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viernes, 12 de octubre de 2018

LA GENEROSIDAD I


LA VIDA Y LA PALABRA
Por José Belaunde M.
LA GENEROSIDAD I
El país está atravesando por un momento muy difícil debido a la abundancia inusitada de las lluvias, a los huaicos y a las inundaciones que ese fenómeno ha causado. Pero el infortunio inesperado y el sufrimiento de la gente han provocado como reacción un movimiento de generosidad nacional, en el que están participando empresas, iglesias, instituciones de todo tipo y personas particulares, además de las instancias del gobierno.

Por ese motivo pienso que sería oportuno publicar esta semana el texto de una enseñanza sobre la generosidad dada hace catorce años en la IACyM de Tacna, y que no había publicado hasta ahora.
Una vez leí que la mayor pobreza es la incapacidad de dar. Esa es una gran verdad en todos los campos, porque el que sabe dar aún en la pobreza, es rico en amor, rico en generosidad. Uno debe dar siempre, aunque sea pobre. Debe dar de todo lo que tiene. No se trata solamente de dinero, sino de sus conocimientos, de su experiencia, de lo que la vida le ha enseñado. Pero sobre todo debe dar de su amor, porque la naturaleza del amor consiste precisamente en dar. Eso es lo que caracteriza al amor.
Hay quienes dicen: Yo daré cuando sea rico. Sin embargo, parafraseando a Jesús, podríamos decir que el que es generoso en lo poco, será generoso en lo mucho; pero el que no es generoso en lo poco, nunca será generoso, aunque sea rico. También podríamos decir: El que es tacaño teniendo poco, será tacaño teniendo mucho.
El pobre al dar se enriquece; si no da, se empobrece más. ¿Por qué es mejor dar que retener? En primer lugar, porque dar es amar. El que retiene, retiene su amor antes que su dinero. Y segundo, porque dar es una condición para recibir. Todos conocen ciertamente las palabras de Jesús que reporta Lucas: “Dad y se os dará, medida buena, apretada, remecida y rebosante darán en vuestro regazo” (Lc 6:38). El dar, el ser generoso, es  condición indispensable para recibir. Dar de lo material, de lo que uno tiene es una forma de amar; pero también lo es dar de lo inmaterial que poseemos. Por eso cuando alguien alarga la mano, no le demos para salir del paso, para librarnos del cargoso, si antes no le damos amor con la mirada, o con una sonrisa.
Pudiera ser que no tengamos en ese momento nada para darle. Entonces digámosle por lo menos una palabra amable, una palabra que lo bendiga. Tratémosla de una manera que esa persona sienta que no es rechazada porque es pobre, porque mendiga, o porque vende golosinas, o lo que fuere en las esquinas, sino que sienta la persona que aun no comprándole nada, la acepta como ser humano, que le ha dado una sonrisa, una mirada de amor. Créanme: Una palabra bondadosa dicha en esas condiciones le arranca indefectiblemente una sonrisa agradecida al pobre. Lo he probado muchas veces especialmente con niños.
A veces me ha pasado en  las esquinas donde hay semáforo que el niño, cuando uno arranca el auto antes de haber podido darle algo porque cambiaron de luz, se queda a veces como pidiendo algo: La próxima vez me darás ¿no?; Sí, sí, la próxima vez te daré, y le sonríes con cariño. Él está esperando eso, un gesto de cariño. O sea que no solamente es una cuestión de dinero, es la actitud de dar lo que le hace bien, lo que necesita, porque detrás de su pobreza, de sus harapos, ¿cuánto rechazo, cuánto abuso y cuánta sensación de abandono habrá en su mente y en su corazón infantil?
Pensemos en eso, nadie más triste, más infortunado que un niño maltratado, o abandonado, a quien nadie acoge, a quien nadie trata bien; un niño que sufre, un niño a quien sus padres, o las personas que se ocupan de él, lo obligan a mendigar, y luego le piden cuentas y le pegan si no ha traído lo que se espera.
Yo creo que Dios bendice especialmente a las personas que son generosas con los niños, especialmente con esos niños sucios, pedigüeños. Si a los pirañitas, que tanto miedo infunden, se les tratara con amor, muy rápidamente cambiarían y dejarían de ser peligrosos; cambiarían su manera de ser y comportarse, porque a esa edad el amor transforma.
Jesús dijo: “Dejad que los niños vengan a mí.” (Lc 18:16). En esa esquina quizá estás tú en lugar de Jesús. ¿Rechazarás al niño con una mirada hosca, de desagrado, de desprecio?
El proverbio que hemos citado dice en efecto: Si tú das, vas a recibir para poder dar más. El Señor te va a bendecir por ese motivo. Es como la esponja. Si está saturada de agua debe ser exprimida para poder absorber nuevamente el líquido. O como el vaso, si está lleno tiene que ser vaciado para poder recibir.
Tú necesitas dar, dar de ti, de tu sustancia, de tu dinero, para que el Señor te pueda llenar, en primer lugar, de Él. Porque lo primero que recibe la persona que da, que es generosa con el prójimo dando de lo propio, es eso, el amor de Dios. Dios le paga bien, y le paga con bendiciones imprevistas. ¿Hay alguien que pueda ganar en generosidad a Dios?
Ahora bien, las palabras: “Hay quienes retienen más de lo que es justo y vienen a pobreza”, son una realidad de la vida, incluso de la vida económica. ¿Quiénes son aquellos que retienen? Son aquellos que no pagan lo justo, que retienen de sus ingresos, de los beneficios que reciben, más de lo que les corresponde. Aquellos que con el pretexto de “maximizar sus utilidades” no pagan el salario justo que deberían dar a sus colaboradores, a quienes con sus pies, manos y brazos realizan el trabajo que se traduce en ventas y utilidades. O los que incrementan su margen de ganancia incrementando los precios más allá de lo razonable.
No tengamos dudas al respecto: Eso es robar, es una forma de hurto que ciertamente desagrada a Dios, así sea legal.
El patrón debe ser generoso con la gente que colabora con él y Dios lo premiará con la prosperidad de su empresa, o de su negocio. Eso es algo que muchísimos cristianos que han estado en la vida empresarial han experimentado. Podría hablarles de una empresa conocida hoy en día, que da, como política de la compañía, y esa empresa ha surgido de una manera sorprendente.
Todo comerciante es sin darse cuenta un distribuidor de riqueza, porque lo que vende, cualquiera que sea el producto, es una manifestación de la abundante provisión de Dios. Pero si recarga el precio más de lo debido, si especula aprovechándose de la escasez, retiene para sí una parte del beneficio que el comprador debería disfrutar al comprarle. Es decir, le roba al comprador.
Prov. 11:25 dice: “El alma generosa será prosperada; y el que saciare, él también será saciado.” Al que da, Dios lo prospera. Si tú sacias el hambre de tu prójimo, Dios saciará el tuyo de muchas maneras que no puedes imaginar.
Hemos dicho que nadie puede ganar en generosidad a Dios, porque Él es amor y dar es amar.
La generosidad es una virtud válida en todos los campos. Veamos Prov. 18:16: “La dádiva del hombre le ensancha el camino y le lleva delante de los grandes.” La dádiva aquí no es el soborno, sino es el regalo que testimonia amor, que testimonia respeto. Es una antigua costumbre entre nosotros, sobretodo en la sierra pero común en otros pueblos, que cuando alguien va a pedirle un favor a un señor importante, a un propietario, el poblador vaya con su gallina, con su chanchito. Es una manera de ganarse la buena voluntad del terrateniente.
¿Por qué regalamos en Navidad? Es una costumbre muy antigua. El motivo del regalo es mostrar el amor que se tiene por la persona a quien se le entrega, y si lo damos solamente por compromiso, o por quedar bien, o porque digan que no somos tacaños, estamos frustrando el sentido del regalo.
Los cristianos empezaron a darse regalos mutuamente para celebrar, no inicialmente el nacimiento de Jesús, sino la resurrección. Poco a poco fue cambiando la costumbre, pero se celebraba el triunfo del Señor mostrándose amor a través de pequeños dones. Según otros el regalo se origina en la celebración de la bajada de los reyes, los reyes magos que vinieron a visitar a Jesús recién nacido, trayéndole regalos. Ese sería el origen del regalo navideño, cuando la Navidad se convirtió en la fiesta más popular del año.
Sea como fuere, si vamos a regalar, demos amor primero. ¡Qué conmovedor es cuando un niño que no tiene nada, le muestra su amor a su padre, o a su madre, llevándole la piedrita que ha encontrado en el jardín, o en el campo. Ése es el regalo de amor del niño, que da algo para mostrar que ama. Y es cierto que cuando se muestra amor se abre la puerta del corazón del que recibe y tiene un efecto inevitable.
Esa fue la táctica que usó Jacob con su hermano Esaú. Ustedes recuerdan sin duda ese pasaje en que Jacob después de mucho tiempo, y habiéndose entretanto enriquecido, regresa a su tierra. Pero teme que Esaú, a quien robó mediante engaños la primogenitura, quiera vengarse de él. Entonces se prepara para el encuentro enviándole de antemano cabezas de ganado en gran número con el fin de ganarse el corazón de su hermano, y que cese en él el deseo de venganza. ¿Cuál fue el resultado? Cuando se acercaron el uno al otro, Esaú corrió para abrazar a su hermano y llorar conmovido en sus brazos (Gn 33:1-4).
Así que el regalo siempre tiene un efecto, aunque digas: no necesito nada, no me traigas nada. Pero la persona de todos modos siente que hay un impulso favorable hacia ella.
Vayamos a Prov. 19:17. Aquí está formulado uno de los principios más bellos de la generosidad: “A Jehová presta el que da al pobre, y el bien que ha hecho, se lo volverá a pagar.” El que da al pobre le presta a Dios, es decir está dando en lugar suyo, hace las veces de mano de Dios. Dios se lo pagará. ¿Será Dios tacaño? ¿Será deudor de nadie? De ningún modo. Le devolverá con creces lo que ha dado.
Si tú quieres ser ayudado, cuando estás en necesidad, da tu primero un apoyo a quien lo requiere, ayuda a quien puede necesitar de tu generosidad.
Vayamos a Prov. 21:13: “El que cierra su oído al clamor del pobre, también él clamará, y no será oído.” Esto quiere decir que el que no ayuda, no es ayudado; el que ayuda, sí. El que acude a ayudar al hombre necesitado, cuando necesite de ayuda, la recibirá.
Eso nos recuerda el dicho de Jesús en las bienaventuranzas: “Bienaventurados los misericordiosos porque ellos alcanzarán misericordia”. (Mt 5:7) El misericordioso alcanza misericordia de Dios y de los hombres.
Proverbios 28:8 dice algo que funciona realmente en la vida, como a mí me consta: “El que aumenta sus riquezas con usura y crecido interés, para aquel que se compadece de los pobres las aumenta.” Es como si Dios transfiriera el dinero del avaro a las manos del generoso; el dinero del que lo adquirió mal, ahorrando en salarios en perjuicio de sus obreros, negándole a otros lo que les corresponde. Dios lo hace porque es soberano en todas las circunstancias y verá la manera para que el dinero mal ganado pase a mano de otros.
¿Quieres ser bendecido en términos concretos? Bendice tú también en términos concretos. “El ojo misericordioso será bendecido porque da su pan al indigente.” (Pr 22:9).
Yo puedo contarles una experiencia personal. Debo confesar que no he sido siempre generoso, sino que a veces he sido tonto. Por exceso de credulidad me han explotado. Algunos, más avisados que yo, me decían: Te están engañando. Pero yo ingenuamente pensaba que se trataba de una necesidad real. Al fin pude comprobar, en efecto, que me habían engañado durante más de un año. Cuando quise verificar la situación de esta pobre mujer descubrí que no vivía donde decía, se había mudado con sus hijos y ya no era viuda, se había vuelto a casar sin decírmelo. Me había estado contando un cuento. Pero ¡qué importa! Dios ve el corazón, y es mejor ser explotado que ser tacaño; mejor es pecar de ingenuo que de amarrete.
Así que si quieres asegurar tu futuro, ahí tienes lo que dice Prov. 28:27. Esto es un seguro mejor que un seguro de vida, mejor que un seguro de desempleo: “El que da al pobre no tendrá pobreza; mas el que aparta sus ojos tendrá muchas maldiciones.” Entiéndase, el que aparta sus ojos de la necesidad ajena, porque no quiere que le toquen su bolsillo. Porque el que le niega algo al pobre, y sobre todo si lo hace de una  manera ofensiva, ¿cómo cree que el desdichado va a reaccionar? Maldiciendo al que se burló de su necesidad. (Continuará).
Amado lector: Jesús dijo: "¿De qué le sirve al hombre ganar el mundo si pierde su alma?” (Mt 16:26). Si tú no estás seguro de que cuando mueras vas a ir a gozar de la presencia de Dios, yo te invito a pedirle perdón a Dios por tus pecados haciendo una sencilla oración:
   "Jesús, tú viniste al mundo a expiar en la cruz los pecados cometidos por todos los hombres, incluyendo los míos. Yo sé que no merezco tu perdón, porque te he ofendido consciente y voluntariamente muchísimas veces, pero tú me lo ofreces gratuitamente y sin merecerlo. Yo quiero recibirlo. Me arrepiento sinceramente de todos mis pecados y de todo el mal que he cometido hasta hoy. Perdóname, Señor, te lo ruego; lava mis pecados con tu sangre; entra en mi corazón y gobierna mi vida. En adelante quiero vivir para ti y servirte."
#969 (02.04.17). Depósito Legal #2004-5581. Director: José Belaunde M. Dirección: Independencia 1231, Miraflores, Lima, Perú 18. Tel 4227218. (Resolución #003694-2004/OSD-INDECOPI).


miércoles, 24 de septiembre de 2014

LOS VALORES Y EL AMOR II

LA VIDA Y LA PALABRA
Por José Belaunde M.
LOS VALORES Y EL AMOR II
Al terminar el artículo anterior, en que estuvimos hablando acerca de los valores, dijimos que en el siguiente hablaríamos acerca del primero de todos los valores o virtudes.
El amor en realidad es la raíz de todas las virtudes, la raíz de todos los valores, porque del amor procede todo lo demás, es decir, todas las cualidades y todas las cosas buenas que hay en la vida. El amor es la virtud central, el valor central. Agustín, el famoso obispo de Hipona, decía: “Ama y haz lo que quieras”. No estaba propugnando una vida sin ley, librada al capricho humano, sino que si una persona ama y es una persona buena, va a hacer de una manera natural y espontánea lo que es bueno, conveniente, beneficioso y útil para los demás. Por eso es que el amor, decimos, es lo primero.
Pablo lo enseña muy claramente en 1ª Corintios, en un pasaje que seguramente todos conocen muy bien. En el cap. 12 Pablo ha estado hablando de los diferentes dones espirituales, y al llegar al versículo 31, dice: “procurad pues los dones mejores”. Todos esos dones de los cuales os he hablado, tratad de tenerlos, de adquirirlos. Pero en seguida añade: “Mas yo os muestro un camino aun más excelente”. Entonces comienza a decir: “Si yo hablase lenguas humanas y angélicas, y no tengo amor, vengo a ser como metal que resuena, o címbalo que retiñe. Y si tuviese profecía, y entendiese todos los misterios y toda ciencia, y si tuviese toda la fe, de tal manera que trasladase los montes, y no tengo amor, nada soy. Y si repartiese todos mis bienes para dar de comer a los pobres, y si entregase mi cuerpo para ser quemado, y no tengo amor, de nada me sirve.” (13:1-3)
Y podríamos añadir: Si tú tienes todos los conocimientos del mundo, y además tienes los mejores contactos en la vida empresarial y en el mundo de los negocios y en la política, y si tú eres una persona fuerte, más fuerte que Hulk, pero no tienes amor, no eres nada. Pero si tienes amor, aunque seas pequeño, desconocido, inválido, pobre, menospreciado por la gente, lo tienes todo. ¿Por qué? Porque el amor es la cualidad suprema, que viene directamente de Dios, y quien lo tiene, lo tiene todo, porque Dios es amor. De otro lado sabemos también que el primero de los frutos del Espíritu, de que habla Gálatas 5: 22,23 es el amor.
¿Y por qué es el amor tan importante? Podríamos decir que el amor es como el tronco de un árbol, la cepa principal de la cual salen no solamente las ramas cubiertas de hojas, y de las cuales cuelgan los frutos, sino también los brotes a nivel del suelo, de la tierra. Del amor viene todo lo demás. Del amor viene la cortesía, la amabilidad, la bondad, la consideración, la fidelidad, la lealtad, etc., etc., las cualidades que ennoblecen la vida. En suma, el amor es la madre del cordero, por decirlo en términos populares. El amor lo es todo.
De hecho nosotros sabemos por qué creó Dios al hombre, por qué creó a todos los demás seres, a sus criaturas, a los animales de toda clase, desde los dinosaurios, cuyos pasos hacían retumbar el suelo, hasta los minúsculos microbios y bacterias, invisibles al ojo humano. Todas las creó por amor y, de acuerdo a su amor, las creó para amarlas y para ser amado por ellas. Y cuando los hombres, que son la corona de su creación, se rebelaron y se apartaron de Él, vino a salvarlos. ¿Por qué motivo? ¿Qué dice su palabra? “Porque de tal manera amó Dios…” (Jn 3:16). Lo hizo por amor.
La verdad es que todas las cosas valiosas que hay en la vida son hechas, movidas, condicionadas por el amor. Pero también es cierto que, en la práctica, todos nosotros – y si no somos hipócritas tenemos que reconocer que es cierto- somos movidos más por el interés, por lo que nos conviene. Y de eso, a la larga, no viene nada bueno, porque los intereses de las personas colisionan unos con otros.
Es mucho mejor ser movido por el amor que ser movido por el interés porque el resultado, a la larga, es mejor para todos. Actuar por interés nunca puede dar frutos comparables a los que rinde el amor. De manera que, no por razones idealistas sino por razones estrictamente prácticas, el amor es el más importante de todos los valores. Cuando actuamos por amor, especialmente movidos por el amor sobrenatural, Dios nos mira con agrado y nos bendice. Eso es lo que Dios desea y espera de nosotros, porque Él actúa también de esa manera, movido por amor.
En primera de Corintios 13·Pablo dice que “el amor es sufrido” (según Reina Valera 60; en otras versiones dice “paciente”, que viene a ser lo mismo) “el amor es benigno, el amor no tiene envidia...” -aunque nosotros somos con frecuencia envidiosos - “el amor no es jactancioso”, -aunque todos somos unos sobrados- “el amor no se envanece” -aunque todos nos miramos en el espejo para ver si soy más guapo hoy día que ayer- “el amor no hace nada indebido” -aunque con frecuencia nos portamos mal- “el amor no busca lo suyo” -aunque cada cual está buscando ganarse alguito- “el amor no se irrita” -aunque con frecuencia nos molestamos- “no guarda rencor” -aunque estamos llenos de resentimientos- “el amor no se goza de la injusticia” ni del daño ajeno, -aunque nosotros con frecuencia decimos: “bien merecido se lo tiene”- “mas se goza de la verdad” –aunque con frecuencia mintamos. Pablo concluye con una frase maravillosa: “el amor todo lo sufre, todo lo cree, todo lo espera, todo lo soporta” (v. 4-7). Muchas madres lo saben muy bien por experiencia, porque ellas están acostumbradas a sufrir, a esperar y soportar orando y creyendo que al fin su hijo ha de corregirse y seguir por el buen camino.
En suma, todos nosotros necesitamos llenarnos de amor para atraer a nosotros las cosas buenas a las que aspiramos y que deseamos, porque el amor es como un imán que atrae el bien y rechaza el mal. Cuando no amamos este imán de nuestra alma carece de fuerza, está como apagado. Hay personas que se dicen: “¿Por qué me sucede esto? ¿Por qué es que no tengo amigos? ¿Por qué estoy solo?” Naturalmente pueden haber muchas causas inmediatas del porqué eso sucede pero, en el fondo, detrás de la suerte como se dice, de lo que llamamos buena o mala suerte, de la felicidad o de la infelicidad de las personas, está el amor, el tener amor o carecer de amor, porque el amor siempre produce un fruto bueno, nunca un fruto malo, aunque pueda ser causa temporalmente de sufrimiento. Jesús dijo: “Por sus frutos los conoceréis.” (Mt 7:16). Por el fruto del amor conoceremos la calidad del amor, o conoceremos que no hay amor.
Cuando en una casa, o en una familia, reina el amor, ¿cómo es la vida de ellos? Todos se llevan bien, todos se tratan bien, son considerados unos con otros, se ayudan mutuamente, se consuelan unos a otros si alguno está triste; se levantan y se acuestan felices, de buen humor, porque el amor reina en el hogar. Pero cuando no hay amor, ¿qué es lo primero que surge? Hay división, peleas, contiendas, rivalidades, hay infelicidad.
Cuando reina en nuestros corazones el amor, atrae el bien hacia nosotros, porque el amor, hemos dicho, es como un imán, y se manifiesta de muchas maneras en la vida práctica. Por ejemplo, el amor se manifiesta en fidelidad (¡y qué importante es la fidelidad!); el amor se manifiesta en lealtad, el amor se manifiesta en bondad, en benevolencia -que es querer bien- en buena voluntad; el amor se manifiesta en consideración, que es lo contrario a la desconsideración. A veces decimos: ¡qué persona tan desconsiderada! Nadie quiere estar al lado de una persona desconsiderada y nos alejamos de ella, porque no tiene amor. Si tuviera amor sería considerada. El amor se manifiesta en buenas maneras, en cortesía; el amor se manifiesta en misericordia, en compasión; el amor se manifiesta en generosidad, en solidaridad; el amor, en última instancia, se manifiesta en integridad, en honestidad, porque instintivamente busca lo recto; se manifiesta en diligencia, en veracidad, por amor de la verdad misma; se manifiesta en paciencia, en contentamiento, en dominio propio. En suma, todas estas cualidades surgen del amor.
Pero profundicemos aun más el tema.
El ser humano ama instintivamente. ¿Por qué? Porque la imagen de Dios que tiene dentro le impulsa a amar. Si tiene dentro de sí la imagen de Dios, y Dios es amor, entonces esa imagen de Dios que tiene dentro de sí al amor, como parte esencial de su ser, aunque haya sido maltratada y corrompida por el pecado, lo llevará a amar instintivamente, casi como si no quisiera.
Sabemos que también los animales aman, especialmente los animales domésticos. Aman a sus dueños, aman a los niños que juegan con ellos, y conocemos muchos casos de cómo los protegen y los cuidan, como si tuvieran la intuición de la fragilidad de la infancia.
Los animales aman, aunque no de la misma manera ni con la misma intensidad que los seres humanos, pero sabemos bien que la perra que ha dado a luz ama a sus cachorros; y la gatita, cuando tiene hijos, ama a esos gatitos que han salido de su vientre.
Yo he sido testigo en mi casa del amor de un gato fino y elegante, casi diría aristocrático, por una gatita techera chusca. Al llegar a mi casa el gato fino, no sabemos cómo, se convirtió en su pareja, como dicen hoy día. Le reservaba lo mejor de la comida que les proporcionábamos, y no permitía que otros gatos se acercaran a robársela. Estaba constantemente con ella como un fiel enamorado, al punto que era conmovedor verlos juntos, casi como si fueran humanos. Y fue una cosa terrible cuando unos chicos malcriados de la calle le echaron un veneno a la pobre gatita, y la gatita apareció un día muerta en el jardín. Hubieran visto a ese gatito fino y elegante, con su pelo lustroso, cómo ahora estaba con la cabeza baja, la imagen misma de la tristeza y del desconsuelo. No comía ni bebía la leche que le ofrecíamos; el pelo se le malogró y apenas caminaba de un sitio a otro como si se hubiera perdido. El pobre gato se moría de tristeza, hasta que un día se fue y no lo vimos más, porque había perdido a su novia, a esa gatita chusca, que por lo demás, le era infiel, como suelen serlo todas las gatas.
El amor es como el hambre, necesita un objeto para saciarse. Todos necesitamos amar a alguien, y si no tenemos a quien amar, amamos aunque sea a una mascota. Las personas que se han quedado solas en la vida y que no tienen a quien amar, tienen un perro, un gato, o varios; o a veces un loro, un gorrión, un canario, cualquier animalito; y lo tratan con tanto cariño, lo acurrucan y lo besan si pueden, porque necesitan amar. Y ciertamente ese animalito, o animalazo, que es su mascota, responde también con amor a la persona que lo ama. Ha habido casos de perros que han salvado la vida de sus dueños.
¿Saben ustedes que Adán estaba lleno de mascotas? Eso dice la Biblia, que Dios le trajo a todos los animales que había creado, y Adán les puso nombre a todos, pero no encontraba alguno que fuera como él. Entonces Dios dijo: Aquí falta algo, tengo que darle alguien semejante a él a quien él pueda amar, y lo durmió. Cuando se despertó Adán exclamó: “Ésta sí es hueso de mis huesos y carne de mi carne. Ya no es una mascota; ésta es alguien semejante a mí, a quien puedo amar.” Y se unió a ella.
Todo ser humano necesita amar a una persona del sexo opuesto, a menos que su corazón se haya marchitado, o haya renunciado voluntariamente al amor humano por amor de Cristo. No hay límite de edad para el amor, porque amar da vida, hace brillar los ojos, y rejuvenece la piel. Agustín decía que en su juventud él amaba a todas las muchachas que encontraba, pero que, en realidad, como comprendió después, él estaba enamorado del amor.
El amor, sabemos muy bien, impulsa a darse y necesita dar. Todo el que ama, da. Por eso es que existen los regalos. ¿Por qué regalamos? ¿Por altruismo o generosidad? No siempre, o no únicamente, sino porque dando expresamos nuestro amor. Aun el niño pequeño, si se encuentra con una niñita que le gusta, le da su juguete que no le entregaría a nadie. Pero como la quiere, le da su juguete, porque la ama. Dar cuando se ama es un impulso instintivo.
En el amor hay un movimiento o impulso desinteresado pero, a la vez, el amor quiere también recibir. No nos contentamos con dar amor, sino queremos también recibir amor. En el amor hay pues dos aspectos, uno desinteresado y otro egocéntrico. Hay una fuerza centrífuga y una fuerza centrípeta en el amor: queremos dar y queremos recibir amor, queremos amar y queremos ser amados. Ambas cosas van juntas. Por eso es que el amor, en principio, invita a una respuesta y suscita amor, o por lo menos simpatía en la persona amada.
Pero ocurre a veces que el que ama no es correspondido. Y ¿qué ocurre con el que ama y no es correspondido? Sufre, y su sufrimiento es uno de los más intensos que puede experimentar el ser humano. ¿Cuántos hombres y mujeres pueden decir amén a eso? El hecho es que en este darse y recibir amor estriba gran parte de la felicidad humana. Es el amor el que nos hace felices o desgraciados.
Antes se pensaba que el espacio sideral no estaba vacío, sino que estaba lleno de una sustancia a la que se llamó éter, y eso era lo que permitía que las ondas de luz y de calor se propagaran por el espacio. Pero la ciencia ha descartado la hipótesis del éter, y sostiene ahora que las ondas se propagan en el vacío. Pero nosotros podemos postular que, si no de éter, el universo entero está lleno del amor de Dios, que todo lo impregna y que en todo deja su huella.
Dios ama no sólo al hombre, sino a todas sus criaturas. Ama a la creación entera, aun a la inanimada, ama todo lo que ha salido de sus manos. Y por eso es que no sólo los animales domésticos aman, también aman las grandes bestias, el elefante y el rinoceronte; aman las fieras, el tigre y el león. ¿Aman los insectos, las moscas, las arañas, las mariposas? No tenemos manera de saberlo, pero tampoco podemos descartarlo. Yo me atrevería a postular que aun los vegetales aman. Por lo menos sabemos que responden al amor de las personas que les hablan, porque mejoran su aspecto y reverdecen como si se las regara. Y eso es lo que ocurre con las personas cuando se les ama. ¿No han visto como la planta marchita, cuyo tallo se ha doblado, se endereza y vuelve a florecer cuando se la riega? El amor es para el ser humano un elemento tan vital como lo es el agua para los vegetales. El que no ama y no es amado se seca, a menos que el amor de Dios compense la ausencia del amor humano.
Amado lector: Si tú no estás seguro de que cuando mueras vas a ir a gozar de la presencia de Dios te invito a pedirle perdón a Dios por ellos haciendo la siguiente oración:
“Jesús, tú viniste al mundo a expiar en la cruz los pecados cometidos por todos los hombres, incluyendo los míos. Yo sé que no merezco tu perdón, porque te he ofendido conciente y voluntariamente muchísimas veces, pero tú me lo ofreces gratuitamente y sin merecerlo. Yo quiero recibirlo. Me arrepiento sinceramente de todos mis pecados y de todo el mal que he cometido hasta hoy. Perdóname, Señor, te lo ruego; lava mis pecados con tu sangre; entra en mi corazón y gobierna mi vida. En adelante quiero vivir para ti y servirte.”
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miércoles, 6 de febrero de 2013

GRACIAS SEÑOR


Quiero compartir con mis lectores esta bella oración, que un desconocido me alcanzó, y cuyo autor desconozco, pero que conmueve a todos los que la escuchan.

GRACIAS SEÑOR por todo lo que me diste el año que termina.
Gracias por los días de sol y los nublados tristes.
Por las tardes tranquilas y las noches oscuras.
Gracias por la salud y por la enfermedad,
Por las penas y las alegrías.
Gracias por todo lo que me prestaste y luego me pediste.
Gracias Señor, por la sonrisa amable y por la mano amiga;
Por el amor y por todo lo hermoso y por todo lo dulce;
Por las flores y las estrellas;
Por la existencia de los niños y de las almas buenas.
Gracias por la soledad, por el trabajo, por las inquietudes,
Por las dificultades y las lágrimas.
Por todo lo que me acercó a ti.
Gracias por haberme conservado la vida,
Y por haberme dado techo, abrigo y sustento.
¿Qué me traerá el año que empieza?
Lo que tú quieras, Señor,
Pero te pido fe para verte en todo y en todos;
Esperanza para no desfallecer,
Amor sobrenatural para amarte cada día más,
Y para hacerte amar por todos los que me rodean.
Dame paciencia y humildad,
Desprendimiento y generosidad.
Dame Señor, lo que tú sabes que me conviene y yo no sé pedir;
Que tenga el corazón alerta, el oído atento,
Las manos y la mente activas,
Y que me halle siempre dispuesto a hacer tu voluntad.
Derrama, Señor, tu gracia sobre todos los que amo,
Y concede tu paz al mundo entero, Amén.

domingo, 14 de febrero de 2010

¿PUEDE EL HOMBRE BENDECIR A DIOS?

Quizá más de alguno pensará que la pregunta del título es absurda. Sin embargo, el salmo 34, atribuido al rey David, comienza con las palabras: "Bendeciré al Señor en todo tiempo". (Nota) Es cierto que en la Epístola a los Hebreos se dice que "sin discusión alguna el menor es bendecido por el mayor". (He 7:7) Y así es como Dios, en efecto, bendijo a Abraham, éste a Isaac, Isaac a Jacob y Jacob a sus doce hijos. ¿Cómo puede pues el hombre bendecir a Dios, el menor al que está por encima de todas las cosas? ¿No es ésta una pretensión casi blasfema? No obstante, así cantan muchos salmos conocidos, como, el numero 103, por ejemplo, que empieza: "Bendice alma mía al Señor y todo mi ser bendiga su santo nombre." (v.1) ("todas mis entrañas" se lee en el original). O el salmo 16 donde se dice: "Bendeciré al Señor que me aconseja..." (v.7)

La noción, pues, de que el hombre puede y debe bendecir a Dios no es una anomalía aislada escondida en un solo salmo. ¿Cómo explicárnoslo? La palabra bendecir tiene dos significados principales. Uno es invocar o pronunciar bendición sobre una persona, e incluso, conferirla. Bendición equivale aquí a gracia, favor, prosperidad, longevidad, etc. todas aquellas cosas que solemos llamar "las bendiciones de Dios". Evidentemente bendecir en este sentido lo puede hacer sólo el mayor y nadie puede hacerlo sino en el nombre de Dios, que es la fuente de toda bendición.

Pero "bendecir" significa también "bien-decir", hablar bien de una persona (del griego "eulogeo", de donde viene nuestra palabra "elogio": "eu", bien, y "logeo" hablar). En este sentido bendecir es algo que sí puede hacer el menor al mayor.

El salmista dice que bendecirá al Señor "en todo tiempo". El famoso poema que figura al comienzo del capítulo tercero del libro del Eclesiastés dice que hay un tiempo para cada cosa y que hay tiempos contrastantes en la vida, tiempos de buenas y tiempo de malas; tiempos en que todo va bien y otros en que todo parece salir mal; tiempo de reír y tiempo de llorar; tiempo de destruir y tiempo de edificar; tiempo de callar y tiempo de hablar, etc., y que tenemos que enfrentarnos a cada uno de ellos.

Así pues, según, el salmo que estamos revisando, en todas esas circunstancias sin excepción, tan disímiles y contrarias, es cuando se debe bendecir al Señor. No sólo cuando todo va bien, sino, con mayor razón, cuando todo va mal. Cuando se ríe y cuando se llora, en tiempo de guerra y en tiempo de paz; cuando se está sano y cuando se está enfermo; cuando se tiene dinero y cuando no se tiene; cuando se está bien comido y cuando se padece hambre; cuando se es feliz y cuando se es desgraciado.

Bendecir y alabar a Dios cuando la vida nos sonríe es fácil, pero alabarlo y agradecerle cuando pasamos por días oscuros puede parecer locura a algunos y algunos, en efecto, maldicen al Señor en esas circunstancias. Lo hacen de maneras muy diversas. Lo hacen cuando dicen, por ejemplo: ¿Cómo es posible que Dios permita que me ocurra esto? Si Dios existe, o si Dios es bueno, ¿cómo es posible que haya tanto sufrimiento en la tierra? O simplemente cuando exclaman: ¡Maldita sea!

Los que tal hacen manifiestan con su actitud que son ignorantes de las cosas de Dios; desconocen que, aunque Dios es misericordioso, Él es también justo y que, siendo libre, el hombre debe experimentar las consecuencias de sus actos. Desconocen que Dios puede tener un propósito en mente aun para aquellos acontecimientos que para nosotros son amargos, y que "todas las cosas colaboran para el bien de los que aman a Dios." (Romanos 8:28).

Ciertamente hay muchos acontecimientos trágicos para los cuales no tenemos explicación alguna, pero, ¿conoce el hombre todas las cosas? Si hay tantos hechos naturales para los cuales no tiene explicación, ¿cómo puede el hombre pretender comprender cómo se teje la urdimbre de las causalidades humanas y cuáles son todos los factores que intervienen o que generan los acontecimientos?

En el plano personal hay momentos de prueba y momentos de recompensa. Tiempos de arar, barbechar y sembrar, que suelen ser arduos, y tiempos de cosechar, que suelen ser alegres. Si no hubiera los primeros tampoco habría los segundos. ¿Y agradeceremos a Dios sólo por la cosecha, mas no por la siembra?

Es en las etapas de prueba cuando más se debe alabar a Dios, porque hacerlo en esas circunstancias es expresar nuestra seguridad de que a la prueba seguirá el triunfo, con tanta certidumbre como que a la noche sigue el día. Bendecir al Señor en los momentos difíciles es expresar nuestra confianza en Él. Maldecirlo (esto es, hablar mal, renegar de Él) es declarar que no creemos en Él, que no creemos en su fidelidad o en su omnipotencia; que estamos convencidos de que sólo merecemos lo bueno. El engreído, el que no reconoce cuánto necesita ser corregido, es quien reniega de Dios cuando las cosas le son contrarias. Pero el que bendice a Dios en los momentos de prueba sabe que Dios, como un padre amante, corrige al hijo que ama y lo disciplina, y que, al hacerlo le muestra su amor.

Más aun, el que ama a Dios aprovecha esos tiempos para examinarse y ver qué cosa hay en él que necesita ser corregido, qué error puede haber cometido que le ha traído dificultades, si no habrá ocasionado él mismo con sus actos lo que ahora lo aflige. El que sabe aprovechar las lecciones de la vida es sabio. Pueblos sabios son también los que aprenden las lecciones que su propia historia les prodiga. Pero nosotros parece que aun no hemos llegado a esa etapa y caemos una y otra vez en el mismo error.

La línea siguiente del salmo dice así: "Su alabanza estará de continuo en mi boca." De continuo, esto es, constantemente, sin cesar. En toda hora del día mi alma alabará y bendecirá al Señor. El que así vive "andará a la luz de Su rostro" (Salmo 89:15), y vivirá continuamente en la presencia de Dios. Es conciente de que Dios le mira todo el tiempo y que observa todos sus actos. Sabe también que Dios le cuida y que nada malo puede sucederle.

¿Nada malo? ¿No vemos acaso a cada rato cómo gente buena e inocente es asesinada sin piedad y cómo los atentados alcanzan a gente que nada tiene que hacer con los objetivos que los dementes tratan de destruir?

En estos tiempos riesgosos, en que nadie puede considerarse libre de peligro, vivir en la presencia de Dios es la mejor seguridad, la mejor arma. Mucha gente, muchas empresas gastan pequeñas fortunas en comprar equipos de seguridad para sus casas y fábricas, en contratar "guachimanes" y guardaespaldas, en adquirir automóviles blindados y armas. Si ellos supieran que Dios ha prometido en su palabra que "el ángel del Señor acampa en torno de los que le temen y los salva", (Sal 34:7) se ahorrarían enormes gastos y vivirían con menos temor de ser secuestrados, o de ser víctimas de atentados.

Mucha gente inocente ha caído víctima de balas asesinas. Es cierto. Pero ¿cuántos de ellos, incluso cristianos, saben que Dios nos ha dado su palabra para aferrarnos a ella y que Dios no miente? Al que "vive al amparo del Altísimo y mora a la sombra del Todopoderoso" se le ha dicho "caerán a tu lado mil y a tu derecha diez mil, pero a ti no te tocará". (Sal 91:7). Esa es una promesa de Dios. ¿No te basta esa palabra? ¿Crees que es sólo poesía? Si eso piensas, para ti lo será. Si estás dispuesto a poner tu confianza en Dios, que "no es hombre para que mienta" (Nm 23:19), Él "ordenará a sus ángeles que te guarden en todos tus caminos y ellos te llevarán en sus manos para que tu pie no tropiece en piedra". (Sal 91:11,12).

¡Qué daño le han hecho a los creyentes los que -envueltos en ropaje eclesiástico y desde una cátedra de teología o desde el púlpito- le han dicho que las palabras de la Biblia deben entenderse sólo metafóricamente, no literalmente; que son sólo poesía arcaica de un pueblo de mentalidad mágica, precientífica! ¡Que Dios no hace milagros y que las narraciones antiguas deben ser desmitificadas para ser comprendidas! ¡Que las Escrituras no son realmente lo que Jesús dice de ellas, esto es, palabra de Dios, sino mera palabra humana! De esa forma le han robado al pueblo sus mejores armas, le han quitado la lámpara que alumbra sus pies, le han privado de la antorcha que ilumina su camino, le han dejado desguarnecido e inerme ante las asechanzas del enemigo.

Pese a ello yo bendeciré al Señor en todo tiempo, sabiendo que su palabra es verdadera y que Dios nunca miente.

Nota: La palabra hebrea "baraq" tiene dos sentidos básicos: arrodillarse y bendecir. Pero también puede significar, según el contexto, ser bendecido, alabar, adorar, invocar, pedir una bendición, saludar, e, incluso, eufemísticamente, maldecir.

Eulogeo aparece en Lc 1:64; 2:28 y St 3:9. Eulogetòs traducido como “bendito” aparece en Lc 1:68: Rm 1:25; 9:5; 2Cor 1:3; Ef 1:3; 1P 1:3. Makarios, que es el verbo que Jesús emplea en las bienaventuranzas, figura en el Nuevo Testamento cuando el hombre bendice a Dios sólo en 1Tm 1:11 y 6:15).

NB. Este artículo fue publicado por primera vez en la revista “Oiga” bajo el pseudónimo de “Joaquín Andariego”, con que yo firmaba mi columna “El Evangelio y Nosotros”. Lo he revisado y completado para esta ocasión.

Amado lector: Si tú no estás seguro de que cuando mueras vas a ir a la presencia de Dios, es muy importante que adquieras esa seguridad, porque no hay seguridad en la tierra que se le compare. Como dijo Jesús: “¿De que le sirve al hombre ganar el mundo si pierde su alma?” (Mt 16:26) Para obtener esa seguridad tan importante yo te invito a hacer una sencilla oración como la que sigue, entregándole a Jesús tu vida:

“Yo sé, Jesús, que tú viniste al mundo a expiar en la cruz los pecados cometidos por todos los hombres, incluyendo los míos. Yo sé también que no merezco tu perdón, pero tú me lo ofreces gratuitamente y sin merecerlo y quiero recibirlo. Yo me arrepiento sinceramente de todos mis pecados y de todo el mal que he cometido hasta hoy. Perdóname, Señor, y entra en mi corazón y gobierna mi vida. En adelante quiero vivir para ti y servirte.”

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viernes, 14 de agosto de 2009

AMOR

El ser humano ama instintivamente.

Es la imagen de Dios en él lo que lo impulsa a amar.

El animal también ama, aunque no de la misma manera ni con la misma intensidad que el hombre. Conocemos el amor de la madre por sus cachorros y del perro por su amo. Yo he sido testigo una vez del amor conmovedor de un noble gato doméstico por su amada gatita techera, pese a que ella le era continuamente infiel.

El amor es como el hambre. Necesita un objeto para saciarse. Por eso si no encuentra un ser humano al cual amar, ama a su mascota. (San Agustín dice que en su juventud pecadora él creía amar a todas las personas del sexo opuesto, pero que en realidad de lo que estaba enamorado era del amor, que encontraba muchos objetos en qué fijarse)

Adán estaba lleno de mascotas, pero ninguna le satisfacía. Sólo le podía satisfacer amar a un ser de su misma especie. Cuando lo tuvo exclamó: "Esta sí es carne de mi carne y hueso de mis huesos" (Gn 2:23).

El amor impulsa a darse. Es un movimiento desinteresado, centrífuga. pero también necesita recibir. Es pues también un movimiento egocéntrico, centrípeta. Uno y otro movimiento cierran el círculo.

El amor pues tiene esos dos aspectos: el desinteresado y el egocéntrico, por no decir egoísta.

El amor, en principio, invita a la respuesta, suscita amor en la persona amada, aunque no ocurre en todos los casos. Pero aun cuando no suscite amor en la persona amada, al menos genera simpatía por el que ama.

En el dar y recibir amor estriba gran parte de la felicidad humana. El que lo da y no lo recibe es desgraciado. Igual el que recibe amor de alguien pero no puede corresponder, no puede ser feliz, porque le falta el movimiento recíproco que cierre el círculo.

Cuando el hombre es transformado por la gracia, el darse predomina sobre el recibir, en aplicación de las palabras de Jesús: “Más bienaventurado es dar que recibir.” (Hch 20:35). Cuanto más ame a Dios, más quiere darse y menos necesita recibir.

Asimismo, cuanto más ame sobrenaturalmente a los demás, menos necesita recibir de ellos amor en contrapartida. El amor de Dios le basta.

En el ser humano no regenerado el aspecto egocéntrico del amor predomina. Por eso, con la misma facilidad con que ama a una persona, rechaza, odia o juzga antipático al que no corresponde a sus gustos, o a su idiosincracia. Es decir, cuando no halla en el otro afinidad, "buena química".

Pero cuanto más amamos a Dios, menos proclives somos a rechazar al que no nos "cae bien". Ya no vemos al ser humano con sus defectos, sino al hombre o mujer creados por Dios a su imagen y semejanza. Y a quien Dios ama a pesar de todo, como me ama a mí.

El amor es una virtud sobrenatural. Es mucho más que un valor, porque en verdad en el amor están incluidas todas las virtudes, y sin él todas las demás son inútiles (1Cor 13:1-3).

En el mundo al amor por los demás se le llama altruismo, que es uno de los más altos valores de la ética filosófica. Esto significa: pensar en el otro, en los demás, aun a costa de uno mismo; desear ayudar, preferir el bienestar ajeno al propio, etc.

Hay muchas manifestaciones de este noble sentimiento en el mundo: la Cruz Roja, los “médicos sin frontera”, el voluntariado, etc.

Es un sentimiento bueno y loable, pero por sí solo no transforma a la persona. Eso sólo lo puede hacer el amor sobrenatural.

El amor como sentimiento natural asume muchas formas: la cordialidad, la simpatía, la filantropía, la generosidad, etc.

Pero esas manifestaciones están fuertemente ligadas al temperamento. El sanguíneo, por ejemplo, es cordial; el melancólico es frío, reservado. Es una cuestión de temperamento. Pero pudiera ser que el melancólico ame más profundamente que el sanguíneo, sólo que no lo manifiesta con la misma facilidad.

El amor es un componente indispensable de las relaciones humanas en todos los campos.

“El amor cubre muchas faltas”, dice Proverbios 10:12. Nos vuelve pacientes, tolerantes, dispuestos a ceder, a perdonar. Facilita las relaciones humanas y el diálogo.

Es un hecho mil veces comprobado que el que se enamora cambia para bien: se ennoblece, está dispuesto a sacrificarse por el ser amado, sus ojos le brillan.

También el hombre egoísta cuando es padre, empieza a preocuparse por su hijo y está dispuesto a sacrificar su comodidad por él. Dios nos ha hecho de esa manera a propósito.

El amor se aprende, se cultiva. El niño aprende a amar, siendo amado. Y cuanto más amado sea, más tenderá a amar a otros; a menos que haya sido engreído, en cuyo caso el amor recibido en exceso lo vuelve egoísta y exigente.

Conviene que los padres, o parientes de niños pequeños se pregunten: ¿Amamos lo suficiente a nuestros hijos? ¿Expresamos nuestro amor con frecuencia? ¿O hemos hecho del amor un pretexto para engreír al niño? (Con frecuencia el que engríe, trata inconcientemente de ganarse el amor del niño complaciendo todos sus deseos. Es decir, lo soborna inconcientemente).

O al contrario, ¿Negamos a nuestros hijos la atención y el amor que necesitan? ¿O los amamos, pero no manifestamos nuestro amor con frecuencia?

Pero el amor también puede desaprenderse por las desilusiones, por los rechazos, por el maltrato recibido. En ese caso solemos encerrarnos en nosotros mismos y nos volvemos egoístas.

El egoísta se aísla, se queda solo. En la vejez su vida es un páramo.

En cambio, el amor es como la miel, atrae. El que ama, sobretodo sobrenaturalmente, estará siempre rodeado.

El diablo es ducho en imitar las virtudes. Y lo hace de muchas maneras para desvirtuarlas.

De un lado puede convertir a las personas en ascetas fanáticos, que rechazan el amor humano. De otro, pone todo el énfasis en los sentidos, en lo erótico, en el aspecto sensual del amor, al punto de convertirlo en una caricatura del amor, en una negación del amor, porque el amor erótico puede volverse cruel, como lo ilustran el sadismo y el sadomasoquismo, y fácilmente se torna en odio.

El amor sin Dios a la larga decepciona. Pero el amor humano que refleja el amor de Dios en uno, nutre al ser amado y al ser que ama, sea niño, adulto, o anciano.

¿Quién puede decir que no ame amar?

NB. Los dos textos que publico, uno esta semana, y el otro, Dios mediante, la semana entrante, me sirvieron de esquema para una charla dada durante un “Seminario sobre Valores” realizado en la iglesia de la Alianza Cristiana y Misionera de la ciudad de Tacna el año 2003. Me reservo para más adelante publicar la trascripción de esa y las demás charlas del Seminario, pero creo que su contenido, aun en la forma esquemática que los presento, es edificante.


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