miércoles, 22 de febrero de 2017

LO QUE EL IMPÍO TEME, ESO LE VENDRÁ

LA VIDA Y LA PALABRA
Por José Belaunde M.
LO QUE EL IMPÍO TEME, ESO LE VENDRÁ
Un Comentario de Proverbios 10:24-27
24. “Lo que el impío teme, eso le vendrá; pero a los justos les será dado lo que desean.”
El temor es la fe de los impíos, de los que no creen en Dios, que atraen sobre sí lo que temen. Temen a los hombres, a lo que ellos pueden hacerles. Pero no temen a Dios y si le temen, le temen sin esperanza. En cambio, el justo le teme y confía.
            El temor es fe a la inversa. Los que creen (es decir, temen) reciben aquello en que ponen su fe (es decir, su temor). Como el justo tiene puesta su confianza en Dios, lo que desee lo desea con fe, y por eso lo recibe. Dicho de otro modo, tanto la fe como el temor atraen a su objeto.

            Eso ocurre incluso con los justos, como atestigua Job: “Porque el temor que me espantaba me ha venido, y me ha acontecido lo que yo temía.” (3:25). Y lo anuncia sarcásticamente el proverbista respecto de los simples que no hacen caso de las reprensiones de la sabiduría: “También yo me reiré de vuestra calamidad, y me burlaré cuando os viniere los que teméis.” (Pr 1:26; cf v. 27; Is 66:4).
            El impío recibe no lo que desea sino lo que es indeseable, y que intuye con temor que   le va a venir. Su temor es no sólo la voz de su conciencia que él trata de acallar, sino la voz de su entendimiento, que percibe cuáles serán las consecuencias inevitables de sus actos. Sabe, aunque no quiera verlo, que a la larga uno cosecha lo que siembra (Gal 6:7). En términos simples: El que daña, se hace daño. O como dice otro proverbio: “Al que busca el mal, éste le vendrá.” (11:27b). En cambio Dios se inclina hacia el justo y se complace en satisfacer sus deseos, porque nunca le desea mal a nadie (11:23a): “Le has concedido el deseo de su corazón, y no le negaste la petición de sus labios.” (Sal. 21:2; cf 20:4; 37:4; 145:19).
            “Pero a los justos les será dado lo que desean.” ¡Qué contraste formidable! El impío recibe lo que teme; el justo, lo que desea. El primero lo que no quisiera; el segundo, lo que desea. En el primero, es el temor lo que atrae lo que recibe; en el segundo, es el amor,  porque desear es amar.
            En la historia sagrada hay varios ejemplos de impíos que reciben lo que temen, justamente por el medio que emplean para impedir que les sobrevenga. Uno de los más instructivos es el del rey Acab de Israel, que se había aliado con Josafat, rey de Judá, con el propósito de recuperar la ciudad de Ramot de Galaad, que había caído en poder de los sirios. Acab temía que él pudiera morir en el enfrentamiento, tal como el profeta Micaías había predicho. Por ello le propuso a Josafat intercambiar sus ropas, de manera que los que se propusieran matarlo, no lo atacaron a él sino a su aliado. Su astucia estuvo a punto de tener éxito porque los sirios atacaron a Josafat pensando que era Acab. Pero cuando se dieron cuenta de que no lo era, lo dejaron. Entonces un hombre (no sabemos de qué bando) tomó su arco y disparó una flecha a la ventura, que fue a caer sobre Acab, hiriéndolo de muerte (1R 22:10-37). Por más precauciones que él tomara, lo que Dios había decretado que sucediera, y que él temía, le ocurrió.
            Por el lado contrario, vemos que Dios nos asegura que nosotros tendremos las cosas buenas que le pedimos (1Jn 5:14,15; cf Jn 16:23), según dice un salmo: “Abre tu boca y yo la llenaré.” (Sal 81:10b). La condición, sin embargo, es que todo lo que pidamos sea bueno (Pr 11:23a), y no como a veces, en un momento de depresión, pudiéramos desear, tal como ocurrió con Elías y Jonás, que desearon morir cuando aún tenían mucho que hacer para Dios (1R 19:4; Jon 4:3).
25. “Como pasa el torbellino, así el malo no permanece; mas el justo permanece para siempre.”
El impío es, en efecto, como un torbellino o un huracán que pasa raudo y todo lo destruye a su paso, pero no dura y al poco tiempo desaparece: “Vi al impío sumamente enaltecido, y que se extendía como laurel verde. Pero él pasó, y he aquí ya no estaba; lo busqué y no fue hallado.” (Sal. 37: 35, 36; cf v.10; 73:19; Jb 20:4-9).
El justo, en cambio, es como un roble que tiene sus raíces firmemente plantadas en la tierra. El torbellino puede afectarlo, pero no desarraigarlo: “Lo que confían en Jehová son como el monte de Sión, que no se mueve, sino que permanece para siempre.” (Sal. 125:1; cf Pr. 12:3; 1Jn 2:17).
            Aunque pueda parecer débil, el justo es como la brisa que refresca, que es duradera, y cuando falta, se le extraña. Pero nadie desea que venga el torbellino.
            Él es como la piedra angular sobre la que reposa el edificio. Nadie la ve. Está escondida en tierra, pero sin ella el edificio no se sostendría. Él no será removido jamás porque está plantado sobre la roca firme que es Jesucristo (Mt 7:24,25), la piedra angular por excelencia (Sal 118:22).
            Juan Crisóstomo hace una observación interesante, basada en el texto ligeramente diferente de la Septuaginta (que era la versión del Antiguo Testamento que los cristianos de habla griega usaban en los primeros siglos): Cuando viene el torbellino de la tentación el impío no permanece firme, sino cede a ella y peca, porque no sabe resistirla. En cambio el  justo, acostumbrado como está a buscar siempre el bien en todo, sabe resistirla, y por eso permanece firme en la gracia de Dios hasta alcanzar la vida eterna.
26. “Como el vinagre a los dientes, y como el humo a los ojos, así es el perezoso a los que lo envían.”
¿Cuál es el efecto que el vinagre, y todo ácido, tiene sobre los dientes? Hace que sus raíces, aunque estén ocultas, y toda parte cariada, duelan. ¿Y qué ocurre cuando el humo nos envuelve? Nuestros ojos se irritan y lagrimean, y no podemos ver bien. Así de enojoso es el perezoso para quienes lo emplean.
            El que confía a un perezoso un encargo urgente esperará en vano que lo cumpla, porque encontrará mil excusas para no partir, y cuando lo haga, se detendrá cansado a cada rato en el camino, o se distraerá conversando con la gente que encuentre. No tiene prisa en cumplir su cometido. Y puede ocurrir que cuando llegue habrá olvidado lo que tenía que decir o hacer. Por eso, estando advertido, tan culpable es el perezoso que no cumple bien el encargo que se le confió, como el que lo envió, porque no supo escoger bien al mensajero. Si después la frustración le hace llorar, no tendrá a quién quejarse, porque le dirán: ¿No sabías tú que este perezoso no es confiable? Pusiste tu dinero en un bolsillo roto. No te quejes, pues, de tu pérdida (Pr 13:17a; 26:6).
            El personaje del perezoso ocupa un lugar importante en el libro de Proverbios, y está muy bien descrito (Nota). De él se dice que así como la puerta gira sobre sus goznes, pero no se mueve de su sitio, el perezoso se revuelve en su cama, pero no sale de ella (26:14), se entiende, para hacer lo que le toca hacer, y de esa manera lo va postergando. Da como pretexto la excusa más ridícula: el león está en la calle y en los caminos, y si salgo expongo mi vida (22:13; 26:13), como si ya no lo hubieran matado si fuera cierto lo que teme. Es tan perezoso que, estando en la mesa, prefiere pasar hambre a hacer el pequeño esfuerzo de llevar el bocado del plato a la boca (19:15; 26:15). Es tan necio en su vana opinión de sí mismo, que él, que nunca estudió ni investigó nada, se considera más sabio que los que por el estudio diligente y su experiencia de vida, están en condiciones de dar consejos útiles a la gente que se los pide (26:16).
            A menos que haya heredado mucho dinero, no dejará de sentir algún día las consecuencias de su negligencia, cuando la pobreza inexorable asome a su puerta (6:9-11; cf 24:32-34). Así actúa pese a que tiene el ejemplo del más pequeño de los insectos, la hormiga, que por instinto, y sin que nadie se lo ordene, acopia su comida en la estación favorable (6:6-9).
            Si es agricultor, evita el esfuerzo de arar su campo en invierno, de modo que no puede sembrar, y menos podrá cosechar cuando todos lo hagan en verano (20:4), provocando la compasión y las críticas burlonas de sus vecinos. Llegará el momento en que, como se negó a trabajar cuando debía (21:25), su vida se llenará de dificultades, de las que está exento el recto que es diligente (15:19).
27. “El temor de Jehová aumentará los días; mas los años de los impíos serán acortados.”
Esta es la primera vez que el concepto del temor de Dios aparece en la segunda parte del libro de Proverbios que empieza en este capítulo.
En este proverbio se señala que el temor de Dios es un factor positivo en la duración de nuestra vida. El que teme a Dios tenderá a vivir más años que el que no le teme (9:11). ¿Por qué la diferencia? El temor de Dios tiene este efecto positivo: Nos ayuda a regular nuestra vida de una manera racional y sana. Nos aleja de vicios que podrían afectar nuestra salud, y nos preserva de situaciones comprometedoras y peligrosas. Nos ayuda a mantener buenas relaciones con allegados y parientes, así como con extraños, lo cual aparta de nosotros las tensiones que pueden causar las relaciones humanas tirantes o desagradables. En fin, y sobre todo, el temor de Dios nos aleja del pecado, proporciona paz a nuestra alma y nos colma de satisfacciones espirituales.
La contraparte (que la vida del que carece de temor de Dios es corta) se desprende sola y no necesita de pruebas. Eso es algo, además, que la experiencia con multitud de ejemplos demuestra (Ecl 8:12,13). La existencia de las personas que llevan vidas irregulares, entregadas al vicio y proclives a acciones deshonestas, suele ser corta, sea porque las malas costumbres arruinan su salud, sea porque exponen su vida a peligros en los que el que teme a Dios no incurre (Jb 15:32).
El temor de Dios es una gracia multiforme que abarca muchas cosas, siendo como es el principio, o fundamento, de la sabiduría (Pr 1:7). El temor de Dios nos hace sabios, mientras que su ausencia nos vuelve necios. Porque carece de temor de Dios, el impío vive lleno de temores, reales o imaginarios. Teme a los que odia; teme la venganza de los que de alguna forma perjudicó, o hizo daño. Él sabe en el fondo de su corazón cuánta verdad encierra el proverbio que comentamos al inicio de este artículo: “Lo que el impío teme, eso le vendrá.” Porque su conciencia lo acusa, carece de paz y esa carencia afecta su salud.
Con frecuencia la vida de los que no temen a Dios es cortada de golpe, como ocurrió con los dos hijos impíos del sacerdote Elí, a los que su padre no corrigió como debiera haber hecho en su momento (1Sm 2:12-17,34; 3:11-14; 4:11); o con Ananías y Safira, que le mintieron al Espíritu Santo (Hch 5:1-10).
El que teme a Dios sabe que al final de su vida terrena sus días se prolongarán en el día sin ocaso en que no habrá necesidad de sol ni de luna para alumbrarnos, porque Jehová será nuestra luz perpetua (Is 60:19; cf Ap 21:23; 22:5).
Nota: Derek Kidner le dedica un interesante estudio en su libro “Proverbios”.
Amado lector: Jesús dijo: "¿De qué le sirve al hombre ganar el mundo si pierde su alma? "Si tú no estás seguro de que cuando mueras vas a ir a gozar de la presencia de Dios, yo te invito a pedirle perdón a Dios por tus pecados haciendo una sencilla oración:
"Jesús, tú viniste al mundo a expiar en la cruz los pecados cometidos por todos los hombres, incluyendo los míos. Yo sé que no merezco tu perdón, porque te he ofendido consciente y voluntariamente muchísimas veces, pero tú me lo ofreces gratuitamente y sin merecerlo. Yo quiero recibirlo. Me arrepiento sinceramente de todos mis pecados y de todo el mal que he cometido hasta hoy. Perdóname, Señor, te lo ruego; lava mis pecados con tu sangre; entra en mi corazón y gobierna mi vida. En adelante quiero vivir para ti y servirte."

#934(17.07.16). Depósito Legal #2004-5581. Director: José Belaunde M. Dirección: Independencia 1231, Miraflores, Lima, Perú 18. Tel 4227218. (Resolución #003694-2004/OSD-INDECOPI). 

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