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viernes, 12 de abril de 2019

PABLO ANTE AGRIPA Y BERENICE


 LA VIDA Y LA PALABRA
Por José Belaunde M.
PABLO ANTE AGRIPA Y BERENICE
Un Comentario de Hechos 25:13-27
Enfrentado al peligro de que el gobernador quiera llevarlo a Jerusalén para ser juzgado por él allá, Pablo hace uso de su derecho como ciudadano romano de apelar el tribunal del César, a lo que el gobernador, como es su obligación, accede, esperando sólo la oportunidad adecuada de enviarlo a Roma.
13. “Pasados algunos días, el rey Agripa y Berenice vinieron a Cesarea para saludar a Festo.”
La indicación temporal que nos da Lucas no es muy precisa, pero podemos suponer que sería entre una y dos semanas después del episodio anterior como máximo. Antes de proseguir con el relato conviene que nos detengamos en estos dos personajes reales que vienen a visitar, acompañados posiblemente de algunos de sus cortesanos, al nuevo representante del emperador.

Herodes Agripa II es llamado el último de los Herodes porque cuando él murió sin hijos el año 100, la dinastía herodiana se extinguió. Él era hijo de un antiguo conocido nuestro, el rey Herodes Agripa I, que fue rey de Judea entre los años 41 y 44, e hizo ejecutar a Santiago, llamado el mayor, hermano de Juan (Hch 12:1,2); y queriendo congraciarse con los judíos, mandó apresar a Pedro con el mismo propósito, pero no lo pudo hacer porque el apóstol fue liberado por un ángel (Hch 12:3-19). Él tuvo una trágica muerte, pues según relata el mismo capítulo de Hechos, fue herido por un ángel del Señor por haber aceptado un homenaje que sólo corresponde a Dios (Hch 12:20-23).
A su muerte su hijo tenía sólo 17 años, por lo que el emperador Claudio, con sabio criterio, no juzgó prudente darle al heredero el trono de una provincia tan difícil de gobernar como Judea, por lo que puso al frente de ésta a un procurador, y le dio al muchacho el trono del pequeño reino de Calcis, que había quedado vacante al morir su tío el año 48. El año 53 intercambió su pequeño reino por las tetrarquías de Felipe y Lisanias (Traconite y Abilinia, mencionadas por Lc 3:1), cuyo territorio fue aumentado por Nerón con algunas ciudades en torno al lago de Genesaret, por lo que Agripa –a quien además se había otorgado el privilegio de nombrar a los sumos sacerdotes del templo en Jerusalén- cambió el nombre de su capital, Cesarea de Filipo (que conocemos por Mt 16:13), llamándola Neronías.  ¡Con qué facilidad se intercambiaban en ese mundo cortesano los favores y las cortesías sin consideración alguna de las poblaciones que pudieran ser afectadas! En nuestro tiempo, aunque con menos facilidad, se han seguido adjudicando territorios entre las naciones en las mesas de negociaciones sin mucha consideración de los pobladores. Eso ocurrió al término de la primera guerra mundial, cuando Inglaterra y Francia se repartieron territorios del antiguo Imperio Otomano, en función de sus intereses, de donde ha resultado la inestabilidad que ha plagado al Cercano y Mediano Oriente desde entonces, y los conflictos que ahora sacuden esa región, y amenazan con atentados la seguridad de las antiguas potencias coloniales.
Herodes Agripa II era considerado un buen conocedor de la religión judía, por lo que su visita al gobernador Festo proporcionaba a éste una bienvenida oportunidad para decidir acerca del incómodo prisionero que su predecesor le había dejado.
Su hermana Berenice fue una de esas princesas herodianas que se distinguieron por su belleza y personalidad, pero también por su vida escandalosa. Nacida el año 28 DC ella era hija de Herodes Agripa I y, por tanto, hermana de Drusila, esposa de Antonio Félix (Hch 24:24). A los 13 años la casaron con su tío Herodes de Calcis. Cuando enviudó a los 20 años se fue a vivir con su hermano Herodes Agripa II. Luego lo dejó para casarse con Polemón, rey de Cilicia, pero no tardó en regresar a los brazos de su hermano, con quien estaba en una relación incestuosa cuando escuchó a Pablo. Posteriormente fue amante de los generales romanos Vespasiano y de su hijo Tito, según Josefo. Estando con éste intervino el año 66 valientemente, pero en vano, para tratar de evitar la matanza de judíos perpetrada por el procurador Florus. El año 75 estaba en Roma con Tito, entonces ya emperador, que se habría casado con ella de no ser por la oposición del pueblo que objetaba su origen judío.
El rey Agripa y su hermana vinieron pues, con bastante pompa, a hacer una visita de cortesía al nuevo procurador, y fueron alojados por éste, con todas las consideraciones que se merecían huéspedes tan ilustres, en el palacio que su antepasado, Herodes el Grande, había construido en Cesarea, y que ahora servía de residencia al procurador.
14-16. “Y como estuvieron ahí muchos días, Festo expuso al rey la causa de Pablo, diciendo: Un hombre ha sido dejado preso por Félix, respecto al cual, cuando fui a Jerusalén, se me presentaron los principales sacerdotes y los ancianos de los judíos, pidiendo condenación contra él. A éstos respondí que no es costumbre de los romanos entregar a alguno a la muerte antes que el acusado tenga delante a sus acusadores, y pueda defenderse de la acusación.”
Gracias a la hospitalidad que les brindó Festo la visita se prolongó posiblemente por dos o más semanas, tiempo que Festo aprovechó para hablarle a Agripa de la papa caliente que tenía entre manos, el prisionero que su antecesor le había dejado sin darle suficiente información que le permitiera hacer un reporte coherente sobre su caso al emperador.
Festo le cuenta a Agripa cómo cuando subió en primera visita a Jerusalén, las autoridades judías con las que él recién tomaba contacto, aprovecharon la ocasión para hacer graves acusaciones contra Pablo, demandando que se le condenara a muerte.
Pensemos cuán grande era el odio que estos hombres tenían a Pablo, que apenas tienen ocasión de hablar con la nueva autoridad la aprovechan para acusarlo seriamente. Festo les respondió, según le cuenta a su huésped, que de acuerdo a las leyes romanas, el prisionero debía ser objeto de un juicio formal en el que él tuviera ocasión de defenderse de los cargos que se presentaran contra él, y que los invitaba a venir a Cesarea para que comparecieran ante él.
17-19. “Así que, habiendo venido ellos juntos acá, sin ninguna dilación, al día siguiente, sentado en el tribunal, mandé traer al hombre. Y estando presentes los acusadores, ningún cargo presentaron de los que yo sospechaba, sino que tenían contra él ciertas cuestiones acerca de su religión, y de un cierto Jesús, ya muerto, el que Pablo afirmaba estar vivo.”
Así se procedió de manera que apenas bajaron ellos a Cesarea, continúa narrando Festo, me senté en el tribunal para oír su causa teniendo al acusado delante pero, para gran sorpresa mía, los cargos que se le hacían no tenían nada que hacer con las leyes romanas, sino con asuntos relativos a su religión (Nota 1) y, sobre todo, acerca de un tal Jesús, que ya había muerto, pero de quien el acusado decía que estaba vivo. Al bien intencionado, pero pagano gobernador romano, se le escapaba el significado que este hecho extraordinario representaba, y que había de revolucionar en pocos siglos la historia de la humanidad.
Festo estaba perplejo porque él ignoraba prácticamente todo acerca del judaísmo y del nuevo movimiento que había surgido dentro de él, con la muerte y resurrección de Jesús. Él sólo percibía que la tesis de Pablo había suscitado disputas dentro de las autoridades, y no se dio cuenta de que con sus propias palabras él había descrito el meollo del asunto. Pero el rey Agripa sí conocía de estas cosas lo suficiente para que su curiosidad se despertara.
Los comentaristas antiguos han subrayado el hecho de que Festo, con sus propias palabras, insista en destacar la inocencia del acusado (vers. 18,19). Nótese que, en cumplimiento de lo anunciado por Jesús en Hch 9:15, Pablo ha dado testimonio de Él ante el sanedrín (22:30-23:10), ante dos gobernadores (24:10-21; 25:6-12); y ahora lo va a hacer delante de un rey y de su numerosa comitiva. Los enemigos de Jesús sin querer conspiraron para que Pablo pueda dar testimonio ante una gran audiencia.
20-22. “Yo, dudando en cuestión semejante, le pregunté si quería ir a Jerusalén y allá ser juzgado de estas cosas. Mas como Pablo apeló para que se le reservase para el conocimiento de Augusto, mandé que le custodiasen hasta que le enviara yo a César. Entonces Agripa dijo a Festo: Yo también quisiera oír a ese hombre. Y él le dijo: Mañana le oirás.”
Admitiendo Festo que él no conocía nada de estas cosas le propuso a Pablo ser llevado a Jerusalén para ser ahí juzgado por las autoridades judías que eran competentes en estos asuntos, pero como ya hemos visto, Pablo se dio cuenta inmediatamente del peligro que esto representaba para su vida, y para escapar de él apeló al César.
Aquí Agripa aprovechó la ocasión para decirle a Festo que a él sí le gustaría escuchar lo que Pablo tenía que decir. Festo le respondió cortésmente que al día siguiente podría hacerlo, con lo que se preparaba una nueva audiencia en la que Pablo tendría ocasión de testificar ante todos, incluyendo al rey y al propio Festo, acerca de su fe en Jesucristo. ¡Por qué caminos inesperados Dios abre puertas para que Pablo pudiera predicar! ¡Quién sabe si entre los cortesanos y curiosos que le escucharon disertar no habría alguno a quien sus palabras no tocaran una fibra de su corazón endurecido y creyera!
23. “Al otro día, viniendo Agripa y Berenice con mucha pompa, y entrando en la audiencia con los tribunos y principales hombres de la ciudad, por mandato de Festo fue traído Pablo.”
He aquí pues que se convoca, con toda la solemnidad del caso, a una audiencia especial a la que asisten, aparte del rey y de su hermana como invitados de honor, todas las personas que ocupaban alguna posición de autoridad, o de relieve, en la ciudad de Cesarea. Ante esta asamblea Pablo va a tener oportunidad una vez más de contar su historia, que no es otra sino la de la irrupción de Jesucristo resucitado en su vida.
24, 25. “Entonces Festo dijo: Rey Agripa, y todos los varones que estáis aquí junto con nosotros, aquí tenéis a este hombre, respecto del cual toda la multitud de los judíos me ha demandado en Jerusalén y aquí, dando voces que no debe vivir más. Pero yo, hallando que ninguna cosa digna de muerte ha hecho, y como él mismo apeló a Augusto, he determinado enviarle a él.”
Festo abre la reunión con una alocución dirigida al rey y a los asistentes explicando los motivos por los cuales los ha convocado. Él les presenta al prisionero que ha mandado venir, con las palabras de “este hombre”, no mencionando su nombre, no obstante ser él ciudadano romano. Todas las miradas se clavaron en el prisionero a quienes la mayoría de los asistentes veían por primera vez. Algunos con curiosidad, otros quizá con desprecio. Pablo podría quizá sentirse humillado, o aterrorizado, por esas miradas, pero él no era hombre a ser atemorizado fácilmente. Él sabía quién era él en Cristo y cuál era la misión que se le había encomendado. (2)
A este hombre, dice Festo, las autoridades de Jerusalén lo acusan airadamente de haber cometido un crimen digno de muerte, pero yo no hallo nada en él que merezca esa pena bajo las leyes romanas, pero como él ha apelado al tribunal del César, como es su derecho como ciudadano de nuestra nación, he decidido enviarlo a él según su deseo.
26,27. “Como no tengo cosa cierta que escribir a mi señor, le he traído ante vosotros, y mayormente ante ti, oh rey Agripa, para que después de examinarle, tenga yo qué escribir. Porque me parece fuera de razón enviar un preso, y no informar de los cargos que haya en su contra.”
El procurador expone francamente la encrucijada en que se encuentra. Yo no encuentro que él haya cometido ningún crimen bajo nuestras leyes, y como los delitos de los que se le acusa atañan a la legislación de los judíos que no caen bajo la jurisdicción de ningún tribunal romano, y menos del tribunal del César, no tengo nada que pueda informar al emperador acerca del acusado. Como no sería razonable enviar a un preso sin poder dar una explicación de los cargos que se le imputan, me he permitido traerlo delante de ustedes, y en particular delante tuyo, oh rey, para que después de que lo interrogues, tenga yo algo que escribir acerca de él.

Notas: 1. La palabra que aparece aquí en el texto griego es deisidaimonías, que quiere decir “superstición”, y que la versión Reina-Valera respetuosamente traduce como “religión”. El hecho de que Festo use esa palabra expresa el poco aprecio que él, como romano escéptico, sentía por las convicciones religiosas del prisionero.
2. F.F. Bruce hace la atinada observación de que si Herodes Agripa II y Berenice son conocidos hoy en el mundo es gracias a que sus vidas se cruzaron un día con la de Pablo, miserable prisionero al que ellos miraban con desprecio. ¡Cómo podrían ellos imaginar que “este hombre” sería algún día admirado y famoso en el mundo entero, y sus escritos leídos y estudiados por millones! Ironias de la vida.

Amado lector: Jesús dijo: "¿De qué le sirve al hombre ganar el mundo si pierde su alma?” (Mt 16:26). Si tú no estás seguro de que cuando mueras vas a ir a gozar de la presencia de Dios, yo te invito a pedirle perdón a Dios por tus pecados haciendo una sencilla oración:
   "Jesús, tú viniste al mundo a expiar en la cruz los pecados cometidos por todos los hombres, incluyendo los míos. Yo sé que no merezco tu perdón, porque te he ofendido consciente y voluntariamente muchísimas veces, pero tú me lo ofreces gratuitamente y sin merecerlo. Yo quiero recibirlo. Me arrepiento sinceramente de todos mis pecados y de todo el mal que he cometido hasta hoy. Perdóname, Señor, te lo ruego; lava mis pecados con tu sangre; entra en mi corazón y gobierna mi vida. En adelante quiero vivir para ti y servirte."
#974 (07.05.17). Depósito Legal #2004-5581. Director: José Belaunde M. Dirección: Independencia 1231, Miraflores, Lima, Perú 18. Tel 4227218. (Resolución #003694-2004/OSD-INDECOPI).

viernes, 20 de julio de 2018

PABLO ANTE EL SANEDRÍN


LA VIDA Y LA PALABRA
Por José Belaunde M.
PABLO ANTE EL SANEDRÍN
Un Comentario de Hechos 22:30-23:11

En los dos artículos anteriores hemos visto a Pablo hacer su defensa ante los habitantes de Jerusalén, que habían querido lincharlo porque se le acusó falsamente de haber introducido a un gentil en el interior del templo, lo que estaba estrictamente prohibido. Ellos lo escucharon atentamente haciendo el relato de su conversión hasta el momento en que narró que Jesús se le había aparecido en visión y le dijo que lo enviaría a los gentiles. Al escuchar esta palabra recrudeció la ira del pueblo que exigía que se le matase, siendo salvado con las justas por los soldados romanos. Cuando iba a ser azotado por éstos para que confesara cuál era la razón del rechazo de la población Pablo le advirtió al tribuno que no podía hacerlo porque él era ciudadano romano.
22:30. “Al día siguiente, queriendo saber de cierto la causa por la cual le acusaban los judíos, le soltó de las cadenas, y mandó venir a los principales sacerdotes y a todo el concilio, y sacando a Pablo, le presentó ante ellos.”
El tribuno no quiso perder tiempo en averiguar cuál podía ser la causa por la que las autoridades y el pueblo tenían tanta saña contra Pablo y, teniendo él obligación de protegerlo como ciudadano romano mientras no hubiera un delito por el cual pudieran acusarlo ante un tribunal legalmente constituido, convocó al concilio de ancianos para que conocieran del asunto. Entonces ordenó a los soldados que lo soltaran de las cadenas y lo presentó ante el sanedrín que se reunía en un ambiente grande a un costado del templo (Nota 1). Nótese, sin embargo, que ésta no era una reunión formal del consejo de ancianos, sino una convocada de ocasión por el tribuno porque, de haberlo sido, Pablo no hubiera dado inicio a la reunión tomando la palabra, después de la presentación del tribuno, que no sabemos en qué consistió. Pero cabría preguntarse por qué el tribuno no habló previamente con Pablo, antes de convocar a la reunión, para que le dijera cuál era la causa de tanto ensañamiento contra él.
23: 1,2. “Entonces Pablo, mirando fijamente al concilio, dijo: Varones hermanos (2), yo con toda buena conciencia he vivido delante de Dios hasta el día de hoy. El sumo sacerdote Ananías ordenó entonces a los que estaban junto a él, que le golpeasen en la boca.”
Pablo, sin temor alguno (3), teniendo la seguridad de que el Señor lo respaldaba, se dirigió a la asamblea afirmando su inocencia de todo cargo que pudiera hacérsele: Yo como buen judío he vivido delante de Dios sin que mi conciencia tenga nada que reprocharme.
Eso lo decía delante del sumo sacerdote y de los ancianos que sabían cuáles habían sido sus actividades antes de su conversión, y cómo él persiguió, con la anuencia de ellos, a los seguidores de la odiada secta del Nazareno, y cómo él se había convertido inopinadamente en uno de sus más ardientes propagandistas en la diáspora. Esto es algo que los miembros del sanedrín no podían aceptar, que dijera que lo había hecho “con toda buena conciencia”, porque para ellos él era un traidor.
Por ese motivo, y para castigarlo por su osadía, el sumo sacerdote Ananías ordenó que alguien cercano le golpeara en la boca. Ananías posiblemente no era consciente del hecho, pero el maltrato de Pablo en una reunión convocada por la autoridad romana era un insulto a ésta, bajo cuya protección estaba el apóstol.
¿Quién era este Ananías (4) que actuaba tan bruscamente? Era un personaje nefasto cuyas acciones rapaces, abusando de su alto cargo, hicieron que toda la población lo odiara, y tuviera un final trágico durante el levantamiento anti romano que se produjo el año 66 DC. Él había sido instalado en ese cargo el año 47 DC por un nieto de Herodes el Grande, Herodes de Calcis, que era hermano de nuestro conocido Herodes Agripa I, el que mandó matar a Santiago, hijo de Zebedeo, e hizo apresar a Pedro (Hch 12:1-3). Según el historiador Josefo Ananías se había apoderado de los diezmos que eran destinados a los sacerdotes comunes. La gran fortuna que había acumulado le daba un gran poder y permitía que conservara su influencia, aún después de haber sido depuesto el año 58 o 59.
3. “Entonces Pablo le dijo: ¡Dios te golpeará a ti, pared blanqueada! ¿Estás tú sentado para juzgarme conforme a la ley, y quebrantando la ley me mandas golpear?”
Pablo responde vivamente indignado al injusto maltrato llamando al sumo sacerdote “pared blanqueada”, y lo acusa de violar la ley al mandar golpear al acusado que está delante del tribunal para ser juzgado. Implícitamente lo acusa de aplicarle una pena antes de haber sido sentenciado.
No se sabe exactamente qué ley era la que Pablo acusa al sumo sacerdote de violar, aunque pudiera tratarse de los preceptos de Lv 19:15, y Dt 1:16,17 que ordenan hacer un juicio justo, o de una perteneciente a la ley oral judía, que es sabido protegía los derechos de los encausados. Se recordará que el Evangelio de Juan registra un incidente parecido estando Jesús delante del Sanedrín, cuando un alguacil lo golpea en la cara reprochándole hablar irrespetuosamente al sumo sacerdote Anás. Jesús en esa ocasión reaccionó menos vivamente que Pablo, aunque también protestó. (Jn 18:22,23).
El insulto que Pablo dirige a Ananías, que conlleva el significado de “hipócrita”, tiene antecedentes en las palabras de Jesús, que llama a los fariseos “sepulcros blanqueados” (Mt 23:27). Sin embargo, entre la reacción de Jesús y la de Pablo hay una diferencia marcada: Jesús se queja de que lo golpeen sin razón, pero no responde con un insulto, como hace Pablo. El temperamental apóstol estaba lejos de ser manso como Jesús. (5)
4,5. “Los que estaban presentes dijeron: ¿Al sumo sacerdote de Dios injurias? Pablo dijo: No sabía, hermanos, que era el sumo sacerdote; pues escrito está: No maldecirás a un príncipe de tu pueblo.”
La reacción airada de Pablo provoca a su vez la protesta de los asistentes que le reprochan hablar de esa manera al sumo sacerdote. Pablo se disculpa enseguida diciendo que no sabía que el que había ordenado golpearlo era el sumo sacerdote y cita literalmente, para subrayar su respeto por la ley, un precepto de Moisés (Ex 22:28b).
Pero ¿podía Pablo ignorar quién era en esa reunión el sumo sacerdote? Es muy probable que Pablo no conociera personalmente a este Ananías, pues había estado ausente de Jerusalén los últimos años, pero él debe haberlo reconocido, pues presidía la sesión, a menos que tratándose de una reunión convocada precipitadamente por el tribuno, el sumo sacerdote no estuviera sentado al centro, cosa en sí bastante improbable.
6-8. “Entonces Pablo, notando que una parte era de saduceos y otra de fariseos, alzó la voz en el concilio: Varones hermanos, yo soy fariseo, hijo de fariseo; acerca de la esperanza y de la resurrección de los muertos se me juzga. Cuando dijo esto, se produjo disensión entre los fariseos y los saduceos, y la asamblea se dividió. Porque los saduceos dicen que no hay resurrección, ni ángel, ni espíritu; pero los fariseos afirman estas cosas.”
Entonces, teniendo claro que estaba ante una asamblea que le era hostil, y de la que no podía esperar nada favorable, muy astutamente, dándose cuenta de que la mayoría de sus miembros procedían de los dos partidos rivales del judaísmo, los fariseos y los saduceos, cuya diferencia doctrinal más importante giraba en torno a la creencia en la resurrección de los muertos que los segundos negaban, Pablo exclamó que a él, siendo fariseo, se le estaba acusando por sostener ese punto de doctrina.
Inmediatamente se armó una gran batahola, tal como él había previsto. Los miembros del sanedrín, olvidándose de que habían sido convocados para juzgar a una persona, se enzarzaron en una discusión acalorada sobre el punto doctrinal que los dividía.
El texto de Lucas aclara que los saduceos no sólo negaban la resurrección, sino también negaban la existencia de seres sobrenaturales, como los ángeles y los espíritus. La suya era una religión materialista concentrada en el mantenimiento del culto oficial en el templo y los beneficios que eso les traía. (6)
9,10. “Y hubo un gran vocerío; y levantándose los escribas de la parte de los fariseos, contendían, diciendo: Ningún mal hallamos en este hombre; que si un espíritu le ha hablado, o un ángel, no resistamos a Dios. Y habiendo grande disensión, el tribuno, teniendo temor de que Pablo fuese despedazado por ellos, mandó que bajasen soldados y le arrebatasen de en medio de ellos, y le llevasen a la fortaleza.”
Era previsible, dado el gran rencor que estas disensiones producían, y la animadversión mutua que se tenían ambos partidos rivales, que los fariseos asumieran la defensa de Pablo, afirmando la posibilidad de que éste estuviera sinceramente siguiendo una inspiración divina. Esta intervención inesperada de los escribas nos recuerda la intervención de Gamaliel a favor de Pedro y Juan, cuando fueron llevados ante el sanedrín, acusados de desobedecer la orden de abstenerse de predicar en el nombre de Jesús (Hch 5:34-39).
Entonces el tribuno, cuya principal preocupación en ese momento era asegurar la integridad física de su prisionero, porque era ciudadano romano, ordenó sacarlo precipitadamente del lugar y retornarlo a la fortaleza donde estaría a salvo.
Algunos comentaristas han criticado severamente a Pablo porque él se aprovechara de esa diferencia doctrinal entre ambos partidos, como una estratagema para frustrar el juicio que había empezado. Yo pienso que en todos estos sucesos él estaba siendo guiado por el Señor y que fue Él quien le inspiró esa salida inesperada.
11. “A la noche siguiente se le presentó el Señor y le dijo: Ten ánimo, Pablo, pues como has testificado de mí en Jerusalén, así es necesario que testifiques también en Roma.”
Esa noche, mientras Pablo dormía, se le apareció en visión nuevamente el Señor Jesús para animarlo y decirle que su propósito era ahora que diera testimonio de Él en Roma.
Jesús se le aparece a Pablo para reanimarlo seguramente cuando su estado de ánimo estaba muy bajo a causa del maltrato físico que había sufrido, y en vista de las amenazas que atentaban contra su vida, aparte del hecho de que estuviera encadenado como un malhechor. ¿Quién de nosotros estaría dispuesto a asumir un costo personal tan grande por predicar a Cristo? Es un hecho que su efectividad como evangelista estaba ligada estrechamente al sufrimiento que le acarreaba su misión (Hch 9:16). A semejanza de Jesús, cuanto más alto sea el llamado, mayor es el padecimiento que lo acompaña, pero también, mayor la gracia.
Las palabras que le dirige Jesús no sólo tienen un tono afectuoso de aprobación, sino contienen además la promesa de que él saldrá bien librado de esta prueba para continuar la misión que le ha confiado.

Notas: 1. El Sanedrín estaba conformado por 70 miembros pertenecientes a la aristocracia de origen saduceo (sacerdotes y laicos) y a la clase erudita (escribas) en la que los fariseos ejercían una influencia creciente. Sus reuniones eran presididas siempre por el sumo sacerdote.
2. La fórmula que él emplea revela que es consciente de que él se dirige a sus pares, pues él, por derecho propio, era miembro del concilio.
3. En él se cumplía la promesa hecha por Dios al profeta Ezequiel: “He aquí yo he hecho tu rostro fuerte contra los rostros de ellos, y tu frente fuerte contra las frentes de ellos…ni tengas miedo delante de ellos, porque son casa rebelde.” (Ez 3:8,9).
4. Su nombre completo era Ananías hijo de Nebedeo.
5. Hay antecedentes en el Antiguo Testamento de justos que han sido golpeados en la boca por hablar en nombre de Dios (1R 22:24). Pero la muerte poco honrosa que tuvo Ananías da a las palabras de Pablo un carácter involuntariamente profético.
6. No hay fuentes claras acerca del partido o secta de los saduceos, cuyo nombre deriva del sacerdote Sadoc de tiempos de David (2Sm 15:24,25). Es probable que ellos surgieran durante el reinado de Juan Hircano (siglo II AC), en el marco de la lucha que hubo entonces por el control del templo, y estaban ligados a las familias sacerdotales. No dejaron escritos acerca de sus doctrinas, por lo que sólo las conocemos indirectamente por lo que dicen el historiador Josefo y los evangelios. Ellos sólo reconocían al Pentateuco como escritura inspirada, y atribuían un valor a los demás escritos de lo que nosotros llamamos Antiguo Testamento. No creían en la inmortalidad del alma y, en consecuencia, tampoco en la resurrección de los muertos (piedra angular de la doctrina de los fariseos), y menos en la existencia de ángeles y espíritus. Negaban la predestinación y la intervención de la providencia en los asuntos humanos, considerando que el hombre era libre en sus decisiones y responsable, por tanto, de su bienestar o infelicidad. Con la caída de Jerusalén y la destrucción del templo desaparecieron de la historia.
El partido de los fariseos, cuyo nombre deriva del hebreo parush, esto es, “separado”, parece tener su origen en los hasidim (piadosos) que se opusieron a la helenización de las costumbres impuesta por los reyes seléucidas, sucesores de Alejandro Magno. Ellos fundaron academias (yeshivas) para la instrucción de sus seguidores, y eran los líderes espirituales reconocidos del pueblo.
Ellos figuran en los evangelios como los principales opositores de Jesús, por su insistencia en querer imponer las reglas de pureza ritual válidas en el templo, a la vida ordinaria de los individuos, y por la multitud de normas adicionales con que limitaban la libertad de los individuos. Jesús denuncia su hipocresía al hacer alarde público de piedad, alargando sus mantos y ensanchando sus filacterias. Se opusieron a la rebelión contra los romanos el año 66, y fueron las primeros en hacer las paces con ellos. Con la caída de Jerusalén y la destrucción del templo el año 70, la academia de Yavné, bajo el liderazgo de Johanan ben Zakai, y la anuencia de los romanos, asumió la dirección de la supervivencia del judaísmo.


Amado lector: Jesús dijo: "¿De qué le sirve al hombre ganar el mundo si pierde su alma?” (Mt 16:26). Si tú no estás seguro de que cuando mueras vas a ir a gozar de la presencia de Dios, yo te invito a pedirle perdón a Dios por tus pecados haciendo una sencilla oración:
   "Jesús, tú viniste al mundo a expiar en la cruz los pecados cometidos por todos los hombres, incluyendo los míos. Yo sé que no merezco tu perdón, porque te he ofendido consciente y voluntariamente muchísimas veces, pero tú me lo ofreces gratuitamente y sin merecerlo. Yo quiero recibirlo. Me arrepiento sinceramente de todos mis pecados y de todo el mal que he cometido hasta hoy. Perdóname, Señor, te lo ruego; lava mis pecados con tu sangre; entra en mi corazón y gobierna mi vida. En adelante quiero vivir para ti y servirte."



INVOCACIÓN: Me asombra la forma incauta e irresponsable como a veces los adultos, incluso en la iglesia, tratan a los niños pequeños de uno a tres años, como si fueran muñecos, con los que se puede jugar a su antojo. Los hacen bailar a la fuerza durante la alabanza, como si eso no los cansara, y ellos no quisieran otra cosa sino estar en brazos de su madre. Los zarandean con el pretexto de mecerlos, hacen temblar su cabecita inconscientes de las lesiones que los movimientos bruscos pueden causar a sus cerebros en formación; los levantan en alto por los pies sin tener en cuenta la sensación de inseguridad, o hasta de pánico, que eso puede producirles. En términos de comparación, ¿cómo se sentiría un adulto si fuera levantado por los pies por un gigante de siete u ocho metros de estatura? ¿No sentiría miedo? ¿No lo sentirá con mayor razón un pequeñuelo, por más que se haga jugando?
No porque sean pequeños pueden los niñitos ser tomados como juguetes, sino deben ser tratados con todo el cuidado que la fragilidad de sus cuerpecitos exige. ¡Padre, madre: No permitas que otras personas, aunque sean parientes o amigos, manipulen a tus pequeñuelos, porque sin querer pueden hacerles daño! Tú eres responsable ante Dios de su bienestar e integridad física.


#963 (19.02.17). Depósito Legal #2004-5581. Director: José Belaunde M. Dirección: Independencia 1231, Miraflores, Lima, Perú 18. Tel 4227218. (Resolución #003694-2004/OSD-INDECOPI).

martes, 28 de agosto de 2012

EL JOVEN QUE CAYÓ DE LA VENTANA


ANUNCIO: YA ESTÁ A LA VENTA EN LAS LIBRERÍAS CRISTIANAS Y EN LAS IGLESIAS MI LIBRO “MATRIMONIOS QUE PERDURAN EN EL TIEMPO” (Vol 1). RECOMIENDO LEERLO. (Informes Tel. 4712178)
 Por José Belaunde M.
EL JOVEN QUE CAYÓ DE LA VENTANA
Un Comentario al libro de Hechos 20:7-12
7. “El primer día de la semana, reunidos los discípulos (1) para partir el pan, Pablo les enseñaba, habiendo de salir al día siguiente; y alargó el discurso hasta la medianoche.”
Podemos ver acá una cierta evolución en las costumbres de la iglesia de los primeros tiempos. Hemos visto que al principio los discípulos se reunían diariamente para partir el pan, como Jesús les había enseñado que hicieran en memoria suya la víspera de su muerte (Lc. 22:19), de lo cual hay huella al comienzo del libro de los Hechos de los Apóstoles (2:42,46).
Esa era la costumbre de la iglesia en Jerusalén después de Pentecostés. Pero ahora, unos veinticinco años después aproximadamente, Pablo está en el puerto de Troas viajando hacia Jerusalén, y reunido con una congregación preponderantemente gentil. La costumbre de partir el pan diariamente se había convertido en semanal, cada primer día de la semana, esto es, el día que nosotros llamamos domingo, (que viene de “dominus” que en latín quiere decir “señor”) (2) porque es el “día del Señor” (Ap1:10) en recuerdo a la resurrección de Jesús. (3) Ese día se reunían para partir el pan por la tarde, cumplida su jornada de trabajo. Que ya era costumbre en las iglesias reunirse el domingo nos lo confirma también una corta frase de 1ª Cor (“Cada primer día de la semana cada uno de vosotros ponga aparte algo, según haya prosperado, guardándolo, para que cuando yo llegue no se recojan entonces ofrendas.” 16:2) (4).
¿Descansaban los cristianos gentiles el día sábado? Es improbable. Eso lo podían hacer en Judea, donde es posible que los cristianos judíos siguieran guardando el sábado, porque era costumbre del país entero y las circunstancias estaban acomodadas a ella (5). Pero era muy difícil que fuera de Palestina los cristianos tanto de origen judío como gentiles lo hicieran, porque no habrían conservado su trabajo. Menos aun podían hacerlo el domingo, porque en todo el mundo pagano ese era día laboral. El mundo antiguo desconocía el día de descanso semanal; trabajaban sin interrupción todo el año, salvo en las festividades paganas que, por compensación, podían durar varios días. El hecho de que los judíos descansaran un día cada siete les valió que los romanos los tildaran de ociosos, aunque la legislación dictada por Julio César les reconocía ese privilegio. Siendo laborable el primer día de la semana, al adoptar la costumbre de reunirse ese día, es obvio que los cristianos sólo podían hacerlo al caer la tarde o de noche, (o sea, que su culto era lo que nosotros llamamos un “culto vespertino”) lo que explica que Pablo pudiera prolongar su discurso hasta la medianoche.
El hecho de que el mundo pre-cristiano desconociera el descanso semanal me lleva a hacer la siguiente reflexión: El pueblo hebreo, como único pueblo en el mundo, había adoptado esa sana costumbre porque tenían y se alimentaban de la palabra de Dios. Los pueblos que no tuvieron ese privilegio cargaban el año entero con todo el peso de la maldición: “comerás el pan con el sudor de tu frente” (Gn 3:19). ¿De cuántos beneficios no se privarán los pueblos y los individuos que desconocen la palabra de Dios, o la rechazan? ¡Y cómo no hemos de darle gracias a Dios todos aquellos a quienes Él ha hecho nacer en un país cristiano, y ha puesto la Biblia como parte de sus vidas!
Pero la reunión dominical sería también para que se leyeran las Escrituras y para la enseñanza, tal como ancestralmente hacían los judíos en la sinagoga el día sábado. Pablo era muy elocuente y lleno de sabiduría. Podemos imaginar que él tenía muchas cosas que compartir con sus oyentes esa tarde, tanto más porque tenía que partir al día siguiente para continuar su viaje a Jerusalén. De modo que al llegar la medianoche todavía seguía hablando.
¿Podemos imaginar la intensidad con que el auditorio escuchaba su enseñanza? No todos los días tenían a Pablo entre ellos y ésta había sido una estadía suya de sólo siete días (Hch 20:6). Toda su atención estaba concentrada en sus palabras.
¡Ah, cómo quisiéramos nosotros saber qué es lo que él les decía! ¡Si hubiéramos podido grabar su voz, como hacemos hoy! Pero hace dos mil años no existían grabadoras. Sin embargo, alguien pudo haber anotado para nosotros lo que enseñaba. En ese tiempo ésa era una práctica habitual. Por ese motivo han llegado a nosotros fragmentos de sus discursos. Pero si en ese momento alguien tomó notas, no se han conservado. ¡Qué lástima! No obstante, el Espíritu Santo hizo todo lo necesario para que todo lo que fuera indispensable para la iglesia conocer de lo que Pablo enseñaba esté contenido en sus epístolas, a pesar de que la mayoría de ellas fueron escritas para atender a situaciones puntuales en las iglesias que pastoreaba.
8. “Y había muchas lámparas en el aposento alto donde estaban reunidos.” (6)
¿Por qué da Lucas este insólito detalle de que había muchas lámparas en el aposento donde Pablo estaba hablando a los que se habían reunido, y que podemos pensar, era un grupo bastante grande pues era “un aposento alto”? (7).
Primero preguntémonos cómo eran esas lámparas. Nosotros podríamos pensar que se trataba de velas de cera con mecha y encerradas en un recipiente de  vidrio como tenemos en nuestros días. Pero ese tipo de lámparas no existía todavía. Las lámparas entonces eran de aceite.
Lucas proporciona el detalle de las muchas lámparas para explicar el accidente que ocurrió enseguida que pudo haber sido causado por el ambiente pesado que había en la habitación debido al humo del aceite quemado que despedían las lámparas. Pero también él está señalando sutilmente que los cristianos no hacían nada en secreto, sino a plena luz, sea la del día, o la provista por la iluminación artificial de noche, para contradecir la acusación que empezó a levantarse contra ellos de que tenían reuniones secretas en las que se hacían cosas vergonzosas (2Cor 4:2).
9. “y un joven llamado Eutico, que estaba sentado en la ventana, rendido de un sueño profundo, por cuanto Pablo disertaba largamente, vencido del sueño cayó del tercer piso abajo, y fue levantado muerto.”
Pablo, como hemos visto antes, alargó su discurso hasta la medianoche. Debe haber estado hablando por lo menos unas tres o cuatro horas, si no más. Si el joven estaba cansado por el trabajo del día, o por lo que fuere, y el ambiente estaba pesado por el mucho humo ¿qué de raro tenía que fuera arrullado por las muchas palabras? Quizá no pudiendo entenderlas todas, se durmió.
Lo malo fue que estando sentado en el descanso de la ventana, al cabecear, su cuerpo se inclinó hacia atrás y cayó a la calle desde el tercer piso.
Si se golpeó la cabeza al caer sobre piedra, como es probable, bien podemos imaginar que muriera en el acto, y quienes lo levantaron del suelo constataron que su corazón no latía o que ya no respiraba. Si Lucas, que era médico, estaba allí, él pudo haber constatado que no daba señales de vida.
Hay quienes piensan que la caída del joven fue tramada por el enemigo para impedir que Pablo siguiera edificando a la congregación con su enseñanza. Pero el resultado fue lo contrario de lo buscado (si ésa era la intención), pues fue una ocasión de que se mostrara de manera patente el poder de Dios que habitaba en el apóstol.
10. “Entonces descendió Pablo y se echó sobre él, y abrazándole, dijo: No os alarméis, pues está vivo.” (8).
Pablo no podía resignarse a que alguien muriera, aunque sea indirectamente, por culpa suya, y mientras enseñaba la palabra de Dios. Por eso él corrió abajo y, dice el texto, se echó sobre el cadáver del joven y lo abrazó. Al cabo de un rato de tenerlo abrazado, el joven muerto comenzó a respirar nuevamente, y Pablo pudo comunicar a todos los que ya lloraban la muerte del joven: “No os alarméis, pues está vivo”. (cf Mt 9:24).
Hay dos incidentes semejantes en las vidas de Elías y de Eliseo, en que ambos resucitan a un muerto echándose sobre el cadáver. En el primero de ellos Elías se echa tres veces sobre el hijo de la viuda que había fallecido, y ruega al Señor que le devuelva la vida, y el Señor se lo concede (1R 17:17-24).
El segundo es más complejo porque se trataba del hijo de una “mujer importante”, dice el texto, que no tenía hijo, y a quien Eliseo le había profetizado que iba a tenerlo dentro de un año. Y, en efecto, así ocurrió. Pero una vez crecido el niño se murió un día inesperadamente en brazos de su madre. Ella entonces se fue corriendo a buscar al profeta, y éste mandó primero a su criado Giezi con el báculo en que se apoyaba al caminar, para que lo ponga sobre el cuerpo del niño. (¡Qué confiado estaba Eliseo del poder de hacer milagros que Dios le había dado!). Pero la viuda insiste en que Eliseo vaya personalmente, intuyendo que por medio del criado no ocurriría nada.
Este detalle me suscita una reflexión. ¡Cuántas veces cuando somos llamados a acudir a alguna parte por algún motivo, sea para orar, o para aconsejar, o para mediar en alguna disputa, consideramos que estamos demasiado ocupados y que podemos delegar nuestra intervención en alguno, cuando es nuestra presencia lo que se reclama!
Eliseo pudo constatar esta vez que delegar su misión a su criado no producía los resultados esperados. Llegado él a la casa se tendió sobre el niño, detalla el texto, “puso su boca sobre su boca, sus ojos sobre sus ojos, sus manos sobre sus manos” hasta que el niño entró en calor y revivió (2R 4:8-37). (9)
¿Se acordaría Pedro de esos incidentes en el otro caso de resurrección que registra el libro de los Hechos de los Apóstoles, el de la resurrección de Tabita, obrado a través suyo? Después de haber orado, a él –tal como Jesús hacía- le bastó ordenar a la mujer que se levantara para que lo hiciera (Hch 9:40).
11. “Después de haber subido, y partido el pan y comido, habló largamente hasta el alba; y así salió.”
Resucitado el joven, Pablo retornó al aposento alto donde estaban todos reunidos para escucharle y “partió el pan”. Esto es, celebró la ceremonia que Jesús instituyó la víspera de su pasión, partiendo y repartiendo el pan que tenía a la mano entre los asistentes, y dando de beber un sorbo de vino a cada uno de ellos, tal como hizo Jesús entre sus discípulos la noche del día que conmemoramos con el nombre de “jueves santo”. (Mt 26:26-29; 1Cor 11:23-26).
Hecho esto los asistentes comieron juntos los alimentos que habían traído, según se había hecho costumbre entre ellos de celebrar lo que vino a llamarse un agapae, una cena de amor (que es lo que la palabra griega agape significa) compartiendo los alimentos que tenían.
En su primera epístola a los Corintios Pablo denuncia los abusos que los cristianos de esa ciudad cometían cuando se reunían para comer y beber, porque no compartían entre todos los alimentos que tenían, sino que cada uno comía lo que había traído personalmente, y unos pasaban hambre y otros se emborrachaban (1 Cor 11:20-22). Él les aconseja que coman todos al mismo tiempo y que lo hagan ordenadamente y compartiendo fraternalmente lo que traían (v. 33,34) de manera que ninguno pase vergüenza, pues unos tenían más recursos que otros.
Los cristianos en nuestros días ya no tenemos la costumbre de almorzar o cenar juntos regularmente como hacían en los primeros tiempos. Es una lástima que no se haya conservado esa costumbre, porque esas eran ocasiones para compartir el afecto y la amistad que sentían unos por otros. Eso es algo, sin embargo, que puede hacerse hoy en un restorán adecuado, donde no haya mucho ruido para que puedan conversar (porque si no pueden conversar ¿para qué se reúnen?), o en el domicilio de alguno que abra su casa y todos lleven algo para comerlo juntos. Esas reuniones que la gente del mundo celebra –y curiosamente llaman “ágape” desconociendo el origen de esta palabra y de esta práctica- tienen la virtud de estrechar los vínculos de amistad, y son muy buenos cuando no degeneran en borracheras. Yo no puedo hacer sino recomendar a mis lectores revivir, en la medida de sus posibilidades, una costumbre que es de raigambre profundamente cristiana.
Vale la pena remarcar el hecho de que Pablo, después de que todos se hubieran saciado, siguió hablando hasta que salió el sol, lo que en esa estación del año (la primavera) debe haber sido temprano en la madrugada. Él era incansable, y su discurso debe haber estado lleno de una unción tan extraordinaria que no cansaba a sus oyentes.
12. “Y llevaron al joven vivo, y fueron grandemente consolados.”
La redacción lacónica de este versículo de cierre nos hace pensar que el joven Eutico, pese a la gran altura de que había caído, no sufrió la rotura de ningún hueso, o que, si la había sufrido, fue sanado de ella al mismo tiempo que resucitaba. El texto parece indicar, sin embargo que, después de haber resucitado, el joven permaneció algún tiempo descansando y que no estuvo presente cuando Pablo partió. En todo caso, la congregación quedó sumamente edificada con esta demostración patente del poder de Dios que actuaba a través de su siervo amado.
Notas: 1. “cuando nos habíamos reunido”, según los mejores textos.
2. Recuérdese que el sábado es el sétimo día de la semana.
3. En ese día también Jesús resucitado había honrado a sus discípulos con su presencia: Jn 20:19-23.
4. Hch 20:7 y 1Cor 16:2 contienen la primera mención en el Nuevo Testamento de que los creyentes se reunían regularmente para dar culto a Dios un día determinado de la semana.
5. Es cierto que Pablo reprocha a los gálatas, instruidos por maestros judaizantes, que guarden los “los días, los meses, los tiempos y los años, (Gal 4:10), prescritos por la ley de Moisés. Ahí la palabra “día” está en lugar de “sábado”. Antes del Concilio de Jerusalén la cuestión acerca de cuánto de la ley y de las costumbres antiguas debían guardar los cristianos gentiles era un punto no resuelto. Que en los primeros tiempos había diversidad de prácticas lo muestra la frase de Pablo: “Uno hace diferencia entre día y día; otro juzga iguales todos los días.” (Rm 14:5. Pero léanse los vers. siguientes). Es obvio que para él, el mandamiento del descanso semanal no estaba vigente. Sin embargo, la práctica continuó. Tres siglos después Constantino hizo obligatorio el descanso dominical en todo el imperio.
6. “donde nos habíamos reunido”, según los mejores textos. Lucas, el narrador, formando parte del grupo, sigue hablando en primera persona plural.
7. En las casas grandes de las ciudades del Oriente, pertenecientes a personas acomodadas, solía haber en el último piso –generalmente el tercero- una habitación grande donde solía acomodarse a los huéspedes y se celebraban reuniones, como aquella en la que Jesús celebró su última cena con sus discípulos (Mr 14:14,15; Lc 22:11).
8. Literalmente “porque su alma (o su vida) está en él”.
9. Jesús no tuvo necesidad de echarse sobre el cadáver de nadie para resucitarlo. Simplemente ordenó que se levantara, como en el caso de la hija de Jairo (Mr 5:22), el hijo de la viuda de Naim (Lc 7:11) y de Lázaro (Jn 11:43,44). Los que no tenían un poder semejante al suyo se echaban sobre el cadáver para comunicarles la vida que palpitaba en su propio cuerpo.

Amado lector: Si tú no estás seguro de que cuando mueras vas a ir a gozar de la presencia de Dios, yo te animo a pedir a Dios perdón por tus pecados, haciendo la siguiente oración.
   “Yo sé, Jesús, que tú viniste al mundo a expiar en la cruz los pecados cometidos por todos los hombres, incluyendo los míos. Yo sé también que no merezco tu perdón, porque te he ofendido conciente y voluntariamente muchísimas veces, pero tú me lo ofreces gratuitamente y sin merecerlo. Yo quiero recibirlo. Me arrepiento sinceramente de todos mis pecados y de todo el mal que he cometido hasta hoy. Perdóname, Señor, te lo ruego; lava mis pecados con tu sangre; entra en mi corazón y gobierna mi vida. En adelante quiero vivir para ti y servirte.”

#740 (19.08.12). Depósito Legal #2004-5581. Director: José Belaunde M. Dirección: Independencia 1231, Miraflores, Lima, Perú 18. Tel 4227218. (Resolución #003694-2004/OSD-INDECOPI).