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lunes, 12 de septiembre de 2016

BENDICE ALMA MÍA A JEHOVÁ I

LA VIDA Y LA PALABRA
Por José Belaunde M.
BENDICE, ALMA MÍA, A JEHOVÁ I
Un Comentario del Salmo 103:1-7

Este salmo forma, junto con el que le sigue, el 104, una pareja de poemas de belleza literaria y conceptual extraordinaria. Aunque los temas que abordan son diferentes –el salmo 104 está dedicado a cantar las maravillas de la creación- los une una característica común: ambos empiezan y terminan con la frase “Bendice, alma mía, a Jehová”.
          El salmo 103 consta de 22 versículos, tantos como el número de consonantes que tiene el alfabeto hebreo, pero no es un salmo alfabético. Se divide en dos partes, que constan, la primera de dos estrofas de cinco versículos cada una; y la segunda, de tres estrofas de cuatro versículos cada una.
Aunque la inscripción inicial –que no forma parte del texto canónico, sino fue añadida después- lo atribuye a David, que él sea el autor está descartado por el gran número de arameísmos que salpican su texto, y que apuntan a una época de composición posterior al exilio babilónico.


1,2. “Bendice, alma mía, a Jehová, y bendiga todo mi ser su santo nombre. Bendice, alma mía, a Jehová, y no olvides ninguno de sus beneficios.” (Nota 1)
Estos dos versículos son una exhortación a bendecir, esto es, a alabar, a glorificar y a agradecer a Dios con todo lo que uno es, con cuerpo, alma y espíritu, por todo lo que uno ha recibido de Él, y por todo lo que aún hará por uno. Son como una orden que el salmista se da a sí mismo: Es lo que corresponde que yo haga, porque Él se lo merece. Si no lo hiciera sería un ingrato y faltaría a mi deber.
La segunda parte del vers. 1 podría también traducirse así: “Bendigan todas mis entrañas (Qereb) o, como hacen algunas versiones: “Bendiga todo lo que está dentro de mí”, es decir, mis pensamientos, mis afectos, mi entendimiento, mi voluntad, mi memoria, mi conciencia, mi pasión, etc. (2)
Al comenzar este salmo el autor se habla a sí mismo. Pocos son los que conversan consigo mismos, distraídos como están por los alicientes del mundo exterior. Son como extraños a sí mismos. Pero sin vida interior no hay crecimiento espiritual ni madurez. Cultiva tu ser interior en comunión con Dios para que crezcas como ser humano.
Pero más importante que hablar con uno mismo es hablar con Dios. ¿Hablas tú con Él? Eso deberíamos hacer nosotros a lo largo del día, pues Él está dentro de nosotros, y espera que nosotros pongamos nuestra atención en Él y le hablemos.
“No olvides ninguno de sus beneficios.”  El salmista nos exhorta a no olvidar nada de lo que Dios ha hecho por nosotros en el pasado, y puede hacer en el futuro con toda seguridad; a tenerlo siempre en mente para que nuestro agradecimiento sea constante. Pero también para que el recuerdo de su fidelidad nos sostenga cuando pasemos por pruebas, y fortalezca nuestra confianza de que hoy como ayer, nos sacará de ellas. Sería por lo demás una muestra de ingratitud no recordar todo lo que le debemos a Dios.
¿Cuáles son esos beneficios? En primer lugar lo que se menciona en los tres versículos siguientes. Pero hay también otros por los que deberíamos agradecer a Dios, comenzando por la vida misma, esto es, nuestra existencia, un beneficio que tendemos a tomar como descontado, como si no fuera un enorme bien en sí mismo el hecho de que existamos. ¿Estás tú contento de existir? ¿O cambiarías tu vida por el no ser? Job alguna vez maldijo el día que lo vio nacer (Jb 3:3. Pero véase el capítulo entero). (3)

3-5. “Él es quien perdona todas tus iniquidades, el que sana todas tus dolencias; el que rescata del hoyo tu vida, el que te corona de favores y misericordias; el que sacia de bien tu boca, de modo que te rejuvenezcas como el águila.”
Aquí menciona el salmista los beneficios más importantes, entre muchos, que Dios otorga a los suyos. Por eso estos son los versículos claves del salmo. El primero de los beneficios es el perdón de los pecados que recibimos cuando nos arrepentimos sinceramente de ellos. Este beneficio es mencionado en primer lugar porque él abre la puerta a todos los siguientes. Si nosotros no nos hemos reconciliado con Dios, normalmente los demás no nos serán otorgados (aunque no sabemos de qué maneras Dios bendice a los que le dan la espalda sabiendo que algún día se volverán a Él). Notemos que el perdón de los pecados es un beneficio que se renueva constantemente, pues cada vez que pecamos y nos arrepentimos, Él nos perdona.
Al perdonar nuestros pecados Dios nos convierte automáticamente en justos, de pecadores que éramos; en amigos de enemigos; en hijos a los que antes éramos esclavos. Pero Él no nos perdona solamente los pecados que hemos cometido y confesado, sino que erradica en gran medida las tendencias maliciosas de nuestra alma cuando nacemos de nuevo y nos volvemos enteramente hacia Él, de manera que en adelante nos sea difícil volver a pecar. Eso es algo que experimenta todo el que se ha convertido, porque su ser interno ha sido radicalmente cambiado.
Al perdón sigue la sanación de nuestras enfermedades y dolencias que, por lo común, son consecuencias de nuestros pecados (Ex 15:26). En el proceso de curación de las enfermedades del alma el médico divino puede verse obligado a usar remedios fuertes, dolorosos, que debemos sobrellevar con paciencia.
“Rescata del hoyo…” Pero no sólo eso sino que también nos salva de la muerte que nos amenazaba (4), y de cualquier situación angustiosa por la que pudiéramos atravesar (Sal 107:17-20). Y no sólo de la muerte física, sino más importante aún, de la muerte eterna, al habernos salvado “mediante la redención que es en Cristo Jesús.” (Rm 3:24). Y éste es ciertamente el más grande de todos los beneficios.
Y por encima de eso, ya superado todo peligro, dice que nos corona, esto es, derrama sobre nosotros su favor y su misericordia, como si nos colocara una corona de oro sobre la cabeza, que nos distingue y adorna, y que es un anticipo de la “corona incorruptible de gloria” (1P 5:4) que algún día recibiremos en el cielo. Para que podamos recibir esa corona, dice Bellarmino, la misericordia divina debió haber ido delante nuestro justificándonos gratuitamente; y la compasión debió protegernos en el camino para que no nos desviemos.
Por último, sacia de toda clase de bienes nuestra boca. ¿Por qué dice nuestra boca? Porque es la boca por donde se reciben, en primer lugar, el alimento y la bebida que nos mantienen en vida. Es una manera de decir que colma todos nuestros deseos. Pero ¿qué mayor bien que la Palabra que hemos recibido de Él y que pronunciamos con la boca, y que guardamos como un tesoro en el corazón? Ella nos asegura que podemos renovar nuestra juventud, nuestra vitalidad y nuestras fuerzas (como el águila renueva sus fuerzas cada cierto tiempo, Is. 40:31; o como el ave fénix de la leyenda que resurgía de sus cenizas) y conservarlas hasta el final de nuestros días.
Cuando estemos en la presencia de nuestro Padre celestial todos nuestros deseos habrán sido satisfechos, porque gozaremos de una felicidad perfecta de cuerpo y alma; el primero habiendo sido transformado mediante la resurrección de la carne; la segunda mediante la contemplación de la belleza infinita de Dios.

6. “Jehová es el que hace justicia y derecho a todos los que padecen violencia.”
¿En qué sentido puede decirse esto cuando vemos en nuestros días cómo miles de cristianos son perseguidos, desplazados, sus casas destruidas y expropiadas, sus mujeres raptadas y violadas, y muchos de ellos asesinados por fanáticos, por el solo hecho de ser seguidores de Cristo y de no querer renunciar a su fe? Aunque no sabemos cómo Dios castiga a los culpables, sabemos que si no hace justicia a los suyos en esta vida, en la futura recibirán la recompensa por su fidelidad y perseverancia, y que los culpables recibirán su merecido.
Pero igual podría preguntarse de muchos cuya vida no corre peligro, pero que son explotados y oprimidos por gente que carece de temor de Dios y que es cruel. Sabemos que Dios no sólo es justo y recto, sino que se ocupa de que la justicia prevalezca sobre la injusticia, y la rectitud sobre la deshonestidad, aunque no siempre veamos cómo ocurre (Sal 146:7-9).
Sabemos que en el pasado Dios escuchó los lamentos de los israelitas cuando sufrían bajo el pesado yugo egipcio, y cómo Él los liberó de la opresión haciendo que las huestes de faraón perecieran en el Mar Rojo (Ex 14:21-31). De manera semejante no hay sangre de ningún mártir que sea derramada inútilmente y no sea vengada. No hay tirano que al final no muerda el polvo (Spurgeon). La justicia puede a veces ausentarse de los tribunales humanos, pero nunca lo hará del tribunal de Dios.

7. “Sus caminos notificó a Moisés y a los hijos de Israel sus proezas.”
El salmista continúa diciendo que Dios comunicó a Moisés en el Sinaí las leyes, mandamientos y ordenanzas que debían regir la vida del pueblo elegido (Ex 20:1-17), y a ellos mismos las cosas que debían hacer para agradarle. Y tal como hizo en el pasado con el pueblo elegido, también lo hizo con nosotros a través de Jesús, que enseñó una nueva ley como norma de vida que era superior a la anterior (Mt 5-7).
¿Cuáles son esas proezas de que aquí se habla? Las diez plagas con que afligió a Egipto (Ex 7:14-12:36), el paso del Mar Rojo, el maná que caía diariamente en el desierto (Ex 16), la conquista de la tierra prometida (Jos 6-21)… ¿Qué otras proezas ha hecho Dios que no debemos olvidar? Las que menciona María en su cántico: “Esparció a los soberbios en el pensamiento de sus corazones, quitó de los tronos a los poderosos, y exaltó a los humildes. A los hambrientos colmó de bienes, y a los ricos envió vacíos.” (Lc 1:51-53). Pero a todos los que le servimos Dios nos ha dado muestras de su misericordia en actos concretos en los que intervino en nuestras vidas para alentarnos, confortarnos, guiarnos, corregirnos, librarnos de dificultades y sanarnos.
Al interiorizar los mandamientos nosotros hacemos nuestro el pacto eterno, renovado en el nuevo y mejor pacto que fue sellado por la sangre de Cristo. Por eso dice la Escritura: “Pondré mi ley en su mente y la escribiré en su corazón, y yo seré a ellos por Dios y ellos me serán por pueblo…y no me acordaré más de su pecado.” (Jr 31:33,34; cf Hb 8:10,12).
Mathew Henry dice con razón que la revelación divina es uno de los más grandes favores que Dios ha hecho a la iglesia y a la humanidad en general, porque sin ella no le conoceríamos sino vagamente (como los filósofos griegos), y andaríamos a oscuras, como los pueblos a los que no llegó esa revelación. Pero nosotros, gracias a ella, no sólo conocemos su naturaleza y sus atributos, sino también el gran amor que tiene por nosotros, y cuánto desea que vivamos en amistad con Él.

Notas: 1. Nefesh, que generalmente se traduce como “alma”, es el ser completo. En Gn 2:7 se dice que al soplar Dios aliento de vida en el hombre que había formado, éste fue un nefesh, esto es, se convirtió en un “ser viviente”.
2. John Stevenson escribe: “Que tu conciencia bendiga al Señor por su fidelidad; que tu juicio bendiga al Señor por las decisiones que tomes conforme a su palabra; que tu imaginación lo bendiga por tus ensueños puros y santos; que tus afectos lo bendigan amando todo lo que Él ama; que tus deseos lo bendigan al buscar sólo su gloria; que tu memoria lo bendiga recordando todos sus beneficios; que tus pensamientos lo bendigan meditando en sus excelencias; que tu esperanza lo bendiga deseando y esperando la gloria que ha de ser revelada…”
3. El primer vers. es un ejemplo de paralelismo sinónimo, pues las dos frases expresan la misma idea. El segundo vers. en cambio, sería un caso de paralelismo sintético pues la segunda línea completa el sentido de la primera. Los dos vers. juntos serían un caso de paralelismo sintético no sólo porque empiezan con las mismas palabras, sino también porque el segundo desarrolla el sentido del primero.
4. El “hoyo” es el sheol, la tumba, el reino de la muerte.


Amado lector: Si tú no estás seguro de que cuando mueras vas a ir a gozar de la presencia de Dios yo te exhorto a arrepentirte de todos tus pecados y te invito a pedirle perdón a Dios por ellos haciendo la siguiente oración:
 “Jesús, tú viniste al mundo a expiar en la cruz los pecados cometidos por todos los hombres, incluyendo los míos. Yo sé que no merezco tu perdón, porque te he ofendido conciente y voluntariamente muchísimas veces, pero tú me lo ofreces gratuitamente y sin merecerlo. Yo quiero recibirlo. Me arrepiento sinceramente de todos mis pecados y de todo el mal que he cometido hasta hoy. Perdóname, Señor, te lo ruego; lava mis pecados con tu sangre; entra en mi corazón y gobierna mi vida. En adelante quiero vivir para ti y servirte.”


#913 (07.02.16). Depósito Legal #2004-5581. Director: José Belaunde M. Dirección: Independencia 1231, Miraflores, Lima, Perú 18. Tel 4227218. (Resolución #003694-2004/OSD-INDECOPI). 

miércoles, 27 de abril de 2016

LA PRÁCTICA DEL PECADO Y EL NUEVO NACIMIENTO

LA VIDA Y LA PALABRA
Por José Belaunde M.
LA PRÁCTICA DEL PECADO Y EL NUEVO NACIMIENTO
En su primera epístola el apóstol Juan escribió: "Todo el que es nacido de Dios no practica el pecado..." (1Jn 3:9). ¿Qué quiere decir este "no practica el pecado"?. En realidad la frase "no practica el pecado" es un expediente usado por los traductores de la Reina-Valera 60 para traducir la frase griega "no hace pecado" que no tiene un equivalente exacto en español, y que significa aproximadamente "no peca continuamente", o "repetidamente". (Nota 1)
En buenas cuentas lo que el apóstol quiere decir es que la persona que se ha vuelto a Dios, que se ha convertido con todo su corazón, no peca de manera habitual, aunque ocasionalmente pueda hacerlo. Aquí reside la gran diferencia, lo que define al cristiano verdadero y lo distingue del que no lo es, o lo es sólo de nombre. El no creyente, el no convertido, vive habitualmente en pecado; pecar es su elemento natural, aunque a veces pueda sentirse mal, porque su conciencia lo acusa.
Ser cristiano no consiste en poder exhibir una partida de bautismo, no consiste en cumplir determinadas prácticas piadosas, aunque en sí sean buenas; o en adoptar determinadas actitudes, o en hablar de determinada manera.
Ser cristiano es haber nacido de nuevo y haber recibido el Espíritu de Cristo que nos capacita para vivir como Él vivió y ser sus discípulos. San Pablo dijo que "si alguno no tiene el espíritu de Cristo no es de Él" (Rm 8:9). Es decir, que lo que lo hace a uno cristiano es tener el Espíritu de Cristo viviendo en uno. Y si tiene el Espíritu de Cristo dentro de sí ¿cómo podría hacer aquellas cosas que repugnan a Cristo, aquellas cosas que Cristo condena?
Por eso es que el cristiano no practica el pecado. No puede, aunque lo quisiera, a menos que renuncie concientemente a pertenecer a Cristo. Pero el que no es cristiano, el que no pertenece a Cristo, esto es, la gente del mundo, la mayoría de la gente que camina por la calle, sí practica el pecado. Pecar es su vida y no pueden en verdad hacer otra cosa que pecar de mil maneras porque viven bajo "la ley del pecado y de la muerte." (Rm 8:1,2). Por eso practican toda la gama de pecados del repertorio, que es muy amplio y se  sienten a gusto en ello, hasta se jactan de sus pecados como si fueran hazañas. Y hay muchos que los admiran y quieren emularlos.
El acontecer cotidiano de mucha gente es una trabazón irrompible e inacabable de violaciones continuas de los mandamientos del Decálogo en todas las áreas de su vida. Pecan de pensamiento, sentimiento, palabra y obra. Pecan contra Dios, contra sí mismos y contra el prójimo. Y aun los mejores se hacen continuamente  daño a sí mismos y a los demás.
Cualquier persona que hojee alguno de los diarios populares que circulan en nuestra capital no podrá menos que reconocer que lo que tiene delante suyo es una crónica de pecado. Porque ¿de qué cosa si no de pecado hablan esos periódicos?
Leemos en sus páginas acerca de asaltos a mano armada, de asesinatos, de tráfico de drogas, de soborno, de corrupción de autoridades, de contrabando. Nos enteramos de adulterios, que, a veces conducen a crímenes pasionales, de casas de cita, de bares de homosexuales; de borracheras que concluyen en hechos de sangre; de niños abandonados por sus padres, de violaciones de menores... En fin, de cuánta cosa nuestros abuelos no osaban ni hablar. De eso está hecha la crónica diaria de nuestra población, si bien es cierto que los medios de comunicación viven del escándalo y de las malas noticias que exageran, y no de las buenas que no son "noticia" y que, por tanto, no venden.
De otro lado vemos anuncios de películas que son una invitación abierta al libertinaje sexual y a la  infidelidad; hay programas de televisión que exhiben el pecado como si fuera una gran cosa... Tanta miseria humana...
El contenido de la mayor parte de las páginas de los periódicos populares parece hacer eco de las palabras del apóstol Pablo en Romanos: "Porque todos pecaron y están destituidos de la gloria de Dios" (Rm 3:23) Al dar a conocer con todo lujo de detalles esos hechos, indirectamente los promueven.
Sabemos que no solamente se trata de lo que hablan los medios de comunicación, sino que esos hechos son moneda corriente en la vida cotidiana de la mayoría de la gente, aunque no aparezcan en los diarios y no se publiquen. Vemos, por ejemplo, cómo han proliferado en Lima esos que llaman hostales, pero que no son realmente hoteles en el sentido usual de la palabra, sino que son locales que alquilan por horas cuartos a parejas, en su mayoría de solteros, que acuden ahí para tener relaciones sexuales sin estar casados. Ahí tenemos algo que hoy día se admite como normal, aún sano, pero que es, en realidad, lo que la Escritura llama sin ambages pecado.
"Porque todos pecaron y están destituidos de la gloria de Dios". En verdad este "todos" nos incluye también a nosotros -también al autor de estas líneas- porque ¿quién es el que, mirando a su propia vida, no puede menos que reconocer que él también ha practicado el pecado? ¿Quién puede afirmar que nunca ha hecho mal, que nunca ha hecho daño a nadie?
Es conocido el episodio en que Jesús, cuando le trajeron a una pecadora para que la juzgara, invitó al que no tuviera pecado que tirara la primera piedra para apedrearla según la ley mosaica (Lv 20:10). Y no se encontró uno solo entre sus acusadores que pudiera hacerlo (Jn 8:7-9). Si tú, amigo lector, y yo hubiéramos estado allí presentes en esa escena, ciertamente también nos hubiéramos tenido que retirar avergonzados.
Cabe entonces preguntarnos ¿De dónde viene tanta maldad y podredumbre humana? Los sociólogos, los psicólogos y los filósofos proponen diversas soluciones al enigma del origen del mal. Se han escrito incontables libros sobre este tema desde el punto de vista de la historia, de la filosofía, de la psicología, de la sociología, de la antropología, etc, pero ninguno de ellos da en el clavo, porque la verdadera explicación la encontramos en la Biblia, y es al mismo tiempo muy profunda y muy simple. Todas las maldades del hombre vienen de que su corazón se torció desde el momento en que la serpiente lo engañó y lo hizo rebelarse contra Dios, adquiriendo por experiencia el conocimiento del bien y del mal (Gn 3:1-7).
Esto es lo que expone el tercer capítulo del Génesis. Sea que consideremos ese relato como una alegoría de hechos ocurridos en un pasado primigenio, o como un acontecimiento histórico concreto, ahí está el origen del mal en el mundo. Haciendo mal uso de la libertad que Dios le dio, el primer hombre desobedeció a Dios, y al hacerlo, la tendencia innata de su corazón se desvió del bien para inclinarse al mal. A eso lo llama la teología "el pecado original": La inclinación invencible hacia el mal que desde entonces vive en el corazón del hombre y que lo empuja a odiar en vez de amar y a cometer actos condenables.
A partir de entonces, puesto en la alternativa de escoger entre el bien el mal, como ha perdido la comunión con Dios que Adán antes tenía, el hombre suele preferir el mal al bien, dejándose arrastrar por las pasiones  de la carne: Pablo lo describe con estas palabras inolvidables: "Porque lo que hago no lo entiendo; pues no  hago lo que quiero, sino lo que aborrezco, eso hago. Y si lo que no quiero, eso hago, apruebo que la ley es  buena. De manera que ya no soy yo el que hace aquello, sino el pecado que mora en mí. Así que, queriendo  yo hacer el bien, hallo esta ley: que el mal está en mí. Porque según el hombre interior me deleito en la ley de Dios; pero veo otra ley en mis miembros que se rebela contra la ley de mi mente, y que me lleva cautivo a la ley del pecado que está en mis miembros. ¡Miserable de mí! ¿Quién me librará de este cuerpo de muerte?" (Rm 7:15-24).
Esta inclinación del corazón humano, que es una verdadera esclavitud, se corrige, se endereza, cuando Cristo entra en el corazón del hombre por la fe, y el hombre nace de nuevo espiritualmente.
Dios anunció la salvación del género humano en el Paraíso: El linaje de la mujer (es decir, Cristo) aplastará un día la cabeza de la serpiente, de Satanás, para que el hombre sea reconciliado con Dios (Gn 3:15). Esto es lo que se cumple, según las palabras de Juan Bautista, cuando Jesús inició su vida pública: "He aquí el cordero de Dios que quita el pecado  del mundo." (Jn  1:29). El cordero inocente, inmolado desde antes de los siglos, que con su sacrificio en la cruz expió todos los pecados del mundo, y que arranca el pecado del corazón de todos los hombres y mujeres que creen en Él.
En efecto, cuando el hombre se arrepiente de sus pecados y pide perdón a Dios creyendo en Jesús, todo deseo perentorio de volver a hacer lo que una hora antes, o unos minutos antes, lo atraía irresistiblemente, es arrancado de su corazón. El pecado ya no le atrae invenciblemente. Ha sido libertado de esa esclavitud (Rm 6:17,18). Un cambio se ha producido en su interior que le permite actuar de una manera diferente y lo aparta de su anterior conducta.
Eso no quiere decir que todos sus defectos hayan desaparecido como por encanto. No. El hombre sigue teniéndolos -eso es lo que la Biblia llama "el hombre viejo" (Rm 6:6)-, pero ahora los ve como lo que realmente son, restos miserables de su antigua naturaleza, y que gradualmente irá eliminando por la acción de la gracia que vive en él. Pero la inclinación básica hacia el mal que antes lo gobernaba ha sido dominada, cuando no ha desaparecido del todo. De ahí que podamos decir con San Pablo: "Si alguno está en Cristo es una nueva criatura; las cosas viejas pasaron; he aquí todas han sido hechas  nuevas."  (2Cor5:17).
Para el hombre convertido ya no hay juergas, ni mujeres de mala vida, ni borracheras, robos, drogas, vicios, estafas, negocios fraudulentos... Todo lo que antes lo seducía, y hacía de él un esclavo de sus vicios o de la codicia; todo lo que antes hacía que él fuera una pesada carga de llevar para sus familiares, para su madre, o para su mujer y sus hijos, todo eso ha muerto en él.
Igualmente para la mujer perdida, para la enviciada, para la meretriz, la drogadicta; o simplemente, para la muchacha "moderna" que llevaba una vida desprejuiciada, "liberada" como suele decirse; o para la madre de familia que incumplía sus deberes, atrapada en frivolidades, todo lo que la cegaba y ataba al mundo ha desaparecido y ha perdido su encanto.
La persona que ha renacido en Cristo siente en su interior una paz que desconocía, una fortaleza nueva, un deseo de estar bien con Dios y de apartarse del mal, que lo sostiene cualquiera que sean las dificultades que tenga que afrontar, o las tentaciones que aún lo asalten. La dirección básica de su existencia ha cambiado, ha dado un giro de 180 grados.
No es que no pueda volver a pecar, no que sea incólume a toda tentación. No, no es el caso. Pero si alguna vez cae, será para volverse a levantar, porque no resiste hallarse en el estado de separación de Dios. Necesita la paz que sólo Dios ofrece, y si la pierde necesita urgentemente recuperarla para sentirse bien, y mientras no lo haga vivirá en ascuas.
El rey David describió ese estado: "Mientras callé, se  envejecieron mis huesos en mi gemir todo el día. Porque de día y de noche se agravó sobre mí tu mano; se volvió mi verdor en sequedades de verano." (Sal 32:3,4). Felizmente hay una solución a la que David se aferró. Como dice San Juan: "Si confesamos nuestros pecados, Dios es fiel y justo para perdonarnos nuestros pecados y limpiarnos de toda maldad." (1 Jn 1:9).
Todo aquel que lo haya experimentado sabe cómo el pecado pierde su sabor. Aunque todavía pueda atraerlo, a la vez, le repugna. Más le cuesta hacer el mal que no hacerlo. Y si cae, se siente pésimo, indigno. Porque hay ahora una fuerza en él, una nueva vida que lo capacita, que no viene de él mismo sino de Dios.
Si tú eres esclavo de algún vicio, o de algún pecado que te degrada y que está destrozando tu vida; o simplemente, si estás llevando una vida espiritual mediocre, sin brillo, que no te satisface, sin gozo ni esperanza, y quieres conocer algo mejor, vuélvete a Dios en lo interno de tu corazón, contemplando la cruz de Cristo que murió por ti, y pídele que te ayude, que te perdone todo aquello que reconoces que estuvo mal. Pídele que te dé una nueva vida, como sólo Él puede dar, que entre en tu corazón como tu Salvador y que nunca salga y que renueve todo tu ser.
Si tú le hablas así con toda sinceridad, con toda tu alma y toda tu voluntad, Él responderá a tu llamado y entrará en ti y su espíritu se unirá al tuyo para renovarte enteramente. Dios hará el milagro de regenerarte y hacer de ti una criatura nueva.
No hay acontecimiento más importante en la vida del ser humano que el momento en que nace de nuevo. Entre el inicio de su vida y su final, el nuevo nacimiento es lo que decide el curso de su existencia y, en buenas cuentas, el lugar en donde estará por toda la eternidad. Como dijo Jesús "Si alguno no nace de nuevo... del agua y del espíritu... no entrará en el reino de Dios." (Jn 3,5).
Nota 1. El presente del indicativo en griego expresa una  acción continua, repetida o acostumbrada. En español el tiempo presente no precisa si se trata de una acción única, o una acción continua o repetida.
NB: Esta charla radial fue escrita el 16 de abril de 1998, y publicada por primera vez en setiembre del 2005.
Amado lector: Si tú no estás seguro de que cuando mueras vas a ir a gozar de la presencia de Dios, yo te exhorto a arrepentirte de todos tus pecados, y te invito a pedirle perdón a Dios por ellos haciendo la siguiente oración:
"Jesús, tú viniste al mundo a expiar en la cruz los pecados cometidos por todos los hombres, incluyendo los míos. Yo sé que no merezco tu perdón, porque te he ofendido consciente y voluntariamente muchísimas veces, pero tú me lo ofreces gratuitamente y sin merecerlo. Yo quiero recibirlo. Me  arrepiento sinceramente de todos mis pecados y de todo el mal que he cometido hasta hoy. Perdóname, Señor, te lo ruego; lava mis pecados con tu sangre; entra en mi corazón y gobierna mi vida. En adelante quiero vivir para ti y servirte."

#892 (02.08.15). Depósito Legal #2004-5581. Director: José Belaunde M. Dirección: Independencia 1231, Miraflores, Lima, Perú 18. Tel 4227218. (Resolución  #003694-2004/OSD-INDECOPI).