martes, 16 de noviembre de 2010

JOSÍAS, EL ÚLTIMO REY PIADOSO DE JUDÁ - I

Por José Belaunde M.

El piadoso rey Ezequías fue sucedido por su hijo, el impío Manasés (696-641 AC), que deshizo todo lo bueno que había hecho su padre. Gobernó cincuenta y cinco años que fueron los peores de toda la historia de Judá.

Él fue vasallo sumiso del imperio más poderoso de entonces, Asiria, que en el año 722 AC había conquistado al reino de Israel y, como se recordará, había desterrado a todos sus habitantes que pertenecían a diez de las doce tribus hebreas, de las que no se volvió a tener noticia. Por eso se habla de las diez tribus perdidas de Israel. Dios cumplió las amenazas que había proferido por boca de sus profetas contra ese reino que lo había abandonado.

Para ganarse la buena voluntad de los asirios Manasés restauró las tendencias sincretistas de culto que habían sido combatidas por su padre.
Éstas eran principalmente:
  • El culto del sol y del ejército del cielo que reintrodujo en el templo de Jerusalén. y
  • Los santuarios locales donde florecía el culto a Baal y a Asera; el espiritismo, la prostitución sagrada, y los sacrificios de niños que eran quemados en el altar de Moloc, algo abominable que él mismo hizo con uno de sus hijos.

Entretanto el rey asirio Asurbanípal conquistó Egipto y saqueó su capital Tebas. Pero el profeta Nahum anunció la caída de Nínive, capital de Asiria: “¿Eres tú mejor que Tebas, que estaba asentada junto al Nilo, rodeada de aguas, cuyo baluarte era el mar, y aguas por muro? Sin embargo ella fue llevada en cautiverio; también sus pequeños fueron estrellados en la encrucijadas de todas las calles, y sobre sus varones echaron suertes, y todos sus grandes fueron aprisionados con grillos.” (Nh 3:8,10).

El dominio de Asiria sobre Egipto no duró mucho tiempo porque Asiria empezó a ser asediada por Elam, un pueblo vecino.

Es interesante notar que el nombre de Manasés figura entre los veintidos reyes vasallos que debían proveer de obreros y de material para la construcción del palacio real de Nínive.

Sin embargo, la debilidad de Asiria como potencia fue agravada por la invasión de los escitas, pueblo bárbaro venido del Norte, que hizo estragos en toda la región.

Al final de su reinado Manasés fue llevado cautivo por los asirios a Babilonia. Estando allí se arrepintió de todos sus pecados y fue poco después restaurado en su trono (2Cro 33:10-20).

A su muerte, ocurrida el año 641 AC fue sucedido por su hijo, Amón, que fue tan impío como había sido su padre. Pero Amón fue asesinado a los dos años de su reinado por sus siervos, que conspiraron contra él, siendo sucedido por su hijo Josías (2R 21:19-26)

“Cuando Josías comenzó a reinar era de ocho años, y reinó en Jerusalén treinta y un años… E hizo lo recto ante los ojos de Jehová, y anduvo en todo el camino de David su padre, sin apartarse a derecha ni a izquierda.” (2R 22:1,2)

Notemos: Un padre impío tuvo un hijo piadoso; un hijo piadoso tuvo un padre y un abuelo impíos (Véase Ez 18:1-20). ¿De qué dependen ambos casos? De la relación que las personas tengan con Dios. Eso es lo que decide hacia qué lado nos inclinemos en última instancia. La herencia, es cierto, y también el ambiente, tienen mucha importancia, pero la influencia determinante es saber de la mano de quién caminamos. ¿De Dios o del diablo? Aun el borde del manto de Jesús tiene poder para cambiar vidas.

Josías empezó a reinar cuando tenía ocho años, es decir, cuando era apenas un niño. Su ascenso al trono a tan tierna edad nos hace recordar la frase de Jesús: “Dejad que los niños vengan a mí.” (Mr 10:14)

Dice el texto que Josías no se apartó ni a derecha ni a izquierda, expresión usual en el Antiguo Testamento (Dt 5:32; Jos 1:7; Pr 4:27), y que actuó en todo según los mandatos de Dios.

“Hacer lo recto” es llevar una vida justa y piadosa, y rendir culto al único Dios verdadero. “No apartarse ni a derecha ni a izquierda” es no adorar a dioses ajenos, como tampoco lo hizo nunca su antepasado, el rey David, de quien por ese motivo se dice que tenía un corazón conforme al corazón de Dios (1Sm 13:14; c.f. Hch 13:22).

Dios compensó la extrema maldad de su padre Amón y de su abuelo Manasés con la piedad extraordinaria que Josías mostró desde niño, de quien dice el segundo libro de Reyes 23:25: “No hubo otro rey antes de él que se convirtiese a Jehová de todo su corazón, de toda su alma y de todas sus fuerzas, conforme a toda la ley de Moisés; ni después de él nació otro igual.”

Al comienzo de su reinado Judá era un regencia, gobernada por los tutores o guardianes del heredero, que posiblemente siguieron la política impía de Amón y Manasés, aunque no es seguro.
Pero a los 16 años Josías empezó a buscar seriamente a Dios: “A los ocho años de su reinado, siendo aún muchacho, comenzó a buscar al Dios de David su padre.” (2Cro 34:3ª).

El libro de Proverbios dice que el que busca temprano a Dios lo encuentra. (Pr 8:17) Si buscamos a Dios con toda el alma los rasgos del carácter de Cristo (el fruto del Espíritu) empezarán a manifestarse en nuestra vida.

Crónicas dice que Josías buscó al Dios de David, y Reyes dice que él anduvo en el camino de David su padre. David quedó en Israel como un paradigma y ejemplo de fidelidad a Dios -a pesar de que había sido un gran pecador- porque nunca se inclinó a la idolatría como hizo su hijo Salomón al final de sus días 1R 12:28,29.

Josías debe haber sido un niño y adolescente de una santidad extraordinaria porque no sucumbió a las malas influencias de su entorno. O quizá, siendo pequeño, recibió el impacto de la conversión sincera que experimentó su abuelo Manasés al final de su vida. Algunos piensan, sin embargo, que él fue enseñado en los caminos del Señor por su madre, Jedida.

A los 20 años, cuando empezó a afirmarse en el trono y ya no dependía de sus tutores, empezó a romper los ídolos de los lugares altos y las estatuas de madera y de bronce: “A los doce años (de su reinado) empezó a limpiar a Judá y a Jerusalén de los lugares altos, imágenes de Asera, esculturas e imágenes fundidas.” (2Cro 34:3b)

El debilitamiento del poderío de Asiria le permitió extender esta obra de limpieza hasta Betel (donde Jeroboam había puesto una estatua de Baal para que el pueblo la adorara) y aun a territorios más al Norte que habían pertenecido al desaparecido reino de Israel, y que por tanto estaban fuera de su jurisdicción.

Cuando terminó de hacerlo, dice el texto que volvió a Jerusalén, es decir, que él mismo realizó la tarea de limpieza: Estaba tan interesado en ella que no se la quiso confiar a nadie (2Cro 34:3b-7).

Nuestro grado de compromiso con las tareas que consideramos necesarios se muestra en que no las delegamos a nadie sino que nosotros mismos las llevamos a cabo.

A los 18 años de su reinado, es decir, cuando ya tenía 26 años de edad, empezó a restaurar la casa de Dios, el templo de Jerusalén, que había sido descuidado, usando para ese fin el dinero que había sido depositado en unas arcas durante años por el pueblo, y al que no se había dado el debido empleo (2R 22:3-7).

El templo de Jerusalén no había sido reparado desde los tiempos del rey Joaz, unos doscientos años atrás. Ya podemos imaginar que muchos de sus ambientes y componentes, el maderamen de los techos y las piedras de sus paredes, estaban deteriorados. Pero a nadie aparentemente le había importado.

Hay que resaltar la honestidad de los operarios en el uso del dinero que se les confiaba: “Y que no se les tome cuenta del dinero cuyo manejo se les confiare, porque ellos proceden con honradez.” (vers. 7). Su integridad era tan conocida que nadie dudaba de ella. ¡Cómo tuviéramos nosotros funcionarios estatales y jueces de cuya integridad nadie dude! (Nota 1)

Notemos: Cuando el gobernante es honesto sus servidores también lo serán.

Cabe preguntarse ¿cómo sabía Josías que los obreros manejarían el dinero con honradez? Posiblemente porque había visto que, bajo su influencia, se habían convertido al Dios verdadero y alejado de los ídolos. Cuando hay un gobernante justo y honrado se suscita en el pueblo un deseo de imitarlo y emularlo, un verdadero avivamiento ético. ¡Pero qué gran reconocimiento y homenaje a su honradez es que no se les pidiera cuentas!

En medio de los trabajos de reparación del templo fue encontrado el libro de la Ley, es decir, posiblemente el libro de Deuteronomio, o una parte del mismo (2R 22:8,9).

Durante los años de idolatría el libro de la Ley había sido descuidado, dejado en un rincón y olvidado (como algunos hacen con su Biblia).

Según el Deuteronomio el libro de la Ley debía estar al lado del arca, en el Lugar Santísimo del Templo, para que fuera como un testigo contra la infidelidad del pueblo (Dt (31:24-27). ¿Quién lo había sacado?

Quizá había sido escondido por algún sacerdote fiel para que no fuera destruido por algún inicuo. O quizá había sido ocultado por algún mal sacerdote a propósito para que sus palabras no acusaran a los que se apartaban del buen camino. Pero Dios no permitió que fuera destruido, ya que Él es guardián de su palabra.

Notemos que el sacerdote Hilcías no buscaba el libro, sino reparar el templo. Ahí se cumplió la palabra de Dios que dice: “Fui hallado por los que no me buscaban.” (Is 65:1b)

Haciendo un buen trabajo (reparar el templo) encontraron el libro. Mathew Henry dice: “Los que hacen su deber de acuerdo al conocimiento que tienen, verán que su conocimiento aumenta.”

Dios había dado instrucciones -que no fueron obedecidas por muchos reyes- de que el rey tuviera siempre consigo una copia del libro de la Ley para que lo leyese todos los días (Dt:17: 18-20).

Nosotros somos reyes y sacerdotes para Dios, así que esas palabras se aplican también a nosotros, que debemos tener siempre la Biblia a nuestro lado para leerla todos los días. ¿Hacemos eso nosotros, o nos portamos como los reyes impíos de Judá?

El descuido del libro de la Ley explica porqué el pueblo y sus sacerdotes y las demás autoridades se habían corrompido tanto, y se habían alejado de la voluntad de Dios. Pero la Providencia hizo que el libro se encontrara en el momento propicio. ¡Qué importante es tener cerca la palabra de Dios para poder leerla a diario y poder alimentarse de ella!

A los que dicen: “Yo ya conozco eso; ya lo he leído” ¿qué les sucede? Su conocimiento empieza a estancarse en lugar de aumentar. Pero cuando nosotros releemos pasajes que conocemos muy bien, puede suceder que Dios nos revele algo que no habíamos percibido antes. Nunca podremos nosotros agotar todo el significado de las páginas de la Escritura, por mucho que las conozcamos de memoria. Si leemos su palabra con el deseo y la voluntad de que Dios nos hable, Él no dejará de revelarnos verdades que hasta entonces no habíamos entendido cabalmente.

Cada día necesitamos nosotros alimentarnos con pan fresco, recién salido del horno. ¿De qué depende? De la actitud con que tomemos el libro en nuestras manos, de si lo hacemos por rutina u obligación, o para escuchar la voz de Dios.

Cuando el sacerdote Hilcías y el escriba Safán encontraron el libro, después de leerlo, se lo llevaron al rey. ¿Por qué se lo llevaron? Porque sabían que lo apreciaría.

Entonces el escriba leyó el libro delante del rey: “Y cuando el rey hubo oído las palabras del libro de la ley, rasgó sus vestidos.” (2R 22:11).

Ese era un gesto usado en Israel –aún en tiempos de Jesús- que simbolizaba el rompimiento o desgarro del corazón y que solía expresar desconcierto, o dolor, o angustia, o, en este caso, vergüenza ante la infidelidad demostrada por el pueblo y sus autoridades, pero seguramente también, temor ante el castigo que Dios anunciaba que vendría sobre la nación infiel.

Judá era culpable de flagrante desobediencia a los mandatos de Dios y era pasible de todos los juicios que Él había pronunciado contra los que violan su ley, tal como había ocurrido con su hermana, el reino de Israel o Samaria que había sido borrado del mapa. (Dt 29:25-28).

Pero es posible que lo que más impresionara a Josías de su lectura fueran las maldiciones que Dios pronuncia en Dt 28:15-68. Hay bendiciones para los que siguen el camino recto, y maldiciones para los que se aparten de él.

Josías se dio cuenta de que la limpieza de ídolos que había ejecutado era insuficiente, y comprendió que era necesario hacer una reforma más profunda.

Enseguida mandó consultar a Dios por medio de la profetisa Hulda: “Preguntad a Jehová por mí y por el pueblo, y por todo Judá acerca de las palabras de este libro que se ha hallado; porque grande es la ira de Jehová que se ha encendido contra nosotros, por cuanto nuestros padres no escucharon las palabras de este libro, para hacer conforme a todo lo que nos fue escrito.” (2R 22:13). Es como si él gritara, como más tarde haría Pablo: “Señor ¿qué quieres que haga?” (Hch 9:6). Era costumbre no sólo de los reyes sino también del pueblo en momentos de duda o de angustia, consultar a Dios por medio de un profeta. Hulda era posiblemente profetisa de la corte. (Nota 2)

En ocasiones Dios usa poderosamente a las mujeres. Conocemos los casos de Miriam, de Débora, de Ana, de Ester, de Jael, de Judit, etc.

Cabe preguntarse: ¿Por qué no acudió el rey a Jeremías para consultar a Dios? Él era entonces un profeta joven y es probable que no gozara todavía de prestigio suficiente como para que el rey acudiera a él.

Jeremías era, dicho sea de paso, hijo de Hilcías, “de los sacerdotes que estuvieron en Anatot,” según el comienzo de su libro. ¿Sería este Hilcías el mismo que servía al rey Josías? No es imposible, pero es poco probable.

La lectura del libro de la Ley hizo que Josías tomara conciencia de la gran culpa en que había incurrido el reino de Judá, y quiso averiguar qué pasaría con el pueblo y con él.

Él debe haberse seriamente preguntado ¿Qué tenemos que hacer ahora? ¿Qué podemos hacer para aplacar la ira de Dios y evitar el castigo que nos amenaza?

Enterarse de los mandatos que contiene el libro, y que no habían sido guardados por sus antepasados, había hecho que él fuera más conciente de la culpa en que había incurrido la nación a causa de la infidelidad de sus reyes, que eran sus predecesores. ¡Que bueno es que la palabra de Dios nos confronte y nos haga ver la gravedad de nuestras faltas y cuál es nuestra verdadera condición espiritual! Sólo de esa manera podemos enmendar nuestras vidas.

Nosotros debemos también en verdad afligirnos por los pecados de nuestro pueblo, porque las consecuencias no dejarán de venir sobre nosotros, a menos que nos arrepintamos todos.

Hulda contestó al rey en un lenguaje que no tenía nada de cortesano, sino que era más bien osadamente profético y directo: “Díganle al hombre que os envió a mí: Así dijo Jehová: He aquí yo traigo sobre este lugar, y sobre los que en él moran, todo el mal que habla este libro que ha leído el rey de Judá; por cuanto me dejaron a mí, y quemaron incienso a dioses ajenos, provocándome a ira con toda la obra de sus manos, mi ira se ha encendido contra este lugar y no se apagará. Mas al rey de Judá que os ha enviado para que preguntase a Jehová, diréis así: Así ha dicho Jehová el Dios de Israel: Por cuanto oíste las palabras del libro, y tu corazón se enterneció, y te humillaste delante de Jehová, cuando oíste lo que he pronunciado contra este lugar y contra sus moradores, que vendrán a ser asolados y malditos, y rasgaste tus vestidos y lloraste en mi presencia, también yo te he oído, dice Jehová. Por tanto, he aquí yo te recogeré con tus padres, y serás llevado a tu sepulcro en paz, y no verán tus ojos todo el mal que yo traigo sobre este lugar.” (2Rr 22:15-20).

Su respuesta tiene dos partes: el anuncio del castigo ineluctable del pueblo, y la misericordia prometida al rey: “No verán tus ojos el mal que traigo sobre este lugar” y “serás llevado a tu sepulcro en paz.” ¿Se cumplieron fielmente estas últimas palabras? Pareciera que no, pero no nos adelantemos.

Sus antecesores tuvieron un corazón de piedra; él tuvo un corazón de carne, porque se conmovió y lloró, se humilló y tuvo vergüenza por los pecados de sus predecesores y del pueblo.

M. Henry dice: “Los que temen la ira de Dios serán los que menos la experimenten.”

El temor de Dios nos prepara para recibir su gracia. Eso pasó con Josías. Pero los que no temen a Dios se preparan para recibir el castigo, si no se arrepienten.

Lamentablemente la oración y la piedad de Josías no pudieron impedir el inminente castigo que vendría sobre la nación, pero al menos obtuvieron para él misericordia.

Is 57: 1,2: “Los piadosos mueren y no hay quien entienda que de delante de la aflicción es quitado el justo.” ¿Por qué muere a veces el justo, se diría antes de tiempo? Hay ocasiones en que Dios quiere ahorrarles a los justos el trago amargo de ver las calamidades que Él trae, y se los lleva antes de que ocurran. ¡Cuántas veces Dios se lleva a un niño y sus padres afligidos no entienden por qué! Quizá, por consideración a esos mismos padres, quería evitarles el sufrimiento que ese niño podía ocasionarles de haber vivido más años.

Notas : 1. En el vers. 5 se menciona dos veces a “los que hacen la obra”. Los primeros eran los inspectores que supervisaban la obra y contrataban a los segundos, que eran los operarios, esto es, “los carpinteros, maestros y albañiles”. (vers 6)
2. El rey envió a cuatro de su entorno donde la profetisa, entre ellos al sacerdote Hilcías y a Ahicam, hijo de Safán. Este Ahicam es el mismo que defendió a Jeremías en tiempos de Joacim (Jr 26:24), y es el padre de Gedalías, a quien el rey Nabucodonosor dejó como gobernador de Judá cuando se llevó cautivo a Babilonia Sedequías (2R 25:22; Jr 39:14).

NB. El estímulo para escribir este artículo y el siguiente me fue proporcionado por una enseñanza basada en la vida de Josías, escuchada en una convención reciente.

#651 (07.11.10) Depósito Legal #2004-5581. Director: José Belaunde M. Dirección: Independencia 1231, Miraflores, Lima, Perú 18. Tel 4227218. (Resolución #003694-2004/OSD-INDECOPI).