martes, 30 de junio de 2009

EL VARÓN COMO ESPOSO I

El año pasado, con ocasión del “Día del Padre”, publiqué un artículo con el título de “El Varón como Padre”, que era la segunda parte de una enseñanza sobre “El Líder y su Familia” dada en el marco de un seminario del Instituto Haggai hace algunos años. Ahora publico la primera parte de esa enseñanza.

Es muy necesario que cada uno conozca cuál es su responsabilidad en la vida, sea en el trabajo, en los negocios, en los deportes, pero sobre todo, en la familia.
Imaginemos un arquero que no supiera cuál es el papel que a él le toca desempeñar en su equipo, y que ignorara que su función es impedir que el bando contrario meta goles en el arco que él defiende, y que abandonara su lugar para jugar como delantero. O un delantero que quisiera defender el arco de su equipo en vez de meter goles en el arco contrario.
O imaginemos un gerente de banco que se pusiera a contar la plata junto con los cajeros, o un cajero que se metiera a dar órdenes a los funcionarios de crédito.
Esa confusión de papeles crearía un gran desorden.
Igual es en la familia. El hombre tiene funciones claras y específicas establecidas por la palabra de Dios y la mujer tiene las suyas. Pueden compartir sus responsabilidades según las necesidades planteadas por la circunstancias y pueden ayudarse mutuamente para cumplir sus tareas. Pero ninguno de ellos puede hacer el papel del otro, salvo en caso de ausencia de uno de ellos.
Es cierto que por desgracia en muchos casos en nuestro medio la mujer se ve obligada a asumir las responsabilidades del varón, porque éste no las cumple, o porque abandona a su familia. La mujer tiene en esos casos mucho mérito porque suele luchar a brazo partido para mantener a sus hijos y llevar adelante las cosas. Pero ésa no es una situación ideal, sino al contrario, es una situación anormal.

I. Habiendo planteado así las cosas podemos decir que la primera función del varón en la familia es ser cabeza del hogar. Eso lo declara explícitamente la palabra de Dios que es nuestra norma: “El marido es cabeza de la mujer, así como Cristo es cabeza de la iglesia, la cual es su cuerpo y Él es su salvador.” (Ef 5:23). En otro lugar Pablo declara que “Cristo es la cabeza de todo varón, y el varón es la cabeza de la mujer…” (1Cor 11:3).
Con esas palabras Pablo plantea de qué manera el hombre debe desempeñar su función como cabeza. Nótese que al decir que el varón es cabeza de la mujer Pablo está dando a entender que el hombre es cabeza del hogar, porque antes de que vengan los hijos, el hogar está constituido sólo por ambos, y aunque ambos son, en cierto sentido, iguales como seres humanos, el hombre es, según la expresión latina, “primus inter pares”, es decir, el primero entre iguales.
Algunas teorías modernas quieren convertir al hogar en un monstruo de dos cabezas. Un hogar que pretenda tener dos cabezas es una anormalidad que no puede subsistir mucho tiempo. No se puede confundir la unidad y armonía que deben reinar entre los esposos con bicefalidad, con un parlante por donde salieran dos voces cantantes, porque en algún momento dado una de las dos prevalecerá sobre la otra, o habrá una cacofonía insoportable.
Al hombre le corresponde la voz cantante, según la conocida expresión, es decir, la autoridad en el hogar, porque él es quien asume la principal responsabilidad.
Autoridad y responsabilidad van juntas. No puede haber autoridad sin responsabilidad, (eso es algo que se aplica también al campo de la política y del gobierno) ni responsabilidad sin autoridad. Nadie puede ejercer rectamente autoridad sino asume al mismo tiempo la responsabilidad de aquello que gobierna. Ni podría nadie asumir la responsabilidad de alguna situación si no le es dado ejercer autoridad sobre ella. Sería una grave injusticia, que, sin embargo, se da con frecuencia entre nosotros, cuando “las autoridades”, es decir, quienes tienen la sartén por el mango, le echan la culpa a los escalones inferiores (a la parte más débil) que no ejercen mando, para salir ellos libres de polvo y paja.
Al hombre le corresponde la autoridad porque él es responsable del hogar; él es responsable del bienestar de su mujer y de sus hijos. Lo varonil del hombre consiste precisamente en eso, en asumir sus responsabilidades y no evadirlas.
Yo me pregunto si todos los hombres –digo los varones cristianos- son concientes de que ellos son responsables del bienestar y de la felicidad de su esposa y de sus hijos. Es muy frecuente ver cómo en nuestra sociedad y en nuestras iglesias (y es algo que a mí me da rabia y pena) se suele hacer responsable a la mujer (en suma, se le echa la culpa) por las deficiencias del hogar o de la vida conyugal. (Nota 1)
Si algo anda mal entre ellos o en la familia, el primer responsable es el marido, aunque la mujer pueda tener mucho de culpa, porque ÉL ES LA CABEZA. Él es incluso responsable de las fallas de su mujer.
Ahora bien, si el hombre no se hace cargo de las necesidades materiales y espirituales de su hogar, no puede pretender tener autoridad, ni puede ejercerla bien, porque la autoridad la ejerce en última instancia, y en la práctica, el que provee. (2)
El hecho de que el hombre tenga la autoridad no quiere decir que él pueda ejercerla como un tirano, como un dictador ante cuya voz todos tiemblan. El marido ejerce su autoridad como Cristo ejerce la suya, con firmeza, pero también con dulzura y amabilidad, es decir, con amor.
Esto nos lleva al tema de la sujeción de la mujer en el hogar (que he tratado “in extenso” en otra ocasión), y sobre el cual quiero decir ahora solamente lo siguiente: La mujer se somete a su marido:

1) Porque Cristo es cabeza del varón (1Cor 11:3). Esto es, ella se somete a su marido porque él se somete a Cristo. Es una cadena de sometimientos sucesivos: Cristo se somete a su Padre, el hombre se somete a Cristo, y la mujer se somete a su marido.
2) Porque ambos se someten el uno al otro en el temor de Dios (Ef 5:21).

Esta es una regla que se aplica no sólo en el matrimonio, sino en toda relación entre hijos de Dios. Es algo que los caracteriza, el estar mutuamente sometidos. Eso quiere decir, entre otras cosas, que el marido ejerce su autoridad buscando estar de acuerdo con su mujer, escuchando su opinión, oyendo sus consejos. La mujer es más sabia que el hombre en algunos campos que le son propios, como el psicológico, por ejemplo. Ella es más intuitiva que el hombre; percibe cosas que a él se le escapan, en las que él no pone atención. Escuchar su opinión acerca de las personas con quienes él trata puede librarlo de desengaños o de fraudes.
Dios le dijo a Abraham: “En todo lo que te dijere Sara, oye su voz.” (Gn 21:12). Cuando el marido crea necesario buscar consejo, la primera opinión que debe escuchar es la de su mujer.
El marido gobierna su casa usando como arma el amor, no el terror, tal como muchas veces ocurre para infelicidad de la mujer y trauma en los hijos. Es sabido que los tiranos prefieren ser temidos antes que amados. Pero el marido sabio prefiere ser amado antes que temido. Eso no quita, sin embargo, que así como Dios inspira temor en los que lo aman, (Dt 10:12) que no sea bueno que el marido inspire cierto temor en su hogar, en especial en sus hijos; esto es, el temor al castigo. Es el temor sano que inspira la fuerza cuando se ejerce de tal modo que inspire a la vez respeto por la forma mesurada como se comporta. La mujer debe respetar a su esposo (Ef 5:33b) para que, a su vez, los hijos lo respeten. Pero el respeto no puede en verdad ser exigido (salvo de los irrespetuosos). Debe ser ganado por la conducta sabia, como dice un dicho: “Respetos guardan respetos.”
Ser cabeza del hogar supone también estar presente en casa, pasar buena parte de su tiempo libre con su mujer e hijos. Los hijos pequeños añoran la presencia de su padre, sobre todo si es cariñoso, y aun más la mujer. (También la detestan si él es abusivo y desconsiderado y sólo inspira miedo). El marido no puede estar siempre en la calle. Es cierto que los horarios modernos alejan al hombre de su casa. Ahí la vida económica moderna comete una injusticia que es contraria a la palabra de Dios.

II. En segundo lugar el marido es amante: “Maridos, amad a vuestras mujeres, asì como Cristo amó a su iglesia, y se entregó a sí mismo por ella.” (Ef 5:25). “Así también los maridos deben amar a sus mujeres como a sus mismos cuerpos. El que ama a su mujer a sí mismo se ama.” (vers. 28). “Por lo demás, cada uno de vosotros ame también a su mujer como a sí mismo; y la mujer respete a su marido.” (vers. 33).
Estos textos dicen cosas muy importantes que conviene elucidar. Antes que nada hemos visto arriba que “el marido es cabeza de su mujer, así como Cristo es cabeza de su iglesia, la cual es su cuerpo.” (vers. 23). El cuerpo de Cristo del cual Él es cabeza es la iglesia. De igual manera el marido es cabeza de su cuerpo, que es su mujer. Por eso dice que el marido debe amar a su mujer como a su mismo cuerpo. (v. 28). Esto es, debe tratarla con la misma consideración y aprecio con que todo hombre ama y cuida su propio cuerpo. Nadie aborrece a su cuerpo (salvo a veces, estando gravemente enfermo), sino que lo cuida, lo alimenta y lo engríe; lo lleva al médico cuando se enferma y se preocupa por él si algo no anda bien. Todos los hombres le dedican una atención esmerada a su cuerpo. Pues así deben tratar a sus mujeres. Por eso es que Pablo escribe: “El que ama a su mujer a sí mismo se ama.” Esa es una frase muy profunda que tiene muchísimas implicancias y debería estar como lema en todos los dormitorios conyugales.
La segunda parte del “gran mandamiento” (“Amarás a tu prójimo como a ti mismo.” Mt 22:39) lo cumple el hombre primeramente amando a su mujer que es su prójimo más cercano.
El marido debe amar a su mujer como Cristo amó a su iglesia, esto es, dando su vida por ella. No hay sacrificio que el hombre debe negarse a hacer por amor de su mujer.
El vers. 33 lo reitera (véase arriba). Pero ¿por qué dice allí que “la mujer respete a su marido” y no dice que lo ame. La mujer tiende de una manera natural a amar al marido que la trate bien, pero pudiera ser que debido a la rutina de la intimidad, o por la forma como él se comporta, deje de respetarlo. Pero Pablo dice que de todas maneras ella debe respetarlo. De eso depende en parte el buen orden en el hogar.
Para el hombre amar a su mujer significa en concreto:

1) Hacerla feliz, alegrarla, como se dice en Deuteronomio 24:5: “Cuando alguno fuere casado no saldrá a la guerra…libre estará en su casa por un año, para alegrar a la mujer que tomó”. Ese versículo nos indica cuánto valor Dios da a la felicidad conyugal. (Véase a ese respecto los artículos “Matrimonio y Felicidad” I, II y III).

Hacerla feliz supone tratarla con ternura, ser atento con ella. La cortesía es un elemento del amor que ambos se deben mutuamente y que, dicho sea de paso, deben inculcar a sus hijos.
Pero una vez casado, con el tiempo el hombre tiende a ser descortés con su mujer, brusco, descuidado; y la mujer con su marido. ¡Qué feo es eso en el matrimonio y qué mal testimonio dan los esposos cristianos si se comportan mutuamente de esa manera!
¡Amigo, nunca seas descortés con tu mujer! Siéndolo demuestras ser torpe, bruto. ¿Cómo puede ella amarte si la tratas mal? ¿Y cómo puede ella ser cortés contigo? ¿Y qué ejemplo das a tus hijos? Muchos hijos aprendieron la descortesía en el hogar y luego, sin que sus padres se den cuenta, los deshonran ante los demás, que se dirán: “¡Qué malcriados son estos chicos!” Malcriados quiere decir que fueron “criados mal”.
El apóstol Pedro dijo claramente que el marido debe tratar a su mujer “como a vaso más frágil”. (1P 3:7). A ti te puede tratar ella con brusquedad, pero tú no te rompes por eso –aunque ciertamente no te guste. Ella sí puede romperse. Es decir, siendo descortés con ella le haces daño a su psicología más frágil. (Estoy hablando sobre todo de los años anteriores a los cambios hormonales que se producen a cierta edad, y que vuelven a la mujer más recia física y psicológicamente).
La cortesía es el aceite que suaviza las relaciones humanas en todos los campos, y más aun en el hogar, incluso con los hijos. Cuando deja de aceitarse una máquina sus partes chirrian al frotarse unas con otras y el mecanismo puede llegar a atascarse o a fundirse. Algo parecido ocurre con las relaciones humanas si no son aceitadas con el elemento indispensable de la cortesía. Las relaciones se vuelven desagradables, hirientes; hay disgustos y desencuentros, porque a nadie le gusta que lo traten mal, con brusquedad. Las relaciones pueden llegar a romperse. Nótese bien: La cortesía en el mundo puede ser una formalidad puramente protocolar que cumple sin embargo una función importante en el trato humano, pero entre cristianos, es una manifestación necesaria del amor al prójimo.
Alguno quizá objete: ¿Dónde habla la Biblia de la cortesía? Si la cortesía es una manifestación del amor al prójimo ¿puede no ser algo bíblico? San Pablo escribió: “Vuestra gentileza sea conocida de todos los hombres.” (Flp 4:5). (3) (Continuará)

Notas: 1. Hay algunas consejerías en que se usa la Biblia como arma de ataque para destruir la autoestima de la mujer:
2. Hay ocasiones –en particular cuando el marido está sin trabajo, sea porque pierde el empleo, o por algún otro motivo- en que la mujer es la proveedora del hogar y en las que insensiblemente y de una manera prácticamente inevitable, la autoridad va pasando a manos de la mujer. De ahí surgen con frecuencias situaciones penosas que conspiran contra la armonía del hogar. En situaciones semejantes la mujer debe ser muy sabia para que el marido no se sienta disminuido.
3. La palabra griega epeikés suele ser traducida en otros lugares como “amable” (que es un sinónimo de “cortés”). Véase 1Tm 3:3; Tt 3:2; St 3:17; 1P 2:18.

NB. Quisiera hacer una invocación especial y un llamado a todas las iglesias para orar y hacer batalla espiritual por lo que está ocurriendo en la ciudad de Andahuaylas y que se está extendiendo a otras localidades de la Sierra en estos días. La toma de carreteras y la ocupación de ésa y otras ciudades tiene casi el carácter de una sublevación que es potencialmente más peligrosa que lo ocurrido recientemente en Bagua, y no tiene visos de amainarse, porque las autoridades indecisas no parecen estar a la altura del reto que significa. Este levantamiento masivo es un fenómeno espiritual al que debemos enfrentarnos también con armas espirituales, si no queremos que se desborde y asuma proporciones trágicas.

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2 comentarios:

Anónimo dijo...

DE GRAN BENDIICON ESTE ARTICULO ,ES IMPERIOSO QUE EL VARON RECONOZAC QUIEN ES Y QUE LUGAR OCUPA DELANTE D EDOS EN LA FAMILIA.
DIOS LES GUARDE Y LES BENDUGA SIEMPRE.
ATTE. ALICI L.

Dani García dijo...

Desgraciadamente la gente olvida todo esto.
No es machismo, es como debe ser