jueves, 10 de noviembre de 2011

JESÚS SANA A UN PARALÍTICO

Por José Belaunde M.

“Entró Jesús otra vez en Capernaum después de algunos días; y se oyó que estaba en casa. E inmediatamente se juntaron muchos, de manera que ya no cabían ni aun a la puerta; y les predicaba la palabra.
Entonces vinieron a él unos trayendo un paralítico, que era cargado por cuatro. Y como no podían acercarse a él a causa de la multitud, descubrieron el techo de donde estaba, y haciendo una abertura, bajaron el lecho en que yacía el paralítico. Al ver Jesús la fe de ellos, dijo al paralítico: Hijo, tus pecados te son perdonados.
Estaban allí sentados algunos de los escribas, los cuales cavilaban en sus corazones: ¿Por qué habla éste así? Blasfemias dice. ¿Quién puede perdonar sino sólo Dios?
Y conociendo luego Jesús en su espíritu que cavilaban de esta manera dentro de sí mismos, les dijo: ¿Por qué caviláis así en vuestros corazones?
¿Qué es más fácil, decir al paralítico: Tus pecados te son perdonados, o decirle: Levántate, toma tu lecho y anda? Pues para que sepáis que el Hijo del Hombre tiene potestad en la tierra para perdonar pecados (dijo al paralítico): A ti te digo: Levántate, toma tu lecho, y vete a tu casa.
Entonces él se levantó en seguida, y tomando su lecho, salió delante de todos, de manera que todos se asombraron, y glorificaron a Dios, diciendo: Nunca hemos visto tal cosa.”
(Mr 2:1-12)
Diremos para comenzar que todos somos el paralítico, porque todos hemos sido heridos por el pecado, y todos hemos necesitado ser sanados de esa herida. Nadie aquí se salva de eso. Pero sólo Jesús puede sanar esa herida.
El paralítico necesitaba ver a Jesús, pero no podía ir donde Jesús porque no podía caminar. El pecado lo había dejado espiritualmente inválido. El no podía acercarse a Jesús por propia iniciativa.
Felizmente tenía unos amigos que lo animaron y se prestaron para llevarlo donde Jesús. ¡Benditos sean esos amigos que llevan a sus amigos enfermos donde Jesús! ¿Cuántos de los que leen estas líneas tuvieron un encuentro con Jesús gracias a un amigo que lo llevó a Él?
Sin embargo, los amigos se encontraron con muchos obstáculos que impedían llevar al paralítico donde Jesús. Muchos se oponían, no dejaban que el enfermo fuera llevado a Jesús. ¿Qué vas a hacer tú buscando a Jesús? Te vas a volver un fanático, Así como estás, estás muy bien, aunque no puedas caminar.
Pero los cuatro amigos persistieron y encontraron un resquicio, una oportunidad inesperada para llevar a su amigo enfermo donde Jesús y presentárselo para que lo sane.
Pero ¡oh sorpresa! Jesús no lo sana de primera intención, sino le dice: “Tus pecados te son perdonados.”
Ellos deben haberse dicho: Está muy bien eso, pero lo que este hombre necesita ahora urgentemente no es que le perdonen sus pecados sino que lo sanen de la parálisis. ¡Jesús, por favor! ¡Olvídate de sus pecados y sánalo!
Sin embargo, Jesús hizo bien en perdonarlo primero que nada, porque antes de que nos sanen nuestras enfermedades, necesitamos que nuestros pecados sean perdonados.
El pecado es peor que la peor enfermedad, porque el pecado es la causa, el origen de todas las enfermedades. Así que si alguien está enfermo, lo primero que necesita es arrepentirse y creer para que sus pecados le sean perdonados.
Eso no nos autoriza a deducir, sin embargo, que si alguien está enfermo es porque ha pecado. Las causas de la enfermedad pueden ser muchas y no todas son causadas por pecados concretos. Las enfermedades pueden ser incluso pruebas que Dios permite para probar nuestra fe. Lo que sí es cierto es que el origen, o causa remota de todas las enfermedades que sufre el hombre es el pecado, en primer lugar, porque sujetó a la creación a “la esclavitud de la corrupción” (Rm 8:21); y en segundo, porque “la paga del pecado es muerte” (Rm 6:23) y la enfermedad es la embajadora de la muerte.

Ahora volvamos al comienzo del episodio para ver los detalles del relato.
Marcos dice que Jesús volvió a Capernaum, que está en el lago de Genesaret. Ninguna ciudad de Israel gozó con tanta frecuencia de la presencia de Jesús. Esa ciudad fue su centro de operaciones. Ahí hizo Él muchos de sus milagros y predicó muchas de sus enseñanzas. Sin embargo, la mayoría de los habitantes de esa ciudad no creyeron en Él. Se asombraron de sus milagros pero no se convirtieron. Por eso pronunció Jesús sobre Capernaum palabras muy duras cuya severidad fue sólo superada por las que dirigió a Jerusalén: “Y tú Capernaum, que eres levantada hasta el cielo, hasta el Hades serás abatida; porque si en Sodoma se hubieran hecho los milagros que han sido hechos en ti, habría permanecido hasta el día de hoy. Por tanto os digo que en el día del juicio, será más tolerable el castigo para la tierra de Sodoma, que para ti.” (Mt 11:23,24).
Cuando la gente se enteró de que Jesús estaba en la ciudad inmediatamente fueron a buscarlo. Eso ocurría dondequiera que Él estuviera. Querían verlo y escucharlo. ¿Por qué sería? Primero que nada, en verdad, porque hacía milagros.
El texto dice: Estaba en casa. ¿Qué casa? La casa de Pedro donde Jesús se alojaba cuando estaba en Capernaum.
El pasaje paralelo en Lc 5:17 dice que el poder del Señor estaba con Jesús para sanar. Toda sanidad es obra del poder de Dios, no del hombre. Hay veces en que el poder de Dios para sanar se siente casi físicamente. Eso es lo que hace que la gente se sane. No las manos del que las impone, sino el poder de Dios, la unción que reposa sobre él.
Marcos dice que Jesús les predicaba la palabra. ¿Qué palabra? La palabra de Dios. Todo lo que Jesús predicaba era palabra de Dios, las palabras que su Padre ponía en su boca (Jn 5:19). Por eso Pedro pudo decirle a Jesús: “Tú tienes palabras de vida eterna.” (Jn 6:68).
La palabra de Dios es la que transforma vidas. Es la palabra que nunca retorna vacía sino que hace aquello para lo cual es enviada. (Is 55:11)
Al acercarse los amigos a la casa donde se encontraba Jesús vieron que estaba atestada de gente y que no se podía entrar. Pero ellos amaban mucho a su amigo enfermo y no se dejarían amilanar por las dificultades. Enfrentarían cualquier obstáculo por ayudarlo.
Cuando amamos realmente a nuestros amigos, estamos dispuestos a hacer cualquier cosa por ayudarlos. ¡Ojalá tengamos nosotros esa clase de amigos!
Esos amigos eran como enfermeros que cargaban a su amigo. Necesitamos enfermeros espirituales que lleven a Jesús a la gente enferma por el pecado y por su vida desordenada.
Entonces a los amigos se les ocurrió una solución osada: Hacer un hueco en el techo y bajarlo con cuerdas por el hueco.
Subirlo al techo no era difícil porque las casas en Israel entonces tenían una escalera externa que llevaba al techo. Pero ¿cómo abrirían un hueco en el techo? ¿Con qué derecho? Con el derecho que dan la fe y el amor. Pero ¿no estaba ahí Pedro, el dueño de casa? Impulsivo y temperamental como él era ¿permitiría que le destrocen el techo?
Imagínense además el ruido y el polvo del techo que caería sobre los que estaban dentro. Y su sorpresa.
El texto dice: “Al ver Jesús la fe de ellos.” ¿La fe de quiénes? La fe de los cuatro amigos, naturalmente, pero también la fe del enfermo. Él era el que tenía más fe porque para dejarse descolgar por el techo estando paralítico……
El debe haberles dicho: Llévenme como sea para ser sanado. ¿Quién no está dispuesto a hacer cualquiera cosa para ser sanado de una enfermedad grave?
Preguntémonos ¿Qué clase de fe en particular era la que ellos tenían? ¿Cuál era el objeto de su fe? ¿Fe para ser salvo? No. Fe de que Jesús podía sanar a su amigo.
Al ver pues Jesús la fe de ellos, le dijo al paralítico: “Hijo”. Lo trata cariñosamente para animarlo. Ese hombre enfermo necesitaba ser tratado con amor, no con indiferencia como solemos hacer. Todo enfermo sufre, sobre todo si es de una enfermedad grave. Necesita cariño, amor, cuidado.
Luego le dice: “Tus pecados te son perdonados.” Eso era algo que el paralítico no esperaba, pero al oírlo él debe haberse sentido aliviado por esas palabras. Un peso mayor que la enfermedad se le cayó de encima. La peor de todas las cargas que podemos llevar es la opresión causada por el pecado.
¿Por qué le perdonó Jesús sus pecados? No lo hizo por bondad sino porque vio que el hombre tenía fe en Él. “De éste dan testimonio todos los profetas, que todos los que en Él creyeren, recibirán perdón de pecados por su nombre.” (Hch 10:43; cf 13:38)
Había ahí unos escribas presentes. ¿Por qué estaban ellos allí? ¿Querían acaso aprender de Jesús? ¿O querían quizá hacerse sus discípulos? De ninguna manera. Ellos querían sorprender a Jesús en alguna palabra imprudente, o peligrosa, para poder acusarlo. Y Jesús no los decepcionó en este caso; les dio en la yema del gusto porque dijo algo por lo que pensaban que podrían denunciarlo a las autoridades.
Ellos se dijeron entre sí: Este tipo blasfema, porque sólo Dios puede perdonar los pecados.
Ellos pensaron dos cosas: una equivocada, porque Jesús no blasfemaba; y una correcta, porque es verdad que sólo Dios tiene poder para perdonar los pecados.
Ellos pensaron: Este hombre pretende tener la autoridad de Dios para perdonar los pecados. Pero Jesús no pretendía tener esa autoridad. Él la tenía en verdad, porque el Padre le había dado autoridad para juzgar (Jn 5:27). Él no blasfemaba como ellos equivocadamente pensaron, porque Jesús, siendo Dios, tenía el poder de perdonar.
Fijémonos en que ellos no habían hablado en voz alta; sólo habían pensado esas cosas en su interior. Pero Jesús sabía lo que pensaban.
Jesús sabe todo lo que la gente piensa y no tiene necesidad de que nadie se lo diga. (Jn 2:24,25). El sabe todo lo que tú, que me escuchas o lees, piensas. No puedes ocultarle ni el menor de tus pensamientos. No hay manera de esconderse de su mirada que penetra como espada afilada hasta lo más profundo del ser. Recordemos lo que dice Hebreos: “Todas las cosas están desnudas y abiertas ante los ojos de Aquel a quien debemos dar cuenta.” (4:13).
¿Y si Él revelara a todos lo que tú piensas? ¿Cómo quedarías? Ten cuidado, porque algún día todo lo oculto será revelado, y todo lo que tú hiciste y pensaste será expuesto a la vista y oídos de todos para que todos lo sepan.
Jesús entonces les pregunta a los escribas: ¿Qué es más fácil: decirle a un paralítico: “Tus pecados te son perdonados”, o decirle: “Levántate… y anda”?
Ciertamente es más fácil decirle: “Tus pecados te son perdonados”, porque no hay manera de comprobar que haya ocurrido, no hay ninguna evidencia visible. Cualquiera puede decirlo. Pero decirle a un paralítico: “Levántate y anda”,·no es tan fácil, porque si no se levanta quedas muy mal.
Jesús continúa: “Para que sepáis que yo tengo el poder de perdonar los pecados, ahora le digo al paralítico: ´Levántate, toma tu camilla y vete a tu casa.’” Y el paralítico se levantó, tomó su camilla y se fue.
En otras palabras, si yo puedo decir y hacer lo que es difícil (sanar a un paralítico), también puedo decir lo que es más fácil (perdonar los pecados).
Pero en realidad, bien mirado, es al revés: No es que si Jesús puede sanar, también puede perdonar, sino que si Él puede perdonar los pecados también puede sanar a un paralítico. Si puede lo mayor, también puede lo menor. Porque perdonar los pecados de alguien es una obra mucho más grande que sanarlo de una enfermedad.
Notemos que el paralítico había sido llevado cargado en una camilla, y que él salió de ahí cargando la camilla en que solía estar acostado.
Notemos también que al probarles a los escribas que Él podía perdonar los pecados Él les estaba diciendo implícitamente: Yo soy Dios, porque sólo Dios puede hacer eso, como ellos bien sabían. Pero no le creyeron.
Ellos en verdad ya habían tenido un motivo para creer que Él fuera Dios, porque les había mostrado que Él sabía lo que cavilaban en su interior, algo que nadie puede hacer, a menos que el Espíritu Santo se lo revele. Pero lo pasaron por alto. No hay ciego más ciego que el que no quiere ver.
Jesús le dijo al paralítico: Toma tu camilla y vete a tu casa, por dos motivos: Uno porque de lo contrario el paralítico hubiera sido capaz de volver a acostarse en su camilla aun estando sano, porque estaba acostumbrado a estar echado todo el tiempo en ella. Y dos, para que alegrara a su familia viendo que él estaba sano. Ellos habían sufrido seguramente de verlo en ese estado. Tanto más se alegrarían de verlo caminando.
La parálisis que el hombre había sufrido fue en realidad una bendición encubierta para él. Porque si no hubiera sido por esa enfermedad quizá el nunca hubiera tenido ese encuentro con Jesús, quizá nunca hubiera recibido el perdón de sus pecados.
¿Cuántos podrían testificar que el sufrimiento los ha hecho sabios, los ha hecho mejores? Las tribulaciones pueden ser misericordias; las pérdidas pueden ser ganancia; la enfermedad del cuerpo puede significar la sanidad del alma (J.C. Ryle). Recordemos las palabras del salmo 119: “Bueno me es haber sido humillado, para que aprenda tus estatutos.” (vers 71)
Pensemos en lo que ese encuentro significó para el paralítico. Él fue llevado a esa casa enfermo de cuerpo y alma, y regresó sano, restaurado y caminando. Pero, sobre todo, regresó libre de los pecados que oprimían su alma. Había sido perdonado. Algo que él, al ir donde Jesús, no buscaba. Notemos que cuando uno se acerca a Dios alcanza mucho más de lo que busca. (Rm 8:32).
Al escuchar las palabras de perdón de Jesús y ver el milagro, los que estaban presentes en la casa abarrotada no blasfemaron, como habían hecho los escribas, sino que dieron gloria a Dios por lo que habían presenciado.
En el pasaje paralelo de Mateo se dice que los presentes maravillados glorificaron a Dios que había dado tal poder a los hombres. Notemos, sin embargo, que pese a lo que habían visto, ellos no reconocieron que Jesús era Dios. No captaron el argumento con que Jesús había respondido a los escribas afirmando implícitamente en los hechos que Él era Dios. Evidentemente ellos veían en Jesús sólo a un hombre, a un profeta a quien Dios había concedido poderes milagrosos para curar.
Así solemos ser nosotros. Nos cuesta comprender lo que Dios nos está diciendo o mostrando. Somos testarudos.
Jesús hizo en ese lugar tres milagros: Perdonar los pecados del paralítico, leer los pensamientos de los escribas, y sanar al paralítico. ¿Quién sino Dios puede hacer tales cosas?

NB. Este artículo está basado en la trascripción de una charla dada recientemente en el ministerio de la “Edad de Oro”.

Amado lector: Si tú no estás seguro de que cuando mueras vas a ir a gozar de la presencia de Dios, es muy importante que adquieras esa seguridad, porque no hay seguridad en la tierra que se le compare y que sea tan necesaria. Como dijo Jesús: “¿De que le sirve al hombre ganar el mundo si pierde su alma?” (Mt 16:26) ¿De qué le serviría tener todo el éxito que desea si al final se condena? Para obtener esa seguridad tan importante yo te invito a arrepentirte de tus pecados, pidiendo perdón a Dios por ellos, y entregándole tu vida a Jesús, haciendo una sencilla oración como la que sigue:
“Yo sé, Jesús, que tú viniste al mundo a expiar en la cruz los pecados cometidos por todos los hombres, incluyendo los míos. Yo sé también que no merezco tu perdón, porque te he ofendido conciente y voluntariamente muchísimas veces, pero tú me lo ofreces gratuitamente y sin merecerlo. Yo quiero recibirlo. Me arrepiento sinceramente de todos mis pecados y de todo el mal que he cometido hasta hoy. Perdóname, Señor, te lo ruego; lava mis pecados con tu sangre; entra en mi corazón y gobierna mi vida. En adelante quiero vivir para ti y servirte.”

#700 (06.11.11) Depósito Legal #2004-5581. Director: José Belaunde M. Dirección: Independencia 1231, Miraflores, Lima, Perú 18. Tel 4227218. (Resolución #003694-2004/OSD-INDECOPI.