jueves, 14 de enero de 2016

QUIÉN ES EL MAYOR (B)

LA VIDA Y LA PALABRA
Por José Belaunde M.
QUIEN ES EL MAYOR (B)
Un Comentario de Lucas 9:46-48
Aunque acabo de publicar un artículo con el mismo título ("Quién es el Mayor" No. 880, 10.05.15), basado en el pasaje paralelo de Mateo, publico el presente texto, basado en Lucas, -e impreso originalmente hace once años- para que pueda verse cómo pueden escribirse comentarios relativamente diferentes, y sacarse, hasta cierto punto, diferentes conclusiones, sobre un mismo episodio.
46. "Entonces entraron en discusión sobre quién de ellos sería el mayor".
Jesús acaba de hablarles de su muerte y ellos, como hemos visto, tapan inconscientemente con el velo de su incomprensión, el significado de sus palabras para no verlas. Sin embargo, esas palabras, aunque contrarias a sus ambiciones y expectativas, les evocan la esperanza de la próxima venida del reino de Dios. Y como reino supone cargos, posiciones, promociones y honores, el gusanillo de la rivalidad levanta su cabecilla y los inquieta (Nota 1)
Cuando hay cargos y honores, hay jerarquía. Inevitablemente a uno le tocará el primer lugar. ¿Quién de ellos será? "Me toca a mí por tal motivo". "No, a mí por tal otro". Empiezan a disputar por el reparto de las ganancias de la leche aún no vendida -según la conocida fábula-, sin adivinar que el cántaro lleno se quebrará antes de llegar a venderse. ¡Cuánta verdad hay en el dicho de Jeremías sobre lo perverso del corazón! (Jr 17:9)
Jesús los ha llamado a seguirlo en una misión superior, trascendente, que implica el sacrificio de su propia vida, y ellos están pensando en las ventajas personales que pueden obtener, en el poder del que pueden gozar. Es casi como si hicieran anticipadamente un festín sobre los despojos mortales de su Maestro.
¿Pero no somos nosotros muchas veces así? ¿No hacemos de la iglesia el ring de box de nuestras ambiciones? ¿No nos disputamos los cargos, la preeminencia, el púlpito, el pastorado? ¿No estamos dispuestos a vender a nuestro Maestro por las monedas inmundas de los homenajes y de los primeros lugares?
Este pequeño episodio no es tanto una historia como una pintura de nuestros  corazones, y un adelanto de lo que empezaría a suceder pronto en la iglesia que Jesús fundaría. Y está allí no para que critiquemos a los apóstoles, sino para que miremos dentro de nosotros mismos, para que descubramos las raíces de nuestras ambiciones personales, y nos corrijamos. Porque si no lo hacemos Jesús lo hará y nos avergonzará algún día públicamente.
47. "Y Jesús, percibiendo los pensamientos de sus corazones, tomó a un niño y lo puso delante de Él."
Él conocía lo que había en los corazones de sus discípulos más allá de lo que expresaban sus palabras. Jesús sabe siempre qué es lo que realmente perseguimos cuando expresamos nuestra opinión, o sostenemos una idea, o defendemos una causa. Sabe qué propósito verdadero se oculta detrás de nuestro lindo discurso, conoce nuestras intenciones (Hb 4:12) ( 2 ). Todos protegen sus intereses, defienden sus ambiciones sin reconocerlo. Pero Dios lo sabe todo.
Jesús tenía una manera sutil de arrancarles la máscara a sus discípulos sin que les duela. Como ejemplo de su enseñanza les pone delante un niño, un pequeño a quien  los adultos no suelen dar importancia. ( 3 )
48. "Y les dijo: Cualquiera que reciba a este niño en mi nombre, a mí me recibe; y cualquiera que me recibe a mí, recibe al que me envió; porque el que es más pequeño entre todos vosotros, ése es el más grande."
Si un gobernante o un hombre importante desea enviar a otro de su mismo rango un mensajero, un embajador, ¿a quién escogerá? Al más distinguido de sus colaboradores, sin duda. Jesús nos envía para que lo recibamos en su nombre como embajador suyo, no al más distinguido, o al más importante de sus seguidores según el mundo, sino a un niño. El niño lo representa, porque dice: "Si alguno lo recibe en mi nombre, a mí me recibe." Los que son como niños son, en última instancia, en la jerarquía de valores de Jesús, más importantes que los que se precian de sus logros, o que los que el mundo más admira.
Pero no sólo al niño nos envía Jesús, también nos envía al enfermo, al pobre, al desvalido, al descastado. Si los recibimos en su nombre, a Él lo recibimos, porque es Él quien nos los envía. (Mt. 25:37-40) ¡Oh, no le cierres la puerta de tu casa al pobre, al humilde, al zarrapastroso! Interrógalo para saber qué es lo que quiere, trátalo bien aunque te cueste, y si piensas que su necesidad es verdadera, recíbelo, es decir acoge benévolamente su pedido, y dale algo de lo tuyo –una moneda, un pan, una fruta o, por lo menos, una sonrisa porque es Jesús quien te tiende la mano. No lo trates mal, no lo despidas con dureza, no vaya a ser que en el día del juicio Jesús te lo recuerde delante de todos y, sonrojado, te avergüences.
Jesús añade: el que me recibe a mí, recibe al que me envió, esto es, a mi Padre. ¿Despreciarías tú a Dios? Pues eso haces cuando desprecias a los que Él te envía. Él te envía a los pobres y humildes con un buen motivo: para probar tu corazón. Para probar si tienes sentimientos semejantes a los suyos, si eres capaz de mirar por encima de las apariencias, por encima de la miseria de las realidades humanas, a la gloria de su Redentor que se esconde tras ellas.
A veces despreciamos al que quiere darnos un buen consejo, porque nosotros somos los dueños de la verdad, y no necesitamos que venga nadie a enseñarnos. ¿No reaccionamos a veces así? "Nosotros ya sabemos eso; lo hemos estudiado, lo dominamos", pensamos. Pero Dios quiere que abramos los ojos a ciertas verdades que desconocemos, que seamos conscientes de nuestra ignorancia y, para ello, nos envía a un hermano humilde, a un niño, a uno que es ignorante como niño. ¿Qué sabe él? Sabe lo que el Espíritu le sugirió que te dijera. Y tú, gran sabihondo, lo desprecias.
Por último, Jesús corta por lo sano sus ambiciones, y junto con las de ellos, las nuestras: "Este niño que veis aquí, este inocente que nada pretende porque es humilde, es el mayor entre vosotros".
En el reino de los cielos los papeles están invertidos. El mayor es el menor, y el menor, el mayor; el primero es el último; y el último, el primero. Y el ambicioso queda por los suelos.
Él nos ha llamado a que nuestra meta sea servirlo, borrándonos nosotros; a que nuestra mayor ambición sea pasar desapercibidos, desempeñar el rol más humilde. Para el que voluntariamente se reserva ese papel, reserva Dios la corona más bella. ¿Quieres tú que un día adorne tu cabeza? No quieras ponerte ahora corona alguna. Más bien deséchalas todas y ponte al final de la cola, en el lugar que nadie pretende.
Si Él quisiera que pases adelante, a un lugar prominente, que sea Él quien te llame, no hagas tú nada por ocuparlo. No te disputes los primeros asientos en el banquete. Espera más bien que a los demás les sirvan antes de servirte tú. Y da gracias por el honor que se te confiere de ser el último. (4) (13.06.04)
Notas: 1. A veces pienso que la sola mención de su muerte que Jesús, por lo demás, ya había hecho antes- les evoca, como en una reacción inconsciente de rechazo, el pensamiento de la victoria sobre sus opresores romanos que ellos esperan que Jesús logre, y se aferran a esa idea para no admitir que los proyectos de Jesús puedan ser contrarios a sus deseos y esperanzas. Está en la naturaleza del corazón humano reaccionar de esa manera frente a lo que no deseamos.
2. Qué profundo y qué peligroso, en cierta manera, es el hecho de que Dios sepa siempre lo que hay en nuestros corazones, que no podamos engañarlo. Porque muchas veces, engañándonos a nosotros mismos, queremos engañarlo a Él, justificándonos. Pero, ¿quién podría hacerlo si de antemano estamos condenados, y sólo nos salvamos por su misericordia?
3. Marcos, de paso, nos da el precioso detalle de que al traer al niño Jesús lo tomó cariñosamente en sus brazos (Mr 9:36). Pero la escena muestra, de paso, que había entre sus discípulos, mujeres que lo seguían con sus niños, pues sin sus madres ellos no estarían allí.
4. El Evangelio de Marcos, que narra con más detalle este episodio (Mr 9:33-37), puntualiza que Jesús preguntó a sus discípulos sobre qué estaban discutiendo, y ellos no se atrevieron a decirle cuál era el motivo, obviamente porque tenían vergüenza de que Jesús lo supiera. Ellos sabían que hacían mal al disputarse los primeros puestos. Ya lo que habían escuchado enseñar a su Maestro, y su sola compañía les había hecho comprender que Él condenaba la ambición. Pese a ello, su carne, es decir, su orgullo y su deseo de destacar, era más fuerte que su docilidad a las enseñanzas de su Maestro. Pero Jesús, que se cuidaba tanto de no herir los sentimientos de nadie, no los corrige directamente, sino lo hace por medio de un ejemplo, tomando a un niño en sus brazos. ¡Qué vergüenza deben haber sentido de haber discutido sobre un tema que quisieron ocultar! ¡Pero también cuán profundamente debe haber calado en su espíritu la enseñanza que Jesús les dio suavemente ese día cuando, una vez muerto, la recordaron! Porque en ese mismo momento, por lo que viene en los versículos siguientes de Lucas -que veremos otro día-, no parece que la hubieran entendido: El que quiera ser el primero, hágase el siervo de todos.
Hay pocas enseñanzas de Jesús que hayan sido más descuidadas y contradichas en la práctica por nosotros, los cristianos, a lo largo de los siglos que ésta, porque todos quieren ocupar los primeros puestos.
Amado lector: Jesús dijo: "De qué le sirve al hombre ganar el mundo si pierde su alma?" (Mr 8:36) Si tú no estás seguro de que cuando mueras vas a ir a gozar de la presencia de Dios, es muy importante que adquieras esa seguridad, porque no hay seguridad en la tierra que se le compare, y que sea tan necesaria. Con ese fin yo te exhorto a arrepentirte de todos tus pecados, y te invito a pedirle perdón a Dios por ellos haciendo la siguiente oración:
"Jesús, tú viniste al mundo a expiar en la cruz los pecados cometidos por todos los hombres, incluyendo los míos. Yo sé que no merezco tu perdón, porque te he ofendido consciente y voluntariamente muchísimas veces, pero tú me lo ofreces gratuitamente y sin merecerlo. Yo quiero recibirlo. Me arrepiento sinceramente de todos mis pecados y de todo el mal que he cometido hasta hoy. Perdóname, Señor, te lo ruego; lava mis pecados con tu sangre; entra en mi corazón y gobierna mi vida. En adelante quiero vivir para t i y servirte."

#885 (14.06.15). Depósito Legal #2004-5581. Director: José Belaunde M. Dirección: Independencia 1231, Miraflores, Lima, Perú 18. Tel 4227218. (Resolución #003694-2004/OSD-INDECOPI). 

miércoles, 6 de enero de 2016

PARÁBOLA DE LOS DOS DEUDORES

LA VIDA Y LA PALABRA
Por José Belaunde M.
PARÁBOLA DE LOS DOS DEUDORES
Un Comentario de Mateo 18:23-35
Esta bella parábola, con la que Jesús ilustra la enseñanza acerca del perdón que acaba de dar (Véase el artículo anterior, "Cómo se Debe Perdonar al Hermano" No. 883 del 31.05.15), contiene una bella enseñanza sobre la necesidad de perdonar a los que nos ofenden. Indirectamente habla también acerca de la redención.
Por una curiosa circunstancia la publicación de éste y el artículo anterior ha coincidido con unas preciosas enseñanzas recibidas en la iglesia sobre el tema del perdón. Como puede verse, sin embargo, el enfoque de mis artículos es diferente, siendo básicamente expositivo e histórico.
23. "Por lo cual el reino de los cielos es semejante a un rey que quiso hacer cuentas con sus siervos."
Jesús compara a su Padre con un soberano terreno que ajusta cuentas con sus administradores. Eso nos hace pensar en Dios como un juez delante de cuyo tribunal todos los seres humanos tendremos que comparecer algún día para darle cuenta de toda nuestra vida y de lo que hicimos, bueno o malo, con ella, y con los dones y talentos que nos fueron asignados. Como escribe Pablo: "todos compareceremos ante el tribunal de Cristo." (Rm 14:10, cf 2 Cor 5:10), y también: "cada uno de nosotros dará a Dios cuenta de sí." (Rm 14:12).
¿Quiénes son los siervos en la parábola? Son los administradores, o mayordomos, que los reyes solían poner al frente de sus asuntos, negocios y propiedades, a fin de que los administraran para obtener de ellas el  mayor beneficio posible para su soberano, al mismo tiempo que recibían una parte de los beneficios como remuneración.
24. "Y comenzando a hacer cuentas, le fue presentado uno que le debía diez mil talentos."
He aquí pues uno que, sea porque había sido negligente en su administración, sea porque había tomado para sí una parte excesiva del beneficio que correspondía a su señor, le adeudaba una suma sumamente alta. Un talento equivalía aproximadamente a 21 Kg de plata; 10 mil talentos alcanzaban a 210 mil kilos, una suma exorbitante. Y si se tratara de oro, el importe sería muchísimas veces mayor.
25. "A éste, como no pudo pagar, ordenó su señor venderle, y a su mujer e hijos, y todo lo que tenía, para que se le pagase la deuda."
Era costumbre en aquellos tiempos que cuando una persona incurría en deudas que no podía pagar, se le vendiera a él, a su esposa e hijos, incluyendo sus posesiones, como esclavos, para reembolsar el monto adeudado. (Nota 1) Esa venta significaba en la práctica que la familia fuera destruida, con el marido, la mujer y los hijos separados, porque eran vendidos a diferentes compradores. (2).
26. "Entonces aquel siervo, postrado, le suplicaba, diciendo: Señor, ten paciencia conmigo, y yo te lo pagaré todo."
Puesto ante esa terrible amenaza el siervo le pidió al rey que le diera tiempo para recabar todas las sumas que debía entregarle como fruto de su administración, suplicándole que no vendiera a los suyos, ni lo separara de su mujer e hijos. ¿Pero era sólo paciencia y tiempo lo que él necesitaba? Él necesitaba una  gracia mucho mayor. Pero, primero que nada, necesitaba arrepentirse, porque él sólo había pedido tiempo para pagar, pero no le había pedido perdón a su señor por haberle defraudado.
27. "El señor de aquel siervo, movido a misericordia, le soltó y le perdonó la deuda."
El rey, que era un hombre de corazón magnánimo, se compadeció de la situación de su siervo negligente, porque en lugar de concederle el plazo que le pedía para pagarle, yendo más allá de lo solicitado, le perdonó  toda la deuda. ¡Quién haría algo semejante sino Dios!
La gracia excepcional recibida debió haber cambiado su corazón, y de avaro como había sido, debió haberse vuelto generoso y compasivo. No fue el caso como vemos a  continuación.
28. “Pero saliendo aquel siervo, halló a uno de sus consiervos, que le debía cien denarios; y asiendo de él, le ahogaba, diciendo: Págame lo que me debes."
Sin embargo, el siervo que había sido liberado del peso de su enorme deuda por la misericordia de su señor, se encontró con un colega suyo que le debía una cantidad mucho menor, esto es, el salario de cien días de un obrero, una suma de cierto valor, pero insignificante comparada con la que a él le había sido perdonada. Y el  mal hombre, olvidando el enorme beneficio que había recibido, se abalanzó sobre su consiervo, y casi  ahorcándolo, le exigió que le pagase lo que le debía. ¡Qué diferencia de comportamiento tan grande! Actuó de manera completamente opuesta al trato que había recibido.
29,30. "Entonces su consiervo, postrándose a sus pies, le rogaba diciendo: Ten paciencia conmigo, y yo te lo pagaré todo. Mas él no quiso, sino fue y le echó en la cárcel, hasta que pagase la deuda."
El pobre hombre, imitando la actitud que su colega había tenido con el rey, se echó por tierra humildemente, y le rogó que le diera un plazo para que pudiera cumplir con su obligación. Posiblemente le enumeró también  las razones por las que, a pesar suyo, hasta ahora no había podido pagarle.
Pero el miserable acreedor no quiso escuchar su clamor, sino que, endureciendo su corazón, fue a acusarlo ante los tribunales, y obtuvo que echaran a su deudor a la cárcel. Eso puede sorprendernos, pero en esa  época no era inusual que la gente fuera echada en prisión por deudas impagas. Las leyes eran tan inmisericordes como el corazón de los hombres.
Cabe entonces preguntarse: Si estaba en la cárcel, ¿cómo podía pagar su deuda? Suponemos que pidiendo a los suyos que vendan todo lo que tengan en casa para reunir el dinero necesario, o que soliciten a amigos y  parientes una ayuda para cumplir con su obligación monetaria.
Notemos que el siervo inicuo no quiso tratar a su deudor con la misma compasión con la cual él había sido tratado, y ni siquiera le quiso acordar el plazo para pagar que él le había pedido al rey.
31. "Viendo sus consiervos lo que pasaba, se entristecieron mucho, y fueron y refirieron a su señor todo lo que había pasado."
Cuando los consiervos del pobre deudor se enteraron de lo que había pasado se afligieron y, sin duda, también se indignaron, porque fueron a denunciar el hecho al rey, seguros de que éste, siendo un hombre justo, se indignaría tanto como ellos. Y así sucedió efectivamente.
32,33. "Entonces, llamándole su señor, le dijo: Siervo malvado, toda aquella deuda te perdoné, porque me rogaste. ¿No debías tú también tener misericordia de tu consiervo, como yo tuve misericordia de ti?"
El rey, enfurecido, no podía menos que echarle en cara su comportamiento al siervo inmisericorde,  recordándole lo generoso que él había sido cuando, accediendo a sus súplicas de concederle un plazo, le  había perdonado la enorme deuda que le debía, algo que él no se había atrevido a pedir.
Si yo he sido compasivo contigo ¿no debías tú serlo también con quien te debía una cantidad muchísimo  menor? Si tú me guardas un ápice de respeto ¿mi conducta contigo no debía servirte de modelo de actitud frente a tu colega?
Aquí Dios nos dice: "Yo te he perdonado la deuda infinita que habías contraído conmigo a causa de tus pecados, ¿y tú no eres capaz de perdonar la pequeña deuda que tu hermano ha contraído  contigo al ofenderte?" El que ha recibido misericordia ¿no debe, a su vez, mostrar misericordia?
34,35. "Entonces su señor, enojado, le entregó a los verdugos, (3) hasta que pagase todo lo que le debía. Así también mi Padre celestial hará con vosotros si no perdonáis de todo corazón cada uno a su hermano sus ofensas."
El rey pues, finalmente, revocó la sentencia misericordiosa que había pronunciado primero, y le aplicó la sentencia más dura a su disposición: Que sea entregado a los cobradores más exigentes y severos a causa de su mal corazón, para que lo atormenten hasta que pague el último centavo adeudado. El hombre pasó de  tener toda su deuda remitida, a tenerla toda exigida y, ahora sí, sin compasión alguna. Él había sido librado de la cárcel por la compasión del rey, pero como no quiso ser a su vez compasivo con su consiervo, él mismo se echó en la cárcel. La misma justicia dura que él quiso aplicar a su colega, le fue aplicada a él.
No hay peor prisión que la del corazón que no perdona. El rencor que guardamos a los que nos han ofendido nos atormenta a nosotros, no al que ofendió, y puede incluso enfermarnos. La verdadera libertad de la cárcel del rencor en que tendemos a encerrarnos se alcanza sólo perdonando de todo corazón a los que nos han ofendido.
Jesús concluye la parábola diciendo: "Así también mi Padre celestial hará con vosotros si no perdonáis de todo corazón cada uno a su hermano sus ofensas."
Tal como vosotros hagáis con las personas que os ofendan, así obrará mi Padre con vosotros. Si no estáis dispuestos a perdonar, tampoco hallaréis perdón en la  corte celestial. Jesús lo dijo: "Bienaventurados los misericordiosos, porque ellos alcanzarán misericordia." (Mt 5:7)
No debe sacarse, sin embargo, conclusiones equivocadas de la parábola, como algunos han hecho, en el sentido de que Dios, como hizo el rey, puede revocar el perdón ya concedido al pecador. Una vez perdonados los pecados, lo están para siempre. Pero otra cosa es cuando el pecador fuera reincidente, y no mostrara  arrepentimiento. Si los pecados viejos le fueron perdonados, los nuevos no lo serán, si no se arrepiente.
De otro lado, ésta no es más que una parábola, es decir, un relato que ilustra una enseñanza. Si al perdonar al siervo que le debía una enorme suma el rey hizo un gesto de una generosidad excesiva, porque él no conocía el corazón del mal siervo, y no podía prever cómo el mal siervo se comportaría con su colega, Dios conoce perfectamente nuestros corazones y sabe muy bien cómo nos comportaremos ante cada situación que enfrentemos.
Esta parábola es, en el fondo, un desarrollo en forma de narración, de una de las peticiones del Padre Nuestro y de la explicación que sigue: "Perdónanos nuestras deudas, así como nosotros perdonamos a nuestros deudores". (Mt 6:12) Notemos que en el idioma arameo que hablaba Jesús una misma palabra significaba  deuda y pecado, reflejando el hecho básico de que, al pecar, el hombre contrae una deuda con Dios. "Porque si perdonáis a los hombres sus ofensas, os perdonará también a vosotros vuestro Padre celestial; mas si no perdonáis a los hombres sus ofensas, tampoco vuestro Padre os perdonará vuestras ofensas". (Mt 6:14,15).
Hay otras escrituras que expresan pensamientos afines: "Con la medida con que midáis, os será medido" (Lc 6:38); y "Trata a los demás como tú deseas ser tratado". (Lc 6:31). Pablo expresa el mismo pensamiento: "...perdonándoos unos a otros si alguno tuviere queja contra otro. De la manera como Cristo os perdonó, así también hacedlo vosotros." (Col 3:13).
La parábola contiene, por lo demás, una enseñanza valiosa acerca de la relación que existe entre la redención y la compasión que debemos mostrar con el hermano que nos ofende. No hay nada que el hombre pueda  hacer para expiar la culpa de sus pecados, pues constituyen una deuda inmensa e impagable. Pero Dios, consciente de nuestra incapacidad, cuando le pedimos perdón sinceramente, nos perdona por pura gracia, porque Jesús, al morir en la cruz por nosotros, expió todas nuestras culpas y canceló nuestra deuda.
Si Dios se porta así con nosotros, ¿cómo debemos nosotros comportarnos con nuestro prójimo? Al que mucho se le concede, dijo Jesús, mucho se le demanda (Lc 12:48). Si Dios te perdonó una deuda tan grande ¿no debes tú, aunque te cueste, perdonar la pequeña deuda (comparativamente hablando) que te debe tu prójimo?
Notas: 1. La ley mosaica permitía que se vendiera a alguien como esclavo si no podía hacer restitución de lo robado (Ex 22:3 cf Is 50:1) aunque después el profeta Amos (Am 2:6; 8:6) y Nehemías (Nh 5:4,5) denunciarían esa práctica. Cabe preguntarse ¿cómo es posible que la ley de Dios autorizara esa costumbre inhumana que era común entre las naciones entonces, e incluso bajo la ley romana? Como dijo Jesús alguna vez, por la dureza de sus corazones Dios permitía algunas cosas. Él expresaba de esa manera su condena del hurto. También autorizaba la ley que, si un hombre empobrecía, se vendiera a otro israelita, pero no como siervo, sino sólo como criado, y que en el año del Jubileo él y sus hijos recuperaran su libertad y sus posesiones (Lv 25:39-41). Véase en 2R 4:1-7 el episodio del aceite de la viuda donde el acreedor se iba a llevar a sus dos hijos.
2. Como podemos enterarnos por los diarios, esa práctica salvaje subsiste todavía en el Medio y Cercano Oriente.
3. Basanistais, es decir, atormentadores.
Amado lector: yo te exhorto a arrepentirte de todos tus pecados, y te invito a pedirle perdón a Dios por ellos haciendo la siguiente oración:
"Jesús, tú viniste al mundo a expiar en la cruz los pecados cometidos por todos los hombres, incluyendo los míos. Yo sé que no merezco tu perdón, porque te he ofendido consciente y voluntariamente muchísimas veces, pero tú me lo ofreces gratuitamente y sin merecerlo. Yo quiero recibirlo. Me arrepiento sinceramente de todos mis pecados y de todo el mal que he cometido hasta hoy. Perdóname, Señor, te lo ruego; lava mis pecados con tu sangre; entra en mi corazón y gobierna mi vida. En adelante quiero vivir para ti y servirte.”

#884 (07.06.15) Depósito Legal #2004-5581. Director: José Belaunde M. Dirección: Independencia 1231, Miraflores, Lima, Perú.18. Tel 4227218. (Resolución #003694-2004/OSD-INDECOPI).

miércoles, 16 de diciembre de 2015

CÓMO SE DEBE PERDONAR AL HERMANO

LA VIDA Y LA PALABRA
Por José Belaunde M.
CÓMO SE DEBE PERDONAR AL HERMANO
Un Comentario de Mateo 18:15-22
15. "Por tanto, si tu hermano peca contra ti, ve y repréndele estando tú y él solos; si te oyere, has ganado a tu hermano."
¿De qué manera puede tu hermano pecar contra ti? De infinitas maneras. Una sería insultándote, o tratándote sin consideración. Otra sería tomando algo tuyo sin tu autorización, o pretendiendo violar tu propiedad; otra sería hablando mal de ti, o calumniándote; y tantas otras maneras.
Si ése fuere el caso, anda donde él a solas -porque los testigos sobran en un primer abordaje y para no avergonzarlo- para que puedas hablarle con confianza, y reclamarle por lo ocurrido. Pero hazlo de buena manera, sin asperezas, con un tono  conciliatorio que no excluya la firmeza, apoyado en lo que dice Lv 19:17 ("razonarás con tu prójimo”) en un pasaje que trata de las relaciones con el prójimo, que prohíbe vengarse y guardar rencor contra “los hijos de tu pueblo”, y que incluye el mandamiento que Jesús cita, calificándolo como el segundo gran mandamiento de la ley: "Amarás a tu prójimo como a ti mismo" (Lv 19:18; cf Mt 22:39).
Si él te hiciera caso y te diera la razón, disculpándose, como dice Jesús, has ganado a tu hermano que estaba a punto de convertirse en tu enemigo. Y haced las paces.
Pero observemos que, según Jesús, trastocando los criterios del mundo, no es el ofensor el que debe pedir disculpas, sino es el ofendido el que debe buscar la reconciliación.
Sin embargo, vale la pena notar que en la mayoría de manuscritos no figuran las palabras "contra ti", lo que hace pensar que Jesús podría estarse refiriendo aquí a pecar en términos generales, no necesariamente a ofensas personales. Eso coincidiría con lo que expone St 5:19 respecto del que "se ha extraviado de la verdad", es decir, que ha apostatado de la fe.
16. "Mas si no te oyere, toma aún contigo a uno o dos, para que en boca de dos o tres testigos conste toda palabra."
Pero si no quiere hacerte caso, ni darte la razón cuando tú la tienes, entonces ha llegado el momento de que convoques a una o dos  personas neutrales, para que ellos sean testigos de lo que tú y tu hermano se digan, y puedan, de paso, ayudarlos a llegar a un  arreglo amistoso. De esa forma ya no será tu palabra contra la suya si no hay arreglo, sino que será la de dos o tres testigos, incluyéndote a ti, los que den fe del asunto contra tu hermano.
Al proponer esta fórmula Jesús no está proponiendo nada nuevo, sino recurriendo a un principio sentado por el Deuteronomio,  según el cual no se puede acusar en ningún caso a una persona por el testimonio de un solo testigo, sino que se necesita que lo hagan por lo menos dos o tres. (Dt 17:6; 19:15).
Notemos que el procedimiento propuesto por Jesús, sobre la base de un sabio principio deuteronómico, puede aplicarse con provecho a faltas, o pecados, en sentido general que ofenden a la moral  pública, o que sean contrarias a una conducta recta y, con mayor motivo, a pecados cometidos contra Dios y al honor debido a su nombre, no exclusivamente a ofensas personales.
¿Es aplicable este principio en nuestros días -en que la legislación es tan complicada- a las relaciones interpersonales, o a las  infracciones contra la sociedad? No estoy seguro, salvo en los procedimientos de conciliación, o de arbitraje, que se han instaurado en muchos países como etapa previa antes de pasar a la etapa judicial, o para evitar hacerlo, y ahorrarse todos los costos de tiempo y dinero que eso significa. (Nota 1)
17. "Si no los oyere a ellos, dilo a la iglesia; y si no oyere a la iglesia, tenle por gentil y publicano".
Finalmente, si el ofensor no hace caso de los conciliadores de  buena voluntad, Jesús propone que el asunto se someta a la iglesia, para que sea ella como cuerpo, representada por sus cabezas, la que decida en la queja o contienda y si se llegara al extremo de que el ofensor tampoco hace caso de la iglesia, entonces se le tenga por un pagano o publicano, es decir, por alguien con quien nadie  quisiera tener trato, lo que implica excluirlo también de la iglesia. Esta decisión de exclusión es algo que Pablo también permite en algunos casos extremos (1 Cor 5:3-5), llegando a señalar que ni  siquiera se coma con el ofensor (1Cor 5:11).
Es notable en este caso que Jesús no diga que el ofensor recalcitrante debe ser denunciado ante la Sinagoga, que intervenía en estos asuntos en su tiempo, sino que manda expresamente que  el asunto sea sometido a la iglesia ¡que todavía como tal no existía! pero que Él estaba llamando a la existencia al anunciar que la edificaría (Mt 16:18).
Es también muy interesante el hecho de que en situaciones de ofensas personales, o de violación de derechos, Jesús no aconseje presentar (figuradamente) la otra mejilla al que ofendió, sino  buscar una solución justa a través de la comunidad como cuerpo constituido. El motivo es, sin duda que, más allá de las motivaciones personales, el sentido de la justicia debe prevalecer. Sin justicia la sociedad humana no puede subsistir. La justicia es uno de sus pilares. Jesús en su pasión, cuando estaba delante del sumo sacerdote Anás y fue golpeado fuertemente en la mejilla por un alguacil, no le presentó mansamente la otra mejilla al esbirro para que lo golpeara nuevamente, sino protestó: "Si he hablado mal, testifica en qué está el mal; y si bien, ¿por qué me golpeas?" (Juan 18:23). De otro lado, Él se negó a responder a todas las acusaciones que presentaban falsos testigos contra Él.
Jesús concluye su enseñanza sobre este punto diciendo: "Si no los oyere a ellos, dilo a la iglesia; y si no oyere a la iglesia, tenle por gentil y publicano." Es decir, obedeciendo a la decisión que ha tomado la iglesia al respecto, tú tenlo por alguien con quien no quieras tener arte ni parte, un hombre del mundo, no un cristiano.
Esta palabra nos pone delante de una conclusión obvia: El cristiano, el miembro de una iglesia, tiene la obligación de someterse a las decisiones de ésta. Y si creyere que por serias razones de conciencia no puede hacerlo, debe apartarse de ella.
18. "De cierto os digo que todo lo que atéis en la tierra, será atado en el cielo; y todo lo que desatéis en la tierra, será desatado en el cielo."
Jesús repite aquí la promesa que le hizo a Pedro cuando le entregó las llaves del reino de los cielos (Mt 16:19); promesa que ahora hace extensiva no sólo a todos los apóstoles, sino a la iglesia entera simbolizada por ellos.
"Todo lo que atéis...". En el simbolismo judío de su tiempo, atar es prohibir y desatar es permitir. Esta autoridad abarca todas las decisiones y acciones que la iglesia puede tomar acerca de las personas, así como respecto de los asuntos más diversos,  incluyendo los económicos.
Interesante es que esta vez haga como introducción a esas palabras una afirmación solemne: "De cierto os digo..." como diciendo: tengamos esto muy en cuenta. Ésta es una potestad que yo, como cabeza de la iglesia, doy a los que la dirigen en la tierra. Yo avalo todo lo que vosotros permitáis, así como todo lo que vosotros prohibáis. Tenéis autoridad para ello, una autoridad que procede de mí.
Con esas palabras Jesús ha dado a la iglesia una autoridad muy grande en asuntos graves de gobierno, por lo que podemos también estar seguros, aunque no lo diga aquí, que Él pedirá a la iglesia una cuenta severa de cómo usó esa autoridad. No es algo que pueda ser tomado a la ligera, porque cuanto mayor es la autoridad, mayor es la responsabilidad. Pero esta delegación de autoridad lleva la promesa implícita de que la iglesia contará con la asistencia del Espíritu Santo para ejercerla.
19,20. "Otra vez os digo, que si dos de vosotros se pusieren de acuerdo en la tierra acerca del cualquier cosa que pidieren, les será hecho por mi Padre que está en los cielos. Porque donde están dos o tres congregados en mi nombre, allí estoy yo en medio de ellos."
Una muestra de la gran unidad que existe entre Cristo y su iglesia, entre Cristo y sus discípulos, entre Cristo y sus seguidores, es esta promesa de Jesús sobre el poder de la oración. Basta que dos o tres creyentes se pongan de acuerdo sobre cualquier cosa que quieran pedirle al Padre, para que Él lo haga.
Pero muchos se dirán: ¿Ocurre eso en la realidad? Porque muchas veces le hemos pedido algo a Dios poniéndonos de acuerdo dos o tres personas al orar, y no se nos ha sido concedido. ¿Es ésta una promesa vana, o una promesa exagerada en la práctica? ¿Accede Dios tan fácilmente a nuestras peticiones?
La condición que pone Jesús para que esta promesa se cumpla está claramente expuesta en seguida: Que esos dos o tres que piden estén reunidos en su Nombre, porque cuando eso suceda, Él estará en medio de ellos. Esto es, ya no serán ellos solos los que oren, sino
Jesús mismo lo hará con ellos: Yo haré mía su petición. Estas  palabras resaltan una realidad espiritual que excede en mucho al mero hecho de orar o pedir: Que donde quiera y cuando quiera que estén reunidos en su Nombre dos o más discípulos suyos, Él estará presente con ellos.
En otras palabras: Nosotros podemos invocar la presencia de Jesús en medio nuestro con tan sólo reunimos en Nombre suyo. Jesús está en todas partes, porque Él es Dios y lo llena todo, pero lo está de una manera especial y personal cuando dos o tres, o más personas, invocan su presencia. ¿Somos conscientes de esta maravillosa verdad? Donde quiera que yo me reúna con un  cristiano, hombre o mujer, amigo o pariente, Él está en medio nuestro como lo estaba en medio de sus discípulos cuando andaba y conversaba con ellos en Galilea. Si tuviéramos fe suficiente podríamos, por así decirlo, tocar sus vestidos, sentir su aliento.
De otro lado, es obvio que Jesús no puede hacer suya una petición nuestra que no sea conforme a la voluntad de Dios, por mucho que nos reunamos en su nombre para orar. Véase al  respecto Jn 5:14,15: "Y esta es la confianza que tenemos en Él, que  si pedimos alguna cosa conforme a su voluntad, Él no oye. Y si  sabemos que Él nos oye en cualquiera cosa que pidamos, sabemos que tenemos las peticiones que le hayamos hecho."
21,22. "Entonces se le acercó Pedro y le dijo: Señor, ¿cuántas veces perdonaré a mi hermano que peque contra mí? ¿Hasta siete? Jesús  le dijo: No te digo hasta siete, sino aun hasta setenta veces siete." (2)
Los versículos 18 al 20, importantes como son, son casi como un paréntesis insertado en medio del tema del perdón.
Mateo retoma ese tema indicándonos una preocupación que ha quedado en la mente de sus discípulos y que, como de costumbre, Pedro expresa: ¿Cuántas veces debo perdonar a mi hermano que me ofenda? ¿Hasta siete veces? Siete es un número que, como sabemos, tiene una significación simbólica, y establece también un límite.
La respuesta de Jesús implica que no hay límites al perdón, porque eso es lo que la cifra de setenta veces siete, es decir, cuatrocientos noventa, significa en este contexto. (3). Nunca te canses de  perdonar a tu prójimo. Debes perdonarlo tantas veces como tu Padre celestial está dispuesto a perdonarte a ti, cuando te arrepientes y le pides perdón. ¿Pone Dios un límite al perdón que Él continua y gratuitamente nos ofrece? No. Entonces tú tampoco lo hagas. Si quieres ser perfecto como tu Padre que está en los cielos es perfecto (Mt 5:48), tampoco debes poner límite tú al número de veces que perdones a tu hermano.
Para ilustrar su pensamiento Jesús recurre, como era su costumbre, a narrar una parábola que veremos en el siguiente artículo.
Notas: 1. El principio deuteronómico de dos o tres testigos puede ser el motivo por el cual gran número de hechos, palabras, o actos de Jesús, suelen tener tres testigos (es decir, pasajes) en los evangelios sinópticos que los sustentan. Por ejemplo, las tres tentaciones de Jesús están en Mr 1:12,18; Mt 4:1-11 y Lc 4:1-13. O el llamado a los cuatro pescadores para que se conviertan en pescadores de hombres, que está en Mr 1:16-20; Mt 4: 18-22 y Lc 5: 1-11. O la curación de la suegra de Pedro, que está en Mr 1:29-34; Mt 8:14-17 y Lc 4:38-41, por citar algunos ejemplos. Algunos episodios están narrados en sólo dos evangelios sinópticos, y otros, dada su importancia, están narrados en los cuatro evangelios, como la negación de Pedro y la crucifixión.
2. En Lc 17:3,4 la respuesta de Jesús es ligeramente diferente, aunque el sentido es el mismo: perdónalo siete veces cada día si es necesario.
3. Al decir setenta veces siete Jesús está citando una locución bíblica que se remonta a los inicios del Génesis (4:24). En esa ocasión Lamec dice que él se vengará setenta veces siete por las ofensas que reciba. Aquí, en cambio, Jesús insta a sus discípulos a perdonar igual número de veces al hermano. Es interesante notar que, según el judaísmo rabínico (Talmud de Babilonia), el hombre está obligado a perdonar sólo tres veces a su prójimo, lo que tendría cierto apoyo en Am 1:3,6,9,11, etc. Su espíritu práctico pone un límite a la ilimitada caridad cristiana.
Amado lector: yo te exhorto a arrepentirte de todos tus pecados, y te invito a pedirle perdón a Dios por ellos haciendo la siguiente oración:
"Jesús, tú viniste al mundo a expiar en la cruz los pecados cometidos por todos los hombres, incluyendo los míos. Yo sé que  no merezco tu perdón, porque te he ofendido consciente y voluntariamente muchísimas veces, pero tú me lo ofreces  gratuitamente y sin merecerlo. Yo quiero recibirlo. Me arrepiento sinceramente de todos mis pecados y de todo el mal que he cometido hasta hoy. Perdóname, Señor, te lo ruego; lava mis  pecados con tu sangre; entra en mi corazón y gobierna mi vida. En adelante quiero vivir para ti y servirte."

#883 (31.05.15). Depósito Legal #2004-5581. Director: José Belaunde M. Dirección: Independencia 1231, Miraflores, Lima, Perú 18. Tel 4227218. (Resolución # 003694-2004/OSD INDECOPI)

viernes, 4 de diciembre de 2015

MENSAJES A LAS SIETE IGLESIAS XI - FILADELFIA II

LA VIDA Y LA PALABRA
Por José Belaunde M.
MENSAJES A LAS SIETE IGLESIAS XI
A LA IGLESIA DE FILADELFIA II
Un Comentario de Apocalipsis 3:9-13
9. “He aquí, yo entrego de la sinagoga de Satanás a los que se dicen ser judíos y no lo son, sino que mienten; he aquí, yo haré que vengan y se postren a tus pies, y reconozcan que yo te he amado.”
Este versículo alude al conflicto que desde el inicio de la predicación del Evangelio surgió con los judíos, que se hicieron perseguidores de la Iglesia. Pablo mismo, cuando se llamaba Saulo, fue un acérrimo perseguidor de los creyentes, hasta que cambió su corazón cuando se le apareció Jesús camino a Damasco (Hch 9:1-9).
A estos enemigos de la iglesia Jesús los llama falsos judíos, porque los verdaderos judíos son los que han circuncidado no su carne sino su corazón, creyendo en Él. (Rm 2:28,29). De esos incrédulos Jesús anuncia que algunos reconocerán su error, se arrepentirán y vendrán humillados a los pies de aquellos que persiguieron (Is 45:14; 49:23; 60:14). No está declarado explícitamente que creerán en Él, aunque no debe descartarse que lo hagan. De los que permanecen impertérritos en su error Jesús dice que son miembros de la sinagoga de Satanás, término que también da en su carta a la iglesia de Esmirna a los judíos de esa ciudad (Ap 2:9) porque, en verdad, es el maligno quien impulsa a los enemigos de Dios a perseguir a los creyentes, como bien nos lo recuerda Pablo en Ef 6:12.
Nótese, sin embargo, que la profecía de Isaías que hemos citado se refiere a una vindicación de Israel frente a sus opresores, que los habían conquistado y enviado al exilio. Pero esa vindicación no se produjo, porque la mayoría del pueblo de Israel, al desconocer al Mesías esperado, anunciado por los profetas, renunció a ese triunfo. Por tanto, la promesa de Dios fue transferida a los seguidores de Cristo, a quienes no sólo los pueblos gentiles, sino los mismos judíos, vendrán un día a reconocer como su Salvador.
Por tanto, podemos ver en este versículo una alusión a la futura conversión en masa del pueblo judío, que anuncia Pablo en Rm 11:2, cuando las ramas del buen olivo que es Israel, que fueron desgajadas por su incredulidad, (Rm 11:20), sean de nuevo injertadas al creer en Jesús (Rm 11:23), y “todo Israel sea salvo” (Rm 11:26).
Entretanto los judíos incrédulos posiblemente excluían de la sinagoga a los judíos creyentes, levantando contra ellos acusaciones falsas, siguiendo el ejemplo del acusador mayor, Satanás, de quienes ellos eran, en verdad, hijos, aunque alegaban ser hijos de Abraham (Véase Jn 8:33-47).
Jesús continúa diciendo:
10. “Por cuanto has guardado la palabra de mi paciencia, yo también te guardaré de la hora de la prueba que ha de venir sobre el mundo entero, para probar a los que moran sobre la tierra.”
¿Qué quiere decir “la palabra de mi paciencia”? Haber soportado la persecución sin flaquear. La frase de Jesús que debe haber resonado en sus oídos y en sus mentes es: “Bienaventurados sois cuando por mi causa os vituperen y os persigan, y digan toda clase de mal contra vosotros, mintiendo. Gozaos y alegraos, porque vuestro galardón es grande en los cielos; porque así persiguieron a los profetas que fueron antes de vosotros.” (Mt 5:11,12). Nótese que Jesús dice: “la palabra de mi paciencia”, lo que nos recuerda la frase de Pablo: “la paciencia de Cristo” (2Ts 3:5). Esto es, la paciencia con que Jesús soportó los padecimientos de la cruz, que es para nosotros un modelo digno de imitar. Los judíos de la sinagoga de Satanás los acosaban y calumniaban con el fin de alejarlos de la fe y mellar su fidelidad a Cristo, pero no pudieron vencer su constancia, porque ellos se mantuvieron fieles al mensaje que habían recibido, imitando a Cristo en su mansedumbre frente a los padecimientos. Y fue sin duda, ésta y no elocuentes argumentos, lo que venció a la incredulidad de sus enemigos.
En recompensa a su constancia Jesús les promete guardarlos de los rigores de la prueba que ha de venir sobre el mundo entero. Aquí la pregunta que surge es: Históricamente ¿a qué prueba que vendría sobre el mundo entero se refiere Jesús? ¿Se trata de la gran tribulación que vendría en los últimos días? Véase lo que se dice más abajo al respecto. Yo me atrevería a suponer que se trata de una de esas epidemias ocasionales que asolaban el imperio romano de tiempo en tiempo, y en las que moría muchísima gente. Una calamidad de ese tipo constituye una verdadera prueba para cualquier grupo de personas. ¿O sería una nueva serie de terremotos, como los que habían asolado la región entre los años 17 y 20 DC?
Pero también puede suponerse que se refiere a la persecución de los cristianos que sería desatada por los emperadores romanos, en particular por Domiciano, hacia fines del primer siglo, que fue especialmente cruel (La decretada por Nerón en la década del 60, estuvo limitada a la ciudad de Roma). Otros, en fin, piensan que se trata de la “gran tribulación” de los últimos días, (mencionada por Jesús en Mt 24:21,22; Mr 13:14,19,20) y que ha de preceder a su segunda venida.
Si se tratara de esto último habría que considerar dos aspectos:
1) la persecución de la iglesia instigada por el anticristo (Ap 13:7) al que adorarán todos aquellos cuyos nombres no estén inscritos en el libro de la vida (13:8); y
2) la ira de Dios que se descargará sobre los seguidores de la bestia (Ap 9:20,21).
Siempre que aparece la expresión “los que moran en la tierra” se refiere al mundo pagano que no se arrepiente (Ap 6:10; 8:13; 11:10; 12:12; 13:8,12,14; 14:6; 17:2,8) y que se distingue de aquellos que llevan “el sello de Dios en sus frentes” (Ap 9:4), y que serán protegidos. Es muy interesante notar que uno encuentra en el comentario de este pasaje de Apocalipsis escrita por Andrés de Cesarea (567-637), una alusión clara al “arrebatamiento pretribulacional” que enseñan los dispensacionalistas, basándose en 1Ts 4:16,17. (Nota)
11. “He aquí, yo vengo pronto; retén lo que tienes, para que ninguno tome tu corona.”
Esta no es la única epístola a las iglesias en las que Jesús dice clara y enfáticamente: “Yo vengo pronto”.
También lo dice a las iglesias de Éfeso y de Pérgamo (Ap 2:5 y 16). En la epístola anterior, al ángel de la iglesia de Sardis, le ha amenazado con venir si no vela (3:3). Es un anuncio severo, pero condicional. A la iglesia de Tiatira le dice como una admonición referida a un evento lejano: “lo que tenéis retenedlo hasta que yo venga” (2:25).
Y a la iglesia de Laodicea –la epístola siguiente- le dice esas palabras que se han hecho tan conocidas: “Yo estoy a la puerta y llamo” (Ap 3:20). Se trata de una venida personal.
Todas estas palabras de anuncio se refieren a su segunda venida. Ellas expresan la expectativa en que vivía la iglesia de que la anunciada venida de Jesús en las nubes (Hch 1:9-11), era inminente. Es el anuncio con que se cierra también el libro: “Ciertamente vengo en breve”. A lo que responde Juan: “Sí, ven, Señor Jesús”. (Ap 22:20).
¿Por qué tarda en venir? Este sentimiento de expectativa defraudada debe haber sido tan fuerte en algún momento que Pedro se vio obligado a explicar el motivo de lo que para la percepción de los fieles era tardanza: “El Señor no retarda su promesa, según algunos la tienen por tardanza, sino que es paciente para con nosotros, no queriendo que ninguno perezca, sino que todos procedan al arrepentimiento.” (2P 3:9). Lo dice después de explicar que para el Señor “un día es como mil años, y mil años como un día” (v.8). Los tiempos del Señor son muy diferentes a los del hombre. Ése es un mensaje que desde Isaías se escucha: “Porque mis pensamientos no son como vuestros pensamientos.” (Is 55:8). Y así es, en verdad: una cosa es cómo ven los hombres el futuro anunciado, y otra cómo Dios lo ve. Por eso es que las profecías no se entienden plenamente sino cuando ocurren. Pero al ángel de la iglesia de Filadelfia Jesús le dice, después de anunciar su pronta venida: “Retén lo que tienes”. Es una exhortación dirigida a todos los que congrega esa iglesia, “para que ninguno tome tu corona”, y que recuerda las palabras dirigidas a la iglesia de Esmirna: “Sé fiel hasta la muerte, y yo te daré la corona de la vida.” (Ap 2:10).
¿De qué corona se trata? ¿De la corona de la salvación, o de la corona de la recompensa? De lo segundo, porque nadie puede tomar el lugar de otro en el libro de la vida, pero otro sí puede tomar mi lugar en la recompensa, si Dios debido a mis fallas, se ve obligado a llamar a otro para que cumpla la tarea que me había asignado, y que yo no supe cumplir. ¿A cuántos les habrá sucedido eso? ¿Que Dios los llamó para una misión específica que no cumplieron, y Dios tuvo que llamar a otro que la lleve a cabo? Ocurrió, como sabemos, con Saúl, el primer rey de Israel, a quien Dios desechó y que fue reemplazado por David.
¡Ah, que a ninguno le suceda eso! ¡Que Dios nos llame con un propósito definido, y no sepamos retener lo que teníamos, y Él tenga que llamar a otro para que ocupe nuestro lugar y reciba la corona que nos estaba destinada! ¿De qué depende el que no nos ocurra? De nuestra fidelidad.
Pero ¿podemos realmente perder lo que el Señor nos había dado? ¿Nuestra obediencia, nuestra fidelidad, nuestra paciencia? Sí, en verdad, podemos perder los tesoros de virtud que nos habían sido dados. Por eso Jesús exhortó a sus discípulos: “Velad y orad, para que no entréis en tentación” (Mt 26:41). El enemigo merodea en torno nuestro para ver a quién puede tentar para que se enfríe y deje su antiguo amor y que acaso peque (1P 5:8). A todos nos puede suceder, que se enfríe nuestro primer amor y se vuelva rutina.
12. “Al que venciere, yo lo haré columna en el templo de mi Dios, y nunca más saldrá de allí; y escribiré sobre él el nombre de mi Dios, y el nombre de la ciudad de mi Dios, la nueva Jerusalén, la cual desciende del cielo, de mi Dios, y mi nombre nuevo.”
Al que triunfare sobre todas las tentaciones que el enemigo provoque, y todos los ataques del entorno hostil, y se mantenga firme hasta el final, una vez que sea llamado de esta vida, dice Jesús, yo lo haré columna en el nuevo templo donde se adora a Dios sin cesar, el cual, a diferencia del antiguo, no será hecho por manos humanas. Es un templo espiritual conformado por todos los que son salvos a manera de piedras vivas, en el que se adora perpetuamente a Dios (1P 2:5).
La palabra “columna” da una idea de estabilidad y de firmeza, pero también de adorno, que contribuye a la belleza del lugar. Las columnas atraen la mirada de todos. Al que se paró firme como una columna cuando fue sometido a prueba, Dios lo premiará, en primer lugar, haciendo que sea uno de los pilares que adorne la Nueva Jerusalén, que ha de descender del cielo al final de los tiempos.
Y en segundo lugar, escribirá sobre él el nombre eterno de Dios y de su ciudad que descenderá sobre la tierra para habitación de los que fueron fieles (Véase Ap 21:9ss). Tener escrito el nombre de Dios es un signo de pertenencia. Pero Jesús añade que Él escribirá sobre el que venciere el nombre nuevo que Él va a recibir (y al que alude Ap 19:12) cuando, a su vez, venza al anticristo (Ap 19:20). ¿Cuál puede ser ese nombre que aún no ha sido revelado? ¿Qué sorpresa nos tiene reservado el Señor?
Nótese que la Nueva Jerusalén (la ciudad santa) es el nombre simbólico del reino consumado de Dios (Hb 12:22) que aún ha de manifestarse, por cuya venida todos nosotros rogamos y en el que ciframos nuestra esperanza (Ap 21:1-3). Mientras ese reino no llegue –y sólo llegará cuando Jesús vuelva- nosotros no tenemos ciudadanía en la tierra, seguimos siendo extranjeros y peregrinos en ella, como se dice en 1P 2:11.
El día en que la Nueva Jerusalén descienda del cielo, el cielo y la tierra se unirán, y la tierra será finalmente librada de la esclavitud de la corrupción, a la que estuvo sujeta a causa del pecado (Rm 8:20,21). Junto con ella se llevará a cabo la redención del cuerpo (Rm 8:23), según anuncia Pablo (1Cor 15:51-54).
Por último, la carta concluye con la frase con que también han terminado las cartas a las otras iglesias:
13. “El que tiene oído, oiga lo que el Espíritu dice a las iglesias.”
Ya se ha explicado en artículos anteriores lo que esta frase repetida significa, por lo que no creo necesario volverlo a decir aquí. Véase en particular la carta dirigida a la iglesia de Pérgamo (#901 del 11.10.15).
Nota: A ese respecto quisiera anotar que los creyentes que son levantados para recibir al Señor en el aire, lo son para descender enseguida con Él a la tierra, a la manera como los habitantes de las ciudades en la antigüedad solían recibir a los generales victoriosos para entrar triunfantes con ellos.
NB. Desde el punto de vista histórico-simbólico la iglesia de Filadelfia representa a la época actual, a partir de mediados del siglo XVIII, en que, mediante la expansión del movimiento misionero, el Evangelio viene siendo progresivamente predicado en el mundo entero. Esta época subsiste simultáneamente con la representada por la iglesia de Laodicea, la era de la apostasía, en que la verdad de las Escrituras es puesta en duda, cuando no directamente negada por la alta crítica; en que las naciones antes cristianas abandonan la fe de sus mayores, y retornan al paganismo; una época en que parece que Sodoma y Gomorra hubieran resucitado del fuego que las consumió para extender por doquier su perversa influencia.


Amado lector: Jesús dijo: “¿De qué le sirve al hombre ganar el mundo si pierde su alma?” Si tú no estás seguro de que cuando mueras vas a ir a gozar de la presencia de Dios, yo te animo a adquirir esa seguridad porque de ella depende tu destino eterno. Con ese fin te exhorto a arrepentirte de tus pecados, y te invito a pedirle perdón a Dios por ellos haciendo una sencilla oración:
   “Jesús, tú viniste al mundo a expiar en la cruz los pecados cometidos por todos los hombres, incluyendo los míos. Yo sé que no merezco tu perdón, porque te he ofendido conciente y voluntariamente muchísimas veces, pero tú me lo ofreces gratuitamente y sin merecerlo. Yo quiero recibirlo. Me arrepiento sinceramente de todos mis pecados y de todo el mal que he cometido hasta hoy. Perdóname, Señor, te lo ruego; lava mis pecados con tu sangre; entra en mi corazón y gobierna mi vida. En adelante quiero vivir para ti y servirte.”

#907 (). Depósito Legal #2004-5581. Director: José Belaunde M. Dirección: Independencia 1231, Miraflores, Lima, Perú 18. Tel 4227218. (Resolución #003694-2004/OSD-INDECOPI).