viernes, 10 de abril de 2015

LA CONFESIÓN DE PEDRO II

LA VIDA Y LA PALABRA
Por José Belaunde M-
LA CONFESIÓN DE PEDRO II
Un Comentario de Mt 16:18
Después de que Pedro confesara que Jesús es el Cristo, el Hijo del Dios viviente, y que Jesús lo llamara bienaventurado, porque esa verdad sólo le podía haber sido revelada por su Padre, Jesús añade:
18. “Mas yo también te digo, que tú eres Pedro, y sobre esta roca edificaré mi iglesia; y las puertas del infierno no prevalecerán contra ella.”
Este es uno de los versículos del Nuevo Testamento que más polémicas ha suscitado en los últimos siglos. Notemos para comenzar que a las enfáticas palabras de Pedro en el vers. 16: “Tú eres el Cristo…”, Jesús le responde con igual énfasis: “Tú eres Pedro…” Y no le dice “Tú serás llamado…”, sino: “Tú eres Pedro”, significando el papel que él estaría llamado a cumplir en los primeros pasos de la iglesia, función que él desempeñaría no en virtud de sus cualidades personales, sino de la unción que reposaría sobre él.
Notemos de otro lado que en este versículo hay dos partes: lo que Jesús dice acerca de Simón Pedro, y lo que dice acerca de la iglesia.
Comencemos por lo primero. Apoyándonos en Robert Stein (Nota 1) lo primero que tenemos que considerar es que en su traducción al griego la frase contiene un juego de palabras entre pétros (piedra) y petra (roca). Algunos autores minimizan la importancia de este juego de palabras señalando que no son idénticas: Pétros es masculino, mientras que petra es femenina.
Pero hay dos argumentos contra esa posición: 1) La diferencia entre ambas palabras se debe a que la palabra petra es siempre femenina en griego, mientras que Pétros es necesariamente masculino, siendo el nombre atribuido a un varón. 2) En el idioma arameo en que Jesús hablaba no hay ninguna diferencia entre las dos palabras. La palabra usada por Jesús para Pedro y roca es la misma: Kefa. En ese idioma Jesús dijo: “Tú eres Kefa y sobre este Kefa edificaré mi iglesia”.
Algunos comentaristas, como Calvino, sostienen que petra se refiere a la confesión de Pedro, o a su fe, no a él mismo. Pero esta interpretación, como atinadamente sostiene Marvin Vincent, (2) es contraria al sentido natural de la frase.
Otros arguyen que petra se refiere a Cristo, pero eso es insostenible, porque en esa frase Jesús aparece como el arquitecto, como el que edifica, no como el fundamento. No puede ser las dos cosas a la vez.
No deja de ser sorprendente que Jesús aplique a Pedro la palabra “roca” que en otro lugar el Nuevo Testamento la aplica a Él, como cuando Pablo escribe: “Todos bebieron la misma bebida espiritual; porque bebían de la roca espiritual que los seguía, y la roca era Cristo.” (1Cor 10:4). De hecho el Antiguo Testamento llama con frecuencia a Dios “roca”. Por ejemplo en 2Sm 22:2, o en el Salmo 89:26.
Pero eso no debe llamarnos la atención, porque el Nuevo Testamento no considera impropio aplicar a los miembros de Cristo los términos que se aplican a Él, como cuando 1P 2:4 llama a Cristo “piedra viva”, y el vers. 5 llama a los creyentes “piedras vivas”.
Dicho sea de paso, vale la pena notar que ni en arameo ni en griego existían los nombres propios Kefa, o Cefas, o Pétros. Ése es un uso que Jesús introdujo en los lenguajes del mundo.
Algunos autores, en el calor de las discusiones teológicas, minimizan la importancia del papel que jugó Pedro en las primeras décadas de la iglesia.
Voy a concentrarme en este aspecto porque es importante desde el punto de vista de la historia. Sin embargo, quisiera hacer previamente una constatación fundamental: La iglesia es a la vez una institución humana (es decir, constituida y gobernada por seres humanos), terrena, temporal, y una institución divina, atemporal, como cuerpo de Cristo. Un hombre podía ser puesto como fundamento de la primera, pero sólo Jesús puede serlo de la segunda, como Pedro mismo da testimonio en su primera epístola: “Acercándoos a Él, piedra viva, desechada ciertamente por los hombres, mas para Dios escogida y preciosa”,  añadiendo: “La piedra que los edificadores desecharon, ha venido a ser la cabeza del ángulo.” (1P2:4,6,7). O como Efesios confirma: “Edificados sobre el fundamento de los apóstoles y profetas, siendo la principal piedra del ángulo Jesucristo mismo, en quien todo el edificio, bien coordinado, va creciendo para ser un templo santo en el Señor.” (2:20,21).
Es innegable que Pedro desempeñó un papel de liderazgo en el grupo de los doce discípulos que Jesús llamó a su lado, y que luego lo desempeñó en los primeros pasos que dio la iglesia, en ambos casos como “primus inter pares”, es decir, como el primero entre iguales.
Desde el inicio de la vida pública de Jesús, Simón, por su temperamento fogoso, jugó un papel de líder dentro del grupo (3).
Este es un hecho que los redactores de los evangelios reconocen porque en las listas de los doce apóstoles, Pedro aparece siempre a la cabeza –y Judas, el traidor, al final (Mt 10: 2-4; Mr 3:14-19; Lc 6:12-16; Hch 1:13). Simón Pedro figura también siempre a la cabeza de los tres que conformaban el círculo más íntimo de Jesús (Mt 17:1; Mr 9:2; Lc 9:28).
Al hablar de los doce a veces la Escritura se refiere simplemente a Pedro y a los demás apóstoles (Hch 2:37; véase  Lc 9:32; Mr 16:7). Sintomáticamente el Nuevo Testamento menciona a Pedro 195 veces, muchas más veces que al apóstol a quien más se menciona enseguida, que es Juan, que figura 27 veces; seguido por Judas, 17 veces; Andrés, 11; y Tomás, 10. Esto nos da una idea de la importancia que el Nuevo Testamento adjudica a Pedro. Incluso a Pablo, pese a su enorme importancia, se le menciona menos veces que a Pedro, esto es, 173.
Con frecuencia Pedro cumple el papel de vocero de sus colegas expresando los sentimientos del grupo (Mt 16:22; 18:21; 19:27; Jn 6:68,69).
Pedro juega un papel protagónico en la Última Cena. Cuando Jesús empieza a lavarles los pies a sus discípulos, Pedro se niega a que Jesús lo haga con él, pero cuando Jesús le contesta que si no se los lava no tendrá parte con Él, Pedro reacciona impulsivamente diciendo que le lave entonces también las manos y los pies (Jn 13:6-9). Más adelante cuando Jesús anuncia que uno de los doce lo va a traicionar, Pedro sugiere a Juan, que está recostado al lado de Jesús, que le pregunte quién es. El Maestro responde con un gesto discreto que aparentemente no es captado por nadie (Jn 13:21-28).
En Getsemaní al llegar Judas acompañado de una turba con palos para prender a Jesús, Pedro (según Jn 18:10,11; los otros evangelistas no lo identifican) hiere a un siervo del sumo sacerdote en la oreja. Jesús reprende al discípulo agresor (Mt 26:51-54) y sana la oreja del siervo (Lc 22:49-51).
Cuando las mujeres que habían ido a ungir el cadáver de Jesús se dieron con la sorpresa de que Jesús había resucitado, el ángel que estaba sentado a la derecha del sepulcro les dijo que fueran a dar la noticia “a sus discípulos y a Pedro”, como reconociendo el papel prominente que éste desempeñaba (Mr 16:7). Al recibir la noticia Pedro y Juan reaccionan corriendo al sepulcro para verificar lo ocurrido. Juan, que es el más joven, llega primero, pero no entra en el sepulcro, sino, en señal de deferencia, espera que llegue Pedro y sea él quien entre primero (Jn 20:4-8). Lucas menciona en ese episodio sólo a Pedro (24:12).
Pedro es el apóstol a quien Jesús resucitado se aparece primero, como atestiguan Lucas (24:34), y Pablo (1Cor 15:5). Después de haberse aparecido a siete de sus discípulos en el mar de Tiberias, y ocurrida la pesca milagrosa (Jn 21:1-14) –episodio en que Pedro juega un papel principal- Jesús da a Pedro tres veces el encargo único y especial de apacentar, o pastorear, a sus ovejas, es decir, a los que más adelante iban a creer en Él (Jn 21:15-17). Es interesante que en esa ocasión Jesús se dirija nuevamente a Pedro llamándolo Simón, añadiendo su patronímico, hijo de Jonás, como hizo cuando lo llamó “bienaventurado”, en el versículo 17 que estudiamos en el artículo anterior.
Es cierto también que Pedro fue el único de los apóstoles que en el momento de la prueba negó a su Maestro tres veces, tal como Jesús había anunciado (Mt 26:69-75; Mr 14:66-72; Lc 22:55-62; Jn 18:15-18 y 25-27). Por ello el diálogo mencionado arriba, en que Jesús le pregunta a Pedro tres veces si lo ama, es considerado como la ocasión en que Jesús restaura a Pedro, confirmándole que lo ha perdonado, y asignándole un rol particular.
Cuán importante sea el episodio de la negación de Pedro lo muestra el hecho de que sea consignado por los cuatro evangelistas. Y es por un buen motivo, porque el episodio contiene para nosotros una enseñanza capital, porque nos advierte contra el peligro de confiar soberbiamente en nuestras propias fuerzas.
Cuando los discípulos regresan a Jerusalén después de contemplar a Jesús ascender al cielo, es Pedro el que toma la iniciativa de que se escoja a un discípulo para que tome el lugar de Judas (Hch 1:15-26).
Una vez iniciada la vida de la iglesia Pedro asume el papel asignado de liderazgo, como puede verse en los primeros capítulos del libro de los Hechos. El domingo de Pentecostés, es Pedro, no Juan ni su hermano Santiago, quien predica a las multitudes, con el resultado de que tres mil se añaden a la iglesia (Hch 2:14-41). Después de la curación del paralítico en la puerta del templo, obrada por Pedro y Juan, Pedro es el que se dirige a las multitudes en el pórtico de Salomón (Hch 3:11-26). Cuando los dos apóstoles son llevados ante el Concilio para responder por sus actos, es Pedro quien toma la palabra (Hch 4:8-12). Juan se queda discretamente callado o, al menos, el libro de Hechos no consigna ninguna palabra suya en ese momento.
Más adelante es Pedro, como jefe de la naciente comunidad, quien increpa a Ananías y Safira por haber mentido respecto del precio de venta de una propiedad que trajeron a los apóstoles (5:1-11).
El libro de Hechos menciona varias veces los milagros que hace Pedro (5:15; 9:33,34,38-42), pero rara vez los que hacen los otros apóstoles, aunque no hay dudas de que también los hacían (5:12-16;8:13).
Cuando el Evangelio empezó a ser predicado con éxito en Samaria los apóstoles enviaron allá a Pedro y a Juan para que los recién convertidos reciban el Espíritu Santo (Hch 8:14), pero nótese que son los apóstoles, como cuerpo colegiado, los que toman esa decisión. Luego es Pedro quien confronta a Simón el Mago, cuando éste les ofrece dar dinero a cambio de la facultad de otorgar el Espíritu Santo mediante la imposición de manos (8:18-23).
Cuando el Espíritu Santo decide que ha llegado el momento de abrir la puerta del Evangelio a los gentiles, es Pedro el que es llamado a hacerlo, predicando en casa de Cornelio (10:1-5).
Era inevitable que Pedro sufriera persecución. Después de haber hecho decapitar a Santiago el mayor (Hch 12:2, que era uno de los tres del círculo íntimo de Jesús) Herodes Agripa hizo apresar a Pedro con un propósito semejante. La historia de su liberación milagrosa es narrada en Hch 12:3-19. (4)
Pablo, después de haber predicado en Damasco a los gentiles, sin haber consultado con ningún apóstol, dice que al cabo de tres años consideró necesario subir a Jerusalén para ver a Pedro, con quien permaneció quince días, pero no vio a ningún otro apóstol sino a Santiago, el hermano del Señor, que compartía con Pedro la dirección de la iglesia de esa ciudad (Gal 1:17-19). Cuán conciente era la iglesia entonces del papel que cumplía Pedro lo vemos en la declaración de Pablo de que, cuando volvió a subir a Jerusalén catorce años después de la visita anterior, los ancianos de Jerusalén reconocieron que a él se le había “encomendado el evangelio de la incircunsición, como a Pedro el de la circunsición” (Gal 2:7), es decir a él se le encomendó predicar a los gentiles y a Pedro a los judíos. En esa ocasión, relata él, los “que eran considerados como columnas”, esto es, Santiago, Cefas y Juan, le dieron a él y a Bernabé “la diestra en señal de compañerismo.” (Gal 2:9).
La posición prominente de Pedro se observa además en el desarrollo del Concilio de Jerusalén. Pedro es el primero que se levanta para zanjar la discusión entre los que querían imponer la circuncisión y el cumplimiento de toda la ley de Moisés a los gentiles que se convirtieran, y los que no lo consideraban necesario, poniéndose del lado de los segundos. Eso dio pie a que Santiago lo secundara proponiendo que se enviara a las iglesias de la gentilidad una carta conciliatoria pidiéndoles solamente que se abstengan de cuatro cosas: “de lo sacrificado a ídolos, de sangre, de ahogado y de fornicación” (Hch 15:29), la cual sería llevada por Bernabé y Pablo, acompañados por Judas y Silas.
Es cierto que, pese a lo decidido en el Concilio de Jerusalén, Pedro en una ocasión se mostró vacilante respecto de la incorporación sin restricciones de los gentiles a la iglesia, porque cuando él fue a Antioquia, al comienzo se sentaba a la mesa junto con los cristianos gentiles. Pero cuando vinieron a la ciudad unos cristianos judíos cercanos a Santiago, que todavía mantenían que los gentiles que se convirtieran a Cristo debían primero hacerse judíos, circuncidándose, Pedro -e incluso el mismo Bernabé- dejó de juntarse con los cristianos gentiles, por lo que Pablo se vio obligado, según cuenta él mismo, a reprenderlos delante de todos por su conducta hipócrita (Gal 2:11-16). Sin embargo, notemos que no es a Bernabé, ni a ninguno del partido de Santiago, sino a Pedro a quien Pablo reprende, porque la actitud que Pedro tomara servía de ejemplo para los demás.
Recapitulando todo lo expuesto podemos decir que los primeros cristianos, y los ancianos de la iglesia, reconocieron que Pedro había recibido un encargo especial del Señor para que él fuera el líder de los demás apóstoles en la edificación del edificio de la iglesia como institución humana, edificación cuyo fundamento es Cristo. (Continuará).
Notas: 1. Profesor del Nuevo Testamento en el Seminario Teológico (Bautista) de Bethel, y autor entre otros libros, de “Interpreting Puzzling Texts in the New Testament”, cuya lectura recomiendo.
2. Profesor del Union Theological Seminary de Nueva York, a finales del siglo XIX, y autor del libro capital “Word Studies in the New Testament”, en cuatro volúmenes.
3. Los dos primeros discípulos de Jesús fueron Juan y Andrés. Éste trajo donde Jesús a su hermano Simón y Jesús le dijo en ese momento: “Tú eres Simón, hijo de Jonás, y serás llamado Cefas.” (Jn 1:42), que es la forma griega del arameo Kefa. Vale la pena notar que Andrés es el primero de los apóstoles que declaró que Jesús es el Mesías (Jn 1:41), y que incluso Marta hizo esa declaración antes que Simón, aunque en privado (Jn 11:27).
4. Este Herodes es Agripa I, nieto de Herodes el Grande, que gobernó sólo tres años, del año 41 al 44, en que murió comido por gusanos por haber aceptado un homenaje que sólo se puede rendir a Dios (Hch 12:22,23).
Amado lector: Si tú no estás seguro de que cuando mueras vas a ir a gozar de la presencia de Dios, yo te invito a pedirle perdón a Dios por ellos haciendo la siguiente oración:
“Jesús, tú viniste al mundo a expiar en la cruz los pecados cometidos por todos los hombres, incluyendo los míos. Yo sé que no merezco tu perdón, porque te he ofendido conciente y voluntariamente muchísimas veces, pero tú me lo ofreces gratuitamente y sin merecerlo. Yo quiero recibirlo. Me arrepiento sinceramente de todos mis pecados y de todo el mal que he cometido hasta hoy. Perdóname, Señor, te lo ruego; lava mis pecados con tu sangre; entra en mi corazón y gobierna mi vida. En adelante quiero vivir para ti y servirte.”

#863 (11.01.15). Depósito Legal #2004-5581. Director: José Belaunde M. Dirección: Independencia 1231, Miraflores, Lima, Perú 18. Tel 4227218. (Resolución #003694-2004/OSD-INDECOPI). DISTRIBUCIÓN GRATUITA. PROHIBIDA LA VENTA.

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