viernes, 4 de mayo de 2012

PABLO EN CORINTO I


Por José Belaunde M.
PABLO EN CORINTO I
UN COMENTARIO AL LIBRO DE HECHOS 18:1-6

1. “Después de estas cosas, Pablo salió de Atenas y fue a Corinto.”
El Capítulo 18 narra una etapa muy importante en el ministerio de Pablo, cuando él, partiendo de Atenas, se fue a Corinto, ciudad muy importante en la Grecia de entonces y en la cual él no había estado aún. (Nota 1)
2,3. “Y halló a un judío llamado Aquila, natural de Ponto, recién venido de Italia con Priscila su mujer, por cuanto Claudio había mandado que todos los judíos saliesen de Roma. Fue a ellos, y como era del mismo oficio, se quedó con ellos, y trabajaban juntos, pues el oficio de ellos era hacer tiendas.”
En Corinto Pablo encontró a una pareja de esposos, judíos convertidos, que habían de desempeñar más adelante un papel muy importante en su ministerio. Sus nombres eran Aquila y Priscila. (2) Ellos habían salido de Roma, en donde vivían, a causa de una orden del emperador Claudio, que había expulsado a todos los judíos de esa ciudad.
Esa orden del emperador fue causada por disputas que habían surgido entre los judíos convertidos a Cristo y los que permanecían en el judaísmo, y que habían generado disturbios. (3) Los romanos en ese momento no hacían distinción entre unos y otros judíos, porque seguramente la mayoría de los cristianos de Roma eran judíos. Cuándo y de qué manera esos judíos habían abrazado la fe en Cristo, y quién les había predicado, no lo sabemos. Pero es posible que el Evangelio se difundiera en la capital del imperio gracias a los peregrinos procedentes de esa ciudad que estuvieron presentes en Jerusalén cuando Pedro predicó el día de Pentecostés (Hch 2:10), y que, tornados a Roma, comenzaron a predicar a sus connacionales.
Podríamos preguntarnos ¿cómo encontró Pablo a esta pareja de esposos cristianos? No lo sabemos pero es posible que fuera asistiendo a la sinagoga, o simplemente preguntando. Pero fue ciertamente la Providencia la que arregló el encuentro entre Pablo y estos esposos que se convertirían después en valiosos colaboradores suyos (Rm 16:3,4 y 1 Cor 16:19).
Por de pronto lo que los unía era el mismo oficio, el de fabricantes de tiendas (o grandes carpas). Éstas eran una modalidad de vivienda muy usada entonces, en parte por las personas que habitaban en los bordes de la ciudad, pero sobre todo por los comerciantes que viajaban de lugar en lugar, así como por las tribus nómadas.
Es interesante que se diga que eran del mismo oficio, porque hasta ahora no habíamos leído en Hechos que Pablo tuviera alguna ocupación artesanal. Pero todos los judíos de aquella época aprendían un oficio, aunque no vivieran de él. (4) Antes de ser alcanzado por el Señor Pablo era un fariseo celoso (Gal 1:13,14) que estaba al servicio de las autoridades, y es muy posible que por ese motivo no tuviera necesidad de ganarse el sustento con las manos (aunque en rigor no lo sabemos pues él guarda silencio sobre este punto).
En su segunda carta a los tesalonicenses (escrita el año 50 DC, estando en Corinto) él les dice que cuando estuvo con ellos, él no usó de su derecho de ser mantenido por la iglesia (2Ts 3:7-9); derecho que él defiende elocuentemente en 1Cor 9:4-15. Al inicio de su estadía en Corinto él hizo lo mismo predicándoles “de balde”, tal como les dice en 2Cor 11:7, y también da a entender en 1Cor 9:12 y Hch 20:34. Es probable que al inicio de su predicación Pablo fuera renuente a recibir dinero por su labor apostólica, siguiendo la costumbre de los rabinos que veían mal que se les pagara por enseñar, al contrario de los filósofos griegos que eran pagados por sus alumnos.
4. “Y discutía en la sinagoga todos los días de reposo, y persuadía (o trataba de persuadir) a judíos y a griegos.”
Este versículo nos dice varias cosas. Una es que era entonces una costumbre establecida que los judíos asistieran a la sinagoga todos los sábados, donde había a la vez culto y enseñanza. Lo segundo es que las sinagogas eran también centros de reunión en los que había intercambios de opiniones, que podían ser acalorados. Y lo tercero es que a ellas acudían no sólo los judíos, sino también los llamados “prosélitos” gentiles. (5) Estos prosélitos y temerosos de Dios, como el centurión de Capernaúm (Mt 8:5-13; Lc 7:2-9) o el de Hechos 10, eran personas no judías que se sentían atraídas por la religión de Israel, sea por su alta concepción de la divinidad, o por su moralidad exigente.
Acudir a la sinagoga los sábados le daba a Pablo oportunidad de anunciar el Evangelio a personas que conocían las Escrituras. Es obvio que muchos de los asistentes no estaban de acuerdo con lo que él sostenía, -esto es, que Jesús era el Mesías esperado por Israel- y, por tanto, se le oponían. No obstante, el texto dice que “persuadía” (6), es decir, que muchos se dejaban convencer por sus argumentos y, podemos suponerlo, creían. Pablo encontraba en las sinagogas que había en muchas de las ciudades griegas, una audiencia preparada para escuchar su mensaje.
Los historiadores han observado que la dispersión del pueblo judío por todo el Mediterráneo y por el Oriente Medio, fue un medio que Dios en su providencia dispuso para facilitar la rápida expansión del cristianismo por esos territorios. Sin la amplia presencia de las sinagogas en las ciudades de Oriente y Occidente la predicación del Evangelio hubiera sido más lenta y difícil.
Hoy día se tiende a ignorar que el cristianismo se extendió también hacia el Este de Israel a Babilonia y Persia, y más allá hasta la India y China, y que las iglesias de esos vastos territorios tuvieron una vida rica en el espíritu, en sabiduría y en prestigio, que sobrevivió a la invasión del Islam en el siglo VIII, hasta que fueron suprimidas cruelmente por los mongoles en el siglo XIV, cuando éstos se convirtieron al Islam. (Véase “The Lost History of Christianity” de Philip Jenkns, y “The Expansion of Christianity” de Timothy Yates).
5. “Y cuando Silas y Timoteo vinieron de Macedonia, Pablo estaba entregado por entero a la predicación de la palabra, testificando a los judíos que Jesús era el Cristo.”
Silas y Timoteo, compañeros de Pablo, se habían quedado en Berea cuando Pablo fue llevado a Atenas debido a los disturbios que los judíos de Tesalónica habían suscitado en su contra en la primera de las ciudades nombradas. (Hch 17:10-15).
Cuando ambos se reunieron con Pablo en Corinto hallaron que éste se encontraba “entregado por entero a la predicación”. Esas palabras quieren decir que él le dedicaba a la predicación todo el tiempo que el ejercicio de su oficio le permitía, a menos que indique que a partir de cierto momento él empezara a recibir ayuda económica de otras iglesias, tal como escribe en 2Cor 11:8,9 (cf Flp 4:10-12).
¡Qué bien caracterizan a Pablo esas palabras entre comillas! Él estaba enteramente entregado –su alma, su boca, su vida- a la obra que Jesús le había encomendado. Ya él no vivía para sí sino para su Señor (Rm 14:8), y estaba incluso dispuesto a morir por Él. El amor de Dios, que él mismo dice se había derramado en su corazón (Rm 5:5), había copado enteramente su vida.
Nosotros nos dedicamos en mayor o menor grado a las cosas de Dios en la medida en que el amor de Dios haya copado nuestro corazón. Es el amor, mucho o poco, que tengamos lo que nos impulsa a dedicarnos a su obra. Pero no todos podemos dedicarle por entero nuestras energías y nuestro tiempo porque tenemos otras obligaciones y otras responsabilidades que atender. Por eso es que, según Pablo dice en otro lugar, el ideal sería que todos fueran como él, célibe, para que ningún otro afecto u obligación nos impida dedicarle al Señor nuestra vida entera. Pero también escribe él que no todos tienen ese don (1 Cor 7:7-9), ni los ha llamado el Señor a todos a una dedicación exclusiva.
Pero aun teniendo esas obligaciones que la vida nos impone y que no podemos descuidar, en todo lo que hagamos para el Señor debemos poner todo nuestro amor. Y es ese amor lo que nos dará poder y eficacia.
Esa es una norma que se aplica a todas las actividades del ser humano. Su eficacia depende de cuánto invierta él de sí mismo, de cuánto amor ponga en lo que hace. La tibieza, la indiferencia, son garantía de mediocridad, o de fracaso.
Buena parte de la labor evangelística de Pablo estaba dedicada a testificar a los judíos de la ciudad que ese Jesús, a quien las autoridades de Jerusalén habían hecho matar, era el Mesías esperado por Israel. Pero sus oyentes judíos se negaban a aceptarlo. ¿Cómo podían, en efecto, hacerlo sin admitir que sus autoridades se habían equivocado y que habían pecado gravemente contra Dios al condenar a Jesús? Muy pocos eran los judíos que abrían su mente a lo que Pablo les decía porque estaban atados espiritualmente a la decisión que los suyos habían tomado en Judea. En cambio eran muchos los gentiles que creían y aceptaban el mensaje que les traía Pablo.
Es singular el hecho de que el conocimiento de las Escrituras que tenían los judíos no facilitara su aceptación del mensaje del Evangelio, sino que más bien lo dificultara. ¡Cuántas veces ocurre que el conocimiento de las cosas sagradas (que envanece) y la erudición cierran los oídos a la verdad!
En la predicación de Pablo se cumplía lo que anunció el profeta Isaías: “llamarás a gente que no conocías y gente que no te conocían correrán a ti.” (Is 55:5)
6. “Pero oponiéndose y blasfemando éstos, les dijo, sacudiéndose los vestidos: Vuestra sangre sea sobre vuestra propia cabeza; yo, limpio, desde ahora me iré a los gentiles.”
Los judíos no sólo contradecían los argumentos que les presentaba Pablo –podemos suponer con la fogosidad que lo caracterizaba- y discutían con él, sino que blasfemaban del nombre de Cristo, por cuyo motivo, él terminó por convencerse de que era inútil que siguiera tratando de ganarlos a su causa. Su obstinación no tenía remedio. Entonces él hizo un gesto simbólico sacudiendo sus vestidos, como quien se limpia del polvo que hubiera podido ensuciarlos (esto es, las palabras de sus opositores) antes de alejarse.
Se recordará que cuando Jesús envió a sus discípulos de dos en dos a predicar por los pueblos, Él les dijo que si los pobladores de algún lugar se negaban a recibir su mensaje, no insistieran sino que se sacudieran el polvo de sus pies como testimonio contra ellos, y se fueran a otro lugar (Lc 9:5; 10:11). Pablo y Bernabé mismos habían hecho ese gesto en otra ocasión (Hch 13:51).
El gesto de sacudirse el polvo de los vestidos estuvo acompañado de las palabras “vuestra sangre sea sobre propia vuestra cabeza”. Es decir, caiga sobre vosotros la culpa de vuestra condenación. Esta es una expresión muy común en el Antiguo Testamento (2S 1:16; Lv 20:9,12,13,16) que figura también en otro lugar en el Nuevo Testamento en términos ligeramente diferentes (Hch 5:28; véase además Mt 27:25), y que significa “cargar con la culpa”.
Para entender plenamente el significado de esas palabras hay que leer el libro del profeta Ezequiel, que recibe del Señor el encargo de amonestar al pueblo de Israel para que se arrepienta de sus pecados y se convierta, como un atalaya cuyo deber es advertir a la ciudad de la proximidad del enemigo, y que cierre sus puertas. Si el atalaya no cumple con su misión de advertir el peligro, la culpa de las muertes que se produzcan recaerá sobre él, porque no advirtió a la gente. Pero si el atalaya toca la trompeta en señal de alarma y los habitantes de la ciudad no se preparan para defenderse “su sangre será sobre su cabeza”, es decir, la responsabilidad de su muerte recaerá sobre los que no se defendieron y el atalaya estará libre de culpa. (Véase Ezequiel 3:16-21 y 33:1-19, en especial 3:20,21 y 33:4,6,8; así como también Jr 26:15).
Pablo cumplió con su deber de predicar el Evangelio a los judíos (Rm 1:16). Si ellos se niegan a creer él queda limpio de responsabilidad y puede entonces con una conciencia clara volverse hacia los gentiles. El rechazo de los primeros abre las puertas para predicar a los segundos (Rm 11:11).
Notas: 1. Observando un buen mapa se podrá notar que Grecia está dividida en dos partes: Grecia central y la península del Peloponeso, que están unidas por un estrecho istmo en cuyos lados hay dos bahías: una hacia Occidente, y la otra hacia el Oriente, en las cuales se ubican dos puertos, Lequeo y Cencrea. Corinto se encuentra en el lado occidental del istmo.
La situación excepcional de Corinto le dio desde temprano el control del flujo comercial entre las dos partes de Grecia, y entre el Este y el Oeste, lo que la convirtió en una ciudad muy rica y, a la vez, en un emporio comercial, financiero e industrial.
La ciudad fue arrasada el año 146 AC por los romanos por oponerse al yugo imperial pero, reconociendo su ubicación estratégica, Julio César ordenó su reconstrucción el año 46 AC, y llegó a ser una ciudad muy bella. (Un dicho romano decía: “No a todos es dado ver Corinto”). El año 27 AC César Augusto la hizo capital de la provincia romana de Acaya.
La ciudad estaba dominada por una formación rocosa de más de 500 metros de altura, en donde se encontraba el Acrópolis corintio, que contenía, entre otros templos, uno dedicado a Afrodita, la diosa del amor, en donde había mil prostitutas sagradas a disposición de los devotos de la diosa. Este culto dio origen a la fama de inmoralidad que tuvo la ciudad, notable aún en una civilización licenciosa, al punto que se acuñó un verbo, “corintear”, que podríamos traducir libremente como “juerguear”.
Al detenerse en Corinto dieciocho meses para evangelizarla Pablo confrontó los problemas típicos de una ciudad cosmopolita, rica e impía, cuyos pecados se filtraban en la iglesia, según dan testimonio las dos cartas que se han conservado de las cuatro que dirigió a los cristianos de la ciudad.
2. El hecho de que Lucas mencione en otros pasajes a Priscila primero que a su marido (Hch 18:18,26) y que Pablo también lo haga (Rm 16:3), así como que en otro lugar la llame por su nombre formal, Prisca (2Tm 4:19), ha dado lugar a dos elucubraciones diferentes. Una, que ella era más activa en el evangelismo que su marido. Y la otra, que ella pertenecía a la familia aristocrática de la gens Prisca.
3. El historiador romano Suetonio da como razón de la expulsión los disturbios provocados por instigación “de un tal Chrestos”, lo que posiblemente se refiere a la predicación acerca de Cristo.
4. El rabino Judá ha Nasi escribió: “El que no enseña a su hijo algún oficio, le enseña a ser ladrón”.
5. En el Nuevo Testamento la palabra “griego” es casi siempre usada como sinónimo de “gentil”, es decir, de no judío.
6. Los significados del verbo “peizo” incluyen en el pasivo el sentido de “creer”; y en el modo activo el de “convencer”.

NB. Con mucho pesar debo comunicar a los que no están ya informados, la muerte de Charles (Chuck) Colson, el pasado 21 de abril, como consecuencia de un infarto cerebral. Su ausencia se va sentir grandemente en el campo evangélico y en el de la colaboración entre todas las iglesias y denominaciones, de la que él fue un decidido promotor.
Él era abogado de la Casa Blanca cuando se produjo el escándalo de Watergate, que llevó al Presidente de los EEUU, Richard Nixon, a renunciar a su cargo en 1974. Él era considerado entonces el genio maligno detrás del Presidente por su falta de escrúpulos. Chuck fue juzgado y condenado a prisión por “obstrucción de la justicia”. Sin embargo, él se había convertido antes de ser encerrado, y aunque pudo haber eludido la condena, aceptó pasar un tiempo en la cárcel.
Su permanencia de varios meses bajo rejas le abrió los ojos respecto de la terrible condición espiritual de los presos y del desamparo legal que sufrían muchos de ellos. Esa experiencia lo llevó a formar a su salida el ministerio de “Prison Fellowship”, el primero de su género organizado en su nación, y que se extendió a muchos países, dando asistencia espiritual y legal a los presos. En el Perú dio origen a “Fraternidad Carcelaria” y otras organizaciones afines. El libro en que narró su experiencia, “Born Again” (“Nacido de Nuevo”), se convirtió en un best seller. Que un hombre con los antecedentes de Colson pudiera ser usado poderosamente por el Señor es uno de los milagros que hace la gracia.
Imposible resumir en unas pocas líneas la amplitud de actividades que desplegó Colson en los años subsiguientes. Mencionaré solamente, aparte de los más de una docena de libros que publicó, solo o en colaboración con otros autores, la fundación del “Colson Center”, que se dedicó a difundir lo que llamaríamos en español la concepción cristiana de la vida aplicada a la sociedad, organizando foros de discusión y promoviendo publicaciones; el programa radial diario de un minuto “Breakpoint”, iniciado en 1991, cuyo texto se enviaba por correo electrónico a todos los que se suscribieran (yo no he dejado de leerlo durante años), y en el que abordaba, desde la perspectiva cristiana, temas de actualidad, a veces candentes.
Por último citaré la “Declaración de Manhattan”, dedicada a afirmar la santidad de la vida, el matrimonio tradicional y la libertad religiosa, que ha sido firmada por más de medio millón de cristianos de todas las denominaciones.
Colson había librado algunos años atrás una denodada batalla contra el cáncer, de la que salió victorioso, y estuvo envidiablemente activo, pese a sus ochenta años, hasta pocos días antes de su muerte.



Amado lector: Si tú no estás seguro de que cuando mueras vas a ir a gozar de la presencia de Dios, es muy importante que adquieras esa  seguridad, porque no hay seguridad en la tierra que se le compare y que sea tan necesaria. Para obtener esa seguridad tan importante yo te invito a arrepentirte de tus pecados, haciendo una sencilla oración como la que sigue:

   “Yo sé, Jesús, que tú viniste al mundo a expiar en la cruz los pecados cometidos por todos los hombres, incluyendo los míos. Yo sé también que no merezco tu perdón, porque te he ofendido conciente y voluntariamente muchísimas veces, pero tú me lo ofreces gratuitamente y sin merecerlo. Yo quiero recibirlo. Me arrepiento sinceramente de todos mis pecados y de todo el mal que he cometido hasta hoy. Perdóname, Señor, te lo ruego; lava mis pecados con tu sangre; entra en mi corazón y gobierna mi vida. En adelante quiero vivir para ti y servirte.”

#724 (29.04.12). Depósito Legal #2004-5581. Director: José Belaunde M. Dirección: Independencia 1231, Miraflores, Lima, Perú 18. Tel 4227218. (Resolución #003694-2004/OSD-INDECOPI).