martes, 20 de enero de 2015

SIMÓN BAR JONA

LA VIDA Y LA PALABRA
Por José Belaunde M.
SIMÓN BAR JONA
¿Quién es este hombre a quien Jesús llama así? Él había nacido probablemente por los mismos años que Jesús, o sea entre los años cinco y diez de la era que llamamos “Antes de Cristo”, y eran posiblemente de la misma edad, o quizá Simón era un poco mayor.
Si los huesos que fueron hallados hace unas cinco décadas en un cripta antigua debajo de una iglesia en Roma son los de él, como se cree (y son varios los indicios que hacen pensar que lo sean) su talla era de 1.63 m., la misma talla del general romano Julio César. Hoy eso nos puede parecer poco, pero entonces era la estatura de una persona alta. Jesús era posiblemente más alto aun.
Él había nacido posiblemente en Betsaida, (palabra que quiere decir “casa de pesca”) en la orilla oriental del río Jordán, donde desemboca en el mar de Galilea. La pequeña ciudad estaba poblada principalmente por pescadores que ejercían su oficio en el lago. Esos pescadores eran conocidos por ser muy piadosos. No obstante se recordará que Jesús una vez dijo: “¡Ay de ti Corazín! ¡Ay de ti Betsaida! Porque si en Tiro o en Sidón se hubieran hecho los milagros que han sido hechos en vosotras, tiempo ha que se hubieran arrepentido en cilicio y en ceniza.” (Mt 11:21).
Estando la ciudad en “Galilea de los gentiles”, región poblada por muchos paganos de habla griega, es muy probable que Simón hablara el griego con fluidez, además del arameo natal, que él hablaba con acento galileo (Véase Mr 14:70).
Su padre se llamaba Jonás, por lo que su nombre completo era Simón bar Jona –tal como él más adelante firmará, es decir. Simón, hijo de Jonás.
Su madre se llamaba Juana, según algunas fuentes, aunque no hay certidumbre al respecto.
No se sabe cuántos hijos tuvo la familia, pero Simón tuvo al menos un hermano, Andrés, que era menor que él, y que formó parte del grupo inicial de cuatro discípulos de Jesús.
Según la costumbre judía, sus padres casaron a Simón posiblemente antes de que cumpliera 20 años, con una muchacha del lugar que ellos habían escogido. No sabemos cómo se llamaba la muchacha, pero es sabido, por lo que dice Pablo en una de sus cartas, que más adelante ella lo acompañaría en sus primeros viajes misioneros (1Cor 9:5). Algunas tradiciones antiguas dicen que ella se llamaba Perpetua. De ser cierto, ése debe haber sido el nombre latino que ella adoptó para viajar con su marido a territorio gentil.
No se sabe si tuvieron hijos o no, ni cuántos en el primer caso.
Siendo Simón y Andrés originarios de una ciudad conocida por la piedad de sus habitantes, no debe sorprendernos que ambos se contaran entre los que acudieron a escuchar a Juan Bautista, a orillas del Jordán. Andrés, como bien sabemos, fue el que llevó a su hermano donde Jesús: El siguiente día otra vez estaba Juan, y dos de sus discípulos. Y mirando a Jesús que andaba por allí, dijo: He aquí el Cordero de Dios. Y le oyeron hablar los dos discípulos, y siguieron á Jesús. Y volviéndose Jesús, y viendo que le seguían les dijo: ¿Qué buscáis? Ellos le dijeron: Rabbí (que traducido es, Maestro) ¿dónde moras? Les dijo: Venid y ved. Fueron, y vieron donde moraba, y se quedaron con Él aquel día; porque era como la hora décima. Andrés, hermano de Simón Pedro, era uno de los dos que habían oído a Juan, y habían seguido a Jesús. Éste halló primero a su hermano Simón, y le dijo: Hemos hallado al Mesías (que traducido es, el Cristo). Y le trajo a Jesús. Y mirándole Jesús, dijo: Tú eres Simón, hijo de Jonás; tú serás llamado Cefas (que quiere decir, Pedro). (Jn 1:35-42).
Andrés fue uno de los discípulos de Juan Bautista que siguieron a Jesús en este episodio. ¿Quién fue el otro? No se le nombra, pero podemos pensar que fue Juan, el autor del evangelio.
“Cefas” es la transliteración al griego de la palabra aramea “Kéfa”, que quiere decir roca, o piedra. “Pétros” es la traducción al griego de esa palabra.
Como podemos ver en sus epístolas, Pablo llama con frecuencia a Simón Cefas (Gal 2:9; 1Cor 1:12; 9:5; 15:5), sin perjuicio de que otras veces lo llame Pedro, incluso en el mismo pasaje de la misma epístola (p. ej. en Gal 1:18; 2:8, 11, 14).
En el episodio que hemos narrado del evangelio de Juan, vemos que Andrés y su compañero le dicen a Jesús: Rabí, es decir mi Maestro. Se lo dicen como marca de respeto, aunque Jesús no había sido ordenado como rabino, porque veían que en Él había una autoridad especial. Lo mismo ocurrirá con Nicodemo cuando va a buscar a Jesús de noche. Le dice Rabí, aunque él sabía muy bien que Jesús no había sido ordenado, porque reconoce que Él había venido como maestro de parte de Dios, ya que nadie podría hacer los milagros que Jesús hacía si Dios no estaba con Él (Jn 3:1,2).
Cuando Jesús se da cuenta de que lo están siguiendo Él se voltea y les pregunta: ¿Qué queréis?, a pesar de que sabía bien qué es lo que querían, esto es, estar con Él, conocerlo. Pero ellos no le dicen: “Queremos conocerte”. Sería muy brusco, mal educado, sino le preguntan, quizá no muy seguros de recibir una respuesta favorable: “¿Dónde vives?” Y Jesús les contesta: “Venid y veréis”, accediendo a su deseo. El tiempo que pasaron con Él esa tarde (serían como las 4) bastó para que se convencieran de que Jesús era el Ungido esperado por su pueblo. Por eso Andrés no estuvo quieto hasta que encontró a su hermano Simón, y le dijo, seguramente muy excitado: “¡Hemos encontrado al Mesías!”
En ese episodio Jesús le anuncia a Simón que su nombre será cambiado por el de Cefas, es decir, roca o piedra. A ningún otro de sus discípulos Jesús le cambia el nombre. Sólo a Juan y a Jacobo Jesús los llamó una vez Bonaerges, es decir, hijos del trueno. Pero fue como un apodo (Mr 3:17). Simón, en cambio, recibirá un nuevo nombre, por el que será conocido en la historia. ¿Qué quiere decir esto?
Hagamos un poco de historia. Dios llamó a Abram en el cap. 12 del Génesis, diciéndole que abandonara la tierra donde él vivía, y su parentela, y que se fuera a la tierra que Él le mostraría, prometiéndole que haría de él una nación grande, aunque Abram no tenía descendencia porque su mujer era estéril. Llegado allí Dios le prometió que daría esa tierra a su descendencia.
Más adelante Dios le promete a Abram que tendrá un hijo y que su descendencia será tan numerosa como las estrellas del cielo. “Y creyó Abram a Jehová y le fue contado por justicia” (Gn 15:6; Rm 4:3; Gal 3:6; St 2:23), porque creyó en algo humanamente imposible.
Cuando Abram tenía ya 99 años y su mujer no había tenido el hijo prometido, Dios le cambia el nombre de Abram por el de Abraham, “porque te he puesto por padre de muchedumbre de gentes”. (Gn 17:5). Entonces le reitera el pacto que ya había celebrado con él, y le da la circuncisión como señal de ese pacto. El cambio de nombre de Abram es la señal de la misión que Él le encomendaba, que incluía no sólo que su descendencia sería tan numerosa como las arenas del mar y las estrellas del cielo, sino que en su simiente serían benditas todas las naciones de la tierra (Gn 22:18). ¿Quién es esa simiente? Jesús de Nazaret, el Salvador de todos los hombres que crean en Él (Gal 3:16). Vemos pues, resumiendo, que la misión de Abraham consistió en ser el origen del pueblo del cual nacería el Redentor de los seres humanos.
El cambio de nombre para Simón significaba que Jesús le encomendaría una misión que no confiaría a ninguno de los otros apóstoles: Ser la roca sobre la que edificaría su iglesia (Mt 16:18), esto es, ser el líder que conduciría los primeros pasos de la naciente iglesia, ser el pastor que apacentaría a sus ovejas (Jn 21:15-17) y quien, llegado el momento, según le encomendó Jesús, confirmaría en la fe a sus hermanos (Lc 22:32)..
Después de haber sanado a un endemoniado en la sinagoga de Cafarnaum (palabra que quiere decir “aldea de Nahum”) donde había estado predicando, Jesús fue a la casa de Simón y halló que su suegra estaba enferma con fiebre alta. Entonces reprendió a la fiebre y la sanó. La mujer se levantó inmediatamente y los atendió (Mr 1:29-31)
Esa casa del apóstol (que posiblemente pertenecía a su suegra) se convirtió en la base de operaciones de Jesús cuando estaba en Galilea. Cuando los evangelios dicen que Jesús estaba o entraba “en casa” se refieren a esa casa (Mt 17:25).
Fue en esa casa, por ejemplo, donde Jesús sanó al paralítico que fue descolgado por el techo, porque estaba llena de tanta gente que escuchaba a Jesús, que no podían entrar por la puerta (Mr 2:1-12). Podemos imaginar que la mujer y la suegra de Pedro no estarían muy contentas de que movieran las tejas del techo para hacer un espacio por donde bajar al paralítico.
Como era allí donde mucha gente venía a buscar a Jesús, podemos pensar que ambas mujeres tuvieron seguramente que hacer grandes esfuerzos para atender a todos los que venían.
Todo parece indicar que Pedro y Andrés no se convirtieron inmediatamente en compañeros constantes de Jesús, porque en Lucas vemos que ambos estaban lavando sus redes cuando Jesús vino a las orillas del lago y, en vista de la muchedumbre que se había agolpado, subiendo a la barca de Pedro, le pidió a éste que la apartara un poco de la orilla y se puso a enseñar a la gente que le escuchaba ávida de sus palabras (Lc 5:2,3). En ese momento –como dice un autor reciente- la barca de Pedro se convirtió en la cátedra de Jesús. (Nota)
Cuando terminó de hablar le dijo a Pedro que bogue mar adentro para echar sus redes. Pero Pedro le contestó que habían estado toda la noche pescando sin resultado; sin embargo, porque tú lo dices lo haremos (Lc 5:4,5).
Entonces pescaron tal cantidad de peces que sus redes se rompían, al punto que tuvieron que llamar a sus compañeros Juan y Jacobo, hijos de Zebedeo, que estaban en la otra barca, para que los ayudaran. Y llenaron ambas barcas con tanto pescado que se hundían por el peso (v. 6,7).
Siendo un pescador experimentado, Pedro sabía muy bien que era algo sobrenatural que hubiera tantos peces donde pocas horas antes no había habido ninguno, por lo que cayó a los pies de Jesús diciendo: “Apártate de mí Señor, que soy un pecador.” (v. 8). Pedro, siendo como era sumamente piadoso, se dio cuenta de que estaba frente a un ser de una naturaleza superior.
Jesús le contestó: “No temas; desde ahora serás pescador de hombres.” (Lc 5:10). (En Mt 4:19 Jesús le dice eso a Pedro y Andrés). E inmediatamente le siguieron. A partir de entonces se convirtieron en sus compañeros constantes, como lo hicieron también Juan y Jacobo, así como Felipe y Natanael (Bartolomé).
¿Qué es un pescador de hombres? Alguien que los captura con el anzuelo de la palabra, y los trae al reino de los cielos, a los pies del patrón de la barca, que es Jesús. En verdad, todos nosotros debemos ser pescadores de hombres si hemos de cumplir el mandato de Jesús: “Id y haced discípulos en todas las naciones.” (Mt 28:19).
Es conocido el episodio después de la primera multiplicación de los panes, en que Jesús “hizo a sus discípulos entrar en la barca e ir delante de él a la otra ribera, entre tanto que él despedía a la multitud.” (Mt 14:22)
Estaban en medio del lago cuando de repente vieron a un hombre que venía hacia ellos caminando sobre el agua. ¿Alguien ha vista jamás a un hombre caminando con los pies desnudos sobre el agua como si fuera tierra firme? Es natural que se asustaran y que comenzaran a gritar: ¡Un fantasma!
Jesús tuvo que tranquilizarlos diciéndoles: Soy yo, no tengan miedo.
¿Quién fue el que entonces se atrevió a pedirle a Jesús, que si era Él realmente  mandara que él vaya caminando hacia Él sobre el mar? No podía ser otro sino el impetuoso y osado Pedro: “Señor, si eres tú, manda que yo vaya a ti sobre las aguas. Y Él dijo: Ven. Y descendiendo Pedro de la barca, andaba sobre las aguas para ir a Jesús. Pero al ver el fuerte viento, tuvo miedo; y comenzando a hundirse, dio voces, diciendo: ¡Señor, sálvame! Al momento Jesús, extendiendo la mano, asió de él, y le dijo: ¡Hombre de poca fe! ¿Por qué dudaste? Y cuando ellos subieron en la barca, se calmó el viento. Entonces los que estaban en la barca vinieron y le adoraron, diciendo: Verdaderamente eres Hijo de Dios.” (Mt 14:28-33)
Pedro, osado como era, no dudó en pedirle a Jesús que les probara que era Él quien
caminaba sobre el mar, mandando que él pudiera también hacerlo. Y Jesús accedió a su pedido. Pero cuando Pedro se vio en medio de las olas y sintió las ráfagas del viento que azotaban su rostro, tuvo miedo y dudó del poder de Jesús. Al instante empezó a hundirse. ¡Cuántas veces nosotros en medio de las tempestades de la vida que amenazan hundirnos, en lugar de confiar en el Dios que nunca defrauda, empezamos a dudar de que su mano nos sostendrá sin falla! No podemos culpar a Pedro de haber dudado cuando nosotros hacemos lo mismo y merecemos que Jesús nos diga: ¡Hombre de poca fe! ¿Por qué dudas de mi poder y de mi fidelidad?
En efecto, si Jesús está en nuestra barca, es decir, si su espíritu vive en nosotros, nuestra barca no se puede hundir por mucho que arrecien el viento y las olas.
En el Evangelio de Juan leemos que después de haber hablado Jesús acerca del pan de vida, y de su carne como verdadera comida, y de su sangre como verdadera bebida, algunos de los que le seguían empezaron a murmurar y a decir: “Dura es esta palabra; ¿quién la puede oir?” (Jn 6:60). Desde entonces muchos de sus discípulos se apartaron de Él. Jesús les preguntó a los doce: ¿También vosotros queréis iros? Pedro fue rápido en contestar por sí mismo y por los demás: “Señor, ¿a quién iremos? Tú tienes palabras de vida eterna.” (Jn 6:68).
¿A quién iremos nosotros si abandonamos a Jesús? En verdad, hay muchos que se dicen maestros en el mundo, y que divulgan sus enseñanzas y atraen a discípulos, gente que se halla desorientada en la vida. Pero nadie tiene palabras como las de Jesús porque sus palabras proceden del cielo y son por eso, en verdad, vida.
Era costumbre entonces que los rabinos tuvieran discípulos que los seguían y con los cuales vivían en comunidad. No sólo recibían instrucción de su maestro, sino que proveían a su manutención, porque los rabinos estaban prohibidos de recibir dinero en pago de su enseñanza.
En eso Jesús no era muy diferente de los rabinos de su época, aunque Él no sólo enseñaba en las sinagogas como ellos, sino también en el campo, en las calles y plazas, en las casas, y desde las cubiertas de las barcas, esto es, dondequiera que estuviese.
A diferencia de los rabinos, que eran buscados por los jóvenes que querían ser sus discípulos, fue Jesús quien escogió a los doce (“y llamó a los que Él quiso, y vinieron a Él”, Mr 3:13), y después a los setenta (Lc 10:1). No fueron ellos los que lo escogieron como maestro, aunque sabemos que había muchos que querían seguirlo, sino fue Él quien los eligió. Te eligió también a ti.
Tampoco alentó Jesús a sus discípulos a que se graduaran como rabinos, como hacían los rabinos del judaísmo, para que llegaran a ser maestros como ellos, según era la práctica común. Porque ¿cómo podían los discípulos de Jesús llegar a ser como Él? Al contrario, Él les advirtió que no pretendieran que se les llamara “maestro·”, que es lo que rabino quiere decir (Mt 23:8). En verdad, Él los estaba preparando para que dieran su vida por el Evangelio (Mt 5:10-12), como en efecto ocurrió.
Tampoco estaban sus discípulos ligados a la ley de Moisés como los discípulos de los rabinos, sino estaban ligados a la enseñanza que Él les daba, que era una Ley nueva.
Era costumbre de los rabinos tener cinco discípulos. Cuando Jesús elevó su número a doce, que es el de las tribus de Israel, así como el de los meses del año, estaba señalando que su misión era algo muy diferente a la de los maestros conocidos.
Algunos se preguntan: ¿Por qué escogió Jesús como discípulos a pescadores ignorantes y no a personas de un mayor rango social y más instruidos? Eso le hubiera dado prestigio ante la sociedad. Pero lo que Él buscaba era hombres piadosos que no estuvieran orgullosos de sus conocimientos, y que fueran, por tanto, enseñables y moldeables. Eso es lo que hoy día, y a través de todos los tiempos, Jesús ha buscado de los que quieren ser discípulos suyos: Que sean humildes, moldeables, enseñables, para que puedan parecerse a Él, que era manso y humilde de corazón.
Nota: Las barcas que usaban los pescadores del lago de Genesaret tenían poco más de 8 metros de largo y 2 metros de ancho, y llevaban 7 u 8 tripulantes.
NB. Esta enseñanza fue dada hace poco en el Ministerio de la Edad de Oro. Para escribirla me he apoyado sobre todo en el excelente libro de C. Bernard Ruffin, “The Twelve”.
Amado lector: Si tú no estás seguro de que cuando mueras vas a ir a gozar de la presencia de Dios, yo te invito a arrepentirte de tus pecados y a pedirle perdón a Dios por ellos, haciendo la siguiente oración:
“Jesús, tú viniste al mundo a expiar en la cruz los pecados cometidos por todos los hombres, incluyendo los míos. Yo sé que no merezco tu perdón, porque te he ofendido conciente y voluntariamente muchísimas veces, pero tú me lo ofreces gratuitamente y sin merecerlo. Yo quiero recibirlo. Me arrepiento sinceramente de todos mis pecados y de todo el mal que he cometido hasta hoy. Perdóname, Señor, te lo ruego; lava mis pecados con tu sangre; entra en mi corazón y gobierna mi vida. En adelante quiero vivir para ti y servirte.”
ANUNCIO: YA ESTÁ A LA VENTA EN LAS LIBRERÍAS CRISTIANAS Y EN LAS IGLESIAS MI LIBRO “MATRIMONIOS QUE PERDURAN EN EL TIEMPO” (VOL I) INFORMES: EDITORES VERDAD & PRESENCIA. AV. PETIT THOUARS 1191, SANTA BEATRIZ, LIMA, TEL. 4712178.

#858 (07.12.14). Depósito Legal #2004-5581. Director: José Belaunde M. Dirección: Independencia 1231, Miraflores, Lima, Perú 18. Tel 4227218. (Resolución #003694-2004/OSD-INDECOPI). 

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