jueves, 7 de noviembre de 2013

JEFTA I

LA VIDA Y LA PALABRA
Por José Belaunde M.
JEFTA I (Nota)

Después de Abimelec, el hijo impío de Gedeón que le hizo tanto daño al pueblo, se levantaron Tola, varón de Isacar, que juzgó a Israel 23 años; y Jair, de Galaad, que juzgó a Israel 22 años (Jc 10:1-5).
“Pero los hijos de Israel volvieron a hacer lo malo ante los ojos de Jehová, y sirvieron a los baales y a Astarot, a los dioses de Siria, a los dioses de Sidón, a los dioses de Moab, a los dioses de los hijos de Amón y a los dioses de los filisteos; y dejaron a Jehová y no le sirvieron.” (Jc 10:6) Esta apostasía parece haber sido peor que la de tiempos anteriores. (2)
“Y se encendió la ira de Jehová contra Israel, y los entregó en mano de los filisteos, y en manos de los hijos de Amón; los cuales oprimieron y quebrantaron a los hijos de Israel en aquel tiempo dieciocho años, a todos los hijos de Israel que estaban al otro lado del Jordán en la tierra del amorreo, que está en Galaad. Y los hijos de Amón pasaron el Jordán para hacer también guerra contra Judá y contra Benjamín y la casa de Efraín, y fue afligido Israel en gran manera.” (Jc 10:7-9).
Por fin ellos, apretados por la necesidad, confesaron sus pecados: “Nosotros hemos pecado contra ti; porque hemos dejado a nuestro Dios, y servido a los baales.” (v. 10). La confesión de pecados es el primer paso del arrepentimiento. Si el hombre no reconoce que le ha fallado a Dios pecando, ¿de qué tendría que arrepentirse? Con frecuencia se lee de personajes de la farándula a los que se les pregunta si no tienen nada de qué arrepentirse en su vida, y la respuesta frecuente es: No, porque todas las cosas por las que he pasado han sido experiencias que han enriquecido mi vida. Ese tipo de respuestas pone en evidencia cuán alejadas de Dios están esas personas.
Imaginemos una persona que, confrontada por un predicador, dijera: Yo reconozco que he ofendido a Dios muchas veces, pero no me arrepiento de nada, porque esas acciones mías han sido vivencias que han enriquecido mi personalidad y forjado mi carácter. Diríamos que tiene el corazón endurecido y que está muy lejos de la gracia divina.
Pero esta vez Dios no les contestó como en otras ocasiones, apiadándose de ellos, sino lo hace severamente, para moverlos a un arrepentimiento más profundo: “Y Jehová respondió a los hijos de Israel: ¿No habéis sido oprimidos de Egipto, de los amorreos, de los amonitas, de los Filisteos, de los de Sidón, de Amalec, y de Maón, y clamando a mí no os he libré de sus manos? Mas vosotros me habéis dejado, y habéis servido a dioses ajenos; por tanto, yo no os libraré más.” (v. 11-13) Dios les responde, posiblemente por boca del sumo sacerdote de ese tiempo, o de algún profeta no nombrado.
Notemos que los israelitas adoraron a siete dioses ajenos, y fueron oprimidos por siete pueblos paganos; y siete fueron las veces, no obstante, que Dios los libró. Siete es el número de la perfección divina.
Con toda razón el Señor les dice que ya no los librará más de sus enemigos, porque han demostrado ser unos veletas e infieles con Él: “Andad y clamad a los dioses que os habéis elegido; que os libren ellos en el tiempo de vuestra aflicción.” (v. 14).
Ése es el discurso que ellos se merecen y la justa respuesta de un Dios ofendido: Vayan pues a ver lo que esos dioses falsos a los que habéis servido pueden hacer por ustedes. Ustedes les han rendido homenaje. Que ellos los protejan pues ahora de sus enemigos. Que esos ídolos inertes en los cuales han confiado, les muestren ahora su fuerza.
Reuniéndose en una asamblea solemne, los hijos de Israel respondieron con un arrepentimiento sincero: “Hemos pecado; haz tú con nosotros como bien te parezca; sólo te rogamos que nos libres en este día.” (v. 15).
Haz con nosotros lo que mejor te parezca. Es decir, nos ponemos en tus manos. Pero tan solo líbranos de caer en manos enemigas. Ese acto de humillación y de entrega a Dios no fue resultado de su piedad, sino fue interesado: Nos rendimos a ti, pero líbranos del enemigo.
Una petición semejante hizo David cuando Dios le planteó que escogiera entre tres castigos cuando hizo un censo del pueblo: hambruna, o peste, o huir delante de sus enemigos, y él escogió caer en manos de Dios, “porque sus misericordias son muchas”, y no en manos de hombres (2Sm 24:12-14).
Ellos reconocieron que merecían la severidad de Dios, que merecían el castigo que Él les enviaba. Se avergonzaron de sí mismos. Pero a la vez, eran concientes de que de Dios no puede venirles nada malo.
Nosotros, que a veces nos portamos igual o peor que los israelitas de antaño, debemos someternos a la disciplina de Dios, confiando a la vez en su misericordia.
“Y quitaron de entre sí los dioses ajenos, y sirvieron á Jehová.” (Jc 10:16ª). Unieron entonces la acción a sus palabras de arrepentimiento, descartando a los dioses ajenos a los que habían rendido culto, y volvieron a servir a Dios. De esa manera mostraron que su arrepentimiento era sincero. Pero ¿por cuánto tiempo?
Pero Dios, como padre amoroso que es, no podía seguir estando indignado con los ingratos; su justa ira cedió lugar a la compasión: “y Él fue angustiado a causa de la aflicción de Israel.” (v. 16b).
¡Cuántos padres no se comportan de manera semejante! Inflingen a sus hijos rebeldes el castigo que se merecen, pero luego se arrepienten, y su severidad termina doliéndoles más a ellos que a los castigados. El amor gana su corazón y se impone sobre la justicia. Ése es el corazón de padre que Jesús describe en la parábola del Hijo Pródigo.
“Entonces se juntaron los hijos de Amón, y acamparon en Galaad; se juntaron asimismo los hijos de Israel, y acamparon en Mizpa.” (v. 17) (3) Posiblemente la intención de los amonitas era abandonar la guerra de guerrillas acostumbrada para derrotar en una batalla decisiva a las fuerzas de Israel y arrancarles gran parte de su territorio (Véase 11:13). Por eso los israelitas, concientes del peligro que los amenazaba, reunieron sus tropas en un lugar apropiado preparándose para una batalla que podía ser decisiva.
Pero ellos carecían de un general que comandase sus fuerzas. ¿Cómo iban a pelear así contra un enemigo bien organizado? Se volvieron concientes de que estaban en inferioridad de condiciones: “Y los príncipes y el pueblo de Galaad dijeron el uno al otro: ¿Quién comenzará la batalla contra los hijos de Amón? Será caudillo sobre todos los que habitan en Galaad.” (v. 18).
La falta de un liderazgo adecuado es un mal que suele aquejar a los pueblos que se alejan de Dios. Caen en manos de líderes mediocres o corruptos.
En estas circunstancias por fin el libro nos presenta al héroe de este episodio, a Jefta, uno de los caracteres más nobles del libro de Jueces, aunque no era tampoco un hombre perfecto: “Jefta, galaadita, era esforzado y valeroso.” (11:1ª).
Su historia parece sacada de los anales de una crónica social peruana: “Era hijo de una mujer ramera, y el padre de Jefta era Galaad.” (11:1b). Él era hijo de un hombre importante de la tribu de Manasés que se había permitido tener un hijo fuera de su matrimonio.
Él no era hijo siquiera de una concubina, como había sido Agar para Abraham, sino de una prostituta, probablemente cananea. ¡Qué gran honor el suyo! Por eso sus hermanos, hijos de la esposa de Galaad, que habían tolerado su presencia en vida de su padre, lo echaron de casa cuando se hicieron mayores y tomaron control de los bienes de la familia: “No heredarás en la casa de nuestro padre, porque eres hijo de otra mujer.” (v. 2b). Tu presencia nos deshonra. ¿Pero qué culpa tenía él de su origen? La culpa era de su padre, no suya.
“Huyó pues Jefta de sus hermanos, y habitó en tierra de Tob (4); y se juntaron con él hombres ociosos, los cuales salían con él.” (v. 3). En este punto él hizo lo mismo que haría David algún tiempo después cuando salió de la cueva de Adulam (1Sm 22:2): Dedicarse al bandolerismo.
Jefta lo hizo no para luchar contra los suyos, sino contra los enemigos de su pueblo, y todo parece indicar que ganó cierta fama en esta empresa por sus correrías e incursiones contra los amonitas. Era pues natural que los ancianos de Israel no dudaran acerca de quién debían escoger como líder: “Y cuando los hijos de Amón hicieron guerra contra Israel, los ancianos de Galaad fueron a traer a Jefta de la tierra de Tob; y dijeron a Jefta: Ven, y serás nuestro jefe, para que peleemos contra los hijos de Amón.” (Jc 11:5,6).
Pero fíjense en la ironía de la situación. Ellos se habían prostituido al rendir culto a falsos dioses; ahora tenían que recurrir al hijo de una prostituta para que comande sus tropas y los libre de sus enemigos. La elección del hijo de una ramera como líder nos hace pensar en las palabras de Pablo: “Y lo vil del mundo y lo menospreciado escogió Dios, y lo que no es, para deshacer los que es, a fin de que nadie se jacte en su presencia.” (1Cor 1:28,29).
Sin embargo, Jefta no estaba dispuesto a ceder así no más a su pedido. Él tenía serios motivos de resentimiento contra sus connacionales: “Jefta respondió a los ancianos de Galaad: ¿No me aborrecisteis vosotros, y me echasteis de la casa de mi padre? ¿Por qué, pues, venís ahora a mí cuando estáis en aflicción?” (v. 7)
Jefta acusa a los ancianos de Israel de no haberlo defendido, como hubieran debido, cuando sus hermanos lo expulsaron de su casa. Su lenguaje hace suponer que entre los que fueron a buscarlo se encontraba uno de sus hermanos.
Fíjense cómo opera la Providencia de Dios conduciendo los acontecimientos humanos. Si Jefta no hubiera sido expulsado de su casa por sus hermanos, él no hubiera tenido ocasión, impulsado por la necesidad, de desarrollar sus aptitudes de guerrero, que ahora iban a ser útiles para su pueblo.
Se parece al caso de José, que tuvo que ser vendido como esclavo a Egipto, para que luego pudiera salvar del hambre a los mismos que lo habían vendido, y a su padre y a todo el clan familiar, y a todos los pueblos de esa región mediterránea. Los hombres de Dios tienen que pasar por pruebas severas antes de ser usados por Él.
Pero ahora los ancianos de Israel, puesto que lo necesitan, quieren reparar su omisión y la injusticia cometida entonces con Jefta, y le ofrecen firmemente, poniendo a Dios como testigo de la veracidad sus palabras, que él será su jefe y capitán no sólo en la guerra, sino también en la paz, cuando Dios les conceda la victoria sobre sus enemigos. Pero faltaba que el pueblo confirmara esa elección: “Entonces Jefta vino con los ancianos de Galaad, y el pueblo lo eligió por su caudillo y jefe; y Jefta habló todas sus palabras delante de Jehová en Mizpa.” (v. 11). Es posible que su elección se produjera por aclamación en el marco de una ceremonia solemne con participación del sumo sacerdote, en la que Jefta se comprometió a conducirlos a la victoria con la ayuda de Dios.
Notas: 1. Su nombre lo escriben algunos como Jefté. (Jephthah en inglés) En hebreo es Yifzáj, y quiere decir “el que abre”.
2. ¿Qué podríamos decir nosotros de la apostasía en nuestro tiempo de ciertos países que antes fueron cristianos, pero que le han dado la espalda a Dios? Uno de ellos ha decidido cambiar la letra de su himno nacional ¡porque en ella se menciona demasiado a Dios!
3. Son varias las localidades en Israel que llevaban el nombre de Mizpa (palabra que quiere decir “atalaya”, cf Gn 31:49) (Véase Jc 11:29). Es probable que la de nuestro relato estuviera ubicada al norte de Israel, al pie del monte Hermón.
4. Territorio situado al noreste de Galaad (2Sm 10:8).
NB. Este artículo y el siguiente, como también los dos anteriores sobre Gedeón, están basados en enseñanzas dadas recientemente en el Ministerio de la Edad de Oro.


Amado lector: Si tú no estás seguro de que cuando mueras vas a ir a gozar de la presencia de Dios yo te invito a pedirle a Dios por tus pecados haciendo la siguiente oración:
   “Jesús, tú viniste al mundo a expiar en la cruz los pecados cometidos por todos los hombres, incluyendo los míos. Yo sé que no merezco tu perdón, porque te he ofendido conciente y voluntariamente muchísimas veces, pero tú me lo ofreces gratuitamente y sin merecerlo. Yo quiero recibirlo. Me arrepiento sinceramente de todos mis pecados y de todo el mal que he cometido hasta hoy. Perdóname, Señor, te lo ruego; lava mis pecados con tu sangre; entra en mi corazón y gobierna mi vida. En adelante quiero vivir para ti y servirte.”

#792 (18.08.13). Depósito Legal #2004-5581. Director: José Belaunde M. Dirección: Independencia 1231, Miraflores, Lima, Perú 18. Tel 4227218. (Resolución #003694-2004/OSD-INDECOPI). 

miércoles, 23 de octubre de 2013

EL PLACER EN EL MATRIMONIO

Pasaje tomado de mi libro
MATRIMONIOS QUE PERDURAN EN EL TIEMPO
EL PLACER EN EL MATRIMONIO
 Cuán importante sea para Dios el contentamiento mutuo que encuentran los
esposos en su unión, lo vemos en ese pasaje de Deuteronomio que manda que el hombre recién casado esté durante un año exento del servicio militar en tiempo de guerra, a fin de que pueda "contentar a su mujer." (Dt 24:5). Al amor entre los esposos dedica también la Escritura todo un libro: el Cantar de los Cantares, para indicarnos cómo quiere Dios que sea el amor que los esposos se den, y cuán grande su gozo mutuo. Y pues sabemos que ese libro simbólicamente habla del amor con que Dios quiere unirse al alma humana, podemos comprender cómo el amor de los esposos prefigura el amor de Dios de que algún día vamos a gozar cuando lleguemos a su presencia.
La Escritura no es tímida en animar a los esposos a gozar del don que Dios les ha dado para que se alegren mutuamente: "Sea bendito tu manantial y alégrate con la mujer de tu juventud. Como cierva amada y preciosa gacela, sus caricias te satisfagan en todo tiempo." (Pr 5:18,19).
En ese amor está Dios presente regalando y derramando su propio amor sobrenatural, para que el amor de los esposos alcance la perfección que Él desea. Pero si el hombre y la mujer se centran en el placer físico buscando satisfacer su lascivia, nunca serán realmente satisfechos, porque la lujuria no puede llenar las expectativas más profundas de su naturaleza.
(Pág 21, Editores Verdad y Presencia, Tel 4712178)





GEDEÓN II

LA VIDA Y LA PALABRA
Por José Belaunde M.
GEDEÓN II
Después de que Gedeón derribara el altar de Baal y fuera llamado Jerobaal, los madianitas y amalecitas, y sus aliados árabes de Oriente, vinieron en masa contra Israel, y acamparon en Jezreel (Jc 6:33).
El Espíritu de Jehová vino entonces sobre Gedeón (como vendría después sobre Jefta y Sansón), revistiéndolo dice el texto hebreo, y dándole un impulso heroico contagioso. Tocó el cuerno –que ellos usaban como trompeta- y todos los de su clan se le juntaron y convocó también a los de la tribu de Manasés, y a los de las tribus vecinas de Aser, Zebulón y Neftalí (v. 34,35).
No obstante, Gedeón quiere estar completamente seguro de que Dios salvará a Israel por medio suyo, y le pide una señal que lo confirme. Él colocará un vellón de lana en la era de su propiedad, que en la mañana deberá estar mojado por el rocío mientras que la tierra alrededor permanece seca. Y así ocurre. Pero Gedeón no se da por satisfecho y pide ahora que en la mañana siguiente el vellón esté seco mientras que la tierra alrededor amanece mojada. Dios no se molesta de su incredulidad y le concede lo que pide para fortalecer su fe. (v. 37-40).
No juzguemos mal a Gedeón a causa de sus dudas. Él va a acometer una obra muy grande y arriesgada que va a poner en peligro no sólo su propia vida, sino también la vida de muchos hombres. Los madianitas eran mucho más numerosos que ellos, y tenían además muchas ventajas estratégicas, como camellos y caballos, de los que los de Israel carecían, y una mayor variedad de armas.
Pese a su inferioridad numérica Dios le dice a Gedeón que él cuenta con demasiados soldados y que no necesita llevar tantos, no sea que el pueblo se jacte de que ellos por su poder ganaron la batalla, y no por el de Dios, pues “no es difícil para Dios salvar con muchos o con pocos.” (1Sm 14:6). Recuérdenlo. Dios no necesita de tu fuerza. Le basta con tu fe. Si tú tienes fe, Dios te usará y multiplicará tus fuerzas.
Le ordena reducir en pasos sucesivos sus tropas al mínimo. Primero que se vayan los que tienen miedo, y de los treinta y dos mil que acudieron inicialmente quedan sólo unos diez mil (Jc 7:3). Pero eso es todavía mucho para Dios. Él no necesita tantos. Gedeón tiene que escoger a los que realmente estén dispuestos a pelear. Para esto Dios le dice que lleve a sus hombres a las aguas y ahí los escogerá según como beban el agua del río. Los que se arrodillen para beber serán excluidos. Sólo los que beban llevando el agua con la mano a su boca, sin arrodillarse como la mayoría, permanecerán. Y éstos fueron sólo trescientos (v. 4-6). Así que Gedeón va a tener que enfrentar a los miles de madianitas montados en sus camellos y caballos con sólo trescientos hombres a pie. ¿Es posible eso? ¿Estará loco Dios? ¿Cómo puede pedirle una cosa tan descabellada?
Sin embargo, según el historiador Josefo, esos trescientos eran los menos valientes de todo el ejército que Gedeón había reunido inicialmente, pero con ellos se manifestaría mejor la gloria de Dios al dar victoria a su pueblo con un número tan pequeño. Por algo dice Dios a través del profeta Zacarías: “No con ejército, ni con fuerza, sino con mi Espíritu.” (Zc 4:6).
Quedarse con ese pequeño número de soldados, cuando pudo haber contado con treinta y dos mil, fue una prueba extraordinaria para la fe de Gedeón. Pero Dios le aseguró que con esos escasos trescientos hombres –que representaban a todos los que en Israel no habían doblado sus rodillas ante los baales- él salvaría a su pueblo de sus invasores. Éste es un caso en que se aplica muy bien la frase de Jesús: “Muchos son los llamados, pero pocos los escogidos.” (Mt 20:16; 22:14).
Por la noche, mientras sus hombres permanecían ocultos en lo alto de la montaña que se cierne sobre el valle de Jezreel, Dios ordenó a Gedeón que descienda con un ayudante al campamento de los madianitas y sus aliados a escondidas para oír lo que ellos dicen, porque cuando lo escuche se esforzará su fe. (Jc 7:9-12). Un hombre contaba a su compañero el sueño que había tenido. Vio que un pan de cebada vino rodando y se estrelló contra una tienda de los madianitas, desbaratándola y haciéndola caer. (Consideremos, de un lado, lo pequeño del pan, y del otro, la fortaleza de la tienda de campaña bien armada). El otro, inspirado sin duda por Dios, interpretó el sueño en el sentido de que el Todopoderoso los había entregado en manos de Gedeón (v. 13,14). Al escuchar eso la fe de Gedeón se vio fortalecida, porque se dio cuenta de que sus enemigos le tenían miedo, y presentían que Dios respaldaba a los de Israel. Cuando volvió a su campamento levantó a sus hombres diciéndoles que Dios había entregado a los miles del ejército de Madián en sus manos (v. 15).
Enseguida –no sabemos si por iniciativa propia, o porque Dios se lo sugirió- concibió una estrategia inédita: Repartir a sus hombres en tres escuadrones, dándole a cada uno una trompeta y un cántaro de arcilla vacío, en el que había una tea ardiendo, y ordenándoles que imiten lo que él iba a hacer. ¿Estaba fuera de sí Gedeón? ¿Qué pensaba hacer con esas supuestas armas? (Nota 1)
A una señal suya, cuando cambiaba la guardia de los madianitas, y la mayoría de ellos estaba profundamente dormida, todos rompieron sus cántaros para que se viera la tea ardiente, y tocaron sus trompetas gritando: Por Dios y por Gedeón (v. 17-20). Y se mantuvieron firmes en sus puestos sin moverse.
Al oír el estruendo y ver las teas ardiendo los madianitas entraron en pánico, creyendo que los atacaba una multitud, y echaron a correr hiriéndose con sus espadas unos a otros (v. 21,22).
Entonces, avisados por Gedeón, los de las tribus vecinas los persiguieron cuando huían y los diezmaron (v. 23). Avisaron también a los de Efraín diciéndoles que tomaran los vados del Jordán para impedir su paso. Los de Efraín así lo hicieron y mataron a dos de los líderes principales de los invasores, a Oreb (“cuervo”) y Zeeb (“lobo”), y trajeron sus cabezas para presentárselas a Gedeón, como era usual entonces (v. 24,25; cf 1Sm 17:54).
Sin embargo, los de la tribu de Efraín se indignaron porque Gedeón no los había convocado desde el inicio de la guerra. Lo tomaron como una señal de menosprecio y como una manera de impedir que el mérito de la victoria fuera también de ellos. Pero Gedeón, diplomáticamente, aplacó su ira con palabras amables (“La blanda respuesta quita la ira” dice Pr 15:1) diciéndoles que lo que ellos habían hecho al capturar a los dos capitanes de los madianitas valía mucho más de lo que él había hecho (8:1-3). Se empequeñeció ante sus ojos y los engrandeció a ellos. ¿Quieres caerle bien a la gente? Ya sabes cómo. Levántalos y tú achícate.
Gedeón pasó el Jordán con sus trescientos hombres (nótese que ninguno de ellos había muerto en medio de tanta matanza, porque Dios los había preservado), ya que quería apresar a Zeba y Zalmuna, reyes de Madián. Llegó a Sucot y pidió a sus habitantes que les dieran provisiones para sus soldados que estaban cansados y desfallecían, pero se negaron, e hicieron escarnio de ellos. En respuesta Gedeón les dijo que cuando hubiera capturado a los dos reyes –algo de lo que él estaba enteramente seguro- se vengaría cruelmente de ellos (8:4-7).
Igual pasó con los habitantes de Peniel –donde Dios se había aparecido a Jacob, Gn 32:30- a quienes igualmente les aseguró Gedeón que se vengaría de su mezquindad cuando volviera victorioso (Jc 8:8,9).
Zeba y Zalmuna huían con los quince mil hombres que les quedaban (de los ciento treinta y cinco mil que tenían al comienzo), asolando según Rashi –comentarista judío del Medioevo- los territorios de Rubén, de Gad y de la media tribu de Manasés. Gedeón, con sus trescientos hombres, los atacó de noche cuando estaban desprevenidos, y capturó a los dos jefes, espantando a todo su ejército (v. 10-12).
Gedeón regresó entonces a Sucot y les presentó a los pobladores a los dos reyes que había capturado, y que perseguía cuando los ancianos de la ciudad le negaron alimentos, burlándose de él. Tomó entonces a los setenta y siete ancianos, cuyos nombres había obtenido de un muchacho de la ciudad, y los castigó públicamente, azotándolos con espinos y abrojos del desierto, tal como había anunciado (v. 13-16).
Fue luego a Peniel, y derribó su torre y mató a los habitantes de la ciudad. ¿Por qué su castigo fue más severo que el inflingido a los de Sucot? No sabemos, aunque quizá fue porque ofrecieron resistencia (v. 17). En ese tiempo la gente era feroz en sus reacciones. No había lo que hoy día conocemos como “derechos humanos” que, dicho sea de paso, son un producto del cristianismo. (2)
Luego encaró a Zeba y Zalmuna y les pidió que describieran a las personas que habían matado en Tabor. Por la descripción que hicieron de sus víctimas Gedeón se dio cuenta de que habían matado a sus hermanos (v. 18,19). Él ordenó entonces a su hijo Jeter, que era todavía un muchacho, que los mate como vengador de la sangre de sus parientes (Nm 35:9-21), pero el joven no se atrevió a matarlos a sangre fría (Jc 8:20). Un sano instinto, infrecuente en esa época, lo retuvo.
Pero lo dos jefes de Madián le dijeron a su captor: Mátanos tú, y así hizo Gedeón. ¡Qué salvaje era la gente en ese tiempo, antes de la venida de Cristo, y qué poco valor le daban a la vida humana! A Zeba y Zalmuna no les interesaba conservar la vida puesto que habían sido derrotados y capturados, y Gedeón no tuvo escrúpulos en vengarse de ellos, aunque eran sus prisioneros. (3)
Los israelitas dijeron entonces a Gedeón: Sé tú nuestro rey, y séanlo después de ti tus descendientes, puesto que nos has librado de Madián. Pero Gedeón se negó: Sea Jehová vuestro rey; ningún otro debe ser rey en Israel (v. 22,23). Este es el primer intento que se registre de adoptar la monarquía como forma de gobierno en Israel. Pero su respuesta nos muestra la rectitud de sus sentimientos.
Entonces Gedeón les hizo una petición: Que cada uno le diera los zarcillos de oro que habían tomado de los madianitas como botín (que eran ismaelitas, anota el texto de paso), y se los dieron de buena gana. El peso de los zarcillos fue de mil setecientos siclos de oro (v. 24-26), “Y Gedeón hizo con ellos un efod, el cual hizo guardar en su ciudad de Ofra; y todo Israel se prostituyó tras de ese efod en ese lugar; y fue tropezadero a Gedeón y a su casa.” (v. 27). Posiblemente lo colocaron en algún lugar destacado como un memorial de las victorias obtenidas. Pero es probable que pronto lo convirtieran en un ídolo y empezaran a adorarlo, o lo usaran como un oráculo para adivinar el futuro. (4)
Derrotado Madián no volvió a levantar cabeza, y la tierra gozó de paz durante cuarenta años gracias a esta victoria (v. 28). (5)
Sin aspirar a ningún honor grande Gedeón volvió a su casa a vivir tranquilo, como había vivido antes, amado y respetado por todos, salvo que tuvo setenta hijos, porque tuvo muchas mujeres, con lo cual violó la ley de Dios. Tuvo además un hijo de una concubina que vivía en Siquem, al cual puso el nombre de Abimelec (que significa “mi padre un rey”), el cual fue la ruina de su familia. Gedeón vivió hasta edad avanzada y “fue sepultado en el sepulcro de Joas, su padre, en Ofra de los abiezeritas.” (v. 29-32).
Quizá debido al grave desvío del pueblo ocasionado por el efod de oro que mandó hacer Gedeón, el fin de su historia no es muy feliz que digamos, pues dice el texto: “Aconteció que cuando murió Gedeón, los hijos de Israel volvieron a prostituirse yendo tras los baales, y escogieron por dios a Baal-berit. Y no se acordaron de Jehová su Dios, que los había librado de todos sus enemigos en derredor; ni se mostraron agradecidos con la casa de Jerobaal, el cual es Gedeón (como puede verse en el capitulo siguiente de Jueces), conforme a todo el bien que él había hecho a Israel.” (v. 33-35). Así es de ingrato el corazón del hombre. Pero ¿somos nosotros mejores? ¿Quién puede decirlo con franqueza?
Notas: 1. ¿Qué significan esos tres elementos? La antorcha es la luz de la verdad; el cántaro que debe romperse son los obstáculos que impiden que la luz brille en todo su esplendor; y la trompeta es el valor con que la verdad debe ser proclamada (cf Ef 6:19,20).
2. En la mayoría de los países no cristianos del oriente no se conocían los derechos humanos hasta mediados del siglo XX, y si ahora los han adoptado, es por presión internacional, pero son extraños a su cultura.
3. El salmo 83:11 recuerda este hecho de sangre, junto con la muerte de Oreb y Zeeb.
4. El efod era la prenda usada por el sumo sacerdote para oficiar en el templo. Llegaba hasta la altura de la cadera y era hecho de lino fino, bordado con hilos de oro, azul y púrpura. A la altura del pecho se colocaba el pectoral que contenía el Urim y el Tumim, que eran usados para recibir instrucciones del Señor (1Sm 21:9).
5. El número cuarenta juega un papel muy especial en la historia del pueblo de Israel y en ambos testamentos. Cuarenta años duró la peregrinación del pueblo de Israel en el desierto, antes de entrar a la tierra prometida (Nm 14:33); cuarenta días y cuarenta noches estuvo Moisés en el Sinaí, cuando el Señor le entregó las tablas de la ley (Ex 24:18); cuarenta días y cuarenta noches ayunó Moisés intercediendo para que el Señor no destruyera al pueblo a causa del becerro de oro (Dt 9:18); cuarenta años cada uno juzgaron a Israel Otoniel, Barac y Gedeón (Jc 3:11; 5:31; 8:28); el sacerdote Elí juzgó también a Israel cuarenta años (1Sm 4:18); Saúl gobernó cuarenta años a Israel (Hch 13:21); David y Salomón gobernaron cada uno cuarenta años (2Sm 5:4; 2Cro 9:30); cuarenta días ayunó Jesús en el desierto (Mt 4:2), siendo tentado por el diablo (Lc 4:2); durante cuarenta días se apareció Jesús resucitado a sus discípulos antes de ascender al cielo (Hch 1:3). Cuarenta años es la duración de una generación.
Amado lector: Si tú no estás seguro de que cuando mueras vas a ir a gozar de la presencia de Dios por toda la eternidad, yo te invito a pedirle perdón a Dios por tus pecados haciendo la siguiente oración:
“Jesús, tú viniste al mundo a expiar en la cruz los pecados cometidos por todos los hombres, incluyendo los míos. Yo sé que no merezco tu perdón, porque te he ofendido conciente y voluntariamente muchísimas veces, pero tú me lo ofreces gratuitamente y sin merecerlo. Yo quiero recibirlo. Me arrepiento sinceramente de todos mis pecados y de todo el mal que he cometido hasta hoy. Perdóname, Señor, te lo ruego; lava mis pecados con tu sangre; entra en mi corazón y gobierna mi vida. En adelante quiero vivir para ti y servirte.”
#791 (11.08.13). Depósito Legal #2004-5581. Director: José Belaunde M. Dirección: Independencia 1231, Miraflores, Lima, Perú 18. Tel 4227218. (Resolución #003694-2004/OSD-INDECOPI).


lunes, 23 de septiembre de 2013

ALGUNOS CONSEJOS PARA EL MATRIMONIO

Pasaje tomado de mi libro
Matrimonios que Perduran en el Tiempo

ALGUNOS CONSEJOS SOBRE EL MATRIMONIO
Los seres humanos amamos porque tenemos necesidad de amar. Tenemos dentro un caudal potencial de sentimientos que buscan un objeto para expresarse. A la vez tenemos necesidad de ser amados. Por ese motivo nuestros sentimientos surgen a veces más a causa de esa doble necesidad que del valor de la persona que los suscita y que pudiera no merecerlos. De ahí pueden surgir muchas decisiones erróneas que después lamentamos. De otro lado está también el deseo físico insatisfecho que busca expresarse y que puede disfrazarse de amor para conseguir su objeto.
Es bueno ser conscientes de nuestras motivaciones subjetivas para no engañarnos a nosotros mismos y para no engañar al otro. Podemos decirnos: ¡Cuánto la amo! o ¡Cuánto lo amo! cuando en realidad deberíamos decirnos ¡Cuánto la (o lo) deseo! Lo cual en cierta medida es normal. Amor y deseo van por lo general juntos. Pero conviene no olvidar que el deseo es ciego y puede ser satisfecho con cualquier persona del sexo opuesto (especialmente en el caso de los hombres). Pero al que ama realmente le repugna satisfacer su deseo con cualquiera. Y si tiene una visión correcta de las cosas -aunque no sea creyente- sabrá esperar hasta la boda.
Párrafo tomado del segundo volumen (por publicar) de mi libro, Tel 4712178.



ANOTACIONES AL MARGEN XXXVI

LA VIDA Y LA PALABRA
Por José Belaunde M.
ANOTACIONES AL MARGEN XXXVI

* La fe y la obediencia están íntimamente ligadas. La fe del que desobedece es una fe anémica, si no muerta, porque la fe se manifiesta en acción, esto es, en obras (St 2:17; 22).
* Obedecer es también manifestación de fidelidad. ¿Puedo yo realmente creer en un Dios al que no soy fiel? Es el caso de los israelitas que adoraban a otros dioses. No creían realmente en el Dios de sus padres, que decía de sí mismo que Él era único (Is 44:6) y que fuera de Él no había otro (Is 45:21b). Si hubieran creído en Él no hubieran admitido la posibilidad de rendir culto a otros dioses. Lo mismo el cristiano que busca apoyo en ciertas prácticas ocultas o supersticiosas, para cubrir sus necesidades o para protegerse de peligros, demuestra tener poca fe en Dios. Es como si le dijera: Tú no me bastas.
* Honrar a los padres es honrar a Dios. Deshonrarlos es deshonrar a Dios (Ex 20:12), porque ellos lo representan.
* El niño aprende a amar y a honrar a Dios, amando y obedeciendo a sus padres. El niño que tuvo padres que no le inspiraron amor y respeto tendrá como adulto dificultades en su relación con Dios.
* Satanás quiere destruir la relación padre-hijos, porque así subvierte la relación del hombre con Dios. Pero también procura subvertir el matrimonio con el divorcio para que los padres no sean como Dios para sus hijos. Por eso los padres deben portarse con sus hijos como Dios con sus criaturas: hacerse cargo de ellos y disciplinarlos cuando sea necesario.
* El que no es enseñado a obedecer de niño, el niño engreído, será un adulto insatisfecho durante el resto de su vida porque espera que todo el mundo ceda a sus caprichos.
* Si tu padre no es digno de honor, honra en él al padre que Dios hubiera querido que fuera.
* Los científicos incrédulos creen que podrán algún día descubrir el secreto de la vida y crearla. Pero nunca van a alcanzar esa meta, porque la vida procede de Dios y sólo Él puede darla (Gn 2:7). Por ese motivo también sólo Él puede quitarla, o estipular las condiciones en que puede ser quitada.
* Para el otro mi vida es sagrada, no puede quitármela, ni yo puedo tampoco (Gn 9:6). Pero sí puedo dejar que me la quiten por una causa superior, como sería ser fiel a Dios, o salvar la vida del prójimo.
* La santidad de la vida es una de las razones por las que no se debería mostrar asesinatos en la pantalla, sea de la televisión o en el cinema, como se hace con frecuencia, porque acostumbran a la gente a la idea de que matar no es algo abominable.
* El adulterio rompe la unidad espiritual que une a los esposos entre sí, y a ellos con sus hijos. Los hijos de padres adúlteros suelen ser desgraciados, aunque no haya divorcio, porque no hay armonía en el hogar.
* La inmoralidad, la corrupción que observamos en la política y en la justicia en nuestro país comienza con la inmoralidad en el hogar, con la infidelidades y las uniones irregulares.
* Es muy difícil que un hombre que es honesto en su vida personal y familiar, sea deshonesto si ocupa una función pública. Y lo inverso es también cierto, que el que es deshonesto en su vida privada sea honesto en su vida pública. Si dirigimos nuestra mirada a los políticos y jueces que con fundamento han sido acusados de corrupción, podremos constatar que en muchos casos su vida privada es irregular.
* Negarse a sí mismo no es una idea muy popular que digamos, sino todo lo contrario. Si no, díganle a un político que se niegue a sí mismo, si lo que él quiere es afirmarse, imponerse, escalar el poder. Díganle que renuncie desinteresadamente para que otro tome su lugar, si él quiere más bien que otros renuncien a favor suyo.
            Díganle a una actriz, o a una reina de belleza que se niegue a sí misma, si lo que ella quiere es alcanzar la fama, triunfar, ser engreída y admirada, ser rica.
            Díganle a un ejecutivo que se niegue a sí mismo, si lo que él ambiciona es subir en la escala corporativa hasta el puesto más alto.
            Díganle a un empresario que se niegue a sí mismo y ceda el primer lugar a la competencia, si lo que él quiere es que su empresa sea la primera y hacer fortuna, aumentando de paso su poder.
            Díganle a un fisioculturista que se niegue a sí mismo, si lo que él quiere es desarrollar su musculatura y exhibirla en los estadios para ser admirado.
            Sin embargo, toda esa gente, en la persecución de sus metas, se niegan muchas cosas a sí mismas, y asumen grandes sacrificios: recortan sus horas de sueño, hacen dietas severas, se imponen entrenamientos agotadores, se someten a maltratos y humillaciones, emprender viajes incómodos, etc., etc. Pero todo lo soportan para alcanzar la meta que se han fijado.
            Se niegan a sí mismos, toman su cruz y la acarician, confiando en que será el lugar de su triunfo, y luego siguen a… ¿A quién siguen? Me temo que no a Jesús sino al tentador, que exige de ellos muchas pruebas de lealtad: vender su cuerpo, traicionar a sus amigos más íntimos, volver la espalda a los que primero los apoyaron, hacer trampa, adular, intrigar sin escrúpulos…
            ¿Quieres llegar a tu meta? Llegar cuesta muchos sacrificios. Hay que pasar por el aro. El tentador es un amo sin misericordia. Él quiere que a cambio del triunfo que te ofrece le vendas tu alma. Jesús en cambio, es manso y humilde de corazón. Los sacrificios que Él exige son de otro orden. No te envilecen. Mejor síguelo a Él. La recompensa quizá no sea inmediata, pero a la larga es la mejor, porque es eterna.
* El amor de Dios funciona al revés del amor humano. Nosotros amamos a los buenos, a los justos, a los simpáticos, a los que son “amables” por definición (es decir, que se pueden amar). Y detestamos a los malos, a los tramposos, a los sucios, a los carnales, a los criminales.
Pero Dios ama a los que nosotros detestamos, y los ama precisamente por aquellos motivos por los cuales nosotros los rechazamos. Dios se inclina hacia la miseria humana. Nosotros nos apartamos de ella. Si queremos amar como Dios ama debemos llegar a amar a los que detestamos (Mt 5:44,45), a los que son objetivamente detestables. Fue por ellos que Jesús vino al mundo. No vino por los sanos sino por los enfermos (Lc 5:31).
* Aunque suene paradójico podemos agradecer a Dios por el hecho de que antes de que nos convirtiéramos éramos indignos de su misericordia, porque si hubiéramos sido dignos de ella, Él no se habría fijado en nosotros. Nuestra miseria atrajo su atención.
* La mayoría de los reyes de Judá, y todos los reyes de Israel, fueron impíos, o se desviaron. ¿Cómo puede pensarse que Dios coloque en el trono a personas cuya inclinación fue para el mal desde el comienzo, como muchos de ellos? Dios permitió su entronización, pero ellos no fueron sus escogidos.
            En cambio Él puede colocar en el trono a incrédulos para que realicen una obra buena, de acuerdo a sus propósitos, como fue el caso de Nabucodonosor (2R 24:1,2), de Darío (Dn 5:31; 6:25-28), y de Ciro (2Cro 36:22,23). Quizá el propio Faraón en tiempos de José era alguien que Dios había escogido para llevar a cabo su obra (Gn 41: 37-44). O el Faraón cuyo corazón fue endurecido en tiempos de Moisés (Ex 7:3), quizá también fue colocado en el trono por Dios para manifestar su gloria a través de su impiedad.
            Incluso de los peores gobernantes saca Dios algo bueno, como ocurrió con los emperadores romanos impíos, como Nerón o Diocleciano, que desataron crueles persecuciones contra los cristianos. Ellos dieron ocasión a actos heroicos de santidad y sacrificio, y a que por el testimonio de los mártires mucha gente se convirtiera. De hecho, las mismas persecuciones, como ocurre siempre, purificaron y fortalecieron a la naciente iglesia.
            Pero ¿quién se atrevería a decir que Dios puso en el trono a monstruos como Nerón, Heliogábalo o Calígula? No los colocó Él, pero permitió que el diablo lo hiciera porque, en última instancia, servirían a sus propósitos.
* Patriotismo: Estamos celebrando las Fiestas Patrias en estos días, conmemorando el 192 aniversario de la proclamación de la independencia del Perú, y está muy bien que hayamos engalanado la ciudad como de costumbre izando la bandera nacional por doquier.
            ¿Pero de qué sirve que coloques la bandera peruana en el balcón, o en el techo de tu casa, si evades el pago de impuestos, o no cumples la ley? ¿De qué sirve que lleves un banderín en tu automóvil si te pasas la luz roja? ¿De qué sirve que luzcas una escarapela blanquiroja en el pecho si eres mal educado y atropellas el derecho ajeno? ¿De qué sirve que se realicen desfiles militares y el público entusiasmado aplauda a nuestros soldados si las autoridades no cumplen su deber?
            “Obras son amores y no buenas razones” dice el refrán popular. El amor a la patria no se demuestra con palabras elocuentes y gestos solemnes, sino con el respeto de la ley y de nuestras instituciones.
Amado lector: Jesús dijo: “De qué le sirve al hombre ganar el mundo si pierde su alma?” (Mr 8:36) Si tú no estás seguro de que cuando mueras vas a ir a gozar de la presencia de Dios por toda la eternidad, es muy importante que adquieras esa  seguridad, porque no hay seguridad en la tierra que se le compare y que sea tan necesaria. Con ese fin yo te invito a pedirle perdón a Dios por tus pecados haciendo la siguiente oración:
“Jesús, tú viniste al mundo a expiar en la cruz los pecados cometidos por todos los hombres, incluyendo los míos. Yo sé que no merezco tu perdón, porque te he ofendido conciente y voluntariamente muchísimas veces, pero tú me lo ofreces gratuitamente y sin merecerlo. Yo quiero recibirlo. Me arrepiento sinceramente de todos mis pecados y de todo el mal que he cometido hasta hoy. Perdóname, Señor, te lo ruego; lava mis pecados con tu sangre; entra en mi corazón y gobierna mi vida. En adelante quiero vivir para ti y servirte.”

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viernes, 13 de septiembre de 2013

LIBERTAD HUMANA, PREDETERMINACIÓN Y PROVIDENCIA

LA VIDA Y LA PALABRA
Por José Belaunde M.
LIBERTAD HUMANA, PREDETERMINACIÓN Y PROVIDENCIA
Existe una oposición teórica frontal entre los conceptos de predeterminación (todo está de antemano determinado por Dios) y la irrestricta libertad humana de elegir.

Según lo primero, todo lo que sucede tiene que ocurrir necesariamente tal como se da en los hechos, sin que haya otra manera posible; nada es contingente y no hay lugar alguno para la libertad humana.
Según el concepto opuesto el hombre está dotado de la capacidad de elegir entre alternativas o cursos de acción diversos, y puede escoger entre el bien y el mal, o entre lo que le parezca moralmente mejor, o más conveniente, provechoso o placentero para él, aunque no siempre los hombres prefieren lo que les parece personalmente más conveniente para sus intereses. Pueden también, y lo hacen muchas veces, sacrificar por razones ideales su interés o conveniencia personal.
Esta noción hace al hombre enteramente responsable de sus actos. La noción anterior lo libra hasta cierto punto de su responsabilidad, y está emparentada con el concepto hinduista del “karma”, aunque no coincida enteramente con él. Según el karma las cosas suceden de acuerdo a una cadena irrompible de causa y efecto.
Según la forma extrema de determinismo, aun lo que parece ser una decisión personal ha sido determinado de antemano. Si el ser humano pudiera realmente elegir entre dos alternativas de acción, el orden del universo colapsaría.
Por el contrario quienes insisten en la libertad individual sostienen que los acontecimientos se desarrollan en respuesta a las decisiones que la gente toma libremente, sea individual o colectivamente como familia, comunidad, nación, etc., decisiones que dan forma al mundo.
Esta doctrina rechaza la noción de que exista un plan preestablecido que rige los acontecimientos. Según ella la gente intuitivamente sabe distinguir entre lo bueno y lo malo. Si bien no siempre escoge hacer lo bueno, sus decisiones son libres. De otro lado, no se puede negar que aun las decisiones “libres” del hombre están condicionadas por una serie de factores psicológicos, sociológicos y religiosos, de los que muchas veces no son concientes, o por decisiones y experiencias anteriores, por lo que el supuesto “libre albedrío” humano es bastante limitado y condicional.
Sin embargo, esta doctrina no excluye la existencia de una deidad benévola que está interesada en el acontecer humano y que interviene en la esfera humana como providencia.
Según la Biblia, Dios tenía un plan para la descendencia que surgiría de Abraham, de acuerdo al cual se desarrollan las líneas matrices de los acontecimientos, dejando, no obstante, amplio espacio para las decisiones individuales que, en los hechos, colaboran o van en contra del plan trazado por Dios. Sin embargo, al que peca sea como individuo, o a los que pecan colectivamente como comunidad o nación, les irá inevitablemente mal. En cambio, a los que obedecen a la voluntad de Dios les irá bien.
No obstante, Dios otorgó a los israelitas el derecho de decidir hacer o no su voluntad, anunciándoles cuáles serían las consecuencias, para bien o para mal, de su decisión (Dt 30:16-20). Dios sabe de antemano qué va a ocurrir, y qué decisión va a tomar el pueblo. Esto se desprende claramente de lo que Dios le dice a Abram en Gn 15:12-16: “Mas a la caída del sol sobrecogió el sueño a Abram, y he aquí que el temor de una gran oscuridad cayó sobre él. Entonces Jehová dijo a Abram: Ten por cierto que tu descendencia morará en tierra ajena, y será esclava ahí, y será oprimida cuatrocientos años. Mas también a la nación a la que servirán, juzgaré yo; y después de esto saldrán con gran riqueza. Y tú vendrás a tus padres en paz, y serás sepultado en buena vejez. Y en la cuarta generación volverán acá; porque aún no ha llegado a su colmo la maldad del amorreo hasta aquí.” Dios se había trazado un plan para el desarrollo inicial del pueblo que ha elegido y se lo comunicó a Abram (que aún no se llamaba Abraham) para mostrar que Él ha fijado el destino de los pueblos.
¿El hecho de que Dios sepa y anuncie de antemano que los egipcios esclavizarán a los hebreos durante 400 años y que la maldad de los amorreos se agravará durante ese período de tiempo hasta llegar a su colmo, limita la libertad de decisión de unos y otros? ¿Son los egipcios y los amorreos menos libres porque Dios sabe cómo se comportarán? No, el preconocimiento de Dios no afecta la libertad de los individuos de ninguna manera. Todos son responsables de sus actos. El hecho de que Dios conozca de antemano qué decisiones tomen los individuos no condiciona sus decisiones. Él lo sabe porque Él está fuera del tiempo y todo es presente para Él.
Eso es para nosotros difícil de comprender, pero quizá sea más fácil entenderlo si tenemos en cuenta que para Dios el tiempo no existe. Que para Dios pasado, presente y futuro se funden en un instante eterno. La situación de Abraham en Ur cuando lo llamó está tan presente delante de sus ojos como el momento en que detuvo el cuchillo que iba a sacrificar a Isaac, así como lo está el futuro de sus descendientes hasta el fin de los tiempos. Todo es presente para Él.
De otro lado debemos tener en cuenta otro factor que se llama la Providencia divina (Nota). Las decisiones que toma el hombre en un momento dado son libres en el sentido de que nadie le obliga a tomarlas, pero están en parte determinadas por las circunstancias que las condicionan y por las influencias que gravitan sobre él.
La Providencia interviene influenciando las decisiones de los hombres (por medios que ellos ignoran) de acuerdo a sus propósitos, tal como lo declara el libro de Proverbios: “Como los repartimientos de las aguas, así está el corazón del rey en manos de Jehová; a todo lo que quiere lo inclina.” (Pr 21.1). Puede hacerlo también suscitando factores que actuarán de la manera deseada por Él, alterando el curso de los acontecimientos y el de las acciones emprendidas por el hombre: “El corazón del hombre piensa su camino, mas Jehová endereza sus pasos.” (Pro 16:9). El surgimiento del imperio persa que derrotó a los babilonios el año 539 AC, es un ejemplo concreto. Al año siguiente, el rey Ciro tomó la decisión que había sido anunciada de antemano por Isaías (Is 44:28), de que Jerusalén y su templo fueran reconstruidos.
Por ejemplo, mis decisiones han sido en cierta manera preformadas por la formación moral que yo he recibido. Si yo he sido enseñado que tal acción es moralmente incorrecta, normalmente evitaré hacerla. Pero si he sido enseñado que es legítima, la haré con toda naturalidad y sin escrúpulo alguno.
¿Qué podemos decir de esas declaraciones de la Biblia que describen a Dios como sorprendido del curso de acción tomado por los hombres, como, por ejemplo, cuando dice en Génesis: “Y vio Jehová que la maldad de los hombres era mucha sobre la tierra, y que todo designio del corazón de ellos era de continuo solamente el mal. Y se arrepintió Jehová de haber hombre en la tierra, y le dolió su corazón.”?·(Gn 6:5,6). Ese pasaje da a entender que Dios no esperaba que el hombre se comportara de esa manera, e incluso se arrepintió de haber creado a la humanidad, y se propuso destruirla a excepción de uno que halló gracia ante sus ojos. (Gn 6:5-8).
Ese pasaje describe a Dios pensando y hablando en términos humanos. Pero eso no quiere decir que Dios no hubiera previsto la corrupción de la humanidad y las medidas que tomaría para corregirla. Todo eso estaba dentro de su infinito consejo. La depravación en que cayó la humanidad era consecuencia de la corrupción de su naturaleza causada por la caída de Adán. Dios sabía muy bien a qué atenerse respecto de la conducta humana porque conocía el curso que tomarían los acontecimientos en la tierra antes de que creara el mundo. ¿Por qué entonces, si sabía lo que ocurriría, dejó que el diablo tentara a Adán y Eva? Porque quería que ellos escogieran libremente entre obedecerle y desobedecerle, aunque sabía de antemano que le desobedecerían.
Quizá sea pertinente en este punto enunciar algunos de los principios básicos de cómo opera la Providencia divina, hasta donde lo pueda comprender la limitada mente humana:
1. Todo lo creado, antes de manifestarse visiblemente, ha existido en la mente de Dios.
2. Nada ocurre en el mundo que Dios no quiera positivamente, o no permita. Por tanto, todo lo que ocurre ha sido ordenado o permitido por Dios para el bien del universo y de las criaturas que lo pueblan y, en especial, del género humano. Fijado el bien que Dios quiere alcanzar, Él escoge los medios para lograrlo.
3. En el universo no hay nada inútil. Todo tiene un propósito y cumple un fin fijado por Dios hasta en sus más mínimos detalles, lo cual quiere decir que todo, excepto el pecado, tiene en Dios su causa última.
4. Aunque Dios aborrece el pecado, Él lo permite con vistas al bien ulterior que desea alcanzar.
5. Dios quiere, causa o permite, el dolor humano con un fin en mente: nuestro arrepentimiento, o nuestro perfeccionamiento y santificación. Es un hecho innegable que el dolor, físico o anímico, nos hace progresar espiritualmente.
Dios no quiere directamente que el hombre sufra males, sino el bien que esos males procuran (que ya hemos mencionado). Para obtener determinado bien moral puede ser necesario aplicar un remedio doloroso, así como para salvar una vida, puede ser necesario amputar una pierna. ¿Quiere Dios que se ampute la pierna? No, Él quiere salvar una vida.
6. La existencia de la Providencia divina no impide el ejercicio de la libertad humana, como ya se ha dicho. Al contrario, la protege, porque prevé todos los factores que influyen en nuestras decisiones, incluyendo las debilidades y fortalezas de nuestro carácter y de nuestro temperamento, las influencias que incidieron en la formación de nuestra personalidad, así como las consecuencias de nuestras tendencias hereditarias, y la influencia de nuestras emociones.
La infalibilidad de la Providencia divina está expresada en Isaías: “Jehová de los ejércitos juró diciendo: Ciertamente se hará de la manera como lo he pensado y será confirmado como lo he determinado…Porque Jehová de los ejércitos lo ha determinado, ¿y quién lo impedirá?.Y su mano extendida ¿quién la hará retroceder?” (14:24,27)
El conocido salmo 23 es otro ejemplo de cuán confiable es la Providencia divina: “Jehová es mi pastor; nada me faltará… Aunque ande en valle de sombra de muerte, no temeré mal alguno, porque tú estás conmigo…” (1,4).
La naturaleza entera da testimonio de la extensión universal de la Providencia divina que gobierna los fenómenos de la naturaleza y da su alimento a los animales del campo: “Cantad a Jehová con alabanza, cantad con arpa a nuestro Dios. Él es quien cubre de nubes los cielos, el que prepara la lluvia para la tierra, el que hace a los montes producir hierba. Él da a la bestia su mantenimiento, y a los hijos de los cuervos que claman.” (Sal 147:7-9; cf Jb 38:41).
O como dice Jeremías, Dios es el que pone un límite al mar que no será traspasado: “No os amedrentaréis ante mí, que puse arena por término al mar, por ordenación eterna la cual no quebrantará?” (5:22)
La realidad de la Providencia se manifiesta en la vida del justo: “Bienaventurado el hombre que teme a Jehová, y en sus mandamientos se deleita en gran manera. Su descendencia será poderosa en la tierra… Bienes y riqueza hay en su casa, y su justicia permanece para siempre.” (Sal 112:1-3). De manera similar la maldad de los impíos suele recibir su castigo en esta vida: “Vi yo al impío sumamente enaltecido, y que se extendía como laurel verde. Pero él pasó, y he aquí ya no estaba; lo busqué, y no fue hallado.” (Sal 37:35,36).
La Providencia se ocupa de sus siervos de manera maravillosa guardándolos en tiempos difíciles, como ocurrió con Elías cuando decretó una sequía sobre la tierra. Dios le dijo: “Apártate de aquí, y vuélvete al oriente, y escóndete en el arroyo de Querit, que está frente al Jordán. Beberás del arroyo y yo he mandado a los cuervos que te den allí de comer. Y él fue e hizo conforme a la palabra de Jehová, pues se fue y vivió junto al arroyo de Querit… y los cuervos le traían pan y carne por la mañana, y pan y carne por la tarde; y bebía del arroyo.” (1R 17:3-6)
El caso de José es emblemático como ejemplo del varón justo que es probado por Dios para exaltarlo al fin y usarlo para el bien de aquellos mismos que lo habían vendido en cautividad (Gn 37:28). Él fue calumniado por la mujer de su amo, Potifar, y enviado a prisión (39:10-20), pero luego fue elevado al cargo de primer ministro del Faraón quien, reconociendo que en él moraba el espíritu de Dios, entregó todo el poder en sus manos y le dio autoridad para tomar las medidas necesarias para acopiar trigo en la época de abundancia que había de preceder a la sequía (41:38-40). Más tarde, cuando sus hermanos, empujados por la hambruna, vienen a comprar trigo en Egipto, él se revela a ellos y les dice: “No me enviasteis acá vosotros, sino Dios, que me ha puesto por padre de Faraón… y por gobernador de toda la tierra de Egipto.” (45:8). El texto sagrado dice que todo lo que José hacía prosperaba porque la mano de Dios estaba con él (39:3).
Pasando al Nuevo Testamento, vemos que en el evangelio de San Mateo Jesús les dice a sus discípulos: “No os afanéis, pues, diciendo: ¿Qué comeremos, o qué beberemos, o qué vestiremos? Porque los gentiles buscan todas estas cosas, pero vuestro Padre celestial sabe que tenéis necesidad de ellas… Mas buscad primeramente el reino de Dios y su justicia, y todas estas cosas os serán añadidas.” (Mt 6:31-33)
Pablo ha expresado claramente cómo Dios vela por los suyos: “Y sabemos que a los que aman a Dios, todas las cosas les ayudan a bien…” (Rm 8:28). Él mismo había experimentado la intervención de la Providencia en su viaje a Roma, cuando el barco que lo llevaba enfrentó un mar tempestuoso y estaba a punto de hundirse. Pero los vientos huracanados llevaron inesperadamente la embarcación a una playa, y aunque el barco encalló y se hundió, todos los náufragos se salvaron, porque Dios le había dicho a Pablo que él debía dar testimonio en la corte del César, y le concedió que todos los que iban en la nave, tripulación y pasajeros, se salvaran con él (Hch 27:13-44).
El día de Pentecostés, el apóstol Pedro, hablando al pueblo, dijo que Jesús había sido llevado a la muerte “por el determinado consejo y anticipado conocimiento de Dios” (Hch 2:23), esto es, porque ése era el plan de salvación del género humano que Dios había concebido.
Más tarde Pablo explicará que Dios permitió el endurecimiento del pueblo elegido a fin de llevar el evangelio a los pueblos gentiles: “Porque no quiero hermanos que ignoréis este misterio… que ha acontecido a Israel endurecimiento en parte, hasta que haya entrado la plenitud de los gentiles; y luego todo Israel será salvo… Así que en cuanto al evangelio, son enemigos por causa de vosotros; pero en cuanto a la elección, son amados por causa de los padres. Porque irrevocables son los dones y el llamamiento de Dios.” (Rm 11:25-29). La misericordia alcanzada por los pueblos gentiles, que estaban alejados del Dios verdadero, es anuncio de la misericordia que, a su vez, dentro de la Providencia divina, alcanzarán los judíos al final de los tiempos cuando crean en el Mesías que inicialmente rechazaron.
Nota: Aunque la palabra Providencia no figura en la Biblia, ése es un concepto que está presente en todas sus páginas y que nos dice que el mundo no está gobernado por el azar o por el destino, sino que todo está bajo el control y el dominio de Dios, y que Él guía y prevé todo lo que ocurre, previniendo las circunstancias o factores que pudieran afectar o alterar sus propósitos.
Amado lector: Jesús dijo: “De qué le sirve al hombre ganar el mundo si pierde su alma?” (Mr 8:36) Si tú no estás seguro de que cuando mueras vas a ir a gozar de la presencia de Dios por toda la eternidad, es muy importante que adquieras esa  seguridad, porque no hay seguridad en la tierra que se le compare y que sea tan necesaria. Con ese fin yo te invito a pedirle perdón a Dios por tus pecados haciendo la siguiente oración:
“Jesús, tú viniste al mundo a expiar en la cruz los pecados cometidos por todos los hombres, incluyendo los míos. Yo sé que no merezco tu perdón, porque te he ofendido conciente y voluntariamente muchísimas veces, pero tú me lo ofreces gratuitamente y sin merecerlo. Yo quiero recibirlo. Me arrepiento sinceramente de todos mis pecados y de todo el mal que he cometido hasta hoy. Perdóname, Señor, te lo ruego; lava mis pecados con tu sangre; entra en mi corazón y gobierna mi vida. En adelante quiero vivir para ti y servirte.”

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