miércoles, 27 de abril de 2016

LA PRÁCTICA DEL PECADO Y EL NUEVO NACIMIENTO

LA VIDA Y LA PALABRA
Por José Belaunde M.
LA PRÁCTICA DEL PECADO Y EL NUEVO NACIMIENTO
En su primera epístola el apóstol Juan escribió: "Todo el que es nacido de Dios no practica el pecado..." (1Jn 3:9). ¿Qué quiere decir este "no practica el pecado"?. En realidad la frase "no practica el pecado" es un expediente usado por los traductores de la Reina-Valera 60 para traducir la frase griega "no hace pecado" que no tiene un equivalente exacto en español, y que significa aproximadamente "no peca continuamente", o "repetidamente". (Nota 1)
En buenas cuentas lo que el apóstol quiere decir es que la persona que se ha vuelto a Dios, que se ha convertido con todo su corazón, no peca de manera habitual, aunque ocasionalmente pueda hacerlo. Aquí reside la gran diferencia, lo que define al cristiano verdadero y lo distingue del que no lo es, o lo es sólo de nombre. El no creyente, el no convertido, vive habitualmente en pecado; pecar es su elemento natural, aunque a veces pueda sentirse mal, porque su conciencia lo acusa.
Ser cristiano no consiste en poder exhibir una partida de bautismo, no consiste en cumplir determinadas prácticas piadosas, aunque en sí sean buenas; o en adoptar determinadas actitudes, o en hablar de determinada manera.
Ser cristiano es haber nacido de nuevo y haber recibido el Espíritu de Cristo que nos capacita para vivir como Él vivió y ser sus discípulos. San Pablo dijo que "si alguno no tiene el espíritu de Cristo no es de Él" (Rm 8:9). Es decir, que lo que lo hace a uno cristiano es tener el Espíritu de Cristo viviendo en uno. Y si tiene el Espíritu de Cristo dentro de sí ¿cómo podría hacer aquellas cosas que repugnan a Cristo, aquellas cosas que Cristo condena?
Por eso es que el cristiano no practica el pecado. No puede, aunque lo quisiera, a menos que renuncie concientemente a pertenecer a Cristo. Pero el que no es cristiano, el que no pertenece a Cristo, esto es, la gente del mundo, la mayoría de la gente que camina por la calle, sí practica el pecado. Pecar es su vida y no pueden en verdad hacer otra cosa que pecar de mil maneras porque viven bajo "la ley del pecado y de la muerte." (Rm 8:1,2). Por eso practican toda la gama de pecados del repertorio, que es muy amplio y se  sienten a gusto en ello, hasta se jactan de sus pecados como si fueran hazañas. Y hay muchos que los admiran y quieren emularlos.
El acontecer cotidiano de mucha gente es una trabazón irrompible e inacabable de violaciones continuas de los mandamientos del Decálogo en todas las áreas de su vida. Pecan de pensamiento, sentimiento, palabra y obra. Pecan contra Dios, contra sí mismos y contra el prójimo. Y aun los mejores se hacen continuamente  daño a sí mismos y a los demás.
Cualquier persona que hojee alguno de los diarios populares que circulan en nuestra capital no podrá menos que reconocer que lo que tiene delante suyo es una crónica de pecado. Porque ¿de qué cosa si no de pecado hablan esos periódicos?
Leemos en sus páginas acerca de asaltos a mano armada, de asesinatos, de tráfico de drogas, de soborno, de corrupción de autoridades, de contrabando. Nos enteramos de adulterios, que, a veces conducen a crímenes pasionales, de casas de cita, de bares de homosexuales; de borracheras que concluyen en hechos de sangre; de niños abandonados por sus padres, de violaciones de menores... En fin, de cuánta cosa nuestros abuelos no osaban ni hablar. De eso está hecha la crónica diaria de nuestra población, si bien es cierto que los medios de comunicación viven del escándalo y de las malas noticias que exageran, y no de las buenas que no son "noticia" y que, por tanto, no venden.
De otro lado vemos anuncios de películas que son una invitación abierta al libertinaje sexual y a la  infidelidad; hay programas de televisión que exhiben el pecado como si fuera una gran cosa... Tanta miseria humana...
El contenido de la mayor parte de las páginas de los periódicos populares parece hacer eco de las palabras del apóstol Pablo en Romanos: "Porque todos pecaron y están destituidos de la gloria de Dios" (Rm 3:23) Al dar a conocer con todo lujo de detalles esos hechos, indirectamente los promueven.
Sabemos que no solamente se trata de lo que hablan los medios de comunicación, sino que esos hechos son moneda corriente en la vida cotidiana de la mayoría de la gente, aunque no aparezcan en los diarios y no se publiquen. Vemos, por ejemplo, cómo han proliferado en Lima esos que llaman hostales, pero que no son realmente hoteles en el sentido usual de la palabra, sino que son locales que alquilan por horas cuartos a parejas, en su mayoría de solteros, que acuden ahí para tener relaciones sexuales sin estar casados. Ahí tenemos algo que hoy día se admite como normal, aún sano, pero que es, en realidad, lo que la Escritura llama sin ambages pecado.
"Porque todos pecaron y están destituidos de la gloria de Dios". En verdad este "todos" nos incluye también a nosotros -también al autor de estas líneas- porque ¿quién es el que, mirando a su propia vida, no puede menos que reconocer que él también ha practicado el pecado? ¿Quién puede afirmar que nunca ha hecho mal, que nunca ha hecho daño a nadie?
Es conocido el episodio en que Jesús, cuando le trajeron a una pecadora para que la juzgara, invitó al que no tuviera pecado que tirara la primera piedra para apedrearla según la ley mosaica (Lv 20:10). Y no se encontró uno solo entre sus acusadores que pudiera hacerlo (Jn 8:7-9). Si tú, amigo lector, y yo hubiéramos estado allí presentes en esa escena, ciertamente también nos hubiéramos tenido que retirar avergonzados.
Cabe entonces preguntarnos ¿De dónde viene tanta maldad y podredumbre humana? Los sociólogos, los psicólogos y los filósofos proponen diversas soluciones al enigma del origen del mal. Se han escrito incontables libros sobre este tema desde el punto de vista de la historia, de la filosofía, de la psicología, de la sociología, de la antropología, etc, pero ninguno de ellos da en el clavo, porque la verdadera explicación la encontramos en la Biblia, y es al mismo tiempo muy profunda y muy simple. Todas las maldades del hombre vienen de que su corazón se torció desde el momento en que la serpiente lo engañó y lo hizo rebelarse contra Dios, adquiriendo por experiencia el conocimiento del bien y del mal (Gn 3:1-7).
Esto es lo que expone el tercer capítulo del Génesis. Sea que consideremos ese relato como una alegoría de hechos ocurridos en un pasado primigenio, o como un acontecimiento histórico concreto, ahí está el origen del mal en el mundo. Haciendo mal uso de la libertad que Dios le dio, el primer hombre desobedeció a Dios, y al hacerlo, la tendencia innata de su corazón se desvió del bien para inclinarse al mal. A eso lo llama la teología "el pecado original": La inclinación invencible hacia el mal que desde entonces vive en el corazón del hombre y que lo empuja a odiar en vez de amar y a cometer actos condenables.
A partir de entonces, puesto en la alternativa de escoger entre el bien el mal, como ha perdido la comunión con Dios que Adán antes tenía, el hombre suele preferir el mal al bien, dejándose arrastrar por las pasiones  de la carne: Pablo lo describe con estas palabras inolvidables: "Porque lo que hago no lo entiendo; pues no  hago lo que quiero, sino lo que aborrezco, eso hago. Y si lo que no quiero, eso hago, apruebo que la ley es  buena. De manera que ya no soy yo el que hace aquello, sino el pecado que mora en mí. Así que, queriendo  yo hacer el bien, hallo esta ley: que el mal está en mí. Porque según el hombre interior me deleito en la ley de Dios; pero veo otra ley en mis miembros que se rebela contra la ley de mi mente, y que me lleva cautivo a la ley del pecado que está en mis miembros. ¡Miserable de mí! ¿Quién me librará de este cuerpo de muerte?" (Rm 7:15-24).
Esta inclinación del corazón humano, que es una verdadera esclavitud, se corrige, se endereza, cuando Cristo entra en el corazón del hombre por la fe, y el hombre nace de nuevo espiritualmente.
Dios anunció la salvación del género humano en el Paraíso: El linaje de la mujer (es decir, Cristo) aplastará un día la cabeza de la serpiente, de Satanás, para que el hombre sea reconciliado con Dios (Gn 3:15). Esto es lo que se cumple, según las palabras de Juan Bautista, cuando Jesús inició su vida pública: "He aquí el cordero de Dios que quita el pecado  del mundo." (Jn  1:29). El cordero inocente, inmolado desde antes de los siglos, que con su sacrificio en la cruz expió todos los pecados del mundo, y que arranca el pecado del corazón de todos los hombres y mujeres que creen en Él.
En efecto, cuando el hombre se arrepiente de sus pecados y pide perdón a Dios creyendo en Jesús, todo deseo perentorio de volver a hacer lo que una hora antes, o unos minutos antes, lo atraía irresistiblemente, es arrancado de su corazón. El pecado ya no le atrae invenciblemente. Ha sido libertado de esa esclavitud (Rm 6:17,18). Un cambio se ha producido en su interior que le permite actuar de una manera diferente y lo aparta de su anterior conducta.
Eso no quiere decir que todos sus defectos hayan desaparecido como por encanto. No. El hombre sigue teniéndolos -eso es lo que la Biblia llama "el hombre viejo" (Rm 6:6)-, pero ahora los ve como lo que realmente son, restos miserables de su antigua naturaleza, y que gradualmente irá eliminando por la acción de la gracia que vive en él. Pero la inclinación básica hacia el mal que antes lo gobernaba ha sido dominada, cuando no ha desaparecido del todo. De ahí que podamos decir con San Pablo: "Si alguno está en Cristo es una nueva criatura; las cosas viejas pasaron; he aquí todas han sido hechas  nuevas."  (2Cor5:17).
Para el hombre convertido ya no hay juergas, ni mujeres de mala vida, ni borracheras, robos, drogas, vicios, estafas, negocios fraudulentos... Todo lo que antes lo seducía, y hacía de él un esclavo de sus vicios o de la codicia; todo lo que antes hacía que él fuera una pesada carga de llevar para sus familiares, para su madre, o para su mujer y sus hijos, todo eso ha muerto en él.
Igualmente para la mujer perdida, para la enviciada, para la meretriz, la drogadicta; o simplemente, para la muchacha "moderna" que llevaba una vida desprejuiciada, "liberada" como suele decirse; o para la madre de familia que incumplía sus deberes, atrapada en frivolidades, todo lo que la cegaba y ataba al mundo ha desaparecido y ha perdido su encanto.
La persona que ha renacido en Cristo siente en su interior una paz que desconocía, una fortaleza nueva, un deseo de estar bien con Dios y de apartarse del mal, que lo sostiene cualquiera que sean las dificultades que tenga que afrontar, o las tentaciones que aún lo asalten. La dirección básica de su existencia ha cambiado, ha dado un giro de 180 grados.
No es que no pueda volver a pecar, no que sea incólume a toda tentación. No, no es el caso. Pero si alguna vez cae, será para volverse a levantar, porque no resiste hallarse en el estado de separación de Dios. Necesita la paz que sólo Dios ofrece, y si la pierde necesita urgentemente recuperarla para sentirse bien, y mientras no lo haga vivirá en ascuas.
El rey David describió ese estado: "Mientras callé, se  envejecieron mis huesos en mi gemir todo el día. Porque de día y de noche se agravó sobre mí tu mano; se volvió mi verdor en sequedades de verano." (Sal 32:3,4). Felizmente hay una solución a la que David se aferró. Como dice San Juan: "Si confesamos nuestros pecados, Dios es fiel y justo para perdonarnos nuestros pecados y limpiarnos de toda maldad." (1 Jn 1:9).
Todo aquel que lo haya experimentado sabe cómo el pecado pierde su sabor. Aunque todavía pueda atraerlo, a la vez, le repugna. Más le cuesta hacer el mal que no hacerlo. Y si cae, se siente pésimo, indigno. Porque hay ahora una fuerza en él, una nueva vida que lo capacita, que no viene de él mismo sino de Dios.
Si tú eres esclavo de algún vicio, o de algún pecado que te degrada y que está destrozando tu vida; o simplemente, si estás llevando una vida espiritual mediocre, sin brillo, que no te satisface, sin gozo ni esperanza, y quieres conocer algo mejor, vuélvete a Dios en lo interno de tu corazón, contemplando la cruz de Cristo que murió por ti, y pídele que te ayude, que te perdone todo aquello que reconoces que estuvo mal. Pídele que te dé una nueva vida, como sólo Él puede dar, que entre en tu corazón como tu Salvador y que nunca salga y que renueve todo tu ser.
Si tú le hablas así con toda sinceridad, con toda tu alma y toda tu voluntad, Él responderá a tu llamado y entrará en ti y su espíritu se unirá al tuyo para renovarte enteramente. Dios hará el milagro de regenerarte y hacer de ti una criatura nueva.
No hay acontecimiento más importante en la vida del ser humano que el momento en que nace de nuevo. Entre el inicio de su vida y su final, el nuevo nacimiento es lo que decide el curso de su existencia y, en buenas cuentas, el lugar en donde estará por toda la eternidad. Como dijo Jesús "Si alguno no nace de nuevo... del agua y del espíritu... no entrará en el reino de Dios." (Jn 3,5).
Nota 1. El presente del indicativo en griego expresa una  acción continua, repetida o acostumbrada. En español el tiempo presente no precisa si se trata de una acción única, o una acción continua o repetida.
NB: Esta charla radial fue escrita el 16 de abril de 1998, y publicada por primera vez en setiembre del 2005.
Amado lector: Si tú no estás seguro de que cuando mueras vas a ir a gozar de la presencia de Dios, yo te exhorto a arrepentirte de todos tus pecados, y te invito a pedirle perdón a Dios por ellos haciendo la siguiente oración:
"Jesús, tú viniste al mundo a expiar en la cruz los pecados cometidos por todos los hombres, incluyendo los míos. Yo sé que no merezco tu perdón, porque te he ofendido consciente y voluntariamente muchísimas veces, pero tú me lo ofreces gratuitamente y sin merecerlo. Yo quiero recibirlo. Me  arrepiento sinceramente de todos mis pecados y de todo el mal que he cometido hasta hoy. Perdóname, Señor, te lo ruego; lava mis pecados con tu sangre; entra en mi corazón y gobierna mi vida. En adelante quiero vivir para ti y servirte."

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viernes, 8 de abril de 2016

DIFICULTADES Y DUDAS EN LA ORACIÓN

LA VIDA Y LA PALABRA
Por José Belaunde M.
DIFICULTADES Y DUDAS EN LA ORACIÓN
Para muchas personas, incluso piadosas, la oración es un problema, un hueso duro de roer. Saben que es bueno orar y muchas veces lo han intentado, pero se desaniman.
Son dos los obstáculos más comunes que enfrentan muchas personas. De un lado la oración les aburre, les parece una rutina vacía. De otro, piensan que es inútil, que no vale la pena, porque han pedido muchas veces con insistencia a Dios, pero no han obtenido lo que solicitaban.
Vamos a examinar esos dos obstáculos y ver cuánto de verdad hay en ellos. En primer lugar, es cierto que con frecuencia orar nos resulta difícil. No creo que haya nadie que no haya experimentado algunas veces una resistencia interna, un desgano cuando se pone a orar, sobre todo en la mañana temprano.
Uno se siente cansado, le cuesta trabajo concentrarse, le asalta una multitud de pensamientos que lo distraen y desvían su atención. O puede ser un libro que está a la mano y versa sobre un tema que nos interesa; o algo urgente que se presenta y que pensamos es necesario atender en el momento.
Todas esas resistencias y obstáculos provienen del enemigo que trata por todos los medios de impedir que oremos. Él sabe muy bien que el cristiano que ora es un peligro para el reino de las tinieblas. El cristiano que no ora lo tiene sin cuidado.
Sabe también que la oración nos fortalece contra las tentaciones, como dijo Jesús: "Velad y orad para que no caigáis en tentación" (Mt 26:41). El cristiano que no ora cae fácilmente cuando es tentado.
La armadura de Dios, de que habla Pablo en Efesios, no consiste en aditamentos artificiales que de alguna manera nos ponemos, sino en una fuerza de la que nos revestimos orando, como lo muestra la frase con que concluye ese famoso pasaje: "orando en todo tiempo..." (Ef 6:13-18).
El demonio sabe también que la oración es el canal por el que fluyen las bendiciones que Dios quiere derramar sobre sus hijos. Si el creyente deja de orar, pues simplemente deja de recibir lo que Dios desea  darle. Pero si ora puede obtener muchas cosas de Dios: iluminación, fuerza, sabiduría, etc.
Por todos esos motivos, a los que se podría añadir otros más, nuestro enemigo trata por todos los medios de apartarnos de la oración para apartarnos de Dios, para enfriarnos, para paralizarnos.
La mejor manera de luchar contra ese obstáculo es simplemente desestimarlo. Esto es, empezar a alabar a Dios y seguir orando hasta que llegue un momento en que nuestro corazón se inflame y nuestra oración fluya como de costumbre. Pero aunque no ocurriera eso y siguiéramos sintiéndonos secos y vacíos, no debemos desanimarnos. El valor de nuestra oración no depende de lo que sintamos cuando oramos, sino en el hecho de que de todas maneras Dios nos escucha. Nuestra oración será tanto más valiosa para Él cuanto más nos cueste perseverar en ella.
Pero hay muchas personas para las que la oración es aburrida porque creen, y así lo aprendieron, que orar consiste en recitar oraciones o fórmulas hechas, distraídamente y sin poner el pensamiento en lo que dicen.
No es sorprendente que para ellos la oración sea un rito vacío y aburrido, pues lo hacen aburridamente. Intuyen que, dicha de esa manera, su oración no pasa del techo, ni llega al cielo. El que se aburre orando, me temo que aburra también a Dios.
A esas personas se les podría decir que la esencia de la oración no consiste en recitar frases mecánicamente, por muy bellas que sean, sino en hablarle a Dios con naturalidad y con nuestras propias palabras, como le hablaríamos a un amigo. Dios quiere que le hablemos con confianza y sencillez. No es necesario pronunciar discursos pomposos y solemnes al orar; no es necesario usar un lenguaje refinado y bonito. Le basta que usemos las palabras que brotan espontáneamente de nuestro interior y que las digamos sin afectación alguna y sinceramente.
Eso no quiere decir que no puedan usarse oraciones hechas, escritas de antemano, o tomadas de un libro, para orar. He escuchado decir que el Padre Nuestro no es una oración para ser recitada; que esa no fue la intención de Jesús al enseñársela a sus discípulos, sino que es una pauta, un modelo para ordenar nuestros pensamientos al orar.
Es cierto que el Padre Nuestro puede ser usado como un esquema que oriente nuestros pensamientos cuando oramos, agregando a las palabras originales nuestras propias palabras y pensamientos. También los salmos pueden tomarse para orar de esa manera devocional. Pero es ignorar el contexto histórico, negar que Jesús les dió a sus discípulos una oración hecha para ser recitada cuando les enseñó el Padre Nuestro.
Por de pronto, el texto de Mateo lo muestra claramente: Los discípulos le piden a Jesús que les enseñe a orar. Jesús les responde primero mostrándoles cómo no deben orar: no ostentosamente para ser vistos por la gente, sino en privado; no usando de vanas repeticiones, ni de palabrería (Mt 6:5-8).
Enseguida añade: "Vosotros pues oraréis así...", que es como si les dijera: 'oraréis con estas palabras: "Padre Nuestro que estás en los cielos...'" (9-13). (Nota 1)
Hemos de tener en cuenta que en el culto de las sinagogas y del templo, en tiempos de Jesús, se usaban oraciones hechas y que el mismo Jesús debe haber recitado algunas de ellas, de las cuales varias han llegado hasta nosotros y se recitan todavía en las sinagogas.
Los salmos, que son un modelo de oración inspirado por el Espíritu Santo, eran sea la letra de cánticos o himnos, que la congregación cantaba muchas veces en forma antifonal. (2), sean oraciones para ser recitadas. Los cristianos de los primeros tiempos compusieron también oraciones que eran recitadas en el culto, algo de lo que ha quedado huella en algunas epístolas de Pablo (1Tm 3:16; 2Tm 2:11-13; Ef 5:14).
Se suele decir que "rezar", o recitar oraciones (3), es usar de vanas repeticiones y de palabrería. Pero eso no es lo que Jesús tuvo en mente cuando puso en guardia a sus discípulos contra una forma trillada de orar. Él rechaza las repeticiones "vanas", no toda repetición. Yo puedo decirle mil veces seguidas a Dios: 'Señor, te amo', y no porque lo diga muchas veces será una vana repetición. Si pongo en cada palabra todo mi ser, mi oración le será grata aunque no conste sino de tres palabras repetidas todo el tiempo.
La vanidad de las repeticiones no está en las repeticiones mismas, sino en que sean "vacías" -que es lo que "vana" quiere decir- de contenido.
Por el contrario, es muy posible que yo me levante a orar y que con voz potente e improvisando diga: "Señor Dios todopoderoso, Padre Eterno: tu palabra dice que donde están dos o tres reunidos en tu nombre, ahí estás tú en medio de ellos, y yo lo creo porque tu palabra no miente, etc. etc." Y pudiera ser que al orar así no haga otra cosa sino usar de vanas repeticiones y de palabrería, porque estoy repitiendo fórmulas conocidas y trilladas que se emplean comúnmente en las iglesias, y que no ponga mi corazón en ellas al decirlas. Los cristianos sabemos endilgar fórmula tras fórmula sin pensar en lo que decimos, porque las hemos escuchado hasta la saciedad y las conocemos de memoria.
¿De qué depende pues que una oración sea o no vana repetición y palabrería? De la atención y de la sinceridad con que se pronuncie. Dios conoce nuestro corazón, y nuestra oración le será o no grata, según lo que en él vea. La oración que sube como el incienso hasta la presencia de Dios (Sal 141:2) es la que brota de un corazón contrito y humillado y que rendido le adora, sea cuales sean las palabras que se usen.
A veces nos burlamos de los que recitan letanías -el tipo acabado, según algunos, de vanas  repeticiones –olvidando que hay un modelo bíblico de letanía: "Alabad al Señor porque Él es bueno; porque para siempre es su misericordia. Alabad al Dios de los dioses; porque para siempre es su misericordia. Alabad al Señor de los señores; porque para siempre es su misericordia..." ¿Lo reconocen? Es el salmo 136, en el que el refrán se repite 26 veces. ¿Vanas repeticiones? No las habría escrito el Espíritu Santo si lo fueran. Pero nosotros podemos convertirlas en vanas repeticiones si las decimos mecánicamente.
A veces se escucha la pregunta ¿Cómo debemos orar? ¿En voz alta o en silencio? Ciertamente la oración hablada y en voz alta es muy provechosa. Por de pronto nos ayuda a mantenernos despiertos cuando nos levantamos a orar temprano y todavía estamos luchando contra el sueño. En esas ocasiones orar en voz alta es muy efectivo, sobre todo si lo hacemos de pie o caminando.
Orar en voz alta nos ayuda también a concretar nuestros pensamientos y deseos, a "objetivizarlos". A medida que hablamos van saliendo de nuestro interior ideas y aspiraciones de las que quizá no éramos concientes, o que el Espíritu Santo nos pone en ese momento.
En otras ocasiones ese mismo Espíritu puede hacernos prorrumpir en gemidos indecibles, cuyo significado ignoramos, pero que Él sí conoce (Rm 8:26,27).
Pero también la oración en silencio tiene su lugar. Hay ocasiones en las que sería inoportuno levantar la voz y en que es mejor orar con el pensamiento. Sabemos que Dios escucha nuestros más fugaces pensamientos tan claramente como nuestras palabras.
Cuando Ana, la madre de Samuel, derramó delante del Señor su alma acongojada, ella "hablaba en su corazón y solamente se movían sus labios, y su voz no se oía..." (1Sam 1:13). ¡Y cómo le concedió Dios lo que pedía!
El salmo 16 menciona una de las formas de oración más poderosas que yo conozca: "Al Señor he puesto siempre delante de mi" (v. 8). Eso es algo que se hace con el pensamiento, no de palabra: ser conciente de que siempre estamos en la presencia de Dios. Si siempre lo recordáramos, difícilmente pecaríamos.
Cuando alabamos y exaltamos a Dios es apropiado hacerlo en voz alta; pero hay ocasiones en que, como a la persona amada, le susurramos al oído.
El otro gran obstáculo que he mencionado al comienzo es lo que piensan algunas personas: que Dios no oye sus oraciones porque nunca les concede lo que piden. Si eso es así ¿para qué orar?
Pero Jesús dijo: "Pedid y se os dará", y "todo el que pide, recibe" (Lc 11:9,10). ¿Habrá mentido Jesús? ¿O no hablaba en serio?
Sabemos que hay muchas razones por las que Dios no nos concede lo que le pedimos. De un lado, porque oramos mal, egoístamente, para satisfacer nuestros deleites (St 4:3). O porque pedimos sin fe (St 1:6,7), que es como si le dijéramos a Dios: "Te pido que me concedas este favor. Pero yo sé que no me lo vas a dar". La falta de confianza al orar ofende a Dios.
O porque pedimos cosas que no son conformes a su voluntad (Un 5:14,15). O porque no guardamos sus mandamientos (IJn 3:22).
Pero supongamos que Dios nunca nos concediera lo que le pedimos, y no por alguna de las razones enumeradas, sino por algún motivo desconocido para nosotros. ¿Serían inútiles nuestras oraciones? ¿Una pérdida de tiempo?
¿Por qué quiere Dios que oremos? ¿Sólo para poder darnos lo que le solicitamos? ¿Para conocer nuestros deseos? No necesita que se los digamos (Mt 6:8).
Yo creo que la razón principal es porque, como todo buen padre que ama a sus hijos, Él quiere, no, desea ardientemente, que le hablemos. A Dios le gusta escucharnos. ¿No nos basta, como incentivo para orar, con saber que le agradamos cuando oramos? Dice su palabra "que la oración de los rectos es su gozo" (Pr 15:8).
Dios se goza teniendo comunión con nosotros. Y ¿cómo la tendríamos si no le hablamos, si no dirigimos a Él nuestro pensamiento?
"Mis delicias son estar con los hijos de los hombres" dice la Sabiduría (Pr 8:31b). Dios se deleita en nuestra compañía y en nuestras palabras. ¿No queremos deleitarlo orando aunque no nos conceda lo que le pedimos?
Aunque nunca recibamos lo que le pedimos siempre "el que pide recibe". Recibe algo mucho más valioso que lo que ha pedido: Lo recibe a Él mismo, recibe su amor que todo lo transforma, recibe su gracia.
No hay oraciones inútiles; no hay oraciones perdidas. Aun la oración del gentil, del pagano, la oración del que no lo conoce plenamente (Hch 10:4), del que le busca como a tientas, llega hasta sus oídos, y Él la contesta.
Notas. 1. Hay muy buenas iglesias evangélicas que recitan el Padre Nuestro en algún momento durante el servicio. La iglesia del pastor Yongui Cho, en Seúl, Corea, empieza sus cultos -como describe un libro sobre ella escrito por Karen Hurston recitando el Credo de los Apóstoles, que es una confesión de fe elaborada en los primeros siglos y que resume lo que los primeros cristianos creían.
2. Hay canto antifonal cuando la congregación dividida en dos grupos canta alternativamente las estrofas de un himno; o cuando hombres y mujeres se alternan cantando: un grupo responde al otro.
3. "Orar" y "rezar" son lo mismo. Es cierto que, etimológicamente, "rezar" viene del latín "recitare" (recitar) y "orar" de "orare" (hablar para persuadir). Pero en la práctica, en el lenguaje común, esas palabras son sinónimas. ¿Cómo se dice en inglés "rezar"? "to pray". ¿Y cómo se dice "orar"? "to pray". ¿Y en francés? En ambos casos "prier". El inglés y las demás lenguas europeas no tienen palabras distintas para orar recitando una oración, y para orar improvisando las palabras.
NB. Esta charla radial fue publicada por primera vez en agosto del 2002. Se imprime nuevamente, ligeramente revisada.
Amado lector: Jesús dijo: "De qué le sirve al hombre ganar el mundo si pierde su alma?" (Mr 8:36) Si tú no estás seguro de que cuando mueras vas a ir a gozar de la presencia de Dios, es muy importante que adquieras esa seguridad, porque no hay seguridad en la tierra que se le compare, y que sea tan necesaria. Con ese fin yo te exhorto a arrepentirte de todos tus pecados, y te invito a pedirle perdón a Dios por ellos haciendo la siguiente oración:
"Jesús, tú viniste al mundo a expiar en la cruz los pecados cometidos por todos los hombres, incluyendo los míos. Yo sé que no merezco tu perdón, porque te he ofendido consciente y voluntariamente muchísimas veces, pero tú me lo ofreces gratuitamente y sin merecerlo. Yo quiero recibirlo. Me arrepiento sinceramente de todos mis pecados y de todo el mal que he cometido hasta hoy. Perdóname, Señor, te lo ruego; lava mis pecados con tu sangre; entra en mi corazón y gobierna mi vida. En adelante quiero vivir para ti y servirte."
#891 (26.07.15). Depósito Legal #2004-5581. Director: José Belaunde M. Dirección: Independencia 1231, Miraflores, Lima, Perú 18. Tel 4227218. (Resolución #003694-2004/OSD-INDECOPI).


martes, 29 de marzo de 2016

LAS CUALIDADES DEL GOBERNANTE

LA VIDA Y LA PALABRA
Por José Belaunde M.
LAS CUALIDADES DEL GOBERNANTE
Todos los peruanos deseamos tener un presidente que sea a la vez recto y sabio,
porque lo que, en última instancia, decide la calidad de un período gubernamental no son tanto sus planes de gobierno, o los méritos de sus asesores, o su cartera de proyectos, etc., como el carácter de la persona que asuma ese cargo, porque es su carácter lo que determina las decisiones que tome.
Jesús dijo que el árbol bueno da frutos buenos, pero el árbol malo da frutos malos. Dijo también que el árbol bueno no puede dar frutos malos, ni el árbol malo dar frutos buenos (Mt 7:17,18). Los actos de un gobierno (el fruto) son el reflejo de la personalidad del presidente (el árbol).
Rectitud y sabiduría son cualidades esenciales en el gobernante. La Biblia tiene bastante que decir al respecto.
Hay un pasaje en Deuteronomio que se refiere concretamente a eso. Veamos el contexto. Después de cuarenta años de peregrinación en el desierto el pueblo de Israel ha llegado a las puertas de la tierra prometida. Conciente de que él no va a entrar a esa tierra, Moisés se despide del pueblo hablándoles de lo que será su vida en ella cuando la conquisten. Porque aunque les pertenece, van a tener que conquistarla luchando palmo a palmo contra los pueblos que la ocupan.
Previendo en el espíritu que algún día el pueblo va a querer tener un rey como los demás pueblos de esa región, Moisés les habla de las cualidades que debe tener ese rey.
Dt 17:18-20 dice lo siguiente: “Y cuando se siente sobre el trono de su reino, entonces escribirá para sí en un libro una copia de esta ley, del original que está al cuidado de los sacerdotes levitas; y lo tendrá consigo, y leerá en él todos los días de su vida, para que aprenda a temer a Jehová su Dios, para guardar todas las palabras de esta ley y estos estatutos, para ponerlos por obra; para que no se eleve su corazón sobre sus hermanos, ni se aparte del mandamiento a diestra ni a siniestra; a fin de que prolongue sus días en su reino, él y sus hijos, en medio de Israel.”
Este pasaje, establece que cuando Israel tenga un rey, él debe siempre tener consigo un ejemplar del libro de la ley, el Pentateuco, para que lo lea todos los días, a fin de que aprenda: 1) a tener temor de Dios; 2) a poner por obra los mandatos de Dios; y 3) a no enorgullecerse.
Esos puntos nos dicen tres cosas acerca del gobernante, no sólo del presidente, también de los ministros, de los altos funcionarios y de los congresistas, y de todas las personas en autoridad.
1) Deben tener en cuenta que Dios está por encima de ellos, y que Él les pedirá cuenta de todos sus actos de gobierno, sean ejecutivos, administrativos o legislativos. Según cómo actúen en el desempeño de sus funciones serán premiados, o castigados por Dios.
Sabemos, como dice Pablo en Romanos, que toda autoridad procede de Dios, y que “las que hay, por Dios han sido establecidas.” (Rm 13:1)
Por tanto, las autoridades son responsables ante Él de que sus decisiones favorezcan al pueblo, a la nación como un todo, y no a un grupito de sus favoritos, o a un sector de la población.
2) Deben gobernar de acuerdo a la ley de Dios que está por encima de las leyes humanas, e inclusive, por encima de la Constitución que, por importante que sea, es también una ley humana.
Eso quiere decir que el presidente no puede firmar ninguna ley, u ordenar ninguna acción, que sea contraria a la ley de Dios.
Si hubiera un conflicto entre la ley de Dios y las leyes humanas, él tiene que actuar de acuerdo a la primera, porque “es preciso obedecer a Dios antes que a los hombres.” (Hch 5:29).
3) El ejercicio del poder tiende a hacer que el gobernante se enorgullezca, que se infle su ego, y que crea que todo le está permitido.
De esto hay muchísimos ejemplos en nuestra propia experiencia peruana y en la del mundo entero.
El orgullo, es el pecado primigenio de Satanás, que hace que Dios aparte su favor de las autoridades que caen en él, y que, por ese motivo, con frecuencia acaban mal.
Dios le dio a Josué, sucesor de Moisés, un consejo semejante al que hemos visto: “Nunca se apartará de tu boca este libro de la ley, sino que de día y de noche meditarás en él, para que guardes y hagas conforme a todo lo que en él está escrito; porque entonces harás prosperar tu camino, y todo te saldrá bien.” (Js 1:8).
Le dice que no sólo lea la ley sino que medite en ella, para que la conozca bien a fin de que esté en condiciones de cumplirla. Porque si no la conoce bien ¿cómo la guardaría?
Pero este mandamiento está unido a una promesa maravillosa hecha a todo gobernante: Dios hará prosperar tu camino, es decir, tu gobierno, y tendrás éxito en todo lo que emprendas.
¿Qué gobernante no desearía que esa promesa se haga realidad durante su mandato? “Todo te saldrá bien”. ¿Quién no quisiera tener la fórmula mágica, por así decirlo, para alcanzar ese resultado? Pues aquí está: Leer, meditar y poner por obra la palabra de Dios.
Dt 17:20 contiene además una promesa que debe gustar mucho a más de un presidente: Dios hará que se prolonguen los días de tu gobierno.
Traducido en términos de nuestras leyes eso pudiera querer decir que Dios hará que vuelva a ser elegido más adelante.
La historia de Israel y del mundo nos muestra que los reyes que han respetado la ley de Dios son los que más han prosperado, y más han beneficiado a su pueblo.
Después de David, el rey ungido por antonomasia, tenemos a Josafat, a Ezequías, a Josías, que fueron fieles a Dios; gobernaron bien y engrandecieron su territorio. En cambio, los reyes que cayeron en idolatría tuvieron muchas dificultades y acabaron muy mal, como sucedió con los últimos reyes de Judá.
Salomón en sus primeros años, cuando obedecía a Dios, alcanzó un poder y una riqueza como nunca lo había habido antes ni después que él en Israel. Pero cuando se apartó de Dios empezaron a surgir los disturbios y los conflictos con los pueblos vecinos. Él murió amargado y decepcionado, como puede verse en el libro de Eclesiastés, escrito por él mismo.
El reino del Norte, Samaria, estuvo desde el comienzo condenado a la extinción, porque se hicieron idólatras desde el inicio. Al cabo de un siglo fueron conquistados por los asirios. Las diez tribus que lo formaban fueron dispersadas por el Oriente y no se volvió a hablar de ellas.
El reino de Judá, cien años después, por no hacer caso de las advertencias repetidas que les hacían los profetas, particularmente Jeremías, que denunciaban la idolatría en que habían caído, y anunciaban la catástrofe que les sobrevendría, terminó siendo conquistado por Nabucodonosor. Jerusalén y el templo construido por Salomón, fueron destruidos, arrasados por las llamas, y la crema y nata de sus habitantes fueron exiliados a Babilonia.
En la historia secular ha habido muchos gobernantes impíos, pero los ha habido también justos, que el Señor ha bendecido. En el Perú tenemos a Ramón Castilla, que acabó con el caos de las dos primeras décadas de vida republicana. Nos dio el primer presupuesto de la república, llevó a cabo las primeras elecciones ordenadas, e hizo respetar la Constitución. Con él cambió para bien la historia de nuestro país. Pero nunca se dijo de él que se hubiera enriquecido.
En Europa un caso notable reciente es el de Konrad Adenauer, que era un verdadero cristiano. Él gobernó Alemania desvastada por la 2da. Guerra Mundial, y la levantó de los escombros, iniciando el milagro económico alemán. Él asumió el poder a la edad de 73 años y gobernó durante 14 años. 
Esas cosas ocurrían pues no sólo en tiempos de la Biblia; se dan también en nuestro tiempo, y cuánto quisiéramos que se dieran también en el Perú, porque, como dice Proverbios: “Cuando los justos dominan, el pueblo se alegra; mas cuando domina el impío, el pueblo gime.” (29:2) El pueblo se alegra porque el justo gobierna pensando en las necesidades de su pueblo. En cambio, el pueblo sufre bajo la opresión de los impíos.
Pr 28:12 lo corrobora: “Cuando los justos se alegran, (porque predominan) grande es la gloria; mas cuando se levantan los impíos, tienen que esconderse los hombres,” para huir de los opresores. Cuando los impíos adquieren poder, lo usan para explotar y oprimir.
¿De qué depende la felicidad del pueblo? De que tenga gobernantes justos y sabios.
          Al comienzo del libro de Daniel está escrito que Dios es quien pone reyes y quita reyes. Es decir, que de Él depende quién asume el poder, y quién permanece en él. (Dn 2:21) Entonces, podríamos preguntarle a Dios: “Señor, si tú eres quien pone y quita a los gobernantes, ¿por qué no nos das siempre buenas autoridades?”
Sabemos que en la práctica ha habido muchos gobernantes malos, sea por incapaces o por ladrones, como lo que describe Pr 29:4: “El rey con la justicia afirma la tierra; mas el que exige presentes la destruye.”
Presentes, es decir, soborno, coimas, desvío subrepticio de fondos, dobles cuentas, etc. Ese proverbio habla de los gobernantes que se rodean de colaboradores que son tan corruptos, o más que ellos, y que hacen estragos en la administración pública porque la tratan como si fuera su feudo privado, su chacra.
¿Por qué hay malos gobernantes si es Dios quien los pone? ¿Por qué hubo un Hitler, un Stalin, un Idi Amin en Kenya? ¿Por qué hubo un Gadafi?
No sabemos por qué Dios permite ciertas cosas. Sin embargo, la misma palabra de Dios nos da un indicio del motivo. Pr 28:2 dice que “Por la rebelión de la tierra sus príncipes son muchos (es decir, hay caos en el gobierno); mas por el hombre entendido y sabio permanece estable.”
¿Qué rebelión? La rebelión contra Dios. Esto es, cuando el pueblo, conociendo la ley de Dios, vive a sabiendas a espaldas de ella, violándola y desobedeciéndola, corrompiendo su conducta.
Un caso patente de lo que afirmo es lo que viene sucediendo en Europa. Ese continente, antes cristiano, le ha dado las espaldas de una manera agresiva a Dios, porque incluso pronunciar su nombre en público está prohibido. La mayoría de sus habitantes son incrédulos, y las iglesias están vacías. Ahora están siendo víctimas de ataques terroristas repetidos.
La impiedad de los pueblos impide que se cumplan los buenos propósitos de Dios para ellos –que siempre son buenos- y hace que triunfen los planes de Satanás, que aunque al comienzo sean seductores, a la larga se revelan pésimos.
Dios pone y quita reyes. Es cierto. Pero en el mundo de la política, el enemigo compite con Dios, moviendo sus fichas con la complicidad de sus propias víctimas. Él es el que interviene en los partidos, en las luchas intestinas por el poder, en las acusaciones de fraude, etc.
Algo semejante sucede en la vida de los individuos. Dios quiere nuestro bien y ha concebido buenos planes para nosotros. Pero el enemigo se esfuerza por frustrarlos, haciendo que nos desviemos del buen camino.
Ahora bien, si ha ocurrido en nuestras vidas personales, ¿no podrá suceder eso también en la vida de los pueblos? El diablo tiene muchos servidores en el mundo, en todas las esferas de la actividad humana: en la política, en el mundo de los espectáculos, en los medios de comunicación, etc. Todas están infestadas por Satanás que usa a sus agentes para confundir a la gente y apartarla de la fe.
El príncipe de las tinieblas se aprovecha de la ignorancia del hombre para ganar espacio y poner a sus peones, voluntarios o involuntarios, concientes o inconcientes, en situaciones de poder en el gobierno, en las finanzas, en los medios de comunicación, en las universidades, etc., para que colaboren con su obra. A través de los medios que ha capturado influye en las opiniones y mentalidad de la gente; a través de las cátedras universitarias influye en la mentalidad y concepciones de los estudiantes, que más tarde van a constituir el grueso de la clase profesional y dirigente del país.
Desgraciadamente, sin ser verdaderamente concientes de lo que hacen, los pueblos contribuyen a los planes del diablo alejándose de Dios y entregándose a una vida de pecado. Cuando los pueblos hacen eso se vuelven sordos a la voz de Dios que los reprende y los llama a arrepentirse.
No debe pues sorprendernos que se desaten guerras, como las dos guerras mundiales del siglo pasado, que trajeron tanta destrucción y tantísimo sufrimiento. Ellas fueron el castigo que merecían el enfriamiento de la fe y la creciente disolución de las costumbres en una Europa que había sido cristiana.
Pero eso nos habla también del papel importante que juegan las personas que rodean al gobernante: “Quita las escorias de la plata, y saldrá alhaja al fundidor. Aparta al impío de la presencia del rey, y su trono se afirmará en justicia.” (Pr 25:4,5) Aparta a los aduladores, a los convenencieros, a los falsos partidarios, que le hacen cometer injusticias y lo desprestigian ante el pueblo.
“Si un gobernante atiende la palabra mentirosa, todos sus servidores serán impíos.” (Pr 29:12) ¿A quién escucha el gobernante? ¿Qué palabras oye? Si el presidente escucha consejos malintencionados, o peor, consejos contrarios a la palabra de Dios, se verá rodeado de hombres intrigantes y ambiciosos que conspirarán contra el bien común en beneficio de unos pocos. Si esos consejos vienen envueltos en halagos y adulación, el gobernante les prestará el oído porque le agradan.
También dice Proverbios: “Abominación es a los reyes hacer impiedad, porque con justicia será afirmado el trono.” (Pr 16:12) El gobierno se afirma si practica la justicia, tanto en la conducta personal del presidente y sus colaboradores, como en las políticas que implementa.
No sólo se afirma su trono practicando la justicia en sí misma, sino también cuando se preocupa de los más desfavorecidos y defiende su causa: “Del rey que juzga con verdad a los pobres, el trono será firme para siempre.” (Pr 29:14).
¿A quién debe prestar atención sobre todo el gobernante? A los que menos tienen. Pero no suele ocurrir así, sino todo lo contrario. Los pobres no obtienen audiencia en palacio, pero sí los poderosos, y el presidente los ayuda a engrandecerse porque a él le conviene contar con su apoyo.
Olvida lo que la palabra de Dios dice: “Misericordia y verdad guardan al rey, y con clemencia se sustenta su trono.” (Pr 20:28). Ha habido en nuestro país ciertamente gobernantes que han pensado antes que nada en lo que conviene al pueblo, y los ha habido en otros países. A ellos se les recuerda con gratitud. Pero a los otros se les recuerda con odio.
Cuando un hombre, o una mujer, cometen un error, él o ella sufren las consecuencias de su error. Cuando un padre de familia comete un error, su familia sufre las consecuencias de su error. Cuando un jefe de estado comete un error, la nación entera sufre las consecuencias de su error.
¿Cuál es entonces la cualidad que más necesita un gobernante? ¿Qué fue lo que el joven Salomón, cuando iba a acceder al trono de su padre, le pidió a Dios? Sabiduría para gobernar. Y porque no le pidió poder y riquezas, Dios le dijo que le daría no sólo la sabiduría que le había pedido, sino que además le daría el poder y las riquezas que no le había pedido.
Y fue el propio Salomón el que escribió en el 8vo capítulo de Proverbios: “Por mí –es decir por la sabiduría que viene de Dios- reinan los reyes, y los príncipes determinan justicia. Por mí, dominan los príncipes y todos los gobernadores juzgan la tierra.” (8:15,16)
¿Cómo adquiere el gobernante esa sabiduría? ¿Dónde la va a comprar? La adquiere buscándola con ahínco más que al oro y la plata (Pr 3:14). Cavando en la mina de oro de la sabiduría que es la Biblia. El gobernante debe leer y meditar en la palabra de Dios para nutrirse de ella. Pero también debe buscar el rostro de Dios todas las mañanas, como hacía el rey David: “De mañana me presento ante ti y espero.” (Sal 5:3)
Entonces, en estas vísperas de elecciones, ¿qué debemos pedirle a Dios? Sabiduría divina para el presidente que vamos a elegir, y antes que nada, sabiduría para el pueblo que va a votar.

NB. Este artículo está basado en una alocución pronunciada hace cinco años en una reunión pública del Movimiento Nacional de Oración. El 17.04.11 fue publicado bajo el título de “El Presidente que el Perú Necesita.” Se publica nuevamente ampliamente revisado.



Estimado lector: Si tú no estás seguro de que cuando mueras vas a ir a gozar de la presencia de Dios, yo te exhorto a arrepentirte de todos tus pecados y a pedirle humildemente perdón por ellos haciendo la siguiente oración:
Señor Jesús, yo me arrepiento de todos mis pecados. Perdóname y lávame con tu sangre. Entra en mi corazón y sé el Señor de mi vida. En adelante quiero vivir para ti.

#921 (03.04.16). Depósito Legal #2004-5581. Director: José Belaunde M. Dirección: Independencia 1231, Miraflores, Lima, Perú 18. Tel 4227218. (Resolución #003694-2004/OSD-INDECOPI).