jueves, 9 de marzo de 2017

LA ESPERANZA DE LOS JUSTOS ES ALEGRÍA

LA VIDA Y LA PALABRA
Por José Belaunde M.
LA ESPERANZA DE LOS JUSTOS ES ALEGRÍA
Un Comentario de Proverbios 10:28-32
28. “La esperanza de los justos es alegría; mas la esperanza de los impíos perecerá.”

La esperanza del justo es alegría porque sabe que es cierta; en cambio, la del impío se desvanece, se frustra y, por tanto, no produce alegría sino tristeza.
¿Quiénes son los justos? Justos, en el sentido del Antiguo Testamento, del que forma parte el libro de Proverbios, son los que conforman su vida a la voluntad de Dios, acatando con un corazón sincero sus leyes, normas y principios. Ellos le honran con su conducta pero, además, justos son todos los que procuran el bien de la comunidad y le sirven, sabiendo que eso agrada a Dios. En el sentido del Nuevo Testamento justos son todos los que han sido justificados por la fe en Jesús (Rm 3:21-24).  
 El que vive sólo para sí, encerrado en sí mismo, buscando sólo su propio provecho, no agrada a Dios, por muy justo que parezca, o pretenda ser. El amor al prójimo, que es la otra cara del amor a Dios, demanda darse. Dar es lo propio del amor, y cuanto más alto, o sublime, sea el amor, mayor será el don. Da de sí la madre que amamanta al hijo que dio a luz y a quien ama casi más que a su propia vida. Da el padre lo mejor de sus fuerzas para poder sostener a la familia que ha constituido, y de la que está orgulloso.
Porque nos amaba Dios dio a su Hijo unigénito entregándolo a la muerte: “Porque de tal manera amó Dios al mundo que dio a su Hijo para que todo el que crea en Él tenga vida eterna.” (Jn  3:16). Si no nos amara, no lo hubiera dado.
¿Sufriría Dios al dar a su Hijo? No, no lo creo, sino más bien pienso que se gozaba contemplando el bien que con su sacrificio otorgaría a la humanidad salvándola de la condenación eterna. Dios Padre es el prototipo del “dador alegre”, del que habla Pablo a propósito de las ofrendas (2Cor 9:7), y de todo justo que mira al futuro con alegría porque da lo mejor de sí en el servicio de su Creador, a quien ama sobre todas las cosas.
Los que temen a Dios tienen su esperanza puesta en su misericordia, en que no los juzgará severamente como lo merecen, de acuerdo a sus fallas, sino que su amor cubrirá todas sus faltas, porque han sido lavadas por la sangre derramada de su Hijo (Ef 1:7; Ap 1:5).
El Padre se complace en ellos, esto es, los mira con agrado, porque tienen su esperanza puesta en Él, y ésa es la mejor garantía de su dicha futura, porque Él no defrauda a los que en Él confían (Is 49:23).
Esa seguridad les proporciona desde ya una gran alegría en su corazón, un gozo íntimo que se refleja en su rostro (Sal 105:3), y que edifica a todos los lo que los tratan; el gozo que la paz de Dios, “que supera todo entendimiento”, produce en el alma de los que sinceramente le buscan (Flp 4:7). Ése es el gozo con que Jesús premia a los que sinceramente le sirven (Mt 25;21,23; Jn 15:11; 16:24).
En cambio, la esperanza de los impíos perece, porque la pusieron en un objeto equivocado, en bienes que no perduran, sino que perecen como toda carne; porque la pusieron en las cosas que se ven, que son transitorias (riquezas, honores y placeres), en vez de haberla puesto en las cosas invisibles que son eternas (2Cor 4:18). Bien lo expresa el patriarca Job: “¿Cuál es la esperanza del impío, por mucho que hubiere robado, cuando Dios le quitare la vida?” (Jb 27:8; cf 8:13).
La maldad acorta la vida de los impíos porque los hace ir por caminos errados llenos de peligros imprevistos y de amenazas para su vida, como lo son los vicios en los que el malvado se deleita. Toda la felicidad temporal que el impío se promete con sus torpezas se tornará en tristeza y desesperación interminable cuando coseche el fruto de su ceguera al negarse a creer en las verdades que podían salvarlo (Jn 3:34).
29. “El camino de Jehová es fortaleza al perfecto; pero es destrucción a los que hacen maldad.”
El profeta Oseas dijo algo que casi parece un comentario a este proverbio: “Los caminos de Jehová son rectos, y los justos caminarán en ellos; mas los rebeldes caerán en ellos.” (14:9), porque nadie se opone impunemente a su voluntad.
No basta con que escuchemos una vez las advertencias que nos da el Señor. Debemos detenernos en ellas, estudiarlas y meditar en ellas para ponerlas en práctica. Sabemos que “el gozo del Señor es nuestra fortaleza” (Nh 8:10). Aunque el camino sea difícil y escarpado, seguir sus caminos es motivo de alegría para todos los que buscan hacer la voluntad de Dios en todo, porque tienen la seguridad de que Él los va a apoyar, como lo promete por boca de Isaías: “Él da esfuerzo al cansado, y multiplica las fuerzas del que no tiene ninguna.” (40:29). Y también: “Pero los que esperan en Jehová tendrán nuevas fuerzas; levantarán alas como las águilas; correrán, y no se cansarán; caminarán, y no se fatigarán.” (v. 31).
¡Cuántos no hemos experimentado alguna vez la verdad de estas promesas cuando estábamos a punto de abandonar la lucha desanimados, a punto de “tirar la toalla”, como se dice!
Así como los israelitas en el desierto no necesitaban guardar maná para el día siguiente, porque cada día recibían lo necesario para la jornada (Ex 16:4,16-18), de manera semejante el justo puede estar seguro de que día a día el Señor le proveerá de lo necesario. Bien nos enseñó Jesús a orar al Padre: “El pan nuestro de cada día…” (Mt 6:11), no para todo el mes, o para todo el año. No las fuerzas que sean necesarias para el día siguiente, o para la semana entrante, sino las que necesitamos hoy, y Él no nos fallará si hacemos lo que Él nos pide y espera de nosotros.
Es en Dios en quien debemos confiar, no en nosotros mismos. El que confía en sí mismo y no en Dios, porque cree no necesitarlo, verá cómo sus fuerzas algún día le fallan y sus rodillas flaquean. Por eso los que abandonan al Señor, o le hacen la guerra, escucharán algún día las terribles palabras: “Apartaos de mí, hacedores de maldad.” (Lc 13:27), y nada podrá salvarlos, porque ellos mismos en su ceguera escogieron el camino que lleva a la perdición.
Los que se apoyaron en Dios y desecharon el mal camino que se les presentaba con todos los atractivos de la seducción, como le ocurrió a José en casa de Potifar (Gn 39:8-12), saben que Dios no los abandonará en medio de la prueba, sino que dará junto con la tentación la salida (1Cor 10:13); como lo experimentó Pedro cuando estaba en la cárcel, y un ángel vino a librarlo (Hch 12:6-11); o como lo experimentó Daniel cuando estaba en la fosa de los leones y no lo tocaron (Dn 6:10-24).
La práctica constante de la virtud fortalece nuestros corazones y nos hace más fácil caminar por senderos rectos sin desviarnos. Como ocurrió con Pablo (Hch 23:1), una buena conciencia nos vuelve osados para enfrentar los peligros que nos acechan y constantes en el cumplimiento del deber; nos da paz y serenidad en medio de las tempestades, confiados en que el timón de nuestra barca está en las mejores manos.
30. “El justo no será removido jamás; pero los impíos no habitarán la tierra.”
Podría objetarse que los justos son a veces removidos de su lugar por las persecuciones, o que en ocasiones pueden pasar de la prosperidad a la adversidad, de la riqueza a la pobreza, como le ocurrió a Job; y que algún día correrán inevitablemente la suerte asignada a todos los hombres, de pasar de este mundo, que no quisieran abandonar, a otro que es mucho mejor, aunque la partida sea dolorosa. Pero nunca serán removidos del amor de Dios, pues nada los puede separar del amor de Cristo (Rm 8:39).
Dios nos dice por boca de Isaías que Él nos tiene grabados en las palmas de sus manos (Is 49:16). ¿Y quién nos podrá borrar? En virtud de la fe el justo posee desde ya la vida eterna (Jn 3:36; 5:24; 6:40) y nadie se la puede quitar.
En cambio, el impío no habita en esta tierra sino por un lapso limitado de tiempo, porque la vida humana es breve, pero no habitará ni un instante en la nueva tierra que Dios creará y en la cual morará la justicia (Is 65:17; 66:22; 2P 3:13). No siendo hijos de Dios, los impíos no tienen derecho a heredar la tierra prometida a los que siguen las pisadas de Cristo. Antes bien, ellos serán cortados de esta tierra y desarraigados (Pr 2:22).
Los dos proverbios siguientes expresan ideas afines, que hablan del poder de nuestras palabras, y que nos recuerdan las palabras de Jesús: “El hombre bueno, del buen tesoro del corazón saca cosas buenas; y el hombre malo, del mal tesoro saca cosas malas.” (Mt 12:35). De modo que lo que el hombre diga depende de lo que tenga en su corazón. Pero nunca deberíamos olvidar las palabras de Jesús que siguen: “Mas yo os digo que de toda palabra ociosa que hablen los hombres, de ella darán cuenta en el día del juicio. (¡Oh Dios, cuántas palabras ociosas habré yo pronunciado en mi vida!) Porque por tus palabras serás justificado, y por tus palabras serás condenado.” (Mt 12:36,37).
La sabiduría es una recompensa que recibe el hombre que agrada a Dios, según dice Eclesiastés 2:26. Pero es también fruto de sus esfuerzos por alcanzarla, como nos insta a hacer el proverbista: “Sabiduría ante todo; adquiere sabiduría; y sobre todas tus posesiones adquiere inteligencia.” (Pr 4:7). Porque el premio que recibirás de ese empeño será grande: “Engrandécela, y ella te engrandecerá; ella te honrará cuando tú la hayas abrazado.” (v. 8).
Al leer estos dos proverbios haríamos bien en recordar lo que Salomón ha dicho ya en este capítulo acerca de la boca (vers. 10, 20 y 21). Y sería bueno que recordemos el enorme efecto que pueden tener las palabras dichas en el momento oportuno, como cuando Gedeón aplacó la ira de los de Efraín (Jc 8:1-3). O como cuando Abigaíl retuvo la mano de David que estaba decidida a derramar sangre para vengar la ofensa que Nabal le había hecho (1Sm 25:23-33). O como cuando Daniel encaró al poderoso rey Nabucodonosor (Dn 4:24-27).
31. “La boca del justo producirá sabiduría; mas la lengua perversa será cortada.”
La boca del justo “produce” en el sentido de “to bring forth” (NKJV). Esto es, dice, o manifiesta, cosas sabias que instruyen, y por ese motivo permanece; al contrario de la lengua perversa que no habla sabiduría, sino maldades, necedades y pecado, y por eso corrompe en vez de edificar; y desalienta en vez de alentar. Como una rama seca que cuelga inútil del árbol, será cortada y quemada en el fuego.
No puede el árbol malo producir buenos frutos, ni el bueno producirlos malos, dijo Jesús (Mt 7:18) porque el árbol da fruto de acuerdo a su naturaleza, o condición. De manera semejante, las palabras y los hechos del impío serán reflejo, o fruto, del estado de su alma, así como también las palabras y hechos del justo corresponden a su naturaleza.
¿Cuál es nuestro estado? ¿Cuáles son los frutos que producimos? ¿Estamos unidos al tronco por donde fluye la savia divina, esto es, la gracia de Dios? ¿Somos pámpanos que permanecen en la vid verdadera? ¿O seremos cortados como sarmientos inútiles que no rinden buen fruto, para ser quemados más adelante? (cf Jn 15:1-6).
32. “Los labios del justo saben hablar lo que agrada; mas la boca de los impíos habla perversidades.”
Así como dicen cosas sabias, los labios del justo dicen cosas que agradan, no precisamente porque sean siempre agradables a los sentidos, sino porque son verdaderas. La verdad y la sabiduría son siempre agradables de oír para los rectos, aunque pueden ser en sí amargas. Las palabras de sabiduría son como miel para el justo, pero amargas, o insípidas, para los impíos. A ellos sólo les gusta hablar y oír cosas perversas. Sólo las palabras perversas les son sabrosas. Cada cual gusta de aquello a lo que se siente atraído porque corresponde a su naturaleza. El bien y el mal son como los polos positivo y negativo del imán. Lo que uno atrae, rechaza el otro.
¡Y qué importante es que sepamos captar la atención de los oyentes a quienes queremos enseñar o predicar! Debemos ganarnos sus oídos para que podamos ganarnos su corazón, dice acertadamente Ch. Bridges. Debemos persuadirlos con dulzura (2Cor 5:11,20), compasión (Rm 9:1-3) y simpatía (Tt 3:2).
Para que el pueblo busque la ley de labios del sacerdote que debe instruirlos, dice Malaquías, la iniquidad nunca debe ser hallada en su boca (2:6,7). Como sí ocurre, en cambio, con la boca del impío, que está llena de perversidades, y que por eso será cortada (Pr 10:31; Sal 12:3); o como dice otro salmo, porque “amaste el mal más que el bien; la mentira más que la verdad.” (Sal 52:3) ¡Oh Señor, haz que amemos más la verdad que la mentira; más el bien que el mal, y que nos aferremos al uno desechando al otro! ¡Pero sobre todo, que nos aferremos a ti!
NB. Al publicar este artículo quiero reconocer mi deuda con los comentarios de John Gill (1697-1771) y Charles Bridge (1794-1869), que he leído con provecho.
Amado lector: Jesús dijo: "¿De qué le sirve al hombre ganar el mundo si pierde su alma? (Mt 16:26) "Si tú no estás seguro de que cuando mueras vas a ir a gozar de la presencia de Dios, yo te invito a pedirle perdón a Dios por tus pecados haciendo una sencilla oración:
"Jesús, tú viniste al mundo a expiar en la cruz los pecados cometidos por todos los hombres, incluyendo los míos. Yo sé que no merezco tu perdón, porque te he ofendido consciente y voluntariamente muchísimas veces, pero tú me lo ofreces gratuitamente y sin merecerlo. Yo quiero recibirlo. Me arrepiento sinceramente de todos mis pecados y de todo el mal que he cometido hasta hoy. Perdóname, Señor, te lo ruego; lava mis pecados con tu sangre; entra en mi corazón y gobierna mi vida. En adelante quiero vivir para ti y servirte."

#935 (24.07.16). Depósito Legal #2004-5581. Director: José Belaunde M. Dirección: Independencia 1231, Miraflores, Lima, Perú 18. Tel 4227218. (Resolución #003694-2004/OSD-INDECOPI). 

miércoles, 22 de febrero de 2017

LO QUE EL IMPÍO TEME, ESO LE VENDRÁ

LA VIDA Y LA PALABRA
Por José Belaunde M.
LO QUE EL IMPÍO TEME, ESO LE VENDRÁ
Un Comentario de Proverbios 10:24-27
24. “Lo que el impío teme, eso le vendrá; pero a los justos les será dado lo que desean.”
El temor es la fe de los impíos, de los que no creen en Dios, que atraen sobre sí lo que temen. Temen a los hombres, a lo que ellos pueden hacerles. Pero no temen a Dios y si le temen, le temen sin esperanza. En cambio, el justo le teme y confía.
            El temor es fe a la inversa. Los que creen (es decir, temen) reciben aquello en que ponen su fe (es decir, su temor). Como el justo tiene puesta su confianza en Dios, lo que desee lo desea con fe, y por eso lo recibe. Dicho de otro modo, tanto la fe como el temor atraen a su objeto.

            Eso ocurre incluso con los justos, como atestigua Job: “Porque el temor que me espantaba me ha venido, y me ha acontecido lo que yo temía.” (3:25). Y lo anuncia sarcásticamente el proverbista respecto de los simples que no hacen caso de las reprensiones de la sabiduría: “También yo me reiré de vuestra calamidad, y me burlaré cuando os viniere los que teméis.” (Pr 1:26; cf v. 27; Is 66:4).
            El impío recibe no lo que desea sino lo que es indeseable, y que intuye con temor que   le va a venir. Su temor es no sólo la voz de su conciencia que él trata de acallar, sino la voz de su entendimiento, que percibe cuáles serán las consecuencias inevitables de sus actos. Sabe, aunque no quiera verlo, que a la larga uno cosecha lo que siembra (Gal 6:7). En términos simples: El que daña, se hace daño. O como dice otro proverbio: “Al que busca el mal, éste le vendrá.” (11:27b). En cambio Dios se inclina hacia el justo y se complace en satisfacer sus deseos, porque nunca le desea mal a nadie (11:23a): “Le has concedido el deseo de su corazón, y no le negaste la petición de sus labios.” (Sal. 21:2; cf 20:4; 37:4; 145:19).
            “Pero a los justos les será dado lo que desean.” ¡Qué contraste formidable! El impío recibe lo que teme; el justo, lo que desea. El primero lo que no quisiera; el segundo, lo que desea. En el primero, es el temor lo que atrae lo que recibe; en el segundo, es el amor,  porque desear es amar.
            En la historia sagrada hay varios ejemplos de impíos que reciben lo que temen, justamente por el medio que emplean para impedir que les sobrevenga. Uno de los más instructivos es el del rey Acab de Israel, que se había aliado con Josafat, rey de Judá, con el propósito de recuperar la ciudad de Ramot de Galaad, que había caído en poder de los sirios. Acab temía que él pudiera morir en el enfrentamiento, tal como el profeta Micaías había predicho. Por ello le propuso a Josafat intercambiar sus ropas, de manera que los que se propusieran matarlo, no lo atacaron a él sino a su aliado. Su astucia estuvo a punto de tener éxito porque los sirios atacaron a Josafat pensando que era Acab. Pero cuando se dieron cuenta de que no lo era, lo dejaron. Entonces un hombre (no sabemos de qué bando) tomó su arco y disparó una flecha a la ventura, que fue a caer sobre Acab, hiriéndolo de muerte (1R 22:10-37). Por más precauciones que él tomara, lo que Dios había decretado que sucediera, y que él temía, le ocurrió.
            Por el lado contrario, vemos que Dios nos asegura que nosotros tendremos las cosas buenas que le pedimos (1Jn 5:14,15; cf Jn 16:23), según dice un salmo: “Abre tu boca y yo la llenaré.” (Sal 81:10b). La condición, sin embargo, es que todo lo que pidamos sea bueno (Pr 11:23a), y no como a veces, en un momento de depresión, pudiéramos desear, tal como ocurrió con Elías y Jonás, que desearon morir cuando aún tenían mucho que hacer para Dios (1R 19:4; Jon 4:3).
25. “Como pasa el torbellino, así el malo no permanece; mas el justo permanece para siempre.”
El impío es, en efecto, como un torbellino o un huracán que pasa raudo y todo lo destruye a su paso, pero no dura y al poco tiempo desaparece: “Vi al impío sumamente enaltecido, y que se extendía como laurel verde. Pero él pasó, y he aquí ya no estaba; lo busqué y no fue hallado.” (Sal. 37: 35, 36; cf v.10; 73:19; Jb 20:4-9).
El justo, en cambio, es como un roble que tiene sus raíces firmemente plantadas en la tierra. El torbellino puede afectarlo, pero no desarraigarlo: “Lo que confían en Jehová son como el monte de Sión, que no se mueve, sino que permanece para siempre.” (Sal. 125:1; cf Pr. 12:3; 1Jn 2:17).
            Aunque pueda parecer débil, el justo es como la brisa que refresca, que es duradera, y cuando falta, se le extraña. Pero nadie desea que venga el torbellino.
            Él es como la piedra angular sobre la que reposa el edificio. Nadie la ve. Está escondida en tierra, pero sin ella el edificio no se sostendría. Él no será removido jamás porque está plantado sobre la roca firme que es Jesucristo (Mt 7:24,25), la piedra angular por excelencia (Sal 118:22).
            Juan Crisóstomo hace una observación interesante, basada en el texto ligeramente diferente de la Septuaginta (que era la versión del Antiguo Testamento que los cristianos de habla griega usaban en los primeros siglos): Cuando viene el torbellino de la tentación el impío no permanece firme, sino cede a ella y peca, porque no sabe resistirla. En cambio el  justo, acostumbrado como está a buscar siempre el bien en todo, sabe resistirla, y por eso permanece firme en la gracia de Dios hasta alcanzar la vida eterna.
26. “Como el vinagre a los dientes, y como el humo a los ojos, así es el perezoso a los que lo envían.”
¿Cuál es el efecto que el vinagre, y todo ácido, tiene sobre los dientes? Hace que sus raíces, aunque estén ocultas, y toda parte cariada, duelan. ¿Y qué ocurre cuando el humo nos envuelve? Nuestros ojos se irritan y lagrimean, y no podemos ver bien. Así de enojoso es el perezoso para quienes lo emplean.
            El que confía a un perezoso un encargo urgente esperará en vano que lo cumpla, porque encontrará mil excusas para no partir, y cuando lo haga, se detendrá cansado a cada rato en el camino, o se distraerá conversando con la gente que encuentre. No tiene prisa en cumplir su cometido. Y puede ocurrir que cuando llegue habrá olvidado lo que tenía que decir o hacer. Por eso, estando advertido, tan culpable es el perezoso que no cumple bien el encargo que se le confió, como el que lo envió, porque no supo escoger bien al mensajero. Si después la frustración le hace llorar, no tendrá a quién quejarse, porque le dirán: ¿No sabías tú que este perezoso no es confiable? Pusiste tu dinero en un bolsillo roto. No te quejes, pues, de tu pérdida (Pr 13:17a; 26:6).
            El personaje del perezoso ocupa un lugar importante en el libro de Proverbios, y está muy bien descrito (Nota). De él se dice que así como la puerta gira sobre sus goznes, pero no se mueve de su sitio, el perezoso se revuelve en su cama, pero no sale de ella (26:14), se entiende, para hacer lo que le toca hacer, y de esa manera lo va postergando. Da como pretexto la excusa más ridícula: el león está en la calle y en los caminos, y si salgo expongo mi vida (22:13; 26:13), como si ya no lo hubieran matado si fuera cierto lo que teme. Es tan perezoso que, estando en la mesa, prefiere pasar hambre a hacer el pequeño esfuerzo de llevar el bocado del plato a la boca (19:15; 26:15). Es tan necio en su vana opinión de sí mismo, que él, que nunca estudió ni investigó nada, se considera más sabio que los que por el estudio diligente y su experiencia de vida, están en condiciones de dar consejos útiles a la gente que se los pide (26:16).
            A menos que haya heredado mucho dinero, no dejará de sentir algún día las consecuencias de su negligencia, cuando la pobreza inexorable asome a su puerta (6:9-11; cf 24:32-34). Así actúa pese a que tiene el ejemplo del más pequeño de los insectos, la hormiga, que por instinto, y sin que nadie se lo ordene, acopia su comida en la estación favorable (6:6-9).
            Si es agricultor, evita el esfuerzo de arar su campo en invierno, de modo que no puede sembrar, y menos podrá cosechar cuando todos lo hagan en verano (20:4), provocando la compasión y las críticas burlonas de sus vecinos. Llegará el momento en que, como se negó a trabajar cuando debía (21:25), su vida se llenará de dificultades, de las que está exento el recto que es diligente (15:19).
27. “El temor de Jehová aumentará los días; mas los años de los impíos serán acortados.”
Esta es la primera vez que el concepto del temor de Dios aparece en la segunda parte del libro de Proverbios que empieza en este capítulo.
En este proverbio se señala que el temor de Dios es un factor positivo en la duración de nuestra vida. El que teme a Dios tenderá a vivir más años que el que no le teme (9:11). ¿Por qué la diferencia? El temor de Dios tiene este efecto positivo: Nos ayuda a regular nuestra vida de una manera racional y sana. Nos aleja de vicios que podrían afectar nuestra salud, y nos preserva de situaciones comprometedoras y peligrosas. Nos ayuda a mantener buenas relaciones con allegados y parientes, así como con extraños, lo cual aparta de nosotros las tensiones que pueden causar las relaciones humanas tirantes o desagradables. En fin, y sobre todo, el temor de Dios nos aleja del pecado, proporciona paz a nuestra alma y nos colma de satisfacciones espirituales.
La contraparte (que la vida del que carece de temor de Dios es corta) se desprende sola y no necesita de pruebas. Eso es algo, además, que la experiencia con multitud de ejemplos demuestra (Ecl 8:12,13). La existencia de las personas que llevan vidas irregulares, entregadas al vicio y proclives a acciones deshonestas, suele ser corta, sea porque las malas costumbres arruinan su salud, sea porque exponen su vida a peligros en los que el que teme a Dios no incurre (Jb 15:32).
El temor de Dios es una gracia multiforme que abarca muchas cosas, siendo como es el principio, o fundamento, de la sabiduría (Pr 1:7). El temor de Dios nos hace sabios, mientras que su ausencia nos vuelve necios. Porque carece de temor de Dios, el impío vive lleno de temores, reales o imaginarios. Teme a los que odia; teme la venganza de los que de alguna forma perjudicó, o hizo daño. Él sabe en el fondo de su corazón cuánta verdad encierra el proverbio que comentamos al inicio de este artículo: “Lo que el impío teme, eso le vendrá.” Porque su conciencia lo acusa, carece de paz y esa carencia afecta su salud.
Con frecuencia la vida de los que no temen a Dios es cortada de golpe, como ocurrió con los dos hijos impíos del sacerdote Elí, a los que su padre no corrigió como debiera haber hecho en su momento (1Sm 2:12-17,34; 3:11-14; 4:11); o con Ananías y Safira, que le mintieron al Espíritu Santo (Hch 5:1-10).
El que teme a Dios sabe que al final de su vida terrena sus días se prolongarán en el día sin ocaso en que no habrá necesidad de sol ni de luna para alumbrarnos, porque Jehová será nuestra luz perpetua (Is 60:19; cf Ap 21:23; 22:5).
Nota: Derek Kidner le dedica un interesante estudio en su libro “Proverbios”.
Amado lector: Jesús dijo: "¿De qué le sirve al hombre ganar el mundo si pierde su alma? "Si tú no estás seguro de que cuando mueras vas a ir a gozar de la presencia de Dios, yo te invito a pedirle perdón a Dios por tus pecados haciendo una sencilla oración:
"Jesús, tú viniste al mundo a expiar en la cruz los pecados cometidos por todos los hombres, incluyendo los míos. Yo sé que no merezco tu perdón, porque te he ofendido consciente y voluntariamente muchísimas veces, pero tú me lo ofreces gratuitamente y sin merecerlo. Yo quiero recibirlo. Me arrepiento sinceramente de todos mis pecados y de todo el mal que he cometido hasta hoy. Perdóname, Señor, te lo ruego; lava mis pecados con tu sangre; entra en mi corazón y gobierna mi vida. En adelante quiero vivir para ti y servirte."

#934(17.07.16). Depósito Legal #2004-5581. Director: José Belaunde M. Dirección: Independencia 1231, Miraflores, Lima, Perú 18. Tel 4227218. (Resolución #003694-2004/OSD-INDECOPI). 

miércoles, 1 de febrero de 2017

CON MI VOZ CLAMARÉ A JEHOVÁ

LA VIDA Y LA PALABRA
Por José Belaunde M.
CON MI VOZ CLAMARÉ A JEHOVÁ
Un Comentario del Salmo 142
“Masquil de David. Oración que hizo cuando estaba en la cueva.”

“Masquil” quiere decir enseñanza. Según la inscripción que figura en el encabezamiento, este salmo habría sido compuesto cuando David se encontraba escondido en una cueva, huyendo de Saúl, en lo que fue quizá el momento más bajo de su carrera. Él se encontró dos veces en ese trance. Una, cuando se escondió en la cueva de Adulam (1Sm 22:1,2), y sus hermanos y una turba de afligidos vino a juntársele; y otra, cuando se escondió en una cueva en el desierto de En-Gadi, cerca del Mar Muerto, en que pudo haber matado a Saúl, que se encontró en un momento a su merced, pero renunció a atentar contra el ungido de Dios (1Sm 24:1-7). Nos es difícil imaginar que un hombre, que iba a ocupar un lugar tan prominente en su país, pudo haber pasado por situaciones tan desesperadas, huyendo de un hombre que se había propuesto matarlo. Pero quizá esa prueba sirvió de preparación para la misión que después le tocaría desempeñar.
El salmo habría sido escrito en una de esas dos ocasiones, o quizá algún tiempo después recordando esas penosas experiencias. Pero debe tenerse en cuenta que las inscripciones como éstas, que figuran en muchos salmos, fueron añadidas mucho tiempo después de su composición por personas que querían vincularlos con incidentes, o circunstancias determinadas de la vida del rey poeta. No forman parte del texto inspirado y, por tanto, la información que proporcionan no es necesariamente infalible.
Podemos notar que, pese a su tono angustiado, el salmo termina con una nota de esperanza. Los dos primeros versículos son ejemplos de paralelismo sinónimo.
1. “Con mi voz clamaré a Jehová; con mi voz pediré a Jehová misericordia.”
El salmista angustiado eleva su voz a Dios, pidiendo auxilio, apelando a su misericordia. Esto es imagen de lo que todos nosotros hacemos cuando nos encontramos desesperados. ¿A quién recurrir en esa situación sino a Dios? ¿Quién puede apiadarse más de uno que Él, y quién tiene el poder de socorrernos sino Él?
El salmista dice que clamará y pedirá con su voz a Dios misericordia, esto es, que se apiade de él y lo ayude.
¿Por qué insiste tanto en que lo hará “con su voz”? ¿Hay alguna manera de pedir ayuda sin hacerlo en voz alta? Levantamos la voz cuando nos encontramos en peligro y estamos angustiados. En ese tipo de situaciones no basta con orar mentalmente, aunque Dios escuche nuestros pensamientos. Es necesario clamar a voz en cuello, que todos los que estén alrededor escuchen, que todos estén enterados, aunque no hagan nada para ayudarnos, para vergüenza suya.
Quizá la actitud de no atender al clamor del angustiado esté dominada por el pensamiento: ¿Para qué me voy a meter en problemas? Esa es una actitud cobarde muy prevaleciente.
Cuando nuestra oración desesperada ha sido escuchada, nos conforta recordar las circunstancias en que lo fue, y volver a sentir ese alivio y ese agradecimiento a Dios que nos conforta con la seguridad de que si volvemos a pasar por una situación angustiosa, nuestra oración volverá a ser escuchada. David recuerda que fue a Dios a quien acudió. No buscó otro defensor, otro abogado, porque Él bastaba.
2. “Delante de Él expondré mi queja; delante de Él manifestaré mi angustia.”
Este versículo es la continuación del versículo anterior y es también un ejemplo de paralelismo sinónimo.
Felizmente cuando el hijo de Dios se encuentra en dificultades, no está desamparado. Puede acudir a su Padre para exponerle su situación y pedirle ayuda, seguro de que no será rechazado. Puede presentarse delante de Él, pues tiene acceso a su cámara privada.
Cuando nos encontramos en un peligro angustioso, o simplemente en necesidad, podemos recibir diversos tipos de respuesta a nuestro pedido de ayuda. Habrá algunos orgullosos que, satisfechos de su poder, creen no necesitar de nadie, y que miran con desprecio al que clama por ayuda. Habrá quienes respondan con frialdad, porque la necesidad ajena los deja indiferentes. Habrá también la falsa simpatía de los hipócritas que no mueven un dedo para ayudar a otro.
Spurgeon dice que podemos quejarnos a Dios, pero no de Dios. Con Él podemos ser completamente francos, describiendo nuestra situación sin reservas ni timidez, algo que no podríamos hacer con la mayoría de nuestros semejantes, pues podrían aprovecharse más tarde de nuestra franqueza, y echarnos en cara lo que imprudentemente revelamos.
Él dice también que nosotros le mostramos nuestra situación a Dios, no para que Él la vea, sino para que nosotros lo veamos a Él, para alivio nuestro; no para informarle de lo que Él ya conoce, sino para que estemos seguros de que Él nos escucha y tiene el poder para ayudarnos. Al describirle nuestra situación Él nos iluminará para que veamos cómo la situación peligrosa puede desvanecerse, o en qué medida no es tan grave como nosotros lo imaginamos. Pero si el peligro en verdad fuera grande, más grande es su poder para salvarnos de él.
3. “Cuando mi espíritu se angustiaba dentro de mí, tú conociste mi senda.”
“En el camino en que andaba me escondieron lazo.”
Cuando enfrentamos un grave peligro, o una situación difícil, es natural que nos angustiemos, que tengamos temor ante el posible desenlace contrario. El salmista le dice a Dios: Cuando yo estaba en esa situación, tú eras consciente de lo que me ocurría, y acudiste en mi ayuda en el momento oportuno. Tú viste cómo mis enemigos sin escrúpulo alguno me tendieron una trampa para hacerme caer. Estaba enteramente a su merced.
David, que era un héroe, dice Spurgeon, pudo derribar a un gigante, pero no pudo en este aprieto mantenerse espiritualmente de pie. Entonces, después de haber descrito la condición en que se hallaba, dejó de mirarla, y elevó su pensamiento a Dios que todo lo ve y todo lo puede.
Dejó de mirar su propia impotencia, para ver al Omnipotente. Él entendíó  que Dios ve lo que nosotros no vemos,  que Él puede lo que nosotros no podemos; que Dios nunca ignora nuestra situación, porque si bien nosotros todos los días nos echamos a dormir para descansar, el que guarda a Israel nunca se cansa ni se duerme (Sal 121:4).
Nosotros muchas veces no sabemos qué podemos hacer, o qué camino tomar, pero Dios siempre sabe qué es lo que se puede hacer, sabe cuál es la solución, qué medio usar.
¡Oh, sí, confiemos en Él! Cuanto más difícil y peligrosa sea la situación, más debemos confiar en Él, porque para Él no hay nada imposible (Lc 1:37).
4. “Mira  a mi diestra y observa, pues no hay quien me quiera conocer.”
“No tengo refugio, ni hay quien cuide de mi vida.”
El salmista clama a Dios para que vea la situación en que se encuentra como si Él no la conociera. Pero es una manera de expresar su angustia, y también una forma de describirla para beneficio de los lectores del salmo que no la conocen.
“Mira a mi diestra” es una manera convencional de decir: Mira la situación en que me hallo. No encuentro a nadie que me acoja, o con quien pueda hablar. Soy un indeseable para todos. Me encuentro desamparado. Si tú no cuidas de mí, nadie lo hará.
Una de las situaciones más difíciles en que se pueda encontrar una persona es cuando se encuentra en un lugar inhóspito, donde no conoce a nadie y nadie lo conoce. Es un extraño y todos lo miran con desconfianza, si no es con desagrado, o antipatía, o directamente rechazo, sobre todo si su aspecto es diferente, sea por el color de su piel, u otra característica física, sea por su indumentaria. Cuanto más pequeño es el pueblo o lugar, cuanto más apartado del tráfico de la gente, mayor será la reacción negativa frente al forastero.
¡Qué triste es cuando necesitamos que se nos ayude, y no encontramos a nadie que esté dispuesto a hacerlo! Todos nos dan la espalda y nos abandonan a nuestra suerte. Ésa fue la experiencia por la que pasó Jesús según Él mismo había predicho que ocurriría cuando los esbirros enviados por los sacerdotes del templo vinieran a apresarlo, según lo profetizado por Zacarías: “Hiere al pastor y serán dispersadas las ovejas.” (Zc 13:7; cf Mt 26:31)
David había conocido a muchos que le debían tanto, pero ahora que él necesitaba ayuda nadie lo conocía, todos lo habían olvidado. Eso sucede a menudo en el mundo: Cuando estás arriba todos alegan conocerte desde la cuna; cuando estás abajo, todos te desconocen, no recuerdan tu nombre ni tu cara. Nadie se interesa por tu suerte.
5. “Clamé a ti, oh Jehová; Dije: tú eres mi esperanza, Y mi porción en la tierra de los vivientes.”
Pero yo sé que puedo confiar en ti; tú eres la roca firme en que puedo apoyar mis pies, y mi escudo que me protege de mis enemigos. En verdad, tú eres el único en quien puedo confiar, porque eres el único que no falla, el único que me ama con amor eterno. Desde antes de que naciera, desde antes de que me cargara mi madre, tú me has tenido en tu regazo.
“La tierra de los vivientes” es una expresión que designa a los habitantes que pueblan la tierra, en oposición a los que ya descendieron al Seol, a la tumba. Es una manera de decir: en este mundo.
La expresión “mi porción” nos remite al salmo 16 en que David dice que Jehová es la porción, o parte, que le ha tocado como herencia; esto es, algo que es realmente suyo, una propiedad que nada ni nadie le puede discutir. Y así es realmente. Aunque somos sus criaturas y le pertenecemos, Dios a su vez, nos pertenece.
Notemos que en este versículo David clamó primero, y que después habló. Su grito fue angustioso, pero las palabras que salieron de su boca rebosaban confianza: “Tú eres mi esperanza”. Yo sé que no estoy solo, que tú no me has abandonado. Yo estaba huyendo de los enemigos que me persiguen, y encontré refugio en esta cueva, pero mi verdadero refugio eres tú, el inconmovible, el que nunca cambia.
Dios era la porción que le quedaba en la tierra de los vivientes porque le habían arrebatado la porción que en justicia le correspondía en la corte, el sitial que se había ganado con sus proezas.
6. “Escucha mi clamor, porque estoy muy afligido. Líbrame de los que me persiguen, porque son más fuertes que yo.”
Sólo tú, oh Dios, puedes librarme de esta aflicción. Por eso clamo a ti desesperado. Tú tienes el poder de librarme de los que me acosan, que son más numerosos y fuertes que yo. Reconozco mi debilidad en esta situación. No tengo nada de qué jactarme, y sólo cuento contigo para protegerme.
Cuando nos encontramos en una situación angustiosa, de grave peligro, sólo Dios es nuestro auxilio. Pero podemos acudir a Él confiados, sabiendo que Él nos ama y se preocupa por nosotros. En verdad, a lo largo de toda esa situación apremiante sus ojos no se han apartado de nosotros y sabe qué es lo que va a hacer. Yo me encuentro en un hoyo sin salida, según creo, pero Él sabe cómo me va a librar.
David reconoce que los que le persiguen son más fuertes que él. Él no puede enfrentarlos porque le superan en número. Pero si ellos son más fuertes que yo, tú, mi Dios, eres más fuerte que ellos.
Yo he caído muy bajo, pero no tan bajo que no me puedas rescatar. ¿Habré caído tan bajo que mis oraciones no lleguen a tus oídos? Aunque estuviere en lo más profundo de la tierra, tú escucharías mi voz.
Yo no puedo librarme de los que me persiguen, pero tú sí puedes librarme, tú que estás siempre a favor de los oprimidos y en contra de los opresores. Yo soy ahora uno que es oprimido y perseguido. Tengo derecho a recibir tu ayuda, y sé que no me la negarás, porque tú eres fiel a tu palabra.
Si hay alguien que ha estado una vez afligido, ése ha sido Jesús. Él pudo gritar desde la cruz: “Padre, ¿por qué me has abandonado?” (Mt 27:46) porque Él estaba rodeado de enemigos que eran más numerosos y fuertes que Él. Habían ensañado su odio contra Él, golpeándolo cruelmente y clavándolo a una cruz, y su aspecto llegó a ser miserable y de dar pena.  Pero la victoria de sus enemigos no duró mucho, porque Dios lo levantó de entre los muertos, y ya no pueden hacer nada contra Él.
7. “Saca mi alma de la cárcel, para que alabe tu nombre; Me rodearán los justos, porque tú me serás propicio.” 
Si tú me sacas de esta situación desesperada yo me dedicaré a alabarte para que todos sepan que tú, y sólo tú, eres mi salvación.
Todos los que te aman, los que conocen por propia experiencia cuán grande es tu fidelidad y tu misericordia, vendrán para escuchar de mi boca cómo tú me has ayudado y unirán sus voces a las mías para alabarte y agradecerte.
No hay prisionero que no agradezca al que lo sacó de la cárcel. Pero la liberación más gloriosa es la espiritual, la liberación de la desesperanza, de la soledad, del asedio de las tentaciones, del envilecimiento que produce el pecado, … Sólo Dios puede llevarla a cabo, pero cuando lo hace todos quieren oír el testimonio del que fue liberado de las cadenas que oprimían su alma, y puso una nueva canción en sus labios.
¡Qué tremendo contraste entre la caverna en que se consumía el ánimo de David, y el júbilo de las doce tribus que más adelante se unirán para proclamarlo rey de Israel (2Sm 5:1-3). Ese día en verdad Dios le fue propicio y lo bendijo abundantemente. Él había empezado este salmo llorando y clamando. Lo terminó proclamando proféticamente victoria.
P.H. Reardon (“Christ in the Salms”) dice que son varios los personajes de la Biblia que hubieran tenido motivo para recitar porciones de este salmo, comenzando por Jacob cuando huía de Esaú: “Clamé a ti oh Jehová; Tú eres mi esperanza y mi porción en la tierra de los vivientes. Escucha mi clamor porque estoy muy afligido.” O José, cuando fue vendido por sus hermanos como esclavo y fue acusado falsamente y echado en una cárcel: “Mira a mi diestra y observa, pues no hay quien me quiera conocer; no tengo refugio, ni hay quien cuide de mi vida.” O Elías, cuando huía de la perversa reina Jezabel, y fue a encontrarse con Dios en una cueva: “Cuando mi espíritu se angustiaba dentro de mí, tú conociste mi senda. En el camino en que andaba me escondieron lazo.” O Jeremías, cuando fue echado en un pozo profundo, y después fue encerrado en un calabozo: “Saca mi alma de la cárcel, para que alabe tu nombre; me rodearán los justos porque tú me serás propicio.”  O Job, cuando estaba sentado sobre un montón de ceniza, huérfano de todo consuelo humano: “Con mi voz clamaré a Jehová; con mi voz pediré a Jehová misericordia. Delante de Él expondré mi queja; delante de Él manifestaré mi angustia.”
Pero ninguno con mayor motivo que Jesús, “varón de dolores, experimentado en quebranto” (Is 53:3), que fue abandonado por sus amigos, traicionado por uno de ellos, negado públicamente por otro, acosado por enemigos que eran más fuertes que Él, que fue “crucificado, muerto y sepultado, y descendió” a la cárcel del infierno, de donde salió para resucitar triunfante, y dar vida todos los que creen en Él.
Amado lector: Si tú no estás seguro de que cuando mueras vas a ir a gozar de la presencia de Dios por toda la eternidad, yo te exhorto a adquirir esa seguridad, y te invito a arrepentirte de todos tus pecados y a pedirle humildemente perdón a Dios por ellos.

#933(10.07.16). Depósito Legal #2004-5581. Director: José Belaunde M. Dirección: Independencia 1231, Miraflores, Lima, Perú 18. Tel 4227218. (Resolución #003694-2004/OSD-INDECOPI). 

jueves, 26 de enero de 2017

PLATA ESCOGIDA ES LA BOCA DEL JUSTO

LA VIDA Y LA PALABRA
Por Jose Belaunde M.
PLATA ESCOGIDA ES LA BOCA DEL JUSTO
Un Comentario de Proverbios 10:20-23


20. “Plata escogida es la lengua del justo; mas el corazón de los impíos es como nada.”
En este proverbio de paralelismo antitético se contrapone la lengua al corazón y la plata a la nada. Si alteramos la secuencia de las palabras en la primera línea, tal como aparecen en la Versión Autorizada Inglesa (“La lengua del justo es plata escogida”) la comparación será más evidente. Puede parecernos excéntrica la comparación entre lengua y corazón, pero no lo es tanto si se recuerda que “de la abundancia del corazón habla la boca”. (Mt 12:34)
La lengua expresa lo que hay en el corazón. Lo que los justos dicen es de gran valor porque sale de un corazón recto, pero lo que el impío dice no es digno de ser escuchado porque sus palabras brotan de un corazón vano. Mientras que los pensamientos del justo tienden al bien, los del necio e impío tienden al mal.
¿Qué es lo que sale de la boca del justo? Las verdades del Evangelio, de las cuales su corazón está lleno, y cuyo poder él ha experimentado en su vida; las promesas divinas que él ha visto cumplirse porque Dios es fiel, y puede dar testimonio de ello; y esa paz en el corazón “que sobrepasa todo entendimiento” (Flp 4:7). Por eso bien puede decirse que la lengua del justo es medicina para otros (Pr 12:18b).
Nuestra lengua puede ser para nosotros un motivo de vergüenza, según lo que dicen los proverbios 18 y 19 de este capítulo (Véase el artículo anterior “La Obra del Justo es para Vida”), pero también podemos tener motivo para gloriarnos de ella, si la usamos para alabar a Dios, como dicen los vers. 7 al 10 del salmo 57 (cf Sal 108:1-4).
Todos pueden ser enriquecidos con la plata escogida que brota de la boca del justo cuando instruye a sus oyentes. Podemos ser pobres en las riquezas del mundo, como le dijo el apóstol Pedro al mendigo paralítico que le extendía la mano en la puerta del templo: “Plata y oro no tengo, pero lo que tengo te doy” (Hch 3:6), y enseguida en el nombre de Jesús, le hizo levantarse y caminar. Así pues vemos que aun siendo pobres en el mundo podemos enriquecer a muchos con las bendiciones del poder de Dios (2Cor 6:10), restaurando la salud de los enfermos y consolando los corazones heridos. Eso no lo hacemos nosotros, sino la gracia de Dios que obra en nosotros (1Cor 15:10). El fruto de la palabra que bendice nos recuerda el proverbio que dice: “Y la palabra a su tiempo ¡cuán buena es!” (Pr 15:23b)
21. “Los labios del justo apacientan a muchos, mas los necios mueren por falta de entendimiento.”
Si el necio muere por falta de entendimiento, mal puede su lengua apacentar, esto es, alimentar a nadie. En cambio, “los labios del justo apacientan a muchos” porque de ellos salen palabras de instrucción, de consejo, de aliento, de consuelo y, cuando se necesario, de corrección y de disciplina (cf Pr 10: 11a, 13a, 20a, 31a, 32a; Sal 37:30; Ecl 12:9). ¿Cuál es la causa? El justo alimenta su alma con la palabra de Dios, que mora en abundancia en su corazón, y por eso la tiene fresca en sus labios, y brota de ellos espontáneamente (“enseñándoos y exhortándoos unos a otros en toda sabiduría…” Col 3:16).
El Señor Jesús sigue partiendo el pan de su cuerpo, y dándoselo a sus discípulos para que alimenten a las multitudes hambrientas (Jn 6:11), como le ordenó a Pedro que hiciera antes de irse al cielo (Jn 21:15-18), una orden que Pedro transmitió a los ancianos de la iglesia (1P 5:2,3). Dios ha prometido que nos daría pastores según su corazón que apacienten con conocimiento e inteligencia a las ovejas (Jr 3:15), y no ha dejado de cumplir su promesa a través de los siglos.
Como se dice en el libro de Job, el justo enseña a muchos, fortalece las manos débiles, hace levantar al que tropieza, y esfuerza las rodillas que decaen (Jb 4:3,4). En cambio “los impíos (que suelen ser necios) serán atrapados en su propia maldad, su propio pecado será como un lazo para ellos” (Pr 5:22, versión “Dios Habla Hoy”).
Aunque los cofres del impío, o del necio, estén llenos de piedras preciosas, y de toda clase de monedas valiosas, su corazón está vacío del verdadero metal que constituye una riqueza verdadera. Como desprecia los labios que pudieran alimentar su alma, morirá de inanición en medio de los ricos pastos del Evangelio. No tendrá nada bueno que mostrar cuando se presente delante del Juez de vivos y muertos. No entendió que habíamos de acumular tesoros, no en la tierra sino en el cielo, “donde ni la polilla ni el orín corrompen, ni los ladrones horadan y hurtan.” (Mt 6:20).
De los insensatos y escarnecedores dice el primer capítulo de Proverbios: “Por cuanto aborrecieron la sabiduría, y no escogieron el temor de Jehová, ni quisieron mi consejo y despreciaron toda reprensión mía, comerán del fruto de su camino, y serán hastiados de sus propios consejos.” (Pr 1:29-31).
A ellos se puede aplicar también las conocidas palabras de Oseas 4:6: “Mi pueblo fue destruido porque le faltó conocimiento.” Del necio se burla el proverbista: “¿De qué sirve el precio en la mano del necio para comprar sabiduría, no teniendo entendimiento?” (Pr 17:16).
22. “La bendición de Jehová es la que enriquece, y no añade tristeza con ella.”

Son muchos los factores que hacen que el hombre prospere y se enriquezca. El primero es un factor natural: “la mano diligente” (Pr 10:4). Cualquiera que sea el grado de instrucción de una persona, si trabaja bien, esforzadamente y con visión, terminará siendo rico. Pero hay otro factor que es sobrenatural, sin el cual el primero puede producir sólo resultados frustrantes, y es la mano del Señor que reposa sobre el justo. Él hace que el fruto de su esfuerzo honesto se multiplique, tal como ocurrió con Abraham, Isaac y Jacob (Gn 24:35; 26:12,13; 30:43).
Hay quienes siembran poco (al menos así parece) y cosechan mucho. Es la bendición del Señor que multiplica su sementera. Pero hay algunos que siembran mucho y cosechan poco (Hg 1:6). El sudor de su frente no basta para irrigar el suelo donde siembran, porque están alejados de Dios. De ahí que diga el salmista: “Si el Señor no edifica la casa, en vano trabajan los que construyen.” (Sal 127:1).
La bendición de Jehová tiene esta cualidad: que no añade a la riqueza bien adquirida tristeza alguna, sino la satisfacción del deber cumplido, cuando es bien empleada, esto es, a su servicio y de los que tienen poco, siendo dadivosos y generosos (1Tm 6:18), pensando en la recompensa futura (v. 19).
Aun Satanás, hablando de Job, reconoce que es la bendición de Dios la que enriquece: “Al trabajo de sus manos has dado bendición; por tanto, sus bienes han aumentado sobre la tierra.” (Jb 1:10b)
Cuán distinto es el apoyo que el demonio proporciona a los que le sirven, que acaba trayéndoles sinsabores y tragedia, o por lo menos, remordimiento al gozar de algo que es indebido.
Bien dice por eso Salomón: “Los bienes que se adquieren de prisa al principio (es decir, deshonestamente) no serán al final bendecidos.” (Pr 20:21). Más bien pudiera ocurrir que al final el hombre termine más pobre que cuando comenzó (28:22).
De ahí que Pablo advierta: “Porque los que quieren enriquecerse caen en tentación y lazo, y en muchas codicias necias y dañinas, que hunden a los hombres en destrucción y perdición; porque raíz de todos los males es el amor al dinero, el cual codiciando algunos, se extraviaron de la fe, y fueron traspasados de muchos dolores.” (1Tm 6:9,10).
El amor a las riquezas y las satisfacciones que ellas procuran han hecho que muchos se pierdan, sea porque las acumularon sin escrúpulos, a costa del sufrimiento ajeno; sea porque estando contentos y satisfechos, se olvidaron de Dios y cayeron en las muchas tentaciones de vida licenciosa que el dinero ofrece.
Por eso dice un proverbio: “No me des pobreza ni riquezas; mantenme del pan necesario.” (30:8). No sea que teniendo mucho y estando saciado, me aleje de Dios que me permitió llenar mi casa de bienes; o que padeciendo hambre, alargue mi mano para tomar lo que no es mío.
En efecto, el hombre está expuesto a esos dos peligros: que el dinero lo aleje de Dios y se considere autosuficiente (Recuérdese Lc 12:16-21); o que su necesidad lo haga renegar de Dios, culpándolo de su indigencia.
La gran ventaja que tiene el cristiano sobre el mundano es que cualesquiera que sean las circunstancias por las que atraviese, sean de abundancia, o de escasez, él sabe que posee una mayor riqueza: la presencia de Dios en su interior, y que Dios gobierna su vida, de modo que pueda decir con Pablo: “Sé vivir humildemente y sé tener abundancia; en todo y por todo estoy enseñado, así para estar saciado como para tener hambre, así para tener abundancia como para padecer necesidad.” (Flp 4:12). Siendo Dios el dueño de todas las cosas, y siendo él su hijo, todo le pertenece, y la bendición de Dios está sobre él (Sal 3:8b). Lo mismo puede decirse de todo cristiano.
Es bueno que recordemos que, aparte de la riqueza material, hay una riqueza de otro orden que es de un valor muy superior: la riqueza espiritual, que consiste en virtudes y dones del espíritu, en conocimiento e intimidad con Dios. Aunque esa riqueza no se adquiere sin esfuerzo y sacrificio, sólo la bendición del Señor la asegura e incrementa. Esa riqueza proporciona un gozo y una paz que el hombre carnal desconoce, y nunca es motivo de tristeza.
23. “El hacer maldad es como una diversión al insensato, mas la sabiduría recrea al hombre de entendimiento.”
Aún los niños, que pensamos son inocentes, hacen maldad para divertirse. Los malos se complacen en el mal que hacen, (c.f. 2:14), les provoca risa. En cambio, el sabio se recrea en su sabiduría. No dice que se recrea en el bien que hace, aunque se sobrentiende, porque no sería realmente sabio si solamente pensara bien y no obrara bien. La sabiduría, si es real, se refleja necesariamente en el comportamiento. Nadie es sabio si no tiene amor y no obra en consecuencia.
Prov. 15:21 expresa la misma verdad aunque en términos algo diferentes: “La necedad es alegría al falto de entendimiento; mas el hombre entendido endereza sus pasos.”  Un impulso interior innato empuja al necio a hacer el mal, así como un impulso innato lleva al entendido a hacer y buscar el bien.
Hacer daño a otros, o a la propiedad ajena, es una diversión para el malvado. ¿No hemos visto con frecuencia que ocurre en la vida diaria? ¿Arañar la pintura de un carro nuevo, pintarrajear la fachada de una casa, romper los focos del alumbrado público, o burlarse cruelmente de un discapacitado? A cierta edad se hacen ciertas cosas como si fuesen una travesura, pero pasada la adolescencia ya no nos divierte. A muchos les encanta burlarse de otros, pero hay bromas pesadas que pueden hacer mucho daño.
Hay hombres depravados que seducen por diversión a muchachas inocentes que, en su ingenuidad, creen lo que les dicen, y luego las abandonan cuando salen embarazadas. Se creen muy machos, cuando, en verdad, la suya es una conducta cobarde e irresponsable. No tienen temor de Dios e ignoran el castigo eterno que su diversión puede costarles. Jesús dijo que a los que hacen tropezar a los inocentes más les valiera que les atasen al cuello una piedra de molino y los echasen al mar (Mt 18:6).
Enseña a tu hijo desde pequeño a ser considerado con los demás, para que más tarde no caiga en esos perversos desvaríos.
Los insensatos se burlan de los que les reprochan su conducta. Cuando pecan no sólo no tienen remordimiento alguno, sino se jactan de sus maldades como si fueran hazañas (Is 3:9; Pr 4:16). En  cambio, el justo, si por descuido peca u ofende a otro, se preocupa y trata de reparar el daño hecho. Su anhelo es hacer en todo la voluntad de su Padre que está en los cielos, tal como obraba su modelo, Jesucristo (Jn 4:34).


Amado lector: Jesús dijo: “¿De qué le sirve al hombre ganar el mundo si pierde su alma?” (Mt 16:26) Si tú no estás seguro de que cuando mueras vas a ir a gozar de la presencia de Dios por toda la eternidad, yo te exhorto a adquirir esa seguridad, porque no hay ninguna seguridad que se le compare y que sea tan necesaria. Con ese fin yo te invito a arrepentirte de todos tus pecados y a pedirle humildemente perdón a Dios por ellos, diciendo:
Jesús, Yo sé que tú moriste por mí en expiación de mis pecados y que me ofreces gratuitamente tu perdón. Aunque soy consciente de que no lo merezco, yo lo acepto y te ruego que laves mis pecados con tu sangre. Entra en mi corazón y gobierna mi vida. En adelante quiero vivir para ti y servirte.

#932 (03.07.16). Depósito Legal #2004-5581. Director: José Belaunde M. Dirección: Independencia 1231, Miraflores, Lima, Perú 18. Tel 4227218. (Resolución #003694-2004/OSD-INDECOPI).