios está el secreto de su excelencia.

“Considera los caminos de su casa y no come el pan de balde.” (vers. 27). Ella observa los actos y los hábitos de sus hijos, y los corrige sin aspereza cuando es necesario. Aun al reprender “la ley de clemencia está en su lengua,” es decir, la ley de la bondad, de la piedad, de la compasión. No se entromete en lo que no le compete, ni en la vida de sus vecinos, sino concentra su atención en lo que está bajo su responsabilidad (Pr 14:1). ¡Cómo no proclamar que ella se ha ganado con creces la prosperidad y el respeto de que goza!

“Sus hijos se levantan y la llaman bienaventurada.” (vers. 28a) (5). Sus hijos, que se han beneficiado durante años de sus virtudes, no se cansan de elogiarla y bendecirla. Ellos no sólo la aman sino se sienten orgullosos de tener tal madre.
Así como ella ha hecho bien a todos, ahora los beneficiados le devuelven el bien que ha hecho, alabándola. Así como ella se levanta temprano para ocuparse de su casa (vers. 15), ahora ellos se levantan para elogiarla. Ocupada como ha estado siempre en el bienestar de los suyos, ahora ellos tornan su atención sobre ella para alabarla.
“Y su marido también la alaba.” (vers 28b) Su esposo más que ninguno tiene sobradas razones para encomiar sus cualidades, porque nadie como él ha gustado el fruto suave de sus virtudes y de su amoroso cuidado.
Pero si su marido la hubiera maltratado, ella se hubiera sentido disminuida, desanimada, y no habría podido poner todas sus cualidades a disposición de él. ¡Cuán importante es que el marido trate bien a su mujer! Porque la mujer es como una planta delicada. Si una planta es descuidada, si no es regada con amor, se marchita. Pero si es regada con cariño, con cuidado, con atención, con cortesía, florece. Las mujeres bien lo saben. Los hombres deben también saberlo.
El hombre que no trata bien a su mujer se pierde lo mejor que ella puede darle, porque no da los frutos que ella podría dar si fuera bien tratada. Ella, en verdad, no puede dar todo lo que puede y tiene dentro, si no es cuidada, alabada, atendida, querida, por su marido. Por eso dice el texto: “su marido también la alaba”. La mujer necesita ser alabada por su marido para florecer como esposa. Necesita que el hombre le dé el honor que le corresponde; el honor que se merece siéndole él fiel a ella. No humillándola, como muchas veces ocurre desgraciadamente entre nosotros, siéndole infiel.
Cuando los años pasan y la belleza juvenil del rostro se marchita, la mujer virtuosa adquiere otra clase de belleza, aquella belleza que le dan precisamente sus virtudes; esa belleza que brilla a través de sus ojos, de la serenidad de su rostro y de la dignidad de su porte. ¡Cómo no hemos de alabar nosotros a tal mujer, a la mujer que tiene tales virtudes! ¡Cómo no lo llamaremos feliz al hombre que encuentra y se une a una mujer así! ¡Al hombre que sabe tratar como se debe el tesoro que Dios puso en sus manos para que lo cuide!
De manera que en esta palabra que Dios nos ha dado en las Escrituras, está el secreto de la felicidad para el hombre. Primero, en hallar una mujer así, porque dice Proverbios: “el que halla una esposa, halla el bien” (Pr 18:22a). Y segundo, en saber valorar lo que Dios le ha dado.

Su marido dice además de ella: “Muchas mujeres hicieron el bien, mas tú sobrepasas a todas”. (vers 29) (6) Aunque pudiera haber muchos maridos felices que reclamaran para su mujer el primer lugar, para cada cual su mujer es la mejor. No la ajena, sino la propia. Así que cada marido puede decir a su esposa: “tú las sobrepasas a todas”, sin decir una mentira, porque para él ella es incomparable.

El autor del poema agrega: “Engañosa es la gracia y vana la hermosura”. (vers 30a). Los hombres corren equivocadamente con frecuencia tras la gracia exterior y son decepcionados. La hermosura es algo visible que nos atrae ciertamente a todos, pero no es lo que más importa. A la belleza del rostro no siempre corresponde la belleza del alma. Al contrario, muchas veces la belleza del rostro esconde un carácter intrigante, mezquino, egoísta e hipócrita. Mi padre, que era muy sabio, decía: “Los hombres se casan con una cara bonita, pero tienen que convivir con un carácter”, con el carácter de su esposa. Igual pueden decir naturalmente las mujeres. Se casan, o se enamoran, de un hombre apuesto, buen mozo, pero después tienen que convivir no con la apostura, no con la gallardía del marido, sino con su buen o mal carácter. Por ello lo primero que los novios deben preocuparse por conocer bien cada uno del otro es el carácter. El que escoge a su mujer por su belleza, la amará mientras eso dure y no se marchite, pero el que la escoge por sus virtudes la amará cada día más.
Nuestro carácter decide lo que somos, y cómo vivimos; decide la felicidad que damos a los nuestros, a aquellos con los cuales vivimos. Más que el físico, lo que nosotros debemos cultivar ante todo es nuestro carácter. Porque de él depende no solamente en gran medida nuestro destino, sino también cómo nosotros impactamos a las personas con las cuales compartimos nuestra vida, en especial a los más cercanos, al cónyuge, a los hijos, a los familiares, a todos los que tenemos cerca.

“La mujer que teme a Jehová, ésa será alabada.” (vers. 30b). El libro de los Proverbios comienza diciéndonos que “el temor del Señor es el principio de la sabiduría.” (Pr 1:7). Cuando una persona está poseída por ese santo temor todas sus acciones y sus palabras, su manera de vestirse y de comportarse -e incluso de entretenerse- llevan una marca peculiar que infunde la influencia del Espíritu en ella y que suscita respeto y afecto en los demás.

“Dadle del fruto de sus manos.” (vers. 31a). Cuando ella se presente delante de su Creador, ella podrá mostrarle el fruto de una vida dedicada a cumplir con esmero la tarea que Él le había encomendado, y será eternamente recompensada por ello.

“Y alábenla en las puertas sus hechos.” (vers. 31b). Ella es elogiada en la plaza pública por todos los que conocen sus virtudes y saben cómo ella ha bendecido a muchos con sus hechos. Pero yo creo que aquí las puertas representan antes que nada la entrada a las moradas celestiales donde ella podrá escuchar algún día las palabras de aprobación que serán coreadas por una legión de ángeles: “Bien hecho, sierva buena y fiel. Entra en el gozo de tu Señor."(Mt 25:21).

Notas: 1. El proverbio continúa diciendo: “y el bien que ha hecho se lo volverá a pagar.” Ella ciertamente experimentó la verdad de ese dicho en la prosperidad que bendecía sus labores. Nótese que la frase: “extiende sus manos al menesteroso…”, puede significar también que lo acoge en su casa.
2. El lino era importado de Egipto (Ez 27:7) La púrpura era un colorante hecho de conchas marinas de las costas de Fenicia, y era, por tanto, un producto que denotaba riqueza y lujo (Jc 8:26; Cnt 7:5; Ez 27:16; Hch 16:14).
3. El original hebreo dice “cananeo”. Siendo ese pueblo conocido por su floreciente comercio, esa palabra se convirtió en sinónimo de comerciante.
4. Abrir la boca es un hebraísmo que significa hablar largamente o con solemnidad.
5. La palabra “levantarse” expresa el ánimo pronto con que se hace lo debido (Ex 2:17; Jos 18:4). Es también un gesto de respeto (Jb 29:8; Is 49:7).
6. El original dice aquí “muchas hijas”, como con frecuencia y con delicadeza el Antiguo Testamento designa a las mujeres: Gn 34:1; Jc 21:21; Is 3:16,17.

NB. Este artículo y el anterior del mismo título están basados en el artículo “La Mujer Fuerte”, publicado el 29.04.07 (#468), el cual ha sido revisado y ampliado. A su vez, ese artículo estaba basado en una charla dada en el ministerio de la “Edad de Oro”. Al hacer la revisión he consultado con provecho, entre otros comentarios, los de H. Ironside y de B. Waltke.

Amado lector: Si tú no estás seguro de que cuando mueras vas a ir a gozar de la presencia de Dios, es muy importante que adquieras esa seguridad, porque no hay seguridad en la tierra que se le compare y que sea tan necesaria. Como dijo Jesús: “¿De que le sirve al hombre ganar el mundo si pierde su alma?” (Mt 16:26) ¿De qué le serviría tener todo el éxito que desea si al final se condena? Para obtener esa seguridad tan importante yo te invito a arrepentirte de tus pecados, pidiendo perdón a Dios por ellos, y entregándole tu vida a Jesús, haciendo una sencilla oración como la que sigue:
“Yo sé, Jesús, que tú viniste al mundo a expiar en la cruz los pecados cometidos por todos los hombres, incluyendo los míos. Yo sé también que no merezco tu perdón, porque te he ofendido conciente y voluntariamente muchísimas veces, pero tú me lo ofreces gratuitamente y sin merecerlo. Yo quiero recibirlo. Me arrepiento sinceramente de todos mis pecados y de todo el mal que he cometido hasta hoy. Perdóname, Señor, te lo ruego; lava mis pecados con tu sangre; entra en mi corazón y gobierna mi vida. En adelante quiero vivir para ti y servirte.”

#702 (20.11.11) Depósito Legal #2004-5581. Director: José Belaunde M. Dirección: Independencia 1231, Miraflores, Lima, Perú 18. Tel 4227218. (Resolución #003694-2004/OSD-INDECOPI).

miércoles, 16 de noviembre de 2011

ELOGIO DE LA MUJER VIRTUOSA I

ELOGIO DE LA MUJER VIRTUOSA
Por José Belaunde M.

El libro de Proverbios culmina con una oda dedicada a alabar a la mujer cuyas cualidades hacen la felicidad de las personas que viven en su entorno (Cap. 31:10-31). Se trata de un poema alfabético o acróstico, esto es, cada verso comienza con una letra distinta del alfabeto hebreo hasta completar las veintidos consonantes que lo componen. (Nota 1).

El poema ha ejercido una gran influencia en el mundo judeo-cristiano, pues ha sentado para todos los tiempos un modelo de esposa para los judíos que sus mujeres tratan de imitar, y que los hombres tratan de encontrar para casarse. Pero también ha ejercido influencia en los medios cristianos. El gran poeta español del siglo XVI, Fray Luis de León, escribió sobre este texto un famoso comentario bajo el título de “La Perfecta Casada”, que en su tiempo fue muy leído, sin hablar de los numerosos comentarios evangélicos.
Todas las mujeres cristianas deberían ser animadas a adquirir desde jóvenes las cualidades que se describen en este bello poema a fin de prepararse no sólo al matrimonio sino también para afrontar los retos que les presente la vida. Esto es tanto más importante cuanto que el mundo moderno presenta a la mujer contemporánea ideales que son no sólo diferentes sino hasta contrarios a los que aquí se exponen.
Tradicionalmente en los ambientes judíos el poema es recitado por los esposos a sus mujeres todos los sábados antes de la ceremonia de la santificación del día de descanso, así como en los funerales de mujeres. Es de notar que mientras la literatura oriental suele alabar la belleza de la mujer como valor femenino supremo, este poema exalta su sentido práctico y sus virtudes, minimizando el valor de la belleza física.

“Mujer virtuosa ¿quién la hallará?" (v. 10ª) La pregunta implica casi una respuesta negativa, como diciendo: difícilmente. De hecho el Predicador expresa su incertidumbre de hallarla (Ecl 7:28). Abraham mandó a buscar en tierra lejana una esposa digna para su hijo Isaac, porque no esperaba encontrarla cerca (Gn 24:3,4). Pero quizá si no se la encuentra fácilmente es porque también rara vez se la busca. Los hombres suelen preferir la belleza física en la mujer que a la virtud. Pero reconozcámoslo, no sólo la mujer virtuosa es difícil de hallar, también lo es el hombre de verdad (Pr 20:6b).

Una mujer fuerte (como rezan otras versiones) es por necesidad virtuosa. Su fortaleza reside en sus virtudes, no en su fortaleza física, porque podría ser débil físicamente y, no obstante, ser fuerte.

El hebreo dice: “la mujer jayil”. “Jayil” quiere decir “fuerza”, “ejército”, “riqueza”, “poder”. (2). La Septuaginta la traduce por andreían, palabra griega que quiere decir “varonil”. El latín de la Vulgata dice “viril”, es decir, varonil. Las versiones hebreas dicen “mujer de valor”, que es una traducción igualmente válida.
Alguno objetará que yo haya escogido dar a este artículo el título de “Elogio de la Mujer Virtuosa”, tal como lo hace la versión Reina Valera, y no el más común de “La Mujer Fuerte”, como ya lo hice antes (Véase el artículo #468, del 29.04.07). ¿Cuál de los dos es correcto? ¿Trata este texto de la mujer fuerte, o de la mujer virtuosa? En verdad el significado de ambas palabras es afín. “Virtuosa” viene de “virtud”; que viene de “virtus” en latín; que viene de “vir”, que quiere decir “varón”. “Virtus” (lo propio del varón) significa precisamente hombría, virilidad, valor, fuerza, fortaleza, cualidades que no son exclusivas del hombre, sino que pueden serlo también, pese a su menor fuerza física, de la mujer que ama a Dios y está llena de su Espíritu.

Una mujer fuerte, o de valor en sentido espiritual, es pues una mujer virtuosa. Es la mujer que se caracteriza por su entereza; que es capaz de afrontar las pruebas de la vida; que educa a sus hijos superando mil dificultades; la mujer, con frecuencia abandonada, que sale adelante sola luchando a brazo partido. ¿No es ella una mujer fuerte? ¿Y no es fuerte porque es virtuosa? ¿Podría ser fuerte, espiritualmente hablando, si no fuera virtuosa? No, ciertamente. Su fortaleza reside en sus virtudes. Eso es lo que hace de ella una mujer admirable.

Ella es una mujer que se ha armado de todas las fortalezas que el Señor pone a su disposición. ¿Cuáles son esas fortalezas, esas excelencias, esas virtudes? Fijémonos en que dice que una mujer de calidad, una mujer digna de encomio, una mujer virtuosa, no se encuentra fácilmente. Feliz es el hombre que la encuentra, “porque su estima (e.d. su valor) sobrepasa largamente, a la de las piedras preciosas.” (v. 10b) Donde nuestra traducción dice “estima” el original hebreo dice “precio”, aludiendo a la dote que el novio debía pagar a los padres de la novia para formalizar el compromiso. (3)

Dice además: “El corazón de su marido está en ella confiado.” (v. 11ª) ¡Qué gran cosa es para un hombre que pueda confiar plenamente y en todos los sentidos en su mujer!
Puede confiar –y eso es lo más importante- en su fidelidad. Notemos que una esposa fiel y un marido justamente confiado se bendicen mutuamente.
Puede confiar en su discreción en todos los asuntos, es decir, que no sea no sólo chismosa, sino que no cuente ni a sus mejores amigas las cosas íntimas entre él y ella y las de su hogar.
Puede confiar en que maneje bien la casa y el dinero que él pone en sus manos; y en el buen uso que ella haga del dinero que ella misma gana.
Puede confiar en ella en cualquier emergencia porque ella es capaz y enérgica, y tiene un gran sentido de su dignidad como mujer. (¿Lo tienen las mujeres peruanas, o se han dejado llevar por la mentalidad de nuestro ambiente que tiende a desvalorizar a la mujer?)
El corazón de su marido está confiado, esto es, puede reposar completamente en ella, y por eso para él su valor sobrepasa al de las joyas más preciosas. Dice además que “no carecerá de ganancias.” (V. 11b) (4). Ella es para él fuente de muchos beneficios, no sólo materiales, porque tiene cuidado cada día de “cómo agradar a su marido.” (1Cor 7:34).

“Le da ella bien y no mal todos los días de su vida.” (v. 12) Recalco esa frase: “Ella le da bien y no mal todos los días de su vida.” En la vida conyugal y familiar todos nosotros esperamos que de las personas con las que compartimos nuestra vida nos vengan sólo buenas cosas, es decir, satisfacciones, alegrías, beneficios de todo tipo, y no lo contrario, disgustos, cóleras, preocupaciones, sinsabores, amarguras, reproches, etc. De eso depende la armonía del hogar. Es un hecho que la armonía en el hogar depende en gran medida de la mujer. Es ella quien la crea, por su buen carácter, por su inteligencia, por su discreción, por su bondad. ¿Cómo no proclamar que ella es un tesoro para su esposo y para todos los que viven con ella?
Gozar de armonía en casa es uno de los factores principales de la felicidad. En cambio, la falta de armonía en el hogar hace a todos infelices y que todos huyan de él. Acerca de eso dice Pr 19:21: “Mejor es morar en tierra desierta que con mujer rencillosa e iracunda.” (Cf Pr 27:15,16)

En la vida familiar la madre suele ser el nexo entre los hijos pequeños y su padre, a quien ven menos y con quien tienen menos contacto en los primeros años. El rol que una madre amorosa cumple con sus hijos pequeños, sobre todo pero no sólo cuando permanece en casa, es un tesoro invalorable porque les da una gran seguridad en sí mismos cuando son mayores. En cambio la falta de amor materno deja una huella triste en el hombre y lo vuelve inseguro y temeroso.

“Busca lana y lino y con voluntad trabaja con sus manos.” (v. 13). Los materiales de origen animal y vegetal que ella emplea apuntan a su habilidad para tejer. Aunque es muy femenina no tiene reparos en remangarse la ropa y ponerse manos a la obra con el vigor de un hombre. Es trabajadora y esforzada; hábil y eficiente. Por eso dice más adelante el vers. 17 “Ciñe de fuerza sus lomos y esfuerza sus brazos”. En el Medio Oriente tanto los hombres como las mujeres usaban mantos amplios que no les estorbaban al caminar, pero que sí podían hacerlo al trabajar. Para evitarlo la gente (o los soldados que salían a batallar) se ceñían la ropa al cuerpo con un cinturón. La expresión “ceñirse los lomos” es decir, la cintura” quedó como una forma de expresar que uno se alista, o adopta la actitud apropiada para enfrentar el reto que tiene delante (como, por ejemplo en Efesios 6:14: "…ceñidos vuestros lomos con la verdad…” Véase Ex 12:11; 1R 18:46; 2R 4:29). Una vez ceñida, ella fortalece sus brazos para la tarea que se ha propuesto realizar.

“Es como nave de mercader que trae su pan de lejos.” (v. 14). (5). Ella tiene dotes de comerciante y hace negocios para incrementar los ingresos de su familia vendiendo las telas que ella teje (Véase vers. 24). La frase “trae su pan de lejos” sugiere que ella explora posibilidades aun alejadas del lugar donde vive, en otras ciudades, y hasta en el extranjero, para negociar. Pero seguramente tiene en cuenta también lo que aconseja el proverbio: “Encomienda al Señor tus obras, y tus planes serán afirmados.” (Pr 16:3).

Dice además que la mujer virtuosa nunca está ociosa: “Se levanta aún de noche y da comida a su familia y ración a sus criadas.” (v. 15). Se levanta de madrugada y se ocupa de lo que va a comer su familia ese día, o lo prepara ella misma, de modo que todos puedan ir, o ponerse a trabajar temprano.

También dice más adelante: “Su lámpara no se apaga de noche.” (v. 18b). Se acuesta tarde y se levanta temprano y está siempre trabajando porque es una mujer diligente a la que le gusta tener todo en orden. No por estar siempre ocupada deja de ser fuerte, porque el Señor le da energía y fuerzas de modo que en su trabajo, en su actividad, ella encuentra su fortaleza. En el Antiguo Testamento la lámpara que se apaga es un símbolo de desventura, o de pobreza (Jb: 18:5,6; Pr 13:9; 20:20; 24:20; Jr 25:10); por tanto, la lámpara que permanece encendida toda la noche es señal de prosperidad.

Cuando dice que “da comida a los suyos” eso debe entenderse no sólo en un sentido material, sino también en un sentido espiritual, porque ella aconseja a los suyos, los trata bien, los anima. Es interesante notar que donde nuestra traducción dice “comida” el original hebreo dice “presa”, en alusión a la costumbre de la leona que sale de caza a oscuras para encontrar una presa para dar de comer a sus leoncillos. Podemos ver que ella pone el bienestar de su familia por encima de su propia comodidad, y se porta como una leona si fuera necesario.

En su casa nunca faltan alimentos, y hay incluso para dar al hambriento que pasa por su puerta (cf v. 20). Ella piensa también en la alimentación del personal doméstico, y no hace distingos en su alimentación que podrían ser ofensivos para ellos. Si tiene una o varias empleadas, las trata con consideración, y es por eso respetada y amada por ellas. Sólo el amor puede hacer que el trabajo rudo o rutinario sea placentero.

En el Perú se trata mal al personal doméstico. Cuidémoslo de hacerlo, porque Dios nos pedirá cuentas. Recuérdese que Él es “padre de huérfanos y defensor de viudas.” (Sal 68:5)

“Considera la heredad y la compra. Planta viña del fruto de sus manos…” (es decir, con el dinero que ella ha ganado). (v. 16) Tiene mucho sentido práctico y está siempre pensando en el bienestar material de su familia y en cómo aumentar el patrimonio familiar, y lo hace de acuerdo con su marido. Aquí vemos un ejemplo de una verdadera “sociedad conyugal”.

Ella está segura de que su relación con su esposo es inconmovible. Él está tan ligado a ella como ella a él, porque son una sola carne, como dice Gn 2:24. ¡Qué bendición es para todos en el hogar cuando hay esa clase de unidad entre los esposos!

“Ve que van bien sus negocios.” (v. 18ª). Los supervisa y los cuida para que prosperen (Pr 27:23). Ella es como el mayordomo fiel de la parábola, a quien el señor le confía una suma de dinero, y que cuando regresa ve que esa suma de dinero se ha multiplicado. El mayordomo fiel ha hecho lo que su señor esperaba de él, y mucho más todavía. Por eso su señor le dice: “Bien siervo bueno y fiel, porque has sido fiel en lo poco sobre mucho te pondré.” (Mt 25:23), palabras que ella algún día escuchará.
A la mujer fiel Dios le confía, a medida que pasa el tiempo, más y más cosas porque sabe que ella cumple lo que promete y asume con seriedad las responsabilidades que se le confían; sabe que ella se empeña en hacerlo todo lo mejor posible dentro de sus fuerzas; sabe que ella no va a defraudar a los que ponen su confianza en ella. Y por eso el Señor la premia.

“Aplica su mano al huso y sus manos a la rueca”. (v. 19). Pocos recuerdan hoy lo que son el huso y la rueca, pero las mujeres en la Sierra todavía las usan. En nuestros días y ciudades se diría: “Aplica sus manos a la máquina de coser”. ¿Cuántas mujeres hoy día tienen una máquina de coser en casa y la usan con frecuencia? ¿Cuántas se empeñan en desarrollar el potencial de creatividad que Dios puso en ellas para ser útiles a sí mismas y a otros en muchos campos? Pueden serlo no sólo con sus manos sino también con su inteligencia y con su boca.

Notas: 1. Poemas alfabéticos son también los salmos 9, 10, 25, 34, 37, 111, 112, 119; y las Lamentaciones 1 al 4; pero con excepción del salmo 119, sólo la NIV, la Biblia de Jerusalén y la versión Nácar-Colunga, lo muestran.
2.
Las palabras eset jayil son aplicadas también a Rut en Rt 3:11, que Reina Valera 60 traduce como “mujer virtuosa”.
3.
Esa es una costumbre que se mantuvo mucho tiempo en el mundo cristiano como una manera de asegurarse de que el pretendiente tenga los medios para sostener el hogar.
4.
La palabra hebrea traducida como “ganancias” significa “botín”, que es un término militar, lo que sugiere que ella actúa de acuerdo a una estrategia bien pensada.
5.
Los comerciantes de la antigüedad fletaban barcos para ir a países distantes, en los que ofrecían la mercancía que llevaban consigo, y compraban lo que podían vender en su país de origen.

NB. Este artículo y el siguiente del mismo título están basados en el artículo “La Mujer Fuerte” mencionado arriba, que ha sido revisado y ampliado para esta nueva edición, el cual, a su vez, estaba basado en una charla dada en el ministerio de la “Edad de Oro”.

Amado lector: Si tú no estás seguro de que cuando mueras vas a ir a gozar de la presencia de Dios, es muy importante que adquieras esa seguridad, porque no hay seguridad en la tierra que se le compare y que sea tan necesaria. Como dijo Jesús: “¿De que le sirve al hombre ganar el mundo si pierde su alma?” (Mt 16:26) ¿De qué le serviría tener todo el éxito que desea si al final se condena? Para obtener esa seguridad tan importante yo te invito a arrepentirte de tus pecados, pidiendo perdón a Dios por ellos, y entregándole tu vida a Jesús, haciendo una sencilla oración como la que sigue:“Yo sé, Jesús, que tú viniste al mundo a expiar en la cruz los pecados cometidos por todos los hombres, incluyendo los míos. Yo sé también que no merezco tu perdón, porque te he ofendido conciente y voluntariamente muchísimas veces, pero tú me lo ofreces gratuitamente y sin merecerlo. Yo quiero recibirlo. Me arrepiento sinceramente de todos mis pecados y de todo el mal que he cometido hasta hoy. Perdóname, Señor, te lo ruego; lava mis pecados con tu sangre; entra en mi corazón y gobierna mi vida. En adelante quiero vivir para ti y servirte.”
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martes, 10 de mayo de 2011

UNA MADRE EJEMPLAR I

Por José Belaunde M.


El libro del Éxodo narra cómo una vez muerto José, y de acuerdo a la promesa que Dios le hizo a Abraham de hacer de él una nación grande (Gn 12:2), el pueblo hebreo empezó a multiplicarse en Egipto en gran manera, al punto que los egipcios comenzaron a temer que si seguía aumentando su número, pronto podían convertirse en una amenaza para ellos en caso de guerra, porque podían aliarse con sus enemigos. (Ex 1:9,10) Y comenzaron a tenerles miedo, y como ustedes bien saben, el miedo conduce al odio. Esto es, el que teme termina odiando al que le inspira miedo. (Nota 1)



Cuando subió al trono un faraón que no había conocido a José personalmente, el nuevo soberano decidió oprimir a los hebreos con tributos y faenas pesadas para impedir que se siguieran multiplicando (Ex 1:11,12). Pero fue inútil. Ocurrió al revés. Ni aun el hecho de incrementarles las cargas y hacerles la vida penosa surtió el efecto deseado. ¿Y cómo podría, si la bendición de Dios estaba sobre ellos?


¿Por qué se multiplicaba el pueblo hebreo? Se multiplicaba en cumplimiento de la promesa que Dios le había hecho a Abraham de que sus descendientes serían tan numerosos como las estrellas del cielo. (Gn 15:5). Faraón no podía hacer nada contra la bendición de Dios.


La bendición de Dios estaba sobre los esposos israelitas y sobre los vientres de las madres israelitas.
¿De dónde sale la población de los pueblos? Del vientre de las mujeres, del vientre de las madres.


Por eso la Escritura, en un pasaje del evangelio de Lucas, declara que el vientre de la mujer es bendito: “Mientras Él decía estas cosas (hablando al pueblo que le escuchaba) una mujer de entre la multitud levantó la voz y le dijo: Bienaventurado el vientre que te trajo y los senos que mamaste.” (Lc 11:27)


Eso lo dice de la madre de Jesús. ¿Pero acaso no es aplicable a toda mujer? ¿Cuántos padres hay acá? ¿Ustedes no dirían que el vientre de la esposa que les dio los hijos que tienen no es bendito? Sí, Dios bendice el vientre de las madres.
Noten el realismo del lenguaje del pueblo hebreo de entonces. ¿Qué persona pronunciaría en público una frase semejante en nuestros días?


La madre es la que lleva el peso del embarazo durante nueve meses, una carga que a ratos puede ser muy, pero muy pesada, por las incomodidades que causa.


Ningún hombre, por mucho que ame a su mujer, aceptaría llevar el peso del embarazo en lugar de ella. No tendría el valor suficiente. El embarazo es una prueba dura para la mujer, por el peso que carga en los últimos meses, por las náuseas de los primeros meses, y los antojos que le vienen de comer tal o cual cosa, etc. Pero las mujeres aceptan de buena gana esas molestias, por la satisfacción y la alegría que les proporciona tener un hijo. No hay para muchas de ellas satisfacción mayor.


En el episodio de Lucas que hemos citado, la mujer gritó además: “(Bienaventurados) los pechos que te amamantaron.”


Dar de lactar es una función excelsa y muy bella. Durante unos meses, o durante todo un año, o aún más, la madre alimenta a su hijo de su propia sustancia, de su propio cuerpo. Le transmite el calcio de sus huesos, por lo que, con los años, puede llegar a sufrir de osteoporosis, por la pérdida de calcio que sufrió durante la lactancia.


Pero sobretodo, la lactancia crea una relación de intimidad amorosa entre la madre y su criatura, que no sólo fortalece psicológicamente a ésta, sino también la fortalece físicamente.


La medicina ha probado que los hijos que fueron amamantados por sus madres son más sanos, y resisten mejor a las enfermedades, que los que fueron alimentados con leche artificial. Son también más sanos psicológicamente, porque el amor de la madre que han absorbido durante esos meses junto con la leche, los fortalece anímicamente. El amor de su madre es un alimento para el alma del niño pequeño. ¿Y cuándo pueden ellas manifestárselo mejor que cuando le dan de mamar?


Pero no hay duda de que la lactancia es también una carga para la mujer que puede en ocasiones volverse dolorosa. Sin embargo, es algo que ella hace con gozo.
¡Qué triste es que en nuestro país el espíritu de codicia de algunas empresas trate de limitar, como se ha denunciado, el derecho que tienen las madres que trabajan a un tiempo libre para dar de mamar a sus hijos.


Pero Dios no sólo bendice el vientre de la mujer, sino que bendice el fruto de su vientre (es decir a sus hijos), no únicamente en el caso de María (Lc 1:42), sino en el caso de todas las mujeres, porque la frase con que Isabel saludó a su pariente María está tomada de las Escrituras (“Bendito el fruto de tu vientre,” Dt 28:4).


No solamente eso. Dios dice que hará sobreabundar el fruto del vientre de las mujeres del pueblo elegido si le son fieles (Dt 28:11). Promete bendecir con fecundidad al pueblo hebreo. Y por extensión, a todo pueblo que camine según sus leyes y principios. ¿Sobre quién recae esa bendición primeramente? Sobre las madres que dan a luz hijos.


La fecundidad es una bendición para los padres, y para los países, porque cuando crecen sus poblaciones, aumenta su poder. En cambio, la esterilidad es una causa de tristeza para la mujer y para los esposos.


El mundo moderno rechaza la fecundidad, que es un don de Dios, y trata de limitarla. Trata de limitar las bendiciones de Dios. Por eso se han inventado tantos métodos anticonceptivos.


Cuando crece la población de un país, aumenta su poder, aumenta su economía. ¿Cuáles son los países económicamente más fuertes del mundo? Los que tienen mayor población, suponiendo que su población esté educada.


Antes los países económicamente más fuertes estaban en Europa. Pero cuando la población de los EEUU empezó a crecer a lo largo del siglo XIX por la emigración, la economía americana creció con su población y terminó por superar a la de los países europeos, que eran menos poblados.


¿Y ahora qué está pasando? La supremacía económica está empezando a pasar al otro lado del Océano Pacífico, a la China, porque tiene una población cuatro o casi cinco veces mayor que la de los EEUU.


¿Qué es lo que produce esa prosperidad económica? Por supuesto la laboriosidad de los chinos, que son muy trabajadores. Pero también la enorme población que tienen que proporciona a sus industrias un enorme mercando interno.


Los pueblos son bendecidos cuando su población crece; son bendecidos cuando los vientres de sus madres son bendecidos con fecundidad. Bien lo dice Proverbios: “En la multitud del pueblo está la gloria del rey; y en la falta de pueblo, la debilidad del príncipe.” (Pr 14:28).


Por eso es que el enemigo trama proyectos, ciertamente satánicos, para impedir que las madres tengan hijos, como lo que ocurría en nuestros barrios populares cuando se inducía a las mujeres a ligarse las trompas.


¿Quién es el que hace eso? El enemigo que está tratando de frustrar el porvenir de nuestro país porque, a la larga, la riqueza de nuestro país estará en su población debidamente educada.


¿Por qué es que el Brasil es más poderoso que nosotros? Porque tiene seis o siete veces más población que el Perú, y claro, también más territorio. De ahí que nunca debemos hacer caso de los que predican la limitación de nacimientos. Lamentablemente ya han obtenido parte de su objetivo, porque la tasa de crecimiento de nuestra población, que antes era de 2.5% anual, ha bajado a 1.7%.
Hay que tener en cuenta, sin embargo, que esos métodos persiguen no sólo limitar los nacimientos, sino también promover el libertinaje sexual. Ese es uno de los propósitos del enemigo, porque cuando se corrompen las costumbres, la fe se apaga.


Puede alegarse que en el mundo moderno las circunstancias han cambiado. Ya no son favorables para las familias numerosas, porque las cargas económicas son mucho mayores que hace unas décadas, o que hace un siglo. Es verdad. Pero yo conozco el testimonio de muchos padres cristianos que se arriesgaron a aceptar todos los hijos que Dios les mandara sin recurrir a ningún método que los limitara, y que fueron grandemente bendecidos por Dios. (2)


Pero volvamos a nuestra historia. Cuando el faraón vio que la opresión no detenía el aumento de la población hebrea, ordenó a las parteras que atendían a las mujeres israelitas, que no dejaran vivir a los hijos varones que les nacieran, y que sólo dejaran con vida a las hijas.


Las parteras pueden, en efecto, desatender al niño que nace, y dejar que se asfixie, o que contraiga una infección si no lo limpia bien.


Pero ellas no obedecieron al faraón; se negaron a cumplir sus órdenes. Dice la Escritura que ellas “temieron a Dios y no hicieron como les mandó el rey.” (Ex 1:15-21).


Ellas temieron más al Dios que no veían, que al faraón que sí veían. ¿Por qué? Porque tenían fe. Ellas fueron valientes y no tuvieron temor de ofender al faraón, aun a riesgo de sus vidas, con tal de obedecer a Dios.


¿Cuántos médicos, obstetrices y enfermeras se negarían a cumplir las órdenes impías de las autoridades cuando son contrarias a la voluntad de Dios?


En el Perú, en el caso de las esterilizaciones masivas que hubo en los años 90, buena parte del personal médico de provincias se sometió a sus jefes para no perder sus puestos, violando sus conciencias al ligar las trompas de las mujeres campesinas, sin advertirles de lo que estaban haciendo, y sin ni siquiera consultar con sus maridos. Eso fue un crimen abominable. Un atentado contra la maternidad y contra Dios, que es el origen de la vida. Temieron más al hombre que a Dios. Después las pobres mujeres campesinas, para las que los hijos son riqueza, se extrañaban de que no concebían más hijos, y sufrían porque sus maridos no las querían en consecuencia, y no podían entender la causa. ¡Cuánto sufrimiento causó esa mala práctica!


Hay países, como la China, donde se hace abortar a la fuerza a las mujeres que tienen más de un hijo, para cumplir con la política draconiana de permitir sólo un hijo por pareja, para que no aumente más su población, que ya consideran excesiva. En la India durante un tiempo se esterilizaba a la fuerza a los hombres para que no engendren hijos. ¿Quién es el que promueve esas medidas? El enemigo de la vida creada por Dios.


En ambos casos hacen eso para frenar el crecimiento de la población.


¡Qué ironía! En Europa los gobiernos dan toda clase de beneficios a las parejas para estimularlas a que tengan hijos porque no quieren tenerlos, pues criarlos demanda muchos sacrificios. Como consecuencia la población de los países europeos tiende a decrecer año tras año, y eso amenaza su futuro, porque algún día podrían carecer de la mano de obra que necesitan sus industrias. (3)


En una parte del mundo faltan los nacimientos, y en otra sobran, o creen que sobran. Pero la orden que Dios dio a Adán y Eva fue “fructificad y multiplicaos” (Gn 1:28).


¿Hay alguien que pueda frenar la mano de Dios si Él quiere alimentar a miles de millones de habitantes más en el mundo? Si el Perú tuviera cien millones de habitantes ¿ustedes no creen que la agricultura peruana podría alimentarlos a todos?


Pues bien, volviendo nuevamente a nuestra historia, Dios recompensó a las parteras de Israel haciendo prosperar a sus familias. (Ex 1:21) Dios recompensa a los que ponen la obediencia a sus mandatos por encima del temor a los hombres. Como solemos decir: “Si Dios está por nosotros, ¿quién contra nosotros?” (Rm 8:31). A Dios hay que temer, no al hombre. Si tú pones tu confianza en Dios, Él te sacará adelante.


¿Y qué hacemos nosotros? ¿Nos comportamos con la misma valentía que esas mujeres? Si lo hacemos Dios también nos recompensará abundantemente, y hará prosperar nuestras familias, porque la prosperidad está en sus manos; no depende de las circunstancias.


Es cierto que el diablo puede también hacer prosperar económicamente a la gente. Pero lo hace para su daño, para hacerles caer en sus garras. Pero él no puede hacer prosperar a nadie espiritualmente, salvo de una manera engañosa.


Al faraón, finalmente, no le quedó más remedio que ordenar que todo hijo varón de los hebreos que naciera fuera echado al río para que muriera, y que sólo quedaran con vida las niñas (v. 22).


Cuando fracasan los planes de los malvados, ellos recurren al asesinato.


Fue entonces cuando Jocabed (cuyo nombre quiere decir “gloria de Dios”), esposa del levita Amram (4), dio a un luz un hijo tan hermoso que no pudo entregarlo a la muerte, sino que lo escondió durante tres meses (Ex 2:2), a sabiendas de que si eran descubiertos, ella y su marido morirían junto con el niño. Hasta que llegó el día en que no podían seguir ocultándolo.


¿Por qué no podían seguir ocultándolo? Posiblemente porque al crecer la criatura, sus gritos y llantos pidiendo el seno de su madre eran demasiado fuertes para ocultarlos, y serían escuchados por los guardianes egipcios.


Ella y su marido arriesgaron su vida para salvar la vida de su hijo. ¿Qué madre no haría eso? ¿Qué madre no arriesgaría su vida por salvar la de su hijo?


Las madres expenden su vida criando hijos. Pero Dios las premia por ello si lo hacen con amor y no de mala gana.


Entonces tomaron una pequeña canasta (el texto dice “una arquilla”, es decir, una pequeña arca) y la calafatearon por dentro y por fuera para que pudiera flotar en el agua (Ex 2:3); pusieron al niño en ella y lo llevaron al río Nilo, donde lo depositaron escondido entre los carrizos que crecían en sus orillas.


Esa fue una medida desesperada, pero también un acto de confianza enorme en Dios, pues equivalía a poner al niño en sus manos, seguros de que Dios cuidaría de él. La epístola a los Hebreos elogia la fe de los padres de Moisés que no dudaron en arriesgar sus vidas al desobedecer la orden del faraón. (Hb 11:23).


Muchas madres cristianas depositan a sus hijos en las aguas del río tumultuoso de la vida, en medio del cañaveral de los obstáculos y tentaciones que entorpecen su camino; pero ellas, como Jocabed, lo hacen confiando en que Dios cuidará de ellos. Su confianza no será defraudada. ¿Cómo podrían ellas calafatear la canasta en que ponen a sus hijos al depositarlos en las aguas de la vida, para que no se hunda? Orando por ellos, con el ejemplo, y con las enseñanzas y principios que les impartieron cuando eran niños.


Tan confiada estaba Jocabed en que Dios cuidaría a su hijo, que dejó a su hermana en el lugar vigilando, para que viera lo que sucedería (Ex 2:4). Eso nos habla de la unidad de la familia.


Aquí hay varias madres. Yo les pregunto: ¿Dejarían ustedes a su hijo en una canasta entre los carrizos a las orillas de un río? ¿Quién de ustedes tendría ese valor? ¿O tendría tanta confianza en Dios como para tomar ese riesgo?

(Si quiere saber cuál fue la suerte del niño Moisés en esta situación de peligro, lea usted la continuación de esta apasionante historia en el próximo número, o mejor, lea su Biblia.)

Notas: 1. ¿Podría entonces decirse que el temor de Dios inspira odio a Dios? No, porque el temor de Dios es un sentimiento reverente que está mezclado con amor y con la seguridad de que Dios, a su vez, nos ama. Por eso Juan pudo escribir en su 1ra. Epístola: “En el amor no hay temor”, (1Jn 4:18) en el sentido de miedo.


2. Un caso concreto es el del pastor luterano Larry Christenson, que ha contado en un bello libro cómo él y su esposa, después de investigar el asunto y de orar, se decidieron a no tomar ninguna precaución para evitar los hijos, y tuvieron todos los que Dios les mandó para felicidad de ellos y de su familia.


3. Debido al rechazo de la natalidad que existe en la mayoría de países europeos que fueron antes cristianos, y que contrasta con la alta natalidad que exhibe la población árabe que vive en su seno, el viejo continente amenaza convertirse en Eurabia hacia el año 2050, y tener una población mayoritariamente musulmana. Europa, como advierten alarmados algunos de sus líderes, se está suicidando.


4. El relato del Éxodo no menciona aquí el nombre de los padres de Moisés, pero sí lo hace más adelante al consignar los nombres de los descendientes de Leví (Ex 6:20; Nm 26:59). La versión Reina-Valera 60 dice aquí "su tía" y la King James, "la hermana de su padre". Pero la palabra hebrea del original: "doda", puede significar también "descendiente", "prima" o "sobrina". Lo más probable es que Amran y Jocabed fueran primos.

NB. Este artículo y su continuación están basados en la transcripción de una charla dada en el Ministerio de la Edad de Oro de la CCAV, anticipándose a la celebración del Día de la Madre, la cual estuvo a su vez basada en un artículo sobre Jocabed, publicado el 2001, y vuelto a publicar en mayo del 2009.

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lunes, 1 de marzo de 2010

EL MACHISMO

El machismo es una perversión del espíritu viril inspirada por el maligno que actúa en la sociedad para degradar al hombre al nivel de la bestia, y para atacar a la dignidad de la mujer como criatura de Dios; para rebajarla a la condición de mero objeto sexual, y para destruir esa base de la familia que es la fidelidad mutua.

El hombre supuestamente macho es en muchísimos casos en realidad un cobarde incapaz de asumir sus responsabilidades ante la mujer que sedujo, y ante los hijos que desaprensivamente engendró en ella. Cuando la carga económica empieza a hacerse pesada, o la lozanía de la juventud se marchita, abandona a la pobre ilusa a su suerte para que ella se las arregle como pueda. O, en otros casos, si sus medios económicos se lo permiten, pretende sostener dos o más hogares a la vez (En algunas ciudades del Norte los llaman "canales", porque si se aburre en uno se pasa al otro).

Lo triste es que la sociedad alienta este tipo de conductas otorgando una aureola de conquistador al hombre que pasa de un lecho a otro, olvidando que es en los hogares quebrados, o irregulares, o abandonados por el padre, en donde crecen los desadaptados, los drogadictos, los delincuentes y los terroristas. La sociedad, pues, incuba alegremente su propio azote.

Lo verdaderamente varonil en el hombre no consiste en despertar ilusiones en una mujer deseosa de cariño o de apoyo, para luego defraudarla, o en abusar de ella, sino en ser capaz de hacer feliz a una mujer a lo largo del tiempo y cumplir con sus deberes de padre. Ser padre no consiste solamente en proveer el pan a los vástagos, o en pagar su colegio sino, sobretodo, en cuidar de su desarrollo moral e intelectual como seres humanos; en proporcionarles el ambiente de un hogar estable que les asegure un desarrollo emocional equilibrado, y les dé confianza en sí mismos; en suministrarles un modelo de conducta que los oriente en la vida. ¿Cuántos padres hay que cumplan esa función a cabalidad?

Los miles de juicios de alimentos que se ventilan en los tribunales del país son testigos de la verdadera cara vergonzosa del machismo: hombres que se esconden, o que tratan de eludir su más elemental obligación económica; mujeres que pugnan por sobrevivir, cargadas de hijos; niños escuálidos, enfermizos, prematuramente tristes.

El fenómeno de los niños abandonados que infestan las grandes ciudades latinoamericanas, dedicados en pandillas al pillaje, a las drogas y a la prostitución infantil es una de las consecuencias más funestas de la irresponsable mentalidad machista que infesta nuestra cultura. Aunque distintas en muchos aspectos, la cultura negra de Norteamérica y la cultura latinoamericana tienen este rasgo en común que las ata a la pobreza: La incapacidad del hombre de asumir las responsabilidades que su virilidad le impone. Y a eso le llaman machismo, cuando deberían llamarlo cobardía.

Nunca he leído una definición del machismo. Supongo que los psicólogos y sociólogos que han estudiado el fenómeno pueden suministrarnos más de una. Líneas más arriba lo definí de paso sin proponérmelo como: "la incapacidad del hombre de asumir las responsabilidades que su virilidad le impone." Pero más que una definición ésa es una descripción de sus efectos.

Intentaré una definición más general y abstracta: "Machismo es la imposición, por cualquier medio, en las esferas familiar y social, de una determinada concepción abusiva de las prerrogativas masculinas."

Como quiera que queramos definirlo, el machismo es lo más opuesto a la hombría, y sus efectos más nocivos se descargan sobre los más débiles: las mujeres con hijos pequeños y los niños mismos (Nota 1). Digo mujeres con hijos pequeños porque la mujer sola, o con hijos mayores, está en mejores condiciones para defenderse.

Es en el campo de la familia en donde el machismo da lugar a una de las deformaciones más perniciosas de nuestra sociedad: los hogares abandonados por el padre y los hogares irregulares. A estos dos fenómenos, tan extendidos en nuestro medio, debemos atribuir, en gran parte, la absoluta falta de moral social y cívica en grandes sectores de nuestra población y de nuestras autoridades –como lo estamos viendo en estos días. (2) Es cierto que existe también una inmoralidad grupal que se propaga por contagio.
Es sabido que la conciencia moral de los niños se forma (o se deforma, pues los niños son por instinto altamente morales) bajo la influencia de los modelos de conducta que su entorno les facilita. El primer entorno de los niños son sus padres y suele ser decisivo.

Aquí, ya la sola ausencia del padre crea un vacío, una carencia. El niño pequeño absorbe la impotencia, la frustración y rebeldía de la madre ante la injusticia de su situación. Esto se agrava cuando el niño empieza a comprender que su padre simplemente abandonó a su madre, o la traicionó; cuando comprueba que el padre se niega a asumir la responsabilidad económica que le corresponde, y que a esa negativa se deben las privaciones que él sufre. No es sorprendente que en esas condiciones el niño, sintiéndose abandonado, transite hacia la adolescencia llevando una carga reprimida de odio y rechazo frente a toda autoridad constituida.

Similarmente perniciosa es la costumbre tan común de mantener, oculta o abiertamente, uno o más hogares paralelos (3). ¿Qué concepto de la moral puede tener el hijo pequeño cuando ve que su padre -a quien en temprana edad todavía admira- engaña a su madre, o lleva una vida doble? ¿O cuando percibe que su madre -la querida oculta- no puede aparecer en público con su padre? O que él no puede llamar "papá” en la calle a su progenitor? Por decirlo así, el niño bebe la deshonestidad, la trampa, la maniobra subrepticia, la desvergüenza, con la leche materna. A ello se agregan las humillaciones, las injusticias, los resentimientos y las rivalidades feroces que esas situaciones con frecuencia originan. ¡Cuántas reivindicaciones de nuestro pasado reciente, cuántas posturas o banderas políticas, tienen como trasfondo este tipo de situaciones!

Las inmoralidades de la vida pública no son sino la proyección, a escala social multiplicada, de las inmoralidades de la vida privada. El que es inmoral en su vida privada lo será también en su vida pública. Es ilusorio pretender corregir la corrupción en el gobierno si no se reforman primero las costumbres individuales. Pero no hay reforma de costumbres sin conversión, sin la transformación del individuo que produce la gracia. Ése es el secreto de nuestra venalidad y de la ineficacia de las campañas contra la corrupción. Persigue corregir los efectos sin tratar con las causas. Pero la única medicina, lo sabemos bien, que puede sanar la causa de esos males es Jesucristo.

Notas: 1. Así como también sobre los hombres física o socialmente desfavorecidos.
2. Nótese que hay una correlación que se retroalimenta entre esos dos factores: población corrupta/autoridades inmorales. Pero lo opuesto es también cierto, y sería deseable que existiera en nuestro caso: población con sólidos principios morales/autoridades insobornables y rectas.
3. Una de las grandes claudicaciones históricas de la Iglesia Católica en nuestro medio es no haber denunciado esta práctica y no haberse opuesto a ella con todos los medios a su alcance. Al guardar silencio se convertía inevitablemente en cómplice porque, como dice el dicho: “El que calla, otorga”. Pero ¿cómo iba a hacerlo si era conocido que los grandes del país y los poderosos tenían hogares paralelos? ¿Cómo iba a mantener relaciones armoniosas con el poder si denunciaba desde el púlpito la vida privada de las cabezas de la economía y del gobierno? Habrían hecho callar a los que se atrevieran a criticarlos. Pero esa es una pobre excusa, porque debió haber denunciado el pecado aun a riesgo de perder privilegios y, si fuere necesario, hasta la vida. La poligamia disfrazada que practican muchos en nuestra sociedad es la mayor responsable de la descomposición moral que la afecta.

Por eso yo quiero aprovechar esta ocasión, aunque parezca inusitado, para mencionar el caso de un sacerdote que sí lo hacía con mucho valor, porque yo he sido testigo. El Padre Petermeyer, que tuvo a su cargo en la década del 50 durante algunos años la parroquia de José Leal en Lince, denunciaba con una franqueza e intensidad que dejaba estupefactos y asustados a sus feligreses, los pecados que los hombres y las mujeres suelen cometer en las áreas sexual y familiar, y los abusos contra el servicio doméstico. Podría pensarse que la dureza de sus palabras alejaría a la gente. Pero no. Más bien ocurría lo contrario. El vigor de su prédica, que la crudeza de su acento tosco alemán hacía más impactante, atraía como moscas a mucha gente. La suya era una verdadera voz profética que hablaba a la conciencia de sus oyentes.

La debilidad de muchos púlpitos consiste en que al denunciar el pecado, en lugar de hablar sin miramientos a la conciencia de la gente, como hacía Jesús, se limita a hablarles a su sensibilidad o a su inteligencia, y a usar un lenguaje diplomático. Pero si Jesús hubiera usado un lenguaje diplomático no lo habrían crucificado.

NB. Este artículo fue publicado en la revista “Oiga” en dos partes, hace unos veinte años, bajo el pseudónimo de Joaquín Andariego. Lo he revisado y ampliado para esta impresión.