martes, 31 de agosto de 2010

HERODES EL GRANDE I

Por José Belaunde M.
En la narración del nacimiento de Jesús hay un personaje que reviste un interés particular: Herodes, llamado "el Grande" por la historia, que jugó, según relata Josefo, un papel primordial en los acontecimientos desarrollados en Palestina (Nota 1) y territorios vecinos durante las cuatro décadas anteriores a la venida del Hijo del Hombre.

Él era hijo de Antipáter, un ambicioso general idumeo a quien Julio César, en reconocimiento de sus servicios, había nombrado procurador de Judea el año 47 AC. Cinco años después Antipáter fue asesinado, y Roma nombró a sus dos hijos, Fasael y Herodes, tetrarcas conjuntos de Judea. Mediante intrigas y una política diplomática muy astuta, pero también gracias a su administración eficaz, Herodes logró que el senado romano lo nombrara rey de Judea, territorio que él fue ampliando poco a poco mediante acciones militares victoriosas y alianzas oportunas.

Era política de los romanos gobernar los territorios que conquistaban en lo posible a través de príncipes o reyes locales, a quienes delegaban la mayor parte de su autoridad, provisto que mantuvieran sus dominios en paz y fueran recaudadores eficaces de impuestos. Solamente cuando ellos les fallaban ponían a gobernadores propios, como fue el caso, por ejemplo, de Arquelao, hijo de Herodes, a quien tuvieron que destituir debido a sus muchos abusos y a quien reemplazaron por gobernadores tales como fueron Poncio Pilatos y los que le antecedieron.

Herodes, como hemos visto, no era judío sino idumeo, esto es, edomita, miembro del pueblo descendiente de Esaú que habitaba al sureste del Mar Muerto. Se recordará que Esaú (llamado también Edom por el color rojo de su cabello) y Jacob (llamado también Israel), fueron los hijos mellizos que Rebeca dio a Isaac, hijo de Abraham. Esaú salió primero del seno materno y era, por tanto, el mayor, pero vendió sus derechos de primogenitura a Jacob por un plato de lentejas (Génesis 25:27‑34) Más tarde Jacob, aconsejado por su madre Rebeca, obtuvo mediante un engaño cruel que su padre Isaac le traspasara las promesas y bendiciones de Abraham, que correspondían al primogénito, desplazando a Esaú (Gn 27:1-40). A partir de entonces hubo enemistad entre ambos hermanos y, en consecuencia, entre los pueblos que descendieron de ellos.

Nótese lo siguiente: Cuando Jesús nació su patria no sólo estaba dominada por una gran potencia extranjera, el Imperio Romano, que era entonces mucho más poderoso relativamente que los EEUU hoy en día, sino que, además, el soberano que ocupaba el trono de Jerusalén era descendiente de alguien de quien la Escritura dice que fue aborrecido por Dios (Rm 9:13). (2). Desde el punto de vista del patriotismo de su nación, Jesús vino al mundo en uno de los peores momentos de la historia de Israel. No está de más recordar que Idumea fue incorporada al reino judío por el rey asmoneo Juan Hircano, el año 125 AC, y sus habitantes convertidos a la fuerza al judaísmo, obligando a todos los varones a circuncidarse, aunque el antagonismo entre ambos pueblos no cesó por eso, sino al contrario. La historia tiene sus maneras de vengarse porque ese acto de imposición brutal por parte de un rey de Judea fue lo que permitió que, con el correr de los años, un general idumeo reinara sobre los judíos. De otro lado, la rivalidad entre los hermanos asmoneos Hircano II y Aristóbulo, fue lo que empujó al primero de ellos, inducido interesadamente por el idumeo Antipáter, a buscar el apoyo del general romano Pompeyo, el cual no desaprovechó la ocasión para conquistar Jerusalén el año 63 AC.

La enemistad ancestral entre israelitas y edomitas (3) evoca la enemistad irreconciliable entre el reino de la luz y el reino de las tinieblas, y es curioso que Dios ‑dueño como es de los acontecimientos de la historia‑ pusiera sobre el trono de Israel a un hombre que representaba a uno de los dos bandos de esa rivalidad entre hermanos, símbolo de la otra, precisamente cuando los dos reinos se acercaban a su confrontación final y definitiva. Símbolo y realidad guardan en esa conjunción una relación que no es coincidencia. Dicho en términos más simples: Israel, el pueblo escogido, representa en esa contienda al reino de la luz; Edom, al reino de las tinieblas.

Dios permitió que Herodes, descendiente de Esaú, y simbólicamente representante del reino de las tinieblas, usurpara el trono de David que, en verdad, correspondía a un descendiente de Jacob. Ese trono había sido prometido por el ángel Gabriel al hijo que María concebiría por obra del Espíritu Santo: "...el Señor Dios le dará el trono de David su padre y reinará sobre la casa de Jacob por los siglos.” (Lucas 1:32,33). Implícitamente el ángel se estaba refiriendo al conflicto entre la luz y las tinieblas que tendría su desenlace con la venida del Hijo que ella daría a luz. ¿Quiénes son la casa de Jacob hoy día? Nosotros, la Iglesia, somos la casa de Jacob, sobre la cual reina el Hijo de Dios.

Herodes pues es figura, o tipo, del usurpador por antonomasia, del príncipe de las tinieblas, que usurpó el principado de este mundo cuando Adán y Eva hicieron caso de la serpiente y desobedecieron a Dios.

Notemos: Satanás le quitó a Adán y Eva el principado de este mundo que Dios les había dado al decirles: “Llenad la tierra y sojuzgadla, y señoread en los peces del mar, en las aves de los cielos, y en todas las bestias que se mueven sobre la tierra.” (Gn 1:28). Adán en su debilidad, le cedió a Satanás el principado que le correspondía. Por ese motivo, Satanás, el gran titiritero, puede mover a sus siervos para oponerse al mensaje de la luz, para tentar a los hombres induciéndolos al pecado, y provocar guerras y toda clase de sufrimientos en el mundo.

Era pues natural que el usurpador humano se inquietara cuando llegaron los magos anunciando que el heredero legítimo había nacido, pues comprendía que su dominio estaba en peligro. Así como también el otro usurpador, del que Herodes es tipo, intuía que el nacimiento de ese niño constituía una amenaza para su reino. Por ese motivo Herodes hizo todo lo posible para eliminarlo tratando astutamente que los magos, de regreso a su tierra, pasaran por Jerusalén para informarle dónde se hallaba el niño y poder así asesinarlo. Pero los magos fueron advertidos en sueños que no regresaran donde Herodes, sino que retornaran a su tierra por otro camino (Mt 2:12).

¿Por cuenta de quién actuaba Herodes? Por cuenta de Satanás que quería evitar a toda costa el advenimiento del Salvador que vendría a quitarle el dominio de este mundo. Cuando su astuta estratagema le falló, Herodes se enojó mucho y en su ira mandó matar a todos los niños menores de dos años que había en Belén.

Cuando al diablo las cosas no le resultan, se enoja mucho. Nosotros tenemos el privilegio de hacer que el diablo se enoje. Por eso es bueno preguntarnos: ¿Lo que yo hago, hace que el diablo se enoje, o que se alegre? Es verdad que si nosotros hacemos que el diablo se enoje, él va a venir contra nosotros. Pero nosotros tenemos un escudo que nos protege. ¿Cuál es ese escudo? La sangre de Cristo, y la armadura de que habla Pablo en Efesios 6, de modo que si nos mantenemos vigilantes, no tenemos por qué tenerle miedo.

Pensemos un momento: ¿Qué clase de hombre era este Herodes que, porque no le resultan sus planes, ordena una matanza semejante? ¿No tuvo escrúpulos de cometer semejante crueldad? ¿No le dolía el alma al pensar en el sufrimiento de las pobres madres que verían cómo los hijos pequeños que ellas amamantaban, eran atravesados por la espada de los esbirros? ¡Qué le importaba eso a Herodes! Con tal de salirse con la suya él era capaz de ése y de crímenes mucho peores. Él fue llamado ya en vida Herodes el Grande, porque fue un gran gobernante según los criterios del mundo, pero él fue sobretodo grande en sus crímenes que, como veremos luego, opacan al que cometió en Belén. ¿Cuántos fueron los niños de dos o menos años que él mandó matar? Teniendo en cuenta que Belén y sus alrededores tendrían unos dos mil habitantes, serían unos veinte a treinta infantes los que cayeron bajo la espada herodiana. ¿Tendría él alguna vez remordimientos? Es poco probable, pero aunque no los tuviera, sus crímenes vinieron más tarde como fantasmas a acosarlo.

Herodes fue un gobernante sumamente hábil, pero también increíblemente celoso y desconfiado de todo su entorno. Él no podía vivir tranquilo porque pensaba, en parte con razón, que sus allegados conspiraban contra él. Tuvo diez mujeres, algunas de ellas simultáneamente, cuando no las mataba. Su corte era un enjambre de intrigas, en parte provocadas por su hermana Salomé (tía bisabuela de la famosa bailarina del mismo nombre, que pidió como premio la cabeza de Juan Bautista, Mr 6:21-28), la cual tenía celos de las esposas de Herodes.

Para poder imponerse, al principio, y para sostenerse después en el trono, Herodes fue eliminando poco a poco a sus posibles o imaginarios rivales. El relato de las intrigas palaciegas con las que tuvo que lidiar, o que él mismo provocó, tomaría páginas de páginas.

Entre los personajes a los que tuvo que enfrentar, se cuentan la reina Cleopatra de Egipto -que codiciaba algunos de los territorios de Herodes; Marco Antonio, amante de Cleopatra; Octavio su rival, que luego sería coronado como César Augusto, al que Herodes sedujo hábilmente con halagos y dinero. Herodes castigó severamente a los fariseos que se oponían a él porque no era judío sino idumeo, pero favoreció a los que de ese partido se pusieron de su parte, entre ellos a Polión y a su discípulo Samaías.

Mandó matar a cuarentaicinco aristócratas saduceos que se le oponían, muchos de los cuales eran miembros del Sanedrín, y confiscó sus bienes para poder satisfacer las demandas económicas de Marco Antonio. Se enfrentó a la familia asmonea –descendientes de los macabeos- que habían reinado casi cien años y que podían pretender al trono, y a quienes además pertenecía por herencia el sumo sacerdocio. Deseando emparentar con esa dinastía se casó, después de cinco años de noviazgo, con la bella Mariamne, a la que llamaremos primera, para distinguirla de otra esposa del mismo nombre. No obstante, fue eliminando uno a uno a los miembros de esa familia, incluyendo a su suegro.

Él amó a Mariamne I más que a ninguna de sus mujeres. Sin embargo, cada vez que salía en campaña dejaba órdenes de matarla si es que él no regresaba, para impedir que ella, se casara con otro. Ella se enteró de esos planes y ya podemos imaginar lo que pensaría de un marido tan celoso. Finalmente, instigado por Salomé, que la acusaba de serle infiel, la hizo matar. Después le pesó en el alma y fue víctima de una desesperación terrible que hizo que se enfermara gravemente.

Los dos hijos que tuvo con Mariamne I fueron sus preferidos. Los mandó a estudiar a Roma donde residieron algunos años con todos los honores que correspondían a su estirpe. Cuando crecieron retornaron sumamente arrogantes, al punto que Herodes temió, no sin motivo, que pudieran complotar contra él. Finalmente, tres años antes de morir, inducido por su hijo mayor, el celoso Antipáter, que llevaba el nombre de su abuelo, y que los acusó de traición, los hizo juzgar y condenar a muerte. Para poder ejecutarlos, sin embargo, tuvo que obtener autorización del emperador, lo que dio lugar a que Augusto comentara, según reporta Macrobius: “Preferiría ser el cerdo de Herodes que uno de sus hijos.” Poco antes de morir hizo matar también a Antipáter, y cambió una vez más su testamento. (Continuará)

Notas: 1. Palestina fue el nombre que los romanos le dieron a esa zona después de la rebelión de Bar Kojba, unos cien años después de Cristo. Sin embargo, aunque sea anacrónico, lo uso por comodidad.
2. En el contexto bíblico la palabra “odiar” u “obedecer”, contrapuesta a “amar”, tiene con frecuencia el significado de “amar menos” o de “poner en segundo lugar”. Por ejemplo, en Gn 29:31 el original hebreo dice que Lea era “odiada” (RV 60 traduce “menospreciada”). Sin embargo, en el versículo anterior se dice que Jacob amó a Raquel “más que a Lea”. Es decir, amó a Lea menos que a Raquel. Asimismo, en Dt 21:15 leemos: “Si un hombre tuviere dos mujeres, la una amada y la otra aborrecida…” Por el contexto entendemos que “aborrecida” quiere decir que amara a la segunda menos que a la primera. Ese matiz del hebreo debe tenerse en cuenta para entender correctamente frases de Jesús tales como Lc 14:26. (Véase David Bivin, “New Light on the Difficult Words of Jesus”).
3. Durante el éxodo de Israel por el desierto los edomitas no permitieron que el pueblo elegido atravesara su territorio para llegar a la tierra prometida (Nm 20:14-21). No obstante Dios le prohibió a Israel odiar al edomita “porque es tu hermano.” (Dt 23:7) En ese tiempo el profeta Balaam predijo que Edom sería conquistado por Israel (Nm 24:18). El rey Saúl combatió a los edomitas (1Sm 14:47), cuyo territorio fue finalmente conquistado por David (2Sm 8:13,14). Véase la continuación de esa rivalidad en 2Cro 20:1; 22,23; 2R 3:4-27; 2R 8:20-22; 2R 14:7; 2Cro 28:17, etc.
NB. Este artículo y el siguiente están basados en un artículo del mismo título publicado en la revista “Oiga” hace más de veinte años, y que me sirvió de base para una charla dada recientemente en el ministerio de la “Edad de Oro” de mi iglesia.
#642 (29.08.10) Depósito Legal #2004-5581. Director: José Belaunde M. Dirección: Independencia 1231, Miraflores, Lima, Perú 18. Tel 4227218. (Resolución #003694-2004/OSD-INDECOPI).

1 comentario:

alfonsina Matus dijo...

Gracias complementó mi exégesis de Lucas 13:31-32, muy bueno! Dios le Guarde