martes, 28 de agosto de 2012

EL JOVEN QUE CAYÓ DE LA VENTANA


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 Por José Belaunde M.
EL JOVEN QUE CAYÓ DE LA VENTANA
Un Comentario al libro de Hechos 20:7-12
7. “El primer día de la semana, reunidos los discípulos (1) para partir el pan, Pablo les enseñaba, habiendo de salir al día siguiente; y alargó el discurso hasta la medianoche.”
Podemos ver acá una cierta evolución en las costumbres de la iglesia de los primeros tiempos. Hemos visto que al principio los discípulos se reunían diariamente para partir el pan, como Jesús les había enseñado que hicieran en memoria suya la víspera de su muerte (Lc. 22:19), de lo cual hay huella al comienzo del libro de los Hechos de los Apóstoles (2:42,46).
Esa era la costumbre de la iglesia en Jerusalén después de Pentecostés. Pero ahora, unos veinticinco años después aproximadamente, Pablo está en el puerto de Troas viajando hacia Jerusalén, y reunido con una congregación preponderantemente gentil. La costumbre de partir el pan diariamente se había convertido en semanal, cada primer día de la semana, esto es, el día que nosotros llamamos domingo, (que viene de “dominus” que en latín quiere decir “señor”) (2) porque es el “día del Señor” (Ap1:10) en recuerdo a la resurrección de Jesús. (3) Ese día se reunían para partir el pan por la tarde, cumplida su jornada de trabajo. Que ya era costumbre en las iglesias reunirse el domingo nos lo confirma también una corta frase de 1ª Cor (“Cada primer día de la semana cada uno de vosotros ponga aparte algo, según haya prosperado, guardándolo, para que cuando yo llegue no se recojan entonces ofrendas.” 16:2) (4).
¿Descansaban los cristianos gentiles el día sábado? Es improbable. Eso lo podían hacer en Judea, donde es posible que los cristianos judíos siguieran guardando el sábado, porque era costumbre del país entero y las circunstancias estaban acomodadas a ella (5). Pero era muy difícil que fuera de Palestina los cristianos tanto de origen judío como gentiles lo hicieran, porque no habrían conservado su trabajo. Menos aun podían hacerlo el domingo, porque en todo el mundo pagano ese era día laboral. El mundo antiguo desconocía el día de descanso semanal; trabajaban sin interrupción todo el año, salvo en las festividades paganas que, por compensación, podían durar varios días. El hecho de que los judíos descansaran un día cada siete les valió que los romanos los tildaran de ociosos, aunque la legislación dictada por Julio César les reconocía ese privilegio. Siendo laborable el primer día de la semana, al adoptar la costumbre de reunirse ese día, es obvio que los cristianos sólo podían hacerlo al caer la tarde o de noche, (o sea, que su culto era lo que nosotros llamamos un “culto vespertino”) lo que explica que Pablo pudiera prolongar su discurso hasta la medianoche.
El hecho de que el mundo pre-cristiano desconociera el descanso semanal me lleva a hacer la siguiente reflexión: El pueblo hebreo, como único pueblo en el mundo, había adoptado esa sana costumbre porque tenían y se alimentaban de la palabra de Dios. Los pueblos que no tuvieron ese privilegio cargaban el año entero con todo el peso de la maldición: “comerás el pan con el sudor de tu frente” (Gn 3:19). ¿De cuántos beneficios no se privarán los pueblos y los individuos que desconocen la palabra de Dios, o la rechazan? ¡Y cómo no hemos de darle gracias a Dios todos aquellos a quienes Él ha hecho nacer en un país cristiano, y ha puesto la Biblia como parte de sus vidas!
Pero la reunión dominical sería también para que se leyeran las Escrituras y para la enseñanza, tal como ancestralmente hacían los judíos en la sinagoga el día sábado. Pablo era muy elocuente y lleno de sabiduría. Podemos imaginar que él tenía muchas cosas que compartir con sus oyentes esa tarde, tanto más porque tenía que partir al día siguiente para continuar su viaje a Jerusalén. De modo que al llegar la medianoche todavía seguía hablando.
¿Podemos imaginar la intensidad con que el auditorio escuchaba su enseñanza? No todos los días tenían a Pablo entre ellos y ésta había sido una estadía suya de sólo siete días (Hch 20:6). Toda su atención estaba concentrada en sus palabras.
¡Ah, cómo quisiéramos nosotros saber qué es lo que él les decía! ¡Si hubiéramos podido grabar su voz, como hacemos hoy! Pero hace dos mil años no existían grabadoras. Sin embargo, alguien pudo haber anotado para nosotros lo que enseñaba. En ese tiempo ésa era una práctica habitual. Por ese motivo han llegado a nosotros fragmentos de sus discursos. Pero si en ese momento alguien tomó notas, no se han conservado. ¡Qué lástima! No obstante, el Espíritu Santo hizo todo lo necesario para que todo lo que fuera indispensable para la iglesia conocer de lo que Pablo enseñaba esté contenido en sus epístolas, a pesar de que la mayoría de ellas fueron escritas para atender a situaciones puntuales en las iglesias que pastoreaba.
8. “Y había muchas lámparas en el aposento alto donde estaban reunidos.” (6)
¿Por qué da Lucas este insólito detalle de que había muchas lámparas en el aposento donde Pablo estaba hablando a los que se habían reunido, y que podemos pensar, era un grupo bastante grande pues era “un aposento alto”? (7).
Primero preguntémonos cómo eran esas lámparas. Nosotros podríamos pensar que se trataba de velas de cera con mecha y encerradas en un recipiente de  vidrio como tenemos en nuestros días. Pero ese tipo de lámparas no existía todavía. Las lámparas entonces eran de aceite.
Lucas proporciona el detalle de las muchas lámparas para explicar el accidente que ocurrió enseguida que pudo haber sido causado por el ambiente pesado que había en la habitación debido al humo del aceite quemado que despedían las lámparas. Pero también él está señalando sutilmente que los cristianos no hacían nada en secreto, sino a plena luz, sea la del día, o la provista por la iluminación artificial de noche, para contradecir la acusación que empezó a levantarse contra ellos de que tenían reuniones secretas en las que se hacían cosas vergonzosas (2Cor 4:2).
9. “y un joven llamado Eutico, que estaba sentado en la ventana, rendido de un sueño profundo, por cuanto Pablo disertaba largamente, vencido del sueño cayó del tercer piso abajo, y fue levantado muerto.”
Pablo, como hemos visto antes, alargó su discurso hasta la medianoche. Debe haber estado hablando por lo menos unas tres o cuatro horas, si no más. Si el joven estaba cansado por el trabajo del día, o por lo que fuere, y el ambiente estaba pesado por el mucho humo ¿qué de raro tenía que fuera arrullado por las muchas palabras? Quizá no pudiendo entenderlas todas, se durmió.
Lo malo fue que estando sentado en el descanso de la ventana, al cabecear, su cuerpo se inclinó hacia atrás y cayó a la calle desde el tercer piso.
Si se golpeó la cabeza al caer sobre piedra, como es probable, bien podemos imaginar que muriera en el acto, y quienes lo levantaron del suelo constataron que su corazón no latía o que ya no respiraba. Si Lucas, que era médico, estaba allí, él pudo haber constatado que no daba señales de vida.
Hay quienes piensan que la caída del joven fue tramada por el enemigo para impedir que Pablo siguiera edificando a la congregación con su enseñanza. Pero el resultado fue lo contrario de lo buscado (si ésa era la intención), pues fue una ocasión de que se mostrara de manera patente el poder de Dios que habitaba en el apóstol.
10. “Entonces descendió Pablo y se echó sobre él, y abrazándole, dijo: No os alarméis, pues está vivo.” (8).
Pablo no podía resignarse a que alguien muriera, aunque sea indirectamente, por culpa suya, y mientras enseñaba la palabra de Dios. Por eso él corrió abajo y, dice el texto, se echó sobre el cadáver del joven y lo abrazó. Al cabo de un rato de tenerlo abrazado, el joven muerto comenzó a respirar nuevamente, y Pablo pudo comunicar a todos los que ya lloraban la muerte del joven: “No os alarméis, pues está vivo”. (cf Mt 9:24).
Hay dos incidentes semejantes en las vidas de Elías y de Eliseo, en que ambos resucitan a un muerto echándose sobre el cadáver. En el primero de ellos Elías se echa tres veces sobre el hijo de la viuda que había fallecido, y ruega al Señor que le devuelva la vida, y el Señor se lo concede (1R 17:17-24).
El segundo es más complejo porque se trataba del hijo de una “mujer importante”, dice el texto, que no tenía hijo, y a quien Eliseo le había profetizado que iba a tenerlo dentro de un año. Y, en efecto, así ocurrió. Pero una vez crecido el niño se murió un día inesperadamente en brazos de su madre. Ella entonces se fue corriendo a buscar al profeta, y éste mandó primero a su criado Giezi con el báculo en que se apoyaba al caminar, para que lo ponga sobre el cuerpo del niño. (¡Qué confiado estaba Eliseo del poder de hacer milagros que Dios le había dado!). Pero la viuda insiste en que Eliseo vaya personalmente, intuyendo que por medio del criado no ocurriría nada.
Este detalle me suscita una reflexión. ¡Cuántas veces cuando somos llamados a acudir a alguna parte por algún motivo, sea para orar, o para aconsejar, o para mediar en alguna disputa, consideramos que estamos demasiado ocupados y que podemos delegar nuestra intervención en alguno, cuando es nuestra presencia lo que se reclama!
Eliseo pudo constatar esta vez que delegar su misión a su criado no producía los resultados esperados. Llegado él a la casa se tendió sobre el niño, detalla el texto, “puso su boca sobre su boca, sus ojos sobre sus ojos, sus manos sobre sus manos” hasta que el niño entró en calor y revivió (2R 4:8-37). (9)
¿Se acordaría Pedro de esos incidentes en el otro caso de resurrección que registra el libro de los Hechos de los Apóstoles, el de la resurrección de Tabita, obrado a través suyo? Después de haber orado, a él –tal como Jesús hacía- le bastó ordenar a la mujer que se levantara para que lo hiciera (Hch 9:40).
11. “Después de haber subido, y partido el pan y comido, habló largamente hasta el alba; y así salió.”
Resucitado el joven, Pablo retornó al aposento alto donde estaban todos reunidos para escucharle y “partió el pan”. Esto es, celebró la ceremonia que Jesús instituyó la víspera de su pasión, partiendo y repartiendo el pan que tenía a la mano entre los asistentes, y dando de beber un sorbo de vino a cada uno de ellos, tal como hizo Jesús entre sus discípulos la noche del día que conmemoramos con el nombre de “jueves santo”. (Mt 26:26-29; 1Cor 11:23-26).
Hecho esto los asistentes comieron juntos los alimentos que habían traído, según se había hecho costumbre entre ellos de celebrar lo que vino a llamarse un agapae, una cena de amor (que es lo que la palabra griega agape significa) compartiendo los alimentos que tenían.
En su primera epístola a los Corintios Pablo denuncia los abusos que los cristianos de esa ciudad cometían cuando se reunían para comer y beber, porque no compartían entre todos los alimentos que tenían, sino que cada uno comía lo que había traído personalmente, y unos pasaban hambre y otros se emborrachaban (1 Cor 11:20-22). Él les aconseja que coman todos al mismo tiempo y que lo hagan ordenadamente y compartiendo fraternalmente lo que traían (v. 33,34) de manera que ninguno pase vergüenza, pues unos tenían más recursos que otros.
Los cristianos en nuestros días ya no tenemos la costumbre de almorzar o cenar juntos regularmente como hacían en los primeros tiempos. Es una lástima que no se haya conservado esa costumbre, porque esas eran ocasiones para compartir el afecto y la amistad que sentían unos por otros. Eso es algo, sin embargo, que puede hacerse hoy en un restorán adecuado, donde no haya mucho ruido para que puedan conversar (porque si no pueden conversar ¿para qué se reúnen?), o en el domicilio de alguno que abra su casa y todos lleven algo para comerlo juntos. Esas reuniones que la gente del mundo celebra –y curiosamente llaman “ágape” desconociendo el origen de esta palabra y de esta práctica- tienen la virtud de estrechar los vínculos de amistad, y son muy buenos cuando no degeneran en borracheras. Yo no puedo hacer sino recomendar a mis lectores revivir, en la medida de sus posibilidades, una costumbre que es de raigambre profundamente cristiana.
Vale la pena remarcar el hecho de que Pablo, después de que todos se hubieran saciado, siguió hablando hasta que salió el sol, lo que en esa estación del año (la primavera) debe haber sido temprano en la madrugada. Él era incansable, y su discurso debe haber estado lleno de una unción tan extraordinaria que no cansaba a sus oyentes.
12. “Y llevaron al joven vivo, y fueron grandemente consolados.”
La redacción lacónica de este versículo de cierre nos hace pensar que el joven Eutico, pese a la gran altura de que había caído, no sufrió la rotura de ningún hueso, o que, si la había sufrido, fue sanado de ella al mismo tiempo que resucitaba. El texto parece indicar, sin embargo que, después de haber resucitado, el joven permaneció algún tiempo descansando y que no estuvo presente cuando Pablo partió. En todo caso, la congregación quedó sumamente edificada con esta demostración patente del poder de Dios que actuaba a través de su siervo amado.
Notas: 1. “cuando nos habíamos reunido”, según los mejores textos.
2. Recuérdese que el sábado es el sétimo día de la semana.
3. En ese día también Jesús resucitado había honrado a sus discípulos con su presencia: Jn 20:19-23.
4. Hch 20:7 y 1Cor 16:2 contienen la primera mención en el Nuevo Testamento de que los creyentes se reunían regularmente para dar culto a Dios un día determinado de la semana.
5. Es cierto que Pablo reprocha a los gálatas, instruidos por maestros judaizantes, que guarden los “los días, los meses, los tiempos y los años, (Gal 4:10), prescritos por la ley de Moisés. Ahí la palabra “día” está en lugar de “sábado”. Antes del Concilio de Jerusalén la cuestión acerca de cuánto de la ley y de las costumbres antiguas debían guardar los cristianos gentiles era un punto no resuelto. Que en los primeros tiempos había diversidad de prácticas lo muestra la frase de Pablo: “Uno hace diferencia entre día y día; otro juzga iguales todos los días.” (Rm 14:5. Pero léanse los vers. siguientes). Es obvio que para él, el mandamiento del descanso semanal no estaba vigente. Sin embargo, la práctica continuó. Tres siglos después Constantino hizo obligatorio el descanso dominical en todo el imperio.
6. “donde nos habíamos reunido”, según los mejores textos. Lucas, el narrador, formando parte del grupo, sigue hablando en primera persona plural.
7. En las casas grandes de las ciudades del Oriente, pertenecientes a personas acomodadas, solía haber en el último piso –generalmente el tercero- una habitación grande donde solía acomodarse a los huéspedes y se celebraban reuniones, como aquella en la que Jesús celebró su última cena con sus discípulos (Mr 14:14,15; Lc 22:11).
8. Literalmente “porque su alma (o su vida) está en él”.
9. Jesús no tuvo necesidad de echarse sobre el cadáver de nadie para resucitarlo. Simplemente ordenó que se levantara, como en el caso de la hija de Jairo (Mr 5:22), el hijo de la viuda de Naim (Lc 7:11) y de Lázaro (Jn 11:43,44). Los que no tenían un poder semejante al suyo se echaban sobre el cadáver para comunicarles la vida que palpitaba en su propio cuerpo.

Amado lector: Si tú no estás seguro de que cuando mueras vas a ir a gozar de la presencia de Dios, yo te animo a pedir a Dios perdón por tus pecados, haciendo la siguiente oración.
   “Yo sé, Jesús, que tú viniste al mundo a expiar en la cruz los pecados cometidos por todos los hombres, incluyendo los míos. Yo sé también que no merezco tu perdón, porque te he ofendido conciente y voluntariamente muchísimas veces, pero tú me lo ofreces gratuitamente y sin merecerlo. Yo quiero recibirlo. Me arrepiento sinceramente de todos mis pecados y de todo el mal que he cometido hasta hoy. Perdóname, Señor, te lo ruego; lava mis pecados con tu sangre; entra en mi corazón y gobierna mi vida. En adelante quiero vivir para ti y servirte.”

#740 (19.08.12). Depósito Legal #2004-5581. Director: José Belaunde M. Dirección: Independencia 1231, Miraflores, Lima, Perú 18. Tel 4227218. (Resolución #003694-2004/OSD-INDECOPI). 

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