lunes, 3 de agosto de 2015

PAGO DEL IMPUESTO DEL TEMPLO

 LA VIDA Y LA PALABRA
Por José Belaunde M.
PAGO DEL IMPUESTO DEL TEMPLO
Un Comentario de Mateo 17:22-27
El siguiente episodio precedido por el nuevo anuncio que hace Jesús de su muerte y resurrección supone que al retornar Jesús de su excursión al monte Tabor (o a las alturas del Hermón, según otros) Él se detuvo en varias localidades antes de llegar a Capernaúm.
22,23. “Estando ellos en Galilea, Jesús les dijo: El Hijo del Hombre será entregado en manos de hombres, y le matarán; mas al tercer día resucitará. Y ellos se entristecieron en gran manera.”
Jesús reitera a sus discípulos el anuncio que les había hecho después del episodio de la confesión de Pedro (16:21). Esta vez lo hace en términos más lacónicos pero muy claros: Será traicionado por alguien que complotará para entregarlo en manos de sus enemigos, los cuales lo matarán. Pero eso no será el final de su historia, porque al tercer día resucitará. Este nuevo anuncio de su muerte y resurrección no fue ignorado por sus discípulos pues ellos se entristecieron grandemente al escucharlo.
Los pasajes paralelos de Marcos y Lucas dicen que ellos no entendieron esas palabras. Efectivamente, desde la lógica humana, ¿cómo podía el Mesías enviado por Dios para triunfar y liberar a su pueblo del yugo extranjero, ser asesinado por sus enemigos? Eso es algo sin sentido y contradictorio, y es comprensible que no entendieran nada, y que se entristecieran. Pero, como dicen Marcos y Lucas, no se atrevieron a pedirle que les diera una explicación (Mr 9:31,32; Lc 9:44,45).
Como proclamó Pedro en Pentecostés al anunciar la resurrección de su Maestro, Jesús fue entregado en manos de sus enemigos “por el determinado consejo y anticipado conocimiento de Dios.” (Hch 2:23), lo que indica que su juicio, pasión y muerte no fueron imprevistos, sino formaban parte del plan concebido por Dios para la salvación de la humanidad, incluyendo a aquellos que lo juzgarían, torturarían y matarían.
Notemos que al escuchar este segundo anuncio de la muerte de Jesús, Pedro no protestó como hizo la primera vez que lo escuchó (Mt 16:22).
24. “Cuando llegaron a Capernaúm, vinieron a Pedro los que cobraban las dos dracmas, y le dijeron: ¿Vuestro Maestro no paga las dos dracmas?” (Nota 1)
Podemos suponer que Jesús y sus discípulos, de retorno de su excursión, se dirigían a la casa de Pedro cuando éste fue abordado por uno de los que cobraban el impuesto del templo, consistente en una moneda de dos dracmas, o didracma, que todo israelita debía pagar, preguntándole si su Maestro lo pagaba o no.
Es de notar que los cobradores no le preguntan directamente a Jesús sobre el pago del impuesto, por el respeto que le tenían, sino abordan a Pedro, y lo hacen comedidamente, en forma de pregunta y no de recriminación.
25,26. “Él dijo: Sí. Y al entrar él en casa, Jesús le habló primero, diciendo: ¿Qué te parece, Simón? Los reyes de la tierra, ¿de quiénes cobran los tributos o los impuestos? ¿De sus hijos, o de los extraños? Pedro le respondió: De los extraños. Jesús le dijo: Luego los hijos están exentos.” (2)
Pedro, sin pensarlo dos veces, contestó afirmativamente, posiblemente porque Jesús había pagado ese impuesto en ocasiones anteriores. Pero Jesús quiso darle a Pedro una lección cuando llegaron a la casa, haciéndole una pregunta inesperada, dando a entender con ello que Él, sin haberlo oído, sabía del corto diálogo que Pedro había sostenido con los cobradores: ¿De quiénes cobran impuestos los soberanos del mundo? ¿De los que llevan su propia sangre, o de los extraños? Pedro dio la respuesta obvia: Los reyes no reciben tributos de sus hijos, sino de los extraños, es decir, de sus súbditos. Eso quiere decir, retrucó Jesús, que los hijos no están obligados a pagar impuestos. Obviamente eso sería casi como si el soberano se los cobrara a sí mismo.
27. “Sin embargo, para no ofenderles, ve al mar, y echa el anzuelo, y el primer pez que saques, tómalo, y al abrirle la boca, hallarás un estatero; tómalo, y dáselo por mí y por ti.(3)
Lo que Jesús le da a entender a Pedro, porque él aún no lo ha captado plenamente, es que puesto que Él es hijo del dueño del templo, de Aquel a quien se rinde culto en el santuario, Él no está obligado a pagar el impuesto. Él lo paga, sin embargo, a pesar de que el templo era la casa de su Padre (Jn 2:16), porque no quiere ser motivo de tropiezo para aquellos, como los cobradores, que ignoraban esa verdad. De esa manera Él nos da ejemplo de que en ciertas ocasiones puede ser necesario que nosotros también renunciemos a nuestros derechos, o prerrogativas, para no ser motivo de escándalo para nadie.
Pese a la revelación recibida hace muy poco tiempo, Pedro parece no haber asimilado completamente el hecho de que Jesús es el Hijo único de Dios, el heredero de toda la tierra, a quien todo lo que ella contiene pertenece.
Pero como ésa es una verdad que los cobradores del impuesto no conocen, para que no crean que yo me niego a cumplir las ordenanzas vigentes y eso les escandalice, anda al mar, tira el anzuelo, y en el primer pez que lo muerda encontrarás una moneda de un estatero, (equivalente al doble de un dídracma), y paga con ella el impuesto por ti y por mí.
Jesús realiza en este episodio un extraordinario milagro. Es irrelevante saber si Jesús ordenó que en la boca del pez apareciera milagrosamente la moneda necesaria, o si Él sabía que, al echar el anzuelo, Pedro pescaría un pez que había recogido una moneda de ese valor caída en el lago. De una u otra manera ese milagro mostraba el poder que Jesús tenía sobre hombres y animales, y sobre la materia inanimada misma, como dice el salmo 8:6: “Lo hiciste señorear sobre las obras de tus manos; todo lo pusiste debajo de sus pies”.
Lo extraordinario del caso es que el pez que tenía esa moneda en la boca, vino al lugar donde Pedro echaría el anzuelo en el momento mismo en que lo haría, y que mordería ese anzuelo, y retendría la moneda en la boca, hasta que Pedro lo sacara del agua. Esas son demasiadas coincidencias para ser casualidad.
No deja de ser intrigante el hecho de que Jesús no tuviera consigo ni una sola moneda del pequeño valor requerido para pagar ese impuesto, y que, aparentemente, tampoco lo hubiera en la bolsa común que mantenía Judas. Jesús vivía de las limosnas que le daban. Esto nos muestra cuán cierto es lo que Pablo dice acerca de Él: “Porque ya conocéis la gracia de nuestro Señor Jesucristo, que por amor a vosotros se hizo pobre, siendo rico, para que vosotros con su pobreza fueseis enriquecidos.” (2Cor 8:9).
Es digno también de notar el que Jesús pagara ese impuesto a pesar de que, en sus propias palabras, el templo se había convertido en una cueva de ladrones (Mt 21:13). Si Jesús pagó ese tributo, que era una obligación de todo judío creyente, pese a que quienes los recibían –las autoridades del templo- eran sus enemigos jurados, ¿qué excusa podríamos alegar nosotros para dejar de pagar nuestras obligaciones con el fisco, o con la iglesia?
El escritor Warren Wiersbe, que es siempre tan acertado en sus comentarios, señala algunos puntos interesantes acerca de este episodio que quiero resumir:
1) Este milagro es narrado sólo en el evangelio de Mateo. Eso no debe sorprendernos, estando relacionado con un asunto de impuestos, pues Mateo, como sabemos, antes de seguir a Jesús, había sido cobrador de impuestos.
2) Es el único milagro que Jesús realiza para satisfacer una necesidad propia.
3) Es el único milagro hecho por Jesús que tiene que hacer con el dinero.
4) Es el único milagro en que usa un pez. En dos ocasiones Jesús había multiplicado los peces para que los pescaran Pedro y sus compañeros (Lc 5:1-11; Jn 21:1ss), pero ahora sólo usa uno.
5) Fue un milagro hecho no sólo para sí mismo, sino también para Pedro, aunque no fuera el único hecho para éste: Jesús sanó a su suegra (Mr 1:29-31), permitió que Pedro hiciera dos veces las pescas milagrosas mencionadas arriba, lo hizo caminar sobre el agua (Mt 14:22-33), sanó la oreja de Malco, que Pedro había cortado con su espada (Mt 26:51-56), y lo libró milagrosamente de la cárcel (Hch 12:1ss). Buen motivo tenía el apóstol para haber escrito más tarde: “Echad toda vuestra ansiedad sobre Él, porque Él tiene cuidado de vosotros.” (1P 5:7).
6) Es el único milagro cuyo resultado no se indica. Pero no es necesario hacerlo, porque basta que Jesús lo diga para que ocurra: “Porque Él dijo y fue hecho; Él mandó y existió.” (Sal 33:9).
Notas: 1. Ni Marcos ni Lucas consignan el episodio del pago del impuesto del templo. La razón es sencilla, dice el hebraísta francés C. Tresmontant: Ambos evangelios fueron escritos para gentiles que se habían convertido a Cristo, a quienes hubiera sido difícil explicar el asunto del pago de ese impuesto y porqué Jesús se consideraba exento del mismo. Esta es una indicación más, según ese autor, de que esos evangelios fueron escritos después de que lo fuera el Evangelio de Mateo, que fue escrito para lectores judíos que estaban familiarizados con ese tributo.
2. Aparte del impuesto que los judíos pagaban para el sostenimiento del templo, tema de este episodio, había entonces bajo la administración romana básicamente dos clases de impuestos: 1) El impuesto sobre los bienes, télos, cuyo pago se hacía en las aduanas, y de cuyo cobro estaban encargados los publicanos (publicani, en latín; telónes, en griego), que eran odiados por el pueblo ya que, aprovechándose de su cargo, hacían cobros excesivos para enriquecerse; y 2) el impuesto, o tributo, sobre las personas, kénsos, (censum en la latín, de donde viene nuestra palabra “censo”). Recuérdese que José y María tuvieron que ir a Belén para empadronarse, porque el César había ordenado que se hiciera un censo en Israel, con el fin obvio de cobrar el impuesto respectivo (Lc 2:1-5).
3. Ésta es la única ocasión en todo el Nuevo Testamento en que se menciona un anzuelo.
Consideraciones Adicionales: Conviene que nos detengamos un poco en la historia del impuesto del templo. Moisés había ordenado que cuando se hiciera un censo de los hijos de Israel todos los varones de 20 años para arriba pagaran medio siclo de plata, como expiación por sus pecados, para que no sean víctimas de alguna peste. Todos, ricos y pobres, debían pagar la misma suma, y el dinero recaudado debía ser usado para el servicio del templo (Ex 30:11-16; 38:25,26).  
            El rey Joas –que sucedió a la impía Atalía- se basó en esta disposición para ordenar que todo el pueblo trajera una ofrenda regular que sería utilizada en la reparación del templo de Jerusalén, y de los utensilios sagrados que habían sido destruidos por la reina impía y sus hijos (2 Cro 24:4-14). Después del retorno del exilio, Nehemías y sus colaboradores impusieron al pueblo una contribución voluntaria de sólo una tercera parte de un siclo -en vista de la pobreza que afligía al pueblo en ese momento- que sería usada para el mantenimiento del culto (Nh 10:32,33) Según la Mishná (que dedica todo un tratado a ese tema), los sacerdotes estaban exentos de ese pago. Interesantemente, en siglos posteriores la iglesia se basó en esta excepción para ordenar que los clérigos (y luego la nobleza) fuera eximida del pago de impuestos, exención que rigió hasta la Revolución Francesa, en que fue abolida.
Los rabinos ordenaron que el impuesto siguiera vigente, pero regresando al monto original dispuesto por Moisés. Los judíos de Palestina debían hacer el pago antes de la Pascua; los residentes en el extranjero podían hacerlo más tarde, pero no después de la fiesta de los Tabernáculos.
El dinero no era recaudado por los publicanos que recaudaban el impuesto romano, sino por unos comisionados especiales. El dinero recaudado fuera de Palestina era guardado en una ciudad fortificada y enviado una vez al año a Jerusalén; pero después de que los romanos ocuparan Palestina, parte del dinero recaudado era pagado a los romanos, o a los reyes nombrados por ellos. De ahí la pregunta de Jesús: ¿De quién cobran tributos los reyes? Cuando Tito destruyó Jerusalén y su templo, el emperador Vespasiano ordenó que el impuesto que los judíos pagaban para el servicio de su templo destruido, fuera destinado al templo de Júpiter capitolino en Roma. El disgusto que causó a los judíos el que se les obligara a pagar un tributo para el mantenimiento de un templo pagano, fue una de las causas del segundo levantamiento judío contra Roma, que fue liderado por Bar Kochba el año 132 DC. (Debo la mayor parte de esta interesante información al excelente comentario del Evangelio de Mateo de J. Broadus)
Amado lector: Jesús dijo: “De qué le sirve al hombre ganar el mundo si pierde su alma?” (Mr 8:36) Si tú no estás seguro de que cuando mueras vas a ir a gozar de la presencia de Dios es muy importante que adquieras esa seguridad, porque no hay seguridad en la tierra que se le compare y que sea tan necesaria. Con ese fin yo te exhorto a arrepentirte de todos tus pecados y te invito a pedirle perdón a Dios por ellos haciendo la siguiente oración:
“Jesús, tú viniste al mundo a expiar en la cruz los pecados cometidos por todos los hombres, incluyendo los míos. Yo sé que no merezco tu perdón, porque te he ofendido consciente y voluntariamente muchísimas veces, pero tú me lo ofreces gratuitamente y sin merecerlo. Yo quiero recibirlo. Me arrepiento sinceramente de todos mis pecados y de todo el mal que he cometido hasta hoy. Perdóname, Señor, te lo ruego; lava mis pecados con tu sangre; entra en mi corazón y gobierna mi vida. En adelante quiero vivir para ti y servirte.”


#874 (29.03.15). Depósito Legal #2004-5581. Director: José Belaunde M. Dirección: Independencia 1231, Miraflores, Lima, Perú 18. Tel 4227218. (Resolución #003694-2004/OSD-INDECOPI). 

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