jueves, 24 de febrero de 2011

LA CONVERSIÓN DE ZAQUEO

Por José Belaunde M.
(Lucas 19: 1-10)
1. "Habiendo entrado Jesús en Jericó, iba pasando por la ciudad.”

Jesús había emprendido viaje a Jerusalén acompañado por sus discípulos y muchos otros que se le juntaron, como era usual que ocurriera. Él siguió la ruta más fácil a lo largo del Jordán. En el camino sucedieron los incidentes que relatan los dos capítulos anteriores. Por fin llegó a Jericó, la ciudad que marcaba la última etapa antes de subir a Jerusalén. El texto dice que Jesús caminaba por la ciudad.

Una pregunta que me viene de inmediato a la mente es ¿a dónde iba Jesús? Si caminaba para llegar a alguna parte, ¿tenía dónde alojarse? Como iba de viaje y estaba acompañado por un grupo de personas que no eran de la ciudad, es más que probable que muchos de ellos también pasarían la noche allí. Incluso es posible que muchos de la ciudad habían sido avisados por un mensajero que Jesús estaba llegando y habían salido a recibirlo en el camino antes de que llegara, como era costumbre en esa época (Véase Hch 28:14,15). De hecho es muy probable que ese “recibir al Señor en el aire” que menciona Pablo en 1ª Ts.4:17 sea una alusión a esa costumbre: cuando llegaba a una ciudad un general victorioso o algún personaje importante se le iba a recibir a medio camino para ingresar con él en triunfo a la ciudad –como ocurrirá poco después cuando Jesús entre triunfalmente a Jerusalén rodeado por una multitud que lo acompaña dando vítores desde el pueblo cercano de Betfagé (Lc.19:28ss). (Nota 1)

Naturalmente puede decirse que Jesús caminaba por las calles a sabiendas de que iba a encontrarse con Zaqueo (2) Pero ¿sabía Jesús de antemano siempre todo lo que iba a suceder y lo que iba a encontrar? No es imposible. Pero es también posible que Él simplemente se dejara guiar por el Espíritu sin saber a dónde lo llevaba y para qué, y que llegado el momento reconociera la ocasión y supiera de inmediato lo que tenía que hacer.

2-4 “.Y sucedió que un varón llamado Zaqueo, que era jefe de los publicanos y rico, procuraba ver quién era Jesús; pero no podía a causa de la multitud, pues era pequeño de estatura. 4. Y corriendo delante, subió a un árbol sicómoro para verle; porque había de pasar por ahí.”

El ingreso de Jesús a Jericó, aun sin pollino que lo cargue y sin palmas ni mantas en el suelo, en un anticipo en pequeño de la entrada triunfal en Jerusalén que se producirá poco después (v. 28-44). Zaqueo seguramente había sido avisado de que Jesús ha llegado, y que estaba caminando por la ciudad seguido por una numerosa comitiva. Él entonces ha corrido al encuentro de la multitud, pero no alcanzaba ver a Jesús a causa de su corta talla. Posiblemente había tratado de saltar a ver si veía algo, o se había encaramado a un poyo de piedra. Pero no era suficiente. Entonces rápidamente miró hacia adelante para donde tenía que pasar Jesús y divisó un sicómoro alto y se dijo: Ésa será mi torre de vigía. Y lo trepó sin tardar (3). Es posible que Jesús avanzara lentamente porque la calle sería estrecha y la gente se agolpaba alrededor suyo, o porque se detenía para hablar con alguno que le dirigía la palabra o le hacía preguntas.

5. “Cuando Jesús llegó a aquel lugar, mirando hacia arriba, le vio, y le dijo: Zaqueo, date prisa y desciende, porque hoy es necesario que pose yo en tu casa.”

Por fin pasó debajo del árbol y alzando los ojos, vio a Zaqueo y le dirigió las conocidas palabras “Zaqueo, date prisa...porque hoy tengo que hospedarme en tu casa...” ¿Podemos imaginar la sorpresa de Zaqueo? ¡Jesús sabe cómo me llamo! ¿Quién se lo ha dicho? ¿Cómo supo que estaba ahí trepado? ¡Y todavía me hace el honor de invitarse a mi casa! Pensamientos semejantes deben haber atravesado por su mente y trémulo de emoción debe haber corrido a su casa sintiendo que ese encuentro no era casual. ¡La mano de Dios estaba con él y lo había escogido para tan grande honra!

¿Qué debe haber pensado Zaqueo mientras volaba a casa? ¡Pero yo no soy digno de que Jesús venga donde mí! ¿Cómo lo voy a recibir? Lágrimas de emoción deben haber corrido por sus mejillas antes de trasponer su puerta y, fuera de sí, debe haber dado las órdenes necesarias a sus siervos para preparar el recibimiento. ¿Tendría mujer Zaqueo? Seguramente. Él era hombre rico y principal, aunque fuera posiblemente temido y odiado debido a su oficio de recaudador de impuestos.

6. “Entonces él descendió aprisa, y le recibió gozoso.”

¿Qué le diría trémulo a su mujer? ¡Jesús se va a alojar con nosotros! ¡Corre! Ve que todo esté listo. No creo que haya hombre o mujer que se convierta que haya recibido en su corazón a Jesús con más alegría y emoción que Zaqueo en su casa. Él debe haberse convertido y nacido de nuevo entre el sicómoro y la puerta de su mansión. Porque dice: le recibió gozoso. Era un Zaqueo diferente al que había trepado el árbol. ¡Maravillas de la gracia! ¡Cómo le brillarían los ojos al recibir a Jesús y hacerlo pasar!

7. “Al ver esto, todos murmuraban, diciendo que había entrado a posar con un hombre pecador.”

¡Qué le importaba que la gente murmurara! Seguro pensó: se mueren de envidia, porque nunca imaginaron que yo sería digno de recibir un honor semejante.

8. “Entonces Zaqueo, puesto en pie, dijo al Señor: He aquí, Señor, la mitad de mis bienes doy a los pobres; y si en algo he defraudado a alguno, se lo devuelvo cuadriplicado.”

La emoción de su corazón tocado por la gracia y su sorpresa ante el inesperado privilegio que le había sido concedido explican la decisión que de improviso tomó y que anunció al Maestro. ¡Con qué emoción y aplomo debe haber pronunciado esas palabras! “La mitad de mis bienes….”

Es curioso que Jesús no le replique: No, Zaqueo, si quieres ser perfecto tienes que dar a los pobres todo lo que tienes (Lc 18:22). A Zaqueo Jesús no le pide eso. Jesús trata a cada uno de manera diferente. No demanda de todos lo mismo, porque conoce el corazón de cada uno. A Zaqueo tampoco le pide que deje su cargo y le siga. Zaqueo siguió siendo cobrador de impuestos a diferencia de Leví, esto es, Mateo, que dejó su mesa de cobrador para seguir a Jesús (Mt 9:9). Jesús no necesita de Zaqueo como uno de sus doce. Tiene otra misión para él.

Zaqueo era consciente de que en el ejercicio de su ingrato oficio él pudo haber exigido más de lo debido a más de uno. Eso solían hacer los encargados de cobrar los impuestos y de esa manera llenaban sus arcas. Posiblemente él hacía lo mismo. Al restituir mucho más de lo que la ley requería (4) Zaqueo nos muestra cómo su corazón se había vuelto súbitamente más que generoso. El amor de Dios llenaba su corazón y, de avaro que había sido, se volvió dadivoso. Su gesto generoso es parte de los frutos de arrepentimiento que su conversión exigía. (5).

9. “Jesús le dijo: Hoy ha venido la salvación a esta casa; por cuanto él es también un hijo de Abraham.”

Al oír la declaración de Zaqueo Jesús proclamó: “Hoy ha venido la salvación a esta casa.” El pasado ya no cuenta. ¡Qué interesante! No dice: “ha venido a Zaqueo” sino a toda su casa. ¿Quiénes serían? “Casa” es sinónimo de “familia” y eso incluía, además de su mujer, de sus hijos e hijas, al personal de servicio, siervos libres o esclavos. Cuando Jesús entra a una casa, todos se salvan. ¡Quiera Dios que igual ocurra en la nuestra!

Jesús destaca un privilegio irrenunciable: este hombre es un hijo de Abraham. Ahora lo es a doble título: hijo por la carne e hijo por el espíritu. ¿Cuántos hay que pueden decir en nuestros días lo mismo? Su número está creciendo pero son todavía pocos.

10. “Porque el Hijo del Hombre vino a buscar y salvar lo que se había perdido.”

Jesús anuncia aquí cuál fue su misión en la tierra: buscar y salvar lo que se había perdido. A ti, y a mí, amigo lector, nos ha cabido el privilegio de ser uno de los que Jesús vino a salvar. Pero así como en los primeros tiempos de la iglesia no se contentaban con recibir ese don gratuito, sino que buscaban comunicarlo a otros, para aumentar el número de los que Jesús buscó y salvó, nosotros debemos hacer lo mismo en nuestro entorno, en nuestra ciudad: seguir las pisadas de Jesús para hablar en Su Nombre a todos los que, como Zaqueo, necesitan que Jesús les diga: “Hoy ha venido la salvación a esta casa”.

Es importante notar que Jesús no sólo vino a salvar a los que estaban perdidos, vino también a buscarlos. Él no espera que vengan a Él; se adelanta a buscarlos dondequiera que estén, como hizo en esta ocasión con Zaqueo yendo hacia donde él se encontraba.

Observaciones generales.

1. El episodio de Zaqueo nos muestra que la conversión y el perdón de pecados están ligados a los frutos de arrepentimiento, a la enmienda de nuestra conducta, sin la cual la conversión es vana. Solemos citar Is 1:18 como ejemplo del perdón ilimitado de Dios (“Venid luego, dice el Señor, y estemos a cuentas: si vuestros pecados fueren como la grana, como la nieve serán blanqueados; si fueren rojos como el carmesí, vendrán a ser como blanca lana.”) pero se olvida los versículos que le preceden, en los que Dios indica lo que se debe cambiar (“Lavaos y limpiaos; quitad la iniquidad de vuestras obras de delante de mis ojos; dejad de hacer lo malo; aprended a hacer el bien; buscad el juicio, restituid al agraviado, haced justicia al huérfano, amparad a la viuda”, v. 16 y 17). Y que Él termina diciendo: Si hacéis esto, entonces yo os perdonaré. Si no se rectifica la conducta, según los vers. 16 y 17, el perdón del v. 18 no se aplica.

Zaqueo muestra su verdadero arrepentimiento al enunciar su propósito de restituir generosamente lo cobrado en exceso y haciendo limosna con la mitad de sus bienes. Pero nótese el siguiente contraste: Zaqueo anuncia la restitución después de haber sido perdonado; en el pasaje de Isaías el cambio radical de conducta precede al perdón. En ambos, sin embargo, no son las obras las que merecen el perdón sino es la misericordia la que lo otorga. Pero esto supuesto, no hay nadie, ni aun el más grande criminal, que esté fuera del alcance de la misericordia de Dios.

2. Jesús aprovecha la menor ocasión para salvar un alma: aquí es un curioso subido a un árbol. Pero es un curioso que tiene necesidad de Dios (6). ¡Cuántas personas entran a un templo por curiosidad o porque no tienen otra cosa que hacer y son atrapados en la red que les tiende el predicador! Ryle dice que es mejor oír el Evangelio por mera curiosidad que no oírlo del todo. De igual manera diría yo que es mejor predicar el Evangelio por contención o vanidad, como dice Pablo (Flp 1:15-18), que no predicarlo del todo.

3. En verdad era un escándalo que Jesús fuera a hospedarse en casa de Zaqueo. Él era un publicano conocido (7), esto es, un pecador público, un enemigo de su pueblo. Las personas rectas, que dan el ejemplo en asuntos de moral y piedad, no visitan a hombres que causan escándalo. Pero Jesús no se detiene ante el “qué dirán”. No le importa que su reputación sufra cuando lo que está de por medio es la salvación de un alma (Véase a este propósito el episodio de la pecadora y el comentario que hace el fariseo, Lc 7:39). ¡Qué contraste con nuestra actitud cuando se nos acerca una persona de aspecto deplorable, pero que necesita de una palabra amable! Huimos de ella asqueados y nos apartamos para que no nos vean conversando con ella. Pero ¿qué haría Jesús en nuestro lugar?

4. Es sorprendente que el Evangelio narre este único episodio de conversión de todo lo ocurrido a Jesús a su paso por Jericó. De todas las personas que habitaban esa ciudad Zaqueo era posiblemente la que menos merecía que Dios se compadeciera de ella. En efecto, si las riquezas de alguno merecían ser llamadas injustas, esas eran las de Zaqueo (Lc 16:9). Pero una vez perdonado él comenzó a ganarse amigos con ellas en previsión del día en que toda riqueza material, y aun el aliento, le faltara.

5. Mathew Poole hace la iluminadora observación, que otros comentaristas han hecho también después de él, de que aunque Jesús había dicho muy recientemente que era muy difícil que un rico se salvara (Lc 18:24-27), este episodio muestra que con Dios no hay nada imposible y que Él puede transformar aun el corazón más endurecido.
Poole anota también que así como sólo tocar el borde del manto de Jesús podía sanar a un enfermo (Lc 8:43,44), igualmente una sola mirada suya puede convertir a un pecador. Y recuerda al respecto la mirada que Jesús echó a Pedro en el patio del Sumo Sacerdote y como eso bastó para que Pedro se arrepintiera (Lc 22:61). Pero observa también que muchas personas tocaron el manto de Jesús cuando Él caminaba rodeado de multitudes, y no sanaron; y sobre muchísimos recayó la mirada de Jesús, pero no se arrepintieron. Dios no obra mecánicamente sino cuando Él quiere. Los gestos de Jesús no producen resultados automáticamente, sino sólo cuando ésa es su intención o cuando concurre un elemento que provoca su acción, como en el caso de la hemorroísa en el que la fe de la mujer es el factor decisivo. (Lc 8:48).

6. Las palabras de Jesús: “...por cuanto él es también un hijo de Abraham” tienen un carácter reivindicatorio. Lo que Jesús está diciendo es: aunque sea odiado a causa de su oficio este hombre es también un sujeto de la promesa hecha a vuestro padre Abraham. En otras palabras: lo que un hombre pueda haber hecho es su vida pasada de pecado y el hecho de estar al servicio del extranjero, no impiden que la gracia se incline a él ni elimina los privilegios concedidos por la promesa de Dios a sus antepasados. La frase “hijo de Abraham” es señal de los privilegios concedidos por Dios al pueblo escogido en virtud de la fidelidad del fundador de su linaje. Con la muerte expiatoria de Jesús esos privilegios se extenderán a todos los habitantes del orbe que crean en Él. La universalización del propósito de Dios es el misterio escondido de que habla Pablo en Efesios y que ahora ha sido revelado (Ef 3:3-9).

Notas: 1. Ignorando ese contexto histórico algunos intérpretes han deducido de ese versículo que los creyentes, es decir la iglesia, va a ser arrebatada (secretamente) para encontrarse con Jesús en el aire para quedarse con Él allá arriba durante siete años. Lo que Pablo quiere decir es que los que quedaran vivos serán levantados para dar la bienvenida a Jesús en las nubes y descender en triunfo con Él.

2. Zaqueo quiere decir “puro” o “justo”, un nombre poco apropiado para un publicano. Pero él llegó a ser lo que su nombre significaba. En su caso se cumplió el dicho de Plauto: “nomen est omen”, es decir, “el nombre es un augurio”. O mejor, su nombre fue profético.

3. Que un hombre de la importancia que tenía Zaqueo en su ciudad se encaramara a un árbol, no deja de llamar la atención: tan grande era su deseo de ver a Jesús. Es una indicación de que él era posiblemente de origen plebeyo.

4. En el caso de confesión voluntaria la ley requería que se agregara un quinto al valor a ser restituido (Lv 6:5; Nm 5:7)

5. Los actos que Zaqueo anuncia que va a realizar muestran que su arrepentimiento era verdadero y profundo. Si hubiera sido algo superficial, no habría sacrificado su dinero para probarlo. Cabe pensar, sin embargo, que Zaqueo podría no haber sido un gran extorsionador, pues de haberlo sido habría dudado hacer un compromiso que pudiera resultarle muy oneroso si las sumas defraudadas fueran muy grandes.

6. No sabemos qué fue lo que movió a Zaqueo a buscar a Jesús, pero parece que sólo era la curiosidad de ver a este hombre de quien se decían tantas cosas extraordinarias. Pero quizá en esa curiosidad se manifestaba una necesidad espiritual insatisfecha. En todo caso, en esa curiosidad estaba obrando la gracia de Dios impulsando sus pies.

7. La palabra “publicano” viene del latín publicani, vocablo que tenía un sentido más amplio que el de “cobrador de impuestos” pues abarcaba a todos los contratistas del Estado. Por tanto, no es la traducción más adecuada para el término griego talones que figura ahí y en numerosos pasajes del Nuevo Testamento, y que sí quería decir estrictamente “cobrador de impuestos”. El odio que se tenía a los que ejercían esta profesión se debía a dos factores principales: 1) Ellos trabajaban por cuenta de los detestados dominadores extranjeros; y 2) Con mucha frecuencia hacían cobros excesivos para beneficiarse con la diferencia entre lo que recaudaban y lo que entregaban al fisco. El rechazo que el pueblo tenía por este grupo de personas se refleja en la pregunta capciosa que le hacen a Jesús: “¿Es licito pagar impuestos al César?” (Mt 22:17)
Pero Zaqueo era un arjitalones, un archipublicano, un jefe de recaudadores. Es decir, ocupaba un alto cargo en la administración de los tributos, por lo que posiblemente era más odiado que sus subordinados o que los publicanos de rango inferior. Siendo Jericó entonces un centro comercial y aduanero de importancia, Zaqueo debe haber tenido muchas ocasiones de acumular una gran fortuna.
(Impreso por primera vez el 18.09.02)