viernes, 23 de marzo de 2012

ENCARCELADOS EN FILIPOS

Por José Belaunde M.


Consideraciones acerca del libro de Hechos XIII

La pequeña comitiva formada ahora por Pablo y sus tres acompañantes: Silas, Timoteo y Lucas, se embarcó en Troas, pasó al día siguiente de largo por la pequeña isla de Samotracia, desembarcó en el puerto de Neápoles y subió a la ciudad más importante del primer distrito de la provincia romana de Macedonia, que llevaba el nombre de Filipos, el padre de Alejandro Magno, donde permanecieron algún tiempo. (Nota 1). Lucas puntualiza que la ciudad era una colonia romana. Esto quiere decir que allí había estacionada una guarnición romana, y que la ciudad era administrada según las leyes y la constitución de la capital del imperio, y además que estaba exenta del pago de impuestos. (v. 11,12).


Esta es la primera ciudad donde explícitamente se dice que Pablo no empezó su labor evangelística yendo el día sábado a la sinagoga porque, aparentemente, pese a la importancia de la ciudad, no había una. Eso es curioso porque no había ninguna ciudad importante del mundo greco-romano de entonces donde no se hubiera establecido una comunidad judía suficientemente grande, en que hubiera por lo menos diez varones (minyam) que era el mínimo exigido para establecer una sinagoga.


Por ese motivo los pocos judíos que vivían en la ciudad se reunían a orar en una capilla junto al río Gangites, a un kilómetro y medio de las puertas de ciudad. Pablo y su grupo, que deben haber estado desconcertados de que no se les abriera inmediatamente una puerta grande para la predicación del Evangelio, en vista del llamado sobrenatural que los había llevado a ese lugar, se sentaron junto a las mujeres que estaban en la capilla, y Pablo empezó a hablarles. Una de ellas, llamada Lidia, que aparentemente no era judía sino una mujer gentil “temerosa de Dios”, que es lo que las palabras “que adoraba a Dios” parecen indicar, fue tocada por las palabras que escuchó y creyó (v.14). E inmediatamente fue bautizada ella y su familia. El texto no indica si sus familiares estaban con ella en la capilla junto al río cuando hablaba Pablo, o si ella fue a su casa a buscarlos para que también oyeran. Lo cierto es que ella creyó junto con los suyos. ¡Cuál debe haber sido el entusiasmo que el encuentro con Cristo produjo en la mujer que ella enseguida invitó al grupo de desconocidos a alojarse en su casa! Y debe haberlo hecho de una manera insistente, pues Lucas escribe: “nos obligó a quedarnos” (v.15), quebrando la resistencia inicial de ellos. Ella debe haber sido una persona de medios de fortuna para permitirse hacer esa invitación. Al aceptar su invitación Pablo rompió con su costumbre de sostenerse a sí mismo y a sus colaboradores con su trabajo de fabricante de tiendas (Ver Hch 18:3; 1Cor 9:4-18). Pero lo hizo porque habría sido una descortesía negarse. No deja de ser sorprendente, sin embargo, que ella invitara sin más a su casa unos desconocidos. Pero la presencia del Espíritu hace que surja una confianza natural entre las personas que lo tienen.


Al sostenerse a sí mismo con un oficio manual Pablo seguía una tradición rabínica que debe haber aprendido a los pies de Gamaliel (Hch 22:3), según la cual “el que obtiene una utilidad con las palabras de la Torá, contribuye a su propia destrucción”. Él seguía esta costumbre porque no deseaba que se le pudiera acusar de propósitos mercenarios al predicar el Evangelio. De otro lado, él concede que otros puedan seguir la norma dada por Jesús: “el obrero es digno de su salario.” (Mt 10:10; 1Cor 9:14; 1Tm 5:18).


Lidia, –que fue la primera persona convertida por Pablo en Europa- era originaria de Tiatira, ciudad de Asia Menor, una de la siete ciudades de la provincia romana de Asia a cuyas iglesias son dirigidas las cartas mencionadas al inicio del Apocalipsis (Ap 2:18-29). Ella –dice el texto- se dedicaba al comercio de púrpura, sin indicar si vendía sólo el colorante, o también telas teñidas con ese color.


La púrpura es un colorante rojo extraído de unos moluscos, y como era sumamente caro, sólo las personas muy ricas e importantes podían vestirse con mantos teñidos de ese color. Por ese motivo la púrpura era símbolo de realeza. Se recordará que los soldados romanos colocaron sobre las espaldas de Jesús un manto de color púrpura (seguramente viejo) para burlarse del que era llamado “rey de los judíos”. (Mr 15:17; Jn 19:2). Según Mt 27:28 el manto era de color escarlata, que es menos intenso que la púrpura.


Poco tiempo después ocurrió un inconveniente muy singular. El texto dice que cuando Pablo y sus acompañantes –incluyendo a Lucas- iban al lugar de la oración a orillas del río -¿en día de reposo o en día ordinario? no se especifica- les salió al encuentro una muchacha “que tenía espíritu de adivinación”. (2). En esos tiempos una de las manifestaciones más notorias de la influencia de Satanás en el mundo pagano era la presencia de un “espíritu de adivinación” o de oráculos, que se manifestaba en algunos lugares que eran famosos –como en Delfos, donde había una pitonisa renombrada- y hasta en personas ordinarias. Mucha gente acudía a estos lugares pagando por las predicciones y augurios que recibían.


Había pues en la ciudad una muchacha esclava que tenía ese espíritu, a quien seguramente mucha gente consultaba –como en nuestros días la gente va a los cartomancistas- pagando una suma que iba a los bolsillos de sus amos (v.16).


Esta muchacha se puso a seguir a Pablo y a su grupo durante varios días seguidos gritando a gran voz: “Estos hombres son siervos del Dios Altísimo, quienes os anuncian el camino de salvación.” (v.17). (3).


Cabe preguntarse: si el espíritu de adivinación es satánico ¿porqué se ponía a hacer propaganda al apóstol y a los suyos? ¿Estaría Satanás a favor de que la gente se convirtiera a Cristo? ¿No dijo Jesús que un reino dividido contra sí mismo no puede subsistir? (Lc 11:17)


El hecho es que Pablo terminó por impacientarse de tener esta ayuda no solicitada, y volteándose hacia la muchacha, increpó al espíritu ordenándole que saliera en nombre de Jesucristo. Lo cual al instante ocurrió.


¿Por qué se molestó Pablo si después de todo lo que la muchacha hacía le favorecía, pues atraía a la gente en torno suyo? Él debe haber pensado que el espíritu de adivinación no lo estaba ayudando realmente, sino al contrario, estaba fomentando un ambiente de excitación a su alrededor que no era favorable a la exposición calmada del Evangelio, y posiblemente estaba creando también una resistencia interna a su prédica entre sus oyentes por la presencia del mal espíritu.


Cuando sus amos vieron que debido a la reprensión de Pablo, la muchacha había perdido el espíritu de adivinación que les proporcionaba pingües ganancias, se abalanzaron sobre Pablo y Silas y los llevaron al foro (4), acusándolos ante las autoridades (en griego stratégoi, en latín praetores) de pervertir al pueblo con sus enseñanzas. ¡Cuántas veces la predicación de la Palabra afecta los intereses económicos o comerciales de personas inescrupulosas provocando una oposición enardecida!


¿En qué pudo haber consistido objetivamente la acusación tendenciosa que les dirigieron? Ellos sabían que Pablo y Silas eran judíos y, por tanto, asumían que eran practicantes de una religión que era tolerada en el Imperio Romano, pero sobre la que pesaban muchos prejuicios, pues no teniendo un dios visible personificado en estatuas, eran considerados “ateos”, y estaban además prohibidos de hacer proselitismo. Siendo judíos los acusados, los magistrados de la ciudad no tenían cómo distinguir entre el naciente Evangelio y el judaísmo. (v. 19-21).


La multitud que se juntó como consecuencia del bullicio, y los propios magistrados que castigaron a los acusados por la plebe sin concederles la palabra ni juzgarlos propiamente (v.37), pueden haber estado movidos por un sentimiento antijudío, que era muy extendido en todo el Mediterráneo, debido a las costumbres singulares de ese pueblo y a su exigente moral sexual, que los apartaba del resto de la población.


Las autoridades actuaron sin consideración alguna pues les rasgaron la ropa que llevaban puesta, para dejar su piel al descubierto, y “ordenaron azotarlos con varas” y meterlos en la cárcel (v.22,23). Los azotes que recibieron pueden muy bien haber superado el número de 40 menos uno que permitían los judíos como máximo, según lo ordenado por Moisés (Dt 25:3), pues sus verdugos no eran judíos sino macedonios romanos que no guardaban esas consideraciones e ignoraban la ley mosaica. Pablo, en su segunda carta a los Corintios, no se queja de ése y otros severos maltratos recibidos, sino al contrario, se jacta de ellos como formando parte de sus títulos en el Evangelio, y de sus credenciales como apóstol (2Cor 6:4,5; 11:25). En otra parte él dirá que se goza en sus tribulaciones (2 Cor 7:4), porque ellas lo identifican con Cristo y producen en él un excelente y eterno peso de gloria, refiriéndose a su recompensa futura.


Y nosotros ¿cómo reaccionamos ante las adversidades y las injusticias que sufrimos en nuestro caminar con Cristo? ¿No nos quejamos y lamentamos acaso preguntando llorosos por qué lo permite Dios? ¿No será porque queremos llegar al cielo desembarazados de todo “peso de gloria”, y preferimos nuestra comodidad presente a la recompensa futura?


El carcelero, que no debe haber sido un hombre de sentimientos tiernos, los encerró en el calabozo más profundo y aseguró sus pies en el cepo (v. 24). (5). ¿Pueden imaginarse el hedor de ese lugar sin ventilación?


Pablo y Silas estaban en las peores circunstancias imaginables, capaces de demoler el ánimo y de desalentar al más esforzado. Sin embargo, ellos cantaban y alababan a Dios. Se gozaban porque aun en ese calabozo estaban en la presencia de Dios que los consolaba. Eso les bastaba para estar alegres.


El texto dice: “y los presos los escuchaban.” (16:25) y seguramente se admiraban de que estando en esa situación pudieran alegrarse en lugar de lamentarse. Notemos: Todo lo que al hombre natural aflige, para el espiritual es motivo de alegría. Todo lo que sería para uno derrota, es para el otro victoria. Los hombres que cantan estando en cadenas, son hombres que no pueden ser encadenados.


Cuando Pablo y Silas estaban alabando y cantando gozosos al Señor a media noche “sobrevino de repente un gran terremoto”, de modo que todo el edificio tembló desde los cimientos, y de pronto, de una manera milagrosa, las puertas de la cárcel se abrieron y las cadenas que sujetaban a los presos –incluyendo el cepo- se soltaron (v.26). La alabanza en medio de la oscuridad de la prisión desató el poder del cielo que sacudió el lóbrego edificio e hizo que las cadenas se cayeran.


El carcelero -que aparentemente no dormía en la misma cárcel sino suponemos al lado con su familia- se despertó con el movimiento, corrió a la cárcel, y al ver las puertas de la cárcel abiertas, sacó su espada para matarse pensando que los presos, aprovechando la conmoción, habían escapado, ya que él respondía con su vida por el encarcelamiento de ellos. Pero Pablo, que vio desde el interior –si era de noche cómo lo vio no sabemos, pero pudo haber visto su silueta contra la luz que entraba por la puerta- lo que el hombre iba a hacer le gritó: “No te hagas ningún mal, pues todos estamos aquí.” (v.27,28). No sólo estaban Pablo y Silas ahí, sino también los demás prisioneros, cuando lo natural era que hubieran aprovechado la oportunidad para escapar. Ellos estaban sobrecogidos por el poder de la alabanza de los dos evangelistas. ¿Se convertirían algunos de ellos? Es posible. Los cánticos de Pablo y Silas eran para ellos más elocuentes que la mejor prédica.


Entonces el carcelero, temblando, tomó una luz, corrió adentro y se precipitó a los pies de Pablo y Silas, los sacó afuera y les preguntó: “Señores, ¿qué debo hacer para ser salvo?” (v.29, 30).


¿Por qué motivo les hizo él esa pregunta? ¿Qué sabía él de la salvación? Quizá había oído algo de lo que Pablo y Silas cantaban, o había escuchado en los días anteriores algo de su prédica en la ciudad, u oído hablar de ella. No sabemos. Pero lo cierto es que, conmovido por el milagro, tuvo como una revelación interior de las realidades espirituales que él necesitaba conocer, y de su necesidad de salvación.


Pablo y Silas entonces le contestaron con una frase que se ha vuelto proverbial en la doctrina cristiana pues contiene una promesa divina: “Cree en el Señor Jesucristo, y serás salvo, tú y tu casa.” (V. 31; cf 11:14). Serás salvo no sólo tú, sino también tu familia contigo.


Pablo y Silas aprovecharon la oportunidad para predicar las buenas nuevas a todos los que estaban con él. El carcelero, ya convertido, se ocupó de curar las heridas que tenían Pablo y Silas y “le hablaron la palabra del Señor a él y a todos los que estaban en su casa. Y él, tomándolos en aquella misma hora de la noche, les lavó las heridas; y en seguida se bautizó él con todos los suyos.” (v. 32,33). “Les lavó sus heridas y él mismo fue lavado de sus pecados” anota Juan Crisóstomo. (6)


¿Dónde y cómo se bautizarían? Era en ese momento imposible que se dirigieran al río para sumergirse en él. Debe haber habido, por tanto, ahí mismo, o muy cerca, una poza de agua suficientemente profunda como para hacerlo, o quizá había una cisterna, como era entonces común en todas las casas, aunque es poco probable que, siendo el agua de la cisterna utilizada para beber y cocinar, quisieran ensuciarla introduciendo sus cuerpos en ella. Hay por eso quienes sostienen que, siendo eso poco probable, la única forma cómo pueden todos haber sido bautizados es por aspersión, como se practica en muchas iglesias, no sólo en la Iglesia Católica, sino también en las iglesias ortodoxas, así como en las iglesias protestantes tradicionales. (7)


El carcelero hizo entonces algo inaudito, si se tiene en cuenta que él era responsable de la seguridad de los presos, y que no tenía autorización para liberar a ninguno de ellos: llevó a Pablo y a Silas a su casa, les sirvió de comer, “y se regocijó con toda su casa de haber creído a Dios.” (v.34).


Pablo y Silas deben haber pensado que los azotes padecidos eran poca cosa comparado con el gozo de ver cómo esta familia se convertía al Señor.


A la mañana siguiente los magistrados deben haber pensado que habían obrado precipitadamente al castigar y encarcelar a esos dos hombres, y enviaron decir al carcelero que los soltara, quien transmitió la buena noticia a sus dos prisioneros (v.35,36). Pero Pablo no aceptó ese trato, sino que afirmando su derecho como ciudadano romano a no ser azotado ni encarcelado sin ser sometido a un juicio previo, se negó a dejar la cárcel sin recibir las excusas apropiadas por parte de los magistrados que habían obrado inconsultamente (v.37). Éstos, al enterarse de que los dos presos eran ciudadanos romanos, y que habían violado la ley al tratarlos de esa manera se asustaron, temiendo que pudieran ser denunciados y perdieran sus cargos, sin perjuicio de sufrir alguna sanción mayor. (Notemos que la mansedumbre cristiana no impide que podamos reclamar nuestros derechos cuando han sido violados). Entonces ellos fueron a la cárcel y seguramente se deshicieron en excusas rogando a Pablo y Silas que se fueran de la ciudad. (v.38, 39).


Si ambos evangelistas hubieran sido otra clase de personas, posiblemente hubieran exigido que les dieran una suma de dinero en compensación del maltrato del que habían sido víctimas. Pero ellos habían sido ampliamente compensados por la cosecha de almas que hicieron como consecuencia de la injusticia sufrida. ¡Cuántas veces no había Pablo escrito que él se alegraba de sufrir por Cristo, sabiendo que ese padecimiento no era en vano! Y nosotros, ¿estamos dispuestos a aceptar penalidades y cansancio con tal de salvar un alma?


Pablo y Silas entonces, antes de abandonar la ciudad como les pedían para no aumentar el escándalo, fueron a casa de Lidia que los había alojado tan gentilmente, y reuniéndose con los hermanos de la naciente iglesia, los consolaron antes de partir (v.40).


Pablo guardará una estrecha relación con la iglesia de Filipos -como puede verse por el hecho de que le dedica una de sus más bellas epístolas (8)- sea por la cordial acogida que habían experimentado en casa de Lidia, sea más propiamente porque la había dado a luz, por así decirlo, con grandes dolores de parto. Aquello que logramos a costa de esfuerzos y sufrimiento nos es más querido que lo que alcanzamos fácilmente.

Notas: 1. Cerca de la ciudad tuvieron lugar el año 42 AC las tres batallas entre Octavio (el futuro emperador Augusto) y Antonio, y los conspiradores Brutus y Cassius, en las que los segundos fueron finalmente derrotados, sellando el final de la República Romana y el inicio del Imperio.


2. El original dice “espíritu de Pithón”, que en la antigüedad se refería a una serpiente mítica en la que Apolo, el dios de los oráculos, se habría encarnado, y que cuidaba el templo donde se rendía culto a ese dios, en la ciudad de Delfos.


3. El original no dice “el camino de salvación” sino “un camino de salvación”, y eso puede haber molestado también a Pablo pues implicaba aceptar que hubiera más de un camino de salvación, cuando bien sabía él que Cristo es el único nombre mediante el cual podemos ser salvos (Hch 4:12).


4. En las ciudades romanas (el nombre oficial de Filipos era “Colonia Augusta Julia Philippensis”) el lugar de reunión pública donde se trataban los asuntos de interés general y despachaban los magistrados se llamaba “foro”. En las ciudades griegas, como Atenas, según veremos luego, se llamaba “ágora”.


5. El cepo consistía en una pieza pesada de madera con huecos para las piernas, que se fijaba a la pared, y según fuera la distancia entre los huecos, podía ser tanto una manera de inmovilizar a los presos, como un instrumento de tortura. Tertuliano escribió al respecto: “Las piernas no sienten nada en el cepo cuando el corazón está en el cielo.”


6. Se ha discutido mucho acerca de si la frase “todos los suyos” incluye entre los que se bautizaron sólo a los adultos y a los que tenían uso de razón, o si incluye también a los niños pequeños. La respuesta que se dé a esa pregunta juega un papel muy importante en la discusión sobre el bautismo de los infantes. (Véase Hch 10:44-48; 11:14; 16:15 y 1Cor 1:16)


7. El bautismo por inmersión fue olvidado por la iglesia durante siglos, pero reapareció con los anabaptistas en Suiza al inicio de la Reforma, en el siglo XVI. Esa forma de practicar el bautismo fue adoptada por los bautistas, herederos de los anabaptistas, y luego por varias denominaciones surgidas posteriormente.


8. Pablo dedica un largo párrafo al final de esa epístola para agradecer a los filipenses por la frecuente ayuda económica que recibió de ellos (Flp4:10-18).

Amado lector: Si tú no estás seguro de que cuando mueras vas a ir a gozar de la presencia de Dios, es muy importante que adquieras esa seguridad, porque no hay seguridad en la tierra que se le compare y que sea tan necesaria. Como dijo Jesús: “¿De que le sirve al hombre ganar el mundo si pierde su alma?” (Mt 16:26) ¿De qué le serviría tener todo el éxito que desea si al final se condena? Para obtener esa seguridad tan importante yo te invito a arrepentirte de tus pecados, pidiendo perdón a Dios por ellos, y a entregarle tu vida a Jesús, haciendo una sencilla oración como la que sigue:


“Yo sé, Jesús, que tú viniste al mundo a expiar en la cruz los pecados cometidos por todos los hombres, incluyendo los míos. Yo sé también que no merezco tu perdón, porque te he ofendido conciente y voluntariamente muchísimas veces, pero tú me lo ofreces gratuitamente y sin merecerlo. Yo quiero recibirlo. Me arrepiento sinceramente de todos mis pecados y de todo el mal que he cometido hasta hoy. Perdóname, Señor, te lo ruego; lava mis pecados con tu sangre; entra en mi corazón y gobierna mi vida. En adelante quiero vivir para ti y servirte.”

#718 (18.03.12). Depósito Legal #2004-5581. Director: José Belaunde M. Dirección: Independencia 1231, Miraflores, Lima, Perú 18. Tel 4227218. (Resolución #003694-2004/OSD-INDECOPI).

1 comentario:

Anónimo dijo...

Hola, interesante publicación, en el traducción del Hebreo dice que Lidia era una vendedora de telas de púrpura.

Que el Señor lo bendiga



Edeza