viernes, 31 de diciembre de 2010

CONFIAR EN DIOS

Por José Belaunde M.

Uno de los errores más frecuentes que cometen los hombres, e incluso los que se dicen cristianos, es poner su confianza en otros seres humanos en vez de ponerla en primer lugar en Dios.

Podemos decir, en general, que todos tenemos confianza en determinadas personas. Si no fuera así, la vida sería imposible, empezando por la vida familiar. Es imposible que exista convivencia humana, sin que exista cierto grado de confianza entre las personas. Aunque nuestra confianza pueda ser cautelosa o limitada a ciertos aspectos, todos, de una manera u otra, confiamos en nuestros familiares, confiamos en nuestros amigos, confiamos en nuestros vecinos, confiamos en nuestros compañeros de trabajo, confiamos en nuestros jefes, confiamos en nuestros empleados, etc.

Pero ¡cuántas veces hemos sido defraudados! ¡Cuántas veces la persona en quien más confiábamos comete un grave error que nos perjudica, o nos vuelve las espaldas cuando más la necesitamos! ¡O peor aún, nos traiciona!

No hay quien no haya pasado por este tipo de experiencias, que suelen ser muy dolorosas y hasta traumáticas, cuando la persona que nos falla es precisamente la que más amamos.

Pero no deberíamos sorprendernos ni quejarnos de que eso ocurra, porque es inevitable que las personas nos fallen. Es inevitable porque el ser humano es por naturaleza falible, limitado, sujeto a error, egoísta, desconsiderado. Tiene que ocurrir un día. Nos fallan porque nosotros también fallamos.

Dios dijo por boca del profeta Jeremías: "Maldito el varón que confía en el hombre y pone carne por su brazo…” y añadió: “Bendito el varón que confía en el Señor…” (Jr 17:5,7).

Sólo hay un ser que es enteramente confiable; sólo hay un ser en quien podemos confiar nuestros secretos sin temor de que los divulgue; sólo hay un ser que no es limitado ni falible, que no puede cometer errores y que no es egoísta, sino, al contrario, absolutamente desinteresado; y que, además, nos ama infinitamente. Ese ser es Dios.

El salmo 62 dice. "Alma mía, sólo en Dios reposa, porque Él es mi esperanza. Sólo Él es mi roca y mi salvación, mi refugio..." Y en otro lugar dice: "Sólo en Dios se aquieta mi alma, porque de Él viene mi esperanza." (Sal 62:5,1).

Si hay alguien en quien yo puedo descansar, que me puede hacer dormir tranquilo, ése es Dios (Sal 4:8).

Pero nosotros tendemos a poner nuestra confianza en seres humanos porque son ellos los que tenemos a nuestro lado, son ellos a quienes vemos, son ellos a quienes amamos. Muchos dicen: a Dios no lo vemos, no sabemos donde está; ni siquiera sabemos si nos oye; o no estamos seguros de que, si nos oye, quiera hacernos caso.

Dicen eso porque no conocen a Dios, no lo tratan y por eso no tienen la fe que deberían tener. ¿En dónde estará Dios? se preguntan, ¿en qué confín del cielo?

Hay tantas personas que se dicen cristianas --y quizá lo sean-- que tienen una concepción de un Dios distante, quizá Creador todopoderoso y amante, pero que no interviene en los asuntos humanos, que no se mezcla en nuestros problemas. ¡Cuán equivocados están! ¡No conocen a Dios y por eso piensan así!

Generalmente nuestra confianza en las personas depende de cuánto las conozcamos. Nadie confía en un desconocido. Sería una grave imprudencia. Es cierto que a veces la cometemos de puro ilusos que somos. Pero a medida que tratamos a la gente inconscientemente la juzgamos y evaluamos hasta qué punto podemos confiar en ellas. Adquirimos también cierta experiencia. Si hemos ido encargando a un empleado diversas tareas y responsabilidades, y siempre las hace bien, terminará por convertirse en nuestro empleado de confianza. La confianza nace y crece con el uso. La confianza engendra además una cierta forma de cariño, aun entre superior y subordinado. Tanto más entre personas cuya relación las sitúa en el mismo nivel, sean amigos, familiares o enamorados. Pero todos terminamos amando de alguna manera a las personas en quienes confiamos, aunque sean nuestros empleados, precisamente porque confiamos en ellas. En la Biblia hay varios ejemplos: el de Eliezer, siervo de Abraham (Gn 24; el del centurión que amaba a su siervo (Lc 7:2 ).

Por lo demás tener alguien en quien podemos realmente confiar nos da seguridad, y ¡qué triste es cuando no se cuenta con nadie en quien poner nuestra confianza!

Pero si conociéramos a Dios, si realmente lo conociéramos, entonces sabríamos por experiencia cuánto podemos confiar en Él; conoceríamos a alguien en quien realmente sí podemos confiar a ciegas.

Mucha gente piensa que Dios no se ocupa de nuestros asuntos particulares, que está demasiado lejos, o es demasiado grande o está demasiado ocupado para ocuparse de nuestras minucias. Pero Jesús nos asegura que ningún cabello de nuestra cabeza perecerá (Lc 21:18). Si, hasta los cabellos de nuestra cabeza los tiene todos contados (Mt 10:30). De todo lo que nos sucede Él está enterado.

No sólo de nosotros, sino de toda su creación. Jesús dijo “¿No se venden dos pajarillos por un cuarto? Con todo ninguno de ellos cae a tierra sin nuestro Padre.” (Mt 10:29). Eso quiere decir que Dios está enterado de todo lo que ocurre en la tierra, aun de las cosas que consideraríamos que son demasiado pequeñas para que Dios piense en ellas.

Quizá alguno objete: ¿Cómo puede Dios estar al corriente de todo lo que ocurre en el mundo? Sí puede. No juzguemos lo que Él puede hacer por lo que nosotros podemos, por los parámetros de nuestra mente limitada. Nosotros sólo podemos estar al tanto de unas cuantas cosas; si pretendemos abarcar más, las cosas se nos escapan. No podemos poner la atención en más de una cosa a la vez.

El refrán "Quien mucho abarca, poco aprieta" no se aplica a Dios, porque Él tiene una mente infinita. Él no se cansa, ni se adormece, dice su palabra (Sal 121:3,4). Él no duerme ni se aburre. Él puede poner su atención simultáneamente en un número infinito de detalles, porque Él tiene una atención infinita.

Él es como una computadora que tuviera una memoria ilimitada, una velocidad de procesamiento instantánea, y que estuviera conectada en línea con un número infinito de terminales y a todas atendiera a la vez en tiempo real.

Él nos trata y nos considera a cada uno de nosotros como si fuéramos la única persona viva sobre la tierra, la única que existiera. Porque para Él somos en verdad únicos e irremplazables. Por eso dice su palabra en Isaías: “¿Se olvidará la mujer de lo que dio a luz para dejar de compadecerse del hijo de su vientre? Aunque ella olvide yo nunca me olvidaré de ti.” (Is 49:15).

Imaginemos una madre que sólo tuviera un hijo. ¡Qué no haría esa madre por ese hijo! Bueno, eso es lo que cada uno de nosotros es para Dios. Así se porta Él con cada criatura que pisa la tierra.

Naturalmente para nosotros eso es algo inimaginable, inconcebible. El rey David hablando de cómo Dios conoce nuestras palabras aun antes de que se formen en nuestra boca, escribía: "Tal conocimiento es demasiado maravilloso para mí. Alto es, no lo puedo comprender".(Sal 139:6).
Lo que ocurre es que, como no estamos acostumbrados a tratar con Dios, no lo conocemos y por eso no confiamos en Él. Nadie confía en quien no conoce, como ya dije, a menos que esté loco. ¡Ah, si le conociéramos! Jesús le dijo a la samaritana: Si conocieras con quién estás hablando…(Jn 4:10). ¡En verdad, si le conociéramos realmente confiaríamos en Él ciegamente y nunca confiaríamos en ningún otro!

El salmo 146 dice. "No confiéis en príncipes (esto es, en hombres importantes), ni en hijo de hombre, porque no hay en él salvación. Apenas exhala su espíritu, vuelve a la tierra y ese mismo día perecen sus pensamientos." (Sal 146:3,4).

Supongamos que ponemos nuestra confianza en una persona, en su apoyo, en su conocimiento, en su consejo, en su influencia, en su dinero. De repente un día muere y ya no está ahí. Todo su conocimiento, todo su influencia, todo su poder, todas sus intenciones de ayudarnos, se las tragó la tierra, desaparecieron. Ya no puede hacer nada por nosotros.

Y si la persona amada, cuyo abrazo nos confortaba, de pronto ya no está ahí ¡Qué vacío deja en nuestras vidas!

Pero Dios nunca desaparece, nunca nos falta, siempre está ahí.

Hay tres razones a mi juicio por las cuales podemos confiar en Dios sin límites: 1) Dios todo lo puede, para Él no hay nada imposible (Lc 1:37); 2) Dios todo lo sabe y sabe mejor que nosotros mismos qué es lo que más nos conviene; 3) Dios nos ama con un amor infinito y sobre todas las cosas quiere nuestro bien. Si Dios pues quiere nuestro bien, sabe cómo hacerlo y puede hacer todo lo que quiere ¿cómo no confiar en Él?

Hay un salmo que expresa mejor que ningún pasaje que recuerde el grado de confianza que podemos tener en Él: “Encomienda al Señor tu camino, confía en Él y Él obrará.” (Sal 37:5). Si hoy día yo puede vivir sin apremios, a pesar de que nunca tomé previsiones para el futuro, es porque yo puse mi futuro en sus manos: “Confía en el Señor y haz el bien; y habitarás la tierra y te apacentarás de la verdad.” (vers. 3). ¡Cuánta verdad hay en esas palabras!

Yo no quiero decir con esto que no debemos confiar en nadie ni que nos apoyemos en nadie. La vida sería imposible si no pudiéramos contar con las personas. Dios las ha puesto ahí para ayudarnos y para que nosotros, a su vez, las ayudemos. Y claro que sabemos cuánta ayuda una mano amiga puede prestarnos en un momento difícil. Pero ¿en quién confiamos primero? ¿En quién confiamos más? ¿En Dios o en el hombre?

Si sobreviene de improviso un problema serio, que nos angustia, nos decimos ¿A quién llamo? ¿A mi abogado? ¿Al serenazgo? ¿A mi amigo, el general de policía? ¿A mi tío, que tiene influencia?
Si se mete un ladrón a tu casa, antes de coger el teléfono para pedir auxilio, o de correr a la ventana para gritar, pídele auxilio a Dios. Él está ahí, Él está ahí, aunque tú ni el ladrón lo vean, y puede hacer mucho por ti. Cuanto más grave el peligro, tanto más cerca está Él. Y cuánto más confíes en Él, más puede hacer Él por ti.

Por de pronto, confiar en Dios te dará serenidad en el peligro y eso es ya un buen comienzo. Pero puede hacer mucho más. Puede hacer que el ladrón se asuste y se vaya. Puede hacer que el asaltante se confunda y tropiece. ¡Jesús! es un grito que ha salvado a muchos del peligro. Ten su nombre bendito a la mano. ¿Y cómo lo tendrás a la mano si no lo tienes en el corazón? (Nota)

Decía antes que si lo conociéramos... Si conociéramos a Dios, sabríamos cuánto podemos confiar en Él en toda circunstancia. Pero ¿cómo le conoceremos si no le hablamos? ¿Cómo le conoceremos si no tratamos con Él? ¿Si no leemos su palabra?

Cuando te hayas acostumbrado a hablar con Él como a un amigo, como al amigo más íntimo, empezarás poco a poco a conocerlo, empezarás a aprender a escucharlo. Porque Él nos habla siempre, sólo que no reconocemos su voz entre las muchas voces que nos hablan.

No habla necesariamente con palabras audibles. Pero sentimos en nuestro corazón sus respuestas y aprendemos a distinguir su voz.

Jesús dijo que sus ovejas conocen su voz y le siguen. Si tú eres una de sus ovejas ¿has aprendido ya a reconocer su voz? Y si no lo eres, conviértete en una de ellas para que conozcas su voz y aprendas a reconocerla cuando te hable. Dios nos habla más a menudo de lo que imaginamos.

Nosotros no vivimos en la presencia de Dios, -es decir, no somos concientes de ella- aunque lo deseamos con todo el alma. Pero Dios siempre vive en nuestra presencia, porque nos tiene siempre presentes y siempre nos está mirando. Nunca desaparecemos de su vista.
Devolvámosle de vez en cuando la cortesía. Levantemos de vez en cuando nuestra mirada hacia Él. Quizá nuestra mirada se cruce con la suya y nuestros ojos se hablen.

Nota: Esa fue la palabra que yo exclamé hace dos años cuando un sujeto armado con una chaveta se me acercó mientras guardaba mi auto en la cochera y me dijo: “Esto es un asalto. Déme su dinero”: ¡Jesús! Como se me trabó la billetera al tratar de sacarla del bolsillo, porque era muy estrecho, el hombre me rasgó el pantalón con su chaveta y arrancó la billetera. Pero no me hirió ni yo tuve temor de que lo hiciera. Cuando se subía al auto de su cómplice yo le grité: ¡Dios te bendiga! Y un poco más abajo botó la cartera con mis documentos. Sí, Dios nos cuida.
(Escrito el 11.09.98; impreso por primera vez el 31.01.03 con el título “La Confianza”, y revisado para esta impresión)

#366 (24.04.05) Depósito Legal #2004-5581. Director: José Belaunde M.