miércoles, 25 de noviembre de 2009

MOISÉS A LOS OCHENTA

Este texto está basado en la trascripción de una charla pronunciada en el ministerio de la Edad de Oro de la CCAV, con ocasión del cumpleaños de su líder.

Vamos a hablar hoy día acerca de Moisés. ¿Quién no conoce a Moisés? ¿Quién no sabe quién fue Moisés? Todos sabemos quién fue. ¿Por qué es él conocido? Porque fue salvado de las aguas. De ahí viene su nombre. Él fue un famoso guía turístico que condujo a su pueblo a través de un desierto que nadie sino él conocía. El fue el primer guía turístico de la historia, que yo sepa. Por eso, creo yo, el gremio de los guías de turismo debería escogerlo como patrón.

La historia de su vida está llena de enseñanzas para nosotros. Primero que nada, sorprendentemente, él fue condenado a muerte antes de nacer, porque el Faraón había dado orden de que las parteras mataran a todo niño varón de los hebreos que naciera y que solamente dejaran vivir a las mujercitas. Pero las parteras tuvieron temor de Dios y se negaron a hacer lo que se les mandaba. Entonces el faraón ordenó que los padres cuyos hijos varones hubieran sobrevivido al parto mataran a sus hijos. Pero los padres de Moisés, Amram y Jocabed, se negaron a cumplir ese mandato.

En verdad, Moisés tuvo una madre admirable, porque ella y su marido arriesgaron su vida al no matar a este hijo que el Señor les había dado. Quizá ellos percibieron en su espíritu que ese niño que les había nacido tenía una unción especial, que era un escogido de Dios para una misión singular. En todo caso, ellos lo mantuvieron oculto durante unos tres meses, desobedeciendo al mandato del Faraón. Pero llegó un momento en que ya no podían tenerlo oculto. ¿Por qué ya no podían tenerlo oculto? Yo creo que el motivo debe haber sido que Moisés tenía desde pequeño una voz muy fuerte y cuando lloraba, su llanto se escuchaba en todas partes y no lo podían callar. ¿Ustedes han oído el berrinche de un bebé con hambre? Yo sí lo he oído y les aseguro que a veces uno tiene que taparse los oídos.

Sea lo que fuere, ellos decidieron que ya no podían ocultarlo más tiempo y tenían que ver qué hacían con él. Entonces, ¿qué fue lo que hicieron? Lo que hicieron fue realmente un tremendo acto de fe en la Providencia de Dios, porque lo confiaron a las aguas del río Nilo. Tejieron una pequeña cuna de carrizo, la calafatearon para que fuera impermeable, pusieron en ella al niño y depositaron la canasta en medio de los carrizales que había en las orillas del Nilo.

Y ahí estaba el niño, seguramente preguntándose qué hacía él ahí y mirando las hojas puntiagudas del cañaveral. Cuando empezó a sentir hambre, su llanto fue escuchado por la hija del faraón que había ido a bañarse al río. En aquel entonces no había duchas ni tinas como las que tenemos ahora, y las orillas de los ríos eran buenos lugares para bañarse, porque no estaban contaminadas como lo están ahora. Ella había ido pues al río a bañarse, acompañada por sus doncellas. Cuando escuchó el llanto hizo que una de sus doncellas le trajera a ese bebé que gritaba. Al verlo ella se dio cuenta de que era un hijo de los hebreos. ¿Cómo se dio cuenta de que era un hijo de los hebreos? ¿Por la vestimenta, o por la manta que llevaba puesta? No. Yo creo que se dio cuenta porque el pequeño había sido circuncidado, como bien sabía ella que hacían los hebreos con los recién nacidos al octavo día. (Los egipcios circuncidaban a los varones al alcanzar la pubertad.)

De modo pues que no cabía dudas, era un niño hebreo. ¡Y qué curioso! Ella pudo haberlo hecho matar, como estaba ordenado, pero el instinto maternal femenino fue más poderoso que el prejuicio, y prefirió guardarlo para sí. Le cayó en gracia ese pequeño que berreaba y decidió acogerlo en su casa como propio a pesar de la orden real.

¡Qué interesante! Moisés fue guardado en vida y fue salvado por la hija del hombre que lo había condenado a muerte! ¡Qué paradoja! Pero como ella no lo podía criar, le pidió a la hermana de Jocabed, que se había quedado cerca, vigilando, viendo qué iba a pasar con el niño, que le trajera una mujer de los hebreos para que fuera la nodriza. La hermana, ni corta ni perezosa, se fue corriendo a traer a la mamá.

¡Miren qué gran ajedrecista es Dios! Él juega ajedrez con nosotros, los seres humanos, como si fuéramos los peones, las piezas en el tablero de ese juego que Él maneja a su manera, según su infinito consejo. Así que la mamá de Moisés resultó siendo la nodriza a sueldo -porque le pagaban por eso- ¡de su propio hijo! Le pagaban por hacer lo que ella hubiera hecho de todas maneras gratis. Fíjense cómo Dios bendecía a esta familia fiel, y bendecía la vida de este hombre escogido desde el vientre de su madre.

¿Ustedes creen que eso fue una cosa excepcional que sólo ocurrió en el caso de Moisés? Claro pues, alguno dirá, es que él nació con corona. ¿Ustedes creen? ¿No ocurrirá también algo parecido con todos? ¿No ha estado Dios vigilando nuestra vida desde el comienzo, desde el día en que nacimos, o incluso antes? Claro que nadie nos puso a nosotros en una canasta ni tuvimos que ser salvados de las aguas. Pero ¿cuántos de ustedes no han pasado peligros de pequeños? Dios cuidó de nosotros desde antes de que naciéramos, porque Él tiene un propósito para cada uno de nosotros. Para cada uno de ustedes que leen estas líneas, Él tiene un propósito especial. No tiene que ser necesariamente un propósito tan grande, tan trascendente como el que tenía para Moisés, pero todos tenemos una misión que llevar a cabo en nuestra familia, en nuestro medio, en nuestro barrio, en nuestra calle, en nuestra ocupación o profesión, etc.

Pues bien, pasaron los años y cuando creció el niño fue llevado a palacio para ser criado como un príncipe egipcio. ¡Cuidado con el que se metiera con él! Él era un aristócrata, muy seguro de la posición que tenía. Él era nada menos que el hijo adoptivo de la princesa, de la hija del faraón. Sin embargo, él era un hijo del pueblo despreciado y odiado por los egipcios, a quienes ellos trataban como esclavos.

Siendo como era un hombre de temperamento un poco violento, un día en que se fue de paseo, de curioso, a ver cómo les iba a los de su pueblo, vio que se estaban peleando un egipcio y un hebreo. Y aunque él era un noble egipcio, el calor de la sangre fue más grande que sus títulos, y osadamente salió en defensa de su hermano hebreo, y mató al egipcio que lo estaba golpeando. Como consecuencia, tuvo que huir al desierto porque corría peligro de ser condenado a muerte como asesino.

Allá en el desierto vivió cuarenta años como pastor de ovejas. Los hebreos eran pastores de ovejas, pero los egipcios despreciaban ese oficio, les parecía una cosa inferior. ¿Por qué sería? Quizá era a causa del olor de las ovejas, que no debe haber sido muy agradable. No sé si alguno de ustedes ha estado alguna vez en el campo cerca de un rebaño de ovejas. En efecto, no huelen muy bien, no usan desodorante.

Pero fíjense ¡qué tal contraste! ¿Cómo se sentiría Moisés? ¡Pasar de vivir en un palacio, con docenas de sirvientes a sus órdenes, a un desolado desierto como empleado de su suegro! (Porque un sacerdote de Madián, que vivía en esas soledades, lo había acogido y le había dado a una de sus hijas como esposa) ¡Pasar del lujo palaciego, a la pobreza de una tienda de campaña improvisada! ¡De vivir en la corte como un señor, a vivir rodeado de ovejas apestosas!

Su caso me hace pensar en Jesús, que pasó de la compañía de su Padre y de los ángeles en el cielo, a vivir entre los hombres en la tierra, para tomar, como dice Filipenses, forma de siervo. Porque eso es lo que somos nosotros, esclavos de nuestras pasiones. ¿Quién creen ustedes que sufrió más con el cambio? ¿Jesús o Moisés? Sin duda Jesús, porque las ovejas balan, pero no insultan. Son mansas y tontas, según dicen, pero no envidian como los hombres. Apestan, pero no traman asesinatos. Son beneficiosas porque dan su lana, su leche y su carne. Dan topetones con su frente, pero no matan.

Un buen día, cuando andaba pastoreando las ovejas de su suegro, Dios se le apareció en medio de una zarza ardiente, de un arbusto que se estaba quemando pero que no se consumía. Un arbusto normal cuando se quema, se consume. Pero éste no se consumía aunque estaba ardiendo. Intrigado por el fenómeno él se acercó para verlo de cerca y, de pronto, una voz le habló y le dijo: “Yo soy el Dios de tus padres.”

Moisés debe haberse dicho: ¿Dios? ¿Cuál Dios? ¿Qué tengo que hacer yo con Dios? ¿Y qué tiene que hacer Dios conmigo? Así respondemos nosotros muchas veces cuando Dios nos llama: ¿Qué tengo que hacer yo con Dios? Déjame vivir mi vida. Yo estoy aquí contento criando ovejas; me alimento de su leche. No la paso mal. Ya estoy acostumbrado a esta vida.

Moisés debe haber pensado: Yo he sido criado de pequeño en el conocimiento del Dios de mis padres, pero ese Dios debe haberse ya olvidado de nuestro pueblo porque vivimos ahí en Egipto como esclavos. Después penetré en el misterio de la sabiduría de los egipcios que, en efecto, tienen muchos dioses. Me dediqué a estudiar su sabiduría y llegué a ser un hombre lleno de conocimientos. Pero hace cuarenta años que vivo con un sacerdote del Dios de Madián que me acogió y me casé con una de sus hijas. Ya tengo mi nueva vida hecha y estoy satisfecho.

Pero Dios, que conoce nuestros pensamientos, no hace caso de sus objeciones, sino le dice: “Yo quiero que vayas a los ancianos de tu pueblo y les digas que yo te envío a ellos para sacarlos de la esclavitud y llevarlos a la tierra que prometí darles a sus antepasados.”

Moisés contesta: “¿Yo tengo que decirles eso? ¿Yo? Me tomarán por loco, Señor.”
“No importa, al final te escucharán.”
“No, no Señor, te has equivocado. Yo no puedo hacer eso. Yo soy un tatatatatartamudo, yo no puepuepuedo ir. ¿Cómo voy a hacer yo algo semejante?. Además a mis años, yo yayaya me he jubilado; yo soy de la Edad de Oro, no estoy para esas cosas.”
“No importa, igual irás. Tú les hablarás porque yo estaré contigo,” le dice el Señor.

Claro, si el Señor está con nosotros, ¿qué cosa no podemos hacer?

Entonces Moisés replica: “Y si me preguntan: cómo se llama el Dios que te envía a nosotros, ¿qué les digo?”

Dios le contesta de una forma maravillosa: “Yo no tengo nombre. No necesito tener nombre porque yo soy el único Dios que hay. Yo Soy el que Soy, y fuera de mí no hay otro. ¿Para qué quieres tú que yo tenga nombre?”

El Dios verdadero es un Dios sin nombre. ¡Qué curioso! Porque todos los dioses que había entonces tenían nombre. Ustedes quizá preguntarán: ¿Cómo es eso de que Dios no tenía nombre? El Shaddai, Jhiré, Rafá, y todas esas palabras que figuran en el Antiguo Testamento, ¿no son nombres de Dios acaso? No, no son nombres. Nosotros le atribuimos a Dios las cualidades, las virtudes que significan esas palabras hebreas, pero no son nombres de Dios, sino sus atributos. El nombre de Dios es ‘Yo Soy el que Soy’, y ese no es nombre alguno. (Nota)

Pero Moisés no está todavía convencido. A él le parece que no puede hacer lo que Dios le pide que haga, aunque le prometa que va a estar con él, y le asegure que su hermano Aarón hablará por él si teme tartamudear.

Entonces Dios para convencerlo recurre a una estratagema y le pregunta: “¿Qué tienes tú en la mano?”
“Esta vara es mi cayado de pastor.”
“Bótala al suelo.” Moisés lo hace y la vara se convierte en serpiente. Moisés huye despavorido.

Entonces Dios le dice: “Toma la serpiente por la cola”. Con mucha cautela Moisés la coge por la cola y la serpiente se convierte nuevamente en vara.

Luego Dios le dice: “Mete tu mano en tu seno, debajo de tu ropa.” Moisés lo hace y la saca: Su mano se ha vuelto leprosa. Dios le dice: “Métela de nuevo.” La mete de nuevo y la saca, y la mano está sana, limpia. Moisés debe haber pensado: Este Dios se las sabe todas.

Entonces Dios le dice: “Si dudan de ti, haz esto que te he mostrado, y se convencerán de que yo te he mandado.”

Bien, nosotros no vamos a seguir con la historia porque nos quedaríamos acá hasta no sé qué hora. Además ustedes la conocen muy bien…o deberían conocerla. (Véase Éxodo caps. 1 al 4)
Pero yo me digo ¿qué edad tenía Moisés cuando Dios lo llamó? ¿Qué edad tenía? Tenía cuarenta años cuando huyó al desierto y pasó en el desierto cuarenta años más. ¿Cuánto es cuarenta más cuarenta? Ochenta.

¡Qué coincidencia! Miren, es la edad que acaba de cumplir nuestro hermano y Pastor José León. Así que él tiene algo en común con Moisés. Ahora, que yo sepa y ustedes también, él no es tartamudo, ¿no es cierto? Sino todo lo contrario. Él habla muy bien, muy pausado y muy bonito. Y, que yo sepa, aunque no conozco toda su vida, él nunca ha tirado al suelo una vara que se haya convertido en una serpiente, aunque de repente él hace ese truco en su casa. Habría que preguntarle a su mujer que lo conoce mejor.

Pero de lo que yo sí estoy seguro es que así como Dios llamó a Moisés y le habló, Dios le habló a nuestro Pastor José y lo llamó para una misión especial. Ahora, yo no sé cómo le habló. No sé si se le apareció en una zarza ardiente, o si le habló en sueños, o si le habló simplemente como Dios nos habla a la mayoría de nosotros, es decir, a través de nuestros pensamientos. Pero lo que sí sé es que a él Dios lo ha llamado a una misión, y a nosotros a colaborar con él. Sabemos muy bien cuál es esa misión. No lo llamó como a Moisés para guiar a un pueblo a través del desierto, ni para sacarlo de la esclavitud, sino lo ha llamado para conducir a un grupo de personas que tienen una edad que brilla como el oro por su experiencia y por su sabiduría. Lo ha llamado no para llevar a esas personas al desierto, sino, lo contrario, para alegrar sus vidas, para darnos a todos una oportunidad de tener “koinonía” entre nosotros, y pasar ratos juntos de esparcimiento; de tener amistad unos con otros, de tener oportunidad de ser edificados con enseñanzas sabias, de ser confortados por la oración, por la intercesión y por el amor que hay, que se siente, y que palpita en estas reuniones. ¿No es así?

A esa misión lo ha llamado a nuestro hermano y Pastor José. Por eso es que nosotros lo amamos y lo admiramos, lo apreciamos y le deseamos que, como a Moisés, Dios le conceda cuarenta años más de vida, con salud y fuerza. Y para que ese deseo nuestro se haga realidad en su vida, vamos orar por él en este momento.

Nota: El tetragrama YWHW se transcribe en español como Jehová o Yavé.

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