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martes, 28 de agosto de 2012

EL JOVEN QUE CAYÓ DE LA VENTANA


ANUNCIO: YA ESTÁ A LA VENTA EN LAS LIBRERÍAS CRISTIANAS Y EN LAS IGLESIAS MI LIBRO “MATRIMONIOS QUE PERDURAN EN EL TIEMPO” (Vol 1). RECOMIENDO LEERLO. (Informes Tel. 4712178)
 Por José Belaunde M.
EL JOVEN QUE CAYÓ DE LA VENTANA
Un Comentario al libro de Hechos 20:7-12
7. “El primer día de la semana, reunidos los discípulos (1) para partir el pan, Pablo les enseñaba, habiendo de salir al día siguiente; y alargó el discurso hasta la medianoche.”
Podemos ver acá una cierta evolución en las costumbres de la iglesia de los primeros tiempos. Hemos visto que al principio los discípulos se reunían diariamente para partir el pan, como Jesús les había enseñado que hicieran en memoria suya la víspera de su muerte (Lc. 22:19), de lo cual hay huella al comienzo del libro de los Hechos de los Apóstoles (2:42,46).
Esa era la costumbre de la iglesia en Jerusalén después de Pentecostés. Pero ahora, unos veinticinco años después aproximadamente, Pablo está en el puerto de Troas viajando hacia Jerusalén, y reunido con una congregación preponderantemente gentil. La costumbre de partir el pan diariamente se había convertido en semanal, cada primer día de la semana, esto es, el día que nosotros llamamos domingo, (que viene de “dominus” que en latín quiere decir “señor”) (2) porque es el “día del Señor” (Ap1:10) en recuerdo a la resurrección de Jesús. (3) Ese día se reunían para partir el pan por la tarde, cumplida su jornada de trabajo. Que ya era costumbre en las iglesias reunirse el domingo nos lo confirma también una corta frase de 1ª Cor (“Cada primer día de la semana cada uno de vosotros ponga aparte algo, según haya prosperado, guardándolo, para que cuando yo llegue no se recojan entonces ofrendas.” 16:2) (4).
¿Descansaban los cristianos gentiles el día sábado? Es improbable. Eso lo podían hacer en Judea, donde es posible que los cristianos judíos siguieran guardando el sábado, porque era costumbre del país entero y las circunstancias estaban acomodadas a ella (5). Pero era muy difícil que fuera de Palestina los cristianos tanto de origen judío como gentiles lo hicieran, porque no habrían conservado su trabajo. Menos aun podían hacerlo el domingo, porque en todo el mundo pagano ese era día laboral. El mundo antiguo desconocía el día de descanso semanal; trabajaban sin interrupción todo el año, salvo en las festividades paganas que, por compensación, podían durar varios días. El hecho de que los judíos descansaran un día cada siete les valió que los romanos los tildaran de ociosos, aunque la legislación dictada por Julio César les reconocía ese privilegio. Siendo laborable el primer día de la semana, al adoptar la costumbre de reunirse ese día, es obvio que los cristianos sólo podían hacerlo al caer la tarde o de noche, (o sea, que su culto era lo que nosotros llamamos un “culto vespertino”) lo que explica que Pablo pudiera prolongar su discurso hasta la medianoche.
El hecho de que el mundo pre-cristiano desconociera el descanso semanal me lleva a hacer la siguiente reflexión: El pueblo hebreo, como único pueblo en el mundo, había adoptado esa sana costumbre porque tenían y se alimentaban de la palabra de Dios. Los pueblos que no tuvieron ese privilegio cargaban el año entero con todo el peso de la maldición: “comerás el pan con el sudor de tu frente” (Gn 3:19). ¿De cuántos beneficios no se privarán los pueblos y los individuos que desconocen la palabra de Dios, o la rechazan? ¡Y cómo no hemos de darle gracias a Dios todos aquellos a quienes Él ha hecho nacer en un país cristiano, y ha puesto la Biblia como parte de sus vidas!
Pero la reunión dominical sería también para que se leyeran las Escrituras y para la enseñanza, tal como ancestralmente hacían los judíos en la sinagoga el día sábado. Pablo era muy elocuente y lleno de sabiduría. Podemos imaginar que él tenía muchas cosas que compartir con sus oyentes esa tarde, tanto más porque tenía que partir al día siguiente para continuar su viaje a Jerusalén. De modo que al llegar la medianoche todavía seguía hablando.
¿Podemos imaginar la intensidad con que el auditorio escuchaba su enseñanza? No todos los días tenían a Pablo entre ellos y ésta había sido una estadía suya de sólo siete días (Hch 20:6). Toda su atención estaba concentrada en sus palabras.
¡Ah, cómo quisiéramos nosotros saber qué es lo que él les decía! ¡Si hubiéramos podido grabar su voz, como hacemos hoy! Pero hace dos mil años no existían grabadoras. Sin embargo, alguien pudo haber anotado para nosotros lo que enseñaba. En ese tiempo ésa era una práctica habitual. Por ese motivo han llegado a nosotros fragmentos de sus discursos. Pero si en ese momento alguien tomó notas, no se han conservado. ¡Qué lástima! No obstante, el Espíritu Santo hizo todo lo necesario para que todo lo que fuera indispensable para la iglesia conocer de lo que Pablo enseñaba esté contenido en sus epístolas, a pesar de que la mayoría de ellas fueron escritas para atender a situaciones puntuales en las iglesias que pastoreaba.
8. “Y había muchas lámparas en el aposento alto donde estaban reunidos.” (6)
¿Por qué da Lucas este insólito detalle de que había muchas lámparas en el aposento donde Pablo estaba hablando a los que se habían reunido, y que podemos pensar, era un grupo bastante grande pues era “un aposento alto”? (7).
Primero preguntémonos cómo eran esas lámparas. Nosotros podríamos pensar que se trataba de velas de cera con mecha y encerradas en un recipiente de  vidrio como tenemos en nuestros días. Pero ese tipo de lámparas no existía todavía. Las lámparas entonces eran de aceite.
Lucas proporciona el detalle de las muchas lámparas para explicar el accidente que ocurrió enseguida que pudo haber sido causado por el ambiente pesado que había en la habitación debido al humo del aceite quemado que despedían las lámparas. Pero también él está señalando sutilmente que los cristianos no hacían nada en secreto, sino a plena luz, sea la del día, o la provista por la iluminación artificial de noche, para contradecir la acusación que empezó a levantarse contra ellos de que tenían reuniones secretas en las que se hacían cosas vergonzosas (2Cor 4:2).
9. “y un joven llamado Eutico, que estaba sentado en la ventana, rendido de un sueño profundo, por cuanto Pablo disertaba largamente, vencido del sueño cayó del tercer piso abajo, y fue levantado muerto.”
Pablo, como hemos visto antes, alargó su discurso hasta la medianoche. Debe haber estado hablando por lo menos unas tres o cuatro horas, si no más. Si el joven estaba cansado por el trabajo del día, o por lo que fuere, y el ambiente estaba pesado por el mucho humo ¿qué de raro tenía que fuera arrullado por las muchas palabras? Quizá no pudiendo entenderlas todas, se durmió.
Lo malo fue que estando sentado en el descanso de la ventana, al cabecear, su cuerpo se inclinó hacia atrás y cayó a la calle desde el tercer piso.
Si se golpeó la cabeza al caer sobre piedra, como es probable, bien podemos imaginar que muriera en el acto, y quienes lo levantaron del suelo constataron que su corazón no latía o que ya no respiraba. Si Lucas, que era médico, estaba allí, él pudo haber constatado que no daba señales de vida.
Hay quienes piensan que la caída del joven fue tramada por el enemigo para impedir que Pablo siguiera edificando a la congregación con su enseñanza. Pero el resultado fue lo contrario de lo buscado (si ésa era la intención), pues fue una ocasión de que se mostrara de manera patente el poder de Dios que habitaba en el apóstol.
10. “Entonces descendió Pablo y se echó sobre él, y abrazándole, dijo: No os alarméis, pues está vivo.” (8).
Pablo no podía resignarse a que alguien muriera, aunque sea indirectamente, por culpa suya, y mientras enseñaba la palabra de Dios. Por eso él corrió abajo y, dice el texto, se echó sobre el cadáver del joven y lo abrazó. Al cabo de un rato de tenerlo abrazado, el joven muerto comenzó a respirar nuevamente, y Pablo pudo comunicar a todos los que ya lloraban la muerte del joven: “No os alarméis, pues está vivo”. (cf Mt 9:24).
Hay dos incidentes semejantes en las vidas de Elías y de Eliseo, en que ambos resucitan a un muerto echándose sobre el cadáver. En el primero de ellos Elías se echa tres veces sobre el hijo de la viuda que había fallecido, y ruega al Señor que le devuelva la vida, y el Señor se lo concede (1R 17:17-24).
El segundo es más complejo porque se trataba del hijo de una “mujer importante”, dice el texto, que no tenía hijo, y a quien Eliseo le había profetizado que iba a tenerlo dentro de un año. Y, en efecto, así ocurrió. Pero una vez crecido el niño se murió un día inesperadamente en brazos de su madre. Ella entonces se fue corriendo a buscar al profeta, y éste mandó primero a su criado Giezi con el báculo en que se apoyaba al caminar, para que lo ponga sobre el cuerpo del niño. (¡Qué confiado estaba Eliseo del poder de hacer milagros que Dios le había dado!). Pero la viuda insiste en que Eliseo vaya personalmente, intuyendo que por medio del criado no ocurriría nada.
Este detalle me suscita una reflexión. ¡Cuántas veces cuando somos llamados a acudir a alguna parte por algún motivo, sea para orar, o para aconsejar, o para mediar en alguna disputa, consideramos que estamos demasiado ocupados y que podemos delegar nuestra intervención en alguno, cuando es nuestra presencia lo que se reclama!
Eliseo pudo constatar esta vez que delegar su misión a su criado no producía los resultados esperados. Llegado él a la casa se tendió sobre el niño, detalla el texto, “puso su boca sobre su boca, sus ojos sobre sus ojos, sus manos sobre sus manos” hasta que el niño entró en calor y revivió (2R 4:8-37). (9)
¿Se acordaría Pedro de esos incidentes en el otro caso de resurrección que registra el libro de los Hechos de los Apóstoles, el de la resurrección de Tabita, obrado a través suyo? Después de haber orado, a él –tal como Jesús hacía- le bastó ordenar a la mujer que se levantara para que lo hiciera (Hch 9:40).
11. “Después de haber subido, y partido el pan y comido, habló largamente hasta el alba; y así salió.”
Resucitado el joven, Pablo retornó al aposento alto donde estaban todos reunidos para escucharle y “partió el pan”. Esto es, celebró la ceremonia que Jesús instituyó la víspera de su pasión, partiendo y repartiendo el pan que tenía a la mano entre los asistentes, y dando de beber un sorbo de vino a cada uno de ellos, tal como hizo Jesús entre sus discípulos la noche del día que conmemoramos con el nombre de “jueves santo”. (Mt 26:26-29; 1Cor 11:23-26).
Hecho esto los asistentes comieron juntos los alimentos que habían traído, según se había hecho costumbre entre ellos de celebrar lo que vino a llamarse un agapae, una cena de amor (que es lo que la palabra griega agape significa) compartiendo los alimentos que tenían.
En su primera epístola a los Corintios Pablo denuncia los abusos que los cristianos de esa ciudad cometían cuando se reunían para comer y beber, porque no compartían entre todos los alimentos que tenían, sino que cada uno comía lo que había traído personalmente, y unos pasaban hambre y otros se emborrachaban (1 Cor 11:20-22). Él les aconseja que coman todos al mismo tiempo y que lo hagan ordenadamente y compartiendo fraternalmente lo que traían (v. 33,34) de manera que ninguno pase vergüenza, pues unos tenían más recursos que otros.
Los cristianos en nuestros días ya no tenemos la costumbre de almorzar o cenar juntos regularmente como hacían en los primeros tiempos. Es una lástima que no se haya conservado esa costumbre, porque esas eran ocasiones para compartir el afecto y la amistad que sentían unos por otros. Eso es algo, sin embargo, que puede hacerse hoy en un restorán adecuado, donde no haya mucho ruido para que puedan conversar (porque si no pueden conversar ¿para qué se reúnen?), o en el domicilio de alguno que abra su casa y todos lleven algo para comerlo juntos. Esas reuniones que la gente del mundo celebra –y curiosamente llaman “ágape” desconociendo el origen de esta palabra y de esta práctica- tienen la virtud de estrechar los vínculos de amistad, y son muy buenos cuando no degeneran en borracheras. Yo no puedo hacer sino recomendar a mis lectores revivir, en la medida de sus posibilidades, una costumbre que es de raigambre profundamente cristiana.
Vale la pena remarcar el hecho de que Pablo, después de que todos se hubieran saciado, siguió hablando hasta que salió el sol, lo que en esa estación del año (la primavera) debe haber sido temprano en la madrugada. Él era incansable, y su discurso debe haber estado lleno de una unción tan extraordinaria que no cansaba a sus oyentes.
12. “Y llevaron al joven vivo, y fueron grandemente consolados.”
La redacción lacónica de este versículo de cierre nos hace pensar que el joven Eutico, pese a la gran altura de que había caído, no sufrió la rotura de ningún hueso, o que, si la había sufrido, fue sanado de ella al mismo tiempo que resucitaba. El texto parece indicar, sin embargo que, después de haber resucitado, el joven permaneció algún tiempo descansando y que no estuvo presente cuando Pablo partió. En todo caso, la congregación quedó sumamente edificada con esta demostración patente del poder de Dios que actuaba a través de su siervo amado.
Notas: 1. “cuando nos habíamos reunido”, según los mejores textos.
2. Recuérdese que el sábado es el sétimo día de la semana.
3. En ese día también Jesús resucitado había honrado a sus discípulos con su presencia: Jn 20:19-23.
4. Hch 20:7 y 1Cor 16:2 contienen la primera mención en el Nuevo Testamento de que los creyentes se reunían regularmente para dar culto a Dios un día determinado de la semana.
5. Es cierto que Pablo reprocha a los gálatas, instruidos por maestros judaizantes, que guarden los “los días, los meses, los tiempos y los años, (Gal 4:10), prescritos por la ley de Moisés. Ahí la palabra “día” está en lugar de “sábado”. Antes del Concilio de Jerusalén la cuestión acerca de cuánto de la ley y de las costumbres antiguas debían guardar los cristianos gentiles era un punto no resuelto. Que en los primeros tiempos había diversidad de prácticas lo muestra la frase de Pablo: “Uno hace diferencia entre día y día; otro juzga iguales todos los días.” (Rm 14:5. Pero léanse los vers. siguientes). Es obvio que para él, el mandamiento del descanso semanal no estaba vigente. Sin embargo, la práctica continuó. Tres siglos después Constantino hizo obligatorio el descanso dominical en todo el imperio.
6. “donde nos habíamos reunido”, según los mejores textos. Lucas, el narrador, formando parte del grupo, sigue hablando en primera persona plural.
7. En las casas grandes de las ciudades del Oriente, pertenecientes a personas acomodadas, solía haber en el último piso –generalmente el tercero- una habitación grande donde solía acomodarse a los huéspedes y se celebraban reuniones, como aquella en la que Jesús celebró su última cena con sus discípulos (Mr 14:14,15; Lc 22:11).
8. Literalmente “porque su alma (o su vida) está en él”.
9. Jesús no tuvo necesidad de echarse sobre el cadáver de nadie para resucitarlo. Simplemente ordenó que se levantara, como en el caso de la hija de Jairo (Mr 5:22), el hijo de la viuda de Naim (Lc 7:11) y de Lázaro (Jn 11:43,44). Los que no tenían un poder semejante al suyo se echaban sobre el cadáver para comunicarles la vida que palpitaba en su propio cuerpo.

Amado lector: Si tú no estás seguro de que cuando mueras vas a ir a gozar de la presencia de Dios, yo te animo a pedir a Dios perdón por tus pecados, haciendo la siguiente oración.
   “Yo sé, Jesús, que tú viniste al mundo a expiar en la cruz los pecados cometidos por todos los hombres, incluyendo los míos. Yo sé también que no merezco tu perdón, porque te he ofendido conciente y voluntariamente muchísimas veces, pero tú me lo ofreces gratuitamente y sin merecerlo. Yo quiero recibirlo. Me arrepiento sinceramente de todos mis pecados y de todo el mal que he cometido hasta hoy. Perdóname, Señor, te lo ruego; lava mis pecados con tu sangre; entra en mi corazón y gobierna mi vida. En adelante quiero vivir para ti y servirte.”

#740 (19.08.12). Depósito Legal #2004-5581. Director: José Belaunde M. Dirección: Independencia 1231, Miraflores, Lima, Perú 18. Tel 4227218. (Resolución #003694-2004/OSD-INDECOPI). 

viernes, 6 de julio de 2012

EL ALBOROTO EN ÉFESO II


LA VIDA Y LA PALABRA
Por José Belaunde M.
EL ALBOROTO EN ÉFESO II
Un Comentario al libro de Hechos 19:31-41
31. “También algunas de las autoridades de Asia, que eran sus amigos, le enviaron recado, rogándole que no se presentase en el teatro.”
Es interesante que el texto agregue que algunas autoridades de la ciudad, los llamados “asiarcas”, que eran amigos de Pablo, se preocuparon por su seguridad. ¿Quiénes eran estos asiarcas? Eran personas notables de las ciudades de la provincia, entre las cuales se elegía a los sumos sacerdotes del culto al emperador que se celebraba en la ciudad de Pérgamo (Ap 2:12) y que estaban además encargados de supervisar los juegos públicos. ¿Por qué le tendrían simpatía a Pablo? Quizá alguno de ellos había sido tocado por su prédica, aunque es más probable que ellos vieran en Pablo a un aliado de sus propósitos, porque el culto a Diana competía con el culto al emperador del que ellos eran responsables. Ésta ciertamente no es más que una hipótesis para explicar una amistad que parece sorprendente, ya que el culto al Dios verdadero era un rival mucho más poderoso del culto al emperador, (que era un simple hombre) como se vería patentemente en las décadas siguientes cuando empezaron las persecuciones de los cristianos.
El teatro mencionado aquí en el cual la multitud se congregó (y cuyas espléndidas ruinas pueden admirarse todavía), no era un edificio techado como los que nosotros conocemos, sino un anfiteatro, es decir, una construcción semicircular sin techo en forma de abanico, con gradas escalonadas que podían llegar a dar asiento hasta a unos 25,000 concurrentes. Su forma aconchada permitía que la voz de una persona situada abajo en el centro del escenario pudiera escucharse con facilidad en las graderías. Ese teatro –o más propiamente, anfiteatro- era pues un punto natural de reunión del pueblo.

32. “Unos, pues, gritaban una cosa, y otros otra; porque la concurrencia estaba confusa, y los más no sabían por qué se habían reunido.”
¡Qué bien describe este versículo la confusión reinante! Una buena parte de los que habían concurrido al teatro habían ido porque vieron que la multitud corría a ese lugar y se sumaron a ella, pero no sabían cuál era el motivo que los convocaba. Y como no sabían cuál era la causa de la asamblea, en su ignorancia decían una cosa y se contradecían unos a otros. Podemos imaginar que en las discusiones que surgieron en medio de la confusión algunos podrían llegar a las manos. El asunto sería ocasión de risa si no fuera porque las grandes aglomeraciones de gente exaltada pueden derivar fácilmente en violencia.

33. “Y sacaron de entre la multitud a Alejandro, empujándole los judíos. Entonces Alejandro, pedido silencio con la mano, quería hablar en su defensa ante el pueblo.”
Los judíos de la ciudad que, como la mayoría, habían acudido al teatro intrigados por lo que sucedía, cuando comprendieron cuál era la causa del descontento de la multitud, percibieron que la furia colectiva podría volverse contra ellos, ya que era sabido que ellos tampoco reconocían a los ídolos como dioses. Uno de ellos, Alejandro, empujado por sus correligionarios, quiso dirigirse a la multitud posiblemente para deslindar responsabilidades, puntualizando que ellos no pertenecían al grupo de los cristianos que había provocado el furor de los devotos de la diosa.

34. “Pero cuando le conocieron que era judío, todos a una voz gritaron casi por dos horas: ¡Grande es Diana (esto es, Artemisa) de los efesios!” (Véase la Nota 1 del artículo anterior, la siguiente Nota 1).
Sin embargo, la multitud no distinguía entre cristianos y judíos. ¿Acaso los cristianos no eran también judíos? Al menos lo eran Pablo y algunos de sus colaboradores. En todo caso, tanto los judíos como los cristianos no rendían culto a la diosa que veneraba la ciudad, y podían ser considerados igualmente responsables del ataque a la preeminencia de la diosa.
Como consecuencia, como para revindicar sus sentimientos ofendidos y el prestigio de su diosa, la multitud se puso a gritar en coro: “Grande es Artemisa de los efesios”, -como dice el texto griego- durante dos horas.

35,36. “Entonces el escribano, cuando había apaciguado a la multitud, dijo: Varones efesios, ¿y quién es el hombre que no sabe que la ciudad de los efesios es guardiana del templo de la gran diosa Artemisa, y de la imagen venida de Júpiter? Puesto que esto no puede contradecirse, es necesario que os apacigüéis, y que nada hagáis precipitadamente.”
El secretario de la ciudad –o escribano, según la versión RV 60 (2)- era el funcionario local más importante y constituía el nexo entre el gobierno democrático de la ciudad y el procónsul romano que representaba al poder imperial. De producirse un desorden grave, él hubiera sido considerado responsable por las autoridades romanas.
El discurso que él dirige a la multitud enfurecida, tal como lo transmite Lucas, es un modelo de habilidad oratórica, pues él comienza halagando los sentimientos de patriotismo local de la multitud: ¿Quién no sabe que nuestra ciudad es guardiana del templo de la gran diosa Artemisa cuya imagen había caído del planeta Júpiter? (Zeus es su nombre griego). Estos son hechos que no pueden negarse porque son demasiado evidentes y conocidos de todos. Entonces ¿por qué os inquietáis corriendo peligro de cometer alguna injusticia por apresuramiento?

37. “Porque habéis traído a estos hombres, sin ser sacrílegos ni blasfemadores de vuestra diosa.”
Estos hombres a los que acusáis no han cometido ningún crimen contra nuestra venerada diosa. Posiblemente el secretario, o escribano, alude al hecho de que al predicar en Éfeso acerca de la vanidad de los ídolos, Pablo prudentemente se guardaba bien de mencionar de manera directa el templo de Artemisa y el nombre de la diosa favorita de la ciudad. Su predicación era esencialmente evangelística, dirigida a la conversión de las personas, y nunca pretendió alterar el orden establecido.

38. “Que si Demetrio y los artífices que están con él tienen pleito contra alguno, audiencias se conceden, y procónsules hay; acúsense los unos a los otros.”
Si Demetrio y los de su oficio tienen alguna queja que presentar para eso están los tribunales legalmente instituidos. Soliciten una audiencia y aboguen, o acusen, a quienes ellos consideran que los perjudican.
El hecho de que Lucas diga en plural “procónsules hay”, es una prueba de la historicidad de su relato, pues en ese tiempo preciso el cargo de procónsul estaba vacante porque Marcus Julius Silanus había sido envenenado por instigación de Agripina, la madre de Nerón. Mientras se nombraba a un sucesor sus funciones fueron desempeñadas por dos funcionarios transitorios.

39-41. “Y si demandáis alguna otra cosa, en legítima asamblea (3) se puede decidir. Porque peligro hay de que seamos acusados de sedición por esto de hoy, no habiendo ninguna causa por la cual podamos dar razón de este concurso. Y habiendo dicho esto, despidió la asamblea.”
Él concluye su discurso haciendo notar a la multitud que su reunión improvisada no constituía una asamblea legal legítima, y  que, por tanto, la ciudad podía ser acusada de sedición por los romanos, que eran muy celosos del orden público.
Eso podría traer serios perjuicios a la ciudad que gozaba de algunos privilegios concedidos por las autoridades imperiales y que podían serles revocados.
Con estas palabras inteligentes y sensatas él logró que la muchedumbre se retirara pacíficamente.
Se ha observado que el relato que Lucas hace de la estadía de Pablo en Éfeso es como una selección de cuatro viñetas, o episodios destacados que él describe con cierto detalle (4), pero que omite muchas de las cosas que deben haber ocurrido durante la larga estadía de Pablo ahí. Eso es comprensible dado que él no estuvo con Pablo en esa ciudad y que debe haber escrito su relato en base al testimonio de terceros que inevitablemente era fragmentario.
Entre los eventos ocurridos en Éfeso que Lucas no menciona está lo sugerido por la frase enigmática que figura en 1Cor 15:32: “Si como hombre batallé contra fieras en Éfeso ¿qué me aprovecha?” (es decir, implícitamente, si los muertos no resucitan). Esta frase apunta a una situación en que la vida de Pablo debe haber corrido grave peligro en manos de enemigos encarnizados. No se refiere al episodio ocurrido en el teatro porque ahí la vida de Pablo no estuvo en peligro. ¿Guarda esa frase alguna relación con las que figuran en 2Cor 1:8-10: “…no queremos que ignoréis acerca de nuestra tribulación que nos sobrevino en Asia; pues fuimos abrumados sobremanera más allá de nuestras fuerzas, de tal modo que aun perdimos la esperanza de conservar la vida, etc.…”? Si estas frases no se refieren a alguna enfermedad grave ¿se trataría de un peligro de muerte a manos de sus adversarios judíos en la ciudad? Recuérdese que la grave acusación hecha contra él en Jerusalén algún tiempo después, provino de “judíos de Asia”, (es decir, probablemente de Éfeso), que lo odiaban a muerte (Hch 21:27).
¿En qué ciudad sino en Éfeso puede haber ocurrido el incidente en el que Aquila y Priscila arriesgaron la vida por Pablo? (Rm 16:3,4) Tiene que haber sido una situación muy grave.
Pablo alude también en 2Cor 11:23-27 a las muchas penalidades que tuvo que afrontar a causa del Evangelio, entre las que menciona haber estado preso muchas veces. ¿No habrá sido una de ellas en Éfeso? ¿No sería en esta ciudad, y en una de esas ocasiones, cuando sus parientes Andrónico y Junias fueron sus compañeros de prisión? (Rm 16:7). (5)
Estas preguntas nos muestran cuántas cosas ignoramos de la accidentada vida de Pablo que no han sido descritas en Hechos, y de las muchas pruebas por las que tuvo que pasar -y que no conocemos- para llevar a cabo la misión que el Señor le encomendara de llevar el Evangelio a las naciones. (Hch 9:16).

Notas: 1. Vale la pena señalar que el gran poeta alemán Goethe (1749-1832), admirador del paganismo escribió un poema titulado “Grande es Diana de los Efesios”, y que él se consideraba (figuradamente) a sí mismo como uno de los artífices efesios, admiradores del templo de la diosa. (Este dato está tomado del 3er tomo del Comentario del NT escrito por Jamieson, Fausset y Brown, que contiene edificantes reflexiones sobre este episodio de Hechos.)
2. Grammateus. Esta es la misma palabra que en los evangelios y en varios pasajes de Hechos es traducida como “escriba”.
3. Es ilustrativo para nosotros que la palabra ekklesía que Lucas emplea aquí, para designar una asamblea cívica que se reunía regularmente tres veces al mes para discutir y decidir asuntos de la ciudad, sea la misma palabra que solemos traducir como “iglesia”.
4. Ellos son el encuentro con los doce discípulos del Bautista, las discusiones de Pablo en la sinagoga de la ciudad, su enfrentamiento con los siete exorcistas hijos de Esceva, y el alboroto en el teatro que comentamos.
5. En las afueras de la ciudad hay unas ruinas conocidas como la “Prisión de San Pablo”, y existe una antigua tradición según la cual él estuvo preso en Éfeso.


UN PABLO CONTEMPORÁNEO.
Nosotros vivimos en un país y en una sociedad que goza de libertad religiosa y en la que hoy felizmente nadie es perseguido por difundir sus creencias o por predicar. Por eso quizá nos cueste imaginar que haya países en donde los que tal hacen corren grave peligro y son cruelmente atormentados. Eso ocurre, entre otros países asiáticos, en Nepal, pequeña república –hasta hace poco monarquía- al pie del Himalaya. El episodio que reproduzco a continuación (y que está tomado del libro “Revolution in World Missions” del evangelista hindú K.P. Yohannan) nos muestra el caso de las penalidades sufridas por alguien que, salvadas las epístolas, podría ser llamado un Pablo de nuestro tiempo.

Un misionero nepalés estuvo preso en 14 diferentes prisiones entre los años 1969 y 1975. De esos 15 años, 10 estuvieron marcados por la tortura y el ridículo a causa de su empeño en predicar el Evangelio a su pueblo. Su terrible odisea comenzó cuando bautizó a nueve personas y lo arrestaron por ese motivo. Los nueve convertidos, cinco hombres y cuatro mujeres, fueron también arrestados y condenados a un año de prisión. Él fue condenado a seis años de cárcel por haberlos bautizado.
La prisión en la que fueron encerrados era literalmente un mazmorra de muerte. 25 personas confinadas en un cuarto pequeño sin servicios higiénicos ni ventilación. El hedor era tan terrible que los que entraban se desmayaban al poco rato.
El lugar donde el hermano P. y sus compañeros fueron encerrados estaba saturado de piojos y cucarachas. Los prisioneros dormían en el piso de tierra. Ratas y pericotes les mordían los dedos de manos y pies por la noche. En invierno no había calefacción y en verano no había ventilación. Como comida los prisioneros recibían una taza de arroz al día, pero tenían que encender un fogata en el suelo para cocinarla. El cuarto estaba constantemente lleno de humo porque no había chimenea. Dado lo inadecuado de la alimentación la mayoría de los prisioneros se enfermaron gravemente, y el hedor de su vómito se mezclaba con los otros olores pútridos. No obstante, ninguno de los cristianos milagrosamente se enfermó durante el año.
Cumplida su sentencia los nueve creyentes fueron puestos en libertad. Entonces las autoridades decidieron quebrar al Hno. P. Le quitaron su Biblia; le encadenaron manos y pies, y luego lo forzaron a entrar por una puerta baja en un minúsculo cubículo que anteriormente había sido usado para depositar los cadáveres de los prisioneros muertos mientras sus familiares los reclamaban.
El carcelero predijo que en esa húmeda oscuridad el Hno. P. iba a perder la razón en pocos días. El cuarto era tan pequeño que él no podía ponerse de pie ni estirar su cuerpo en el piso. No podía encender fuego para cocinar su ración por lo que otros presos le deslizaban algo de comida bajo la puerta para que sobreviviera.
Los piojos mordían su ropa interior pero él no podía rascarse a causa de las cadenas, que pronto le ajustaron muñecas y tobillos hasta los huesos. En invierno casi murió congelado varias veces. No podía distinguir el día de la noche, pero cuando cerraba sus ojos Dios le hacía ver las páginas del Nuevo Testamento. Aunque le habían quitado su Biblia él todavía podía leerla en la más absoluta oscuridad. Eso lo sostuvo mientras padecía esa tortura terrible. Durante tres meses no se le permitió hablar con ninguna persona.
El Hno. P. fue transferido a muchas otras prisiones. En cada una de ellas él compartía su fe con los guardias y los otros presos.
Aunque el Hno. P. siguió entrando y saliendo de la cárcel siempre se negó a fundar iglesias secretas. “¿Cómo puede un cristiano quedarse callado?”, preguntaba. “¿Cómo puede una iglesia pasar a la clandestinidad? Jesús murió públicamente por nosotros. No trató de esconderse cuando lo llevaban a la cruz. Nosotros tenemos también que hablar osadamente de Él sin importarnos las consecuencias.”

Amado lector: Si tú no estás seguro de que cuando mueras vas a ir a gozar de la presencia de Dios, es muy importante que adquieras esa  seguridad, porque no hay seguridad en la tierra que se le compare y que sea tan necesaria. Para obtener esa seguridad tan importante yo te invito a arrepentirte de tus pecados, haciendo una sencilla oración como la que sigue:
   “Yo sé, Jesús, que tú viniste al mundo a expiar en la cruz los pecados cometidos por todos los hombres, incluyendo los míos. Yo sé también que no merezco tu perdón, porque te he ofendido conciente y voluntariamente muchísimas veces, pero tú me lo ofreces gratuitamente y sin merecerlo. Yo quiero recibirlo. Me arrepiento sinceramente de todos mis pecados y de todo el mal que he cometido hasta hoy. Perdóname, Señor, te lo ruego; lava mis pecados con tu sangre; entra en mi corazón y gobierna mi vida. En adelante quiero vivir para ti y servirte.”

#732 (24.06.12). Depósito Legal #2004-5581. Director: José Belaunde M. Dirección: Independencia 1231, Miraflores, Lima, Perú 18. Tel 4227218. (Resolución #003694-2004/OSD-INDECOPI). DISTRIBUCIÓN GRATUITA. PROHIBIDA LA VENTA. 

viernes, 18 de mayo de 2012

PABLO EN CORINTO III


Por José Belaunde M.
Un Comentario al Libro de Hechos 18:18-23

18. “Mas Pablo, habiéndose detenido aún muchos días allí, después se despidió de los hermanos y navegó a Siria, y con él Priscila y Aquila, habiéndose rapado la cabeza en Cencrea, porque tenía hecho voto.”
Después del incidente con el procónsul romano Pablo permaneció algún tiempo en Corinto hasta completar los 18 meses de estadía que se menciona en el vers. 11.
Cuando sintió que ya no debía permanecer en esa ciudad “se despidió de los hermanos”. Podemos imaginar que esa despedida debe haber sido muy emotiva, como cuando parte de nosotros una persona que amamos y a quien quisiéramos tener siempre cerca. Pero no debe haber sido tan emotiva como cuando se despidió de los ancianos de Éfeso en el puerto de Mileto (20:37,38) porque a éstos él, presintiendo las dificultades que debía afrontar, y quizá el cercano fin de su carrera, les dijo que ya “no verían más su rostro”.
Pablo se embarcó pues en el puerto de Cencrea con destino a Siria, llevando consigo a Priscila y a Aquila, que se habían convertido en fieles colaboradores suyos. (Eso debe haber sido en la primavera del año 53 cuando las condiciones de navegación eran favorables). Nótese, sin embargo, que esta vez Lucas menciona en primer lugar a Priscila, y en segundo, a su marido, hecho que ha dado lugar a algunas elucubraciones, como que ella era de noble origen. Pero más probable es que ella, como mujer, y como ocurre con frecuencia, fuera más activa y entregada al servicio del Señor que su marido.
El texto añade que en Cencrea Pablo se rapó la cabeza porque había hecho un voto. Esto se refiere al voto del nazareato, o de consagración al Señor, al que el libro de Números dedica todo el capítulo sexto, y que comprendía no cortarse el cabello durante el tiempo de consagración, y raparse la cabeza al culminar el lapso fijado (Nm 6:5,18).
Que Pablo haya hecho ese voto en algún momento indica que él seguía guardando algunas de las prácticas de la ley de Moisés que, sin embargo, por otro lado, él consideraba abolida y superada por la ley de Cristo. Nótese que él respetaba aquellas prácticas rituales que no eran consideradas indispensables para alcanzar la salvación –contrariamente al caso de la circuncisión que era considerada indispensable por los judaizantes. La actitud de Pablo no debe extrañarnos pues en otro lugar él dice que se hizo judío para ganar a los judíos (1Cor 9:20). El voto de nazareato era una práctica de piedad y de devoción a Dios que culminaba con una ofrenda hecha en el templo (Nm 6:14-20).
Recordemos también cómo, más adelante, en su última visita a Jerusalén, por consejo de Santiago, Pablo pagó los gastos que demandaba el rito de conclusión del voto de nazareato hecho por cuatro miembros de la iglesia (Hch 21:23-26). Sabemos también el triste fin que tuvo este incidente, pues con él empezaron las peripecias por las que tuvo que atravesar Pablo, y que lo llevaron a Roma para ser juzgado (Hch 21:27,28).

19-21. “Y llegó a Éfeso, y los dejó allí; y entrando en la sinagoga, discutía con los judíos, los cuales le rogaban que se quedase con ellos por más tiempo; mas no accedió, sino que se despidió de ellos, diciendo: Es necesario que en todo caso yo guarde en Jerusalén la fiesta que viene; pero otra vez volveré a vosotros, si Dios quiere. Y zarpó de Éfeso”.
Estos tres versículos describen lacónicamente las actividades de Pablo después de haber dejado Corinto, antes de visitar Jerusalén y de emprender su tercer viaje misionero.
Lo más significativo del primero de estos tres versículos, que hablan de su corta estadía en Éfeso, es que él se separó de sus colaboradores Aquila y Priscila. ¿Fue iniciativa de ellos quedarse en esa ciudad, o fue Pablo quien les pidió que permanecieran en ella? No lo sabemos, aunque yo me inclino a pensar en lo segundo, pues como no tenía intención de quedarse en esa importante ciudad, que aún no había sido plenamente evangelizada, él puede haber considerado útil que ellos se encargaran de esa labor.
Al llegar a Éfeso es probable que ambos retomaran su oficio de fabricantes de tiendas y que Pablo mismo colaborara con ellos para ganarse el pan, a menos que hubiera recibido ayuda de los cristianos de Tesalónica. (Nota 1).
Como veremos más adelante ambos esposos se encargarían poco después de instruir en la fe al judío alejandrino Apolos (Hch 18:26), que iba a realizar allí una importante labor.
Llegado a Éfeso Pablo, según su costumbre, se dirigió a la sinagoga donde se puso a discutir con los judíos. En esta oportunidad su mensaje recibió una mejor acogida que en otras sinagogas, pues se dice que ellos le rogaban que se quedara por más tiempo.
Como Lucas suele ser bastante exacto en sus descripciones debemos pensar que eran efectivamente judíos de nacimiento los que acogieron con gozo la buena del Evangelio y no sólo gentiles prosélitos o “temerosos de Dios”, lo que no quiere decir que no los hubiera entre los asistentes. Lo que Lucas quiere subrayar es que los judíos de la sinagoga de Éfeso, contrariamente a lo que solía ocurrir en otras ciudades, acogieron positivamente el mensaje de Pablo.
¿Por qué motivo encontró Pablo en la sinagoga de esta ciudad un oído mejor dispuesto para su prédica, al punto que querían que permaneciera para que pudiera seguir enseñándoles? Éfeso era una ciudad cosmopolita, un gran centro comercial y la ciudad más importante del Imperio Romano después de la propia Roma y de Alejandría. Es posible que por ese motivo los judíos concurrentes a la sinagoga fueran más abiertos a ideas nuevas, menos rígidamente apegados a la Torá que los de otras ciudades.
Mas él no estaba dispuesto en ese momento a ceder a sus instancias, porque él se sentía urgido a seguir viaje a Jerusalén para tomar parte allá de una fiesta que no es nombrada, pero que debe haber sido la Pascua.
¿Por qué motivo quería Pablo guardar la Pascua en Jerusalén como un judío observante? No lo sabemos, pero es intrigante, porque es la primera y única vez que se dice que él, como apóstol, guardase una fiesta judía. Lo que sí es ciertamente notable es la forma poco dogmática como se comporta Pablo personalmente respecto de las prescripciones de la ley de Moisés. Él había criticado a los gálatas de haberse dejado convencer por los judaizantes de que era necesario que guardasen “los días, los meses, los tiempos y los años”, (Gal 4:10), pero él mismo, al menos ocasionalmente, los guardaba.
Puede parecer que él fuera inconsecuente en su manera de actuar. Pero él debe haber tenido un motivo bien fundado para sentirse urgido de ir a Jerusalén a celebrar la fiesta, aunque no sepamos con certidumbre cuál era. Quizá era el simple hecho de que él quería dejar constancia ante la iglesia de esa ciudad de que él seguía siendo observante de la ley; de que él, como buen judío, no había descartado las prácticas del judaísmo, aunque enseñara a los gentiles a no guardarlas; es decir, que no les instara a hacerse judíos como condición para ser cristianos, tal como algunos seguidores de Santiago exigían.
De otro lado ya hemos recordado que él se había “hecho a los judíos como judío para ganar a los judíos” y que “a todos me he hecho de todo, para que de todos modos salve a algunos”. (1Cor 9:20,22). De modo que él no era inconsecuente en su modo de obrar sino que perseguía en todo un propósito superior que no era otro sino el de ganar las almas sea como fuere, como puede verse si se lee el pasaje entero (1 Cor 9:19-23). Él estaba dispuesto a cualquier sacrificio con tal de alcanzar esta meta. En esto Pablo es para nosotros un modelo digno de imitar.
¿Estamos dispuestos a hacer cualquier sacrificio con tal de ganar un alma? Deberíamos, si eso no significa dejar de cumplir nuestras obligaciones familiares. Por ese motivo, para no estar atado por obligaciones familiares, él escribe en otro lugar que preferiría que todos fueran como él, es decir, célibes. (1Cor 7:7,8). No por ascetismo sino para poder cumplir mejor la tarea evangelizadora.
No obstante, él les promete a los judíos de Éfeso que volverá a ellos “si Dios quiere”. Era sin duda el propósito de Dios que regresara, pues vemos en el capítulo siguiente que Pablo volvió poco tiempo después a Éfeso para permanecer dos años en esa ciudad (Hch 19:10).
La corta frase “si Dios quiere” (cf 1Cor 4:19; Hb 6:3; St 4:15) indica que aunque Pablo trazara planes personales para sus actividades él dejaba todo en manos de Dios, siendo conciente de que Dios podía modificar lo que él en su limitada perspectiva humana se había propuesto. Yo creo que ésta debe ser nuestra actitud básica frente a lo que nos proponemos. Es natural y necesario que nos tracemos planes y proyectos, pero puesto que estamos al servicio de Dios, toda decisión nuestra está sujeta a la suya, y debemos estar siempre dispuestos a dejar que Él cambie nuestros proyectos.

22. “Habiendo arribado a Cesarea, subió para saludar a la iglesia, y luego descendió a Antioquia.”
Es muy curioso, pero a la vez característico del estilo de Lucas, que al narrar lo que sigue a su desembarco en Cesarea (2), en un viaje que tenía por explícito propósito guardar la fiesta inminente en Jerusalén, que hemos dicho debía ser la Pascua, Lucas no mencione para nada ese hecho cuando él escribe que Pablo “subió” –se entiende a Jerusalén que está en las montañas- para saludar a la iglesia y no diga nada de la fiesta y del asunto que motivó este viaje suyo. Todo hace pensar, en efecto, que el viaje precipitado de Pablo a Jerusalén obedecía a un propósito especial que no se menciona.
Debemos pues suponer que guardó la fiesta. ¿Solo o en compañía de los hermanos? No sabemos. ¿O se habría limitado a sólo saludar a la iglesia de Jerusalén? ¿No habría aprovechado la oportunidad para tenerlos al corriente de sus actividades como ya había hecho antes? (Hch 15:4). Lucas a veces omite mencionar cosas que para él y sus primeros lectores estaban sobreentendidas, por lo que podemos suponer que Pablo hizo las dos cosas que Lucas no menciona. En seguida Pablo “descendió” a Antioquia (de Siria, la que está a orillas del río Orontes en la llanura) que era su centro de operaciones y donde debe haber permanecido para preparar su nuevo periplo. (3).

23. “Y después de estar allí algún tiempo, salió, recorriendo por orden la región de Galacia y de Frigia, confirmando a todos los discípulos.”
En un solo versículo Lucas menciona lo que ha sido llamado el tercer viaje misionero de Pablo, cuyo fin esta vez no perseguía ampliar el alcance del evangelio a territorios nuevos, sino simplemente visitar las iglesias de Galacia y de Frigia que él había fundado en su segundo viaje, y confirmar a sus miembros en la fe. Es natural que Pablo quisiera verificar por sí mismo el estado de las iglesias, fruto de esfuerzos anteriores, y que quisiera fortalecerlos en la fe con su visita. Podemos suponer también cuánto se alegrarían ellos de verlo nuevamente, y cuánto bien les haría tenerlo con ellos nuevamente en medio de las persecuciones y pruebas por las que seguramente pasaban.
¿Por qué Lucas es tan breve al narrar este tercer viaje -que debe haber sido importante- al punto que ni siquiera indica quiénes acompañaron a Pablo, pues no debe haber ido solo? De hecho Lucas no menciona tampoco ninguna de las ciudades que Pablo visitó en este viaje, que pueden haber sido más que las que suelen figurar en los mapas que acompañan a los comentarios de sus actividades. La razón debe ser que él quería pasar rápidamente a narrar algo que asumirá luego la mayor importancia, porque representa un elemento nuevo en la obra evangelizadora de la iglesia. Pero de eso hablaremos en un próximo artículo.

Notas: 1. Es interesante que el texto arameo de la Peshita diga recién en el v. 22 que Pablo dejó en Éfeso a Aquila y Priscila, lo que indicaría que él se separó de ellos sólo al final de su estadía en la ciudad.
2. Pablo pudo haber desembarcado en Jope (Hch 10:5,8) que estaba más cerca de Jerusalén, pero prefirió hacerlo en Cesarea, que era un puerto más seguro. La ciudad-puerto de Cesarea fue fundada en el siglo IV AC, según Josefo, por Strato, rey sidonio que levantó ahí una famosa torre-faro. Fue capturada por el rey asmoneo Alejandro Janneo durante la última guerra de los macabeos (96 AC), y conquistada por los romanos el año 63 AC, quienes se la cedieron a Herodes el Grande. Fue éste quien le puso el nombre de Cesarea en honor de César Augusto y quien la convirtió en un gran puerto, construyendo un enorme rompeolas de piedra, y adornándola de suntuosos palacios, edificios públicos, templos y un enorme anfiteatro, cuyas ruinas se conservan aún en bastante buen estado. Por su ubicación la ciudad se convirtió en un importante centro comercial.
Los procuradores romanos y los hijos de Herodes establecieron ahí su residencia. Cesarea figura varias veces en el libro de los Hechos. El diácono Felipe predicó en esa ciudad (Hch 8:40), y se estableció ahí, y recibió en su casa a Pablo (21:8); y fue allí donde el profeta Agabo predijo que en Jerusalén Pablo sería apresado por sus enemigos judíos y entregado a los romanos (21:10-16), pese a lo cual el apóstol persistió en su propósito de subir a la ciudad santa.
Fue allí donde Pedro predicó en la casa del centurión Cornelio, y el Espíritu Santo cayó sobre los gentiles para sorpresa de los judíos que lo acompañaban (Hch 10). El rey Herodes Agripa, que había mandado apresar a Pedro, residió y murió en esa ciudad (12:19-23).
Pablo pasó por Cesarea varias veces. Allí se embarcó para ir a Tarso, escapando de los judíos que querían matarlo por predicar a Cristo (9:29,30). En Cesarea desembarcó de su segundo y tercer viaje misionero (18:22 y 21:8). A Cesarea fue enviado por el tribuno donde el gobernador Félix, que lo retuvo durante dos años (23:23-35). Allí compareció ante Agripa (Hch 26), y de allí lo embarcó el gobernador Festo para que vaya a Roma, porque Pablo había apelado al César (25:11;27:1).
3. No debe confundirse esta Antioquia, que era una ciudad muy grande e importante, con la otra Antioquía “de Pisidia”, que está en la región central montañosa de Anatolia.

Amado lector: Si tú no estás seguro de que cuando mueras vas a ir a gozar de la presencia de Dios, es muy importante que adquieras esa  seguridad, porque no hay seguridad en la tierra que se le compare y que sea tan necesaria. Como dijo Jesús: “¿De que le sirve al hombre ganar el mundo si pierde su alma?” (Mt 16:26) ¿De qué le serviría tener todo el éxito que desea si al final se condena? Para obtener esa seguridad tan importante yo te invito a arrepentirte de tus pecados, pidiendo perdón a Dios por ellos, y a entregarle tu vida a Jesús, haciendo una sencilla oración como la que sigue:
   “Yo sé, Jesús, que tú viniste al mundo a expiar en la cruz los pecados cometidos por todos los hombres, incluyendo los míos. Yo sé también que no merezco tu perdón, porque te he ofendido conciente y voluntariamente muchísimas veces, pero tú me lo ofreces gratuitamente y sin merecerlo. Yo quiero recibirlo. Me arrepiento sinceramente de todos mis pecados y de todo el mal que he cometido hasta hoy. Perdóname, Señor, te lo ruego; lava mis pecados con tu sangre; entra en mi corazón y gobierna mi vida. En adelante quiero vivir para ti y servirte.”

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viernes, 11 de mayo de 2012

PABLO EN CORINTO II


Por José Belaunde M.
Un Comentario al libro de Hechos 18: 7-17

7. “Y saliendo de allí, (Pablo) se fue a la casa de uno llamado Justo, temeroso de Dios, la cual estaba junto a la sinagoga.”
En vista de la negativa de la mayoría de los asistentes a la sinagoga de aceptar sus palabras Pablo sale de ahí y se va a la casa de un hombre “temeroso de Dios”, donde posiblemente se aloja, (dejando aparentemente la casa de Aquila y Priscila que lo habían hospedado hasta ese momento, Hch 18:2). Esa expresión quiere decir que ese hombre justo que se llamaba Justo, era un gentil que creía en el Dios de Israel (Nota 1). Es de notar que buen número de los convertidos a Cristo entre los gentiles eran o “temerosos de Dios”, o prosélitos del judaísmo (2), esto es, conocían la palabra de Dios y reconocían que el Dios de Israel era el Dios verdadero. La casa de este hombre estaba junto a la sinagoga. ¿Por qué estaba ahí? ¿Había buscado ese varón habitar junto a la sinagoga? Más probable es que esa circunstancia casual (pero puesta por Dios) había facilitado que ese hombre creyera en el Dios al que se rendía culto en la sinagoga. Pero para Pablo su casa era un lugar estratégico.

8. “Y Crispo, el principal de la sinagoga, creyó en el Señor con toda su casa; y muchos de los corintios, oyendo, creían y eran bautizados.”
¿Facilitaría la labor de Pablo el que estuviera alojado al lado de la sinagoga, o le traería inconvenientes? Yo me inclinaría a pensar lo primero porque, de hecho, el jefe de la sinagoga creyó en Jesús, y con él toda su casa. ¡Qué extraña circunstancia! El jefe de la sinagoga aceptó el Evangelio, pero la mayoría de los miembros de la asamblea lo rechaza. No hay duda de que la conversión de un personaje importante como Crispo contribuiría mucho al prestigio de la predicación de Pablo, al mismo tiempo que irritaría enormemente a los judíos. Es interesante notar que este Crispo es una de las pocas personas de Corinto, aparte de Gayo, a quien Pablo recuerda haber bautizado personalmente en 1 Cor 1:14.
El texto añade que muchos corintios más –asistieran o no a la sinagoga- oían la palabra y creían. Eso nos recuerda lo escrito por Pablo en Rm 10:17: “Así que la fe es por el oír, y el oír, por la palabra de Dios.” La fe surge en el corazón cuando se oye predicar la palabra de Dios. ¡Cuán importante es predicar la palabra y, sobre todo, predicarla con unción! Nosotros no sabemos cuál será el efecto que tendrán nuestras palabras en los oyentes, pero Dios puede usarlas como semilla para hacer brotar la fe en el corazón de muchos. De ahí que Pablo le instara a su discípulo Timoteo: “Predica a tiempo y a destiempo”. (2 Tm 4:2).
Notemos que en los primeros tiempos de la iglesia los convertidos eran bautizados sin dilación apenas creían (Véase Hch 16:31-33). (3) Por ese motivo el bautismo vino a ser identificado con el nuevo nacimiento. De considerar que el bautismo era el sello del nuevo nacimiento, se pasó a pensar que lo producía.

9,10. “Entonces el Señor dijo a Pablo en visión de noche: No temas, sino habla y no calles; porque yo estoy contigo, y ninguno pondrá sobre ti la mano para hacerte mal, porque yo tengo mucho pueblo en esta ciudad.”
Pablo debe haber tenido algunos temores (justificados como veremos luego) respecto de su seguridad en Corinto debido a la oposición de los judíos, o algunas dudas sobre la conveniencia de continuar predicando en esta ciudad tan pagana y, por tanto, tan reacia al Evangelio, porque el Señor consideró oportuno aparecérsele de noche en visión para animarlo, diciéndole: “No temas, sino habla y no calles”. Esto es, quita todo temor de ti, porque yo te cuido. Tu función es abrir la boca y hablar las palabras que yo ponga en ella (“Abre tu boca y yo la llenaré”, Sal 81:10b), porque si permaneces callado ¿cómo llegará mi mensaje a los que necesitan escucharlo?
Esas palabras, dichas por Jesús a Pablo, creo yo, están dirigidas a todos nosotros. ¿Cuántas veces nos llenamos de temor ante lo arriesgado, o difícil, de la obra que iniciamos, y estamos quizá dispuestos a abandonarla? Pero el Señor nos dice: “No tengas temor. Te he mandado a predicar, así que habla cuando tengas que hablar. Habla a diestra y a siniestra a todas las personas que encuentres, y no calles cuando la discreción o la prudencia pudieran aconsejarte permanecer callado.” “Haz labor de evangelista” le dice Pablo a su discípulo Timoteo (2Tm 4:5). Pablo, siendo apóstol, era antes que nada evangelista. Su misión era anunciar el Evangelio. Nadie predica permaneciendo callado, a menos que lo haga por escrito.
Las palabras siguientes de Jesús eran la base de la seguridad de Pablo y de la nuestra: “Porque yo estoy contigo”. ¡Ah benditas palabras! Si Dios nos respalda y nos apoya no tenemos nada que temer. “Si Dios está por nosotros, ¿quién contra nosotros?” (Rm 8:31) Si Dios está con nosotros nuestro éxito está asegurado, aunque las circunstancias parezcan desfavorables.
Jesús le asegura a Pablo que aunque encuentre oposición, ninguno podrá hacerle daño, ya que él está ahí con un propósito de lo alto. Jesús le dice además que Él tiene “mucho pueblo en esta ciudad”, es decir, que en la ciudad impía de Corinto había mucha gente que tenía necesidad del Evangelio, mucha gente que Jesús había preparado para escucharlo con un corazón dispuesto y que creería. Y, en efecto, la iglesia de Corinto llegó a ser la iglesia más grande fundada por Pablo, y a la cual parece haberle dedicado la mayor atención, y la que era, junto con la de Efeso, la más cercana a su corazón, como lo indican sus cartas.
Es curioso que sea así porque Corinto era una ciudad muy pecadora. Vemos ahí una vez más cómo se cumple la frase: “Cuando el pecado abundó, sobreabundó la gracia” (Rom 5:20). Jesús dijo que Él no había venido por los sanos sino por los enfermos (Mt 9:12). Su embajador, Pablo, tiene una misión semejante: Él tiene que ir donde la necesidad del perdón y de la gracia es más grande, donde están los hombres más corrompidos.
Es interesante que en su primera carta a los Corintios Pablo diga que en esa congregación no había muchos sabios, poderosos o nobles (1Cor 1:26), sino que él había reclutado a lo más vil y miserable de esa ciudad, como bien dice en uno de los pasajes más bellos y profundos del Nuevo Testamento: “sino que lo necio del mundo escogió Dios, para avergonzar a los sabios; y lo débil del mundo escogió Dios, para avergonzar a lo fuerte; y lo vil del mundo y lo menospreciado escogió Dios, y lo que no es, para deshacer lo que es.” (1 Cor 1:27,28).
Esa frase nos da una idea de qué clase de personas formaban la congregación de esa ciudad. No es pues de extrañar que le causaran tantos problemas. Pero también nos muestra quiénes son los preferidos de Dios: Los que no tienen mérito propio alguno.

11. “Y se detuvo allí un año y seis meses, enseñándoles la palabra de Dios.”
Pablo se quedó en Corinto un año y medio. Era hasta ahora su estadía más larga en ninguna ciudad. Él conquistó ahí, como el Señor le había anunciado, un pueblo numeroso. El texto dice que les enseñaba “la palabra de Dios”. ¿Hay alguna diferencia entre predicar y enseñar? Sí la hay en sentido estricto, pero es poco probable que Lucas use de manera distinta ambos verbos, porque si bien es cierto que se enseña a los convertidos, también la predicación, que es propiamente proclamación, contiene enseñanza y la escuchan también los convertidos. (4) Era a través de esta enseñanza-predicación cómo Pablo ganaba las almas, que era la meta principal de su ministerio.
¿Podemos imaginar cómo era la predicación de Pablo? En el libro de los Hechos se transcriben varios sermones de Pablo (Hch 13:16-41; 17:22-31; 20:18-35; 22:1-21; 24:10-21; 26:2-23). En tres de ellos él relata cómo se produjo su conversión. Su estilo era fogoso, apasionado, lleno de expresiones, giros e imágenes sorprendentes (como sus cartas), punteado por himnos de alabanza a Dios. Dada la unción del Espíritu Santo que reposaba sobre él, él debe haber sido un orador fascinante. Pero no eran ciertamente sus grandes dotes intelectuales y su elocuencia lo que atraía a sus oyentes –aunque éstas contribuyeran no poco- sino, como siempre ocurre, era la unción del Espíritu lo que hacía que sus oyentes lo escucharan atentamente durante horas, (como se nos señala en Hch 20:7). Es la unción la que pone en boca del predicador las palabras adecuadas, la que le da el énfasis apropiado, la profundidad que sorprende y cautiva.

12,13. “Pero siendo Galión procónsul de Acaya, los judíos se levantaron de común acuerdo contra Pablo, y le llevaron al tribunal, diciendo: Este persuade a los hombres a honrar a Dios contra la ley.”
Lucas es muy exacto en sus referencias tanto históricas como de lugar. Él señala quién era la persona que ese momento era procónsul de la provincia romana de Acaya, el representante del poder imperial. Era nada menos que el hermano del filósofo Séneca, el tutor de Nerón, nacido en España, y un hombre, según parece, de mucho encanto personal. Galión fue procónsul en Corinto entre los años 51 y 53 DC, lo cual parece indicar que el incidente que se narra a continuación ocurrió hacia el final de la estadía de Pablo en esa ciudad.
Los judíos de la ciudad –o un grupo numeroso de ellos- puestos de acuerdo para acallarlo, se apoderaron de Pablo, posiblemente cuando se hallaba predicando en la calle, o cerca de la sinagoga –recordemos que él estaba alojado en casa de Justo, que estaba junto a la sinagoga- y lo llevaron al procónsul con una grave acusación, diciendo que él persuadía a los hombres a “honrar a Dios contra la ley”.
El verbo usado es interesante, “persuadía” (anapeízei), es decir, convencía. Los judíos se habían dado cuenta de que Pablo, en efecto, estaba ganando para el Evangelio a muchos, convenciéndolos de la verdad de su mensaje. Esto no podía menos que
alarmarlos. Si Pablo no hubiera tenido éxito en su predicación no le hubieran dado importancia. Pero él estaba ganando a muchos, posiblemente a gentiles prosélitos que, como resultado, dejaban de asistir a la sinagoga.
No lo acusaban de negar el culto debido a Dios, sino de hacerlo en una forma contraria a la ley. ¿De qué ley se trata? Por la respuesta de Galión (v.14) podemos ver que no se trataba de la ley romana –lo que hubiera concitado su atención- sino de la ley judía, es decir de la Torá.
¿De qué manera chocaba la predicación de Pablo con la Torá? Posiblemente, fiel a su mensaje, Pablo negaba -como lo hace muy elocuentemente en la epístola a los Gálatas– que para salvarse era necesario circuncidarse y cumplir con todas las prescripciones de la ley de Moisés la cual, con la muerte y resurrección de Jesús, había caducado. Esta afirmación chocaba de frente con las premisas del judaísmo.

14,15. “Y al comenzar Pablo a hablar, Galión dijo a los judíos: Si fuera algún agravio o algún crimen enorme, oh judíos, conforme a derecho yo os toleraría. Pero si son cuestiones de palabras, y de nombres, y de vuestra ley, vedlo vosotros; porque yo no quiero ser juez de estas cosas.”
Al empezar Pablo a hacer su defensa, Galión se dio cuenta inmediatamente de que era un asunto relativo a las creencias judías y que no se trataba de algún delito de orden civil o penal del que él tuviera que ocuparse. Y se lo dice directamente a los acusadores de Pablo: Las cosas de que ustedes lo acusan son asuntos relativos a vuestra religión y “yo no quiero ser juez de esas cosas.” Es decir, no me vengan ustedes a quererme mezclar en los asuntos de su religión, que no entiendo ni me competen.

16. “Y los echó del tribunal.”
Galión muestra cierta impaciencia con los judíos pues se dice que los echó del tribunal, o los hizo echar, posiblemente de mala manera. Es de notar que en ese entonces los romanos no hacían distinción entre la religión judía y el naciente cristianismo. Éste a lo sumo era una variante de la religión lícita del judaísmo, es decir una religión a la cual ellos reconocían legalmente, dando a los judíos la libertad de practicar una religión diferente a la oficial, y eximiéndolos del culto a los emperadores. Tan pronto como ellos se dieron cuenta de que la fe en Cristo era una religión diferente a la judía, el Evangelio dejó de gozar de la protección de la ley y, declarada ilegal, comenzó a ser perseguida. (5)
Es importante notar que el mensaje de Pablo exponía al cristianismo a la persecución, porque se apartaba del judaísmo al considerar obsoletas las prescripciones de la ley. Pablo era conciente de que ése era un riesgo que era necesario tomar, porque si a los gentiles que creyeran en Jesús se les hubiera exigido circuncidarse, como hacían los judíos, el Evangelio hubiera encontrado escasos seguidores entre los no judíos. La circuncisión no sólo era para un adulto una operación dolorosa, sino que era considerada por los griegos –cultores del cuerpo- como una mutilación inaceptable. No obstante, la sentencia dictada en ese momento por un funcionario de prestigio como Galión, descartando las acusaciones de la sinagoga, constituyó entretanto a los ojos de los romanos, una legitimización del ministerio de Pablo, reconociendo que formaba parte de una religión protegida por las leyes.

17. “Entonces todos los griegos, apoderándose de Sóstenes, principal de la sinagoga, le golpeaban delante del tribunal; pero a Galión nada se le daba de ello.”
La escena que se describe acá es muy singular. Ahí están los miembros de la sinagoga que han traído a Pablo para acusarlo de delitos de los que el procónsul no quiere saber nada, porque son asuntos concernientes a la religión de los judíos, no de algún crimen que cayera bajo la jurisdicción romana, cuando los “griegos”, es decir, la multitud que había sido atraída por el tumulto, en gran parte por curiosidad, comenzó a golpear al líder de los acusadores, a Sóstenes, principal de la sinagoga (que posiblemente había sucedido a Crispo en ese cargo).
¿Por qué lo golpeaban? En son de burla, por escarnio. Pero esos sentimientos no justifican una golpiza. Yo pienso que la reacción agresiva de los espectadores era una manifestación del sentimiento antijudío que ya se había hecho visible en otros lugares, como en Alejandría el año 38 DC, donde había habido un gran tumulto seguido de una gran matanza de judíos.
Este sentimiento antijudío, muy difundido en el Mediterráneo, era una reacción al hecho de que los judíos se mantenían aparte, guardaban un día de descanso semanal, y no participaban del culto al emperador, ni en el culto idolátrico a los dioses de los templos paganos. No obstante es un hecho, corroborado por Josefo, que muchos gentiles eran atraídos al judaísmo por su costumbre de guardar un día de descanso a la semana.
Esta antipatía generalizada, sin embargo, explica que al procónsul no le importara el desorden que la multitud estaba causando en su tribunal, ni el maltrato del que fue víctima Sóstenes, que era una autoridad de los judíos. El tribunal debe haber sido, dicho sea de paso, una plataforma elevada abierta, semejante al pretorio donde Poncio Pilatos juzgó a Jesús en Jerusalén (Mr 15:16).
Hay quienes creen que ese Sóstenes es el mismo “hermano Sóstenes” que figura al comienzo de la 1ra epístola a los Corintios (1:1) unido a Pablo en su saludo a los destinatarios de la carta, hipótesis muy probable, porque ¿por qué motivo lo habría Pablo unido al saludo a la iglesia de esa ciudad sino fuera porque era conocido de ellos por haber liderado la acusación frustrada contra Pablo? Si esta especulación fuera cierta cabría preguntarse ¿qué fue lo que motivó a Sóstenes a creer en lo que inicialmente rechazaba? Los caminos de Dios son inescrutables, y su gracia tiene maneras sorprendentes para tocar los corazones. Si Pablo fue inicialmente un perseguidor de Cristo, y luego se convirtió en heraldo del Evangelio ¿qué de extraño tiene que quien se opusiera inicialmente al mensaje que predicaba Pablo se convirtiera después en su compañero?
Eso encierra una enseñanza para nosotros. Nunca debemos negarnos a predicar al incrédulo, o al pecador más obcecado, porque no sabemos de qué manera puede el Espíritu Santo usar nuestras palabras.

Notas: 1. Según algunos manuscritos se llamaba Titius Justus. Por su nomen y cognomen podemos ver que era ciudadano romano. Si su praenomen era Gaius, es posible que se tratara del mismo Gayo que Pablo menciona entre los que él bautizó personalmente (1Cor 1:14).
2. Aunque algunos no aceptan que haya alguna diferencia en el significado de “temerosos de Dios” y “prosélitos”, es indudable que esos términos se refieren a dos categorías de adherentes gentiles a la religión judía. Los primeros (sebómenoi/phoboúmenoi ton Zeón) eran personas que adoraban al Dios de Israel y acudían a la sinagoga –y posiblemente seguían algunas de las prácticas judías- pero sin someterse a todos los requisitos de la ley. Ejemplos de esta categoría son el centurión Cornelio (Hch 10:2), el eunuco de la reina Candace (Hch 8:26ss) y Justo. (Véase también Hch 13:16,26; 17:4,17). Los segundos (prosélutoi, en hebreo ger) eran gentiles que se hacían circuncidar y, por tanto, se obligaban a cumplir toda la ley. En Hch 6:5 uno de los diáconos, Nicolás, es identificado como prosélito. Véase también Mt 23:15 y Hch 2:10.
3. No como vino a ser costumbre después, que el bautismo era administrado a los convertidos después de un período interino de instrucción, por lo que se les llamaba “catecúmenos” del griego catejoúmenos = el que se instruye.
4. Enseñar en griego es didásko, de dónde vienen las palabras didáskalon (maestro) y didajé (enseñanza); encierra el propósito de influir en el entendimiento del que escucha y de formar su voluntad impartiendo conocimiento. Kerússo significa predicar, proclamar, como lo hace un heraldo (kérux).
5. Es posible que eso ocurriera por influencia de Popea, la mujer de Nerón, que era simpatizante del judaísmo, porque a partir del matrimonio del emperador el año 62 DC, la actitud complaciente del Imperio hacia el cristianismo empezó a cambiar, un vuelco que culminó con la acusación falsa de que los cristianos habían provocado el incendio de Roma (en realidad lo había provocado el propio Nerón) lo que dio lugar a la primera de las feroces persecuciones que los cristianos sufrirían durante dos siglos y medio.


Amado lector: Si tú no estás seguro de que cuando mueras vas a ir a gozar de la presencia de Dios, es muy importante que adquieras esa  seguridad, porque no hay seguridad en la tierra que se le compare y que sea tan necesaria. Para obtener esa seguridad tan importante yo te invito a arrepentirte de tus pecados, haciendo una sencilla oración como la que sigue:
   “Yo sé, Jesús, que tú viniste al mundo a expiar en la cruz los pecados cometidos por todos los hombres, incluyendo los míos. Yo sé también que no merezco tu perdón, porque te he ofendido conciente y voluntariamente muchísimas veces, pero tú me lo ofreces gratuitamente y sin merecerlo. Yo quiero recibirlo. Me arrepiento sinceramente de todos mis pecados y de todo el mal que he cometido hasta hoy. Perdóname, Señor, te lo ruego; lava mis pecados con tu sangre; entra en mi corazón y gobierna mi vida. En adelante quiero vivir para ti y servirte.”

#725 (06.05.12). Depósito Legal #2004-5581. Director: José Belaunde M. Dirección: Independencia 1231, Miraflores, Lima, Perú 18. Tel 4227218. (Resolución #003694-2004/OSD-INDECOPI).