viernes, 11 de enero de 2013

LA OBRA DEL ESPÍRITU SANTO


LA VIDA Y LA PALABRA
Por José Belaunde M.
LA OBRA DEL ESPÍRITU SANTO
Un Comentario de Juan 16:4b-15
4b. “Esto no os lo dije al principio, porque yo estaba con vosotros.”
Jesús les dice que Él no les habló antes de estas cosas, es decir, de la persecución que sufrirían y de la venida del Espíritu Santo, porque no era oportuno que lo hiciera, pues Él estaba con ellos. Pero como ya está a punto de abandonarlos, ya es oportuno y conveniente que lo haga para que estén advertidos de lo que vendrá.
5. “Pero ahora voy al que me envió; y ninguno de vosotros me pregunta: ¿A dónde vas?”
Jesús se asombra de que habiéndoles anunciado su partida, ninguno de ellos le pregunte “¿A dónde vas?” Si no lo hacen es quizá porque todavía no han asimilado del todo esa mala noticia, o no quieren admitirla. Están tan acostumbrados a la compañía constante de Jesús, y se sienten tan felices gozando de ella, que se les hace difícil imaginarse que puedan ser privados de ella.
O quizá no le preguntan a dónde va porque para ellos es obvio que si se va es para retornar al lugar de donde vino, es decir, al cielo.
Ya en una ocasión anterior (Jn 8:21,22), en un diálogo con escribas y fariseos, Jesús les había dicho que Él se iría a un lugar donde ellos no podían ir, y ellos no entendieron lo que les quería decir. Los discípulos quizá recordaban ese intercambio y la sorpresa de los interlocutores de Jesús. Ese recuerdo posiblemente se agolpaba en su mente, y contribuía a su desazón.
Fue justamente al recordar ese diálogo durante la Última Cena cuando Pedro le hizo la pregunta: “Señor, ¿a dónde vas?”, y Jesús le contestó que a dónde iba él no lo podía seguir, lo cual dio lugar al anuncio de la negación de Pedro (13:36-38). Tomás también había antes protestado: “No sabemos a dónde vas, ¿cómo pues sabremos cuál es el camino?” (14:5), a lo que Jesús había dado como respuesta una de las frases más audaces y profundas de todo el Evangelio: “Yo soy el camino, la verdad y la vida.” (14:6).
6. “Antes, porque os he dicho estas cosas, tristeza ha llenado vuestro corazón.”
Era inevitable que al anunciarles Jesús su partida, y las pruebas que tendrían que afrontar sin su compañía, ellos se angustiaran y entristecieran. El anuncio de la venida de Aquel a quien Jesús llama “El Consolador” no los consolaba, porque no entendían bien de qué, o de quién, se trataba y, por tanto, no sabían en ese momento qué beneficios les reportaría su venida. Ellos no tenían sino nociones vagas acerca del Espíritu Santo, porque eso era algo que aún no les había sido plenamente revelado. Desde su perspectiva humana nada podía compensar la ausencia de Jesús. Eso es muy comprensible, no sólo porque lo amaban, sino porque el trato constante con Él los llenaba de una alegría y una paz que no podían definir.
A nosotros nos ocurre algo semejante. Aunque nunca hemos gozado de la compañía física de Jesús, sí hemos gozado muchas veces de su cercanía espiritual y hemos tenido comunión íntima con Él. Nosotros atesoramos esas experiencias como los momentos más altos de nuestra vida.
Tanto más sufrimos cuando por algún motivo pero, sobretodo por nuestra culpa, nos vemos privados de esa comunión con Él. Su presencia, su cercanía espiritual, nos es indispensable, y la anhelamos como el sediento anhela el agua que no ha podido beber durante mucho tiempo (“Como el ciervo anhela las corrientes de las aguas, así te anhela el alma mía.” (Sal 42:1).
7. “Pero yo os digo la verdad: Os conviene que yo me vaya; porque si no me fuere, el Consolador no vendría a vosotros; mas si me fuere, os lo enviaré.”
Para consolarlos Jesús les dice enfáticamente que a ellos les conviene que Él se vaya. Implícitamente les está diciendo que no sólo a ellos, sus discípulos presentes, sino a todos sus seguidores, y a toda la iglesia, les conviene que Él se vaya, porque mientras Él no se haya ido no podrá venir Aquel a quien Él llama el Consolador, el Paráclito, a quien antes ha llamado el Espíritu de Verdad. (Jn 15:26).
La pregunta que aflora en nuestros labios es: ¿Porqué no puede venir el Espíritu Santo mientras Él no se haya ido? Porque Él, Jesús, era la presencia de Dios en la tierra, una presencia no sólo espiritual sino física, y no podía haber una doble presencia divina entre los seres humanos. Una de dos, o estaba Él hablando y caminando con ellos, o venía el Espíritu Santo a estar con ellos.
Reconozco que esto no es algo fácil de entender. Sin embargo, me parece que es una cuestión de sentido común.
De otro lado, cabe preguntarse ¿por qué les convenía a ellos, y a toda la Iglesia, que Él se vaya y que venga el Espíritu Santo en su lugar?
La respuesta parece obvia: Porque siendo la presencia de Jesús una presencia física, corporal, estaba limitada a un solo lugar. Pero el Consolador, siendo espíritu, no está sujeto a esa limitación y puede estar en todas partes a la vez.
El apóstol Pablo podía decir a los filipenses (parafraseando): “A mí me convendría partir para estar con Cristo, pero a vosotros os conviene que permanezca en la tierra.” (Flp 1:23), porque al irse él a la presencia del Padre no tenía poder para enviar a nadie que lo reemplace.
Pero en el caso de Jesús y del Espíritu Santo la cosa es diferente porque, al irse, Él y el Padre juntos les enviarían al Espíritu Santo, y no lo podían hacer mientras Él no hubiera sido glorificado.
Les convenía además que Él se fuera y enviara al Espíritu Santo porque el Espíritu Santo los llenaría a todos ellos con un poder para testificar desconocido por ellos, y con toda la abundancia de sus dones, que permitirían que el Evangelio se difundiera por toda la tierra atrayendo a todos los hombres a Cristo. Y eso, por lo demás, no podía realizarse mientras su sacrificio expiatorio no se hubiera realizado, mientras la redención no hubiera sido consumada y Él no hubiera sido glorificado, como lo fue al ascender a la presencia de Dios una vez resucitado (Hch 1:8,9).
Recordemos que Juan había escrito acerca del “Espíritu que habían de recibir todos los que creyesen en Él; pues aún no había venido el Espíritu Santo, porque Jesús no había sido aún glorificado” (Jn 7:39). Había pues un proceso necesario: Jesús tenía que subir al cielo una vez consumada su obra redentora en la tierra, para ser recibido en la gloria por su Padre, y enseguida descendería el Espíritu Santo con poder sobre la iglesia. (Hch 2:2,3). Por lo demás, aunque Jesús no estuviera presente físicamente, Él no dejaría de estar con ellos porque, como había prometido, dondequiera que estuvieran dos o tres reunidos en su Nombre, Él estaría en medio de ellos (Mt 18:20). Antes de ascender al cielo y darles sus últimas instrucciones Él les confirmaría su promesa de que estaría con ellos “todos los días hasta el fin del mundo.” (Mt 28:20).
8-11. “Y cuando Él venga, convencerá al mundo de pecado, de justicia y de juicio. De pecado, por cuanto no creen en mí; de justicia, por cuanto voy al Padre, y no me veréis más; y de juicio, por cuanto el príncipe de este mundo ha sido ya juzgado.”
Este es un pasaje que la mayoría de intérpretes ha reconocido es bastante oscuro y de interpretación difícil. Trataremos de aclararlo.
¿Qué quiere decir que convencerá al mundo? Que el Espíritu aportará las pruebas de lo que Jesús había enseñado acerca de sí mismo, y como esas pruebas serán irrefutables, provocarán una convicción interna profunda en los habitantes de la tierra a donde llegue su mensaje, comenzando por aquellos en medio de los cuales Él vivió.
¿Y en qué sentido convencerá al mundo de pecado? Porque la mayoría de los judíos y galileos, en medio de los cuales vivió, enseñó e hizo milagros Jesús, no creyó en Él; y más allá de ellos, en los siglos siguientes, no creerían los que se negarían a reconocer su obra. No obstante, a partir de Pentecostés, mediante la predicación y los milagros que hacían los apóstoles, el Espíritu Santo haría ver a muchos el estado de su alma y los llevaría al arrepentimiento, como ocurrió en respuesta al primer sermón de Pedro: “Al oír esto se compungieron de corazón, y dijeron a Pedro y a los otros apóstoles: Varones hermanos, ¿qué haremos?” (Hch 2:37).
El Espíritu Santo convencerá al mundo de justicia porque al retornar en gloria al Padre que lo envió, y sentarse a su diestra, Jesús revindicará, en primer lugar, su propia justicia –la de un hombre inocente, libre de todo pecado- contra las acusaciones falsas de sus enemigos; y, en segundo lugar, revindicará la justicia de su obra redentora. Él, siendo absolutamente justo, llevó sobre su cuerpo los pecados de todos los que, estando separados de Dios y de su gracia, tienen por Él acceso al Padre y a la salvación. Como escribe Pablo: “Al que no conoció pecado, por nosotros lo hizo pecado, para que nosotros fuésemos hechos justicia de Dios en Él.” (2Cor 5:21).
Y de juicio porque el enemigo, el príncipe de este mundo, que desde la caída de Adán ha regido casi sin cuestionamientos a la humanidad, será derrotado en la cruz, y la malignidad de su astucia será expuesta a la vista de todos. En adelante ya no ejercerá sobre los hombres el dominio incuestionable que él ejercía. La rápida difusión del Evangelio por el mundo conocido entonces, y la derrota del paganismo reinante, así como la transformación de la mentalidad de la gente que abrazó el cristianismo, constituyen, en efecto, una manifestación elocuente de esa derrota. (Nota 1)
12. “Aún tengo muchas cosas que deciros, pero ahora no las podéis sobrellevar.”
¡Cuántas verdades no quisiera Jesús poder revelar a sus discípulos para iluminar sus mentes! ¡Verdades acerca de Dios y de sí mismo que ellos ignoran! Pero Él es consciente de que los abrumaría, y de que no las podrían entender, porque aún no están en condiciones de hacerlo.
¡Cuántas veces ocurre en la enseñanza que se revela a los inmaduros y a los niños, cosas que aún no están en condiciones de comprender y que los confunden! El maestro sabio es el que administra prudentemente los conocimientos que imparte para que puedan ser comprendidos y asimilados gradualmente por sus oyentes a medida que progresan.
13. “Pero cuando venga el Espíritu de verdad, él os guiará a toda la verdad; porque no hablará por su propia cuenta, sino que hablará todo lo que oyere, y os hará saber las cosas que habrán de venir.”
Días vendrán, cuando el Espíritu Santo haya descendido sobre ellos y sobre todos los creyentes, en que Aquel a quien Jesús llama el Espíritu de verdad, les irá revelando paulatinamente toda la verdad que necesitan conocer.
Así ocurrió en efecto. Desde Pentecostés, en que la mente cerrada de los discípulos fue abierta, el Espíritu Santo ha ido revelando a la Iglesia todo lo que necesita conocer para caminar en rectitud, santidad y verdad, y para guiar a su vez al rebaño, esto es, a los hombres y mujeres a quienes Dios ha puesto a su cargo.
Ha sido una tarea trabajosa porque el Espíritu se ha enfrentado con frecuencia a las resistencias que la soberbia y las divisiones entre los fieles opone a su obra iluminadora.
El Espíritu Santo, estando esencialmente unido al Padre y al Hijo, en una unidad que la inteligencia humana es incapaz de comprender, irá revelando en el curso del tiempo todas aquellas cosas que el consejo de Dios considerará oportuno hacer saber a los hombres, individual o colectivamente, para su mejor gobierno.
Cuando Jesús dice que el Espíritu Santo “no hablará por su cuenta” (es decir, por su propia iniciativa), está diciendo que el Espíritu Santo obrará tal como Él mismo obraba: “Porque yo no he hablado por mi propia cuenta; el Padre que me envió, Él me dio mandamiento de lo que he de decir, y de lo que he de hablar.” (Jn 12:49; cf 8:28; 5:19,30). Esto es, dirá aquellas cosas que el Padre le encargue decir. (2)
En particular, el Espíritu revelará a los hombres, muchas veces, es cierto, en términos misteriosos -como vemos en Apocalipsis- los acontecimientos que les depara el futuro, para que no los cojan enteramente por sorpresa cuando ocurran, sino los encuentre prevenidos.
14. “Él me glorificará; porque tomará de lo mío, y os lo hará saber.”
Todo lo que el Espíritu Santo revele redundará en un mayor conocimiento y en una mayor gloria de Cristo, que tomó sobre sí la tarea de acercarse a sus criaturas y, estando infinitamente por encima de ellas, asumió su naturaleza al encarnarse, tomando, como dice Pablo, “forma de siervo” (Flp 2:7), porque eso es lo que el hombre, sujeto a todas limitaciones de su carne, en realidad es. Así como Jesús glorificó al Padre en la tierra con lo que dijo (sus enseñanzas) e hizo (sus milagros) (Jn 7:18; 17:4), ahora el Espíritu Santo glorificará a Jesús revelando el significado de su obra redentora, la cual aparecerá más adelante cada vez más claramente a la Iglesia, en particular pero no únicamente, a través de los escritos inspirados de Pablo.
15. “Todo lo que tiene el Padre es mío; por eso dije que tomará de lo mío, y os lo hará saber.”
Lo que el Espíritu Santo revele serán cosas relativas a Jesús que los apóstoles en ese momento ignoran, y que sus sucesores inmediatos tampoco percibirían claramente, pero que fueron comprendiendo poco a poco, a medida que el Espíritu se las revelaba.
Este versículo afirma una vez más la unidad esencial del Padre y del Hijo, pues todo el conocimiento que pertenece al primero pertenece también por derecho propio al segundo. Lo que el Espíritu Santo revele saldrá de ese pozo infinito común de conocimientos que pertenece al Padre y al Hijo y, naturalmente, también al Espíritu Santo, puesto que es uno con ambos.
Notas: 1. El edicto de Milán (313 DC), que dio término a las persecuciones, permitió la difusión pacífica de la fe cristiana a lo largo y ancho del imperio, pero sobre todo en las ciudades. Significó también el inicio de una época en que cristianismo y paganismo convivieron juntos y en que prevaleció la libertad de conciencia. La fe en Cristo fue ganando terreno frente a las diversas formas de culto a los dioses que subsistían sobre todo en el campo (“pagano” quiere decir campesino). Los esfuerzos que Julián, llamado el Apóstata, realizó cincuenta años más tarde para restaurar el paganismo en el imperio, resultaron vanos, y él murió el año 363 diciendo, según la leyenda: “Venciste Galileo”. El año 381 el emperador Teodosio, proclamó al cristianismo como religión del estado en todos sus dominios, y se inició la lucha oficial contra el paganismo. Los templos paganos fueron transformados en iglesias y sus sacerdotes desterrados. En los siglos subsiguientes la fe en Cristo, que predominaba ya en las regiones ribereñas del Mediterráneo, se propagó por toda Europa y el Medio Oriente.
2. Creo que es pertinente citar en este lugar las palabras del erudito evangélico F.F. Bruce, cuya obra es para mí un ejemplo y un estímulo: “Así como se esperaba que el Mesías expusiera claramente las implicancias plenas de la revelación que había precedido su venida, así el Paráclito expondrá claramente las implicancias plenas de la revelación encarnada en el Mesías, y las aplicará de manera relevante a todas las generaciones sucesivas.”
Amado lector: Si tú no estás seguro de que cuando mueras vas a ir a gozar de la presencia de Dios, es muy importante que adquieras esa  seguridad, porque no hay seguridad en la tierra que se le compare y que sea tan necesaria. Con ese fin yo te invito a pedirle a Dios por tus pecados haciendo la siguiente oración:
   “Jesús, tú viniste al mundo a expiar en la cruz los pecados cometidos por todos los hombres, incluyendo los míos. Yo sé que no merezco tu perdón, porque te he ofendido conciente y voluntariamente muchísimas veces, pero tú me lo ofreces gratuitamente y sin merecerlo. Yo quiero recibirlo. Me arrepiento sinceramente de todos mis pecados y de todo el mal que he cometido hasta hoy. Perdóname, Señor, te lo ruego; lava mis pecados con tu sangre; entra en mi corazón y gobierna mi vida. En adelante quiero vivir para ti y servirte.”
#757 (16.12.12). Depósito Legal #2004-5581. Director: José Belaunde M. Dirección: Independencia 1231, Miraflores, Lima, Perú 18. Tel 4227218. (Resolución #003694-2004/OSD-INDECOPI).

No hay comentarios: