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viernes, 23 de septiembre de 2016

BENDICE ALMA MÍA A JEHOVÁ II

LA VIDA Y LA PALABRA
Por José Belaunde M.
BENDICE, ALMA MÍA, A JEHOVÁ II
Un Comentario del Salmo 103:8-14


8. “Misericordioso y clemente es Jehová; lento para la ira y grande en misericordia.” (Nota 1)
Después de recordar cómo Dios notificó sus caminos a Moisés, el salmista menciona cuatro de las cualidades más importantes del carácter de Dios, que presenta en pares sucesivos. Las dos primeras son su misericordia y su clemencia. Estas dos cualidades no son exactamente sinónimas, aunque tienen un fondo común. Esas son las cualidades que Dios mismo afirma tener, tal como se lo reveló a Moisés cuando renovó el pacto en el Sinaí (Ex 34:6; cf Nm 14:18; Dt 5:10; Nh 9:17), y lo confirman  los salmos 86:15 y 145:8, y los profetas Is 55:7; Jr 32:18; Nah 1:3.
La misericordia es la capacidad de inclinarse compasiva y amorosamente al necesitado, o hacia el que se encuentra en una situación inferior, o angustiosa, para ayudarlo. Clemencia es la cualidad que permite escuchar con interés los clamores de los que se encuentran oprimidos, o cuya vida está amenazada, y luego hacer lo posible para apartar el peligro.
Enseguida menciona las dos cualidades siguientes afirmando, primero, que frente a la desobediencia, o a la violación de sus normas, Dios no reacciona inmediatamente para sancionar con ira, sino que le da largas al pecador para que tenga oportunidad de arrepentirse y rectificar su conducta. Si tú has obrado mal no te castiga inmediatamente, sino que te da tiempo para que recapacites. Es una manera de decir que Dios es paciente y tolerante, porque ama a sus criaturas con un amor entrañable pese a todas sus fallas. Eso es lo que dicen, casi con idénticas palabras, los siguientes pasajes: Nm 14:18; Nh 9:17; Jl 2:13.
Nosotros deberíamos seguir con los nuestros el ejemplo de nuestro Padre, esto es, no montar rápidamente en cólera, sino ser pacientes con los que nos irritan u ofenden. (2)
Por último, dice “grande en misericordia”, lo cual, según Bellarmino, hace referencia a esa inefable misericordia por la cual Dios nos levantará a un nivel superior al de sus ángeles (1Cor 6:3), al de su propia semejanza, lo cual ocurrirá el día en que “seremos semejantes a Él, porque le veremos tal como Él es.” (1Jn 3:2).

9. “No contenderá para siempre, ni para siempre guardará el enojo.” (cf Sal 30:5; Jr 3:5,12; Mq 7:18), porque si lo hiciera, como dice Is 57:16a, decaería el espíritu del hombre y se deprimiría. (3).
Por eso es que cuando justificadamente se enciende su ira contra la impiedad, su indignación se aplaca pronto, y está dispuesto a perdonar al infractor al menor signo de arrepentimiento, tal como, disgustado, se lo reprochó Jonás a Dios, cuando los ninivitas se convirtieron (Jon 4:2). En realidad, Él está deseoso de hacerlo porque ama al hombre con un amor infinito.
¿Podemos imaginar a Dios resentido por las infidelidades del hombre? Ciertamente adolorido, sí, pero Él no guarda rencor, y está siempre pronto a perdonar. De esa manera Él nos da ejemplo, porque tampoco desea que sus hijos sean rencorosos, sino que estén siempre dispuestos a perdonar las ofensas sufridas.
Para Él es tan desagradable reprendernos como para nosotros lo es ser reprendidos, y menos aún le gusta encenderse en cólera, porque la ira le impide ser compasivo. Si alguno siente que está siendo probado por Dios sin saber la causa, bien puede preguntarle: ¿Por qué contiendes conmigo? ¿En qué forma te he ofendido? Y Él no tardará en hacérselo saber.

10. “No ha hecho con nosotros conforme a nuestras iniquidades, ni nos ha pagado conforme a nuestros pecados.” (4)
Por eso no trató al pueblo infiel que le dio la espalda tantas veces corriendo detrás de ídolos -algo que le estaba estrictamente prohibido- tal como lo merecía, ni los castigó cuando la impiedad llegó a su colmo con la dureza y severidad que se habían ganado. Así lo declaró Esdras, el escriba, en oración ante el pueblo, al retorno del exilio (Es 9:13).
Si lo hubiera hecho el pueblo hebreo habría perecido pronto, tal como pereció la humanidad perversa en el diluvio (Gn caps. 7 y 8), y no habría quedado un remanente. A nosotros tampoco nos ha tratado con la severidad que merecíamos, ni lo ha hecho tampoco conmigo.
Cuando Saulo cayó a tierra como un perseguidor camino a Damasco, y se levantó para ser un predicador (Hch 9:3-9), él reconoció que él había recibido misericordia de acuerdo a la promesa que contiene este salmo, de que Dios no nos tratará de acuerdo a nuestras iniquidades, sino que engrandecerá su misericordia sobre los que no lo merecen (Cesario). Pero si Dios no nos ha tratado conforme a nuestras iniquidades, es porque Él cargó nuestros pecados sobre otro que era inocente, sobre su Hijo, que murió por nosotros en la cruz expiando nuestras faltas, para que nosotros vivamos para la justicia (1P 2:24; 2Cor 5:21).
Como Padre amoroso que es, Dios se deleita en mostrarnos su misericordia, y constantemente nos la otorga a través de Jesucristo, nuestro mediador, por medio de quien nos vienen todas las gracias temporales y espirituales que recibimos.

11. “Porque como la altura de los cielos sobre la tierra, engrandeció su misericordia sobre los que le temen.” (5)
Él ha tratado a los que le temen con amor reverente, con una misericordia que sólo un Dios de bondad infinita puede mostrar. La imagen que usa el salmista para describir la grandeza de su misericordia nos recuerda una frase de Is 55:9: “Como son más altos los cielos que la tierra, así son mis caminos más altos que vuestros caminos, y mis pensamientos más altos que vuestros pensamientos.” (cf Sal 36:5; 57:10) A los ojos de los hombres de su tiempo ésa era una expresión de dimensión infinita, porque ¿quién podría medir la distancia que separa al cielo de la tierra?
Pero es de notar que los que se beneficiaron de su bondad fueron los que le temían, esto es, los que se humillaron delante de Él acongojados, pidiéndole perdón. Y así ocurre también en nuestro tiempo, porque Él no ha cambiado. Sobre los endurecidos que perseveraron en el mal Dios derramó, a pesar suyo, su justa ira, porque tenía que hacer prevalecer su santidad y su justicia.
“El temor de Dios  es el principio de la sabiduría” dice el libro de Proverbios 9:10, el primer fruto de la vida divina en nuestra alma cuando nos regenera. Ese santo temor nos asegura la plena posesión de los beneficios de la misericordia divina pero, sobre todo, nos aleja del peligro de  pecar, y nos fortalece contra las tentaciones, porque pone delante de nuestros ojos espirituales las consecuencias que trae consigo ofender a Dios.

12. “Cuanto está lejos el oriente del occidente, hizo alejar de nosotros nuestra rebeliones.” (6)
Nuevamente el poeta utiliza una imagen tomada de la observación del cosmos: la distancia que separa el oriente del occidente, al este del oeste, una distancia inconmensurable, infinita. Así apartó el Señor de su memoria las infidelidades del pueblo elegido; y de igual forma aparta nuestros pecados de su recuerdo si nos arrepentimos sinceramente, pues dice que los arroja al mar del olvido (Mq 7:19). Esto equivale a decir que los borra enteramente, como si nunca los hubiéramos cometido (Hch 3:19). Is 43:25 dice que lo hace por amor de sí mismo, no tan sólo por amor de sus criaturas (cf Is 44:22).
Este salmo tiene su cumplimiento en la cruz. Las cuatro dimensiones del amor de Cristo, la anchura y la longitud, la profundidad y la altura de que habla Ef 3:18, están representadas por las cuatro dimensiones de la cruz, trazadas por sus dos palos, el horizontal y el vertical.

13. “Como el padre se compadece de sus hijos, se compadece Jehová de los que le temen.” (7)
He aquí una nueva expresión de la misericordia divina: Como un padre se compadece de sus pequeñuelos, de sus hijos traviesos, a los que mira con ternura cuando hacen travesuras que les hacen daño, y se caen, tropiezan y lloran. Sin embargo, lo que caracteriza a los pecadores de los que Dios se compadece es que ellos, pese a su fragilidad, le temen y se vuelven a Él cada vez que se apartan y caen. Dios no obra así con los que perseveran desafiantes en el mal.
En los profetas y en los salmos hay pasajes que muestran que los sentimientos de Dios respecto de sus hijos toman a veces una coloración maternal, como cuando, en Isaías, Dios responde a la queja de Sion de que Él ha olvidado a su pueblo: “¿Se olvidará la mujer de lo que dio a luz, para dejar de compadecerse del hijo de su vientre? Aunque olvide ella, yo nunca me olvidaré de ti.” (49:15; cf Sal 27:10). Estos sentimientos de Dios contrastan con la indiferencia, y hostilidad en algunos casos, que los dioses paganos, según la literatura greco-romana, solían mostrar respecto de sus adoradores.

14. “Porque Él conoce nuestra condición; se acuerda de que somos polvo.” (8)
Dios conoce muy bien lo que somos (“soplo que va y no vuelve”, Sal 78:39), y de qué fuimos hechos: del vil polvo de la tierra que Él tomó en sus manos para darle forma, como hace el alfarero con la arcilla, y soplarle aliento de vida (Gn2:7). Sabe también que al polvo volveremos (Gn 3:19). Nada pues tenemos de qué jactarnos, salvo de que, por su gracia, fuimos hechos a su imagen y semejanza (Gn 1:26). Ésa es nuestra mayor gloria, pero es inmerecida.
Conoce además nuestras fortalezas y debilidades, nuestro temperamento y nuestro defecto principal. Pero no sólo conoce nuestros defectos, sino también los de las personas con quienes tratamos, y a veces lidiamos. Y de todos tiene compasión, porque todos somos hechura suya (Sal 139:13). Si parece que nuestras tentaciones nos asaltan más allá de lo que nuestra debilidad puede resistir (1Cor 10:13), nunca van más allá de su capacidad para perdonar, como dice Malaquías: “Y los perdonaré como el hombre perdona al hijo que le sirve.” (3:17b).
F.J. Dake anota apropiadamente que Dios recuerda lo que el hombre olvida (nuestra condición y debilidades), mientras que el hombre recuerda lo que Dios olvida (nuestros pecados).

Notas: 1. La palabra hebrea rahum significa compasivo, misericordioso; hannun puede también traducirse, como lo hacen algunas versiones, “lleno de gracia”. Los adjetivos rahum y hannun aparecen juntos en una frase que figura con frecuencia en el Antiguo Testamento: Hannun we rahum = lleno de gracia y compasivo. La palabra ap quiere decir nariz, y también ira, señalando la relación que existe entre la ventana de la nariz y la ira. Cuando uno se enfurece, resopla por la nariz. El que tiene una nariz larga no se enfurece rápidamente; el que tiene una nariz corta es impaciente. La palabra hesed denota una de las cualidades centrales del carácter divino, pues determina muchas de las principales intervenciones de Dios en la historia, comenzando por el pacto celebrado con el pueblo escogido. Combina las cualidades de bondad, amor y misericordia, tal como fueron ejemplificadas por David, por ejemplo, en su trato con Mefiboset, el hijo tullido de su amigo Jonatán.
2. Spurgeon bellamente comenta: “Los que escuchan el evangelio participan de su misericordia acogedora; los santos viven por su misericordia salvadora; son preservados por su misericordia sustentadora; son alegrados por su misericordia consoladora; y entrarán al cielo por su infinita y perdurable misericordia.”
3. La expresión “para siempre” figura dos veces en este versículo, pero es la traducción de dos palabras hebreas diferentes. La primera es nesah, que significa “siempre”, “perpetuamente”; la segunda es “olam”,  palabra que significa “largo tiempo”, y que tiene en el judaísmo rabínico un significado teológico muy amplio, incluyendo a la edad futura (Olam ha-ba). Es de notar que la palabra “enojo” que aparece en este versículo, no está en el original, que, mediante la figura de elusión, la da por sobreentendida.
4. La palabra het significa “pecado”, “ofensa”, “falta”. Awon, también es, “pecado”, “transgresión”, “impiedad”, y sus consecuencias de “culpa” y “castigo”. Es una de las cuatro palabras principales que designan al pecado en el idioma hebreo, con el matiz agravante de perversión deliberada. Más correcto sería, como traducen la mayoría de las versiones de este versículo, que en primer lugar estuviera la palabra “pecados”, y en segundo, “iniquidades”.
5. La palabra plural samanayim designa al cielo, al firmamento, incluso al aire y a las estrellas. Eretz es una de las palabras que con más frecuencia aparece en el Antiguo Testamento. Su significado básico es “tierra”, pudiendo aludir al planeta, o a una extensión de terreno.
6. Mizrah = este; maharah = oeste. Pesa = Transgresión, rebelión, sobre todo contra Dios y sus leyes.
7. Raham, tener compasión, simpatía profunda, acompañada de pena por el que sufre. Yaré es un adjetivo que deriva de un verbo que significa “temer”, “respetar”, y que alude frecuentemente al temor de Dios.
8. Yada, conocer, enterarse, percibir, discernir, experimentar. Zakar, recordar, mencionar, hacer conocer. Apar, polvo, tierra seca, esto es, el material del cual Dios formó al hombre.



Amado lector: Si tú no estás seguro de que cuando mueras vas a ir a gozar de la presencia de Dios yo te exhorto a arrepentirte de todos tus pecados y te invito a pedirle perdón a Dios por ellos haciendo la siguiente oración:
 “Jesús, tú viniste al mundo a expiar en la cruz los pecados cometidos por todos los hombres, incluyendo los míos. Yo sé que no merezco tu perdón, porque te he ofendido consciente y voluntariamente muchísimas veces, pero tú me lo ofreces gratuitamente y sin merecerlo. Yo quiero recibirlo. Me arrepiento sinceramente de todos mis pecados y de todo el mal que he cometido hasta hoy. Perdóname, Señor, te lo ruego; lava mis pecados con tu sangre; entra en mi corazón y gobierna mi vida. En adelante quiero vivir para ti y servirte.”

#914 (14.02.16). Depósito Legal #2004-5581. Director: José Belaunde M. Dirección: Independencia 1231, Miraflores, Lima, Perú 18. Tel 4227218. (Resolución #003694-2004/OSD-INDECOPI). DISTRIBUCIÓN GRATUITA. PROHIBIDA LA VENTA.


jueves, 27 de febrero de 2014

INFIDELIDAD DE JERUSALÉN I

LA VIDA Y LA PALABRA
Por José Belaunde M.
INFIDELIDAD DE JERUSALÉN I
Un Comentario de Ezequiel 16: 1-19
El capítulo 16 del libro de Ezequiel es una fábula alegórica en la que Dios hace memoria de la historia del pueblo de Israel y de sus relaciones con ese pueblo, y le reprocha severamente su infidelidad. Siendo una fábula no se puede relacionar directamente tal episodio, o pasaje de ella con un episodio específico de la historia del pueblo elegido, porque lo recuenta en términos generales, pero sí hay algunas alusiones bastante obvias.
Por boca de Ezequiel Dios se dirige a Jerusalén, capital de la nación, como representante de todo el pueblo y en términos de un contrato matrimonial.
Ezequiel estaba con los israelitas cautivos en Babilonia, y escribe a los que permanecieron en Israel para reprocharles su infidelidad; así como Jeremías, que se encontraba en Jerusalén con el remanente que permaneció en esa ciudad, escribía a los deportados en Babilonia para consolarlos.
1-3. “Vino a mí palabra de Jehová, diciendo: Hijo de hombre, notifica a Jerusalén sus abominaciones, y di: Así ha dicho Jehová el Señor sobre Jerusalén: Tu origen, tu nacimiento, es de la tierra de Canaán; tu padre fue amorreo, y tu madre hetea.”
Cuando viene “palabra de Jehová” a un profeta, ella constituye una orden perentoria de comunicar un mensaje a determinada persona, o grupo de personas, o a todo un pueblo.
Por lo que se ve luego, el profeta comienza refiriéndose a la historia del pueblo elegido, no desde sus inicios con el patriarca Abraham, sino cuando Israel estaba establecido en la tierra de Egipto, tiempo durante el cual el clan familiar  de Jacob, compuesto de setenta personas (Gn 46:27), creció hasta convertirse en un pueblo muy numeroso.
Es muy curioso que el profeta diga para comenzar que el padre de Israel fue un amorreo, porque sabemos que no es así. Abraham no era amorreo. Los amorreos eran un pueblo descendiente de Cam, hijo de Noé, establecidos en la tierra de Canaán desde tiempos inmemoriales, y sumamente corruptos. Fueron casi completamente destruidos durante la conquista de la tierra prometida. Si el profeta los llama padres de Israel, es para humillar a los habitantes de Jerusalén. Y lo mismo puede decirse del hecho de atribuir su maternidad a una mujer hetea, es decir, hitita, perteneciente a otro de los pueblos que habitaban esa tierra cuando fueron conquistados por Israel, pero que no fueron destruidos completamente.
Se recordará que las dos mujeres que Esaú tomó por esposas eran heteas, hecho que afligió sobremanera a su madre Rebeca (Gn 27:46). Recuérdese asimismo que Jerusalén estuvo en poder de un pueblo pagano, los jebuseos, hasta que David la conquistó para convertirla en la capital de su reino (Js 15:63; 2Sm 5:6,7).
Lo que el profeta quiere decir a los hebreos es: Tu origen es nada honorable, aunque tú te jactes de descender de Abraham, porque más te pareces a los paganos idólatras que habitaban esta tierra que al patriarca que fue amigo de Dios, y a quien se le prometió que pertenecería a sus descendientes a perpetuidad. (Nota 1).
En otras palabras, tus antepasados cercanos renunciaron a ese derecho, y tú eres aquí un usurpador. Estás pues listo para ser expulsado.
¿A cuántos que se dicen cristianos colocará Jesús a su izquierda en el juicio de las naciones? ¿Y a cuántos que no consideramos de los nuestros colocará a su derecha? (Mt 25:31-33)
4,5. “Y en cuanto a tu nacimiento, el día que naciste no fue cortado tu ombligo, ni fuiste lavada con aguas para limpiarte, ni salada con sal, ni fuiste envuelta con fajas. No hubo ojo que se compadeciese de ti para hacerte algo de esto, teniendo de ti misericordia; sino que fuiste arrojada sobre la faz del campo, con menosprecio de tu vida, en el día que naciste.”
Lo que se dice acerca de su nacimiento es aún más digno de compasión, porque no se hizo con ella lo que suele hacerse con toda criatura amada al nacer, según las prácticas de entonces. No se le prodigó ningún cuidado, sino que se la arrojó al campo, como si su madre desnaturalizada la abominara y no diera importancia a su vida. Y ahí estaba ella lista para morir. (2) Estas palabras humillantes que les dirige Dios sirven para ilustrar el contraste entre el abandono en que se encontraba el pueblo de Israel en Egipto, oprimido y sometido a trabajos forzados (3), y la misericordia que Dios mostró con ellos al recogerlos y llamarlos su pueblo (Véase Dt 32:10).

6. “Y yo pasé junto a ti, y te vi sucia en tus sangres, y cuando estabas en tus sangres te dije: ¡Vive! Sí, te dije, cuando estabas en tus sangres: ¡Vive!
Dios dice que cuando ella estaba en ese estado de abandono, pasó como de casualidad por donde ella se encontraba por tierra y abandonada, y la vio en “sus sangres”, es decir, cubierta de sangre como una criatura que acaba de nacer después de un parto difícil, y que no ha sido lavada ni limpiada; y viéndola en ese estado y pronta a morir, con su palabra le infundió vida para que reviviera.
De manera semejante Dios le dice al pecador que está inmundo en sus pecados y ensangrentado, “¡Vive!” para que recobre la vida del Espíritu que ha perdido, y nazca de nuevo (Jn 3:7).
7. “Te hice multiplicar como la hierba del campo; y creciste y te hiciste grande, y llegaste a ser muy hermosa; tus pechos se habían formado, y tu pelo había crecido; pero estabas desnuda y descubierta.”
El efecto de todo ello fue que la criatura creció y llegó a ser una joven de pechos bien formados y cabellera ondulada, con los rasgos que hacen a la mujer atractiva al hombre. Sin embargo, la criatura, ahora  convertida en una espléndida muchacha, seguía estando desnuda y sin abrigo. Para que no olvidemos que esta parábola se refiere al pueblo de Israel, dice que se multiplicó en número, tal como efectivamente ocurrió cuando el pueblo hebreo estuvo en Egipto: llegaron 70 personas con Jacob y se multiplicaron hasta llegar a ser cientos de miles (Nm 1:46; Ex 1:7,12).
8. “Y pasé yo otra vez junto a ti, y te miré, y he aquí que tu tiempo era tiempo de amores; y extendí mi manto sobre ti, y cubrí tu desnudez; y te di juramento y entré en pacto contigo, dice Jehová el Señor, y fuiste mía.”
Estando ella así, dice Dios, que pasó de nuevo de manera fortuita junto a ella (cuando sufría bajo la opresión egipcia) y vio que ya estaba madura para el amor. Extender el manto y cubrir la desnudez es una manera discreta de designar la relación amorosa (Rt 3:9). Pero no quedó allí su cuidado amoroso, sino que Dios contrajo matrimonio con ella con un pacto sellado con un juramento (refiriéndose al pacto solemne celebrado en Sinaí en que Dios adoptó a Israel como pueblo suyo: Ex 19,20).
Llegado “el cumplimiento del tiempo Dios envió a su Hijo…” (Gal 4:4) a expiar en la cruz los pecados de todos los hombres, y Jesús celebró con nosotros un nuevo pacto en su sangre (Lc 22:20), tal como fuera anunciado por el profeta Jeremías (Jr 31:31-34).
9-13. “Te lavé con agua, y lavé tus sangres de encima de ti, y te ungí con aceite; y te vestí de bordado, te calcé de tejón, te ceñí de lino y te cubrí de seda. Te atavié con adornos, y puse brazaletes en tus brazos y collar a tu cuello. Puse joyas en tu nariz, y zarcillos en tus orejas, y una hermosa diadema en tu cabeza. Así fuiste adornada de oro y de plata, y tu vestido era de lino fino, seda y bordado; comiste flor de harina de trigo, miel y aceite; y fuiste hermoseada en extremo, prosperaste hasta llegar a reinar.”
Con diversas imágenes sugestivas el profeta describe cómo Dios se ocupó del pueblo que había escogido, primero limpiándolo, cubriendo sus pecados mediante el sacrificio de animales, ungiéndolo con el aceite de la unción, vistiéndolo con la ropa más fina, de lino y seda; y adornándolo con joyas preciosas (4), estableciendo el culto del tabernáculo en el desierto, y ordenando a los sacerdotes y levitas que habían de oficiar en él; alimentándolo con la comida más costosa, con lo que se muestra que él había prosperado y el pueblo se había enriquecido hasta llegar a convertirse en un reino famoso bajo David y Salomón.
Una vez más la palabra del profeta apunta simbólicamente al nuevo nacimiento: “Te lavé con agua…” evoca “el lavamiento de la regeneración y la renovación en el Espíritu Santo” (Tt 3:5). “Lavé tus sangres de encima de ti…”: Esto es, la culpa del pecado que fue limpiada con la sangre de Cristo cuando Él murió en la cruz. “Te ungí con aceite…”: Evoca la unción del Espíritu Santo que se derramó en Pentecostés (Hch 2:2-4). “Te ceñí de lino y te cubrí de seda…”: Fuiste revestida con la justicia de Cristo para que pudieras permanecer de pie en la presencia de Dios (Gal 3:27).
14. “Y salió tu renombre entre las naciones a causa de tu hermosura; porque era perfecta, a causa de mi hermosura que yo puse sobre ti, dice Jehová el Señor.”
El profeta le recuerda al pueblo que la prosperidad de que llegó a gozar durante el apogeo de la monarquía, y la hermosura de sus campos y ciudades no era propia, sino le había sido dada por Dios como un regalo, y que le debía todo lo que llegó a tener.
15. “Pero confiaste en tu hermosura, y te prostituiste a causa de tu renombre, y derramaste tus fornicaciones a cuantos pasaron; suya eras.”
Sin embargo, en lugar de serle fiel al Dios que te había engrandecido como un amoroso marido, y guardar para Él toda tu devoción, empezaste a servir a otros dioses, y a rendirles culto, algo que yo te había expresamente prohibido cuando hice pacto contigo (Ex 20:3,4). Como prostituta callejera te ofrecías al primer ídolo que te presentaran.
La prostitución de Israel comenzó cuando Salomón, ya viejo y corrompido, dejó que su corazón se inclinara hacia los dioses de las muchas mujeres que había tomado por esposas y concubinas, y levantó altares a sus ídolos (1R 11:1-8).
Dios tenga compasión de los cristianos que, como Esaú, venden su primogenitura (su herencia eterna) por un plato de lentejas (Gn 25:27-34), esto es, por un instante de placer, o por las satisfacciones de la fama perecedera que proporciona el mundo.
16. “Y tomaste de tus vestidos, y te hiciste diversos lugares altos, y fornicaste sobre ellos; cosa semejante nunca había sucedido, ni sucederá más.”
Tomaste los regalos que yo te había hecho y con ellos adornaste los lugares altos de tu tierra para rendir culto a ídolos que no son dioses, algo que yo te había prohibido estrictamente que hicieras (Ex 20:4,5).
17, 18. “Tomaste asimismo tus hermosas alhajas de oro y de plata que yo te había dado, y te hiciste imágenes de hombre y fornicaste con ellas; y tomaste tus vestidos de diversos colores y las cubriste; y mi aceite y mi incienso pusiste delante de ellas.”
Tomaste los metales preciosos que yo te había dado y con ellos te forjaste estatuas delante de las cuales te postraste en adoración como si esos objetos inanimados fueran dioses, y tomaste el aceite y el incienso que estaban reservados para mí y los usaste para servirlos.
19. “Mi pan también, que yo te había dado, la flor de la harina, el aceite y la miel, con que yo te mantuve, pusiste delante de ellas para olor agradable: y fue así, dice Jehová el Señor.”
Incluso los frutos del campo con que yo te había bendecido los usaste para presentar ofrendas a esos falsos dioses, y los quemaste en tus altares para que subieran como olor agradable a divinidades que no existían, ni podían sentirlo, pero cuyo perfume a mí me ofendía porque no lo ofrecías a mí.
Notas: 1. Nótese, sin embargo, que Abraham tuvo que comprarles a los hijos de Set un terreno para tener dónde enterrar a su mujer Sara (Gn 23)
2. Es un hecho que la criatura humana recién nacida es un ser desamparado, incapaz de valerse por sí mismo, y que no tendría posibilidades de subsistir si no fuera por el amor que Dios ha infundido en sus padres para ocuparse de ella y cuidarla.
3. Para los egipcios los israelitas, siendo pastores de ovejas, eran abominables (Gn 43:32; 46:34). Con mucha frecuencia los escogidos de Dios son abominables para el mundo.
4. Esto puede referirse a las alhajas y vestidos que los hebreos pidieron a los egipcios antes de partir (Ex 12:35,36).
Amado lector: Si tú no estás seguro de que cuando mueras vas a ir a gozar de la presencia de Dios es muy importante que adquieras esa seguridad, porque no hay seguridad en la tierra que se le compare y que sea tan necesaria. Con ese fin yo te exhorto a arrepentirte de todos tus pecados y te invito a pedirle perdón a Dios por ellos haciendo la siguiente oración:
   “Jesús, tú viniste al mundo a expiar en la cruz los pecados cometidos por todos los hombres, incluyendo los míos. Yo sé que no merezco tu perdón, porque te he ofendido conciente y voluntariamente muchísimas veces, pero tú me lo ofreces gratuitamente y sin merecerlo. Yo quiero recibirlo. Me arrepiento sinceramente de todos mis pecados y de todo el mal que he cometido hasta hoy. Perdóname, Señor, te lo ruego; lava mis pecados con tu sangre; entra en mi corazón y gobierna mi vida. En adelante quiero vivir para ti y servirte.”

#802 (27.10.13). Depósito Legal #2004-5581. Director: José Belaunde M. Dirección: Independencia 1231, Miraflores, Lima, Perú 18. Tel 4227218. (Resolución #003694-2004/OSD-INDECOPI).