lunes, 27 de julio de 2009

LA NECEDAD DE ROBOAM

Salomón, hijo de David y de Betsabé, la que fue mujer de Urías, heredó el trono de su padre, según la promesa que Dios le había hecho a David de que le “haría casa”, es decir, que le daría un hijo salido de sus entrañas, que le sucedería en el trono, el cual sería estable para siempre (2Sm 7:11-16).
Una noche, después de haber sacrificado holocaustos en Gabaón (Nota 1), se le apareció el Señor en sueños, diciéndole: “Pide lo que quieras que yo te dé.” (1R 3:5). Salomón en respuesta, después de reconocer que él era un novato, le pide que le dé sabiduría para gobernar a este pueblo tan grande (v. 9). “Y agradó delante del Señor que Salomón le pidiese eso.” (v. 10).
“Y le dijo Dios: Porque has demandado esto y no pediste para ti muchos días, ni pediste para ti riquezas, ni pediste la vida de tus enemigos, sino que demandaste para ti inteligencia para oír juicio, he aquí lo he hecho conforme a tus palabras; he aquí que te he dado corazón sabio y entendido, tanto que no ha habido antes de ti otro como tú, ni después de ti se levantará otro como tú . Y aun te he dado las cosas que no pediste, riquezas y gloria, de tal manera que entre los reyes ninguno haya como tú en todos tus días”. (1 R 3:12-13).
Dios le dice a Salomón “te he dado” sabiduría y luego “te he dado riquezas y gloria”. Es una declaración definitiva; se las ha dado ya, aunque deban ser suyas en el curso del tiempo (especialmente las riquezas). Es una declaración incondicional, una promesa hecha en virtud de la oración que Salomón había hecho. No le quedaba a él otra cosa sino poseer las riquezas que ya eran suyas. Es algo semejante a lo que, siglos atrás, le dijo Dios a Josué: “Yo os he entregado todo lugar que pisare la planta de vuestros pies.” (Jos 1:3). La palabra de Dios era su título de propiedad. Lo único que tenía que hacer Israel era entrar a poseer la tierra que estaba ocupada por otros pueblos. Su victoria en la guerra de conquista estaba asegurada.
En el caso de la declaración hecha a Salomón vemos una aplicación anticipada de las palabras de Jesús: “Buscad primero el reino de los cielos y todas las demás cosas os serán añadidas.” (Mt 6:33) Salomón sólo había pedido sabiduría, pero Dios le dice: “Por haberme pedido eso, una de las virtudes del reino que vas a necesitar para gobernar, y no las añadiduras que muchos desean, esto es, riquezas y gloria, te daré lo uno y lo otro; lo que me pediste y lo que no me pediste.” Para nosotros la lección práctica consiste en que nos conviene pedir lo más importante, lo mayor, seguros de que también recibiremos de Dios lo menos importante. ¿Qué es lo más importante? Lo que beneficia a otros antes que a mí.
Es interesante que Dios reserve el otro punto, larga vida, para otra promesa (v.14) que se distingue de la primera en que es condicional: “Si anduvieres en mis caminos…yo alargaré tus días.” Vemos pues que Dios promete darnos sus bendiciones de dos maneras diferentes: En un caso, sin condiciones, y en otro, condicionado al cumplimiento de requerimientos específicos.
Cabe la posibilidad, sin embargo, de que una promesa tenga a la vez un aspecto incondicional, y otro condicional. En 2Sam 7:16 Dios le promete a David que su trono será estable para siempre. Sin embargo, en 1R 8:25, cuando Dios le reitera a Salomón la promesa hecha a su padre, esa promesa se ha vuelto condicional: “No te faltará varón delante de mí, que se siente en el trono de Israel, con tal de que tus hijos guarden mi camino y anden delante de mí como tú has andado delante de mí.” ¿Cómo explicar esta disparidad tratándose del mismo aspecto: la estabilidad del trono?
La primera promesa hecha a David representa el designio eterno de Dios, que no está sujeto a ninguna condición, y se refiere al trono del Mesías, hijo de David. La segunda es condicional porque se refiere al trono dinástico del linaje humano de David, y, por ese motivo, su cumplimiento está sujeto a la fidelidad de sus descendientes.
Al final de sus días, Salomón, que había llegado a ser inmensamente rico, como Dios le había prometido, llevado por la sensualidad que se había apoderado de él, amó a muchísimas mujeres paganas, y se desvió hacia los dioses de esas mujeres. En consecuencia su corazón ya no fue perfecto con el Señor Dios, como había sido su padre. “Y se enojó Jehová contra Salomón, por cuanto su corazón se había apartado de Jehová Dios de Israel, que se le había aparecido dos veces.” (1R 11:9). Y le dijo: “Por cuanto ha habido esto en ti, y no has guardado mi pacto y mis estatutos que yo te mandé, romperé de ti el reino, y lo entregaré a tu siervo. Sin embargo, no lo haré en tus días, por amor a David tu padre; lo romperé de la mano de tu hijo. Pero no romperé todo el reino, sino que daré una tribu a tu hijo, por amor a David mi siervo, y por amor a Jerusalén, la cual yo he elegido.” (1R 11:11-13). A causa de la infidelidad de Salomón el destino de Israel como nación fue frustrado.
Entre los hombres que Salomón había tomado a su servicio había uno que era esforzado y valiente, que se llamaba Jeroboam. A éste le salió un día al encuentro el profeta Ahías, silonita, que llevaba puesta una capa nueva: “Y tomando Ahías la capa nueva…la rompió en doce pedazos, y dijo a Jeroboam: Toma para ti los diez pedazos; porque así dijo Jehová Dios de Israel, He aquí que yo rompo el reino de la mano de Salomón, y a ti te daré diez tribus; y él tendrá una tribu por amor a David mi siervo…”
El profeta añade que Dios no hará eso en vida de Salomón –como ya le había sido anunciado a éste- sino que lo haría cuando su hijo le suceda, a quien quitará diez tribus para dárselas a Jeroboam, quedando al hijo de Salomón una tribu “para que mi siervo David tenga lámpara todos los días delante de mí en Jerusalén…” (v. 36).
Y agregó el profeta: “Si prestares oído a todas las cosas que te mandare, y anduvieres en mis caminos, (ahí parece que nos estuviera hablando a cada uno de nosotros) …guardando mis estatutos y mis mandamientos, como hizo David mi siervo, yo estaré contigo y te edificaré casa firme, como la edifiqué a David, y yo te entregaré a Israel.” (v. 38). Cuando Salomón se enteró de la profecía intentó matar a Jeroboam, por lo que éste tuvo que huir a Egipto (1R 11:40).
Vemos aquí cómo Dios se ve obligado a cambiar radicalmente sus planes respecto de Israel, debido a la desobediencia de Salomón, pues su propósito original había sido que el reino se mantuviera unido bajo el linaje de David. Pero ¿cambia realmente Dios sus planes? Esa es una manera de hablar en términos humanos, porque Dios sabía muy bien desde el principio que Salomón no le sería fiel y que, en castigo, Él tendría que dividir su reino.
La división del reino trajo mucho sufrimiento al pueblo de Israel. ¿Qué culpa tenía el pueblo de la infidelidad de Salomón? Los pueblos pagan muchas veces por los pecados de sus gobernantes. ¿Es pues injusto Dios? A eso habría que repreguntar: ¿Son todos los pueblos inocentes? (¿Somos nosotros, los peruanos, inocentes delante de Dios?) Los caminos de Dios son inescrutables, pero podemos estar seguros de que siempre son justos.
Cuando Salomón murió después de cuarenta años de reinado, su heredero “Roboam fue a Siquem, porque todo Israel había venido a Siquem para hacerle rey.” (1R 12:1) Entretanto gente de las tribus del Norte había enviado a llamar a Jeroboam para que retorne. Jeroboam había estado encargado de la casa de José (1R 11:28). Eso quiere decir probablemente que Salomón le había confiado la administración de los territorios de las tribus de Efraín y Manasés. Era quizá una especie de gobernador. Pero a los ojos de los miembros de esas tribus él era un líder. ¿Estaba la gente enterada de la profecía de Ahías? Es muy probable y eso había hecho que aumentara su prestigio.
Cuando vino todo Israel a encontrarse con Roboam es poco probable que Jeroboam fuera su vocero, sino que fueran los jefes de las principales familias los que le dijeron al rey: “Tu padre agravó nuestro yugo, mas ahora disminuye tú algo de la dura servidumbre de tu padre, y del yugo pesado que puso sobre nosotros, y te serviremos. Y él les dijo: Idos, y de aquí a tres días volved a mí. Y el pueblo se fue.” (1R 12:4,5). Roboam se da cuenta de que necesita un poco de tiempo para pensar bien lo que iba a contestarles. Sabiamente al inicio, él pide consejo a los ancianos que aconsejaban a su padre: “Y ellos le hablaron diciendo: Si tú fueres hoy siervo de este pueblo y lo sirvieres, y respondiéndoles buenas palabras les hablares, ellos te servirán para siempre.”
¡Qué sabio el consejo que le dieron los ancianos! Es válido para todos los tiempos. Jesús dijo algo semejante en términos comparables: “El que quiera ser mayor sea vuestro servidor.” (Mt 23:11). Pero a Roboam no le gustó el consejo prudente de los ancianos. No cuadraba seguramente con su naturaleza arrogante, “y pidió consejo a los jóvenes que se habían criado con él y que estaban delante de él.” Esto es, buscó el consejo de los jóvenes que eran sus compañeros de diversión, entre los cuales seguramente habría algunos parientes. A esos jóvenes (¡dechados de sabiduría!) fue a pedir que le aconsejaran sobre cómo responder a las demandas justas de sus súbditos (v. 8,9). Pero estos jóvenes, seguramente engreídos y arrogantes como él, acostumbrados a vivir en palacio y a dar órdenes, inconcientes de lo que estaba en juego, le dieron el peor de los consejos, justamente lo contrario de lo que los ancianos de su padre le habían recomendado responder, instándole a que les contestara así: “…mi padre os cargó de pesado yugo, mas yo añadiré a vuestro yugo; mi padre os castigó con azotes, mas yo os castigaré con escorpiones.” (v. 11). Y que aun les dijera: “el menor de mis dedos es más grueso que los lomos de mi padre.” (v. 10).
Cuando al tercer día, el pueblo, con Joroboam a la cabeza, vino a escuchar la respuesta del rey, éste les contestó exactamente como le habían aconsejado sus sabios amigos. ¿Cómo reaccionó el pueblo al escuchar la respuesta dura e insultante del rey? Con indignación y rechazo, como es natural: “¿Qué parte tenemos nosotros con David? No tenemos heredad en el hijo de Isaí. ¡Israel, a tus tiendas! ¡Provee ahora en tu casa, David! Entonces Israel se fue a sus tiendas.” (v. 16) (2)
Para entender esta respuesta hay que recordar que ya desde antiguo había cierta rivalidad entre Judá y los descendientes de José. Cuando muerto Saúl David fue coronado rey de Judá en Hebrón, hubo guerra entre David y la casa de Saúl (2S, 2:8ss). Tuvieron que pasar siete años de luchas fraticidas antes de que las tribus del Norte se animaran a reconocerlo también como rey. (2Sm 5:1-5).
Notemos de paso que el libro comenta lo siguiente sobre la forma arrogante y necia como Roboam respondió a los que habían venido dispuestos a ser súbditos: “Y no oyó el rey al pueblo; porque era designio de Jehová para confirmar la palabra que Jehová había hablado por medio de Ahías silonita a Jeroboam hijo de Nabat.”
Es muy interesante constatar cómo en el caso del dilema que enfrentó Roboam, lo que va a producir la escisión del reino y a casi provocar una guerra civil, es una cuestión de impuestos y cargas tributarias muy pesadas. ¡Cuántas rebeliones y revoluciones ha habido en la historia de los pueblos a causa de los impuestos!
Cuando Roboam se dio cuenta de lo que pasaba quiso reaccionar enviándoles a Adoram, administrador de los tributos (¡el más inadecuado de los embajadores en este caso!) “pero lo apedreó todo Israel, y murió. Entonces el rey Roboam se apresuró a subirse en un carro y huir a Jerusalén.” En eso terminó la arrogancia y valentía de Roboam, en una huída cobarde. ¡Ah, Roboam, qué neciamente te has comportado!
Entonces sucedió lo inevitable. Las tribus del Norte, que necesitaban contar con un líder que las condujera, escogieron a Jeroboam para que fuera su rey. (v. 20).
Pero Roboam no estaba dispuesto a darse vencido. Reunió un ejército de 180,000 guerreros escogidos para hacer la guerra a la casa de Israel y someterlos. Cuando estaba a punto a partir Dios suscitó a un profeta, Semaías, para que le hablara a Roboam, y a los príncipes de Judá y a todo el pueblo reunido, estas palabras: “Así ha dicho Jehová: No vayáis, ni peleéis contra vuestros hermanos los hijos de Israel; volveos cada uno a su casa, porque esto lo he hecho yo. Y ellos oyeron la palabra de Dios, y volvieron y se fueron, conforme a la palabra de Jehová.” (v. 24)
Dios utiliza nuestros errores y defectos para llevar a cabo sus propósitos cuando desea castigarnos o despertar nuestro espíritu a la realidad. Él abandona a Roboam a las veleidades de su mente frívola, por causa de la cual perdió en Siquem la oportunidad única de heredar todo el reino que su padre y abuelo habían poseído. Si Dios hubiera querido tener compasión de él en esta ocurrencia, lo hubiera hecho recapacitar para que llegara a un acuerdo con los descontentos. Pero Dios sabía a dónde lo llevaría su espíritu contumaz e irreflexivo y lo tenía todo previsto. En verdad Roboam cosechó lo que él mismo había sembrado.

Nota 1. Antes de que se construyera el templo de Jerusalén el pueblo de Israel ofrecía sacrificios en los lugares altos, como también hacían los paganos a sus dioses.
2. Los israelitas ya no vivían en tiendas de campaña sino en ciudades y pueblos. Pero la mención de las tiendas en las que habían habitado los patriarcas y sus antepasados hasta la conquista de la tierra prometida, era una referencia a su pasado heroico del que ellos estaban orgullosos, y les servía como grito de rebeldía (2Sm 20:1).
NB. El núcleo de este artículo fue escrito en noviembre de 1990, pero nunca fue publicado. Lo he revisado y ampliado para esta ocasión.

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