viernes, 23 de septiembre de 2011

LAMENTO POR LA DESTRUCCIÓN DE JERUSALÉN II

Por José Belaunde M.

UN COMENTARIO DE LAMENTACIONES 3:34-66

Lamed 34. “Desmenuzar bajo los pies a todos los encarcelados de la tierra;”
Lamed 35. “Torcer el derecho del hombre delante de la presencia del Altísimo;”
Lamed 36. “Trastornar al hombre en su causa, el Señor no lo aprueba.”
El autor denuncia a continuación tres pecados que los hombres cometen con frecuencia abusando de su poder, de los cuales el pueblo elegido se ha hecho culpable y, a la vez, fue víctima. El primero es la opresión de los cautivos. En esos tiempos no había una convención internacional para el tratamiento de los prisioneros de guerra, como existe en nuestros días, y el vencedor se creía autorizado a vengarse sin piedad de los enemigos que tomaba prisioneros. Pero el Señor demanda que ellos sean tratados humanamente y sin odio.
El segundo pecado es tratar de pervertir la justicia cuando se acude a juicio. Eso es algo que suele intentarse con éxito con los jueces humanos mediante el soborno, pero que es imposible hacer delante del Juez Divino que ve el interior de los corazones y para quien ninguna intención permanece oculta.
El tercero es el que cometen los hombres que aprovechando las ventajas que su situación privilegiada les proporciona, abusan de los pobres y de los que carecen de los medios para defenderse cuando sufren un atropello. Ellos creen que el Señor no los ve (Ez 9:9). ¡Cuán equivocados están!
El reproche implícito es bastante claro: Si tú te has hecho culpable de haber abusado de tu prójimo de algunas de esas maneras ¿por qué te quejas y reclamas cuando otros te tratan a ti de la misma forma?

Viene ahora la que es la estrofa más importante de todo el poema, en la que se afirma la soberanía de Dios:
Mem 37. “¿Quién será aquel que diga que sucedió algo que el Señor no mandó?”
En otra versión: “¿El decreto de qué hombre se ha cumplido sin que el Señor lo quiera?” En otras palabras ¿quién se atreve a afirmar que algo puede suceder en el mundo sin que intervenga la voluntad de Dios? En verdad, aunque nos cueste entenderlo, todo lo que ocurre en la tierra –y en el universo- ha sido ordenado o permitido por Él.
Más aún: ningún ser humano –sea quien sea, hombre común o gobernante- puede ordenar que algo suceda si Dios no lo permite. Todos los decretos humanos deben ser refrendados por Él para que sean efectivos.
Naturalmente, la pregunta que de inmediato surge es: ¿Por qué permite entonces Dios que haya tanto mal y tanta injusticia en el mundo? ¿Por qué no lo refrena o impide? ¿Por qué “refrenda” los decretos humanos que son dañinos o perversos?
La respuesta obvia es: Porque hizo al hombre libre, esto es, no en un sentido absoluto, sino dándole un amplio margen de acción. De ello se deriva la necesidad de que el hombre experimente en carne propia las consecuencias, buenas o malas, de sus acciones a fin de que aprenda, o escarmiente.
Hay ocasiones en que Dios utiliza para sus propósitos, que son siempre buenos, el mal que el hombre se propone hacer. Un caso paradigmático es el de José, a quien sus hermanos que lo odiaban, vendieron como esclavo a unos comerciantes que iban a Egipto. Años después cuando ellos acudieron al país del Nilo para comprar el grano que les faltaba en su tierra debido a la sequía, José, que era el gobernador de ese reino, los recibe sin que ellos lo reconozcan. Cuando finalmente se revela a ellos, él les dice: “No me enviasteis vosotros acá, sino Dios, que me ha puesto por padre de Faraón…y por gobernador en toda la tierra de Egipto.” (Gn 45:8). Gracias a la previsión de José, Egipto almacenó durante los siete años de abundancia suficiente trigo como para alimentar a su pueblo durante los siete años de escasez, y hasta para vender a los pueblos vecinos que carecían del vital grano. La acción odiosa cometida por los hermanos de José formaba parte, sin que ellos lo supieran, del plan que Dios había concebido para salvar a toda la región de la hambruna. Lo que ellos tramaron para mal, Dios lo convirtió en un bien (Pr 16:9; 19:21).

A continuación el poeta añade:
Mem 38. “¿De la boca del Altísimo no sale lo bueno y lo malo?”.
Así como Dios dijo: “Sea la luz y la luz fue”, y luego separó la luz de las tinieblas (Gn 1:3,4), nada bueno o malo sucede en el mundo sin que Él lo ordene. Esto quiere decir que aún las acciones que el hombre en el ejercicio de su libertad se propone hacer, están sometidas a la voluntad de Dios. Ningún mal y ningún bien puede hacer el hombre sin el permiso de Dios.
No obstante, sin afectar la libertad humana, Dios limita, o refrena con frecuencia las consecuencias del mal que obra el hombre. Sin la intervención providencial y misericordiosa de Dios las cosas que nos parecen mal andarían mucho peor; las consecuencias de los errores y maldades humanas serían mucho mayores.
A nosotros nos puede sorprender que se diga que lo bueno y lo malo vienen de su boca, porque ¿cómo podría Dios ordenar el mal? Las catástrofes naturales, las inundaciones, ¿son ordenadas por Dios? Aunque sus causas puedan ser naturales, no ocurrirían sin que Dios las permita, porque la naturaleza está bajo su control. De otro lado, ¿de cuántas catástrofes inminentes no nos ha librado Dios? Nunca podremos saberlo. Pero si el hombre desafía a Dios ¿por qué se sorprende de que la ira divina se desate contra él? En el gobierno del mundo nosotros no sabemos de qué manera la justicia de Dios y su misericordia alternan o, como si dijéramos, compiten la una con la otra; o cómo se complementan obrando sobre las fuerzas naturales. De lo que sí estamos seguros es que su misericordia siempre triunfa.
Por boca de Isaías Dios ha dicho que Él hace la paz y crea la adversidad (Is 45:7; cf Am 3:6b). Todas las aflicciones que afligen al hombre (incluyendo las guerras) son ordenadas por Dios que determina su naturaleza, su medida y su duración, así como el bien que obtiene de ellas. Todo viene de Dios, que es la bondad en sí misma, de modo que si permite el sufrimiento y las pruebas es por un buen motivo.
Sólo el pecado no procede de su boca. Al contrario, Él lo prohíbe, pero permite que el hombre lo cometa. Tampoco tienta Él a nadie, pero deja que el diablo tiente al hombre (St 1:13). Por qué motivo permitió Dios que Satanás tentara a Adán y Eva en el huerto es algo que nunca podremos comprender plenamente, pero formaba parte de su plan.(Gn 3).

Siendo así las cosas, si lo que experimenta el hombre es básicamente consecuencia de sus propios actos,
Mem 39. “¿Por qué se lamenta el hombre viviente? Laméntese el hombre en su pecado.”
Si toda la confusión reinante, si todas las situaciones de emergencia y peligro, si todas las aflicciones que sufre el ser humano se producen porque Dios permite que los efectos sigan a las causas, ¿por qué se queja el hombre cuando las cosas van mal? Quéjese y aflíjase más bien por su pecado que las ha causado. El pecado suyo en algunos casos, pero también, el pecado colectivo, los pecados que los hombres cometen como sociedad. Esta reflexión es especialmente pertinente si se recuerda que la catástrofe que afligió a Judá, y la conquista y destrucción de Jerusalén, habían sido anunciadas por Jeremías y otros profetas que denunciaban la idolatría en que había caído el pueblo escogido violando los mandatos divinos, y advertían que Dios dejaría de protegerlos de las fuerzas enemigas que los amenazaban.

Como consecuencia de todo lo dicho el poeta nos exhorta:
Nun 40. “Escudriñemos nuestros caminos, y busquemos, y volvámonos a Jehová;”
Nun 41. “Levantemos nuestros corazones y manos a Dios en los cielos;”
Nun 42. “Nosotros nos hemos rebelado, y fuimos desleales; tú no perdonaste.”

En lugar de quejarnos de Dios, examinemos nuestra vida y veamos de qué manera nosotros nos hemos apartado de la conducta que Él nos había prescrito y hemos actuado contra su voluntad. Nosotros hemos merecido el trato duro y el infortunio que nos ha sobrevenido. Reconozcamos nuestras faltas y busquemos arrepentidos a Dios, porque Él es lento para la ira y rico en misericordia, a fin de que nos perdone.
Levantemos nuestros pensamientos hacia Él junto con manos limpias, y adorémosle en lo más profundo de nuestro corazón. Rindámosle nuestro ser.
Pareciera, sin embargo, que aunque nos hemos arrepentido, Dios siguiera enojado con nosotros, porque no ha levantado el peso que nos oprime. Es como si una barrera espesa impidiera que nuestras oraciones suban hasta su trono, porque seguimos siendo objeto de la opresión de nuestros enemigos. Ellos se burlan de nosotros y nos escarnecen.

Samec 43. “Desplegaste la ira y nos perseguiste; mataste y no perdonaste;
Samec 44. “Te cubriste de nube para que no pasase la oración nuestra;”
Samec 45. “Nos volviste en oprobio y abominación en medio de los pueblos.”

“Desplegaste”, o mejor, te cubriste con ira mostrando tu enojo, nos perseguiste en el ardor de tu cólera. “Mataste”, esto es, dejaste que nos mataran nuestros enemigos, porque aún no nos has perdonado -piensa el autor- aunque Dios siempre perdona al que se arrepiente.
Este tríptico continúa en la misma vena del versículo anterior, mostrando la severidad del juicio de Dios frente a la iniquidad del pueblo escogido. Sin duda el autor está pensando en el gran número de habitantes que murieron durante el sitio de la ciudad.
Así como el sol oculta su luz cuando las nubes lo cubren, de manera semejante Dios, cuando está disgustado con nosotros, se oculta como detrás de una nube para que nuestras oraciones no suban hasta su trono. Isaías lo expresa en estos términos: “He aquí que no se ha acortado la mano de Jehová para salvar, ni se ha agravado su oído para oír; pero vuestras iniquidades han hecho división entre vosotros y vuestro Dios, y vuestros pecados han hecho ocultar su rostro para no oír.” (Is 59:1,2)
Como consecuencia del abandono de Dios, los pueblos vecinos nos miran con desprecio. El Dios en quien confiaban –se mofan- los ha desechado y no tienen quién los defienda.

Ayin 46. “Todos nuestros enemigos abrieron contra nosotros su boca;”
Ayin 47. “Temor y lazo fueron para nosotros, asolamiento y quebranto;”
Ayin 48. “Ríos de aguas echan mis ojos por el quebrantamiento de la hija de mi pueblo.”
Ellos se burlan de nosotros y nos insultan descaradamente al ver nuestro abatimiento; han dejado de temernos porque nuestro Dios nos ha abandonado; nos amenazan y se convierten en un peligro para nosotros porque estamos huérfanos de apoyo e inermes. ¿Cómo no he de llorar al ver el abandono en que se encuentra nuestra ciudad?
Es instructivo comparar esta estrofa con la descripción del estado en que se encuentra Jerusalén que le hacen a Nehemías (que estaba en Persia) unos varones venidos de Judá, y la forma conmovida como él reacciona a su relato (Nh 1:1-4).

Pe 49. “Mis ojos destilan y no cesan, porque no hay alivio
Pe 50. hasta que Jehová mire y vea desde los cielos;”
Pe 51. “Mis ojos contristaron mi alma por todas las hijas de mi ciudad.”
El tono del poema se vuelve más personal y el autor habla ahora en nombre propio. Yo no dejaré de clamar –dice- con lágrimas en los ojos hasta que el Señor no se vuelva a nosotros con compasión. Yo sé bien que Él quiere mostrarnos cuán enojado está con nuestra infidelidad y que nuestra culpa es grande. Desea que nosotros seamos plenamente concientes de ello para que nuestra conversión no sea superficial sino profunda. Por eso permanece sordo a nuestra queja hasta que nos dolamos y realmente escarmentemos. (Vale la pena mencionar al respecto que cuando los cautivos en Babilonia retornaron del exilio, Judá había aprendido la lección. Nunca más volverían a caer en la idolatría). No obstante, Él ha prometido muchas veces que si nos arrepentimos Él nos perdonará. Oh sí, yo sé que Él quiere probar la sinceridad de nuestro arrepentimiento.

Sade 52. “Mis enemigos me dieron caza como a ave, sin haber por qué;”
Sade 53. “Ataron mi vida en cisterna, pusieron piedra sobre mí;”
Sade 54. “Aguas cubrieron mi cabeza; yo dije: Muerto soy.”
Qof 55. “Invoqué tu nombre, oh Jehová, desde la cárcel profunda;”
Qof 56. “Oíste mi voz; no escondas tu oído al clamor de mis suspiros.”
Qof 57. “Te acercaste el día que te invoqué; dijiste: No temas.”
Estas dos estrofas alfabéticas evocan un episodio de la vida de Jeremías -que podría ser su autor- cuando sus enemigos lo arrojaron a una cisterna llena de agua y fango para que se ahogase, o muriera de hambre (Jr 38:1-13). Él se daba ya por muerto. La frase “aguas cubrieron mi cabeza” que figura en varios lugares del AT (Sal 18:16;42:7;69:2;88:16,17) expresa muy bien la desesperación que lo embargaba. El poeta añade: Pero mi clamor no fue en vano porque tú escuchaste mi voz y me dijiste: No temas. Cuando yo escuché esas dos palabras benditas fue como si de pronto una luz alumbrara mi oscuridad y supe que tú estabas conmigo, que te habías compadecido de mi infortunio y vendrías en mi ayuda.

Res 58. “Abogaste, Señor, la causa de mi alma; redimiste mi vida.”
Res 59. “Tú has visto, oh Jehová, mi agravio; defiende mi causa.”
Res 60. “Has visto toda su venganza, todos sus pensamientos contra mí.”
Frente a las acusaciones de sus enemigos Dios asume el papel de abogado defensor, dispuesto a contestar a los agravios que contra el autor se dirigen: Él no ignora la injusticia de sus acusaciones y conoce bien la justicia de mi causa. Sacará la cara por mí.
El autor es conciente de que las palabras que contra él se dirigen, están dirigidas en realidad contra Dios, en nombre de quien él les habla, y a quien esos impíos desprecian, creyéndose más sabios que Dios.

Sin 61. “Has oído el oprobio de ellos, oh Jehová, todas sus maquinaciones contra mí;”
Sin 62. “Los dichos de los que contra mí se levantaron, y su designio contra mí todo el día.”
Sin 63. “Su sentarse y su levantarse mira; yo soy su canción.”
Aunque esta estrofa expresa la queja de un hombre por el maltrato que recibe de otros , en cierto sentido alude también a la trágica suerte corrida por el pueblo judío no sólo cuando se escribieron las lamentaciones, sino que parece anticiparse al destino cruel que habría de sufrir ese pueblo en nuestra era, desde la destrucción de Jerusalén el año 70, hasta el holocausto, siempre perseguido, devastado, aislado en guetos, y maldecido. El destino de Israel (el pueblo elegido del Antiguo Testamento) que ha sobrevivido sin patria a todas las persecuciones, es uno de los misterios de la historia. Su resurrección como nación en nuestro tiempo, de otro lado, en la tierra de sus antepasados de la que había sido expulsado, es una muestra patente de la fidelidad de las promesas de Dios, que había anunciado que algún día regresarían a su tierra. Es también una prueba extraordinaria de la intervención de Dios en la historia y, por tanto, de la realidad de su existencia.

Los versos finales expresan los sentimientos de venganza que surgen en el pecho del autor como respuesta al maltrato sufrido por su pueblo.
Tau 64. “Dales el pago, oh Jehová, según la obra de sus manos.” (Nota)
Es decir, el pago que su crueldad merece; no les perdones sus maldades, puesto que ellos no han tenido compasión de nosotros.
Tau 65ª. “Entrégalos al endurecimiento de su corazón.”
Esta petición es sorprendente porque lo que se pide es que no se les dé oportunidad ni la gracia de arrepentirse, que es lo mismo que destinarlos sin más a la condenación eterna.
¿Cómo explicarse esos sentimientos en la palabra de Dios? Caben dos explicaciones:
1) Esas palabras expresan los sentimientos humanos del autor del poema y del pueblo que ha sufrido la destrucción y pillaje de su ciudad, sin que eso signifique que Dios haga suyos esos sentimientos.
2) Esas palabras expresan en lenguaje humano el desagrado de Dios frente a quienes, siendo instrumentos de su castigo, se encarnizaron con sus víctimas mostrando una crueldad excesiva. Recordemos, sin embargo, que cuando el hombre se empecina en su mal camino, Dios lo abandona al destino que él ha escogido.
65b. “Tu maldición caiga sobre ellos.”
Si Dios maldice ¿quién puede ser salvo? A nadie debemos desearle eso, pero hay quienes de “motu propio” atraen sobre sí la maldición de Dios y neciamente se ríen de ella.
Tau 66. “Persíguelos en tu furor, y quebrántalos de debajo de los cielos, oh Jehová.”
El autor desea para sus verdugos que Dios no se apiade de ellos sino que les sucedan las peores calamidades posibles, hasta que desaparezcan de la faz de la tierra.
Ese es el destino que Dios tiene reservado, en efecto, para los que obstinadamente lo desafían, como hay muchos en desgracia en nuestro mundo contemporáneo, que obran voluntariamente contra sus conciencias, o que han apagado completamente su voz a fuerza de ignorarla.
Cuando se predica el amor de Dios no se debe ignorar que la misericordia divina tiene su contrapartida en su justicia, y que si bien los brazos de la primera reciben a todos los que se acogen arrepentidos a ella, un juicio terrible espera a los que se niegan a escuchar los llamados de Dios, y se han entregado voluntariamente en los brazos de Satanás a quien sirven.
Si hemos de hacer justicia a todo el consejo de Dios, no podemos ignorar esta parte severa de su mensaje, aunque sea desagradable transmitirlo, porque hay quienes necesitan oírlo. ¿Quién sabe si alguno oyéndolo se convierta? Es un hecho que la prédica acerca del castigo eterno ha salvado a muchos impenitentes que se burlaban del llamado del amor de Dios. Si nosotros no transmitimos ese mensaje a quienes puede serles el último recurso de la medicina divina, Dios ha dicho a través de Ezequiel que Él demandará su sangre de nuestra mano. (Ez 3:18-20). Pero si lo hacemos dejando el resultado a Dios, habremos al menos librado nuestra alma de la responsabilidad de la condenación de un hombre (Ez 3:19,21).

Nota: Vale la pena recordar que muchos biblistas interpretan estos tres versículos finales no como siendo imprecativos, sino como declarativos y proféticos: “Tú les darás el pago…”; “Tú los entregarás…”; “Tú los perseguirás…”, y así los traducen en efecto la Septuaginta y la Vulgata.

Amado lector: Si tú no estás seguro de que cuando mueras vas a ir a gozar de la presencia de Dios, es muy importante que adquieras esa seguridad, porque no hay seguridad en la tierra que se le compare y que sea tan necesaria. Como dijo Jesús: “¿De que le sirve al hombre ganar el mundo si pierde su alma?” (Mt 16:26) ¿De qué le serviría tener todo el éxito que desea si al final se condena? Para obtener esa seguridad tan importante yo te invito a arrepentirte de tus pecados, pidiendo perdón a Dios por ellos, y entregándole tu vida a Jesús, haciendo una sencilla oración como la que sigue:
“Yo sé, Jesús, que tú viniste al mundo a expiar en la cruz los pecados cometidos por todos los hombres, incluyendo los míos. Yo sé también que no merezco tu perdón, porque te he ofendido conciente y voluntariamente muchísimas veces, pero tú me lo ofreces gratuitamente y sin merecerlo. Yo quiero recibirlo. Me arrepiento sinceramente de todos mis pecados y de todo el mal que he cometido hasta hoy. Perdóname, Señor, te lo ruego; lava mis pecados con tu sangre; entra en mi corazón y gobierna mi vida. En adelante quiero vivir para ti y servirte.”

#693 (18.09.11) Depósito Legal #2004-5581. Director: José Belaunde M. Dirección: Independencia 1231, Miraflores, Lima, Perú 18. Tel 4227218. (Resolución #003694-2004/OSD-INDECOPI).