viernes, 10 de julio de 2015

LA TRANSFIGURACIÓN II

LA VIDA Y LA PALABRA
Por José Belaunde M.
LA TRANSFIGURACIÓN II
Un Comentario de Mateo 17:7-13
7,8. “Entonces Jesús se acercó y los tocó, y dijo: Levantaos, y no temáis. Y alzando ellos los ojos, a nadie vieron sino a Jesús solo.”
Tan súbitamente como había surgido, la visión despareció. Los discípulos fueron despertados de su asombro por Jesús, que los tocó gentilmente y les dijo: Levántense del suelo y no tengan temor.
Todo ha vuelto a la normalidad. Moisés y Elías no están allí. Jesús está solo. Pero la impresión que la visión ha dejado en sus espíritus no ha desparecido. ¿Cómo podría?
Podemos decir que al no estar más ahí Moisés y Elías al lado suyo, la ley y los profetas, que eran sombra de lo que había de venir (Col 2:17), fueron reemplazados y absorbidos por la luz del Evangelio de Cristo, cediéndole su lugar. Pero la desaparición de la visión nos muestra además que todo lo de esta tierra, aún lo más maravilloso, es transitorio y pasajero, mientras que la gloria del cielo, que está reservada para nosotros, y de la que algún día gozaremos, será eterna.
Hemos dicho que Jesús los tocó gentilmente. ¿Conocemos algún caso en que Jesús haya sacudido a alguien, o no haya tratado gentilmente a una persona, Él, que era manso y humilde de corazón? Sí, cuando expulsó a los mercaderes del templo con un látigo, porque habían convertido la casa de su Padre en una cueva de ladrones, profanándola (Jn 2:13-17). Fue un arrebato de ira santa. Y también cuando encaró a los fariseos por su hipocresía y los llamó: “Raza de víboras” (Mt 23:33).
Esas son excepciones plenamente justificadas. Pero nosotros, ¿tratamos siempre gentilmente a la gente? ¿O nos encolerizamos fácilmente por quítame estas pajas? ¿No nos dejamos llevar por nuestro temperamento, y humillamos altaneramente a los que discrepan de nosotros, demostrándoles la pretendida superioridad de nuestro conocimiento? ¡Cuánto tenemos que aprender de Jesús!
9. “Cuando descendieron del monte, Jesús les mandó, diciendo: No digáis a nadie la visión hasta que el Hijo del Hombre resucite de los muertos.” (Nota)
Al llegar al pie del monte, del cual descendieron posiblemente en silencio, por lo abrumados que estaban los tres discípulos por la visión (horama en griego) que les había sido dado contemplar, Jesús les advierte: No comentéis con nadie lo que habéis visto y experimentado. Guardadlo para vosotros hasta que yo haya resucitado.
¿Por qué no quería Jesús que le dijeran a nadie lo que habían visto? ¿Por qué no quería que lo compartieran ni siquiera con sus compañeros, los otros nueve apóstoles? Porque Jesús no quería suscitar revuelo, ni deseaba que hubiera habladurías, como ocurriría si el hecho se divulgaba. Incluso podría surgir un sentimiento de pena, o de envidia, entre los nueve por haber sido excluidos de esa experiencia. Por todas esas razones debían guardar silencio al respecto hasta que resucitara.
Pero ocurrida esa manifestación extraordinaria de su divinidad, sí podrían hacerlo, así como podrían hablar libremente de lo que Él había hecho, de su predicación y milagros, de todo lo que sabían, de todo lo que sirviera para la proclamación de la Buena Nueva, porque una vez resucitado, la transfiguración no sería difícil de creer. En cierta manera la transfiguración fue un anuncio, o un adelanto, de la gloria de su resurrección.
Algún día nosotros también veremos a Jesús así como ellos lo vieron en el monte, y aun más resplandeciente, porque en esa ocasión, por consideración a la frágil condición humana, Jesús no les descubrió más de su gloria que lo que podían soportar. Pero cuando venga en el último día, en el poder y la gloria de su Padre, escoltado por el ejército de sus ángeles, cubierto ya no por una nube, sino bajo el firmamento luminoso entero, toda la humanidad que pobló la tierra a lo largo de los siglos se presentará para juicio delante de Él, y lo verá sentado en su trono, listo para dictar sentencia.
A algunos les dirá: “Venid benditos de mi Padre…porque tuve hambre y me disteis de comer; tuve sed y me disteis de beber…”. Y le preguntaremos ¿cuándo tuviste hambre y te dimos de comer, y cuándo estabas sediento y te dimos de beber? Y Él nos contestará que: “en cuanto lo hicisteis a uno de estos mis hermanos más pequeños, a mí lo hicisteis.” (Mt 25:34-40). Y nos acordaremos de las veces que nos compadecimos del hambriento y guarecimos del frío al miserable. O de lo contrario, recordaremos las veces en que endurecimos nuestro corazón contra el prójimo y no quisimos aliviar su necesidad, o su pena, satisfechos de que nosotros no la sufríamos. ¡Cómo nos pesará entonces nuestra avaricia, o nuestra soberbia, y no haber tenido entrañas de misericordia! Porque ¡Dios no quiera! podríamos oír la sentencia: “Apartaos de mí, malditos, al fuego eterno preparado para el diablo y sus ángeles” “donde será el llanto y el crujir de dientes.” (Mt 25:41; 24:51).
Ese día los justos, entre los cuales esperamos encontrarnos nosotros, brillarán como el sol (Mt 13:43), y mucho más aun, porque el resplandor de ese astro será poca cosa comparado con la luz de los santos en el cielo.
Pero ¿entendieron cabalmente sus discípulos eso de que Jesús resucitaría? Ya Jesús se lo venía diciendo, aparejado con el anuncio de su muerte. Pero hasta que no sucediera, no comprenderían plenamente sus palabras.
Lápide dice que al hacer público el reproche de la cruz y ocultar la gloria de la transfiguración, Jesús nos enseña a esconder los dones y favores que Dios nos otorga, hasta el día en que muramos, tal como Pablo ocultó las revelaciones que había recibido de Dios para no ser tentado a enorgullecerse de ellas, y perdiera su fruto (2Cor 12:3-9).
10. “Entonces sus discípulos le preguntaron, diciendo: ¿Por qué, pues, dicen los escribas que es necesario que Elías venga primero?
La pregunta de los discípulos estaba motivada por el hecho de que ellos habían visto a Elías glorificado, junto a Jesús, y se acordaron del anuncio del profeta Malaquías que dice que, antes de que venga el día de Jehová, grande y terrible, Dios va a mandar a Elías para hacer volver el corazón de los padres a los hijos, y el de los hijos a los padres (Mal 4:5,6), acontecimiento que está ligado a la venida del Mesías esperado. Pero es interesante que ellos no mencionaran a Malaquías, sino a los escribas. Seguramente porque ese anuncio les había llegado a través de los dichos de los escribas que circulaban entonces en Israel.
La pregunta que se hacen los discípulos en ese contexto es obvia: Si tú ya has venido, ¿cómo es que no se ha cumplido el anuncio de la venida previa de Elías?
11,12. “Respondiendo Jesús, les dijo: A la verdad, Elías viene primero, y restaurará todas las cosas. Mas os digo que Elías ya vino, y no lo conocieron, sino que hicieron con él todo lo que quisieron; así también el Hijo del Hombre padecerá de ellos.”
La respuesta de Jesús es a la vez esclarecedora e intrigante, porque afirma la verdad del anuncio: Elías tenía que venir para restaurar todas las cosas, como estaba anunciado. Pero, en verdad, ya vino, y aunque el pueblo salió a escucharlo y muchos se arrepintieron de sus pecados, haciéndose bautizar por él, las autoridades no lo reconocieron, sino lo mataron, tal como van a hacer conmigo.
¿Cómo y cuándo ya vino? Jesús ya lo había dicho, pero esa vez no comprendieron sus palabras. Él lo había dicho al hacer el elogio de Juan Bautista, cuando vinieron mensajeros de parte suya a preguntarle si Él era el Mesías esperado, o si debían esperar a otro (Mt 11:2,3). Cuando los mensajeros de Juan se fueron, Jesús dijo: “Porque éste es de quien está escrito: He aquí yo envío mi mensajero delante de tu faz, el cual preparará tu camino delante de ti.” (Mt 11:10; cf Mal 3:1). Y enseguida reafirmó: “Y si queréis recibirlo, él es aquel Elías que había de venir.” (Mt 11:14). Más claro ni el agua.
Pero ¿cómo podría Juan Bautista ser el profeta Elías anunciado? ¿Acaso se reencarnó Elías en Juan Bautista, como algunos, influenciados por el hinduismo, sostienen? No, no es necesario revivir esas teorías falsas. Se recordará que años atrás un ángel se había aparecido al anciano sacerdote Zacarías, y le había anunciado que en respuesta a sus oraciones, su mujer Isabel iba a tener un hijo que iría delante del Señor “con el espíritu y poder de Elías, para hacer volver los corazones de los padres a los hijos, y de los rebeldes a la prudencia de los justos, para preparar al Señor un pueblo bien dispuesto.” (Lc 1:13,17; cf Mal 4:5,6).
Sí, Elías había venido, tal como estaba anunciado, en la persona del precursor, su pariente y casi exacto contemporáneo, que encarnó el espíritu de Elías y que desplegó una elocuencia y un denuedo indómito semejante al del profeta, para proclamar la palabra de Dios y hacer que los hombres se conviertan.
Pero la mayoría de los padres de la iglesia –y con ellos también la mayoría de los intérpretes modernos- entienden que Elías es también uno de los dos testigos que aparecerán antes de la segunda venida de Cristo, según la profecía de Malaquías: “He aquí, yo os envío al profeta Elías, antes que venga el día de Jehová, grande y terrible.” (Mal 4:5), lo que encaja dentro de la descripción que hace Ap 11:6: “Estos tienen poder para cerrar el cielo, a fin de que no llueva en los días de su profecía; y tienen poder sobre las aguas para convertirlas en sangre, y para herir la tierra con toda plaga, cuantas veces quieran.” (cf Ap 11:3-10).
Pero ¿quién sería el otro? Según la descripción de sus poderes en ese versículo, el otro sería Moisés. Pero Moisés murió y no se comprende cómo podría morir dos veces. Por eso se estima que el segundo testigo sería Enoc, que fue trasladado al cielo –como lo fue Elías- sin haber muerto (Gn 5:21-24), y que es mencionado en la epístola de Judas 14,15, en una referencia velada a la segunda venida de Cristo.
Notemos –dice Spurgeon- que Jesús responde a la pregunta de sus discípulos. Jesús tiene siempre la respuesta adecuada para todas nuestras inquietudes y preocupaciones. ¿Acudimos nosotros a Él para preguntarle cuando tenemos dudas o conflictos, o descansamos en nuestra propia limitada sabiduría?
13. “Entonces los discípulos comprendieron que les había hablado de Juan el Bautista.”
Sólo entonces a los discípulos se les abrió la mente, y comprendieron que su Maestro se estaba refiriendo a Juan Bautista, el que lo había bautizado en el Jordán, después de negarse a hacerlo, porque consideraba que él era indigno incluso de desatar las correas de sus sandalias.
Hay una relación estrecha, no sólo familiar, entre Jesús y Juan Bautista, como la hay, según el espíritu de las profecías, entre Elías y el Salvador que había de venir para rescatar a su pueblo de sus pecados. Ambos, Jesús y Juan, anunciaron el juicio de Dios. Pero la hay también en la suerte que cupo a ambos, pues sus enemigos hicieron con ellos lo que quisieron, después de haberse deleitado durante un tiempo con sus palabras.
Cabría preguntar: ¿Cómo podía el Bautista ser el Elías anunciado si, como es sabido, cuando los sacerdotes y levitas le preguntaron si él era Elías, él contestó francamente que no lo era? (Jn 1:21) Y decía verdad. Él no era la misma persona que el profeta, sino que había venido revestido con la misma unción y el poder de Elías, lo que no es lo mismo.
¿En qué fecha ocurrió la transfiguración? La primera observación a hacer es que, como lo muestra el Evangelio de Juan, los grandes acontecimientos de la vida de Jesús guardan una estrecha relación con el calendario de las fiestas judías, lo que les da un profundo significado.
Se han hecho diversos estudios sobre la datación del acontecimiento. Según algunos eruditos, dado que sólo cinco días separan el Día de Expiación (Yom Kippur) de la fiesta de los Tabernáculos (Sucot), que dura una semana, la confesión de Pedro habría tenido lugar en la primera, y la transfiguración habría ocurrido al comienzo de la segunda. Según otros, la confesión de Pedro y la transfiguración se enmarcan dentro de la semana de la fiesta de Sucot, lo que explicaría los seis días (u ocho días según cómo se cuente) que separan ambos acontecimientos.
Nota. El pasaje paralelo de Lucas dice: “Al día siguiente…” (9:37) Este detalle, unido al hecho de que Lucas anota que los discípulos estaban cargados de sueño (9:32), sugiere que la transfiguración se produjo de noche, o al atardecer.
Amado lector: Si tú no estás seguro de que cuando mueras vas a ir a gozar de la presencia de Dios yo te exhorto a arrepentirte de todos tus pecados y te invito a pedirle perdón a Dios por ellos haciendo la siguiente oración:
 “Jesús, tú viniste al mundo a expiar en la cruz los pecados cometidos por todos los hombres, incluyendo los míos. Yo sé que no merezco tu perdón, porque te he ofendido conciente y voluntariamente muchísimas veces, pero tú me lo ofreces gratuitamente y sin merecerlo. Yo quiero recibirlo. Me arrepiento sinceramente de todos mis pecados y de todo el mal que he cometido hasta hoy. Perdóname, Señor, te lo ruego; lava mis pecados con tu sangre; entra en mi corazón y gobierna mi vida. En adelante quiero vivir para ti y servirte.”
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martes, 7 de julio de 2015

LA TRANSFIGURACIÓN I

LA VIDA Y LA PALABRA
Por José Belaunde M.
LA TRANSFIGURACIÓN I
Un Comentario de Mateo 17:1-6
En vista de la terrible prueba por la que Jesús iba a tener que pasar en Jerusalén, que podría conmover la fe de sus discípulos, Él se propone fortalecer esa fe, que ha sido expresada en la confesión de Pedro, mediante una experiencia extraordinaria que no deje ninguna duda en su espíritu acerca de quién es Él, y de su deidad.
Mt 17:1,2. “Seis días después, Jesús tomó a Pedro, a Jacobo y a Juan su hermano, y los llevó aparte a un monte alto; y se transfiguró delante de ellos, y resplandeció su rostro como el sol, y sus vestidos se hicieron blancos como la luz.”
Seis días después del anuncio  que había hecho de su muerte (Mt 16:21) (Nota 1) Jesús tomó consigo a los tres discípulos con los cuales tenía una relación más íntima (cf Mr 5:37; Mt 26:37). Y los llevó a un monte que no es nombrado, pero que la tradición antigua identificó con el monte Tabor, situado al norte de Galilea, aunque algunos estudiosos recientes se inclinan a pensar que era el monte Hermón. (2)
Sea como fuere, estando en la cima, y teniéndolos a ellos como únicos testigos, dice el texto que “se transfiguró”.
Metamorfóo es un verbo que figura tres veces en el Nuevo Testamento, y que parece que hubiera sido creado a propósito, “ad hoc”, para designar este acontecimiento (3). Quiere decir que su aspecto cambió: Todo él, su rostro y los vestidos que cubrían su cuerpo, brillaban con una luz extraordinaria, al punto que su rostro resplandecía como el sol.
¿Qué significa eso? Yo creo que ése es el aspecto que tienen los cuerpos gloriosos en el cielo. A los tres discípulos se les concedió ver qué aspecto tiene Jesús actualmente, y tienen los salvos, en la gloria. En el caso concreto de Jesús el aspecto visible que tomó Él es una revelación de su divinidad. “La gloria eterna de Dios brilló a través del velo de su carne” dice Ironside. En ese momento Él manifestó hacia afuera lo que Él era por dentro.
El rostro de Jesús que resplandecía nos recuerda que cuando Moisés descendió del monte Sinaí, después de hablar con Dios, la piel de su rostro brillaba de tal modo que los hijos de Israel tuvieron temor de acercársele, y él tuvo que cubrir su rostro con un velo para hablar con ellos (Ex 34:29-35). El brillo del rostro de Jesús nos recuerda también al varón que se le apareció a Daniel cuando estaba a orillas del río Hidekel, cuyo rostro brillaba como un relámpago (Dn 10:6).
¿Por qué escogió a esos tres? De Pedro sabemos que desde el inicio él tenía por su temperamento una posición destacada entre los doce; y de Juan sabemos que tenía una relación de afecto especial con Jesús. Pero de su hermano Jacobo (Santiago en el habla usual) no sabemos que hubiera destacado en nada. Jesús, sin embargo, lo escoge, pienso yo, porque habiendo escogido a Juan, no convenía que su hermano no perteneciera al mismo círculo íntimo. Pero este hecho, a la vez,  nos muestra que no es necesario haber destacado en algo para que Dios nos escoja para tener una experiencia especial con Él. ¡Cuántos de sus  preferidos viven desconocidos entre nosotros! Jacobo, sin embargo, se unió a su hermano Juan al responder que sí estaban dispuestos a beber la copa que Él iba a beber, y a ser bautizado con el bautismo con que Él iba a ser bautizado (Mr 10:38,39). Y lo probó cuando, algún tiempo después, fue ajusticiado por Herodes Agripa I (Hch 12:1,2).
3. “Y he aquí, les aparecieron Moisés y Elías, hablando con Él.”
Poco después aparecieron junto a Jesús dos personajes muy conocidos hablando con Él: Moisés y Elías. ¿Por qué ellos y no otros, como los tres primeros patriarcas, Abraham, Isaac y Jacob? ¿Y por qué no Eliseo, que hizo más milagros que Elías? Porque, si prescindimos de Abraham, ellos son los dos personajes más grandes e importantes del Antiguo Testamento.
Moisés, el hombre que hablaba con Dios cara a cara, y que Dios usó para sacar con mano fuerte al pueblo escogido de Egipto, y darles las leyes y normas que iban a regir su conducta. Y Elías, el profeta más poderoso en obras y el más osado después de Moisés. Notemos de paso, que ambos representan a las dos grandes secciones en que los judíos dividían las Escrituras: la ley y los profetas; donde constaban las profecías a las que Jesús vino a dar cumplimiento (Mt 5:17). Notemos además que ambos personajes recibieron revelaciones de Dios en el monte Sinaí (Véanse Exodo capítulos 19, 33 y 34 en el caso de Moisés, cuando Dios le reveló los mandamientos y ordenanzas que el pueblo debía cumplir; y 1R 19:9-13, en el caso de Elías, en el episodio en el que al monte se le llama Horeb, cuando él huye de la reina Jezabel que quería asesinarlo) (4).
Existe un notable paralelismo que no es casual entre la transfiguración y el episodio en que Moisés subió al Sinaí, y una nube de gloria reposó sobre el monte, cubriéndolo durante cuarenta días y cuarenta noches, mientras Jehová Dios hablaba con Moisés (Ex 24:15-18).
Dice que se les aparecieron a ellos, los discípulos, pero que conversaban con Jesús. Notemos que el hecho de que Moisés y Elías aparecieran en sus cuerpos gloriosos es una prueba de que estaban vivos en una dimensión gloriosa a la que también nosotros estamos destinados.
4. “Entonces Pedro dijo a Jesús: Señor, bueno es para nosotros que estemos aquí; si quieres hagamos aquí tres enramadas (5): una para ti, otra para Moisés, y otra para Elías.”.
No cabiendo dentro de sí por el asombro y la alegría que les producía lo que contemplaban (Imagínense: es como si ellos hubieran sido trasladados momentáneamente al cielo), Pedro le sugirió a Jesús quedarse ahí, no sabemos por cuánto tiempo, pero tiene que haber pensado en un tiempo largo, porque propone construir con la maleza del lugar, tres enramadas o chozas improvisadas, donde puedan guarecerse Jesús, Moisés y Elías. Marcos agrega que no sabía lo que decía porque estaban espantados (Mr 9:6). La visión los había dejado fuera de sí, como ebrios.
Pero notemos que Pedro piensa sólo en la comodidad de Jesús y de sus dos acompañantes para pasar la noche; él y sus dos compañeros podían dormir en el descampado.
Lucas, por su lado, agrega que los tres hablaban de la próxima partida de Jesús (éxodo es el verbo griego que emplean), la cual debía cumplirse próximamente en Jerusalén (Lc 9:31), y que incluía, como sabemos, su muerte, resurrección y ascensión, con los cuales Jesús iba a redimir a su pueblo, tal como siglos atrás, Moisés, guiado por Dios, había redimido a su pueblo de la esclavitud en Egipto.
El deseo de Pedro de permanecer allí largo tiempo se explica por la dicha, el gozo, que se experimenta cuando se está en la presencia de Dios. ¡Quién no desearía quedarse allí eternamente!
5. “Mientras él aún hablaba, una nube de luz los cubrió; y he aquí una voz desde la nube, que decía: Este es mi Hijo amado, en quien tengo complacencia; a Él oíd.”   
No había terminado Pedro de hablar cuando una nube de gloria los cubrió, y desde el interior de la nube, tronó una voz diciendo palabras que recuerdan las palabras que se oyeron cuando Jesús fue bautizado por Juan en el Jordán: “Este es mi Hijo amado, en quien tengo complacencia.” (Mt 3:17).
Esa nube nos recuerda, como ya se ha dicho, la nube de gloria que cubrió el monte Sinaí durante seis días cuando Moisés subió a hablar con Dios (Ex 24:13-16), así como también la nube que cubrió el tabernáculo de reunión cuando fue terminado, al punto que Moisés no podía entrar en él (Ex 40:34,35); así como la nube que cubrió el templo de Jerusalén recién concluido por Salomón, y los sacerdotes no podían permanecer en él para ministrar, porque la gloria de Jehová había llenado la casa (1R 8:10,11).
Las palabras surgidas de la nube contienen tres elementos en los que vale la pena fijarse: 1) El Padre señala claramente que Jesús es su Hijo amado; 2) Afirma que en Él se complace; y 3) Nos exhorta a escuchar lo que Él diga e, implícitamente, a obedecerle. Jesús es, en efecto, el profeta que Moisés anunció que Dios levantaría algún día, y a quien su pueblo debía oír como a un nuevo Moisés, porque “pondré mis palabras en su boca, y Él les hablará todo lo que yo le mandare.” (Dt 18:15,18; cf Jn  17:8; Hch 3:22,23).
Es una declaración definitiva y consagratoria de la identidad y misión de Jesús en la tierra. Ellas nos recuerdan las pronunciadas proféticamente siglos atrás por Isaías: “He aquí mi siervo, yo le sostendré; mi escogido, en quien mi alma tiene contentamiento; he puesto sobre Él mi espíritu; Él traerá justicia a las naciones.” (Is 42:1).
En ese pasaje, todo él aplicable a Jesús, Isaías añade: “Diré al norte: Da acá; y al sur: No detengas; trae de lejos a mis hijos, y mis hijas de los confines de la tierra, todos los llamados de mi nombre; para gloria mía los he creado, los formé y los hice.” (Is 42:6,7; cf Is 61:1-3).
Moisés había sido el canal usado por Dios para comunicar al pueblo elegido su voluntad. Pero ahora el Padre no dice: “Oíd (esto es, obedeced) a Moisés”, sino: “Prestad atención y obedeced a mi Hijo”. La ley proclamada por Moisés fue preparación para la revelación definitiva en Jesús.
Notemos, de paso, que en el segundo pasaje citado de Isaías Dios dice que nos ha creado y formado para su gloria. ¡Qué privilegio! Dios nos ha creado no porque sí, así no más; sino nos ha creado para su gloria. Es decir, para que nuestra existencia le dé gloria a Él. ¿Le estamos dando realmente gloria con nuestra vida, o lo decepcionamos? Es una pregunta que conviene que todos nos hagamos en privado, y que contestemos lo más sinceramente posible: ¿Le doy yo gloria a Dios con todo lo que hago?
Años después, Pedro, en su segunda epístola, recordará esta experiencia inolvidable, escribiendo: “No os hemos dado a conocer el poder y la venida de nuestro Señor Jesucristo siguiendo fábulas artificiosas, sino como habiendo visto con nuestros propios ojos su majestad.” Y subrayo: con nuestros propios ojos. “Pues cuando Él recibió de Dios Padre honra y gloria, le fue enviada desde la magnífica gloria una voz que decía: Este es mi Hijo amado en el cual tengo complacencia. Y nosotros oímos esta voz enviada del cielo, cuando estábamos con Él en el monte santo.” (2P 1:16-18). Sí, ellos oyeron esa voz del cielo, y no lo olvidarán nunca.
Lo mismo hará Juan cuando afirme en el prólogo de su evangelio: “Y aquel Verbo fue hecho carne, y habitó entre nosotros (y vimos su gloria, gloria como del unigénito del Padre), lleno de gracia y verdad.” (Jn 1:14). Juan tampoco olvidaría esa experiencia.
6. “Al oír esto los discípulos, se postraron sobre sus rostros, y tuvieron gran temor.”
Abrumados por lo que vieron y por el sonido de la voz, se llenaron de santo temor y se postraron en adoración por tierra. ¿Qué otra actitud cabe cuando se recibe la gracia de una semejante revelación de la grandeza de Dios y de sus propósitos? ¡Ah, felices los que la recibieron! ¡Quién no desearía haber estado allí, y haber sido partícipe de ella!
Notemos que una actitud semejante de adoración adoptó el profeta Ezequiel cuando tuvo una visión de la grandeza de Dios y oyó su voz (Ez 1:28). Por su lado, Juan, al comienzo del Apocalipsis, dice que cayó como muerto cuando vio en visión a uno semejante al Hijo del Hombre en medio de siete candeleros (Ap 1:17. Véase también Gn 17:1-3). Pero nótese que mayor impresión les produjo escuchar la voz de Dios, que contemplar a Jesús transfigurado y rodeado de Moisés y Elías.
Notas: 1. Lucas en el pasaje paralelo dice: “Aconteció como ocho días después de estas palabras…” (9:28). La diferencia temporal se explica porque Mateo cuenta los días completos que separan los dos hechos, mientras que Lucas no intenta ser preciso, sino señalar el tiempo aproximado trascurrido.
2. La identificación del monte Tabor como el lugar donde se produjo este acontecimiento es tan antigua que en las iglesias orientales, a la fiesta litúrgica que recuerda este hecho extraordinario se le llama “Thaborium”. La emperatriz Helena, madre de Constantino, hizo construir el año 326 DC, un santuario que recuerda este acontecimiento.
El Tabor tiene una altura de 562 metros sobre el nivel del mar, y se encuentra al sudoeste del mar de Galilea, y a 10 Km al este de Nazaret. Tiene una meseta de más de un kilómetro de largo en la cumbre. Muchos dudan actualmente de que la transfiguración tuviera lugar en ese monte porque había una guarnición romana estacionada en la cumbre. De hecho la mayoría de los autores piensan actualmente que la transfiguración ocurrió en el monte Hermón, debido a que no se encuentra lejos de Cesarea de Filipo, donde tuvo lugar pocos días antes la confesión de Pedro. El Hermón se eleva 2800 metros sobre el nivel del mar. Por tanto, la ascensión hasta la cima era necesariamente larga y fatigosa. Pero la visión pudo haberse producido en una de sus cumbres intermedias. Se encuentra en una región que era mayormente pagana en esa época (Véase mi artículo “La Confesión de Pedro I”). Por ello se objeta que cuando Jesús descendió del monte fue recibido por una multitud de judíos al pie de la montaña, en la que había algunos escribas (Mr 9:14). ¿De dónde salía esa multitud de judíos si el Hermón se encontraba en un paraje pagano? Por lo demás, el contexto en el evangelio de Marcos sugiere que la liberación del muchacho endemoniado al pie del monte, se produjo en Galilea (Mr 9:30).
Otra alternativa que tiene sus méritos es que la montaña fuera la que hoy es llamada Jebel Jermek, la más alta de Galilea (unos 1200 metros) y que se levanta en el oeste, frente al Safed, en una zona llena de centros judíos, lo que explicaría la presencia de escribas en medio de la multitud que recibió a Jesús al bajar. Los seis días indicados por Mateo sobraban para que Jesús y los suyos regresaran desde las cercanías de Cesarea de Filipo a pie. No obstante, esta plausible alternativa, sugerida por W. Ewing, no ha recibido mucha atención.
3. En 2Cor 3:18 y Rm 12:2 se trata de una transformación interna que se produce por acción de la gracia, pero con la colaboración voluntaria del individuo a partir del nuevo nacimiento. De metamorfóo viene la palabra “metamorfosis”.
4. En cierta forma Elías es un tipo de los creyentes que estarán vivos cuando el Señor vuelva, y que, sin pasar por la muerte, serán arrebatados para recibirlo en el aire (1Ts 4:17), como él fue arrebatado por un carro de fuego (2R 2:11,12).
5. El griego dice skenás, esto es, “tabernáculos”.
NB. Este artículo forma parte de una enseñanza dada recientemente en el ministerio de la Edad de Oro.
Amado lector: Si tú no estás seguro de que cuando mueras vas a ir a gozar de la presencia de Dios yo te exhorto a arrepentirte de todos tus pecados y te invito a pedirle perdón a Dios por ellos haciendo la siguiente oración:
 “Jesús, tú viniste al mundo a expiar en la cruz los pecados cometidos por todos los hombres, incluyendo los míos. Yo sé que no merezco tu perdón, porque te he ofendido conciente y voluntariamente muchísimas veces, pero tú me lo ofreces gratuitamente y sin merecerlo. Yo quiero recibirlo. Me arrepiento sinceramente de todos mis pecados y de todo el mal que he cometido hasta hoy. Perdóname, Señor, te lo ruego; lava mis pecados con tu sangre; entra en mi corazón y gobierna mi vida. En adelante quiero vivir para ti y servirte.”
#871 (08.03.15). Depósito Legal #2004-5581. Director: José Belaunde M. Dirección: Independencia 1231, Miraflores, Lima, Perú 18. Tel 4227218. (Resolución #003694-2004/OSD-INDECOPI).


viernes, 26 de junio de 2015

DAVID SIN HAZAÑAS II

LA VIDA Y LA PALABRA
Por Jose Belaunde M.
DAVID SIN HAZAÑAS II
2Sm 19:14,15. “Así inclinó (David) el corazón de todos los varones de Judá, como el de un solo hombre, para que enviasen a decir al rey: Vuelve tú, y todos tus siervos. Volvió, pues, el rey, y vino hasta el Jordán. Y Judá vino a Gilgal para recibir al rey y para hacerle pasar el Jordán.” La conducta generosa de David conquista el corazón de sus súbditos que se sentían culpables de haberle dado la espalda siguiendo a un advenedizo. La generosidad con los vencidos hace la grandeza de los reyes. La mezquina venganza tiene el efecto opuesto.
El pueblo de Judá vino hasta Gilgal, lugar histórico donde el pueblo de Israel estableció su primer campamento al cruzar el Jordán, donde Josué circuncidó a todos los varones y donde celebraron la primera Pascua desde que salieron de Egipto (Js 5:1-12). Ir al encuentro de David en ese lugar para ayudarlo a atravesar el Jordán tenía un alto valor simbólico, como si él, cual nuevo Josué, conquistara de nuevo la Tierra Prometida. (Nota 1)
Pero recuérdese que Josué y el pueblo de Israel pudieron atravesar el Jordán frente a Gilgal porque Dios hizo detener el curso caudaloso de las aguas y entonces ellos pudieron pasar el cauce en seco (Jos 3:13-17). Sin el socorro de ese milagro David y su séquito –que al huir de Absalón se habían refugiado en Manahaim de Galaad- necesitaban de una ayuda más mundana para sortear las corrientes del río. Entretanto las diez tribus de Israel estaban expectantes, no se movían, salvo algunos, posiblemente esperando el giro que tomarían los acontecimientos, o esperando que David hiciera con ellos un gesto amistoso como el que tuvo con Judá.
16-23: “Y Simei hijo de Gera, hijo de Benjamín, que era de Bahurim, se dio prisa y descendió con los hombres de Judá a recibir al rey David. Con él venían mil hombres de Benjamín; asimismo Siba, criado de la casa de Saúl, con sus quince hijos y sus veinte siervos, los cuales pasaron el Jordán delante del rey. Y cruzaron el vado para pasar a la familia del rey, y para hacer lo que a él le pareciera. Entonces Simei hijo de Gera se postró delante del rey cuando él hubo pasado el Jordán, y dijo al rey: No me culpe mi señor de iniquidad, ni tengas memoria de los males que tu siervo hizo el día en que mi señor el rey salió de Jerusalén; no los guarde el rey en su corazón. Porque yo tu siervo reconozco haber pecado, y he venido hoy el primero de toda la casa de José, para descender a recibir a mi señor el rey. Respondió Abisai hijo de Sarvia y dijo: ¿No ha de morir por esto Simei, que maldijo al ungido de Jehová? David entonces dijo: ¿Qué tengo yo con vosotros, hijos de Sarvia, para que hoy me seáis adversarios? ¿Ha de morir hoy alguno en Israel? ¿Pues no sé yo que hoy soy rey sobre Israel? Y dijo el rey a Simei: No morirás. Y el rey se lo juró.”
También Simei, que había maldecido vilmente a David en su huida (2Sm 16:5-13) viene a implorarle perdón con frases hipócritas y a reconciliarse con él. David se lo concede, a pesar de que Abisai se opone y quiere castigar al traidor. Recuérdese que en el primer encuentro con Simei, del que aquí se hace mención, Abisai había querido castigar la insolencia del traidor decapitándolo, pero David se lo impide en una de las escenas más conmovedoras de su patética huida, y en la que él reconoce la justicia de la humillación que está sufriendo (2Sm 16:9-13). Seguramente en esa ocasión David recordó la profecía que Natán había pronunciado cuando vino a reprocharle su crimen y su adulterio, diciendo que en adelante la espada no se apartaría de su casa, profecía cuyo trágico cumplimiento él estaba viendo.
“¿Ha de morir hoy alguno en Israel?” Esta frase de David muestra la sabiduría de su política clemente. ¿Ha de morir la gente de la cual yo soy rey también? Si yo me vengo hoy en una de las cabezas de Benjamín, todos los de esa tribu me tomarán aversión. Simei, hombre cauto, había tomado la precaución de venir acompañado de 1000 hombres de su pueblo, como para mostrar la influencia que él tenía en su tribu. David capta el mensaje y le jura que respetará su vida, pero no lo perdona. Sólo posterga la venganza. Salomón será el encargado de ejecutarla, “haciendo descender sus canas al Sheol con sangre” (Véase 1R 2:8,9). (2)

24-30. “También Mefi-boset hijo de Saúl descendió a recibir al rey; no había lavado sus pies, ni había cortado su barba, ni tampoco había lavado sus vestidos, desde el día en que el rey salió hasta el día en que volvió en paz. Y luego que vino él a Jerusalén a recibir al rey, el rey le dijo: Mefi-boset, ¿por qué no fuiste conmigo? Y él respondió: Rey señor mío, mi siervo me engañó; pues tu siervo había dicho: Enalbárdame un asno, y montaré en él, e iré al rey; porque tu siervo es cojo. Pero él ha calumniado a tu siervo delante de mi señor el rey; mas mi señor el rey es como un ángel de Dios; haz, pues, lo que bien te parezca. Porque toda la casa de mi padre era digna de muerte delante de mi señor el rey, y tú pusiste a tu siervo entre los convidados a tu mesa. ¿Qué derecho, pues, tengo aún para clamar más al rey? Y el rey le dijo: ¿Para qué más palabras? Yo he determinado que tú y Siba os dividáis las tierras. Y Mefi-boset dijo al rey: Deja que él las tome todas, pues que mi señor el rey ha vuelto en paz a su casa.”
El encuentro con Mefi-boset, el hijo de Jonatán con quien David había sido tan generoso (2Sm 9), era más delicado. En esta ocasión David se muestra no sólo comprensivo sino también consecuente con sus propios errores, porque, aunque percibe que Siba pudo haberlo engañado cuando vino a su encuentro durante su huida, acusando a Mefiboset de haberse puesto de lado de Absalón cuando éste triunfaba (2 Sm 16:1-4), ya le había empeñado su palabra de darle los bienes del príncipe inválido, y no quiso desdecirse. Entonces cortando por lo sano todo argumento ulterior (es posible que Siba estuviera presente y quisiera defenderse), determina que ambos se repartirán los bienes. Sin embargo, eso no quita la injusticia de su decisión precipitada, pues pudo haber investigado más a fondo cuál de los dos mentía y, obtenida la prueba de la malicia de Siba, como parece haber sido el caso, haberlo castigado restituyendo al hijo de Jonatán todos los bienes. Éste, por su lado, muestra obsecuentemente no estar interesado en ellos sino sólo en recuperar la amistad de su protector. (3)
31-39. “También Barzilai galadita descendió de Rogelim, y pasó el Jordán con el rey, para acompañarle al otro lado del Jordán. Era Barzilai muy anciano, de ochenta años, y él había dado provisiones al rey cuando estaba en Mahanaim, porque era hombre muy rico. Y el rey dijo a Barzilai: Pasa conmigo y yo te sustentaré conmigo en Jerusalén. Mas Barzilai dijo al rey: ¿Cuántos años más habré yo de vivir, para que yo suba con el rey a Jerusalén? De edad de ochenta años soy yo este día. ¿Podré distinguir entre lo que es agradable y lo que no lo es? ¿Tomará gusto ahora tu siervo en lo que coma o beba? ¿Oiré más la voz de los cantores y de las cantoras? ¿Para qué, pues, ha de ser tu siervo una carga para mi señor el rey? Pasará tu siervo un poco más allá del Jordán con el rey; ¿Por qué me ha de dar el rey tan grande recompensa? Yo te ruego que dejes volver a tu siervo, y que muera en mi ciudad, junto al sepulcro de mi padre y de mi madre. Mas he aquí a tu siervo Quimam; que pase él con mi señor el rey, y haz a él lo que bien te pareciere. Y el rey dijo: que pase conmigo Quimam, y yo haré con él como bien te parezca; y todo lo que tú pidieres de mí, yo lo haré. Y todo el pueblo pasó el Jordán; y luego que el rey hubo también pasado, el rey besó a Barzilai, y lo bendijo; y él se volvió a su casa.”
David dijo a Barzilai: Haré con Quimam (quien, según el historiador Josefo, era hijo de Barzilai) todo lo que a ti te parezca bien y además a ti te daré todo lo que me pidas. Pero Barzilai había dicho: Haz con Quimam lo que a ti te parezca bien. David le está diciendo: no lo que a mí me parezca adecuado, sino lo que a ti, porque yo soy tu deudor. Es una competencia de generosidad y cortesía. Barzilai, en efecto, con otros propietarios más, había arriesgado su vida suministrando provisiones a David cuando estaba en Mahanaim, huyendo de Absalón (2 Sm 17:27-29). Si éste hubiera triunfado, se hubiera vengado matándolo a él y a los suyos.
Barzilai era dueño de muchas propiedades. Pero más importante aún, tenía un corazón noble. Él consideraba que lo que él había hecho por el rey era poco comparado con lo que David ahora le ofrecía. Así será algún día para todos los que se salven. La recompensa que reciban será mucho mayor que la que corresponda a sus méritos, porque nadie puede ganar a Dios en generosidad.
Barzilai da como motivo para rechazar el ofrecimiento generoso de David, su edad avanzada (Sal 90:10; Ecl12:1). Ya no podrá gozar de los placeres de la corte, de la mesa y de la bebida abundante; ni se deleitará su oído con las canciones y danzas. Él prefiere regresar a su casa y prepararse a bien morir en la tranquilidad de su hogar. La diversión, y las tentaciones que la acompañan, son lo menos apropiado para él en ese trance. Pero eso no quiere decir que él no pueda seguir trabajando mientras tenga fuerzas, porque el trabajo es vida. Él le pide al rey que honre en cambio a su hijo que sí podrá beneficiarse de las ventajas de la corte, aunque él como padre tenga por ello que privarse de su compañía y servicios; pero él prefiere el bien de su hijo al propio.
David está pensando posiblemente en dar a Quimam una posición de honor en la corte, la que su padre desee. Pero pareciera que el hijo prefirió sabiamente no un puesto en la corte, con todas las tentaciones que eso conlleva, sino recibir una propiedad no muy alejada de Jerusalén, pues en Jr 41:17 se habla de un lugar llamado Gerut-Quimam, no muy lejos de Belén, la ciudad de David.
En 1R 2:7 leemos que David le pide a su hijo Salomón tener como convidados a su mesa a los hijos de Barzilai, esto es, no a uno solo, sino a todos (“No dejes a tu amigo, ni al amigo de tu padre…” Pr 27:10ª). ¿No dice un salmo que “la generación de los rectos será bendita”? (Sal 112:2b)
40-43. “El rey entonces pasó a Gilgal, y con él pasó Quimam; y todo el pueblo de Judá acompañaba al rey, y también la mitad del pueblo de Israel. Y he aquí todos los hombres de Israel vinieron al rey, y le dijeron: ¿Por qué los hombres de Judá, nuestros hermanos, te han llevado, y han hecho pasar el Jordán al rey y a su familia, y a todos los siervos de David con él? Y todos los hombres de Judá respondieron a todos los de Israel: Porque el rey es nuestro pariente. Mas ¿por qué os enojáis vosotros de eso? ¿Hemos nosotros comido algo del rey? ¿Hemos recibido de él algún regalo? Entonces respondieron los hombres de Israel, y dijeron a los de Judá: Nosotros tenemos en el rey diez partes, y en el mismo David más que vosotros. ¿Por qué, pues, nos habéis tenido en poco? ¿No hablamos nosotros los primeros, respecto de hacer volver a nuestro rey? Y las palabras de los hombres de Judá fueron más violentas que las de los hombres de Israel.”
 Vale la pena notar que cuando finalmente David atraviesa el Jordán, sólo una parte de los de Israel lo acompaña y, aparentemente ninguno de los hombres principales, sino sólo el pueblo. Los príncipes quizá estaban resentidos de no haber sido objeto de la misma cortesía que David usó con su propia tribu (Véase vers. 13).
En estos versículos aparece la rivalidad antigua entre la tribu de Judá y las diez tribus del Norte, que más adelante dará origen a la división del reino (1R 12) (4). Los de Judá no esperaron a los príncipes de Israel para hacer pasar a David al otro lado del Jordán, a pesar de que éstos habían sido los primeros en proponer que David fuera reinstaurado en el trono. Éstos alegan: nosotros somos más numerosos pues somos diez tribus. Tenemos más derecho a David que vosotros.
Ellos en efecto pensaron primero en traerlo, pero no lo pusieron por obra. (Notemos cómo las buenas intenciones no llevadas a cabo no alcanzan ningún resultado). Por ese motivo los de Judá les responden duramente y con sarcasmo diciéndoles que no tienen nada que reclamar.
Esa fue una disputa de palabras que felizmente no degeneró en lucha abierta. Pero David prudentemente no quiso intervenir en esa pelea. ¿Qué hubiera ganado si hubiera querido mediar entre ellos? Que ambas partes lo odiaran, porque difícilmente hubiera podido contentar a los dos a la vez. De modo semejante hacen bien los padres en no meterse en las disputas de sus hijos pequeños, (salvo que haya abuso o injusticia flagrante), porque uno de ellos se resentirá y le guardará rencor.
Notas: 1.Mathew Henry observa bellamente que así como David no quiso retornar a Jerusalén sin que sus habitantes lo invitaran –hubiera podido retornar, de haberlo querido, al frente de sus tropas y llevado por las armas- Jesús no desea entrar en el corazón de nadie sin haber sido invitado a reinar en él.
2. Esta venganza retrasada nos hace ver cuán grande es la diferencia entre la ética del Antiguo Testamento de la del Nuevo Testamento, y cuánto el mensaje de Cristo cambió el corazón de los hombres.
3. Según el Talmud la decisión injusta de David tuvo repercusiones futuras: “Cuando David dijo a Mefiboset, tú y Siba dividirán el campo, se oyó una voz celestial que dijo ‘Roboam y Jeroboam se dividirán el reino.” (1R 12).
4. Se recordará que David fue rey primero únicamente de Judá en Hebrón (2Sm 2:1-4) y sólo después de la derrota del partido de Saúl las 10 tribus del Norte vinieron a rendirle pleitesía y a reconocerlo como rey (2Sm 5:1-5).
Amado lector: Si tú no estás seguro de que cuando mueras vas a ir a gozar de la presencia de Dios yo te exhorto a arrepentirte de todos tus pecados y te invito a pedirle perdón a Dios por ellos haciendo la siguiente oración:
 “Jesús, tú viniste al mundo a expiar en la cruz los pecados cometidos por todos los hombres, incluyendo los míos. Yo sé que no merezco tu perdón, porque te he ofendido conciente y voluntariamente muchísimas veces, pero tú me lo ofreces gratuitamente y sin merecerlo. Yo quiero recibirlo. Me arrepiento sinceramente de todos mis pecados y de todo el mal que he cometido hasta hoy. Perdóname, Señor, te lo ruego; lava mis pecados con tu sangre; entra en mi corazón y gobierna mi vida. En adelante quiero vivir para ti y servirte.”

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miércoles, 24 de junio de 2015

DAVID SIN HAZAÑAS I

LA VIDA Y LA PALABRA
Por José Belaunde M.
DAVID SIN HAZAÑAS I
Este artículo fue publicado hace diez años en una edición limitada. Se publica nuevamente ligeramente revisado y dividido en dos partes.
La vida de David está llena de enseñanzas para nosotros. No sólo los episodios más conocidos de su victoria sobre Goliat y el adulterio que cometió con Betsabé. Toda su vida es una mina de motivos de reflexión, aun en los episodios en que David deja de ser un héroe, olvidados los tiempos en que el pueblo admiraba y cantaba sus hazañas (1Sm 18:7), y más bien, la popularidad le había dado las espaldas.
El libro de Samuel -en sus dos partes- es una de las obras maestras de la literatura universal de todos los tiempos. Uno de los pasajes más bellos – mi preferido entre todos sus episodios por los sentimientos encontrados tan humanos que expresa- es el del retorno avergonzado del ejército que había triunfado sobre las huestes de Absalón. Fíjense en la paradoja: El ejército triunfante regresa a casa avergonzado de su victoria porque el rey, en vez de celebrarla, llora la muerte de su hijo derrotado. Más valía para él la vida de su hijo rebelde que la de sus soldados fieles. Ese  reproche le hará Joab indignado más adelante.
“Dieron aviso a Joab: He aquí el rey llora, y hace duelo por Absalón. Y se volvió aquel día
la victoria en luto para todo el pueblo; porque oyó decir el pueblo aquel día que el rey tenía dolor por su hijo. Y entró el pueblo aquel día en la ciudad escondidamente, como suele entrar a escondidas el pueblo avergonzado que ha huido de la batalla. Mas el rey, cubierto el rostro, clamaba en alta voz: ¡Hijo mío Absalón, Absalón, hijo mío, hijo mío!” (2Sam 19:1-4)
Normalmente cuando un ejército obtiene la victoria retorna a casa eufórico, contento y celebrando su triunfo, y los soldados son aclamados en las calles por la población jubilosa y agradecida. Pero esta vez, pese al gran peligro del que habían salvado a las poblaciones que permanecieron fieles a David, los soldados regresaron con la cabeza gacha, humillados, como quienes han sido derrotados, escondiéndose de la gente como si debieran sonrojarse de haber triunfado. En lugar de recibirlos en triunfo y congratularlos, el rey se aparta y llora desconsolado la muerte de su hijo que se alzó en armas contra él para destronarlo.
¡Oh David! ¡Tanto amabas a ese hijo traicionero que buscaba tu mal y que no había respetado ni tus canas ni tu vida! ¡Que no respetó a tus mujeres y que te humilló públicamente acostándose con ellas a la vista de todos! (2Sm 16:21,22) ¿No debieras tú mismo con tus propias manos haberlo castigado? ¿No estabas declarando con tu indulgencia que tú toleras el pecado, y tolerándolo, lo alientas? ¡Oh David! ¡Cómo te traicionan tus sentimientos! ¿Tanto habías amado a su madre, que no fue sino una de tus tantas mujeres?
Cuando diste instrucciones a tus capitanes les encargaste a todos, a oídos de todo el pueblo, que trataran benignamente al rebelde Absalón por amor de ti, y respetaran su vida (2Sm 18:5). ¿Seguirías tratándolo como si fuera un niño aunque ya fuera un adulto mayor de treinta años? ¿No recordabas cómo había intrigado contra ti, tratando de robarte el cariño del pueblo, haciéndote aparecer como un soberano indiferente al sufrimiento de sus súbditos? (2Sm 15:1-6)
Entonces él, abusando de tu cariño de padre, hacía campaña para ganarse el favor del pueblo, como hacen en nuestros días los candidatos, halagando a la gente con dulces promesas. ¡Cuán artero era su corazón! ¡Cuán lleno de malos sentimientos y desnaturalizado! Su muerte temprana fue un merecido castigo. ¡Y tú, en lugar de agradecer a Dios que te haya librado del mal hijo, te lamentas de no poder abrazarlo vivo!
Pero ¿no se porta muchas veces Dios con nosotros de esa manera? ¡Cuántas veces hemos traicionado a nuestro Padre, le hemos dado la espalda a la vista de todos, y hemos hecho que la gente blasfeme de su nombre al ver nuestra mala conducta y, en lugar de castigarnos, Él nos ha tendido la mano! Dios se porta en ocasiones con nosotros como una amante despreciada que corre detrás del hombre que ya no la quiere, suplicándole: “¡Ámame al menos un poco!”
David en su ancianidad había cambiado sus manos teñidas de sangre por manos de misericordia, y su voz de guerrero aguerrido por las lágrimas de un padre enlutado. ¡Qué frágil y humano eres David en tu debilidad, y cómo se asemeja tu corazón al de Dios al volverte tan vulnerable! (“Como el padre se enternece por sus hijos, se enternece el Señor por los que le temen.” Sal 103:13).
Por eso cuando te trajeron la noticia de que tu hijo había muerto, prorrumpiste en sollozos clamando: “¡Hijo mío, Absalón, hijo mío, hijo mío, Absalón! ¡Quién me diera que muriera yo en tu lugar, Absalón, hijo mío, hijo mío!” (2Sm 18:33). (Nota 1)
Tú hubieras querido morir en lugar de tu hijo, preferirías que él viva y no tú. Esos fueron tus sentimientos de padre amante al enterarte de la muerte de tu hijo ingrato. Tú tuviste esos sentimientos, pero Dios no sólo los tuvo, sino que llevó ese sentir a la práctica cuando Jesús murió en la cruz para que nosotros vivamos. Él nos amó al punto de poner su vida para expiar nuestros pecados, ya que nosotros no podíamos hacerlo. Por eso dice bien la Biblia que tú, David, pecador como eras, tenías un corazón conforme al corazón de Dios. (1Sm 13:14; Hch 13:22).
En otro tiempo la muerte de Saúl y de tu amigo Jonatán había estimulado tu vena poética, y habías lamentado su muerte en endechas a oídos del pueblo (2Sm 1:1-17). Y cuando Abner fue asesinado cruelmente por Joab, habías proclamado un luto nacional en su memoria y, tomando la cítara, habías cantado a su muerte haciendo que el pueblo llorara contigo (2Sm 3:31-35). Y cuando en tu luto te negaste a comer, tu conducta agradó al pueblo cuando lo supo, “pues todo lo que el rey hacía agradaba a todo el pueblo.” (2Sam 3:36).
Pero ¿agradaría ahora al pueblo tu duelo en esta ocasión, y los lastimeros lamentos por tu hijo con que les pagabas mal que hubieran arriesgado su vida por ti? ¡Oh David, en lugar de premiarlos como se merecían, les hacías sentirse culpables de su valentía y de su devoción por ti! ¡Pero qué fieles te eran y cómo te amaban, al punto de que, por consideración a tu dolor, renunciaron a la algazara natural con que hubieran podido celebrar su victoria, y más bien, retornaron en silencio!
¿Cómo recibirían las mujeres a sus maridos vencedores al retornar de la batalla llenos de polvo y sudorosos, cuando no heridos? ¡Seguro que no les mirarían a la cara ni los abrazarían llorando de alegría por tenerlos de vuelta, sino que ellos se avergonzarían delante de sus mujeres por haber vencido al enemigo y haberte causado tanta pena!
2Sm 19:5,6. “Entonces Joab vino al rey en la casa, y dijo: Hoy has avergonzado el rostro de todos tus siervos, que hoy han librado tu vida, y la vida de tus hijos y de tus hijas, y la vida de tus mujeres, y la vida de tus concubinas, amando a los que te aborrecen, y aborreciendo a los que te aman; porque hoy has declarado que nada te importan tus príncipes y siervos; pues hoy me has hecho ver claramente que si Absalón viviera, aunque todos nosotros estuviéramos muertos, entonces estarías contento”.
¡Qué reproche tremendo! ¡Amas a los que te aborrecen y aborreces a los que te aman! Pero ¡cuántas veces nosotros no hacemos lo mismo! Hacemos favores y somos gentiles con los que son nuestros verdaderos enemigos, y nos portamos mal con los que son nuestros aliados. Hacemos eso porque estamos ciegos. Nuestros sentimientos, nuestras debilidades, nos ciegan, y de esa manera amamos nuestro mal y nos precipitamos en él. No reconocemos nuestro bien porque es camino difícil, y no escuchamos a nuestros amigos porque no nos dicen lo que deseamos oír, sino la verdad que no deseamos escuchar, eso hablan.
David había sido un padre consentidor, que no supo disciplinar a sus hijos cuando debió hacerlo. Por ejemplo, no castigó a Amnón por haber violado a su hermana Tamar (2Sm 13:1-14), ni a Absalón por haber matado en venganza a su medio hermano (2Sm 13:20-29). Él no les podía reprochar a sus hijos los pecados con el sexo opuesto que él había cometido en su juventud, aunque después hubiera escrito: “De los pecados de mi juventud no te acuerdes…” (Sal 25:7)
Si bien exagerados, los reproches de Joab tenían mucho de verdad, porque si Absalón hubiera triunfado no habría perdonado la vida de los demás hijos de David y la de sus seguidores, así como tampoco la de sus familiares. Todos ellos fueron salvados de una muerte segura por las tropas que los defendieron contra Absalón. Pero Joab pudo haber hablado con tanta dureza también para calmar su conciencia, pues era él quien, desobedeciendo la orden expresa de David, mató a Absalón (2Sm 18:9-15). Sin embargo, en ese acto de desobediencia adrede hubo mucha previsora prudencia: mientras el líder estuviera vivo, la rebelión no abatiría completamente y se mantendría latente, como de hecho ocurrió más tarde con Seba (2Sm 20). Hay semillas de rebelión que son difíciles de extirpar.
19:7,8. “Levántate pues, ahora, y ve afuera y habla bondadosamente a tus siervos; porque juro por Jehová que si no sales, no quedará ni un hombre contigo esta noche; y esto te será peor que todos los males que te han sobrevenido desde tu juventud hasta ahora. Entonces se levantó el rey y se sentó a la puerta, y fue dado aviso a todo el pueblo, diciendo: He aquí el rey está sentado a la puerta. Y vino todo el pueblo delante del rey; pero Israel había huido, cada uno a su tienda.”
El consejo que le da Joab es sabio. Con muy buen tino le advierte a David: “Tú tienes ahora la oportunidad de recuperar el favor del pueblo. Pero estás en una encrucijada: O te los ganas ahora, o los pierdes para siempre.” Comprendiendo David lo acertado del consejo, enjuga sus lágrimas y, de buena o mala gana, sale a la puerta de la casa en que se alojaba, para mostrarse al pueblo que quería verle la cara.
9,10. “Y todo el pueblo disputaba en todas las tribus de Israel, diciendo: El rey nos ha librado de mano de nuestros enemigos, y nos ha salvado de mano de los filisteos; y ahora ha huido del país por miedo de Absalón. Y Absalón, a quien habíamos ungido sobre nosotros, ha muerto en la batalla. ¿Por qué, pues, estáis callados respecto de hacer volver al rey?” Cuando los de las tribus del Norte comprendieron que su caudillo de un momento había sido vencido y estaba muerto, reconocieron su locura de haber seguido a un advenedizo que no sólo se había rebelado contra su padre sino contra el verdadero Ungido del Señor, y empezaron a echarse el uno al otro la culpa de su desvarío. Entonces se acordaron de lo mucho que le debían a David, de cómo él los había salvado tantas veces de la mano de los filisteos, y cuán ingratos habían sido con él. Entonces sí se acordaron de que no tenían otro rey verdadero que el hijo de Isaí, y empezaron a hablar de hacerlo volver a su casa y al trono. Discutían entre sí, achacándose los unos a los otros la culpa de su conducta al haberse dejado seducir por Absalón. En las buenas todos se atribuyen el mérito, en las malas nadie asume la responsabilidad.
11-13. “Y el rey David envió a los sacerdotes Sadoc y Abiatar, diciendo: Hablad a los ancianos de Judá, y decidles: ¿Por qué seréis vosotros los postreros en hacer volver el rey a su casa, cuando la palabra de todo Israel ha venido al rey para hacerle volver a su casa? Vosotros sois mis hermanos; mis huesos y mi carne sois. ¿Por qué, pues, seréis vosotros los postreros en hacer volver al rey? Asimismo diréis a Amasa: ¿No eres tú también hueso mío y carne mía? Así me haga Dios, y aun me añada, si no fueres general del ejército delante de mí para siempre, en lugar de Joab.” Superado el duelo, David recupera su sentido político y la conciencia del papel que le corresponde desempeñar como rey. Entonces, en lugar de vengarse de los de Judá que se habían plegado al rebelde Absalón, él inicia una sabia política de reconciliación, mostrando clemencia con los príncipes de Judá vencidos, y calmando sus temores de que él pudiera tomar represalias contra ellos. (2)
Al decir “mis huesos y mi carne sois” (frase que es un eco del grito asombrado de Adán al ver por primera vez a Eva, (Gn 2:23), él les recuerda los lazos tribales y de parentesco que los unen.
Esta labor diplomática no la hace David personalmente, sino enviando a los sacerdotes Sadoc y Abiatar como embajadores suyos, es decir, a los de más alto rango de su corte. Otro hubiera sido el resultado de sus gestiones si los mensajeros hubieran sido de menor categoría. “A tal señor, tal honor”, dice un refrán oportuno. Esto es, aplicado pragmáticamente, honra a los que te quieres ganar.
Igualmente, con el general Amasa, que había comandado el ejército de Absalón, (y que, de paso, era su sobrino) se muestra generoso ofreciéndole nombrarlo general de su ejército, en lugar de Joab, con el cual tenía varias cuentas pendientes. Pero esta promesa, hecha públicamente, le costó a Amasa la vida, pues Joab no dudó en eliminar a su rival en la primera ocasión que se le presentara (2Sm 20:4-12).
La relación de David con Joab muestra la ambivalencia frecuente de las relaciones entre el soberano y su mano derecha, de recíproca dependencia, mutua desconfianza y rivalidad. (3) Pero David tenía motivos para confiar en la destreza de Joab, que fue además su cómplice en el asesinato del fiel Urías (2Sm 11:14-25), aunque se resiente de sus intrigas para influenciar sus decisiones, (como la que narra 2Sm 14:1-20) y de la forma insolente cómo lo critica y aconseja. Sobretodo detestó que asesinara a Abner (2Sm 3:22-28), y por ese motivo lo maldijo (Véase los vers. 29-39, en especial el último versículo). Podemos pensar, de otro lado que, al haberlo involucrado en el complot indigno contra el fiel Urías, David se rebajó ante los ojos de Joab, e hizo que él le perdiera todo respeto. Los que son cómplices de nuestros pecados íntimos, rara vez nos aprecian.
Notas 1: La demostración de pena aguda que hizo David esta vez contrasta fuertemente con la tranquilidad con que asumió la muerte del hijo que Betsabé le había dado a poco de nacido (2Sm 12:18:23). ¿Por qué la diferencia? Al niño pequeño no había tenido tiempo de amarlo; en cambio, Absalón debe haber tenido desde niño cualidades de belleza y simpatía que hicieron que su padre se encariñara con él. Los padres son muchas veces ciegos en sus preferencias.
2. Es curioso que David tienda la mano primero a los de su tribu que lo habían abandonado, y que no pensaban todavía restaurarlo al trono, y no a los de Israel, que ya pensaban reivindicarlo. En David el llamado de la sangre era más fuerte que el sentido de equidad. ¡Cuántas veces también a los hombres los lazos de parentesco y de amistad les nublan el sentido de proporción y  de justicia!
3. De ello hay muchos ejemplos famosos en la historia: Luis XIII de Francia y su ministro Richelieu; Enrique VIII de Inglaterra y Tomás Moro –el más noble de los hombres, según sus contemporáneos- a quien el rey mandó matar; el emperador Guillermo I de Alemania y Bismark, el “canciller de hierro”, arquitecto de la unidad alemana; Isabel I de Inglaterra, la “reina virgen”, y su intrigante primer ministro, Lord Cecil, etc.
Amado lector: Si tú no estás seguro de que cuando mueras vas a ir a gozar de la presencia de Dios yo te exhorto a arrepentirte de todos tus pecados y te invito a pedirle perdón a Dios por ellos haciendo la siguiente oración:
 “Jesús, tú viniste al mundo a expiar en la cruz los pecados cometidos por todos los hombres, incluyendo los míos. Yo sé que no merezco tu perdón, porque te he ofendido conciente y voluntariamente muchísimas veces, pero tú me lo ofreces gratuitamente y sin merecerlo. Yo quiero recibirlo. Me arrepiento sinceramente de todos mis pecados y de todo el mal que he cometido hasta hoy. Perdóname, Señor, te lo ruego; lava mis pecados con tu sangre; entra en mi corazón y gobierna mi vida. En adelante quiero vivir para ti y servirte.”

#869 (22.02.15). Depósito Legal #2004-5581. Director: José Belaunde M. Dirección: Independencia 1231, Miraflores, Lima, Perú 18. Tel 4227218. (Resolución #003694-2004/OSD-INDECOPI).