jueves, 14 de junio de 2018

VIAJE DE PABLO A JERUSALÉN II


 LA VIDA Y LA PALABRA
Por José Belaunde M.
VIAJE DE PABLO A JERUSALÉN II
Un Comentario de Hechos 21:10-16


10,11. “Y permaneciendo nosotros allí algunos días, descendió de Judea un profeta llamado Agabo, quien viniendo a vernos, tomó el cinto de Pablo, y atándose los pies y las manos, dijo: Esto dice el Espíritu Santo: Así atarán los judíos en Jerusalén al varón de quien es este cinto, y le entregarán en manos de los gentiles.”
Pablo debe haberse sentido muy bien en la casa de Felipe, porque pese a la prisa que tenía para llegar a Jerusalén antes de Pentecostés, se quedó allí varios días, gozando sin duda, de la cálida acogida que le brindaron no sólo a Pablo, sino a los siete o más que lo acompañaban. ¡Qué agradable es, dicho sea de paso, estar alojado donde a uno lo reciben con cariño! ¡Y qué desagradable es, en cambio, cuando uno siente que lo reciben de mala gana, por compromiso! Hospedar a los hermanos es una de las obras que a Dios más agrada (Hb 13:2).
Mientras estaban Pablo y los suyos alojados en casa de Felipe, vino de Judea (“descendió” dice el texto, porque ésa era región montañosa) un profeta a quien ya conocemos, llamado Agabo.
Estando Pablo años atrás en Antioquía cuando la iglesia empezaba a ganar adherentes entre los griegos, vino Agabo junto con otros profetas de Jerusalén, y anunció que vendría una gran hambruna sobre la tierra, lo cual efectivamente sucedió, dice Lucas, en tiempos del emperador Claudio, en los años 46 y 47 (Hch 11:28).
En esta ocasión, Agabo que, sin duda, era enviado por el Espíritu, hizo uso del método profético gestual que emplearon también en varias ocasiones Eliseo, Isaías, Jeremías y Ezequiel. (Nota 1)
Tomó el cinto de Pablo y se ató con él las manos y los pies, declarando por el Espíritu que los judíos atarían de esa manera al dueño del cinto, para entregarlo en manos de los gentiles, en este caso, de los romanos, tal como años antes habían hecho con su Maestro (Mt 20:18,19).
¿Qué propósito cumplía en esta ocasión la profecía de Agabo? ¿Era acaso una advertencia del Espíritu Santo para que no fuera a Jerusalén, y que él debía obedecer? Pero Pablo estaba convencido de que era Dios el que lo impelía a subir a la ciudad santa (Hch 20:22,23). Yo pienso que la profecía de Agabo tenía la finalidad de probar y de profundizar su determinación de cumplir la voluntad de Dios cualquiera que fuere el costo para él.
12. “Al oír esto, le rogamos nosotros y los de aquel lugar, que no subiese a Jerusalén.”
Como es natural todos los que estaban presentes, incluyendo al propio Lucas, le suplicaron a Pablo, en los más tiernos términos posibles, que no continuara su viaje a Jerusalén. Ellos sabían qué es lo que le podía ocurrir y querían a toda costa evitárselo.
Notemos que a veces el cariño hace que nos opongamos a lo que es la voluntad de Dios manifiesta. Es un cariño egoísta, porque si fuese desinteresado, pese al dolor que sentían por lo anunciado, le dirían: Anda confiado a Jerusalén porque, sea lo que fuere lo que te suceda, Dios estará contigo. ¿Amarían sus discípulos a Pablo más de lo que Dios le amaba?
13. “Entonces Pablo respondió: ¿Qué hacéis llorando y quebrantándome el corazón? Porque yo estoy dispuesto no sólo a ser atado, sino aun a morir en Jerusalén por el nombre del Señor Jesús.”

Las súplicas emocionadas de sus amigos no podían dejar de tocar el corazón de Pablo, que les reprochó que le hicieran más difícil proseguir con su propósito. Ver el dolor de ellos, sin embargo, no debilitó su decisión, pues agregó las palabras citadas arriba que muestran su estado de ánimo y su decisión de cumplir aquello a lo cual él estaba convencido el Espíritu lo llamaba: sufrir prisiones y morir, si fuera necesario, por proclamar el nombre de su Señor. A Él le pertenecía totalmente su vida y estaba listo a entregarla sin reserva a sus verdugos. (2)
Esa disposición de ánimo ya la había expresado claramente en la epístola a los Gálatas cuando escribió: “Con Cristo estoy juntamente crucificado, y ya no vivo yo, sino Cristo vive en mí; y lo que ahora vivo en la carne, lo vivo en la fe del Hijo de Dios, el cual me amó y se entregó a sí mismo por mí.” (2:20).
Él estaba plenamente poseído por la idea de que si Jesús, el Hijo de Dios, se había entregado a la muerte para salvarlo, ya su propia vida no le pertenecía, porque había muerto a sí mismo; su vida estaba crucificada en la cruz con Cristo en el Calvario y no era suya.
Pablo cumplía de una manera perfecta el dicho de Jesús: “Si alguno quiere venir en pos de mí, niéguese a sí mismo (que es lo que él estaba haciendo en ese momento), y tome su cruz (la cruz de padecimientos que Jesús le estaba ofreciendo), y sígame (hasta la muerte).” (Mt 16:24)
¿Somos nosotros, que nos preciamos de ser discípulos de Cristo, y de amarlo con todo nuestro corazón, capaces de un sacrificio semejante? Es cierto que no a todos les pide Dios una inmolación semejante, pero notemos que es esa clase de entrega absoluta, lo que permitió que el Evangelio se difundiera rápidamente por el mundo entero entonces conocido. Y es esa clase entrega la que hace posible que el Evangelio sea proclamado hoy día en países donde está prohibido hacerlo.
 De hecho, el ejemplo de Pablo, de Pedro y de los otros apóstoles que dieron su vida por Cristo, fue seguido por miles de hombres y mujeres cristianos que ofrendaron sus vidas como testigos de la fe que vivía en ellos. Bien pudo decirse un siglo y medio después de los hechos narrados aquí que la sangre de los mártires es la semilla de la iglesia (Notemos que “mártir” –del griego martur- quiere decir “testigo”).
Nosotros somos llamados a ser testigos ante el mundo (esto es, ante la gente que nos rodea) de la fe que vive en nosotros. Podemos, y serlo, con nuestras palabras pero, sobre todo, con las vidas que llevamos, es decir, con nuestra conducta. Si lo hacemos, seremos en verdad “mártires” en un doble sentido: de testigos y de víctimas del odio de Satanás que actúa a través de los enemigos de Cristo.
14. “Y como no le pudimos persuadir, desistimos, diciendo: Hágase la voluntad del Señor.”
En vista pues de que no había manera de hacerle cambiar su propósito de enfrentar su destino, dejaron de tratar de hacerlo. Notemos aquí que Lucas se incluye entre los que trataron de persuadirlo, pues escribe “no le pudimos” y “desistimos”. Lucas tan cercano a Pablo, no comprendía plenamente el espíritu que lo animaba. En cierta manera, podemos decir que su amor por Pablo pesaba más en su alma que los designios de Dios para su siervo. Nosotros solemos ser egoístas: nuestro cariño, nuestro afecto por algunas personas que amamos es mayor que la obra que Dios quiere hacer a través de ellos si esa obra significa dolor y sacrificio. Quisiéramos evitárselos. Sin darnos cuenta, pretendemos ser más sabios y compasivos que Dios.
No obstante, ellos reconocieron que más importantes que sus deseos eran los planes y proyectos de Dios, diciendo: “Hágase la voluntad del Señor”. Reconocieron, aunque no podían comprenderlo del todo, que todas nuestras vidas, incluyendo la de Pablo, están bajo el control de la buena voluntad de Dios, que sabemos es “agradable (aunque pueda ser ocasionalmente amarga a nuestro gusto) y perfecta.” (Rm 12:2)
Someterse a la voluntad de Dios, aunque nos sea desagradable y contrario a nuestro egocentrismo, es la clave del éxito en la vida, no quizá a los ojos del mundo, de los hombres, sino a los ojos de Dios que está por encima nuestro, y que ve lo que nosotros no podemos ver. Pablo expresó una vez una idea semejante cuando escribió: “¿Quién entendió la mente del Señor? ¿O quién fue su consejero?”. (Rm 11:34) Y agrego yo: ¿Hay alguien que haya podido enseñarle algo a Dios? No obstante, hay necios que lo pretenden.
Notemos que existe un sugestivo paralelismo entre la actitud de Jesús, de quien Lucas dice que “afirmó su rostro para ir a Jerusalén” (Lc 9:51), sabiendo que ahí le esperaba la muerte más horrible, y la actitud de Pablo, decidido a ir a Jerusalén a pesar de que era consciente de los peligros que ahí le acechaban. Y así como Pedro trató sin éxito de disuadir a Jesús de que se entregara en manos de sus enemigos (Mt 16:21,22), de igual manera los amigos de Pablo trataron, asimismo sin éxito, de disuadirlo de que hiciera ese viaje tan riesgoso para él.
15,16. “Después de esos días, hechos ya los preparativos, subimos a Jerusalén. Y vinieron también con nosotros de Cesarea algunos de los discípulos, trayendo consigo a uno llamado Mnasón, de Chipre, discípulo antiguo, con quien nos hospedaríamos.”
“Después de esos días” son los días que Pablo y su comitiva pasaron en casa de Felipe gozando de su hospitalidad y de la “koinonía” que los unía estrechamente.
La palabra griega “aposkéhuaso”, que nuestro texto traduce como “hechos los preparativos”, quiere decir: “habiendo empacado”. También puede significar “habiendo preparado las cabalgaduras”. Si este último fuera el sentido en que Lucas emplea esa palabra habría que concluir que los discípulos contaban con cómodos medios económicos, porque el caballo era un medio de transporte caro. Pero eso es improbable.
Al grupo que había venido con Pablo se unieron varios discípulos de Cesarea, incluyendo a uno llamado Mnasón, chipriota, que los alojaría a todos en Jerusalén. Este Mnasón era uno de los primeros discípulos que se unieron a los apóstoles en Jerusalén al comienzo de la vida de la iglesia, y se supone que fue una de las principales fuentes de información sobre esos tiempos con que contó Lucas para escribir su evangelio y el libro de los Hechos.
¿A cuántos hospedaría Mnasón en Jerusalén? Además de los siete que acompañaban a Pablo, a los que habría que agregar a Lucas y quizá a Tito (3), vendrían otros tantos de Cesarea. Es decir fácilmente unas quince personas.
Podemos suponer que Mnasón era un hombre de medios, y que contaba en Jerusalén con una casa espaciosa en cuyo tercer piso habría un “aposento alto”, es decir, una habitación grande, destinada, entre otros fines, a alojar a los transeúntes. Sus huéspedes se acostarían simplemente en el suelo en un petate, o pequeña alfombra adecuada, que traerían consigo, y que se abrigarían con su propio manto. No imaginemos que les ofrecería camas con sábanas y frazadas. Las costumbres de la gente común entonces eran sencillas, y no se andaban con lujos o comodidades que sólo los muy ricos se podían permitir.

Notas: 1. Por mandato de Dios Jeremías compró una vasija de barro y la llevó al valle de Hinnom. Allí delante de todos denunció los pecados que el pueblo estaba cometiendo y, a la vista de todos, rompió la vasija diciendo: “Así ha dicho Jehová de los ejércitos: Así quebrantaré a este pueblo y a esta ciudad, como quien quiebra una vasija de barro que no se puede restaurar más.” (19:11). Ezequiel se rapó un día la cabeza y la barba, y conforme a las instrucciones recibidas de Dios, quemó una parte de los cabellos en medio de la ciudad, cortó otra parte con espada alrededor de la ciudad, y esparció al viento una tercera parte, como símbolo de lo que iba a suceder al pueblo de Israel: una parte sería quemada, la otra cortada, y otra esparcida en países que no conocían. (Ez 5:1-12. Véase Leon Wood “Los Profetas de Israel” pag 72) Puede verse otros ejemplos de profecía gestual en Is 20:2-4, Jr 13;1-10 y 2R 13:15-19.
2. En esta escena, dice Mathew Henry, hay un choque de afectos, ambos justificados y sinceros. Ellos aman tiernamente a Pablo, y por eso se oponen a su decisión de ir a Jerusalén; él los ama  tiernamente, y por eso les reprocha que se opongan a su decisión: Yo sé que estoy destinado a sufrir, y ustedes deberían animarme y fortalecerme en ese propósito. En cambio, ustedes con sus lágrimas debilitan mi decisión.
3. Tito fue, junto con Timoteo, uno de los discípulos más cercanos y más amados por Pablo, a quien él llama “hijo en la fe común” (Tt 1:4). Él era de origen pagano y formó parte de la delegación antioqueña que acompañó a Pablo y Bernabé en su viaje a Jerusalén para resolver la polémica en torno a la circuncisión de los gentiles, que por ese tiempo agitaba a la iglesia (Hch 15: 1,2). En esa ocasión los judaizantes exigieron que Tito fuera circuncidado, pero Pablo se opuso a ello, según su tesis de que, venido Cristo, la circuncisión nada era (Gal 2:1-5). La reunión llevada a cabo allí –el llamado “Concilio de Jerusalén”- le dio la razón a Pablo, pues la circuncisión no figura entre los cuatro requisitos impuestos a los gentiles que se convirtieran (Hch 15:28,29).
Más adelante Tito fue enviado por Pablo a Corinto para reprimir los abusos que se estaban dando en la iglesia allí (2Cor 2:13). Ésa era una tarea delicada, por lo que Pablo esperaba anhelantemente su retorno, que se produciría recién cuando Pablo estaba en Macedonia. Él recibió también el encargo de organizar la iglesia en Creta (Tt 1:5).



Amado lector: Jesús dijo: "¿De qué le sirve al hombre ganar el mundo si pierde su alma? (Mt 16:26) "Si tú no estás seguro de que cuando mueras vas a ir a gozar de la presencia de Dios, yo te invito a pedirle perdón a Dios por tus pecados haciendo una sencilla oración:
"Jesús, tú viniste al mundo a expiar en la cruz los pecados cometidos por todos los hombres, incluyendo los míos. Yo sé que no merezco tu perdón, porque te he ofendido consciente y voluntariamente muchísimas veces, pero tú me lo ofreces gratuitamente y sin merecerlo. Yo quiero recibirlo. Me arrepiento sinceramente de todos mis pecados y de todo el mal que he cometido hasta hoy. Perdóname, Señor, te lo ruego; lava mis pecados con tu sangre; entra en mi corazón y gobierna mi vida. En adelante quiero vivir para ti y servirte."
#958 (15.01.17). Depósito Legal #2004-5581. Director: José Belaunde M. Dirección: Independencia 1231, Miraflores, Lima, Perú 18. Tel 4227218. (Resolución #003694-2004/OSD-INDECOPI).

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