viernes, 4 de marzo de 2016

OBRAR BIEN


LA VIDA Y LA PALABRA
Por José Belaunde M.
OBRAR BIEN
El Evangelio de San Marcos dice que la gente comentaba que Jesús todo lo hacía bien (Mr 7:37). Jesús lo hacía  todo bien porque era Dios y era perfecto, claro está, aunque también era humano como nosotros. Él nos ha dicho que nosotros debemos seguir sus pasos; es decir, que nosotros también debemos hacer todo bien, a imitación suya.

Pero sabemos desgraciadamente que no siempre es así, sino todo lo contrario. Nosotros nos equivocamos con frecuencia y hacemos muchas cosas mal. El que no lo reconozca, se engaña a sí mismo. Somos maestros en el error o, por decirlo en el lenguaje coloquial, somos diestros en "meter la pata".

¿De qué depende cómo hacemos las cosas? Esto es, en un sentido moral ¿de qué depende cuan bien o cuan mal obramos? Depende del estado de nuestra alma. Es obvio. (Nota 1)

(Detente un momento a pensar, amigo lector, si lo que digo es cierto o falso. Quizá tú tengas una  idea mejor. Quizá pienses que depende de lo inteligente que seamos.)

Así como la actuación de un deportista en el estadio depende de su estado físico logrado mediante el entrenamiento, de manera semejante la mayor o menor calidad moral de nuestros actos estará en función del estado de nuestra alma.

¿Y de qué depende el estado de nuestra alma? Depende de nuestra relación con Dios. De cuan  íntima, o tibia, o fría sea. De cuan cerca o alejados estemos de Dios. Esto es, de cuan viva sea nuestra fe, de cuan constante y ferviente sea nuestra oración. En última instancia, es cierto, depende de la gracia de Dios que opera en nosotros, que es la que determina cuál sea nuestra relación con Él y, por consiguiente, cuál sea el estado de nuestra alma. Pero también depende de cuan dóciles seamos a la acción de la gracia, de cómo respondamos a ella, es decir, en última instancia, de cómo sean nuestras obras.

Aquí parece que cayéramos en un círculo vicioso. Del estado de nuestras almas dependen nuestras obras, y de nuestras obras depende el estado de nuestras almas. Pero es innegable que las cosas que hacemos influyen en nuestra condición anímica. Esto es, hay una especie de retroalimentación entre nuestro estado interior y la forma como se manifiesta exteriormente. Eso es algo que cualquiera puede comprobar en la práctica. Cuando hago algo mal, escribía hace poco un incrédulo en un periódico, me siento mal; y me siento bien cuando hago algo bien. Eso nos ocurre a todos. Hasta los criminales se sienten bien cuando hacen algo que creen está bien. Ese sentirse bien o mal es la respuesta de nuestra conciencia a nuestro obrar.

Si pecamos ennegrecemos nuestra alma y nos deprimimos. Muchas depresiones que sufre la  gente - aunque no puedan detectar la causa ni se den cuenta- vienen de los pecados que cometen. Si lo supieran y tomaran las medidas correctivas necesarias -es decir, si se arrepintieran y  enmendaran sus vidas no necesitarían tomar calmantes y antidepresivos.

Las palabras encolerizadas o indignas que pronunciamos, contristan al Espíritu Santo, como  apuntó Pablo en Efesios 4:29,30. En cambio, las palabras felices u oportunas que proferimos,  levantan nuestro ánimo y el de los otros (Pr 15:23).

Así pues, la calidad moral, buena o mala, de nuestras obras depende del estado de nuestras almas; pero, a su vez, nuestras obras, nuestros pensamientos y nuestras palabras influyen en el estado de nuestras almas.

Pero no sólo eso. Como ya se ha dicho, nuestras obras además reflejan al exterior nuestro
estado interior; nos revelan a los otros, nos delatan. Jesús dijo: "Por sus frutos los conoceréis." (Mt 7:16).  Comentando estas palabras de Jesús, San Agustín comparó al hombre con un árbol cuyos frutos son sus actos. Así como nosotros podemos saber qué árbol tenemos delante por los frutos que cuelgan de sus ramas -si es un naranjo, o un manzano, o una higuera- así también podemos saber qué clase de personas son las que tenemos delante o las que conocemos, si observamos su conducta.

Por eso no tenemos excusa si nos equivocamos acerca de alguien. ¿No sabías cómo era en verdad y, al descubrirlo, te pegaste una gran desilusión? Pero ¿acaso no tuviste oportunidad de observar su conducta? ¡Oh sí, el amor es ciego! Por eso dijo alguien con mucho acierto, que al novio se le dice novio, porque "no vio". El amor lo había cegado, no vio lo que debía ver y después vinieron los lamentos. (¿El amor es ciego? Quizá no tanto el amor como la pasión.)

Jesús dijo de sí mismo: "Las obras que yo hago...dan testimonio de mí." (Jn 10:25). Las obras que Él hacía daban testimonio de que Él era el Hijo de Dios.

Las cosas que nosotros hacemos, grandes o pequeñas, a lo largo del día, dan testimonio de nosotros, de lo que somos. ¿Quiénes somos? ¿Qué clase de personas somos? ¿Qué es lo que nos impulsa? ¿Cuáles son nuestros sentimientos? ¿Cuáles nuestras motivaciones? etc. Nuestros actos están ahí para revelarlo. (2)

Pero también revelan cuál será nuestra condición, nuestro estado futuro, en la otra vida. Porque,  como dice el salmo 62: "Dios paga a cada cual según sus obras." (v. 12b) Nosotros estamos preparando el lecho de rosas, o el lecho de espinas, en el que algún día nos acostaremos, porque cosecharemos lo que sembramos con nuestras obras.

Sabemos muy bien que somos salvos no por obras sino por gracia, mediante la fe. Pero la mayor o menor gloria de que gocemos en el cielo sí depende de nosotros, nos la ganamos con nuestras obras.

Pablo dijo en Gálatas: “Todo lo que el hombre siembre, eso cosechará". (6:7) Eso es cierto no sólo respecto de la vida futura; se aplica ya en esta vida. La satisfacción o el bienestar material que alcance una persona dependen en gran medida del esfuerzo que aplique a su trabajo, o a su negocio. Si es descuidado o perezoso, no irá a ninguna parte, pero si se empeña y se esfuerza "delante de los reyes estará", como dice un Proverbio. O como también dice otro: "La mano negligente empobrece; mas la mano de los diligentes, enriquece."  (Pr 22:29;10:4).

Igual ocurre con nuestro destino futuro. Nosotros estamos sembrando en esta vida semillas cuyo fruto cosecharemos en la otra. ¿Qué clase de semillas estamos sembrando? ¿Cómo son nuestras obras? ¿Cuáles son nuestros actos? Algún día veremos el resultado de lo que hicimos y lo palparemos. Si fuimos diligentes en acumular un tesoro en el cielo, o si lo descuidamos.

También se mostrará la clase de semilla que usamos al sembrar, si fue buena o mala. Y no empleo aquí la palabra "semilla" en el sentido de dinero, sino en el de actos, palabras y pensamientos, así como de la intención que está detrás de cada uno de ellos.

Puede ser que alguno se diga: Si nuestra felicidad futura depende de lo que hagamos ahora, sería bueno que sepamos cuáles son esas obras importantes que debemos realizar para asegurarnos que cosechemos una gran recompensa en el cielo. A ver, hagamos la lista.

Las obras importantes de las que depende nuestra felicidad eterna no son otras sino nuestras acciones cotidianas, ordinarias, comunes, las de todos los días, las menos importantes; las que hacemos, por ejemplo, porque estamos obligados a hacerlas para que nuestro empleador nos pague nuestro sueldo. Más aun, las que hacemos voluntariamente, sin estar obligados, y que nadie –salvo Dios- reconoce y remunera.

En otras palabras, la recompensa de que algún día gocemos depende de cómo desempeñamos nuestras obligaciones ahora, de cómo ejecutamos nuestros más pequeños y hasta más rutinarios actos de cada día, voluntarios o automáticos, conscientes o inconscientes. Los segundos también porque, ellos surgen de un resorte interior del que somos responsables.

Las perfección de nuestras obras no consiste en realizar hechos heroicos, sino en hacer bien todo lo que hacemos, comenzando por aquellas cosas que tenemos que hacer, las que hacemos por obligación, que son las que nos gustan menos llevar a cabo. Pablo dijo en Colosenses: "...Y todo lo que hagáis, hacedlo de corazón, como para el Señor." (3:23).

"De corazón". Esto es, con toda nuestra alma, con todo nuestro ser. "Para el Señor". Esto es,  tratando de agradarle.

Obrando de esta manera, nos perfeccionaremos. No se trata de mejorar nuestra "performance", o nuestro rendimiento, como el gimnasta que entrena todos los días tratando de hacer cada  movimiento con la mayor elegancia y soltura posible. O como la bailarina que se esfuerza por dar sus saltos como si fuera más ligera que una pluma, y no le costara ningún esfuerzo, aunque tenga sus músculos templados como el acero.

No se trata de la perfección externa de nuestra conducta, sino de la intención con que actuamos, del fervor con que obramos, del amor que ponemos en todo lo que hacemos. E insisto, en todo lo que hacemos, porque ni aun el más pequeño de nuestros actos se pierde. Sí, el menor de nuestros actos puede convertirse en una acción heroica, valiosísima, según el amor que pongamos en ella.

Por eso es bueno ser conscientes de que todo lo que hacemos para ganarnos la vida forma parte del trabajo de Dios en el mundo, por humilde que sea ese trabajo. Porque todo trabajo honesto contribuye, o debe contribuir, al bienestar del hombre en la tierra.

Si no, pensemos: los que siembran y los que cosechan regando la tierra con el sudor de su frente ¿no contribuyen a alimentar al hombre y a saciar su hambre? Y el que transporta pasajeros ¿no satisface una necesidad humana de trasladarse de un lugar a otro? Y el cartero que gasta las suelas de sus zapatos para llevar la correspondencia ¿no facilita la comunicación entre las personas? ¿Qué trabajo más sucio que el de los que recogen la basura? Pero ¿qué sería de nuestra ciudad sin ellos?

Todo el trabajo útil que realiza la gente, de cualquier naturaleza que sea, forma parte del trabajo que Dios ha ordenado que se haga para que su creación se sustente y se mantenga. Sí, Él ha dispuesto que se haga todo eso, y por eso lo hace la gente, aunque no sepa por cuenta de quién lo hace. No por cierto por cuenta del que les paga, sino por cuenta del que está encima del que los ha contratado, por encima de todos los patrones.

Yo puedo pues decir de todo lo que yo hago, si es bueno: "Dios trabaja a través mío". Y es verdad, si lo que yo hago, por insignificante que sea, satisface alguna necesidad humana, o cumple algún propósito bueno. Si se cumple esa condición, nosotros podemos en verdad decir de todo lo que hagamos: "Dios trabaja a través nuestro", porque forma parte de la obra continua de Dios en el mundo, como dijo Jesús: "Mi Padre hasta ahora trabaja y yo trabajo" (Jn 5:17). Y si eso es cierto, todo lo que hagamos dará gloria a Dios, aunque sea insignificante.

Si obramos y vivimos de esa manera, conscientes de que Dios está en nosotros y actúa a través de nosotros, viviremos constantemente en su presencia, haremos casi automáticamente cada cosa lo mejor que podamos; nuestros actos nos acercarán a Él, nos santificarán, nos perfeccionarán; y, al mismo tiempo, edificarán a otros. ¿Quién no quiere vivir así?  

Nota 1.  También depende en parte de nuestro estado físico, porque cuando estamos debilitados, cansados o enfermos, nuestra atención y nuestra concentración disminuyen e inevitablemente nuestros resortes internos y nuestro dominio propio se relajan, y podemos cometer errores -e incluso ceder a la tentación- por descuido o cansancio. De ahí que el demonio ataque nuestro cuerpo y trate de muchas maneras de debilitarnos para poder tentarnos más fácilmente.

2. Revelan en verdad que somos pecadores, pero deberían también revelar que somos pecadores arrepentidos y redimidos. Jesús dijo que sus discípulos serían reconocidos por el amor mutuo que se tienen. ¿No somos los cristianos diferentes de los mundanos? Si no lo somos habría que preguntarse qué clase de cristianos somos.

NB. Se publica por segunda vez, ligeramente revisado, este artículo que fue escrito en enero de 1999, y publicado por primera vez en agosto de 2005.

Amado lector: Si tú no estás seguro de que cuando mueras vas a ir a gozar de la presencia de Dios, yo te exhorto a arrepentirte de todos tus pecados, y te invito a pedirle perdón a Dios por ellos haciendo la siguiente oración:
"Jesús, tú viniste al mundo a expiar en la cruz los pecados cometidos por todos los hombres, incluyendo los míos. Yo sé que no merezco tu perdón, porque te he ofendido consciente y voluntariamente muchísimas veces, pero tú me lo ofreces gratuitamente y s in merecerlo. Yo quiero recibirlo. Me arrepiento sinceramente de todos mis pecados y de todo el mal que he cometido hasta hoy. Perdóname, Señor, te lo ruego; lava mis pecados con tu sangre; entra en mi corazón y gobierna mi vida. En adelante quiero vivir para ti y servirte."

#890 (19.07.15). Depósito Legal #2004-5581. Director: José Belaunde M. Dirección: Independencia 1231, Miraflores, Lima, Perú 18. Tel 4227218. (Resolución #003694-2004/OSD-INDECOPI).



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