lunes, 12 de septiembre de 2016

BENDICE ALMA MÍA A JEHOVÁ I

LA VIDA Y LA PALABRA
Por José Belaunde M.
BENDICE, ALMA MÍA, A JEHOVÁ I
Un Comentario del Salmo 103:1-7

Este salmo forma, junto con el que le sigue, el 104, una pareja de poemas de belleza literaria y conceptual extraordinaria. Aunque los temas que abordan son diferentes –el salmo 104 está dedicado a cantar las maravillas de la creación- los une una característica común: ambos empiezan y terminan con la frase “Bendice, alma mía, a Jehová”.
          El salmo 103 consta de 22 versículos, tantos como el número de consonantes que tiene el alfabeto hebreo, pero no es un salmo alfabético. Se divide en dos partes, que constan, la primera de dos estrofas de cinco versículos cada una; y la segunda, de tres estrofas de cuatro versículos cada una.
Aunque la inscripción inicial –que no forma parte del texto canónico, sino fue añadida después- lo atribuye a David, que él sea el autor está descartado por el gran número de arameísmos que salpican su texto, y que apuntan a una época de composición posterior al exilio babilónico.


1,2. “Bendice, alma mía, a Jehová, y bendiga todo mi ser su santo nombre. Bendice, alma mía, a Jehová, y no olvides ninguno de sus beneficios.” (Nota 1)
Estos dos versículos son una exhortación a bendecir, esto es, a alabar, a glorificar y a agradecer a Dios con todo lo que uno es, con cuerpo, alma y espíritu, por todo lo que uno ha recibido de Él, y por todo lo que aún hará por uno. Son como una orden que el salmista se da a sí mismo: Es lo que corresponde que yo haga, porque Él se lo merece. Si no lo hiciera sería un ingrato y faltaría a mi deber.
La segunda parte del vers. 1 podría también traducirse así: “Bendigan todas mis entrañas (Qereb) o, como hacen algunas versiones: “Bendiga todo lo que está dentro de mí”, es decir, mis pensamientos, mis afectos, mi entendimiento, mi voluntad, mi memoria, mi conciencia, mi pasión, etc. (2)
Al comenzar este salmo el autor se habla a sí mismo. Pocos son los que conversan consigo mismos, distraídos como están por los alicientes del mundo exterior. Son como extraños a sí mismos. Pero sin vida interior no hay crecimiento espiritual ni madurez. Cultiva tu ser interior en comunión con Dios para que crezcas como ser humano.
Pero más importante que hablar con uno mismo es hablar con Dios. ¿Hablas tú con Él? Eso deberíamos hacer nosotros a lo largo del día, pues Él está dentro de nosotros, y espera que nosotros pongamos nuestra atención en Él y le hablemos.
“No olvides ninguno de sus beneficios.”  El salmista nos exhorta a no olvidar nada de lo que Dios ha hecho por nosotros en el pasado, y puede hacer en el futuro con toda seguridad; a tenerlo siempre en mente para que nuestro agradecimiento sea constante. Pero también para que el recuerdo de su fidelidad nos sostenga cuando pasemos por pruebas, y fortalezca nuestra confianza de que hoy como ayer, nos sacará de ellas. Sería por lo demás una muestra de ingratitud no recordar todo lo que le debemos a Dios.
¿Cuáles son esos beneficios? En primer lugar lo que se menciona en los tres versículos siguientes. Pero hay también otros por los que deberíamos agradecer a Dios, comenzando por la vida misma, esto es, nuestra existencia, un beneficio que tendemos a tomar como descontado, como si no fuera un enorme bien en sí mismo el hecho de que existamos. ¿Estás tú contento de existir? ¿O cambiarías tu vida por el no ser? Job alguna vez maldijo el día que lo vio nacer (Jb 3:3. Pero véase el capítulo entero). (3)

3-5. “Él es quien perdona todas tus iniquidades, el que sana todas tus dolencias; el que rescata del hoyo tu vida, el que te corona de favores y misericordias; el que sacia de bien tu boca, de modo que te rejuvenezcas como el águila.”
Aquí menciona el salmista los beneficios más importantes, entre muchos, que Dios otorga a los suyos. Por eso estos son los versículos claves del salmo. El primero de los beneficios es el perdón de los pecados que recibimos cuando nos arrepentimos sinceramente de ellos. Este beneficio es mencionado en primer lugar porque él abre la puerta a todos los siguientes. Si nosotros no nos hemos reconciliado con Dios, normalmente los demás no nos serán otorgados (aunque no sabemos de qué maneras Dios bendice a los que le dan la espalda sabiendo que algún día se volverán a Él). Notemos que el perdón de los pecados es un beneficio que se renueva constantemente, pues cada vez que pecamos y nos arrepentimos, Él nos perdona.
Al perdonar nuestros pecados Dios nos convierte automáticamente en justos, de pecadores que éramos; en amigos de enemigos; en hijos a los que antes éramos esclavos. Pero Él no nos perdona solamente los pecados que hemos cometido y confesado, sino que erradica en gran medida las tendencias maliciosas de nuestra alma cuando nacemos de nuevo y nos volvemos enteramente hacia Él, de manera que en adelante nos sea difícil volver a pecar. Eso es algo que experimenta todo el que se ha convertido, porque su ser interno ha sido radicalmente cambiado.
Al perdón sigue la sanación de nuestras enfermedades y dolencias que, por lo común, son consecuencias de nuestros pecados (Ex 15:26). En el proceso de curación de las enfermedades del alma el médico divino puede verse obligado a usar remedios fuertes, dolorosos, que debemos sobrellevar con paciencia.
“Rescata del hoyo…” Pero no sólo eso sino que también nos salva de la muerte que nos amenazaba (4), y de cualquier situación angustiosa por la que pudiéramos atravesar (Sal 107:17-20). Y no sólo de la muerte física, sino más importante aún, de la muerte eterna, al habernos salvado “mediante la redención que es en Cristo Jesús.” (Rm 3:24). Y éste es ciertamente el más grande de todos los beneficios.
Y por encima de eso, ya superado todo peligro, dice que nos corona, esto es, derrama sobre nosotros su favor y su misericordia, como si nos colocara una corona de oro sobre la cabeza, que nos distingue y adorna, y que es un anticipo de la “corona incorruptible de gloria” (1P 5:4) que algún día recibiremos en el cielo. Para que podamos recibir esa corona, dice Bellarmino, la misericordia divina debió haber ido delante nuestro justificándonos gratuitamente; y la compasión debió protegernos en el camino para que no nos desviemos.
Por último, sacia de toda clase de bienes nuestra boca. ¿Por qué dice nuestra boca? Porque es la boca por donde se reciben, en primer lugar, el alimento y la bebida que nos mantienen en vida. Es una manera de decir que colma todos nuestros deseos. Pero ¿qué mayor bien que la Palabra que hemos recibido de Él y que pronunciamos con la boca, y que guardamos como un tesoro en el corazón? Ella nos asegura que podemos renovar nuestra juventud, nuestra vitalidad y nuestras fuerzas (como el águila renueva sus fuerzas cada cierto tiempo, Is. 40:31; o como el ave fénix de la leyenda que resurgía de sus cenizas) y conservarlas hasta el final de nuestros días.
Cuando estemos en la presencia de nuestro Padre celestial todos nuestros deseos habrán sido satisfechos, porque gozaremos de una felicidad perfecta de cuerpo y alma; el primero habiendo sido transformado mediante la resurrección de la carne; la segunda mediante la contemplación de la belleza infinita de Dios.

6. “Jehová es el que hace justicia y derecho a todos los que padecen violencia.”
¿En qué sentido puede decirse esto cuando vemos en nuestros días cómo miles de cristianos son perseguidos, desplazados, sus casas destruidas y expropiadas, sus mujeres raptadas y violadas, y muchos de ellos asesinados por fanáticos, por el solo hecho de ser seguidores de Cristo y de no querer renunciar a su fe? Aunque no sabemos cómo Dios castiga a los culpables, sabemos que si no hace justicia a los suyos en esta vida, en la futura recibirán la recompensa por su fidelidad y perseverancia, y que los culpables recibirán su merecido.
Pero igual podría preguntarse de muchos cuya vida no corre peligro, pero que son explotados y oprimidos por gente que carece de temor de Dios y que es cruel. Sabemos que Dios no sólo es justo y recto, sino que se ocupa de que la justicia prevalezca sobre la injusticia, y la rectitud sobre la deshonestidad, aunque no siempre veamos cómo ocurre (Sal 146:7-9).
Sabemos que en el pasado Dios escuchó los lamentos de los israelitas cuando sufrían bajo el pesado yugo egipcio, y cómo Él los liberó de la opresión haciendo que las huestes de faraón perecieran en el Mar Rojo (Ex 14:21-31). De manera semejante no hay sangre de ningún mártir que sea derramada inútilmente y no sea vengada. No hay tirano que al final no muerda el polvo (Spurgeon). La justicia puede a veces ausentarse de los tribunales humanos, pero nunca lo hará del tribunal de Dios.

7. “Sus caminos notificó a Moisés y a los hijos de Israel sus proezas.”
El salmista continúa diciendo que Dios comunicó a Moisés en el Sinaí las leyes, mandamientos y ordenanzas que debían regir la vida del pueblo elegido (Ex 20:1-17), y a ellos mismos las cosas que debían hacer para agradarle. Y tal como hizo en el pasado con el pueblo elegido, también lo hizo con nosotros a través de Jesús, que enseñó una nueva ley como norma de vida que era superior a la anterior (Mt 5-7).
¿Cuáles son esas proezas de que aquí se habla? Las diez plagas con que afligió a Egipto (Ex 7:14-12:36), el paso del Mar Rojo, el maná que caía diariamente en el desierto (Ex 16), la conquista de la tierra prometida (Jos 6-21)… ¿Qué otras proezas ha hecho Dios que no debemos olvidar? Las que menciona María en su cántico: “Esparció a los soberbios en el pensamiento de sus corazones, quitó de los tronos a los poderosos, y exaltó a los humildes. A los hambrientos colmó de bienes, y a los ricos envió vacíos.” (Lc 1:51-53). Pero a todos los que le servimos Dios nos ha dado muestras de su misericordia en actos concretos en los que intervino en nuestras vidas para alentarnos, confortarnos, guiarnos, corregirnos, librarnos de dificultades y sanarnos.
Al interiorizar los mandamientos nosotros hacemos nuestro el pacto eterno, renovado en el nuevo y mejor pacto que fue sellado por la sangre de Cristo. Por eso dice la Escritura: “Pondré mi ley en su mente y la escribiré en su corazón, y yo seré a ellos por Dios y ellos me serán por pueblo…y no me acordaré más de su pecado.” (Jr 31:33,34; cf Hb 8:10,12).
Mathew Henry dice con razón que la revelación divina es uno de los más grandes favores que Dios ha hecho a la iglesia y a la humanidad en general, porque sin ella no le conoceríamos sino vagamente (como los filósofos griegos), y andaríamos a oscuras, como los pueblos a los que no llegó esa revelación. Pero nosotros, gracias a ella, no sólo conocemos su naturaleza y sus atributos, sino también el gran amor que tiene por nosotros, y cuánto desea que vivamos en amistad con Él.

Notas: 1. Nefesh, que generalmente se traduce como “alma”, es el ser completo. En Gn 2:7 se dice que al soplar Dios aliento de vida en el hombre que había formado, éste fue un nefesh, esto es, se convirtió en un “ser viviente”.
2. John Stevenson escribe: “Que tu conciencia bendiga al Señor por su fidelidad; que tu juicio bendiga al Señor por las decisiones que tomes conforme a su palabra; que tu imaginación lo bendiga por tus ensueños puros y santos; que tus afectos lo bendigan amando todo lo que Él ama; que tus deseos lo bendigan al buscar sólo su gloria; que tu memoria lo bendiga recordando todos sus beneficios; que tus pensamientos lo bendigan meditando en sus excelencias; que tu esperanza lo bendiga deseando y esperando la gloria que ha de ser revelada…”
3. El primer vers. es un ejemplo de paralelismo sinónimo, pues las dos frases expresan la misma idea. El segundo vers. en cambio, sería un caso de paralelismo sintético pues la segunda línea completa el sentido de la primera. Los dos vers. juntos serían un caso de paralelismo sintético no sólo porque empiezan con las mismas palabras, sino también porque el segundo desarrolla el sentido del primero.
4. El “hoyo” es el sheol, la tumba, el reino de la muerte.


Amado lector: Si tú no estás seguro de que cuando mueras vas a ir a gozar de la presencia de Dios yo te exhorto a arrepentirte de todos tus pecados y te invito a pedirle perdón a Dios por ellos haciendo la siguiente oración:
 “Jesús, tú viniste al mundo a expiar en la cruz los pecados cometidos por todos los hombres, incluyendo los míos. Yo sé que no merezco tu perdón, porque te he ofendido conciente y voluntariamente muchísimas veces, pero tú me lo ofreces gratuitamente y sin merecerlo. Yo quiero recibirlo. Me arrepiento sinceramente de todos mis pecados y de todo el mal que he cometido hasta hoy. Perdóname, Señor, te lo ruego; lava mis pecados con tu sangre; entra en mi corazón y gobierna mi vida. En adelante quiero vivir para ti y servirte.”


#913 (07.02.16). Depósito Legal #2004-5581. Director: José Belaunde M. Dirección: Independencia 1231, Miraflores, Lima, Perú 18. Tel 4227218. (Resolución #003694-2004/OSD-INDECOPI). 

No hay comentarios: