miércoles, 9 de marzo de 2016

TIEMPO DE ELECCIONES, TIEMPO DE ORACIÓN

LA VIDA Y LA PALABRA
Por José Belaunde M.
TIEMPO DE ELECCIONES, TIEMPO DE ORACIÓN
Hemos entrado los peruanos de lleno en un período peligroso, esto es, el de las próximas elecciones generales que decidirán quién nos ha de gobernar en los próximos cinco años y, por implicancia, cuál ha de ser el destino del país en ese lapso por lo menos, si no en un período más largo.

Es un hecho reconocido que las consecuencias de las decisiones que tomen los gobiernos sobrepasan el tiempo que el gobernante se mantuvo en el poder y, por implicancia, las consecuencias de las decisiones que tomen los electores al acudir a las urnas pueden proyectar su sombra a períodos mucho más largos que el de un quinquenio, y afectar nuestro futuro a largo plazo. De hecho, nuestro país sigue experimentando hoy día las consecuencias de las decisiones que tomaron nuestros gobernantes hace tres o más décadas, sin que tengamos en muchos casos idea de qué fue lo que motivó esas decisiones.

Las elecciones, vistas superficialmente, a nosotros pueden parecernos como una contienda política convencional entre las usuales ambiciones personales, no siempre muy santas, y los comunes intereses mezquinos. Pero ellas son, en realidad, un acontecimiento altamente espiritual en el que se enfrentan las fuerzas del bien y del mal, y sus consecuencias son de largo alcance. Ellas concitan por ese motivo un gran despliegue de fuerzas y de astucia por parte del Maligno, que se esfuerza en obtener resultados perniciosos de cuya naturaleza nosotros difícilmente podemos tener idea.

Si pudiéramos contemplar en la esfera invisible qué es lo que se juega en esta contienda en estos días, podríamos ver que está en curso una batalla encarnizada en las regiones celestes, en la que se enfrentan los ángeles de luz que cuidan a nuestra patria, con las fuerzas espirituales de maldad que persiguen arruinarla (Véase al respecto Dn 10:11-13).

Podríamos ver a “hombres fuertes” (Lc 11:21) inflados de orgullo que, junto con las huestes malignas que los secundan, favorecen a determinados personajes que figuran en la contienda como candidatos, creando condiciones favorables para su triunfo, y gozándose de antemano con todo el mal y los sufrimientos que la victoria de sus protegidos podría causar.

Podríamos ver todas las perturbaciones que engendran para enredar el proceso y la extremada astucia con que tratan de sembrar la confusión en el electorado, de tal manera que, aún si los personajes que favorecen no alcanzan la victoria, el daño hecho a la vida institucional de la nación puede ser muy grande.

Del lado opuesto veríamos a las huestes angélicas deteniendo el accionar de los agentes del diablo y favoreciendo a otros candidatos. Pero tal como ocurrió en el episodio de la batalla de Israel contra los amalecitas (Ex 17:8-13), el resultado de la batalla en el cielo depende en gran parte de la oración en la tierra, porque ésta es, en la medida en que podemos entenderlo, la que alienta y da fuerzas a los ángeles. Si nuestra oración no los apoya, ellos se retiran del campo de batalla, o pelean con menos ahínco. Su ardor en la batalla depende de nuestro ardor en la oración, que es por eso una verdadera guerra espiritual. Hay una relación muy estrecha entre la batalla espiritual en la tierra y la que se desenvuelve en el cielo.

Se recordará que en la batalla contra Amalec las fuerzas de los hebreos, comandadas por Josué, vencían mientras Moisés mantenía sus brazos en alto orando, y eran vencidas cuando Moisés, cansado, los bajaba. Para recordarnos la lección que encierra este episodio Dios ordenó a Moisés que lo escribiera en un libro (Ex 17:14).

Este es pues un tiempo de guerra espiritual en la que todos los cristianos somos llamados a enrolarnos si amamos a nuestro país, y si deseamos ver mejores tiempos para nuestra patria.

No es mi costumbre meterme en temas de política pero, dada la actual coyuntura, no puedo dejar de advertir, como muchos ya lo habrán notado, que en las últimas semanas han surgido candidatos cuyas trayectorias son altamente cuestionables desde el punto de vista ético, o que representan un intento improvisado y mal armado de conquistar el poder, que no cuenta con un verdadero programa de gobierno y que, no obstante, cuenta aparentemente con un respaldo financiero significativo.

No podemos dejar de ver, si lo hacemos con realismo, que nuestro país enfrenta varios retos simultáneos muy graves. Uno es el de la proliferación de la delincuencia y de la inseguridad en las calles que ha traído consigo. Uno de sus aspectos colaterales más odiosos es el fenómeno de la extorsión que, apoyado por asesinos a sueldo (sicarios), era algo desconocido hasta hace muy poco en nuestra patria. Hoy ambos fenómenos están cobrando diariamente muchas vidas, trayendo mucho sufrimiento a nuestras familias.

Es cierto que  en los últimos meses se han tomado medidas efectivas para combatir esta lacra, pero se trata de medidas de largo aliento, que requieren de continuidad en su aplicación para obtener resultados tangibles, por lo que sería necesario que el próximo gobierno se proponga continuar en la misma dirección de manera consecuente.

Otro fenómeno ligado al anterior es el de la corrupción en los órganos de gobierno nacional y regional, y en el sistema judicial. Digámoslo francamente: No hay país que pueda progresar sostenidamente si no cuenta con un sistema judicial confiable, que dé seguridad a los inversionistas. De otro lado, la corrupción genera un enorme despilfarro de recursos escasos, que van a engrosar las cuentas corrientes, o las billeteras, de personajes bien situados. O genera obras públicas mal concebidas, o apresuradamente ejecutadas, porque la finalidad con que se emprenden es el lucro de sus promotores, no el bien de la comunidad.

La corrupción en nuestro país se ha visto fuertemente estimulada por un proceso de regionalización llevado a cabo “a las patadas”, sin planificación ni preparación previa adecuada, el cual ha dado como resultado que, en lugar de tener macroregiones bien concebidas, los antiguos departamentos, en muchos casos de fronteras caprichosas, se hayan convertido en un mosaico de regiones autónomas, que carecen de los cuadros administrativos capaces que serían necesarios, y que, en consecuencia, se han convertido en presa de aventureros sin escrúpulos.

A su vez, el fenómeno del narcotráfico está cobrando cada año que pasa mayor fuerza, a tal punto que hay quienes advierten que estamos en camino de convertirnos en un narco estado. El poder económico del narcotráfico pervierte todas las instituciones, corrompe muchas conciencias, y termina dictando muchas sentencias judiciales. Todavía estamos a tiempo de atajarlo, si es que se adoptan las medidas drásticas necesarias. Pero es una tarea urgente.

Por último, para no extendernos demasiado, el nivel de la educación pública en nuestro país es uno de los más bajos del mundo, y adolece de graves deficiencias por carencia principalmente de un profesorado debidamente capacitado. El resultado es que todos los años salen de nuestras escuelas jóvenes y muchachas insuficientemente preparados para enfrentar los retos de la existencia, y para proseguir estudios superiores. Los egresados de los colegios fiscales de muchas localidades del país están condenados a permanecer en la pobreza.

Es cierto también que en este campo, autoridades con visión renovada están llevando a cabo cambios y reformas que pueden significar una verdadera revolución en este campo. Pero aquí también sería necesario que estas políticas novedosas y audaces sean continuadas por el gobierno que en los próximos meses tome las riendas del país, y no eche por la borda, como es costumbre inveterada entre nosotros, los avances logrados por sus antecesores.

Esta es la hora, pues, en que poniéndonos toda la armadura de Dios en nuestra cámara secreta, debemos oponernos a esas fuerzas oscuras que intentan atenazar a nuestro país con cadenas de odio, ambición desmedida y espíritu de revancha. "Nuestra lucha no es contra sangre y carne...", no es contra seres humanos, no es contra determinadas personalidades, sino contra los principados y potestades del aire que mueven a los seres humanos como si fueran títeres (Ef 6:12).

Nuestra misión es atar a los hombres fuertes y ordenar que se seque su influencia en la esfera política de nuestra nación –tal como Jesús ordenó a la higuera que se secara, (Mr 11:20-23)- de modo que cesen de proliferar sus frutos amargos.
El futuro de nuestro país está íntimamente ligado a la persona que lo gobierne, a su capacidad para el cargo, a sus cualidades y defectos de carácter. Es el carácter del gobernante, su personalidad, la suma de sus cualidades y defectos, lo que decide la dirección que tome el país, si buena o mala. El carácter del gobernante, su rectitud, su experiencia y aptitudes, no su carisma o su labia, es lo importante. Sólo un presidente recto puede guiar al país por un camino recto; el mentiroso, el deshonesto, lo desviará por caminos torcidos.

Entremos pues a nuestra cámara secreta, cubriéndonos con la sangre de Cristo, para paralizar con la autoridad que Jesús nos ha dado (Lc 10:19), a los hombres fuertes que quieren imponernos gobernantes que resulten ser contrarios a los verdaderos intereses del país y de su población. Y pidámosle al Señor que Él mueva al pueblo a votar por el candidato capaz, justo y honesto que Él ha escogido para gobernarnos en el próximo quinquenio.

A las iglesias toca tomar el estandarte de esta lucha y estimular a sus fieles a unirse a ella con todo el ardor y el amor a su país que anide en su pecho.

NB: Hace poco más de diez años, estando a puertas de un período electoral, publiqué este artículo con el título de “Tiempo de Elecciones”, expresando la preocupación que muchos ciudadanos responsables sentían por el proceso que se avecinaba. Dado que su contenido no ha perdido actualidad lo publico nuevamente, revisado y actualizado, para reflejar las circunstancias del momento.




Amado lector: Si tú no estás seguro de que cuando mueras vas a ir a gozar de la presencia de Dios yo te exhorto a arrepentirte de todos tus pecados y te invito a pedirle perdón a Dios por ellos haciendo la siguiente oración:

“Jesús, tú viniste al mundo a expiar en la cruz los pecados cometidos por todos los hombres, incluyendo los míos. Yo sé que no merezco tu perdón, porque te he ofendido consciente y voluntariamente muchísimas veces, pero tú me lo ofreces gratuitamente y sin merecerlo. Yo quiero recibirlo. Me arrepiento sinceramente de todos mis pecados y de todo el mal que he cometido hasta hoy. Perdóname, Señor, te lo ruego; lava mis pecados con tu sangre; entra en mi corazón y gobierna mi vida. En adelante quiero vivir para ti y servirte.”

#918 (13.03.16). Depósito Legal #2004-5581. Director: José Belaunde M. Dirección: Independencia 1231, Miraflores, Lima, Perú 18. Tel 4227218. (Resolución #003694-2004/OSD-INDECOPI).


viernes, 4 de marzo de 2016

OBRAR BIEN


LA VIDA Y LA PALABRA
Por José Belaunde M.
OBRAR BIEN
El Evangelio de San Marcos dice que la gente comentaba que Jesús todo lo hacía bien (Mr 7:37). Jesús lo hacía  todo bien porque era Dios y era perfecto, claro está, aunque también era humano como nosotros. Él nos ha dicho que nosotros debemos seguir sus pasos; es decir, que nosotros también debemos hacer todo bien, a imitación suya.

Pero sabemos desgraciadamente que no siempre es así, sino todo lo contrario. Nosotros nos equivocamos con frecuencia y hacemos muchas cosas mal. El que no lo reconozca, se engaña a sí mismo. Somos maestros en el error o, por decirlo en el lenguaje coloquial, somos diestros en "meter la pata".

¿De qué depende cómo hacemos las cosas? Esto es, en un sentido moral ¿de qué depende cuan bien o cuan mal obramos? Depende del estado de nuestra alma. Es obvio. (Nota 1)

(Detente un momento a pensar, amigo lector, si lo que digo es cierto o falso. Quizá tú tengas una  idea mejor. Quizá pienses que depende de lo inteligente que seamos.)

Así como la actuación de un deportista en el estadio depende de su estado físico logrado mediante el entrenamiento, de manera semejante la mayor o menor calidad moral de nuestros actos estará en función del estado de nuestra alma.

¿Y de qué depende el estado de nuestra alma? Depende de nuestra relación con Dios. De cuan  íntima, o tibia, o fría sea. De cuan cerca o alejados estemos de Dios. Esto es, de cuan viva sea nuestra fe, de cuan constante y ferviente sea nuestra oración. En última instancia, es cierto, depende de la gracia de Dios que opera en nosotros, que es la que determina cuál sea nuestra relación con Él y, por consiguiente, cuál sea el estado de nuestra alma. Pero también depende de cuan dóciles seamos a la acción de la gracia, de cómo respondamos a ella, es decir, en última instancia, de cómo sean nuestras obras.

Aquí parece que cayéramos en un círculo vicioso. Del estado de nuestras almas dependen nuestras obras, y de nuestras obras depende el estado de nuestras almas. Pero es innegable que las cosas que hacemos influyen en nuestra condición anímica. Esto es, hay una especie de retroalimentación entre nuestro estado interior y la forma como se manifiesta exteriormente. Eso es algo que cualquiera puede comprobar en la práctica. Cuando hago algo mal, escribía hace poco un incrédulo en un periódico, me siento mal; y me siento bien cuando hago algo bien. Eso nos ocurre a todos. Hasta los criminales se sienten bien cuando hacen algo que creen está bien. Ese sentirse bien o mal es la respuesta de nuestra conciencia a nuestro obrar.

Si pecamos ennegrecemos nuestra alma y nos deprimimos. Muchas depresiones que sufre la  gente - aunque no puedan detectar la causa ni se den cuenta- vienen de los pecados que cometen. Si lo supieran y tomaran las medidas correctivas necesarias -es decir, si se arrepintieran y  enmendaran sus vidas no necesitarían tomar calmantes y antidepresivos.

Las palabras encolerizadas o indignas que pronunciamos, contristan al Espíritu Santo, como  apuntó Pablo en Efesios 4:29,30. En cambio, las palabras felices u oportunas que proferimos,  levantan nuestro ánimo y el de los otros (Pr 15:23).

Así pues, la calidad moral, buena o mala, de nuestras obras depende del estado de nuestras almas; pero, a su vez, nuestras obras, nuestros pensamientos y nuestras palabras influyen en el estado de nuestras almas.

Pero no sólo eso. Como ya se ha dicho, nuestras obras además reflejan al exterior nuestro
estado interior; nos revelan a los otros, nos delatan. Jesús dijo: "Por sus frutos los conoceréis." (Mt 7:16).  Comentando estas palabras de Jesús, San Agustín comparó al hombre con un árbol cuyos frutos son sus actos. Así como nosotros podemos saber qué árbol tenemos delante por los frutos que cuelgan de sus ramas -si es un naranjo, o un manzano, o una higuera- así también podemos saber qué clase de personas son las que tenemos delante o las que conocemos, si observamos su conducta.

Por eso no tenemos excusa si nos equivocamos acerca de alguien. ¿No sabías cómo era en verdad y, al descubrirlo, te pegaste una gran desilusión? Pero ¿acaso no tuviste oportunidad de observar su conducta? ¡Oh sí, el amor es ciego! Por eso dijo alguien con mucho acierto, que al novio se le dice novio, porque "no vio". El amor lo había cegado, no vio lo que debía ver y después vinieron los lamentos. (¿El amor es ciego? Quizá no tanto el amor como la pasión.)

Jesús dijo de sí mismo: "Las obras que yo hago...dan testimonio de mí." (Jn 10:25). Las obras que Él hacía daban testimonio de que Él era el Hijo de Dios.

Las cosas que nosotros hacemos, grandes o pequeñas, a lo largo del día, dan testimonio de nosotros, de lo que somos. ¿Quiénes somos? ¿Qué clase de personas somos? ¿Qué es lo que nos impulsa? ¿Cuáles son nuestros sentimientos? ¿Cuáles nuestras motivaciones? etc. Nuestros actos están ahí para revelarlo. (2)

Pero también revelan cuál será nuestra condición, nuestro estado futuro, en la otra vida. Porque,  como dice el salmo 62: "Dios paga a cada cual según sus obras." (v. 12b) Nosotros estamos preparando el lecho de rosas, o el lecho de espinas, en el que algún día nos acostaremos, porque cosecharemos lo que sembramos con nuestras obras.

Sabemos muy bien que somos salvos no por obras sino por gracia, mediante la fe. Pero la mayor o menor gloria de que gocemos en el cielo sí depende de nosotros, nos la ganamos con nuestras obras.

Pablo dijo en Gálatas: “Todo lo que el hombre siembre, eso cosechará". (6:7) Eso es cierto no sólo respecto de la vida futura; se aplica ya en esta vida. La satisfacción o el bienestar material que alcance una persona dependen en gran medida del esfuerzo que aplique a su trabajo, o a su negocio. Si es descuidado o perezoso, no irá a ninguna parte, pero si se empeña y se esfuerza "delante de los reyes estará", como dice un Proverbio. O como también dice otro: "La mano negligente empobrece; mas la mano de los diligentes, enriquece."  (Pr 22:29;10:4).

Igual ocurre con nuestro destino futuro. Nosotros estamos sembrando en esta vida semillas cuyo fruto cosecharemos en la otra. ¿Qué clase de semillas estamos sembrando? ¿Cómo son nuestras obras? ¿Cuáles son nuestros actos? Algún día veremos el resultado de lo que hicimos y lo palparemos. Si fuimos diligentes en acumular un tesoro en el cielo, o si lo descuidamos.

También se mostrará la clase de semilla que usamos al sembrar, si fue buena o mala. Y no empleo aquí la palabra "semilla" en el sentido de dinero, sino en el de actos, palabras y pensamientos, así como de la intención que está detrás de cada uno de ellos.

Puede ser que alguno se diga: Si nuestra felicidad futura depende de lo que hagamos ahora, sería bueno que sepamos cuáles son esas obras importantes que debemos realizar para asegurarnos que cosechemos una gran recompensa en el cielo. A ver, hagamos la lista.

Las obras importantes de las que depende nuestra felicidad eterna no son otras sino nuestras acciones cotidianas, ordinarias, comunes, las de todos los días, las menos importantes; las que hacemos, por ejemplo, porque estamos obligados a hacerlas para que nuestro empleador nos pague nuestro sueldo. Más aun, las que hacemos voluntariamente, sin estar obligados, y que nadie –salvo Dios- reconoce y remunera.

En otras palabras, la recompensa de que algún día gocemos depende de cómo desempeñamos nuestras obligaciones ahora, de cómo ejecutamos nuestros más pequeños y hasta más rutinarios actos de cada día, voluntarios o automáticos, conscientes o inconscientes. Los segundos también porque, ellos surgen de un resorte interior del que somos responsables.

Las perfección de nuestras obras no consiste en realizar hechos heroicos, sino en hacer bien todo lo que hacemos, comenzando por aquellas cosas que tenemos que hacer, las que hacemos por obligación, que son las que nos gustan menos llevar a cabo. Pablo dijo en Colosenses: "...Y todo lo que hagáis, hacedlo de corazón, como para el Señor." (3:23).

"De corazón". Esto es, con toda nuestra alma, con todo nuestro ser. "Para el Señor". Esto es,  tratando de agradarle.

Obrando de esta manera, nos perfeccionaremos. No se trata de mejorar nuestra "performance", o nuestro rendimiento, como el gimnasta que entrena todos los días tratando de hacer cada  movimiento con la mayor elegancia y soltura posible. O como la bailarina que se esfuerza por dar sus saltos como si fuera más ligera que una pluma, y no le costara ningún esfuerzo, aunque tenga sus músculos templados como el acero.

No se trata de la perfección externa de nuestra conducta, sino de la intención con que actuamos, del fervor con que obramos, del amor que ponemos en todo lo que hacemos. E insisto, en todo lo que hacemos, porque ni aun el más pequeño de nuestros actos se pierde. Sí, el menor de nuestros actos puede convertirse en una acción heroica, valiosísima, según el amor que pongamos en ella.

Por eso es bueno ser conscientes de que todo lo que hacemos para ganarnos la vida forma parte del trabajo de Dios en el mundo, por humilde que sea ese trabajo. Porque todo trabajo honesto contribuye, o debe contribuir, al bienestar del hombre en la tierra.

Si no, pensemos: los que siembran y los que cosechan regando la tierra con el sudor de su frente ¿no contribuyen a alimentar al hombre y a saciar su hambre? Y el que transporta pasajeros ¿no satisface una necesidad humana de trasladarse de un lugar a otro? Y el cartero que gasta las suelas de sus zapatos para llevar la correspondencia ¿no facilita la comunicación entre las personas? ¿Qué trabajo más sucio que el de los que recogen la basura? Pero ¿qué sería de nuestra ciudad sin ellos?

Todo el trabajo útil que realiza la gente, de cualquier naturaleza que sea, forma parte del trabajo que Dios ha ordenado que se haga para que su creación se sustente y se mantenga. Sí, Él ha dispuesto que se haga todo eso, y por eso lo hace la gente, aunque no sepa por cuenta de quién lo hace. No por cierto por cuenta del que les paga, sino por cuenta del que está encima del que los ha contratado, por encima de todos los patrones.

Yo puedo pues decir de todo lo que yo hago, si es bueno: "Dios trabaja a través mío". Y es verdad, si lo que yo hago, por insignificante que sea, satisface alguna necesidad humana, o cumple algún propósito bueno. Si se cumple esa condición, nosotros podemos en verdad decir de todo lo que hagamos: "Dios trabaja a través nuestro", porque forma parte de la obra continua de Dios en el mundo, como dijo Jesús: "Mi Padre hasta ahora trabaja y yo trabajo" (Jn 5:17). Y si eso es cierto, todo lo que hagamos dará gloria a Dios, aunque sea insignificante.

Si obramos y vivimos de esa manera, conscientes de que Dios está en nosotros y actúa a través de nosotros, viviremos constantemente en su presencia, haremos casi automáticamente cada cosa lo mejor que podamos; nuestros actos nos acercarán a Él, nos santificarán, nos perfeccionarán; y, al mismo tiempo, edificarán a otros. ¿Quién no quiere vivir así?  

Nota 1.  También depende en parte de nuestro estado físico, porque cuando estamos debilitados, cansados o enfermos, nuestra atención y nuestra concentración disminuyen e inevitablemente nuestros resortes internos y nuestro dominio propio se relajan, y podemos cometer errores -e incluso ceder a la tentación- por descuido o cansancio. De ahí que el demonio ataque nuestro cuerpo y trate de muchas maneras de debilitarnos para poder tentarnos más fácilmente.

2. Revelan en verdad que somos pecadores, pero deberían también revelar que somos pecadores arrepentidos y redimidos. Jesús dijo que sus discípulos serían reconocidos por el amor mutuo que se tienen. ¿No somos los cristianos diferentes de los mundanos? Si no lo somos habría que preguntarse qué clase de cristianos somos.

NB. Se publica por segunda vez, ligeramente revisado, este artículo que fue escrito en enero de 1999, y publicado por primera vez en agosto de 2005.

Amado lector: Si tú no estás seguro de que cuando mueras vas a ir a gozar de la presencia de Dios, yo te exhorto a arrepentirte de todos tus pecados, y te invito a pedirle perdón a Dios por ellos haciendo la siguiente oración:
"Jesús, tú viniste al mundo a expiar en la cruz los pecados cometidos por todos los hombres, incluyendo los míos. Yo sé que no merezco tu perdón, porque te he ofendido consciente y voluntariamente muchísimas veces, pero tú me lo ofreces gratuitamente y s in merecerlo. Yo quiero recibirlo. Me arrepiento sinceramente de todos mis pecados y de todo el mal que he cometido hasta hoy. Perdóname, Señor, te lo ruego; lava mis pecados con tu sangre; entra en mi corazón y gobierna mi vida. En adelante quiero vivir para ti y servirte."

#890 (19.07.15). Depósito Legal #2004-5581. Director: José Belaunde M. Dirección: Independencia 1231, Miraflores, Lima, Perú 18. Tel 4227218. (Resolución #003694-2004/OSD-INDECOPI).



martes, 23 de febrero de 2016

EL MATRIMONIO COMO PACTO (continuación)

El Matrimonio como Pacto (Continuación)

Pero "¿si me equivoqué y no conocía bien a la persona con la cual me casaba?" –dirá alguno- "Yo vine a darme cuenta sólo cuando ya estábamos casados". No le eches la culpa a Dios de tu error. Tú eres responsable de tus actos. ¿Por qué no lo pensaste bien? La Escritura en el Salmo 15, al establecer las condiciones por las que el ser humano puede permanecer en la presencia de Dios, menciona al hombre que “aun jurando en perjuicio propio no cambia su palabra” (v. 4c). Jesús dirá: “que tu sí sea sí, y tu no, no” (Mt 5:37).

Por eso es que los jóvenes no deberían contraer matrimonio sin haber sido adecuadamente instruidos acerca de la seriedad y de la santidad del compromiso que celebran; sin estar seguros de que Dios es el que los llama a unirse. Y yo creo que los ministros de Dios que casan a los novios sin haberse cerciorado de que ambos comprenden bien lo que están haciendo, sin haberlos instruido previamente sobre la solemnidad e irrevocabilidad de su compromiso, y sin haberse cerciorado de que ambos han buscado la voluntad de Dios antes de decidir casarse, y que están hechos el uno para el otro esos ministros, digo, -pastores o sacerdotes que no cumplen ese deber- pecan gravemente, y se hacen corresponsables del pecado que esos esposos pudieran cometer algún día si se divorcian. 

Y debería advertirse claramente a los novios que si no están absolutamente decididos a comprometerse de por vida al casarse, si no están dispuestos a pronunciar con toda su alma las palabras por las cuales se prometen amarse en las buenas y en las malas, hasta que la muerte los separe, sería mejor que no se casen ni tengan hijos. Menor pecado cometen viviendo juntos sin casarse, que casándose mintiéndose el uno al otro y mintiendo a Dios. Pero si ellos celebran su matrimonio conscientes de lo que emprenden, con toda su voluntad y toda su intención, Dios no dejará de sostenerlos en las pruebas y tentaciones por las que pudieran pasar.

(Pasaje tomado del capítulo "Un Poco de Historia" de mi libro "Matrimonios que Perduran en el Tempo" Vol I, publicado por Editores Verdad y Presencia. Tel 4712178. Av. Petit Thouars 1189, Santa Beatriz, Lima, Perú).



miércoles, 17 de febrero de 2016

LA ORACIÓN III

LA VIDA Y LA PALABRA
Por José Belaunde M.
LA ORACION III

Hay algunos requisitos que nuestras peticiones deben reunir para que seamos escuchados. En primer lugar,  que sean específicas, concretas, no vagas. Si queremos  que Dios nos escuche debemos saber qué es lo que queremos: "Señor, dame un trabajo". Está bien, te dirá el Señor, pero ¿qué clase de trabajo quieres?  ¿Cualquiera te da lo mismo? De repente, para enseñarte a pedir bien, te da un trabajo que no te gusta y, encima, mal pagado. Si le has de pedir algo, no desconfíes de su generosidad.
En segundo lugar, es bueno que nuestras peticiones contengan detalles, para que Él pueda satisfacer nuestros deseos. ¿Cómo quieres ese trabajo? ¿Dudas acaso de que Él pueda darte exactamente lo que deseas? Si no lo hace es porque desea darte algo mejor.
En tercer lugar, nuestras peticiones han de ser sinceras, porque Él ve nuestro corazón. No vale la pena que le pidamos cosas que realmente no deseamos, o que no nos importan. Él desea cumplir nuestros deseos, no nuestros caprichos, o veleidades del momento.
Por último, nuestras peticiones han de ser sencillas. No necesitamos usar de grandes palabras para  impresionarlo.
Es cierto que también podríamos no pedirle nada concreto a Dios, sino simplemente decirle: Haz de mí lo que quieras. Y ésa podría ser en algunos casos la mejor oración. Pero hay veces en que necesitamos pedirle cosas concretas.
Hay también algunos principios básicos que debemos observar para que nuestras oraciones sean  contestadas: En primer lugar, debemos orar con fe. Como en casi todas las cosas referentes a nuestra vida espiritual, la fe es una condición esencial. Jesús lo dijo: "Si tuvierais fe como un grano de mostaza, podríais decir a este sicómoro: Desarráigate y plántate en el mar, y os obedecería."  (Lc 17:6). Es decir, con que sólo tuviéramos una mínima dosis de fe, obtendríamos todo lo que quisiéramos, aunque nos parezca imposible. Lo malo es que a veces no tenemos ni esa mínima dosis. No le creemos a Dios; no confiamos en su poder absoluto, ni en su deseo de concedernos lo que necesitamos.
En otra ocasión Jesús dijo: "Conforme a vuestra fe os sea hecho" (Mt 9:29). Nuestra fe es la medida de lo que obtenemos orando: si mucha, mucho; si poca, poco.
Santiago también nos amonesta: "Pero pida con fe, sin dudar; porque el que duda es semejante a una ola del mar que es arrastrada por el viento, y echada a un lado y a otro. No piense, pues, quien tal haga que recibirá alguna cosa del Señor" (St 1:6,7).
Si pedimos sin fe es como si le dijéramos a Dios: "Te ruego que me concedas tal cosa, pero yo ya sé que no me lo vas a dar". Nuestra desconfianza, nuestra falta de fe, lo ofende. Entonces nos contestará: "Conforme a tu falta de fe te será hecho". Y no podremos quejarnos.
Pero si pedimos algo a Dios y confiamos en Él, debemos esperar resultados, porque para eso pedimos, no por hablar. Si no los esperamos, tampoco nos vendrán. Nadie hace ninguna gestión para no obtener nada. De lo contrario, no la haría. Igual es en la oración. Si oramos debemos estar a la espera del resultado, y si demora, insistir. Dios no se ofende por ello; al contrario, se agrada.
Precisamente para enseñarnos a perseverar en la oración Jesús narró la corta parábola del juez impío, que no creía en Dios ni en nadie, y a quien una viuda venía a molestar todos los días con su queja. Para que no le agotara la paciencia, el juez dijo que le haría justicia. Jesús termina diciendo: "¿Y acaso Dios no hará justicia a sus escogidos, que claman a Él día y noche?" (Lc 18:7). Orar perseverando es pues el segundo principio.
En tercer lugar, hemos de pedir cosas que estén de acuerdo con la voluntad de Dios (1 Jn 5:14,15). ¿Nos dará Dios algo que Él no quiere? ¿Algo que sea contrario a su ley? ¿Algo que nos haga daño? No podemos obligar a Dios. Más bien, si queremos obtener algo de Dios, debemos pedir cosas que Él quiera darnos, algo que sea para nuestro bien, no para nuestro daño, puesto que Él nos ama.
Pudiera ser, sin embargo, que en algún caso excepcional Dios nos conceda algo que no sea conforme a su voluntad y que suframos las consecuencias. Así aprendemos a no desear lo que Él no desea.
¿Pero cómo sabemos que nuestras peticiones están de acuerdo con su voluntad? Primero, tenemos su palabra que nos ilustra al respecto. No podemos pedirle algo que su palabra dice que es pecado, algo que Él prohíba. Pero la Escritura no cubre todos los casos particulares. Para que podamos saber si lo que deseamos es conforme a su voluntad específica para nosotros en un momento dado, tenemos el recurso de preguntarle a Dios en oración: ¿Es este deseo mío conforme a tus propósitos para mí? Si nos acercamos a Él confiadamente como un hijo a su padre, no dejaremos de oír en nuestro espíritu la respuesta.
En cuarto lugar, la manera más segura de obtener lo que queremos es vivir conforme a la voluntad de Dios, obedeciéndola en nuestra vida diaria: "Y cualquier cosa que pidiéremos la recibiremos de Él, porque  guardamos sus mandamientos, y hacemos las cosas que son agradables delante de Él." (1 Jn 3:22).
Hacer su voluntad es el camino más directo para vivir en comunión con Él. Si vivimos en comunión con Él no desearemos nada que Él no desee, y si acaso lo deseáramos, sentiríamos en nuestro espíritu un reproche, y nos avergonzaríamos. Pablo dijo: "El que se une al Señor es un espíritu con Él." (1Cor 6:17). Si nuestro espíritu está unido al suyo, nos dejaremos guiar por Él en toda nuestra vida, y Él nos comunicará lo que desea que le pidamos. Si nuestro espíritu está unido al suyo, no querremos hacer nada que Él no pueda hacer junto con nosotros.
En quinto lugar, Jesús nos ha dado un arma: "De cierto, de cierto os digo, que todo lo que pidiereis al Padre en mi nombre, os lo dará." (Jn 16:23; 14:13,14). Pedir algo en su nombre es pedir en su lugar, como si Él mismo lo hiciera. ¿Le negará Dios algo a su Hijo? Por supuesto que no. Por eso Jesús nos asegura que todo lo que pidamos en su nombre nos será hecho, para que demos por seguro que lo hemos obtenido.
¿Reemplazará el nombre de Jesús a la fe? De ninguna manera. Más bien, se le añade. Porque ¿cómo  podríamos pedir algo en el nombre de alguien en quien no creemos? Nuestra incredulidad haría vacío el uso de su nombre.
Pero no sólo nuestra incredulidad. Si con nuestra conducta deshonramos el nombre de Jesús, mal podríamos usarlo para alcanzar algo de Dios.
Por último, y en sexto lugar, obtenemos lo que pedimos si confiamos enteramente en Él, y descansamos en esa confianza: "Encomienda al Señor tus caminos, confía en Él y Él obrará" (Sal 37:5).
Dios nunca defrauda al que en Él confía. Lo dice de muchas maneras su palabra. ¿Y cómo no descansar plenamente en Él si "Él tiene cuidado de nosotros"? (1P 5:7). Si ello es así, bien podemos echar en Él nuestras cargas, descartando toda inquietud, y esperando que Él intervenga a su manera y en su tiempo (Sal 55:22). Orando así ponemos enteramente el resultado en sus manos, sabiendo que Él hará lo mejor.
Estas condiciones que he enumerado no son pasos que han de cumplirse sucesivamente, uno tras otro, para obtener de Dios lo que solicitamos: Primero hacer esto, después aquello, como quien cumple un plan. No, son principios y observar uno solo de ellos puede bastar, provisto que no vivamos en contradicción con los otros. Pero hay veces en que seremos guiados a pedir de una manera, según tal principio, y habrá otras en que seremos impulsados a rogar de una forma distinta, según otro, de acuerdo a las circunstancias.
Dios no sigue reglas. No es un Dios de un solo método, de un solo sistema. Él siempre se renueva aunque siempre es el mismo. Eternamente nuevo y eternamente igual. En su fidelidad "que llega hasta los cielos," y que se prolonga "de generación en generación" está nuestra confianza (Sal 36:5; 119:90).

NB. Esta es la continuación de un artículo que fue publicado por primera vez en febrero del 2002, y que fuera reimpreso nuevamente cuatro años después.

Amado lector: Jesús dijo: "De qué le sirve al hombre ganar el mundo si pierde su alma?" (Mr 8:36) Si tú no estás seguro de que cuando mueras vas a ir a gozar de la presencia de Dios, es muy importante que adquieras esa seguridad, porque no hay seguridad en la tierra que se le compare, y que sea tan necesaria. Con ese fin yo te exhorto a arrepentirte de todos tus pecados, y te invito a pedirle perdón a Dios por ellos haciendo la siguiente oración:
"Jesús, tú viniste al mundo a expiar en la cruz los pecados cometidos por todos los hombres, incluyendo los míos. Yo sé que no merezco tu perdón, porque te he ofendido consciente y voluntariamente muchísimas veces, pero tú me lo ofreces gratuitamente y sin merecerlo. Yo quiero recibirlo. Me arrepiento sinceramente de todos mis pecados y de todo el mal que he cometido hasta hoy. Perdóname, Señor, te lo ruego; lava mis pecados con tu sangre; entra en mi corazón y gobierna mi vida. En adelante quiero vivir para ti y servirte."

#889 (12.07.15). Depósito Legal #2004-5581. Director: José Belaunde M. Dirección: Independencia 1231, Miraflores, Lima, Perú 18. Tel 4227218. (Resolución #003694-2004/OSD-INDECOPI).


viernes, 12 de febrero de 2016

EL MATRIMONIO ES UN PACTO

Dios dice que el matrimonio es un pacto o alianza, que se lleva a cabo bajo su tutela (Pr 2:17; Mal 2:14). Todo pacto, según vemos en el Antiguo Testamento es, por definición, inviolable, irrompible. Y así es el pacto matrimonial. La Biblia no conoce de matrimonio a prueba, "a ver si resulta". La unión de los esposos, según el propósito inicial de Dios, como afirma Jesús, es definitiva, para siempre mientras vivan (Véase también lo que escribe Pablo en I Cor 7:39. Lo que dice de la mujer, es cierto también para el hombre).
Dios es el que los ha unido, como dice Jesús: "Lo que Dios ha unido, no lo separe el hombre". (Mt 19:6b). Por eso su unión es sagrada. La sola admisión en la mente de los novios de que existe la posibilidad de divorcio, viene de la ignorancia de la santidad del pacto que van a contraer al casarse, y al que ambos se someten. Si lo supieran, el día que surgieran dificultades y conflictos entre ellos, tratarían por todos los medios de superarlas y sanarlas a fin de mantenerse unidos.
Al casarse se juraron fidelidad, y esa palabra debe permanecer, cualquiera que sean las circunstancias  que pudieran sobrevenirles luego. El hecho de que Balaam cantara: "Dios no es hombre para que mienta" (Nm 23:19) no puede servir de excusa al hombre para renegar de su palabra. He aquí lo que la Escritura dice acerca de la palabra empeñada: "Cuando alguno haga un voto al Señor, o profiera un juramento ligando su alma con una obligación, no quebrantará su palabra; hará conforme a todo lo que salió de su boca." (Nm 30:2). Al contraer matrimonio hombre y mujer se hacen un juramento, o una promesa, según la fórmula que empleen, que tiene a Dios por testigo, y Dios les pedirá cuenta de cómo lo cumplieron (Ecl 5:5,6). (Continuará)

(Pasaje tomado del capítulo " Un Poco de Historia" de mi libro "Matrimonios que Perduran en el Tiempo"  Vol I, publicado por Editores Verdad y Presencia. Tel 4712178. Av. Petit Thouars 1189, Santa Beatriz, Lima, Perú).

miércoles, 10 de febrero de 2016

LA ORACIÓN II

LA VIDA Y LA PALABRA
Por José Belaunde M.
LA ORACIÓN II

Revisando mi charla anterior (La Oración I), al llegar al texto que decía: Si no le amamos y adoramos en la intimidad de nuestro ser, no le amaremos en la práctica de la vida, me di cuenta de que antes de preguntar ¿Cómo se ama a Dios en la práctica? debí haber preguntado ¿Cómo se ama a Dios en la intimidad de nuestro ser? No lo hice porque pensé que todos mis lectores lo saben. Pero quizá no sea tan evidente para todos.

Así que contestemos a esa pregunta. Lo primero que debemos tener en cuenta es que nosotros somos indignos de acercarnos a Dios. Aunque tengamos la sincera intención de honrarlo en nuestras vidas, en los hechos muchas veces le fallamos y nos comportamos de una manera que no le agrada. Por ese motivo, la primera forma de amarlo es decirle que reconocemos nuestra indignidad, que sabemos que no merecemos que nos atienda, y enseguida pedirle perdón por las muchas veces que le hemos sido ingratos, en lo poco y en lo mucho. Y a continuación, suplicarle que nos admita en su presencia. Lo hará porque de todos modos lo desea, y ya nos ha perdonado.

¿Cómo se ama a Dios? Pues simplemente amándolo. Diciéndole todas las cosas gratas que nos vengan en mente y que nuestro amor inspire. Dios no se cansará de oírlas. Más bien, Él hará que nuestro amor crezca al decirlas.

Amamos a Dios en nuestro ser más íntimo dándole gracias por los muchos favores y bendiciones que hemos recibido de Él, comenzando por la vida misma, por la salud y el bienestar de que gozamos. Podemos decirle con el rey David: "Bendice alma mía al Señor, y todo mi ser bendiga su santo nombre" (Sal 103:1).

En ese salmo el poeta real enumera algunas de las bendiciones que recibió de Dios. Nosotros podríamos hacer lo mismo, recordando las muchas cosas que Dios ha hecho a favor nuestro desde nuestro nacimiento, y dándole gracias por cada una de ellas. Nosotros las conocemos bien, pero no deberíamos olvidarlas nunca,  porque tenerlas siempre en mente fortalece nuestra fe y nuestra confianza en Él, y nos ayuda a esperar cosas mejores.

Alabar a Dios es darle el lugar que le corresponde: "Señor, digno eres de recibir la gloria y la honra y el poder..." (Ap 4:11). Jesús nos enseñó a decir en el Padre Nuestro: "Santificado sea tu nombre" (Mt 6:9), esto es, sea tu nombre alabado, bendito, exaltado, por encima de todas las cosas.

Cuando alabamos a Dios, atraemos su presencia sobre nosotros: "Dios habita en medio de las alabanzas de Israel." (Sal 22:3), esto es, de su pueblo, que somos nosotros. ¿Y qué puede darnos la presencia de Dios sino gozo? Como nos lo recuerda el salmista: "Te alabaré, oh Señor; con todo mi corazón; contaré todas tus maravillas. Me alegraré y me regocijaré en ti." (Sal 9:1,2).

Cuando nos alegramos en Él, Él se regocija en nosotros. ¿No quisiéramos nosotros, sus hijos, que nuestro Padre se alegre en nosotros? ¿Qué mayor alegría podemos tener en la tierra sino que Dios nos visite con su presencia y su gozo? Si alguna vez estamos cansados, deprimidos, tristes, el mejor remedio es empezar a alabarlo, aunque no tengamos ganas de hacerlo. En poco tiempo el gozo de Dios vendrá sobre nosotros y disipará las nubes que ensombrecen nuestra alma.

Frente a las desgracias y tribulaciones, frente a las ingratitudes e incomprensiones,
frente a las injusticias de la vida, el mejor remedio es gozarse en Dios, alabarle y darle gracias, aun por aquello que nos aflige. Con el  gozo de Dios retornarán nuestras fuerzas, si acaso las hubiésemos perdido: "El gozo del Señor mi fortaleza es." (Nh 8:10). ¡Cuántas veces lo hemos cantado!

Más importante es experimentarlo. Pero ése no es el único beneficio: Al alabarle y darle gracias a Dios por todos sus favores, convertimos nuestros sinsabores en fuente de bendiciones, y nos atraemos otras nuevas: "Haz del Señor tus delicias y Él te dará los deseos de tu corazón." (Sal 37:4). Cuando nos deleitamos en Dios, Él se deleita en concedernos nuestros deseos más íntimos, más preciados, sin que tengamos necesidad de  pedírselos.

¿Cuál es la diferencia entre la alabanza y la adoración? Creo que todos lo sabemos de una manera instintiva. Pero una manera de hacer explícita la diferencia sería decir que la primera es expansiva, y la segunda intimista; que la primera lleva naturalmente a elevar la voz; la segunda conduce al silencio: "Guarda silencio ante el Señor y espera en Él." (Sal 37:7a). Sí, bien podemos adorarlo en silencio y Él escucha nuestros más ocultos pensamientos como si los gritáramos a voz en cuello. Podríamos agregar que se alaba mayormente con la boca ("alabar" quiere decir "dar gracias"), y se adora sobre todo con la actitud corporal.

El verbo griego que traducimos por "adorar", "proskuneo", quiere decir literalmente "postrarse". Esa es la actitud que expresa mejor la adoración, así como el estar de pie, cantando o bailando, expresa la alabanza. Cuando adoramos nos arrodillamos, nos postramos con la frente en el suelo, como el esclavo ante su señor, en señal de sumisión.

Hay un episodio en los evangelios que manifiesta muy bien lo que es la adoración: el de la pecadora que cubre de besos y lágrimas los pies de Jesús (Lc 7:37,38). Los hombres objetarán quizá: ¡la que hacía eso era una mujer! En el espíritu no hay sexo, no hay hombre, no hay mujer, como dijo Pablo (Gal 3:28). Todos somos iguales. (Nota 1).

Generalmente asociamos en nuestro espíritu las palabras "oración" y "petición". Si oramos es porque necesitamos algo, y se lo pedimos a Dios para que nos lo conceda. La conexión es cierta. La petición forma parte de la oración. Pero hemos visto que no es su único aspecto, ni es el primero.

Es de mal gusto y una descortesía acercarse a una persona y, sin más, pedirle algo sin ni siquiera saludarlo (2). Si no lo somos con los hombres, mucho menos debemos ser maleducados y descorteses con Dios. Después de todo la cortesía y las buenas maneras surgen del amor. ¿Amaremos menos a Dios que al prójimo? ¿Seremos menos considerados con Él que con el vecino?

Si dedicamos la mayor parte de nuestra oración a alabarlo y bendecirlo, nos habremos ganado su favor, y sólo necesitaremos decirle llanamente, y en pocas palabras, lo que necesitamos para que nos lo conceda.

Pero hay quienes sostienen que no se debe utilizar a Dios como si fuera el duende de la lámpara de Aladino: "¡Dame! ¡Tráeme! ¡Consígueme!" No está bien, dicen, pedirle a Dios cosas todo el tiempo.

Sin embargo, su palabra dice: "Pedid y recibiréis; buscad y hallaréis; tocad y se os abrirá. Porque todo el que pide,  recibe; y el que busca, halla; y al que llama, se le abrirá." (Lc 11:9,10). La primera parte es una orden; la segunda, una promesa. Él mismo nos exhorta a pedirle. Él quiere que le pidamos. Nuestras peticiones no le aburren, no le  molestan, no le cansan; al contrario, le agradan. Si deseamos algo y no queremos pedírselo a Dios ¿no será quizá porque no queremos recibirlo de sus manos, o porque no queremos que Él tenga que ver nada con eso? Quizá  pensemos que no nos lo daría si lo mencionamos. Queremos tenerlo sin que Él lo sepa.

Pero si hay algo que deseamos recibir, mas no de sus manos, mejor será que ni siquiera lo deseemos. Porque no  nos convendría. Pero si de algo pensamos que sí lo podríamos recibir de Él, pidámoselo aunque no lo recibamos, porque el sólo hecho de orar nos hace mejores, nos cambia para bien. Ésa es la razón, creo yo, por la que Él, aunque sabe muy bien todo lo que necesitamos, quiere, no obstante, que se lo pidamos (Mr 10:51).

Notas: 1. Por si acaso alguien nos entienda mal, digamos que sí hay diferencia en la tierra entre uno y otro, es decir, mientras estemos en la carne. Diferencia pero no preeminencia. Hay quienes sostienen, sin embargo, que las características psicológicas de los sexos se mantienen en el más allá, porque en la dualidad masculino/femenino  Dios se expresa a sí mismo, expresa la multiforme naturaleza de su ser.
2. Aunque muchas veces lo hacemos en la práctica. El peruano se ha vuelto descortés. Pero el cristiano no debe serlo. Ése es un tema al cual valdría la pena dedicar toda una enseñanza.

NB. Como el artículo anterior, este artículo fue publicado por primera vez en febrero del 2002, y fue reimpreso nuevamente cuatro años después. Se publica de nuevo, pero dividido en dos partes debido a su extensión.

Amado lector: Jesús dijo: "De qué le sirve al hombre ganar el mundo si pierde su alma?" (Mr 8:36) Si tú no estás seguro de que cuando mueras vas a i r a gozar de la presencia de Dios, es muy importante que adquieras esa seguridad, porque no hay seguridad en la tierra que se le compare, y que sea tan necesaria. Con ese fin yo te exhorto a arrepentirte de todos tus pecados, y te invito a pedirle perdón a Dios por ellos haciendo la siguiente oración:
"Jesús, tú viniste al mundo a expiar en la cruz los pecados cometidos por todos los hombres, incluyendo los míos. Yo sé que no merezco tu perdón, porque te he ofendido consciente y voluntariamente muchísimas veces, pero tú me lo ofreces gratuitamente y sin merecerlo. Yo quiero recibirlo. Me arrepiento sinceramente de todos mis pecados y de todo el mal que he cometido hasta hoy. Perdóname, Señor, te lo ruego; lava mis pecados con tu sangre; entra en mi corazón y gobierna mi vida. En adelante quiero vivir para ti y servirte."


#888 (05.07.15). Depósito Legal #2004-5581. Director: José Belaunde M. Dirección: Independencia 1231, Miraflores, Lima, Perú 18. Tel 4227218. (Resolución #003694-2004/OSD-INDECOPI).