miércoles, 16 de diciembre de 2015

CÓMO SE DEBE PERDONAR AL HERMANO

LA VIDA Y LA PALABRA
Por José Belaunde M.
CÓMO SE DEBE PERDONAR AL HERMANO
Un Comentario de Mateo 18:15-22
15. "Por tanto, si tu hermano peca contra ti, ve y repréndele estando tú y él solos; si te oyere, has ganado a tu hermano."
¿De qué manera puede tu hermano pecar contra ti? De infinitas maneras. Una sería insultándote, o tratándote sin consideración. Otra sería tomando algo tuyo sin tu autorización, o pretendiendo violar tu propiedad; otra sería hablando mal de ti, o calumniándote; y tantas otras maneras.
Si ése fuere el caso, anda donde él a solas -porque los testigos sobran en un primer abordaje y para no avergonzarlo- para que puedas hablarle con confianza, y reclamarle por lo ocurrido. Pero hazlo de buena manera, sin asperezas, con un tono  conciliatorio que no excluya la firmeza, apoyado en lo que dice Lv 19:17 ("razonarás con tu prójimo”) en un pasaje que trata de las relaciones con el prójimo, que prohíbe vengarse y guardar rencor contra “los hijos de tu pueblo”, y que incluye el mandamiento que Jesús cita, calificándolo como el segundo gran mandamiento de la ley: "Amarás a tu prójimo como a ti mismo" (Lv 19:18; cf Mt 22:39).
Si él te hiciera caso y te diera la razón, disculpándose, como dice Jesús, has ganado a tu hermano que estaba a punto de convertirse en tu enemigo. Y haced las paces.
Pero observemos que, según Jesús, trastocando los criterios del mundo, no es el ofensor el que debe pedir disculpas, sino es el ofendido el que debe buscar la reconciliación.
Sin embargo, vale la pena notar que en la mayoría de manuscritos no figuran las palabras "contra ti", lo que hace pensar que Jesús podría estarse refiriendo aquí a pecar en términos generales, no necesariamente a ofensas personales. Eso coincidiría con lo que expone St 5:19 respecto del que "se ha extraviado de la verdad", es decir, que ha apostatado de la fe.
16. "Mas si no te oyere, toma aún contigo a uno o dos, para que en boca de dos o tres testigos conste toda palabra."
Pero si no quiere hacerte caso, ni darte la razón cuando tú la tienes, entonces ha llegado el momento de que convoques a una o dos  personas neutrales, para que ellos sean testigos de lo que tú y tu hermano se digan, y puedan, de paso, ayudarlos a llegar a un  arreglo amistoso. De esa forma ya no será tu palabra contra la suya si no hay arreglo, sino que será la de dos o tres testigos, incluyéndote a ti, los que den fe del asunto contra tu hermano.
Al proponer esta fórmula Jesús no está proponiendo nada nuevo, sino recurriendo a un principio sentado por el Deuteronomio,  según el cual no se puede acusar en ningún caso a una persona por el testimonio de un solo testigo, sino que se necesita que lo hagan por lo menos dos o tres. (Dt 17:6; 19:15).
Notemos que el procedimiento propuesto por Jesús, sobre la base de un sabio principio deuteronómico, puede aplicarse con provecho a faltas, o pecados, en sentido general que ofenden a la moral  pública, o que sean contrarias a una conducta recta y, con mayor motivo, a pecados cometidos contra Dios y al honor debido a su nombre, no exclusivamente a ofensas personales.
¿Es aplicable este principio en nuestros días -en que la legislación es tan complicada- a las relaciones interpersonales, o a las  infracciones contra la sociedad? No estoy seguro, salvo en los procedimientos de conciliación, o de arbitraje, que se han instaurado en muchos países como etapa previa antes de pasar a la etapa judicial, o para evitar hacerlo, y ahorrarse todos los costos de tiempo y dinero que eso significa. (Nota 1)
17. "Si no los oyere a ellos, dilo a la iglesia; y si no oyere a la iglesia, tenle por gentil y publicano".
Finalmente, si el ofensor no hace caso de los conciliadores de  buena voluntad, Jesús propone que el asunto se someta a la iglesia, para que sea ella como cuerpo, representada por sus cabezas, la que decida en la queja o contienda y si se llegara al extremo de que el ofensor tampoco hace caso de la iglesia, entonces se le tenga por un pagano o publicano, es decir, por alguien con quien nadie  quisiera tener trato, lo que implica excluirlo también de la iglesia. Esta decisión de exclusión es algo que Pablo también permite en algunos casos extremos (1 Cor 5:3-5), llegando a señalar que ni  siquiera se coma con el ofensor (1Cor 5:11).
Es notable en este caso que Jesús no diga que el ofensor recalcitrante debe ser denunciado ante la Sinagoga, que intervenía en estos asuntos en su tiempo, sino que manda expresamente que  el asunto sea sometido a la iglesia ¡que todavía como tal no existía! pero que Él estaba llamando a la existencia al anunciar que la edificaría (Mt 16:18).
Es también muy interesante el hecho de que en situaciones de ofensas personales, o de violación de derechos, Jesús no aconseje presentar (figuradamente) la otra mejilla al que ofendió, sino  buscar una solución justa a través de la comunidad como cuerpo constituido. El motivo es, sin duda que, más allá de las motivaciones personales, el sentido de la justicia debe prevalecer. Sin justicia la sociedad humana no puede subsistir. La justicia es uno de sus pilares. Jesús en su pasión, cuando estaba delante del sumo sacerdote Anás y fue golpeado fuertemente en la mejilla por un alguacil, no le presentó mansamente la otra mejilla al esbirro para que lo golpeara nuevamente, sino protestó: "Si he hablado mal, testifica en qué está el mal; y si bien, ¿por qué me golpeas?" (Juan 18:23). De otro lado, Él se negó a responder a todas las acusaciones que presentaban falsos testigos contra Él.
Jesús concluye su enseñanza sobre este punto diciendo: "Si no los oyere a ellos, dilo a la iglesia; y si no oyere a la iglesia, tenle por gentil y publicano." Es decir, obedeciendo a la decisión que ha tomado la iglesia al respecto, tú tenlo por alguien con quien no quieras tener arte ni parte, un hombre del mundo, no un cristiano.
Esta palabra nos pone delante de una conclusión obvia: El cristiano, el miembro de una iglesia, tiene la obligación de someterse a las decisiones de ésta. Y si creyere que por serias razones de conciencia no puede hacerlo, debe apartarse de ella.
18. "De cierto os digo que todo lo que atéis en la tierra, será atado en el cielo; y todo lo que desatéis en la tierra, será desatado en el cielo."
Jesús repite aquí la promesa que le hizo a Pedro cuando le entregó las llaves del reino de los cielos (Mt 16:19); promesa que ahora hace extensiva no sólo a todos los apóstoles, sino a la iglesia entera simbolizada por ellos.
"Todo lo que atéis...". En el simbolismo judío de su tiempo, atar es prohibir y desatar es permitir. Esta autoridad abarca todas las decisiones y acciones que la iglesia puede tomar acerca de las personas, así como respecto de los asuntos más diversos,  incluyendo los económicos.
Interesante es que esta vez haga como introducción a esas palabras una afirmación solemne: "De cierto os digo..." como diciendo: tengamos esto muy en cuenta. Ésta es una potestad que yo, como cabeza de la iglesia, doy a los que la dirigen en la tierra. Yo avalo todo lo que vosotros permitáis, así como todo lo que vosotros prohibáis. Tenéis autoridad para ello, una autoridad que procede de mí.
Con esas palabras Jesús ha dado a la iglesia una autoridad muy grande en asuntos graves de gobierno, por lo que podemos también estar seguros, aunque no lo diga aquí, que Él pedirá a la iglesia una cuenta severa de cómo usó esa autoridad. No es algo que pueda ser tomado a la ligera, porque cuanto mayor es la autoridad, mayor es la responsabilidad. Pero esta delegación de autoridad lleva la promesa implícita de que la iglesia contará con la asistencia del Espíritu Santo para ejercerla.
19,20. "Otra vez os digo, que si dos de vosotros se pusieren de acuerdo en la tierra acerca del cualquier cosa que pidieren, les será hecho por mi Padre que está en los cielos. Porque donde están dos o tres congregados en mi nombre, allí estoy yo en medio de ellos."
Una muestra de la gran unidad que existe entre Cristo y su iglesia, entre Cristo y sus discípulos, entre Cristo y sus seguidores, es esta promesa de Jesús sobre el poder de la oración. Basta que dos o tres creyentes se pongan de acuerdo sobre cualquier cosa que quieran pedirle al Padre, para que Él lo haga.
Pero muchos se dirán: ¿Ocurre eso en la realidad? Porque muchas veces le hemos pedido algo a Dios poniéndonos de acuerdo dos o tres personas al orar, y no se nos ha sido concedido. ¿Es ésta una promesa vana, o una promesa exagerada en la práctica? ¿Accede Dios tan fácilmente a nuestras peticiones?
La condición que pone Jesús para que esta promesa se cumpla está claramente expuesta en seguida: Que esos dos o tres que piden estén reunidos en su Nombre, porque cuando eso suceda, Él estará en medio de ellos. Esto es, ya no serán ellos solos los que oren, sino
Jesús mismo lo hará con ellos: Yo haré mía su petición. Estas  palabras resaltan una realidad espiritual que excede en mucho al mero hecho de orar o pedir: Que donde quiera y cuando quiera que estén reunidos en su Nombre dos o más discípulos suyos, Él estará presente con ellos.
En otras palabras: Nosotros podemos invocar la presencia de Jesús en medio nuestro con tan sólo reunimos en Nombre suyo. Jesús está en todas partes, porque Él es Dios y lo llena todo, pero lo está de una manera especial y personal cuando dos o tres, o más personas, invocan su presencia. ¿Somos conscientes de esta maravillosa verdad? Donde quiera que yo me reúna con un  cristiano, hombre o mujer, amigo o pariente, Él está en medio nuestro como lo estaba en medio de sus discípulos cuando andaba y conversaba con ellos en Galilea. Si tuviéramos fe suficiente podríamos, por así decirlo, tocar sus vestidos, sentir su aliento.
De otro lado, es obvio que Jesús no puede hacer suya una petición nuestra que no sea conforme a la voluntad de Dios, por mucho que nos reunamos en su nombre para orar. Véase al  respecto Jn 5:14,15: "Y esta es la confianza que tenemos en Él, que  si pedimos alguna cosa conforme a su voluntad, Él no oye. Y si  sabemos que Él nos oye en cualquiera cosa que pidamos, sabemos que tenemos las peticiones que le hayamos hecho."
21,22. "Entonces se le acercó Pedro y le dijo: Señor, ¿cuántas veces perdonaré a mi hermano que peque contra mí? ¿Hasta siete? Jesús  le dijo: No te digo hasta siete, sino aun hasta setenta veces siete." (2)
Los versículos 18 al 20, importantes como son, son casi como un paréntesis insertado en medio del tema del perdón.
Mateo retoma ese tema indicándonos una preocupación que ha quedado en la mente de sus discípulos y que, como de costumbre, Pedro expresa: ¿Cuántas veces debo perdonar a mi hermano que me ofenda? ¿Hasta siete veces? Siete es un número que, como sabemos, tiene una significación simbólica, y establece también un límite.
La respuesta de Jesús implica que no hay límites al perdón, porque eso es lo que la cifra de setenta veces siete, es decir, cuatrocientos noventa, significa en este contexto. (3). Nunca te canses de  perdonar a tu prójimo. Debes perdonarlo tantas veces como tu Padre celestial está dispuesto a perdonarte a ti, cuando te arrepientes y le pides perdón. ¿Pone Dios un límite al perdón que Él continua y gratuitamente nos ofrece? No. Entonces tú tampoco lo hagas. Si quieres ser perfecto como tu Padre que está en los cielos es perfecto (Mt 5:48), tampoco debes poner límite tú al número de veces que perdones a tu hermano.
Para ilustrar su pensamiento Jesús recurre, como era su costumbre, a narrar una parábola que veremos en el siguiente artículo.
Notas: 1. El principio deuteronómico de dos o tres testigos puede ser el motivo por el cual gran número de hechos, palabras, o actos de Jesús, suelen tener tres testigos (es decir, pasajes) en los evangelios sinópticos que los sustentan. Por ejemplo, las tres tentaciones de Jesús están en Mr 1:12,18; Mt 4:1-11 y Lc 4:1-13. O el llamado a los cuatro pescadores para que se conviertan en pescadores de hombres, que está en Mr 1:16-20; Mt 4: 18-22 y Lc 5: 1-11. O la curación de la suegra de Pedro, que está en Mr 1:29-34; Mt 8:14-17 y Lc 4:38-41, por citar algunos ejemplos. Algunos episodios están narrados en sólo dos evangelios sinópticos, y otros, dada su importancia, están narrados en los cuatro evangelios, como la negación de Pedro y la crucifixión.
2. En Lc 17:3,4 la respuesta de Jesús es ligeramente diferente, aunque el sentido es el mismo: perdónalo siete veces cada día si es necesario.
3. Al decir setenta veces siete Jesús está citando una locución bíblica que se remonta a los inicios del Génesis (4:24). En esa ocasión Lamec dice que él se vengará setenta veces siete por las ofensas que reciba. Aquí, en cambio, Jesús insta a sus discípulos a perdonar igual número de veces al hermano. Es interesante notar que, según el judaísmo rabínico (Talmud de Babilonia), el hombre está obligado a perdonar sólo tres veces a su prójimo, lo que tendría cierto apoyo en Am 1:3,6,9,11, etc. Su espíritu práctico pone un límite a la ilimitada caridad cristiana.
Amado lector: yo te exhorto a arrepentirte de todos tus pecados, y te invito a pedirle perdón a Dios por ellos haciendo la siguiente oración:
"Jesús, tú viniste al mundo a expiar en la cruz los pecados cometidos por todos los hombres, incluyendo los míos. Yo sé que  no merezco tu perdón, porque te he ofendido consciente y voluntariamente muchísimas veces, pero tú me lo ofreces  gratuitamente y sin merecerlo. Yo quiero recibirlo. Me arrepiento sinceramente de todos mis pecados y de todo el mal que he cometido hasta hoy. Perdóname, Señor, te lo ruego; lava mis  pecados con tu sangre; entra en mi corazón y gobierna mi vida. En adelante quiero vivir para ti y servirte."

#883 (31.05.15). Depósito Legal #2004-5581. Director: José Belaunde M. Dirección: Independencia 1231, Miraflores, Lima, Perú 18. Tel 4227218. (Resolución # 003694-2004/OSD INDECOPI)

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