miércoles, 13 de junio de 2012

PABLO EN ÉFESO I


LA VIDA Y LA PALABRA
Por José Belaunde M.
PABLO EN ÉFESO I
Un Comentario al libro de Hechos 19:1-9

1,2. “Aconteció que entre tanto que Apolos estaba en Corinto, Pablo, después de recorrer las regiones superiores, vino a Éfeso, y hallando a ciertos discípulos, les dijo: ¿Recibisteis el Espíritu Santo cuando creísteis? Y ellos le dijeron: Ni siquiera hemos oído si hay Espíritu Santo.”
Después de su prolongada estancia en Corinto, y de visitar en el curso de su tercer viaje misionero las ciudades de Galacia del Sur y de Frigia donde posiblemente había estado antes (Hch 18:23), Pablo vino a detenerse (en la primavera del año 52) un buen tiempo en Éfeso, ciudad que era un importante centro comercial e industrial del imperio que albergaba, además, el culto de varias divinidades paganas, y en donde había estado antes por un corto lapso de tiempo (Hch 18:19-21).
La Providencia dispuso que esta gran ciudad no se quedara sin un proclamador y maestro de la palabra, pues Pablo vino para llenar el vacío que había dejado la partida de Apolos, que había ido a regar lo que Pablo había sembrado en Corinto (Hch 18:27,28; 1Cor 3:6).
Al llegar a la ciudad encontró a “ciertos discípulos”. Cuando Lucas emplea la palabra “discípulos” él se refiere siempre a personas que han creído en Jesús. ¿De dónde venían éstos? No se dice. ¿Cómo y cuándo habían llegado a creer en Jesús? Tampoco se explica (Nota 1). Pablo debe haber sentido intuitivamente que su conocimiento del “camino” era incompleto, pues enseguida les pregunta por aquello que para él era una de las gracias principales que acompañaban a la fe: “¿Recibisteis el Espíritu Santo cuando creísteis?” Una traducción más exacta sería: “¿Recibisteis el Espíritu Santo después de que hubisteis creído?” (cf Ef 1:13).
(Esa es una pregunta que cada uno de nosotros debería hacerse: ¿He recibido yo el Espíritu Santo? ¿Soy guiado por el Espíritu Santo? ¿Vivo yo en el Espíritu y camino en él?)
Recuérdese que cuando Pedro predicó en casa de Cornelio, el Espíritu Santo se derramó sobre los que escuchaban su sermón y (aunque el texto no lo diga explícitamente, está implícito) creyeron en lo que él les exponía. Eso quiere decir que en los primeros tiempos la recepción del Espíritu Santo solía acompañar al acto de creer (Hch 10:43,44), aunque no ocurriera siempre necesariamente. Veámoslo:
Si examinamos los casos de fe y conversión que menciona Hechos, podemos ver, para comenzar, que el día de Pentecostés, después del sermón de Pedro, unos tres mil hombres creyeron y fueron bautizados (Hch 2:41) ¿Recibieron el Espíritu Santo en ese momento? No se afirma explícitamente, pero está implícito en Hch 2:38 (cf 1:4) (2).
En Hch 4:1-31 cuando Pedro y Juan, que habían sido llevados ante el Concilio acusados de predicar a Jesús, fueron soltados después de ser amenazados si persistían, ellos fueron donde los suyos, y después de contarles lo que había sucedido, los que estaban congregados empezaron a orar y todos fueron llenos del Espíritu Santo. A este evento se le ha llamado “el segundo Pentecostés”, porque los asistentes, que eran sin duda parte de los 120 de Hch 1:15 que estuvieron en el Aposento Alto (Hch 2:1-4) recibieron una segunda llenura del Espíritu. (Hch 4:31).
Tal como leemos al comienzo del sexto capítulo de Hechos, cuando empezó a crecer el número de los discípulos, fue necesario nombrar a personas que atendieran en la distribución de alimentos a las viudas de los creyentes griegos. Al designar a los siete diáconos, o servidores, a quienes se encargaría ese trabajo se puso como condición que los elegidos estuvieran “llenos del Espíritu Santo”, lo que haría suponer que no todos los discípulos lo estaban o que, por lo menos, no todos demostraban estarlo en la misma medida, sino que había algunos que estaban más ungidos que otros (Hch 6:1-3).
Al comienzo del capítulo 8, cuando el evangelista Felipe predica el Evangelio por primera vez en Samaria, el texto dice explícitamente que los que habían creído en su predicación solamente habían sido bautizados, pero no habían recibido el Espíritu Santo (Hch 8:14-16), lo cual ocurrió apenas los apóstoles les impusieron las manos (v.17), con lo cual se da a entender que eran los apóstoles en particular los que tenían el poder de impartir el Espíritu Santo.
Eso es confirmado por el episodio del eunuco egipcio que retornaba de Jerusalén, leyendo al profeta Isaías, y de quien se dice que cuando Felipe le anunció el Evangelio, el hombre fue bautizado porque creyó que Jesucristo es el Hijo de Dios, pero no se afirma que recibiera a la vez de manos de Felipe el Espíritu Santo (Hch 8:37-39).
Sin embargo, cuando Pablo, después de su encuentro inesperado con Jesús, se encontraba ciego y orando en Damasco, el discípulo Ananías vino donde él por encargo del Señor, y le impuso las manos para que recobre la vista y reciba el Espíritu Santo; y enseguida fue bautizado en agua (Hch 9:17,18).
En estas situaciones vemos cómo Dios no actúa según reglas establecidas, como solemos hacer los seres humanos, porque unas veces se recibe el Espíritu Santo después de haber sido bautizado en agua, y en otras, antes de serlo. Y suelen ser los apóstoles los que lo imparten, pero no siempre sólo ellos.
Adelantándome un poco al comentario del texto que tenemos a la mano, quiero referirme a la última ocasión en que se menciona en éste al Bautismo del Espíritu Santo. Eso está en el v. 6, cuando después de haber bautizado a los discípulos que había encontrado, Pablo les impone las manos y vino sobre ellos el Espíritu Santo”. Me gusta mucho esta expresión en particular: el Espíritu Santo vino sobre ellos, les cayó encima, como algo inesperado, tal como ocurrió en Pentecostés con los 120 (Hch 2:1-4), y con los gentiles que estaban en casa de Cornelio, donde el Espíritu Santo cayó sobre los que oían el discurso.” (Hch 10:44; 11:15). Recuérdese que eso ocurrió antes de que ellos fueran bautizados (Hch 10:47,48; 11:16,17; cf 1:5).
Pero la pregunta que hace Pablo a esos discípulos implica también que él era conciente de que había casos en que, por algún motivo, la conversión no era siempre seguida inmediatamente por la recepción del Espíritu Santo. La respuesta de los discípulos debe haber sido también para él una sorpresa mayor, porque ellos admitieron que no tenían idea de la existencia del Espíritu Santo.
Esta respuesta plantea un problema porque en los tres evangelios sinópticos (esto es Mateo, Marcos y Lucas) y en el de Juan, que narran el bautismo de Jesús por mano de Juan Bautista, se menciona la venida del Espíritu Santo sobre Jesús en una apariencia corporal como de paloma. Según Mateo esto fue algo que sólo Jesús habría visto; según Juan también fue visto por el Bautista, pero habría estado oculto a los ojos de los espectadores. No obstante Juan Bautista dio testimonio de lo que había visto y de que Jesús era el Hijo de Dios. Pero adicionalmente, según el evangelista Juan, el Bautista recibió una revelación especial acerca de la futura recepción del Espíritu Santo por los creyentes que sería impartida por Jesús (Jn 1:32,33).
El Bautista había recibido pues revelación acerca del Espíritu Santo, aunque sólo fuera limitada, pero habría que suponer que guardó parte para sí y no la divulgó toda. Por ese motivo estos discípulos que encontró Pablo, no sabían nada acerca de la existencia del Espíritu Santo. Esta suposición es confirmada por la explicación que el propio Pablo dará en Hch 19:.4 acerca del bautismo que practicaba Juan. (3)

3. “Entonces dijo: ¿En qué, pues, fuisteis bautizados? Ellos dijeron: En el bautismo de Juan.”
Esta nueva pregunta de Pablo alude a la costumbre de sumergirse en agua como un rito de purificación que era común en Israel y era practicada por muchos grupos. Los fariseos bautizaban a sus prosélitos, y los sectarios de Qumram también lo hacían.
La pregunta de Pablo equivale a decir: ¿Con qué grupo, o por quién fuisteis bautizados? (4) La respuesta fue directa: Fuimos bautizados en el bautismo de Juan por alguno de sus discípulos (como lo había sido Apolos: Hch 18:25), es decir, probablemente por uno que tenía un conocimiento deficiente. Entonces Pablo les dio una explicación clara de lo que ese bautismo significaba y hacia quién apuntaba:

4. “Dijo Pablo: Juan bautizó con bautismo de arrepentimiento, diciendo al pueblo que creyesen en aquel que vendría después de él, esto es, en Jesús el Cristo.”
Juan exhortaba a los pecadores a confesar sus pecados y a arrepentirse de ellos, y enseguida los sumergía en agua como señal de que su arrepentimiento era sincero y de que, por tanto, sus pecados les eran perdonados (Mr 1:4). Cuando él veía que se acercaban a él hipócritas que carecían de arrepentimiento –personas que, en realidad, venían a espiar lo que él hacía- les echaba en cara su falsedad y los rechazaba (Mt 3:7-9).
Pablo les recuerda además que Juan señalaba que después de él vendría otro, que sería el Mesías, (palabra que quiere decir “ungido”, al igual que la palabra griega “Cristo”) en quien todos debían creer, y del cual él era sólo el precursor (Jn 1:26,27).

5. “Cuando oyeron esto, fueron bautizados en el nombre del Señor Jesús.”
Apenas lo oyeron esos doce discípulos comprendieron que faltaba algo a su fe y se hicieron bautizar en el nombre de Jesús. Notemos que este es el único caso en el Nuevo Testamento de personas que hayan sido rebautizadas. Los apóstoles, por ejemplo, que habían sido bautizados por Juan (si no todos, ciertamente por lo menos dos de ellos: Andrés y su hermano Simón Pedro (Jn 1:40,41) no fueron nuevamente bautizados por Jesús. Al contrario, Jesús mismo no bautizaba, sino dejaba que sus discípulos lo hicieran por Él (Jn 4:1-3). Nótese que antes de la exaltación de Jesús el bautismo de Juan y el de Jesús eran esencialmente el mismo bautismo.
Vale la pena notar que Juan no bautizaba “en el nombre” de alguien. Él, como los fariseos y los esenios, bautizaba simplemente. Pero desde el inicio (Hch 2:38) los cristianos empezaron a bautizar “en el nombre de Jesús”. Este bautismo, una vez muerto y resucitado Jesús, era más que un bautismo de arrepentimiento y de perdón de pecados. Era una confesión pública de fe en Aquel en cuyo nombre eran bautizados, y era por ende un bautismo de regeneración que llevaba a una nueva vida (Rm 6:4).

6,7. “Y habiéndoles impuesto Pablo las manos, vino sobre ellos el Espíritu Santo; y hablaban en lenguas, y profetizaban. Eran por todos unos doce hombres.”
Pablo entonces hace un gesto, que era común en el judaísmo de su tiempo para significar diversas cosas:
Ordenación (Hch 6:6; 1Tm 4:13,14); encargo de una tarea (Hch 13:2,3); sanidad (Mr 5:23; 16:18; Lc 13:13; Hch 28:8); pero también, para los seguidores de Jesús, impartir el Bautismo en el Espíritu Santo (Hch 8:17; 9:17; Hb 6:2, y el presente pasaje). El Espíritu Santo tomó entonces posesión entera de los doce, de modo que empezaron a hablar en lenguas –tal como ocurrió en Pentecostés- y a profetizar. Aunque en el Antiguo Testamento no se conocía el Bautismo en el Espíritu Santo, y apenas se habla del Espíritu de Dios, sí hay instancias de personas que, sin ser profetas, movidas por el Espíritu, se ponen a profetizar (Saúl, por ejemplo: 1Sm 10:6,10), e incluso un profeta pagano a pesar suyo (Balaam: Nm 23:5-10;17-26; 24:1-9;13-25).

8,9. “Y entrando Pablo en la sinagoga, habló con denuedo por espacio de tres meses, discutiendo y persuadiendo acerca del reino de Dios. Pero endureciéndose algunos y no creyendo, maldiciendo el Camino delante de la multitud, se apartó Pablo de ellos y separó a los discípulos, discutiendo cada día en la escuela de uno llamado Tiranno.”
Enseguida Pablo, como era su costumbre, entró en la sinagoga de los judíos y empezó a hablarles con valor y abiertamente, y con la elocuencia que le daba el Espíritu Santo. Recuérdese que Pablo ya había visitado antes la sinagoga de Éfeso a su paso para Jerusalén (Hch 18:19-21). En esa ocasión había encontrado una acogida más favorable pues sus oyentes le rogaron que se quedara con ellos. Como eso no le fue posible en ese momento, él les prometió volver. De modo que este retorno suyo a la sinagoga de Éfeso fue en parte en cumplimiento de su promesa.
¿Cuál era el tema de sus discursos persuasivos? El texto dice “el reino de Dios”. Podemos pensar que eso incluía toda la doctrina acerca del sacrificio y muerte de Cristo, de su resurrección y de su próximo retorno, tal como él lo expone en sus cartas. Podemos imaginar también que él encontró mucha oposición –o al menos escepticismo- entre sus oyentes, pues dice el texto que discutía con los asistentes. Sin embargo, es de notar que antes que él Apolos ya había discutido con los judíos en la sinagoga, de modo que los asistentes ya habían escuchado, aunque incompleto, el evangelio del reino (Hch 18:26). ¿Quién sabe si la exposición de Apolos no habría alertado a los principales de la sinagoga acerca de este “camino” que se venía difundiendo, y si ellos no habrían solicitado información acerca de él a sus congéneres de Jerusalén? Eso podría explicar que en esta segunda visita él hubiera encontrado una audiencia menos dispuesta.
De hecho Pablo se encontró con algunos recalcitrantes que no sólo cuestionaban su mensaje, y se negaban a creer en lo que él les exponía, sino que adoptaron una actitud tan agresiva que lo persuadió de que era inútil que siguiera discutiendo con ellos, por lo que él abandonó la sinagoga llevándose consigo a los que habían creído en su mensaje. Notemos que así como el calor ablanda algunas cosas y endurece otras (como el huevo), la predicación del Evangelio ablanda algunos corazones pero endurece otros.
Las sesiones de indoctrinamiento prosiguieron, dice el texto, en la escuela de un hombre que se llamaba Tiranno. No sabemos nada acerca de él, aunque es probable que él fuera un maestro de retórica griego que, por algún motivo, asistía a la sinagoga, o que, habiendo entrado una vez, se había sentido atraído por el mensaje de Pablo.
La fe tiene caminos misteriosos y Dios había provisto por medio de este hombre un local donde Pablo pudiera seguir predicando y enseñando (5), al cual acudían muchos hombres que de otro modo no habrían escuchado su mensaje.

Notas: 1. Algunos estudiosos creen que ellos podrían haber recibido su conocimiento incompleto de la misma fuente que Apolos, e incluso, que podrían haberlo recibido de él antes de ser instruido por Aquila y Priscila.
2. En la versión impresa había escrito que era sólo muy probable.
3. Yo he dedicado hace seis años un artículo a tratar del escaso conocimiento que acerca del Espíritu Santo se tenía en tiempos del Antiguo Testamento (dentro del cual, según dijo Jesús en Lc 16:16, se enmarca el Bautista): “El Espíritu Santo Desconocido y Conocido”. # 411 del 05.03.06).
4. La sorpresa de Pablo se explica en gran parte si se tiene en cuenta que esos discípulos habían recibido el bautismo después de que Jesús hubiera muerto y resucitado. Si ellos ignoraban ese hecho fundamental ¿en qué consistía su fe?
5. Según el texto occidental Pablo enseñaba de la hora quinta a la hora décima (es decir, de las 11 am a las 4 pm) las horas más calurosas del día (¡las horas de la siesta!). Posiblemente dedicaba la mañana y la noche a su oficio de fabricante de tiendas para proveer a sus necesidades y a la de sus acompañantes (cf Hch 20:34). Es curioso que Lucas no mencione para nada en este episodio a los esposos Aquila y Priscila, fieles colaboradores suyos, que, sin embargo, se habían quedado en Éfeso (Hch 18:19). Pero nótese que en los saludos finales de la primera epístola a los Corintios, escrita en Éfeso, Pablo dice: “Aquila y Priscila, con la iglesia que está en su casa, os saludan mucho en el Señor.” (16:19), lo que quiere decir que en casa de ambos (que tiene que haber sido para ello suficientemente espaciosa) se reunía una parte de la iglesia de Éfeso. Según F.F. Bruce, es probable que fuera en Éfeso donde ellos arriesgaron su vida por Pablo (Rm 16:3,4), episodio que el libro de Hechos no consigna. A tenor del versículo siguiente de Romanos, cuando Pablo escribió esa epístola (estando en Corinto, año 56 o 57), ya ellos habían regresado a Roma, y en su casa se reunía también una parte de la iglesia de esa ciudad. El emperador Claudio, que había expulsado a los judíos de la capital del imperio el año 50, o poco después, había muerto el año 54.

Amado lector: Si tú no estás seguro de que cuando mueras vas a ir a gozar de la presencia de Dios, yo te animo a hacer la siguiente oración:
   “Yo sé, Jesús, que tú viniste al mundo a expiar en la cruz los pecados cometidos por todos los hombres, incluyendo los míos. Yo sé también que no merezco tu perdón, porque te he ofendido conciente y voluntariamente muchísimas veces, pero tú me lo ofreces gratuitamente y sin merecerlo. Yo quiero recibirlo. Me arrepiento sinceramente de todos mis pecados y de todo el mal que he cometido hasta hoy. Perdóname, Señor, te lo ruego; lava mis pecados con tu sangre; entra en mi corazón y gobierna mi vida. En adelante quiero vivir para ti y servirte.”

#729 (03.06.12). Depósito Legal #2004-5581. Director: José Belaunde M. Dirección: Independencia 1231, Miraflores, Lima, Perú 18. Tel 4227218. (Resolución #003694-2004/OSD-INDECOPI).

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