martes, 31 de mayo de 2011

LA DIVINIDAD DE JESÚS EN LOS EVANGELIOS SINÓPTICOS I

Estudio Bíblico y Aplicación

Por José Belaunde M.

¿Qué testimonio dio Jesús de sí mismo? ¿Quién dijo Él que era?

La alta crítica y los escritores racionalistas han negado con frecuencia que Jesús afirmara de sí mismo que Él fuera Dios. Esto es, alegan, una invención de sus discípulos, hecha después de su muerte, en especial por Pablo.

Escritores, como el famoso francés Ernesto Renan –autor de una vida de Jesús que fue un gran éxito de librería a mediados del siglo XIX- exaltan la grandeza de su personalidad y de su obra. Dicen que era divino en ese sentido, no en el sentido de que fuera Dios. Su personalidad, argumentan, era muy atrayente, adorable, y por eso sus discípulos terminaron endiosándolo. Pero aunque era un hombre casi perfecto, arguyen, era hombre al fin.

Se suele negar que Jesús en los evangelios sinópticos haya dicho de sí mismo que Él era Dios. Los evangelios sinópticos (Nota 1) fueron escritos antes del año 70, quizá incluso antes del año 50, en base a tradiciones orales memorizadas según los hábitos de memorización tradicionales judíos, y de apuntes hechos por sus discípulos, tal como los discípulos de los rabinos en ese tiempo solían registrar los dichos de sus maestros. (2)

Es bueno recordar que Jesús era un maestro itinerante, seguido por discípulos, como los había muchos en ese tiempo en Israel. En ese sentido, y salvo por los milagros que hacía, Él no era un fenómeno excepcional en su tiempo. Su ministerio público corresponde a lo que era la práctica común del judaísmo de su tiempo.

Pues bien, en los cuatro evangelios se llama a Jesús “Hijo de Dios” más de 50 veces. ¿En qué sentido deben entenderse esas palabras tantas veces citadas?
Examinemos primero qué quiere decir la expresión hebrea “hijo de…” tan usual en la antigüedad. Varias cosas.

1) Filiación natural: hijo de tal persona, como cuando Jesús se refiere a Pedro llamándolo: Simón bar Jona, es decir, Simón hijo de Jonás (Mt 16:17).
2) Filiación espiritual, como cuando Pablo llama a su discípulo Timoteo, “hijo amado”. (1Cor 4:17)
3) La expresión puede denotar cierta característica encomiable: José, el levita de Chipre que fue compañero de Pablo en su primer viaje misionero, es llamado “Bernabé”, es decir, “hijo de consolación”. (Hch 4:36)
4) O lo contrario, una característica negativa: “hijo del diablo” (Hch 13:10) (3).

De todos los seres humanos se suele decir en el lenguaje común que son “hijos de Dios”, en el sentido de que son sus criaturas, porque han sido creados por Él. Pero nosotros sabemos que sólo los cristianos somos “hijos de Dios” en sentido estricto. Lo somos por adopción, al haber recibido el Espíritu Santo cuando creímos, que clama “Abba, padre”. (Gal 4:6; Rm 8:15).

El Prólogo del Evangelio de Juan dice que Jesús es el Hijo Unigénito “que está en el seno del Padre” (Jn 1:18).

Lo llama “el Verbo”, la Palabra, por quien todo fue hecho. Dice también que “el Verbo era Dios” (Jn 1:1-3) y, que, además, “en Él estaba la vida”. Es decir, que la vida residía en su persona. (v. 4).

Más adelante dice que el “Verbo fue hecho carne (lo cual se refiere a su encarnación) y habitó entre nosotros y vimos su gloria como del Unigénito del Padre…” (v. 14).

Esas frases afirman sin ambages la divinidad de Jesús.

Vamos a ver a continuación cómo los evangelios sinópticos lo llaman “Hijo de Dios” en el mismo sentido exaltado que el evangelio de Juan, pese a las opiniones contrarias de algunos eruditos que lo niegan, porque no hay peor ciego que el que no quiere ver. Los evangelios sinópticos lo llaman así a veces de una manera explícita, y otras de una manera implícita.

En ellos –y esto es muy importante- Jesús revela su divinidad por etapas, y al principio con mucha reticencia.

Estando en Cesarea, cuando a la pregunta de Jesús: “Y vosotros ¿quién decís que soy yo?” Pedro le contesta: “Tú eres el Cristo, el Hijo del Dios viviente”, Jesús ordena a sus discípulos que no se lo digan a nadie. Le dice además a Pedro: “Bienaventurado eres Simón, hijo de Jonás, porque (eso) no te lo reveló carne ni sangre, sino mi Padre que está en los cielos.” (Mt 16:15-20). Los hombres podían inferir de sus actos y palabras que Él era un profeta; podían creer por las mismas evidencias que Él era el Mesías, el Cristo, pero su divinidad era algo que sólo Dios podía revelar a un hombre, porque ése era un conocimiento demasiado alto para que “carne y sangre” lo pudiera tener sin ayuda del Altísimo.

Cuando estando a orillas del mar, después de haber sanado a muchos, los espíritus impuros se postran delante de Él (en gesto de adoración) proclamando que Él es el “Hijo de Dios”, Él les ordena callarse la boca (Mr 3:11,12).

Cuando se transfigura en el Tabor, y aparecen junto a Jesús, Moisés y Elías en su cuerpo glorioso, Él ordena a sus discípulos no contar la visión a nadie (Mt 17:9; Mr 9:9).

¿Por qué esa reserva? Porque el pueblo judío no estaba preparado en ese momento para recibir esa revelación.

En esa época el pueblo judío vivía en un estado de efervescencia patriótica; habían habido varios levantamientos contra el invasor romano que habían terminado en baños de sangre (Lc 13:1; Hch 5:35,36). Ellos esperaban un salvador militar, un mesías político, guerrero, que derrotara a los romanos y restaurara la independencia de su nación. No esperaban a un rabino o maestro religioso.

Si Él se hubiera revelado desde el comienzo como el Mesías esperado, el entusiasmo, el fervor patriótico que se hubiera generado en el pueblo, le habría impedido hacer su obra y proclamar su mensaje como Él quería. Su prédica habría sido distorsionada y lo hubieran aclamado como líder político, tal como ocurrió, en efecto, cuando, después de su entrada triunfal en Jerusalén, quisieron proclamarlo Rey (Mt 21:8). Si la intención de Jesús hubiera sido política, Él habría aprovechado el entusiasmo y las aclamaciones de la multitud para hacerse proclamar rey. Pero, lejos de eso, Él se retiró a Betania, frustrando las esperanzas de muchos (Mr 11:11). Él había venido para otra cosa que ellos no podían entender.

Todavía al final de su ministerio Él les dice a sus discípulos: “Aún tengo muchas cosas que deciros, pero no las podéis soportar.” (Jn 16:12) Les serían reveladas por el Espíritu Santo después de que Él se hubiera ido, a partir de Pentecostés.
Vemos aquí un ejemplo de la humildad de Jesús. En Él estaban “escondidos todos los tesoros de la sabiduría y de la ciencia”, como dice Pablo en Col 2:3, pero Él permanece oculto.

Él se fue revelando poco a poco. Esa es pedagogía divina, para que la luz no los deslumbre, como le sucedió a Pablo, que quedó ciego cuando Jesús resucitado se le apareció. (Hch 9:3-9).

Pero hacia el final de su ministerio Jesús se fue revelando a sus discípulos cada vez con mayor claridad y franqueza.

En los evangelios sinópticos vemos que Él empezó reclamando para sí ciertos privilegios que son propios de Dios, hasta llegar a afirmar claramente que Él era el Hijo de Dios.

Veamos la progresión.

Él reclama para sí siete privilegios que sólo pertenecen a Dios.

1. Él es superior a todas las criaturas, mayor que los grandes profetas, mayor que los ángeles, que son “sus” ángeles.
Es más grande que Jonás y más grande que Salomón (Mt 12:41,42). Imagínense que alguien venga en nuestros días diciendo algo semejante. ¿Qué pensaríamos de él? ¿Alguien que dijera que es mayor que Salomón, el hombre más sabio que jamás haya existido?

Él es más grande que David, el rey más amado de Israel, el cual en el Salmo 110:1 llama al Mesías “Mi Señor”, dando a entender que el Mesías es mayor que él (Mt 22:41-45).

Es mayor que Moisés y Elías, que aparecen al lado suyo como escolta en el episodio ya mencionado de la transfiguración; es decir, mayor que los dos profetas más grandes de la historia de Israel (Mt 17:3).

Es más grande que Juan Bautista, quien dijo que él no era digno de desatar el calzado de los pies de Aquel que habría de venir después de él (Lc 3:16).

Sin embargo, Jesús dijo de Juan Bautista que él era más que un profeta, y que no había habido “hijo de mujer” (es decir, hombre alguno) que hubiera sido más grande que Juan, salvo Él mismo (Mt 11:11).

Jesús es mayor que los ángeles, porque después de su victoria sobre Satanás en el desierto, ellos vinieron y le sirvieron (Mr 1:13; Mt 4:11).

Dijo que vendría en la gloria de su Padre con “sus” ángeles (Mt 16:27). Al final de los tiempos enviaría a “sus” ángeles a recoger de los cuatro vientos a sus escogidos (Mt 24:31).

Ni Isaías ni ningún profeta se atrevió a hablar de los ángeles como siendo suyos. Ahora bien, el que es superior a los profetas y a los ángeles, es superior a toda criatura. ¿Quién puede ser ése sino Dios mismo? Implícitamente Jesús estaba diciendo “Yo soy Dios”. Y sus discípulos, que eran duros de entendimiento al comienzo, lo fueron comprendiendo poco a poco. Entendieron que ese hombre cuya personalidad los atraía tanto, que hacía milagros, y que tenía palabras de vida eterna, no era un mero ser humano, sino que había en Él algo más que trascendía lo humano: que Dios habitaba plenamente en Él (Col 2:9).

2. Jesús demandó para sí fe, obediencia y amor, por encima de todo afecto humano, hasta el sacrificio de la propia vida, cuando dijo: “El que ama a su padre o madre más que a mi, no es digno de mí; el que ama a hijo o hija más que a mí, no es digno de mí; y el que no toma su cruz y me sigue, no es digno de mí.” Y termina diciendo: “El que halla su vida la perderá; y el que pierda su vida por mi causa, la hallará.” (Mt 10:37-39).

¿Qué hombre ha dicho cosa semejante de sí mismo y demandado tal lealtad? Sólo a Dios se debe amar por encima de todas las personas y las cosas, y por encima incluso de los vínculos familiares. Sólo Dios puede demandar tanto.

Lo que Jesús promete en ese pasaje (cuando dice que “el que pierda su vida por mi causa la hallará”) es algo que sólo Dios puede prometer, ya que sólo Dios tiene el poder para cumplir una promesa semejante.

Cuando Jesús pronunció esas palabras Él sabía que sus discípulos sufrirían persecución y martirio, y que eso sucedería muy pronto después de su muerte.
A ellos les dijo: “Si pierden su vida por mi causa la hallarán.” ¿Qué vida es la que hallarán? No la vida carnal que perdieron, sino la vida futura en el cuerpo resucitado.

Si Jesús no fuera Dios esas palabras serían señal de una terrible arrogancia, de una egolatría enfermiza.

Sabemos muy bien que cuanto mayor es la santidad de un hombre, más grande es su humildad. El santo borra su ego. ¿Cómo podía Jesús, modelo de santos, decir esas cosas de sí mismo y arrogarse tanta majestad, si Él no era conciente de su divinidad?

Él podía decirlo porque era conciente de que era Dios. Él era un hombre como nosotros, sujeto a las mismas fragilidades humanas. Él tuvo hambre y sed. No sabemos si alguna vez estuvo enfermo, pero sí sabemos que experimentó el dolor y, aunque nos parezca una irreverencia pensarlo, estuvo sujeto a las mismas necesidades naturales de todo ser humano. Y sin embargo, Él era a la vez Dios.

Él se había despojado de su forma divina, como dice Pablo en Filipenses, y se había humillado a sí mismo hasta el punto de tomar forma de siervo, haciéndose como uno de nosotros (Flp 2:7). Pero nunca dejó, ni podía dejar de ser Dios.

Hemos dicho que un santo arrogante es una contradicción de términos. O es humilde, o no es santo, sino un farsante.

Pero de Jesús sabemos muy bien que fue muy humilde, y que aceptó en su pasión las más indignas humillaciones. Lo golpearon, le escupieron en la cara, le pusieron encima un viejo manto de púrpura y una corona de espinas para humillarlo. Permitió que se mofaran de Él y que lo abofetearan.

Si era tan humilde ¿cómo pudo haber dicho: “De cierto os digo que no hay ninguno que no haya dejado casa, o hermanos o hermanas, o padre, o madre, o mujer, o hijos, o tierras, por causa de mí y del evangelio, que no reciba cien veces más ahora en este tiempo, casas, hermanos, hermanas, madres, hijos, y tierras, con persecuciones; y en el siglo venidero la vida eterna.”? (Mr 10:29,30). Con razón algunos pensaban que Él desvariaba.

Sólo Dios puede hacer una promesa semejante. Jesús la hizo porque Él sabía quién era. Si hay alguien que haya sabido quién era, ése fue Él. Y porque sabía que Él era Dios; porque sabía que Él era el Verbo por quien todo fue hecho, Él podía tomar la forma más humilde y aparecer como el más despreciado de los hombres. Conciente de su grandeza Él no tuvo temor de humillarse y de desprenderse completamente de lo que era.

Hay aquí una lección para todos nosotros, empezando por el que escribe. Todos nos sentimos orgullosos de lo que somos, de la posición que ocupamos, de los títulos que tenemos, y todos, o casi todos, hemos redactado alguna vez nuestro “Curriculum Vitae”, poniendo todos nuestros méritos cuando hemos solicitado trabajo.

No hay nadie que se presente buscando trabajo diciendo: “Yo soy un pobre diablo, pero hago mi trabajo más o menos, y me conformo con un sueldito.” ¿Quién lo haría?

Todos de una manera u otra estamos orgullosos de lo que hemos alcanzado y de lo que sabemos, y exhibimos nuestros méritos. No los ocultamos. Pero delante de Dios ¿qué somos? Menos que el polvo que pisamos.

Sin embargo, nosotros somos concientes de nuestra dignidad como hijos de Dios, y de que Dios habita en nuestro interior, no figuradamente, sino realmente. Si ustedes me escuchan y yo puedo hablarles, es porque Jesús está dentro de mí, y eso me da una dignidad extraordinaria. ¿Pero vamos a jactarnos de eso? ¿Puede alguno decir ante el mundo: “Yo soy hijo de Dios. Inclínense delante de mí.”? Al contrario, porque soy un hijo de Dios, yo puedo inclinarme delante de otros para lavarles los pies, como hizo Jesús.

Jesús dijo: “El que no está conmigo, está contra mí, y el que no recoge conmigo, desparrama.” (Mt 12:30). Obviamente sólo Dios puede decir algo semejante de sí mismo, porque el que no está a favor de Dios, está en contra suya necesariamente, ya que Dios es todo y, en tanto que Dios, requiere la mayor fidelidad y abnegación.
En el campo de batalla de un lado está un bando, y al otro, el bando contrario. Y en medio de ambos hay un extenso campo que decimos es tierra de nadie. En el mundo del espíritu no hay tierra de nadie. O estás en el reino de la luz, o estás en el reino de las tinieblas. No cabe estar en los dos a la vez, aunque algunos creen que sí pueden. Pero eso es imposible.

Por eso esas palabras de Jesús son una manifestación categórica de su divinidad. No las podía decir a menos que fuera realmente Dios, o que estuviera loco, o fuera de sí, o que fuera un falsario.

En última instancia uno puede ser neutral respecto de los hombres, pero uno nunca puede serlo respecto de Dios. O estás con Dios, o estás contra Él. Si no estás con Jesús, estás contra Él, porque Él es Dios (Lc 11:23).

Eso es lo que la gente del mundo no entiende, y eso debe ser para nosotros una carga. Muchos hay que andan por el mundo sin ser concientes de que están contra Dios; que actúan contra Dios, y que son en realidad hijos del diablo, aunque sean buenas personas.

Nosotros no podemos acusarlos por ese motivo, porque nosotros hemos sido como ellos. ¿Hay alguno que naciera convertido? ¿Hay alguno que naciera espiritualmente al mismo tiempo que físicamente? Todos hemos venido en su momento a Cristo, y hemos sido regenerados cuando éramos pecadores.

Esa gente es nuestro mercado objetivo, como suele decirse en el lenguaje publicitario. A ellos debemos llevar nuestro mensaje. Pero para que ellos puedan creer en nuestras palabras, nuestras palabras tienen que estar respaldadas por nuestro testimonio. Es necesario que nuestras acciones no contradigan nuestras palabras, para que la gente no pueda decir. “Mira ése cómo actúa, cómo trata a los demás, al revés de lo que predica.”

En verdad, nosotros deberíamos poder dar testimonio de Cristo sin palabras, sólo con nuestras actitudes y nuestra conducta. De esa manera podríamos convertir a muchos sin abrir la boca, lo cual no quiere decir que además no prediquemos.
Jesús dijo: “Bienaventurados sois cuando os vituperen y os calumnien, y os persigan por mi causa.” (Mt 5:11).

No dijo por una causa justa, sino por “mi” causa.

Él es más que todas las causas justas juntas, y promete una gran recompensa en los cielos a los que le son fieles hasta la muerte.

Sólo Dios puede hacer una promesa semejante. ¿Por qué? Porque es Dios quien da las recompensas. (Mt 16:27). (Continuará)

Notas: 1. A los evangelios de Mateo, Marcos y Lucas se les llama “sinópticos” (de sun, “común” en griego, y ópsis, “vista”) porque, aunque tienen bastante material propio, comparten mucho material común, en contraste con el evangelio de Juan, en el que figuran milagros y palabras de Jesús que los otros tres evangelios no registran.
2. Los eruditos de la Alta Crítica sitúan la composición de los evangelios entre el año 65 DC y el año 100 DC, aunque algunos empujan la última fecha hasta el año 150 DC. Hoy hay una opinión creciente -a la que yo adhiero- que sostiene, que todos los libros del Nuevo Testamento fueron escritos antes del año 70 DC. Este debate académico no carece de consecuencias para la fe porque cuanto más alejada esté la composición de los evangelios de los hechos que relata, menos fidedignos serían los acontecimientos y las palabras de Jesús que consigna.
3. Veamos algunos de los usos en la Biblia de la expresión “hijo de…”. En los libros proféticos se llama con frecuencia al ser humano varón “hijo de hombre” o “hijo de mujer”. En el Génesis se llama a los ángeles “hijos de Dios” (6:2). Isaías llama a las mujeres israelitas “hijas de Sión” (Is 3:16). Jesús llama a los judíos “hijos del reino” (Mt 8:12). A los pacíficos los llama “hijos de paz” (Lc 10:6). A los incrédulos los llama “hijos de este siglo”, y a los creyentes, “hijos de luz” (Lc 16:8). A una mujer israelita la llama “hija de Abraham” (Lc 13:16), y de Zaqueo dice que él es también un “hijo de Abraham”, pues es judío (Lc 19:9). A los que resuciten en el último día los llama “hijos de la resurrección.” (Lc 20:36). A los creen en la luz (es decir, en Él) Jesús los llama “hijos de luz” (c.f. Ef 5;8). Pablo dirá que los creyentes son “hijos de Abraham” (Gal 3:7). A los pecadores los llama “hijos de desobediencia”, e “hijos de ira” (Ef 2:2,3).

NB. Este artículo y el siguiente están basados en la transcripción de una enseñanza dada recientemente en la Iglesia Evangélica Pentecostal de San Juan, Argentina, la cual estuvo basada en parte, a su vez, en el 2do capítulo del libro “El Salvador y su amor por nosotros”, de R. Garrigou-Lagrange.

#678 (22.05.11) Depósito Legal #2004-5581. Director: José Belaunde M. Dirección: Independencia 1231, Miraflores, Lima, Perú 18. Tel 4227218. (Resolución #003694-2004/OSD-INDECOPI).

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