Esta serie de artículos que hoy concluye está basada en la trascripción de un ciclo de enseñanzas dadas en las reuniones de la Edad de Oro de la C.C. Agua Viva hace unos cuatro años. Al revisar el texto se ha mantenido el carácter informal e improvisado de la charla, así como alguna repetición inevitable.
Vamos a seguir hablando de las cosas que necesitamos para ser buenos intercesores. Aunque pueda parecer contradictorio, una de ellas es el deseo de ayudarnos a nosotros mismos. ¿Cómo así si el propósito de la intercesión es orar por otros, no por uno mismo? ¿Saben por qué? Porque cuando oramos por otro, Dios nos bendice. Si nosotros damos nuestro tiempo, damos nuestro esfuerzo y energías ¿Cuál es el resultado? ¿Acaso no dijo Jesús que todo el que da recibe? ¿Atenderá Dios solamente a la oración hecha por un tercero y se olvidará de la persona que oró? De ninguna manera. Si escucha la oración del intercesor, tendrá también compasión de éste. Sea lo que sea lo que demos a otros, sea nuestro tiempo, o nuestro esfuerzo, o nuestra atención, siempre recibiremos de Dios nuestro premio.
Cuando uno se ocupa de las cosas de Dios y de las cosas del prójimo, Dios se ocupa de las de uno. Incluso Él lo hará mejor de lo que uno mismo podría hacerlo.
En cierta manera interceder por otros nos libera de la necesidad de orar por nosotros mismos, porque Dios se ocupará de resolver nuestros problemas, y atenderá a nuestras necesidades, que Él conoce mejor que nosotros mismos, sin que se lo pidamos. En suma, cuando nosotros intercedemos por otros, le damos a Dios la oportunidad de bendecirnos. Nosotros seremos indirectamente beneficiarios de nuestra intercesión.
“Dios paga a cada cual según sus obras” es el principio que figura más veces en las Escrituras (Sal 62:12; Rm 2:6; 1P 1:17; Ap 2:23; 22:12). Si nosotros damos al prójimo, Dios nos va a dar a nosotros. Visto desde otro ángulo es el principio de dar y recibir: “Dad y se os dará; medida buena, apretada, remecida y rebosando darán en vuestro regazo.” (Lc 6:38)
Es bueno que digamos con Jabes: “Bendíceme Señor”. Pero es mejor que digamos: “Bendice a Juan, bendice a Elena, etc.,” porque junto con Juan o con Elena, nosotros seremos bendecidos y a la larga el premio va a ser mejor. Por algo dice Pablo en Filipenses: “No mirando cada uno por lo suyo propio, sino cada cual también por lo de otros.” (Flp 2:4). Nos está diciendo: “Piensa primero en el prójimo y después piensa en ti”. ¡Ay, eso hacen los tontos, eso hacen los mensos!. No señor, eso hacen los vivos, eso hacen los inteligentes, porque el fruto que se cosecha será mayor. Nada nos bendice más a nosotros que bendecir a otros. ¿Quieres ser bendecido? Bendice a otros. ¿Quieres ser prosperado? Me consta porque lo he experimentado: da y Dios te va a recompensar con creces.
Ahora bien, también es cierto que el hecho de orar por otros no nos exime de la obligación de ayudarlos también materialmente cuando sea necesario. Las dos cosas van juntas. Por algo escribe Santiago: “Si un hermano o una hermana están desnudos, y tienen necesidad del mantenimiento diario, y alguno de vosotros les dice: Id en paz, calentaos y saciaos, pero no le da las cosas que son necesarias para el cuerpo, ¿de qué le sirve?” (St 2:15,16).
Por eso es que cuando Jesús veía a alguien enfermo no se contentaba con orar al Padre por él, sino que iba y lo sanaba. Cuando vio a una viuda llorando porque había muerto su único hijo, no le dio solamente el pésame como hacemos nosotros. No le dijo: “¡Ay hermana, yo sufro contigo! ¡No sabes cuánta compasión siento por tu sufrimiento!”, sino que resucitó a su hijo y se lo entregó vivo. Se compadeció y actuó. Así también debemos comportarnos nosotros: Orar y ayudar, en la medida de lo posible. Que la oración no sea una excusa para quedarnos con los brazos cruzados. ¿Cómo te gustaría que se porten contigo si te encuentras en un apremio? ¿Te bastará que oren por ti, y no te ayuden si pueden hacerlo?
Sabemos que Jesús llevaba en sus viajes una bolsa para dar limosna. Lo único malo era el que el encargado de la bolsa era Judas, que se metía una parte del contenido al bolsillo, porque era un ladrón. Pero lo cierto es que Él llevaba una bolsa para hacer caridad. No obstante que Él vivía de la caridad ajena, puesto que durante los años de su vida pública no trabajaba, Él daba de lo poco que tenía. Haz tú, pues, lo mismo.
La oración de intercesión es la ayuda más poderosa, pero no nos exime de la obligación de dar algo concreto, sea pan o dinero o medicamento, si está en nuestras manos hacerlo. Proverbios lo dice claramente: “No te niegues a hacer el bien a quien es debido cuando tienes poder para hacerlo. No digas a tu prójimo: Anda y vuelve y mañana te daré, cuando tienes contigo qué darle.” (Pr 3:27,28).
[Parece que lo que traté de explicar no hubiera sido suficientemente claro, porque una de las asistentes me preguntó: “¿Cuándo oramos por otros también podemos orar por nosotros?” También puedes, pero ¿para qué pierdes el tiempo? Puedes hacerlo, pero si estás orando por otros, Dios va a darte lo que tú necesitas sin necesidad de que se lo pidas, porque Dios conoce tus necesidades mejor que tú misma. Nosotros podemos decirle: “Señor, necesito esto, esto y esto”. Dios desde arriba te dirá: “Te olvidaste de esto y de aquello que también necesitas.” ¿Se dan cuenta? Él no solamente conoce cuáles son nuestras necesidades, sino sabe cuáles son nuestras necesidades más profundas y verdaderas.
“¿Cuándo oramos podemos entregar al Señor todas nuestras necesidades?” Claro que sí, no sólo nuestras necesidades, también nuestras aflicciones podemos entregárselas y confiárselas a Él.]
¿Qué otra cosa más necesitamos para interceder? Necesitamos la ayuda del Espíritu Santo. Claro está que la necesitamos no solamente para interceder, sino para todo lo que hagamos, porque Él es el que nos guía para hacer todo de la forma más adecuada, y además el que presenta nuestras oraciones al Padre de la manera más conveniente. Pablo dice que cuando nosotros no sabemos cómo orar como conviene, el Espíritu Santo interviene para ayudarnos: “Y de igual manera el Espíritu nos ayuda en nuestra debilidad; pues qué hemos de pedir como conviene, no lo sabemos, pero el Espíritu mismo intercede por nosotros con gemidos indecibles”. (Rm 8:26).
De manera que cuando tú sientas que debes orar por algo, o por alguien, pero no sabes cómo hacerlo como conviene para que tu oración llegue al cielo (y ¡cuántas veces nos pasa eso!), comienza entonces a orar en lenguas o balbuceando, y el Espíritu Santo intercederá por ti.
Cuando oramos en lenguas nosotros no entendemos lo que estamos diciendo, ni lo entienden los que están alrededor nuestro, pero Dios sí: “Mas el que escudriña los corazones sabe cuál es la mente del Espíritu, porque conforme a la voluntad de Dios intercede por los santos.” (Rm 8:27).
Así pues, cuando no sepas cómo orar, puedes acudir al Espíritu Santo y decirle: “Ayúdame Espíritu Santo; ven y ora tú por mi”. O podemos clamar simplemente sin palabras, o llorar si estamos muy conmovidos. Dios conoce la necesidad. No tenemos por qué avergonzarnos delante de Él.
Yo he encontrado que la mejor manera de orar es decirle a Dios: “Señor, te amo”. Simplemente eso, “te amo”, porque si hay algo que toca el corazón de Dios, que mueve su mano, es el amor. Entonces puedo decirle: “Yo te amo, Señor, porque tú vas a intervenir en esta situación, porque tú vas a ayudar a esa persona que necesita de ti; y te doy gracias porque vas a hacer un milagro ahí; porque tú vas a transformar esa situación, vas a cambiar esa pena en gozo.”
Nada conmueve más al corazón de Dios que decirle que le amamos. En eso el Señor nuestro Dios, Todopoderoso como es, es como una mujer a quien le gusta que su amado, su marido, o su novio, le diga que la ama. ¿Qué cosa toca más a una mujer sino que el hombre al que se ha unido le diga cuánto la ama? Dios tiene un corazón femenino, y Él quiere que nosotros le digamos que lo amamos. Nada le toca más a Él que eso. Pero además, decirle que lo amamos incrementa nuestro amor por Él, si se lo decimos sinceramente, y aumenta nuestra intimidad con Él.
Podemos pues decirle: “Yo te pido por esta persona, Señor, porque te amo y sé que tú también la amas y puedes hacerlo todo.” Y el Señor, hablando en términos humanos, te mirará complacido. Si además nuestro corazón está lleno de amor por la persona por quien oramos, ¡cómo no va a responder a nuestra oración!
En todo ello es el Espíritu Santo el que nos ayuda, porque Él es quien infunde amor en nuestros corazones, como se dice en Romanos: “Y la esperanza no avergüenza, porque el amor de Dios ha sido derramado en nuestros corazones, por el Espíritu Santo que nos fue dado.” (Rm 5:5). El Espíritu Santo derrama el amor de Dios en nuestros corazones para que nosotros le amemos a Él de vuelta, con el amor que Él mismo nos ha dado. Notemos que así como fue el amor que Dios sentía por nosotros lo que lo motivó a enviar a su Hijo para salvarnos (Jn 3:16), de manera semejante es el amor por sus criaturas lo que lo mueve a responder a nuestras oraciones. Si nosotros le fuéramos indiferentes, ¿se apiadaría Él de nuestra condición y de nuestros problemas? Él se apiada y nos ayuda porque nos ama. Esa es la base de nuestra confianza.
¿Qué otra cosa más necesitamos que es también muy importante? Necesitamos tener valor, esto es, ser muy valientes, porque cuando nosotros intercedemos por una persona, o por un problema, o por una situación difícil, nos estamos metiendo en el terreno del diablo, y eso a él no le gusta. ¿Cómo así nos metemos en su territorio? Nosotros no podemos atribuir al diablo todos los problemas que hay en el mundo, porque muchos son causados por nuestros propios errores humanos, o son causados por la maldad del hombre. Muchos también son causados por el diablo por supuesto. Pero aun en aquellos problemas que no han sido causados por él, basta que exista la situación conflictiva para que él se meta para empeorarla, porque ésa es su especialidad. Él se va a meter para agravar las cosas, de manera que aunque no siempre sea él el causante del daño, él siempre es el agravante del daño. Él se involucra siempre en todo problema, aunque él no sea la causa, para ver cómo lo complica y lo hace más dolorosa. Él se complace en hacer sufrir al hombre; y más aun, se complace en apartarnos de Dios.
Muchos de los problemas que hay en el mundo surgen de que los seres humanos se han apartado de Dios, ya que al apartarse de Dios, cometen errores que hacen que les sucedan cosas malas. ¿Quién es el causante? No es Dios; es el diablo que los ha engañado. Ahí en ese problema, en esa situación lacerante, está él metido, de modo que cuando tú oras por ese problema, te metes en su terreno y él se va a enojar: ¿Qué haces tú acá? ¿Quién te ha autorizado a meter tus narices en lo que no te importa? Pero sí nos importa, porque Dios nos ha autorizado a meternos.
Nosotros tratamos de llevarnos bien con nuestros vecinos, ¿no es cierto? Pero si yo me meto en su terreno, él se molesta. Si ensucio su vereda gritará: “¡Hey, qué estás haciendo!” ¿No es así?
Frente al enojo del diablo porque nos metemos en su terreno, nosotros debemos cubrirnos con la sangre de Cristo. Así que necesitamos valor para atrevernos a desafiar al enemigo en su territorio. Pero podemos hacerlo confiados y seguros de que la sangre de Cristo nos va a proteger.
Una última cosa muy importante, la más espiritual de todas, si queremos orar de una manera ordenada. ¿Saben cuál es? Tener un cuaderno. Sí, un cuaderno para llevar el registro de nuestras oraciones y poder hacerlo de manera que podamos llevar la cuenta de lo que pedimos y de lo que recibimos en el tiempo.
Una vez leí acerca de un gran hombre de Dios que fue un gran intercesor. Jorge Müller era su nombre. (Si pueden conseguir su biografía les recomiendo leerla. Es muy edificante). Al comienzo de su primer pastorado en una pequeña iglesia, él sintió que Dios quería que recibiera huérfanos en su casa. Cuando aumentó el número de los niños alquiló una casa cercana para poder alojarlos. Con el correr de los años llegó a construir cuatro grandes orfanatorios en donde dos mil niños eran cuidados, alimentados e instruidos en las mejores condiciones gratuitamente. Ya pueden imaginarse cuál sería el gasto. Pero él se había propuesto desde el comienzo que nunca pediría un centavo a nadie sino a Dios. Pasó por muchos momentos de angustia y escasez, pero Dios siempre proveyó, a veces de manera milagrosa. Al cabo de los años, con el dinero recaudado sin pedir un centavo a nadie, imprimía y distribuía miles de biblias al año y sostenía a varios misioneros.
Él tenía un cuaderno. En la hoja izquierda escribía la necesidad y la fecha en que había orado por ella; en la hoja derecha ponía la respuesta y el día en que Dios había contestado a su oración. Así llevaba él un registro de cómo Dios contestaba a sus peticiones. Él sintió una vez que Dios le decía: “Yo te he inspirado que hagas eso para que tú des testimonio del poder de la oración.” Él, en efecto, escribió su autobiografía justamente para dar testimonio de cómo Dios a lo largo de su vida había contestado a sus oraciones. Al final de su larga carrera de servicio él pudo afirmar que Dios había contestado a todas sus oraciones, menos una. La oración que no había sido contestada era por la conversión del que había sido su compinche en sus años mozos de vida desordenada. Sintiendo que ya le llegaba el día de su partida se afligía pensando que su amigo todavía no se había convertido. Pero Dios atendió a su oración sin que él lo supiera, porque el día que lo enterraron, su amigo fue al campo santo y cuando escuchó la homilía predicada por el que presidía las exequias, le entregó su vida al Señor. Así que la única oración de Jorge Müller que no fue contestada en vida, tuvo respuesta después de fallecido. Fue una respuesta “post mortem”. ¿Qué nos quiere decir eso? Que Dios siempre contesta a nuestras oraciones, a veces sin que nosotros lo sepamos, e incluso, cuando hemos perdido toda esperanza.
Quiero hablarles, para terminar, del más grande intercesor del Antiguo Testamento, de Moisés, para que comprendamos cuán grande es el poder del amor en la intercesión.
Todos conocemos la historia del becerro de oro que el pueblo hebreo había fundido para adorarlo, en vista de que Moisés no bajaba de la montaña a la que había subido para hablar con Dios (Ex 32:6-14).
Cuando Dios vio lo que hacían le ordenó a Moisés que descendiera y le dijo que Él iba a destruir a ese pueblo de cerviz dura que siempre le desobedecía. Dios le dijo además a Moisés que de su descendencia Él iba a levantar un pueblo que le obedeciera. En suma, le ofreció transferirle todas las promesas que Él había hecho a Abraham, Isaac y Jacob. ¡Qué gran honor para Moisés! Él sería el padre de un nuevo pueblo escogido que reemplazaría al rebelde Israel.
¿Qué hizo entonces Moisés? ¿Aceptó él la maravillosa oferta que Dios le hacía? No, al contrario. Desdeñando lo que a él le convenía, abogó por el pueblo rebelde, que le había dado tantos dolores de cabeza, pero al que, pese a todo, amaba. Moisés no quería su ruina, ni deseaba el honor que Dios le ofrecía porque amaba al pueblo. Por eso clamó a Dios para que una vez más lo perdonara y no lo destruyera.
Naturalmente Dios no tenía la intención de incumplir las promesas que había hecho a Abraham, pero aprovechó la ocasión para poner a prueba la fidelidad de Moisés y su amor por el pueblo que le había confiado, sabiendo que Moisés no aceptaría su oferta. ¿Por qué entonces lo puso a prueba, si lo conocía? Para que Moisés se conociera.
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miércoles, 18 de marzo de 2009
lunes, 9 de marzo de 2009
UNA VISIÓN PARA NUESTRO PAÍS
Voy a interrumpir la publicación de la serie “Secretos de la Intercesión” para tocar un tema que es de mucha actualidad en estos días. Se trata de un tema que tuve oportunidad de dictar recientemente en un Seminario de Liderazgo Avanzado en el marco de la Fraternidad Internacional de Hombres de Negocios. Mi exposición estuvo basada en un esquema modificado por mí del material que se me proporcionó.
Nuestro país es muy bello. La belleza de sus paisajes en las tres regiones naturales, costa, sierra y montaña, llama la atención de los visitantes extranjeros. Pero nosotros no hemos hecho con nuestras manos esta belleza. Nosotros no hemos levantado la cordillera de los Andes ni hemos sembrado de árboles la Selva. La belleza que nos rodea es un regalo de Dios y forma parte de la belleza de la naturaleza creada. El libro del Génesis lo dice: “En el principio creó Dios los cielos y la tierra…Después dijo Dios: Produzca la tierra hierba verde, hierba que dé semilla…Produjo pues la tierra hierba verde, hierba que da semilla según su naturaleza, y árbol que da fruto…Y vio Dios que era bueno.” (Gn 1:11,12).
Todo lo que Dios hace es bello y bueno.
La belleza de nuestros paisajes no es mérito nuestro, como he dicho, pero nosotros tenemos la obligación de conservarla. Si no lo hacemos atentamos contra la obra de Dios que Él mismo nos ha confiado, y ponemos en peligro la salud y bienestar de los habitantes del país.
Pero hay un marcado contraste entre la belleza física que aludimos y la realidad socio-económica del Perú. ¿Es bella esta realidad? Difícilmente podríamos afirmarlo. Esa realidad no es tan bella como nuestros paisajes.
¿Creó Dios esa realidad que no nos enorgullece? Todo lo que Dios hace es bello y bueno, hemos dicho. ¿Quién es entonces el responsable de esa realidad nada bella? Nosotros los peruanos somos los responsables, porque esa realidad es en gran parte resultado de nuestras decisiones históricas como pueblo, de nuestra conducta como ciudadanos, y sobre todo, de nuestra falta de sentido de responsabilidad.
También es culpa de muchas de las personas que han estado al frente del gobierno y desgobierno de nuestra patria. Recordemos que los primeros 30 años de nuestra vida republicana estuvieron dominados por el caos, en que caudillos personalistas se sucedían en el poder por lapsos cortos de tiempo, al que accedían mediante levantamientos, hasta que surgió Ramón Castilla, que empezó a poner orden en nuestra política y en la administración pública.
Pablo escribió: “Todo lo que el hombre sembrare, eso cosechará. (Gal 6:7) A lo largo de casi 200 años de vida independiente hemos sembrado lo que estamos hoy cosechando, y hoy estamos sembrando lo que nuestros hijos y nuestros nietos cosecharán más adelante.
¿Qué clase de país pues queremos?
En vista de lo anterior cabe preguntarnos en qué clase de país queremos vivir.
He resumido en seis puntos lo que nosotros debemos desear para nuestro país, la Visión que debemos tener para nuestra patria. Pero no basta con soñar. Es necesario ponerse manos a la obra.
1. Que el Perú sea próspero económicamente.
2. Que sea un país ordenado y limpio, donde se respete a la autoridad y se obedezcan las leyes.
3. Que sea un país poblado por gente honesta.
4, Que sea un país donde reine la justicia.
5. Que nuestro país tenga una población educada y de un nivel cultural alto.
6. Sobre todo, que sea un país cristiano.
Veamos punto por punto.
1. País próspero.
Nuestro país atraviesa actualmente por una etapa de prosperidad económica que ya dura algunos años. Ello es consecuencia de la aplicación de una política económica, sana, racional y realista.
Pero el bienestar económico no alcanza a toda la población. Todavía no chorrea a todos, como
suele decirse, aunque haya signos de que el número y la dispersión geográfica de los beneficiados por esa prosperidad están aumentando. Prueba de ello es el marcado aumento de la venta de autos nuevos, y la construcción de centros comerciales en las ciudades de provincias, así como la demanda de viviendas nuevas.
No obstante, todavía hay mucha pobreza. Ello se debe en parte: i) a las políticas económicas erradas del pasado, cuyas consecuencias no han sido superadas del todo; y ii) al egoísmo y la falta de espíritu de solidaridad que prevalece en nuestro pueblo.
Si bien la prosperidad económica no garantiza la felicidad de la población, ciertamente contribuye a ella de manera sustancial. Por ese motivo debemos desear que la expansión actual de nuestra economía continúe –pese a la crisis mundial- para que nuestra población goce de un bienestar cada día mayor.
2. País ordenado.
Deseamos vivir en un país tranquilo, seguro, donde las cosas funcionen. Aunque parezca hoy un cuento de hadas, así era el Perú en buena medida hace unos cincuenta años.
Pablo escribió: “Sométase toda persona a las autoridades superiores; porque no hay autoridad sino de parte de Dios, y las que hay, por Dios han sido establecidas. De modo que quien se opone a la autoridad, a lo establecido por Dios resiste; y los que resisten, acarrean condenación para sí mismos.” (Rm 13:1,2).
Debemos respetar a las autoridades porque ellas representan a Dios. Vale la pena notar que cuando Pablo escribió esas líneas reinaba en Roma uno de los emperadores más crueles y sádicos de la historia: el funesto Nerón, que desató la primera persecución contra los cristianos. No obstante, Pablo dice que resistir a esa autoridad malvada equivale a resistir a Dios. Por ese motivo los cristianos se sometían dócilmente al martirio. No se rebelaban porque los persiguieran, sino lo aceptaban como viniendo de parte de Dios. Recordaban que Jesús lo había anunciado y había llamado “bienaventurados” a los que fueran perseguidos por causa de su nombre (Mt 5:11).
Nosotros nos sometemos a las autoridades no por simpatía, ni por servilismo, sino por razones de conciencia, porque la autoridad de los gobernantes no proviene de las urnas electorales, sino de Dios.
Respetar a las autoridades implica obedecer a las órdenes que se impartan y cumplir las leyes y reglamentos vigentes. Si las leyes y los reglamentos no son justos, Dios les pedirá cuenta a los que los dieron, pero nosotros debemos obedecerlos. La llamada “desobediencia civil” sólo se justifica en casos extremos, cuando se dictan leyes que sean expresamente contrarias a la ley de Dios, como sería el caso del aborto..
La falta de respeto a la autoridad y a las leyes tiene como consecuencia que toda gestión, todo trámite, toda actividad económica, se vuelva difícil y costosa, y reine el caos. En los países donde las leyes se cumplen las cosas fluyen con facilidad. Los que pagan las consecuencias del irrespeto de la autoridad y de las leyes no son los extranjeros, sino nosotros mismos.
Para poner un ejemplo sencillo, si en una intersección donde hay mucho tránsito, no se respetan las luces del semáforo, se crea en poco tiempo un atoro de tráfico terrible. Pero si se respeta el semáforo el tráfico fluye sin dificultad.
Así pues, nosotros debemos trabajar porque las leyes no sean letra muerta en nuestro país, y no se siga diciendo: “Hecha la ley, hecha la trampa,” sino que, al contrario, nuestros ciudadanos den el buen ejemplo a otros países.
¿Supone el respeto a la autoridad que no debe haber oposición política? La oposición es buena, y cumple una función necesaria, cuando critica los errores del gobierno y denuncia la corrupción.
Pero las relaciones entre el gobierno y la oposición deben estar regidas por sentimientos rectos. Desafortunadamente suelen estar motivadas en la práctica por una lucha descarada por el poder, por la rivalidad y el egoísmo. En esos casos, la oposición no colabora sino obstruye la acción y los planes del gobierno, perjudicando al pueblo.
¿Qué queremos pues nosotros para nuestro país? Que la oposición haga su trabajo de una manera leal, y que la ciudadanía respete a las autoridades y cumpla las normas vigentes. El respeto del orden supone además, entre otras cosas, que las calles, plazas y lugares públicos sean mantenidos limpios y pulcros. La limpieza es no sólo un síntoma de buen orden sino también de disciplina, y refleja el carácter o psicología de la población. La suciedad suele ser una señal de la presencia del maligno y atrae a la delincuencia.
“Porque los magistrados no están para infundir temor al que hace el bien, sino al malo. ¿Quieres, pues, no temer la autoridad? Haz lo bueno, y tendrás alabanza de ella; porque es servidor de Dios para tu bien. Pero si haces lo malo, teme; porque no en vano lleva la espada, pues es servidor de Dios, vengador para castigar al que hace lo malo.” (Rm 13:3,4) ¡Ay, Pablo, qué lejos estabas del Perú contemporáneo cuando escribiste esas líneas!
Lo que el apóstol escribe ahí, en efecto, no siempre funciona en el Perú, porque la aparición de un patrullero, por ejemplo, no suele inspirar confianza sino temor al ciudadano. ¿Por qué ocurre eso? Porque hay mucha corrupción en la policía.
La corrupción de las autoridades es un grave pecado y un terrible azote para la población que acarrea mucho sufrimiento.
“Cuando los impíos son levantados se esconde el hombre; mas cuando perecen, los justos se multiplican.” (Pr 28:28ª). Oremos pues porque lo segundo se cumpla: que los impíos desaparezcan de nuestra vida política y sean reemplazados por gente proba, capaz, que ponga el interés del país por encima de sus propios intereses.
Esto nos lleva al tercer punto:
3. País honesto.
“Cuando los justos dominan el pueblo se alegra, pero cuando domina el impío el pueblo gime." (Pr 29:2)”
¡Qué bueno fuera que pudiéramos jactarnos de la honradez de nuestra gente y de nuestros funcionarios públicos!
La honestidad facilita las operaciones comerciales porque se hacen en un clima de confianza. La deshonestidad engendra desconfianza mutua. Cuando no hay confianza entre las partes todo se complica porque se vuelve necesario tomar precauciones para protegerse del fraude y del engaño. Eso hace que aumente lo que suele llamarse en economía “el costo de transacción”. Todo se encarece.
Cuando la palabra dada no vale, todo tiene que ser certificado, notariado. Pero Jesús dijo: “Que tu sí sea sí, y tu no, no.” (Mt 5:37). Todo lo demás es pecado, o consecuencia del pecado. La mentira en los negocios tiene un alto costo económico. Cuando se puede confiar en la palabra de la gente las transacciones se facilitan. Nosotros debemos contribuir dando cada uno ejemplo de que nuestra palabra es firme como un contrato. En las Sagradas Escrituras hay múltiples ejemplos del valor de la palabra como compromiso ineludible.
La corrupción de las autoridades, la coima, las licitaciones amañadas, causan un grave despilfarro de los recursos del estado. Las obras públicas y las compras estatales salen más caras de lo que debieran, porque una buena parte de los fondos disponibles se va en “coimisiones”. Se emprenden proyectos mal concebidos o innecesarios, sólo con fines de lucro injusto, y los proyectos necesarios en curso se hacen mal. Debemos pues pararnos firmes contra la corrupción y denunciarla cuando nos topemos con ella.
“Pues por esto pagáis también los tributos, porque son servidores de Dios que atienden continuamente a esto mismo. Pagad a todos lo que debéis: al que tributo, tributo; al que impuesto, impuesto;” (Rm 13:6,7a). Pagar impuestos es una obligación ante Dios y evadirlos es pecado.
Jesús nos dio ejemplo del pago oportuno de los impuestos: “Cuando llegaron a Capernaum, vinieron a Pedro los que cobraban las dos dracmas, y le dijeron: ¿Vuestro Maestro no paga las dos dracmas? Él dijo: Sí. Y al entrar él en casa, Jesús le habló primero, diciendo: ¿Qué te parece, Simón? Los reyes de la tierra, ¿de quiénes cobran los tributos o los impuestos? ¿De sus hijos, o de los extraños? Pedro le respondió: De los extraños. Jesús le dijo: Luego, los hijos están exentos. Sin embargo, para no ofenderles, ve al mar, y echa el anzuelo, y el primer pez que saques, tómalo, y al abrirle la boca, hallarás un estatero; tómalo, y dáselo por mí y por ti.” (Mt 17: 24-27). Jesús pagó el impuesto del templo aunque no estaba obligado, siendo como era la casa de su Padre. Al actuar de esa manera Él nos ha mostrado cómo nosotros debemos comportarnos en ese campo.
4. País justo.
Podemos enfocar el tema desde dos puntos de vista: el del sistema judicial y el de la justicia social.
Nuestra población no confía en el poder judicial, porque muchos jueces son corruptos o incapaces. Felizmente no lo son todos, pero sí un número bastante alto como para engendrar desconfianza. Hay jueces que dictan sentencias injustas que causan muchos perjuicios y sufrimiento.
Dios condena el soborno:“No tuerzas el derecho; no hagas acepción de personas, ni tomes soborno; porque el soborno ciega los ojos de los sabios, y pervierte las palabras de los justos.” (Dt 16:19)
Y también está escrito: “El impío toma soborno del seno para pervertir las sendas de la justicia.” (Pr 17:23). No cedamos pues, a la tentación del soborno, aunque no darlo pueda tener para nosotros un costo alto.
No podemos negar, de otro lado, que en el Perú reina una gran injusticia debido a las diferencias sociales y a los muchos privilegios injustificados. Los derechos de una gran parte de la población (la gente humilde y los campesinos) son conculcados sin escrúpulos, sin que haya casi nadie que los defienda. Los empresarios cercanos al poder abusan de la población y no son sancionados. Eso está pasando con la minería en la sierra, donde con mucha frecuencia se otorgan concesiones mineras que invaden o afectan zonas agrícolas, o centros poblados. A los que protestan contra esos atropellos se les acusa de subversivos. Cuando sea oportuno nosotros debemos levantar la voz en defensa de los afectados. Es nuestro deber como cristianos.
El hecho innegable es que las injusticias, así como las grandes diferencias en el nivel de vida, causan resentimientos profundos y tensiones sociales que ponen en peligro la gobernabilidad del país.
Las injusticias clamorosas favorecen a los demagogos. En los países ordenados y justos, como deseamos que nuestro país sea, la demagogia no prospera. En Suiza, Suecia, los EEUU o el Japón, por ejemplo, la política es bastante racional y obedece menos a resortes emocionales. Quiera Dios que el nombre del Perú se añada pronto al de esos países que son citados como ejemplo de buen gobierno.
Eso tiene que ver con la educación de la población.
5. País educado y con nivel cultural alto.
La calidad de la educación pública en nuestro país ha decaído muchísimo en las últimas tres décadas.
Eso no es casual. Es un hecho que a muchos políticos les conviene mantener a la población en la ignorancia, porque de esa manera es más fácilmente manipulable.
Un ejemplo patético lo vimos durante el proceso electoral del año 2000, en el que la campaña electoral consistió en buena parte en bailes de los candidatos que sustituían al debate de programas e ideas. Ese espectáculo constituía una vergüenza nacional: ganar votos de esa manera, con regalos y disfuerzos, y no con argumentos. ¡El proceso electoral, que es el proceso cívico más importante de un país, convertido en un circo!
En un país con una población educada ese triste y ridículo espectáculo sería inimaginable.
Para contrarrestar esa tendencia perniciosa nosotros debemos procurar estar enterados de la problemática del país, de modo que podamos formarnos una opinión propia bien fundada. Es nuestro deber como cristianos.
“Pagad a todos lo que debéis… al que respeto, respeto; al que honra, honra. No debáis a nadie nada, sino el amaros unos a otros; porque el que ama al prójimo, ha cumplido la ley.” (Rm 13:7,8).
“Al que respeto, respeto.” El eslogan: “A la policía se le respeta” muestra el grado del deterioro del prestigio de la policía y el poco respeto que siente la población por esa institución indispensable.
“Al que honra, honra.” Los programas de televisión populares juegan con el honor y la vida privada de las personas, sin importarles el daño que pueden ocasionar a terceros. El éxito de ese tipo de programas es sólo posible gracias a la ignorancia de la gente.
A los conductores de los programas populares los ejecutivos de la publicidad los llaman “líderes de opinión”, aunque son en su mayoría en realidad unos ignorantes, pero influyen en la opinión pública. Pero ¿qué persona decente los invitaría a su casa? Lo que es peor, esos programas vulgares, y con frecuencia inmorales, se han convertido “de facto” en la universidad del pueblo. En algunos países las cartas de queja del público dirigidas a los patrocinadores comerciales de esos programas, han logrado que cambien su tónica y estilo. Es una estrategia que quizá podríamos adoptar.
El pueblo peruano solía ser conocido por sus buenos modales en el pasado. Esa es una tradición que se ha perdido que deberíamos recuperar. La mayoría de la gente se comporta hoy día como patanes, incluso los cristianos. Pero ¿a quién le gusta tratar con patanes? La patanería hace que el trato humano se vuelva desagradable.
“El amor no hace mal al prójimo; así que el cumplimiento de la ley es el amor.” (Rm 13:10). La buena educación es una manifestación de amor al prójimo. Por eso se le llama “amabilidad” ¿A quién no le gusta tratar con una persona amable?
Las personas amables son agradables en su trato. Las personas que no son amables, son desagradables. Seamos nosotros amables con todos (Flp 4:5), y rechacemos a los que no se comportan de esa manera, porque la buena educación y las buenas maneras forman parte del capital humano de una nación.
6. País cristiano.
Necesitamos aspirar y trabajar porque la mayoría de la población se convierta a Cristo. Para comenzar necesitamos que un amplio sector lo haga, es decir, que haya en el país una “masa crítica” de cristianos.
Se habla de masa crítica cuando hay una suficiente cantidad de combustible radioactivo como para que se inicie una reacción atómica en cadena que provoque una explosión.
Si hubiera una “masa crítica” de cristianos en el país, se produciría una explosión de temor de Dios que transformaría a nuestra sociedad porque la mayoría le temería.
”El temor de Dios es el comienzo de la sabiduría” (Pr 1:7)
En un país donde hay temor de Dios se respetan las leyes, la gente es honesta y se cumple la palabra dada. Un país así es bendecido por Dios y puede esperar que se cumplan en él las bendiciones de Deuteronomio 28:
“Bendito serás en la ciudad y en el campo” (v. 3). Es decir, en la vida urbana y en la vida rural.
“Bendito el fruto de tu vientre” (v. 4). Tendrás una población sana y fuerte, bien alimentada.
“Bendita serán tu canasta y tu artesa de amasar”. (v. 6). Es decir, tus negocios, tus industrias, todas tus actividades económicas.
“Dios derrotará a tus enemigos.” (v. 7). No tendremos temor de país alguno.
“El Señor te pondrá por cabeza y no por cola.” (v. 13). Tendrás prestigio entre las naciones del mundo. Cuando ese día llegue los peruanos no serán maltratados en otros países como mendigos porque tienen que emigrar para encontrar trabajo, sino que lo hallarán sin salir del país.
¿No estamos dispuestos a soñar y a luchar porque todo lo dicho se cumpla?
#564 (01.03.09) Depósito Legal #2004-5581. Director: José Belaunde M. Dirección: Independencia 1231, Miraflores, Lima, Perú 18. Tel 4227218. (Resolución #003694-2004/OSD-INDECOPI). Si desea recibir estos artículos por correo electrónico recomendamos suscribirse al grupo “lavidaylapalabra” enviando un mensaje a lavidaylapalabra-subscribe@yahoogroups.com. Pueden también solicitarlos a jbelaun@terra.com.pe. En la página web: www.lavidaylapalabra.com pueden leerse gran número de artículos pasados. También pueden leerse unos sesenta artículos en www.desarrollocristiano.com. Pueden recogerse gratuitamente ejemplares impresos en Publicidad “Kyrios”: Av. Roosevelt 201, Lima – Jr. Azángaro 1045 Of. 134, Lima – Calle Schell 324, Miraflores y Av. La Marina 1604, Pueblo Libre. SUGIERO VISITAR MI BLOG: JOSEBELAUNDEM.BLOGSPOT.COM.
Nuestro país es muy bello. La belleza de sus paisajes en las tres regiones naturales, costa, sierra y montaña, llama la atención de los visitantes extranjeros. Pero nosotros no hemos hecho con nuestras manos esta belleza. Nosotros no hemos levantado la cordillera de los Andes ni hemos sembrado de árboles la Selva. La belleza que nos rodea es un regalo de Dios y forma parte de la belleza de la naturaleza creada. El libro del Génesis lo dice: “En el principio creó Dios los cielos y la tierra…Después dijo Dios: Produzca la tierra hierba verde, hierba que dé semilla…Produjo pues la tierra hierba verde, hierba que da semilla según su naturaleza, y árbol que da fruto…Y vio Dios que era bueno.” (Gn 1:11,12).
Todo lo que Dios hace es bello y bueno.
La belleza de nuestros paisajes no es mérito nuestro, como he dicho, pero nosotros tenemos la obligación de conservarla. Si no lo hacemos atentamos contra la obra de Dios que Él mismo nos ha confiado, y ponemos en peligro la salud y bienestar de los habitantes del país.
Pero hay un marcado contraste entre la belleza física que aludimos y la realidad socio-económica del Perú. ¿Es bella esta realidad? Difícilmente podríamos afirmarlo. Esa realidad no es tan bella como nuestros paisajes.
¿Creó Dios esa realidad que no nos enorgullece? Todo lo que Dios hace es bello y bueno, hemos dicho. ¿Quién es entonces el responsable de esa realidad nada bella? Nosotros los peruanos somos los responsables, porque esa realidad es en gran parte resultado de nuestras decisiones históricas como pueblo, de nuestra conducta como ciudadanos, y sobre todo, de nuestra falta de sentido de responsabilidad.
También es culpa de muchas de las personas que han estado al frente del gobierno y desgobierno de nuestra patria. Recordemos que los primeros 30 años de nuestra vida republicana estuvieron dominados por el caos, en que caudillos personalistas se sucedían en el poder por lapsos cortos de tiempo, al que accedían mediante levantamientos, hasta que surgió Ramón Castilla, que empezó a poner orden en nuestra política y en la administración pública.
Pablo escribió: “Todo lo que el hombre sembrare, eso cosechará. (Gal 6:7) A lo largo de casi 200 años de vida independiente hemos sembrado lo que estamos hoy cosechando, y hoy estamos sembrando lo que nuestros hijos y nuestros nietos cosecharán más adelante.
¿Qué clase de país pues queremos?
En vista de lo anterior cabe preguntarnos en qué clase de país queremos vivir.
He resumido en seis puntos lo que nosotros debemos desear para nuestro país, la Visión que debemos tener para nuestra patria. Pero no basta con soñar. Es necesario ponerse manos a la obra.
1. Que el Perú sea próspero económicamente.
2. Que sea un país ordenado y limpio, donde se respete a la autoridad y se obedezcan las leyes.
3. Que sea un país poblado por gente honesta.
4, Que sea un país donde reine la justicia.
5. Que nuestro país tenga una población educada y de un nivel cultural alto.
6. Sobre todo, que sea un país cristiano.
Veamos punto por punto.
1. País próspero.
Nuestro país atraviesa actualmente por una etapa de prosperidad económica que ya dura algunos años. Ello es consecuencia de la aplicación de una política económica, sana, racional y realista.
Pero el bienestar económico no alcanza a toda la población. Todavía no chorrea a todos, como
suele decirse, aunque haya signos de que el número y la dispersión geográfica de los beneficiados por esa prosperidad están aumentando. Prueba de ello es el marcado aumento de la venta de autos nuevos, y la construcción de centros comerciales en las ciudades de provincias, así como la demanda de viviendas nuevas.
No obstante, todavía hay mucha pobreza. Ello se debe en parte: i) a las políticas económicas erradas del pasado, cuyas consecuencias no han sido superadas del todo; y ii) al egoísmo y la falta de espíritu de solidaridad que prevalece en nuestro pueblo.
Si bien la prosperidad económica no garantiza la felicidad de la población, ciertamente contribuye a ella de manera sustancial. Por ese motivo debemos desear que la expansión actual de nuestra economía continúe –pese a la crisis mundial- para que nuestra población goce de un bienestar cada día mayor.
2. País ordenado.
Deseamos vivir en un país tranquilo, seguro, donde las cosas funcionen. Aunque parezca hoy un cuento de hadas, así era el Perú en buena medida hace unos cincuenta años.
Pablo escribió: “Sométase toda persona a las autoridades superiores; porque no hay autoridad sino de parte de Dios, y las que hay, por Dios han sido establecidas. De modo que quien se opone a la autoridad, a lo establecido por Dios resiste; y los que resisten, acarrean condenación para sí mismos.” (Rm 13:1,2).
Debemos respetar a las autoridades porque ellas representan a Dios. Vale la pena notar que cuando Pablo escribió esas líneas reinaba en Roma uno de los emperadores más crueles y sádicos de la historia: el funesto Nerón, que desató la primera persecución contra los cristianos. No obstante, Pablo dice que resistir a esa autoridad malvada equivale a resistir a Dios. Por ese motivo los cristianos se sometían dócilmente al martirio. No se rebelaban porque los persiguieran, sino lo aceptaban como viniendo de parte de Dios. Recordaban que Jesús lo había anunciado y había llamado “bienaventurados” a los que fueran perseguidos por causa de su nombre (Mt 5:11).
Nosotros nos sometemos a las autoridades no por simpatía, ni por servilismo, sino por razones de conciencia, porque la autoridad de los gobernantes no proviene de las urnas electorales, sino de Dios.
Respetar a las autoridades implica obedecer a las órdenes que se impartan y cumplir las leyes y reglamentos vigentes. Si las leyes y los reglamentos no son justos, Dios les pedirá cuenta a los que los dieron, pero nosotros debemos obedecerlos. La llamada “desobediencia civil” sólo se justifica en casos extremos, cuando se dictan leyes que sean expresamente contrarias a la ley de Dios, como sería el caso del aborto..
La falta de respeto a la autoridad y a las leyes tiene como consecuencia que toda gestión, todo trámite, toda actividad económica, se vuelva difícil y costosa, y reine el caos. En los países donde las leyes se cumplen las cosas fluyen con facilidad. Los que pagan las consecuencias del irrespeto de la autoridad y de las leyes no son los extranjeros, sino nosotros mismos.
Para poner un ejemplo sencillo, si en una intersección donde hay mucho tránsito, no se respetan las luces del semáforo, se crea en poco tiempo un atoro de tráfico terrible. Pero si se respeta el semáforo el tráfico fluye sin dificultad.
Así pues, nosotros debemos trabajar porque las leyes no sean letra muerta en nuestro país, y no se siga diciendo: “Hecha la ley, hecha la trampa,” sino que, al contrario, nuestros ciudadanos den el buen ejemplo a otros países.
¿Supone el respeto a la autoridad que no debe haber oposición política? La oposición es buena, y cumple una función necesaria, cuando critica los errores del gobierno y denuncia la corrupción.
Pero las relaciones entre el gobierno y la oposición deben estar regidas por sentimientos rectos. Desafortunadamente suelen estar motivadas en la práctica por una lucha descarada por el poder, por la rivalidad y el egoísmo. En esos casos, la oposición no colabora sino obstruye la acción y los planes del gobierno, perjudicando al pueblo.
¿Qué queremos pues nosotros para nuestro país? Que la oposición haga su trabajo de una manera leal, y que la ciudadanía respete a las autoridades y cumpla las normas vigentes. El respeto del orden supone además, entre otras cosas, que las calles, plazas y lugares públicos sean mantenidos limpios y pulcros. La limpieza es no sólo un síntoma de buen orden sino también de disciplina, y refleja el carácter o psicología de la población. La suciedad suele ser una señal de la presencia del maligno y atrae a la delincuencia.
“Porque los magistrados no están para infundir temor al que hace el bien, sino al malo. ¿Quieres, pues, no temer la autoridad? Haz lo bueno, y tendrás alabanza de ella; porque es servidor de Dios para tu bien. Pero si haces lo malo, teme; porque no en vano lleva la espada, pues es servidor de Dios, vengador para castigar al que hace lo malo.” (Rm 13:3,4) ¡Ay, Pablo, qué lejos estabas del Perú contemporáneo cuando escribiste esas líneas!
Lo que el apóstol escribe ahí, en efecto, no siempre funciona en el Perú, porque la aparición de un patrullero, por ejemplo, no suele inspirar confianza sino temor al ciudadano. ¿Por qué ocurre eso? Porque hay mucha corrupción en la policía.
La corrupción de las autoridades es un grave pecado y un terrible azote para la población que acarrea mucho sufrimiento.
“Cuando los impíos son levantados se esconde el hombre; mas cuando perecen, los justos se multiplican.” (Pr 28:28ª). Oremos pues porque lo segundo se cumpla: que los impíos desaparezcan de nuestra vida política y sean reemplazados por gente proba, capaz, que ponga el interés del país por encima de sus propios intereses.
Esto nos lleva al tercer punto:
3. País honesto.
“Cuando los justos dominan el pueblo se alegra, pero cuando domina el impío el pueblo gime." (Pr 29:2)”
¡Qué bueno fuera que pudiéramos jactarnos de la honradez de nuestra gente y de nuestros funcionarios públicos!
La honestidad facilita las operaciones comerciales porque se hacen en un clima de confianza. La deshonestidad engendra desconfianza mutua. Cuando no hay confianza entre las partes todo se complica porque se vuelve necesario tomar precauciones para protegerse del fraude y del engaño. Eso hace que aumente lo que suele llamarse en economía “el costo de transacción”. Todo se encarece.
Cuando la palabra dada no vale, todo tiene que ser certificado, notariado. Pero Jesús dijo: “Que tu sí sea sí, y tu no, no.” (Mt 5:37). Todo lo demás es pecado, o consecuencia del pecado. La mentira en los negocios tiene un alto costo económico. Cuando se puede confiar en la palabra de la gente las transacciones se facilitan. Nosotros debemos contribuir dando cada uno ejemplo de que nuestra palabra es firme como un contrato. En las Sagradas Escrituras hay múltiples ejemplos del valor de la palabra como compromiso ineludible.
La corrupción de las autoridades, la coima, las licitaciones amañadas, causan un grave despilfarro de los recursos del estado. Las obras públicas y las compras estatales salen más caras de lo que debieran, porque una buena parte de los fondos disponibles se va en “coimisiones”. Se emprenden proyectos mal concebidos o innecesarios, sólo con fines de lucro injusto, y los proyectos necesarios en curso se hacen mal. Debemos pues pararnos firmes contra la corrupción y denunciarla cuando nos topemos con ella.
“Pues por esto pagáis también los tributos, porque son servidores de Dios que atienden continuamente a esto mismo. Pagad a todos lo que debéis: al que tributo, tributo; al que impuesto, impuesto;” (Rm 13:6,7a). Pagar impuestos es una obligación ante Dios y evadirlos es pecado.
Jesús nos dio ejemplo del pago oportuno de los impuestos: “Cuando llegaron a Capernaum, vinieron a Pedro los que cobraban las dos dracmas, y le dijeron: ¿Vuestro Maestro no paga las dos dracmas? Él dijo: Sí. Y al entrar él en casa, Jesús le habló primero, diciendo: ¿Qué te parece, Simón? Los reyes de la tierra, ¿de quiénes cobran los tributos o los impuestos? ¿De sus hijos, o de los extraños? Pedro le respondió: De los extraños. Jesús le dijo: Luego, los hijos están exentos. Sin embargo, para no ofenderles, ve al mar, y echa el anzuelo, y el primer pez que saques, tómalo, y al abrirle la boca, hallarás un estatero; tómalo, y dáselo por mí y por ti.” (Mt 17: 24-27). Jesús pagó el impuesto del templo aunque no estaba obligado, siendo como era la casa de su Padre. Al actuar de esa manera Él nos ha mostrado cómo nosotros debemos comportarnos en ese campo.
4. País justo.
Podemos enfocar el tema desde dos puntos de vista: el del sistema judicial y el de la justicia social.
Nuestra población no confía en el poder judicial, porque muchos jueces son corruptos o incapaces. Felizmente no lo son todos, pero sí un número bastante alto como para engendrar desconfianza. Hay jueces que dictan sentencias injustas que causan muchos perjuicios y sufrimiento.
Dios condena el soborno:“No tuerzas el derecho; no hagas acepción de personas, ni tomes soborno; porque el soborno ciega los ojos de los sabios, y pervierte las palabras de los justos.” (Dt 16:19)
Y también está escrito: “El impío toma soborno del seno para pervertir las sendas de la justicia.” (Pr 17:23). No cedamos pues, a la tentación del soborno, aunque no darlo pueda tener para nosotros un costo alto.
No podemos negar, de otro lado, que en el Perú reina una gran injusticia debido a las diferencias sociales y a los muchos privilegios injustificados. Los derechos de una gran parte de la población (la gente humilde y los campesinos) son conculcados sin escrúpulos, sin que haya casi nadie que los defienda. Los empresarios cercanos al poder abusan de la población y no son sancionados. Eso está pasando con la minería en la sierra, donde con mucha frecuencia se otorgan concesiones mineras que invaden o afectan zonas agrícolas, o centros poblados. A los que protestan contra esos atropellos se les acusa de subversivos. Cuando sea oportuno nosotros debemos levantar la voz en defensa de los afectados. Es nuestro deber como cristianos.
El hecho innegable es que las injusticias, así como las grandes diferencias en el nivel de vida, causan resentimientos profundos y tensiones sociales que ponen en peligro la gobernabilidad del país.
Las injusticias clamorosas favorecen a los demagogos. En los países ordenados y justos, como deseamos que nuestro país sea, la demagogia no prospera. En Suiza, Suecia, los EEUU o el Japón, por ejemplo, la política es bastante racional y obedece menos a resortes emocionales. Quiera Dios que el nombre del Perú se añada pronto al de esos países que son citados como ejemplo de buen gobierno.
Eso tiene que ver con la educación de la población.
5. País educado y con nivel cultural alto.
La calidad de la educación pública en nuestro país ha decaído muchísimo en las últimas tres décadas.
Eso no es casual. Es un hecho que a muchos políticos les conviene mantener a la población en la ignorancia, porque de esa manera es más fácilmente manipulable.
Un ejemplo patético lo vimos durante el proceso electoral del año 2000, en el que la campaña electoral consistió en buena parte en bailes de los candidatos que sustituían al debate de programas e ideas. Ese espectáculo constituía una vergüenza nacional: ganar votos de esa manera, con regalos y disfuerzos, y no con argumentos. ¡El proceso electoral, que es el proceso cívico más importante de un país, convertido en un circo!
En un país con una población educada ese triste y ridículo espectáculo sería inimaginable.
Para contrarrestar esa tendencia perniciosa nosotros debemos procurar estar enterados de la problemática del país, de modo que podamos formarnos una opinión propia bien fundada. Es nuestro deber como cristianos.
“Pagad a todos lo que debéis… al que respeto, respeto; al que honra, honra. No debáis a nadie nada, sino el amaros unos a otros; porque el que ama al prójimo, ha cumplido la ley.” (Rm 13:7,8).
“Al que respeto, respeto.” El eslogan: “A la policía se le respeta” muestra el grado del deterioro del prestigio de la policía y el poco respeto que siente la población por esa institución indispensable.
“Al que honra, honra.” Los programas de televisión populares juegan con el honor y la vida privada de las personas, sin importarles el daño que pueden ocasionar a terceros. El éxito de ese tipo de programas es sólo posible gracias a la ignorancia de la gente.
A los conductores de los programas populares los ejecutivos de la publicidad los llaman “líderes de opinión”, aunque son en su mayoría en realidad unos ignorantes, pero influyen en la opinión pública. Pero ¿qué persona decente los invitaría a su casa? Lo que es peor, esos programas vulgares, y con frecuencia inmorales, se han convertido “de facto” en la universidad del pueblo. En algunos países las cartas de queja del público dirigidas a los patrocinadores comerciales de esos programas, han logrado que cambien su tónica y estilo. Es una estrategia que quizá podríamos adoptar.
El pueblo peruano solía ser conocido por sus buenos modales en el pasado. Esa es una tradición que se ha perdido que deberíamos recuperar. La mayoría de la gente se comporta hoy día como patanes, incluso los cristianos. Pero ¿a quién le gusta tratar con patanes? La patanería hace que el trato humano se vuelva desagradable.
“El amor no hace mal al prójimo; así que el cumplimiento de la ley es el amor.” (Rm 13:10). La buena educación es una manifestación de amor al prójimo. Por eso se le llama “amabilidad” ¿A quién no le gusta tratar con una persona amable?
Las personas amables son agradables en su trato. Las personas que no son amables, son desagradables. Seamos nosotros amables con todos (Flp 4:5), y rechacemos a los que no se comportan de esa manera, porque la buena educación y las buenas maneras forman parte del capital humano de una nación.
6. País cristiano.
Necesitamos aspirar y trabajar porque la mayoría de la población se convierta a Cristo. Para comenzar necesitamos que un amplio sector lo haga, es decir, que haya en el país una “masa crítica” de cristianos.
Se habla de masa crítica cuando hay una suficiente cantidad de combustible radioactivo como para que se inicie una reacción atómica en cadena que provoque una explosión.
Si hubiera una “masa crítica” de cristianos en el país, se produciría una explosión de temor de Dios que transformaría a nuestra sociedad porque la mayoría le temería.
”El temor de Dios es el comienzo de la sabiduría” (Pr 1:7)
En un país donde hay temor de Dios se respetan las leyes, la gente es honesta y se cumple la palabra dada. Un país así es bendecido por Dios y puede esperar que se cumplan en él las bendiciones de Deuteronomio 28:
“Bendito serás en la ciudad y en el campo” (v. 3). Es decir, en la vida urbana y en la vida rural.
“Bendito el fruto de tu vientre” (v. 4). Tendrás una población sana y fuerte, bien alimentada.
“Bendita serán tu canasta y tu artesa de amasar”. (v. 6). Es decir, tus negocios, tus industrias, todas tus actividades económicas.
“Dios derrotará a tus enemigos.” (v. 7). No tendremos temor de país alguno.
“El Señor te pondrá por cabeza y no por cola.” (v. 13). Tendrás prestigio entre las naciones del mundo. Cuando ese día llegue los peruanos no serán maltratados en otros países como mendigos porque tienen que emigrar para encontrar trabajo, sino que lo hallarán sin salir del país.
¿No estamos dispuestos a soñar y a luchar porque todo lo dicho se cumpla?
#564 (01.03.09) Depósito Legal #2004-5581. Director: José Belaunde M. Dirección: Independencia 1231, Miraflores, Lima, Perú 18. Tel 4227218. (Resolución #003694-2004/OSD-INDECOPI). Si desea recibir estos artículos por correo electrónico recomendamos suscribirse al grupo “lavidaylapalabra” enviando un mensaje a lavidaylapalabra-subscribe@yahoogroups.com. Pueden también solicitarlos a jbelaun@terra.com.pe. En la página web: www.lavidaylapalabra.com pueden leerse gran número de artículos pasados. También pueden leerse unos sesenta artículos en www.desarrollocristiano.com. Pueden recogerse gratuitamente ejemplares impresos en Publicidad “Kyrios”: Av. Roosevelt 201, Lima – Jr. Azángaro 1045 Of. 134, Lima – Calle Schell 324, Miraflores y Av. La Marina 1604, Pueblo Libre. SUGIERO VISITAR MI BLOG: JOSEBELAUNDEM.BLOGSPOT.COM.
lunes, 2 de marzo de 2009
"SECRETOS DE LA INTERCESIÓN III"
Esta serie de artículos está basada en la trascripción de un ciclo de enseñanzas dadas en las reuniones de la Edad de Oro de la C.C. Agua Viva hace unos cuatro años. Al revisar el texto se ha mantenido el carácter informal e improvisado de la charla, así como alguna repetición inevitable.
Dijimos la vez pasada que nosotros tenemos un socio en la intercesión. O mejor dicho, habría que decirlo al revés: nosotros somos socios de alguien cuando intercedemos; somos colaboradores de alguien cuya misión hoy día en los cielos es precisamente interceder por todos. ¿Quién es Él? Nuestro Señor Jesucristo. Nosotros somos sus socios. Nosotros hemos sido llamados a ser colaboradores suyos en esta tarea de interceder por la salvación de los perdidos y por las necesidades de la gente. Nosotros, en tanto que intercesores, somos un ejército escogido, somos la crema y nata del pueblo Dios. Así que no tenemos por qué achicarnos y sentirnos menos. Y si acaso el diablo quiere meterte en la cabeza la idea de que “tú ya no puedes”, no le hagas caso, sino con toda fuerza dile: “¡Fuera de acá mentiroso! Estás equivocado. Ahora es cuando más puedo hacer en este campo, porque ahora tengo el conocimiento y la experiencia que me dan los años”. Prosigamos, entonces.
La semana pasada explicamos en qué consiste y cuál es el ministerio de Cristo actualmente y de cómo nosotros podemos colaborar en esta obra suya. Luego hablamos de las otras necesidades por las cuales podemos interceder, y hablamos también del equipamiento que necesitamos para interceder con éxito. Y por último explicamos cómo la intercesión es un sacrificio que requiere esfuerzo. Pero también explicamos de qué manera nosotros somos beneficiados al interceder por otros.
Ahora vamos a seguir hablando de las cosas que necesitamos poseer para ser buenos intercesores, qué requisitos, qué cosas concretas necesitamos nosotros tener como equipamiento interior y exterior a fin de poder realizar esta obra intercesora con excelencia. Entonces, ¿qué es lo primero que necesitamos?
Lo primero que necesitamos es tener fe y estar convencidos de que en Dios reside todo el poder.
Eso es muy cierto, pero es algo que de hecho es necesario no solamente para interceder, sino para poder llevar una vida cristiana exitosa, para decirlo de alguna manera. Pero hay algo más específico que se requiere.
¿Qué es interceder? Reducido a sus términos más simples, interceder es ayudar. Para poder ayudar se requiere tener el deseo de hacerlo. Si yo quiero orar por alguien debo tener el deseo de ayudarlo, necesito sentir una carga especial por esa persona, porque si mi corazón está lleno de indiferencia no me va a mover a hacer nada por nadie. La indiferencia es por definición estéril, pasiva. Y ese deseo de ayudar debe estar motivado por un resorte interior especial. ¿Cuál es? Claro está, sabemos que todo viene del Espíritu Santo, pero ¿qué resorte interior va a ser el que nos impulse a ayudar a una persona que quizá ni siquiera conocemos? El amor es ese resorte.
¿Por qué motivo la mamá o el papá se inclinan a ayudar a su hijo pequeño? Porque lo aman. ¿Por qué motivo la levantan del suelo cuando se cae, o lo limpian cuando se ensucia? Porque lo aman. El amor los impulsa a hacerlo de una manera natural. Si vamos a interceder, necesitamos amar a las personas por las cuales intercedemos, aunque no las conozcamos, y porque las amamos, vamos a sentir el deseo de ayudarlas. Requerimos eso. Tener el deseo de ayudar a la gente, un deseo que esté impulsado por el amor. El amor da urgencia, intensidad a la oración. Pregúntese pues cada uno: ¿Tengo yo realmente el deseo amoroso de ayudar a mi prójimo? Necesitamos tenerlo y si sentimos honestamente que no lo poseemos, debemos pedírselo al Espíritu Santo, porque si no tenemos ese impulso interior de ayudar, no nos vamos a poner en la brecha con entusiasmo, no vamos a llevar a cabo bien este ministerio de la intercesión. Hay que desear hacerlo, hay que desear el bien de las personas por las cuales vamos a orar. Puesto que interceder es orar por necesidades no propias, sino ajenas, necesidades de terceros, no nuestras, necesitamos desprendernos de nuestros propios intereses y de nuestras propias prioridades, dejándolas de lado, para poder hacerlo con constancia y fervor. Interceder en esas condiciones es como si dijéramos, orar a fondos perdidos, sin beneficio propio. Aunque, como veremos más adelante, en realidad si nos beneficiamos también nosotros de paso.
Hay muchas personas cuyo trabajo, o cuya ocupación principal, consiste en ayudar a otros en lo material. Son personas buenas que trabajan, o colaboran con determinadas instituciones de beneficencia, tales como orfanatorios u hospitales, por ejemplo; o visitando enfermos; o cuidando a los ancianos incapacitados, que ya no pueden hacer nada por sí mismos; o visitando a los presos en la cárcel. ¿Por qué lo hacen? Porque sienten el deseo de ayudar a esas personas, un deseo imperioso que el amor les infunde. Un amor, dicho sea de paso, que es un reflejo del amor a Dios.
¡Son tantas las necesidades de la gente! ¡Y son tantos los grupos humanos que tienen necesidad de ser ayudados en lo material y en lo espiritual!
Cuando una persona siente el deseo o impulso de ayudar, y se entera de una necesidad ajena, no se dirá a sí misma:“¡Uy! qué lástima!”, ni se pondrá a llorar lágrimas de compasión, sino que su primera reacción será ponerse a orar por esa persona, por esa necesidad, y luego verá de qué manera concreta puede ayudar.
De manera semejante, si nos enteramos de que una persona a quien conocemos está sufriendo por algún motivo, (y son tantos los motivos por los cuales sufre la gente, sean enfermedades, o problemas familiares, o problemas conyugales, o pérdidas económicas, etc.) si no estamos en la situación de poder ayudar de manera concreta, sea por la distancia o porque no es un asunto de nuestra competencia ¿qué cosa podemos hacer? ¿Nos cruzaremos cómodamente de brazos y nos diremos resignados: “¡Qué lastima!”, y no haremos nada? ¿No hay realmente nada que podamos hacer en esos casos? Sí que lo hay, y eso es orar.
Pero alguno dirá: “Eso es demasiado idealista; las oraciones se las lleva el viento”. ¿Es cierto? ¿Eso creen ustedes? Más bien, ¿habrá en el mundo arma más efectiva que la oración? En verdad, la oración es la ayuda más efectiva que podemos brindar a las personas afligidas. ¿Por qué es la oración realmente un arma poderosa? Se ha dicho, y es la pura verdad, que el poder de la oración es mucho mayor que el de la bomba atómica. ¿Por qué es eso?
Porque al orar e interceder por una causa, o por una persona, nosotros le damos oportunidad a Dios de intervenir, y su poder vence todos los obstáculos.
Supongamos que estalla un incendio en la casa de al lado (¡Dios no quiera que ocurra!), ¿qué vamos a hacer? ¿Gritar: “¡Hay, un incendio! ¡Corran!”? No, no hacemos eso sino llamamos a los bomberos. Es la primera y más sana reacción, No nos ponemos a gritar y a lamentarnos por el peligro, sino llamamos a los bomberos que pueden apagar el incendio.
En el caso de una situación grave y de otro tipo, ¿quién es nuestro bombero? Dios es nuestro bombero porque Él tiene el poder de hacer todas las cosas. Lo llamamos para que Él intervenga. El poder de la oración es el poder de Dios.
Alguno dirá ¿por qué Dios no interviene por iniciativa propia? En unos casos lo hace y en otros quiere que nosotros se lo pidamos que se haga cargo. Nuestra petición es una demostración de confianza que a Él le agrada.
Eso se cumple en todos los campos de la vida espiritual, incluso en el de la salvación de las almas. Jesús hizo todo lo que era necesario para salvarnos, pero no por eso nosotros somos salvos automáticamente. La salvación que Él ha provisto para todos tiene que ser apropiada personalmente por cada individuo, creyendo. La gracia de la fe debe llegarle a cada persona. Le llega por medio de la predicación, pero no todos se convierten al escucharla. ¿De qué depende? ¿Qué es lo que prepara el alma de las personas para escuchar la palabra? Las oraciones que son elevadas al cielo y las lágrimas que son derramadas por esas personas.
Dios está dispuesto a hacerlo todo por nosotros, pero nos dice: “Pídemelo, porque yo no quiero regalarte lo que tú no quieres recibir. Tú quieres que esa persona sea sanada. Yo estoy dispuesto a hacerlo, pero pídeme que sea sanada”. Dios quiere que le pidamos lo que queremos recibir de Él y Él quiere darnos. Por eso Jesús dijo: “Pedid y recibiréis, buscad y hallaréis, tocad y se os abrirá”. (Mt 7:7; Lc 11:9) Está diciendo: “Pídeme”. No dijo que esperemos sentados que nos lleguen las bendiciones del cielo, sino que se las pidamos. Él dijo: “Clama a mí y yo te responderé” (Jr 33:3). No dijo: “Espera sentado y te responderé”, sino, “clama”. Eso es lo que Dios quiere que hagamos. Pedir, clamar. De manera que de los que tomen a pecho el ministerio de la intercesión, de los que se propongan interceder por otros, depende el que las personas que atraviesan por dificultades sean ayudadas, o no lo sean. ¿Comprenden la importancia de este ministerio? Las personas pueden ser ayudadas, sanadas, sacadas de una situación difícil; los matrimonios pueden ser restaurados, dependiendo de que haya personas que estén dispuestos a ponerse en la brecha por ellos. En gran parte depende pues de nosotros, depende de los que oran. Si no se ora, no va a pasar nada, o muy poco, porque el motor de los cambios es la oración.
¿Se dan cuenta del poder que tenemos entre manos? De mí y de ustedes depende el que ocurran muchas cosas. Cada vez que nos ponemos a interceder, es como si echáramos mano de una llave para dejar salir a los presos, o para poder entrar donde hay una necesidad. La oración es la llave. A los que interceden se les encomienda esa llave. Es un poder muy grande, es un privilegio muy especial el que Dios nos otorga.
Puede ocurrir en ocasiones que no sepamos por qué motivos debemos orar. Queremos interceder pero no sabemos por qué causa debemos hacerlo en ese momento. Si eso nos ocurre podemos pedir: “Señor úsame en este momento para bendecir a alguien con mi oración”, y el Señor va a poner en tu corazón, en tu mente, el nombre de las personas, o la causa, por la cual Él desea que ores. Pero créanme: Ustedes no van a estar huérfanos de motivos para orar, porque si se los piden al Señor, e incluso sin que se lo pidan, apenas se pongan de rodillas, o se sienten para interceder, Dios va a poner en su corazón los motivos de oración para ese día. De esa manera ustedes van a poder intervenir bajo el patrocinio de Dios en la vida de tal o cual persona, así como el médico cuando entra en una casa, interviene en la vida de esa familia, o en la vida de la persona que está enferma. ¿No es eso una tarea maravillosa? ¿Cuántos anteriormente han podido hacerlo? Y ahora ustedes, adultos mayores, pueden hacerlo con más libertad que cuando tenían 20 años menos, porque ya no trabajan la mayoría de ustedes, y disponen de bastante tiempo libre. ¿Y cómo no usar ese tiempo de una manera fecunda? El tiempo libre de que disponen es un regalo de Dios, que debemos agradecer usándolo para el bien de los demás. ¡Oh, redimamos el tiempo el que de otro modo gastaríamos en tonterías! (Col 4:5).
Un tema por el cual todos nosotros, cualquiera que sea nuestra edad, debemos orar, es por nuestro país y nuestras autoridades, entre otras razones, porque ello redundará en nuestro propio beneficio. Pablo recomienda orar por nuestras autoridades (1Tm 2:1,2). Pero ¿intercederemos por ellas sólo en abstracto? ¿No apuntaremos el arma de la intercesión a aquellas manchas y heridas que afean a nuestro país y a los tres poderes del estado?
Si queremos interceder por nuestra nación ¿no oraremos por aquellos aspectos que necesitan ser mejorados? Sabiendo que hay mucha venalidad y deshonestidad en el poder judicial ¿no oraremos porque los jueces honestos y justos reciban todo el apoyo que necesitan a fin de cumplir rectamente con su misión de administrar justicia, que es una misión santa? ¿No oraremos pidiendo que los jueces deshonestos sean expuestos y denunciados, y que sean reemplazados por jueces probos e insobornables?
¿No querremos interceder por nuestro Congreso, para que en las próximas elecciones sean elegidos los candidatos más dignos? ¿Y para que se presenten como candidatos a un curul las personas más idóneas para ese cargo, y no las menos idóneas, como ha venido ocurriendo en los últimos años? ¿No oraremos porque los congresistas honestos, que no son muy numerosos hoy en día, reciban el reconocimiento y el apoyo que se merecen?
Si conocemos de actos de injusticia, de abuso y de atropello de derechos ¿no oraremos para que las víctimas encuentren quién las defienda? ¿No oraremos porque los abusivos, los extorsionadores y los injustos sean condenados, y brille la justicia en nuestro cielo?
Si somos concientes de la influencia, buena y mala, que la policía ejerce sobre la vida de los ciudadanos, y no ignoramos la corrupción que prevalece en nuestras fuerzas policiales ¿no le pediremos a Dios que ponga a la cabeza de esa institución a personas honestas y capaces? ¿No clamaremos porque los corruptos sean apartados de sus cargos?
Si nos enteramos de casos concretos de corrupción ¿no pediremos al cielo que los reprima? Si sabemos de un inocente encarcelado ¿no intercederemos porque se haga justicia en su caso y recobre a la brevedad su libertad?
Se está llevando a cabo actualmente en nuestros tribunales uno de los juicios más importantes de nuestra historia. ¿No intercederemos porque el acusado reciba una sentencia justa y ejemplarizadora, y porque los que fueron sus cómplices sean apartados para siempre de la política? ¿Puede haber justicia en un país en donde los culpables no son castigados? ¿No oraremos porque nuestro pueblo en adelante cierre los oídos a la demagogia?
Si amamos a nuestro país hay tantas razones y temas concretos por los cuales podemos interceder específicamente y no sólo en abstracto. No basta que pidamos: “¡Oh Dios, bendice a nuestras autoridades!” Dios con razón podría contestarnos: “¿Quieres que bendiga a las malas autoridades para que sean prosperadas?”
Es cierto que Jesús dijo que Dios hace brillar “su sol sobre malos y buenos, y llover sobre justos e injustos” (Mt 5:45). Él obra así porque tiene misericordia de todos. ¿Pero no sería mucho mejor que los buenos prevalezcan sobre los malos? ¿Y que Satanás y sus huestes de maldad, que impulsan a los impíos, sean reprendidos? Es verdad que “nuestra lucha no es contra sangre ni carne sino contra las huestes espirituales de maldad en las regiones celestes” (Ef 6:12), que mueven los hilos de las pasiones humanas, e impulsan a los que están en autoridad a cometer crímenes, pero ¿contra quiénes debemos luchar? ¿Contra el titiritero, o contra el títere? Sin embargo, hay títeres que alcanzan tanto poder que se convierten a su vez en titiriteros de otros que los secundan atraídos por el soborno.
Si constatamos con pena y preocupación que el narcotráfico gana cada día más terreno en nuestro país, y se burla de la justicia, ¿no oraremos porque los cabecillas sean apresados y condenados? ¿No clamaremos porque no se produzcan excarcelaciones indebidas?
¡Hay tantos temas por los cuales podemos orar en pro de nuestra patria, por los cuales debemos interceder ante nuestro Padre para que se compadezca de la población de nuestro país! La lista es larga. Deberíamos confeccionarnos cada uno una propia de acuerdo a su experiencia e inclinaciones, y tenerla siempre delante suyo cuando empiece a clamar al cielo.
Si no oramos por éstas y otras calamidades que afligen a nuestro país, es porque nos son indiferentes, y estamos satisfechos con las cosas tal como están. Nos place vivir en medio de la hediondez de la corrupción y no nos ofende. Quizá hasta nos parece normal y no deseamos que las cosas mejoren porque nos hemos acostumbrado. Pero si realmente nos avergüenza la podredumbre que contemplamos a diario, le pediríamos a Dios que intervenga y cambie la mentalidad prevaleciente.
#563 (22.02.09) Depósito Legal #2004-5581. Director: José Belaunde M. Dirección: Independencia 1231, Miraflores, Lima, Perú 18. Tel 4227218. (Resolución #003694-2004/OSD-INDECOPI). Si desea recibir estos artículos por correo electrónico recomendamos suscribirse al grupo “lavidaylapalabra” enviando un mensaje a lavidaylapalabra-subscribe@yahoogroups.com. Pueden también solicitarlos a jbelaun@terra.com.pe. En la página web: www.lavidaylapalabra.com pueden leerse gran número de artículos pasados. También pueden leerse unos sesenta artículos en www.desarrollocristiano.com. Pueden recogerse gratuitamente ejemplares impresos en Publicidad “Kyrios”: Av. Roosevelt 201, Lima – Jr. Azángaro 1045 Of. 134, Lima – Calle Schell 324, Miraflores y Av. La Marina 1604, Pueblo Libre. SUGIERO VISITAR MI BLOG: JOSEBELAUNDEM.BLOGSPOT.COM.
Dijimos la vez pasada que nosotros tenemos un socio en la intercesión. O mejor dicho, habría que decirlo al revés: nosotros somos socios de alguien cuando intercedemos; somos colaboradores de alguien cuya misión hoy día en los cielos es precisamente interceder por todos. ¿Quién es Él? Nuestro Señor Jesucristo. Nosotros somos sus socios. Nosotros hemos sido llamados a ser colaboradores suyos en esta tarea de interceder por la salvación de los perdidos y por las necesidades de la gente. Nosotros, en tanto que intercesores, somos un ejército escogido, somos la crema y nata del pueblo Dios. Así que no tenemos por qué achicarnos y sentirnos menos. Y si acaso el diablo quiere meterte en la cabeza la idea de que “tú ya no puedes”, no le hagas caso, sino con toda fuerza dile: “¡Fuera de acá mentiroso! Estás equivocado. Ahora es cuando más puedo hacer en este campo, porque ahora tengo el conocimiento y la experiencia que me dan los años”. Prosigamos, entonces.
La semana pasada explicamos en qué consiste y cuál es el ministerio de Cristo actualmente y de cómo nosotros podemos colaborar en esta obra suya. Luego hablamos de las otras necesidades por las cuales podemos interceder, y hablamos también del equipamiento que necesitamos para interceder con éxito. Y por último explicamos cómo la intercesión es un sacrificio que requiere esfuerzo. Pero también explicamos de qué manera nosotros somos beneficiados al interceder por otros.
Ahora vamos a seguir hablando de las cosas que necesitamos poseer para ser buenos intercesores, qué requisitos, qué cosas concretas necesitamos nosotros tener como equipamiento interior y exterior a fin de poder realizar esta obra intercesora con excelencia. Entonces, ¿qué es lo primero que necesitamos?
Lo primero que necesitamos es tener fe y estar convencidos de que en Dios reside todo el poder.
Eso es muy cierto, pero es algo que de hecho es necesario no solamente para interceder, sino para poder llevar una vida cristiana exitosa, para decirlo de alguna manera. Pero hay algo más específico que se requiere.
¿Qué es interceder? Reducido a sus términos más simples, interceder es ayudar. Para poder ayudar se requiere tener el deseo de hacerlo. Si yo quiero orar por alguien debo tener el deseo de ayudarlo, necesito sentir una carga especial por esa persona, porque si mi corazón está lleno de indiferencia no me va a mover a hacer nada por nadie. La indiferencia es por definición estéril, pasiva. Y ese deseo de ayudar debe estar motivado por un resorte interior especial. ¿Cuál es? Claro está, sabemos que todo viene del Espíritu Santo, pero ¿qué resorte interior va a ser el que nos impulse a ayudar a una persona que quizá ni siquiera conocemos? El amor es ese resorte.
¿Por qué motivo la mamá o el papá se inclinan a ayudar a su hijo pequeño? Porque lo aman. ¿Por qué motivo la levantan del suelo cuando se cae, o lo limpian cuando se ensucia? Porque lo aman. El amor los impulsa a hacerlo de una manera natural. Si vamos a interceder, necesitamos amar a las personas por las cuales intercedemos, aunque no las conozcamos, y porque las amamos, vamos a sentir el deseo de ayudarlas. Requerimos eso. Tener el deseo de ayudar a la gente, un deseo que esté impulsado por el amor. El amor da urgencia, intensidad a la oración. Pregúntese pues cada uno: ¿Tengo yo realmente el deseo amoroso de ayudar a mi prójimo? Necesitamos tenerlo y si sentimos honestamente que no lo poseemos, debemos pedírselo al Espíritu Santo, porque si no tenemos ese impulso interior de ayudar, no nos vamos a poner en la brecha con entusiasmo, no vamos a llevar a cabo bien este ministerio de la intercesión. Hay que desear hacerlo, hay que desear el bien de las personas por las cuales vamos a orar. Puesto que interceder es orar por necesidades no propias, sino ajenas, necesidades de terceros, no nuestras, necesitamos desprendernos de nuestros propios intereses y de nuestras propias prioridades, dejándolas de lado, para poder hacerlo con constancia y fervor. Interceder en esas condiciones es como si dijéramos, orar a fondos perdidos, sin beneficio propio. Aunque, como veremos más adelante, en realidad si nos beneficiamos también nosotros de paso.
Hay muchas personas cuyo trabajo, o cuya ocupación principal, consiste en ayudar a otros en lo material. Son personas buenas que trabajan, o colaboran con determinadas instituciones de beneficencia, tales como orfanatorios u hospitales, por ejemplo; o visitando enfermos; o cuidando a los ancianos incapacitados, que ya no pueden hacer nada por sí mismos; o visitando a los presos en la cárcel. ¿Por qué lo hacen? Porque sienten el deseo de ayudar a esas personas, un deseo imperioso que el amor les infunde. Un amor, dicho sea de paso, que es un reflejo del amor a Dios.
¡Son tantas las necesidades de la gente! ¡Y son tantos los grupos humanos que tienen necesidad de ser ayudados en lo material y en lo espiritual!
Cuando una persona siente el deseo o impulso de ayudar, y se entera de una necesidad ajena, no se dirá a sí misma:“¡Uy! qué lástima!”, ni se pondrá a llorar lágrimas de compasión, sino que su primera reacción será ponerse a orar por esa persona, por esa necesidad, y luego verá de qué manera concreta puede ayudar.
De manera semejante, si nos enteramos de que una persona a quien conocemos está sufriendo por algún motivo, (y son tantos los motivos por los cuales sufre la gente, sean enfermedades, o problemas familiares, o problemas conyugales, o pérdidas económicas, etc.) si no estamos en la situación de poder ayudar de manera concreta, sea por la distancia o porque no es un asunto de nuestra competencia ¿qué cosa podemos hacer? ¿Nos cruzaremos cómodamente de brazos y nos diremos resignados: “¡Qué lastima!”, y no haremos nada? ¿No hay realmente nada que podamos hacer en esos casos? Sí que lo hay, y eso es orar.
Pero alguno dirá: “Eso es demasiado idealista; las oraciones se las lleva el viento”. ¿Es cierto? ¿Eso creen ustedes? Más bien, ¿habrá en el mundo arma más efectiva que la oración? En verdad, la oración es la ayuda más efectiva que podemos brindar a las personas afligidas. ¿Por qué es la oración realmente un arma poderosa? Se ha dicho, y es la pura verdad, que el poder de la oración es mucho mayor que el de la bomba atómica. ¿Por qué es eso?
Porque al orar e interceder por una causa, o por una persona, nosotros le damos oportunidad a Dios de intervenir, y su poder vence todos los obstáculos.
Supongamos que estalla un incendio en la casa de al lado (¡Dios no quiera que ocurra!), ¿qué vamos a hacer? ¿Gritar: “¡Hay, un incendio! ¡Corran!”? No, no hacemos eso sino llamamos a los bomberos. Es la primera y más sana reacción, No nos ponemos a gritar y a lamentarnos por el peligro, sino llamamos a los bomberos que pueden apagar el incendio.
En el caso de una situación grave y de otro tipo, ¿quién es nuestro bombero? Dios es nuestro bombero porque Él tiene el poder de hacer todas las cosas. Lo llamamos para que Él intervenga. El poder de la oración es el poder de Dios.
Alguno dirá ¿por qué Dios no interviene por iniciativa propia? En unos casos lo hace y en otros quiere que nosotros se lo pidamos que se haga cargo. Nuestra petición es una demostración de confianza que a Él le agrada.
Eso se cumple en todos los campos de la vida espiritual, incluso en el de la salvación de las almas. Jesús hizo todo lo que era necesario para salvarnos, pero no por eso nosotros somos salvos automáticamente. La salvación que Él ha provisto para todos tiene que ser apropiada personalmente por cada individuo, creyendo. La gracia de la fe debe llegarle a cada persona. Le llega por medio de la predicación, pero no todos se convierten al escucharla. ¿De qué depende? ¿Qué es lo que prepara el alma de las personas para escuchar la palabra? Las oraciones que son elevadas al cielo y las lágrimas que son derramadas por esas personas.
Dios está dispuesto a hacerlo todo por nosotros, pero nos dice: “Pídemelo, porque yo no quiero regalarte lo que tú no quieres recibir. Tú quieres que esa persona sea sanada. Yo estoy dispuesto a hacerlo, pero pídeme que sea sanada”. Dios quiere que le pidamos lo que queremos recibir de Él y Él quiere darnos. Por eso Jesús dijo: “Pedid y recibiréis, buscad y hallaréis, tocad y se os abrirá”. (Mt 7:7; Lc 11:9) Está diciendo: “Pídeme”. No dijo que esperemos sentados que nos lleguen las bendiciones del cielo, sino que se las pidamos. Él dijo: “Clama a mí y yo te responderé” (Jr 33:3). No dijo: “Espera sentado y te responderé”, sino, “clama”. Eso es lo que Dios quiere que hagamos. Pedir, clamar. De manera que de los que tomen a pecho el ministerio de la intercesión, de los que se propongan interceder por otros, depende el que las personas que atraviesan por dificultades sean ayudadas, o no lo sean. ¿Comprenden la importancia de este ministerio? Las personas pueden ser ayudadas, sanadas, sacadas de una situación difícil; los matrimonios pueden ser restaurados, dependiendo de que haya personas que estén dispuestos a ponerse en la brecha por ellos. En gran parte depende pues de nosotros, depende de los que oran. Si no se ora, no va a pasar nada, o muy poco, porque el motor de los cambios es la oración.
¿Se dan cuenta del poder que tenemos entre manos? De mí y de ustedes depende el que ocurran muchas cosas. Cada vez que nos ponemos a interceder, es como si echáramos mano de una llave para dejar salir a los presos, o para poder entrar donde hay una necesidad. La oración es la llave. A los que interceden se les encomienda esa llave. Es un poder muy grande, es un privilegio muy especial el que Dios nos otorga.
Puede ocurrir en ocasiones que no sepamos por qué motivos debemos orar. Queremos interceder pero no sabemos por qué causa debemos hacerlo en ese momento. Si eso nos ocurre podemos pedir: “Señor úsame en este momento para bendecir a alguien con mi oración”, y el Señor va a poner en tu corazón, en tu mente, el nombre de las personas, o la causa, por la cual Él desea que ores. Pero créanme: Ustedes no van a estar huérfanos de motivos para orar, porque si se los piden al Señor, e incluso sin que se lo pidan, apenas se pongan de rodillas, o se sienten para interceder, Dios va a poner en su corazón los motivos de oración para ese día. De esa manera ustedes van a poder intervenir bajo el patrocinio de Dios en la vida de tal o cual persona, así como el médico cuando entra en una casa, interviene en la vida de esa familia, o en la vida de la persona que está enferma. ¿No es eso una tarea maravillosa? ¿Cuántos anteriormente han podido hacerlo? Y ahora ustedes, adultos mayores, pueden hacerlo con más libertad que cuando tenían 20 años menos, porque ya no trabajan la mayoría de ustedes, y disponen de bastante tiempo libre. ¿Y cómo no usar ese tiempo de una manera fecunda? El tiempo libre de que disponen es un regalo de Dios, que debemos agradecer usándolo para el bien de los demás. ¡Oh, redimamos el tiempo el que de otro modo gastaríamos en tonterías! (Col 4:5).
Un tema por el cual todos nosotros, cualquiera que sea nuestra edad, debemos orar, es por nuestro país y nuestras autoridades, entre otras razones, porque ello redundará en nuestro propio beneficio. Pablo recomienda orar por nuestras autoridades (1Tm 2:1,2). Pero ¿intercederemos por ellas sólo en abstracto? ¿No apuntaremos el arma de la intercesión a aquellas manchas y heridas que afean a nuestro país y a los tres poderes del estado?
Si queremos interceder por nuestra nación ¿no oraremos por aquellos aspectos que necesitan ser mejorados? Sabiendo que hay mucha venalidad y deshonestidad en el poder judicial ¿no oraremos porque los jueces honestos y justos reciban todo el apoyo que necesitan a fin de cumplir rectamente con su misión de administrar justicia, que es una misión santa? ¿No oraremos pidiendo que los jueces deshonestos sean expuestos y denunciados, y que sean reemplazados por jueces probos e insobornables?
¿No querremos interceder por nuestro Congreso, para que en las próximas elecciones sean elegidos los candidatos más dignos? ¿Y para que se presenten como candidatos a un curul las personas más idóneas para ese cargo, y no las menos idóneas, como ha venido ocurriendo en los últimos años? ¿No oraremos porque los congresistas honestos, que no son muy numerosos hoy en día, reciban el reconocimiento y el apoyo que se merecen?
Si conocemos de actos de injusticia, de abuso y de atropello de derechos ¿no oraremos para que las víctimas encuentren quién las defienda? ¿No oraremos porque los abusivos, los extorsionadores y los injustos sean condenados, y brille la justicia en nuestro cielo?
Si somos concientes de la influencia, buena y mala, que la policía ejerce sobre la vida de los ciudadanos, y no ignoramos la corrupción que prevalece en nuestras fuerzas policiales ¿no le pediremos a Dios que ponga a la cabeza de esa institución a personas honestas y capaces? ¿No clamaremos porque los corruptos sean apartados de sus cargos?
Si nos enteramos de casos concretos de corrupción ¿no pediremos al cielo que los reprima? Si sabemos de un inocente encarcelado ¿no intercederemos porque se haga justicia en su caso y recobre a la brevedad su libertad?
Se está llevando a cabo actualmente en nuestros tribunales uno de los juicios más importantes de nuestra historia. ¿No intercederemos porque el acusado reciba una sentencia justa y ejemplarizadora, y porque los que fueron sus cómplices sean apartados para siempre de la política? ¿Puede haber justicia en un país en donde los culpables no son castigados? ¿No oraremos porque nuestro pueblo en adelante cierre los oídos a la demagogia?
Si amamos a nuestro país hay tantas razones y temas concretos por los cuales podemos interceder específicamente y no sólo en abstracto. No basta que pidamos: “¡Oh Dios, bendice a nuestras autoridades!” Dios con razón podría contestarnos: “¿Quieres que bendiga a las malas autoridades para que sean prosperadas?”
Es cierto que Jesús dijo que Dios hace brillar “su sol sobre malos y buenos, y llover sobre justos e injustos” (Mt 5:45). Él obra así porque tiene misericordia de todos. ¿Pero no sería mucho mejor que los buenos prevalezcan sobre los malos? ¿Y que Satanás y sus huestes de maldad, que impulsan a los impíos, sean reprendidos? Es verdad que “nuestra lucha no es contra sangre ni carne sino contra las huestes espirituales de maldad en las regiones celestes” (Ef 6:12), que mueven los hilos de las pasiones humanas, e impulsan a los que están en autoridad a cometer crímenes, pero ¿contra quiénes debemos luchar? ¿Contra el titiritero, o contra el títere? Sin embargo, hay títeres que alcanzan tanto poder que se convierten a su vez en titiriteros de otros que los secundan atraídos por el soborno.
Si constatamos con pena y preocupación que el narcotráfico gana cada día más terreno en nuestro país, y se burla de la justicia, ¿no oraremos porque los cabecillas sean apresados y condenados? ¿No clamaremos porque no se produzcan excarcelaciones indebidas?
¡Hay tantos temas por los cuales podemos orar en pro de nuestra patria, por los cuales debemos interceder ante nuestro Padre para que se compadezca de la población de nuestro país! La lista es larga. Deberíamos confeccionarnos cada uno una propia de acuerdo a su experiencia e inclinaciones, y tenerla siempre delante suyo cuando empiece a clamar al cielo.
Si no oramos por éstas y otras calamidades que afligen a nuestro país, es porque nos son indiferentes, y estamos satisfechos con las cosas tal como están. Nos place vivir en medio de la hediondez de la corrupción y no nos ofende. Quizá hasta nos parece normal y no deseamos que las cosas mejoren porque nos hemos acostumbrado. Pero si realmente nos avergüenza la podredumbre que contemplamos a diario, le pediríamos a Dios que intervenga y cambie la mentalidad prevaleciente.
#563 (22.02.09) Depósito Legal #2004-5581. Director: José Belaunde M. Dirección: Independencia 1231, Miraflores, Lima, Perú 18. Tel 4227218. (Resolución #003694-2004/OSD-INDECOPI). Si desea recibir estos artículos por correo electrónico recomendamos suscribirse al grupo “lavidaylapalabra” enviando un mensaje a lavidaylapalabra-subscribe@yahoogroups.com. Pueden también solicitarlos a jbelaun@terra.com.pe. En la página web: www.lavidaylapalabra.com pueden leerse gran número de artículos pasados. También pueden leerse unos sesenta artículos en www.desarrollocristiano.com. Pueden recogerse gratuitamente ejemplares impresos en Publicidad “Kyrios”: Av. Roosevelt 201, Lima – Jr. Azángaro 1045 Of. 134, Lima – Calle Schell 324, Miraflores y Av. La Marina 1604, Pueblo Libre. SUGIERO VISITAR MI BLOG: JOSEBELAUNDEM.BLOGSPOT.COM.
martes, 24 de febrero de 2009
SECRETOS DE LA INTERCESIÓN II
En el primer artículo sobre este tema insistí sobre el hecho de que el asunto más importante al que debía dedicar nuestra intercesión es la salvación de los perdidos porque esa es la causa por la que Jesús vino al mundo (Mt 18:11) y por la cual Él está actualmente intercediendo delante del trono de su Padre (Hb 9:23-25). Pero naturalmente nosotros no solamente oramos por esa causa, sino que también oramos por esas necesidades diarias que conforman el entramado de nuestras vidas. Nuestra vida está tejida, podríamos decir, por hilos de todo tipo. Algunos son alegres, otros tristes; algunos son suaves, otros ásperos. Los hilos suaves son aquellas alegrías, aquellos beneficios, aquellas bendiciones con las que hemos contado a lo largo de los años, los éxitos que hayamos podido tener, la familia que hemos podido formar, nuestro esposo o nuestra esposa, los hijos que nos dieron satisfacciones. Los hilos ásperos son las pruebas y dificultades por las que hemos atravesado, algunas de las cuales fueron provocadas por nuestra propia torpeza. Incluso a veces los mismos hijos que nos dan satisfacciones pueden ser motivo de penas y sufrimiento.
Nuestra vida está pues entretejida de esas cosas, de cosas buenas y cosas malas, de cosas alegres y cosas tristes, y claro, como consecuencia de eso, hay muchas necesidades espirituales y materiales, de salud y de trabajo y de economía que satisfacer, y es justo que pidamos también por esas necesidades.
Si nosotros sabemos de alguien que tiene un problema ¿no tratamos de ayudarlo? Si de repente una persona que está caminando a nuestro lado se cae y se da un mal golpe, ¿no tratamos de levantarlo? Naturalmente que lo hacemos: “¿Qué te pasó hermano? ¿Te has golpeado? Vamos, te ayudo a levantarte.” O si está muy golpeado quizá lo llevamos a la Asistencia Pública, a la manera del Buen Samaritano. Es un impulso natural.
Hay tanta gente que tiene problemas materiales y de otro tipo. Nosotros no podemos solucionarlos todos. No nos alcanzarían las fuerzas ni todo el dinero que tenemos en el bolsillo. Pero sí podemos orar por esas personas para pedirle a Dios que las ayude y supla sus necesidades. Y así como Él responde a la oración por la salvación de las almas, también responde a las oraciones por el hambre, por la enfermedad, por la falta de dinero, por los conflictos familiares, por todas las necesidades que pueda tener la gente.
Cuando nosotros nos enteramos de las necesidades, carencias y problemas que tiene la gente ¿qué podemos hacer? Orar, interceder por ellos.
Una vez conocí a un pastor que dijo algo que me impresionó mucho pero que yo no he llevado a la práctica tal como me lo había propuesto. Él decía que cada vez que prendía el televisor para ver el noticiero, (que era lo único de la caja boba que veía) oraba por la gente que había sido afectada por las malas noticias anunciadas. Esto es, se ponía a orar por las víctimas de los accidentes, de las inundaciones, de las catástrofes que mostraba la pantalla. Oraba por todas las personas que el noticiero anunciaba que estaban sufriendo. Pero también oraba por las autoridades de ese lugar.
¿Cuántos de nosotros hacemos eso? Creo que nadie, porque ni yo habiéndomelo propuesto lo hago. Pero es una muy buena idea que aconsejo poner en práctica. Puedo decir en mi descargo que yo rara vez veo televisión, ni siquiera el noticiero. Pero ¿cuántos de ustedes quisieran hacer lo que ese pastor sabio propone? ¿Orar por las noticias y por las víctimas de los accidentes y de la maldad ajena?
Puesto que por los noticieros nos enteramos de que hay gente que sufre, oremos por esas personas, redimamos el tiempo que pasamos delante del televisor, y Dios se apiadará de nosotros. Hay muchísimas necesidades en el mundo, muchísimas más de las que podemos imaginar. Pero Dios puede acudir a remediarlas. Nosotros no podemos ayudar a esa gente materialmente, pero sí podemos ayudarlos orando por ellos.
Oremos también por las personas que conocemos; por fulano que no tiene trabajo; por fulanita, que tiene dificultades en su casa; por mengano que tiene un juicio y no le hacen justicia; por tal persona que pasa por angustias a causa de sus hijos.
Todos tenemos algunos amigos que alguna vez han orado por nosotros, y hemos sido bendecidos por sus oraciones. Yo podría mencionar las muchas veces que me ha ocurrido. Las necesidades de la gente son interminables, y ése es nuestro rol en esos casos, ayudarlos orando para que sus preocupaciones sean aliviadas.
Es como en ese episodio de Hechos en que Pedro y Juan van al templo a orar y se topan con un paralítico en la puerta que estira la mano pidiendo limosna. Pedro le dice: “Oro y plata no tenemos, pero lo que tenemos te damos: ‘En el nombre de Jesús de Nazaret, levántate y anda’”. (Hch 3:6) ¿Qué es lo que tenían ellos? Tenían autoridad para sanar. Nosotros también la tenemos si activamos nuestra fe. Así que eso es lo que podemos hacer: orar por las personas para que sean sanadas, ya que oro y plata no tenemos, o al menos, no tanto como quisiéramos.
Quizá podamos solventar alguna necesidad material pequeña de alguien, y si está en nuestros manos, debemos hacerlo pues Dios bendice al generoso de corazón. Pero orar no cuesta.
¿Será cierto que orar no cuesta? A mí sí me cuesta y mucho. En primer lugar, para orar tenemos que vencer el cansancio, o esa resistencia interna que surge apenas empezamos a orar y que nos pone el diablo, porque él nada teme más que al cristiano que ora. En lugar de orar nosotros preferimos estar leyendo un buen periódico, o un libro interesante, o estar cómodamente sentados viendo televisión, o irnos a pasear. “¡Uy, tengo que orar! ¡Qué fastidio!” ¿Cuesta orar? Sí cuesta.
¿Qué cuesta? Para comenzar, ya lo hemos dicho: Vencerse a sí mismo. Y luego, tiempo. Fíjense, hay que decir las cosas claras. Si orar fuera tan agradable como comerse una torta de chocolate, o comer un helado, todos estaríamos todo el tiempo empachados de oración. Pero ¿quién se empacha de oración? ¿Quién se empacha intercediendo? Nosotros nos empachamos de otras cosas. “¡Uy, he comido demasiado! Tengo que hacer dieta un par de días.” Orar cuesta, tenemos que reconocerlo. Orar es un sacrificio, porque tenemos que sacrificar nuestro tiempo.
[En este punto de la charla una persona me interrumpió para decirme: “Yo oro cuando voy de compras; cuando estoy en camino, voy orando, orando.”]
[Le respondo: “La próxima vez vamos a pedirte que nos lo expliques, porque eso que tú dices es una gran verdad, podemos orar todo el tiempo. Pablo nos lo dijo: ‘Orad sin cesar’. (1Ts 5) Lo que tú dices es absolutamente cierto. Podemos orar todo el tiempo”.]
Orar cuesta, porque hay cosas, humanamente hablando, más entretenidas que orar. El que lo niegue es un hipócrita creo yo, a menos que ore tan intensamente, tan profundamente, que apenas empieza a orar está en la presencia directa del Señor como en éxtasis. Claro que gozar de una intimidad profunda con Dios es mejor que cualquier otra actividad. Eso ya no es sacrificio, sino al contrario, un deleite. Pero ¿cuántos hay acá que puedan decir sinceramente que cuando oran están gozando? A veces, es cierto, ocurre que nos gozamos en la oración, y esas son ocasiones por las que debemos agradecer a Dios, ya que son un deleite que nos cuesta abandonar. Pero muchas veces comenzar a orar es como cuando antaño se quería arrancar el auto, y había que hacer girar la palanca con gran esfuerzo para que el motor arrancara.
Orar es un esfuerzo porque, por lo general, sólo después de haber alabado y cantado un buen tiempo, empezamos a sentirnos alegres. Así que no nos engañemos, orar cuesta. También cuesta en el sentido del gasto de energías que demanda. Si uno ora intensamente, al cabo de un rato se da cuenta de que se ha cansado y de que está sudando. ¿O no les sucede eso a ustedes? Orar y clamar al Señor demanda esfuerzo, de manera que cuesta también energías. Uno se cansa orando. Pero ¿Cuál es la ventaja? ¿Qué ganamos con orar? Antes de contestar a esa pregunta quisiera anotar algo que olvidaba, y es que si uno quiere orar más profundamente, necesita retirarse para estar en soledad. Por algo Jesús dijo: “Entra en tu cámara secreta y a solas habla, a tu Padre.” (Mt 6:6).
Pues volviendo a la pregunta que dejamos en suspenso, orar tiene ciertamente un costo para nosotros, pero es un costo al que acompaña una gran recompensa.
¿Cuántos de ustedes han ahorrado a lo largo de su vida para contar con un respaldo cuando llegue el momento de jubilarse? ¿Para no confiar solamente en la jubilación, que sabemos no es ninguna maravilla, sino tener algo más? ¿Cuántos de nosotros hemos puesto de lado algo cada mes para que, si nos sobreviene una emergencia, no estemos desamparados? Sin embargo Jesús dijo: “No acumuléis tesoros en la tierra donde la polilla y el orín corrompen, y donde los ladrones horadan y hurtan, sino haceos tesoros en el cielo donde ni la polilla ni el orín corrompen, y donde ladrones no minan ni hurtan.” (Mt 6:19,20) Cuando nosotros oramos por otros, cuando sacrificamos nuestro tiempo, gastando energías y privándonos de la compañía agradable de parientes y amigos, estamos acumulando un tesoro en el cielo, y Dios lo tendrá en cuenta. Algún día iremos arriba y veremos el tesoro que hemos acumulado. ¿No tendrían ustedes curiosidad por ver cuál es su tesoro? Le pedirán al ángel que los reciba: “A ver, enséñame dónde está mi tesoro”. Entonces te llevarán a un enorme depósito maravillosamente iluminado y radiante: “Acá están las cámaras secretas, acá están las cajas fuertes del cielo, y acá está el tesoro que tú has acumulado”. “¡Ay Señor! ¡tan poquito! ¡Unas cuantas moneditas de oro celestial! ¿Nada más? ¡Uy, qué poco he guardado, Señor!” Es que tú te dedicaste a divertirte, a darte la gran vida. Pero otro encontrará que, como fruto de sus esfuerzos en la viña del Señor, ha acumulado un tesoro grandazo. Tendrá no uno sino dos cuartos llenos de oro más grandes que el cuarto del rescate de Atahualpa. Un inmenso tesoro acumulado a lo largo de su vida. ¿Cómo acumuló ese tesoro? Dios sabe cómo.
Yo estoy seguro de que buena parte de nuestro tesoro celestial estará formado por las oraciones que hemos elevado por otros. También incluirá la palabra que hemos dado a otros, las personas que hemos llevado a los pies de Cristo; los actos de bondad, de caridad que hemos realizado; la ayuda que hemos proporcionado a otros; los sufrimientos y las injusticias que hemos soportado con paciencia, por amor de nuestro Señor. Todo eso formará parte de nuestro tesoro. Tenemos allá una cuenta con una contabilidad infalible donde está todo apuntado, todo, todo, sin que se pierda nada.
Hay un salmo que dice que las lágrimas de los justos son preciosas a los ojos de Dios, y que Él las pone en su redoma y las anota en su libro (Sal 56:8). También cuando oramos de pena por alguien eso se apunta arriba. ¿Cuánto? Cinco gramos de lágrimas sinceras, pero no lágrimas de cocodrilo. Esas no cuentan. Cuando nos compadecemos de los demás Dios lo tiene en cuenta y un día lo veremos. Así que el día que estemos allá arriba no podremos quejarnos si nuestro tesoro es pequeñito, porque dependió de nosotros en gran parte cuánto acumulamos.
¿Cuáles son las demás recompensas que recibimos por orar e interceder por otros? Una de las más importantes es que hacerlo aumenta nuestra fe. ¿Cómo así? La razón es muy sencilla. Cuando oramos experimentamos poco a poco las respuestas de Dios. Hay personas que no tienen fe al orar y dicen “Es que yo oro y nunca pasa nada”. Si oran sin fe, dudando, ¿qué esperan alcanzar? Pero ¿cómo sabes que no pasa nada? Hay muchas cosas que suceden en el campo espiritual y que nosotros no vemos, y hay otras que suceden en el campo material y que sí vemos.
El primer beneficiario de la intercesión en el campo espiritual es la persona que ora, aunque ella misma no lo sienta ni lo vea. Es el cambio que se produce en ella al acercarse a Dios.
Por el lado material puede puede ocurrir, por ejemplo, que oremos para que alguien encuentre trabajo, y de pronto lo consigue. ¿A quién se lo debe? A la intercesión. Fuimos a orar por un enfermo y se sanó. ¡Ah, la oración funciona! Es bueno saberlo. Cuando experimentamos las respuestas a la oración, cuando lo vemos con nuestros propios ojos, nuestra fe inevitablemente aumenta porque vemos que funciona. ¿Recuerdan cuando los apóstoles le pidieron a Jesús: “Auméntanos la fe”? (Lc 17:5) Jesús les respondió: “Si tuviérais fe como un grano de mostaza, podríais decir a este sicómoro: Desarráigate y plántate en el mar; y os obedecería.” (17:6) ¿Quieren que su fe aumente? Oren por otros, intercedan por las necesidades ajenas, y cuando vean los resultados de su intercesión, su fe va a aumentar. Cuando vean que la oración produce resultados, orarán cada día con más confianza viendo que Dios escucha y responde.
Éste es uno de los grandes beneficios de la oración: Que nuestra fe se fortalece al constatar como Dios responde, y a veces, de una manera inesperada y maravillosa, más allá de lo que habíamos pedido y esperado (Ef 3:20).
Podemos pedir por tantas cosas que Dios se complace en concedernos si lo hacemos con fe y corazón generoso. Cuando disfrutamos de la respuesta de Dios nos decimos: Esta llave es buena, sirve para abrir puertas; es una ganzúa útil para abrir los tesoros. En verdad, la oración es una ganzúa, no de ladrón sino de intercesor, que abre las puertas de las bendiciones de Dios. Así que si quieres abrir esas portones de hierro que parecen inexorablemente cerrados, recurre a la ganzúa que abre todas las cerraduras. Esa ganzúa, esa llave maestra, es la oración y tu fe va a aumentar a medida que la uses y veas que sí funciona.
Otra de las recompensas de la intercesión es que cuando oramos nuestra salud mejora. Ahora, yo no puedo mostrarles un certificado médico que diga que mi salud mejoró porque he orado, pero es mi experiencia. ¿Cuál será el motivo? Cuando oramos nos llenamos del Espíritu Santo. Estamos delante de la presencia de Dios y del Espíritu de vida. Pablo escribió: “El que resucitó a Jesús de los muertos vivificará también nuestros cuerpos mortales”. (Rm 8:11) ¿Dios no va a infundir vida a nuestras células si nos llenamos de su Espíritu? ¿No va a vitalizar la sangre que riega nuestras células? ¿No nos sentimos bien después de haber orado, y llenos de alegría? ¿No tiene la oración resultados positivos sobre nuestro cuerpo? Si nos mantenemos en la presencia de Dios orando, Dios nos concede salud, y aumenta nuestras fuerzas. Dios sabe por qué algunos tienen más y otros menos, pero yo creo que una parte de los recursos que Dios nos ha dado para gozar de buena salud es simplemente pasar una parte de nuestro tiempo delante de Él, gozando de la presencia de su Espíritu y dejando que su Espíritu nos llene.
#562 (15.02.09) Depósito Legal #2004-5581. Director: José Belaunde M. Dirección: Independencia 1231, Miraflores, Lima, Perú 18. Tel 4227218. (Resolución #003694-2004/OSD-INDECOPI).
Nuestra vida está pues entretejida de esas cosas, de cosas buenas y cosas malas, de cosas alegres y cosas tristes, y claro, como consecuencia de eso, hay muchas necesidades espirituales y materiales, de salud y de trabajo y de economía que satisfacer, y es justo que pidamos también por esas necesidades.
Si nosotros sabemos de alguien que tiene un problema ¿no tratamos de ayudarlo? Si de repente una persona que está caminando a nuestro lado se cae y se da un mal golpe, ¿no tratamos de levantarlo? Naturalmente que lo hacemos: “¿Qué te pasó hermano? ¿Te has golpeado? Vamos, te ayudo a levantarte.” O si está muy golpeado quizá lo llevamos a la Asistencia Pública, a la manera del Buen Samaritano. Es un impulso natural.
Hay tanta gente que tiene problemas materiales y de otro tipo. Nosotros no podemos solucionarlos todos. No nos alcanzarían las fuerzas ni todo el dinero que tenemos en el bolsillo. Pero sí podemos orar por esas personas para pedirle a Dios que las ayude y supla sus necesidades. Y así como Él responde a la oración por la salvación de las almas, también responde a las oraciones por el hambre, por la enfermedad, por la falta de dinero, por los conflictos familiares, por todas las necesidades que pueda tener la gente.
Cuando nosotros nos enteramos de las necesidades, carencias y problemas que tiene la gente ¿qué podemos hacer? Orar, interceder por ellos.
Una vez conocí a un pastor que dijo algo que me impresionó mucho pero que yo no he llevado a la práctica tal como me lo había propuesto. Él decía que cada vez que prendía el televisor para ver el noticiero, (que era lo único de la caja boba que veía) oraba por la gente que había sido afectada por las malas noticias anunciadas. Esto es, se ponía a orar por las víctimas de los accidentes, de las inundaciones, de las catástrofes que mostraba la pantalla. Oraba por todas las personas que el noticiero anunciaba que estaban sufriendo. Pero también oraba por las autoridades de ese lugar.
¿Cuántos de nosotros hacemos eso? Creo que nadie, porque ni yo habiéndomelo propuesto lo hago. Pero es una muy buena idea que aconsejo poner en práctica. Puedo decir en mi descargo que yo rara vez veo televisión, ni siquiera el noticiero. Pero ¿cuántos de ustedes quisieran hacer lo que ese pastor sabio propone? ¿Orar por las noticias y por las víctimas de los accidentes y de la maldad ajena?
Puesto que por los noticieros nos enteramos de que hay gente que sufre, oremos por esas personas, redimamos el tiempo que pasamos delante del televisor, y Dios se apiadará de nosotros. Hay muchísimas necesidades en el mundo, muchísimas más de las que podemos imaginar. Pero Dios puede acudir a remediarlas. Nosotros no podemos ayudar a esa gente materialmente, pero sí podemos ayudarlos orando por ellos.
Oremos también por las personas que conocemos; por fulano que no tiene trabajo; por fulanita, que tiene dificultades en su casa; por mengano que tiene un juicio y no le hacen justicia; por tal persona que pasa por angustias a causa de sus hijos.
Todos tenemos algunos amigos que alguna vez han orado por nosotros, y hemos sido bendecidos por sus oraciones. Yo podría mencionar las muchas veces que me ha ocurrido. Las necesidades de la gente son interminables, y ése es nuestro rol en esos casos, ayudarlos orando para que sus preocupaciones sean aliviadas.
Es como en ese episodio de Hechos en que Pedro y Juan van al templo a orar y se topan con un paralítico en la puerta que estira la mano pidiendo limosna. Pedro le dice: “Oro y plata no tenemos, pero lo que tenemos te damos: ‘En el nombre de Jesús de Nazaret, levántate y anda’”. (Hch 3:6) ¿Qué es lo que tenían ellos? Tenían autoridad para sanar. Nosotros también la tenemos si activamos nuestra fe. Así que eso es lo que podemos hacer: orar por las personas para que sean sanadas, ya que oro y plata no tenemos, o al menos, no tanto como quisiéramos.
Quizá podamos solventar alguna necesidad material pequeña de alguien, y si está en nuestros manos, debemos hacerlo pues Dios bendice al generoso de corazón. Pero orar no cuesta.
¿Será cierto que orar no cuesta? A mí sí me cuesta y mucho. En primer lugar, para orar tenemos que vencer el cansancio, o esa resistencia interna que surge apenas empezamos a orar y que nos pone el diablo, porque él nada teme más que al cristiano que ora. En lugar de orar nosotros preferimos estar leyendo un buen periódico, o un libro interesante, o estar cómodamente sentados viendo televisión, o irnos a pasear. “¡Uy, tengo que orar! ¡Qué fastidio!” ¿Cuesta orar? Sí cuesta.
¿Qué cuesta? Para comenzar, ya lo hemos dicho: Vencerse a sí mismo. Y luego, tiempo. Fíjense, hay que decir las cosas claras. Si orar fuera tan agradable como comerse una torta de chocolate, o comer un helado, todos estaríamos todo el tiempo empachados de oración. Pero ¿quién se empacha de oración? ¿Quién se empacha intercediendo? Nosotros nos empachamos de otras cosas. “¡Uy, he comido demasiado! Tengo que hacer dieta un par de días.” Orar cuesta, tenemos que reconocerlo. Orar es un sacrificio, porque tenemos que sacrificar nuestro tiempo.
[En este punto de la charla una persona me interrumpió para decirme: “Yo oro cuando voy de compras; cuando estoy en camino, voy orando, orando.”]
[Le respondo: “La próxima vez vamos a pedirte que nos lo expliques, porque eso que tú dices es una gran verdad, podemos orar todo el tiempo. Pablo nos lo dijo: ‘Orad sin cesar’. (1Ts 5) Lo que tú dices es absolutamente cierto. Podemos orar todo el tiempo”.]
Orar cuesta, porque hay cosas, humanamente hablando, más entretenidas que orar. El que lo niegue es un hipócrita creo yo, a menos que ore tan intensamente, tan profundamente, que apenas empieza a orar está en la presencia directa del Señor como en éxtasis. Claro que gozar de una intimidad profunda con Dios es mejor que cualquier otra actividad. Eso ya no es sacrificio, sino al contrario, un deleite. Pero ¿cuántos hay acá que puedan decir sinceramente que cuando oran están gozando? A veces, es cierto, ocurre que nos gozamos en la oración, y esas son ocasiones por las que debemos agradecer a Dios, ya que son un deleite que nos cuesta abandonar. Pero muchas veces comenzar a orar es como cuando antaño se quería arrancar el auto, y había que hacer girar la palanca con gran esfuerzo para que el motor arrancara.
Orar es un esfuerzo porque, por lo general, sólo después de haber alabado y cantado un buen tiempo, empezamos a sentirnos alegres. Así que no nos engañemos, orar cuesta. También cuesta en el sentido del gasto de energías que demanda. Si uno ora intensamente, al cabo de un rato se da cuenta de que se ha cansado y de que está sudando. ¿O no les sucede eso a ustedes? Orar y clamar al Señor demanda esfuerzo, de manera que cuesta también energías. Uno se cansa orando. Pero ¿Cuál es la ventaja? ¿Qué ganamos con orar? Antes de contestar a esa pregunta quisiera anotar algo que olvidaba, y es que si uno quiere orar más profundamente, necesita retirarse para estar en soledad. Por algo Jesús dijo: “Entra en tu cámara secreta y a solas habla, a tu Padre.” (Mt 6:6).
Pues volviendo a la pregunta que dejamos en suspenso, orar tiene ciertamente un costo para nosotros, pero es un costo al que acompaña una gran recompensa.
¿Cuántos de ustedes han ahorrado a lo largo de su vida para contar con un respaldo cuando llegue el momento de jubilarse? ¿Para no confiar solamente en la jubilación, que sabemos no es ninguna maravilla, sino tener algo más? ¿Cuántos de nosotros hemos puesto de lado algo cada mes para que, si nos sobreviene una emergencia, no estemos desamparados? Sin embargo Jesús dijo: “No acumuléis tesoros en la tierra donde la polilla y el orín corrompen, y donde los ladrones horadan y hurtan, sino haceos tesoros en el cielo donde ni la polilla ni el orín corrompen, y donde ladrones no minan ni hurtan.” (Mt 6:19,20) Cuando nosotros oramos por otros, cuando sacrificamos nuestro tiempo, gastando energías y privándonos de la compañía agradable de parientes y amigos, estamos acumulando un tesoro en el cielo, y Dios lo tendrá en cuenta. Algún día iremos arriba y veremos el tesoro que hemos acumulado. ¿No tendrían ustedes curiosidad por ver cuál es su tesoro? Le pedirán al ángel que los reciba: “A ver, enséñame dónde está mi tesoro”. Entonces te llevarán a un enorme depósito maravillosamente iluminado y radiante: “Acá están las cámaras secretas, acá están las cajas fuertes del cielo, y acá está el tesoro que tú has acumulado”. “¡Ay Señor! ¡tan poquito! ¡Unas cuantas moneditas de oro celestial! ¿Nada más? ¡Uy, qué poco he guardado, Señor!” Es que tú te dedicaste a divertirte, a darte la gran vida. Pero otro encontrará que, como fruto de sus esfuerzos en la viña del Señor, ha acumulado un tesoro grandazo. Tendrá no uno sino dos cuartos llenos de oro más grandes que el cuarto del rescate de Atahualpa. Un inmenso tesoro acumulado a lo largo de su vida. ¿Cómo acumuló ese tesoro? Dios sabe cómo.
Yo estoy seguro de que buena parte de nuestro tesoro celestial estará formado por las oraciones que hemos elevado por otros. También incluirá la palabra que hemos dado a otros, las personas que hemos llevado a los pies de Cristo; los actos de bondad, de caridad que hemos realizado; la ayuda que hemos proporcionado a otros; los sufrimientos y las injusticias que hemos soportado con paciencia, por amor de nuestro Señor. Todo eso formará parte de nuestro tesoro. Tenemos allá una cuenta con una contabilidad infalible donde está todo apuntado, todo, todo, sin que se pierda nada.
Hay un salmo que dice que las lágrimas de los justos son preciosas a los ojos de Dios, y que Él las pone en su redoma y las anota en su libro (Sal 56:8). También cuando oramos de pena por alguien eso se apunta arriba. ¿Cuánto? Cinco gramos de lágrimas sinceras, pero no lágrimas de cocodrilo. Esas no cuentan. Cuando nos compadecemos de los demás Dios lo tiene en cuenta y un día lo veremos. Así que el día que estemos allá arriba no podremos quejarnos si nuestro tesoro es pequeñito, porque dependió de nosotros en gran parte cuánto acumulamos.
¿Cuáles son las demás recompensas que recibimos por orar e interceder por otros? Una de las más importantes es que hacerlo aumenta nuestra fe. ¿Cómo así? La razón es muy sencilla. Cuando oramos experimentamos poco a poco las respuestas de Dios. Hay personas que no tienen fe al orar y dicen “Es que yo oro y nunca pasa nada”. Si oran sin fe, dudando, ¿qué esperan alcanzar? Pero ¿cómo sabes que no pasa nada? Hay muchas cosas que suceden en el campo espiritual y que nosotros no vemos, y hay otras que suceden en el campo material y que sí vemos.
El primer beneficiario de la intercesión en el campo espiritual es la persona que ora, aunque ella misma no lo sienta ni lo vea. Es el cambio que se produce en ella al acercarse a Dios.
Por el lado material puede puede ocurrir, por ejemplo, que oremos para que alguien encuentre trabajo, y de pronto lo consigue. ¿A quién se lo debe? A la intercesión. Fuimos a orar por un enfermo y se sanó. ¡Ah, la oración funciona! Es bueno saberlo. Cuando experimentamos las respuestas a la oración, cuando lo vemos con nuestros propios ojos, nuestra fe inevitablemente aumenta porque vemos que funciona. ¿Recuerdan cuando los apóstoles le pidieron a Jesús: “Auméntanos la fe”? (Lc 17:5) Jesús les respondió: “Si tuviérais fe como un grano de mostaza, podríais decir a este sicómoro: Desarráigate y plántate en el mar; y os obedecería.” (17:6) ¿Quieren que su fe aumente? Oren por otros, intercedan por las necesidades ajenas, y cuando vean los resultados de su intercesión, su fe va a aumentar. Cuando vean que la oración produce resultados, orarán cada día con más confianza viendo que Dios escucha y responde.
Éste es uno de los grandes beneficios de la oración: Que nuestra fe se fortalece al constatar como Dios responde, y a veces, de una manera inesperada y maravillosa, más allá de lo que habíamos pedido y esperado (Ef 3:20).
Podemos pedir por tantas cosas que Dios se complace en concedernos si lo hacemos con fe y corazón generoso. Cuando disfrutamos de la respuesta de Dios nos decimos: Esta llave es buena, sirve para abrir puertas; es una ganzúa útil para abrir los tesoros. En verdad, la oración es una ganzúa, no de ladrón sino de intercesor, que abre las puertas de las bendiciones de Dios. Así que si quieres abrir esas portones de hierro que parecen inexorablemente cerrados, recurre a la ganzúa que abre todas las cerraduras. Esa ganzúa, esa llave maestra, es la oración y tu fe va a aumentar a medida que la uses y veas que sí funciona.
Otra de las recompensas de la intercesión es que cuando oramos nuestra salud mejora. Ahora, yo no puedo mostrarles un certificado médico que diga que mi salud mejoró porque he orado, pero es mi experiencia. ¿Cuál será el motivo? Cuando oramos nos llenamos del Espíritu Santo. Estamos delante de la presencia de Dios y del Espíritu de vida. Pablo escribió: “El que resucitó a Jesús de los muertos vivificará también nuestros cuerpos mortales”. (Rm 8:11) ¿Dios no va a infundir vida a nuestras células si nos llenamos de su Espíritu? ¿No va a vitalizar la sangre que riega nuestras células? ¿No nos sentimos bien después de haber orado, y llenos de alegría? ¿No tiene la oración resultados positivos sobre nuestro cuerpo? Si nos mantenemos en la presencia de Dios orando, Dios nos concede salud, y aumenta nuestras fuerzas. Dios sabe por qué algunos tienen más y otros menos, pero yo creo que una parte de los recursos que Dios nos ha dado para gozar de buena salud es simplemente pasar una parte de nuestro tiempo delante de Él, gozando de la presencia de su Espíritu y dejando que su Espíritu nos llene.
#562 (15.02.09) Depósito Legal #2004-5581. Director: José Belaunde M. Dirección: Independencia 1231, Miraflores, Lima, Perú 18. Tel 4227218. (Resolución #003694-2004/OSD-INDECOPI).
viernes, 13 de febrero de 2009
SECRETOS DE LA INTERCESIÓN I
Esta serie de artículos está basada en la trascripción de un ciclo de enseñanzas dadas en las reuniones de la Edad de Oro de la C.C. Agua Viva hace unos cuatro años. Al revisar el texto se ha mantenido el carácter informal e improvisado de la charla, así como alguna repetición inevitable.
¿Qué cosa es interceder? Es orar por una persona, esté o no presente, que pasa por alguna dificultad o por un momento de angustia, o que tiene una necesidad apremiante. En otras palabras, interceder es interponerse entre una persona, o un grupo de personas (eventualmente incluso una nación), que tienen determinada necesidad, y el Dios Todopoderoso que puede suplirla, para pedirle que conceda lo solicitado. Interceder es pues suplicar, pedir por alguien. Ese es un papel maravilloso, es el papel más noble que puede asumir un cristiano porque al desempeñarlo hace lo que Jesús está haciendo en este mismo momento en el cielo.
¿Quién es nuestro intercesor? Jesús. Interceder por nosotros es la tarea que Jesús cumple ahora en los cielos. La epístola a los Hebreos dice que Jesús actualmente se dedica a interceder por nosotros delante del trono del Padre. Lo explica en un pasaje que habla de la función del sumo sacerdote en el templo de Jerusalén, el día de expiación, cuando entraba con la sangre de machos cabríos y de becerros al Lugar Santísimo para expiar los pecados del pueblo: “Y además los otros sacerdotes llegaron a ser muchos, debido a que la muerte les impedía continuar; mas éste (Jesucristo, se entiende), por cuanto permanece para siempre, tiene un sacerdocio inmutable; por lo cual puede también salvar completamente a los que por medio de él se acercan a Dios, viviendo siempre para interceder por ellos.” (Hb 9:23-25. Véase también Hb 7:25) ¡Qué interesante es lo que dice acá! Dice que Jesús vive siempre. ¿Cómo es eso de que Jesús vive? ¿No murió Él acaso? Sí murió, es cierto, pero resucitó al tercer día y vive para siempre. ¿Para qué vive? Para interceder por nosotros. Ése es su oficio, ésa es su principal ocupación ahora. ¿Se dan cuenta? Él está ciertamente también gozando de la presencia de su Padre, pero lo que Él hace al mismo tiempo allá arriba –si es que se puede hablar de tiempo en el cielo- es interceder continuamente por nosotros.
¿Cómo intercede Jesús por nosotros? La epístola a los Hebreos nos da también la respuesta en un pasaje donde contrapone el ministerio de Jesús con la forma cómo ministraba el Sumo Sacerdote en la antigua alianza al entrar al Lugar Santísimo: “Pero estando ya presente Cristo, como sumo sacerdote de los bienes venideros, entró por otro más amplio y más perfecto tabernáculo, no hecho de manos, es decir, no de esta creación.” El sumo sacerdote en el antiguo pacto entraba al Lugar Santísimo del templo hecho por manos humanas, no a un templo celestial. Era un templo material, hecho no diré de ladrillos y cemento, sino de piedras y de madera, como se construía entonces. Pero Jesús entró a un tabernáculo espiritual, no hecho por manos humanas, esto es, entró a la presencia de su Padre en lo alto: “Entró no por medio de la sangre de machos cabríos ni de becerros, sino por medio de su propia sangre,” -la sangre que Él derramó en la cruz- y “entró una vez para siempre en el santuario, habiendo obtenido eterna redención.” (Hb 9:11,12)
Esto quiere decir que Jesús actualmente en el cielo le está presentando al Padre continuamente su sacrificio hecho en la cruz, su sacrificio expiatorio, y mostrándole la sangre que Él derramó por nuestros pecados para que por el mérito y la virtud de esa sangre (es decir, de su muerte) el Padre nos perdone nuestros pecados, y alcancemos gracia delante de sus ojos.
Tratemos de hacer memoria: ¿Cuándo y cómo se convirtieron ustedes? Alguno dirá que fue porque un día entró a la iglesia de casualidad y respondió al llamado; o porque escuchó un programa en la radio o en la TV; o porque alguien le habló de Cristo. Cualquiera que fuera el medio inmediato, o el instrumento usado por Dios, ¿por qué recibiste tú esa gracia? ¿Lo sabes? Porque Jesús había intercedido por ti delante del trono de su Padre, rogando por tu salvación. Es en virtud de esa intercesión suya que tú y yo hemos recibido la gracia de la fe por la cual hemos entrado en este camino que lleva a la vida eterna, y por la cual su sangre ha sido aplicada a nuestros pecados para que sean limpiados.
De manera que todos los que somos salvos, lo somos como resultado de la intercesión constante de Jesús ante el trono de su Padre por los perdidos. Nosotros le debemos no solamente el hecho de que Él muriera por nosotros, pagando por nuestras faltas y pecados, sino también el hecho de que nosotros hayamos creído en Él.
Porque de nada nos serviría que Jesús haya muerto por nosotros si no obtenemos el beneficio por el cual Él murió en la cruz. De nada nos valdría que Jesús haya pagado por nuestros pecados si nosotros no nos apropiamos de la salvación que Él ha provisto para nosotros. De nada nos serviría si no nos la apropiamos, no como quien coge algo que no le pertenece, sino como quien recibe por gracia (es decir, gratuitamente) algo que Dios le ofrece. Lo único que nosotros tenemos que hacer para recibir la salvación, es creer, pero aun ese creer es una gracia (Ef 2:8).
Yo no puedo decir pues, como quien se jacta e hincha el pecho, “yo creí”. Creíste porque Dios te concedió la gracia de creer. ¿Y por qué te la concedió? Porque Jesús intercedió por ti. Nosotros todos somos hijos, es decir, fruto de la intercesión de Nuestro Señor Jesucristo en el cielo a favor nuestro. A Él le debemos no sólo la gracia del perdón de nuestros pecados; le debemos también la gracia de nuestra conversión, sin la cual Él habría muerto inútilmente por nosotros.
Ahora bien, ¿qué papel nos toca a nosotros desempeñar entonces? Cuando nosotros intercedemos por los pecadores, nosotros nos unimos a la tarea que Jesús cumple en este momento. Es decir, nosotros apoyamos su oración, intercedemos con Él, secundamos su obra. ¡Miren qué gracia maravillosa! ¡Qué privilegio! Él nos concede el honor de poder unir nuestras oraciones a la suya, de unir nuestra intercesión a la suya, cuando pedimos por la conversión de los pecadores. Porque ésa es la primera y más alta intención de su oración.
Hay muchas intenciones buenas por las cuales nosotros podemos orar. Nosotros oramos por muchas cosas buenas: oramos por la iglesia, oramos por el país, oramos por la salud y por los problemas económicos de la gente. Todo eso es muy bueno, pero no es nada, nada, comparado con pedir por la salvación de las almas. Jesús lo dijo: “¿De qué le sirve al hombre ganar al mundo si pierde su alma?” (Mt 16:26) ¿De qué le sirve a fulanito conseguir un buen empleo si después se condena? ¿De qué le sirve a tal persona ser sanada de su enfermedad, si no se va al cielo? Mejor fuera, como dijo Jesús, que vaya cojo o manco al cielo, y no que con sus miembros enteros se vaya al infierno (Mr 9:43).
En otras palabras, la primera de todas las intenciones, el primer y más importante de todas los motivos por los cuales debemos orar, es por la conversión de los pecadores, porque fue para eso que Jesús vino a la tierra, esto es, para salvarnos.
¿Para qué vino Él? Vino para enseñar, claro está; vino también para sanar a los enfermos, es cierto. Pero vino principalmente para morir por nosotros, para que nos salvemos. Ésa fue su misión, ésa fue su tarea, ésa fue su meta, ése fue su objetivo, y ése sigue siéndolo ahora que está en el cielo.
Así que si nosotros amamos a Jesús, si lo amamos realmente, uniremos nuestros esfuerzos a lo que fue y es su meta principal: salvar a los pecadores.
Pero notemos lo siguiente: Si bien es cierto que Él murió para expiar los pecados de todos los hombres, ningún hombre se salva si no aplica a sus pecados la sangre derramada de Jesús, esto es, si no se arrepiente y cree. La obra hecha por Jesús al morir en la cruz fue tremenda, pero es una obra incompleta, mientras no se salven todos los que deben serlo, “hasta que haya entrado.-como dice Pablo- la multitud de los gentiles” (Rm 11:25) y de los judíos que no creen. Y por eso está Él intercediendo en el cielo: para completar su obra. Y Él quiere completarla con nuestra colaboración.
Entonces, ¿cómo colaboramos nosotros con la obra de Jesús de salvar a los hombres? Primero, orando por ellos y después, llevándoles la palabra de salvación. Pero la palabra de salvación no producirá ningún resultado en los corazones si no está ungida por el Espíritu Santo, es decir, si no hemos orado previamente.
Todo lo que nosotros hacemos funciona y tiene buen resultado si oramos. Si no oramos, las cosas van a resultar a medias. Es como cuando yo quiero ir a tal parte. Me subo a mi auto, prendo el motor, pero no arranca porque me olvidé de ponerle gasolina. Sin gasolina el auto no va a ninguna parte. De igual manera, sin oración las cosas que hace el cristiano no funcionan, o funcionan mal, o funcionan a medias. Así que todo lo que hagamos, hagámoslo precedido por la oración para que Dios bendiga y respalde y unja lo que hacemos.
Entonces, volviendo a lo que decía antes, nuestra preocupación principal, nuestro objetivo principal como intercesores, es orar por la conversión de los pecadores, a imitación de Jesús, porque eso es lo que Él está haciendo ahora en el cielo. Está orando por la conversión de esa inmensa masa humana que no le conoce, por la gran mayoría de los habitantes de este planeta, porque la gran mayoría de los que caminan sobre la tierra, algunos tendrán zapatos muy bonitos, y otros andarán descalzos, pero la gran mayoría de ellos se está yendo al infierno.
Nosotros somos afortunados porque somos salvos, pero no nos damos por satisfechos. Queremos jalar a otros para que se conviertan y también lo sean. Ese es el mejor regalo que podemos hacerle a nadie. Es el mejor regalo que podemos hacerle a nuestros hijos, es el mejor regalo que podemos hacerle a nuestros parientes y amigos. Sabemos también, sin embargo, que nosotros no somos siempre las personas más indicadas para predicarles a nuestros hijos y parientes cercanos. Pero orar sí podemos para que otros les prediquen. Entonces ¿qué cosa debemos pedir? Que los pecadores reciban la gracia del arrepentimiento, pues eso es lo que decide su destino eterno.
¿Qué fue lo que decidió que ustedes estén acá en este momento? O ¿por qué estoy yo acá? Porque ustedes y yo hemos recibido la gracia del arrepentimiento y de la fe, y gracias a ello somos salvos. Si no lo fuéramos estaríamos haciendo otra cosa.
Sin ese don podríamos tener todo lo que pudiéramos desear: mucho dinero, mucha fama, mucho éxito, todo lo que nuestro corazón apetezca. Pero al final, cuando nos entierren, nos enterrarían en un hueco mucho más profundo de lo que parece ser el hueco del campo santo en donde bajen nuestro féretro, porque nos hundirían en un hueco sin fondo, dondequiera que esté situado el infierno. Ése es el motivo por el cual pedimos que los pecadores se conviertan, para que cuando mueran sus almas vuelen al cielo.
He ahí el punto más importante de toda nuestra existencia: Dónde vamos a pasar la eternidad. La gente se preocupa por la casa donde va a vivir, y yo concedo que es muy importante. Pero por linda que sea tu casa, ahí vivirás sólo un número limitado de años y después te meten en un cajón que será la mansión definitiva de tu cuerpo. No importa que sea bonito o feo el cajón, porque el cadáver ni se entera. Pero tu alma irá a un lugar que será su morada definitiva, y ahí tu alma sí se dará cuenta de si es un lugar bueno o un lugar malo, porque estará plenamente conciente. Sufrirá terriblemente si va al lugar malo. Será maravillosamente feliz si va al lugar bueno. Entonces ¿qué importa si vivió en una casa bonita o fea en la tierra? ¿Se consolará en el infierno pensando en lo bonita que era su casa en la tierra? Maldecirá el día en que la compró y no pensó en su salvación eterna.
Tomen nota de lo siguiente: En todo momento, a toda hora, en cada instante, en todo el mundo, así como están naciendo seres humanos a razón de no sé cuántos bebés la hora (las estadísticas lo dirán), hay también muchísimas personas cuya vida está terminando, que están agonizando, que están muriendo, porque ése es el final de la vida de todos los seres humanos, y también lo será de la nuestra.
Pero la muerte del ser humano puede ser una muerte feliz o una muerte triste. ¿De qué depende que nuestra muerte sea feliz o sea triste? Depende de si morimos para irnos con el Señor, o si morimos para estar para siempre apartados de Él. En ese trance del morir se decide el destino eterno de todo ser humano.
Entonces, ¿por qué cosa debemos pedir? Porque todo esos miles y millares de seres humanos que hay en el mundo, y que el día de hoy están dejando su cuerpo físico, reciban la gracia de la salvación antes de despedirse de este mundo, de esta tierra, y de su cuerpo, y que sean recibidos por Dios en el cielo. Porque esto es lo fundamental, esto es lo decisivo. Lo demás es secundario.
Reitero pues la pregunta: ¿Cuál debe ser nuestra intención principal al orar? Que los que hoy van a enfrentar el juicio, y van a presentarse delante del Juez Eterno, lo hagan habiendo sido redimidos y limpiados por la sangre de Jesús y puedan ser invitados a entrar al banquete celestial. Porque si no lo son, nada de lo que tuvieron y gozaron en la tierra les habrá servido de algo. Pero si son invitados a ese banquete, todas las penurias y miserias por las que pudieron haber pasado en la tierra serán transformadas en una alegría eterna.
NB. En el artículo anterior (“Por qué bautizas?” #560, del 01.02.09) cité de memoria una frase de San Agustín sobre la relación que hay entre la fe y el entendimiento: “No creo porque entiendo, sino creo para entender”. Esa frase sintetiza lo que Agustín escribe en varios de sus comentarios sobre los salmos, acerca de la relación entre la fe y el entendimiento, como acotación a una frase muy conocida de Isaías 7:9 (que en RV 60 reza: “Si vosotros no creyereis, de cierto no permaneceréis,”) pero que en la versión griega, llamada la Septuaginta (LXX), dice así: “Si vosotros no creéis, tampoco entenderéis;” así como también en su comentario al evangelio de Juan (“Conoceréis la verdad y verdad os hará libres.” 8:32). Sobre uno de esos pasajes Agustín comenta: “Entiende para que creas mi palabra; cree para que entiendas la palabra de Dios.” Sobre otro acota: “No por haber entendido creyeron, sino creyeron para entender.” En otro lugar explica: “Hay cosas en las que no creemos si no las entendemos, y hay otras que no entendemos si no las creemos.” Por último, en otro comentario escribe: “La fe abre las puertas al entendimiento; la incredulidad las cierra.”
#561 (08.02.09) Depósito Legal #2004-5581. Director: José Belaunde M. Dirección: Independencia 1231, Miraflores, Lima, Perú 18. Tel 4227218. (Resolución #003694-2004/OSD-INDECOPI).
¿Qué cosa es interceder? Es orar por una persona, esté o no presente, que pasa por alguna dificultad o por un momento de angustia, o que tiene una necesidad apremiante. En otras palabras, interceder es interponerse entre una persona, o un grupo de personas (eventualmente incluso una nación), que tienen determinada necesidad, y el Dios Todopoderoso que puede suplirla, para pedirle que conceda lo solicitado. Interceder es pues suplicar, pedir por alguien. Ese es un papel maravilloso, es el papel más noble que puede asumir un cristiano porque al desempeñarlo hace lo que Jesús está haciendo en este mismo momento en el cielo.
¿Quién es nuestro intercesor? Jesús. Interceder por nosotros es la tarea que Jesús cumple ahora en los cielos. La epístola a los Hebreos dice que Jesús actualmente se dedica a interceder por nosotros delante del trono del Padre. Lo explica en un pasaje que habla de la función del sumo sacerdote en el templo de Jerusalén, el día de expiación, cuando entraba con la sangre de machos cabríos y de becerros al Lugar Santísimo para expiar los pecados del pueblo: “Y además los otros sacerdotes llegaron a ser muchos, debido a que la muerte les impedía continuar; mas éste (Jesucristo, se entiende), por cuanto permanece para siempre, tiene un sacerdocio inmutable; por lo cual puede también salvar completamente a los que por medio de él se acercan a Dios, viviendo siempre para interceder por ellos.” (Hb 9:23-25. Véase también Hb 7:25) ¡Qué interesante es lo que dice acá! Dice que Jesús vive siempre. ¿Cómo es eso de que Jesús vive? ¿No murió Él acaso? Sí murió, es cierto, pero resucitó al tercer día y vive para siempre. ¿Para qué vive? Para interceder por nosotros. Ése es su oficio, ésa es su principal ocupación ahora. ¿Se dan cuenta? Él está ciertamente también gozando de la presencia de su Padre, pero lo que Él hace al mismo tiempo allá arriba –si es que se puede hablar de tiempo en el cielo- es interceder continuamente por nosotros.
¿Cómo intercede Jesús por nosotros? La epístola a los Hebreos nos da también la respuesta en un pasaje donde contrapone el ministerio de Jesús con la forma cómo ministraba el Sumo Sacerdote en la antigua alianza al entrar al Lugar Santísimo: “Pero estando ya presente Cristo, como sumo sacerdote de los bienes venideros, entró por otro más amplio y más perfecto tabernáculo, no hecho de manos, es decir, no de esta creación.” El sumo sacerdote en el antiguo pacto entraba al Lugar Santísimo del templo hecho por manos humanas, no a un templo celestial. Era un templo material, hecho no diré de ladrillos y cemento, sino de piedras y de madera, como se construía entonces. Pero Jesús entró a un tabernáculo espiritual, no hecho por manos humanas, esto es, entró a la presencia de su Padre en lo alto: “Entró no por medio de la sangre de machos cabríos ni de becerros, sino por medio de su propia sangre,” -la sangre que Él derramó en la cruz- y “entró una vez para siempre en el santuario, habiendo obtenido eterna redención.” (Hb 9:11,12)
Esto quiere decir que Jesús actualmente en el cielo le está presentando al Padre continuamente su sacrificio hecho en la cruz, su sacrificio expiatorio, y mostrándole la sangre que Él derramó por nuestros pecados para que por el mérito y la virtud de esa sangre (es decir, de su muerte) el Padre nos perdone nuestros pecados, y alcancemos gracia delante de sus ojos.
Tratemos de hacer memoria: ¿Cuándo y cómo se convirtieron ustedes? Alguno dirá que fue porque un día entró a la iglesia de casualidad y respondió al llamado; o porque escuchó un programa en la radio o en la TV; o porque alguien le habló de Cristo. Cualquiera que fuera el medio inmediato, o el instrumento usado por Dios, ¿por qué recibiste tú esa gracia? ¿Lo sabes? Porque Jesús había intercedido por ti delante del trono de su Padre, rogando por tu salvación. Es en virtud de esa intercesión suya que tú y yo hemos recibido la gracia de la fe por la cual hemos entrado en este camino que lleva a la vida eterna, y por la cual su sangre ha sido aplicada a nuestros pecados para que sean limpiados.
De manera que todos los que somos salvos, lo somos como resultado de la intercesión constante de Jesús ante el trono de su Padre por los perdidos. Nosotros le debemos no solamente el hecho de que Él muriera por nosotros, pagando por nuestras faltas y pecados, sino también el hecho de que nosotros hayamos creído en Él.
Porque de nada nos serviría que Jesús haya muerto por nosotros si no obtenemos el beneficio por el cual Él murió en la cruz. De nada nos valdría que Jesús haya pagado por nuestros pecados si nosotros no nos apropiamos de la salvación que Él ha provisto para nosotros. De nada nos serviría si no nos la apropiamos, no como quien coge algo que no le pertenece, sino como quien recibe por gracia (es decir, gratuitamente) algo que Dios le ofrece. Lo único que nosotros tenemos que hacer para recibir la salvación, es creer, pero aun ese creer es una gracia (Ef 2:8).
Yo no puedo decir pues, como quien se jacta e hincha el pecho, “yo creí”. Creíste porque Dios te concedió la gracia de creer. ¿Y por qué te la concedió? Porque Jesús intercedió por ti. Nosotros todos somos hijos, es decir, fruto de la intercesión de Nuestro Señor Jesucristo en el cielo a favor nuestro. A Él le debemos no sólo la gracia del perdón de nuestros pecados; le debemos también la gracia de nuestra conversión, sin la cual Él habría muerto inútilmente por nosotros.
Ahora bien, ¿qué papel nos toca a nosotros desempeñar entonces? Cuando nosotros intercedemos por los pecadores, nosotros nos unimos a la tarea que Jesús cumple en este momento. Es decir, nosotros apoyamos su oración, intercedemos con Él, secundamos su obra. ¡Miren qué gracia maravillosa! ¡Qué privilegio! Él nos concede el honor de poder unir nuestras oraciones a la suya, de unir nuestra intercesión a la suya, cuando pedimos por la conversión de los pecadores. Porque ésa es la primera y más alta intención de su oración.
Hay muchas intenciones buenas por las cuales nosotros podemos orar. Nosotros oramos por muchas cosas buenas: oramos por la iglesia, oramos por el país, oramos por la salud y por los problemas económicos de la gente. Todo eso es muy bueno, pero no es nada, nada, comparado con pedir por la salvación de las almas. Jesús lo dijo: “¿De qué le sirve al hombre ganar al mundo si pierde su alma?” (Mt 16:26) ¿De qué le sirve a fulanito conseguir un buen empleo si después se condena? ¿De qué le sirve a tal persona ser sanada de su enfermedad, si no se va al cielo? Mejor fuera, como dijo Jesús, que vaya cojo o manco al cielo, y no que con sus miembros enteros se vaya al infierno (Mr 9:43).
En otras palabras, la primera de todas las intenciones, el primer y más importante de todas los motivos por los cuales debemos orar, es por la conversión de los pecadores, porque fue para eso que Jesús vino a la tierra, esto es, para salvarnos.
¿Para qué vino Él? Vino para enseñar, claro está; vino también para sanar a los enfermos, es cierto. Pero vino principalmente para morir por nosotros, para que nos salvemos. Ésa fue su misión, ésa fue su tarea, ésa fue su meta, ése fue su objetivo, y ése sigue siéndolo ahora que está en el cielo.
Así que si nosotros amamos a Jesús, si lo amamos realmente, uniremos nuestros esfuerzos a lo que fue y es su meta principal: salvar a los pecadores.
Pero notemos lo siguiente: Si bien es cierto que Él murió para expiar los pecados de todos los hombres, ningún hombre se salva si no aplica a sus pecados la sangre derramada de Jesús, esto es, si no se arrepiente y cree. La obra hecha por Jesús al morir en la cruz fue tremenda, pero es una obra incompleta, mientras no se salven todos los que deben serlo, “hasta que haya entrado.-como dice Pablo- la multitud de los gentiles” (Rm 11:25) y de los judíos que no creen. Y por eso está Él intercediendo en el cielo: para completar su obra. Y Él quiere completarla con nuestra colaboración.
Entonces, ¿cómo colaboramos nosotros con la obra de Jesús de salvar a los hombres? Primero, orando por ellos y después, llevándoles la palabra de salvación. Pero la palabra de salvación no producirá ningún resultado en los corazones si no está ungida por el Espíritu Santo, es decir, si no hemos orado previamente.
Todo lo que nosotros hacemos funciona y tiene buen resultado si oramos. Si no oramos, las cosas van a resultar a medias. Es como cuando yo quiero ir a tal parte. Me subo a mi auto, prendo el motor, pero no arranca porque me olvidé de ponerle gasolina. Sin gasolina el auto no va a ninguna parte. De igual manera, sin oración las cosas que hace el cristiano no funcionan, o funcionan mal, o funcionan a medias. Así que todo lo que hagamos, hagámoslo precedido por la oración para que Dios bendiga y respalde y unja lo que hacemos.
Entonces, volviendo a lo que decía antes, nuestra preocupación principal, nuestro objetivo principal como intercesores, es orar por la conversión de los pecadores, a imitación de Jesús, porque eso es lo que Él está haciendo ahora en el cielo. Está orando por la conversión de esa inmensa masa humana que no le conoce, por la gran mayoría de los habitantes de este planeta, porque la gran mayoría de los que caminan sobre la tierra, algunos tendrán zapatos muy bonitos, y otros andarán descalzos, pero la gran mayoría de ellos se está yendo al infierno.
Nosotros somos afortunados porque somos salvos, pero no nos damos por satisfechos. Queremos jalar a otros para que se conviertan y también lo sean. Ese es el mejor regalo que podemos hacerle a nadie. Es el mejor regalo que podemos hacerle a nuestros hijos, es el mejor regalo que podemos hacerle a nuestros parientes y amigos. Sabemos también, sin embargo, que nosotros no somos siempre las personas más indicadas para predicarles a nuestros hijos y parientes cercanos. Pero orar sí podemos para que otros les prediquen. Entonces ¿qué cosa debemos pedir? Que los pecadores reciban la gracia del arrepentimiento, pues eso es lo que decide su destino eterno.
¿Qué fue lo que decidió que ustedes estén acá en este momento? O ¿por qué estoy yo acá? Porque ustedes y yo hemos recibido la gracia del arrepentimiento y de la fe, y gracias a ello somos salvos. Si no lo fuéramos estaríamos haciendo otra cosa.
Sin ese don podríamos tener todo lo que pudiéramos desear: mucho dinero, mucha fama, mucho éxito, todo lo que nuestro corazón apetezca. Pero al final, cuando nos entierren, nos enterrarían en un hueco mucho más profundo de lo que parece ser el hueco del campo santo en donde bajen nuestro féretro, porque nos hundirían en un hueco sin fondo, dondequiera que esté situado el infierno. Ése es el motivo por el cual pedimos que los pecadores se conviertan, para que cuando mueran sus almas vuelen al cielo.
He ahí el punto más importante de toda nuestra existencia: Dónde vamos a pasar la eternidad. La gente se preocupa por la casa donde va a vivir, y yo concedo que es muy importante. Pero por linda que sea tu casa, ahí vivirás sólo un número limitado de años y después te meten en un cajón que será la mansión definitiva de tu cuerpo. No importa que sea bonito o feo el cajón, porque el cadáver ni se entera. Pero tu alma irá a un lugar que será su morada definitiva, y ahí tu alma sí se dará cuenta de si es un lugar bueno o un lugar malo, porque estará plenamente conciente. Sufrirá terriblemente si va al lugar malo. Será maravillosamente feliz si va al lugar bueno. Entonces ¿qué importa si vivió en una casa bonita o fea en la tierra? ¿Se consolará en el infierno pensando en lo bonita que era su casa en la tierra? Maldecirá el día en que la compró y no pensó en su salvación eterna.
Tomen nota de lo siguiente: En todo momento, a toda hora, en cada instante, en todo el mundo, así como están naciendo seres humanos a razón de no sé cuántos bebés la hora (las estadísticas lo dirán), hay también muchísimas personas cuya vida está terminando, que están agonizando, que están muriendo, porque ése es el final de la vida de todos los seres humanos, y también lo será de la nuestra.
Pero la muerte del ser humano puede ser una muerte feliz o una muerte triste. ¿De qué depende que nuestra muerte sea feliz o sea triste? Depende de si morimos para irnos con el Señor, o si morimos para estar para siempre apartados de Él. En ese trance del morir se decide el destino eterno de todo ser humano.
Entonces, ¿por qué cosa debemos pedir? Porque todo esos miles y millares de seres humanos que hay en el mundo, y que el día de hoy están dejando su cuerpo físico, reciban la gracia de la salvación antes de despedirse de este mundo, de esta tierra, y de su cuerpo, y que sean recibidos por Dios en el cielo. Porque esto es lo fundamental, esto es lo decisivo. Lo demás es secundario.
Reitero pues la pregunta: ¿Cuál debe ser nuestra intención principal al orar? Que los que hoy van a enfrentar el juicio, y van a presentarse delante del Juez Eterno, lo hagan habiendo sido redimidos y limpiados por la sangre de Jesús y puedan ser invitados a entrar al banquete celestial. Porque si no lo son, nada de lo que tuvieron y gozaron en la tierra les habrá servido de algo. Pero si son invitados a ese banquete, todas las penurias y miserias por las que pudieron haber pasado en la tierra serán transformadas en una alegría eterna.
NB. En el artículo anterior (“Por qué bautizas?” #560, del 01.02.09) cité de memoria una frase de San Agustín sobre la relación que hay entre la fe y el entendimiento: “No creo porque entiendo, sino creo para entender”. Esa frase sintetiza lo que Agustín escribe en varios de sus comentarios sobre los salmos, acerca de la relación entre la fe y el entendimiento, como acotación a una frase muy conocida de Isaías 7:9 (que en RV 60 reza: “Si vosotros no creyereis, de cierto no permaneceréis,”) pero que en la versión griega, llamada la Septuaginta (LXX), dice así: “Si vosotros no creéis, tampoco entenderéis;” así como también en su comentario al evangelio de Juan (“Conoceréis la verdad y verdad os hará libres.” 8:32). Sobre uno de esos pasajes Agustín comenta: “Entiende para que creas mi palabra; cree para que entiendas la palabra de Dios.” Sobre otro acota: “No por haber entendido creyeron, sino creyeron para entender.” En otro lugar explica: “Hay cosas en las que no creemos si no las entendemos, y hay otras que no entendemos si no las creemos.” Por último, en otro comentario escribe: “La fe abre las puertas al entendimiento; la incredulidad las cierra.”
#561 (08.02.09) Depósito Legal #2004-5581. Director: José Belaunde M. Dirección: Independencia 1231, Miraflores, Lima, Perú 18. Tel 4227218. (Resolución #003694-2004/OSD-INDECOPI).
martes, 3 de febrero de 2009
"¿POR QUÉ BAUTIZAS?"
Un Comentario al Evangelio de Juan 1:25-28
“Y le preguntaron y le dijeron: ¿Por qué pues bautizas, si tú no eres el Cristo, ni Elías, ni el profeta? Juan les respondió diciendo: Yo bautizo con agua, mas en medio de vosotros está uno a quien vosotros no conocéis. Este es el que viene después de mí, el que es antes de mí, del cual yo no soy digno de desatar la correa del calzado. Estas cosas sucedieron en Betábara, al otro lado del Jordán, donde Juan estaba bautizando.”
En el artículo anterior sobre este episodio (“¿Tú, quién eres?” #557 del 11.01.09) vimos que a la pregunta que le hacen a Juan Bautista los enviados del templo: “¿Qué dices de ti mismo?” él contesta que él es “la voz de uno que clama en el desierto”, negando que él pretendiera ser el Mesías, o Elías, o el profeta.
Ante esa respuesta los enviados prosiguen su interrogatorio con una pregunta referida a lo que Juan estaba haciendo a orillas del Jordán: ¿Por qué bautizas si tú no eres ninguno de esos personajes que hemos mencionado? Es como si le dijeran: ¿Quién te ha conferido autoridad para hacerlo?
Recordemos que cuando Jesús echó a los mercaderes del templo a Él también lo increparon: “¿Quién te ha dado autoridad para hacer esto?” (Mt 21:23).
En uno u otro caso los representantes del templo son incapaces de comprender que la autoridad que una persona pueda tener para hacer algo pueda proceder directamente de Dios sin intermediarios.
Los administradores de las funciones religiosas aborrecen todo amago de interferencia en el campo que ellos se han reservado en exclusiva, y abominan de los voluntarios e improvisados. Lo cual es en parte comprensible, pues es una forma de prevenir el desorden.
Sin embargo, ha habido algunos personajes de la historia que han realizado hazañas extraordinarias (Juana de Arco) o que han inaugurado formas nuevas de consagración a Dios (Francisco de Asís), obedeciendo a un impulso divino personal y directo. Y por ese motivo han enfrentado una fuerte oposición de las autoridades religiosas que, en el caso de la Doncella de Orleáns, la llevó a la hoguera. (Nota 1)
La nueva pregunta que le hacen a Juan los enviados del templo nos obliga explorar el tema del bautismo. Puesto que en los libros del Antiguo Testamento no figura la práctica del bautismo ¿de dónde sacó Juan la idea de bautizar a los pecadores arrepentidos?
Aunque el bautismo no figure en el AT es un hecho que el Levítico prescribe la realización de muchos lavamientos que debían practicar los sacerdotes oficiantes del Tabernáculo. Estos lavamientos eran símbolo de una purificación no sólo externa sino interna.
Pero no sólo los sacerdotes debían llevar a cabo ese rito, sino también toda persona que quisiera ofrecer un sacrificio que presentaba al sacerdote, debía previamente sumergirse en un pequeño estanque de purificación, llamado “Mikvá”, que estaba situado en el complejo del templo.
Es sabido, de otro lado, que los sectarios de Qumram, que estaban asentados en la orillas del Mar Muerto, en su afán obsesivo de pureza, practicaban un serie de abluciones e inmersiones en agua como parte de su liturgia diaria.
Por último, para no hacer demasiado larga la referencia histórica, es sabido que desde por lo menos dos siglos antes de Cristo, si no más, toda persona que quisiera convertirse al judaísmo debía someterse a un triple rito. Antes que nada –tratándose de un varón- debía ser circuncidado, lo cual simbolizaba su incorporación al pacto sinaítico y su compromiso de obedecer a toda la ley; segundo, una vez que la cicatriz de la circuncisión hubiera sanado, debía realizar un baño de purificación en la “mikvá” del templo. Por último debía ofrecer un sacrificio, que en nuestro tiempo, no existiendo el templo, es reemplazado por una ceremonia de aceptación del converso. Al segundo paso, se le solía llamar “bautizo de prosélitos”.
De modo que el rito en sí que Juan llevaba a cabo con los que acudían a él no debía parecerles a los enviados una práctica innovadora con la que no estuvieran familiarizados, salvo el hecho de que no se hiciera dentro del marco acostumbrado.
No obstante, el bautismo que realizaba Juan era algo muy diferente y de mayor trascendencia que un simple baño ceremonial. Era un bautismo de arrepentimiento en el cual los que se bautizaban confesaban sus pecados.
De ahí que cuando Jesús viene a él para hacerse bautizar Juan objete: ¿Tú vienes a mí? Es decir, ¿acaso tienes tú algún pecado que confesar?, porque él sabía muy bien que en Jesús no había ni sombra de pecado.
Lo que a los enviados de los sacerdotes les indignaba era que Juan bautizara sin estar autorizado ni calificado para hacerlo, ya que él no sólo bautizaba sino que, además, amonestaba a los pecadores arrepentidos acerca de lo que debían hacer y de cómo debían comportarse en adelante: compartir sus bienes con los necesitados, no cobrar más impuestos de lo debido, no extorsionar ni calumniar a nadie, sino contentarse con su paga (¡Cómo se cumplieran en nuestro tiempo esos consejos de Juan!).
A la pregunta de los enviados de por qué él bautizaba Juan contesta: “Yo bautizo con agua, mas en medio de vosotros está uno que vosotros no conocéis.” (Jn 1:26). La clave del sentido de la frase de Juan es la partícula adversativa “mas” o “pero”. Es decir: “Yo bautizo con agua, pero en medio de vosotros…”
Es curioso que el evangelista no nos dé completas aquí las palabras del Bautista, tal como figuran en los sinópticos. A las palabras que Juan consigna, Mateo añade: “El os bautizará en Espíritu Santo y fuego.” (Mt 3:11).
Tengo algo que decir acerca de esta frase de Mateo, pero por ahora concentrémonos en las palabras de Juan que acabamos de citar: “En medio de vosotros está uno…”.
Él alude a la presencia de Jesús entre la multitud de personas que acudían a ser bautizados. ¿Cómo sabía Juan que Jesús estaba ahí? La explicación se da algunos versículos más adelante, cuando dice: “Yo no lo conocía; pero el que me envió a bautizar con agua me dijo: ‘Sobre quien veas descender el Espíritu y que permanece sobre él, ése es el que bautiza con el Espíritu Santo.’” (vers. 33)
El Bautista sabe que Jesús está ahí porque el Espíritu se lo ha revelado de una manera sobrenatural. ¿Qué más sabía Juan acerca de Jesús? ¿Se habían conocido antes? Según el evangelio de Juan, no parece, pero dado que eran parientes, podemos suponer que por lo menos habían oído hablar el uno del otro.
Jesús había llevado hasta entonces, como sabemos, una vida oculta a los ojos del mundo, pero ahora va a empezar su carrera pública. Se va a revelar a los ojos del mundo y será, como había sido predicho por Simeón, un signo de contradicción, tan desafiante que su carrera pública terminará en el más cruel de los cadalsos.
Pero ¿para cuántas personas Jesús sigue estando oculto en el mundo porque, aunque hayan oído hablar de Él, no lo conocen, esto es, no lo reconocen por lo que es, ni se acercan a Él? Su presencia, que podría hacerles tanto bien, que podría cambiar sus vidas, es ignorada por la mayoría.
Esa gente necesita de Jesús, pero tienen ojos que no ven, y oídos que oyen pero no escuchan sus palabras (Mr 8:18; Is 6:10). Y porque no lo conocen ni lo escuchan siguen llevando vidas atormentadas, heridas, que podrían ser sanadas por Él. Siguen cautivos de los pecados que los esclavizan y de los cuales Él los podría liberar (“Si el Hijo os libertare seréis verdaderamente libres”, Jn 8:36)
Jesús no está ya físicamente entre nosotros pero está mucho más presente que cuando caminaba en el tierra, porque no está limitado por su cuerpo físico, sino que está en todas partes por medio del Espíritu Santo que lo representa (Jn 16:7). Pero el mundo lo ignora. Incluso Él viene a los suyos –como dice el Prólogo de este evangelio- y los suyos no le hacen caso. Son suyos porque dicen ser cristianos y muchos de ellos hasta han sido bautizados, pero Él no juega ningún papel en sus vidas. Ellos viven dándole la espalda. ¡Oh, qué ciertas y actuales son esas palabras: “Vino a lo suyo pero los suyos no lo recibieron.”! (Jn 1:11).
Jesús es el gran ignorado en nuestros días, aunque sean multitudes los que proclaman conocerlo y que se reclaman de Él, y confiesan su nombre. Lo confiesan en vano porque no lo hacen de una manera sincera, porque no se comprometen con Él, porque no le entregan sus vidas.
Son como el joven rico que una vez se acercó a Jesús queriendo hacerse discípulo suyo, pero se alejó decepcionado porque Jesús demandaba demasiado de él. Ignoraba que si bien Jesús demanda mucho para seguirlo, es mucho más lo que da a cambio: “De cierto os digo que no hay nadie que haya dejado casa, o padres, o hermanos, o mujer, o hijos, por el reino de Dios, que no haya de recibir mucho más en este tiempo, y en el siglo venidero la vida eterna.” (Lc 18:29,30; cf Jn 10:10).
Pero Jesús está también presente hoy día en medio nuestro en el hambriento, en el sediento, en el desnudo, en el forastero, en el enfermo, en el preso, y no le hacemos caso. Esto es, no le alcanzamos un plato de comida o un vaso de agua, no lo vestimos, ni lo acogemos, ni lo visitamos, como se queja Él mismo (Mt 25:35-40).
Juan prosigue diciendo: “Este es el que viene después de mí”, porque él había venido para preparar la venida de Jesús. Él era sólo el mensajero enviado para anunciar la venida del Mesías esperado (Mal 3:1). Y añade: “Él es antes de mí.” En otros términos, Él es más que yo.
Y porque es más que yo, Él pasa delante de mí, de modo que cuando Él empiece su obra, yo me eclipso. Cuando Él aparezca yo ya habré cumplido mi misión.
Juan añade unas palabras que muestran a la vez su humildad y su conciencia de la grandeza de Aquel cuya venida él había sido enviado a preparar: “Del cual yo no soy digno de desatar la correa del calzado.”
Quitar el calzado de las personas de rango era tarea de siervos o de esclavos, que se cumplía cuando los huéspedes llegaban a la casa y se dejaban descalzar para que se les lavara los pies. Jesús, como bien sabemos, se humilló delante de sus discípulos en la Última Cena, para realizar esa tarea de esclavos. (Jn 13:1-14)
Es muy interesante comparar la frase que acabamos de ver acerca de la superioridad de Jesús con una frase parecida que se encuentra en el Prólogo de este evangelio: “…es antes de mí, porque era primero que yo.” (ves. 15).
¿Quiere decir Juan que Jesús nació primero que él? No. Jesús nació unos seis meses después de Juan. Entonces, ¿cómo puede ser Jesús antes que uno que nació primero?
Lo que el Bautista dice ahí es que Jesús existía antes de que él naciera. Y sólo podía existir antes si era eterno. En ese versículo el evangelista reitera en términos diferentes lo que ha afirmado al inicio de su evangelio: “En el principio era (es decir, existía) el Verbo.” (Jn 1:1). El Verbo estaba con el Padre desde toda la eternidad porque era Dios. Sólo Dios puede existir eternamente.
Este Jesús que se vino desde Galilea a Judea para hacerse bautizar por Juan, y que ahora va a empezar a predicar y a hacer milagros, era un hombre como nosotros, sujeto a todas nuestras flaquezas, -salvo el pecado-, pero a la vez era Dios. ¿Podemos entenderlo? Eso está más allá del alcance de nuestro limitado intelecto. Fue San Agustin el que dijo algo así como (cito de memoria): “No creo porque entiendo, sino creo para entender”. (Nota 2) Más allá de lo que nuestra mente discursiva y lógica puede entender, el Espíritu nos da una comprensión intuitiva de las realidades espirituales que satisface nuestra razón.
Antes de seguir adelante notemos que con frecuencia hay personas en medio nuestro que no conocemos y que son ignoradas por todos, pero que en un momento dado pueden desempeñar un papel crucial. A eso se refiere una anécdota del Eclesiastés: “Una pequeña ciudad, y pocos hombres en ella; y viene contra ella un gran rey, y la asedia y levanta contra ella grandes baluartes; y se halla en ella un hombre pobre, sabio, el cual libra la ciudad con su sabiduría; y nadie se acordaba de ese hombre pobre.” (Ecl 9:14,15). ¿A cuántas de estas personas hemos dado las gracias cuando tocaron nuestras vidas? Quizá ni nos dimos cuenta del bien que nos hicieron.
Pero vayamos al tema que quedó pendiente. En el pasaje paralelo de Mateo que hemos mencionado antes, Juan Bautista dice: “El os bautizará en Espíritu Santo y fuego.” (Mt 3:11). Sabemos por el evangelio de Juan que cuando Jesús empezó su ministerio público, Él continuó con la costumbre de bautizar (Jn 3:22), aunque Él mismo no bautizaba, sino sus discípulos (4:2).
Los evangelios sinópticos no mencionan esta práctica de bautizar, pero el bautismo en agua se convirtió en un rito establecido de la iglesia, después de que Jesús partiera al cielo, y por instrucciones expresas suyas: “Id por todo el mundo y predicad el evangelio a toda criatura. El que creyere y fuere bautizado, será salvo…”. (Véase el pasaje paralelo en Mt 28:18-20).
El bautismo en agua se convirtió en el rito de admisión a la iglesia, en la señal del nuevo nacimiento, según hay huella abundante en el libro de los Hechos. (Véase por ejemplo Hch 2:38,41; 8:35-38; 9:18; 16:31-34; 19:4,5).
Jesús, estando en vida, no bautizó a nadie en el Espíritu Santo y fuego, pero la profecía del Bautista acerca de ese bautismo se hizo realidad el día de Pentecostés, cuando unos 120 discípulos estaban reunidos orando en el Aposento Alto, “y de repente vino del cielo un estruendo, como de un viento recio…y se les aparecieron lenguas como de fuego…y fueron todos llenos del Espíritu Santo y comenzaron a hablar en otras lenguas…” (Hch 2:2-4)
El bautismo en el Espíritu Santo jugó un papel muy importante en el surgimiento de la iglesia. En verdad fue una especie de catalizador de energías espirituales que hacía que la gente se convirtiera en gran número. Después de Pentecostés el incidente más importante ocurre en casa del centurión Cornelio, en donde, cuando Pedro estaba predicando, de repente cayó el Espíritu Santo sobre los gentiles asistentes y todos empezaron a hablar en otras lenguas (Hch 10:44-46). Como puede verse en ese pasaje, el bautismo en agua y en el Espíritu Santo se dieron juntos, uno después del otro. Esa fue la norma al comienzo de la iglesia. Pasadas las primeras décadas heroicas el bautismo en el Espíritu Santo fue siendo olvidado, pero resurgió con el movimiento pentecostal de comienzos del siglo XX, y se difundió por el mundo entero con el movimiento carismático de la década del 60.
Notas: 1. Francisco, por su lado, tuvo que aceptar algunos cambios a su programa, moderando su deseo de que sus “fraticelli” no poseyeran nada, ni siquiera conventos, como condición para que el Papa aprobara la regla de su orden.
2. Esa frase sintetiza lo que Agustín escribe en varios de sus comentarios sobre los salmos como acotación a una frase muy conocida de Isaías 7:9 -que en RV 60 reza: “Si vosotros no creyereis, de cierto no permaneceréis,”- pero que en la versión griega, llamada la Septuaginta (LXX), dice así: “Si vosotros no creéis, tampoco entenderéis;” así como en su comentario al evangelio de Juan (“Conoceréis la verdad y verdad os hará libres.” 8:32). Sobre uno de esos pasajes Agustín comenta: “Entiende para que creas mi palabra; cree para que entiendas la palabra de Dios.” Sobre otro: “No por haber entendido creyeron, sino creyeron para entender.” En otro lugar explica: “Hay cosas en las que no creemos si no las entendemos, y hay otras que no entendemos si no las creemos.” Por último, en otro comentario escribe: “La fe abre las puertas al entendimiento; la incredulidad se las cierra.”
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“Y le preguntaron y le dijeron: ¿Por qué pues bautizas, si tú no eres el Cristo, ni Elías, ni el profeta? Juan les respondió diciendo: Yo bautizo con agua, mas en medio de vosotros está uno a quien vosotros no conocéis. Este es el que viene después de mí, el que es antes de mí, del cual yo no soy digno de desatar la correa del calzado. Estas cosas sucedieron en Betábara, al otro lado del Jordán, donde Juan estaba bautizando.”
En el artículo anterior sobre este episodio (“¿Tú, quién eres?” #557 del 11.01.09) vimos que a la pregunta que le hacen a Juan Bautista los enviados del templo: “¿Qué dices de ti mismo?” él contesta que él es “la voz de uno que clama en el desierto”, negando que él pretendiera ser el Mesías, o Elías, o el profeta.
Ante esa respuesta los enviados prosiguen su interrogatorio con una pregunta referida a lo que Juan estaba haciendo a orillas del Jordán: ¿Por qué bautizas si tú no eres ninguno de esos personajes que hemos mencionado? Es como si le dijeran: ¿Quién te ha conferido autoridad para hacerlo?
Recordemos que cuando Jesús echó a los mercaderes del templo a Él también lo increparon: “¿Quién te ha dado autoridad para hacer esto?” (Mt 21:23).
En uno u otro caso los representantes del templo son incapaces de comprender que la autoridad que una persona pueda tener para hacer algo pueda proceder directamente de Dios sin intermediarios.
Los administradores de las funciones religiosas aborrecen todo amago de interferencia en el campo que ellos se han reservado en exclusiva, y abominan de los voluntarios e improvisados. Lo cual es en parte comprensible, pues es una forma de prevenir el desorden.
Sin embargo, ha habido algunos personajes de la historia que han realizado hazañas extraordinarias (Juana de Arco) o que han inaugurado formas nuevas de consagración a Dios (Francisco de Asís), obedeciendo a un impulso divino personal y directo. Y por ese motivo han enfrentado una fuerte oposición de las autoridades religiosas que, en el caso de la Doncella de Orleáns, la llevó a la hoguera. (Nota 1)
La nueva pregunta que le hacen a Juan los enviados del templo nos obliga explorar el tema del bautismo. Puesto que en los libros del Antiguo Testamento no figura la práctica del bautismo ¿de dónde sacó Juan la idea de bautizar a los pecadores arrepentidos?
Aunque el bautismo no figure en el AT es un hecho que el Levítico prescribe la realización de muchos lavamientos que debían practicar los sacerdotes oficiantes del Tabernáculo. Estos lavamientos eran símbolo de una purificación no sólo externa sino interna.
Pero no sólo los sacerdotes debían llevar a cabo ese rito, sino también toda persona que quisiera ofrecer un sacrificio que presentaba al sacerdote, debía previamente sumergirse en un pequeño estanque de purificación, llamado “Mikvá”, que estaba situado en el complejo del templo.
Es sabido, de otro lado, que los sectarios de Qumram, que estaban asentados en la orillas del Mar Muerto, en su afán obsesivo de pureza, practicaban un serie de abluciones e inmersiones en agua como parte de su liturgia diaria.
Por último, para no hacer demasiado larga la referencia histórica, es sabido que desde por lo menos dos siglos antes de Cristo, si no más, toda persona que quisiera convertirse al judaísmo debía someterse a un triple rito. Antes que nada –tratándose de un varón- debía ser circuncidado, lo cual simbolizaba su incorporación al pacto sinaítico y su compromiso de obedecer a toda la ley; segundo, una vez que la cicatriz de la circuncisión hubiera sanado, debía realizar un baño de purificación en la “mikvá” del templo. Por último debía ofrecer un sacrificio, que en nuestro tiempo, no existiendo el templo, es reemplazado por una ceremonia de aceptación del converso. Al segundo paso, se le solía llamar “bautizo de prosélitos”.
De modo que el rito en sí que Juan llevaba a cabo con los que acudían a él no debía parecerles a los enviados una práctica innovadora con la que no estuvieran familiarizados, salvo el hecho de que no se hiciera dentro del marco acostumbrado.
No obstante, el bautismo que realizaba Juan era algo muy diferente y de mayor trascendencia que un simple baño ceremonial. Era un bautismo de arrepentimiento en el cual los que se bautizaban confesaban sus pecados.
De ahí que cuando Jesús viene a él para hacerse bautizar Juan objete: ¿Tú vienes a mí? Es decir, ¿acaso tienes tú algún pecado que confesar?, porque él sabía muy bien que en Jesús no había ni sombra de pecado.
Lo que a los enviados de los sacerdotes les indignaba era que Juan bautizara sin estar autorizado ni calificado para hacerlo, ya que él no sólo bautizaba sino que, además, amonestaba a los pecadores arrepentidos acerca de lo que debían hacer y de cómo debían comportarse en adelante: compartir sus bienes con los necesitados, no cobrar más impuestos de lo debido, no extorsionar ni calumniar a nadie, sino contentarse con su paga (¡Cómo se cumplieran en nuestro tiempo esos consejos de Juan!).
A la pregunta de los enviados de por qué él bautizaba Juan contesta: “Yo bautizo con agua, mas en medio de vosotros está uno que vosotros no conocéis.” (Jn 1:26). La clave del sentido de la frase de Juan es la partícula adversativa “mas” o “pero”. Es decir: “Yo bautizo con agua, pero en medio de vosotros…”
Es curioso que el evangelista no nos dé completas aquí las palabras del Bautista, tal como figuran en los sinópticos. A las palabras que Juan consigna, Mateo añade: “El os bautizará en Espíritu Santo y fuego.” (Mt 3:11).
Tengo algo que decir acerca de esta frase de Mateo, pero por ahora concentrémonos en las palabras de Juan que acabamos de citar: “En medio de vosotros está uno…”.
Él alude a la presencia de Jesús entre la multitud de personas que acudían a ser bautizados. ¿Cómo sabía Juan que Jesús estaba ahí? La explicación se da algunos versículos más adelante, cuando dice: “Yo no lo conocía; pero el que me envió a bautizar con agua me dijo: ‘Sobre quien veas descender el Espíritu y que permanece sobre él, ése es el que bautiza con el Espíritu Santo.’” (vers. 33)
El Bautista sabe que Jesús está ahí porque el Espíritu se lo ha revelado de una manera sobrenatural. ¿Qué más sabía Juan acerca de Jesús? ¿Se habían conocido antes? Según el evangelio de Juan, no parece, pero dado que eran parientes, podemos suponer que por lo menos habían oído hablar el uno del otro.
Jesús había llevado hasta entonces, como sabemos, una vida oculta a los ojos del mundo, pero ahora va a empezar su carrera pública. Se va a revelar a los ojos del mundo y será, como había sido predicho por Simeón, un signo de contradicción, tan desafiante que su carrera pública terminará en el más cruel de los cadalsos.
Pero ¿para cuántas personas Jesús sigue estando oculto en el mundo porque, aunque hayan oído hablar de Él, no lo conocen, esto es, no lo reconocen por lo que es, ni se acercan a Él? Su presencia, que podría hacerles tanto bien, que podría cambiar sus vidas, es ignorada por la mayoría.
Esa gente necesita de Jesús, pero tienen ojos que no ven, y oídos que oyen pero no escuchan sus palabras (Mr 8:18; Is 6:10). Y porque no lo conocen ni lo escuchan siguen llevando vidas atormentadas, heridas, que podrían ser sanadas por Él. Siguen cautivos de los pecados que los esclavizan y de los cuales Él los podría liberar (“Si el Hijo os libertare seréis verdaderamente libres”, Jn 8:36)
Jesús no está ya físicamente entre nosotros pero está mucho más presente que cuando caminaba en el tierra, porque no está limitado por su cuerpo físico, sino que está en todas partes por medio del Espíritu Santo que lo representa (Jn 16:7). Pero el mundo lo ignora. Incluso Él viene a los suyos –como dice el Prólogo de este evangelio- y los suyos no le hacen caso. Son suyos porque dicen ser cristianos y muchos de ellos hasta han sido bautizados, pero Él no juega ningún papel en sus vidas. Ellos viven dándole la espalda. ¡Oh, qué ciertas y actuales son esas palabras: “Vino a lo suyo pero los suyos no lo recibieron.”! (Jn 1:11).
Jesús es el gran ignorado en nuestros días, aunque sean multitudes los que proclaman conocerlo y que se reclaman de Él, y confiesan su nombre. Lo confiesan en vano porque no lo hacen de una manera sincera, porque no se comprometen con Él, porque no le entregan sus vidas.
Son como el joven rico que una vez se acercó a Jesús queriendo hacerse discípulo suyo, pero se alejó decepcionado porque Jesús demandaba demasiado de él. Ignoraba que si bien Jesús demanda mucho para seguirlo, es mucho más lo que da a cambio: “De cierto os digo que no hay nadie que haya dejado casa, o padres, o hermanos, o mujer, o hijos, por el reino de Dios, que no haya de recibir mucho más en este tiempo, y en el siglo venidero la vida eterna.” (Lc 18:29,30; cf Jn 10:10).
Pero Jesús está también presente hoy día en medio nuestro en el hambriento, en el sediento, en el desnudo, en el forastero, en el enfermo, en el preso, y no le hacemos caso. Esto es, no le alcanzamos un plato de comida o un vaso de agua, no lo vestimos, ni lo acogemos, ni lo visitamos, como se queja Él mismo (Mt 25:35-40).
Juan prosigue diciendo: “Este es el que viene después de mí”, porque él había venido para preparar la venida de Jesús. Él era sólo el mensajero enviado para anunciar la venida del Mesías esperado (Mal 3:1). Y añade: “Él es antes de mí.” En otros términos, Él es más que yo.
Y porque es más que yo, Él pasa delante de mí, de modo que cuando Él empiece su obra, yo me eclipso. Cuando Él aparezca yo ya habré cumplido mi misión.
Juan añade unas palabras que muestran a la vez su humildad y su conciencia de la grandeza de Aquel cuya venida él había sido enviado a preparar: “Del cual yo no soy digno de desatar la correa del calzado.”
Quitar el calzado de las personas de rango era tarea de siervos o de esclavos, que se cumplía cuando los huéspedes llegaban a la casa y se dejaban descalzar para que se les lavara los pies. Jesús, como bien sabemos, se humilló delante de sus discípulos en la Última Cena, para realizar esa tarea de esclavos. (Jn 13:1-14)
Es muy interesante comparar la frase que acabamos de ver acerca de la superioridad de Jesús con una frase parecida que se encuentra en el Prólogo de este evangelio: “…es antes de mí, porque era primero que yo.” (ves. 15).
¿Quiere decir Juan que Jesús nació primero que él? No. Jesús nació unos seis meses después de Juan. Entonces, ¿cómo puede ser Jesús antes que uno que nació primero?
Lo que el Bautista dice ahí es que Jesús existía antes de que él naciera. Y sólo podía existir antes si era eterno. En ese versículo el evangelista reitera en términos diferentes lo que ha afirmado al inicio de su evangelio: “En el principio era (es decir, existía) el Verbo.” (Jn 1:1). El Verbo estaba con el Padre desde toda la eternidad porque era Dios. Sólo Dios puede existir eternamente.
Este Jesús que se vino desde Galilea a Judea para hacerse bautizar por Juan, y que ahora va a empezar a predicar y a hacer milagros, era un hombre como nosotros, sujeto a todas nuestras flaquezas, -salvo el pecado-, pero a la vez era Dios. ¿Podemos entenderlo? Eso está más allá del alcance de nuestro limitado intelecto. Fue San Agustin el que dijo algo así como (cito de memoria): “No creo porque entiendo, sino creo para entender”. (Nota 2) Más allá de lo que nuestra mente discursiva y lógica puede entender, el Espíritu nos da una comprensión intuitiva de las realidades espirituales que satisface nuestra razón.
Antes de seguir adelante notemos que con frecuencia hay personas en medio nuestro que no conocemos y que son ignoradas por todos, pero que en un momento dado pueden desempeñar un papel crucial. A eso se refiere una anécdota del Eclesiastés: “Una pequeña ciudad, y pocos hombres en ella; y viene contra ella un gran rey, y la asedia y levanta contra ella grandes baluartes; y se halla en ella un hombre pobre, sabio, el cual libra la ciudad con su sabiduría; y nadie se acordaba de ese hombre pobre.” (Ecl 9:14,15). ¿A cuántas de estas personas hemos dado las gracias cuando tocaron nuestras vidas? Quizá ni nos dimos cuenta del bien que nos hicieron.
Pero vayamos al tema que quedó pendiente. En el pasaje paralelo de Mateo que hemos mencionado antes, Juan Bautista dice: “El os bautizará en Espíritu Santo y fuego.” (Mt 3:11). Sabemos por el evangelio de Juan que cuando Jesús empezó su ministerio público, Él continuó con la costumbre de bautizar (Jn 3:22), aunque Él mismo no bautizaba, sino sus discípulos (4:2).
Los evangelios sinópticos no mencionan esta práctica de bautizar, pero el bautismo en agua se convirtió en un rito establecido de la iglesia, después de que Jesús partiera al cielo, y por instrucciones expresas suyas: “Id por todo el mundo y predicad el evangelio a toda criatura. El que creyere y fuere bautizado, será salvo…”. (Véase el pasaje paralelo en Mt 28:18-20).
El bautismo en agua se convirtió en el rito de admisión a la iglesia, en la señal del nuevo nacimiento, según hay huella abundante en el libro de los Hechos. (Véase por ejemplo Hch 2:38,41; 8:35-38; 9:18; 16:31-34; 19:4,5).
Jesús, estando en vida, no bautizó a nadie en el Espíritu Santo y fuego, pero la profecía del Bautista acerca de ese bautismo se hizo realidad el día de Pentecostés, cuando unos 120 discípulos estaban reunidos orando en el Aposento Alto, “y de repente vino del cielo un estruendo, como de un viento recio…y se les aparecieron lenguas como de fuego…y fueron todos llenos del Espíritu Santo y comenzaron a hablar en otras lenguas…” (Hch 2:2-4)
El bautismo en el Espíritu Santo jugó un papel muy importante en el surgimiento de la iglesia. En verdad fue una especie de catalizador de energías espirituales que hacía que la gente se convirtiera en gran número. Después de Pentecostés el incidente más importante ocurre en casa del centurión Cornelio, en donde, cuando Pedro estaba predicando, de repente cayó el Espíritu Santo sobre los gentiles asistentes y todos empezaron a hablar en otras lenguas (Hch 10:44-46). Como puede verse en ese pasaje, el bautismo en agua y en el Espíritu Santo se dieron juntos, uno después del otro. Esa fue la norma al comienzo de la iglesia. Pasadas las primeras décadas heroicas el bautismo en el Espíritu Santo fue siendo olvidado, pero resurgió con el movimiento pentecostal de comienzos del siglo XX, y se difundió por el mundo entero con el movimiento carismático de la década del 60.
Notas: 1. Francisco, por su lado, tuvo que aceptar algunos cambios a su programa, moderando su deseo de que sus “fraticelli” no poseyeran nada, ni siquiera conventos, como condición para que el Papa aprobara la regla de su orden.
2. Esa frase sintetiza lo que Agustín escribe en varios de sus comentarios sobre los salmos como acotación a una frase muy conocida de Isaías 7:9 -que en RV 60 reza: “Si vosotros no creyereis, de cierto no permaneceréis,”- pero que en la versión griega, llamada la Septuaginta (LXX), dice así: “Si vosotros no creéis, tampoco entenderéis;” así como en su comentario al evangelio de Juan (“Conoceréis la verdad y verdad os hará libres.” 8:32). Sobre uno de esos pasajes Agustín comenta: “Entiende para que creas mi palabra; cree para que entiendas la palabra de Dios.” Sobre otro: “No por haber entendido creyeron, sino creyeron para entender.” En otro lugar explica: “Hay cosas en las que no creemos si no las entendemos, y hay otras que no entendemos si no las creemos.” Por último, en otro comentario escribe: “La fe abre las puertas al entendimiento; la incredulidad se las cierra.”
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