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jueves, 14 de junio de 2018

VIAJE DE PABLO A JERUSALÉN II


 LA VIDA Y LA PALABRA
Por José Belaunde M.
VIAJE DE PABLO A JERUSALÉN II
Un Comentario de Hechos 21:10-16


10,11. “Y permaneciendo nosotros allí algunos días, descendió de Judea un profeta llamado Agabo, quien viniendo a vernos, tomó el cinto de Pablo, y atándose los pies y las manos, dijo: Esto dice el Espíritu Santo: Así atarán los judíos en Jerusalén al varón de quien es este cinto, y le entregarán en manos de los gentiles.”
Pablo debe haberse sentido muy bien en la casa de Felipe, porque pese a la prisa que tenía para llegar a Jerusalén antes de Pentecostés, se quedó allí varios días, gozando sin duda, de la cálida acogida que le brindaron no sólo a Pablo, sino a los siete o más que lo acompañaban. ¡Qué agradable es, dicho sea de paso, estar alojado donde a uno lo reciben con cariño! ¡Y qué desagradable es, en cambio, cuando uno siente que lo reciben de mala gana, por compromiso! Hospedar a los hermanos es una de las obras que a Dios más agrada (Hb 13:2).
Mientras estaban Pablo y los suyos alojados en casa de Felipe, vino de Judea (“descendió” dice el texto, porque ésa era región montañosa) un profeta a quien ya conocemos, llamado Agabo.
Estando Pablo años atrás en Antioquía cuando la iglesia empezaba a ganar adherentes entre los griegos, vino Agabo junto con otros profetas de Jerusalén, y anunció que vendría una gran hambruna sobre la tierra, lo cual efectivamente sucedió, dice Lucas, en tiempos del emperador Claudio, en los años 46 y 47 (Hch 11:28).
En esta ocasión, Agabo que, sin duda, era enviado por el Espíritu, hizo uso del método profético gestual que emplearon también en varias ocasiones Eliseo, Isaías, Jeremías y Ezequiel. (Nota 1)
Tomó el cinto de Pablo y se ató con él las manos y los pies, declarando por el Espíritu que los judíos atarían de esa manera al dueño del cinto, para entregarlo en manos de los gentiles, en este caso, de los romanos, tal como años antes habían hecho con su Maestro (Mt 20:18,19).
¿Qué propósito cumplía en esta ocasión la profecía de Agabo? ¿Era acaso una advertencia del Espíritu Santo para que no fuera a Jerusalén, y que él debía obedecer? Pero Pablo estaba convencido de que era Dios el que lo impelía a subir a la ciudad santa (Hch 20:22,23). Yo pienso que la profecía de Agabo tenía la finalidad de probar y de profundizar su determinación de cumplir la voluntad de Dios cualquiera que fuere el costo para él.
12. “Al oír esto, le rogamos nosotros y los de aquel lugar, que no subiese a Jerusalén.”
Como es natural todos los que estaban presentes, incluyendo al propio Lucas, le suplicaron a Pablo, en los más tiernos términos posibles, que no continuara su viaje a Jerusalén. Ellos sabían qué es lo que le podía ocurrir y querían a toda costa evitárselo.
Notemos que a veces el cariño hace que nos opongamos a lo que es la voluntad de Dios manifiesta. Es un cariño egoísta, porque si fuese desinteresado, pese al dolor que sentían por lo anunciado, le dirían: Anda confiado a Jerusalén porque, sea lo que fuere lo que te suceda, Dios estará contigo. ¿Amarían sus discípulos a Pablo más de lo que Dios le amaba?
13. “Entonces Pablo respondió: ¿Qué hacéis llorando y quebrantándome el corazón? Porque yo estoy dispuesto no sólo a ser atado, sino aun a morir en Jerusalén por el nombre del Señor Jesús.”

Las súplicas emocionadas de sus amigos no podían dejar de tocar el corazón de Pablo, que les reprochó que le hicieran más difícil proseguir con su propósito. Ver el dolor de ellos, sin embargo, no debilitó su decisión, pues agregó las palabras citadas arriba que muestran su estado de ánimo y su decisión de cumplir aquello a lo cual él estaba convencido el Espíritu lo llamaba: sufrir prisiones y morir, si fuera necesario, por proclamar el nombre de su Señor. A Él le pertenecía totalmente su vida y estaba listo a entregarla sin reserva a sus verdugos. (2)
Esa disposición de ánimo ya la había expresado claramente en la epístola a los Gálatas cuando escribió: “Con Cristo estoy juntamente crucificado, y ya no vivo yo, sino Cristo vive en mí; y lo que ahora vivo en la carne, lo vivo en la fe del Hijo de Dios, el cual me amó y se entregó a sí mismo por mí.” (2:20).
Él estaba plenamente poseído por la idea de que si Jesús, el Hijo de Dios, se había entregado a la muerte para salvarlo, ya su propia vida no le pertenecía, porque había muerto a sí mismo; su vida estaba crucificada en la cruz con Cristo en el Calvario y no era suya.
Pablo cumplía de una manera perfecta el dicho de Jesús: “Si alguno quiere venir en pos de mí, niéguese a sí mismo (que es lo que él estaba haciendo en ese momento), y tome su cruz (la cruz de padecimientos que Jesús le estaba ofreciendo), y sígame (hasta la muerte).” (Mt 16:24)
¿Somos nosotros, que nos preciamos de ser discípulos de Cristo, y de amarlo con todo nuestro corazón, capaces de un sacrificio semejante? Es cierto que no a todos les pide Dios una inmolación semejante, pero notemos que es esa clase de entrega absoluta, lo que permitió que el Evangelio se difundiera rápidamente por el mundo entero entonces conocido. Y es esa clase entrega la que hace posible que el Evangelio sea proclamado hoy día en países donde está prohibido hacerlo.
 De hecho, el ejemplo de Pablo, de Pedro y de los otros apóstoles que dieron su vida por Cristo, fue seguido por miles de hombres y mujeres cristianos que ofrendaron sus vidas como testigos de la fe que vivía en ellos. Bien pudo decirse un siglo y medio después de los hechos narrados aquí que la sangre de los mártires es la semilla de la iglesia (Notemos que “mártir” –del griego martur- quiere decir “testigo”).
Nosotros somos llamados a ser testigos ante el mundo (esto es, ante la gente que nos rodea) de la fe que vive en nosotros. Podemos, y serlo, con nuestras palabras pero, sobre todo, con las vidas que llevamos, es decir, con nuestra conducta. Si lo hacemos, seremos en verdad “mártires” en un doble sentido: de testigos y de víctimas del odio de Satanás que actúa a través de los enemigos de Cristo.
14. “Y como no le pudimos persuadir, desistimos, diciendo: Hágase la voluntad del Señor.”
En vista pues de que no había manera de hacerle cambiar su propósito de enfrentar su destino, dejaron de tratar de hacerlo. Notemos aquí que Lucas se incluye entre los que trataron de persuadirlo, pues escribe “no le pudimos” y “desistimos”. Lucas tan cercano a Pablo, no comprendía plenamente el espíritu que lo animaba. En cierta manera, podemos decir que su amor por Pablo pesaba más en su alma que los designios de Dios para su siervo. Nosotros solemos ser egoístas: nuestro cariño, nuestro afecto por algunas personas que amamos es mayor que la obra que Dios quiere hacer a través de ellos si esa obra significa dolor y sacrificio. Quisiéramos evitárselos. Sin darnos cuenta, pretendemos ser más sabios y compasivos que Dios.
No obstante, ellos reconocieron que más importantes que sus deseos eran los planes y proyectos de Dios, diciendo: “Hágase la voluntad del Señor”. Reconocieron, aunque no podían comprenderlo del todo, que todas nuestras vidas, incluyendo la de Pablo, están bajo el control de la buena voluntad de Dios, que sabemos es “agradable (aunque pueda ser ocasionalmente amarga a nuestro gusto) y perfecta.” (Rm 12:2)
Someterse a la voluntad de Dios, aunque nos sea desagradable y contrario a nuestro egocentrismo, es la clave del éxito en la vida, no quizá a los ojos del mundo, de los hombres, sino a los ojos de Dios que está por encima nuestro, y que ve lo que nosotros no podemos ver. Pablo expresó una vez una idea semejante cuando escribió: “¿Quién entendió la mente del Señor? ¿O quién fue su consejero?”. (Rm 11:34) Y agrego yo: ¿Hay alguien que haya podido enseñarle algo a Dios? No obstante, hay necios que lo pretenden.
Notemos que existe un sugestivo paralelismo entre la actitud de Jesús, de quien Lucas dice que “afirmó su rostro para ir a Jerusalén” (Lc 9:51), sabiendo que ahí le esperaba la muerte más horrible, y la actitud de Pablo, decidido a ir a Jerusalén a pesar de que era consciente de los peligros que ahí le acechaban. Y así como Pedro trató sin éxito de disuadir a Jesús de que se entregara en manos de sus enemigos (Mt 16:21,22), de igual manera los amigos de Pablo trataron, asimismo sin éxito, de disuadirlo de que hiciera ese viaje tan riesgoso para él.
15,16. “Después de esos días, hechos ya los preparativos, subimos a Jerusalén. Y vinieron también con nosotros de Cesarea algunos de los discípulos, trayendo consigo a uno llamado Mnasón, de Chipre, discípulo antiguo, con quien nos hospedaríamos.”
“Después de esos días” son los días que Pablo y su comitiva pasaron en casa de Felipe gozando de su hospitalidad y de la “koinonía” que los unía estrechamente.
La palabra griega “aposkéhuaso”, que nuestro texto traduce como “hechos los preparativos”, quiere decir: “habiendo empacado”. También puede significar “habiendo preparado las cabalgaduras”. Si este último fuera el sentido en que Lucas emplea esa palabra habría que concluir que los discípulos contaban con cómodos medios económicos, porque el caballo era un medio de transporte caro. Pero eso es improbable.
Al grupo que había venido con Pablo se unieron varios discípulos de Cesarea, incluyendo a uno llamado Mnasón, chipriota, que los alojaría a todos en Jerusalén. Este Mnasón era uno de los primeros discípulos que se unieron a los apóstoles en Jerusalén al comienzo de la vida de la iglesia, y se supone que fue una de las principales fuentes de información sobre esos tiempos con que contó Lucas para escribir su evangelio y el libro de los Hechos.
¿A cuántos hospedaría Mnasón en Jerusalén? Además de los siete que acompañaban a Pablo, a los que habría que agregar a Lucas y quizá a Tito (3), vendrían otros tantos de Cesarea. Es decir fácilmente unas quince personas.
Podemos suponer que Mnasón era un hombre de medios, y que contaba en Jerusalén con una casa espaciosa en cuyo tercer piso habría un “aposento alto”, es decir, una habitación grande, destinada, entre otros fines, a alojar a los transeúntes. Sus huéspedes se acostarían simplemente en el suelo en un petate, o pequeña alfombra adecuada, que traerían consigo, y que se abrigarían con su propio manto. No imaginemos que les ofrecería camas con sábanas y frazadas. Las costumbres de la gente común entonces eran sencillas, y no se andaban con lujos o comodidades que sólo los muy ricos se podían permitir.

Notas: 1. Por mandato de Dios Jeremías compró una vasija de barro y la llevó al valle de Hinnom. Allí delante de todos denunció los pecados que el pueblo estaba cometiendo y, a la vista de todos, rompió la vasija diciendo: “Así ha dicho Jehová de los ejércitos: Así quebrantaré a este pueblo y a esta ciudad, como quien quiebra una vasija de barro que no se puede restaurar más.” (19:11). Ezequiel se rapó un día la cabeza y la barba, y conforme a las instrucciones recibidas de Dios, quemó una parte de los cabellos en medio de la ciudad, cortó otra parte con espada alrededor de la ciudad, y esparció al viento una tercera parte, como símbolo de lo que iba a suceder al pueblo de Israel: una parte sería quemada, la otra cortada, y otra esparcida en países que no conocían. (Ez 5:1-12. Véase Leon Wood “Los Profetas de Israel” pag 72) Puede verse otros ejemplos de profecía gestual en Is 20:2-4, Jr 13;1-10 y 2R 13:15-19.
2. En esta escena, dice Mathew Henry, hay un choque de afectos, ambos justificados y sinceros. Ellos aman tiernamente a Pablo, y por eso se oponen a su decisión de ir a Jerusalén; él los ama  tiernamente, y por eso les reprocha que se opongan a su decisión: Yo sé que estoy destinado a sufrir, y ustedes deberían animarme y fortalecerme en ese propósito. En cambio, ustedes con sus lágrimas debilitan mi decisión.
3. Tito fue, junto con Timoteo, uno de los discípulos más cercanos y más amados por Pablo, a quien él llama “hijo en la fe común” (Tt 1:4). Él era de origen pagano y formó parte de la delegación antioqueña que acompañó a Pablo y Bernabé en su viaje a Jerusalén para resolver la polémica en torno a la circuncisión de los gentiles, que por ese tiempo agitaba a la iglesia (Hch 15: 1,2). En esa ocasión los judaizantes exigieron que Tito fuera circuncidado, pero Pablo se opuso a ello, según su tesis de que, venido Cristo, la circuncisión nada era (Gal 2:1-5). La reunión llevada a cabo allí –el llamado “Concilio de Jerusalén”- le dio la razón a Pablo, pues la circuncisión no figura entre los cuatro requisitos impuestos a los gentiles que se convirtieran (Hch 15:28,29).
Más adelante Tito fue enviado por Pablo a Corinto para reprimir los abusos que se estaban dando en la iglesia allí (2Cor 2:13). Ésa era una tarea delicada, por lo que Pablo esperaba anhelantemente su retorno, que se produciría recién cuando Pablo estaba en Macedonia. Él recibió también el encargo de organizar la iglesia en Creta (Tt 1:5).



Amado lector: Jesús dijo: "¿De qué le sirve al hombre ganar el mundo si pierde su alma? (Mt 16:26) "Si tú no estás seguro de que cuando mueras vas a ir a gozar de la presencia de Dios, yo te invito a pedirle perdón a Dios por tus pecados haciendo una sencilla oración:
"Jesús, tú viniste al mundo a expiar en la cruz los pecados cometidos por todos los hombres, incluyendo los míos. Yo sé que no merezco tu perdón, porque te he ofendido consciente y voluntariamente muchísimas veces, pero tú me lo ofreces gratuitamente y sin merecerlo. Yo quiero recibirlo. Me arrepiento sinceramente de todos mis pecados y de todo el mal que he cometido hasta hoy. Perdóname, Señor, te lo ruego; lava mis pecados con tu sangre; entra en mi corazón y gobierna mi vida. En adelante quiero vivir para ti y servirte."
#958 (15.01.17). Depósito Legal #2004-5581. Director: José Belaunde M. Dirección: Independencia 1231, Miraflores, Lima, Perú 18. Tel 4227218. (Resolución #003694-2004/OSD-INDECOPI).

martes, 20 de enero de 2015

SIMÓN BAR JONA

LA VIDA Y LA PALABRA
Por José Belaunde M.
SIMÓN BAR JONA
¿Quién es este hombre a quien Jesús llama así? Él había nacido probablemente por los mismos años que Jesús, o sea entre los años cinco y diez de la era que llamamos “Antes de Cristo”, y eran posiblemente de la misma edad, o quizá Simón era un poco mayor.
Si los huesos que fueron hallados hace unas cinco décadas en un cripta antigua debajo de una iglesia en Roma son los de él, como se cree (y son varios los indicios que hacen pensar que lo sean) su talla era de 1.63 m., la misma talla del general romano Julio César. Hoy eso nos puede parecer poco, pero entonces era la estatura de una persona alta. Jesús era posiblemente más alto aun.
Él había nacido posiblemente en Betsaida, (palabra que quiere decir “casa de pesca”) en la orilla oriental del río Jordán, donde desemboca en el mar de Galilea. La pequeña ciudad estaba poblada principalmente por pescadores que ejercían su oficio en el lago. Esos pescadores eran conocidos por ser muy piadosos. No obstante se recordará que Jesús una vez dijo: “¡Ay de ti Corazín! ¡Ay de ti Betsaida! Porque si en Tiro o en Sidón se hubieran hecho los milagros que han sido hechos en vosotras, tiempo ha que se hubieran arrepentido en cilicio y en ceniza.” (Mt 11:21).
Estando la ciudad en “Galilea de los gentiles”, región poblada por muchos paganos de habla griega, es muy probable que Simón hablara el griego con fluidez, además del arameo natal, que él hablaba con acento galileo (Véase Mr 14:70).
Su padre se llamaba Jonás, por lo que su nombre completo era Simón bar Jona –tal como él más adelante firmará, es decir. Simón, hijo de Jonás.
Su madre se llamaba Juana, según algunas fuentes, aunque no hay certidumbre al respecto.
No se sabe cuántos hijos tuvo la familia, pero Simón tuvo al menos un hermano, Andrés, que era menor que él, y que formó parte del grupo inicial de cuatro discípulos de Jesús.
Según la costumbre judía, sus padres casaron a Simón posiblemente antes de que cumpliera 20 años, con una muchacha del lugar que ellos habían escogido. No sabemos cómo se llamaba la muchacha, pero es sabido, por lo que dice Pablo en una de sus cartas, que más adelante ella lo acompañaría en sus primeros viajes misioneros (1Cor 9:5). Algunas tradiciones antiguas dicen que ella se llamaba Perpetua. De ser cierto, ése debe haber sido el nombre latino que ella adoptó para viajar con su marido a territorio gentil.
No se sabe si tuvieron hijos o no, ni cuántos en el primer caso.
Siendo Simón y Andrés originarios de una ciudad conocida por la piedad de sus habitantes, no debe sorprendernos que ambos se contaran entre los que acudieron a escuchar a Juan Bautista, a orillas del Jordán. Andrés, como bien sabemos, fue el que llevó a su hermano donde Jesús: “El siguiente día otra vez estaba Juan, y dos de sus discípulos. Y mirando a Jesús que andaba por allí, dijo: He aquí el Cordero de Dios. Y le oyeron hablar los dos discípulos, y siguieron á Jesús. Y volviéndose Jesús, y viendo que le seguían les dijo: ¿Qué buscáis? Ellos le dijeron: Rabbí (que traducido es, Maestro) ¿dónde moras? Les dijo: Venid y ved. Fueron, y vieron donde moraba, y se quedaron con Él aquel día; porque era como la hora décima. Andrés, hermano de Simón Pedro, era uno de los dos que habían oído a Juan, y habían seguido a Jesús. Éste halló primero a su hermano Simón, y le dijo: Hemos hallado al Mesías (que traducido es, el Cristo). Y le trajo a Jesús. Y mirándole Jesús, dijo: Tú eres Simón, hijo de Jonás; tú serás llamado Cefas (que quiere decir, Pedro).” (Jn 1:35-42).
Andrés fue uno de los discípulos de Juan Bautista que siguieron a Jesús en este episodio. ¿Quién fue el otro? No se le nombra, pero podemos pensar que fue Juan, el autor del evangelio.
“Cefas” es la transliteración al griego de la palabra aramea “Kéfa”, que quiere decir roca, o piedra. “Pétros” es la traducción al griego de esa palabra.
Como podemos ver en sus epístolas, Pablo llama con frecuencia a Simón Cefas (Gal 2:9; 1Cor 1:12; 9:5; 15:5), sin perjuicio de que otras veces lo llame Pedro, incluso en el mismo pasaje de la misma epístola (p. ej. en Gal 1:18; 2:8, 11, 14).
En el episodio que hemos narrado del evangelio de Juan, vemos que Andrés y su compañero le dicen a Jesús: Rabí, es decir mi Maestro. Se lo dicen como marca de respeto, aunque Jesús no había sido ordenado como rabino, porque veían que en Él había una autoridad especial. Lo mismo ocurrirá con Nicodemo cuando va a buscar a Jesús de noche. Le dice Rabí, aunque él sabía muy bien que Jesús no había sido ordenado, porque reconoce que Él había venido como maestro de parte de Dios, ya que nadie podría hacer los milagros que Jesús hacía si Dios no estaba con Él (Jn 3:1,2).
Cuando Jesús se da cuenta de que lo están siguiendo Él se voltea y les pregunta: ¿Qué queréis?, a pesar de que sabía bien qué es lo que querían, esto es, estar con Él, conocerlo. Pero ellos no le dicen: “Queremos conocerte”. Sería muy brusco, mal educado, sino le preguntan, quizá no muy seguros de recibir una respuesta favorable: “¿Dónde vives?” Y Jesús les contesta: “Venid y veréis”, accediendo a su deseo. El tiempo que pasaron con Él esa tarde (serían como las 4) bastó para que se convencieran de que Jesús era el Ungido esperado por su pueblo. Por eso Andrés no estuvo quieto hasta que encontró a su hermano Simón, y le dijo, seguramente muy excitado: “¡Hemos encontrado al Mesías!”
En ese episodio Jesús le anuncia a Simón que su nombre será cambiado por el de Cefas, es decir, roca o piedra. A ningún otro de sus discípulos Jesús le cambia el nombre. Sólo a Juan y a Jacobo Jesús los llamó una vez Bonaerges, es decir, hijos del trueno. Pero fue como un apodo (Mr 3:17). Simón, en cambio, recibirá un nuevo nombre, por el que será conocido en la historia. ¿Qué quiere decir esto?
Hagamos un poco de historia. Dios llamó a Abram en el cap. 12 del Génesis, diciéndole que abandonara la tierra donde él vivía, y su parentela, y que se fuera a la tierra que Él le mostraría, prometiéndole que haría de él una nación grande, aunque Abram no tenía descendencia porque su mujer era estéril. Llegado allí Dios le prometió que daría esa tierra a su descendencia.
Más adelante Dios le promete a Abram que tendrá un hijo y que su descendencia será tan numerosa como las estrellas del cielo. “Y creyó Abram a Jehová y le fue contado por justicia” (Gn 15:6; Rm 4:3; Gal 3:6; St 2:23), porque creyó en algo humanamente imposible.
Cuando Abram tenía ya 99 años y su mujer no había tenido el hijo prometido, Dios le cambia el nombre de Abram por el de Abraham, “porque te he puesto por padre de muchedumbre de gentes”. (Gn 17:5). Entonces le reitera el pacto que ya había celebrado con él, y le da la circuncisión como señal de ese pacto. El cambio de nombre de Abram es la señal de la misión que Él le encomendaba, que incluía no sólo que su descendencia sería tan numerosa como las arenas del mar y las estrellas del cielo, sino que en su simiente serían benditas todas las naciones de la tierra (Gn 22:18). ¿Quién es esa simiente? Jesús de Nazaret, el Salvador de todos los hombres que crean en Él (Gal 3:16). Vemos pues, resumiendo, que la misión de Abraham consistió en ser el origen del pueblo del cual nacería el Redentor de los seres humanos.
El cambio de nombre para Simón significaba que Jesús le encomendaría una misión que no confiaría a ninguno de los otros apóstoles: Ser la roca sobre la que edificaría su iglesia (Mt 16:18), esto es, ser el líder que conduciría los primeros pasos de la naciente iglesia, ser el pastor que apacentaría a sus ovejas (Jn 21:15-17) y quien, llegado el momento, según le encomendó Jesús, confirmaría en la fe a sus hermanos (Lc 22:32)..
Después de haber sanado a un endemoniado en la sinagoga de Cafarnaum (palabra que quiere decir “aldea de Nahum”) donde había estado predicando, Jesús fue a la casa de Simón y halló que su suegra estaba enferma con fiebre alta. Entonces reprendió a la fiebre y la sanó. La mujer se levantó inmediatamente y los atendió (Mr 1:29-31)
Esa casa del apóstol (que posiblemente pertenecía a su suegra) se convirtió en la base de operaciones de Jesús cuando estaba en Galilea. Cuando los evangelios dicen que Jesús estaba o entraba “en casa” se refieren a esa casa (Mt 17:25).
Fue en esa casa, por ejemplo, donde Jesús sanó al paralítico que fue descolgado por el techo, porque estaba llena de tanta gente que escuchaba a Jesús, que no podían entrar por la puerta (Mr 2:1-12). Podemos imaginar que la mujer y la suegra de Pedro no estarían muy contentas de que movieran las tejas del techo para hacer un espacio por donde bajar al paralítico.
Como era allí donde mucha gente venía a buscar a Jesús, podemos pensar que ambas mujeres tuvieron seguramente que hacer grandes esfuerzos para atender a todos los que venían.
Todo parece indicar que Pedro y Andrés no se convirtieron inmediatamente en compañeros constantes de Jesús, porque en Lucas vemos que ambos estaban lavando sus redes cuando Jesús vino a las orillas del lago y, en vista de la muchedumbre que se había agolpado, subiendo a la barca de Pedro, le pidió a éste que la apartara un poco de la orilla y se puso a enseñar a la gente que le escuchaba ávida de sus palabras (Lc 5:2,3). En ese momento –como dice un autor reciente- la barca de Pedro se convirtió en la cátedra de Jesús. (Nota)
Cuando terminó de hablar le dijo a Pedro que bogue mar adentro para echar sus redes. Pero Pedro le contestó que habían estado toda la noche pescando sin resultado; sin embargo, porque tú lo dices lo haremos (Lc 5:4,5).
Entonces pescaron tal cantidad de peces que sus redes se rompían, al punto que tuvieron que llamar a sus compañeros Juan y Jacobo, hijos de Zebedeo, que estaban en la otra barca, para que los ayudaran. Y llenaron ambas barcas con tanto pescado que se hundían por el peso (v. 6,7).
Siendo un pescador experimentado, Pedro sabía muy bien que era algo sobrenatural que hubiera tantos peces donde pocas horas antes no había habido ninguno, por lo que cayó a los pies de Jesús diciendo: “Apártate de mí Señor, que soy un pecador.” (v. 8). Pedro, siendo como era sumamente piadoso, se dio cuenta de que estaba frente a un ser de una naturaleza superior.
Jesús le contestó: “No temas; desde ahora serás pescador de hombres.” (Lc 5:10). (En Mt 4:19 Jesús le dice eso a Pedro y Andrés). E inmediatamente le siguieron. A partir de entonces se convirtieron en sus compañeros constantes, como lo hicieron también Juan y Jacobo, así como Felipe y Natanael (Bartolomé).
¿Qué es un pescador de hombres? Alguien que los captura con el anzuelo de la palabra, y los trae al reino de los cielos, a los pies del patrón de la barca, que es Jesús. En verdad, todos nosotros debemos ser pescadores de hombres si hemos de cumplir el mandato de Jesús: “Id y haced discípulos en todas las naciones.” (Mt 28:19).
Es conocido el episodio después de la primera multiplicación de los panes, en que Jesús “hizo a sus discípulos entrar en la barca e ir delante de él a la otra ribera, entre tanto que él despedía a la multitud.” (Mt 14:22)
Estaban en medio del lago cuando de repente vieron a un hombre que venía hacia ellos caminando sobre el agua. ¿Alguien ha vista jamás a un hombre caminando con los pies desnudos sobre el agua como si fuera tierra firme? Es natural que se asustaran y que comenzaran a gritar: ¡Un fantasma!
Jesús tuvo que tranquilizarlos diciéndoles: Soy yo, no tengan miedo.
¿Quién fue el que entonces se atrevió a pedirle a Jesús, que si era Él realmente  mandara que él vaya caminando hacia Él sobre el mar? No podía ser otro sino el impetuoso y osado Pedro: “Señor, si eres tú, manda que yo vaya a ti sobre las aguas. Y Él dijo: Ven. Y descendiendo Pedro de la barca, andaba sobre las aguas para ir a Jesús. Pero al ver el fuerte viento, tuvo miedo; y comenzando a hundirse, dio voces, diciendo: ¡Señor, sálvame! Al momento Jesús, extendiendo la mano, asió de él, y le dijo: ¡Hombre de poca fe! ¿Por qué dudaste? Y cuando ellos subieron en la barca, se calmó el viento. Entonces los que estaban en la barca vinieron y le adoraron, diciendo: Verdaderamente eres Hijo de Dios.” (Mt 14:28-33)
Pedro, osado como era, no dudó en pedirle a Jesús que les probara que era Él quien
caminaba sobre el mar, mandando que él pudiera también hacerlo. Y Jesús accedió a su pedido. Pero cuando Pedro se vio en medio de las olas y sintió las ráfagas del viento que azotaban su rostro, tuvo miedo y dudó del poder de Jesús. Al instante empezó a hundirse. ¡Cuántas veces nosotros en medio de las tempestades de la vida que amenazan hundirnos, en lugar de confiar en el Dios que nunca defrauda, empezamos a dudar de que su mano nos sostendrá sin falla! No podemos culpar a Pedro de haber dudado cuando nosotros hacemos lo mismo y merecemos que Jesús nos diga: ¡Hombre de poca fe! ¿Por qué dudas de mi poder y de mi fidelidad?
En efecto, si Jesús está en nuestra barca, es decir, si su espíritu vive en nosotros, nuestra barca no se puede hundir por mucho que arrecien el viento y las olas.
En el Evangelio de Juan leemos que después de haber hablado Jesús acerca del pan de vida, y de su carne como verdadera comida, y de su sangre como verdadera bebida, algunos de los que le seguían empezaron a murmurar y a decir: “Dura es esta palabra; ¿quién la puede oir?” (Jn 6:60). Desde entonces muchos de sus discípulos se apartaron de Él. Jesús les preguntó a los doce: ¿También vosotros queréis iros? Pedro fue rápido en contestar por sí mismo y por los demás: “Señor, ¿a quién iremos? Tú tienes palabras de vida eterna.” (Jn 6:68).
¿A quién iremos nosotros si abandonamos a Jesús? En verdad, hay muchos que se dicen maestros en el mundo, y que divulgan sus enseñanzas y atraen a discípulos, gente que se halla desorientada en la vida. Pero nadie tiene palabras como las de Jesús porque sus palabras proceden del cielo y son por eso, en verdad, vida.
Era costumbre entonces que los rabinos tuvieran discípulos que los seguían y con los cuales vivían en comunidad. No sólo recibían instrucción de su maestro, sino que proveían a su manutención, porque los rabinos estaban prohibidos de recibir dinero en pago de su enseñanza.
En eso Jesús no era muy diferente de los rabinos de su época, aunque Él no sólo enseñaba en las sinagogas como ellos, sino también en el campo, en las calles y plazas, en las casas, y desde las cubiertas de las barcas, esto es, dondequiera que estuviese.
A diferencia de los rabinos, que eran buscados por los jóvenes que querían ser sus discípulos, fue Jesús quien escogió a los doce (“y llamó a los que Él quiso, y vinieron a Él”, Mr 3:13), y después a los setenta (Lc 10:1). No fueron ellos los que lo escogieron como maestro, aunque sabemos que había muchos que querían seguirlo, sino fue Él quien los eligió. Te eligió también a ti.
Tampoco alentó Jesús a sus discípulos a que se graduaran como rabinos, como hacían los rabinos del judaísmo, para que llegaran a ser maestros como ellos, según era la práctica común. Porque ¿cómo podían los discípulos de Jesús llegar a ser como Él? Al contrario, Él les advirtió que no pretendieran que se les llamara “maestro·”, que es lo que rabino quiere decir (Mt 23:8). En verdad, Él los estaba preparando para que dieran su vida por el Evangelio (Mt 5:10-12), como en efecto ocurrió.
Tampoco estaban sus discípulos ligados a la ley de Moisés como los discípulos de los rabinos, sino estaban ligados a la enseñanza que Él les daba, que era una Ley nueva.
Era costumbre de los rabinos tener cinco discípulos. Cuando Jesús elevó su número a doce, que es el de las tribus de Israel, así como el de los meses del año, estaba señalando que su misión era algo muy diferente a la de los maestros conocidos.
Algunos se preguntan: ¿Por qué escogió Jesús como discípulos a pescadores ignorantes y no a personas de un mayor rango social y más instruidos? Eso le hubiera dado prestigio ante la sociedad. Pero lo que Él buscaba era hombres piadosos que no estuvieran orgullosos de sus conocimientos, y que fueran, por tanto, enseñables y moldeables. Eso es lo que hoy día, y a través de todos los tiempos, Jesús ha buscado de los que quieren ser discípulos suyos: Que sean humildes, moldeables, enseñables, para que puedan parecerse a Él, que era manso y humilde de corazón.
Nota: Las barcas que usaban los pescadores del lago de Genesaret tenían poco más de 8 metros de largo y 2 metros de ancho, y llevaban 7 u 8 tripulantes.
NB. Esta enseñanza fue dada hace poco en el Ministerio de la Edad de Oro. Para escribirla me he apoyado sobre todo en el excelente libro de C. Bernard Ruffin, “The Twelve”.
Amado lector: Si tú no estás seguro de que cuando mueras vas a ir a gozar de la presencia de Dios, yo te invito a arrepentirte de tus pecados y a pedirle perdón a Dios por ellos, haciendo la siguiente oración:
“Jesús, tú viniste al mundo a expiar en la cruz los pecados cometidos por todos los hombres, incluyendo los míos. Yo sé que no merezco tu perdón, porque te he ofendido conciente y voluntariamente muchísimas veces, pero tú me lo ofreces gratuitamente y sin merecerlo. Yo quiero recibirlo. Me arrepiento sinceramente de todos mis pecados y de todo el mal que he cometido hasta hoy. Perdóname, Señor, te lo ruego; lava mis pecados con tu sangre; entra en mi corazón y gobierna mi vida. En adelante quiero vivir para ti y servirte.”
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miércoles, 14 de mayo de 2014

JUAN BAUTISTA II


LA VIDA Y LA PALABRA
Por José Belaunde M.
JUAN BAUTISTA II
Juan empieza su ministerio
Siendo de estirpe sacerdotal Juan hubiera podido reclamar un lugar como sacerdote en el
servicio del templo, pero al irse al desierto él renunció a esa prerrogativa. Esa renuncia era una denuncia implícita del formalismo y de la hipocresía del culto establecido.
Lucas, como historiador acucioso, se ha tomado la molestia de indicar en qué año comenzó Juan a predicar a las multitudes: el año 15 del emperador Tiberio (Lc 3:1), esto es, el año 26 o 27 DC, cuando él tendría unos treinta años. (Nota 1)
Dice además Lucas: “Vino palabra de Dios a Juan, hijo de Zacarías, en el desierto.” (v. 2). Él no empezó su ministerio por propia iniciativa, sino fue Dios quien le ordenó hacerlo, diciéndole además lo que tenía que proclamar. Lucas subraya la semejanza del comienzo del ministerio de Juan con el de Jeremías y Ezequiel, a quienes también vino palabra del Señor (Jr 1:2; Ez 1:3).
Juan comenzó su ministerio público predicando en las regiones desérticas no muy lejanas de la desembocadura del río Jordán en el Mar Muerto, frente a Jericó y a la vista del Monte Nebo (Mt 3:1-12), precisamente el lugar por donde los israelitas siglos atrás entraron a la tierra prometida para conquistarla.
Su mensaje era sencillo pero contundente y sin concesiones: “Arrepentíos porque el reino de los cielos se ha acercado. ” (v. 2). ¿Qué es lo que tiene que hacer la gente para preparar la venida del Señor en todos los tiempos? Arrepentirse. Si no hay arrepentimiento Dios no puede hacer su obra en nosotros. Los avivamientos han sido siempre tiempos de arrepentimiento individual y colectivo.
Es el mismo mensaje que predicará Jesús cuando Él, a su vez, empiece poco después su ministerio, añadiendo las palabras: “Creed en el Evangelio.”, esto es, en las buenas nuevas que yo predico. (Mr 1:14,15).
La predicación de Juan había sido anunciada por Isaías: “Voz del que clama en el desierto: Preparad el camino del Señor; enderezad sus sendas.” (Lc 3:4; cf Is 40:3).
Él estaba vestido como solía vestirse Elías: con una piel de camello –que no debe haber sido muy suave- y un cinto de cuero alrededor de sus lomos (2R 1:8); y se alimentaba de langostas y de miel silvestre. (Mt 3:4) Notemos que él no se alimentaba de las langostas que se ofrecen en los restoranes de lujo actuales como un plato exquisito y caro, sino de las langostas que pululan en el desierto, alimento al que las personas carentes de recursos solían recurrir.
Su predicación tuvo una gran acogida popular, porque las multitudes de Jerusalén, de toda Judea y de las regiones alrededor del Jordán venían a él para ser bautizadas confesando sus pecados (v. 5,6). La palabra de Juan estaba tan ungida que al escucharla la gente era tocada por el Espíritu Santo, y se volvían concientes de que eran unos pecadores y de que necesitaban cambiar de vida.
El bautismo de Juan será imitado por los discípulos de Jesús (Jn 4:1-3), y prefigura el bautismo que practicará la Iglesia después de Pentecostés (Hch 2:38-41). Jesús, retando a los fariseos a que le respondan, dio a entender que el bautismo de Juan era del cielo, es decir, le había sido inspirado por Dios (Mr 11:30-32).
Juan reprendía sin miedo a los fariseos y sacerdotes que venían a escucharlo: “¡Raza de víboras! ¿Quién os enseñó a huir de la ira venidera?” (Lc 3:7) ¡Qué amables eran sus palabras! Los profetas no siempre son amables al transmitir el mensaje de Dios.
También les decía: “Haced pues frutos dignos de arrepentimiento.” (v. 8a). Es decir, mostrad con vuestras obras que vuestra conversión es sincera.
Ellos creían que el hecho de ser “hijos de Abraham” (v. 8b), es decir, descendientes suyos, les aseguraba la salvación. Pero él los disuade: los vínculos de sangre y la ascendencia, por noble que sea, no significan nada delante Dios. Cada cual debe responder por sí mismo delante de su trono, y recibirá la recompensa que merece. También hoy día muchos creen que por pertenecer a una familia cristiana y asistir regularmente a la iglesia, tienen el cielo asegurado. Pero no es así.
Según Lucas, él incluye en su discurso las palabras: “Ya está el hacha puesta a la raíz de los árboles.” Y les advierte que el árbol que no dé buen fruto será cortado y arrojado al fuego (v. 9), (2) para mostrarles la urgencia de tomar una decisión. Ése es un mensaje que debemos repetir hoy día.
Tocados por sus palabras, la gente, como ocurrirá luego en Pentecostés (Hch 2:37), le preguntaba: ¿Qué cosa debemos hacer? “El que tiene dos túnicas dé una al que no tiene.” Y el que tiene qué comer, comparta de lo suyo. Es decir, lo que tú posees no es sólo para ti. Dios te lo ha dado no sólo para tu propio beneficio, sino también para que bendigas a otros (cf Is 58:7). A los publicanos (la clase social más despreciada por los judíos) que le hacían la misma pregunta les contestó: “No exijáis más de lo que está ordenado.” Es decir, no abuses de tu posición para enriquecerte. Y a los soldados les dijo: “No hagáis extorsión a nadie, ni calumniéis; y contentaos con vuestra paga.” (Lc 3:10-14). ¡Qué actuales son estos consejos! ¡Cómo viniera el Bautista a predicárnoslas por calles y plazas y edificios públicos para reprendernos por nuestra conducta! Los tiempos habrán cambiado, pero no las malas costumbres.
Juan anuncia enseguida la venida de uno mayor que él, de quien él no es ni siquiera digno de llevar su calzado (que era una tarea de esclavos). Notemos la humildad de Juan.
“Él os bautizará en Espíritu Santo y fuego” (Mt 3:11) Pero Él hará algo más: “Limpiará su era.” (v. 12) Es decir, su heredad, su propiedad.
Él es el dueño del mundo. Separará la paja del trigo. El trigo irá a su granero (el cielo), y la paja será quemada en el lugar cuyo fuego nunca se apaga (el infierno). ¿Tú eres paja o eres trigo?
¿Qué cosa eres tú? ¿Cómo vives? ¿Como paja o como trigo? ¿Cómo tratas a tu prójimo? (1Cor 3:12-15).
¿Por qué debemos predicar el Evangelio a los perdidos? No porque seamos buena gente, no sólo porque amamos a Jesús, sino porque los pecadores están en grave peligro de condenarse para siempre, como lo estábamos nosotros antes de convertirnos.
Juan da testimonio tres veces acerca de Jesús
Juan dio un testimonio extraordinario de Jesús ante los sacerdotes y levitas que las autoridades del templo habían enviado para averiguar quién era él. (Jn 1:19-28).
Él negó ser el Cristo, negó también ser Elías (es decir, ser Elías en persona, cuya aparición al final de los tiempos estaba anunciada, Mal 4:5), y también negó ser el profeta anunciado por Moisés (cf Dt 18:15,18, que no sería otro sino Jesucristo). Le preguntaron entonces: “¿Tú quién eres?” Y contestó como sabemos: “Yo soy la voz de uno que clama en el desierto: Enderezad el camino del Señor, como dijo el profeta Isaías.” (Jn 1:19,23; cf Is 40:3). ¿Qué quiere decir con esto? Cambien su manera de vivir, para que puedan recibir al Enviado de Dios como conviene.
Y añadió: “En medio de vosotros está uno a quien vosotros no conocéis... Él viene después de mí, pero es antes de mí, y yo no soy digno de desatar la correa de su calzado.” (Jn 1:26-28).
¿Cómo es eso de que “es antes de mí” si Juan era seis meses mayor? Es antes de él porque existía desde siempre. Las palabras de Juan son una referencia a la eternidad del Verbo (Jn 1:1), y nos recuerdan la palabras que Jesús dijo en otra ocasión: “Antes que Abraham fuese, yo soy.” (Jn 8:58).
Al día siguiente Juan vio a Jesús que venía hacia él y dijo: “He aquí el Cordero de Dios que quita el pecado del mundo.” (Jn 1:29). Ésta es la primera vez en los evangelios en que se menciona esta figura simbólica del cordero, que para nosotros tiene tanto significado.
Para los judíos el cordero era el animal que Abraham ofreció en holocausto en lugar de su hijo Isaac sobre el monte Moriah (Gn 22:13); era el animal que fue sacrificado la noche de la Pascua en Egipto antes de que salieran de ese país (Ex 12:1-36); y el animal que era ofrecido diariamente en el templo como expiación por la culpa (Lv 14:12-21). En boca de Juan es una referencia velada al sacrificio de Cristo en la cruz, muerto en expiación de los pecados de los hombres, como había profetizado Isaías (53:3-10).
La noción del cordero que quita el pecado del mundo tiene un antecedente en los machos cabríos que se menciona en el libro de Levítico: el macho cabrío que fue sacrificado en expiación de los pecados del pueblo (Lv 9:3,15), y el otro macho cabrío que en el Día de Expiación llevaba todas las iniquidades del pueblo y era enviado al desierto (Lv 16:20-22).
¿Cómo quita el Cordero de Dios el pecado del mundo? Llevándolo en su cuerpo sobre el madero, como dice Pedro (1P 2:24), pero también perdonando los pecados de todos los que se arrepienten sinceramente de ellos y creen en Él.
Juan añade que él no lo conocía, aunque lo conocía ciertamente pues era su pariente, pero no conocía hasta ese momento el papel que Jesús iba a desempeñar en los planes de Dios. Y sigue diciendo Juan que “el que lo envió a bautizar con agua…me dijo: Sobre quien veas descender el Espíritu Santo, ése es el que bautiza con el Espíritu Santo. Yo le vi y doy testimonio de que éste es el Hijo de Dios.” (Jn 1:33,34). Él va a administrar un tipo diferente de bautismo, el bautismo anunciado por Ezequiel, que confiere el propio Espíritu de Dios al que lo recibe (Ez 36:25-27).
Nuevamente al siguiente día Juan estaba con dos de sus discípulos, y al ver a Jesús que pasaba por ahí, dijo de nuevo: “He aquí el Cordero de Dios.” (Jn 1:35,36). Entonces los dos discípulos siguieron a Jesús. Posiblemente intrigados por la frase de Juan querían averiguar más acerca de Él. Esos dos discípulos de Juan, que después lo fueron de Jesús, eran Andrés, hermano de Pedro, y Juan, el evangelista (v. 37-40).
Bautismo de Jesús (Mt 3:13-17)
(Es muy probable que este episodio ocurriera durante los días en que Juan Bautista dio testimonio acerca de Jesús)
Jesús le pide a Juan que lo bautice, pero Juan se niega diciendo que más bien debería ser al revés, que Jesús lo bautice a él. Pero Jesús insiste diciendo que “conviene que cumplamos toda justicia.” (v. 15). ¿Qué quería decir con eso?
Jesús no tenía pecados que confesar ni necesidad alguna de que le fueran perdonados. ¿Por qué se hizo bautizar por Juan diciendo: “cumplamos toda justicia”? Jesús había venido a salvar a los pecadores. Al hacerse bautizar como si fuera uno de ellos, Él se identifica con los pecadores a los que Él había venido a salvar. Él se humilla haciéndose como uno de ellos.
Entonces Juan accede a ese pedido que le parece extraño, lo sumerge en el río, y cuando Jesús sale del agua ve que los cielos se abren y el Espíritu Santo desciende en forma de paloma para posarse sobre Jesús, al mismo tiempo que se oye una voz del cielo que proclama: “Este es mi hijo amado en quien tengo complacencia.” (v. 16,17).
Aquí en este episodio vemos una manifestación única de la Trinidad: el Padre que hace escuchar su voz, el Hijo que es bautizado, y el Espíritu Santo que desciende como paloma sobre la cabeza de Jesús.
La voz de Dios en ese momento está diciendo: Este es un acto muy importante.
Esas mismas palabras, que son una cita de Isaías 42:1, se volvieron a oír cuando Jesús fue transfigurado en el monte Tabor delante de los tres apóstoles que lo acompañaban. (Mt 17:5).
De esa manera se empezó a cumplir la profecía de Isaías acerca del Siervo de Jehová en la que figura esa frase, y en la que se dice entre otras cosas: “Él traerá justicia a las naciones. No gritará ni alzará su voz…no quebrará la caña cascada, ni apagará el pabilo humeante…” (Is 42:1ss).
En otra ocasión, cuando Juan para seguir bautizando, se había ido a Enón, cerca de Salim, porque allí había muchas aguas, le dijeron que Aquel a quien él había bautizado también bautizaba y todos iban a Él, que es como si le dijeran: Mira, te ha salido competencia. Juan les contestó diciendo entre otras cosas: “Es necesario que Él crezca y que yo mengüe.” (Jn 3:22-30) Esta frase, que muestra la grandeza de alma de Juan, se puede aplicar a todos nosotros: Es necesario que mi ego mengüe para que Cristo crezca en mí, para que sus virtudes y su manera de ser se hagan patentes en mí. En suma, que yo muera a mí mismo y me haga como es Él, dispuesto a sacrificar mi comodidad para servir a mi prójimo. En la práctica sabemos que muchas veces hacemos lo contrario, queremos engrandecernos nosotros a costa de que Cristo mengüe.
Notas: 1. En la antigüedad era costumbre contar el tiempo a partir del inicio del reinado del soberano. Por ejemplo: “En el año 18 del rey Jeroboam…” (1R 15:1). En el caso concreto de la fecha indicada por Lucas existe la duda de si el primer año del emperador fue el año de la muerte de su predecesor Cesar Augusto (el año 14 DC), o el año en que Tiberio fue asociado como coregente al gobierno de su tío (el año 11 o 12 DC). Esta última posibilidad es la más probable, por lo que el inicio de su predicación se situaría entre los años 26 y 27 DC. Pero hay quienes sostienen que los años del reinado de Tiberio deben contarse a partir del año en que él gobernó solo, lo que colocaría los acontecimientos descritos aquí entre los años 28 y 29 DC.
2. Las imágenes que usa Juan, y usará luego Jesús, están en gran parte tomadas de Isaías: El derramamiento del Espíritu de lo alto (Is 32:15); raza de víboras (59:5); árboles cortados (10:33,34), etc.
Amado lector: Si tú no estás seguro de que cuando mueras vas a ir a gozar de la presencia de Dios yo te exhorto a arrepentirte de todos tus pecados y te invito a pedirle perdón a Dios por ellos haciendo la siguiente oración:
   “Jesús, tú viniste al mundo a expiar en la cruz los pecados cometidos por todos los hombres, incluyendo los míos. Yo sé que no merezco tu perdón, porque te he ofendido conciente y voluntariamente muchísimas veces, pero tú me lo ofreces gratuitamente y sin merecerlo. Yo quiero recibirlo. Me arrepiento sinceramente de todos mis pecados y de todo el mal que he cometido hasta hoy. Perdóname, Señor, te lo ruego; lava mis pecados con tu sangre; entra en mi corazón y gobierna mi vida. En adelante quiero vivir para ti y servirte.”
#809 (22.12.13). Depósito Legal #2004-5581. Director: José Belaunde M. Dirección: Independencia 1231, Miraflores, Lima, Perú 18. Tel 4227218. (Resolución #003694-2004/OSD-INDECOPI).