lunes, 21 de junio de 2010

BENDECIRÉ AL SEÑOR EN TODO TIEMPO

Por José Belaunde M.
Salmo 34:1-10
Este es uno de los salmos llamados acrósticos o alfabéticos del Salterio, porque cada uno de sus versos comienza con una letra distinta del alfabeto hebreo –salvo, en el caso de este salmo y del salmo 25, que falta la letra “vav” y que el último verso es libre. (Nota 1) Ése era un procedimiento o recurso poético que tenía posiblemente propósitos mnemotécnicos, es decir, el de facilitar la memorización del texto.
Según la inscripción colocada en el encabezamiento, el salmo habría sido escrito con ocasión, o en recuerdo del episodio relatado en 1Sa, 21:10-15, en que David, huyendo de Saúl, va donde el rey Aquis y se hace el loco, temiendo que éste lo mate.
Se ha discutido mucho el valor histórico de esas antiguas anotaciones que, en todo caso, no forman parte del texto canónico y pueden ser omitidas (a pesar de lo cual algunas ediciones las numeran como si fueran versículos, asignándoles el número 1). En mi opinión es arbitrario relacionar este salmo con el episodio mencionado. Nótese que al rey Aquis de la historia se le llama aquí, equivocadamente, Abimelec (aunque éste pudiera ser un nombre genérico de rey).
El salmo tiene dos partes bastante bien definidas. La primera es una exhortación a la alabanza. La segunda tiene un carácter didáctico, emparentado con la literatura sapiencial. En esta ocasión me limitaré a comentar la primera parte, dejando la segunda para otra oportunidad.

1. “Bendeciré al Señor en todo tiempo; su alabanza estará de continuo en mi boca.” La Biblia dice que el mayor bendice al menor (“Y sin discusión alguna el menor es bendecido por el mayor“ Hb 7:7). ¿Cómo puedo yo, el menor, bendecir al que está por encima de todo? Hay dos sentidos de bendecir: En primer lugar, el de invocar o augurar que venga algo bueno sobre una persona (como, por ejemplo, desearle gracia, favor, salud, prosperidad, longevidad, etc). Eso es en principio función del mayor; y en verdad, nadie puede hacerlo sino en el nombre de Dios porque Él es la fuente de toda bendición. (Por eso decimos: “Dios te bendiga”). (2).
Pero bendecir significa también “bien decir”, esto es, elogiar, alabar, hablar bien de alguien, o agradecer por un favor recibido. Esto es algo que sí puede hacer el menor respecto del mayor. Por eso todos podemos, y debemos en verdad, bendecir a Dios.
“En todo tiempo”. Ecl.3:1-8 dice que hay un tiempo para cada cosa, y que hay tiempos contrastantes, tiempo en que todo va bien y tiempo en que todo va mal; tiempo de reír, tiempo de llorar; tiempo de destruir y de edificar; tiempo de callar y de hablar, así como hay buenos y malos momentos, etc. En todas esas ocasiones, tan disímiles y contrarias, es cuando se debe –sin excepción alguna- bendecir al Señor. Esto es, no sólo cuando todo va bien sino también, y con mayor razón, cuando todo parece ir mal. (Digo parece porque todas las cosas colaboran para el bien de los aman a Dios, Rm 8:28). Cuando se ríe y cuando se llora; en tiempo de guerra y en tiempo de paz.
Cuando todo va mal hablar bien del Señor puede parecer locura a algunos, y algunos, en efecto, maldicen al Señor en esos momentos difíciles (como fue el caso de la mujer de Job, Jb 2:9). Pero esos están lejos de Dios, desconocen cuáles son sus propósitos. Ignoran que así como hay momentos de prueba, los hay también de recompensa; que en los momentos de dolor muchas veces Dios se manifiesta y obra poderosamente y nos llena de gozo. En las tribulaciones es cuando más cerca está Dios de nosotros, aunque no nos demos cuenta.
Por eso en los momentos de prueba es cuando más se debe alabar al Señor, porque a la prueba, si la soportamos bien, seguirá la recompensa con tanta certidumbre como el día sigue a la noche.
Bendecir al Señor en los momentos de tristeza es expresar nuestra confianza en Él; maldecirlo en esas circunstancias es declarar que no creemos en Él; que estamos convencidos de que sólo merecemos lo bueno. El engreído, el que no reconoce cuánto en él debe ser corregido, es el que reniega de Dios en los malos momentos. El que bendice al Señor en los momentos de prueba sabe que Dios, como padre amoroso, corrige y disciplina al hijo que ama, y que de esa manera le muestra su amor.
Bien dice Hebreos, citando a Proverbios: “Hijo mío, no desprecies la disciplina del Señor, ni desmayes cuando eres reprendido por Él: porque el Señor al que ama disciplina, y azota a todo el que recibe por hijo.” (Hb 12:5b,6).
El que ama a Dios aprovecha esos tiempos de aflicción para examinarse y ver qué cosas hay en él que necesiten ser corregidas, qué error ha cometido que pudiera haberle traído dificultades, qué ocasión haya dado al diablo para entorpecer sus planes y proyectos.
“De contínuo” quiere decir constantemente, sin cesar. En toda hora del día mi alma alabará y bendecirá al Señor. El que así actúa “andará a la luz de su rostro” viviendo continuamente en su presencia. Sabe que Dios lo mira y observa todos sus actos. Sabe también que Dios vela por él y que nada malo puede sucederle. En estos tiempos peligrosos vivir en la presencia de Dios es la mejor seguridad, la mejor arma.
Si las personas que gastan fortunas en comprar equipos de seguridad, y en contratar “guachimanes” para asegurarse que están protegidas de toda amenaza, supieran que “el ángel del Señor acampa en torno de los que le temen y los defiende” (vers. 7), se ahorrarían un enorme gasto y andarían sin temor de ser secuestrados o de ser víctimas de atentados (3). No tendrían temor de malas noticias, porque “su corazón estaría firme, confiado en el Señor.” (Sal 112:7). El verso que comentamos fue escrito por el rey David, que fue un rey guerrero, que pasó por grandes peligros y pruebas antes de acceder al trono, y que una vez sentado en él tuvo sus altas y sus bajas, sus buenas y sus malas horas, y que, incluso, en una ocasión tuvo que abandonar su capital huyendo ante las tropas de su propio hijo Absalón que quería destronarlo (2Sm 15:14). No por eso dejó de alabar al Señor.
“En mi boca.” No sólo le alabamos con el pensamiento; también lo hacemos con la boca. Nuestra boca a veces está llena de cosas inconvenientes, inútiles, frívolas. Nada mejor que llenarla de palabras de alabanza al Señor. La alabanza no sólo regocija al Señor; también alegra al que alaba. Por eso el Señor dice al que quiere alabarlo: “Abre tu boca y yo la llenaré.” (Sal 81:10b).

2. “En el Señor se gloriará mi alma; lo oirán los mansos, y se alegrarán.” En el Señor me gloriaré, esto es, en Él se goza mi alma (4). Esto lo escribe el rey David. Lo que él decía y hacía era conocido por sus súbditos. Cuando los mansos de su pueblo –o los humildes, esto es, los que se someten a la voluntad de Dios (5)- lo oigan se alegrarán sabiendo que tienen un rey que busca a Dios y que tiene en Dios sus delicias. Fue esta cualidad más que ninguna otra la que hizo que David fuera recordado como modelo de rey.
Gloriarse -en el sentido de gozarse- en el Señor es una experiencia interna que es expresada exteriormente; pero que a su vez es estimulada por la expresión exterior. Cuando alabamos al Señor en voz alta nos sentimos estimulados interiormente.

3. “Engrandeced al Señor conmigo, y exaltemos a una su nombre.” Aunque David empieza este salmo hablando de sí mismo, en primera persona, ahora se dirige a los que le escuchan cantar acompañado por la cítara, y los exhorta a unirse a su adoración con un espíritu unánime: Adorad al Señor conmigo (exhortación que es en verdad dirigida a todos los hombres). Él les da el ejemplo. ¡Cómo fueran todos los gobernantes tal como él! ¡Que fueran ejemplos de la actitud que debe tener el hombre piadoso con su Dios! ¡Que dieran buen ejemplo y no malo! Pero nuestros gobernantes, -y la mayoría de los gobernantes de la tierra, con pocas excepciones- han dado casi siempre mal ejemplo y no bueno, y lo siguen dando al violar ellos mismos las leyes que ellos mismo dictan.
“Engrandeced” ¿Puede nadie engrandecer a Dios, es decir, hacerlo más grande de lo que es? Él es infinito, no puede ser más grande. Pero sí podemos engrandecer su gloria entre los hombres. A esa tarea llama David a todos los verdaderos adoradores de todos los tiempos.

4. “Busqué al Señor, y él me oyó, y me libró de todos mis temores.” El que está lejos de Dios o se ha apartado de Él, o se ha enfriado en su devoción, o ha cedido a la tentación, no necesita más que buscar al Señor con un corazón sincero para recibir su respuesta y para que Él lo libre de sus angustias. “Me buscaréis y me hallaréis porque me buscaréis de todo corazón…” dice el Señor por boca de Jeremías (29:13).
El que pasa por dificultades de cualquier índole encontrará en el Señor una defensa y un refugio. Como dice un salmo: “El día en que temo, yo en ti confío.”(Sal 56:3) Cuando Dios oye el clamor del justo, acude enseguida a librarlo. ¿Qué esperas? ¡Haz que te oiga! ¡Clama!

5. “Los que miraron a Él fueron alumbrados, y sus rostros no fueron avergonzados.” Los que miran al Señor con el semblante triste, con pena en el alma u opresión, serán alumbrados; es decir, su rostro se tornará radiante (6). Su pena se cambiará en dicha, su pesadumbre en alegría, su opresión en entusiasmo, cualquiera que sea la prueba por la que estén atravesando (Véase Is 61:3). Frente a las dificultades inevitables de la vida los que miran al Señor y andan en sus caminos, no verán su confianza defraudada. Él los socorrerá: “Mirad a mí y sed salvos todos los términos de la tierra…!” (Is 45:22).
Un autor antiguo comenta: “Cuanto más miremos a Dios y menos a nosotros mismos, mejor”. Es obvio. Él es luz, pureza, belleza, sabiduría. Cuanto más lo miremos, más nos llenaremos de lo que Él es, y “seremos transformados de gloria en gloria” en aquello que contemplamos. (2Cor 3:18).

6. “Este pobre clamó, y le oyó Jehová, y lo libró de todas sus angustias.” David se llama a sí mismo pobre, aunque era rico, porque era pobre en espíritu delante de Dios. Había comprendido su pequeñez y cuán poco era él en toda su grandeza real. Había comprendido que él tenía tanta necesidad de Dios como el súbdito más pequeño de su reino y que ante Dios todos somos iguales; todos tenemos semejantes flaquezas y las mismas ansias. Nuestras esperanzas son similares y las cosas en que basamos nuestra seguridad son semejantes: afecto, amistad, compañía; alimento, abrigo, salud.
Aunque él fuera un rey muy rico y poderoso, él tenía que clamar a Dios como cualquier ser humano para que Dios lo escuche, y no tenía derecho especial a ninguna audiencia privada que no fuera común a todos. Clamó como pobre y Dios escuchó su oración y lo libró de todas sus angustias. ¿Cuáles serían? Las del gobierno y las amenazas a su vida; las intrigas de la corte y los peligros externos; las tribulaciones que le causó su familia, según le había predicho el profeta Natán (2 Sm 12:10). Recordemos también que él había sido pobre en un sentido muy literal cuando fue perseguido por Saúl, al comienzo de su carrera, y sólo tenía a Dios por defensa, que es cuando, según la inscripción inicial, habría escrito este salmo.

7. “El ángel del Señor acampa alrededor de los que le temen, y los defiende.” El “ángel del Señor” en muchos pasajes del Antiguo Testamento no es cualquier ángel sino Cristo mismo pre-encarnado, el “ángel de su presencia”, el “ángel del pacto”. Pero yo creo que en esta instancia se trata de los ángeles que están a las órdenes del Príncipe del Ejército de Jehová, a los que Dios encarga cuidar a sus siervos (Js 5: 13-15). (Véase Gn 48:16, pero también Gn 32:1,2, donde Jacob llama al batallón de ángeles que viene a cuidarlo “campamento de Dios”). Pudiera ser que en este verso el salmista se haya inspirado en la antigua costumbre oriental según la cual las tropas del soberano, al plantar sus tiendas estando en campaña, lo hacían alrededor de la tienda real, de tal modo que sus puertas abiertas miraran hacia ella, prontos a acudir a proteger al rey al menor peligro. En todo caso lo que importa aquí es que el ángel acampa, esto es, planta su tienda como antiguamente las tropas que atacaban una ciudad establecían su campamento alrededor de sus muros, haciendo guardia en torno para que nadie entre ni salga. Sólo que en esta ocasión hacen guardia no para atacar sino para defender (7).

8. “Gustad, y ved que es bueno el Señor, dichoso el hombre que confía en Él.” Como dice Spurgeon, con los sentidos se acrecienta el conocimiento. Porque ¿quién podría describir el sabor de la miel tan vívidamente como para que el que lo escuche la guste sin tenerla en su boca. Pero si la tiene en su lengua ya conoce cuál es su sabor y no necesita que nadie se lo describa. En el caso de este versículo se trata de los sentidos de la vista y del paladar. Pero no está hablando de un conocimiento material sino de uno espiritual, que se obtiene por la experiencia de los sentidos interiores. Gustad, probad, sentid la bondad y la dulzura del Señor. Esa es una experiencia interior de lo que el amor y la gracia de Dios pueden obrar en uno: “En tu presencia hay plenitud de gozo; delicias a tu diestra para siempre.” (Sal 16:11).
“Ved”, invita a contemplar las manifestaciones prácticas del cuidado que Dios tiene por nosotros. El ver nos vuelca hacia fuera, así como el gustar es algo interno. Pero, aunque dirigido hacia afuera, hacia el mundo exterior, el ver aquí es una contemplación de orden espiritual, de realidades que sólo para los ojos de la fe son visibles.
Pero nótese que en cierto sentido “gustad y ved” quiere decir “gustad y comprobad”. Así como nadie puede comer por mí para que me alimente, y nadie puede estudiar por mí para que yo sepa, así también hay ciertas cosas que nadie puede hacer por mí. Nadie puede experimentar por mí la dulzura del amor de Dios. Si yo no la experimento, nunca sabré cómo es; me quedaré a oscuras, y de nada me valdrá que alguien me lo explique, salvo para estimular el deseo de experimentarla yo mismo.
“Dichoso” (8) ¿Porqué es dichoso el hombre que en Él confía? Porque la mano de Dios reposa sobre él y su bondad nunca lo desamparará. El fundamento de la felicidad, de la buenaventura, de la dicha humana, es confiar en Dios. El que lo hace anda seguro porque Dios es fiel (1Cor 1:9). Él guarda siempre su palabra y no es inconstante como suelen serlo los seres humanos. El que en hombres confía se aferra a una rama endeble y frágil, y puede ser fácilmente defraudado porque se quebrará bajo su peso. Como leemos en Jeremías: “Maldito el varón que confía en el hombre…porque morará en los sequedales del desierto” (Jr 17:5,6). Pero el que confía en Dios está parado sobre una roca que nunca cede, nunca se desliza, nunca se hunde.

9,10. “Temed al Señor, vosotros sus santos, pues nada falta a los que le temen. Los leoncillos necesitan, y tienen hambre; pero los que buscan al Señor no tendrán falta de ningún bien.” Estos dos versículos hablan de la provisión de Dios. Comienzan exhortando al temor de Dios y dando la seguridad de esa provisión como motivo para temerle. David se dirige a “sus santos”, a los santos de Dios (que somos todos los creyentes), porque nosotros también necesitamos que se nos exhorte al temor de Dios, ya que lo olvidamos fácilmente. El salmista pone como ejemplo a los cachorros de león (símbolo de los orgullosos y arrogantes) que padecen necesidad si la leona nos les trae el alimento, contrastando su caso con el de aquellos que buscan al Señor, para quienes la mesa está siempre servida (Sal 23:5a).
Temer al Señor y buscarle son cosas afines. El que le teme busca conocer su voluntad para cumplirla. ¿Eso hago yo? Proverbios dice que el temor de Dios consiste en aborrecer el mal (Pr 8:13ª). ¿Aborrezco yo el pecado? ¿O me complazco en él? Si me agrado en el pecado es porque no temo a Dios. Para el que no teme a Dios el pecado es sabroso, como lo era antes para mí. Pero ya dejó de serlo.

(Nota 1) Lamentablemente la versión Reina Valera 60 omite colocar las letras hebreas delante del verso correspondiente.
(2) El inicio de este salmo es un ejemplo de cómo la traducción a otro idioma puede dar al texto un matiz de sentido que no tiene el original. El primer versículo de la versión autorizada inglesa (la King James Versión) empieza así: “I will bless the Lord…” Como es sabido el futuro en inglés se forma con el verbo auxiliar “to will”. Pero “to will” significa también “yo quiero” y “will” es voluntad. Por eso Spurgeon, en su comentario a este salmo, entiende esa frase en el sentido de que David está determinado en su voluntad, decidido, a alabar a Dios, lo que no se deduce del original hebreo. Ese pequeño malentendido no le quita valor a su espléndido comentario. Él añade, dicho sea de paso, esta frase que vale la pena citar: “El que alaba al Señor por sus misericordias, nunca carecerá de misericordias suyas por las cuales alabarlo.”
(3) Eso no quiere decir que no se deba tomar precauciones razonables. Yo también contribuyo al pago de la vigilancia de la cuadra en que vivo.
(4) Algunas versiones traducen: “me jactaré. ¿Puede el hombre jactarse de algo? Sí, en rigor, de que Dios sea su Dios, si se jacta humildemente.
(5) “Manso” es aquí una manera de decir “piadoso”.
(6) La palabra hebrea del original indica un mirar ansioso de salvación, como en Nm 21:9 o Zc 12:10.
(7) Nótese que así como el ángel del Señor defiende a unos, persigue también a otros (Sal 35:5,6). Es mejor que nos defienda a que nos persiga, pero de ti depende lo que haga contigo.
(8) Ésher es la misma palabra que en otras partes se traduce “bienaventurado”.

#390 (09.10.05) Depósito Legal #2004-5581. Director: José Belaunde M. Registro de marca #00095911 Indecopi.

1 comentario:

Anónimo dijo...

LA VERDAD UNA HERMOSA REFLECCION LA CUAL ME HACE SENTIR SUMAMENTE IDENTIFICADA VIVA EL SEÑOR¡