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LOS VALORES Y EL AMOR II
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GRACIAS SEÑOR
domingo, 14 de febrero de 2010
¿PUEDE EL HOMBRE BENDECIR A DIOS?
Quizá más de alguno pensará que la pregunta del título es absurda. Sin embargo, el salmo 34, atribuido al rey David, comienza con las palabras: "Bendeciré al Señor en todo tiempo". (Nota) Es cierto que en la Epístola a los Hebreos se dice que "sin discusión alguna el menor es bendecido por el mayor". (He 7:7) Y así es como Dios, en efecto, bendijo a Abraham, éste a Isaac, Isaac a Jacob y Jacob a sus doce hijos. ¿Cómo puede pues el hombre bendecir a Dios, el menor al que está por encima de todas las cosas? ¿No es ésta una pretensión casi blasfema? No obstante, así cantan muchos salmos conocidos, como, el numero 103, por ejemplo, que empieza: "Bendice alma mía al Señor y todo mi ser bendiga su santo nombre." (v.1) ("todas mis entrañas" se lee en el original). O el salmo 16 donde se dice: "Bendeciré al Señor que me aconseja..." (v.7)
La noción, pues, de que el hombre puede y debe bendecir a Dios no es una anomalía aislada escondida en un solo salmo. ¿Cómo explicárnoslo? La palabra bendecir tiene dos significados principales. Uno es invocar o pronunciar bendición sobre una persona, e incluso, conferirla. Bendición equivale aquí a gracia, favor, prosperidad, longevidad, etc. todas aquellas cosas que solemos llamar "las bendiciones de Dios". Evidentemente bendecir en este sentido lo puede hacer sólo el mayor y nadie puede hacerlo sino en el nombre de Dios, que es la fuente de toda bendición.
Pero "bendecir" significa también "bien-decir", hablar bien de una persona (del griego "eulogeo", de donde viene nuestra palabra "elogio": "eu", bien, y "logeo" hablar). En este sentido bendecir es algo que sí puede hacer el menor al mayor.
El salmista dice que bendecirá al Señor "en todo tiempo". El famoso poema que figura al comienzo del capítulo tercero del libro del Eclesiastés dice que hay un tiempo para cada cosa y que hay tiempos contrastantes en la vida, tiempos de buenas y tiempo de malas; tiempos en que todo va bien y otros en que todo parece salir mal; tiempo de reír y tiempo de llorar; tiempo de destruir y tiempo de edificar; tiempo de callar y tiempo de hablar, etc., y que tenemos que enfrentarnos a cada uno de ellos.
Así pues, según, el salmo que estamos revisando, en todas esas circunstancias sin excepción, tan disímiles y contrarias, es cuando se debe bendecir al Señor. No sólo cuando todo va bien, sino, con mayor razón, cuando todo va mal. Cuando se ríe y cuando se llora, en tiempo de guerra y en tiempo de paz; cuando se está sano y cuando se está enfermo; cuando se tiene dinero y cuando no se tiene; cuando se está bien comido y cuando se padece hambre; cuando se es feliz y cuando se es desgraciado.
Bendecir y alabar a Dios cuando la vida nos sonríe es fácil, pero alabarlo y agradecerle cuando pasamos por días oscuros puede parecer locura a algunos y algunos, en efecto, maldicen al Señor en esas circunstancias. Lo hacen de maneras muy diversas. Lo hacen cuando dicen, por ejemplo: ¿Cómo es posible que Dios permita que me ocurra esto? Si Dios existe, o si Dios es bueno, ¿cómo es posible que haya tanto sufrimiento en la tierra? O simplemente cuando exclaman: ¡Maldita sea!
Los que tal hacen manifiestan con su actitud que son ignorantes de las cosas de Dios; desconocen que, aunque Dios es misericordioso, Él es también justo y que, siendo libre, el hombre debe experimentar las consecuencias de sus actos. Desconocen que Dios puede tener un propósito en mente aun para aquellos acontecimientos que para nosotros son amargos, y que "todas las cosas colaboran para el bien de los que aman a Dios." (Romanos 8:28).
Ciertamente hay muchos acontecimientos trágicos para los cuales no tenemos explicación alguna, pero, ¿conoce el hombre todas las cosas? Si hay tantos hechos naturales para los cuales no tiene explicación, ¿cómo puede el hombre pretender comprender cómo se teje la urdimbre de las causalidades humanas y cuáles son todos los factores que intervienen o que generan los acontecimientos?
En el plano personal hay momentos de prueba y momentos de recompensa. Tiempos de arar, barbechar y sembrar, que suelen ser arduos, y tiempos de cosechar, que suelen ser alegres. Si no hubiera los primeros tampoco habría los segundos. ¿Y agradeceremos a Dios sólo por la cosecha, mas no por la siembra?
Es en las etapas de prueba cuando más se debe alabar a Dios, porque hacerlo en esas circunstancias es expresar nuestra seguridad de que a la prueba seguirá el triunfo, con tanta certidumbre como que a la noche sigue el día. Bendecir al Señor en los momentos difíciles es expresar nuestra confianza en Él. Maldecirlo (esto es, hablar mal, renegar de Él) es declarar que no creemos en Él, que no creemos en su fidelidad o en su omnipotencia; que estamos convencidos de que sólo merecemos lo bueno. El engreído, el que no reconoce cuánto necesita ser corregido, es quien reniega de Dios cuando las cosas le son contrarias. Pero el que bendice a Dios en los momentos de prueba sabe que Dios, como un padre amante, corrige al hijo que ama y lo disciplina, y que, al hacerlo le muestra su amor.
Más aun, el que ama a Dios aprovecha esos tiempos para examinarse y ver qué cosa hay en él que necesita ser corregido, qué error puede haber cometido que le ha traído dificultades, si no habrá ocasionado él mismo con sus actos lo que ahora lo aflige. El que sabe aprovechar las lecciones de la vida es sabio. Pueblos sabios son también los que aprenden las lecciones que su propia historia les prodiga. Pero nosotros parece que aun no hemos llegado a esa etapa y caemos una y otra vez en el mismo error.
La línea siguiente del salmo dice así: "Su alabanza estará de continuo en mi boca." De continuo, esto es, constantemente, sin cesar. En toda hora del día mi alma alabará y bendecirá al Señor. El que así vive "andará a la luz de Su rostro" (Salmo 89:15), y vivirá continuamente en la presencia de Dios. Es conciente de que Dios le mira todo el tiempo y que observa todos sus actos. Sabe también que Dios le cuida y que nada malo puede sucederle.
¿Nada malo? ¿No vemos acaso a cada rato cómo gente buena e inocente es asesinada sin piedad y cómo los atentados alcanzan a gente que nada tiene que hacer con los objetivos que los dementes tratan de destruir?
En estos tiempos riesgosos, en que nadie puede considerarse libre de peligro, vivir en la presencia de Dios es la mejor seguridad, la mejor arma. Mucha gente, muchas empresas gastan pequeñas fortunas en comprar equipos de seguridad para sus casas y fábricas, en contratar "guachimanes" y guardaespaldas, en adquirir automóviles blindados y armas. Si ellos supieran que Dios ha prometido en su palabra que "el ángel del Señor acampa en torno de los que le temen y los salva", (Sal 34:7) se ahorrarían enormes gastos y vivirían con menos temor de ser secuestrados, o de ser víctimas de atentados.
Mucha gente inocente ha caído víctima de balas asesinas. Es cierto. Pero ¿cuántos de ellos, incluso cristianos, saben que Dios nos ha dado su palabra para aferrarnos a ella y que Dios no miente? Al que "vive al amparo del Altísimo y mora a la sombra del Todopoderoso" se le ha dicho "caerán a tu lado mil y a tu derecha diez mil, pero a ti no te tocará". (Sal 91:7). Esa es una promesa de Dios. ¿No te basta esa palabra? ¿Crees que es sólo poesía? Si eso piensas, para ti lo será. Si estás dispuesto a poner tu confianza en Dios, que "no es hombre para que mienta" (Nm 23:19), Él "ordenará a sus ángeles que te guarden en todos tus caminos y ellos te llevarán en sus manos para que tu pie no tropiece en piedra". (Sal 91:11,12).
¡Qué daño le han hecho a los creyentes los que -envueltos en ropaje eclesiástico y desde una cátedra de teología o desde el púlpito- le han dicho que las palabras de la Biblia deben entenderse sólo metafóricamente, no literalmente; que son sólo poesía arcaica de un pueblo de mentalidad mágica, precientífica! ¡Que Dios no hace milagros y que las narraciones antiguas deben ser desmitificadas para ser comprendidas! ¡Que las Escrituras no son realmente lo que Jesús dice de ellas, esto es, palabra de Dios, sino mera palabra humana! De esa forma le han robado al pueblo sus mejores armas, le han quitado la lámpara que alumbra sus pies, le han privado de la antorcha que ilumina su camino, le han dejado desguarnecido e inerme ante las asechanzas del enemigo.
Pese a ello yo bendeciré al Señor en todo tiempo, sabiendo que su palabra es verdadera y que Dios nunca miente.
Nota: La palabra hebrea "baraq" tiene dos sentidos básicos: arrodillarse y bendecir. Pero también puede significar, según el contexto, ser bendecido, alabar, adorar, invocar, pedir una bendición, saludar, e, incluso, eufemísticamente, maldecir.
Eulogeo aparece en Lc 1:64; 2:28 y St 3:9. Eulogetòs traducido como “bendito” aparece en Lc 1:68: Rm 1:25; 9:5; 2Cor 1:3; Ef 1:3; 1P 1:3. Makarios, que es el verbo que Jesús emplea en las bienaventuranzas, figura en el Nuevo Testamento cuando el hombre bendice a Dios sólo en 1Tm 1:11 y 6:15).
NB. Este artículo fue publicado por primera vez en la revista “Oiga” bajo el pseudónimo de “Joaquín Andariego”, con que yo firmaba mi columna “El Evangelio y Nosotros”. Lo he revisado y completado para esta ocasión.
Amado lector: Si tú no estás seguro de que cuando mueras vas a ir a la presencia de Dios, es muy importante que adquieras esa seguridad, porque no hay seguridad en la tierra que se le compare. Como dijo Jesús: “¿De que le sirve al hombre ganar el mundo si pierde su alma?” (Mt 16:26) Para obtener esa seguridad tan importante yo te invito a hacer una sencilla oración como la que sigue, entregándole a Jesús tu vida:
“Yo sé, Jesús, que tú viniste al mundo a expiar en la cruz los pecados cometidos por todos los hombres, incluyendo los míos. Yo sé también que no merezco tu perdón, pero tú me lo ofreces gratuitamente y sin merecerlo y quiero recibirlo. Yo me arrepiento sinceramente de todos mis pecados y de todo el mal que he cometido hasta hoy. Perdóname, Señor, y entra en mi corazón y gobierna mi vida. En adelante quiero vivir para ti y servirte.”
#614 (14.02.10) Depósito Legal #2004-5581. Director: José Belaunde M. Dirección: Independencia 1231, Miraflores, Lima, Perú 18. Tel 4227218. (Resolución #003694-2004/OSD-INDECOPI).
viernes, 14 de agosto de 2009
AMOR
Es la imagen de Dios en él lo que lo impulsa a amar.
El animal también ama, aunque no de la misma manera ni con la misma intensidad que el hombre. Conocemos el amor de la madre por sus cachorros y del perro por su amo. Yo he sido testigo una vez del amor conmovedor de un noble gato doméstico por su amada gatita techera, pese a que ella le era continuamente infiel.
El amor es como el hambre. Necesita un objeto para saciarse. Por eso si no encuentra un ser humano al cual amar, ama a su mascota. (San Agustín dice que en su juventud pecadora él creía amar a todas las personas del sexo opuesto, pero que en realidad de lo que estaba enamorado era del amor, que encontraba muchos objetos en qué fijarse)
Adán estaba lleno de mascotas, pero ninguna le satisfacía. Sólo le podía satisfacer amar a un ser de su misma especie. Cuando lo tuvo exclamó: "Esta sí es carne de mi carne y hueso de mis huesos" (Gn 2:23).
El amor impulsa a darse. Es un movimiento desinteresado, centrífuga. pero también necesita recibir. Es pues también un movimiento egocéntrico, centrípeta. Uno y otro movimiento cierran el círculo.
El amor pues tiene esos dos aspectos: el desinteresado y el egocéntrico, por no decir egoísta.
El amor, en principio, invita a la respuesta, suscita amor en la persona amada, aunque no ocurre en todos los casos. Pero aun cuando no suscite amor en la persona amada, al menos genera simpatía por el que ama.
En el dar y recibir amor estriba gran parte de la felicidad humana. El que lo da y no lo recibe es desgraciado. Igual el que recibe amor de alguien pero no puede corresponder, no puede ser feliz, porque le falta el movimiento recíproco que cierre el círculo.
Cuando el hombre es transformado por la gracia, el darse predomina sobre el recibir, en aplicación de las palabras de Jesús: “Más bienaventurado es dar que recibir.” (Hch 20:35). Cuanto más ame a Dios, más quiere darse y menos necesita recibir.
Asimismo, cuanto más ame sobrenaturalmente a los demás, menos necesita recibir de ellos amor en contrapartida. El amor de Dios le basta.
En el ser humano no regenerado el aspecto egocéntrico del amor predomina. Por eso, con la misma facilidad con que ama a una persona, rechaza, odia o juzga antipático al que no corresponde a sus gustos, o a su idiosincracia. Es decir, cuando no halla en el otro afinidad, "buena química".
Pero cuanto más amamos a Dios, menos proclives somos a rechazar al que no nos "cae bien". Ya no vemos al ser humano con sus defectos, sino al hombre o mujer creados por Dios a su imagen y semejanza. Y a quien Dios ama a pesar de todo, como me ama a mí.
El amor es una virtud sobrenatural. Es mucho más que un valor, porque en verdad en el amor están incluidas todas las virtudes, y sin él todas las demás son inútiles (1Cor 13:1-3).
En el mundo al amor por los demás se le llama altruismo, que es uno de los más altos valores de la ética filosófica. Esto significa: pensar en el otro, en los demás, aun a costa de uno mismo; desear ayudar, preferir el bienestar ajeno al propio, etc.
Hay muchas manifestaciones de este noble sentimiento en el mundo: la Cruz Roja, los “médicos sin frontera”, el voluntariado, etc.
Es un sentimiento bueno y loable, pero por sí solo no transforma a la persona. Eso sólo lo puede hacer el amor sobrenatural.
El amor como sentimiento natural asume muchas formas: la cordialidad, la simpatía, la filantropía, la generosidad, etc.
Pero esas manifestaciones están fuertemente ligadas al temperamento. El sanguíneo, por ejemplo, es cordial; el melancólico es frío, reservado. Es una cuestión de temperamento. Pero pudiera ser que el melancólico ame más profundamente que el sanguíneo, sólo que no lo manifiesta con la misma facilidad.
El amor es un componente indispensable de las relaciones humanas en todos los campos.
“El amor cubre muchas faltas”, dice Proverbios 10:12. Nos vuelve pacientes, tolerantes, dispuestos a ceder, a perdonar. Facilita las relaciones humanas y el diálogo.
Es un hecho mil veces comprobado que el que se enamora cambia para bien: se ennoblece, está dispuesto a sacrificarse por el ser amado, sus ojos le brillan.
También el hombre egoísta cuando es padre, empieza a preocuparse por su hijo y está dispuesto a sacrificar su comodidad por él. Dios nos ha hecho de esa manera a propósito.
El amor se aprende, se cultiva. El niño aprende a amar, siendo amado. Y cuanto más amado sea, más tenderá a amar a otros; a menos que haya sido engreído, en cuyo caso el amor recibido en exceso lo vuelve egoísta y exigente.
Conviene que los padres, o parientes de niños pequeños se pregunten: ¿Amamos lo suficiente a nuestros hijos? ¿Expresamos nuestro amor con frecuencia? ¿O hemos hecho del amor un pretexto para engreír al niño? (Con frecuencia el que engríe, trata inconcientemente de ganarse el amor del niño complaciendo todos sus deseos. Es decir, lo soborna inconcientemente).
O al contrario, ¿Negamos a nuestros hijos la atención y el amor que necesitan? ¿O los amamos, pero no manifestamos nuestro amor con frecuencia?
Pero el amor también puede desaprenderse por las desilusiones, por los rechazos, por el maltrato recibido. En ese caso solemos encerrarnos en nosotros mismos y nos volvemos egoístas.
El egoísta se aísla, se queda solo. En la vejez su vida es un páramo.
En cambio, el amor es como la miel, atrae. El que ama, sobretodo sobrenaturalmente, estará siempre rodeado.
El diablo es ducho en imitar las virtudes. Y lo hace de muchas maneras para desvirtuarlas.
De un lado puede convertir a las personas en ascetas fanáticos, que rechazan el amor humano. De otro, pone todo el énfasis en los sentidos, en lo erótico, en el aspecto sensual del amor, al punto de convertirlo en una caricatura del amor, en una negación del amor, porque el amor erótico puede volverse cruel, como lo ilustran el sadismo y el sadomasoquismo, y fácilmente se torna en odio.
El amor sin Dios a la larga decepciona. Pero el amor humano que refleja el amor de Dios en uno, nutre al ser amado y al ser que ama, sea niño, adulto, o anciano.
¿Quién puede decir que no ame amar?
NB. Los dos textos que publico, uno esta semana, y el otro, Dios mediante, la semana entrante, me sirvieron de esquema para una charla dada durante un “Seminario sobre Valores” realizado en la iglesia de la Alianza Cristiana y Misionera de la ciudad de Tacna el año 2003. Me reservo para más adelante publicar la trascripción de esa y las demás charlas del Seminario, pero creo que su contenido, aun en la forma esquemática que los presento, es edificante.
#587 (09.08.09) Depósito Legal #2004-5581. Director: José Belaunde M. Dirección: Independencia 1231, Miraflores, Lima, Perú 18. Tel 4227218. (Resolución #003694-2004/OSD-INDECOPI). Si desea recibir estos artículos por correo electrónico recomendamos suscribirse al grupo “lavidaylapalabra” enviando un mensaje a lavidaylapalabra-subscribe@yahoogroups.com. Pueden también solicitarlos a jbelaun@terra.com.pe. En la página web: www.lavidaylapalabra.com pueden leerse gran número de artículos pasados. También pueden leerse buen número de artículos en www.desarrollocristiano.com. Pueden recogerse gratuitamente ejemplares impresos en Publicidad “Kyrios”: Av. Roosevelt 201, Lima; Calle Schell 324, Miraflores; y Av. La Marina 1604. Pueblo Libre. SUGIERO VISITAR MI VISITAR MI BLOG: JOSEBELAUNDEM.BLOGSPOT.COM.


