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viernes, 14 de julio de 2017

EL JUICIO DE LAS NACIONES I

LA VIDA Y LA PALABRA
Por José Belaunde M.
EL JUICIO DE LAS NACIONES I
Un Comentario en dos partes de Mateo 25:31-46
Hay quienes llaman a este episodio de Mateo “parábola”, como si aludiera en
términos de semejanza, pero no realistas a un acontecimiento futuro de envergadura cósmica. Pero, aunque contiene elementos de parábola, no es una parábola propiamente dicha, sino una descripción profética que usa un vocabulario pastoril fácilmente comprensible de lo que será ese acontecimiento extraordinario del juicio final en la consumación de nuestra era al final de los tiempos. (Nota 1) En ese momento, en que todos los seres humanos, después de haber resucitado, compareceremos, ya no individualmente como una vez lo hicimos, (o haremos, tratándose de los que aún estamos vivos) sino colectivamente como raza, ante nuestro Creador, para escuchar la sentencia definitiva y confirmatoria que selle nuestro destino eterno.
El lugar donde figura este pasaje en Mateo es muy apropiado, pues viene después del anuncio de la venida de Jesús, y del fin de una era que llegará inesperadamente (cap. 24), y de las dos parábolas en el siguiente capítulo, que nos hablan de la necesidad de estar preparados para su regreso.
Él ha venido hablando a sus discípulos en diversas oportunidades de su regreso en gloria para juicio (Mt 16:27); y Pablo mismo ha aludido a ese acontecimiento en más de una ocasión (1Cor 15:51,52; 1Ts 4:16,17).
31. “Cuando el Hijo del Hombre venga en su gloria, y todos los santos ángeles con Él, entonces se sentará en su trono de gloria.”
La expresión “Hijo del Hombre” que Jesús usa para referirse a sí mismo, viene de la visión que tuvo el profeta Daniel sobre el final de los tiempos, cuando vio que con las nubes venía uno como “hijo de hombre”, que se acercó “al Anciano de días”, esto es, al Padre eterno, “y le fue dado dominio, gloria y reino, para que todos los pueblos, naciones y lenguas le sirvieran; su dominio es dominio eterno, que nunca pasará, y su reino, un reino que no será destruido jamás.” (Dn 7:13,14). El hecho de que Él hable de sí mismo usando ese título mesiánico, indica la conciencia que Él tenía de su misión y de cómo Él estaba cumpliendo el papel que le asignaban las profecías antiguas.
Él viene en su gloria, la gloria que tuvo con el Padre “antes de que el mundo fuese.” (Jn 17:5), es decir, desde toda la eternidad, en aquella gloria esplendorosa que caracteriza su naturaleza divina, y que es inimaginable para los ojos humanos. Viene acompañado por un cortejo triunfal de miríadas de ángeles que son su corte celestial, y se sienta en el trono majestuoso que le corresponde como Rey del universo, a quien el Padre ha dado el poder de juzgar (Jn 5:22,23).
32,33. “y serán reunidas delante de Él todas las naciones; y apartará los unos de los otros, como aparta el pastor las ovejas de los cabritos. Y pondrá las ovejas a su derecha, y los cabritos a su izquierda.”
Todos los pueblos (etné plural de etnós) de la tierra, esto es, judíos y gentiles, cristianos y paganos sin distinción (2), todos los que alguna vez vivieron sobre la tierra, se juntarán delante de Él, como están los acusados de pie ante el juez para escuchar la sentencia (2Cor 5:10). Todos estarán delante de Él, los que le reconocieron y los que le negaron. Todos sin excepción, y los que no lo reconocieron tendrán que hacerlo en ese momento aunque no quieran. Todos tendrán que doblar la rodilla delante de Él, quiéranlo o no (Rm 14:11; cf Is 45:23).
Entonces Él separará a los buenos de los malos, como el pastor separa las ovejas de los cabritos. A unos los pondrá a su derecha, y a los otros, a su izquierda, como los segadores separan el trigo de la cizaña después de la siega (Mt 13:30).
A los buenos se les llama ovejas, porque son mansas, dóciles y humildes, y dan abundante lana blanca que sirve de abrigo; mientras que los díscolos cabritos, que representan a los malos, tienen el cuero cubierto de un pelo negro y tosco que sólo sirve para ser pisado como alfombra.
La diestra es la mano del poder, del honor, de la dignidad y del triunfo: “Como dijo el Señor a mi Señor: Siéntate a mi diestra hasta que ponga a tus enemigos por estrado de tus pies.” (Sal 110:1; cf 1R 2:19; Sal 45:9; Rm 8:34). La izquierda –llamada también siniestra, palabra que tiene un significado ominoso- simboliza desdicha, desgracia, servidumbre, deshonra.
¿Quiénes son los enemigos de Jesús en esta escena de juicio? Los cabritos. No por nada en la ley de Moisés se escoge a un “macho cabrío” para que sirva de chivo expiatorio, y se le cubre con los pecados del pueblo; para que los cargue sobre sí, y sea enviado al desierto a Azazel, que es  figura del diablo (Lv 16:7-11, 20-22).

34. “Entonces el Rey dirá a los de su derecha: Venid, benditos de mi Padre, heredad el reino preparado para vosotros desde la fundación del mundo.”
El Hijo del Hombre que caminó en la tierra como un ser humano cualquiera es ahora el Rey, que está sentado en su trono majestuoso para juzgar. Y Él dirá a los que están a su derecha: “Venid benditos de mi Padre”. ¿Quién no quisiera escuchar esas palabras dirigidas a él, estando a la derecha del Rey? ¡Bendecido de mi Padre! Sobre ti reposarán no sólo las bendiciones de Abraham, Isaac y Jacob, sino muchas más, que ellos no conocieron, que vienen de haber sido redimidos por el Cordero, que ahora se sienta como Rey en el trono, y que apuntan a un gozo y a una dicha gloriosa que nunca termina (Ef 1:3).
“Heredad el reino”. Heredar es recibir un bien por el cual uno no ha trabajado, que uno no ha ganado con el sudor de su frente, sino que otro ganó para uno. Jesús, nuestro hermano mayor, lo ganó para nosotros en la cruz. Se hereda por filiación. Heredamos el reino porque somos hijos de Dios en virtud de la fe (Rm 8:17). Los que no son hijos, los que no creyeron sino que rechazaron a Jesús, y por tanto, son hijos del diablo, no heredan el reino celestial, sino otro horrible lleno de tinieblas.
Se nos dice: “Venid heredad…” porque un día acudimos al llamado de Jesús: “Venid a mí los que estáis cansados y fatigados, que yo os haré descansar.” (Mt 11:28); los que acudimos a su llamado cuando nos dijo: “Ven y sígueme.” (Lc 18:22).
Ese reino ha sido preparado para nosotros desde antes de la creación del mundo (o desde la eternidad). Ya estaba entonces en la mente de Dios. Ese reino es el cielo, la dicha eterna de que gozaremos algún día contemplando a Dios, en que lo veremos tal cual es, sin velos ni sombras que nublen nuestra mirada. Pero hay más: El reino de Dios, que comprende los cielos y la tierra, el universo entero, fue creado para nosotros, por nuestra causa, para que fuese nuestra morada eterna.
35,36. “Porque tuve hambre, y me disteis de comer; tuve sed, y me disteis de beber; fui forastero, y me recogisteis; estuve desnudo y me cubristeis; enfermo, y me visitasteis; en la cárcel, y vinisteis a mí.”
Aquí el Rey empieza a enumerar las obras de misericordia que Dios desea y espera que el cristiano haga, comenzando por lo más elemental, la de satisfacer las necesidades de alimento de los que carecen de él, y sin el cual nadie puede subsistir. Hay pocos sufrimientos más agudos que los que produce el hambre, que puede llevar a los hombres a la desesperación.
Aún más aguda es la necesidad de agua, sin la cual la vida del cuerpo no se mantiene. Más días se puede estar sin comer que sin beber, porque el agua es esencial para las funciones vitales del organismo.
Estos dos actos de misericordia tienen que hacer con el sostenimiento de la vida corporal. El siguiente tiene que hacer con las relaciones humanas, con la necesidad de compañía, de fraternidad. Llegar a un lugar que no es el nuestro, donde nadie nos conoce, ni conocemos a nadie, nos produce una sensación de desamparo y de peligro porque, por lo general, el poblador mira con desconfianza, si no con hostilidad, al extranjero. Acogerlo satisface una necesidad básica de relación humana, de amistad, de protección y seguridad. Esta es una necesidad que padecen con frecuencia los más pobres, los que no tienen techo, pero también los emigrantes y los refugiados.
Al respecto Basilio de Cesarea (329-379) comenta: “El pan que retenemos le pertenece al hambriento, el desnudo reclama la ropa que guardas en tu armario, el zapato que enmohece en tu alcoba le pertenece al que anda descalzo, al necesitado le pertenece el dinero que tienes escondido…” Todo lo que tienes y no necesitas se lo has robado al que podría usarlo. Nada podrá disculpar a quien el pobre hambriento acuse de despedirlo con las manos vacías. Por algo dice Salomón: “El que da al pobre, le presta a Dios.” (Pr 19:17)
El siguiente acto de misericordia tiene que hacer nuevamente con el cuerpo: la necesidad de abrigo para protegerse del frío y de la intemperie.
Sabemos que el cuerpo puede fácilmente enfermarse y su salud quebrantarse. El enfermo tiene no sólo necesidad de medicamentos para curarse, sino también de apoyo humano y de compasión, pues sufre a veces de grandes dolores, y se ve impotente debido a las graves limitaciones físicas y al malestar que la enfermedad le impone.
Por último, si el justo está preso, puede ser sólo a causa de una injusticia, o porque es perseguido. ¡Con cuánta razón necesita que se le visite, que se le ayude y se le muestre solidaridad con su situación! Todas estas cosas debemos hacer por el prójimo, y Jesús espera que nosotros, como discípulos suyos, las hagamos. Si no las hacemos, le fallamos no sólo al prójimo, sino sobre todo a Jesús.
¿Por qué aprecia tanto Dios estas obras, puesto que las menciona como fundamento de su sentencia? Porque ellas son manifestación del amor al prójimo que nos ha ordenado tener y que, a su vez, es expresión del amor que le tenemos a Él. Como dice Juan: “El que no ama a su hermano a quien ha visto, ¿cómo puede amar a Dios a quien no ha visto?” (1Jn 4:20).
37-40. “Entonces los justos responderán diciendo: Señor, ¿cuándo te vimos hambriento, y te sustentamos, o sediento, y te dimos de beber? ¿O cuándo te vimos enfermo, o en la cárcel, y vinimos a ti? Y respondiendo el Rey, les dirá: De cierto os digo que en cuanto lo hicisteis a uno de estos mis hermanos más pequeños, a mí lo hicisteis.”
Sorprendidos por las palabras del Rey, los justos le preguntarán: ¿Cuándo hicimos nosotros esas cosas por ti? ¿Cuándo te vimos en esas condiciones, si nunca tuvimos el privilegio de verte? Y Él les contestará: Cuando las hicisteis al menor de vuestros hermanos, al más pequeño, al más ignorado y despreciado, a mí las hicisteis, porque yo estaba en él, y sufría lo que él padecía pues, tenedlo bien en cuenta, era yo quien estaba en esas condiciones. Todos los seres humanos han sido creados por mí, son mis criaturas y yo me identifico personalmente con cada uno de ellos, porque salieron de mis manos. Si el padre, o la madre, sufren lo que padecen sus hijos, ¿no ocurrirá eso conmigo en una mayor proporción, pues soy su Creador que obró a través de los padres humanos? Por eso, todo lo que se haga al menor de ellos, a mí es hecho, porque yo amo a cada uno de ellos en una forma que ningún ser humano puede comprender.
Aquí se nos revela pues cuál debe ser la motivación central de nuestra vida y de todos nuestros actos: el amor. Si nosotros le pertenecemos, debemos estar llenos de ese sentimiento hacia nuestro prójimo, sea él nuestro amigo o nuestro enemigo.
Sí, también nuestro enemigo, como Jesús recalcó una vez (Mt 5:44). Se nos juzgará pues, no exactamente por nuestras obras, como algunos sorprendidos podrían concluir, sino por cuán llenos hayamos estado del amor que proviene de Dios, por cuán unidos hayamos estado a Él y hayamos reflejado su carácter; por cuán verdadera y sinceramente hayamos sido sus discípulos.
Porque si veo a uno que tiene hambre ¿permaneceré indiferente a su necesidad? ¿Podré sentarme a la mesa tranquilo? ¿O no me apresuraré a alcanzarle un plato de comida? Y si alguno tiene sed, ¿no le alcanzaré un vaso de agua? O si está enfermo, o en la cárcel, ¿no me interesaré por su suerte, e iré a visitarlo?
Algún día pues, seremos juzgados por cuán unidos estuvimos a Jesús en vida, en nuestros hechos y nuestra conducta, por cuánto nos esforzamos en ser como Él, en imitarlo, por cuánto lo amamos en suma.
En verdad, si lo pensamos bien, Jesús tuvo hambre durante las horas de su pasión, pues no se le dio un ápice de comida; tuvo una sed terrible en la cruz, porque se había desangrado y, por consiguiente, su cuerpo había perdido una gran cantidad de agua. Estuvo desnudo cuando lo despojaron de su ropa, y al verlo así, hubiéramos querido, de haber sido posible, cubrirlo de besos y caricias. Estuvo enfermo después de que lo hubieran torturado y azotado, y hubiéramos querido lavarlo y curarlo; estuvo preso y en cadenas, y no pudimos ir a visitarlo.
Puesto que no lo hicimos cuando Él se hallaba en esas condiciones, ahora se nos da la oportunidad de hacerlo, haciéndolo con el más miserable de nuestros hermanos, como si lo hiciéramos a Él, porque Él está en cada uno de ellos.
Cuanto más humilde y miserable sea una persona, más cerca está Jesús de ella, porque ella es como Él, que se humilló a sí mismo al despojarse de su forma de Dios, tomando forma de siervo, haciéndose obediente hasta la muerte y muerte de cruz (Flp 2:6-8), como si fuera un malhechor, Él, que nunca pecó y fue el más grande benefactor de la humanidad.
Cuán a pecho toma Jesús la condición de los hombres, que lo que se haga al menor de ellos, se le hace a Él, como ya dijimos; le duele o le agrada lo que se le haga, como si a Él mismo en persona se le hiciera.
Cuando tú pues le cierras la puerta a un pobre, o le niegas una limosna al que te extiende la mano, a Él le estás dando un portazo, a Él le estás negando tu ayuda; a Él, sí a Él le duele como si a Él mismo se lo hicieras.
Ten pues cuidado de cómo tratas, de cómo hablas, de cómo te comportas con tu prójimo, pues Jesús está en él.
Notas: 1. Nótese que cuando al comienzo del gran discurso del capítulo anterior, los discípulos le preguntan a Jesús cuál será la señal de su venida, y del final de todo, ellos no emplean la palabra kósmos (mundo), sino aionos (siglo, era). Igualmente en el pasaje de la Gran Comisión (Mt 28:116-20) Jesús les promete que estará con ellos no hasta el fin del kósmos, sino hasta la consumación del aiónos, aunque la versión castellana ponga en ese lugar “mundo”.
2. Hay quienes sostienen que quienes serán convocados a juicio en esta escena serán sólo los judíos; otros piensan que serán sólo los cristianos. Pero lo serán todos los seres humanos, porque la palabra “naciones” no excluye a nadie.
Amado lector: Si tú no estás seguro de que cuando mueras vas a ir a gozar de la presencia de Dios, yo te invito a pedirle perdón a Dios por tus pecados haciendo una sencilla oración:
"Jesús, tú viniste al mundo a expiar en la cruz los pecados cometidos por todos los hombres, incluyendo los míos. Yo sé que no merezco tu perdón, porque te he ofendido consciente y voluntariamente muchísimas veces. Me arrepiento sinceramente de todos mis pecados. Perdóname, Señor, te lo ruego; lava mis pecados con tu sangre; entra en mi corazón y gobierna mi vida. En adelante quiero vivir para ti y servirte."

#942 (11.09.16). Depósito Legal #2004-5581. Director: José Belaunde M. Dirección: Independencia 1231, Miraflores, Lima, Perú 18. Tel 4227218. (Resolución #003694-2004/OSD-INDECOPI). 

miércoles, 14 de junio de 2017

LA VENIDA DEL HIJO DEL HOMBRE II

LA VIDA Y LA PALABRA
Por José Belaunde M.
LA VENIDA DEL  HIJO DEL HOMBRE II
Un Comentario de Lucas 21:28-38

28. “Cuando estas cosas empiecen a suceder, erguíos y levantad vuestra cabeza, porque vuestra redención está cerca.”
Las cosas a que se refiere el texto son las descritas en los v. 25 y 26 que preceden a la venida del Hijo del Hombre, que hemos comentado en el artículo precedente.
“Erguíos y levantad vuestra cabeza” porque los acontecimientos del cielo y del mar harán que los hombres se agachen y se escondan temerosos. Pero los creyentes no tendrán nada que temer. Al contrario, deberán alegrarse porque la redención anunciada para el final de los tiempos estará a la puerta. (Rm.8:20-23)
¿En qué sentido los acontecimientos del año 70 fueron una liberación para los discípulos de Jesús? Porque a partir de la destrucción del templo los discípulos dejaron de ser perseguidos por las autoridades judías, tal como ocurría, según el libro de los Hechos, en los años anteriores a la destrucción de Jerusalén. Esta catástrofe significó el final de su poder y autoridad.
Es cierto, de otro lado, que la persecución de los cristianos por parte de los judíos fue sustituida, a partir del año 64, por la persecución desencadenada en Roma por el emperador Nerón, con el pretexto de que ellos habían sido los causantes del incendio de Roma ocurrido ese año que él había provocado. A partir de esa fecha los cristianos sufrieron crueles períodos de persecución por parte de los romanos hasta que, en el año 313, Constantino promulgó el Edicto de Milán declarando que, el cristianismo era una religión lícita, es decir, permitida.
Para los que adoptan una interpretación futurista la palabra “redención” debe interpretarse a la luz de Romanos 8:23: “también nosotros  mismos, que tenemos las primicias del Espíritu, nosotros también gemimos dentro de nosotros mismos, esperando la adopción, la redención de nuestro cuerpo.” La profecía se refiere entonces a los últimos tiempos, cuando se produzca la resurrección de los muertos y la transformación instantánea de los cuerpos de los que en ese momento estén en vida, según lo que dice Pablo en 1Cor 15:51,52 (cf Hch 3:19-21; 1Ts 4:17). Esos son los tiempos que anunció Isaías, en que Dios crearía “nuevos cielos y nueva tierra” (Is 65:17; 66:22; 2P3:13; Ap 21:1).
29,30. “También les dijo una parábola: Mirad la higuera y todos los árboles. Cuando ya brotan, viéndolo, sabéis por vosotros mismos que el verano está cerca.”
Aquí Lucas presenta un ejemplo tomado de la naturaleza, con el cual toda la gente en una cultura primordialmente agrícola, como la de Israel, estaba perfectamente familiarizada. Los árboles pierden sus hojas en invierno y quedan completamente desnudos. Pero, terminando la estación fría, empiezan a aparecer los brotes de donde surgirán las hojas y las nuevas ramas. El que observa la naturaleza puede concluir fácilmente que esos brotes son anuncio del próximo verano: “está cerca”, no ha aparecido ya, pero ya está a la puerta.
31. “Así también vosotros, cuando veáis que suceden estas cosas, sabed que está cerca el reino de Dios.”
Eso mismo deben concluir los discípulos de Jesús cuando aparezcan las señales mencionadas, cuando lo anunciado se cierna sobre el panorama: la venida del reino está cercana.
¡En cuántas ocasiones y cuántas veces nosotros vemos en la vida diaria las señales de acontecimientos, o de mudanzas, que están por suceder, y no nos damos cuenta! Y cuando suceden nos lamentamos de que estuvimos ciegos, o distraídos, y no percibimos lo que se anunciaba claramente. Eso sucede en tantos campos de la vida ordinaria: el enfriamiento de los sentimientos, o lo contrario; o la ira acumulada y el resentimiento, que llevan a rupturas o a infidelidades. Los seres humanos emitimos signos de lo que se cocina interiormente, pero las personas que están cerca muchas veces no lo advierten. Pero ¡ojo! miradas, gestos, silencios, son a veces más elocuentes que las palabras.
32. “De cierto os digo, que no pasará esta generación hasta que todo esto acontezca.” (Mt 24:34; Mr 13:30)
Enseguida Jesús pronuncia una profecía cuya interpretación ha dado lugar a muchas discusiones, porque sus palabras, tomadas literalmente, excluyen toda posibilidad de que los acontecimientos predichos ocurran en tiempos todavía lejanos.
¿Qué quiere decir aquí “generación”? Generalmente se entiende que las generaciones están constituidas por hornadas de seres humanos que se suceden en períodos de 40 años. Si éste es el caso, debe entenderse que lo anunciado por Jesús ocurrió en un lapso no mayor de 40 años. Si Él está hablando ahí del fin de los tiempos, de los últimos acontecimientos de la historia, las señales ominosas en los cielos que causarían pavor en las gentes, el bramido del mar y, la venida del Hijo del Hombre en las nubes, esas cosas anunciadas no han ocurrido aún, aunque han pasado desde entonces 50 veces 40 años, es decir, 50 generaciones. ¿Tiene la palabra de Jesús vigencia alguna? ¿O son sus anuncios sueños de un lunático?
Esas especulaciones son vanas e inútiles. La palabra “generación” tiene aquí un sentido más sencillo: “la gente de este tiempo”, nuestros contemporáneos, semejante al que Jesús le da en otras ocasiones, como en Lc 7:31; 9:41; 11: 29-32, 50,51; 17:25; o el improperio que Juan Bautista dirige a los que vienen a hacerse bautizar por él: “¡Oh generación de víboras!” (Lc 3:7; Véase también Hch 2:40)
33. “El cielo y la tierra pasarán, pero mis palabras no pasarán.”
Para subrayar su anuncio Él añade una frase concluyente: antes pasarán los cielos y la tierra que mis palabras. Esto es, ustedes consideran a los astros del cielo y a la tierra como lo más estable e inconmovible que existe en el universo. Pues bien, quiero que sepan que mi palabra lo es aún más (Is 40:8; 55:10,11; 1P 1:24,25).
Sin embargo, ¿qué pensar de su afirmación si nada de lo anunciado se ha cumplido después de 20 siglos? Pero si lo que Él anunció ahí es la destrucción de Jerusalén y de su templo (Lc 21:20-24), entonces lo predicho se cumplió efectivamente el año 70, antes de que hubiesen transcurrido 40 años de su muerte.
Nuestra dificultad estriba en que en las palabras de Jesús los acontecimientos próximos y los últimos se confunden en una sola profecía que alude a ambos. Y no hay duda de que este hecho confundió a muchos de su tiempo, y sigue siendo causa de discusiones y de interpretaciones encontradas de la profecía.
34-36. “Mirad también por vosotros mismos, que vuestros corazones no se carguen de glotonería y embriaguez y de los afanes de esta vida, y venga de repente sobre vosotros aquel día. Porque como un lazo vendrá sobre todos los que habitan sobre la faz de la tierra. Velad, pues, en todo tiempo orando que seáis tenidos por dignos de escapar a todas estas cosas que vendrán, y de estar en pie delante del Hijo del Hombre.”
Estos versículos nos invitan a permanecer preparados para los acontecimientos que sobrevengan al final de los tiempos. Estas palabras guardan relación con las advertencias hechas en algunas de sus parábolas, en especial la de las vírgenes necias.
Nos exhorta a no dejarnos enredar, o seducir, por los atractivos del mundo, y menos por los placeres de la carne, al punto que se adormezca nuestra fe y nuestra conducta se vuelva reprochable, y que de repente nos sorprenda el fin sin estar preparados para recibir al Señor. Su venida será como el lazo que empleaban los pastores para reducir a los animales rebeldes de su rebaño, que no podían escapar cuando eran enlazados. O como el relámpago, que de repente brilla en el firmamento, y carboniza al que se encuentre en campo abierto.
¿Qué es lo que debe hacer el creyente? Estar alerta y en vela, para que no le sorprenda el anuncio de Jesús.
El que permanece vigilante, orando, será tenido por digno de escapar de los males que ocurrirán en el último día. Este versículo proporciona un fuerte apoyo a los que creen que la iglesia escapará a la gran tribulación, si hemos de entenderlo literalmente, en su sentido llano. Pero si se entiende por “gran tribulación” (Mt 24:21) la que afligió a los habitantes de Jerusalén cuando la ciudad fue cercada por los ejércitos romanos, Él está hablando de aquellos que mantuvieron su espíritu despierto y su fe viva, de modo que no dejaron de reconocer la aparición de las señales inequívocas predichas por Jesús y, advertidas por ellas, escaparon a los montes (Lc 21:20,21).
De cualquier modo que se le mire, “dignos de escapar” se refiere a los que no perecerán, sino que escaparán de la muerte a un lugar más seguro.
“Estar en pie delante del Hijo del Hombre” es no avergonzarse cuando Él venga, sino estar erguido como los que, habiendo sido perdonados, se presentarán delante de su Señor para recibir sus órdenes, o su recompensa, en el día del juicio, en contraste con los que se acurrucarán avergonzados y temerosos delante de Él, conscientes de su culpa.
37,38. “Y enseñaba de día en el templo; y de noche, saliendo, se estaba en el monte que se llama de los Olivos. Y todo el pueblo venía a Él por la mañana para oírle en el templo.”
Aparte de sanar y hacer milagros, la tarea principal de Jesús antes de subir a la cruz para expiar nuestros pecados, era enseñar, y la unción y autoridad con que realizaba esta labor hacía que la gente acudiera a escucharle en gran número. Había entonces, como lo sigue habiendo hoy día, una gran ansia por escuchar enseñanzas que nos ayuden a entender y a superar las dificultades por las que atravesamos, que iluminen nuestra inteligencia, y que nos guíen para llevar una vida mejor.
Por las noches Jesús se retiraba a descansar en el Monte de los Olivos, al frente de la ciudad, como haría después de celebrar la cena de la Pascua, y donde sería prendido por los esbirros traídos por el traidor Judas (Lc 22:39).
Amado lector: Jesús dijo: "¿De qué le sirve al hombre ganar el mundo si pierde su alma? (Mt 16:26) "Si tú no estás seguro de que cuando mueras vas a ir a gozar de la presencia de Dios, yo te invito a pedirle perdón a Dios por tus pecados haciendo una sencilla oración:
"Jesús, tú viniste al mundo a expiar en la cruz los pecados cometidos por todos los hombres, incluyendo los míos. Yo sé que no merezco tu perdón, porque te he ofendido consciente y voluntariamente muchísimas veces, pero tú me lo ofreces gratuitamente y sin merecerlo. Yo quiero recibirlo. Me arrepiento sinceramente de todos mis pecados y de todo el mal que he cometido hasta hoy. Perdóname, Señor, te lo ruego; lava mis pecados con tu sangre; entra en mi corazón y gobierna mi vida. En adelante quiero vivir para ti y servirte."

#941 (04.09.16). Depósito Legal #2004-5581. Director: José Belaunde M. Dirección: Independencia 1231, Miraflores, Lima, Perú 18. Tel 4227218. (Resolución #003694-2004/OSD-INDECOPI). 

jueves, 1 de junio de 2017

LA VENIDA DEL HIJO DEL HOMBRE I

LA VIDA Y LA PALABRA
Por José Belaunde M.
LA VENIDA DEL HIJO DEL HOMBRE I
Un Comentario de Lucas 21:25-27
Según muchos autores, al terminar el vers. 24 del cap. 21 de Lucas (y al comenzar los
pasajes paralelos en  Mt 24:29 y Mr 13:24) se produce una transición en el enfoque de la profecía que pasa de anunciar lo inminente -esto es, la destrucción de Jerusalén- a describir las señales que precederán el fin de la historia con la segunda venida de Jesús, lo que suele llamarse la Parusía. Según otros autores no hay transición alguna a tiempos ulteriores, sino que Jesús sigue hablando de lo que ocurrirá en el plazo cercano que Él señala de una generación.

Las palabras del pasaje paralelo de Mt 24:29: “Inmediatamente después de la tribulación de aquellos días…” no permiten pensar que haya un cambio de perspectiva temporal, dado que “la tribulación” a la que Jesús se refiere en Mt 24:21 es la que afligió a los habitantes de Jerusalén antes de su destrucción por los romanos. Sin embargo, la tradición cristiana ha visto en las palabras proféticas de Jesús acerca de la destrucción de la ciudad santa como un tipo, o una prefiguración, de los acontecimientos que precederán a su venida al final de los tiempos, de modo que esta predicción oscila entre dos escenarios: el inmediato y el más lejano. Ambos se confunden en la mirada profética, así como una persona que contempla desde cierta altura los objetos que están en la lejanía puede ver borrosamente sus contornos y sus colores, pero no puede discernir la distancia que separa a unos de otros.
Según un autor francés del siglo pasado: “La profecía se sitúa en las altas cimas que dominan el curso de los tiempos… Con frecuencia, atravesando de un salto todas las etapas intermedias, junta en un mismo cuadro acontecimientos que están separados por largas series de días, de años, y a veces, hasta de siglos.”
En este estudio yo voy a presentar una interpretación del texto que tome en cuenta alternativamente ambas perspectivas. Aquella que supone que lo anunciado por Jesús se cumplió totalmente el año 70; y aquella que afirma que Él anuncia acontecimientos que en parte están aún por cumplirse, de modo que el lector pueda por sí mismo formarse una opinión personal de ambas exégesis, o sentirse movido a investigar más el tema.
25. “Entonces habrá señales en el sol, en la luna y en las estrellas, y en la tierra angustia de las gentes, confundidas a causa del bramido del mar y de las olas.”
La palabra “entonces” suscita la pregunta del “cuándo”. Para algunos ese “entonces” es el fin de los tiempos. Para otros es un futuro cercano. Según sea la perspectiva histórica que uno tenga interpretará el pasaje. ¿Ocurrirán esas cosas estando todavía en vida algunos de los oyentes? ¿Ocurrirán mucho tiempo después? Para afirmar lo segundo habría que dar a la palabra “generación” (Véase el vers. 32) un sentido diferente del que tiene en el Antiguo Testamento, esto es, cuarenta años (Nm 14:33). (Nota 1)
Lo que anuncia aquí Jesús –tomado literalmente- es ominoso: perturbaciones en el aspecto del astro que rige el día y en el aspecto del que rige la noche; cosas que desafiarán los conocimientos de los que escudriñan el cielo y las condiciones atmosféricas. Habrá también perturbaciones en el aspecto de las constelaciones del firmamento que se observan de noche. Y como consecuencia, la gente estará atemorizada, porque no sólo lo que suele llamarse “potencias celestiales” serán conmovidas, sino también por el aspecto amenazante de los mares, cuyas olas cobrarán inusitada fuerza y tamaño. Quizá habrá mareas inusitadamente altas, o maremotos (tsunamis) que arrasen las costas, como en efecto ha ocurrido hace poco causando grandes estragos. La gente temerá habitar a orillas del mar, y pudiera ser que muchas ciudades costeras sean inundadas porque el límite que Dios había puesto a las olas no será respetado (Jr 5:22). (2)
Según  Marcos y Mateo, Jesús añade más gráficamente, en un lenguaje al que los judíos estaban acostumbrados, que “el sol se oscurecerá, la luna no dará su resplandor, y las estrellas caerán del cielo.” (Mr 13:24,25; Mt 24:29).
Las imágenes de ese lenguaje son semejantes a las que emplean los profetas del Antiguo Testamento, cuando anuncian el “día del Señor”, o los días de castigo para algún pueblo en particular que ha suscitado la ira de Dios (Is 13:9,10; Ez 32:7,8; Jl 2: 2:10,30,31; Am 8:9; Sf 1:14-16, etc.). Si se compara el lenguaje de Jesús con el pasaje mencionado de Isaías en el que Jesús se inspira: “Por lo cual las estrellas de los cielos y sus luceros no darían su luz; y el sol se oscurecerá al nacer, y la luna no dará su resplandor.” (Is 13:10), se deducirá fácilmente que Jesús habla en términos figurados y que no debe pensarse que lo que Él describe ocurrirá literalmente, salvo en un sentido limitado. De hecho esas cosas no ocurrieron literalmente antes de la destrucción de Jerusalén. (3)
Este “día del Señor” es un tema recurrente en los profetas. No se trata de un día único, sino que es un período de tiempo en que ocurren cosas que afligen a la población y que tienen el carácter de castigo. ¿Debe entenderse la descripción de hechos portentosos en un sentido literal, o forma parte esta descripción del lenguaje poético usado por los profetas para expresar momentos de gran trascendencia? Como los judíos estaban acostumbrados a ese tipo de lenguaje se concluirá que ninguno de sus oyentes las tomaría en un sentido literal, sino en uno metafórico.
De otro lado, es interesante tener en cuenta que el historiador Josefo señala que, antes de que empezara la insurrección contra los romanos que antecedió a la destrucción de Jerusalén, pero poco después de la fiesta de la Pascua, “resplandeció una luz brillante delante del altar durante la noche, e iluminó el santuario durante media hora.” La gente pensó que eso era un buen augurio, pero los escribas les dijeron que se trataba de lo contrario. Poco antes del asedio, entre otros portentos, “una estrella semejante a una espada colgó sobre la ciudad” y una pesada puerta que estaba cerrada con barras de hierro, se abrió por sí sola.
26. “desfalleciendo los hombres por el temor y la expectación de las cosas que sobrevendrán en la tierra; porque las potencias de los cielos serán conmovidas.”
En gran parte la seguridad del hombre está basada en la estabilidad de la naturaleza y, en general, de su entorno físico. Cuando las condiciones humanas de su entorno sufren cambios súbitos y radicales debido a conmociones sociales, guerras o guerrillas, los hombres emigran a otras partes en busca de paz y seguridad. Pero si las condiciones físicas del medio ambiente se alteran, sea por terremotos, huracanes o inundaciones, o porque el clima sufre fuertes alteraciones, o peor, si los elementos del cielo se alteran y afectan al orbe entero ¿a dónde puede el hombre huir? ¿Podrá emigrar a la luna?
Las cosas inusuales que ocurran en los últimos días en los cielos y en la tierra pondrán a los hombres a la expectativa de sucesos extraordinarios y les infundirán temor.
27. “Entonces verán al Hijo del Hombre que vendrá en una nube con poder y gran gloria.”
En ese estado de cosas, estando los hombres alarmados por las cosas extrañas que suceden, se cumplirá la promesa del regreso del Hijo del Hombre, tal como fue anunciado a los apóstoles el día de la ascensión (Hechos 1:11). (4) Vendrá en el esplendor de su poder y de su gloria.
¿Debe entenderse este anuncio de su venida en una nube en un sentido literal? Porque si en otro lado se dice que todo el mundo lo verá (“He aquí que viene con las nubes y todo ojo le verá” Ap.1:7), y en unas regiones es de noche cuando en otras es de día ¿cómo puede vérsele en todas partes venir en poder y gloria, lo que implica plena luz, si en la mitad del orbe reina la oscuridad? A menos que se piense que el signo de su venida brillará de tal manera en medio de la noche que nadie podrá dejar de verlo. Pero también podría pensarse que la frase “todo ojo le verá” quiere decir “todo ojo en la comarca donde descienda”, es decir, que el signo de su aparición será visible en una zona geográfica específica y limitada, y no en el orbe entero, y así sería en el caso de que la predicción se refiera específicamente a la destrucción de Jerusalén.
En todo caso ese versículo debe entenderse teniendo en cuenta lo escrito por el profeta Daniel siglos antes: “Miraba yo en la visión de la noche y he aquí con las nubes del cielo venía uno como un hijo de hombre, que vino hasta el Anciano de días y le hicieron acercarse delante de Él. Y le fue dado dominio, gloria y reino, para que todos los pueblos, naciones y lenguas le sirvieran; su dominio es dominio eterno, que nunca pasará, y su reino uno que no será destruido.” (Dn 7:13,14). Ese reino no es otro que el simbolizado por la piedra que viene súbitamente y que cae sobre la estatua que tiene los pies de barro y hierro cocido (que, a su vez, simboliza a los sucesivos imperios de la antigüedad que culminaron en el Imperio Romano), destruyéndola completamente, la cual luego crece hasta convertirse en una montaña que llena toda la tierra (Dn 2:34,35). Ese es el reino que Jesús compara con la pequeña semilla de mostaza que crece hasta convertirse en un árbol, o con el poco de levadura que leuda toda la masa (Mt 13:31-33).
En Mateo 24:30,31 Jesús amplía la descripción de estos sucesos, añadiendo algunos detalles, como que aparecerá “la señal del Hijo del Hombre” antes de que se le vea descender del cielo en una nube de poder y gloria.
Si se entiende la frase “se lamentarán todas las tribus de la tierra” en Mt 24:30 en el sentido de que “todos los pueblos del orbe” han de lamentarse, es difícil pensar que los hechos descritos se refieran a la caída de Jerusalén. Más fácil sería pensar que se refieren a lo que sucederá al final de los tiempos. Pero hay quienes, con argumentos nada desdeñables, sostienen que las palabras de Jesús se refieren exclusivamente a acontecimientos próximos en el tiempo y no lejanos. (5)   
Nótese lo siguiente: La destrucción de Jerusalén y del templo equivalía para algunos a la venida del Hijo del Hombre en gloria, porque era su triunfo sobre sus enemigos que lo habían combatido, y que lo habían hecho matar por mano de los romanos. El instrumento que ellos usaron para destruir a Jesús corporalmente, fue también el instrumento de su propia destrucción. En verdad, entre Jesús y las autoridades religiosas de Israel había un conflicto irreconciliable, como lo había entre Jesús y Lucifer.
Para que el Evangelio triunfara en el mundo era necesario que el templo con toda su “economía” (sus sacerdotes, su culto y sus sacrificios) desapareciera. No cabía compromiso entre el culto del Antiguo Testamento y el del Nuevo, no porque estrictamente hablando fueron opuestos, sino porque las autoridades religiosas de Israel se habían desviado, y habían desvirtuado el mensaje de Dios, convirtiéndolo en una caricatura. Dios no fue infiel a su pacto con Israel; ellos lo fueron (Jr 31:32). La destrucción de Jerusalén fue el juicio inevitable de Dios sobre la ciudad y el pueblo infieles.
Como bien dice Mathew Henry, los que no quisieron ser salvados por Él, por Él serían destruidos; los que no quisieron que Él reine sobre ellos, verían que Él triunfaba sobre ellos. Yo añadiría que los que no quieren tenerlo por amigo, lo tendrán por enemigo.
Según cierta interpretación, cuando uno reconoce que un acontecimiento es la obra de Dios, uno “ve venir” a Dios en ese acontecimiento”. Jesús pudo haber usado el verbo “ver” en ese sentido. ¿Y por qué en las nubes? Porque las manifestaciones poderosas de Dios se expresan en términos de la grandeza de las nubes como espectáculo, especialmente cuando se las ve desde lo alto de las montañas. Esa “venida en las nubes” sería el cumplimiento, antes de que desaparezca esa generación, de la profecía pronunciada por Jesús en la casa de Caifás: “Tú lo has dicho, y además os digo, que desde ahora veréis al Hijo del Hombre sentado a la diestra del poder de Dios, y viniendo en las nubes del cielo.” (Mt 26:64)
Notas: 1. Según algunos, al reemplazar con la palabra “entonces” las que figuran en el pasaje paralelo de Mr 13:27 (“en aquellos días”), Lucas pospone esos acontecimientos a un futuro todavía lejano.
2. Se está hablando hoy día de que al descongelarse grandes extensiones de los hielos que cubren el Ártico y el Antártico, debido al calentamiento de la tierra, el nivel del mar subirá, y muchas zonas costeras bajas serán inundadas.
3. Algunos padres de la iglesia entienden el oscurecimiento del sol y de la luna en el sentido de que su luz palidecerá al lado del brillo esplendoroso de Cristo en su venida.
4. Nótese que el texto de Hechos dice que “le recibió una nube que lo ocultó de sus ojos.” (v. 9). Y enseguida añade: “así vendrá como le habéis visto ir al cielo.” (v.11).), dando a entender que descendería del cielo en una nube.
5. Entre esos argumentos se cuenta el que afirma que la palabra “tierra” en el Antiguo Testamento y en los evangelios se refiere siempre a la tierra de Israel, y que la expresión “las tribus de la tierra”, tal como se entendía en su tiempo, alude a los diferentes pueblos que la habitaban (judíos, samaritanos, galileos, etc.). Generalmente se entiende esa palabra en el sentido de “todos los pueblos que habitan sobre la tierra”, pero, en efecto, ése puede no haber sido el sentido que tenía en mente Jesús.
Amado lector: Jesús dijo: "¿De qué le sirve al hombre ganar el mundo si pierde su alma? (Mt 16:26) "Si tú no estás seguro de que cuando mueras vas a ir a gozar de la presencia de Dios, yo te invito a pedirle perdón a Dios por tus pecados haciendo una sencilla oración:
"Jesús, tú viniste al mundo a expiar en la cruz los pecados cometidos por todos los hombres, incluyendo los míos. Yo sé que no merezco tu perdón, porque te he ofendido consciente y voluntariamente muchísimas veces, pero tú me lo ofreces gratuitamente y sin merecerlo. Yo quiero recibirlo. Me arrepiento sinceramente de todos mis pecados y de todo el mal que he cometido hasta hoy. Perdóname, Señor, te lo ruego; lava mis pecados con tu sangre; entra en mi corazón y gobierna mi vida. En adelante quiero vivir para ti y servirte."

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jueves, 1 de diciembre de 2016

LA PARÁBOLA DE LAS DIEZ VÍRGENES II

LA VIDA Y LA PALABRA
Por José Belaunde M.
LA PARÁBOLA DE LAS DIEZ VÍRGENES II
Un Comentario de Mateo 25:1-13
A las citas de tres comentaristas famosos, presentadas en el artículo anterior sobre la Parábola de las Diez Vírgenes- quisiera añadir a continuación, por considerarlas de mucho interés, las observaciones de otros comentaristas pasados y recientes.


Matthew Henry (“Commentary on St. Matthew”): La palabra “entonces” liga la parábola a lo que se ha estado hablando en el capítulo precedente, esto es, a la segunda venida de Jesús. Las vírgenes son las damas de honor que acompañan a la novia. Son miembros de la iglesia, que es la novia.
En la iglesia hay cristianos sinceros y cristianos hipócritas. La virtud es sabiduría, el pecado es necedad,  locura. Los más necios son los que son “sabios en su propia opinión.” (Pr 3:7).
Al hablar de cinco vírgenes prudentes y cinco necias Jesús está expresando el deseo de que el número de los verdaderos creyentes sea por lo menos igual al de los falsos. Pero la parábola de la puerta estrecha nos hace pensar que son muchos más los que prefieren pasar cómodamente por la puerta amplia que lleva a la perdición (Mt 7:13,14).
El Eclesiastés dice que “la sabiduría supera a la necedad como la luz a las tinieblas.” (2:13)
Jesús es el novio que se ha comprometido con la novia en fidelidad (Os 2:19,20), y que ahora viene a casarse con ella. “Vírgenes irán en pos de ella” cuando ella sea presentada al rey, su esposo (Sal 45:14).
Nótese que por su pureza y belleza los creyentes son llamados “vírgenes” en Apocalipsis 14:4, que han sido desposados con Cristo (“pues os he desposado con un solo esposo, para presentaros como una virgen pura a Cristo” dice 2Cor 11:2). El oficio de las vírgenes, es decir, de los creyentes, es ir al encuentro del esposo y servirlo (Jn 12:26), enalteciendo su nombre. Ellos viven expectantes de su segunda venida. Nosotros, en efecto, vivimos a la espera de su retorno glorioso. La expectativa de su segunda venida en gloria es el centro de nuestra vida cristiana. Por eso es que queremos tener nuestras lámparas encendidas por la vida que llevamos, para poder honrarlo como se merece cuando Él venga.
Los cristianos somos prudentes o necios, según sea nuestra actitud en lo que respecta a nuestras almas. Vivir para Dios es sabiduría; vivir dándole la espalda y en pecado, es necedad, locura.
En el tabernáculo de reunión en el desierto había un candelero cuyas lámparas debían estar siempre encendidas, por lo que debían estar siempre provistas de aceite (cf Ex 35:14). De manera semejante nuestras lámparas deben brillar delante de los hombres por la luz que emiten nuestras buenas obras (Mt 5:16). Para ello debe haber en nuestro corazón una provisión abundante de fe que se mantenga viva pese a todos los obstáculos que enfrentemos.
El Señor tarda en venir porque muchos propósitos suyos, que nosotros ignoramos, deben ser cumplidos. Nosotros en nuestra impaciencia quisiéramos verlo venir ya en las nubes, tal como está prometido (Hch 1:11; Mt 24:30; Mr 13:26; 14:62; Lc 21:27; Ap 1:7). Pero Él tiene motivos para demorar: La plenitud de los elegidos debe haber entrado (Rm 11:25), la paciencia de Dios debe ser manifestada (Rm 9:22), la paciencia de los santos debe ser probada (Hb 6:12), los campos de la tierra deben estar listos para la siega (Jn 4:35b). Aunque el Señor tarde más allá de nuestro tiempo no tardará más de lo debido, sino lo justo necesario.
Mientras aguardamos su retorno, muchos de nosotros cabecean y se duermen; dejan de estar preparados para recibirlo, dejan que su primer amor se enfríe (Ap 2:4). Si para los tres discípulos de Jesús fue difícil velar durante una hora (Mt 26:40,43), cuánto más difícil puede ser para nosotros, los cristianos, velar durante siglos.
Pero aunque Cristo se demore, su retorno es seguro. Él vendrá a medianoche, cuando menos se le espera, y tomará a muchos por sorpresa. De igual manera la muerte sorprende a muchos cuando menos preparados están, a veces cuando menos se la desea,  y más se quisiera seguir viviendo (Lc 12:19,20). Pero el día de nuestra muerte ha sido fijado por Dios y debemos estar preparados para ese día.
Cuando Él venga a buscarnos tendremos que dejar nuestro cuerpo, este mundo, y todas nuestras cosas, para ir a recibirlo. No podremos llevar nada de lo que poseemos, salvo nuestras buenas obras, como se dice en Apocalipsis: “Sus buenas obras les siguen…” (Ap 14:13).
Cuando Él venga “todo ojo le verá” (Ap 1:7). Ojalá entonces seamos hallados en paz con Él, irreprensibles y sin mancha (2P 3:14), ocupados en las cosas de nuestro Señor (Mt 24:46).
Cuando se anuncia la llegada del esposo, las vírgenes necias se dan cuenta de que sus lámparas se apagan (Jb 21:17; 18:5,6; 8:13,14), esto es, de que no están listas para presentarse a juicio, porque han descuidado su vida cristiana, han vivido para el mundo y coqueteado con el pecado. Comenzaron en el espíritu y terminaron en la carne (Gal 3:3).
Cuando venga el Señor los que están preparados serán admitidos al banquete y la puerta se cerrará tras ellos. Mientras llega, la puerta es estrecha, pero está abierta. Una vez cerrada, nadie más podrá entrar, como cuando Dios cerró la puerta del arca que Noé había construido (Gn 7:16).
Cuando vinieron las vírgenes necias, a pesar de que Jesús había dicho: “Llamad y se os abrirá” (Mt 7:7), en esta oportunidad  fueron solemnemente rechazadas: “De cierto os digo que no os conozco.” (Mt 25:12).
Por eso se dice en otra parte: “Buscad al Señor mientras pueda ser hallado.” (Is 55:6), porque habrá tiempo en que no se le podrá encontrar: “Me buscaréis y no me hallaréis.” (Jn 7:36).
Alfred Edersheim (“The Life and Times of Jesus the Messiah”): En 1Mac 9:37-39 se describe una procesión nupcial en la que conducen a la novia y al novio con sus hermanos, y sus amigos se unen a ellos.
El novio ha ido a la casa de la novia para celebrar la ceremonia de la boda. Enseguida, según la costumbre judía, el novio con su comitiva sale de la casa de la novia para conducirla a su propia casa, o a la de sus padres, para celebrar el banquete de bodas.
Según el Shuljan Aruj, código de normas y leyes compilado por el judío sefardita Josef Caro, en el siglo XVI, era costumbre que en la procesión nupcial se llevaran diez lámparas en el extremo de un palo. Diez  personas hacen el mínimo requerido para realizar cualquier tipo de ceremonia. Cada virgen es responsable de su lámpara.
El novio viene de lejos (su morada celestial), en la noche (al final de los tiempos), pero no sabemos en qué día ni a qué hora.
Sólo cinco vírgenes traen aceite suficiente para que sus lámparas permanezcan encendidas hasta el final. (Palabras de Jesús: “Brille así vuestra luz…” Mt 5:16)
Las vírgenes necias no traen aceite suficiente por descuido. Es decir, descuidan su vida cristiana, lo que incluye una conducta recta y santidad de vida. Por tanto, su luz se apaga.
El tiempo de espera fue más largo de lo pensado y las vírgenes se durmieron. El novio viene de improviso.
M.J. Lagrange (“Evangile selon Saint Matthieu”): Parecería como si las palabras de Jesús: “No pasará esta generación hasta que todo esto acontezca” (Mt 24:34) se refirieran no a su segunda venida para juicio de la humanidad, sino a la destrucción del templo, que ocurrió, en efecto, en el lapso de una generación. Sin embargo, el texto en Mateo y Marcos es muy claro. Jesús está hablando del fin de los tiempos. La parábola de las diez vírgenes tiene el propósito de advertir que su segunda venida puede tardar.
Vers. 6: Los que gritan a medianoche que ya viene el novio son posiblemente jóvenes a los que se había encargado que avisaran cuando llegara el novio.
Las palabras “salid a recibirle” indican que las vírgenes no dormían al descampado, sino en un recinto junto a la casa del novio.
Ferdinand Prat (“Jésus Christ, Sa Vie, Sa Doctrine, Son Oeuvre”): El alma cristiana debe estar siempre lista para recibir al divino esposo, cualquiera que sea la hora en que se presente, porque en ese momento se decide nuestro destino eterno. O sea, debemos vivir siempre como si hoy fuera nuestro último día,
La demora del esposo significa que la parusía no es tan cercana como los primeros cristianos esperaban. El que las vírgenes se duerman sólo sirve para acentuar el retardo de la parusía.
Se piensa que el aceite es la gracia santificante que nos abre la puerta del cielo. Pero las vírgenes necias tenían aceite al comienzo, y pudieron comprarlo al final, y no les sirvió de nada.
El esposo va a la casa de la novia para la ceremonia y luego se la lleva a su casa (o a la de sus padres) para el banquete de bodas. No se menciona a la novia porque no es necesario, ella está sobrentendida, aunque algunos manuscritos sí la mencionan.
The Interpreter’s Bible. Las bodas eran una de las fiestas mayores y de más alegría en las aldeas de Israel, como lo siguen siendo en nuestros días en todas partes. Los novios y los invitados solían estar dispensados de algunas obligaciones religiosas, como la de dormir bajo enramadas durante la semana de la fiesta de los Tabernáculos, por ejemplo (Lv 23:42,43).
Jesús compara con frecuencia la alegría que prevalece en la fiesta de bodas con la felicidad de que gozaremos en el reino de Dios. De paso, las fiestas de bodas duraban una semana en el caso del matrimonio de vírgenes, y tres días en el caso de las viudas.
El aceite representa la fe en Cristo, nutrida por la oración, y confirmada por la obediencia a su palabra.  Todas las vírgenes eran cristianas… en apariencia, pero en algunas la fe era nominal; en otras, estaba viva y alerta.
La respuesta al llamado de Cristo es individual. La confianza en Dios de las vírgenes prudentes (de los verdaderos creyentes) se renueva y fortalece constantemente y no se extingue.
¿Qué representan las lámparas sin aceite? Religiosidad sin rectitud, moralidad sin devoción y piedad, entusiasmo sin perseverancia.
Cristo viene a mediana noche, en la hora más oscura, cuando  menos se le espera, cuando el cansancio es mayor, y nuestras fuerzas están más agotadas. Pero esas medianoches de la vida no son para perdición, sino son la hora cuando el cielo viene en nuestro auxilio, si nuestra fe no ha claudicado.
Cuando el grito resuena a medianoche el cortejo se mueve hacia la casa del banquete, pero aquellos cuyas lámparas se han apagado quedan afuera en la oscuridad.
The New Interpreter’s Bible. El esposo representa a Jesucristo, como es evidente por el uso de esta imagen en otros pasajes (Mt 9:15; 22:1-3).
En el Antiguo Testamento Dios es el esposo, Israel es la novia (Os 2:16-20; Is 54:5-8; 62:5; Jr 3:14). Esa tradición continúa en el Nuevo Testamento con Jesús como el esposo, y la iglesia como la novia (2Cor 11:2; Ef 5:25-32; Ap 19:7; 21:2,9). Pero en esta parábola la novia no aparece porque no es necesario. Está sobrentendida.
La llegada del novio es la parusía (1Ts 4:16,17), la llegada del reino de Dios que esperamos (Mt 6:10).
El aceite es la gracia que nos hace obedecer al gran mandamiento del amor misericordioso (Mt 25:31-46).
Si esas obras no se hicieron en vida, cuando aparezca el Señor será muy tarde para hacerlas. Este es el tiempo de prueba en que se decide nuestro destino eterno.
Las vírgenes representan a la iglesia cuya composición es mixta: trigo y cizaña que deben ser separados al final (Mt 13:36-43).
Al final Jesús le dice a las vírgenes necias que claman: “¡Señor, Señor, hicimos tales y tales cosas en tu nombre!”, “No os conozco”, tal como les dirá a todos los que no hicieron la voluntad de su Padre. Esto quiere decir, en suma, que los actos visibles extraordinarios, que son manifestación del poder del Espíritu Santo, no contarán para nada si no se ha hecho la voluntad de Dios (Mt 7:21).
Ésta consiste en llevar a la práctica el amor al prójimo, y en hacerlo todo por amor. Así como Jesús vino a la tierra por amor, es el amor lo que da valor a lo que hacemos, no las acciones en sí mismas (1Cor 13:3).
Notemos que por las apariencias nadie podría distinguir entre las vírgenes necias y las prudentes. Todas, podemos suponer, estaban vestidas de gala, como para la ocasión; todas tenían sus lámparas encendidas. Lo que las distinguía no era algo visible, sino algo interno. Algo que se revela con el tiempo: estar preparadas internamente, vivir en gracia, o no estarlo.
Cornelius a Lapide (“The Holy Gospel According to Saint Matthew”):
Vers 4: Todas las vírgenes son creyentes. Las prudentes tienen fe con obras; las necias tienen fe, pero sin buenas obras. Por eso sus lámparas se apagan, porque “la fe sin obras está muerta” (St 2:26).
Vers. 6. Cristo viene a juzgar cuando todas están durmiendo, en sentido figurado. Que el Señor venga a media noche quiere decir que viene cuando menos se le espera, como ocurrió en tiempos de Noé.
Es entonces cuando sonará la trompeta y la voz del arcángel, y se producirá la resurrección general. (1Ts 4:16,17).
Vers. 8. El tiempo para hacer méritos es antes de morir. Una vez muertos, las cuentas se cierran.
Vers. 13. Dios te ha prometido que el día en que te arrepientas Él perdonará todos tus pecados, pero no te ha prometido que si no lo haces ahora, es decir, hoy, tendrás otro día para hacerlo. Hoy es el día de tu salvación, no mañana.
San Juan Crisóstomo (“Homilías sobre San Mateo”): La parábola de las diez vírgenes y la de los talentos se parecen a la parábola anterior que trata del siervo fiel (Mt 24:45-51).
Él llama aceite a la misericordia y a la limosna, es decir, a las buenas obras. El sueño que las sorprende en la espera es la muerte.
Unas vírgenes son necias porque se dedican a hacer dinero, y se van desnudas al otro mundo sin obras de caridad, sin haber acumulado en el cielo un tesoro incorruptible que les hubiera podido ayudar (Mt 6:19-21). Pero las buenas obras ajenas no les sirven de nada, porque son intransferibles.
¿Quiénes son los que venden aceite? Los pobres que están en esta tierra. Pero venido el esposo para juicio, ya no se puede regresar a la tierra. Ya es tarde para comprar aceite.
Los pobres nos son útiles para ejercer la caridad. Este es el tiempo de hacer buenas obras. No malgastemos pues nuestro dinero en divertirnos, sino gastémoslo en hacer caridad.
De nada sirve en la muerte ser compasivo, querer ser caritativos. Ya el tiempo pasó, en el  más allá no hay pobres que vendan aceite. Este es el tiempo en que se decide nuestro destino eterno.
P.R. Bernard (“Le Mistère de Jésus”): La parábola invita a todos los cristianos a reavivar constantemente la llama de su amor por Dios, a no dejar que su piedad se adormezca, y que caiga en la tibieza, a que la rutina no se apodere de su vida.
Invita además a todos sus discípulos a no perder la fe en su regreso debido a la demora tan larga. Él vendrá de todas maneras y cuando menos se le espera.
Las vírgenes prudentes no se niegan a compartir su aceite porque sean egoístas, sino precisamente porque son prudentes. No vaya a ser que su aceite no alcance para todas.
Todo esfuerzo es inútil si no se está listo en el momento preciso. Entonces, como no se sabe cuándo llegará ese momento, hay que estar listo en todo momento.
Amado lector: Jesús dijo: “¿De qué sirve al hombre ganar el mundo si pierde su alma?” (Mt 8:36).
Si tú no estás seguro de que cuando mueras vas a ir a gozar de la presencia de Dios, es muy importante que adquieras esa seguridad, porque no hay seguridad en la tierra que se la compare, y que sea tan necesaria, porque de ella depende nuestro destino eterno. Con ese fin yo te exhorto a arrepentirte de todos tus pecados y a pedirle perdón a Dios por ellos, diciendo:
Jesús, tú viniste al mundo a expiar en la cruz los pecados de todos los hombres, incluyendo los míos. Yo sé que no merezco tu perdón, pero tú me lo ofreces gratuitamente y sin merecerlo. Yo quiero recibirlo. Me arrepiento de todos mis pecados y de todo el mal que he hecho hasta hoy. Perdóname, Señor, te lo ruego. Lava mis pecados con tu sangre; entra en mi corazón y gobierna mi vida. En adelante quiero vivir para ti y servirte.

#926 (15.05.16). Depósito Legal #2004-5581. Director: José Belaunde M. Dirección: Independencia 1231, Miraflores, Lima, Perú 18. Tel 4227218. (Resolución #003694-2004/OSD-INDECOPI).